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VI. El Jardín de los Dioses

De cómo una leyenda se hace verdad sangrienta y feliz.

Cuando el alférez Mateo Ruiz, subió al altozano sobre el Orinoco, los carromatos ya habían cerrado su formación, con ganado y caballerías en el interior del círculo defensivo, y los mosquetes emergían de las lonas, señalando que la posición de la tropa era de alerta…

-¿Cómo ha ido?- interrogó Bernardo al joven portaestandarte.

-¡Nos aguardaban…! ¡Bien, para ser más precisos, le aguardaban!- respondió el muchacho.

-¿ Y eso que quiere decir?- insistió el lugarteniente.

-¡¡Lo han llevado río arriba, con Don Alfredo!! ¡Estará tres jornadas o cuatro con esa gente!- concluyó Marcos.

-¿Ha dejado alguna orden?- el lugarteniente pensó en lo urgente.

-¡Muy claras! ¡Aguardar su regreso, no perder posición defensiva, dar raciones cortas para comer y hervir el agua para tomar!- recitó el alférez.

-¡Nos ha jodido…!- murmuró Bernardo- ¡Ven muchacho que tú no lo has visto todo aún!- y el lugarteniente echó a andar seguido del alférez con los caballos, hasta la embocadura del camino por el que habían llegado. A unas cuarenta varas el camino estaba obstruido por una horda de indios salvajes que lo bloqueaban, y que les observaban con un cierto aire de diversión.

-¡Por todos los demonios…!- exclamó el alférez.

-¡Tranquilo muchacho, los que entienden de indios, me han dicho que no han venido a combatir! ¡No se han pintado la piel para luchar!- dijo socarronamente el lugarteniente mientras acompañaba al joven al interior del círculo de carromatos. Una vez dentro se unieron a los otros, que desde el pescante del carro de oficiales oteaban el río y el horizonte. Río arriba se divisaba una pequeña galera que contracorriente, a fuerza de remos, remontaba el curso del Orinoco.

-¡Ahí va, nuestro Capitán!- susurró el alférez.

-¡Lo importante es que regrese sano y salvo!- remató Bernardo Cabrera.

Sobre las tablas de la cubierta del rudimentario buque, Álvaro y Somer cambiaban sus primeras impresiones… Mientras Somer dirigía su mirada hacia la proa, hacia el sur, Álvaro lo hacia en dirección al altozano donde se habían quedado su tropa, y donde se adivinaba como el gran río se desmembraba en muchos brazos que rodeaban una multitud de islas verde esmeralda, un apiñado archipiélago en el cual sin duda estaba situado el virreinato secreto.

-¡Lejos de acercarnos al mar, nos adentramos en la jungla!- comentó Somer- ¡Nos alejamos del virreinato…! ¡Y en cambio nos acercamos a El Dorado! ¡Puedo olerlo!-

-¿Todavía vivís con esa leyenda en la cabeza?- le espetó Álvaro.

-¡Os digo que puedo oler el oro…! ¡Hay dos expediciones que lo sitúan al sur de nuestra situación, en el reino de los Omaguas, Silva dirigió una de ellas!- siguió el alemán.

-¿Cómo podéis creer en la existencia de ese reino de fábula?- preguntó con algo de ironía Álvaro.

-¡Sé que existe, porque tengo fe en ello!- murmuró Somer.

-¡La fe! ¡Ya salió el luterano!- sentenció divertido Álvaro. Ambos sonrieron nerviosos, pues lo incierto de su destino les había conducido a una conversación ajena a la jornada que vivían.

Unas millas río arriba, en el interior de una sala bien iluminada a través de ventanales con persianas abatibles, Dama Ceclilia Ordóñez y su hermano gemelo, Don Andrés Ordóñez, sostenían una airada discusión. Este miraba a través de una de las persianas el gran río, era un hombre de buena estatura y todo en él parecía elasticidad; de facciones marcadamente mestizas que reflejaban una brutalidad innata. Iba vestido como un baquiano, con botas de montar, pantalones de piel curtida y un jubón sin mangas igualmente de piel sobre una camisa de algodón blanca.

-¡ No podemos acabar así nuestros negocios con los Menéndez! ¿No sabéis quién está detrás de los Menéndez, hermana?- dijo malhumorado Andrés Ordóñez.

-¡Sé perfectamente quién anda tras ellos! ¡Los que urdieron el final y la ruina de nuestro padre!- Dama Cecilia, respondió desde una silla curial situada sobre tres escalones al fondo de la estancia. De piel tostada y ojos verdes, vestía una túnica blanca que marcaba las formas de una bella mujer, que sostenía en su mano izquierda un cetro ligero rematado en una cabeza de serpiente.

-¡Eso es historia Cecilia! ¡Lo cierto es que con los hermanos Menéndez, las cosas nos van bien, proveemos de esclavos aravacos La Española, Veracruz, Cartagena, Coro y Cumaná…! ¡Eso sin contar el comercio de maderas y especias en los mismos mercados!- Andrés Ordóñez recorrió la distancia que le separaba de su hermana, hasta situarse frente a ella para mirarla frente a frente.

-¡Estoy harta Andrés, de capturar aravacos, tan indios como los caribes, para venderlos como esclavos a los encomenderos castellanos y a los dueños de plantaciones portuguesas! ¡Además los indios, incluso los aravacos, son rebeldes! ¡Los hacendados prefieren como esclavos a los dóciles negros del otro lado del mar!- Dama Cecilia sostuvo con firmeza la mirada de su hermano.

-¡Pero es…! ¿Que os habéis olvidado del poder de los que andan tras los hermanos Menéndez?- se reafirmó Andrés.

-¡Sé perfectamente que todos esos puertos que antes habéis mencionado hermano, son los lugares en los que los partidarios del Duque de Alba están implantando su poder y gobierno, además de en Méjico y Lima! ¡Pero también sé de la voracidad de esas gentes!- fue la respuesta de ella.

¡Estáis hablando, hermana, de Nueva España y de Tierra Firme, y aún os olvidáis de la Audiencia de Santo Domingo, en La Española! ¡No podemos oponernos al ascenso de los albistas en estos reinos!- Andrés había subido los escalones, y rodeando la silla curial, se detuvo junto a una estela de piedra sobre la que había grabada la gran serpiente, apoyando su diestra en ella y lanzando un profundo suspiro-¡No veo además por qué no podemos traficar con los aravacos al tiempo que con los esclavos negros del otro lado del mar! ¡Acrecentaríamos nuestra fortuna, hermana!-

-¡Os he repetido varias veces que no me place ver cerca de nuestros dominios a esa gente, de la misma forma que tampoco hacer tratos con ellos ha sido de mi agrado!- ella se había girado para ver a su hermano, estaba enojada de veras.

-¡Pero…! ¿Qué podéis temer de gentes que hasta ahora han sido nuestros mejores aliados? ¡No creo que los del Duque de Alba nos consideren enemigos, y menos aún, imagino a sus gobernadores atacando nuestras tierras!- argumentó Andrés.

-¡Esa gente nunca tiene bastante! ¡Parece extraño que no recordéis como encausaron a nuestro padre…! ¡No hay lugar para nosotros en el mundo que los Alba quieren construir! ¡Nuestro mundo va desde Cumaná en el occidente, hasta Isla Cavana a oriente! ¡Es la tierra entre los dos grandes ríos, el Orinoco y el Amazonas!- ella le iba siguiendo con la cabeza mientras él se situaba de nuevo a su frente, escalones abajo-¡Una tierra en la que todavía se puede ser libre, de la inquisición promovida por los de Alba, de sus leyes de aprehensión, y de la rapiña portuguesa!-

-¿Y pensáis que solamente con el tráfico de los esclavos negros, que han de venir del otro lado de la mar Océana, vamos a mantener nuestra posición? ¿Contra el nuevo poder que se alza en Castilla y en Lima?- Andrés Ordóñez frunció el ceño y cerró sus facciones como un toro antes de la embestida.

-¡Estamos evitando la cuestión de fondo, hermano!- Dama Cecilia, tuvo la tentación de alzarse, pero tuvo el buen tino de permanecer en su silla curial- ¡No se trata de seguir capturando a los aravacos o traficar con los esclavos negros…! ¡Se trata de que os habéis empeñado en uniros a los Menéndez en su campaña!-

-¡Naturalmente, Cecilia! ¡Son nuestros aliados, nos han enriquecido!- respondió Andrés Ordóñez.

-¡Si, como nuestro padre! ¡Nos respetarán mientras les seamos útiles!- susurró ella.

-¡Precisamente, hay que serles útiles! ¡Unámonos a su campaña con nuestras fuerzas!- insistió él.

-¡No me habéis dejado terminar…! ¿Mientras les seamos útiles o no ambicionen nuestro Dominio!- puntualizó Dama Cecilia.

-¿Qué querrían del Dominio los albistas?- se rió él.

-¡Por la Yacu Mama, Andrés! ¡Nuestro oro, nuestra situación, nuestros campos de cultivo, la frontera con los dominios portugueses, todo eso codiciarán nada más verlo!- Dama Cecilia se iba encendiendo-¡Además sabemos que el objetivo de la campaña de los Menéndez es terminar con el gobierno del virrey De La Marck, y someter a su disciplina el virreinato de Siete Virtudes! ¿De verdad creéis que se detendrán en las islas que rige Don Leopoldo? ¡Yo os digo que no!-

-¡Y pues… ¡ ¿Qué proponéis?- Andrés Ordóñez cruzo sus brazos y miró cejudo a su hermana.

-¡Me sorprendéis Andrés! ¿Olvidáis que quien es nuestro gran amigo y aliado es Don Leopoldo De La Marck? ¡Que bajo su gobierno se puede ser libre, que el virreinato nos ha enriquecido mucho más que esos rancios barbudos de los Menéndez y sus dueños! ¡A quién no podemos abandonar, y mucho menos atacar es a De La Marck!-

-¿No advertís, que la fuerza de los de Alba, destruirán por completo al viejo Leopoldo De La Marck y su sueño de una provincia de libertades bajo la protección de la Corona de Castilla?- se reafirmó él.

-¡Puede ser! ¡Pero como sé que tras destruir Siete Virtudes, esos buitres vendrán a por nosotros, no pienso permanecer aguardando el final de lo que nuestro padre construyó!- respondió con firmeza ella.

-¿Luchar contra las tropas de los de Alba? ¡Habéis perdido el juicio, hermana!-

-¡Y vos el sentido de la supervivencia, Andrés!-

El rostro del baquiano mestizo se oscureció aún más…

-¡Pero, teníais razón cuando decíais que no tratábamos lo importante! ¡No se trata solamente de tomar partido por los Menéndez o por el virrey De La Marck! ¡Se trata de vos y de mí! ¡Y se trata de ese teule, que a vuestra manera habéis invitado a venir aquí a Fuerte Angostura del Orinoco, nuestra capital!- rugió Andrés Ordóñez.

-¡No volváis sobre esa pretensión…! ¡Ese deseo vuestro es una enfermedad, que nos podría condenar a ambos a una muerte segura! ¿No sabéis acaso que las leyes del Tótem de Yacu Mama, castigan con la tortura y la muerte la unión entre hermanos?- Dama Cecilia había pasado del enojo a la indignación y la repugnancia.

-¡No me hagáis reír…! ¡Isimaru, os dejó en una situación que tanto los Sabios de los tótems Caribe del Guay Naya, como el Consejo de Capitanes de nuestras mesnadas de mestizos, acatarán lo que decidáis! ¡Vos hermana, sois la única ley del Tótem, y a la vez la guía de nuestra gente armada!- en el tono utilizado por Andrés Ordóñez quería habitar la melodía del seductor- ¡Además, no podéis negar que cuando eráis niña, correspondíais a mis deseos y sentimientos! ¡No podéis lanzar por la borda nuestra historia de Upara, que vivimos aquellos meses, en la Estancia de padre! ¡Y mucho menos por una visión de bruja caribe…! ¡Isimaru, nuestra madre, no estaba en su juicio últimamente!-

-¡Callad! ¡Si nuestro padre hubiera sabido de nuestro romance en la estancia del sur, nos hubiera castigado duramente! ¡En cuanto a madre…! ¿Cómo os atrevéis a burlaros de ella? ¡Es la muy venerada Yacu Ayura, en todo el Guay Naya su figura es venerada!- Dama Cecilia empezó a utilizar con su hermano, el tono de superioridad que su situación le permitía.

-¡Ahora vos sois la venerada, vos Cecilia sois la Yacu Ayura de todo Guay Naya! ¡Lo que vos deseéis será la ley en todo el Dominio! ¡Si me escogéis, todos me aceptarán como el Cacique de Guay Naya! ¡Si nos unimos, nuestra descendencia mantendrá la pureza de nuestra sangre, sangre de reyes de León y sangre de caciques y ayuras de Guay Naya!- la pasión que Andrés Ordóñez puso en sus argumentos destellaba reflejos de locura.

-¡Os lo he dicho mil veces, y os lo diré una más…!- Dama Cecilia se puso en pie blandiendo su cetro- ¡No! ¡No romperé las leyes de nuestro Tótem, no disgustaré el alma de nuestros padres, no haré nada que cause desunión en el Consejo de Capitanes, y no abandonaré mis obligaciones de Yacu Ayura, a pesar de ser vos, por disposición de nuestros padres el segundo Cacique de nuestro pueblo y de nuestros capitanes! ¡Si cedo a vuestros deseos, y os cedo el lugar de primer Cacique, que es lo que ansiáis, nada se mantendrá en su lugar, y a mi me corresponde mantener el orden de las cosas en nuestro Dominio!-

-¡Pero yo os amo y os deseo, Cecilia!- Andrés hincó su rodilla derecha sobre la esterilla de palma que hacía las veces de alfombra en la estancia.

-¡Yo, no!- respondió fríamente ella- ¡No pienso poner en riesgo el buen destino de Guay Naya, hermano!-

-¡Ya lo habéis hecho, Dama Cecilia!- él se puso de nuevo en pie, llenando de ira sus pulmones, con las facciones de un toro embravecido y gesto de dar un paso hacia su hermana. Tras los cortinajes situados detrás del monolito de piedra, surgieron dos indios armados con sendas cerbatanas, aquello fue suficiente para disuadir a Don Andrés de sus intenciones que nunca se sabría, si eran de dar muerte o de tomar el cuerpo de su hermana- ¡Volveré a Maturín, y en vuestros locos planes, no contéis ni con mis capitanes mestizos, ni con mis Mirmidones, y por poco que pueda ni con los tótems del Amacuro, ellos os escupirían si les negarais capturar aravacos!- el recio baquiano dio media vuelta y salió por la puerta de la sala, sus botas hacían sonar las tablas del suelo de la construcción, todo en él, era ira.

Ella suspiró, los dos guardas indios se apresuraron a mirar por las ventanas, tras las persianas, para asegurarse de que Don Andrés realmente se iba. Mientras, ella volvía a tomar asiento, respirando con fuerza y algo entristecida – ¡Llamad a Guyapín!- ordenó a los guardas, uno de ellos salió al exterior, el otro permaneció atento junto a su Yacu Ayura.

Al cabo de unos instantes, volvió el indio acompañado de dos más y de un recio mestizo con la faz poblada con una densa barba, ataviado con armilla y pantalones, descamisado y luciendo hercúleos brazos. Su único ojo era de un negro azabache, cubría su cabello con un pañuelo rojo y aún sobre este un chambergo de cuero untado de hule, que se quitó tras traspasar el umbral de la sala.

-¡Aquí me tenéis Dama Cecilia…!- el gigantón realizó una reverencia.

-¡Mi hermano, ha partido! ¡Supongo que a su fortín y cuadras de la orilla de poniente! ¡Dime, capitán Guyapín! ¿Cómo está nuestra situación?- Dama Cecilia había recuperado la calma. El tuerto realizó una respetuosa inclinación antes de responder.

-¡La mayoría de los capitanes, Dama Cecilia, están de vuestro lado! ¡Vuestro hermano cuenta con los que se hallan entre Cumaná y Macuro, y aún de entre estos últimos, los habrá que se opongan a enfrentarse al Virrey Leopoldo! ¡Lo mismo le sucederá con los tótems del Amacuro, muchos de ellos dependen tanto de vos, como de las gentes del Virrey!- dijo con su voz atronadora.

-¡Todo eso ya me es conocido Guyapín! ¿Qué hay del Caimán y de Marín, el baquiano portugués?- insistió ella.

-¡Caimán es un pirata de río, Dama Cecilia…! ¡Pero hasta la fecha ha respetado el último trato que hizo con nosotros! ¡Y el portugués está cada vez más al servicio del Virrey, el tráfico con los negreros portugueses, le reporta muchas ganancias!- fue la respuesta del capitán Guyapín.

-¿Y en el Guay Naya? ¿En el curso alto del río?- repitió Cecilia Ordóñez.

-¡Los tótems caribes, tanto en las tierras de poniente del río, como en las de oriente seguirán a su Yacu Ayura, los poblados sometidos de otras naciones intentarán sublevarse si ven reducidos los efectivos de los caribes en la zona…! ¡Los tótems pemó, los guardianes de los Tepuis 1, os respetan, pero como sabéis, se consideran guardianes de los Guay Manu, y por tanto no tomarán partido alguno, a no ser que algún loco intente violar los Tepui!- el capitán realizó una exposición breve pero que correspondía a las últimas noticias de río arriba.

-¿Y qué hay, Guyapín de los Omagua y de los reinos del Sur?- Dama Cecilia prosiguió demandando información.

-¡Dama Cecilia, la información que tenemos no es tan frecuente…! ¡De todos modos en el Reino de la Canela y la Sal, así como en la de los mwiska, los Hijos del Sol, que sepamos no se ha dado movimiento alguno! ¡Persisten en mantenerse a salvo en lo posible de las entradas de castellanos y portugueses!- acabó el capitán mestizo.

-¡Antes de retiraros, capitán, quiero que respondáis a una pregunta más personal…! ¿Qué creéis de la profecía de Isimaru, y de que haya mandado a por el teule de la garra de hierro?- Cecilia Ordóñez realizó la pregunta sin mover un solo músculo del rostro, manteniendo su postura hierática.

-¡Todos sabemos aquí en Fuerte Angostura, en los territorios del Guay Naya, en los del Amacuro, como en el Cumaná y en la península de Paria, que vuestra madre Isimaru, no se desposó con vuestro padre Don Tello, pero que vivieron de común acuerdo, hasta que a Don Tello lo reclamaron desde Lima! ¡Nosotros los capitanes del Dominio, somos hijos de los leoneses que consigo trajo Don Tello y las mujeres caribe de los tótems de Angostura, los del Yacu Naya, y los de las Siete Bocas! ¡Nadie hallará rareza alguna en que obréis como vuestra madre! ¡La mayoría de los capitanes, venera la figura de Don Tello, vuestro padre, y advierten que gobernáis como él lo hubiera hecho, en cambio Don Andrés…!- el gigantesco capitán se detuvo.

-¿Qué pasa con mi hermano?- preguntó ella.

-¡Veréis…! ¡Muchos de nosotros estamos hartos de sus maledicencias, hacia la memoria de vuestros padres, se comenta el exceso de codicia y afán de riquezas que en él es cada vez más manifiesto, y por si ello fuera poco…!-

-¿Qué?-

-¡Hasta los caribes de los tótems del Amacuro, encuentran su crueldad y ensañamiento excesivos, especialmente contra los aravacos de la costa! ¡Los tótems wanoo del Amacuro, sencillamente están vos, odian a vuestro hermano, pues si por él fuera serían tratados como el resto de los aravacos! ¡En cuanto al teule de la garra de hierro, estamos seguros de que podréis averiguar si es el hombre de la visión de Isimaru! ¡Y si lo es, no debéis temer nada de los capitanes ni de los tótems!- el capitán Guyapín, bajó la cabeza al admitir esto último. Dama Cecilia se quedó observando al oficial que permanecía en pie pero en actitud respetuosa.

-¡Sois un soldado leal donde los haya, Guyapín! ¡Voy a necesitar vuestros brazo y corazón!- le dijo la reina sacerdotisa.

-¡Podéis disponer de ambos, Dama Cecilia!- exclamó quedamente el gigantón.

-¡No hay duda que mi hermano, Don Andrés, atizará una rebelión en mi contra, para ello cuenta con el apoyo decidido de sus capitanes afines, y de algunos tótems del Amacuro, sin olvidarnos de que intentará pactar con Caimán que nos ataque aquí mismo en Fuerte Angostura…! ¡Debo daros unos mensajes para que lleguen a los que podemos convencer pero con urgencia el destinado a Caimán!- acababa de pronunciar esas palabras, cuando un soldado mestizo se presentó en la puerta de la sala, parecía traspuesto y con los ojos desencajados. Advirtiéndolo Cecilia Ordóñez, dio instrucciones de que entrara.

-¡Dama Cecilia…!-el hombre hablaba con dificultad- ¡Don Andrés ha pasado a la ribera de poniente con su escolta de Mirmidones, y desde allí ha lanzado un grito de guerra y de maldición sobre la Yacu Ayura y sus leales!-

-¡Capitán Guyapín! ¿Cuántos hombres componen la compañía de los Mirmidones?-preguntó Cecilia Ordóñez.

-¡Son casi cuatrocientos aguerridos hombres siempre dispuestos al combate!- contestó el mestizo.

-¡Soldado…!-dijo Cecilia Ordóñez dirigiéndose al recién llegado- ¿En que han partido?-

-¡Han tomado un bergantín del muelle, dejando a su tripulación en tierra, mi Dama! ¡La guardia del bergantín ha sido arrojada por la borda al agua!- balbuceó el soldado mestizo

-¿Se han salvado los hombres?- preguntó de inmediato Guyapín.

-¡Si mi capitán, una curiara2 los ha recogido de la dársena!- respondió el soldado.

-¡Está bien soldado, puedes volver a tu puesto!- ordenó Cecilia Ordóñez.

Una vez el soldado había marchado, Dama Cecilia se levantó de su silla curial y bajó los tres escalones, ya sobre la alfombra de palma se acercó a una de las persianas entreabiertas, cogió la cuerdecilla que convertía la ventana en una gran tronera y alzó totalmente la persiana de madera… Fijó su mirada esmeralda en la bocana de salida del puerto y dársena de Fuerte Angostura, el bergantín ya había dejado atrás el paso de los bastiones, que puede bloquear el acceso a los muelles, y efectivamente se dirigía hacia el rabión de poniente.

-¡Miradlo…!-susurró ella- ¡Lleva prisa, la misma ansia que siente por todo lo que le es vedado, le conduce a la rebelión, a destruir la obra de sus padres y de sus gentes! ¡Guyapín, permaneced aquí y aguardad, os entregaré los mensajes que debéis librar!- tras ordenar esto último, Dama Cecilia se perdió tras los pesados cortinajes de detrás de la estela grabada con el emblema de la serpiente, la Yacu Mama.

A su vuelta, la reina-sacerdotisa entregó al capitán Guyapín un mensaje en un billete de papel, indicándole que era para Caimán, el pirata del río; y a continuación unos nudos de cuerda de colores sobre unas sogas blancas de algodón, eran para los tótems del Amacuro. Guyapín inclinó su cabeza cubierta por el pañuelo y tras encasquetarse el chambergo dio media vuelta y partió con los mensajes, ya fuera, su vozarrón se escuchó impartiendo ordenes.

El sol se aproximaba al zenit del día, unas viejas sirvientas aparecieron en la sala, venían a buscar a Dama Cecilia, era el mediodía y la llevarían a las dependencias del comedor para servirle la comida del almuerzo. Cruzaron la amplia sala y se perdieron todas tras los cortinajes, seguidas por dos de los indios de la cerbatana, emergieron al otro lado de las cortinas, en una sala casi tan extensa como la de las recepciones, esta tenía una inmensa mesa de estilo recio castellano rodeada de veintiuna sillas y un pequeño trono en la cabeza de mesa situada al fondo, frente a la puerta de acceso. Arcones y un taquillón de estilo castellano también, estaban adosados a las blancas paredes laterales y sobre dichos muebles colgaban tapices traídos de la lejana región del Huallanga, parecidos a los que los conquistadores del Tiahuantisuyu3 encontraron en las paredes de los palacios cuzqueños. Tras el trono una talla en el tronco de un gigantesco árbol seco, con la efigie de la gran serpiente del tótem Yacu Mama. Remataba la sala un gran hogar entre los dos arcones que guardaban el ajuar de los Ordóñez, la chimenea albergaba fuego durante las noches de la estación de la lluvia.

Las viejas empezaron a servir el almuerzo, sobre una vajilla de plata, la vajilla de Don Tello…

-¡Guarima, come conmigo y comparte mi mesa!-ordenó Dama Cecilia. La mujer aludida, tan cargada de años como liviana de carnes, inclinó su cabeza y tomó asiento a la izquierda del trono, una vez servidas las viandas, y el agua, las otras mujeres se retiraron, el comedor y sus comensales quedaron guardados por los dos indios que permanecían en su mutismo y atentos a cualquier anomalía.

Siguiendo el protocolo, la vieja Guarima, cataba todo aquello que Dama Cecilia deseaba comer, y algo después se lo servía en bandeja de plata con su derecha,, y lo mismo sucedía con los zumos de fruta y el agua.

Les habían preparado sobre hojas de palma, un asado de arapaima- un pescado del río, de carne sabrosa- acompañado de frutas pulposas de la jungla troceadas, y mientras comían lentamente, ambas mujeres entablaron un diálogo en los que todo, era tuétano…

-¡Ya sabes, Dama Cecilia, que acompañé a Isimaru, vuestra madre, desde que fue proclamada la Yacu Ayura de todo el Yacu Naya y aún más del Guay Naya!- dijo la vieja Guarima, clavando sus ojos negros en la figura de la joven reina- sacerdotisa. La cara de Guarima, surcada por incontables arrugas, y sus cabellos canos contrastaba con sus dientes sanos y una figura esbelta. Con aquellas palabras la anciana caribe daba a entender que podía consultarle sobre el pasado y especialmente respecto de las decisiones que Isimaru, su madre tomó en su tiempo. El ofrecimiento no pasó desapercibido.

-¡Guarima, tú viviste el tiempo en el que mi madre se unió a Don Tello! ¿Cómo sucedió según tu memoria?-

-¡Isimaru ya era Yacu Ayura…! ¡Don Tello, vuestro padre llegó desde los llanos, como todos los teules, en busca de oro y riquezas! ¡Pero a diferencia de los otros, era un hombre con los sentidos muy despiertos, y su alma era buena!- la vieja hablaba lentamente, en voz baja, sin gesticular y atenta a que su dueña le pidiera algún bocado.

-¿Cómo se conocieron?- Cecilia Ordóñez miró fijamente a su confidente.

-¡Don Tello y los suyos hicieron la entrada, en busca de El Dorado, era una expedición más, pero su jefe no era como Belalcázar y los otros! ¡No se presentó a las puertas del río, para imponer nada, muy al contrario se presentó portando presentes, ofreciendo ayuda al Cacique Uspara, y solicitando noticias sobre la tierra Omagua!- recordó la vieja.

-¿Cómo le recibió nuestro pueblo?-

-¡Don Tello, traía consigo una tropa disciplinada, sin indios reclutados en los llanos, y por aquél entonces los tótems de Yacu Naya, estaban enfrentados a muerte con los del Amacuro, y ellos llevaban la mejor parte en los enfrentamientos! ¡Isimaru por encima de los regalos y la posibilidad de una alianza que decantaría la lucha, captó inmediatamente que se hallaba ante un gran hombre…!-

-¡Pero…! ¡Nunca se desposaron! ¿No?-

-¡Así fue! ¡Don Tello, ya tenía una esposa teule, como él, y su religión le impedía contraer otro nuevo matrimonio, y mucho menos con una mujer que no fuera cristiana, como él!-

-¿Y no le prohibía yacer con otra mujer? ¿Ni tener hijos con ella? ¿No tenía vedado unirse a una mujer que no era cristiana?- inquirió Dama Cecilia. La vieja Guarima esbozó una sonrisa.

-¡Los hombres son volubles, y los teules más! ¡De hecho, su unión con Isimaru fue conocida en Lima, un tiempo después…! ¡Y fue motivo de su desgracia, quedó manchado a ojos de los suyos! ¡Su esposa teule, no quiso saber nada de él, ni los hijos que con ella había concebido tampoco! ¡Vuestro padre sufrió pero la felicidad que encontró en brazos de Isimaru le mitigó aquél dolor!- recordó la anciana.

-¿Cómo pudo unirse mi madre a un teule?-

-¡La madre de Isimaru, vuestra abuela, también fue una Yacu Ayura! ¡Isimaru, tenía su profecía, como vos tenéis la vuestra! ¡A Isimaru, la tomaría para que perdurara el linaje de las Yacu Ayura, un águila coronada!- dijo quedamente Guarima. Cecilia Ordóñez sonrió con ironía.

-¿Llegó Don Tello volando?- preguntó divertida.

-¡Don Tello, llegó con sus halcones y una águila…! ¡Era un consumado cazador con esos terribles pájaros! ¡Y su faz recordaba la de una águila, en la que se incrustaron dos esmeraldas! ¡Tenía los ojos tan verdes como los vuestros, Dama Cecilia!-

-¿Y lo de coronada?-

-¡Por las venas de Don Tello, corría sangre de los Reyes del antiguo Reino de León! ¡Y en consecuencia, por las vuestras también, sois hija de una águila que ciñe corona!-

-¡Pero…! ¿Cómo aceptó mi madre unirse a un teule? ¡Los teules están marcados por la crueldad y su espíritu es destructor por el estigma de la posesión de los demonios!-

-¡Como vos os uniréis al hombre de vuestra profecía…! ¡Don Tello se sometió a la ceremonia de purificación!-

-¿Tomó la Ayahuasca?-

-¡Se purificó como los chamanes del Guay Naya, tras haber luchado contra los tótems del Amacuro y someterlos, y después de haberse enamorado de Isimaru!- sonrió con dulzura la anciana fijando sus pequeñas pupilas azabache en los ojos verdes de su señora.

-¡Pero él…! ¡Él llegó a ser como un Cacique! ¿No?-

La vieja Guarima entornó sus pequeños ojos y bajó ligeramente la cabeza…

-¡Guarima, sabe también cosas que no debería saber…! ¡Pero Isimaru le hizo la confidencia de cosas que ninguna de nosotras ha conocido jamás!-

-¿Qué quieres decir, Guarima?-

-¡Don Tello, por la fuerza de las armas incorporó a los tótems del Amacuro a los del Yacu Naya! ¡Sus capitanes se unieron a nuestras vírgenes, de ahí vuestra tropa mestiza! ¡Pero para nuestros Caciques, Don Tello no era nada más que un amante de Isimaru…! ¡A pesar de ello, todos advertían que vuestro padre poseía autoridad, y el favor de la Yacu Ayura…! ¡Todos ansiaban una solución, y la encontraron! ¡Vuestro padre se sometió a la ceremonia de exaltación a Cacique caribe…! ¡No queráis saber los detalles!-

-¿Sufrió?-

-¡En silencio, como el más bravo de los caciques que haya visto la Yacu Mama! ¡ Y su visión fue la de el águila coronada! ¡Su autoridad sobre todos, fue aceptada sin discusión!-

-¡El resultado de su gobierno, está todavía vivo! ¡Las plantaciones del sur, la red de comercio, la prosperidad de nuestra gente…! ¡Toda nuestra fuerza! ¡Pero dime, Guarima…! ¿Cómo sabré que el teule de la zarpa de hierro, es el jaguar que había en las visiones de Isimaru?- preguntó Dama Cecilia.

-¡Igual que Isimaru…! ¡La Ayahuasca, no engaña! ¡Los antiguos sacerdotes del Tiahuantisuyu, lo daban a sus Incas y a sus nobles, ya que ninguno podía albergar impureza ni maldad, ni en el cuerpo, ni en el alma…! ¡Conoceréis al hombre jaguar, como Isimaru conoció a su hombre águila coronada!- sentenció la vieja Guarima.

Ambas callaron unos momentos, con un gesto Dama Cecilia dio a entender que ya no tenía más apetito, y se levantó de la silla, la vieja catadora hizo lo propio.

-¡Vamos a contemplar el río…! ¡Él nos da la vida!- ordenó la señora de Fuerte Angostura. Salieron del comedor para cruzar por las estancias hasta llegar a la puerta de la gran sala de recepciones. Cruzaron la puerta, guardadas por los cuatro indios de las cerbatanas, las mujeres que habían acompañado a Guarima, se dieron prisa a despejar la mesa del comedor.

Habían salido a la amplia balconada fortificada que daba sobre el puerto de Angostura, frente a ellas entre los dos elevados bastiones, se contemplaba el río hacia el norte, en cuyo centro surgía a flor de agua, la roca redondeada que simulaba el lomo de una gigantesca serpiente pétrea. todo ello flanqueado por la voraz selva, el sol ya no estaba en el zenit, y ambas empezaron a recorrer el perímetro de la terraza que rodeaba el palacio de la Yacu Ayura de todo el Guay Naya, sus pies calzados con livianas albarcas de liana trenzada, sentían bajo las plantas, la dura madera de oscura caoba, extraída de la jungla, dura como la roca, de la que estaba construido el palacio fortificado de Dama Cecilia.

-¡Habladme más de mi padre, Guarima…!- solicitó la dueña de la plaza fuerte.

Las dos mujeres y su escolta recorrían el perímetro de aquella terraza, que más tenía de almena que de balconada. Hicieron la galería de oriente, y al girar para iniciar la parte sur contemplaron bajo el castillo la ciudad de Angostura, trazada por Don Tello y los suyos en la isla en la que hallaron a Isimaru.

-¡Todavía recuerdo cuando Don Tello, marcó las calles y las zonas de la ciudad…! ¡Lo hizo a la manera de los teules, pero de forma que los poblados y la vida de los yacuana, fueran posibles en su interior!- Las dos mujeres, contemplaron la ciudad, de hecho la ciudad, el palacio fortificado y la dársena eran un todo, asentado en una isla con aspecto de punta de lanza. La punta la cerraban los dos bastiones que vigilaban el estrecho paso a la dársena y sus muelles, orientado al norte, hacia las islas del territorio Amacuro, los muelles por la parte externa eran muros de defensa. A continuación el palacio era un castillo con base de roca y alzado en densas maderas de la jungla con perímetro trapezoidal y dotado de dos plantas y un torreón que se alzaba como centro de gobierno de los tótems yacuana y sus agregados mestizos, descendientes de Don Tello y sus soldados.

Finalmente, tras la fortaleza de Dama Cecilia, dentro de un perímetro que completaba la forma lobular de punta de lanza, se hallaba la ciudad de Angostura, o Tianyacuana, en la lengua del tótem, y desde un mirador de las almenas, la vieja Guarima y su joven señora repasaban las dos calles principales, que se cruzaban en el amplio espacio destinado al mercado y a los consejos de los caciques para tratar los temas que les atañieran…Al fondo el embarcadero de los pescadores y de los trabajadores de las tierras de la vecina isla de Name Naya. En los cuartos que se generaban, uno estaba destinado a los cuarteles en los que vivían los mestizos, con sus familias, y los tres restantes a las comunidades caribe yacuana. Y todo el conjunto se hallaba protegido por una empalizada basada en un muro bajo de adobe duro y en la que se intercalaban torres de vigía y de defensa… Un pequeño mundo, posible merced a los esfuerzos y labor de Don Tello y sus gentes, que había posibilitado el desarrollo y seguridad de los tótems amenazados que halló allí, en el tramo en el cual el río Orinoco era más estrecho y que el descubridor Ordás llamó Angostura de Orinoco.

Tras contemplar la ciudad y su movimiento, siguieron por la terraza hasta doblar para regresar a la fachada, andando por la galería de poniente… El sol empezaba su declive y danzaba sobre las copas de los arboles de la jungla, los miles de pájaros y monos que la poblaban alzaban un auténtico concierto antes de que la luz de la tarde diera paso a los tonos grises y rojizos del ocaso. Ni una sola nube se presentaba a la vista de las dos mujeres, que contemplaban con respeto religioso el declive del astro del día.

-¡Dime Guarima…! ¡Los tótems waraos4 del Amacuro, que viven como nosotros del gran río y de la jungla, creen como nosotros en los espíritus del mundo…! ¡Pero hablan también, como los del Guay Naya del Sur y los pemó, de un gran espíritu creador! ¡En eso se parecen a los teules…! ¿No es así Guarima?- Cecilia clavó sus inmensos ojos verdes en los carbones encendidos de la vieja sacerdotisa de Yacu Mama, la gran serpiente.

-¡Si, muchos de los tótems invocan a Wanadi, de los waraos, también conocido por los caribes como Makunaima, el gran creador! ¡También nuestros caciques le invocan cuando han de ir al combate! ¡Es el gran espíritu que gobierna el sol, su culto pertenece a los hombres, así como el de Yacu Mama a nosotras las mujeres!- murmuró la anciana, señalando el arrecife redondeado que emergía en el centro del río- ¡La gran serpiente de siete bocas, la creadora del Orinoco, la Yacu Mama, estaba aquí cuando ni el mono, ni el tucán, ni el jaguar habían sido concebidos!¡Ella representa la sabiduría por lo que fertiliza estas tierras y sus aguas, así como el tiempo, y por ello es destructora!- al susurrar estas palabras Guarima, pudieron ver una ligera galera que remontaba el río a golpe de remo y ayudada por la débil brisa que procedía del Amacuro.

-¡Vamos a la sala, Guarima! ¡He de prepararme para la recepción del hombre con garra de hierro! ¡Con el jaguar de la profecía!- ordenó Dama Cecilia.

 

Media milla río arriba, el capitán Juánez arengaba a los hombres que estaban a los remos, ya faltaba poco para llegar al puerto de Fuerte Angostura. La galera empezaba a maniobrar para esquivar el redondeado arrecife que se situaba en línea con la entrada señalada por dos altos bastiones que se alzaban amenazadores sobre las aguas del centro del Orinoco.

Sobre un discreto castillo de popa, Álvaro de Sobrarbe con su yelmo sostenido por el brazo y Alfredo Somer en la misma postura, miraban sorprendidos río arriba, ante ellos aparecía una fortificación, rematada en un castillo con una torre que lo coronaba. La impensable fortaleza se hallaba en el centro del inmenso río Orinoco, y a lado y lado la impenetrable selva les enviaba los gritos y aullidos de los millones de seres que acogía, en aquél ocaso que teñía las aguas del río con reflejos rojizos sobre la masa gris verdosa de las aguas.

-¡No parece obra de un pueblo salvaje!- susurró Álvaro.

-¡Olvidaos, Don Álvaro, de todo lo que habéis visto en las Indias Occidentales, hasta este momento! ¡No hemos vivido nada como esto!- exclamó en voz baja Somer-¡Y por cierto hablando de hechos excepcionales…! ¿Por qué me habéis arrastrado bajo la toldilla cuando se nos acercaba ese bergantín?-

-¡A uno de los ocupantes de la canoa, lo conocí en Cartagena de Indias…! ¡No quería que me reconociera, y habida cuenta de la conversación que ha sostenido con Juánez, mejor que haya sido así!- le respondió Álvaro.

-¡Muy delicada la conversación, una sublevación en toda la regla…! ¡Todavía tendréis la rueda de la fortuna a vuestro lado, y como Pizarro arribaréis a un reino en plena guerra civil!-reflexionó muy quedamente Somer.

-¿Nunca habíais penetrado hasta aquí, Don Alfredo?- preguntó Álvaro. En realidad estaba desviando el tema, había reconocido a Andrés Ordóñez, y la idea de que se enfrentara a su hermana le produjo una fuerte desazón.

-¡Justo había visto la ribera oeste del río, pero en el curso más bajo del río…! ¡A menudo he contemplado como hoy, como los caimanes oliendo carne se deslizan hasta el gran río! ¡Y también he mercadeado con los indios de los palafitos que ocupan las islas del delta de Amacuro, donde se entrelazan las aguas del río y las de la mar Océana!- le respondió el alemán.

-¿Cómo es aquello?-

-¡Increíble y bellísimo! ¡Un archipiélago donde mar y río se abrazan, cientos, miles quizás de islas de distintos tamaños! ¡Una gran fuerza domina aquella parte final de este gran río!- siguió Somer.

-¿Y el virreinato?-

-¡Estuve en una ocasión en un poblamiento, una ciudad incipiente, que pertenece al Virreinato de Siete Virtudes, oficialmente tiene el nombre de Fortaleza de Corrientes!- especificó Somer.

-¿Tiene otro nombre?-

-¡Nueva Amberes de Orinoco! ¡Predominan los zelandeses y los flamencos del norte!-

-¿Y qué os llevó hasta allí?- preguntó entre intrigado y divertido, Álvaro.

-¡Conducía una manada de reses, que los comerciantes de aquella población necesitaban! ¡Pagaban bien, en aquél lugar, seguro que llevaban años tragando pescado, no había otra cosa!-evocó el alemán.

Lentamente rodearon aquél arrecife redondeado y el timonel volvió a centrar la proa entre los dos altos bastiones que marcaban la entrada en un puerto cerrado y amurallado. La maniobra fue realizada con limpieza y seguridad, lo que delataba que el timonel la realizaba con frecuencia. Al dejar atrás el arrecife, observaron unos inquietantes remolinos donde la roca redondeada y lisa penetraba en el río.

Juánez que los observaba, una vez encarada la embocadura de la rada, se acercó a ellos y con una sonrisa bárbara se dirigió a ellos…

-¡Aquí se hunde la gran Yacu Mama, la serpiente de siete bocas…! ¡La gran Anaconda, ja, ja ja!- el hombre se recreaba dando pábulo a las leyendas de los indios de la región.

-¿Vos creéis eso, Juánez?- preguntó con expresión de perplejidad Somer.

Los ojos malignos del mestizo, se clavaron en las pupilas color de mar del alemán. en su sonrisa asomaba un mundo salvaje, distinto, lleno de vida y con la muerte acechando a cada paso.

-¡Los chamanes y las Ayuras, así lo afirman! ¡Nunca lo he visto, ni me lo han podido demostrar! ¡Pero nadie tampoco ha podido probar lo contrario!-

-¿Cuando llegasteis aquí Juánez?- preguntó Álvaro sosteniendo todavía su yelmo con el brazo izquierdo.

-¡Yo nací aquí, caballeros! ¡Soy hijo del Yacu Naya! ¡Mi padre estaba en la hueste de Don Tello Ordóñez, y como todos los otros, tomó mujer de estos indios! ¡Soy uno de esos mestizos, que en Lima y otras ciudades importantes, los teules miran con desprecio!- el recio Juánez cruzó los brazos como desafiando a que aquellos teules que tenía ante sí, le dijeran algo. Ambos le miraron con respeto…

Tras dejar de mirar el atezado rostro de Juánez, captó su atención que habían entrado en el angosto pasaje flanqueado por los dos bastiones que conducía al interior de la dársena. Los bastiones eran dos torres muy altas y alargadas, construidas mediante un armazón de recias vigas de madera y ladrillos de un adobe oscuro… Tenía el aspecto de ser una construcción muy recia, a la altura de la cubierta de la pequeñas galera, un gran número de aspilleras y troneras delataba la concepción defensiva de las torres, y algo más abajo, tanto Álvaro como Somer pudieron advertir cada diez varas, los clásicos ventanucos escamoteados bajo un portón de madera, dispuestos para alojar una pieza de artillería o una culebrina grande.

-¡Es muy difícil forzar la entrada en el puerto…! ¿No es cierto, Juánez?- preguntó Álvaro.

-¡Desde que alzamos los muros y estos dos bastiones!- el capitán señaló alzando los brazos a las fortificaciones que les rodeaban- ¡Nadie ha podido asaltar Fuerte Angostura!- el hombretón sonrió satisfecho al poder presumir de invulnerabilidad.

Lentamente la proa de la galera se adentraba en la dársena, a los lados, estaban dispuestos muelles y atracaderos en los que, galeras, como en la que habían remontado el río, pequeños bergantines y almadías gigantescas, estaban amarrados. Frente a ellos se alzaba el fortín, que tenía dos plantas y sobre ellas una torre. Todo el complejo se alzaba sobre una columnata de pilares de roca que merced a unas pasarelas de madera se convertían en un muelle cubierto. Y hacia ese muelle remaban los esforzados hombres de Juánez que se paseaba majestuosamente sobre el puente, jaleando a sus remeros e indicando a qué amarradero debían aproximarse.

La travesía de la dársena al atardecer estaba impregnada de una luz grisácea que las aguas lisas como un espejo multiplicaban, desde las riberas llegaban los ruidos que los animales de la jungla del Orinoco entonaban como despedida del día. Y cuando la proa de la galera empezó a adentrarse en los muelles cubiertos bajo la fortificación, instintivamente Álvaro palpó el medallón que llevaba colgado al cuello, y sintió que un fuerte desasosiego le penetraba en todo el cuerpo, como si le aguardaran pruebas que nunca imaginó o que se hallara a las puertas de un infierno desatado, la mano de Somer le retornó la consciencia, justo para advertir que Juánez había intuido su estado de ánimo y sonreía con aquella bárbara sonrisa, que no se podía saber si auguraba buenos deseos o la antesala de la mas espantosa tortura. Álvaro intuía que en las próximas horas la suerte de la empresa que le había conducido hasta aquellas tierras iba a recaer sobre su persona, y alzó su cabeza a la bóveda de de madera y ladrillos que estaba sobre ellos inspirando con fuerza y rogando a Dios que le asistiera en aquél trance. La presión de la mano de su compañero Alfredo Somer no dejó de darle ánimo.

-¡Bien, caballeros, hemos llegado a nuestro destino!- la fuerte voz de Juánez resonó como un latigazo para los adentros de Álvaro. Habían atracado junto a un muelle de recios maderos negruzcos, en todo el recinto reinaba la penumbra, y los hombres de la galera tendían una pasarela para acceder al muelle- ¡Señores, seguidme!- ordenó el mestizo. Atravesaron tras él la pasarela, con dos mestizos que les escoltaban, sin más armas que unos largos machetes.

Ya sobre las tablas del embarcadero cubierto, resonaban los pasos sobre las recias maderas. Todo en aquél recinto era fantasmagórico, el eco del lugar, el chapoteo de las aguas, sus pasos resonando, la penumbra extendida por todas partes… De repente llegaron a una empinada escalera que ascendía hasta un entramado de madera que colgaba bajo la bóveda de ladrillo.

-¡Venga, para arriba!- ordenó Juánez. Se vieron ascendiendo por aquellos peldaños de tabla que no crujían, lo cual le dio a Álvaro una idea de lo fuerte que era aquella madera y lo sana que estaba, en un ambiente tan húmedo y no soltaba un solo crujido. El Lince suspiró profundamente, de pronto advirtió que sus instintos se habían puesto a trabajar. Mientras subían, pudieron ver que unas rejas dispuestas en lo alto dejaban pasar algo de luz, ayudando a mantener la penumbra mientras hubiera un ápice de luz fuera de allí.

Llegaron a una especie de pasarela de madera que a más de treinta varas del agua recorría todo el recinto sobre los muelles y las embarcaciones allí atracadas, hasta llegar a la bóveda, en la que se encajaba un portón de madera con aspecto de ser muy fuerte y pesado. Juánez lo golpeó con el picaporte que había a tal efecto; golpeó tres veces, y la pesada poterna se abrió lentamente, rechinando sus goznes.

Al otro lado un mestizo de complexión maciza, con ropajes de cuero, como todos, armado con una alabarda y protegido con un morrión de cuero, les miró a la luz de un hachón encendido.

-¡Os aguardan, pasad Juánez!- el grupo franqueó la poterna. Se internaron en un corredor estrecho tras el cual tres escalones ascendían a una puerta estrecha guardada por otro centinela armado. Al otro lado de la puerta, se encontraron en una especie de cuerpo de guardia en el que unos quince hombres estaban claramente de retén, y pasaban el tiempo como suelen hacerlo los soldados, con naipes, dados y otros juegos. Las paredes estaban ocupadas por armeros llenos de alabardas, mandobles, espadas, ballestas y arcabuces, los arcones supuso Álvaro que estaban destinados a la munición, y al fondo a ambos lados de una portezuela, estaban amontonados los barriles de pólvora. Con paso decidido atravesaron el cuerpo de guardia sin que nadie les molestara, y Juánez con gesto decidido se encaramó a la estrecha escalera a que daba paso la portezuela del cuerpo de guardia; dicha escalera moría en una reja que guardaba el acceso, junto a otro soldado, a un espacio que a juzgar por la frescura del aire estaba al descubierto.

A una seca orden de Juánez, el soldado abrió la reja liberando el candado que la cerraba, y accedieron a una almena cubierta, en la que soldados mestizos de dos en dos estaban apostados vigilando el río y sus riberas.

-¿Todo tranquilo, Miguelón?- preguntó el capitán mestizo.

-¡Si, capitán! ¡No hay novedad!- respondió el muchacho.

-¡Pues abrid bien los ojos y limpiaros las orejas esta noche!- dijo secamente Juánez.

El grupo siguió avanzando sobre el suelo de aquella terraza almenada, hasta llegar a una reja similar a la anterior también guardada, Juánez repitió la orden y franquearon la reja para subir por una escalera al nivel superior, donde se hallaron con el mismo obstáculo que salvaron como los anteriores, y finalmente estaban en una segunda galería almenada en la que junto a los soldados, hacían guardia unos indios armados de un simple cuchillo y una cerbatana, iban ataviados con un simple taparrabos, pero en el cuerpo lucían todo tipo de adornos de plumas y al cinto llevaban una suerte de calabaza a modo de pequeña aljaba de la que asomaban unos dardos…

-¡Son caribes del Guay Naya!-susurró Somer a la oreja de Álvaro-¡Hay que protegerse de sus dardos, están emponzoñados!-

-¡Veo que conocéis las gentes de nuestra tierra!- dijo con algo de sorna Juánez.

El capitán Juárez les llevó ante una puerta amplia guardada por uno de los indios de la cerbatana, y tras intercambiar unas palabras en lengua caribe, entraron en una amplia sala, un candil situado en el centro, otorgaba una tenue luz, y al fondo sobre unos escalones sentada en una silla curial, Álvaro advirtió la figura de una joven vestida con una túnica blanca, y a pesar de la escasa luz, reconoció las facciones y figura de la dama que viera en Cartagena de Indias y que le donó el medallón que lucía ahora sobre la coraza que protegía su pecho. Por puro instinto, Álvaro y Somer realizaron una profunda reverencia y permanecían descubiertos, con los yelmos en el brazo izquierdo. Un detalle había sorprendido a ambos, no les habían desarmado.

-¡Bienvenidos a Fuerte Angostura, la capital del Dominio del Yacu Naya! ¡Estáis en el reino que fundara y fortaleciera Don Tello Ordóñez!- Cecilia Ordóñez utilizó un tono de voz agradable y melodioso para dar la bienvenida a los dos guerreros.

-¡Os saludo de nuevo Doña Cecilia…! ¡En Cartagena, me hicisteis presente de esta joya que desde entonces me ha acompañado en largos recorridos no libres de peligro y lucha!- Álvaro repitió la reverencia.

Los ojos de Álvaro y de Somer, se fueron adaptando a aquella luz tan tenue, y pudieron ver que cuatro indios, en las esquinas de la sala estaban prestos a utilizar sus cerbatanas al mínimo movimiento sospechoso.

-¡Celebro veros de nuevo, tengo noticia de vuestras dificultadas en el camino que habéis andado desde Cartagena hasta aquí…! ¡Pero antes de proseguir desearía ofreceros nuestra hospitalidad con una sencilla pero suculenta cena, supongo que además de cansados estáis hambrientos!- Dama Cecilia se puso en pie, y abrió la marcha hacia la estancia del comedor de su sencillo palacio, a su lado la vieja Guarima no se separaba de ella, así como dos de los cuatro caribes armados de cerbatanas. Juánez hizo seña de que le siguieran al tiempo que se dirigía a los soldados que le habían acompañado…

-¡Vosotros dos aguardad en la sala!- los recios mestizos, se apostaron en las esquinas que los dos caribes habían dejado vacías. El grupo se adentró en los accesos al comedor.

Una vez allí se hallaron con una mesa generosamente servida y el tuerto capitán Gayupín en pie aguardando respetuosamente descubierto la entrada de su Señora. Los comensales se dispusieron de forma rigurosamente protocolaria, junto a Dama Cecilia su catadora, la vieja Guarima, frente a ellas Álvaro y Somer flanqueados respectivamente por Guyapín y Juánez, los caribes permanecían en pie atentos a su cometido de escoltas.

La chimenea estaba encendida para caldear algo el ambiente, y sobre la mesa estaban dispuestos cuencos con sopa de mandioca, pescado asado, frutas y para beber agua y vino. Estaba todo humeante, y Somer pudo a duras penas ahogar el rugir de sus tripas. Una vez aposentados alrededor de la recia mesa de caoba, Dama Cecilia lanzó un extraño conjuro en lengua caribe y pidió a Guarima que le pasara la sopa…

-¡Y vosotros, mis invitados, podéis empezar a comer lo que os plazca!- dijo la dueña del Dominio.

Tras los primeros escarceos con el banquete, Dama Cecilia tomó de nuevo la palabra.

-¡Decidme capitán…! ¿Desde nuestro encuentro en Cartagena, vuestros planes han sufrido algún cambio?-

-¡No, Doña Cecilia! ¡En realidad estamos aquí porque persistimos en nuestro empeño original, pero también porque vuestro obsequio nos ha marcado un camino y un punto de encuentro según nuestros guías!- le aclaró Álvaro.

-¿Guías indios?- preguntó ella.

-¡Nuestros guías han sido Hernán y su hijo Hernando, ambos aravacos del Panamá!-

-¡Ah, ya! ¡Aravacos…! ¿Sabéis que los aravacos y nosotros los caribes estamos enfrentados desde tiempo de los padres de nuestros abuelos, y aún de antes?- preguntó Cecilia Ordóñez.

-¡Si, y ellos también lo saben!- certificó Álvaro. Habían empezado a comer el pescado asado, y tomado algo de vino, pero con contención, tanto Álvaro como Somer.

-¡Y a pesar de ello…! ¿Seguís ofreciendo una alianza para defender a vuestros amigos del Virreinato?- al decir esto Cecilia Ordóñez alzó su cabeza, enmarcada en unos largos cabellos sueltos y lacios de un negro azabache. Álvaro contempló largamente sus facciones agraciadas, su tez cobriza y los enormes ojos esmeralda antes de responder.

-¡De nuestro anterior encuentro, llevé la impresión de que mis intenciones no os eran adversas! ¡Para mayor abundamiento, mis enemigos y los del Virreinato, lo fueron en tiempos de vuestro Señor padre, Don Tello!-

-¡Todo eso que afirmáis, es cierto! ¡Pero antes de tomar decisiones, debemos salir al paso de graves contratiempos que pueden alterar nuestra capacidad de acción!- Cecilia Ordóñez realizó la observación con el pensamiento puesto en la reacción de Don Andrés, su hermano.

-¡Esos contratiempos, Dama Cecilia…! ¿No serán los que vuestro hermano lanzó desde su canoa al buque que nos trajo hasta vuestros dominios?- Álvaro fue directo.

-¡Veo que recordáis también a Don Andrés, de nuestro encuentro en Cartagena! ¿Él os ha reconocido?- preguntó Cecilia Ordóñez.

-¡Ni le ha visto!- interrumpió Juánez- ¡Los dos teules, al ver a los del bergantín, se escondieron tras la toldilla de popa de la galera! ¡Don Andrés ni tan solo pudo reparar en ellos!-

-¡Eso es excelente…!- exclamó ella.

-¿Qué alcance tienen sus amenazas?- Álvaro se dirigió a todos los de la mesa.

-¡No son amenazas, capitán Vega…! ¿O debo llamaros Don Álvaro?- ella cortó la pregunta en seco.

-¡Llamadme Álvaro, como tal me conocen mis hombres!- puntualizó Álvaro.

-¿Y qué se hizo del discreto capitán Marcos Vega?- inquirió sonriendo ella con un punto de malicia.

-¡Viajé hasta Cartagena, protegido por ese apodo que utilizo en ocasiones, cuando quiero pasar desapercibido, Dama Cecilia!- fue la respuesta de él.

-¡Es obvio que tenéis enemigos poderosos, en estos reinos y en la lejana Castilla! ¡Pero no sé, si puedo confiar en un hombre que usa dos nombres distintos…! ¿Quién puede asegurar, que no tenéis un tercero?- aquella afirmación perforó las corazas que Álvaro llevaba en su alma… Por suerte, el vino y la altanería de Somer vinieron en su ayuda.

-¡Por vida de…! ¡Hay más de trescientos cincuenta hombres, y yo mismo que daríamos por él, no la confianza, sino la vida! ¡Su honor está fuera de toda duda!- gritó encolerizado y rojo como un pimiento, el alemán.

Con rapidez felina, Álvaro tomó con su garra izquierda enguantada el brazo de su camarada para que no se incorporara. Justo a tiempo, pues el mestizo tuerto que les habían presentado como capitán Guyapín, ya estaba con la mano en el machete y lanzando una dura mirada con su único ojo al alemán.

-¡Sé lo de vuestra hueste, acampada en el embarcadero de Soledad…! ¡Sé de vuestra lucha en los llanos, con la hueste de vuestros enemigos, y también sé de vuestra victoria aplastante sobre la tropa que manda Rodrigo Menéndez, al que todos creían invencible! ¡Todo ello es de buen augurio…! ¡Pero antes de concertar una alianza con vos y vuestra gente armada, debemos solucionar el reto que supone la rebelión de mi hermano Don Andrés y su gente!- Dama Cecilia entono esto último con gravedad.

-¡Respondiendo a vuestra pregunta, Don Álvaro…!- Guyapín se dirigió a él sorteando la cabeza de Somer, todavía preso del guantelete enguantado de Álvaro- ¡Lo de Don Andrés, no es una amenaza, es una guerra en toda regla, que incendiará ambas orillas del Orinoco y que llevará tan lejos como pueda!-

-¿Cuándo sucederá eso?- se agitó Álvaro pensando en sus hombres atrincherados en la ribera occidental del gran río.

-¡Dos días, si no antes!- respondió con voz hueca Guyapín.

-¡Por todos los diablos hemos de sacarlos de allí…!- exclamó Álvaro- ¡Nuestra gente está cercada por la jungla, y a sus espaldas solamente tiene el río! ¡Están en una situación difícil si se les ataca!-

-¡No debéis padecer por vuestra hueste, Don Álvaro! ¡Han salido dos bergantines y una galera, de las que habéis visto en nuestro puerto, hacia el embarcadero de Soledad! ¡Remontar el río es costoso, pero de bajada, en una tercera parte del tiempo en el que habéis llegado a Angostura, nuestros buques estarán allí! ¡Y por otro lado, en la selva, están apostados unos cien, de nuestros indios, que tienen ordenes de impedir que se os ataque vuestra querida tropa!- Dama Cecilia declaró sus movimientos tras el peligro inminente de guerra en el río, para dar garantías a sus huéspedes.

Álvaro suspiró y bajó la tensión que había mostrado instantes antes. Y mientras la cena continuaba, pensó que su anfitriona estaba decidida a preservar su hueste, y ello quería decir que la idea de unir fuerzas estaba tomada de antemano, pero… ¿Cuál podía ser la causa de dicha determinación? ¿Estaría ésta relacionada con la rebelión que propagaba su hermano? Sea como fuere, Dama Cecilia había expresado la necesidad de clarificar estos términos, así pues, solamente cabía esperar a que ella diera el primer paso.

Tanto Álvaro como Somer alabaron el sabor del pescado asado con verduras, así como la calidad del vino que se había servido, los capitanes mestizos y dama Cecilia, sonrieron halagados, y fue Guyapín quién respondió al cumplido.

-¡Aquí en el Yacu Naya, podéis gozar de todas las excelencias de las mejores mesas de Castilla, y añadir a ello, la variedad de nuestras frutas y hortalizas, mucho mayor que en el desabrido campo castellano!- presumió el mestizo.

-¿Qué quiere decir lo de desabrido?- saltó Álvaro.

-¡Que no tiene ni la cuarta parte de la riqueza que recogen nuestras tierras! ¡No os lo toméis como una ofensa, es simplemente lo que el mismo Don Tello nos había dicho en muchas ocasiones!- se explicó Guyapín

-¡Don Tello, mi señor padre, adaptó lo mejor de vuestras costumbres a los Yacu Ana, incluso el arte militar y la organización de los que viven de la tierra y de los artesanos! ¡Es por ello, que los caribes de Yacu Naya, dominan sobre los del Amacuro y los de los páramos y junglas del Guay Naya! ¡Nuestros tótems están organizados como uno de vuestros reinos, con la única diferencia de que los hijos de los teules castellanos que llegaron con mi padre, se sienten del mismo pueblo que nuestros caribes, ya que sus madres lo son…! ¡En nuestro caso, la mezcla no ha generado división o decadencia, sino que al contrario ha construido un estado fuerte que es el Dominio del curso del Orinoco desde la región de los Tepui hasta las bocas del río serpiente en el Amacuro, en donde tiene frontera con las tierras del Virreinato de Siete Virtudes, con el que vivimos en paz!- Dama Cecilia había trazado brevemente los últimos años de historia de su pueblo.

Lejos de realizar comentarios, los invitados del palacio fortificado de Angostura digerían el alcance de lo que estaban escuchando, cada uno de ellos desde sus ambiciones; para el alemán, Dama Cecilia acababa de admitir que el Dominio contenía El Dorado o bien era limítrofe con el reino en el cual se hallaba… El oro que los Pizarro, Valdivia, Ursúa y Lope de Aguirre, Belalcázar y tantos otros se entestaron en buscar en vano, sin olvidar a Federmann padre, a su propio padre, a Jorge Spira, Hutten y no pocos alemanes destacados en la Capitanía de Venezuela. Quizás los que más se acercaron fueron Silva y su soldado Juan Martín de Albujar, y según éste último la ciudad del oro, estaba en las riberas del Orinoco… Y la entrada la realizaron desde los llanos de oriente, exactamente igual que la expedición en la que felizmente se había enrolado… Todo en sus pensamientos contenía un céfiro aurífero.

A diferencia de Alfredo Somer, Álvaro de Sobrarbe se hallaba en un reino, a espaldas del virreinato más tolerante bajo la Corona de Castilla, lejos de ésta y de los poderes de Santo Domingo, Méjico y Lima. Un reino en el cual podría desaparecer sin dejar rastro para los malditos sabuesos de la Inquisición, esbirros del de Alba, poner su fuerza al servicio de Dama Cecilia a cambio de tierras para poder instalarse. Le cruzó una sombra, el recuerdo de Isabel de Mendoza, su dulzura, el recuerdo de sus cuidados, las promesas de amor eterno, de todo aquello hacía cerca de veinte años, y el triste fin de aquella historia de amor, con su amada asesinada por los mismos miserables que andaban tras él y su madre, y el pacto de sangre establecido con la hermana de su enamorada… A Doña Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, le debía la venganza sobre los autores de la muerte de Isabel, y le había prometido lealtad. Y allí entre aquella impenetrable jungla, a ambos lados de un inmenso río, se le presentaba dejar atrás todo aquello y fundirse con lo que Don Tello empezara. Sopesó por unos momentos ambas posibilidades, pero la impresión de que Cecilia Ordóñez le contemplaba fijamente, como si quisiera penetrar en sus pensamientos le sustrajo de éstos para volver a la mesa, al pescado, al vino… Y, a las propuestas de la señora de aquél Dominio.

Paulatinamente el ambiente en el comedor fue adquiriendo la pesadez propia de la espera de que una de las partes diera el primer paso en una negociación en la que todos tenían algo que reservar… Tras unos instantes que pasaron con pesada lentitud, Dama Cecilia decidió tomar el control de la situación.

-¡Capitanes, estos huéspedes no han visto Angostura, ni de lejos! ¡Creo que es el momento de que entiendan lo que acabo de exponer, viéndolo! ¡Guarima, tú aplícate a la tarea que te he ordenado!- al tiempo que decía esto, la Dama se levantó, tomando su cetro serpentiforme. La cena había terminado, y no se había tratado nada de lo que parecía esencial hablar, Álvaro meditó sobre el interés que podía tener aquella gran señora en mostrar lo que había heredado de su padre, el mítico Don Tello.

El grupo atravesó la sala de recepciones y salió a la terraza almenada, la vieja Guarima fue la única que se quedó en el interior del palacete. Recorrieron las almenas, custodiados por los dos capitanes mestizos y los caribes de las cerbatanas, hasta llegar al lado contrario del polígono que formaba la terraza circundante… A sus ojos apareció en plena noche, el hormigueo de luces y fuegos que delimitaban el trazado de una verdadera ciudad.

-¡Por todos los Santos…!-murmuró Somer.

-¡He ahí un pequeño fruto de la obra que desde Don Tello, hemos construido!- dijo suavemente el capitán Guyapín.

-¡Una ciudad en medio de un río, que surca la jungla…!- exclamó Álvaro.

-¡Hay otras, río abajo y río arriba!- sentenció Dama Cecilia.

-¡Y todo esto es lo que está amenazado por el rebelde de vuestro hermano! ¿No es así?- preguntó Álvaro, entendiendo el interés de aquella reina mestiza por mostrarles Angostura.

-¡Todo esto y mucho más, señor capitán! ¡Es por ello que debemos abordar, vos y yo misma, nuestras respectivas posiciones ante las difíciles jornadas que se avecinan!- las palabras de Dama Cecilia, dejaban, a pesar de ser muy explícitas un vacío para la intuición de Álvaro, que como buen Lince, andaba con los sentidos alerta a cualquier señal. La Dama prosiguió-¡Capitanes, os ruego que acompañéis a Don Alfredo Somer, a la alcoba que le tenemos destinada, y que no le falte nada!- las últimas palabras no admitían duda, casi de inmediato y custodiados por los escoltas caribes, Cecilia Ordóñez y Álvaro de Sobrarbe se quedaron sobre las luces de Angostura, el rio descendía sin estruendo, una ligera brisa era todo lo que se advertía en aquella terraza, una brisa que acercaba el aroma de la selva, tras la caída del sol, fresco, e intenso, pero malsano.

-¡Es curioso mi Señora…! ¡Pero me causa extrañeza este silencio en la selva, con los últimos atisbos de penumbra sobre el horizonte…! ¡Tengo estos bosques por ser ruidosos a toda hora!- Álvaro jugando con su yelmo, lanzó su afirmación con expresión de demanda.

-¡Lleváis toda la razón, algo se fragua en las riberas, algo que mantiene a los habitantes del Coba Naya expectantes y en silencio! ¡Venid conmigo, trataremos mejor en la sala del palacio! ¡Ah, y perded cuidado con la escolta, son caribes del norte, solamente atienden a mi seguridad, y posiblemente en breve a la vuestra! ¡Lo que tratemos o callemos, ni les atañe, ni les interesa!- y echó a desandar el camino recorrido antes. Juntos volvieron a la sala, en la que se cerraron custodiados por los cuatro caribes sumidos en su mutismo.

Ella tomó asiento en su silla curial, delante del monolito con la serpiente labrada, rampante, amenazadora, el estandarte de aquél Dominio enigmático, pensó Álvaro antes de tomar la palabra. Dos candiles de aceite, prestaban una discreta luz a la sala de recepciones del palacio.

-¡Señora, ya os brindé alianza y os solicité ayuda en Cartagena de Indias, hace unas semanas…! ¡El camino desde aquél gran puerto hasta vuestra ciudad amurallada, ha sido largo y penoso! ¡Por supuesto hemos derramado sangre y también nos la han hecho entregar! ¡Lo que me trae hasta vuestro Dominio, es lo mismo que me impelió a visitaros en vuestra casa de Cartagena!- Álvaro permanecía en pie, en actitud de respetuoso soldado ante ella, que se sentía divertida por la gravedad de la actitud de aquél hombre.

-¡Sabemos que habéis recorrido el camino enzarzados en un singular combate con la hueste que dirigen los Menéndez! ¡Sabemos que vuestra tropa es más reducida, pero más ducha en el combate y reclutada entre gentes de estos reinos! ¡Nos llegaron noticias de la voladura de dos galeones castellanos en la boca de la rada de Cartagena, bloqueando por largo tiempo su puerto, con cien hombres enviados entre llamas a la muerte!- Dama Cecilia quiso evidenciar que tenía noticia de todo lo acontecido- ¡Y sé que ha habido más combates en los montes y en los llanos…! ¡Entre mis capitanes mestizos, y mis caribes fieles, os habéis ganado fama de ser un bravo guerrero!-

-¡Me halagáis, Doña Cecilia…! ¡Pero de lo que hemos de tratar es de si vuestra gente va a estar del lado de la hueste llegada de La Española!- en el tono de voz de Álvaro había algo de urgencia, a fin de cuentas él había llegado hasta allí con una misión concreta, y buscar un aliado le estaba costando tiempo y esfuerzos, y por si ello fuera poca cosa, estaba inquieto lejos de sus camaradas.

-¡Sin duda es lo que cree, mi hermano, Don Andrés! ¡Sin remedio, sus leales se le unirán, y en mis manos está ahora dejar que el Dominio se entregue a una lucha entre hermanos! ¡No es una decisión fácil, capitán! ¡De un lado, colaborar con Menéndez y su hueste que parece todopoderosa y del otro hundir a mi pueblo en una guerra intestina, las guerras aquí, revisten una crueldad que quizás no hayáis visto jamás…!- de forma lánguida, Cecilia Ordóñez exponía el dilema que se presentaba ante ella.

-¡Doña Cecilia, debo realizaros una precisión antes de que prosigáis, del mismo modo que os requiero una explicación!- soltó él precipitadamente.

-¡Adelante, capitán…!- sonrió ella.

-¡En primer lugar, la hueste llegada desde La Española, no está comandada por Don Rodrigo Menéndez, tanto él como su hermano, son oficiales en ella, pero no sus capitanes…!-

-¡Ah! ¿No?- se removió en su sencillo trono, Cecilia Ordóñez- ¡Pues…! ¿Quién les manda?-

-¡Oficiales de la Inquisición, que a su vez son Adelantados del Duque de Alba, no del Rey! ¡El máximo responsable, es Don Antonio Sigura, un verdadero verdugo del Santo Oficio! ¡Su organización requirió la vuelta a Castilla de Don Tello! ¡Los Menéndez forman parte de esa siniestra tropa que Alba utiliza para imponer su dominio en todos los reinos de la Corona!- respondió Álvaro. Pudo advertir el Lince, como la respiración de la hija de Don Tello, se aceleraba y un cierto rubor furioso se mezclaba con el bronce de su tersa piel. Ella respiró profundo antes de tomar la palabra.

-¿Y vuestra duda?- le dijo.

-¡No entiendo como vuestro hermano se decanta por un invasor cerca de vuestras tierras, una tropa contra un viejo amigo vuestro como Leopoldo De La Marck, y que nadie puede dudar que no abandonará estas tierras fácilmente…! ¡Estos vienen para quedarse y servir a los de Alba, en estos lejanos reinos!- clamó Álvaro.

-¡Mi hermano, se ha decantado por los invasores, a causa de vuestra presencia!- susurró Cecilia Ordóñez.

-¡No alcanzo a entender qué pensamiento sobre mi presencia, le haya podido influir en una decisión tan grave para vuestro destino como pueblo!- susurró Álvaro.

-¡La respuesta a ello, es tan grave, que solamente puede ser confiada excepcionalmente! ¡Mi decisión es proclive a aliarme con De La Marck y su gente, pero principalmente con vos! ¡Dicha alianza requiere, antes de ser sellada, una prueba por vuestra parte!- deslizó ella, lentamente, como una serpiente que se aproxima a su víctima.

-¿Una prueba? ¿Qué clase de prueba? ¿Por qué, una prueba? ¿No basta con mi palabra de honor?- planteó con dureza Álvaro.

-¡La alianza será entre vos y yo! ¡Por mi situación, me está vedado unir mi destino con alguien que no se haya purificado! ¡Debéis afrontar la purificación para consumar la alianza y donarme la prenda que tanto yo como mi pueblo necesitamos!-Cecilia Ordóñez fue estrechando el cerco.

-¿A qué viene todo esto de la purificación, de la prueba y lo de la prenda, mi señora?-

-¡Quitaos el guante de la izquierda…!- ordenó Cecilia Ordóñez, con una fuerza determinante, que hizo que Álvaro obedeciera al instante- ¡Estáis marcado, Don Álvaro, lucís la garra del jaguar, vuestro espíritu es fiero como el del gran gato! ¡Estáis señalado por una deuda de sangre con Don Tello! ¡Vuestra llegada, estaba anunciada por la profecía que los espíritus del Orinoco comunicaron a mi madre, una profecía que me está destinada! ¿En vuestra tierra, las viejas y sabias mujeres, no os confiaron en sueños los pasos y zarpazos de vuestro destino?- concluyó Dama Cecilia.

Álvaro palideció… ¿Como podía, aquella joven reina mestiza, hurgar en los rincones más escondidos de su alma?

-¿Qué prueba es la que queréis que realice?- preguntó con hosquedad Álvaro.

-¡Para purificarnos, los espíritus nobles, ingerimos la Ayahuasca 5 que recorre nuestro cuerpo para sanarlo al tiempo que purifica el alma! ¡No todo hombre o mujer supera la ceremonia, la muerte o la locura pueden sobrevenirte, ya que tomar la Ayahuasca es desnudarse ante los dioses!- fue la respuesta de Cecilia Ordóñez.

-¿Cuándo debo efectuar la prueba?- preguntó con mirada ensombrecida.

-¡Esta misma noche…! ¡Guarima, la vieja caribe, ya está preparando la poción para tu ceremonia!- le respondió ella.

-¿Y qué prenda debo concederos?- inquirió él.

-¡Lo sabréis tras la ceremonia!- fue toda respuesta.

-¡Debo pensarlo, permitid que salga a la terraza, he de recordar y rezar a Dios, en busca de su designio! ¡Os pido un tiempo de soledad conmigo mismo!- alegó con voz ronca el Lince.

-¡Aunque tiempo es lo que menos tenemos…! ¡No puedo negarme, salid a meditar vuestra decisión y golpead la puerta cuando la tengáis madura!-

Álvaro franqueó en solitario el umbral de la recia puerta, que cerró tras él, iba con el yelmo y el guante sujetos por el brazo izquierdo, cimbreaba su espada colgada del ceñidor y resonaban los pasos de sus botas de montar sobre las tablas de la terraza… Se apoyó en el almenar de madera y adobe, y fijó su vista en el espacio de río que se divisaba entre los bastiones del puerto.

El aire de la noche, traía el olor de la selva, cuando ésta abre sus poros y exhala malos humores… Al piso inferior había llegado la cena para los de la guardia, olía a caldo, esas dos sensaciones cruzadas le removió los recuerdos que Dama Cecilia había rescatado de su niñez, era tiempo de dejar el caserío en Guetaria, tenía ya edad para ayudar a tio Andoni en los astilleros, o a su padre en la flotilla de pesca de Guetaria. Recordaba que prefería andar con padre y tío Victorino, que siempre volvían con aventuras fantásticas que contar, después de medio año recorriendo los mares del norte.

Madre se entristeció, el mar siempre dejaba viudas y huérfanos, quizás por ello hizo que padre dejara que aquél verano fuera hasta el caserío de los Anabara, en Oñate, donde vivía la tía Amaya, a caballo entre Guipúzcoa y Navarra. En ocasiones, cuando el párroco de Guetaria, el cura Bengoechea, visitaba el caserío de los Aspáriz, regañaba a madre por tener relación con la vieja Amaya, el párroco de Oñate y los dominicos de Villafranca de Oria, andaban a la greña con los Anabara de Oñate, porque según decían, la vieja Amaya era una bruja que sacrificaba a Jaungoikoa,- el dios pagano euskuldún-, y se conocía todas las recetas y sortilegios propios de las hechiceras, se sabía que Amaya conocía los bosques de las sierras del Mondragón y de Asparren, sus aguas y hierbas, y que hablaba con las ranas y los lagartos. Jamás nadie pudo decir de ella que causara daño a vecino alguno, pero los dominicos la tenían por bruja y suspiraban por verla arder en una pira…

Aquél verano, la vieja tía de su madre, le acogió de manera distinta a otros veranos…

-¡Así que escoges el mar? – le dijo- ¡Tendrás que conocer de qué raíz eres, si quieres dejar de ser chico para ser hombre…! ¡Solo los hombres pueden triunfar sobre el oleaje!-

La vida en el caserío de Oñate, significaba libertad para ir de un lado a otro, pero tenía sus obligaciones, ordeñar antes de la salida del sol, llevar la comida a los primos que estaban en los prados altos con las vacas, y ayudar a la vieja Maru del caserío Anabara a remover los quesos, en la cueva. Veía el cuidado con que la vieja palpaba y giraba los quesos envueltos en paño, y había aprendido de ella, a hacerlo con el mismo tiento.

-¡Tú eres mas brujo que yo…!- le espetó un día en la cava de quesos- ¡Te brillan los ojos en la obscuridad, como a los gatos! ¡No irás al mar, sin saber cual es tu raíz!- y le señalo con su encorvado dedo. La vieja Amaya. siempre cubierta con un pañuelo del que sobresalía su nariz ganchuda, tenía realmente una presencia inquietante, alta y enjuta, algo encorvada y de ojos verdes que brillaban.

Una noche, mientras cenaban unas gachas con torreznos, que a la vieja le quedaban como manjar de mesa real, la vieja le alargó el pellejo de vino, cosa que no había hecho nunca.

-¡Bebe!- le ordenó- ¡Pero con mesura!- aquello significaba que empezaba a verlo como a un hombre- ¡Mañana me acompañarás a la sierra, he de recoger hierbas para poner a secar en otoño!-

Estuvieron dos días recorriendo los bosques de Mondragón, la vieja Amaya había recogido toda suerte de hojas, flores, raíces, frutos silvestres, cortezas de árbol y hongos… Se refugiaron en una gruta para pasar la noche, él llevaba el cuchillo y la vara, ella el podón y la cesta.

-¡Hala, enciende un fuego, hombre!- le ordenó. La vieja era seca en sus expresiones.

En pocos instantes unas llamas iluminaron el interior de la pequeña cueva, y ella en silencio, volvió del arroyo con el puchero lleno de agua, y empezó a echarle con mucha atención algunas de las capturas realizadas en el bosque. Fuera en el bosque, se oían a lo lejos los aullidos del lobo, el ulular de los búhos, y el maullar de un gato salvaje solitario y en celo.

Cuando la sopa estuvo hecha, Amaya le tendió un cuenco humeante…

-¡Poco a poco, Juan!- recuerda que le dijo. Después una humareda, ardían unas hojas en el fuego y todo le daba vueltas, le pesaban los párpados pero no podía cerrar los ojos, veía luces y sombras siniestras, veía a Maru Amaya acorralada por un enorme lobo negro, y se sintió a él mismo como un enorme gato de garras mortales y mirada inyectada en sangre y luz, que se arqueaba para saltar sobre el babeante lobo de mirada amarilla y gris con manto negro. Sintió la mordedura de la fiera y su gruñido fiero, al que opuso su silencio sigiloso y los zarpazos a los fríos ojos de la bestia asesina… Sudaba a mares, mares que le envolvían plagados de lobos a los que debía ahuyentar para salvar no sabía qué, rostros dulces y cuerpos flexibles de mujer, y lejanos muros que escupían fuego mientras los trepaba ágilmente para hundir sus garras y dientes en las camadas de lobos malignos que desde lo alto escupían la muerte contra los suyos…

Esa pesadilla, tal y como Amaya le indicara, no la olvidó jamás, pero había preferido vivir sin tenerla en cuenta.

Estaba empapado de sudor, la vieja le había cubierto con unas mantas, el fuego seguía encendido y Amaya cocía unos tajos de tocino, las luces del amanecer penetraban por la entrada de la gruta, a través de las copas de las retorcidas hayas del bosque, la vieja daba vueltas a la horquilla que sujetaba el tocino sobre la llama.

-¡Esta noche, has llegado a tus raíces!- dijo.

-¿Qué quieres decir Maru?- le preguntó según recordaba con ternura.

-¡Los hombres, como los árboles hunden sus raíces en la tierra, de ella vienen y a ella volverán, somos todos eslabones de una cadena en la que la rana, tiene tanta importancia como tú mismo! ¡Es más, tienes en esa cadena eslabones que han ayudado a forjarte, son tus raíces como hombre que se alza…!-

-¡Entonces…! ¿Vengo de los gatos salvajes, y no de padre y madre?- sentía presente todavía la angustia que la vieja le había clavado en el alma.

-¡No es eso…!- sonrió Amaya, por primera vez ante él- ¡El alma del gato del bosque, el Lince, está dormida en tus padres, pero en ti, hijo mío está despierta, y muy despierta! ¡Eres un hombre marcado Juan, sufrirás y harás sufrir, pero por encima de todo harás cosas grandes! ¡Recuerda Juan, el perro es fiel, el gato es independiente, pero leal! ¡No lo olvides jamás! ¡Hala, ves a echarte al arroyo, deja aquí estos trapos sudados que llevas, te he traído calzones y camisa limpios!- el fin del recuerdo sabía a lonchas de tocino veteado asados y taco de hogaza de pan.

Se apoyó con fuerza en la almena, y suspiró con fuerza, hacía mucho tiempo que no se asomaba a la ventana de los recuerdos de Oñate, inspiró con fuerza el aire de la noche, y discurrió que fuera lo que fuera esa prueba no sería muy distinto de los hechizos de Maru Amaya, y quien sabe, quizás la alianza con aquellas gentes valía desnudarse ante los dioses por segunda vez.

La idea de volver a girar sobre sus raíces como hombre, le erizó los pelos de la nuca, y tensó de nuevo sus sentidos… Unas diminutas formas entre los bastiones, sobre la tersa superficie de las aguas llamaron su atención.

Esforzó algo más la vista, más que diminutas formas semejaban silenciosos caimanes deslizándose a flor de las aguas, lo halló extraño, de noche los caimanes no abandonaban sus guaridas en los manglares de la ribera, acostumbrando la vista a la oscuridad reinante y a la distancia, se percató de que muchos de aquellos alargados intrusos habían penetrado en silencio en el interior de la dársena de Fuerte Angostura…

Sucedió al mismo tiempo que tuvo dicha percepción, un cañonazo estalló al otro lado de la ciudadela, echó a correr por la terraza hacia la vertiente sur. Contempló un bajel de tétrica forma y velamen negro, que disparaba por segunda vez a la ciudad que estaba a sus pies, el primer cañonazo había causado impacto en los diques del puerto de pescadores, y un enjambre de barcazas estaba penetrando en el puerto… De algunas de ellas surgían arcabuzazos contra los puestos de guardia de la empalizada que protegía la ciudad, que se había convertido en un hormiguero. En el piso inferior se oían los gritos de alarma entre los soldados mestizos y las correrías para bajar a la empalizada, el mecanismo de defensa de la ciudad se había puesto en marcha, y las culebrinas de la empalizada empezaban a responder a los agresores. De repente, una sospecha cruzó por su mente, y volvió a la zona norte con las sienes batiendo. Al llegar a la almena, pudo ver con claridad como parte de la guardia había abandonado los diques amurallados para asistir la defensa de la ciudad, y unas oscuras formas trepaban a los muelles desde aquellos troncos de los que se habían servido para entrar en el puerto cerrado en silencio; estaban siendo atacados por ambos lados, pero su instinto le decía que el ataque principal era el que contemplaba en aquél momento, el de la ciudad tenía la finalidad de desalojar las defensas de la dársena y la ciudadela de Dama Cecilia. Se dirigió a la garita del centinela de la verja de acceso al nivel del palacio, el soldado mestizo, estaba concentrado mirando los resplandores del fuego que se encarnizaba en la ciudad, afortunadamente no se había alejado de su puesto.

-¡Centinela!- le gritó-¡A tu puesto! ¡Atacan también por el norte!- el joven acudió al instante y se asomó a la almena en la que Álvaro le señalaba los muelles, en los que los hombres que se habían introducido silenciosamente reducían a los pocos centinelas que quedaban. El muchacho, acudió junto a la garita y tiró de una cuerda… Sonó en toda la rada, sobre los estampidos del otro lado el tañir de una campana, de sonido excepcionalmente estridente; era la alarma en la parte norte. Álvaro corrió hacia la puerta, y golpeó con el guantelete la recia puerta.

-¡Abridme! ¡He de hablar con Dama Cecilia! ¡Atacan por el norte!-gritó.

Uno de los caribes, cuchillo en mano abrió levemente la puerta, tras el pequeño y recio indio, la figura de Cecilia Ordóñez se insinuaba en la penumbra, sus ojos esmeralda centelleaban.

-¡Debo ser su objetivo…!- susurró Cecilia Ordóñez- ¡Qué poco ha tardado Andrés en dar su golpe, a buen seguro era un plan preparado con antelación!-

-¡Señora, no hay tiempo que perder! ¿Hay centinelas en la torre?- le dijo apresuradamente.

-¡Si, hay cuatro arcabuceros y cuatro caribes con arco, además del servidor de la culebrina!-respondió ella.

-¡Bien, haced que nos apoyen en la defensa del lado norte, vos encerraros en el palacio con vuestros caribes dispuestos a todo! ¡El centinela y yo mismo defenderemos el acceso a la puerta! ¡Necesitamos dos hachas, o dos partesanas6!- Álvaro de Sobrarbe, el Lince, se había despertado barruntando el aroma a pólvora y el sabor acre de la sangre que iba a derramar. En un momento, le fueron entregadas las dos partesanas.

-¿Y vuestra ceremonia?- preguntó ella.

-¡Mantened caliente el brebaje, tendrá que aguardar! ¡Y ahora cerrad la puerta y atrancadla!- los de dentro obedecieron en el acto, de los muelles habían llegado los primeros estampidos de pistolón y arcabuz.

Álvaro corrió junto al centinela, que permanecía atento a lo que sucedía en los muelles aferrado a su arcabuz…

-¡Toma esto soldado!- le dijo- ¡Sirve para mantenerlos a distancia, cuando echen los garfios para abordar las almenas, cortaremos las cuerdas de un golpe con el hacha de la partesana!-

Álvaro se centró en contemplar desde la almena lo que sucedía en los muelles… En el de la derecha no había asaltantes, pero en el de la izquierda tras degollar a los de la guardia, un enjambre de siniestras figuras armadas había tomado el control, y con los troncos que les habían servido de boya, armaban una barricada, apostando arcabuces para retener la zona recién tomada; en los bastiones las luces encendidas se dejaban ver en las finas aspilleras desde las que se empezaba a disparar sobre los atacantes.

-¡Eh…! ¡Los de la terraza!- una voz les reclamaba desde la torre- ¡Os cubriremos desde aquí arriba, os tendemos diez arcabuces cargados! ¡Suerte y fuerza!- Vieron como una soga con arcabuces arracimados en ella descendía desde la torre. Álvaro fue rápidamente a recogerlos, una vez tomados saludó a los de arriba.

-¡Gracias y buen tino!- les dijo, y tras ello dejó junto a la puerta cinco de las armas y las otras cinco las traslado a la garita del centinela que aguardaba tenso el momento que se acercaba a la velocidad que los atacantes recorrían el muelle hacia las escaleras de acceso. Desde la terraza inferior las ballestas ya habían hostigado a los intrusos, pero la mayoría de los de Guyapín estaban combatiendo en la ciudad todavía. El soldado volvió a tañir la campana de la almena norte.

-¿Cómo querrán subir?- se preguntó el mestizo.

-¡Con garfios y sogas!- respondió Álvaro- ¡Sogas que cercenaremos de un tajo con esto!- terminó enarbolando la partesana. El otro se le quedó mirando, bajo el morrión que se había encasquetado firmemente. Álvaro, chasqueó la lengua, volvió a la puerta y se protegió con el vistoso yelmo que se fabricara para un rey sueco.

Al verlo, y a pesar de que el peto de la coraza era de cuero endurecido, el camarada fortuito de defensa que le había tocado en suerte, admiró la planta guerrera del jefe teule, con la mano de hierro que semejaba una garra, y aquel yelmo, con careta y protección nasal de acero bañado en cobre, la cimera en forma de testa de dragón de la que colgaban las crines azules y amarillas, y el resto de acero blanco reluciente, con prieta protección de nuca en láminas relucientes. Álvaro se sintió divertido al ver el pasmo del joven mestizo, que al sentirse observado reaccionó, y acercándose a la almena gritó a los de abajo…

-¡Eh, los de la compañía! ¡Estad atentos, haceros con partesanas, intentarán abordarnos con garfios y sogas!- les dijo.

-¡Gracias Chiquito!- se oyó a los del piso inferior- ¡Hemos enviado a por refuerzos! ¡Son piratas, son los hideputas del Caimán!-

El joven Chiquito tragó saliva, los piratas del Caimán, habían ganado a pulso la fama de ser lo más cruel que había visto el Orinoco, tras el ataque de la serpiente Anaconda.

-¿Te llamas Chiquito, soldado?- el aludido afirmó con la cabeza- ¡Yo soy Álvaro! ¡Vamos a defender esta almena hasta que lleguen los refuerzos con uñas y dientes! ¿Eh?-

-¡Desde luego señor, vamos a enviar a estos lagartos de dos patas al fondo del Orinoco!- dijo el muchacho, que se estaba anudando su jubón de cuero para mejor acorazarse. Un arcabuzazo se estrello contra el muro de la torre, sobre sus cabezas. Siguieron otros estampidos.

-¡Ya empiezan a cubrir las almenas, para colgar las sogas!- sentenció Álvaro- ¡Chiquito desde la garita, con ballesta o arcabuz puedes hacerles daño, yo me quedo en la almena para cortar sogas!- el muchacho corrió a la garita, Álvaro empezó a moverse protegido por la almena, con la agilidad de un gato con forma de hombre, él no lo sabía, pero del otro lado de la puerta herrada a través de una pequeña mirilla, unos ojos esmeralda le contemplaban rogando a la gran Yacu Mama que le amparara y diera la victoria.

El soldado entró en la garita colgada de la almena, efectivamente entre sus armas tenía una ballesta, y recogiendo la idea de Álvaro la cargó y apuntó desde la aspillera al grupo de hombres que estaban bajo el piso inferior, organizándose para iniciar el asalto, se fijó en uno con arcabuz de mecha y tras apuntar disparó. La ballesta, especialmente en un combate nocturno, tenía la ventaja de sembrar el desconcierto, la ballesta era silenciosa, y el odioso silbido que precede al dardo pone en alerta a todo aquél que lo escucha, el arcabucero en cuestión disparó al aire encorvando su cuerpo y cayendo a las aguas entre las gigantescas columnas que sostenían la fortaleza de Angostura. Álvaro lo había visto desde la almena.

-¡Bravo Chiquito!- gritó.

El soldado quiso aprovechar la sorpresa y cargó de nuevo la ballesta, mientras las pelotas de plomo de los asaltantes rebotaban en el ladrillo de la garita. El segundo dardo dio cuenta de un segundo pirata que siguió al primero… Las maldiciones a los pies de los muros se generalizaron, tres voces cortantes acabaron con la agitación y los garfios empezaron a surcar el aire, a la vez que una descarga cerrada barría las almenas de ambos pisos.

La mayoría de los garfios iban dirigidos a las almenas del primer piso, los filibusteros del Orinoco empezaron a trepar mientras los de la almena se liaban a hachazos contra las sogas que colgaban de los garfios, los arcabuceros piratas no dejaban de cubrir la subida, y empezaron a darse las primeras bajas en la operación de asalto, dos cuerdas habían sido cortadas y los racimos de asaltantes fueron a dar unos contra el muelle otros a las aguas del puerto, pero algunos de los defensores en su celo por cortar con hachas y partesanas las sogas, se habían descubierto en exceso y el plomo había hendido su carne. Los gritos de todo tipo, el humo acre de la pólvora y una incipiente luz de luna creciente, empezaban a dominar la fachada norte de Fuerte Angostura, y los refuerzos sin llegar, pensaba agitadamente Álvaro. Chiquito había ensartado a un tercer arcabucero, las maldiciones se multiplicaron. Álvaro vio volar un garfio tridente sobre la almena que defendía, el artefacto rebotó en la pared del palacio y luego sobre las tablas del piso; finalmente el garfio se ancló entre dos almenas, mostrando la soga que los piratas jalaban para iniciar el asalto a la segunda almena, cuando la tensión de la cuerda reflejaba el peso de varios hombres colgados de ella, de un certero golpe con el hacha de la partesana, el intento de trepa se fue al traste, con las consabidas maldiciones y lluvia de pelotas que se estrellaron en los muros de palacio.

De repente el griterío en las almenas del piso inferior se generalizó, como los estampidos de pistola y el cuchilleo, los primeros piratas habían puesto sus pies en la defensa del piso de abajo, Chiquito había vuelto a cargar su ballesta y hubo un cuarto arcabucero con la garganta atravesada por un dardo… Desde la base del asalto, se escucharon maldiciones que dejaron paso a una escalofriante arenga…

-¡Un marco de plata, por la cabeza, el corazón o el pijo de ese hideputa de las almenas…!- la oferta fue celebrada con una carcajada tan espantosa como el reclamo. La respuesta que Chiquito dio, se limitó a una rápida carga de la ballesta y un certero disparo a la gruesa figura cubierta con un amplio chambergo de ala dura, el dardo atravesó la rodilla del gigantón que se dobló maldiciendo la madre del ballestero, el demonio de su padre y la estirpe de todos los santurrones cristianos.

-¡Bien hecho muchacho!- Álvaro estaba frente a la reja que cerraba la escalera de acceso de la primera almena que estaban defendiendo Chiquito y él, al lado de la verja estaba la garita desde la que su camarada de puesto estaba clareando los arcabuceros del pirata, allí abajo se estaba luchando en desventaja contra aquella manada de reptiles de forma humana sedientos de sangre, a pesar de ello, Álvaro pudo advertir que aquellos mestizos se batían fieramente, empezaba a ver la mano de Don Tello y sus leoneses en Angostura, los piratas habían llegado hasta la reja del piso de abajo, con un hachón iluminaron los candados para volarlos de un pistoletazo… La luz de la antorcha alumbró a la vista de las tablas del segundo piso oblicuamente, y Álvaro pudo distinguir dos nudos de gruesa cuerda que sobresalían de las tablas.

-¿Qué son esos nudos, Chiquito?- le preguntó. El soldado se giró mientras volvía a cargar la ballesta.

-¡Son las sogas que aguantan la escalera que sube desde el piso de abajo, señor…!- le espetó mientras respiraba agitadamente y se volvió a encarar en la aspillera para lanzar un nuevo dardo, que hendió el aire por sexta vez, un aullido marcó el acierto, y las imprecaciones de los piratas su furia encendida. Un chirrido metálico cantó que la verja de abajo había cedido, una oleada de piratas se lanzó escaleras arriba, con gran estrépito en los tablones de la escalera.

-¡Chiquito, toma dos arcabuces y cuando te diga, los disparas desde la reja!- el muchacho asintió. En aquél momento varios silbidos delataban que tres garfios volaban para amarrarse en su almena, el Lince los miró con frialdad, se ocuparía más tarde de aquello, y retornó la mirada a la escalera, los primeros piratas arcabuz en ristre pretendían apuntarle, Álvaro no dejaba de moverse para impedir que le acertaran, una pelota pasó a un palmo de él para hundirse en la muralla.

-¡Ahora, Chiquito!- gritó Álvaro. El soldado saliendo brevemente de la garita disparó dos arcabuces a un tiempo escaleras abajo, y volvió a protegerse en la garita de ladrillo. El efecto del disparo fue doble, quejidos y maldiciones, pero sobre todo una humareda que cegaba la vista de un lado y otro de la reja, Álvaro aprovechó ese momento para con la partesana cortar un nudo primero, el otro después, se escuchó el crujir de la estructura de madera que basculaba perdiendo sus amarras en el segundo piso… La manada de piratas sedientos de sangre se precipitó entre alaridos contra los muelles y las aguas. Chiquito soltó un silbido…

-¡Eso les ha dolido!- dijo

.¡Venga muchacho, que ya los tenemos trepando hasta aquí, coge lo que tengas cargado y vamos a defender la puerta!- y ambos se lanzaron sobre las almenas de su piso, blandiendo la partesana… De las tres cuerdas, pudieron segar una, de las otras, entre almenas surgían las primeras cabezas de los piratas, y ambos defensores codo con codo ante la puerta empezaron a descargar sus arcabuces contra los hombres que saltaban con su machete de abordaje entre dientes. Desde la torre, una descarga ayudó a limpiar la almena, pero en aquél momento la tétrica silueta del bajel atacante pasaba por la ribera de la izquierda, sus culebrinas barrieron las almenas de la torre, y dos horrendos cañonazos dieron contra los muros entre primera y segunda almena, por fortuna aquellos ladrillos de adobe resistieron las bolas de piedra del barco pirata.

Los defensores de la puerta descargaron todas las armas de fuego de que disponían, sembrando de cuerpos sanguinolentos las tablas del piso, los pedernales de Álvaro cerraron el fuego, a partir de ahí, ambos echaron mano de sus espadas para enfrentarse a lo que les venía encima.

Aquellos carniceros combatían sin corazas y sin armas de fuego que les hubieran dificultado la trepa, así pues los dos defensores de la puerta gozaban de una ventaja que equilibraba la inferioridad numérica, el combate era encarnizado, pero lograron lentamente hacer retroceder aquellas fieras.

-¡Vamos a acorralarlos contra los garfios, una vez allí hemos de cortar las sogas!- ordenó Álvaro. Chiquito se agachó para recoger una partesana, y la distracción le costó un cuchillazo en el costado, Álvaro lo vio y saltando a un lado con el guantelete largó un zarpazo al pirata que le dejó con el rostro ensangrentado y sin ojos, el desgraciado se abatió entre alaridos de dolor, pero otro de los asaltantes aprovechó para lanzar un tajo que el peto de cuero endurecido de Álvaro amortiguó. El gigantón negro que le había herido se vió ensartado antes de doblarse y caer exhalando el último gemido. Los cinco piratas sobre las tablas se contemplaron sobre los cadáveres de sus compañeros, en sus ojos vidriosos asomaba el temor y la duda ante aquellos dos diablos acorazados. Desde la torre algún sobreviviente a las descargas del bajel, volvió a cubrir con los arcabuces a los defensores de la puerta, dos piratas más cayeron sobre las tablas escupiendo sangre, pero mas cabezas de aquellos diablos asomaban… Pero en aquél justo instante, un griterío se aproximaba enardecido, eran los refuerzos que acudían a defender las almenas, los piratas dudaron, el Lince no y de una estocada aclaró las filas enemigas, el muchacho herido trazó con la partesana un círculo que hizo retroceder a otros asaltantes…

-¡Hay que salir de aquí!- rugió uno de los piratas, y se volvieron a la almena para encaramarse a la cuerda y bajar al otro piso, dos lo lograron los otros al ponerse al descubierto sobre las almenas cayeron con arcabuzazos en el cuerpo, por una escala de madera, estaban subiendo los soldados del capitán Gayupín que habían limpiado ya la almena inferior. Lo que contemplaron les llenó de de admiración y pasmo. Sobre una veintena de piratas, dos hombres se tenían a duras penas, cubiertos de sangre pero en actitud gallarda.

Finalmente el musculoso tuerto de Guyapín apareció sobre las tablas de la segunda terraza, rodeado de sus soldados mestizos.

-¡Vaya fiesta!- exclamó- ¡Aquí alguien se ha batido bien!-

Junto a la jamba derecha de la puerta, con el yelmo todavía encasquetado Álvaro se lo miraba fijamente.

-¡Capitán Guyapín, cómo ha ido en la ciudad?- preguntó Chiquito.

Los dientes del gigantón se dejaron ver en la obscuridad …

-¡A las mil maravillas! ¡Hemos rechazado su ataque! ¡El bergantín y los botes de los piratas están de regreso a sus refugios de Isla Cabutica, en el curso alto del río! ¡Les hemos rechazado en toda la línea!- soltó bravucón el capitán mestizo.

-¡No sé si lo habéis advertido…!- Álvaro fue desgranando sus palabras parsimoniosamente- ¡Pero el ataque como vos lo llamáis, ha sido una mera distracción! ¡El auténtico objetivo de los asaltantes estaba tras esta puerta!- Guyapín hizo una extraña mueca bajo su chambergo de cuero. Al fondo había aparecido en la almena Alfredo Somer.

-¡Dios mio, qué carnicería Álvaro!- festejó el alemán- ¡Veo que no perdéis viejas costumbres!-

-¿Y vos qué habéis hecho allá en la ciudad?- preguntó Álvaro.

-¡Rechazar tres intentos de penetrar en la ciudad, pero eran poca gente, han asaltado cuatro casas del puerto y la mayoría han podido huir, pero el buque de los demonios, ha soltado plomo a placer, y los brulotes que han entrado en el puerto han causado destrozos en los muelles de la ciudad! ¡Pero veo, como decís, que lo importante se ventilaba en las almenas norte!- parloteó Somer-¡Por todos los diablos, estos mestizos saben luchar!-

-¡Eso está fuera de toda duda!- exclamó Álvaro señalando al joven Chiquito. Mientras, Guyapín había alzado un hachón encendido y contemplar asombrado la cantidad de piratas muertos ante la puerta del palacio de la Dama de Angostura.

-¡Por la gran serpiente!- susurró Guyapín clavando su único ojo en Chiquito- ¿Vosotros dos habéis hecho esto?- el aludido afirmó con la cabeza, mientras se humedecía los labios. El muchacho señaló con su espada a Álvaro.

-¡Y ha tirado abajo dos sogas, la escalera cuando estaban a punto de llegar a reventar la reja de este piso…! ¡Lo que veis en el piso nos lo hemos ventilado con ayuda de los de la torre!- aclaró el muchacho. Guyapín iluminó primero a Chiquito y después a Álvaro, y se dio cuenta de que estaban heridos. Golpeó con fuerza tres veces en la puerta herrada.

-¡Ah del palacio, soy Guyapín, la fortaleza y la ciudad están seguras!- al otro lado se escuchó el gruñido de los maderos al desatrancar el portalón. Lo primero que se vio fue la cara de un caribe, sosteniendo un candil sobre su cabeza.

Tras el rostro del indio, del que mayormente se advertían el blanco de los ojos y su escalofriante dentadura, se adivinaba el cuerpo menudo de Guarima y tras ella, la figura de Cecilia Ordóñez.

-¡Que entre el capitán Guyapín, acompañado de los dos defensores de la puerta!- ordenó Dama Cecilia. La orden se cumplió, mientras los soldados mestizos tiraban los cuerpos de los piratas desde las almenas, mañana los caimanes se darían un buen festín, si las pirañas dejaban algo.

-¡Aquí los tenéis señora…!- dijo satisfecho Guyapín señalando a ambos- ¡Vuestro huésped teule, se ha batido bien! ¡Han despachado entre ambos casi cien piratas, que venían a por vos!- Una vez dentro, y a pesar de que la luz de los candiles era tenue, los cuerpos de Chiquito y Álvaro, aparecían ennegrecidos por la pólvora y la sangre seca.

-¡Están heridos, Guyapín! ¿Qué no lo veis?- indicó Cecilia Ordóñez.

-¡Es que ahí fuera, está muy obscuro, mi señora…!- dijo Álvaro, que todavía estaba protegido por su yelmo.

-¡Llevad al soldado a que le atiendan en vuestra batallón, Guyapín! ¡El huésped será atendido aquí en palacio!- ordenó Dama Cecilia, mientras Álvaro se quitaba el yelmo, mostrando el rostro con una máscara de sangre y suciedad de pólvora mezclada con su recortada barba… La intensidad del combate sostenido estaba reflejada en su rostro, y en la herida que no dejaba de manar un estrecho hilo de sangre roja sobre el cuero de la coraza del pecho.

Las ordenes de Cecilia Ordóñez se siguieron puntualmente… Pero Álvaro quería saber de Federmann y de sus hombres acampados río abajo.

-¡Mi señora…! ¡Ya sé que mis hombres están debidamente custodiados, pero temo que este ataque sea seguido de otros a lo largo del río, y que quizás sería útil que nos llegáramos hasta ellos, Don Alfredo y yo mismo, para conducirlos hasta Angostura, la fortaleza y seguridad por ambas partes se acrecentaría!- ella miró al guerrero con respeto y expresión de comprender lo conveniente de la proposición de Álvaro.

-¡Si me dais palabra de que os someteréis a la prueba de la que hemos hablado, una flotilla de Angostura acompañará a vuestro camarada de armas hasta el embarcadero de Soledad, y entre la flotilla y los buques que están allí para protegerles, remontarán el río hasta Fuerte Angostura!- Cecilia Ordóñez alzó su cabeza con altivez aguardando el compromiso de Álvaro.

-¡Deseo hablar con Somer, ahora, antes de que parta! ¡En cuanto a mi compromiso con vuestra prueba, lo tenéis…! ¡Cuando los piratas atacaron, estaba a punto de comunicaros que me sometería a vuestra prueba, y ahora os lo ratifico, os doy de ello mi palabra de honor, mi señora…! ¡Espero que dejéis que me lave de la suciedad de una lucha tan sórdida y sangrienta!-

-¡Es que debéis limpiaros…!- dijo ella sonriendo- ¡Guyapín, que se acerque el alemán!-

-¿Estáis bien Somer?- sonriente Álvaro tomó por el hombro a su compañero.

-¡Unos rasguños, nada importante! ¡Esta gente se bate bien!- respondió Somer- ¡Pero lo vuestro aquí ha sido una proeza, Don Álvaro!-

-¡Dejad eso! ¡Iréis con una flotilla a recoger a nuestros hombres! ¡Cada vez estamos más cerca de lograr nuestro objetivo, Don Alfredo!- ambos se abrazaron y tras ello, la puerta se cerró, quedando Álvaro bajo la tutela de Cecilia Ordóñez y su vieja aya, Guarima.

El caribe abría camino con su candil, tras él caminaba Guarima, seguida de Álvaro y Dama Cecilia, atravesaron la sala de recepciones, se incorporaron a la comitiva los otros tres caribes, llegaron al corredor en el cual se abría la puerta del comedor, de una puerta situada a su lado, surgieron tres indias más, de una estancia que sin duda era la cocina del austero palacio, y llevando jofainas de agua y toallas se adentraron en una tercera sala, que era un enorme baño…

Sin soltar palabra, Cecilia Ordóñez tomó del brazo de él, el yelmo que dejó a un lado, y mirándolo a los ojos, empezó a desabrochar las piezas de la coraza, el ceñidor con la espada y los pedernales, extrajo de la faja la larga daga vizcaína… Mientras ceremoniosamente, ella le aligeraba de las armas, las mujeres de la cocina, siguiendo las instrucciones de Guarima, preparaban un baño, con agua templada, en la que la vieja añadía unas hojas y polvos.

Álvaro pudo ver que la estancia no tenía ventana alguna, que ardían unos carbones en una especie de brasero, que en dos bancadas habían cuidadosamente dobladas ropas con las que secarse, y que una larga bancada estaba junto a la cavidad que servía para tomar el baño…

-¡Mi señora…!- el hombre se agitó azorado- ¡Debo aliviar mi cuerpo, tras el combate…!- ella sonrió y le cogió del brazo, conduciéndole a una portezuela que abrió, y para su sorpresa se vio en un retrete como los de los castillos de la lejana Castilla. El cuartucho tenía una inmensa ventana, para ventilarlo. Aquella maravilla consistía en una tabla que presentaba un agujero disimulado por una tapa de madera, que abría paso a un tubo bajante en el cual realizar aguas mayores y menores a placer y cómodamente asentado cual Marqués de la vieja Castilla.

Realmente, Álvaro, tras la distensión que seguía al combate precisaba evacuar todo tipo de humores, pero le interesaba disimular los dos cinturones cargados de oro que llevaba bajo la faja anudada a su cintura. Con sumo cuidado, apretándose en el rasguño del cuerpo que iba manchando su camisa, se aplicó a las tareas que había venido a realizar.

Cuando volvió a la sala de baños, llevaba la faja roja enrollada sobre si misma, protegiendo los cinturones, y reliada por dos cadenas, la de la cruz que le acompañaba desde niño y la del medallón que recibiera de la misma Dama Cecilia en Cartagena… El medallón con las figuras de la Serpiente y el Jaguar estaba en el centro del nudo de las cadenas, a modo de broche. Con sumo cuidado, Álvaro depositó el hatillo sobre sus armas.

-¿Os sentís aliviado?– preguntó ella sonriendo.

-¡Ciertamente, tan sólo la herida me causa molestias!- respondió Álvaro. En el fondo albergaba la esperanza de que la tan aireada prueba se pospusiera a causa de su herida, que no era grave ni mucho menos, pero él la magnificaba intencionadamente. De hecho una cosa sería someterse a la maldita purificación, estando solo en Angostura, y otra muy distinta si sus trescientos cincuenta hombres hubieran ya llegado,- reflexionaba-, pero sea como fuere, había empeñado su palabra en que se sometería al trance de los paganos.

Mientras Álvaro discurría estas y otras cosas, Guarima y Dama Cecilia, le ayudaron a sentarse en una banca larga, junto a la bañera que exhalaba fragantes vapores. Con mucha suavidad, Cecilia Ordóñez le quitó la camisa, sudada, chamuscada y manchada de sangre propia y ajena, cuando llegó al costado en el que la herida todavía sangraba, la mujer tuvo un exquisito tacto, ayudada por Guarima, sacaron la camisa del tajo de machete, cuidando que no quedará trozo de ropa en las carnes de su huésped. Pudieron contemplar el largo corte y el porqué no cicatrizaba. Al ser amortiguado el golpe por la coraza de cuero endurecido, la herida en su parte central era más ancha de lo normal.

Ambas mujeres se miraron por unos instantes…

-¿Le aplico la cura después del baño?- pregunto Guarima a su dueña.

-¡No hay otro remedio, Guarima!- respondió Cecilia Ordóñez.

-¡Eh! ¿De qué remedio se trata?- protestó Álvaro.

-¡Perded cuidado…!- le dijo Guarima- ¡Curamos muchas heridas como ésta sin que sobrevengan las fiebres, no os vais a sentir debilitado, ni adormecido, por la cura!- Cecilia Ordóñez sonreía, mientras que puesta de rodillas, tiraba de la bota izquierda del soldado, sorpresivamente él colaboró, y antes de que pudieran hacer daño, quitó las espuelas de ambas botas de montar, y de repente se vió en pantalones que ambas mujeres le quitaron y sin piedad prosiguieron con el calzón que Álvaro usaba hasta la rodilla, ya desnudo sintió vergüenza ante ambas mujeres, la vieja india sonreía maliciosamente mientras él se cubría las partes con la mano derecha.

Dama Cecilia, había tomado el guantelete con una cierta admiración y Álvaro dejó de que se lo quitara dulcemente para dejarlo junto a sus armas.

-¡Ahora caballero, debéis entrar en el baño, y dejad de sentir vergüenza…! ¿No veis como corren mis caribes al combate? ¡Van desnudos, su único atuendo son sus armas!- murmuró de forma persuasiva Dama Cecilia, mientras tomándole por el brazo le acompañaba hasta la bañera. En ese momento, Álvaro fue consciente de la suciedad que había acumulado desde que tomó el último baño, en la hacienda de Somer… Y volvió a sentir vergüenza, hasta de su propio olor. No se hizo de rogar, se sumergió en la bañera y se sintió inundado de una agradable tibieza, ella le tendió una esponja y le indicó que se rascara la piel para arrancar la suciedad…Cecilia Ordóñez no dejaba de mirar el pecho velludo del indefenso guerrero, al tiempo que Guarima baldeaba los cabellos y cabeza del sufrido huésped, se escucharon risas de mujer en palacio, mientras los caribes a duras penas contenían una pícara carcajada.

La salida del baño, representó secarse con mucha suavidad, debido a los moratones y a la herida, pero se sintió como aliviado, cómodo. y limpio. Se rodeó la cintura con un enorme lino, y entonces Guarima le indicó que volviera a sentarse en la banca, la vieja llevaba en las manos unos vendajes hechos de corteza de árbol y una especie de empaste de moho y hierbas… Entre las dos mujeres le aplicaron el empaste en la línea de la herida,- no sintió dolor alguno- y posteriormente con las tiras de corteza fijaron el empaste como si fueran vendajes de tela, tras anudar bien las cortezas, Guarima las humedeció con agua. Y sumamente relajado, Álvaro se quedó sentado en la banca, y sin decir nada, observaba como la vieja india sumergía una calabaza abierta en un balde de agua caliente, y Cecilia Ordóñez tendía una estera de esparto en el suelo, dejando unos cuencos y paños en el suelo junto a la estera… Un aroma dulzón a hierbajos se expandía sobre la fragancia anterior del baño… Ataviada en su túnica de fino algodón de color crudo, moviéndose con gracilidad, la señora de Angostura, tiró un cazo de un liquido sobre los carbones rojos del brasero, una humareda se alzó en la estancia, y un profundo olor a eucalipto lo inundó todo, Álvaro sintió como sus pulmones agradecían la invasión de aquél frescor que impregnaba el aire del baño, hinchó los pulmones y empezó a sentirse limpio por dentro como antes por fuera.

Al fondo, Guarima alzaba la calabaza del balde… El olor dulzón se esparció de nuevo, y Álvaro cerró los ojos, con el cuerpo relajado y recostado en la pared de la bancada, no sabía qué, le transportaba a una gruta del bosque de Mondragón, cuando era mozo…

La vieja caribe presentó la calabaza a Dama Cecilia que asintió, y recogió uno de los dos cuencos del suelo, para hundirlo levemente en la calabaza y tras ello llevárselo a los labios, tras enjuagar la boca con lo bebido, lo devolvió a la calabaza, escupiéndolo…

Guarima le hizo gesto a Álvaro de que se sentara en la estera, y él de forma maquinal obedeció… Hacía unos momentos, antes del baño urdía astucias para retrasar el momento de tragar la segunda pócima infernal de su vida, pero era preso de su palabra, de su misión que cumplir, de una alianza que tejer… Pero ahora, con todos los instintos a flor de piel, desnudo de armas, de suciedad y de vergüenza, sintió que lo que se cernía sobre él entraba en lo más interno de sus entrañas, y no podía apartar su mirada de aquellas pupilas esmeraldinas que reflejaba el espíritu del gran río y sus fieras asesinas, las sienes le batían con fuerza, pero estaba sosegado, él ya había pasado por un hechizo como aquél que le servían. Tomó la calabaza con la intención de catar el sortilegio, las formas que tenía ante él se difuminaron, y la voz de Guarima penetró en su conciencia a golpe de maza.

-¡Esta Ayahuasca, ha estado catada y enriquecida por la Yacu Ayura, por su cuerpo, por su alma, es vía de purificación o de hundimiento en el lodo de las eras de tinieblas! ¡Tómala, pero no de golpe, sórbela y paladéala, como haces con los instantes de tu vida sobre los que retornas una y otra vez….! ¡Ya para revivir el gozo y la gloria, o para asomarte al horror que podemos sentir dentro del corazón!- y siguiendo lo que la vieja indicaba, Álvaro fue bebiendo lentamente el brebaje de color verde oscuro, aroma dulzón y gusto amargo, bebía entrecortadamente, y aprovechaba entre trago y trago para inspirar profundamente y airear su pecho… Empezó a sentir como un copioso sudor empezaba a empapar su cuerpo, a pesar de ello siguió con la ceremonia con calma, hasta ingerir todo el contenido de la calabaza ahuecada.

Ante él, iluminada por el candil, el rostro viejo y ajado de la india, sonrió al recibir la calabaza vacía.

-¡Ahora debéis tenderos!- dijo con suavidad Dama Cecilia.

Álvaro percibió como algo era arrojado al brasero, el aroma dulzón ganó en intensidad, y los párpados empezaron a pesarle, se estremeció como si sintiera frio y por dentro notaba como si una garra le recorriera el cuerpo.

No podía saber cuanto tiempo había cedido al sopor, pero el motivo de salir de él era evidente, nunca había sentido nauseas como aquellas, arqueó su cuerpo sobre la estera alzando la cabeza, justo pudo intuir que Guarima le colocaba un cuenco junto a la boca, alguien más le sujetaba la frente hacia atrás para facilitar el vómito.

Tras unas convulsiones empezó a vomitar el liquido negruzco a grandes arcadas, tuvo tres accesos en total, durante un tiempo que se le antojó eterno. Tuvo la presencia de ánimo para escuchar a Guarima susurrar en voz baja…

-¡Ha vuelto mi señora…!-

-¡Si, ya está purificado!- respondió Dama Cecilia.

Se sentía pegajoso de sudor, como si no tuviera huesos, no podía moverse a su voluntad, la luz mortecina del candil le permitió ver que Guarima y Cecilia Ordóñez le limpiaban el cuerpo de sudor con lienzos mojados y con mucho esmero, poco después le ayudaron a levantarse, poco a poco recobró el dominio de sus piernas, y le condujeron al baño, le aguardaba agua caliente, le reconfortó, luego le hicieron poner de pie, y con enormes esponjas le rociaron con agua fría y restregaronle la piel, notó la sangre en ebullición, lentamente empezó a tener consciencia de su cuerpo con una nitidez que no recordaba haber gozado jamás…

Una vez fuera, ambas mujeres le secaron y ataviaron con una túnica liviana que medio cubría su desnudez. Cecilia Ordóñez le tomó por la mano y le condujo a una nueva estancia, iluminada con un solo candil, de paredes blancas, tapizada con esteras y con el centro ocupado por unas telas traslúcidas.

La puerta se cerró tras ellos, y Álvaro iba recobrando las fuerzas, un destello le señaló que sus armas estaban sobre un escabel en un rincón. Ella le condujo a través de las telas, hasta un lecho mullido en el cual, con suavidad le depositó y acto seguido tomó un paño rociado de una substancia olorosa de agradable fragancia y tacto aceitoso y con él empezó a perfumar su cuerpo.

-¡Ahora, Jaguar…! ¡Estás purificado, has recordado tu inicio en la vida, cuando te llamaban Juan! ¡Has recordado que eres un felino, en tu tierra un Lince…! ¡En el Yacu Naya, un auténtico Jaguar! ¡Has regresado de desnudarte ante los dioses y ellos te han regenerado y purificado! ¡Ya está listo para construir nuestra alianza!- con dulzura, ella le iba desgranando el proceso sufrido.

-¿Qué más esperas de mí? ¡He protegido la puerta de tu palacio, he soportado vuestra ceremonia…! ¿Qué me aguarda ahora?- Álvaro, muy sedado la miró directamente a los ojos mientras ella seguía perfumándolo.

-¡Debo y ahora puedo revelarte mi profecía, que está grabada en la medalla que te obsequié en Cartagena! ¡Esta profecía me fue confiada por mi madre, Isimaru, como yo, ella era una Yacu Ayura, es decir, la mujer de casa real caribe que está unida al espíritu de la Yacu Mama, la gran serpiente que hizo el río, la madre de todas las anacondas!-

Él se incorporó un poco, y miró fugazmente que el pecho de ella se agitaba bajo la tenue ropa que llevaba. Ella prosiguió.

-¡Ella tuvo de su madre su profecía, la serpiente era protegida por un Águila…! ¡Llegó Don Tello, con sus armas, sus guerreros, sus caballos, sus perros de presa y sus águilas y halcones de caza! ¡Isimaru hizo por aliarse con el teule, pero como lo hacemos las mujeres caribe, juntos en la guerra y en el amor! ¡Del deseo de ambos surgimos mi hermano Andrés y yo misma! ¡Fue una bendición para el Yacu Naya, la fuerza y sabiduría de mi padre, y la bendición de alumbrar descendientes de la Yacu Ayura!- le dijo.

-¡Don Tello…! ¿También se sometió a la purificación?- preguntó enarcando las cejas Álvaro.

-¡Desde luego, mi Jaguar! ¡De lo contrario no hubiera podido compartir nada con una Yacu Ayura!- la mirada esmeralda de Cecilia Ordóñez ganó una dulce intensidad, y a flor de la telilla que le cubría los senos, la turgencia de unos pezones marcaba dos puntos. Álvaro empezó a notar la boca algo seca y un gusto metálico similar al que se siente antes de entrar en combate- ¡La profecía me une a un Jaguar, y ese jaguar eres tú, es tiempo de sentir la carne, Juan! ¡Pero alguien quiere impedirlo…!-

-¡Vuestro hermano, Don Andrés! ¿No es así?- sugirió Álvaro- ¡Ambiciona vuestro poder!-

-¡No el mio, sino el tuyo!- respondió ella.

-¿El mio?- se extrañó Álvaro.

-¡Al Jaguar, le reserva la profecía, tomar el cuerpo de la Yacu Ayura y en ella engendrar los nuevos reyes del Guay Naya!-como un susurro le llegó aquella explicita afirmación que resonó en el alma de Álvaro, como una grave campanada.

-¡Es una locura, yo no poseo fortuna, un día u otro deberé volver a Castilla! ¡Amé a una sola dama…!-

-¡Don Tello tuvo que regresar también! ¡Amasteis sin consumar, y ella murió, ahora estáis purificado, la vida que os aguarda, no tiene más lastre del pasado que aquél que deseas!- notaba la respiración de ella como un céfiro perfumado junto a sus labios, y los ojos esmeralda los percibía anclados en los suyos, notó el frescor de su piel bajo la tela, y sintió en el pecho los senos de ella, lozanos, tersos y turgentes… El deseo brotó no tan sólo de su cuerpo, sino también de su alma, la acarició, se despojaron de sus livianas ropas y se devoraron uno al otro en el ejercicio gimnástico mas bello y antiguo del mundo, entre jadeos logró entrar en ella, advirtiendo lo profundo de su deseo, explicitado en libidinosa humedad, en el perfume a lascivia que sus cuerpos exhalaban y que les enardecía todavía más…

La noche ardiente se prolongó tanto como sus cuerpos cobraban elasticidad y deseo, los dos cuerpos, el blanco y el atezado se fundían furiosamente, mientras manos y labios trazaban arabescos sobre las geografías de sus pieles, ella sentía una sed insaciable de la simiente de él, y él se sentía como el gran río que desemboca en el océano arrojando humores de vida sobre humedades ansiosas en el delta de la vida, en la gruta de la lujuria, en el claustro de la encarnación… El deseo despertado tras años de renunciar al amor, se había despertado en un mirar intenso, de color verde jungla, con la profundidad del océano que le había traido hasta estos lejanos reinos, con la tonalidad de la selva que abrazaba al río de la gran serpiente; ese deseo se medía con un cuerpo gentil y ágil, de piel tersa y de color intenso como las tierras fértiles que yacen bajo la hojarasca del inmenso bosque.

En la embriaguez del rito amoroso, el acto del mestizaje añadía junto a la naturaleza de aquella tierra un ardor casi de combate, se unían dos naturalezas, dos pueblos, dos culturas, con intensidad y hasta la extenuación…

La estancia estaba a oscuras, no entraba luz por parte alguna y el candil estaba apagado, él no tenía noción del tiempo pasado, miró a un lado y contempló el cuerpo desnudo de ella, como el suyo, que dormía plácidamente. Sus pupilas se acostumbraron a la obscuridad, que misteriosamente no era absoluta, por algún orificio debía penetrar un punto de luz. Sobre sus cuerpos, protegiendo todo el tálamo, una tela de lino, realizaba la doble función de atrapar los insectos y difuminar al exterior las figuras yacentes. Sorprendentemente analizaba lo que percibía con naturalidad, como si la mullida cama le fuera familiar, sentía una placentera tranquilidad a pesar de ser consciente de la trascendencia de lo acaecido… No estaba seguro de sentir amor por aquella bella mestiza, pero sí amistad y por descontado un deseo salvaje.

Siempre había sentido una íntima sensación de haber cometido un crimen inconfesable, tras aliviar el deseo de sus entrañas, folgando con alguna damita que se había puesto a su alcance, cuando la naturaleza ejercía su imperio con urgencia; siempre tras el vacío del yacer solamente con un cuerpo, por bello que fuera, le ensombrecía el ánimo a la par que se le presentaba la vaporosa imagen de Isabel de Mendoza, el amor no consumado, y el remordimiento por haber cedido al deseo carnal. Por si ello fuera poco la petición de Doña Ana de Mendoza, clamando venganza por su dulce y frágil hermana menor. Él siempre había asociado la venganza sobre los asesinos de Isabel, con un riguroso olvido del amor y sus delicias hasta no dar con el miserable que segó la vida de su lejano amor de juventud, con todo ello Doña Ana de Mendoza le había encadenado amablemente tiñendo de lealtad la doble condena, célibe hasta no consumar la venganza…

Pero allí, en medio del curso de un río de dimensiones gigantescas, inmerso en una lucha que pivotaba sobre su supervivencia, pero que estaba adquiriendo un carácter mucho más trascendente, no sentía ni remordimiento, ni culpa alguna, lejos estaban las esporádicas damiselas ligeras de cascos, las perversas viudas, y alguna que otra furcia elegante y selecta, pero él estaba allí junto a Cecilia, rodeado de caribes y mestizos, tras haber luchado a vida o muerte contra una cohorte de piratas del río para defender el palacio de una reina- sacerdotisa… Estaba allí cerrando una alianza que le permitiría vencer a la tropa del inmundo Sigura y cumplir sus contratos con un judío de Sevilla y un sodomita de Portobello, en otros lances, gente indeseable, pero en aquél se habían constituido en financieros y socios de su supervivencia y en la de un virrey que Su Majestad, el Rey, había nombrado al sudeste de Venezuela.

Volvió a mirarla, había algo más, mucho más…Con su mano tullida repasó las dulces formas de aquella espalda, aquella piel broncínea, aquél tacto terso y galante. No era lo mismo que le inspiraba la dulce Isabel, pero lo sentía como más real, más fuerte, más equilibrado, aquello no era un sueño ni un delirio, lo sentía como un manantial de fuerza y satisfacción, como un estallido infinito de pasión y fertilidad; antes de haber amado y de haber dado la vida, había repartido esforzadamente la muerte, y ambos actos con poco tiempo de diferencia y en lugares contiguos… Tiempo y lugar, vida y muerte… recordó de nuevo a Amaya, la vieja Maru de Oñate,- harás grandes cosas, le dijo, sufrirás y harás sufrir, también le había profetizado- y de repente le asaltó la idea de que no acudía a la casa de Dios, desde que anduviera por Mérida de Yucatán, quizás le asaltó el pensamiento debido a sentirse rodeado de paganos, de saberse unido a una mujer pagana, aunque ciertamente nunca se había imaginado llevando a una mujer al altar para desposarse con ella, posiblemente porque su existencia le obligaba a recordar con nitidez, pero no le dejaba mucho tiempo para soñar. Y andaba en dicha extraña mezcolanza de pasado y presente, como si quisiera realizar balance de su vida hasta aquél estimulante momento, cuando notó un movimiento a su izquierda, y un suspiro suave y satisfecho. Se revolvió con rapidez, sentía deseo de aquella mirada esmeraldina y de la contemplación de los labios dulces y sensuales que le había acariciado todo su cuerpo.

Cecilia Ordóñez se incorporó y estampó un beso en los labios de él, antes de ponerse en pie, y cubrir su cuerpo con la túnica que se había quitado por la noche…

-¡Vamos a ver que nos depara hoy el día!- dijo ella con un tono alegre- ¡Tienes tu ropa limpia en aquél asiento!- y señaló un escabel.

Álvaro comprobó que estaban sus calzones, el pantalón de ante, la camisa de algodón blanca, y el jubón de piel de becerro… Al lado de los calzones veía la faja roja, debidamente doblada, y el corazón le dio un vuelco, quiso ver donde se hallaba Cecilia Ordóñez, pero ella había ido a la estancia del baño… Suspiró al ver los cintos al levantar la faja, los sospesó, y afirmó con la cabeza, – todo el oro, parecía estar ahí- pensó y volvió a colocar sobre los cintos la faja. A la derecha del escabel, estaba situado un armazón en el que estaban colocada su armadura, el ceñidor con sus armas, a los pies las botas de montar y coronando su atavio de guerrero, el elegante yelmo, todo estaba limpio y preparado para ser utilizado. Buscó la daga, y la encontró al lado de los ocultos cintos. Sin aguardar más se puso los calzones, la sensación de ropa limpia era agradable, y en medio de la penumbra se deslizó hacia la sala del baño, para refrescarse un poco y allí halló a Dama Cecilia, vestida ya con una túnica suntuaria, de color verde, con unas cenefas rojas, estaba preciosa… Junto a ella, Guarima y las otras mujeres parecían aguardarle.

-¿Cómo está mi Jaguar?- preguntó ella.

-¡Bien…!- respondió algo intimidado por la presencia de las mujeres- ¡Es curioso, la herida no me duele, ni me tira!-

-¡Eso es, porque Guarima, sabe muy bien lo que se hace!- le respondió deslumbrante ella- ¡Ahora ellas se cuidarán de tu aseo, y Guarima verá como está esa herida! ¡Has de estar preparado, hoy es un gran dia, te presentaré al pueblo como el hombre de mi profecía…! ¡Mis capitanes te jurarán lealtad y obediencia, puesto que eres el Rey del Guay Naya, y los caciques tendrán que tenerte por tal, ya que estás unido a la Yacu Ayura!- Con la misma brusquedad que Guarima le frotó con un paño chorreando agua fría, la reina de aquellas gentes le anunciaba que todo había cambiado en una noche, un mal trago de hierbas y la seducción le habían encumbrado en aquél país salvaje.

Mientras la vieja curaba de nuevo la herida, y las otras peinaban y perfumaban a su nuevo rey, un redoble de tambor resonaba en el exterior, algo se preparaba.

Una vez vestido, tras calzar las botas, colocar el guantelete en la siniestra y con la barba recién recortada, acompañó a su aliada al exterior, a la terraza almenada que fue testigo de la cruel lucha que sostuvo la noche anterior contra los piratas. Los capitanes habían acudido junto a la puerta de palacio, y los vitorearon al verlos salir juntos, tras la pareja la vieja Guarima esbozaba una sonrisa que tan sólo podía significar que los herederos de Guay Naya, estaban asegurados.

-¡Guyapín, abrid las persianas de la sala de recepciones, y que los capitanes tomen sus puestos en ella!- ordenó Dama Cecilia.

Cuando entraron, Álvaro advirtió que en el escalón inferior al de la silla curial de la reina, se había colocado otra silla curial, sobre la que estaba tendida una piel de jaguar… Su sitial, pensó Álvaro. Guarima cogió de la mano al nuevo dueño de la ciudad, y le acompañó hasta el segundo escalón, ante la silla curial indicándole que permaneciera en pie. Cecilia Ordóñez hizo lo propio en su sitio, y en silencio el grupo de capitanes fue tomado su sitio en la sala, junto a Guyapín, Chiquito, ascendido, portaba en un asta, el tótem de Yacu Naya, la poderosa serpiente forjada en metal, de la base de la cual colgaban tiras de tela, verdes, rojas y amarillas, los colores de aquella tierra y del plumaje de sus exóticas aves. Las mujeres habían soltado sobre el brasero de la estancia del baño extracto de eucalipto, y su aroma se extendía por todo el palacio. Los inefables cuatro caribes, con sus cerbatanas prestas estaban colocados en los cuatro ángulos de la gran sala.

Dama Cecilia, en pie, blandiendo el cetro rematado en la cabeza de la serpiente, dio inicio a su arenga…

-¡Este hombre era el señalado por la profecía, ayer se batió dos veces, la primera para impedir a los piratas de Caimán que franquearan la puerta de esta sala, en su traidor golpe de mano, la segunda caminando entre la niebla de la ceremonia de purificación para desvelar ante los dioses y las Ayura de los caribes, que es un hombre verdadero de los creados por Makunaima, el Wanadi de los pueblos que vivían en el río antes de la llegada de nuestros antepasados al gran río trazado por la Yacu Mama, la que nos da el alma, a nosotros y ahora también a él!- dijo esto último señalándolo con el cetro- ¡Los dioses y los espíritus de la jungla, el aliento de Yacu Mama y su propia alma, han reconocido en el hombre de mano de hierro, el alma del jaguar! ¡Al ser el señalado por la profecía de las Ayura, he decidido que tome asiento a mi lado, que yazca junto a mí, que engendre los nuevos herederos de nuestro Dominio, que nos guíe en el combate y que le juréis, capitanes míos, la misma lealtad y obediencia que me observáis a mi!- terminó solemnemente Cecilia Ordóñez.

Guyapín ordenó a Chiquito que acercara al nuevo rey, el tótem de Yacu Naya, Guarima indicó con un gesto a Álvaro que debía besarle, y cuando él lo hizo, Guyapín ordenó con su voz de trueno que todos los capitanes hincaran la rodilla derecha en el piso de la sala…Tras ello al ritmo del más significado de los capitanes mestizos, todos entonaron un fuerte juramento primero en castellano y después en lengua caribe, finalizado el juramento se alzaron, y como soldados rubricaron el juramento golpeándose el pecho con el puño, en señal de lealtad y sumisión.

A la solemne ceremonia, siguieron unos momentos de silencio, todos contemplaban al nuevo rey y jefe de aquella fuerza que fundara el venerado Don Tello, un gesto de Dama Cecilia le indicó a Álvaro, que sus capitanes aguardaban unas palabras de él, y aunque Álvaro había dirigido algunas arengas, siempre lo había hecho en círculos de camaradas y amigos, nunca ante un consejo de capitanes, y mucho menos como rey. Pero tuvo que sobreponerse y tragar saliva.

-¡Mi señora, Dama Cecilia, debo corresponder a vuestro favor y al juramento de nuestros capitanes, con un juramento de respuesta por el cual me siento comprometido con la defensa de vuestro pueblo, y del Dominio del que goza! ¡Os pido que veáis el combate de esta pasada noche, como una muestra de esta solemne promesa que acabo de contraer, ante mi Dama, ante sus capitanes y su pueblo!- hubo un asentimiento general, y ya con más tranquilidad prosiguió- ¡Como algunos ya sabéis, mi presencia entre vosotros no es fortuita, he realizado otra promesa, antes del juramento que acabo de haceros…! ¡He prometido derrotar a una hueste que pretende aniquilarme, acabar con vuestros vecinos con los que vivís en paz, del virreinato de la costa, y a la postre, ocupar vuestras tierras, someteros y finalmente aniquilaros como pueblo! ¡Han venido a tomar las ciudades castellanas de la costa, para desde allí conquistar todo el Guay Naya! ¡Yo he prometido, junto con mis compañeros de armas, impedir que todo eso suceda, así pues mi destino y el de Guay Naya están tan unidos como mi señora y Yacu Ayura y mi persona! ¡Tan unidos como vosotros, mis capitanes, y mi hueste que se aproxima para engrosar nuestras fuerzas! ¡Mi supervivencia, es la victoria de vuestro Dominio sobre la amenaza que se nos cierne…!- alzó el tono en las últimas frases, y Dama Cecilia le miraba complacida por el vigor de sus palabras. Un rumor de aprobación primero y luego un estallido de vítores y hurras; entre si, los capitanes mestizos se decían alegremente-¡Los tiempos de Don Tello regresan!-

En el exterior resonó al tiempo un fuerte redoble de timbales, y las campanas de la terraza acompañadas por las de los bastiones… Uno de los soldados que guardaba la puerta, gritó desde fuera…

-¡Llegan los buques que partieron, con una tropa de teules a bordo!- A Álvaro el corazón le dio un vuelco, su gente, sana y salva en Angostura, por fin.

-¡Los juramentos han sido debidamente realizados! ¡Salgamos pues a recibir la nueva hueste que se nos une y regresemos a nuestras obligaciones!- ordenó con solemnidad Dama Cecilia.

Los capitanes se dirigieron al piso inferior, durante la noche se había reparado el anclaje de la escalera y reparado la verja de abajo. Gayupín se quedó junto a ellos en las almenas, Guarima había vuelto con las mujeres que servían en el palacio, y los cuatro caribes, les rodeaban ahora, tanto a Cecilia Ordóñez como a Álvaro de Sobrarbe.

-¿Debemos llamarte Don Álvaro, también aquí?- le preguntó ella, con una cierta ironía.

-¡Nadie más debe saber de mi nombre antiguo, soy para mis hombres Álvaro de Sobrarbe, un capitán al servicio del Rey Don Felipe, destinado al ejército del Adelantado del Rey, en Yucatán!- susurró Álvaro- ¡Mis enemigos me apodan Lince, y así debe seguir siendo si quiero evitar más desdichas de las que me persiguen!- terminó en un tono que mezclaba la justificación, con el ruego y la orden; un tono que ella comprendió a la perfección.

-¡Sea, mi Don Álvaro! ¡Pero yo te ataré a mi cuello llamándote Jaguar, que debe ser lo mismo en este reino, que Lince en tu tierra!- había una provocación al deseo en aquella afirmación- ¡Pero, por vuestro dios…! ¡Cuán complicados sois los teules, y más los castellanos! ¡Mi señor padre, Don Tello, andaba siempre con parejas tretas y disfraces ante los suyos, en vez de clamar al mundo entero que él era Rey en esta tierra!-

-¡Algún dia lo entenderás, mi Dama!- le sonrió. Acto seguido ambos elevaron su mirada al firmamento, la mañana era radiante, y de la copa de los árboles de la selva, una tenue niebla se desprendía, miraron entre los bastiones el río, y a lo lejos advertían las formas de unos bergantines y galeras.

-¿Queréis contemplarlo mejor?- sonrió ella.

-¡Ciertamente, si!- respondió él.

-¡Guyapín, subimos a la torre! ¡Permanece aquí para organizar la recepción a los compañeros de armas de Don Álvaro!- el tuerto asintió con un gesto de su cabeza, tras descubrirse del chambergo.

La real pareja entró en la sala de recepciones del palacio, y tras el monolito de la serpiente, en la pared había disimulada una entrada a una estrecha escalera de caracol construida alrededor de una columna, y custodiados por los cuatro caribes, subieron un largo tiempo hasta llegar a una losa a guisa de puerta cegada, que Dama Cecilia movió pulsando un resorte en la jamba que liberaba el anclaje de la piedra… Y asomaron a las almenas de la torre, sin haber pasado por los pisos del cuerpo de guardia, allí los hombres trabajaban en restaurar lo que las culebrinas del buque atacante habían destruido… Al ver surgir a su Yacu Ayura, adoptaron un aire de rigidez y respeto.

-¡Seguid, no perdáis tiempo!- ordenó. Los caribes se mantuvieron a distancia, mientras ellos dos se asomaron a la atalaya que constituía las almenas de la torre. En el curso del río, se advertían tres bergantines y dos galeras, con las cubiertas atestadas de mestizos y tropa de la hueste, que departían amigablemente, Álvaro se fijo que las embarcaciones grandes remolcaban las cajas de los carros de Don Alfredo, que flotaban merced a los barriles dispuestos a su alrededor como flotadores y algún que otro pellejo hinchado con aire. Celebró el ingenio de su gente, aquellos carros podían ser de gran utilidad. Desde los bastiones repicaban los bronces, y desde las cubiertas se respondía con saludos y un griterío alegre, Álvaro sonrió al verlos, para fijar su mirada después en ella, que permanecía a su lado. Se propinaron un beso fugaz, allí en lo alto, rodeados de soldados que reponían adobe y de los escoltas caribes, que como estatuas, parecían ni ver ni oir.

Álvaro pudo, desde aquél privilegiado observatorio, contemplar el curso del rio y advertir que tanto a occidente, como a oriente, a la altura de Angostura se podían ver las riberas teñidas de verde, de la misma forma que tanto río arriba, como en el curso bajo del Orinoco, las distancias crecían y la vista no alcanzaba a ver las orillas… Aquél era el punto más estrecho del río, pensó.

-¡Claro…!- exclamó sonriendo, Álvaro- ¡Angostura, el punto más angosto, más estrecho del río…! ¡Esta es una posición estratégica en el curso del río, enlace entre los dos tramos y entre ambas orillas, Don Tello fue muy inteligente al fortificar éste enclave!- al escuchar estas palabras, Cecilia Ordóñez sonrió halagada.

-¡El ataque de los piratas de ayer, en otro lugar, hubiera sido mortal y a buen seguro en estos momentos estaría presa en la guarida del Caimán! ¡Ese reptil repugnante venía a por mí, lo tenían planeado con mi hermano de tiempo atrás!- dijo Cecilia Ordóñez con un gesto de indignación.

Álvaro reflexionaba sobre las palabras que acababa de escuchar.

-¿Tenéis mapas de la zona o algo que se parezca? ¡Antes de planear la respuesta al golpe de la rebelión, es importante tener claro sobre un mapa, donde domina cada facción!- Álvaro estaba tomando la iniciativa en el campo militar.

-¡Si…!- respondió ella- ¡Yo tengo mapas en en el palacio, pero son solamente para nuestra consulta, en el cuartel de la guardia del Fuerte, en el piso inferior al palacio, hay la sala de la Junta de capitanes y del Consejo de guerra, allí están los mapas que se suelen usar para la guerra!-

-¡Por lo que dices, podremos después volver sobre lo hablado con los capitanes, en palacio, tú y yo solos…! ¿No?- sugirió Álvaro.

-¡Siempre lo hago, Jaguar!- le respondió Cecilia Ordóñez. Él sonrió al comprobar que tenía fuste de capitana.

-¡Habrá que encuadrar a mis hombres en tu ejército, mi señora!- susurró Álvaro. Ella le agradeció el paso, se abrazaron a los cuatro vientos, unas treinta varas por encima del curso del Orinoco, y ante la impasibilidad de los caribes se besaron, mientras la flotilla que había partido de Embarcadero Soledad iniciaba la entrada en la dársena, entre los bastiones de Fuerte Angostura.

Al cabo de unas horas, con los hombres de la hueste de Guay Naya ya alojada, en un cuartel del barrio de Angostura destinado a los soldados mestizos, los oficiales de Álvaro y los capitanes de Angostura se reunieron en la sala de Juntas del Fuerte que protegía la ciudad, bajo la presidencia de Dama Cecilia y Álvaro de Sobrarbe.

Álvaro quedó sorprendido por la sala en si misma, las columnas que subían desde el lecho del río, actuaban como tales en la sala, de grandes dimensiones, exactamente igual que en los templos de Castilla, de forma que aguantaban los arcos en los que se sustentaba la bóveda realizada en madera de cedro, ricamente trabajada. En el centro de la sala, en la que la luz entraba por las persianas como en el palacio, estaba dispuesta una gran mesa sobre la que diversos mapas desplegados iban a ser objeto de las próximas discusiones. Al fondo de la sala, se advertía una inmensa chimenea, en la que se hubiera podido cocinar un buey, y ante ella una mesa larga, dispuesta para comer si la ocasión lo aconsejaba. De momento estaba desnuda y podía ser utilizada en cualquier menester. Las sillas que rodeaban dicha mesa tirada, eran quince escabeles y dos sillas curiales,como las de la sala de recepciones del palacio.

Antes de iniciar el consejo de guerra, se había decidido que Álvaro, disponía de una sección de escolta que se añadía a los cuatro caribes, que constaba del alférez Mateo Ruiz, y del aravaco Hernando, y cuatro de sus hombres armados con hacha y arco, dicha escolta entraba a servicio tanto de Álvaro como de Dama Cecilia. Además de ello, el lugarteniente, Bernardo Cabrera era equiparado al capitán Guyapín, con tres compañías a su cargo, la gente de Federmann, la de Gerardo García y la de Alfredo Somer, que habían sido aceptados como capitanes en el consejo de guerra. Todos los capitanes, teules y mestizos, estaban dispuestos alrededor de la mesa central, en la que dos grandes planos estaban desplegados, uno correspondía al curso inferior del río, de Angostura hasta el delta de Amacuro, y los territorios que a este y oeste se extendían, el otro semejante al primero, correspondía al curso superior, desde Angostura hasta Sierra Cupiriña.

 

A extremo y extremo de la larga mesa se situaban los estandartes, el de la Serpiente y el del Guantelete sobre la roja cruz de Borgoña.

Todos estaban centrados en el mapa del tramo inferior del río, mientras atendían a lo que el capitán Juánez debía comunicar de la última travesía desde Embarcadero de Soledad hasta Angostura. En las esquinas, los caribes y los aravacos, por parejas vigilaban atentamente. -¡Como os iba diciendo, toda la noche los tambores de los tótems caribe de Monagas y del Amacuro estuvieron hablando! ¡Los Guyaquiles de Monagas, hacían un llamamiento en nombre de Don Andrés, para que los tótems del Amacuro enviaran representantes con poderes a Maturín!- decía Juánez con expresión muy seria.

-¿Había respuesta por parte de los del Amacuro?- rugió Guyapín.

-¡Los tótems Uracoa y Tucupita, respondieron afirmativamente, mientras que los Aroguaito, Currapo y Manga solicitaron saber si la Yacu Ayura estaba al corriente del llamamiento…! ¡Desde Monagas, no hubo respuesta a la cuestión, y siguieron insistiendo en el llamamiento!- respondió Juánez.

-¿Y de los waraos, se tiene noticia?-preguntó Dama Cecilia.

-¡Desde Embarcadero Soledad no oímos los tambores de los tótems waraos!- prosiguió Juánez- ¡Pero esos están sobre la costa y en las islas del Tobago, bajo la protección del virreinato teule!-

-¡Los waraos, son aravacos, como muchos de tus indios!- precisó Cecilia Ordóñez a Álvaro- ¡Estaban aquí cuando nuestros antepasados llegaron, y en el Amacuro se ha vivido una permanente guerra entre ellos y nosotros hasta que la protección de De La Marck y el pacto que hiciera Don Tello con el virreinato, estableció que entre los caribes del Amacuro, y los waraos, ya no habría más enfrentamientos!- Álvaro asintió a la explicación que ella le proporcionaba.

-¡En mi opinión, darán comienzo esta misma semana, los combates en el Amacuro entre los tótems del oeste, partidarios de Don Andrés, y los de oriente leales a Dama Cecilia!- prosiguió el recio Juánez- ¡Y además estoy seguro de que la liga de tótems Guyaquiles, enviarán refuerzos a sus aliados del delta, para combatir a los nuestros! ¡Mientras, los tambores de Maturín y de los puestos avanzados de las compañías de mirmidones estaban mudos, como queriendo pasar desapercibidos en medio de todo el ruido de mensajes y contramensajes!-

-¿Qué estará tramando, ahora, Don Andrés?- se preguntó en voz queda Cecilia Ordóñez- ¡Que ha pactado y establecido alianza con Caimán, está claro desde el ataque de anoche!-

-¡Es lógico pensar mi Dama…!- asumió Guyapín- ¡Qué conociendo sus intereses, quiera mantener su fuerza desde Maturín, hasta Cumaná, donde anda en buenas relaciones con el alcalde castellano, y que refuerce el puerto que tiene en Macuro, dominando un lado de la Boca del Dragón! ¡Hemos de reconocer que la península de Paria es su bastión junto con la vecina llanura del Maturín!- el comandante tuerto iba señalando en el mapa, los lugares que iban integrando el teatro de operaciones.

-¡Pero…! ¿Y con el virreinato? ¿Qué tipo de relación deben tener ahora mismo?- preguntó Dama Cecilia.

-¡Esto no lo sabemos, mi señora…! ¡Pero lo más probable, es que esté ganando tiempo e intentando garantizar amistad a los de Siete Virtudes!-respondió Guyapín.

-¿Tenéis algo más, Juánez?- inquirió Cecilia Ordóñez.

-¡Si…!- contestó presto el capitán- ¡Los caribe del tótem Mamo, los que tienen a su cargo el apoyo al destacamento de Embarcadero Soledad, han interceptado esta misma noche tres grupos de Guyaquiles acompañados cada uno de un arcabucero mirmidón que intentaban asaltar el puerto de Soledad! ¡Los Mamo, no han dejado a nadie con vida, ya habían escuchado tambores y permanecen a nuestro lado, nunca se han fiado de los métodos de Don Andrés!-

-¡Dos cuestiones importantes…!- la voz de Álvaro resonó en la sala, de hecho todos estaban aguardando que interviniera puesto que Dama Cecilia le había nombrado el jefe de su ejército- ¿Cuántos embarcaderos hay entre Soledad y Barrancas, y están protegidos como Soledad? ¡Y la segunda…! ¿Tenemos medios de reforzar a los tótems de oriente del Amacuro?-

-¿Los Corupa de Boca Luran…?- sugirió un joven capitán, de ojos azules y cabello azabache- ¡Son leales, numerosos y aguerridos, podrían reforzar por la boca que dominan a los Manga y los Currapo con los que están hermanados, y aún llegarse hasta los poblados Aroguaito, y conjuntamente hacer frente a los invasores de sus tierras!-

-¡Hum…! ¡Bien pensado capitán Enríquez!- dijo Guyapín tocándose la oreja- ¡Vos además conocéis bien la región del Luran, la cubrís habitualmente con vuestra compañía! ¿No es así?-

-¡Es así, comandante Guyapín! ¡Tengo además amistad con Usacora, el cacique de los Corupa! ¡Si hay una amenaza en la zona y a sus vecinos, Usacora acudirá en su defensa, además eso reforzaría su prestigio y el de sus tótems en toda la región!-aseguró el llamado Enríquez.

-¡Muy bien, Don Álvaro…!- se ufanó Guyapín con los brazos en jarras y sonriendo hasta con el único ojo que le restaba- ¡A vuestra segunda cuestión, podemos responder que tenemos posibilidades de plantar cara en el Amacuro! ¡En cuanto a la primera cuestión, entre Soledad y Barrancas, hay tres embarcaderos más, pero ninguno dispone de un destacamento armado como Soledad, que está en nuestro poder, o Barrancas que está en el suyo!-

-¡Muy bien,- apuntó Álvaro- debemos reforzar a los tótems leales que están en primera línea del Amacuro, pero sugiero que además de con caribes leales, se haga con una compañía, la del capitán Enríquez, bien dotada de ballestas y arcabuces!-

-¿Y eso?- preguntó Guyapín con algo de malicia, ya que se sentía en alguna forma postergado.

-¡En primer lugar, porque dudo que Don Andrés no incluya armas de fuego en su intento de dominar el Amacuro totalmente y así aislar el virreinato de nuestras fuerzas! ¡No podemos lanzar a los Corupa, a una lucha en la que tengan las de perder! ¡Y en segundo lugar porque de este modo la autoridad de Dama Cecilia y sus capitanes de Angostura se verán fortalecidos a los ojos de sus hermanos caribe del Amacuro!- un murmullo de aprobación se extendió por la sala, y hasta el socarrón de Guyapín tuvo una expresión de satisfacción y respeto.

-¡Sólo me queda felicitar a mi señora Dama Cecilia, por la elección que ha hecho en el Jaguar, bravo con la espada y sabio como jefe del ejército!- y mirando a Cecilia Ordóñez tras guiñar su único ojo se quitó el chambergo de cuero y realizó una leve inclinación a la pareja que regía los destinos del Dominio.

-¡Así, pues…!- Dama Cecilia se dirigió a Álvaro- ¡Dar la batalla en el Amacuro, e impedir que nos aíslen del Virreinato de Siete Virtudes! ¿Es vuestra propuesta, Don Álvaro?-

-¡Es uno de los pasos a realizar, no el único!- rectificó él, volcándose sobre el mapa del curso inferior del Orinoco- ¡Ese movimiento al que por cierto añadiría la compañía de Don Alfredo Somer, con sus indios caquetio de los llanos, sus corceles y perros, amén de sus efectivos armados hasta los dientes, constituye en realidad una distracción, vamos a conseguir que el frente del Amacuro, no sea un paseo triunfal para las fuerzas de Don Andrés!-

-¿En qué estáis pensando?- preguntó Guyapín.

-¡Mantendremos el contacto abierto con el virreinato, y a nuestros caribes leales del Amacuro libres de caer bajo las garras del enemigo, y además distraeremos importantes fuerzas de aquél…! ¡El segundo paso es dejar un batallón de guarnición en Angostura, reforzado por la compañía de Don Gerardo García, no fuera el caso de que los piratas volvieran a atacar Angostura! ¡Pero la propuesta de tomar la iniciativa es marchar sobre los tres embarcaderos y mantenerlos con ayuda de los mismos Mamo, para desde los tres embarcaderos dirigirnos sobre Maturín y la península de Paria, exclusivamente con tropa montada, devastando todo aquello que podamos, sin pretender tomar Maturín, pero sí, destruyendo en lo posible los medios del puerto de Macuro, Don Andrés debe quedarse sin flotilla, sin poderse mover por el río! ¡De regreso, debemos atraerles hacia un punto, en el cual hayamos podido concentrar fuerzas, creerán que nos persiguen, y en realidad se dirigirán hacia una trampa!- el murmullo de aprobación se repitió esta vez con más fuerza, y Cecilia Ordóñez miró con un cierto orgullo al hombre que había yacido con ella la pasada noche.

-¡Ese punto, existe!- exclamó Guyapín- ¡Y está aquí a una legua de Los Barrancos, frente a las islas de Pájaros y a dos del pequeño puerto de Ocoanga! ¡La combinación de relieve y vegetación permite esconder un ejército entero y tenderles una buena trampa! ¡Entre Puerto Ordás, el asentamiento castellano de oriente y las islas de Pájaros, hay suficientes recodos y distancia como para que los teules no se enteren de nada de lo que va a suceder en los Barrancos, al otro lado del río está la misión de San Félix, pero el río es tan ancho en ese tramo, que los frailes no verán, ni oirán nada!-

-¡Excelente!-exclamó Álvaro sonriendo a Guyapín y clavando un golpe sobre el mapa con su guantelete-¡Trabajaremos en un código para comunicar las distintas unidades, y en crear un grupo de mensajeros! ¡Y les devolveremos el golpe!-

-¡Bravo!-gritó Guyapín- ¡Vuelven los tiempos de Don Tello, a preparar la expedición!-

Tras el hurra general, los capitanes advirtieron que un banquete estaba servido en la mesa larga, junto a las llamas de la chimenea… Abundante pan de cazabe, frutas, cerdos y patos asados, y por descontado vino. Dado que era mediodía, todos convinieron en tomar un refrigerio antes de preparar la operación militar.

En el curso de la comida, ella le comunicó radiante que aquella noche, tras los preparativos, los caciques del Yacu Naya, le recibirían en un acto de reconocimiento y sumisión.

-¿Querrás pasar por la ceremonia del Cacique? ¡Don Tello, lo hizo!- le espetó ella.

-¿Cómo es esa ceremonia? ¿Se parece a la Ayahuasca?- instó él.

-¡Nadie que no esté iniciado como cacique caribe, puede responder esa pregunta, es una ceremonia mantenida en secreto por generaciones!- Cecilia recordó de las enseñanzas de Guarima- ¡Y las Ayura, la tenemos por una ceremonia terrible!-

El Lince, se quedó pensativo, y le retornó una de las conversaciones que había sostenido con Hernán, el viejo aravaco… El anciano jefe le había contado, a propósito de la enemistad sostenida entre su pueblo y el de los caribe, que éstos eran crueles por naturaleza, muy agresivos, y que aunque sostenían la creencia en Makunaima el Creador, habían dejado infestar la creencia original con infinitos espíritus pestilentes y la advocación a bestias destructoras, pero lo peor es que habían convivido con pueblos temibles del norte, y de ellos habían adquirido la veneración por el dolor, así como el gusto por mutilar a prisioneros y celebrar banquetes rituales, donde comían las vísceras de los enemigos más valientes… El recuerdo de aquella conversación y saberse rodeado de gentes de esa nación le produjo desasosiego.

-¿Sabes, al menos si en dicha ceremonia ocurre algo que un cristiano no deba realizar?- él clavó sus ojos en los de Cecilia Ordóñez, y era consciente de que ella era medio caribe, que aquello penetraría dentro de su alma como un cuchillo que quisiera dividir su alma en dos.

-¡Don Tello, mi padre era cristiano, y se sometió a la ceremonia!- dijo ella- ¡Pero desde entonces Fray Cecilio, su confesor, no quiso administrarle la comunión! ¡Y al poco partió hacia Lima, desde donde mi padre recibió amonestaciones primero, y la orden de presentarse en La Española, ante las autoridades castellanas, años después! ¡Supongo que algo hizo contrario a vuestras creencias!-

-¡Decidme, mi Dama…! ¿Ese fraile, era el único sacerdote que trajo Don Tello?- le preguntó.

-¡Oh, no! ¡Ese hombre terrible era su confesor…! ¡Con él viajaron hasta este Dominio, dos frailes más, leoneses como él, que eran franciscanos, su orden preferida, uno de ellos, el padre Julián, todavía vive, tiene una ermita en la ribera occidental, y allí mantiene viva la fe de los hijos de los que con Don Tello llegaron y que permanecen fieles a la fe católica! ¡Todos, mestizos y caribes le respetan y protegen, sean o no cristianos!- ella le confió aquella vieja historia, que sin duda removía dolorosos recuerdos.

-¡Pero…! ¡El confesor…! ¿Por qué le abandonó?- dijo para si mismo Álvaro.

-¡El confesor era un dominico, que la esposa teule de Don Tello, le había puesto como un sabueso en la expedición que organizó hasta estas tierras!- ella le respondió a pesar de no haber sido explícitamente preguntado por ello-¡Imagino que, el hecho de que mi señor padre tuviera ayuntamiento con una princesa caribe, en la corte de Lima, y a la dama en cuestión, causó rechazo y era motivo de reprobación!-

Él la miró con mirada dulce…

-¡Eso da explicación a las amonestaciones, pero lo de acudir ante la Inquisición en Santo Domingo…! ¡Hay algo más! ¿Nadie puede decirme en que consiste la ceremonia de los caciques?-

-¡Quizás la vieja Guarima, sepa algo! ¡Es la única que puede llegar a conseguir que se desvele el secreto de los caciques caribe!- susurró ella- ¡Esta tarde, antes de que os volquéis en los preparativos, hablaremos con ella, pero seguro que si habla, lo hará solamente con el Hombre Jaguar, pues ella tampoco debería saber lo que os dirá!-

Siguieron con el banquete, en el cual, los capitanes intercambiaban opiniones sobre el matolaje y el armamento idóneo para cada expedición…

Aquella tarde, en un rincón de la cocina, a puerta cerrada y susurrando la vieja Guarima le confió a Álvaro la fuente del único sufrimiento de conciencia, que Don Tello tuvo en Yacu Naya. A partir de ese momento, Álvaro entendió lo de La Española, y hasta donde llegó la venganza de la esposa de Don Tello, con la colaboración de Fray Cecilio, el dominico que situó a su lado como confesor, sin que él lo supiera.

Tuvo que confiarle a Dama Cecilia que la iniciación de los caciques caribe, era imposible de realizar para un cristiano, y ella lo entendió.

-¡A pesar de ello es necesario que tomemos con ellos la primera cena tras la que deben rendirte homenaje y tú, como hiciste con los mestizos, prometer lealtad al Dominio y luchar por ellos y conducirles a la victoria…!- Cecilia Ordóñez precisaba el protocolo- ¡Entenderán lo de vuestra religión, los caribes a diferencia de los teules, respetamos que los otros tengan otras creencias, quizás por ello se nos considere salvajes!- algo había de dolor en las palabras de la reina sacerdotisa. Él estuvo tentado de contarle el horror que la vieja Guarima le había confiado, pero se retuvo, no era necesario que Cecilia Ordóñez se enterara del peso que soportó su padre.

La comparecencia en el círculo de los caciques caribe del Yacu Naya, de algunos del Amacuro y de las tierras altas de Guay Naya, fue comedida y agradable. Entre los caribe, la fama del Hombre Jaguar escogido por la Yacu Ayura era la de un poderoso guerrero teule de alma caribe, solo así se comprendía su valor y que hubiera salvado como Don Tello la purificación de la Ayahuasca…

Llegado el momento, tras degustar los últimos frutos, Dama Cecilia se alzó entre sus caciques, para exigir el juramento de fidelidad y obediencia hacia el rey por ella escogido, y uno por uno los caciques entonaron en su lengua la fórmula que consagraba a Álvaro como rey consorte de aquellas gentes y su jefe militar, a lo que él en castellano hizo el solemne juramento de no abandonar al pueblo del Dominio, de luchar por él y de no cejar para que sus hermanos caribe fueran felices y no sufrieran la derrota.

El más viejo de los caciques agradeció el compromiso del rey, y se le acercó para abrazarle y para hacerle presente de una cerbatana, un arco, un puñal negro y una pequeña hacha de piedra pulida, las armas tradicionales de los caribe. Tras ello le llamó hermano de los hombres verdaderos, y elogió que fuera fiel a sus creencias, no pudiendo por ello iniciarse en la hermandad de los caciques caribe, y tras ello volvió el anciano a su lugar, y se hizo el silencio, la Yacu Ayura, por ser mujer debía marcharse, y su consorte ya que no podía iniciarse, también.

Aquella noche, Cecilia Ordóñez no sabía si enojarse con su elegido, por haber rehusado un honor de su pueblo, o suplicarle que le confiara los terribles motivos de su negativa, que sin duda causaron la desgracia de su padre. Finalmente no hizo ni una cosa ni otra, pero decidió tomar la brisa del río, en la terraza almenada, junto a su Jaguar.

De la gran cabaña ceremonial de los caciques, aquella noche surgieron gritos horrorosos, y ella le inundó con la mirada impregnada de angustia.

-¿Se cogieron prisioneros, en el ataque de ayer noche?- le preguntó él.

-¡Siempre que se combate, hay prisioneros, Jaguar!-

La real pareja, empezó a sudar en frio, él recordando las historias del viejo Hernán y las confidencias de Guarima de aquella tarde, ella imaginando el horror desconocido.

-¡Venid mi Dama, no es preciso que oigáis nada más, ni que sepáis lo que sucede allí dentro!- ella se dejó llevar, no fue una noche para el amor volcánico, pero si para el consuelo y la dulzura.

Bajo la tela mosquitera, Álvaro no podía dormir y ella parecía tener una pesadilla. No podía afirmar que amaba aquella bonita joven, y el hecho de que fuera mestiza no le ocasionaba reparo alguno, en cuanto a su credo pagano, esa era una cuestión en la que él estaba curado de fanatismos, todos los soldados que mueren en combate musitan tras el nombre de su madre, otra palabra que suele ser como llaman a su dios. Sonrió, al final recuerdas de donde vienes, y a donde deseas acudir, tras el trance.

Miró aquél cuerpo atezado, cubierto con una leve túnica, y sintió con claridad que le inspiraba deseo, que le era posible trazar una senda para toda la vida junto a aquella amiga y aliada, sabía que podía acumular poder y riquezas, y que si no adquiría impertinencia ante los ojos de los caribe, podía emular a Don Tello… No era un mal destino, pero aún así y como le había advertido a Cecilia Ordóñez, él sabía que tras finalizar su cometido en el Virreinato de Siete Virtudes, regresaría a su vida, a Mérida de Yucatán, en espera de que, desaparecido el miserable Sigura, se anulara la orden de capturarlo que en un momento de debilidad o compromiso el Rey, Don Felipe, le había firmado al pérfido Alba.

Pero bajo ningún concepto quería hacer daño a la mujer que se había entregado a él, por formar parte de una leyenda que su madre le había transmitido… Cosas de mujeres. Recordaba que mientras él y sus tios, estaban en labores de mar, o en el campo con el cereal, las mujeres, la vieja Amaya, sus tías y su madre, andaban a vueltas con los chismes y los remedios de la bisabuela, o despellejando a Doña Cristina, la esposa del Marqués de La Guardia, que creía ser la reina de Guipúzcoa, y en cuanto a los sermones del cura, todavía las oía reir cuando comentaban del sexto mandamiento. De alguna forma Cecilia Ordóñez formaba parte de ese mundo de mujeres que recordaba de su tierra, era una mujer viva, que se ofrecía o negaba tal y como era, una mujer que respetaba a padre y madre y que encaraba la vida como un oficio cotidiano, y eso siendo reina de un Dominio como aquél… Una mujer capaz de sufrir, porque su señor padre cargó con una angustia que ella no podía calibrar, una mujer que respetaba y amaba. La miró, acarició su melena azabache, ordenándola y dejando libre su lado izquierdo del cuello, la besó con suavidad y dulzura, y ella ronroneó, quizás el beso había cortado la pesadilla. Finalmente, se tendió y se relajó lentamente hasta conciliar el sueño.

Cuando los timbales del cuerpo de guardia de Fuerte Angostura redoblaron, el sol todavía no se había insinuado en el horizonte de levante, aquél día tres de Diciembre, era el primer día de la expedición que había de llevarlos al corazón del territorio dominado por Andrés Ordóñez.

Ambos se alzaron, se contemplaron y se fundieron en un abrazo, eran conscientes de que los próximos días iban a ser esencialmente peligrosos. Casi sin mediar palabra se dirigieron a la estancia del baño, para asearse…

Estaba claro, que como en otras ocasiones, Dama Cecilia iría en cabeza de la expedición, junto al jefe de su ejército. Álvaro la había intentado convencer, pero ella argumentó con fuerza, tanto que siempre había actuado así, como que ahora, acudiendo él al combate, tenía doble motivo para no alterar la vieja costumbre, ya practicada por Isimaru, su madre y anterior Yacu Ayura. Álvaro sonrió discretamente y movió la cabeza con expresión de condescendencia, pero la sonrisa y el brillo de los ojos castaños del Lince, le valieron una caricia por parte de ella.

Tras asearse, se vistieron el uno al otro con todos los arreos de campaña, ella llevaba un ropaje igual, al de sus capitanes mestizos. Habían actuado con diligencia, y tras guardar los mapas de dama Cecilia en un zurrón que se cruzó al hombro acudieron a la puerta de la sala de recepciones… En el exterior, aguardaban Guyapín y dos soldados con sendos hachones encendidos, tras los soberanos de Guay Naya, los ocho escoltas, y junto a la puerta, la vieja Guarima sollozaba por la partida de sus señores, y en la bóveda celeste, la luna creciente y el destello de los luceros todavía destacaban sobre la negrura de la noche.

-¡Comandante Guyapín, debo hablar con el capitán Somer!- comunicó Álvaro.

-¡Ahora mismo le veréis, está en los muelles, embarcando su tropa junto a la de Enríquez, resulta ser una unidad muy fuerte, nuestra gente del Amacuro van a tener una buena campaña!- respondió el tuerto- ¡Ya está casi todo listo para la partida, Juánez y tres compañías se hacen cargo de la defensa de Angostura, los caribe de la ciudad están también movilizados, y los tambores van a empezar a poner sobreaviso a los Mamo de esta parte del río y a los Caris y Moitacos de río arriba! ¡Los piratas no van a tener fácil intentar un nuevo asalto…!-

-¡De todos modos, comandante- precisó Cecilia Ordóñez- no estando en Angostura, la Yacu Ayura, dudo que lo intenten! ¡La otra noche, pretendían, cogiéndonos por sorpresa, tomarme como rehén y vencer con rapidez de forma audaz!- con aquella precisión nombró comandante a Guyapín.

-¡Sin duda…! ¡Pero Angostura siempre será una plaza codiciada!- insistió Guyapín.

-¡No pretendía alterar el plan que ayer se trazó en consejo de guerra, Comandante! ¡Era solamente un pensamiento en voz alta!- cerró el tema Cecilia Ordóñez. Mientras hablaban, iluminados por las antorchas, habían iniciado el descenso a la almena inferior y posteriormente descendieron a los muelles cubiertos por el único acceso existente.

Una vez en los muelles, Álvaro advirtió una flotilla atracada, compuesta de un bergantín artillado, dos galeras y unas cuantas almadías y barcas chatas auxiliares, al pie de las pasarelas, Alfredo Somer departía con el joven capitán Enríquez. El resto de los muelles era un hervidero de soldados y monturas en medio de un bosque de mástiles, que andaban en la labor de embarcar; los hombres actuaban con precisión y en sigilo, partían a una arriesgada expedición, y todos los detalles eran importantes. La escena a luz de las almenaras prendidas, tenía un carácter dantesco, el orden y la ansia por entrar en combate era como un éter que lo impregnaba todo. Los relinchos de las monturas, y los ladridos de los perros resonaban con fuerza bajo la bóveda de los muelles cubiertos, se mezclaban con las ordenes y el rumor del trasiego del matolaje.

-¡Ven mi Dama!- Álvaro tomó del brazo a Cecilia Ordóñez, su intención era llevarla ante Relincho, el fiel corcel que desde que se lo regalara Gonzalo Dovalle, se había convertido en su compañero de correrías.

El caballo, al olerlo, se alborotó un poco y terminó colocando el hocico bajo el sobaco, Álvaro, le acariciaba y hablaba en tono quedo y zalamero mientras comprobaba que estaba bien arzonado y que sus dos mosquetes, los apóstoles y la bolsa de pelotas estaban debidamente colocadas… El veterano Juan Cabrera miraba la escena.

-¡Yo personalmente, me he cuidado de todo! ¡Es un animal excepcional, mi capitán!-

-¡Gracias, sargento Juan!- dijo Álvaro sin dejar de acariciar a su corcel-¿Veis, mi Dama? ¡Relincho me ha traído desde el Yucatán hasta el Orinoco, para ayudaros en este trance!- ella admiraba a su Jaguar en silencio.

Al poco, la real pareja retornó al punto en que estaban Guyapín y el resto de los capitanes, incluidos los que se quedaban para defender Angostura.

-¡Don Gerardo!- Álvaro se tiró a abrazarle, para pasar después a estrechar la mano del recio capitán Juánez- ¡Capitán Juánez…! ¡Angostura queda pendiente de vuestro acierto y cuidado, enviad un mensaje cada tres días al embarcadero de Soledad!-

-¡Descuidad, mi señor…!- exclamó Juánez. Junto a ellos Dama Cecilia estaba como inquieta. miraba insistentemente a la escalera de acceso a los muelles, y al fin pudo ver lo que esperaba.

Hasta ella y su elegido, se acercó la vieja Guarima, que portaba en sus brazos dos capas rematadas con esclavina de piel de jaguar…

-¡La roja, mi señora, es para que nuestro jefe militar inspire la admiración, incluso a sus enemigos, la de piel untada de hule, es para soportar las lluvias de esta estación, la cabeza del jaguar le protegerá la cabeza!- la vieja mujer entregó las capas a su reina- ¡Hasta hace poco las mujeres no han terminado de coserlas…!-

Cecilia Ordóñez, la besó en la frente, y le pasó la roja a su hombre, ella mantuvo la de piel entre sus brazos. La vieja aya, se retiró para regresar al palacio que encontraría sin su querida señora.

Los hombres se giraron todos hacia las dos torres que formaban los bastiones de la entrada de la dársena, silueteando el indefinido horizonte de río y jungla, bajo un firmamento gris azulado y todavía obscuro, aparecía una fina línea anaranjada, el astro del día anunciaba su intención de alzarse lentamente, una agitación recorrió la tropa, estaba dispuesto que partirían al amanecer…

La flotilla de Enríquez, acompañado de Somer y su gente, largaba amarras y se despedía de sus camaradas… ¿Buena caza! Se oía, con gritos de júbilo. Finalmente la tropa que debía dirigirse al corazón del poderío del rebelde Don Andrés, habían embarcado en las doce embarcaciones dispuestas para tal cometido. Los últimos en embarcar fueron Dama Cecilia y Álvaro, con su escolta. Al cansino golpe de timbal, la flota siguió la estela que la flotilla destinada al Amacuro había dejado en la dársena, cada vez clareaba más y el concierto matinal de los monos rojos, los papagayos y los colibrís empezó a alzarse hacia un firmamento tímidamente iluminado…

Los reyes y el comandante tuerto, viajaban en el bergantín insignia de la flota de Angostura, de alta borda y recia construcción, era apto para navegar por mar, estaba bien artillado y los castillos de proa y popa estaban erizados de culebrinas, los estandartes ondeaban en lo alto del palo mayor del buque. Dama Cecilia, desde el castillo de popa, contemplaba la navegación de la flota más numerosa que había se dirigido río abajo desde Angostura. Al paso de la flota los caimanes se adentraban en el río con la esperanza de poder devorar algo, fuera o no humano. Jamás se acercaban en exceso ya que el sonido del timbal les asustaba.

A media mañana avistaron Embarcadero Soledad, lo hallaron con su destacamento reforzado con dos pelotones y abundante tropa auxiliar de los caribe Mamo… Álvaro y Guyapín, descendieron a una curiara, para acceder al embarcadero.

-¡Desembarcarán aquí tres pelotones más…- advertía Álvaro al sargento que mandaba la guarnición y al jefe de los indios allí destacados- Hemos de estar alerta ante un posible ataque de los rebeldes!-

-¡Para enviar noticias, cada tres días al embarcadero de Gurín, aquí tenéis para enviar mensajes…!- dijo Guyapín a su gente, al entregar cuatro largos cordeles, cada uno de un color distinto, rojo, verde, amarillo y azul- ¡Recuerda sargento, el rojo es de alerta, os atacan, el verde es de tranquilidad, el amarillo es de que debéis retiraros, el azul nos dirá que habéis rechazado el ataque, enviaréis un trozo de cordel con un nudo, que identifica vuestro puesto! ¿De acuerdo?-

-¡Si, mi comandante, en tres días enviaremos el primer quipu7 y así sucesivamente!- respondió el mestizo al cargo del embarcadero.

-¿Cuántos Mamo, os dan apoyo?- preguntó Álvaro.

-¡Unos doscientos, y en la jungla están dispersos otros tantos en un radio de diez leguas para impedir penetraciones!-respondió el sargento, agitando su chambergo de piel.

-¡El caribe…! ¿Habla algo de castellano?- preguntó Álvaro señalando levemente con su mentón al jefe de los Mamo allí presentes, que no dejaba de admirar la capa del jefe teule y el guantelete de hierro que sostenía el yelmo.

-¡Yeguínay habla lengua teule!- respondió el propio caribe.

-¡Muy bien, respóndeme…! ¿Podéis hacer lo mismo que en Soledad, en Aguas Rojas, en Peyuca y en Ocagua?- preguntó Álvaro.

El caribe, se llevó la mano al mentón y puso los ojos en alto. Anduvo unos instantes como haciendo cuentas…

-¡Mamo, esta tarde, en Aguas Rojas, más guerreros que aquí, Don Andrés mas cerca, mañana antes de sol en lo alto, más Mamo aún en Peyuca y antes de noche no menos de quinientos guerreros en Ocagua!- respondió el caribe.

Álvaro se encaró con Guyapín, y le miró fijamente.

-¿Lo harán comandante?- inquirió.

-¡Podéis tenerlo por seguro, la gente de Yeguínay, es tenida como de los más fervientes tótems de nuestra Yacu Ayura! ¡Su cacique estuvo en el juramento que os dedicaron, y Yeguínay también!- Álvaro se giró hacia el caribe y le tocó con el guantelete en el hombro desnudo. El caribe se sintió tocado por el alma del jaguar.

En unas cortas voces el jefe Mamo, ordenó a los tambores que empezaran a hablar en medio de la jungla… Álvaro tuvo la seguridad de se impartían las ordenes, los tres pelotones, con sus arcabuces y ballestas habían desembarcado, llevaban consigo munición y pólvora; con ellos iba un guión con una serpiente verde en campo azul brillante.

-¡Escucha, Yeguínay!- intervino Guyapín- ¡Esta tarde lucharemos por Aguas Rojas, mañana estaremos en Peyuca, y al mediodía tomaremos y nos haremos fuertes en Ocagua!- el caribe que le escuchaba con atención afirmaba con la cabeza.

-¡Los guerreros Mamo, estarán allí para luchar al lado de Hombre Jaguar con Garra de Hierro, con el rey elegido por Yacu Ayura, y con Guyapín y sus bravos soldados!- dijo solemnemente el pequeño guerrero caribe. Los hombres se dieron las manos y desearon suerte, hasta el reencuentro. Guyapín y Álvaro, a bordo de la curiara regresaban al bergantín insignia, que navegaba tras dos galeras que abrían la marcha.

El asalto al pequeño embarcadero de Aguas Rojas, se planeó minuciosamente, posiblemente el enemigo estaba concentrado fuerzas allí para lanzarse sobre Soledad, y antes de asaltar el puesto era importante espiar los alrededores y comprobar si en el muelle había amarradas embarcaciones del enemigo. Guyapín le describió el embarcadero como un sitio peculiar, estaba situado en un entrante muy abrupto de la tierra en el río, y en cuyo centro se formaba una profunda y estrecha cala, protegida por las formaciones rocosas por tres lados, era como un castillo natural sobre el río. Tanto curso arriba, como abajo, flanqueaban el dicho bastión natural, dos largas playas en forma de media luna, despejadas totalmente de vegetación, la selva que había tras ellas, abrazaba por la parte de atrás el promontorio rocoso, éste era el único punto débil de aquél embarcadero, por lo tanto era fácil de defender. El nombre del lugar se debía a que las aguas del Orinoco tenían allí color rojo, debido a la arcilla del lecho del río y a la aportación de tierras igualmente arcillosas de un afluente que cruzando la playa norte desembocaba en el Orinoco. Así pues para los defensores era fácil observar a larga distancia en terreno despejado, su entorno, el río y ambas playas, y el cuarto lado, el interior, que no tendría más de treinta varas, era un roquedal alto defendible sin grandes efectivos…

Habían ordenado repartir una ración escasa de comida, y mientras debatían en el castillo de popa del bergantín como asaltar Aguas Rojas. Álvaro preguntó a Guyapín sobre las costumbres de los caimanes en la zona, a lo que el tuerto le respondió que en Aguas Rojas, no había ni caimanes ni cocodrilos, pues no gustaban del agua sucia de la zona, pero en cambio, como en todos los embarcaderos, en los que se arrojaban restos de comida, abundaban unos pequeños peces que iban en ingentes bandadas, a los que llamaban pirañas, capaces de devorar a un hombre dentro del río en cuestión de instantes, según decían algunos…

-¡Pero mírame bien, mi señor…!- puntualizó Guyapín- ¡Yo me he bañado en tramos del Orinoco donde habían pirañas y estoy entero! ¡Es mas bien un pez que ataca cuando tiene hambre y sólo en manada se atreve con piezas grandes, pero sobre todo, lo que he visto con frecuencia es que devora la carroña que encuentra en el río!-

-¿En qué estás pensando, Álvaro?- preguntó Dama Cecilia.

-¡Llegaremos con el atardecer avanzado al embarcadero, según lo que ha descrito el comandante, podemos tomar posiciones en la selva, pero en las playas estaremos expuestos a su fuego! ¡Así pues, si no hay caimanes, hay que entrar por el río, en grupos que transporten sus armas en pequeñas almadías!- Álvaro iba desgranando su plan- ¡Ocuparemos en silencio el embarcadero, y la casamata, y cuando ataquemos desde la jungla, los tendremos cogidos entre dos fuegos!-

-¡Parece un buen plan…!- rezongó Guyapín-¡ ¿Y, si encontramos amarradas embarcaciones?-

-¡Tomamos las embarcaciones o las hundimos, o ambas cosas a la vez! ¡ Ésta es mi especialidad, como quedó demostrado en Cartagena!- respondió despreocupadamente el Lince-¡Por cierto…! ¿Cómo andaremos de luna ésta noche?-

-¡Todavía está en cuarto creciente, pero cada vez sale antes y da más luz!- intervino Cecilia Ordóñez.

-¡Tendremos que untarnos con barro, al menos los de piel blanca!- sonrió Álvaro.

-¡Bien, decidido se hará como decís!- gruñó Guyapín- ¡Ahora hemos de decidir qué fuerzas enviamos…!-

-¡El asalto nocturno, irá a mi cargo, con tres pelotones, uno de tus compañías, que sean excelentes nadadores y usen bien el cuchillo! ¡Otro formado por mis aravacos, y su jefe Hernando! ¡Y el tercero con gente de Federmann!- Álvaro agitaba el dedo mientras describía su plan- ¡Antes de hacer nada, unos caribes de Angostura, explorarán los límites de la jungla, y desde lejos, a nado, el embarcadero! ¡Atacaremos cuando sepamos a lo que tenemos que enfrentarnos! ¡Vos Guyapín os quedáis al mando de la flota, y uno de vuestros capitanes de infiltrará por la selva hasta avistar el embarcadero! ¡Una galera, irá río abajo hasta poder vigilar la playa del norte, y preparar un ataque también por la jungla desde el lado norte! ¡Atacaremos de forma abierta, cuando hayamos recibido el refuerzo de los Mamo…!-

-¡Muy bien…!- objetó Guyapín- ¿Y si las pirañas tienen más hambre que sueño?-

-¡Cazaremos dos o tres tapires, y los amarraremos a una soga, media milla arriba de la playa sur, la sangre de los pobres animales llamará a esos pequeños monstruos!-

Todo había quedado claro, solamente restaba seguir la navegación río abajo, a marchas forzadas, aprovechando corriente, remos y vela. Era urgente disponer de tiempo para realizar todos los preparativos relativos al asalto.

El esfuerzo de las tripulaciones fue premiado y empezaron a surcar aguas rojas a media tarde y con buena luz, hacía unas dos horas, que una galera con una compañía de mestizos, a cargo de un capitán llamado García, pero más conocido como el “Raya”, debido a su pericia para navegar y la fulminante eficacia de sus ataques, había desviado su ruta para pasar por la latitud del embarcadero de Aguas Rojas, sin poder ser avistado; su destino era la playa norte de Aguas Rojas…

El resto de la flota fluvial echó anclas junto a un saliente boscoso que entrando en el río les protegía de ser vistos desde la playa sur.

En dos curiaras, una partida de cazadores caribe y zenús se encaminaron hacia la orilla entrando en la mezcla de manglar y de igapos que crecían desde el agua, el grupo despareció entre la arboleda, la jungla en aquél tramo del río era impresionante, por fortuna, el griterío, que los habitantes de aquella selva, extremaban cuando aflojaba el calor de la tarde, no se vio alterado por su presencia, pero si que paró en seco cuando los tambores caribe empezaron a sonar.

Desde el castillo de popa del bergantín insignia, tanto Dama Cecilia, como Guyapín seguían con el el ceño fruncido el ritmo de los tambores, mientras Álvaro les miraba con expresión de ansiedad.

-¿Qué dicen?- preguntó el jefe de la expedición. Ella le hizo un gesto con la mano para pedirle silencio.

-¡Son tambores de los tótems Guyaquiles, hasta aquí llega su poder, en tierra Mamo!- susurró Guyapín-¡Los Guyaquiles son una nación grande, una unión de tótems que viene de mucho antes que los teules aparecieran por estas tierras, se unieron para ser los más fuertes al oeste del Amacuro, y expulsar a los waraos de la costa! ¡Ahora sueñan con conquistar el Amacuro, pero el Virreinato, los castellanos de Puerto Ordás, y el Dominio de Angostura, los ha mantenido a raya hasta ahora!-

Los tres se sumergieron en un silencio expectante, los tambores no cesaban, por fortuna los caimanes y cocodrilos rehuían las aguas de aquél tramo, tal y como estaba previsto… Al cabo de un tiempo, aparecieron los caribe, cargando con dos tapires y tres o cuatro monos, a bordo de su curiara, cuando se arrimaron al bergantín les informaron de que los zenús se habían quedado cazando más, para mantener el señuelo a las pirañas, el máximo tiempo posible. Guyapín desde la borda les tendió un cabo que había amarrado a la balaustrada de la amura del castillo de popa, y les lanzó pesos y boyas de corcho para fijar convenientemente los cuerpos de las piezas de caza…

-¡Situad los tapires y los monos a unas cien varas de la ribera! ¡Y después volved con los zenús para seguir cazando!- les dijo quedamente el comandante tuerto. Los caribe sin mediar palabra se aplicaron a cumplir lo que el oficial mestizo les había ordenado.

Al poco aparecieron los zenús con otras tantas piezas, y viendo la maniobra de los caribe, se dirigieron a su encuentro para colaborar… En unos instantes, los cuerpos sin vida de las piezas a las que se había dado caza, flotaban en las aguas del Orinoco.

-¡Fijaos bien, mis señores…!- murmuró Guyapín- ¡En momentos veréis como hierve el agua del río! ¡Al principio se vuelven locas!- La luz iba cayendo, y sobre las aguas que alternaban tonos rojizos y grises, sobresalían las partes que flotaban de la caza. Muy poco después pudieron advertir como una agitación, que parecía un hervor, en las aguas del río, próximas a los cuerpos sangrantes fijados al cabo.

-¡Bien, ha llegado el momento de enviar a los primeros exploradores!- dijo Álvaro. Guyapín asintió y llamó a tres caribe que aguardaban al pie de escalera del castillo de popa, los indios subieron con rapidez, y en caribe, el comandante les dio precisas instrucciones, había que observar… Los tres hombres, expertos nadadores, según el comandante, se deslizaron sin hacer ruido alguno hasta las cenagosas aguas del río.

Cuando regresaron la luz ya anunciaba el crepúsculo, hacia occidente, sobre las copas de los árboles de la jungla, una línea rojiza señalaba por donde se iba a cobijar el sol, desde el lejano horizonte se marcaba una sinuosa línea entre anaranjada y plateada, el río Orinoco aguardaba plácidamente una noche más. Los caribe se encaramaron a la amura de estribor del bergantín, Guyapín y Álvaro bajaron del castillo de popa a recibirles y saber que habían averiguado.

-¡Hay cuatro galeras amarradas en el embarcadero!- Guyapín repetía traduciendo lo que los indios con voz entrecortada e interrumpiéndose los unos a los otros le confiaban-¡En cada galera, hay un centinela que es substituido cada dos horas! ¡La guardia, unos diecisiete Mirmidones, está más allá de las tablas del embarcadero, bajo la casamata alrededor de una hoguera, desde allí efectúan los relevos de los buques! ¡En lo alto del roquedal se ve el movimiento de muchos centinelas! ¡En la playa norte, está acampada una compañía de los Mirmidones de Don Andrés, y unos trescientos o más Guayaquiles! ¡Está claro, mi señor, que toda esa fuerza está destinada a atacar Soledad y hacerse con el puerto!- esto último era naturalmente una conclusión del comandante.

-¡Bien…!- exclamó Álvaro- ¡Comandante Guyapín, que estos valientes pasen a la cubierta de abajo y coman algo! ¡Lo han ganado sobradamente! ¡Convocad a los seleccionados para formar los tres pelotones de asalto, la luz empieza ya a posibilitar el asalto! ¡Por cierto, comandante! ¿Por qué se conoce a los hombres de Don Andrés, como Mirmidones? –

El mestizo, sonrió…

-¡Cuentan que Don Andrés tuvo por maestro de armas a mi padre, que además ejercía de tutor del hijo de Don Tello…! ¡Mi padre era hombre de armas, pero tenía sus letras! ¿Sabéis? ¡Recuerdo que yo tenía que convivir con Andrés, es un recuerdo funesto! ¡Desde bien joven, ese hombre fue de trato difícil y muy ambicioso! ¡Mi padre le contaba cuando era niño la historia de un héroe de la antigüedad, llamado Aquiles y de sus fieles a los que se conocía como Mirmidones…! ¡Y de ahí viene todo, Don Andrés se concibe como un semidios, y se ha creído el mito que él mismo ha creado!-

-¡Es curioso…!-dijo como pensando, Álvaro- ¡Tenemos ante nosotros a un hombre cuya mente ha enfermado de orgullo!-

La reunión con los treinta y tres hombres se produjo en la cubierta del bergantín, y desde el castillo de popa Dama Cecilia contemplaba, como el hombre que la profecía le había destinado y sus sentidos habían escogido, se dirigía una vez más hacia el peligro de morir, no pudo menos que sentir ese extraño vacío en sus entrañas, que delataba la presencia de una angustia, pero a ese vahído se sobrepuso la creencia en el carácter premonitorio de la profecía en un guerrero invencible e intrépido, imposible de retener pero a pesar de ello padre de sus hijos…

-¡Escuchadme, bien- instruía Álvaro a los hombres- debéis desnudaros, y enmascararos con barro del lecho, las armas, a excepción de los cuchillos los llevaréis cada pelotón en una almadía camuflada con hojarasca, como mecha, sogas y un barril de pólvora por almadía, yo mismo iré con vosotros! ¿Cuál es nuestra misión? ¡Os preguntaréis…!-

Todos los presentes asintieron en silencio, mientras Guyapín ordenaba a unos caribe que acercaran toda la hojarasca posible a las almadías que se hallaban amarradas al bergantín. Álvaro prosiguió.

-¡Abordaremos los buques enemigos, cuatro según los exploradores, desde la popa, una vez arriba, habrá que eliminar al centinela que vigila cada galera! ¡Tomados los bajeles, el primer objetivo está cumplido! ¡El segundo es apoderarnos del puesto de guardia, sin disparar, con el mayor sigilo posible y asegurar posiciones en el interior del recinto del embarcadero, según esté la situación veremos de hacernos con la casamata! ¡Pensad que la playa norte alberga cerca de medio millar de hombres, entre Mirmidones y caribes aliados de Don Andrés! ¡Nuestra gente se infiltrará esta noche en la jungla, y cuando se nos unan los Mamo, lanzaremos un ataque a la vez desde fuera y desde dentro…! ¡De nosotros depende que el bastión de roca de Aguas Rojas, caiga en nuestras manos y con ello tengamos la victoria asegurada! ¡Cuando se produzca el ataque desde el exterior, los que estemos dentro de Aguas Rojas, aprovecharemos para atacar a los defensores, ellos estarán entre dos fuegos, y serán nuestros!- todos los asistentes asintieron de nuevo y empezaron a despojarse de las ropas, separando las inútiles, de los jubones y corazas de cuero que acompañarían al armamento. Álvaro se encaramó hacia el castillo de popa, y bajo la toldilla inició la misma operación ante los ojos esmeralda de Dama Cecilia, que oscilaba entra la languidez y el deseo más ardiente.

-¡Temo tu partida, pero sé que es necesaria! ¡Esperaré impaciente tu regreso!- dijo ella.

-¡Mas que mi regreso has de desear tu desembarco en Aguas Rojas, querrá decir que hemos triunfado!- sonrió Álvaro en la penumbra mientras se deshacía de su camisola blanca.

-¡Ven Jaguar, yo te tiznaré para que ninguno de esos miserables pueda advertir tu presencia!- ella se había hecho traer barro rojizo, y como si fuera un juego, empezó a embadurnarle el rostro, respetando la barba, que por si ya era bastante oscura.

-¿Sabes una cosa, Cecilia?- ella sintió un agradable calor interno al escuchar que la llamaba solamente con el nombre, el tratamiento había quedado fuera en aquél momento, la relación entre ambos había ganado familiaridad, y aquello le hacía concebir esperanzas de que la profecía se revistiera de algo más que el natural deseo entre dos cuerpos jóvenes y sanos.

-¿Qué?- le respondió animando a que siguiera con la confidencia, mientras le untaba los hombros y la espalda, no sin cierta sensualidad.

-¡Hasta ahora, siempre había tenido la sensación de que combatía en el ejército cristiano…! ¡No sé como explicarlo, pero el hecho de haber participado en batallas contra los moriscos, los turcos, o los piratas del Atlántico, me ha hecho sentir siempre que combatía en el bando que llevaba la cruz junto al estandarte! ¡Era como si las muertes que iba a causar, fueran necesarias a los ojos de Dios, de su vicario en el mundo y de los Príncipes realmente cristianos!- dijo Álvaro sopesando todas y cada una de sus palabras.

-¡Y ahora…! ¿Qué sentís?- dijo ella mientras le tiznaba el pecho y el vientre.

-¡Es como si acudiera a la lucha, sin escapulario, y que las muertes que voy a causar tienen más que ver con el combate por la vida, por seguir existiendo, que con las bendiciones y jaculatorias de los sacerdotes, encomendándonos a la mayor gloria de Dios y solicitando su protección para el triunfo de la Iglesia Católica y su fe!- remató con la expresión grave Álvaro.

-¿Desde cuando, te sientes así, Jaguar?- ella recorría ahora sus muslos con alguna incursión irrefrenable a sus atributos masculinos. La brisa era suave, y la jungla esparcía al caer la noche aquél pernicioso aroma dulzón y pesado. Él le respondió la caricia con un beso sensual…

-¡Al principio de este año, cuando con Dovalle, planeamos que mis enemigos en Castilla supieran de mi paradero, no sabía que en mi interior percibiría que la lucha sería por la supervivencia…! ¡La lucha no sería ni por la fe, ni por la lealtad al Rey o a un Príncipe, ni por el honor de una Dama! ¡Puedo intentar convencerme engañándome a mi mismo, pero este combate lo libro para seguir con vida y libertad! ¡Es la muerte de Sigura y los suyos, o la mía!- afirmó con severidad.

-¿Sin más?- ella había dejado de camuflar su piel bajo el barro rojizo.

-¡Las cosas han cambiado mucho desde Enero…! ¡Ha transcurrido todo un año, Cecilia, un año lleno de acontecimientos, en especial últimamente!- susurró él.

-¿Acontecimientos?- repitió ella.

-¡Si, grandes acontecimientos…! ¡Se han unido a mí, viejos camaradas de armas, he sentido que la amistad y la camaradería de otros tiempos brotaba de nuevo tanto en mi interior, como a mi alrededor! ¡Sentí que la lucha sería por nuestra supervivencia! ¡Y finalmente, nuestra alianza…! ¡Me cuesta hacerme a la idea de que soy como un Rey! ¿Sabes?- él la miraba con un fuerte destello en sus ojos castaños que dentro del blanco de sus ojos era lo único que resaltaba de su cuerpo, tan tiznado estaba-¡Soy consciente de nuestra alianza, sobre todo porque te deseo con todas las fuerzas de mi ser, y siento que esta lucha es también por tu supervivencia, y por tu libertad, y por la de nuestros hijos, los que la bendita profecía de tu madre nos incita a concebir! ¡No hay cruces ni estandartes en mi corazón ahora…! ¡Hay muy presentes los latidos de los corazones que quiero sigan batiendo con fuerza, más allá de esta guerra!- y le acarició un bucle de sus cabellos intensamente negros y lacios, sedosos y brillantes, para asegurarle-¡Venceremos Cecilia!- ella le devoró con la mirada, una mirada esmeralda que electrizada adquiría luz propia.

-¡Antes del amanecer, sobre los cadáveres de nuestros enemigos…! ¡Te voy a amar, como nada, ni nadie podría hacerlo!- en un hilo de voz, ella le reclamaba por adelantado. Él la dedicó una última caricia antes de coger sus arreos para el asalto y bajar a la cubierta para reunirse con su tropa.

El manto de la noche lo cubría todo, y la luna todavía no iluminaba intensamente el tranquilo discurrir de las aguas cerca de la ribera occidental del Orinoco. Era el mejor momento para partir, Guyapín señaló la soga, los cazadores ataban nuevas piezas para asegurar que las pirañas estarían ocupadas río arriba. Los hombres empezaron a descolgarse de la amura hacia las almadías en las que depositaba la impedimenta, las sogas y la pólvora ya estaban aseguradas entre el follaje que camuflaba las embarcaciones, los arcabuces, las espadas y pedernales, se iban acumulando, y sobre ellos más hojarasca…Todos conservaron sus cuchillos y dagas al cinto o entre dientes, y se hicieron al río.

-¡Vamos…! ¡Conduciremos nuestras balsas lentamente, nadando y haciendo el mínimo ruido posible! ¡La batalla da comienzo, soldados…! ¡Vamos a por ellos!- exhortó Álvaro, consciente de que empezaba a ser algo más que un capitán general, estaba convirtiéndose en un caudillo guerrero.

Álvaro repasó los tres grupos que sujetaban sus balsas, junto a él Hernando y sus aravacos, algo más allá un joven sargento mestizo al que su gente conocía como Julepe y once temibles mestizos, con espantosos machetes a la espalda, entre ambos, el tercer grupo integrado por los tudescos de Federmann estaba dirigido por el mismo hacendado, que sonriente alzaba una daga forjada a orillas del Neckar, que su padre le dejara en herencia. Los tres grupos empezaron a nadar impulsando cada uno su pequeña almadía de la que los hombres colgaban como un racimo.

Envueltos en la obscuridad, sobre el suave rumor de la corriente de las aguas, fueron impulsando sus almadías, dejaron atrás el cabo tras el cual su flotilla estaba fondeada y ante sus ojos se abrió el espacio de mas de una milla de blancas arenas que configuraban la playa norte, algunas curairas varadas en las arenas se perfilaban, a media distancia entre la ribera y la selva, un sinfín de fuegos y toldos delataban la presencia de un auténtico ejército. De vez en cuando contra el fuego se percibía la silueta de un centinela indio que lo avivaba. Siguieron nadando con suavidad, hasta ellos llegaban voces, risas, un lejano rasgar de guitarra y unas palmas, ruidos todos ellos propios de un campamento en la noche. Desde la jungla llegaban los murmullos de sus habitantes de hábitos nocturnos. Pudieron ver una bandada de enormes murciélagos que daban círculos sobre las hogueras más cercanas, las cuales, estaban a unas cien varas de ellos. Nadie iba más allá de su respiración.

Algo más adelante pudieron ver un grupo de tiendas hemisféricas plantadas en la playa en forma de gigantesca “u” en el cuyo centro, una inmensa hoguera proporcionaba luz vacilante que se adentraba en forma de línea, unas varas en las aguas próximas a la ribera;. junto al fuego, estaban los que palmeaban los sones lánguidos de guitarra y mandolina que sus compañeros esparcían por la noche.

La escena no dejaba de tener su encanto, aquellos hombres inmersos en una selva hostil y en territorio enemigo, durante las pesadas horas de la guardia intentaban cantar a sus recuerdos, a sus amores, a sus ansias… El soldado solamente puede contar con el momento presente, hay demasiada sangre y dolor en el pasado y total incertidumbre en el futuro.

Con una seña, Álvaro ordenó extremar las precauciones, los Mirmidones, habían dispuesto un centinela con arcabuz en el mismo límite de la playa. Disminuyeron la marcha para evitar el llamar la atención, hasta que aquél centinela inquieto no estuvo tan lejos que no podía distinguirse, y a la vista del grupo expedicionario, a unas cien varas se alzaba el fortín natural de roca que albergaba el embarcadero, ya quedaba poco.

Seguían avanzando sumergidos en las aguas del río que iban perdiendo la calidez que durante el día habían acumulado, y poco a poco se iba precisando el tortuoso relieve de la roca que habían venido a tomar por asalto, y las figuras oscuras de las cuatro galeras de río aparecieron mostrando sus popas. Hasta aquí todo marchaba según lo previsto pensó Álvaro.

Habían llegado en tres balsas y allí había atracadas cuatro galeras, siguiendo los gestos de Álvaro las tres almadías se reunieron tras la primera de las popas…

Aquellas galeras, eran embarcaciones armadas especialmente para el río, eran más largas de eslora y estrechas de manga, sus bordas eran bajas, el castillo de popa no se elevaba más de dos varas sobre la cubierta central, destinada a los marineros y tropa de abordaje, en ésta se hallaban las culebrinas y los cañones si los había; bajo la cubierta estaba la bodega y los bancos de remos y bajo ésta, la sentina. La proa de estas embarcaciones era curiosa, baja como la popa, se remataba en dos guías como columnas, entre las que se colocaba una pasarela para desembarcar o para abordar a otra embarcación, por debajo del puente de abordaje, emergía de la quilla, un espolón en forma de arpón, rematado en hierro, de efectos devastadores en el abordaje.

Alrededor del timón de la primera galera, por señas, Álvaro ordenó a Hernando que se encaramara hasta el castillo de popa, para observar como estaba guardada la embarcación, el aravaco asintió, y sin perder tiempo ascendió sigilosamente hasta asomar los ojos en el castillo de popa. En un momento volvió a estar entre ellos, y con los dedos indicaba que había visto a un solo centinela, armado de un arcabuz y con la mecha encendida…

Nuevamente por señas, Álvaro indicó que él, Hernando y siete aravacos subirían a esa galera, los restantes tres aravacos se sumarían al pelotón de la siguiente, y así hasta repartir a los treinta y cuatro asaltantes entre las cuatro galeras… Primero subirían dos, y acabarían con el centinela, tras ello, el resto asignado a la galera subiría con las armas y los pertrechos tomando efectivamente la primera galera, tras ella, una a una caerían todas.

Álvaro con su daga entre dientes se agarró a un nervio de la embarcación para asirse en una esquina de la balaustrada que cerraba la borda del castillo de popa, por el otro lado subía Hernando. Con gran sigilo saltaron y se movieron agachados, iban descalzos y casi desnudos. A su derecha tenían las lonas de la toldilla de la popa, y sobre las tablas de la cubierta, un hombre ataviado de cuero negro realizaba su guardia a conciencia.

Álvaro señaló el palo de la vela trasera, para que Hernando cuchillo en mano se ocultara, y él se ocultó tras la toldilla, con su daga vizcaína hizo un discreto sonido… Los pasos del mirmidón cesaron.

-¿Quién anda ahí?- naturalmente el centinela no obtuvo respuesta, y el desdichado amartilló el portamecha de su arcabuz a la par que rastreaba en cubierta y empezaba a ascender los seis escalones del castillo de popa, al dar la ronda por la popa dio la espalda al emboscado Hernando, que no tardó ni un suspiro en taparle la boca y hundirle su largo cuchillo entre las costillas atravesando el diafragma y causándole la muerte instantánea. Álvaro se reunió con Hernando, despojaron al centinela de su jubón de cuero y morrión, le desarmaron y mientras Hernando arrastraba al cadáver hasta la popa, Álvaro se revestía con el cuero negro y el morrión. Mientras, los compañeros de balsa y las armas, subían, el centinela acuchillado hacia lentamente el camino contrario, y sin estruendo alguno remató su existencia en las aguas del Orinoco, que a buen seguro había surcado en mil ocasiones.

Los hombres restantes se redistribuyeron entre las tres almadías, y se desplazaron hasta la popa de la segunda galera.

Mientras Álvaro había descendido al puente y se acercó a la borda, en la siguiente galera no advertía centinela alguno en pie, tuvo que esforzarse para captar cualquier ruido, y finalmente le pareció escuchar un leve ronquido que parecía proceder del hueco de la escalera del castillo de popa… Sonrió.-Vaya, vaya,-pensó- estos pícaros se dividen su guardia en cuatro partes, así logran dormir más tiempo- pero dejando ese descubrimiento feliz, se aproximó sin temor a la proa, pues parecía talmente un centinela mirmidón.

Desde la proa, pudo ver el embarcadero de tablas, y tras éste una superficie de tierra rodeada de la muralla de roca, en el centro ardía un fuego de vivaque, el resto de la guardia dormía envueltos en capas, un retén de tres hombres y un oficial, a juzgar por el chambergo emplumado se mantenía despierto. La mejor de las situaciones posibles, pensó para sí El Lince, que empezaba a sentir la tensión que precedía al combate, y ese sabor metálico que se apoderaba del paladar a medida que se resecaba.

Volvió hacia atrás y de repente se vio rodeado por los aravacos, todos armados con sus arcos y flechas, les hizo agacharse y a gatas acercarse a la proa, les señaló la unión de las tablas con la roca, que al ser irregular dejaba espacios abiertos. En aquellos huecos, un arquero podía tomar posición y situarse a veinte varas de los de la guardia. Ordenó a tres aravacos que desde la popa se sumergieran en el agua y que se deslizaran bajo las tablas del embarcadero hasta llegar bajo aquellos puntos que les permitiría lanzar sus flechas si fuera necesario contra los mirmidones.

Desde la cubierta, Álvaro saltó a la galera vecina una vez habían neutralizado al centinela que roncaba enroscado bajo la escalera del castillo de popa, y luego a la tercera y a la cuarta. Cuando regresó a la primera, las cuatro galeras obraban en su poder, y había llegado la hora de los detalles, como indagar si las culebrinas de una libra estaban cargadas, como así resultó ser, revisar las bodegas, con una generosa carga de pólvora en barriles, agua potable y vino, en pellejos, carne en salazón abundante al estilo bucanero francés y sacos de harina de yuca. Todo ello les ayudaría a realizar aquella ambiciosa campaña con la que pretendía herir el poder de Don Andrés, en su mismo corazón. De vuelta a la cubierta se organizaron para el siguiente paso y se disponían a esperar el relevo, momento en el cual tomarían el centro de Aguas Rojas.

Al cabo de una hora y algo más, el oficial mirmidón, despertó a cuatro de los que dormían a puntapiés. Álvaro y los hombres de los tres pelotones contemplaban la escena y se prepararon para recibir calurosamente al relevo… Procuraron los que andaban ataviados de centinela mirmidón irse al fondo de la cubierta, para huir de la vista de los del vivaque… Uno tras otro los del relevo, pasaron a mejor vida, y sus ropas a manos de cuatro de los asaltantes. Pero en aquél momento cuatro mirmidones debían regresar a la hoguera, junto al oficial, ése era el movimiento en que cuatro debían sofocar a los trece mirmidones que quedaban del retén, pero afortunadamente nueve de ellos dormían profundamente; así pues Álvaro tragó saliva y con un gesto ordenó avanzar hacia la hoguera, pudo ver que con él iba Federmann, un aravaco y uno de los mestizos de Angostura. Se internaron en el círculo iluminado por el vivaque al dejar atrás las tablas del embarcadero, Álvaro prestó atención al silencio que reinaba en la selva… Desde que sonaran los tambores de los Guayaquiles, la jungla no había recuperado la canción de la noche; y estaba seguro que en aquellos momentos debía haber otras razones para que los bichos de la ribera del Orinoco andaran expectantes y silentes. A pesar de no presentar actitud violenta, el oficial miró a los relevados con extrañeza… Pero ya era tarde para aquél desdichado que medía más de ocho pies de altura, Álvaro le lanzó una estocada a la garganta que arrancó un sordo ronquido de dolor, desde la zona sin luz, unas flechas alcanzaban a los otros guardias, que en medio segundo fueron alcanzados a machetazos por los que acompañaban a Álvaro. Los siguientes tétricos movimientos fueron destinados a impedir que los guardias que dormían regresaran del sueño.

Instintivamente Álvaro miró a las alturas para ver si alguno de los que guardaban el roquedal se había percatado del golpe de mano, al ver que los centinelas de la roca centraban su atención hacia la selva, hizo una señal para que acudieran cinco hombres más a cubrirse con las mantas y capas, y a continuación junto con Federmann se deslizaron hacia la base de la roca, donde unas escalas de mano, daban acceso a la casamata incrustada unas cinco varas sobre el suelo… Así sin necesidad de más lucha, tomaron la casamata, en la que solamente unos restos de comida daban que pensar que se había utilizado. Desde allí pudieron ver una buena panorámica de la muralla natural, a excepción del tramo que tenían sobre ellos naturalmente. Sin luz alguna en la casamata, desde el exterior eran invisibles, lo que sugería que los arqueros aravacos podían tener un puesto de tiro excelente para cuando llegara el momento… Había que ir a por ellos, y Álvaro disfrazado con el chambergo de oficial, salió de la casamata y se acercó a los aravacos apostados en los huecos entre tablas y roca para indicarles que aprovecharan para escurrirse hasta la casamata, en donde Federmann les aguardaba. Tras ello, y ante la falta de vigilancia enemiga, desde lo alto del roquedal, se encaminó a las galeras…

-¡Los de arriba no se enteran de nada, cargad con las armas y reuniros con los otros junto a la hoguera! ¡Que se queden cuatro guardando las embarcaciones, uno por galera!- y el grupo se encaminó hacia el punto en que la hoguera señalaba como cuerpo de guardia del embarcadero. Estaban en ello, cuando un griterío espantoso seguido de un retumbar de tambores se escuchó por todas partes.

-¡Son los Mamo!- exclamó un sargento mestizo que andaba junto a Álvaro.

-¡El combate ya ha empezado ahí fuera! ¡Llevadle a Federmann sus armas, y que dos ballesteros y otros dos con arcabuz queden con él para defender la casamata! ¡El resto tras de mí a tomar este fortín de roca!- Y de ese modo sin exceso de algarada, el frente interior del embarcadero estaba abierto. Álvaro y los veintidós hombres restantes, empezaron a ascender por la roca, con arcabuces y pedernales prestos a disparar. Los arqueros aravacos, ya habían empezado a lanzar sus flechas… En el exterior sonaban las primeras descargas de arcabuz. La presencia de heridos por flecha en el roquedal, hizo que los mirmidones que lo defendían giraran su vista al interior, sin ver a los de la guardia en su sitio y contemplando a los hombres de Álvaro que escalaban la roca, con buen tino, Federmann aprovechó el momento para disparar contra los que apuntaban ya a sus camaradas, los del roquedal se cubrieron tras contar tres heridos, pero desde el exterior los hombres de Gayupín habían captado lo que sucedía dentro y redoblaron la intensidad de su ataque.

Por su parte, Álvaro estaba ya con los pies sobre la carena del roquedal, disparó primero un pedernal, y manteniendo el segundo a punto, echó mano de la espada para enfrentarse a los cuatro mirmidones de negra coraza que se le venían encima, pero los aravacos de la casamata primero, con sus precisos arcos, y los cuatro hombres que le seguían en la escalada después, dieron cuenta de la furia de los defensores del ala norte de la fortaleza que habían venido a su encuentro, poco a poco se les sumaron los otros hombres que habiendo escalado la empinada pared, y recorrieron lo alto del roquedal para limpiarlo de mirmidones.

Desde lo alto, Álvaro pudo ver, a la luz de una luna casi llena, el impresionante campo de batalla, la playa estaba sembrada de heridos, mientras los mirmidones y los Guayaquiles que quedaban en pie, avanzaban hacia el límite de la jungla desde donde eran atacados por fuerzas que permanecían protegidas en el tupido bosque. Al mismo tiempo, un grupo de mirmidones, cruzaba la playa para aproximarse al embarcadero…

Sin duda habían advertido que en el roquedal se combatía por el dominio de las alturas, pero precisamente en aquellos momentos la galera capitaneada por “Raya” hacia su entrada en el embarcadero, y daba inicio el desembarco de nuevas fuerzas.

A los pocos momentos, Álvaro y Guyapín se abrazaban en lo alto de las rocas que dominaban y cerraban Aguas Rojas.

-¿Has desembarcado a Relincho?-preguntó Álvaro.

-¡Está junto a tu estandarte, y también los de Federmann y su gente!- respondió el tuerto sin poder ocultar su satisfacción.

-¡Bien –dijo exultante Álvaro- vamos a guarnecer esto y bajamos a rematar a ese ejército que venía a por nosotros!-

La batalla en la playa, duró casi hasta el alba, primero los de Don Andrés intentaron defender la línea de su campamento, tras fracasar la aproximación a la selva, pero una vez ardieron las tiendas y toldos, los defensores de la playa tuvieron que volver a buscar el cuerpo a cuerpo en la jungla, ya que dos galeras desde la ribera les hostigaban e impedían que se acercaran al roquedal, el que quizás veían como último refugio.

Cuando el combate adquirió las trazas de una batalla a campo abierto, Álvaro, Guyapín y Federmann frente a unos cien hombres a caballo emergieron de la selva disparando pedernales y ballestas, destrozando el centro de la resistencia formado por el núcleo de mirmidones, los jinetes terminaron luchando con sus espadas y clareando las filas de los hombres de Don Andrés, que a pesar de todo se defendían valerosamente.

Cuando los Mamo abandonaron sus posiciones en la selva y avanzaron por la playa, acompañados de una compañía de Angostura que por secciones iban descargando sus arcabuces, la batalla fue adquiriendo el cariz de crueldad que hace posible que un combate lo sea de exterminio. Los Guayaquiles y los mirmidones, acabaron siendo cercados en múltiples pequeñas formaciones apiñadas, que iban clareando bajo el fuego de los arcabuces, las flechas y los dardos de ballesta, hasta que no quedó uno con vida. El saqueo de los cadáveres estaba permitido a los caribe, no así a los hombres de Angostura, que contemplaban no sin cierto asco, como sus aliados Mamo se ensañaban con los cuerpos de los Guayaquiles… Junto a los estandartes, los jefes de los vencedores, sonreían mientras sus soldados avivaban las hogueras de la playa, y en lo alto del roquedal los hombres celebraban la victoria… El cielo se había tornado de un gris metálico, en la playa predominaba el rastro de la muerte y el acre aroma de la pólvora.

-¡En poco tiempo tendremos el sol apuntando por ahí…!- y Álvaro señaló con su mano diestra enguantada hacia el este. Las aguas del Orinoco en la ribera, hacían remolinos a causa del cambio de dirección de la brisa.

 

-¡Si, mi señor…!-dijo sonriente Guyapín- ¡El sol de la victoria! ¡Habéis vencido al ejército que Don Andrés ha enviado para tomar todos los embarcaderos del río! ¡Habéis salvado Soledad!-

Alvaro le miró, con el rostro ennegrecido de la sangre y la pólvora, el rastro del combate más benigno posible, en aquella acción no había recibido ni un rasguño, y quizás había dado muerte a más de quince hombres… Contempló la playa iluminada por las hogueras, los indios Mamo, enterraban a los suyos, los mestizos de Angostura hacían lo mismo,.

-¿A los de Don Andrés…?-preguntó Álvaro.

-¡Todos al río, sin distinciones! ¡Las pirañas aquí y los caimanes, si bajan río abajo, celebrarán nuestra victoria! ¡No vamos a hacer distinciones entre los mirmidones y los indios, no la hemos realizado en vida, no lo haremos una vez muertos!- con sobriedad y algo secamente, Guyapín le instruyó sobre como iban en el Dominio estos asuntos.

-¿Y los heridos?- pregunto de nuevo Álvaro.

-¡No hay heridos! ¡Si las cosas se hubieran girado mal, ni vos, ni yo estaríamos entre los vivos! ¡Podéis estar seguro de ello!- respondió de nuevo el tuerto.

Federmann se aproximaba cansinamente por la arena, llevando a su corcel de las bridas…

-¡No hemos tenido bajas en la compañía, parece un milagro, solamente un par de caballos y tres hombres heridos, ninguno de gravedad!- celebraba el alemán.

-¡No andes tan risueño tudesco…! ¡Cuando todo haya terminado, dudo que puedas decir lo mismo!- le soltó Guyapín, que sí había sufrido bajas entre los suyos.

Álvaro tiró sobre los cuerpos sin vida de algunos mirmidones, el morrión y el peto negro con los que había combatido, suspiró como aliviando una presión sobre su pecho y fue a recostarse en Relincho, para poco después subirse a a los estribos. Desde el centro de la playa pudo ver como el resto de la flota se dirigía al embarcadero.

-¡Allí viene mi Dama!- dijo.

-¡Si, aquí la tenemos!- celebró Guyapín.

-¡Don Álvaro!- dijo Federmann- ¡Recojo a los nuestros para tenerlos a todos a mano en espera de nuevas ordenes!-

-¡Adelante, Don Nicolás, proceded!- ordenó Álvaro.

-¡Mi señor…!- sugirió Guyapín-¡Dama Cecilia se dirige con toda la flota al embarcadero! ¿Por qué no ordenáis que, a excepción de la guarnición designada, toda nuestra gente embarque?- Álvaro le contempló con extrañeza.

-¿No sería mejor que descansaran en la playa, después del combate? ¿Y qué les decimos a nuestros aliados Mamo?-

-¡Dentro de no mucho, esta playa será un infierno…! ¡Ninguno de los nuestros debe permanecer sobre la arena! ¡En cuanto a los caribe, ellos entenderán, deberán concentrarse en el roquedal y el embarcadero, y si todos no caben, se les habilita lugar en las galeras capturadas al enemigo!- fue la respuesta del comandante de Angostura.

-¡Pero…! ¿Qué va a suceder, Guyapín?- preguntó Álvaro.

-¡Con la cantidad de carne, sangre y vísceras que todavía quedan en la arena, no tardarán las hormigas en aparecer, nadie ha de permanecer en la playa!- fue la respuesta del tuerto.

-¡Unas hormigas…! ¿Nos harán huir?-

-¡Nunca veréis nada como esto, millones de hormigas rojas, las llamamos “legionarios”, que conforme avanzan lo roen todo, si tan incrédulo sois, quedaros en la playa! ¡Yo doy la orden de embarcar, si vos no queréis!- concluyó el comandante mestizo.

-¡Francamente Guyapín, confieso mi sorpresa! ¡Convocad a los capitanes ahora mismo, así como al cacique de los Mamo! ¡Vamos a embarcar, aunque no hayamos retirado todos los cadáveres de los Guayaquiles!- ordenó Álvaro.

-¡No sufráis…!-rezongó Guyapín- ¡Hay que dejar algo para las hormigas!-

 

La orden se ejecutó con especial diligencia, alguien corrió la voz sobre algo de los hormigueros de la selva, y hasta los mamo, que minuciosamente saqueaban cadáver a cadáver, prefirieron abandonar la playa y su posible botín a la posibilidad de que aparecieran las insaciables hormigas, los hombres venidos de Angostura, fueron embarcados en la flota salida de la capital del Dominio, de los cuatrocientos caribes Mamo que habían participado en la batalla, trescientos cuarenta y tres habían sobrevivido, y fueron embarcados en las cuatro galeras tomadas al enemigo.

Una vez todos los efectivos estuvieron a salvo, se procedió a distribuir las fuerzas, quedaron como guarnición de Aguas Rojas, dos pelotones de soldados de Angostura, al mando de un sargento y cien caribes Mamo como tropa auxiliar del embarcadero. El resto de los hombres del cacique Mamo, fueron embarcadas y alojadas en las galeras.

Yeguínay, el cacique de los Mamo, fue invitado a embarcar en el bergantín, había puesto al servicio de la Yacu Ayura, los doscientos hombres de Soledad y ahora los cuatrocientos de Aguas Rojas, el hombre de complexión recia y de gran estatura para los de su raza, había guerreado como uno más de sus hombres, llevaba al cinto su hacha de combate, el carcaj de las flechas y el cuchillo de obsidiana… Una calabaza pequeña de la que asomaban unos dardos, delataba que por algún lado llevaba una letal cerbatana. Como todos los de su nación, llevaba el lacio cabello afeitado en casquete, como los monjes, y su rostro estaba pintado con los colores de guerra, rojo, blanco y negro, vestía un simple taparrabos y andaba con el cuerpo lleno de abalorios y tatuajes. Allí junto a la Yacu Ayura, a su Hombre Jaguar y a Guyapín, se sentía tocado por la luz del gran Makunaima. Álvaro hizo que se sirvieran, en el puente de popa del bergantín insignia de la flota de Angostura, frutas, carne asada y vino que tomaron en pie, y que sus cuerpos agradecieron con largueza tras la dura jornada…

Guyapín obtuvo de Yeguínay, el compromiso de que para tomar Peyuca y el lejano Ocagua contaba con todo lo preciso de los Mamo. Desde la popa del bergantín, pudieron ver la invasión que las hormigas “legionarias” efectuaron en la playa en la que se había librado el combate, el manto murmullante de los voraces insectos, constituía un espectáculo horroroso, y como se apiñaban a miles en los cadáveres esparcidos… Las arenas tomaban una tonalidad obscura en aquél amanecer que se alzaba gris y sin brumas.

Guyapín miró sonriendo a Álvaro y le guiñó su único ojo.

-¡La lluvia las hará huir antes de lo que se piensan! ¡Pero ya se habrán procurado un festín!- dijo el mestizo.

Álvaro, miró el horizonte hacia el este, clareaba en levante, pero con una línea gris algo brillante, el cielo de Aguas Rojas, estaba totalmente encapotado.

-¡Comandante…! ¡Tres horas para reposar e iniciamos la marcha hacia Peyuca!- Álvaro dio la orden, con una voz simpática, sin ese tono de imposición que pretende evitar toda discusión de la orden; a cada momento El Lince, se hallaba más cómodo entre la gente que Dama Cecilia había puesto bajo su autoridad. No eran torpes, eran diligentes y disciplinados, y combatían bien, una gran tropa.

Los hombres, superada la agitación propia de la noche, buscaron acomodo en sus destinos, los oficiales nombraron los turnos de guardia y en Aguas Rojas, y se había impuesto el silencio, cuando arrancó a llover con fuerza, para desgracia de las hormigas que tarea tuvieron para regresar a la selva…

En el camarote de Dama Cecilia, Álvaro se había introducido en la bañera que ella le había preparado, con dulzura y sensualidad, ella le limpiaba el cuerpo, con una intensidad en la mirada que anticipaba lo que se avecinaba…

Todavía persistía la lluvia, cuando la flota de Angostura largó amarras de Aguas Rojas, dejando en el embarcadero una de las galeras tomadas al enemigo. La flotilla había tomado el rabión de la orilla occidental del Orinoco, para desplegar todas las embarcaciones y ganar velocidad hasta lograr incorporarse a la corriente central, menos veloz pero también más segura. Era todo un espectáculo ver navegar aquella importante flota por el río.

Álvaro y Guyapín en la balaustrada del castillo de popa, comentaban sobre los mensajes que habían enviado a Soledad, con el objeto de que también fueran transmitidos a Angostura, y que de allí los buenos resultados fueran puestos en conocimiento de la expedición al este del Amacuro. Desde la toldilla, Dama Cecilia los observaba, jamás hubiera dicho que ambos hombres se entendieran tanto, se comprendía solamente si se tenía en cuenta que eran dos hombres engendrados para la guerra. Ambos hacían balance del inicio de campaña.

-¡Cuando tengamos los tres embarcaderos, mi señor, tendremos que tomar algunas decisiones!- le planteó el veterano comandante a su jefe.

-¡Si quisiera, te respondería, que antes de pensar en ir más allá, hemos de haber tomado los tres embarcaderos anteriores al de Barrancas!- empezó a discurrirle Álvaro- ¡Pero eso Guyapín, sería marear la perdiz! ¡Con los tres embarcaderos en nuestro poder, vamos a dividir nuestras fuerzas en tres…! ¡La primera a caballo, penetrará con rapidez en el territorio enemigo hasta el puerto de Macuro, con el objeto de incendiar toda la flota allí amarrada, y de regreso, a uña de caballo destruiremos todo lo que se ponga en nuestro camino, yo dirigiré esa mesnada a caballo! ¡Vuestras tres compañías con el auxilio de los Mamo, castigaréis el territorio de los Guayaquiles, para doblegar su apoyo a Don Andrés, y al cabo de cuatro jornadas estaréis tras las defensas del embarcadero de Barrancas! ¡Vos tendréis esa fuerza, la más numerosa, a vuestro cargo! ¡Y para terminar, la compañía de Federmann se apostará en las cercanías de Maturín, en lugar convenido, de forma que a nuestra vuelta conjuntamente y de noche demos un golpe de mano en la plaza fuerte de Don Andrés, golpear y huir!-

-¿Y la flota? –inquirió el gigantesco tuerto, lleno de curiosidad.

-¡Aguardará en Ocagua y las Islas Pájaro, hasta la cuarta jornada, momento en el que zarpará rumbo a Barrancas, todos nosotros estaremos aguardando la llegada de la flota para atacar conjuntamente el embarcadero! ¡Y tras ello atravesaremos la Boca de Rio Grande para reunirnos con la gente que hemos destacado en el Amacuro y aplastar a los Guayaquiles y sus aliados en el delta! ¡Al sexto día emprendemos el regreso a Angostura, al octavo atracamos en la ciudad…!- concluyó Álvaro.

-¡Toda la campaña, será compleja y difícil, mi señor!-

-¡Tras nuestro ataque hasta la península de Paria, habrá terminado la primera batalla de esta guerra, Guyapín! ¡Para entonces nos habremos ganado el respeto de los del Virreinato! ¡Todo cambiará después!- Álvaro terminó su definición del plan. El comandante mestizo le miraba de hito en hito…

-¡El plan es excelente! ¡Otra cosa es que podamos realizarlo!- murmuró el tuerto.

-¡Entre todos, Comandante, entre todos…!-sonrió el nuevo rey de Angostura.

Algo más tarde en plena navegación hacia el siguiente embarcadero a asaltar, Cecilia Ordóñez abrazó a su compañero de destino para intentar acercarse a su alma.

-¡No he podido evitar escuchar en parte las palabras que has tenido con Guyapín!-le dijo- ¡Nunca estos soldados han actuado con planes como los que tú trazas! ¡Don Tello, era un gran capitán y un guerrero temible, pero no hacía los planes del modo que tú los haces! ¿Cómo tienes enemigos tan poderosos? ¿De donde has salido realmente, Jaguar?-

-¡Sabéis de la fortaleza del reino de Castilla…! ¿Verdad? –le fue respondiendo él- ¡Pues allí he estado al cargo de la seguridad del hermano del rey, siendo por así decir, uno de sus capitanes, tanto en luchas internas como en grandes batallas! ¡Hablo de batallas, con miles de soldados por bando! ¡Hablo de verdaderas matanzas…!-

-¿Y cómo habéis caído en desgracia?-

-¡Es una historia larga y tan difícil de entender, como la suerte que al final corrió Don Tello!- mientras le contestaba, Álvaro le acariciaba la mejilla de aquella piel atezada que contenía como dos joyas, aquellos ojos esmeralda.

El asalto a Peyuca, no representó combate alguno, no había en el largo y desnudo muelle de tablas, ni tan solo centinelas, ni embarcaciones, ni curiaras, estaba totalmente desierto y casi invadido por la maleza. La expedición dejó tres pelotones de soldados de Angostura, y aguardaron a que aparecieran los Mamo prometidos para aquél punto, unos cuatrocientos caribe de aquellos parajes, leales a Yeguínay y a la Yacu Ayura. Aquél punto quedaría seguro.

Prosiguieron navegando hacia Ocagua, más al sur, ya en parajes en los que tanto los Guayaquiles como los mirmidones dominaban con fuerza. Mientras las horas del día se sucedían bajo la tediosa lluvia, especulaban con, si las fuerzas derrotadas en Aguas Rojas, era todo lo que Don Andrés tenía que enfrentar en aquél tramo del Orinoco.

-¡Son más…!- rumiaba Guyapín- ¡Don Andrés tiene que nosotros sepamos ocho compañías de mirmidones, casi mil hombres! ¡Y nosotros hemos acabado con unos cien, solamente!-

-¡Olvidáis los de Angostura- corrigió Álvaro- allí como pocos, perdería unos setenta! ¡Y tened por cierto comandante, que ha distraído dos compañías en la conquista del Amacuro!- las gotas de la lluvia, golpeaban la toldilla, bajo la que estaban todos los capitanes reunidos con sus reyes, mientras comían algo a media tarde.

-¡De acuerdo, pero no sabemos si Don Andrés no ha reclutado más hombres para engrosar las filas de su ejército!- puntualizó el tuerto.

-¿Dónde puede reclutar más mestizos?- preguntó Federmann.

-¡En el territorio que domina, en Paria, o en Puerto Ordás, hay mucho castellano que permanece ocioso en el enclave!- afirmó con aplomo el “Raya”.

-¿Es cierto?- preguntó Álvaro.

-¡Es muy posible!- respondió Cecilia Ordóñez.

Al paso de la flota, los caimanes se echaban al río con el objeto de llevarse algo a la boca, la lluvia contenía tanto el vuelo de los colibrís como el furor de la canción de los loros y guacamayos… Pero los monos rojos y otras curiosas especies de simios, desafiaban la lluvia y se movían con agilidad entre ramas y lianas lanzando sus gritos y murmullos. Una ventaja de la lluvia, era la desaparición de tábanos y mosquitos en la superficie de las aguas, con el consiguiente alivio para caballerías y hombres.

Era un buen momento para tantear el estado de ánimo de los capitanes, y era evidente que entre la gente de Angostura y los de la Hueste de Guay Naya, se había establecido una corriente de simpatía, y el único punto de fricción existente era la convivencia entre los caribes y los aravacos y sus compañeros zenús y caquetíos. A pesar de ello, la escolta de los reyes, formada por aravacos y caribes, empezaba a conllevarse, así como los caciques, Hernando y Yeguínay. La moral de los oficiales era alta.

Conforme oscurecía el firmamento, la lluvia aflojaba, y la flota iba adoptando formación de combate… Dos galeras en cabeza, dos bergantines de popa alta artillada en retaguardia, el bergantín insignia tras las naves de cabeza y el resto de buques y pequeñas embarcaciones en medio flanqueadas a occidente y oriente por galeras armadas de culebrinas en las bordas.

Conforme la lluvia remitía, y la luz devenía crepuscular, el jolgorio de los pájaros fue creciendo. Ese fue el momento que Álvaro decidió que cada capitán regresara a su embarcación con su tropa, por unos momentos reclamó la presencia de su lugarteniente.

-¡Don Bernardo, vos os quedaréis como el capitán general de la tropa de la hueste que permanezca junto a Dama Cecilia en la flota! ¡Os ruego la defendáis con toda vuestra alma y coraje!- le ordenó.

-¡Ya sabéis que así se hará, Don Álvaro, mi capitán!- Bernardo Cabrera miró a su capitán general primero, y no pudo evitar un destello de celos al inclinarse ante Cecilia Ordóñez. Desde que Don Álvaro, se había visto con el mando de toda aquella gente, mestizos y caribes, paganos todos ellos, por deseo de aquella hechicera, el capitán general del Guay Naya ya no permanecía tanto entre ellos.

Lentamente fue anocheciendo, y ante ellos, en medio del río se alzaba un pequeño archipiélago, las Islas Pájaro, susurró Guyapín al oído de Álvaro. El canturreo de las mil especies de aves que residían en las islas, apagaba cualquier otro ruido, la flota ancló entre la primera isla y la mayor de ellas que era la segunda, bajo un cielo plomizo y con las riberas del río pobladas de una selva tupida que con aquella luz, se vestía de un verde negruzco. Decidieron bajar a una ligera curiara, para explorar y tomar vistas de la situación del embarcadero de Ocagua, bajo los farallones de Los Barrancos., a dos leguas del embarcadero, y que sin duda los de Don Andrés tendrían como punto fuerte y de observación.

Con la canoa, Guyapín, Álvaro y dos indios a los remos, navegaron entre las islas hasta dar con la tercera que básicamente era una colina de suaves pendientes que emergía del río en donde los pliegues del alcor formaban calas y pequeñas playas, y desde una de éstas, oculta a las vistas de Ocagua, ascendieron hasta la cumbre, la humedad era muy pesada, había pájaros e insectos por todas partes, pero al fin llegaron a la cima batida por la brisa y desde allí se distinguía el perfil de los farallones recortados contra un firmamento gris, forzando la vista se veían, las formas de los acantilados, unas manchas negras en la base de las paredes de roca y el claro de unas tablas, justo cerca de donde se apreciaban los destellos de tres hogueras. Álvaro había traído consigo el catalejo, aunque con la escasa luz del ocaso. su utilidad sería poca…

-¿Has visto, comandante?- comentó Álvaro mientras se daba un bofetón en la nuca para cazar al mosquito que le había picado, pasando el catalejo a Guyapín- ¡Sólo hay tres hogueras! ¡Por cierto…! ¿Qué son esas manchas negras, en la base del farallón?-

-¡Si, mi señor!- el mestizo se sintió honrado por poder utilizar el catalejo de su superior- ¡Eso quiere decir que como mucho hay treinta hombres aquí! ¡Todo lo que Don Andrés quería poner en el Orinoco, lo destacó con los piratas de “Caimán” o lo destinó a conquistar el embarcadero de Soledad!-dedujo Guyapín- ¡Pero no os engañéis…! ¡Allí arriba!- y señaló la mancha parduzca que hacía intuir Los Barrancos- ¡Cómo poco tendrá una compañía de sus mirmidones y una horda de Guayaquiles! ¡Esa meseta es la puerta, de Maturín y de la península de Paria! ¡Por si ello fuera poco desde allí arriba se puede ver el otro lado del río, y Puerto Ordás! ¡las manchas, son unas grutas que hay en la base de las paredes de roca, son de difícil acceso porque están pobladas de zarzales y son unos infectos roquedales, auténticos nidos de pequeñas y venenosas serpientes!- otro palmetón delató que a Álvaro los mosquitos le estaban masacrando.

-¡Dita sea…! ¡Asco de bichos!- soltó El Lince, también llamado Jaguar en aquellos parajes, ante los ataques de mosquitos.

-¡Desde aquí hasta el mar, esto es la tierra de los mosquitos…!- dijo riendo el tuerto- ¡Tengo un remedio infalible, os lo daré y os dejarán en paz!-Álvaro suspiró aliviado- ¿Creéis como yo, que el embarcadero es trabajo de esta noche?-

-¡Naturalmente Guyapín! ¡Además, estarán al llegar unos cuatrocientos Mamo, para asestar el golpe en Ocagua!- recordó Álvaro.

-¡Ciertamente, mi señor, hemos venido hasta el baluarte de Don Andrés con una fuerza que supera los mil hombres de largo…!- se reconfortó el mestizo, devolviendo el catalejo a Álvaro .

-¡Esta noche, en silencio y a cuchillo, tomaremos el embarcadero! ¿No advertís que en la orilla, no hay ruidos ni canciones de bestia alguna? ¡Los Mamo andan ya entre los árboles con sus arcos a punto! ¡Mañana, por la madrugada, daremos la batalla por Los Barrancos!- sentenció Álvaro.

-¡No hay señales de tambor…! ¡No me gusta esto, mi señor Don Álvaro! ¡Estoy seguro que de un modo u otro, tanto el fracaso de Angostura, como la derrota de Aguas Rojas, ha llegado a oídos de Don Andrés y sus capitanes! ¡Lo natural sería que nos encontráramos en Los Barrancos con un fuerte ejército!- mirando fijamente a los promontorios del otro lado del río, Guyapín se hacía estas reflexiones mientras el crepúsculo bajaba tupidos telones en aquél bello paisaje, plagado de brumas incipientes, destellos sobre las aguas tranquilas, que empezaba a soltar el dulzón aroma del sudor de la jungla por la noche.

-¡Eso lo sabremos esta misma noche, comandante!- dijo Álvaro chasqueando la lengua- ¡Ahora volvamos a la flota, tenemos preparativos que hacer, algo que comer, exploradores que enviar y deberemos aguardar su regreso!-

-¡Todas una vísperas…!- susurró Guyapín- ¡Mañana podemos librar una segunda gran batalla en dominios de Don Andrés! ¡A donde pretendemos ir, es un paraje distinto, la jungla del Orinoco, no está presente de Los Barrancos en adelante, hay bosques claros aislados que están rodeados por los llanos, que a menudo son cruzados por riachuelos que van a morir al gran río!-

-¡Un terreno adecuado para avanzar rápido con fuerzas de caballería!- respondió Álvaro aplastando otro mosquito- ¡Venga volvamos a los buques, antes de que estos monstruos me sorban toda la sangre!- Ambos descendieron por la ladera de la colina que coronaba la isla, Álvaro dándose una sonora paliza a causa de los mosquitos y Guyapín aguantando la risa. Al llegar junto a la canoa, los dos caribe que se habían quedado guardándola, les propinaron una sorpresa, habían cazado un enorme caimán, y tras desollarlo lo trocearon para llevar la carne…

-¡Es una carne deliciosa, mi señor Don Álvaro!- le comentaba el mestizo mientras los indios remaban de vuelta a la flota de Angostura- ¡Se parece mucho a la carne de pollo, pero se ha de reblandecer, el caimán es un bicho duro!-

Tras rodear la isla grande, llegaron al estrecho que la separaba de la primera, la costa quedaba oculta y los buques de la flota fondeados les inspiraban seguridad, y empezaron a hablar más alto, incluso Guyapín soltó una carcajada al enésimo palmetón.

La noche tenía ciertamente un programa complejo, ya en el bergantín Guyapín se hizo con una fruta parecida a inmensos limones, los exprimió en un cuenco de barro y a continuación untó el cuello de Álvaro con el zumo. Álvaro dio un respingo, el zumo ácido escocía en las picaduras recibidas, pero el gigantón tuerto se medio reía sin dejar de aplicar el zumo con una esponja… Al fondo Cecilia Ordóñez, sonreía mientras pensaba en la suerte de que ambos soldados se llevaran bien, y que Guyapín hubiera acatado la autoridad de su escogido.

-¡Dime Guyapín…!- Álvaro ya estaba algo más relajado respecto del tema de los mosquitos- ¿Tenemos forma humana de utilizar las grutas de la base de Los Barrancos?-

Los capitanes, cuya tropa sería movilizada en el curso de la noche, habían sido convocados de nuevo, Federmann, Raya, uno muy atezado que le llamaban “El Quebracho”, Yeguínay y dos de sus jefes de horda, al tiempo que Bernardo Cabrera, en su calidad de capitán de la flota en ausencia tanto de Don Álvaro como de Guyapín, asistían al consejo de capitanes afectados por la acción que se preparaba. Aquellos hombres de faz endurecida, mestizos la mayoría, estaban subiendo los escalones del castillo de popa del bergantín insignia.

-¿Qué queréis decir exactamente, mi señor, Don Álvaro? ¡Cuando no acierto a ver lo que urdís, siento un escalofrío en la nuca!- gruñó el comandante mestizo.

-¡Vos mismo, habéis alertado, de lo insano y peligroso de dichas grutas, así como de la posibilidad de que el enemigo haya concentrado en lo alto de los Barrancos, una fuerza considerable!- observó Álvaro- ¿O no es así, comandante Guyapín?-

-¡Y tanto, mi señor…! ¡Pero no alcanzo a ver que relación tiene un peligro con el otro!- respondió el tuerto removiéndose en la balaustrada de madera en la que se apoyaba.

-¡Es muy sencillo…! ¡Imaginad que tras tomar Ocagua, saneamos las grutas, y que acudimos con una tropa de no más de ciento cincuenta hombres a la base de Los Barrancos, como si con esa fuerza planteáramos tomar los fortines que Don Andrés, tiene en lo alto!- sugirió Álvaro.

-¡Los mirmidones, se harán un hartón de reír, y no aguardarán a que subamos…! ¡Se lanzarán sobre nosotros sin dar oportunidad alguna!- bramó divertido Guyapín- ¿Para qué queremos las grutas? ¿Para escondernos?-

-¡Esos ciento cincuenta hombres, aguantarán impávidos a que los de arriba les embistan con toda la fuerza de la bajada…!- expuso con flema Álvaro- ¡Pero en las grutas, ciento cincuenta más, a caballo, y los Mamo, saldrán a su espalda, tan pronto ellos lleguen al llano!-

-¡Hum…! ¡No está mal pensado, tendremos la meseta y el camino de Tabasca libre! ¡Pero, limpiar esas cuevas será arduo!- rezongó Guyapín.

-¡Pero siempre preferible a perder los hombres que nos matarían si pensáramos en tomar Los Barrancos a pecho descubierto!- remató Álvaro.

-¡Para limpiar aquello…! ¡Hay que convocar al viejo Gutiérrez y a Osunya, el hechicero de los caribe de Angostura!- sugirió Guyapín.

Yeguínay, el cacique mamo, ofreció a su chaman Iyeroa, un profundo conocedor de toda suerte de serpientes. Todos asintieron, y Guyapín a una seña de Álvaro hizo que reclamaran a los mencionados personajes… Momentos más tarde, llamó a uno de sus soldados, y le entregó una lista. Eran los que seleccionaba para tomar Ocagua de noche.

-¡Mi señor, Don Álvaro! ¡He ordenado convocar a los cincuenta con los que pienso tomar el embarcadero…! ¡Deberíamos comer algo antes de iniciar los preparativos!- pidió el mestizo.

-¡Disponed lo necesario, pero permaneced aquí, vamos a planear el ataque a Los Barrancos!- ordenó El Lince. El veterano optó por tomar una cena nutritiva pero ligera para el estómago, harina de carne seca picada y una ración de vino tinto.

Tras tomar algo de pennican8 y un trago de vino para cobrar fuerzas, lo mismo que los cincuenta hombres seleccionados para tomar Ocagua, Guyapín se despidió de Álvaro y bajó del castillo de popa, para emprender la expedición a Ocagua… Lo harían a bordo de las barcas chatas que arrastraban las galeras.

Habían pasado dos horas, cuando cuatro galeras, llevando doscientos hombres con sus monturas, más unos doscientos indios Mamo como tropa auxiliar abandonaron el fondeadero de la flota para poner proa a Ocagua… Era lo convenido, y antes de abandonar las islas Pájaro, una canoa abordó la primera galera, traía nuevas de Guyapín, Ocagua estaba tomada y todo podía seguir según lo planeado.

Amarraron y desembarcaron con el velamen arriado, para evitar ser vistos desde los fortines de los acantilados, todo en el mayor sigilo posible, hasta habían calzado los caballos con trapos para silenciar el ruido de los cascos de las monturas… Álvaro y Guyapín se abrazaron sobre las tablas, el tuerto no había sufrido herida alguna.

-¡Los Mamo están aguardando en los límites de la jungla…!- el comandante mestizo llamó la atención a Álvaro sobre las dos millas de tierra casi sin vegetación que había desde el embarcadero hasta los farallones y sus laderas. La selva que caracterizaba las riberas del río no tenía continuidad desde Ocagua hacia el norte, siendo substituida por un llano moteado de chaparrales, matojos y de vez en cuando recios y altos árboles de maderas preciosas.

-¡Dejaremos un pelotón a cargo de las cuatro galeras, y cuatro indios en dos curiaras para enlazar con la flota! ¡Con el resto avanzamos, en silencio!- Guyapín asintió y las órdenes fueron impartidas, y en unos momentos doscientos soldados de a caballo, llevando del bocado sus monturas, acompañados de cincuenta soldados de infantería de Angostura seguidos por seiscientos indios caribe, se internaban en el páramo que chocaba contra las paredes blancas de los acantilados que se veían en la lejanía. Todavía era noche cerrada…

Al aparecer las primeras luces del día, desde lo alto dieron la alarma al ver formados en dos columnas, cien jinetes tras el estandarte de la Hueste de Guay Naya, la cruz de San Andrés festoneada en rojo, sobre la que estaba bordado un guantelete de combate. Al frente de la columna Federmann, estaban Álvaro de Sobrarbe, con su capa roja y piel de jaguar, armado totalmente y luciendo el singular yelmo sueco, acompañado de Don Nicolás Federmann, que lucía también su mejor armamento y coraza.

-¡Ahora se trata de esperar, hasta que la impaciencia les recoma…!- siseó Álvaro, como temiendo que los de arriba las peñas, pudieran escucharle. La mirada, serena y fría la tenía clavada en los zarzales y roquedales que estaban en la base del acantilado, habían estado media noche limpiando de alimañas las oquedades y grutas, apañando corredores para sortear los zarzales, que en aquellos momentos, ocultaban la presencia de setecientos cincuenta hombres prestos a entrar en combate.

-¡Don Álvaro…!- comentó Federmann- ¿Cómo gustáis más que os llamen? ¿Lince o Jaguar? ¡Porque astucia felina, no os falta!-

-¡Lince en Castilla, jaguar en estos nuevos reinos…!- se volvió hacia el alemán sonriendo. En lo alto, unas cuatrocientas varas o más por encima, los tambores lanzaban su letanía, y algunos cornetines indicaban que la fuerza de los fortines se estaba preparando para el combate. Con Guyapín, habían decidido que algunos de los hombres pasados a cuchillo en el embarcadero, serían colgados, para así excitar a los de Los Barrancos a vengarlos. Y ciertamente los tambores parecían agitarse en ese sentido, un hombre de Angostura que se había quedado con ellos confirmó que los timbales alertaban primero y convocaban después para el combate, los cornetines, correspondían a una de los escuadrones de caballería de los mirmidones.

No muy lejos de las dos columnas y sus enemigos enfurecidos de media milla arriba, pero invisibles a ellos, entre las islas Pájaro, y envuelta en las brumas matinales, la flota de Angostura permanecía a la espera del resultado de la batalla. Los hombres desayunaban durante el cambio de guardia, y Bernardo Cabrera al que las aguas no le eran ni familiares ni de su agrado, se veía haciendo de almirante además de paladín de la amante de su amigo, que para colmo era la reina de todos aquellos soldados…

El espadachín de Portobello, había decidido asumir con el máximo de seriedad su misión, y no abandonaba las inmediaciones de Dama Cecilia, siempre escoltada por cuatro caribes y cuatro aravacos. La mañana, además de brumosa se preveía gris, pero aquello no era óbice para que los millones de aves de las islas entonaran alegremente sus trinos y canciones… Los guacamayos, impertinentes y curiosos volaban hasta las jarcias de los buques exhibiendo los vivos colores de su plumaje y cargando el aire con sus gorgoteos y gritos chillones.

Cecilia Ordóñez bajó del castillo de popa a la cubierta, en la que Bernardo andaba comprobando que los cañones de la amura estaban cargados y debidamente fijados.

-¡Esos tambores, Don Bernardo, convocan a los hombres de Don Andrés esparcidos por Los Barrancos, para atacar al enemigo…! ¡El enemigo es Álvaro, mi Jaguar!- en la mirada de ella se advertía que daría lo que fuera con tal de estar junto a su amado.

Bernardo percibió con tanta claridad y fuerza aquél sentimiento de Dama Cecilia, que no pudo menos que sentir envidia de su capitán, pero a la vez creció en él la adhesión que sentía por Don Álvaro.

-¡No temáis mi señora…!- quiso animar el lugarteniente- ¡No creo que nadie pueda derrotar a mi capitán, Don Álvaro de Sobrarbe! ¡No es tan sólo valiente, es también inteligente y astuto! ¡Tanto que venció en Panamá a una flota de piratas ingleses, con una tropa formada por lugareños y mercaderes y contando unicamente con veinte hombres de armas! ¡Yo estuve, esa jornada con él! ¡Ha sido mi día de gloria, en éstas tierras!- ella tras la confesión le observó con simpatía.

-¿Habéis desayunado, caballero Bernardo?- le preguntó.

-¡Todavía no, mi señora!- respondió él.

-¡Pues bajo la toldilla, hay pan de cazabe, frutas y un poco de pennican! ¡Cuando gustéis podéis acompañarme, y a la vez me informáis de los gustos y virtudes de mi señor Don Álvaro!- le invitó ella.

Subió más por hacerle lado, en ausencia de su hombre, que por la mesa, pues Bernardo hubiera preferido un buen trozo de tocino asado con pan de trigo, y una bota de vino tinto y espeso, fuerte como el diablo.

Ciertamente no estaba entre las costumbres de Bernardo Cabrera seguir el combate de sus camaradas desayunando con una dama, lejos del peligro, y se le notaba en el nerviosismo y en el constante mirar hacia donde se presumía tendría lugar el combate. Cualquier pequeña señal distraía la atención del castillo de popa, para atraerlo hacía un cercano embarcadero que ni tan solo divisaban.

De repente, todos escucharon un seguido de estampidos, hasta las aves de las islas, cesaron en su jolgorio… Dama Cecilia dirigió su mirada angustiada hacia el occidente, la vista chocaba con la isla principal del archipiélago.

-¡Bueno, la fiesta de don Álvaro ya ha dado comienzo!- quiso bromear Bernardo- ¡No temáis, mi capitán no planta batalla, sin un plan para vencer!-

-¡Eso ya lo sé, Don Bernardo…!- ella sonrió mostrando sus blancos dientes- ¡Pero en un combate como ése, la suerte siempre es decisiva, y ésta puede manifestarse en un sentido u otro, hasta el final de la lucha!-

-¡En el caso de Don Álvaro, no ha sido así jamás…!- respondió Bernardo Cabrera como si hablara consigo mismo- ¡Su fortuna, la ha dibujado él mismo antes!-

-¡Llevo conmigo el catalejo de Don Tello, mi padre…!- dijo ella- ¡Si pudiéramos subir al punto más alto de las islas, podríamos observar la marcha de la batalla…!- aquello no era una orden, ni tan sólo la expresión de un deseo, era una súplica en toda la regla.

Bernardo Cabrera la miró, ella iba ataviada como uno de los soldados de Angostura, jubón y pantalones de cuero y recias botas de montar, y sobre la mesa había dejado el chambergo de cuero impregnado de hule.

-¡Mi señora…! ¡Respondo ante mi capitán de vuestra suerte! ¡Si algo sucediera…!- el lugarteniente, a pesar de que se moría de deseos de fisgonear en las cuitas del combate, debía mantener lo ordenado por Álvaro.

-¿Qué puede sucedernos? ¡Estamos defendidos por cinco compañías mas tropas auxiliares indias y a bordo de nuestra flota! ¡Podemos ir con una escolta suficiente para librar un combate, además si nuestra gente necesitara ayuda en tierra, podríamos ir en su auxilio rápidamente!- ella insistió de forma pertinaz.

-¡Si vos me lo ordenáis…!- con expresión de pícaro, con su morrión en el brazo, Bernardo cabrera inclinó su cabeza humildemente.

-¡Os lo ordeno, capitán Bernardo!- Cecilia Ordóñez siguió el juego.

Dispusieron la galera más pequeña, y además de la escolta fija, dos pelotones de soldados de Angostura y los que quedaban de la Hueste de Guay Naya embarcados, para proteger la incursión a la mayor de las islas Pájaro. Más parecía una operación de desembarco e invasión de la isla, que la cobertura a una misión de observación, pero la figura de la Yacu Ayura, conllevaba esa servidumbre.

Con todo el cuidado de no ser visibles desde la costa, rodearon la isla pequeña, tras la que estaba anclada, la flota de Angostura, a bordo de una ligera galera de diez remos por borda. El desembarco se realizó en el mayor silencio posible, mientras desde las copas de los frondosos árboles, monos rojos, y la multitud de aves les observaban en silencio. El roce de las hojas, delataba el paso de algún tapir espantadizo colina arriba, mientras el grupo ascendía respirando con fuerza debido a la humedad que esparcida por todo, era asfixiante. Bajo el firmamento gris, el verde de la vegetación oscurecía y lo impregnaba todo.

Junto a la galera, un grupo de caribes, con sus lanzas había empezado a buscar otro caimán que cazar, a ser posible le prepararían un festín a la Yacu Ayura y al teule que Jaguar le había dejado de escolta principal.

Una vez arriba, Bernardo hizo levantar un pequeño refugio camuflado con las amplias hojas de los árboles que allí crecían… Desde allí, y con su catalejo, Dama Cecilia pudo echar una ojeada a lo que sucedía en Los Barrancos, ferozmente escoltada por indios y soldados de Angosturas.

Sus ojos pudieron contemplar, la pared vertical de las últimas doscientas varas de acantilado, surcada por canales y hendiduras, que semejaban viejas heridas en la roca rosada, y bajo ella, los empinados terraplenes que se precipitaban hacia el llano, sembrado allí de zarzales y rocas de gran tamaño. Un poco más arriba, sobre el farallón se advertían unas construcciones de adobe de doble planta rematadas en pobres almenas, que constituían los fortines con los que su hermano Andrés había fortificado Los Barrancos.

-¡No veo movimiento ahí arriba, Don Bernardo!- le dijo ella, pasándole el catalejo.

El lugarteniente de Álvaro, encaró el viejo catalejo, y tras hacer un barrido por las toscas fortificaciones, rastreó por los alrededores, pudo ver como por las canales de la pared de roca, de forma arracimada, grupos de indios caribe y de mirmidones, mezclados descendían cuidadosamente.

-¡Mirad en la pared de roca…!- le tendió el instrumento. Ella registró detenidamente todo el farallón, una inmensa muralla natural de roca rojiza.

-¡Son muchos!- dijo Cecilia Ordóñez, que bajó la lente hasta la base donde Álvaro estaba al frente de su centenar y medio de hombres- ¡Para los pocos que aguardan al pie de Los barrancos!- Desde lejos veía a su hombre, seguido por el estandarte y por Nicolás Federmann, su amigo teutón, que caracoleaba sobre Relincho, trazando un círculo en el aire con su espada. Un clamor llegó apagado… Algo más arriba, donde la pétrea fortaleza se hincaba en las laderas rojizas, una tropa numerosa a caballo discurría por un camino que en horizontal bordeaba la pared rocosa, hasta unas lomas algo más suaves, que se deslizaban hasta el llano justo allí donde Álvaro tenía formadas sus dos columnas, cada una compuesta de treinta hombres de a pie y cincuenta de a caballo, más algunos indios aravacos que con arcos ocupaban la retaguardia de la breve tropa de Guay Naya.

Los hombres del escuadrón de mirmidones llegaron a los puntos en que los que descendían por las canales y se agolparon antes de iniciar el descenso por las pronunciadas lomas que les descolgarían sobre aquellos invasores que les habían retado exhibiendo los cadáveres de sus camaradas del embarcadero. Dama Cecilia lo estaba contemplando a la perfección, con el corazón encogido…

-¡Por la Yacu Mama…! ¡Los van a aplastar!- susurró, y atendiendo a la demanda de Bernardo le pasó el catalejo.

De repente aquella munión de mirmidones y caribes Guayaquiles, se lanzó gritando y enarbolando sus armas loma abajo, los de a caballo en el centro, formando una sinuosa columna que levantaba una rojiza polvareda en su descenso, a ambos lados, sin orden ni concierto, mirmidones machete en mano y sus aliados caribes, flanqueaban al escuadrón.

Bernardo pudo contemplar la soberbia estampa de aquellos algo más de cuatrocientos hombres convertidos en un amasijo que se lanzaban sobre los impávidos soldados que aguardaban en el llano. En aquél momento, Álvaro se alzó sobre los estribos e hizo una doble señal que Bernardo conocía bien, y sonriendo le pasó el catalejo a Dama Cecilia.

-¡Mirad a vuestro paladín, mi señora…! ¡Ahora da comienzo el baile y la caza! ¡La mente y el cuerpo de Don Álvaro son como los de un gran gato!-

Ella vio como su hombre, dirigía la maniobra, los hombres de dos columnas pasaban a formar en dos líneas en forma de media luna, la primera compuesta por los hombres de a pie, la segunda por los que permanecían montados. Vio como el estandarte se situaba atrás, junto a los arqueros aravacos que ya tensaban sus arcos, y que Federmann tras ceñirse el yelmo se hacía cargo de dirigir la línea de los cien jinetes que preparaban sus arcabuces y ballestas, los sesenta de a pie, mandados por Álvaro prepararon sus arcabuces y mosquetes…

-¡Recordad, vamos a contenerlos!- gritó Álvaro, y su arenga fue coreada- ¡Nuestra fuerza consiste en nuestra capacidad de combatir como soldados! ¡Les venceremos!-

Los gritos de la avalancha que por las lomas descendía, era ensordecedor, algunos seguían disparando a más de cincuenta varas, sin posibilidad alguna de acertarles, lo que tanto Álvaro como Federmann contemplaban con una irónica sonrisa. La voz de Federmann resonó en el campo de Guay Naya…

-¡Ballestas…! ¡Disparad a las treinta varas! ¡Arcabuces…! ¡Disparad cuando estén a veinticinco varas!-

En un movimiento rápido, Álvaro acudió junto a los aravacos de la retaguardia y descabalgando puso en manos de Hernando las riendas de Relincho, al tiempo que del arzón tomaba un segundo pistolete de pedernal y uno de sus dos mosquetes.

-¡Cuida de él, Hernando, y ten presente lo que has de hacer cuando caigan en la trampa!- al decir esto, el capitán de la Hueste de Guay Naya, señaló las hogueras que los arqueros aravacos tenían ante ellos, el indio afirmó en silencio con la cabeza, y Álvaro regresó corriendo junto a su línea de hombres de a pie.

La tropa de Los Barrancos, se hallaba ya muy cerca, y las ballestas entonaron su tétrico y zigzagueante sonido, los veteranos hombres de Álvaro, habían apuntado su primer disparo a los caballos que venían en cabeza, y el resultado fue el deseado, un revoltijo de caballos moribundos y hombres maltrechos se precipitó por el tramo final de la loma, mientras los ballesteros recargaban sus armas.

Furiosos, los mirmidones arcabuceros, realizaron una descarga, que dejó algunos claros en las filas de la hueste de Guay Naya, pero los miembros de ésta, haciendo gala de la sangre fría que se adquiere en el combate, no descargaron ni arcabuces, ni mosquetes, las ballestas de la segunda línea, de los de a caballo, volvieron a buscar los cuerpos de los corceles que seguían bajando en su carga contra las líneas de los de Don Álvaro, y por segunda vez, los corceles enemigos de cabeza, mordieron el polvo, arrastrando a sus jinetes y rodando pendiente abajo, de nuevo el coraje de los mirmidones se manifestó en una segunda descarga, pero ésta menos nutrida, no todos habían podido recargar y la precipitación hizo que el resultado de la segunda andanada fuera anecdótico… Ya estaban a menos de veinte varas, enarbolando la mayoría sus machetes, y recargando los otros sus arcabuces, cuando un oficial del escuadrón de los mirmidones dio una orden tras la cual los negros jinetes empezaron a desplegarse en una línea frontal para no ofrecer un blanco tan seguro a las ballestas de sus enemigos, al verlos justamente donde él quería, Álvaro lanzó una mirada hacia Federmann que asintió alzando su espada, ambos dieron la seca orden que fue seguida de una descarga cerrada de arcabuces y mosquetes de la primera línea… Con buen criterio, los arcabuces menos precisos centraron su tiro en los caballos mientras que los mosquetes dirigieron su plomo a los jinetes, la primera fila del escuadrón clareó entre gritos, pero los que restaron en pie seguidos de la segunda fila, alzaron sus machetes furiosos para proseguir ganando velocidad ya en el llano, confiados en que su empuje barrería la linea de infantes que retrocedían mientras recargaban y tras ellos a los jinetes que todavía no habían descargado sus armas. la estampa del escuadrón ganando velocidad en el llano con espadas y machetes en ristre y aquellos rudos mestizos lanzando escalofriantes alaridos era sobrecogedora para los hombres que a pie aguardaban la embestida final.

De repente, bajo los cascos de aquella embravecida caballería, el suelo pareció abrirse y la ardiente tropa mirmidona se precipitó a las entrañas de la tierra… Momento en el cual una pléyade de flechas ardientes cruzaron las líneas del Guay Naya para adentrarse en la amplia abertura por la cual un gran número de mirmidones a caballo se había precipitado. los relinchos y los gritos de dolor de los que se había tragado la tierra causaron un efecto inmediato en los que venían tras ellos, y tuvieron el acto reflejo de dar un paso atrás, al tiempo que la gente de la línea de Federmann, disparó contra ellos, causando un efecto terrible. La flechas ardientes habían encendido un gran fuego en el interior de la fosa, todos tuvieron la certeza que los caídos en la trampa ardían en aquellos momentos, sin salvación posible…

Antes de que los de Los Barrancos reaccionaran, un griterío ensordecedor estalló a sus espaldas, Guyapín y los suyos conjuntamente con los mamo de Yeguínay, a espaldas de ellos hacían aparición en aquella batalla que de repente daba un giro total, sentenciando a los mirmidones y Guyaquiles que permanecían en pie a una muerte segura.

Al mediodía no quedaba un enemigo en pie, los mamo procedían cruelmente al saqueo de los cuerpos enemigos, el aire estaba impregnado del aroma dulzón de carne humana quemada mezclado con los acres de la sangre y la pólvora. Los capitanes pasaban revista a sus efectivos en pie para conocer las bajas, un escuadrón de soldados de Angostura había partido hacia lo alto de Los Barrancos, para tomar las fortificaciones e impedir que huyeran los efectivos de retén que hubieren quedado tras los muros.

En pie, Federmann, contemplaba a Álvaro, que sentado en el suelo, se realizaba la primera cura en un corte que le habían infringido con un machete…

Justo en aquellos momentos aparecía Guyapín que había subido hasta los fortines recién ocupados.

-¿Ha podido escapar algún enemigo hacia Barrancas?- preguntó Álvaro.

-¡Lo han intentado…! ¡Pero, les ha sido imposible!-sonrió siniestramente el tuerto- ¡Han caido uno a uno, los mirmidones y los indios…! ¡No habían dejado una sola montura ahí arriba! ¡Han caido igual que los que se ha tragado la zanja, la muy maldita nos ha hecho sudar esta madrugada, pero nos ha dado una victoria incontestable!-terminó señalando a la humeante fosa que los hombres habían cavado la pasada madrugada y cubierto con ramas y hojarasca, después de haberla rociado de pez inflamable.

-¡Bien hecho comandante…!- dijo Álvaro mientras se apretaba un vendaje improvisado.

-¡Aguardad, mi señor…! ¡Reclamaré a Osunya, que venga! ¡Cura esas heridas como la vieja Guarima! ¡Por cierto…! ¿Ha partido mensajero hacia la flota?- el gigantón preguntó.

-¡Puntualmente, comandante…!- le respondió Federmann que mantenía su corcel y el de Álvaro por las riendas.

-¡Que entierren a los muertos Guyapín, los enemigos también, que los echen en la fosa y luego la cubran con tierra! ¿Cuántas bajas hemos tenido en total Federmann?- Álvaro se había puesto en pie sujetándose el torniquete que se había hecho en precario.

-¡Hemos perdido dieciocho hombres de a pie, soldados de Angostura, nueve jinetes de nuestra hueste, y entre los indios han perecido dos aravacos, quince mamo y un zenú, de los de mis tierras del Sinú!- respondió el alemán.

-¡En total cuarenta y cinco muertos! ¿Heridos graves?- volvió sobre el tema Álvaro.

-¡Tenemos doce heridos, pero todos ellos tienen curación, solamente uno perderá un miembro, la pierna!- respondió Federmann.

-¿Quién es?- preguntó Álvaro.

-¡Es un soldado de Angostura! ¡De los pocos que se siguen manteniendo católicos! ¡Su gracia es Juan de la Torre y Poncela!- aclaró Federmann- ¡Ha luchado con bravura en el flanco de mis filas, defendiendo a los arqueros aravacos de la oleada de indios enemigos!-

-¡Llevadme ante él!- ordenó Álvaro- ¡Y que nos acompañe el alférez, Mateo Ruiz!-

Los cuatro hombres, dejaron a un lado la zanja humeante que apestaba a carne quemada, y anduvieron unas treinta varas, en donde bajo unos toldos se había instalado la enfermería bajo la colosal pared rocosa de Los Barrancos. El grupo recorrió las hileras de heridos que acababan de ser atendidos por Celsius, el galeno y por los curanderos indios… El muchacho mutilado, estaba tomando ron para no sentir el dolor de la amputación.

-¡Soldado Juan de la Torre!- exclamó Álvaro-, y el pobre joven, sudoroso y contraído en su expresión por el dolor, incorporó el torso sobre los codos- ¡Que Don Mateo, al que acabo de nombrar notario de la Hueste de Guay Naya, y el comandante Guyapín de Angostura, tomen nota de que por espacio de dos años, tendrá una ventaja de dos doblones de oro de a ocho, cada mes, hasta que pueda entrar al servicio de la flota de Angostura con empleo de oficial! ¡Asimismo que se tome nota que dicha ventaja será sufragada desde la Hueste de Guay Naya por espacio de un año desde ésta jornada!- y sin que nadie lo hubiera advertido del cinto que llevaba bajo la faja, extrajo dos enormes monedas, que depositó en manos del joven soldado.

Con aquél gesto, como un poco más tarde le dijeron tanto Federmann como Guyapín, había ejercido como verdadero señor natural y caudillo de los de Angostura, a la par que estrechaba los lazos entre su hueste y las compañías de mestizos de Angostura. Tras el gesto que había tenido hacia el joven mutilado, llegó el curandero caribe de Angostura… El menudo hechicero, un caribe del Coba Naya, las riberas del Orinoco a la altura de Angostura, era tenido como una autoridad en lo que a curaciones se refería, heridas y mordeduras de serpiente eran sus especialidades según resoplaba Guyapín cada vez que se hablaba de él.

Con evidente veneración, el caribe coba, hundió sus ojillos azabache en el corte amplio de machete que ostentaba Jaguar en el músculo de su brazo izquierdo. Mientras con celeridad iba masticando las hierbas que seleccionaba minuciosamente de la bolsa de costado que nunca le abandonaba… A continuación y cuando le pareció que tenía el emplaste a punto, con dos tiras de corteza de árbol, lo fijó en el tajo a modo de vendaje, mojando con agua las cortezas.

-¡Ya conocéis el remedio…! ¿Verdad, mi señor?- sonrió abiertamente Guyapín.

-¡Así es, comandante!- respondió Álvaro. Mateo Ruiz y Federmann habían manifestado una cierta incredulidad ante la medicina del pequeño caribe. Pero el sesudo galeno de las gentes de Federmann, venido desde la lejana ribera del Sinú, que había contemplado la escena mientras visitaba a los heridos de la batalla, quiso certificar la bondad del tratamiento caribe.

-¡No temáis…! ¡Ese viejo curandero caribe, es tan de médico como yo, esas hierbas en fermentación que os ha aplicado a la herida, van a impedir que se infecte y al tiempo permitirá que cicatrice bien!- dijo Messer Robert Celsius Phalberg, nacido en la lejana Maguncia y que era discípulo del discutido Paracelso.

-¡No padezco Messer Celsius…! ¡En Angostura, ya me trataron con un vendaje similar en un tajo que recibí en el costado! ¡El resultado fue inmejorable!- sonriendo Álvaro le quiso manifestar que no sentía aprensión por la curación del curandero Osunya. El hombrecillo que entendió a la perfección la confianza que se le otorgaba se retiró realizando una reverencia al Jaguar que había poseído a la Yacu Ayura.

-¡Es difícil dar con alguien más afortunado que vós…!- susurró Federmann.

-¡Si conocierais mis cuitas en toda su extensión no lo afirmaríais con tanta ligereza!- Álvaro mostró su guantelete, que escondía una mano mutilada y un pasado moteado de terribles hechos.

-¡Aunque llevéis a vuestras espaldas un rosario de tormentos…! ¡Don Álvaro! ¡No podéis negar que paso que dais, acierto que os surge, y muy especialmente desde que dejamos atrás los altos del Perijá! ¡Estas jornadas están tocadas con el favor del dios de la guerra!- reconvino el alemán.

Álvaro le miró directamente a los ojos, Federmann había sido un camarada de armas inapreciable desde las jornadas de Malta, cuando ejercieron de enlaces al servicio de Don Juan de Austria, en el Tercio Viejo de Nápoles. Librando los muros del castillo de San Telmo baluarte de los Caballeros de San Juan, de asaltantes otomanos y a la vez liquidando algún que otro agente albista, forjaron un lazo de amistad de gran fuerza. De sus compañeros de armas, Federmann habíale inspirado desde antiguo confianza como pocos; figuraba junto a Cervantes y a Gerardo García, el vizcaíno, y otros esparcidos por los amplios dominios del Rey Felipe, en una galería de hidalgos luchadores, de gentes liberales y gentiles, fieles a Cristo y al Rey, pero enemigos de la injusticia, el abuso y aquellos que veían en la cruz y el servicio al Rey, instrumentos para lograr sus obscuros designios y favorecer intereses bastardos. Le puso la mano derecha en la espalda, y sonrió recordando los buenos tiempos.

-¡Sé lo que queréis decir, Don Nicolás! ¡Pero pensad que estoy en estos lejanos reinos salvando el cuello de una persecución atroz, no como vos! ¡Vos, como Don Gerardo, tenéis aquí hacienda y fortuna, familia y amores! ¡Todo eso tenéis, y cuando doy con vosotros, buenas peleas!- ambos soldados se echaron a reír, justo cuando Guyapín les llamó la atención sobre los buques se acercaban al embarcadero de Ocagua. Era Dama Cecilia, la Yacu Ayura la que venía hasta ellos.

Álvaro, se revistió con la coraza, la capa roja, el yelmo y montó en Relincho, ordenó formar un pelotón de honores para recibir a la señora de Angostura, encabezado por él mismo, por el alférez Ruiz, y el estandarte y veinte jinetes tudescos al mando de Federmann que también se había cubierto con su yelmo flamenco con penacho blanco.

-¡Que nadie le diga a Dama Cecilia, nada sobre mi herida!-soltó Álvaro con media sonrisa tras las protecciones del yelmo. Y sin mediar más palabra, el pelotón de honores partió para interceptar la comitiva de la señora de Angostura.

Se encontraron a una milla de distancia del campo de batalla, y el flamante pelotón de honores se sumó a la columna que escoltaba a Dama Cecilia con destino a los acantilados de Los Barrancos.

-¡Sé que estás herido, no quieras engañarme!- le susurró ella- ¡Te arriesgas demasiado! ¡Deseo besarte, y ver tus heridas!-

-¡Mi señora…! ¡Hemos de mantener la compostura, en breve llegaremos a un lugar que alberga cerca de quinientos cadáveres, de rebeldes al servicio de Don Andrés, y de algunos de nuestros buenos soldados! ¡Pero…! ¿Qué sabéis vos de mi herida, si estabais lejos de donde se libraba el combate?- iban al trote, Álvaro que se había descubierto la cabeza junto a Dama Cecilia se preguntó que había podido delatar que andaba con un segundo tajo de machete mirmidón.

-¿Olvidas acaso que compartes lecho y trono con una Yacu Ayura? ¡Será imposible que me ocultes nada!- Cecilia Ordóñez dijo aquello en tono jocoso, pero el fondo era sentido.

Cuando llegaron al campo de batalla, Guyapín presentó sus respetos a su reina y señora, y se sumó a la comitiva, que se dirigía a lo alto de los farallones, para inspeccionar los bastiones tomados a los mirmidones de Don Andrés.

Recorrieron el tramo de subida con tranquilidad, bajo el sol de mediodía. Los bastiones de Los Barrancos, eran un grupo de fortificaciones de dos plantas, construidas en adobe y con almenas en el piso superior que contaban también con cuatro piezas medias de artillería que podían moverse merced a estar montadas sobre un par de ruedas.

-¡Estas piezas serán de gran utilidad en las próximas jornadas!- observó al verlas Álvaro. Comprobaron que no quedaba resto de enemigos alrededor de los bastiones, desde una pequeña plataforma que suponía un tercer nivel en el bastión asomado sobre el farallón, desde allí arriba, se dominaba el llano que separaba el acantilado del embarcadero, y girando hacia poniente, se advertía la meseta llana de la pradera que abría la ruta a Tabasca y a Maturín, según indicó Gayupín.

-¡Todavía quedan restos de la última batalla, y ya estáis pensando en las que vendrán!- Dama Cecilia intervino-¡Un tiempo, tendrán que descansar las tropas! ¡Se habrán de reponer fuerzas! ¡Tendrán que trazarse los planes de las próximas acciones! ¿O no?-

-¡Como siempre, mi señora tiene toda la razón…! ¡Comandante Guyapín…! ¿Tenemos algo con lo que reponer fuerzas?- exclamó solemnemente Álvaro.

-¡Los defensores de este bastión, tenían una buena despensa, algo ya ha partido hasta la base del farallón…! ¡Carne de cerdo salvaje en salazón, en gran cantidad! ¡Esa carne asada a las brasas es deliciosa, manjar de bucaneros franceses, como el vino que estos granujas almacenaban en las bodegas! –el comandante tuerto se relamía solamente de pensar en el banquete.

-¡Guyapín, que nos preparen una alcoba arriba, quiero ver la herida de Don Álvaro! ¡Y ese banquete que se prepare en una sala de este bastión!- ordenó Cecilia Ordóñez.

-¡Don Nicolás…!- Álvaro de volvió hacia su camarada tudesco- ¡Aseguraos que la tropa reponga fuerzas y que no se pasen con el vino…! ¡Después subid con Bernardo, durante el banquete trazaremos los trabajos de las jornadas que se avecinan, Hernando y Yeguínay deben asistir!- las ordenes de Álvaro, sin contradecir las de Dama Cecilia, iban en sentido contrario… Ella quería sosiego, él apremiaba.

Durante la preparación del banquete, Dama Cecilia reclamó la presencia de Álvaro junto a ella en una cámara que habían dispuesto en el piso superior del bastión, donde descansarían aquella tarde.

-¡Te lo ruego…! ¡Te han causado dos heridas, llevas desde hace tres días en combate continuo sin descanso alguno, no es preciso que sigas poniéndote a prueba a ti mismo!- le rogó ella.

-¡Ahora mismo, estamos en territorio dominado por los que se han rebelado contra vos! ¡Los que hemos enviado al infierno esta mañana, son camaradas de los que asaltaron hace tres noches tu palacio de Angostura…!- mientras se quitaba la camisola para que Cecilia Ordóñez pudiera ver las heridas, Álvaro respondía al requerimiento de su compañera de trono- ¡Hemos de aprovechar la sorpresa que les hemos causado y seguir con el plan hasta el final, de lo contrario, dejaremos la piel aquí, o en el Amacuro…! ¿Es que no os dais cuenta?-

-¡No me trates de vos, cuando estamos solos! ¡Yo no hago, ni lo volveré a hacer, Jaguar! ¡La herida de Angostura, la tienes casi curada…! ¡Tu carnadura es fuerte…!-dijo ella- ¡Y el vendaje de Osunya, está bien, también sanarás pronto del brazo!- ella siguió con las caricias y con una mirada de malicia y deseo le buscó.

-¡Después tendremos tiempo para nosotros…! ¡Ahora debemos acudir junto a los capitanes, nos aguarda el banquete de la victoria, Cecilia!- él selló sus palabras con un beso. Se incorporó estirando sus miembros y se puso una camisola blanca de lino limpia que ella había hecho traer. Dejó coraza y armas, y se ajustó sobre los cintos abolsillados, la faja roja con la que cubría una parte de la fortuna que llevaba consigo. Ella le puso sobre la camisa, el jubón de cuero, y sin prenda de cabeza, él la cogió del brazo para descender al piso inferior donde aguardaba hambriento, su estado mayor.

A su regreso al improvisado comedor, él apareció con la determinación escrita en el rostro, y en la mirada de ella, se dibujaba la resignación… Los hombres se alzaron y los vitorearon al entrar en la sala escoltados por los ocho indios, y los capitanes se apartaron para dejar lugar a la reina del Guay Naya y al paladín que ella había elegido. la mesa estaba dominada por el aroma a carne asada al estilo de los bucaneros franceses y moteada de botellas de un vino de tono intenso como la sangre…

-¡Es evidente que mi hermano rebelde, Don Andrés, cuida bien de sus guarniciones! ¡Tomaremos nota de ello para mejorarlo en Angostura!- exclamó alegre Dama Cecilia, alzando una copa en la que Álvaro le había servido de aquél intenso vino- ¡Caballeros, gozad de esta mesa tras haber sufrido en el campo de batalla!-

El brindis fue realizado por todos, y todos echaron cuchillo y mano a su ración de asado, humeante todavía. Era curioso ver a una reina, ataviada como un soldado más, en aquella mesa donde se comía sin excesiva etiqueta, el pan de cazabe se partía con las manos, la carne se mordía del trozo enarbolado en el cuchillo de combate, y el vino se trasegaba con una alegría de vértigo.

-¡Guyapín, felicitad al maese cocinero, por el asado!- dijo en voz alta Álvaro.

-¡Han sido algunos de nuestros mejores capitanes, bajo mi mando, mi señor…!- rió maliciosamente el tuerto, guiñando el único ojo-¡De joven anduve preso de bucaneros franceses en La Martiníca y en sus refugios ocasionales de Tobago! ¡De ellos aprendí a asar el cerdo salvaje, y les dejé en pago éste que me falta, al despedirme de ellos!- dijo esto último señalando al parche que cubría la órbita del ojo que faltaba.

-¡Es cierto…!- susurró Cecilia Ordóñez a Álvaro- ¡Fue capturado por los franceses de La Martiníca, a los quince años, y un año después en Tobago pudo huir, pero en la fuga perdió un ojo!-

-¡La pregunta es…! ¿Qué perdieron los bucaneros?- bromeó Álvaro.

-¡Un bergantín, el que ahora es el buque insignia de Angostura, Guyapín y los prisioneros que logró sublevar, lo trajo hasta nuestro Dominio, aún estaba entre nosotros Don Tello, y el padre de Guyapín, el capitán Alejandro Armenteros, aquello fue una fiesta!-recordó Dama Cecilia.

-¡La cuestión ahora es…!- rugió poniéndose en pie Guyapín- ¿Cuál será el próximo paso de éste ejército que mandado por un jaguar, permanece invicto?-

-¡Muy oportuna vuestra cuestión, comandante! ¡Pero a ella responderé con otra pregunta! ¿Cuándo tendremos luna llena?- puesto en pie, Álvaro planteó el inicio de los planes a seguir ante todos los oficiales, planes que había trazado secretamente con el taimado Guyapín antes de la toma de Ocagua.

-¡La luna llena empieza esta misma noche, por el tiempo de una semana!- respondió Dama Cecilia, con un hilo de voz.

-¡Perfecto!- rugió Álvaro- ¡Con un enemigo que todavía no sabe lo que está sucediendo en su territorio, disponemos de siete jornadas para golpear una tras otra y movernos durante las noches iluminadas para pasar inadvertidos en lo posible!-

-¿Qué nos ordenáis, mi señor?- alzó la voz el comandante, ante la expresión de ansia del resto de los capitanes, mientras extendía sobre la mesa un enorme mapa de la zona.

-¡Nos dividiremos en tres cuerpos armados…! ¡El primero tendrá a su cargo proteger con la flota, los embarcaderos y las islas Pájaro, hasta el sexto día, estará a las ordenes de nuestra Dama, asistida por el capitán Raya!- empezó a explicarse Álvaro- ¡El segundo cuerpo lo formarán tres compañías de Angostura y el ejército mamo de Yeguínay…! ¡Su cometido será ir sometiendo a los poblados bajo la influencia de los Guayaquiles de Don Andrés, atacando al anochecer o al alba, uno por uno los poblados enemigos, de las zonas lindantes con los mamo, de forma que nuestros aliados mamo amplíen nuestra área de influencia en detrimento de la de los Guayaquiles! ¡Ganaremos así el dominio de la ribera occidental del Orinoco, y sus embarcaderos! ¡El tercero, estará formado por la columna que hoy ha resistido el envite del escuadrón de los mirmidones al pie del acantilado, con los aravacos incluidos, mi lugarteniente Bernardo Cabrera vendrá conmigo, así como el capitán Nicolás Federmann! ¡A caballo, sin realizar ataque alguno, nos desplazaremos hasta el puerto de Macuro, en la Boca del Dragón! ¡Cabalgaremos de noche y descansaremos de día! ¡Según sabemos, la flota de Don Andrés está en Macuro dominando el golfo de Paria, en una noche la atacaremos y la destruiremos para regresar después lo más rápidamente posible y llegar a la cita con los otros dos cuerpos al amanecer del séptimo día…!- se interrumpió Álvaro, para comprobar la atención de los capitanes, que habían seguido la exposición y como con la daga su general les describía los movimientos a realizar.

-¿Dónde nos reuniremos, Don Álvaro?- preguntó Bernardo Cabrera.

-¡La flota, aguardará frente al embarcadero de Barranca, la plaza fuerte de Don Andrés en el Orinoco, y el comandante Guyapín y nuestra columna nos reuniremos a espaldas de los bastiones artillados que defienden el puerto rebelde!- propuso Álvaro.

-¿Y qué haremos?- preguntó sonriendo el capitán Raya.

-¡Arrasaremos la posición de los mirmidones sobre el gran río…! ¿No?- bramó exultante Guyapín.

-¡Eso haremos, mis capitanes…!- exclamó Álvaro sonriente y mirándolos a todos en círculo- ¡El puerto de los mirmidones quedará en nuestro poder, arrancaremos las piezas de artillería que allí tengan para mejor defensa de Angostura y la flota nos embarcará para pasar al delta del Amacuro, donde ayudaremos a nuestros camaradas a vencer al ejército de los sublevados allí!-

-¡Diez o más jornadas más de lucha!-susurró Dama Cecilia.

-¡A nadie le van a quedar deseos de sublevarse contra la legitima señora del Dominio del Guay Naya!- Guyapín se puso en pie alzando su puño. Los hombres se alzaron con las copas en mano para brindar por la victoria. Tras el brindis, los capitanes se agruparon y Guyapín ayudaba a Álvaro a impartir las instrucciones de preparación y la distribución de los pertrechos… La agitación era enorme, había de nuevo ansia, pero sabían que parte de la tarde se aprovecharía para reposar, y al caer la noche, emprenderían de nuevo sus acciones… Bernardo estaba encantado de volver a la acción a las ordenes de Álvaro.

Álvaro y Dama Cecilia se retiraron a la alcoba que les habían preparado, ella había hecho traer más ropa blanca, un balde y jofainas de agua, así como algunas de sus cosas… Tras la comida, la sensualidad se apoderó de ambos, mientras ella con una esponja limpiaba su piel, de la suciedad del combate que todavía quedaba en su piel, y cuando terminó la esponja dio inicio con las manos y los labios otra limpieza, la del ardor y la pasión que fue de inmediato correspondida por el soldado al que todavía le restaban fuerzas para satisfacer a aquella reina hechicera, a la que no sabía si amaba o solamente la deseaba.

El timbal de los soldados de Angostura les despertó, se vistieron, en el exterior la agitación era evidente por el trajín ruidoso, cuando salieron al exterior, pudieron ver el horizonte perfilado en el llano de Tabasca mediante una línea rojiza que separaba el firmamento de color metálico, moteado de nubes anaranjadas, de la tierra parduzca que estaba salpicada de bosquecillos de árboles de todos los tamaños. En las callejuelas que se formaban entre los bastiones, los soldados habían encendido fuegos, y se tomaba sopa de mandioca caliente, y algún que otro trago de chicha. Los arcabuces, mosquetes y ballestas estaban agrupadas en pabellón, por pelotones; en el exterior Bernardo, Federmann y Juan Cabrera comprobaban que los caballos de la expedición hubieran forrajeado y abrevado correctamente.

En pie, junto a una hoguera sobre la que un caldero contenía humeante sopa, Álvaro abrazaba a Cecilia Ordóñez, no se habían abrigado en exceso y el viento del crepúsculo era frío. Uno de los soldados de Angostura, les tendió un cucharón con sopa humeante…

Él le cedió el cucharón, la sopa le haría bien al cuerpo. Abajo en la base del acantilado, Guyapín estaba formando sus tres compañías, con tres escuadrones de caballería, y la legión de caribes mamo, una recua para provisiones, munición y pertrechos, y llevaba consigo dos de las cuatro culebrinas con ruedas que habían tomado de los baluartes.

Raya se acercaba entre los hombres que comentaban antes de emprender la nueva campaña…Venía a por Dama Cecilia, para que estuviera segura a bordo del bergantín insignia.

-¡Buenas noches, capitán…!- le saludó Cecilia Ordóñez- ¡En unos instantes partiremos al buque de Angostura! ¡Antes deseo despedirme de Don Álvaro!- Raya, hizo una leve reverencia y se quedó junto al fuego rogando con la mirada que le dieran un cazo de sopa de mandioca. Los señores de Angostura regresaron hacia el interior del baluarte…

-¡Estos dias la estación de las lluvias se mostrará con fuerza, las nubes que hemos visto lo presagian! ¡Deberás llevar contigo también la capa de cuero untada de hule, te protegerá de la lluvia!- le decía dulcemente mientras le cubría con el jubón de cuero, uno de los marineros del bergantín y tres hombres más habían llevado hasta la alcoba el arcón con el que viajaba Álvaro desde Portobelo. Álvaro suspiró al ver la pieza… Del cuello llevaba colgada la llave del candado que cerraba el cofre, lo abrió y tomó del interior, lo que iba a precisar en la campaña, su catalejo, la cota de malla, la gorra flamenca y la capa de hule.

-¡Ya lo habría pasado a buscar yo mismo por el bergantín!- dijo él sobriamente-¡Ahora será preciso que lo vuelvan a embarcar!- y la miró con intensidad. A continuación empezó con el ritual de colocarse la coraza y las armas al cinto, tuvo buen cuidado ayudado por Cecilia Ordóñez de colocarse la cota de malla, sobre la camisola…

-¡Lo de Macuro, no será un paseo, Jaguar…! ¡Cuídate y vuelve!- le dijo ella con la mirada ardiente.

-¡Cuando esté de regreso en Barrancas, tendrás esta guerra, casi ganada!- le respondió Álvaro con una media sonrisa.

-¡Ni tú, ni yo valemos para las despedidas…! ¡Regresa Jaguar!- y ella se colgó con toda la fuerza de la tierra para hurtarle un largo beso que recordar durante les próximas veladas.

 

A ochenta leguas de Los Barrancos, en el extremo occidental de la Península de Paria se halla el puerto castellano de Cumaná, un puerto menor, auxiliar de Puerto de la Cruz alejado unas diez leguas hacia el oeste. Cumaná estaba protegido por el golfo de Cariaco, cuya entrada dominaba y constituía el postrer puesto militar castellano de la costa del Atlántico en las cercanías de las turbulentas islas de Margarita, Trinidad y Tobago. Cumaná era también un nido de informadores y espías, así como de contrabandistas y arriesgados comerciantes, una guarnición tan experimentada como la de Puerto Ordás, en el Orinoco, mantenía dignamente el pabellón de Castilla en aquellos pagos olvidados de la Audiencia Real y tenidos por la Corte Virreinal como la frontera con el mundo bárbaro.

Lejos de ser una ciudad afectada de pobreza, residían bastantes fortunas de la zona, selectos criminales y osados ladrones. A pesar de ello, los alguaciles gozaban de una tranquila existencia en la ciudad, no se daban conflictos en ella, a pesar de que se planeaban largamente.

En esa ciudad tenía una bella residencia, Don Andrés Ordóñez, en donde gustaba acordar alianzas y negocios, un palacio con jardines y fortificado conocido como el Alcázar del Castizo.

Aquella mañana que alternaba el sol con nubes blancas que semejaban algodón, a las puertas del Alcázar criollo estaba el alférez Rafael Cabrera, aguardando que aquella guardia, formada por soldados mestizos, vestidos de cuero negro le franquearan la entrada. Las paredes de los muros eran de color albero9 con almenas morunas rematadas en piedras blancas. Las esquinas de las almenas estaban coronadas por garitas bien cubiertas dotadas de amenazantes aspilleras. Allí, en Cumaná, el poder de Don Andrés Ordóñez era mucho más evidente que en la lejana Cartagena, pensaba el alférez de la Hueste Reconquista.

Rafael Cabrera, ataviado como el oficial que era, sostenía del bocado su montura, mientras pensaba en las duras jornadas que con sus capitanes había vivido desde la infortunada batalla de los llanos hasta la arribada a la ciudad de Coro. Y allí estaba él, en Cumaná, para parlamentar de nuevo con el misterioso baquiano mestizo del Orinoco, que desde antaño, estaba en la red clientelar de Don Bermudo Menéndez y su gente de Santo Domingo.

Habría que decirle a Don Andrés, que su amigo Don Bermudo, había pasado a mejor vida, y que su hermano Rodrigo, recién llegado de Castilla deseaba renovar los tratos y la alianza suscrita de viejo por su hermano.

Un cabo llegaba cruzando los jardines del interior del Alcázar, como toda la tropa de Don Andrés su uniforme era de cuero negro, lo que les daba un aspecto temible y muy guerrero, sus armas eran el machete y un pedernal en el caso de los mandos y oficiales. Cubierto con un amplio chambergo negro de cuero impermeabilizado con hule, mostraba su grado de cabo por la fina pluma de tucán que lucía el sombrero.

-¡Puede pasar, Don Andrés le recibirá, pero debe dejarme sus armas, no están permitidas a los visitantes en el Alcázar!- dijo el cabo. Tras recogerle espada, daga y pedernal, el centinela le franqueó el paso y al fin pudo penetrar a través de la puerta lobulada que daba acceso al torreón de entrada, cruzar el portalón y el túnel que le seguía y emerger al jardín de palmeras y parterres de plantas exóticas y medallones de rosas, flores y orquídeas que se abría tras la muralla. Pudo percatarse de que el interior estaba muy cuidado, con canalizaciones de agua y estanques con nenúfares y flores de agua, al fondo estaban situados unos huertos y grupos de árboles frutales de manera que el Alcázar tenía su cosecha propia…El cabo le precedía…

-¡Soy el cabo Díaz, señor! ¡Le acompaño hasta el Palacio Ordóñez, en donde reside Don Andrés que le recibirá enseguida! ¡Habrá de aguardar unos momentos a que termine de despachar con sus enlaces!- le dijo el cabo mirmidón.

-¡No será ninguna molestia, cabo! ¡Aguardaremos lo que sea preciso, traigo nuevas de Bermudo Menéndez y sus capitanes!- respondió Rafael. Cuando se refería a “sus capitanes” se le aparecían las imágenes de Sigura, Cárdenas, y los otros… Gente venida de Castilla, que se creían superiores a las gentes de los reinos de Indias… El alférez era uno de los muchos afincados en los reinos nuevos de aquél inmenso mundo nuevo, que eran las Indias Occidentales, que se veían alejados de corazón de la vieja Castilla, con sus protocolos, sus impuestos abusivos y la altanería de los funcionarios y altos dignatarios que el Rey Felipe se obstinaba en enviar. Le gustaba tratar con hombres como el castizo Don Andrés, que a pesar de ser hijo de una mujer caribe, según decían, encarnaba el clásico hombre de empuje que a buen seguro lograría algún día la grandeza de aquellos nuevos reinos y de las gentes que en ellos habitaban.

Fueron llegando a a un bello edificio, que a pesar de su apariencia, tenía todo lo necesario para ser una fortaleza defendible con facilidad, una alta torre de homenaje de planta cuadrada, muros coronados por almenas elegantes y que en las dos primeras plantas, solamente presentaban aspilleras como abertura, en la tercera planta, las ventanas lobuladas constituían una verdadera galería. El conjunto estaba pintado del mismo color que las murallas del Alcázar, y sin ser exagerado en sus dimensiones sugería una cierta amplitud en su interior.

Al llegar a la puerta herrada que daba acceso al palacio, un mozo se hizo cargo del caballo de Rafael, y él siguiendo al cabo se internó en el palacio salvando a dos guardas con alabarda. El interior del palacio estaba formado por un sereno atrio de sobria decoración, rodeado por un porche que sostenía dos pisos superiores, todo trabajado en piedra y mármol. Aquél edificio en su sencillez tomaba la elegancia de la nobleza de los materiales con los que estaba construido. El atrio, concebido como un patio para tomar el fresco, fue cruzado por ambos y las losas del mosaico resonaban al ser holladas por las botas con espuela, de los dos soldados.

Rafael fue introducido en una antesala, una puerta castellana guardada por dos alabarderos indicaba que Don Andrés se hallaba tras ella, y el cabo Díaz dejó amablemente a Rafael en manos de los guardas de la puerta.

La presencia del mestizo Ordóñez quedó evidenciada, por los gritos iracundos que se escuchaban al otro lado de la puerta.

-¿Y nadie les ha visto, decís? ¡Pero qué sois…! ¿Soldados o viejas desdentadas y ciegas!- gritaba el dueño del palacio. Los alabarderos ponían cara de circunstancias en presencia de una visita como Rafael, ya conocido de otras veces. Voces apagadas intentaban apaciguar la tormenta que se les venía encima, pero lo tembloroso de su tono, delataba que lo peor estaba por llegar, y así fue efectivamente, Rafael no pudo distinguir lo que las voces comunicaron, pero la respuesta resonó con fuerza atravesando la recia puerta…

-¡Pero sabéis lo que estáis relatando…! ¡Nuevas como éstas no se comunican, se muere en el empeño de que no sean realidad, cobardes!- el vozarrón de Don Andrés tronó con fuerza y claridad. Pero en esta ocasión fue contestado con un punto de indignación y de forma audible.

-¡Os puedo asegurar que los caídos en Los Barrancos, no tenían ni un ápice de cobardía y lo demostraron entregando por vos la vida! -había espoleado una voz serena pero con tono de indignación y ofensa.

La conversación se zanjó con tres brutales gritos de Don Andrés conminando a luchar hasta la muerte contra el enemigo. No medió más palabra, la puerta se abrió y tres oficiales salieron de la sala, ataviados de negro, todos ellos con rastros de reciente lucha, y uno con el brazo en un cabestrillo, atravesaron la antesala y sin dirigir mirada a nadie se perdieron en el dédalo de corredores.

Uno de los alabarderos le hizo una señal para que entrase en el despacho de Don Andrés, y Rafael Cabrera tras respirar hondo se dirigió a la entrevista. El alférez de la Hueste Reconquista, que acudía en nombre de sus capitanes con el morrión de acero emplumado sostenido por el brazo entró en una amplia estancia bien iluminada por grandes ventanas… Al fondo bajo un tapiz se hallaba una silla curial sobre una plataforma de madera barnizada, y junto a ella estaba en pie, Don Andrés Ordóñez, a la izquierda una vasta mesa estaba cubierta por multitud de mapas desplegados, por lo que pudo deducir que la sala estaba concebida tanto para la recepción como para los consejos de capitanes.

El hombre a quien venía a visitar, estaba ataviado con una elegante ropilla y pantalones ajustados de color negro, con greguescos acuchillados y calzaba botas de montar sin espuelas. Sus facciones, reflejaban la dureza de carácter del mestizo, de piel obscura, ojos negros y pelo azabache ralo, como el mostacho que ensuciaba el rostro.

-¡Mi señor Rodrigo Menéndez, os presenta sus respetos Don Andrés Ordóñez!- saludó Rafael.

-¡Vamos a necesitar algo más que sus respetos!- respondió agreste y con la mirada torva-¡Mis hombres acaban de traerme las peores noticias imaginables!-

-¡Señor…! ¡Disculpad, quizás no sea el mejor momento, pero estamos pendientes de vuestra respuesta a la proposición que se os realizó en Cartagena de Indias! ¡No hemos sabido, ni de vos, ni de vuestra hermana!- Rafael advertía que el momento no era propicio, pero había de insistir sobre la oferta de alianza que estaba abierta desde Cartagena.

-¡Hace mucho tiempo, que tengo tratos con los hermanos Menéndez…! ¡La verdad, siempre ha sido provechoso tratar con tus señores!- Andrés Ordóñez respondía como si estuviera hablando consigo mismo, y su deambular por el espacioso despacho intensificaba dicha impresión- ¡Vuestra oferta, no puedo ocultarlo, tiene un punto de difícil asunción por nuestra parte…! ¡Don Leopoldo, el Virrey de Siete Virtudes, es como vuestros señores, un viejo aliado y amigo, que además es vecino en sus dominios, con los nuestros, y un importante cliente! ¡No nos ata pacto escrito alguno, ni tan sólo una alianza establecida verbalmente, pero no menospreciéis la riqueza y fuerza del pequeño virreinato, Don Leopoldo es un príncipe a tener en cuenta en todo este inmenso territorio del Orinoco y del Guay Naya!-

-¡Asi pues…!- susurró Rafael Cabrera- ¿No hay trato?- una cierta decepción se dibujaba en la expresión del hombre de confianza de los Menéndez.

-¡Yo, no os he dicho tal cosa!- saltó el mestizo- ¡Solamente estaba dando razón de la importancia que para nosotros tiene la relación con el virreinato de Don Leopoldo…! ¡También debéis tener en cuenta, que la relación con vuestros señores, afecta principalmente a mi persona, y al territorio y negocios que me competen, de los que mi señor padre me dejó en tutela…! ¡Mi hermana, Doña Cecilia, está al corriente de nuestros tratos, pero ella no está en ellos, ni corre riesgos, ni mucho menos recoge ganancias!- el hermano de Cecilia Ordóñez seguía con su exposición- ¡Tenemos algunos desacuerdos, mi hermana y yo, mas bien fuertes diferencias…!-

-¡Nada hay que no tenga remedio!- aventuró Rafael Cabrera sin saber muy bien lo que acaecía.

-¡Erráis, Don Rafael! ¡En su orgullo y ambición, mi hermana ha ido demasiado lejos…! ¡Además, ha tomado como mercenarios a un intruso y su hueste, a ése teule que vuestros señores buscan para cargarle de cadenas!- al llegar a ese punto Andrés Ordóñez dejó de circunvalar su silla curial y tomo asiento en ella, Rafael Cabrera permanecía en pie ante él. Tras el pequeño trono del mestizo, en la pared, había colgado el inmenso tapiz que viera al entrar, el cual representaba un mapa del territorio, desde la península de Paria, hasta más allá de las bocas orientales del Orinoco, y desde las islas de Trinidad, Tobago y Margarita al norte hasta los confines del territorio Omagua en el selvático sur, el reino de la canela, la vainilla y según decían, el oro. Aquel inmenso mapa atrajo la atención del alférez de la Hueste Reconquista, estaba lo suficientemente ilustrado como para que fuera evidente que el territorio albergaba riquezas y muchas posibilidades… El dominio que Don Tello dejara a sus hijos bastardos, los mestizos Cecilia y Andrés era totalmente desconocido en Santo Domingo. Y en las bocas del norte del delta, se señalaban los territorios y plazas del Virreinato de Siete Virtudes, el primer objetivo de las Capitulaciones que traía consigo, Don Antonio de Sigura.

-¿Qué enfrenta a vuestra hermana con vos?- preguntó Rafael.

-¡Pues todo, señor alférez!- replicó iracundo Andrés Ordóñez, alzándose cuan largo era- ¡Nuestro padre dejó estipulado que mi herencia se extendía desde nuestras tierras en la península de Paria, la mitad oriental de la misma con su puerto de Macuro, hasta la ribera del Orinoco en el puerto fluvial de Barrancas, abarcando así el altiplano de Tabasca y los llanos de Monagas, con la ribera occidental del Orinoco desde Barrancas hasta la boca de Caño Mahamo! ¡Es un territorio que incluye la plaza de Maturín y un sinfín de poblados caribe, de la nación de los Guayaquiles y sus súbditos, y de los tótems Uracoa y Tucupita los que dominan ambas orillas del Orinoco a lo largo del delta!- mientras le hacía la exposición, utilizando su espada como puntero el mestizo señalaba en el tapiz los lugares a los que aludía- ¡Como veis es un territorio extenso, debidamente poblado, apto para la ganadería y la agricultura en gran parte, la selva se ciñe a las cercanías del gran río, el Orinoco!-

-¡Vos tenéis la parte más rica del territorio que regentaba vuestro padre! ¡No podéis tener queja alguna, la más civilizada y productiva parte del Dominio de Don Tello!- quiso observarle Rafael Cabrera.

-¡Es la más conocida por vosotros los teules, pero no la más rica…! ¡Fijaos…!- y señaló todo el delta- ¡El Amacuro, como decimos nosotros…! ¡El delta del Orinoco como llamáis vosotros! ¡En la costa y sus islotes, el Virreinato de Siete Virtudes, con sus ciudades y mercados, cada ciudad de las siete fundadas hasta ahora, tiene su puerto y comercian con las islas de Margarita, Trinidad y Tobago en régimen de monopolio, la parte central y sur del Amacuro se halla bajo la influencia de mi hermana Doña Cecilia, que ha convertido esas tierras en hogar de los indios que nos son hostiles!-

-¿Y ello os perjudica?- mostró su extrañeza el alférez.

-¡Mucho! ¡Prestad atención!- dijo Andrés Ordóñez que se dirigió a la mesa de los mapas, invitando con un gesto a Rafael a que le siguiera- ¡Desde hace años, y mediante tratos con vuestro señor Bermudo Menéndez y el Virrey de La Española, abastecemos a los mercados de Santo Domingo, Veracruz, Cartagena y Portobello, de indios no sometidos, para ser utilizados en las encomiendas y haciendas de castellanos! ¡Esos aravacos occidentales, waraos, nambicuará, tupí, tucan y panos estaban esparcidos por todo el litoral y las marismas, y eran presas de nuestras expediciones que finalmente terminaban vendidos a vuestros agentes en los mencionados mercados, en resumen un comercio que nos dejaba un gran beneficio! ¡Pero ahora esos poblados, se han instalado en el Amacuro y bajo la protección de mi hermana y de Don Leopoldo De La Marck, son intocables!-

-¡Comprendo!- exclamó con el ceño fruncido Rafael Cabrera.

-¡Eso no es todo!- rugió el príncipe mestizo- ¡Ella ha establecido que en sus territorios, que gobierna desde Angostura, no se capturarán indios, ni caribes, ni aravacos, ni pemos, ni de ninguna otra nación! ¡Y se ha dedicado a tratar con los esclavos negros que compra a los portugueses de la costa del sur, o a los traficantes del virreinato protegidos por Don Leopoldo! ¡Nos está haciendo la competencia, introduciendo a negros, en vez de a los indios rebeldes!-

-¡Eso es cierto, pero no veo yo mucho tráfico de negros en nuestros mercados!- le objetó Rafael Cabrera.

-¡En nuestros mercados…! ¡Están empezando, pero Caracas, Coro, Valencia, Barquisimeto…! ¡Los negros se venden mejor que los indios, son más dóciles! ¡Esto solamente ha hecho que empezar, querido Don Rafael, y nuestro mayor negocio está amenazado!- remató Andrés Ordóñez.

-¡Pero eso debéis poder tratarlo con vuestra hermana! ¡Siempre habéis tenido buena relación!- planteó el alférez, que sentía por el mestizo una cierta admiración y aprecio.

-¡Eso parecía, buena entente mientras no se discutieran ni un ápice las disposiciones de nuestros padres sobre el Dominio que Don Tello logró establecer!- el mestizo se abocó al mapa de todo el Guay Naya- ¡Fijaos, Rafael, Dama Cecilia reina sobre todo el Guay Naya, incluidos el Señorío o Principado de Paria y Monagas, considerados mi heredad directa, eso determina que soy su vasallo! ¡Mirad el resto, el Amacuro al norte lindando con el virreinato, el curso del Orinoco desde Barrancas hasta la Sierra Cerbatana, y la confluencia con el río Apure a Poniente, hacia el sur sus dominios se extienden más allá de la tierra de los pemó, la sabana de los Tepui, al pie de la Sierra Paracaima, la puerta del reino Omagua, la tierra de la canela y la vainilla, y hacia el este dominando el lago Guri, se extiende hasta la costa del mar del sur…! ¿Sabéis la cantidad de poblados indios que los caribes y mis mirmidones podríamos asaltar? ¡Ni todos los virreinatos juntos requerirían tantos sirvientes! ¿Tenéis idea de las maderas que contienen las selvas sujetas a la autoridad de Dama Cecilia, de las plantas de especia y de colorantes?-

-¡Es incalculable!- susurró el alférez.

-¡Nadie sabe a ciencia cierta, el volumen de su comercio! ¡Cada vez sus agentes llegan mas lejos en el Caribe, con el virreinato tiene en realidad un monopolio, hasta ha llegado a tratos con los Omagua y comercia hasta con los portugueses de Manaus…!- el mestizo se enfurecía cada vez más, alzando sus enormes puños cerrados- ¡Y desde siempre me ha mantenido alejado a mi, a su hermano y a sus gentes de todo ese río de riqueza!-

-¿No la habéis tentado con asaltar el virreinato? ¡Con tanta potencia, esas ciudades de la costa, caerían con facilidad…!- le sugirió.

-¡Por nada del mundo, quiere alzarse contra Don Leopoldo! ¡Y no os equivoquéis…! ¡Ese virreinato, es un hueso más duro de roer, de lo que parece! ¡Y ni mis mirmidones unidos a los soldados de Angostura de mi hermana, lo tendrían fácil!- respondió el príncipe mestizo.

-¿Y entonces…?- se encogió de hombros Rafael Cabrera.

-¡No os precipitéis en sacar conclusiones!- extendió su mano Andrés Ordóñez- ¡Entre el Virrey De La Marck y el Duque de Alba, Andrés Ordóñez y con él sus gentes y las tierras de Paria y Monagas, están con el de Alba y vuestros capitanes! ¡ Bermudo Menéndez siempre ha sido una garantía, para nosotros! ¡Y el modo de gobernar de mi hermana, le ha granjeado dos enemigos mortales!-

-¿Dos enemigos, Don Andrés? ¿ Y las fuerzas de vuestra hermana?-

-¡Asi es! ¡El primero es el baquiano portugués de Manaus, Don Xacinto Das Pohal, con grandes intereses comerciales en las ciudades y factorías portuguesas del mar del sur! ¡Es un gran amigo mio, y como yo, mercadea con indios no sometidos, por tanto Dama Cecilia le hace la competencia y en segundo lugar, mi hermana le ha desplazado del mercado del reino Omagua, antes Don Xacinto, conocido como “el Ópalo Negro” era el único autorizado a comerciar con las especies de allí, y ahora solamente tiene una pequeña parte de ese pastel! ¡Y finalmente, mi hermana se niega a venderle maderas para Manaus, las venden sus agentes, la fuerza comercial de Don Xacinto en Manaus ha menguado, pero no su voluntad de dominio, ni sus huestes!- expuso profusamente Andrés Ordóñez.

-¿Y el segundo…?-

-¡Yo mismo, va a compartir con un advenedizo lo que le ha negado a su hermano! ¡ Ella ha puesto toda su confianza en ese maldito mercenario que huye de vuestros capitanes ¡- respondió airado el mestizo.

-¿Ese hombre dirige ahora las huestes de Dama Cecilia?- exclamó Rafael Cabrera con ojos saltones.

-¡Si, quizás yo he precipitado los acontecimientos!- admitió el mestizo.

-¿Qué queréis decir, Don Andrés?-

-¡Pues, que he reclamado la totalidad del Dominio, me he alzado en armas contra mi hermana para reinar sobre todo el Guay Naya!- sentenció el hijo de Don Tello.

-¿Habéis entrado en combate, ya?- se interesó el emisario de la Hueste Reconquista.

-¡Conjuntamente con la flotilla de nuestro aliado, “Caimán”, dimos un golpe a su centro de poder, atacamos Fuerte Angostura, sede de su palacio y fortaleza principal! ¡Es difícil de asaltar pues se alza en una isla en medio del río, y está bien fortificado!-

-¡Bravo, eso está bien!- Rafael sonrió, aún sospechando que las cosas no le iban tan bien en conjunto a su anfitrión.

-¡Pusimos el pie, y les hicimos daño, pero no logramos quedarnos allí! ¡Su respuesta ha sido brutal, Don Rafael! ¡Acabo de despedir a bravos capitanes que han sobrevivido a duras penas a la reacción de Dama Cecilia! ¡Un ataque que ha dirigido su maldito mercenario y el bastardo de Guyapín!- se lamentó Andrés Ordóñez.

-¿Qué ha sucedido, señor?-

-¡Las tropas de Angostura, han tomado todos los embarcaderos de la ribera occidental del Orinoco, han asaltado un tercio del territorio guayaquil, sometiendo a los tótems de nuevo a mi hermana! ¡Pero eso no es lo peor, han atacado por sorpresa el puerto de Macuro, y destruido con fuego y brulotes toda mi flota, incluso los tres galeones preparados para navegar por océano abierto! ¡Esa fuerza, casi sin ser vista, ha logrado huir y asaltar el puerto fluvial de Barrancas, para después embarcar, rumbo a Angostura, supongo! ¡Mas de dos mil muertos, la ribera occidental del río y todas mis embarcaciones en poco más de ocho días…!- Don Andrés se mostraba abatido tras hacer la relación de daños sufridos. Ambos personajes se quedaron mirando el uno al otro…

-¡Esas acciones, llevan el sello de ese demonio!- dijo suavemente Rafael Cabrera- ¡Pero no os podéis quedar inerme, amigo mio! ¡Debéis reaccionar y contraatacar!-

-¿Por quién me habéis tomado, Don Rafael?- respondió airado el otro-¡Esta misma noche, aquí en Cumaná, en este Palacio, tendremos una cena para tratar del asunto, con el pirata del Orinoco, “Caimán” y con el mismísimo Don Xacinto! ¡Y vos estaréis en nombre de vuestros capitanes, desde Maturín con aliados como los descritos, aplastaré primero a los de Angostura para después conquistar el virreinato y repartirnoslo!-

-¡Un momento, Don Andrés…!- con expresión grave Rafael quiso advertir a su anfitrión de una realidad que el mestizo parecía no percibir-¡Vos sabéis que os aprecio, vos sabéis que os considero más que a los capitanes llegados de Castilla, porque como yo, sois un hombre de estos reinos nuevos, y compartimos anhelos y necesidades que nada tienen que ver con las cortes del viejo mundo, que solamente sabe que llevarse oro y plata, impedirnos que comerciemos libremente y eso si, llenarnos de leyes y de dignatarios que tras llenar sus bolsillos regresan de nuevo a Castilla!-

-¡Lo sé querido Don Rafael, y por ello presumo de vuestra amistad, como de la buena sintonía con Don Bermudo Menéndez…! ¡Él es uno de los nuestros, nadie sacaría al bueno de Bermudo del Caribe!- exclamó Andrés Ordóñez- ¡Pero…! ¿Qué queréis decirme?-

-¡También soy portador de alguna noticia triste…!- arrancó el alférez- ¡Don Bermudo ha caído en combate, está muerto y sus restos yacen en los altos del Perijá!-

-¿Luchando contra ese demonio?- abrió desmesuradamente sus ojos el mestizo.

-¡Así es…!- sentenció Rafael Cabrera.

-¡Como que me llamo Andrés Ordóñez, que le mataré con mis manos!- enfatizó colericamente el gigantón, haciendo el gesto de estrangular a alguien entre sus manazas.

-¡No creáis que Don Rodrigo, es igual a su hermano, en lo que a esos reinos atañe! ¡Rodrigo está atado a Castilla y a la causa de Alba, antes que a cualquier otra cosa! ¡Y se debe a los capitanes, bajo los cuales, el Duque le ha puesto!- advirtió el alférez- ¡Y aún cuando, soy el alférez de su hueste, por el aprecio que os tengo y por el que os profesaba Don Bermudo, deseo preveniros de algunas cosas!-

-¿De qué o de quién he de guardarme, Don Rafael?- los ojos negros lanzaron un destello.

-¡Os aconsejo, que tengáis vuestro negocio resuelto antes de tratar con los capitanes de mi hueste!¡Me refiero al litigio con vuestra hermana! ¡Ser el dueño de Guay Naya, os convendrá para vender cara vuestra aportación! ¡Pensad que en la voluntad de los capitanes de la Hueste Reconquista, vos no tenéis presencia! ¡El virreinato lo conquistarán para que pase a ser gobernado desde Lima…! ¡El nuevo virrey es próximo a la política del de Alba, incluso es familia de él, creo! ¡Conquistarán Siete Virtudes y todo lo que puedan, matarán a su enemigo y cargados de oro y honores regresarán a Castilla! ¡Nuestro mundo no es el suyo, presumirán de haber cristianizado la zona y de haberla puesto a los pies de su Castilla!- Rafael sabía que sus palabras herirían a su anfitrión.

-¡Me estáis indicando, buen amigo, que es mejor que vuelva a doblegarme a Dama Cecilia, y eso es imposible!- suspiró el mestizo- ¡Debo ganarle la partida a esa soberbia y a su mercenario!-

-¡Vos sabréis, lo que más os conviene, pero yo he querido poneros en guardia sobre que siendo el señor de Guay Naya, no seríais vos quien tuvieráis aliados, sino dichos capitanes que exigirían vuestra colaboración a su regia empresa! ¡Por un momento imaginad que representaríais para ellos, siendo el señor de tan solo la mitad oriental de Paria y del llano de Monagas, sin embarcaciones, sin puertos en el Orinoco,…!-aclaró el alférez- ¡Os requerirían para cristianizar a los habitantes de vuestro territorio, bajo amenaza de trataros como a un enemigo, y tened por bien seguro que vuestro exiguo feudo tan sólo lo mantendríais por delegación de los caballeretes de Lima y de Santa Fe!-

-¿Y si les hiciera frente? ¿Podríais ayudarme a que la mayor parte de su hueste se pasara a mi servicio con vos al frente?- propuso Andrés Ordóñez.

-¡Olvidad dicha posibilidad…! ¡Han rearmado su hueste en Coro, son casi un millar de hombres, trescientos cedidos de entre las tropas regulares de Coro y su zona de influencia, el resto antiguos soldados sin fortuna que desean regresar a Castilla! ¡Se han hecho con una flota de tres galeones bien artillados, tienen caballerías en abundancia y han reclutado a cinco mil indios de la región de Coro, caquetíos mayormente, como ejército auxiliar!- las palabras de Rafael retumbaban en la sala como una salva de cañonazos.-¡Vista la fuerza de su enemigo, han decidido no correr riesgos, pensad que traen misivas que les concede gran influencia y oro a raudales!-

-¡Entonces, ahora estoy atrapado!- el gigantón atezado bajó su testa.

-¡Por ello os exhorto, a que reaccionéis! ¡Debéis derrotar a vuestros enemigos en el Guay Naya…! ¡Como rey de tan vasto territorio, y dominando el delta, que permite coger entre dos fuegos Siete Virtudes, podéis vender cara vuestra participación!-enfatizó Rafael Cabrera- ¡Podéis tener por seguro que os impondrán frailes para convertir a vuestros caribes al cristianismo, pero quizás os nombren gobernador de todo el territorio, quizás hasta os confíen los puertos de Siete Virtudes y las islas! ¡Pero debéis ganar vuestra guerra, Don Andrés!-

-¡Y lo haré Don Rafael, lo haré!- dijo suavemente Andrés Ordóñez- ¡Necesitaría que os quedarais a la cena de hoy, que hablarais de la hueste de vuestros capitanes como ejército aliado, eso animará a Caimán y a Don Xacinto! ¿Lo haréis, verdad Rafael?-

-¡Exageraré tanto como pueda, lo haré por vos, amigo mio!- concedió el alférez.

 

Decididamente, el príncipe mestizo o quien le preparaba los banquetes, sabía bien lo que se hacía, Rafael Cabrera, que en Santo Domingo había asistido a algunas recepciones del virrey, contemplaba gratamente sorprendido la exhibición que Ordóñez estaba realizando ante sus dos invitados.

El pirata, al que llamaban el “Caimán”, había acudido ataviado como un gobernador de las islas de los holandeses, un solo detalle, delataba su oficio, por debajo del sombrero de ala dura emplumado, asomaba un pañuelo anudado, indudablemente era un mestizo o más bien el hijo de una mestiza y un holandés, el hombre de buen porte tenía exóticas facciones, mezcla de sus progenitores, ojos claros en piel atezada, perfectamente afeitado y de movimientos cuidados se podía hacer pasar perfectamente por un comerciante refinado de los que infestaban desde el mar del sur, hasta las Antillas que picoteaban los enemigos de Castilla desde que se descubrieran aquellas tierras nuevas.

Mención aparte merecía el llamado “Ópalo Negro”, Don Xacinto Das Pohal, según le había aclarado Don Andrés, era un hijo bastardo del Marqués de Pohal, pero no permitía que se le recordara impunemente… Alto y seco como un junco, de piel pálida y miembros nervudos, llevaba ropas similares a las de los nobles castellanos, ropilla granate, greguescos acuchillados de colores vivos, calzas granate, y botas de montar de ante, su vestimenta se complementaba con una capa corta española cruzada a la espalda y una gorra flamenca con plumón rojo. Tenía fama de ser un taimado traficante, frio y cruel, que tan sólo amaba el dinero, del cual se decía tenía grandes cantidades. Su mirada gélida de color gris claro daba fe de su carácter.

Ambos personajes habían acudido acompañados por dos de sus lugartenientes, mientras que Don Andrés contaba con la presencia de dos de sus comandantes mirmidones y su amigo Rafael, en teoría emisario de un ejército castellano que tenía por aliado.

La mesa estaba servida por muchachas mestizas, todas ellas semidesnudas, y que habían sido escogidas por su belleza. Sobre el mantel, frutas de todo tipo, asado al estilo bucanero, papas asadas de mil formas, capones asados y pescado servido sobre enormes hojas de cocotero, agua aromatizada con limón, vino traído de Francia y de Castilla, y todo tipo de rones y chichas… La cena estuvo amenizada por las muchachas, que no evitaban caricias ni pellizcos, y por la exposición de la alianza estratégica que Don Andrés les proponía, a todos ellos les convenía acabar con el poder de Dama Cecilia.

-¿Y vuestro aliado de Castilla?- preguntó con sequedad Don Xacinto.

-¡Mis capitanes tienen un enemigo común al de Don Andrés, de antiguo! ¡Han venido desde Castilla para acabar con él, y para deponer al Virrey De La Marck!- respondió Rafael. Al otro lado de la mesa, mascando un muslo de capón, el príncipe mestizo afirmaba con la cabeza.

-¡Pues no es un enemigo a desdeñar, si mueve a los castellanos a perseguirle hasta estos reinos nuevos!- exclamó el baquiano portugués- ¿Qué tenéis con él, Don Andrés?-

-¡Ha entrado al servicio de Angostura, como mercenario! ¡Él y su hueste! ¡Saben luchar!-contestó Andrés Ordóñez tras apurar una copa de vino tinto.

.¡Eso se vio en los muros de Fuerte Angostura, Don Andrés!- apuntó con su voz ronca y resacosa el pirata del Orinoco.

-¡Esa hueste castellana de la que habláis…!- preguntó de nuevo Don Xacinto- ¿Se ceñirá a los cometidos que habéis mencionado?-

-¡Traen capitulaciones selladas y firmadas…! ¡Someterán Siete Virtudes, tras acabar con el proscrito y lo cederán al gobierno de Lima y de Santa Fe! ¡Con ello recibirán gran fortuna, y volverán a Castilla!- especificó Rafael, yendo más allí de la verdad, para echar una mano a su amigo Ordóñez.

-¡Esos grandes capitanes y señores, desde luego retornarán bajo los pliegues de la capa del Rey Felipe, pero los oficiales y la tropa, esos querrán su botín!- observó “Caimán”.

-¡Esa tropa tiene asignada soldada, la mayoría es tropa regular de Coro! ¡Pensad que tras estas jornadas, está el mismísimo Duque de Alba, en Castilla!- cerró Rafael. Se hizo un silencio repentino, todos allí eran conscientes del largo brazo del que fuera ministro del todopoderoso Felipe II, Rey de todas las Españas.

-¡Bien, por mi parte está decidido! ¡Iremos a la guerra con vos, Don Andrés!- graznó el pirata.

-¡Contad también conmigo, debo recuperar lo que vuestra hermana me ha ido pellizcando poco a poco, que ya es mucho!- el frio portugués dio también su aprobación a entrar en la liga contra los de Angostura. En un extremo, Rafael respiró tranquilo, ahora su amigo tan sólo debía no cometer imprudencias y aprovechar su ventaja.

-¿Dónde se halla, ese mercenario ahora?- exclamó “Caimán”, copa en mano.

-¡Rumbo a Angostura, con su hueste!- respondió Don Andrés, que estaba encantado de cómo le había salido aquella noche, para sus planes de futuro.

 

Pero Don Andrés sin saberlo había faltado a la verdad, porque la flota que había infligido aquellos reveses a su causa rebelde, no estaba de regreso río arriba rumbo a Angostura, sino que había cruzado las siete millas que separaban Barrancas, en la ribera occidental del Orinoco, de la Boca Araguaito ya en el Amacuro.

Unas horas antes del mismo atardecer, en el cual, el príncipe mestizo de Paria y Monagas, agasajaba a sus futuros aliados, al norte de los pantanos situadas entre los ríos Mariusa y Araguao, entre las suaves lomas que alternaban selva cerrada en los altos y claros en las vaguadas, las fuerzas mandadas por Álvaro tomaron contacto visual con las que dirigían Somer y el capitán Enríquez de Angostura, reforzadas por los tótems amigos del Amacuro, los Aroguaito, Currapo y Manga, a los que se habían sumado los waraos al saber que entre los aliados había también aravacos. Entre ambos ejércitos, dispuesto para defenderse de la tropa de Somer y Enríquez, formaba la hueste que unas semanas antes pretendía conquistar todo el Amacuro para someterlo a Don Andrés, y que contaba tras los sucesivos combates con cerca de dos compañías de mirmidones y un escuálido escuadrón de caballería, auxiliados por unos dos millares y medio de Guyaquiles venidos desde la ribera occidental del gran río.

Los mosquetes de Somer y la disciplina de los soldados de Angostura habían logrado en primera instancia agarrarse al terreno oriental del delta, y lentamente los tótems se les unieron en contra de la tropa del rebelde… A lo largo de casi una semana, en tres combates de oriente del delta hasta el centro del mismo donde esperaban librar la cuarta batalla, el flamante batallón de mirmidones, había perdido un tercio de sus efectivos, la caballería la había salvado casi en su totalidad, a costa de no ponerla en riesgo, pero en sendos golpes de mano los de Somer, habían arrebatado las seis culebrinas que eran la artillería rebelde y exterminado su jauría de perros. Las bajas y deserciones entre los Guyaquiles eran notables, mientras que Somer y Enríquez veían como progresivamente sus fuerzas auxiliares aumentaban.

Cuando cruzaron mensajes, Álvaro y Somer vieron la partida del Amacuro ganada y decidieron iniciar el combate lo antes posible, con prudencia pero con determinación. La lucha empezó a media tarde, y por espacio de dos horas los rebeldes aguantaron en sus posiciones, en el momento que la caballería de los mirmidones intentó romper la línea de fuego de la compañía de Federmann, con la intención de abrir un corredor por donde escapar hacia el oeste y salvar lo que les quedaba, Álvaro seguido de su estandarte y sus oficiales se lanzó al frente de los jinetes de Angostura atacando al escuadrón enemigo por el flanco. Deshicieron el escuadrón que fue extinguido a los pies de las posiciones que defendía Federmann. Aquello precipitó el curso de la batalla, la mayoría de los Guayaquiles se dieron a la fuga, internándose en las colinas boscosas del norte, muchos cayeron bajo las flechas de sus adversarios… Entre los que permanecieron junto a los capitanes mirmidones, destacaba Usalai, el primogénito de Licando, el cacique de todos los Guayaquiles, príncipe entre los suyos arropado por todos los de su tótem. Mirmidones y Guayaquiles, se dispusieron a vender caras sus vidas, formando un cuadro, erizado de ballestas, arcabuces, arcos y picas de defensa. Tenían a sus espaldas el río Mariusa, a su izquierda las lomas selváticas del norte, batidas por los arqueros leales, a Angostura, del Amacuro, a su derecha un pantano de difícil maniobra, de forma que para llegar a ellos debía ser por el este, con las últimas luces de la tarde en contra. Los capitanes mirmidones, que no habían sido capaces de vencer en aquella campaña, encontraron un buen emplazamiento para su defensa a ultranza.

A media milla de la compacta formación rebelde, tras recoger el parte de bajas, Álvaro y sus oficiales debatían en pie la forma de acabar con el resto de la tropa invasora del delta. Dama Cecilia, fuertemente protegida, por la escolta y un pelotón de soldados de Angostura, se aproximaba a los oficiales, que cansados, sudorosos y manchados de sangre buscaban el mejor modo de librarse del medio millar de hombres que permanecía allí con la idea fija de hacerles el máximo daño posible.

Al llegar Dama Cecilia, vestida de campaña y armada, seguida por un jinete con el estandarte de Angostura, Álvaro tomó con delicadeza las riendas del corcel de la reina de Guay Naya…

-¡Bienvenida al campo, mi señora…! ¡Resisten medio millar de rebeldes, se han cerrado en un cuadro de defensa!- le dijo.

-¡Será una carnicería reducirlos por las armas, mi señora!- Guyapín que no había dejado de estar al lado de Álvaro confirmó la impresión que dominaba entre los oficiales. Los caribe mamo, habían encendido fuegos y dado inicio al saqueo de los cadáveres enemigos.

-¿Cuántos de los nuestros han perdido la vida?- preguntó con voz trémula Dama Cecilia.

-¡Cerca de trescientos hombres, mi señora!-respondió Álvaro- ¡De ellos veintitrés soldados de Angostura, treinta y seis hombres de la Hueste Guay Naya, y algo más de dos centenares de las pérdidas son caribes del Amacuro y del tótem mamo!-

-¿Tenéis alguna propuesta para detener esta sangría y poder reducir a los rebeldes?- preguntó de nuevo la hija de Don Tello.

-¡Señora…! ¡Esos mirmidones y el hijo de Licando, no se rendirán! ¡No quieren volver a Maturín para postrarse derrotados, sin honor ante vuestro hermano! ¡Han decidido morir matando!- susurró amargamente Guyapín.

-¡Si su deseo es morir, nada he de contraponer a ello! ¡Lo no que quiero que suceda es que nos maten más hombres!- respondió Dama Cecilia.

El firmamento iba obscureciendo, las armas silentes desde algo más de una hora, iban dejando paso al concierto de las aves y los monos. Tras las compañías y columnas formadas a la espera de la decisión de sus capitanes y de Dama Cecilia, los caribe rodeaban los fuegos, celebrando sus botines y apurando sus tortas de mandioca con trozos de tasajo. El rumor de la tropa india auxiliar semejaba un inmenso enjambre.

-¡Hay modo de acabar con ellos, sin que nos puedan dañar…!- dijo con suavidad Álvaro, quitándose el yelmo.

-¡Hablad!- solicitó Cecilia Ordóñez desde lo alto de su montura.

-¡En los carros de Somer, hay barriles de pólvora, y pellejos de pez10 y con ellos añadiendo clavos y herrajes, podemos preparar unas bombas letales que aniquilen a esos pobres diablos…!- sugirió Álvaro- ¡Debemos preparar unos parapetos a tiro de arcabuz de ellos, y tras los parapetos, pondremos los carros en línea! ¡Detrás de los carros, prepararemos las bombas, en el centro los barriles cargados de pólvora y metralla, y a su alrededor, como bolas de algodón, lianas, y hierba seca apelmazada y bien untada con la pez! ¡El terreno hace una bajada que permitirá en la obscuridad de la noche lanzar las bombas rodando como bolas de nieve…! ¡Cuando lleguen a ellos, los arqueros y los tiradores de arcabuz harán el resto, a sus disparos, la pez se encenderá, y poco después estallará la pólvora dispersando la metralla y la pez que impregnará al enemigo…!-

Al terminar, se hizo el silencio. llevar a cabo dicho ataque suponía para los rebeldes reticentes, una muerte horrible, abrasados o atravesados por la metralla, pero la perspectiva de reducirlos asaltando sus líneas condenaba asimismo a la propia tropa.

-¡Será terrible, para esos rebeldes…! ¡Pero haced que se realice!- dictó Dama Cecilia.

-¡Recordadme, mi señor, que jamás me cruce en vuestra contra…!- susurró Guyapín mirando a Álvaro. Para el tuerto, que conocía personalmente a muchos de los empecinados de ahí enfrente, aquél ataque era cruel en exceso.

-¡Queréis dar la muerte, pero no recibirla…!- respondió Álvaro- ¡Es cruel para con esos hombres, pero piadoso para los nuestros! ¿No creéis, comandante?-

-¡Cierto, pero no deja de ser terrible asistir a tan negra suerte de tantos hombres…!- exclamó Guyapín.

-¡Hablando de negruras…!- interrumpió Somer- ¡Es la primera noche de luna nueva, y ello favorece que podamos seguir el plan sin ser vistos por el enemigo!- cuando el baquiano alemán puntualizó aquello, las primeras sombras se cernían sobre el llano descendiente, al fondo del cual, delante del río Mariusa, el cuadro de mirmidones y Guayaquiles seguía aferrado a las armas, aguardando un asalto que no se producía, con lo cual la tensión se transformaba en angustia e incerteza.

-¡Señores, impartid las instrucciones para llevar a cabo lo que hemos determinado…! ¡Somer vos cuidaréis de la confección de las bombas, Guyapín, vos de los parapetos, recordad a tiro de arcabuz, y vos Federmann, formaréis la línea de carros como segundo escalón de los parapetos! ¡Enríquez, mandaréis que dos veces cada hora, nuestros indios lancen flechas a la posición rebelde! ¡Les mantendremos en tensión, hasta el ataque definitivo, y de paso los iremos debilitando!- Álvaro repartió tareas rápidamente, no quería que aquella decisión se eternizara y se discutieran en exceso los detalles, era evidente que para todos era un plan que encerraba crueldad, pero alguien había de asumirlo, y por otro lado, después de aquella dura campaña, todos querían evitar más bajas. La diligencia por poner manos a la obra, indicaba que todos lo habían entendido así…

-¡No es de mi agrado, Cecilia…! ¡Pero es la única forma de terminar esta lucha sin que nos cobre más vidas!- Álvaro, yelmo en mano, se arrimó al pescante de ella, que se inclinó protegida por la noche, para depositarle un beso de miel en los labios.

El concierto de la fauna de los arboles, apagaba los ruidos de las tareas que en el campo de Álvaro se desarrollaban, bajo la bóveda celeste estrellada, y con algo de frio, los hombres cavaban y montaban con estacas recios parapetos a menos de treinta varas del campo rebelde. Diez varas por atrás, a fuerza de músculos, los carruajes habían sido colocados tras lo parapetos, y la gente con mosquetes y arcabuces tomaban posiciones bajo los mismos y tras las lonas.

Los parapetos recibieron su guarnición, ballestas, arcabuces, mosquetes, todos con sigilo ocuparon sus puestos… En el centro del campo, soldados de Angostura, gente de Somer y multitud de indios, trabajaban en la confección de doce enormes bolas de ramas y lianas secas embadurnadas de pez, y en cuyo centro bien fijados estaban los barriles con la pólvora y la metralla.

Era la tercera hora de la madrugada, seis nubes de flechas habían hostigado a los rebeldes que percatados de la secuencia, alzaban sus escudos antes de las andanadas, pero las primeras flechas, habían sembrado el desconcierto y la muerte.

Dama Cecilia, por disposición de Álvaro subió a uno de los carros escoltada, mientras él y los capitanes ocuparon posiciones en los parapetos, y lentamente desde atrás de los carruajes, empezaron a llegar las enormes bolas incendiarias, mientras, los aravacos de Hernando encendían fuegos en retaguardia y tensaban sus enormes arcos.

Cuando las doce bolas estuvieron entre los parapetos, con un silbido, Álvaro ordenó lanzarlos contra la posición de los rebeldes, protegidos por la obscuridad, soldados e indios mezclados empujaron los bultos mortales por espacio de unas varas, hasta que adquirieron inercia…

Como si los animales presintieran algo, su canturreo en las copas de los arboles cesó, y solamente se escuchó el rodar de los doce emisarios de la muerte que cuesta abajo se precipitaban hacia los mirmidones y sus aliados, mientras que los que habían lanzado tan mortal envío, regresaban a toda prisa tras los parapetos.

Hernando dio la orden, y los arqueros aravacos tras encender las puntas de sus flechas tensaron los arcos, a la orden de Álvaro con un doble silbido multitud de saetas incendiarias surcaron el firmamento estrellado y a su luz, arcabuces y mosquetes dispararon contra las balas que se intuían.

La explosión en doce tiempos, fue horrorosa, silbó la metralla y voló sobre el atónito cuadro de rebeldes la pez inflamada para caer sobre sus cuerpos, los gritos de dolor y de espanto se elevaron rompiendo la noche y mezclándose con los estampidos, las aves echaron el vuelo sufriendo muchas de ellas también las explosiones y el fuego, con el río al fondo, el campo de los mirmidones fue iluminado espasmódicamente mientras aquellos desdichados buscaban refugio, unos en el río, que acabarían entre las mandíbulas de los caimanes, otros en la colina boscosa a la que no llegaron asaeteados por las ballestas de los parapetos, y los menos con los cuerpos ardiendo se lanzaron hacia delante buscando morir matando, pero sucumbieron a los arcabuces y mosquetes.

La dantesca escena se prolongó por espacio de media hora larga… Federmann mirando fijamente a Álvaro, le susurró.

-¡Es como en Cartagena, pero más terrible!-

Cuando las primeras luces iluminaron el campo de batalla humeante todavía, los cadáveres de los vencidos habían sido arrojados al río, para regocijo de caimanes y peces que se darían un festín excepcional.

Flotaba en el aire el olor desagradable de carne humana abrasada, aquél paraje guardaría por mucho tiempo el recuerdo de las explosiones, con arboles arrancados de cuajo y la tierra quemada y sembrada de sangre y metralla.

-¡Señores…! ¡La batalla del Amacuro, ha terminado!- exclamó solemnemente Álvaro, y se dirigió al carruaje, desde el cual Dama Cecilia había asistido al exterminio de los restos de las fuerzas de su hermano en el delta.

A sus espaldas, Guyapín meneaba la cabeza, junto a Federmann y Somer.

-¡Cuánto me alegro, que ese jaguar esté de nuestra parte!- dijo el tuerto.

-¡Si! ¡ Es preciso pensarlo dos veces antes de ponerse en su contra!- susurró Somer. Al fondo la tropa evolucionaba para recomponer la columna de marcha, y los indios se agrupaban por tótems para seguir la marcha.

El capitán victorioso llegaba al pescante del carruaje sobre el que su reina había contemplado el fin de aquella batalla.

-¡El Amacuro, vuelve a ser de Dama Cecilia!- dijo alegremente. Al mirarla pudo advertir que ella estaba presa de un fuerte desasosiego.

-¿Sería posible emprender el retorno hacia Angostura de inmediato?- le preguntó. Guyapín se les acercaba haciendo extraños gestos, como si deseara desprenderse de las imágenes que había visto en las últimas horas.

-¿Qué te sucede, Cecilia?- le preguntó Álvaro, mientras acariciaba a Relincho al que había dejado junto al carruaje.

-¡Tengo el presentimiento de que una grave amenaza, se cierne sobre Angostura!- en el momento en que la Yacu Ayura, decía esta palabras, Guyapín llegaba hasta ellos.

-¡Pues claro, que podemos emprender el regreso…!- respondió Álvaro trocando su expresión de triunfo, por un eco de la preocupación de la reina.

-¡No es que podamos…! ¡Es que debemos!- sentenció Guyapín.

-¿Qué queréis decir, comandante?- se giró Álvaro.

-¡Un presagio de Yacu Ayura, es un momento del futuro…! ¡Angostura peligra! ¡No lo dudéis!- respondió el tuerto, lanzando una mirada de preocupación compartida a Dama Cecilia.

-¡Llama a los capitanes, Guyapín! ¡Estamos en orden de marcha…! ¡Vamos a embarcar y poner rumbo a Angostura, sin perder tiempo!- ordenó Álvaro.

Se trató con deferencia a los heridos, el resto de la tropa se distribuyó entre las embarcaciones en las que había venido, el capitán Enríquez dejó con los tótems aliados del Amacuro, un pelotón de hombres a caballo, y una pauta de comunicación con Angostura, por si fuera necesario regresar.

Toda la operación se realizó con sorprendente diligencia, en dos horas estaban listos para zarpar desde los canales para acceder a una boca que condujera al Orinoco. Con la mañana aprovecharon el macareo11 que los impulsó inicialmente con fuerza, río arriba.

Llegaron a la Boca Araguaito, con las embarcaciones en formación y a buen ritmo entre la fuerza de la marea, el viento favorable y los remos. Se ciñeron a la ribera oriental de la Boca, que al integrar las corrientes al gran río, lo hacía frente a Barrancas en la ribera occidental, el puerto fortificado que una semana atrás habían reducido a ruinas y desarbolado de artillería; la precaución obedecía a que en un momento u otro las fuerzas de Don Andrés recompondrían el puerto, si no lo habían hecho ya, y era muy conveniente pasar desapercibidos.

El orden de marcha, era el habitual, y en las ordenes se indicaba que los contingentes de los caribe mamo, al mando de su cacique Yeguínay, serían desembarcados en los embarcaderos de Ocagua, Peyuca y Aguas Rojas en proporción a como se habían unido en cada punto a la empresa común… El cacique de los mamo, se hallaba satisfecho y mostraba gran admiración por el Jaguar, sus guerreros habían cosechado victorias sobre las que ufanarse en reñidas batallas, su influencia en la ribera occidental había aumentado considerablemente merced al sometimiento de los Guayaquiles del sur y sus asimilados, y el botín que sus hombres y él mismo como cacique, habían conseguido justificaba los trabajos y pérdidas de aquella campaña bajo el estandarte de la Yacu Ayura y su capitán Jaguar.

Las operaciones de desembarco se realizaron puntualmente, dejando a cargo de los mamo, embarcaciones chatas y la defensa de los embarcaderos, como tropa auxiliar a los soldados de Angostura que permanecían de guarnición.

La ascensión por el río estaba siendo tranquila, los tambores anunciaban solamente el regreso de los guerreros mamo, el sol había logrado quebrar las nubes y el concierto de las riberas selváticas se alzaba alegre.

Y a pesar de todo ello, la expresión de Dama Cecilia, seguía ensombrecida por presagios de más lucha y sufrimiento… La jornada fue transcurriendo entre los trabajos de los hombres para seguir río arriba, orientando las velas y dándole a los remos, que aunque resultaba agotador, todo se hacía llevadero merced al recuerdo de las recientes victorias.

Avistaron Angostura, cuando las luces de la tarde se solapaban con las sombras del ocaso, y en el perfil de las fortificaciones, todo mantenía su estado normal, los hachones encendidos en los puntos de luz, los bastiones enhiestos sobre el río, desde lejos se divisaban los soldados de Angostura, bajo sus chambergos de cuero realizando el servicio de la guardia, y ondeando sobre la torre que coronaba el palacio, el estandarte de la Yacu Ayura y de del Dominio de Guay Naya… Entre los capitanes, a pesar de la normalidad que se advertía en la fortaleza del río, el nervio por llegar a ella, no cedía, como tampoco lo hacía la angustia que sentía Dama Cecilia.

Las embarcaciones se situaron frente a los bastiones, y una tras otra se fueron adentrando en el puerto, en busca de muelle en el que atracar. Las estrellas señoreaban sobre Angostura, cuando alegremente sus soldados abandonaban ordenadamente las embarcaciones para alojarse en sus cuarteles de la ciudad o bien en el fuerte que presidía la rada del puerto norte… En los muelles, tanto Juánez como Gerardo García aguardaban la expedición, conocedores por los tambores de su regreso victorioso.

-¡Desembarcaré antes…!- le susurró Álvaro- ¡Haré que Guarima venga a por ti, sabrás entonces que la situación en Angostura es la que debe ser! ¡No te muevas hasta la llegada de la vieja Guarima!-

Los ojos esmeralda de Cecilia Ordóñez, parecían deshacerse al mirar a su Jaguar, al que obsequió con un cálido beso. Él partió bajo su yelmo y capa, armado para comprobar que todo estaba en orden. En los muelles le aguardaba radiante Don Gerardo García y el bergante de Juánez, ambos eran conscientes de que la campaña del Amacuro se había ganado y que en Paria se habían infringido daños importantes a la causa del rebelde Don Andrés, y aparte de esto, le comunicaron a Álvaro que todo transcurría con tranquilidad en Angostura… Tras quitarse el yelmo, Álvaro ordenó a Juánez que fuera a por la vieja Guarima, y que la trasladara junto a su joven dueña a bordo del bergantín. Cuando el capitán mestizo marchó a cumplir la orden, Álvaro encaró con Don Gerardo, la conversación.

-¿No habéis percibido nada amenazador?-

-¡Todo ha permanecido en calma! ¡La única agitación ha surgido de los timbales de los caribe, que anunciaban vuestras victorias y regreso!- respondió con el temple tranquilo Gerardo García-¿Sabéis de algo que se cierne sobre nosotros?-

-¡Dama Cecilia, ha tenido esta noche un presagio, de lucha y sufrimiento, en el que aparecía Angostura! ¡Sus visiones son, aquí, verdaderas profecías!- confió Álvaro.

-¡Pero, tras las dos duras lecciones…! ¿Creéis Don Álvaro, que les quedan arrestos para revolverse?- siguió en tono confidencial el vizcaíno.

-¡Don Gerardo, vos sabéis mejor que yo, lo extraño de la naturaleza de esta tierra, y aún más de sus gentes! ¡Yo de lo poco que he visto, de éstas tierras bañadas por un río como éste, deduzco que las luchas entre hombres guardan poca diferencia con las que tienen lugar entre caimanes…! ¡Tras la exuberancia y la belleza, Don Gerardo, está la crueldad de la lucha a muerte!- Álvaro musitó estas palabras, más en tono de reflexión que de cualquier otro.

-¡Así son los nuevos reinos, Don Álvaro! ¡Y ahí reside su grandeza y su miseria!- respondió el encomendero de San Jacinto.

Mientras llevaban la conversación, Juánez se aproximaba al bergantín atracado, acompañando a la vieja Guarima… Álvaro, respiró profundamente, quizás sería cierto lo de la normalidad, y para sus adentros echó en falta acudir a una iglesia cristiana.

La noche avanzaba y Álvaro, acompañado de sus capitanes aguardaba al pie de la pasarela del bergantín insignia, sin que Dama Cecilia se decidiera a desembarcar. Más tarde supo que la Señora de Angostura, se había sometido a una ceremonia de adivinación, de la que saldría extenuada físicamente.

A media mañana del siguiente día, la vieja Guarima y la escolta ayudaban a una agotada Cecilia Ordóñez a descender por la pasarela del bergantín…

-¡Vamos a sus estancias de palacio…!- indicó Guarima.

-¡Jaguar, el ataque será esta noche, y será terrible!- susurró Dama Cecilia mientras la llevaban por el embarcadero hacia las escalera de acceso al interior del palacio amurallado. Álvaro se giró para mirar a Don Gerardo…

-¿Qué os parece?- preguntó Álvaro.

-¡En la Encomienda, tenemos una vieja bondadosa, una india chibcha, que a veces entra en estado febril y se agita, mientras alerta por la bajada de las fieras, a los pastos donde tenemos los rebaños!- contó entornando los ojos, el vizcaíno afincado en la sierra de San Jacinto.

-¿Y…?- exclamó Álvaro.

-¡Hallamos multitud de reses muertas, algunas de ellas con las entrañas devoradas!- fue la respuesta. La expresión de Álvaro tomó gravedad antes de exclamar a su amigo…

-¡Búscame a Guyapín, vamos a convocar consejo de capitanes!-

El consejo fue breve, fueron anulados todos los permisos, y se llamó a tres compañías a reforzar la guardia, montando un dispositivo de defensa reforzado, las piezas de artillería fueron repasadas con urgencia y las culebrinas capturadas emplazadas en los lugares más adecuados… Los tótems que vivían en los barrios de la ciudad de Angostura, fueron avisados de que un ataque del cual se ignoraba la magnitud se esperaba en las horas siguientes, los indios reaccionaron con prontitud, utilizando las embarcaciones de pesca para cerrar la entrada al puerto de pesca del sur, de los soldados de los cuarteles de la ciudad, unos cuantos fueron asignados a reforzar a los caribe, mientras que al resto iría a defender la empalizada que rodeaba la ciudad. Las cuadras fueron protegidas y los abrevaderos y pesebres cargados para que las caballerías tuvieran qué comer y beber, y tras dichos preparativos dio principio la tensa espera…

Con los capitanes Raya y Enríquez se estaban preparando cinco de los buques más rápidos y equipándolos para salir fuera del puerto norte, la rada fortificada tras los bastiones… Y era algo más de media tarde, con amenaza de lluvia, cuando empezaron a escuchar tambores que repetían el mensaje mamo de poblado en poblado hasta llegar al Coba Naya, el tramo del Orinoco donde se hallaba Angostura.

Los oficiales escuchaban el mensaje… Ascendían por el Orinoco, muchas embarcaciones, mas de treinta, cargadas de piratas, soldados y mirmidones, no se entretenían en recuperar los embarcaderos, se dirigían a la fortaleza de Dama Cecilia…

La operación de salir con cinco embarcaciones fue transformada en mantener tres de ésas cinco naves defendiendo la entrada de la rada, tras los bastiones, y desplazar las otras dos a la bocana del puerto sur, había que proteger la ciudad, y aquél ataque era de gran magnitud, posiblemente les atacarían entre tres y cuatro mil hombres, aquello era la rabia de Don Andrés, por las pérdidas sufridas. Pero… ¿De donde surgía esa flota que casi triplicaba la destruida en Macuro? Se preguntaba Álvaro, mientras ascendía a las dependencias en las que se hallaba Dama Cecilia.

Cuando ya en sus estancias, le comentó lo que anunciaban los tambores desde Aguas Rojas hasta Soledad, y que con los buques atacantes, venían dos galeones de gran calado, ella entornó los ojos…

-¡El “Ópalo Negro”, se les ha unido el “Ópalo Negro”!- murmuró.

-¿Qué es eso del “Ópalo Negro”?- le preguntó Álvaro.

Ella le dio noticia de las junglas al sur de Guay Naya, y más allá del reino Omagua, del Río Negro, del Río Marañón y del que llamaban Amazonas, de la ciudad de Manaus, donde se habían establecido toda suerte de baquianos y aventureros, especialmente zelandeses y portugueses, que se internaban en la jungla abandonando la costa del sur…

Uno de los más audaces, despiadados y poderosos de aquellos señores de la guerra en la jungla era conocido como el “Ópalo Negro”, a causa de un anillo en el que lucía una inmensa piedra de esa especie. Su nombre era Don Xacinto Das Pohal y había sido considerado el único mercader en especias de la zona, pero esa condición la había perdido debido a la progresiva influencia que los de Angostura ejercían en el reino Omagua. A pesar de ello, el título que nadie podía arrebatarle era el de ser el mayor cazador y tratante de esclavos indios de todo el continente, cruel y temible, sabíase que en ocasiones hacía tratos con Don Andrés. No era de extrañar pues, que se hubiera aliado con su hermano rebelde para caer sobre el Guay Naya…

Tras escuchar atentamente, la miró fijamente y no pudo más que exclamar con la voz tomada…

-¡Cecilia, esto va a ser muy duro! ¡Se nos vienen encima mas de tres mil hombres!-

-¡Por duro que sea, hemos de pasarlo! ¡Estaré junto a ti y al destino de mi pueblo!-

Había sido un dialogo breve, pero conciso y muy claro. Que lo que se avecinaba tomaba el cariz de una dura batalla y que en el curso de la misma podía suceder incluso lo que menos deseaban, era evidente para ambos. Entonces Álvaro, a sabiendas de que Dama Cecilia insistiría en permanecer durante la lucha, se inclinó sobre ella.

-¡Estoy seguro que nada podría apartarte del destino de tu pueblo…! ¡Pero yo intentaré apartar la muerte del tuyo!- el soldado sobrio, se quitó el jubón y la camisola, y bajo ésta sobre su torso velludo apareció un coleto de cota de malla, ligero y tupido, a la forma de los otomanos…-¡Toma, protégete con esta cota, la tomé para ti en el otro extremo del mundo, de un capitán turco, al que maté en combate!- ella lo tomó en sus manos mirando fijamente al guerrero semidesnudo.

-¡También a ti te será necesario, Jaguar!- le dijo suavemente.

-¡Tengo otras corazas con las que protegerme…! ¡Créeme Cecilia, vamos a tener algo más que una escaramuza esta noche…!- y tras decir esto, Álvaro se plantó delante de su cofre, y guardó en el mismo uno de los dos cintos cargados de oro que llevaba, a la vez que extraía una camisa limpia, una cota algo más gruesa y un viejo escapulario que su madre le colgara antaño antes de partir hacia Castilla, abandonando Guetaria.

Álvaro había ascendido a la torre central de Fuerte Angostura, se había ataviado para el combate, le protegía una recia coraza de cuero con remaches y el yelmo sueco, allí arriba en las almenas que miraban hacia el norte el viento estaba soplando con fuerza y la capa roja hubiera volado de no ser por los broches que la anudaban. Él había hecho llamar a los oficiales allí arriba, era preciso que todos tomaran conciencia de lo que se les venía encima… El cielo encapotado por completo se estaba cubriendo de nubes obscuras cargadas de agua, otorgando a la tarde una luz metálica que presagiaba todo menos placidez. Desde las almenas, divisaba a su izquierda la vegetación de la ribera occidental y a la derecha una delgada linea verde que constituía la lejana ribera de levante, y al frente la inmensa superficie del río que había adquirido un color verde grisáceo y que debido al viento se encrespaba como un pequeño mar furioso.

Los capitanes fueron llegando, Guyapín, el fiel comandante de Angostura con ellos, y al final protegida por su escolta, Dama Cecilia accedió también a las almenas de la torre de la fortaleza. El cielo obscurecía por momentos y parecía como si la noche estuviera cayendo, en el aire estaba escrito que la tormenta estallaría en un momento u otro.

-¡Ordenad a todos los puestos que mantengan la pólvora seca, cuando estalle la tempestad, caerá agua a tinajas!- dijo secamente Álvaro. Un soldado fue enviado para que la orden se esparciera por toda la plaza. Desde allí arriba, pudieron ver como los emisarios se multiplicaban y recorrían todos los puestos de la muralla, de las empalizadas de la rada y más allá en los barrios y cuarteles de Angostura… La bocana del puerto sur, el que daba a la ciudad, estaba bloqueada por dos galeras amarradas entre sí y ancladas como si fueran un muro más. Todo Angostura estaba en guardia.

-¡Todos los dispositivos, mi señor, están dispuestos para defender la ciudad!- Guyapín se había dedicado la última hora a que se extremaran las medidas de defensa y que todos los posibles defensores estuvieran sobre las armas.

-¡Caballeros…!- exclamó Álvaro repasando con la mirada bajo su yelmo a los camaradas que le acompañaban, Guyapín, Bernardo, Federmann, Don Gerardo, Somer, Raya, Juánez, Enríquez y al fondo aquella mujer a la que tanto deseaba y que no podía amar – ¡Esto no va ser un paseo, ni para ellos, ni para nosotros! ¡Mantengámonos firmes y hagamos fuerza con nuestros hombres en los bastiones! ¡Batámonos con los nuestros como si fuera la última vez, y resistiremos! ¡Angostura resistirá!- aquellas palabras lanzadas al viento, provocaron el relucir de los aceros y vivas atronadores, pues a pesar de lo mucho que parecía que había movido el enemigo, la sensación de que las medidas que se habían tomado eran las adecuadas, estaba penetrando entre aquellos capitanes que estaban dispuestos a protagonizar una verdadera carnicería.

De una mirada, Álvaro indicó que todos los capitanes debían acudir junto a sus soldados, se había dispuesto un sistema de enlaces y correos que tendría a su cargo Guyapín, que junto a Bernardo Cabrera permanecería en lo alto de la torre junto a Dama Cecilia y Álvaro. Éste intuyó algo sobre el horizonte del gran río y desplegó su catalejo.

-¡Ahí los tenemos!- exclamó entre dientes, al divisar bajo un firmamento negruzco las siluetas de tétricos bajeles que ascendían en formación por el Orinoco. Le pasó el catalejo a Dama Cecilia y posteriormente a Guyapín. El viejo comandante mestizo parecía masticar algo al divisar en la lejanía aquella flota que se aproximaba dispuesta a pasar a sangre y fuego la ciudad fortificada de Angostura.

Al cabo de una hora larga, aquellos buques de velas obscuras, estaban a la vista y se desplegaban para rodear la isla fortificada, el viento había cambiado de sentido, soplaba ahora de sur a norte, lo que desató los primeros rayos y truenos que precedieron un auténtico diluvio… La tempestad arreció y los relámpagos con sus destellos iluminaban espasmódicamente las embarcaciones que trabajosamente a remo pugnaban por acercarse a la ciudad.

-¡Tenemos el tiempo de nuestro lado!- dijo alegremente Álvaro- ¡El viento les va a la contra, han de poner más gente a los remos, y esta lluvia está empapando sus velas negras…! ¡Con suerte se les mojará la pólvora, y todo ello debemos aprovecharlo!-

-¡La Yacu Mama, ha venido a equilibrar las cosas Jaguar!- musitó Dama Cecilia que bajo el chambergo de cuero parecía un soldado más de Angostura.

-¡ Es momento de atarse las albarcas y ceñirse bien…!- suspiró Guyapín.

Trabajosamente el enjambre de buques se fue abriendo en formación de media luna, como para rodear la plaza, y se mantenía todavía lejos de estar a tiro de los cañones de Angostura… Lo agitado de las aguas del río, ocasionaron que la roca que estaba frente a la abertura de los bastiones, estuviera totalmente bajo las encrespadas olas, y ello hizo que un bergantín de la flota de los rebeldes embarrancara estrepitosamente crujiendo todo su casco por estribor, para ladearse después y con el trapo empapado hundirse lentamente pero sin posibilidad de salvación para sus ocupantes, entre la tempestad y los caimanes, amén de otras criaturas del río, aquellos desdichados no podrían participar en el asalto.

-¡Bien, ya han perdido un buque limpiamente, sin disparar!- exclamó Álvaro.

-¡Esos galeones enormes que van al final de su flota, son para cargar esclavos!- indicó Dama Cecilia.

La lluvia les estaba dejando empapados y con los miembros ateridos de frío, pero el observatorio era tan bueno que en ningún momento pensaron en abandonar la atalaya almenada de la torre, junto a los servidores de un cañón de seis libras. Observaban ahora los movimientos de los buques enemigos, un grupo de cinco galeras se situó frente a los bastiones, mientras dos flotillas de seis cada una tomaban posiciones frente a las empalizadas de levante y de poniente y una cuarta escoltada por tres bergantines rodeaba la isla fuera del alcance de las piezas de la muralla… El resto, bergantines de borda alta, a excepción de los dos galeones de río, iniciaron la aproximación a la empalizada y los bastiones con clara intención de castigar con sus piezas la fortificación antes de que las galeras lanzaran al asalto, la tropa que transportaban. A pesar de las dificultades que la tempestad y el río oponía, la maniobra se estaba ejecutando con precisión, Álvaro apreció mucho oficio tras aquellos movimientos iniciales…

La orden era aguardar que ellos dispararan primero, y los artilleros de Angostura aguantaron con arrestos el tirón.

Los bergantines del Caimán y de “Ópalo Negro” lanzaron la primera andanada… Tal y como Álvaro había previsto parte de la pólvora se les había mojado, y salvo alguna bola de las de cuatro libras, todo lo otro cayó sin fuerza al río… Los impactos que se dieron no quebraron las defensas, quedaba mucha pólvora que quemar todavía, pero ahora era el turno de Angostura.

Desde la torre, desde los bastiones, desde la empalizada, gracias a la precaución de proteger la pólvora la respuesta unida a un trueno fortuito, fue ensordecedora.

Hubo mástiles derribados, bordas desarboladas, un par de bajeles seriamente dañados, amén de una santabárbara en llamas, la lluvia arreciaba, y la tempestad iba en aumento dibujando con sus descargas eléctricas las tenebrosa siluetas de los buques con velamen oscuro.

-¡Eso no les ha debido gustar mucho!- terció el tuerto Guyapín, chasqueando la lengua.

Los bergantines estaban tardando en responder con fuego, según discurrió Álvaro, porque andarían seleccionando pólvora seca. Cecilia Ordóñez cogida de su brazo asintió mirando a los artilleros de la torre que recargaban su pieza. A una seña de Guyapín desde la torre salió una segunda andanada que fue seguida por el resto de las piezas grandes, las culebrinas permanecían todavía a la espera de que el enemigo estuviera más cerca. La segunda descarga de Angostura fue más terrorífica que la primera, los artilleros habían afinado el tiro, dos bergantines a pique, otra santabárbara en llamas, varios buques desarbolados y dos galeras de la formación de levante tocadas en medio de la proa, a pesar de ello seguían bogando hacia la empalizada repletas de mirmidones y piratas.

-¡Eso ha estado bien!- no pudo reprimirse Dama Cecilia.

-¡Mi señora, enviaremos esos rebeldes al fondo del río!- bramó Guyapín. Pero justo entonces las piezas de la flota respondieron, y con pólvora seca, fue terrible.

Desde la atalaya de la torre, sobre el fondo obscuro de aquella noche tormentosa, vieron como en la empalizada de levante de la rada, se abría entre llamas una brecha, en la de poniente, el muro y la empalizada de la ciudad, sufrió importantes daños, los bastiones habían aguantado la primera andanada, junto a ellos habían silbado cascotes de un impacto certero en la torre, que a pesar de ello, con la almena herida, resistía pero lo peor fue la cantidad de incendios en la ciudad, fruto no tan sólo de la artillería sino también de bombardas con materia inflamable… Las cabañas de su gente, y los cuarteles de Angostura ardían, y sus gentes luchaban con agua y tierra para impedir que todo ardiera como una tea. Dama Cecilia, se había vuelto hacia la cara sur de la torre, contemplaba allí abajo a su gente, caribes y mestizos luchando con el fuego y con los asaltantes, y sintió un nudo en la garganta e inmediatamente unos brazos que la rodeaban bajo la intensa lluvia, lluvia que sin duda ayudaría a sofocar los fuegos, le susurró Álvaro…

-¡Esto, mi Dama, tan sólo ha hecho que empezar!- dijo. Tras esas palabras los artilleros de Angostura respondieron con las piezas que seguían útiles, y afinaron un tanto más la puntería, uno de los bergantines que ante los bastiones bombardeaba el fuerte, recibió tal concentración de fuego que saltó por los aires bajo la luz de un relámpago que iluminó las terribles explosiones…

Los bergantines enemigos volvieron a abrir fuego, a despecho de sus daños concentraban el fuego sobre puntos concretos de las empalizadas, al tiempo que las galeras se disponían en línea para embarrancar la primera, frente a la brecha. Desde la atalaya se veía la estrategia perfectamente dibujada, y el último bombardeo había logrado que tanto la muralla de la dársena como la de la ciudad se hubieran abierto, presentando una brecha por la que la infantería enemiga podía acceder tanto al interior del puerto fortificado como de la ciudad. Al mismo tiempo los bergantines que quedaban capaces de navegar, se alejaban de los muros y empalizadas, se ponían fuera de tiro, a excepción del que quedaba frente a los bastiones escoltando tres galeras que sin duda intentarían forzar la entrada al interior del puerto.

-¡Centrad el fuego en las proas de las galeras!- gritó sobre el fragor de la tempestad Álvaro a Guyapín, éste asintió y envió un emisario a todos los puestos artillados.

Las galeras estaban ya cerca, y el fuego se incrementó con las culebrinas por uno y otro bando, pero las filas de galeras avanzaban a golpe de remo, a pesar del oleaje y de la tempestad… Se veía a los soldados de Angostura preparando una barricada con celeridad en la brecha de la muralla, igual que en el otro lado caribes y mestizos intentaban fortificarse, en el puerto sur, los piratas habían dirigido brulotes contra la muralla de embarcaciones que defendía la bocana. Desde la atalaya, Álvaro se percató de que el combate cuerpo a cuerpo era inminente.

-¡Cecilia, ha llegado el momento de que acuda al muro de levante, y que Guyapín haga lo propio con la empalizada de la ciudad a poniente…! ¡Permanece aquí con la escolta, no temas más que por ti, pero te prometo que no franquearán la puerta de tus estancias! ¡Si llegan al fortín, refugiaos allí!- gritó Álvaro en un momento que la lluvia y el viento arreciaban. Seguido de Bernardo, se escabulló por la escalera que conducía a las almenas del palacio. Cuando ya no estaban presentes, Dama Cecilia miró fríamente a su comandante tuerto…

-¡Guyapín, voy con vos a defender mi pueblo!- el tono no admitía respuesta. Todos sabían que Don Tello había incluido en la educación de su hija, las habilidades del soldado, así pues no sería la primera vez que empuñaría espada y pistolón.

El bergantín que permanecía ante los bastiones del río, en dos andanadas, logró desmantelar un puesto artillado en el bastión de levante, y acto seguido las tres galeras que escoltaba se lanzaron entre los bastiones para penetrar limpiamente en el puerto militar de Angostura, no contaban con que los laterales de los bastiones tenían cuatro puestos más y multitud de aspilleras para culebrinas, la primera galera entró en la rada totalmente en llamas con la cubierta barrida por las culebrinas, ciertamente los de la galera habían respondido al fuego con sus piezas y los bastiones habían perdido una pieza y varias culebrinas, amén de brechas en los muros. Lo que no esperaba el capitán de la galera era dar de frente con dos bergantines artillados que lo enviaron con media andanada al fondo de la dársena. La galera hundiéndose constituía un pecio que impidió la entrada de la segunda, que recibió un duro castigo desde ambos bastiones, la tercera galera buscó la protección del bergantín para ir a otro punto a descargar el pasaje mortal, abandonando a su compañera bajo el fuego y el ensañamiento de las piezas de los bastiones de Angostura, a duras penas la galera pudo salir de la trampa y muy maltrecha navegar tras su compañera. El bergantín las alejó de la zona de fuego…

Al mismo tiempo, por el muelle de levante del puerto de guerra, Álvaro, mosquete en mano, corría seguido por Bernardo, Gerardo García y cincuenta hombres más bajo las luces cegadoras de los relámpagos y la lluvia que lo envolvía todo. El destino de aquél retén de tropa, era la brecha en donde se batían junto a los hombres de Juánez, los de Federmann. La primera galera había abatido su rampa de abordaje sobre la brecha y sobre las tablas, mirmidones y piratas se habían lanzado al asalto entre gritos escalofriantes con partesanas hachas y machetes. las seis galeras se habían ensamblado en línea con la idea de ser una única pasarela por la que podían desembarcar la tropa que había en todas ellas.

El grupo llegó en tropel a la brecha en el momento que los asaltantes estaban forzando la línea de defensores y en primer lugar Álvaro que se había desprendido de la capa para ir más ligero de movimientos, tras él, el guión de la hueste y Don Gerardo con sus hombres.

Entraron a culatazos de mosquete, para frenar el avance de los primeros piratas y dar un respiro a los de Federmann que ya llevaban lo suyo.

Tras hacerse con un espacio en el centro de la brecha los hombres recién llegados formaron en tres líneas de quince y empezaron a abrir fuego con sus mosquetes, más precisos que los arcabuces de Angostura o los trabucos piratas, y lo hacían por andanadas… En el lapso que la sorpresa produjo, Federmann reorganizó a su gente, los arcabuces de Juánez situados en la empalizada que restaba en pie concentraron su fuego en las bordas del convoy de galeras que semejaba una gran serpiente, el teutón unió sus mosquetes a los de los recién llegados, ganaron ancho de línea y dos andanadas de profundidad, al tiempo que había erizado de picas y ballestas los flancos de los que se disponían a disparar ordenadamente sus mosquetes.

-¡Gracias a Dios…!- masculló Don Nicolás secándose la sangre de un rasguño de la mejilla- ¡Si no llegáis a tiempo, esos salvajes se nos llevan por delante!-

-¡Vamos a darles a esos piratas y rebeldes una buena paliza!- respondió Álvaro- ¡Fuego!- gritó con fuerza sobre el rugir de la tempestad.

De forma ordenada y fría, las líneas iban disparando una tras otra dando tiempo a recargar los mosquetes, de manera que un fuego graneado y continuo, mordía la masa de asaltantes que una tras otra oleada, caían heridos o muertos, de manera que, los defensores avanzaban ganando terreno, y pronto pusieron pie en la rampa de abordaje, luchando en suelo enemigo.

Álvaro vio la oportunidad, si lograban cortar las amarras de los garfios y separar la rampa de su galera, el grupo de embarcaciones ensambladas quedaría al pairo, a merced de la corriente, y el río no andaba precisamente tranquilo. Se dieron las órdenes pertinentes, y culebrinas, falconetes y otras piezas concentraron su fuego en los garfios que a babor y estribor amarraban la primera galera a la empalizada, hasta que las cadenas saltaron por los aires, y a la vez, Gerardo García y tres de sus hombres con hachas de dos libras desencuadernaban la rampa por la mitad, los maderos crujían mientras los mosquetes sin piedad seguían machacando aquellos fanáticos que una y otra vez se lanzaban sobre ellos con pobres resultados. Al fin, la rampa cedió…

Los piratas y mirmidones se llevaron las manos a la cabeza al verse arrastrados por el oleaje y la sinuosa serpiente de galeras se alejaba de la isla de Angostura. Se perdieron en la tenebrosa negrura a intervalos violada por la luz rampante de los rayos que martilleaban poco después con truenos horrísonos. Los defensores, volvieron al interior de la brecha y por unos momentos, todos permanecieron en silencio.

-¡Venga, hay que rehacer la barricada!- ordenó Federmann, haciendo gala de su veteranía y sangre fría. Álvaro le sonrió asintiendo bajo su yelmo, sentía la boca seca y el rostro empapado de la lluvia y de sangre enemiga. Miró a lo lejos, en el río, lentamente las galeras se zafaban las unas de las otras y pugnaban por recuperar su capacidad de navegar, lentamente los soldados de Angostura empezaron a separar muertos de heridos graves con el objeto de poder trabajar en la reconstrucción de la barricada que protegiera en algo la brecha abierta. Álvaro, Gerardo García y Federmann clavaron sus miradas en las hileras de cuerpos sangrientos tendidos en el muelle que acababan de defender encarnizadamente.

-¡Mas de cincuenta muertos…!- susurró Federmann. Gerardo García asintió en silencio, de los suyos también había caido alguno, pero especialmente los cadáveres pertenecían a la unidad de Juánez, mestizos de Angostura, descendientes de los soldados de Don Tello, habían caido con bravura. Álvaro sentía un ardor en las entrañas, los hombres de Federmann y de Don Gerardo que yacían sin vida mezclados con los de Juánez, habían luchado por él, habían seguido su estandarte desde lejanas tierras de los reinos nuevos creyendo que su causa les proporcionaría la fortuna y la gloria, contempló después a los heridos, algunos se retorcían de dolor bajo la lluvia.

-¡Hay que llevar los heridos a un cobertizo y llamar al cirujano!-observó Álvaro.

Juánez que lo escuchó se hizo con la orden…

-¡Ocupémonos de los que aún viven!- dijo. Ordenó a sus hombres que llevaran a los heridos que no podían moverse a un cubierto que estaba tras la muralla a unas diez varas, los que podían andar lo hicieron por propio pie, y un mensajero corrió al fortín a por el cirujano-¡Don Álvaro, habéis salvado la muralla de levante, y esos miserables, trabajo van a tener para mantener a flote sus malditas galeras!- remató bajo el resplandor de un relámpago el bueno de Juánez.

Un estruendo arrebató a Álvaro de sus reflexiones, Bernardo Cabrera había dado un respingo, aquello no era un trueno pensó.

-¡Ha estallado el polvorín del cuartel de poniente de la ciudad!- exclamó lacónicamente Juánez. Aquellas palabras recordaron a Álvaro que había otro frente abierto aquella noche, le acudió la imagen de Gayupín y de Somer.

-¡Juánez, no creo que esos perros vuelvan…! ¡Dejadnos cincuenta hombres, con arcabuz! ¡Acudiremos en socorro de la ciudad! ¿Hay pólvora seca en el cobertizo?-

-¡Toda la que queráis, Don Álvaro!- respondió el capitán mestizo.

-¡Bernardo, Federmann, Don Gerardo…! ¡Tenemos justo el tiempo de coger pólvora seca y atravesar el puerto cubierto para acudir en ayuda de nuestros camaradas!- ordenó Álvaro. Los hombres, a pesar del cansancio, obedecieron sin objeción y ordenadamente recargaron sus doce-apóstoles 12 en el cobertizo para posteriormente dirigirse a la base del fortín, donde se hallaba la entrada a las atarazanas y los muelles cubiertos. A su paso junto a la empalizada, los soldados de Angostura les vitoreaban conscientes de su valiosa acción en la brecha. Juánez les seguía con la vista hasta que se perdieron en la obscuridad reforzada por la cortina de agua que sin piedad seguía cayendo.

El escenario por el cual discurría la tropa reclutada a golpe de genio, era de por si dantesco, con las huellas del bombardeo, la lluvia y los relámpagos, pero cuando el grupo accedió a los muelles cubiertos y anduvieron bajo las altas bóvedas con la reverberación que el agua provocaba y el reflejo de las iluminarias por toda luz, a la mente de Álvaro volvieron los versos del genio florentino en su visita al infierno…

“A mitad del camino de la vida

en una selva obscura me encontraba

porque mi ruta había extraviado”

 

 

De los distintos muelles, se alzaban las columnas que soportaban los arcos sobre los que se sostenían la fortaleza y el palacio de la Yacu Ayura… Definitivamente, el leonés Don Tello, realizó en aquellos parajes una labor inmensa,- pensó para sus adentros Álvaro- mientras los versos infernales del Dante, estudiados con fruición en Alcalá, volvían una y otra vez, como si estuviera definiendo tanto el lugar como las circunstancias que envolvían su presencia en aquella remota región, donde estaba jugando su vida y la de sus camaradas…

“¡Cuan dura cosa es decir cuál era

ésta salvaje selva áspera y fuerte

que me vuelve el temor al pensamiento!”

 

Como una procesión de almas condenadas, cargados de hierros, atravesaron las penumbras de la bóveda que atravesando el vientre del palacio fortificado se dirigían hacia un infierno en llamas.

Cuando salieron bajo los arcos divisaron un espectáculo desolador, la mitad de la ciudad estaba en llamas, en la lejana bocana sur se advertía una dura lucha entorno al dique interpuesto de galeras y embarcaciones para impedir la entrada de las galeras enemigas, la segunda impresión fue volverse a sentir bajo la intensa lluvia.

-¡No perdamos el tiempo vamos a la brecha de poniente…!-ordenó resuelto Álvaro. La tropa estrechó filas y arrancó la carrera entre cabañas y cuarteles en llamas…

Cuando llegaron a la zona de combate de la brecha de la empalizada que rodeaba la ciudad por su lado occidental, advirtieron que la estrategia de los asaltantes era la misma que en el anterior combate, allí los defensores se afianzaban unidos caribes y mestizos batiéndose con fiereza, pero las alabardas y trabucos piratas ganaban terreno hacia… Sintió como el corazón se transformaba en una bola de hierro que le pesaba en el pecho… Allí, bajo el estandarte de Angostura, luchando junto al gigantesco Guyapín estaba Dama Cecilia, rodeada por su escolta de caribes y aravacos, pero descargando su pistolón sobre el enemigo como un soldado más. Los que tras él venían, se percataron también de la situación, con admiración.

Álvaro no perdió el tiempo…

-¡A culatazos con ellos, les daremos una dura lección, como a sus miserables camaradas!- la centuria de recién llegados entraron en tromba contra la vanguardia de los asaltantes que habían ganado las primeras varas de tierra dentro de la empalizada. Con ballestas y picas flanqueando los hombres se dispusieron en múltiples andanadas e iniciaron fríamente sus descargas. Como sucediera en la brecha de levante, los desconcertados asaltantes vieron clarear sus filas de choque.

-¡Desde la empalizada, disparadles!- se desgañitó Guyapín con una sonrisa que contenía un algo de crueldad.

Ballestas, arcos y arcabuces de la empalizada, amén de alguna culebrina y un falconete de dos libras, se aplicaron a castigar la larga columna de mirmidones y piratas que cruzaban el pontón de galeras. En primera línea Álvaro animaba a los suyos a recuperar el terreno cedido, el rodillo de fuego hizo el mismo efecto que en la brecha de levante, aunque estos combatientes entre los que los mirmidones eran mayoría, combatían más bravamente, las picas fueron muy útiles para obligar a los mirmidones a ceder terreno, pero los efectos de estar sometidos a un fuego constante dio como resultado que al cabo de una hora, combatían sobre el puente de la primera galera, en la proa…

Don Gerardo como hiciera con el otro asalto estaba destrozando la rampa de abordaje, mientras la gente de Guyapín la tenía emprendida con las cadenas de los garfios de anclaje, cuando unos y otros acabaron la operación, entre gritos de los asaltantes, el convoy de galeras fue arrastrado por la corriente, río abajo. Alguno de los asaltantes que se había quedado en tierra estaba siendo rematado por los caribes a cuchilladas. Los pobres diablos chillaban tanto de dolor como de terror.

Los hombres de Álvaro, acusaban el esfuerzo, el combate había sido más duro, pero no habían experimentado más bajas, la coordinación de las armas de fuego había resultado vital, especialmente los mosquetes de pedernal, más precisos y de más alcance que los arcabuces. Los soldados de Juánez, que habían participado en el refuerzo del muro de poniente, sentían un especial orgullo de haber aplastado de forma tan contundente a los rebeldes. Álvaro entre la munión de combatientes buscaba con la mirada a Dama Cecilia… Ella se le echó a los brazos, agotada y temblando.

-¿Pero qué locura has hecho?- le susurró él, abrazándola.

-¡Mi pueblo me respeta y me ama, porque estoy con él, cuando lo necesita!- respondió ella comiéndoselo con la mirada- ¡ Como yo a ti, porque tú vienes siempre a mi lado, cuando lo necesito!- Permanecían en pie abrazados, dando gracias por estar vivos en medio de aquél infierno.

Media ciudad ardía, los relámpagos habían cesado y ello acentuaba la negrura de la noche, el viento del sur arreciaba y la lluvia caía con redoblada fuerza, a su alrededor la tropa, calada hasta los huesos y agotada descansaba sobre las tablas del interior de la empalizada, de momento dos peligros inminentes reflejados en dos fuertes asaltos habían sido conjurados,- meditaba Álvaro-, y se lo susurraba en voz queda a su dama, que permanecía más que abrazada a él, incrustada en su armadura.

Pasados los primeros momentos, Guyapín reaccionó con determinación ordenando que se recompusiera la brecha de la empalizada, levantando una nueva barricada. Bajo la lluvia, los hombres empezaron a moverse para cumplir la orden del comandante. La orden tronante de Guyapín había sacado a Dama Cecilia y Álvaro de su ensimismamiento, retornaron de nuevo al escenario de la batalla de Angostura.

El firmamento sobre la ciudad enrojecía a causa de los fuegos, uno de los cuarteles era una pira, a causa de haber impactado un cañonazo en el polvorín, al otro lado de la rada del puerto sur, también ardían multitud de cabañas de los caribe de la ciudad. Dama Cecilia dirigió su mirada a la muralla de embarcaciones que cerraba el puerto, antes de bajar de la atalaya de la torre, había podido ver como se combatía duramente en los puentes de las galeras.

Con un cierto desánimo, la Yacu Ayura advirtió que las galeras del Caimán, habían logrado romper la barrera de las de Angostura, y que tres galeras y multitud de embarcaciones chatas se dirigían hacia los muelles internos de la ciudad. Los ojos esmeralda de la reina del Guay Naya, adquirieron una expresión de horror, al presentir el sufrimiento que se cernía sobre su pueblo, sobre la parte más débil de su gente, los que intentaban salvar sus cabañas y proteger a sus hijos del asalto pirata. Álvaro reparó en la entrada de las embarcaciones enemigas al lago interior que formaba el puerto de la ciudad… Hizo un gesto con la cabeza a Guyapín, y éste dirigió su único ojo al interior del puerto.

-¡Por todas las Yacu Mama! ¡Es la galera de “Caimán”!- bramó el comandante- ¡Ese miserable está aquí…!- Álvaro miró en la dirección que apuntaba la espada de Guyapín, una galera mucho mayor que las otras dos que habían logrado introducirse en el puerto, una embarcación majestuosa, cuya proa baja y espolón semejaban las fauces de un caimán gigantesco.

-¡Guyapín, que la mitad de las fuerzas que están en la defensa del puerto norte, acudan a defender los barrios! ¡A ver si desde la torre pueden alcanzar con el cañón grande esas galeras! ¡Si uno de los cabecillas de la rebelión está aquí, hay que acabar con él!- dijo resuelto Álvaro- ¡Hay que lograr cerrar de nuevo la bocana del puerto sur!-

-¿Cómo vas a lograrlo?- le preguntó angustiada Cecilia Ordóñez.

-¡Permaneciendo aquí, no!- respondió él. Tras ello, miró a Federmann fijamente-¿Recordáis Lepanto Don Nicolás?-

-¡Imposible olvidar aquello, Don Álvaro!- respondió el tudesco.

-¡Escoged quince hombres, que dejen los mosquetes y su impedimenta a otros compañeros! ¡Espada, daga y pistolones es todo cuanto precisarán!- ordenó Álvaro, mientras observaba como Gayupín enviaba mensajeros a la torre y a la empalizada del puerto norte. Tras apretar las manos de Dama Cecilia, y ya desprovisto de corazas y yelmo, como sus dieciséis acompañantes se lanzaron a la carrera en dirección a la bocana sur.

La presencia de Álvaro, Federmann y el grupo de soldados en la galera del capitán Enríquez, subió la moral de sus tripulantes, agotados tras rechazar los ataques de seis galeras, de las que tres habían logrado penetrar en las aguas del puerto de la ciudad.

-¡Venga Enríquez, tirad sogas con garfios y cerrad con la otra galera la bocana, de nuevo! ¡Han logrado entrar, pero no saldrán!- el joven capitán de Angostura le miraba de hito en hito, y Álvaro insistió, hasta que el capitán y sus hombres se pusieron manos a la obra ayudados por los recién llegados y los de la otra embarcación, lentamente volvieron a cerrar la bocana sur de Angostura.

-¡Es un privilegio teneros aquí, mi señor…!- espetó respirando con dificultad Enríquez.

-¡No por mucho tiempo capitán! ¡Que nos preparen dos canoas y dos hachas de dos libras!- ordenó.

-¿Qué os proponéis?- preguntó bajo la salvaje lluvia, Enríquez.

-¡Vamos a inmovilizar esas galeras, aunque sea lo último que haga! ¡Aguantad, desde la empalizada norte, llegan refuerzos, si sostenéis la posición hemos vencido!- respondió Álvaro resuelto.

Él en una canoa con ocho hombres y Federmann en otra con otros tantos, y en cada canoa un hacha de consideración, en la negrura de la noche, batidos por la torrencial tormenta, se iban aproximando a golpe de remo, a las popas de las dos galeras menores que surcaban las aguas del puerto tras el buque insignia del jefe pirata. Las culebrinas no dejaban de disparar a los muelles, y Álvaro pudo advertir que las galeras se habían desprendido de tripulación que en las embarcaciones chatas se dirigía a asaltar los muelles interiores de la ciudad…

Una vez estuvieron en las popas, cada canoa con su hacha se aplicó violentamente a desencuadernar el timón y su pizón,- con Federmann habían empleado la misma táctica en Lepanto contra unas galeras otomanas que a punto estuvieron de rodear la flotilla del Príncipe Don Juan-, ambas galeras llevadas por el impulso de los remos y la pequeña corriente del puerto, rompieron toda formación alejándose de la galera insignia… Pero debido a la escasa visión, los tripulantes de ésta no se percataron de su soledad hasta que fue tarde.

Ambas canoas remaron desesperadamente para alcanzar la popa de la gran galera, lo que lograron no sin dificultad. Una vez allí, Álvaro empezó a encaramarse, mientras los de Federmann se aplicaban al timón. Un grupo de catorce atacantes alcanzó el castillo de popa, cubierto por una toldilla, donde el timonel empezaba a luchar con el timón, sin entender porque no respondía a sus vueltas, el pobre diablo no tuvo ocasión de averiguarlo jamás. Federmann, que ya se había incorporado al grupo de asalto, le atravesó limpiamente el cuello, los hombres tomaron las culebrinas de popa y empezaron a cargarlas para cubrir las escaleras que del puente subían al castillo de popa.

-¡Don Nicolás, bajo el castillo debe tener esta galera su santabárbara! ¡Hay que prepararla para volar esta embarcación!- el teutón hizo señal afirmativa y con dos tudescos de su comapañía se escurrió por la escotilla que daba acceso a las tripas de aquél caimán de madera, Álvaro mientras, con sus doce hombres se preparó a defender el castillo de popa, a toda costa.

Allí abajo, sobre las tablas de la cubierta, una figura tétrica, alta y huesuda, envuelta en una capa de hule y bajo un chambergo por cuyas alas caía agua como si de aleros se tratara, recorría gesticulando, látigo en mano toda la cubierta en dirección a la popa…

-¡Mal rayo nos parta! ¡Cuando atrape a Don Andrés me va a oír…! ¿Dónde están las galeras que nos escoltan? ¿Qué sucede con el timón?- gruñía el personaje.

-¡No subáis solo a la popa, mi capitán!- un grupo de piratas se le unió con sus machetes y sables de abordaje desenfundados.

Para sus adentros, Álvaro rió, a pesar de estar harto aquella noche de derramar sangre y de ver muerte y dolor por todas partes. Así que ése, es el temible “Caimán”, se dijo entre dientes realizando una señal a sus hombres, quizás tenía en sus manos que aquella salvajada cesara en un golpe de suerte.

Cuando Álvaro bajó su mano, las culebrinas dispararon, pero una de ellas debido a la humedad no prendió bien la pólvora.

-¡Es una trampa, cubríos!- gritó el siniestro pirata. Una parte de los hombres que le escoltaban habían sido barridos por la culebrina de estribor, él, situado a babor, alzó su sable curvo para ordenar el asalto del castillo de popa.

Los primeros piratas que se encaramaron por la escalera arriba, cayeron atravesados por el plomo de los pistolones, pero desde el puente de la galera en ayuda de sus camaradas, los piratas llegaban en gran número, armados con hachas, machetes, partesanas y sables, y se agolpaban en las estrechas escalinatas que, con ventaja los de Álvaro, defendían, hubo una segunda descarga de las culebrinas, cargadas de clavos, los piratas retrocedieron, pero a un grito de su capitán se lanzaron de nuevo escaleras arriba pisando a sus propios muertos y heridos.

El viento había abierto claros en las nubes, y la lluvia iba menguando… A pesar de ello la obscuridad era total y se combatía a ciegas, los aceros al cruzarse hacían saltar chispas. Álvaro armado con el hacha de dos libras mantenía la escalera de estribor bloqueada, y tan sólo tenía el pensamiento fijo en dar tiempo a Federmann para prender la mecha a los barriles de pólvora…-¡Aguantad firmes!-gritaba denonadamente hendiendo carne enemiga con la pesada hacha de mango largo.

Bajo el puente, Federmann se había encontrado con la desagradable sorpresa de que la pólvora estaba en el centro de la bodega y no bajo el castillo de popa, tuvieron que quitar del medio a dos centinelas y trabajar lejos de la escotilla, mientras escuchaban la carnicería que tenía lugar sobre sus cabezas. No había mucha pólvora, pero el hecho de que estuviera agrupada en la base del palo mayor, haría sin duda que aquella galera si la mecha cumplía con su cometido se despanzurrara y fuera a pique todo en una. Debían trabajar encorvados, mientras las gotas de sudor les caían como la lluvia se infiltraba entre las tablas del puente. Amontonaron los barriles, y los ataron bien para posteriormente ir engarzando en las tablas que cubrían aquella incómoda bodega la mecha, ya en dirección a la escotilla que daba a la subida al castillo de popa; en aquél lugar hedía como si fuera un corral de cochinos, a buen seguro aquellos cerdos utilizaban la bodega como si fuera la sentina. Lentamente y con cuidado de no dejar expuesto a la humedad trecho alguno de la mecha, fueron avanzando.

Dos varas por encima, los de Álvaro luchaban ya en el castillo de popa, exhaustos, sangrando por varias heridas, pero los catorce seguían en pie blandiendo sus armas y manteniendo a raya aquella canalla que tapizaba su buque de muertos y heridos graves, aquellos piratas eran arrojados, pero no eran combatientes duchos… Normalmente se enfrentaban a poblados caribe o a puertos desguarnecidos, presas desarmadas y fáciles. Vérselas con soldados de Tercio y Lansquenetes tudescos, era otra cosa.

Lívido de cólera, el capitán pirata se deshizo del chambergo y de su capa oscura, y sable en mano se dirigió hacia Álvaro, que dirigía aquél asalto a todas luces. El “Caimán” estaba más instruido en usar el acero que el conjunto de su tropa, los primeros golpes no fueron fáciles de parar para “El Lince”, pero tras la tercera entrada, éste advirtió el sistema de lucha del pirata, descarga desde lo alto por la derecha para girando la muñeca subir hasta la cintura del oponente y tirar con el sable al pecho o al cuello, y a punto anduvo de ensartarle, pero su agilidad de gato le salvó una vez más… Se encogió, y cuando el otro había lanzado su golpe, al incorporarse se llevó medio rostro del “Caimán” con el puño del guantelete de acero.

El capitán pirata lanzó una exhalación de dolor y soltó su sable, momento que El Lince aprovecho para agarrarle por el cuello y poner el filo de su espada en el mismo, cubriendo su cuerpo con el del capitán pirata que había perdido el ojo derecho y tenía todo ese lado del rostro destrozado.

-¡Atrás o degüello a vuestro capitán!- rugió Álvaro. En ese momento asomaba Federmann y sus dos tudescos.

-¡Esto va a saltar por los aires, Álvaro!- advirtió el capitán tudesco y al escucharlo, todos se asomaron a la balaustrada de popa para saltar, Álvaro arrastró consigo al pirata y saltaron juntos a las aguas del puerto. Las canoas los recogieron, el “Caimán” había perdido el sentido, pero lo recuperó a causa de la explosión que partió en dos su querida galera insignia, de un golpe con la cazoleta de la espada, Álvaro lo sumió de nuevo en la inconsciencia.

Lentamente fue clareando, con una luz gris y mortecina, al calmar el viento el firmamento volvió a encapotarse… La ciudad de Angostura ofrecía un triste aspecto, ennegrecida y humeante mostraba claramente las profundas heridas que el brutal ataque le había inferido. Por doquier se veían soldados agotados y heridos en mayor o menor cuantía que reposaban sin resuello junto a muros y ruinas. La humedad resultante de la intensa tempestad lo invadía todo y una bruma acuosa se mezclaba con los humos y el hálito de los supervivientes a la infernal noche.

En pie, bajo el estandarte de Guay Naya, arropada por la escolta y acompañada por Guyapín, Dama Cecilia estaba en la barricada levantada sobre la brecha de la empalizada de occidente de la ciudad. Su mirada no cesaba de repasar con languidez la devastación que las luces del nuevo día iluminaban.

Sobre las encalmadas aguas del lago que era el puerto de la ciudad, las dos canoas se aproximaban al muelle más cercano a la barricada. Una vez atracaron y pusieron pie en la ciudad, Álvaro envió fuertemente maniatado al prisionero para que lo encerraran en las mazmorras de la fortaleza de Angostura, y acto seguido, acompañado por Bernardo, Federmann y Hernando se dirigió junto a la Yacu Ayura.

Al llegar junto a ella, se quedó a un paso mirándola fijamente, tanto él como los que le acompañaban estaban tiritando, de frío, de humedad y de agotamiento.

La primera reacción de la señora de Angostura, fue ordenar que les taparan y les dieran algo caliente para atemperarse, al tiempo Guyapín ordenaba encender un fuego.

-¿Quién es el prisionero?- preguntó Dama Cecilia. El resto les rodeaban, mientras se protegían con las capas y mantas secas que les habían proporcionado.

-¡Es “Caimán”, el jefe de los piratas…!- respondió lacónicamente Álvaro. Todos a su alrededor enmudecieron.

Tras las primeras horas, de descanso y de contemplación de los daños causados por el ataque nocturno, se produjeron las primeras ordenes, los caciques convocaron a sus gentes, y se dispuso en primer lugar el rescate de cualquier posible herido, mientras se preparaba la despedida de los muertos en el combate, por desgracia el bombardeo había segado la vida de muchos niños…En el curso del dia no hubo tiempo para más, excepto para descifrar los mensajes que los tambores de los tótems de la jungla esparcían por el espacio. Con el paso de las horas, los alrededores de Angostura recuperaron también la sinfonía de los innumerables monos rojos y pájaros parlanchines que poblaban el Coba Naya, el territorio cercano a Angostura.

Hasta bien entrada la noche, y tras reposar bien abrigado no recuperó Álvaro el temple, tras lo cual cenó ligeramente y se interesó por el prisionero herido, a lo que le respondió en tono sarcástico Bernardo Cabrera, que el comandante Guyapín estaba sosteniendo una plática con él. Dama Cecilia, que estaba presente en la sala, bajó ligeramente la cabeza…

-¡Ha traicionado el trato que habíamos establecido con él, hace tan sólo una estación! ¡Se le pagó buen oro, y ahora debe dar explicaciones de por qué ha cometido esta felonía!- dijo.

Al siguiente dia, los oficiales de Angostura comentaban lo que los tambores decían, un gran número de buques, con estandarte de Don Andrés subían río arriba, se les habían unido los que habían atacado Angostura. A la par, Álvaro y sus capitanes tomaban nota de los efectivos que le quedaba a la hueste de Guay Naya. La tropa andaba limpiando sus armas y poniendo a punto los trastos de matar, como vulgarmente los denominaba Bernardo Cabrera, el lugarteniente. La noticia de que el prisionero andaba agonizando, se generalizó, pero tanto Álvaro como Cecilia Ordóñez fueron enterados por Guyapín de la confesión que el tuerto había arrancado al jefe pirata.

-¡Tenían dos objetivos…! ¡El primero dañar en todo lo posible Angostura y sembrar el terror en la ciudad o tomarla parcialmente si ello era posible…!- discurría el mestizo.

-¡Éste lo han conseguido, al menos en gran parte!- cortó Dama Cecilia.

-¡El segundo- prosiguió Guyapín- personarse con un ejército potente al gran consejo de los caciques en Tupai Naya, para que todo el interior del Guay Naya, declare a vuestro hermano Andrés, rey de Guay Naya y le permitan nombrar a otra Yacu Ayura!-

-¿Qué?- exclamó incrédulo Álvaro.

-¡Esos tres tramaban su conspiración desde antiguo…!- reflexionó en voz alta Dama Cecilia- ¡Si triunfa en el interior, contará con un ejército de más de diez mil indios entre caribes y pemó, y será difícil vencerles! ¡El “Ópalo Negro” acudirá con todas sus fuerzas, para recuperar el comercio con el reino Omagua!-

-¡Si todo ese ejército se pone a las puertas de Angostura…! ¡Ni las defensas naturales, ni la empalizada, les podrá resistir y vencer!- razonó Guyapín- ¡Debemos reducirles antes de que tenga lugar el consejo de los caciques del interior!- dijo esto último mirando tanto a Dama Cecilia, como a Álvaro. Estaban los tres solos, Bernardo, y la escolta india, en la sala de recepciones de la Yacu Ayura.

-¿Con cuantos hombres pueden contar todavía mi hermano y su aliado?-preguntó ella.

-¡Habrán participado en el ataque, casi tres mil hombres embarcados…!- calculó Álvaro.

-¡Las últimas noticias sobre el baquiano de Manaus, sitúan sus fuerzas en cuatrocientos hombres, de los cuales cien son baquianos y buenos combatientes! ¡El resto no son gente diestra!- apuntó Guyapín.

-¡Tres mil quinientos hombres…! ¡Cien baquianos adiestrados…! ¿Y cuantos mirmidones quedarán en pie?- preguntó Álvaro.

-¡Los mirmidones, jamás han pasado de los doscientos hombres, y últimamente les hemos causado numerosas bajas! ¡Dudo que a Don Andrés, de entre esos casi tres mil soldados, cuente con mas de ciento y algo de buenos combatientes!- hizo balance el gigantesco mestizo. El rostro de Álvaro, adquirió una expresión felina, que sus interlocutores advirtieron-¿Qué discurrís?- inquirió impaciente Guyapín.

-¡Trescientos enemigos bien adiestrados…!- susurró el Lince, sin mirar a nadie en concreto- ¡Antes que nada debo tener un consejo con los capitanes de mi hueste! ¡Don Bernardo, nos reunimos en aquél muelle antes de una hora, que todos hayan comprobado las bajas que se han detectado a primera hora!-

Al cabo de una hora, Álvaro se reunía con Bernardo Cabrera, Nicolás Federmann, Gerardo García, Alfredo Somer y el aravaco Hernando.

-¡Esta hueste ha quedado en casi trescientos efectivos…! ¡Casi el mismo número de posibles enemigos para nosotros! ¡El problema surge anta la ingente cantidad de su tropa, que aunque poco hecha a estas lides, simplemente con la superioridad numérica nos puede acogotar!- Álvaro empezaba a exponer a sus hombres su audaz plan.

-¡Pero, con algún refuerzo de Angostura podremos contar! ¡Es su reino, es su tierra y son sus enemigos!- comentó Bernardo Cabrera.

-¡Efectivamente, pero no mucho más de otros trescientos, no podemos desguarecer la ciudad!- respondió Álvaro.

-¡Aunque lleguemos con seiscientos hombres…! ¡Ellos van a ser más de tres mil…! ¡Es una locura Álvaro!- dijo Federmann.

-¡Si, aunque normalmente las locuras terminan bien a tu lado, ésta puede costarnos el gaznata a todos nosotros y a nuestra gente!- Don Gerardo quiso hacer lado a la inquietud de Federmann, de hecho sus gentes eran las que habían sufrido más.

-¡Es un plan muy osado- arrastró las palabras Somer- y por ello me gusta! ¡Esos golpes de mano sorprenden al contrario, lo desestabilizan y dan la posibilidad de vencerlo antes de que reaccione!-

-¡Es posible correr más que esos barcos…!- el aravaco hablaba como si lo hiciera consigo mismo, como lo hacía a menudo su padre Hernán- ¡Llegar antes a la tierra de los Tepui, y hacerlo con dos mil o más, caribes…!-

Todos le contemplaron de hito en hito.

-¡Cuenta hombre, cuenta!- le urgió Bernardo Cabrera, ante la sonrisa de Álvaro…

Tras terminar el consejo, acordaron no revelar nada de lo tratado, Álvaro lo consultaría con Dama Cecilia y el comandante Guyapín.

-¡Pero…!¿Estáis loco?- gritó fuera de sí Guyapín- ¡Conducir a nuestra reina, selva adentro! ¡Valiente disparate, además con sólo medio millar de hombres!-

-¡Escúchale bien, comandante!- le urgió Cecilia Ordóñez.

-¡No, no y no! ¡Si es preciso moriremos todos! ¡Pero vuestro lugar está aquí, en Angostura!- el mestizo se había puesto rojo como un pimiento, y su único ojo parecía querer salirse de la órbita. Los tres estaban discutiendo acaloradamente en la sala de recepciones del palacio fortificado que coronaba la fortaleza de Angostura, los únicos testigos eran los ocho escoltas indios.

-¡Mirad a la ciudad, Guyapín!- exclamó Álvaro- ¿Qué proponéis? ¿Aguardar la vuelta de Don Andrés? ¡Esta vez con un ejército de diez mil indios, además de sus casi tres mil soldados!-

-¡Escúchale Guyapín!- terció Dama Cecilia- ¡Quizás no sea mala idea dar ese golpe de mano!-

-¿Cuánto tardarán esos miserables en llegar a la tierra de los Tepui?- preguntó Álvaro.

-¡Navegando Orinoco arriba…!- pensó el tuerto- ¡Tiene más de dos semanas de difícil navegación hasta llegar al río Aro! ¡Remontar el Aro hasta sus fuentes les llevará otras dos semanas! ¡Tras eso tienen unas cien millas hasta el Auyan Tepui, diez días más!-

-¡Según vuestras cuentas llegarán justo a tiempo para la reunión de los caciques! ¡Y lo que os propongo, nos permite llegar allí mucho antes!- Álvaro se levantó y contempló el mapa que había en la pared.

-¿Qué miráis?- preguntó Dama Cecilia.

-¡Me pregunto por qué no habrán tomado el río Caropi para llegar hasta el país de los Tepui!-dijo quedamente Álvaro.

-¡El acceso al Caropi, está en Puerto Ordás! ¡Los castellanos impiden que nadie, y mucho menos gente armada navegue por ese afluente, el gran río no pueden controlarlo pero la vía al lago del Guri, la guardan celosamente! ¡Y por si ello fuera poco, los poblados que se hallan a lo largo del río Caropi, son leales a Dama Cecilia! ¡Y Don Andrés, su hermano, lo sabe y no se arriesgará por el curso de ese río, en el que necesitaría la ayuda de los tótems de la zona!-

-¿Podemos conseguir, que esos poblados fieles, hagan lo necesario para llegar con ventaja hasta los Tepui?- Álvaro formuló su pregunta sin dejar de mirar con atención el mapa mural de la sala, Dama Cecilia volvió su mirada hacia el grueso comandante, que cual Polifemo le devolvió con su único ojo toda la devoción que le profesaba.

-¡Por ella y por vos, harán lo que sea preciso! ¡Palabra de Guyapín, el tuerto!- respondió el comandante.

-¡Así pues os pondré al corriente de lo que han de realizar…!- susurró Álvaro- ¡Pero dichas ordenes no han de ser transmitidas por tambor alguno, sino por mensajero, para que nadie a quien no incumban pueda tener noticia! ¡Es muy importante que todo se realice a su debido tiempo, ni antes, ni después…! ¡Hernando, el aravaco, nos ha informado que la jungla tras ser purgada, en una semana vuelve a conquistar lo que al dallar se ha cercenado! ¡Y vamos a tener que cabalgar surcando la jungla, por una vía abierta que nos permita hacerlo sin abrir camino!- tras escuchar esto, la expresión del comandante adquirió un aire atónito.

-¿Queréis, que mas de treinta tótems os abran camino a través de la jungla, a medida que avanzáis?- preguntó con aire incrédulo.

-¡Eso precisamente habrán de hacer, además de poner a disposición de la Yacu Ayura, unos tres mil hombres armados para protegerla cuando lleguemos al paraje en el cual se celebra el consejo!- respondió Álvaro girándose para mirar frente a frente al comandante mestizo. Guyapín, paladeó aquellas palabras, con expresión de duda, estaba rumiando todo lo que representaba el audaz plan del Jaguar, su único ojo bailaba mientras recorría mentalmente la ruta desde las barrancas del lago Guri hasta la sabana en la que se alzaban los Tepui, en tierra de los pemó.

-¡Creo, que puede hacerse!- fue la lacónica respuesta del mestizo, tras haber pensado largamente sobre lo que se pedía realizar.

-¡Guyapín!- reclamó Dama Cecilia- ¡Debe hacerse!- lo que fue seguido por una reverencia por parte del gigantón mestizo. El gesto definía que la decisión estaba tomada, Álvaro suspiró profundamente tras mirar en profundidad las pupilas esmeralda de Dama Cecilia, que mayestáticamente permanecía en su silla curial, ataviada con aquella túnica blanca que realzaba el tostado de su tersa y joven piel, con el mapa del Guay Naya a sus espaldas.

-¡Mi señora…! ¡Tan sólo nos resta prepararnos para la partida!- sugirió Guyapín.

-¡Vos, comandante, junto con Juánez permaneceréis en Angostura! ¡La ciudad os necesita aquí para dirigir la reconstrucción de las defensas, y por vuestro ascendiente sobre la tropa y las gentes de la ciudad caribe!- Álvaro era consciente del sacrificio que le exigía al fiel y leal Guyapín, al espetar aquella orden.

-¡Pero, señora…! ¡Si algo os sucediera, y el cuerpo de éste amigo de vuestro padre, no pudiera salvar el vuestro, no tendría más remedio que quitarme la vida! ¡Así se lo prometí a mi señor padre y al vuestro!- Guyapín, con toda su humanidad hincó la rodilla derecha en el suelo enlosado de la sala, como pidiendo clemencia. Álvaro se le acercó y puso su mano diestra en el hombro del comandante mestizo.

-¿Me concedéis el honor de ser el garante de vuestra promesa? ¡A cambio, os hacemos responsable del destino de las gentes de la castigada Angostura, del legado de Don Tello Ordóñez!- el Lince, miró con firmeza, pero amigablemente al gigantón arrodillado. Éste con su único ojo, retornó el mensaje con cierta resignación en la mirada.

-¡Si ese es el deseo de la hija del gran Tello Ordóñez…!- susurró Guyapín, consciente de que su papel en las jornadas decisivas que se aproximaban no estaría bajo los estandartes, ni en las instancias de más riesgo, pero de mayor gloria.

-¡Más que mi deseo, es nuestra necesidad, comandante Guyapín!- respondió ella, mirando a continuación a Álvaro.

-¡Será como decís, mis señores!- concluyó el tuerto mestizo, poniéndose en pie de nuevo.

Desde ese momento, una actividad febril se apoderó de Angostura, Guyapín y sus capitanes se sumergieron de lleno tanto en la recomposición de las defensas de la ciudad como en la preparación de la expedición al interior de Guay Naya, que en la lengua de los antiguos moradores del río significa la tierra de los dioses.

En la sala de los consejos de oficiales, situada en la fortaleza, bajo el palacio de Dama Cecilia, con los mapas extendidos sobre la mesa, estaban reunidos Álvaro y sus capitanes de la hueste, con el capitán Enríquez, y sus compañeros Aloes y Gutiérrez. Álvaro estaba definiendo con claridad, cual sería la marcha, todos irían montados en caballo, el objetivo era cubrir las trescientas millas con rapidez a lo largo de una vía abierta en la jungla por los caribe amigos, las provisiones que transportarían, como simples toldos para pernoctar, lo harían a lomos de caballo, los mulos les retrasarían, y con el objeto de no cargarse en exceso, llevarían provisiones para una jornada a lo sumo; cada poblado indio les proveería para la jornada siguiente. El armamento había merecido toda la atención, ballestas y dardos en cantidad, la pólvora en barricas pequeñas se cargaría a lomos de caballo, y cada hombre armado de arcabuz o mosquete llevaría sus doce-apóstoles bien surtidos con la bolsa de las bolas. No viajaría con ellos pieza de artillería alguna, eran una tropa ligera. Dama Cecilia viajaría con ellos, como un soldado más. La tropa y la hueste irían señaladas con sus respectivos estandartes.

La expedición debía pasar a la ribera oriental del gran río, para emprender su ruta hacia las barrancas del lago Guri, tras lo cual seguirían el curso río arriba del Caropi, arropados por los tótems caribe. Se había preparado más de seiscientos caballos, y los hombres viajaban con sus armas y poco más, a todos se les había instruido en la necesidad de viajar con ligereza y que en la rapidez residía la posibilidad de la victoria. Al alba de un día que resultó ser el de Epifanía de 1574, a bordo de seis buques, desde el puerto de Angostura partían rumbo a la ribera oriental del Orinoco los hombres de la audaz expedición que debía impedir la coronación del rebelde Don Andrés Ordóñez como cacique de los caribe y pemó del Tepui Naya…

Dos jornadas antes, se habían enviado los mensajeros que abrían la ruta hacia el Auyan Tepui, no se oía tambor alguno, señal de que las ordenes de la Yacu Ayura, habían sido bien interpretadas.

Al caer la tarde, bajo una luz anaranjada que contrastaba con el verde de la jungla, los seis buques de río y sus lanchones auxiliares arribaron a la orilla de oriente del gran río, y en el punto convenido, advirtieron que se había dispuesto un embarcadero, en el que una munión de indios caribe aguardaban expectantes la llegada de la flotilla que traía a su yacu Ayura, protegida por el temible guerrero al que llamaban Jaguar. En la proa del bergantín insignia de Angostura, Álvaro junto a Cecilia Ordóñez contemplaban el primer paso hacia el consejo de los Tepui, de momento todo parecía ir según lo previsto.

Ella iba ataviada como un capitán mestizo de Angostura, con su cabello recogido bajo un chambergo de cuero untado de hule, una capa del mismo material la cubría y bajo el jubón de piel, la cota de malla de Álvaro, la protegía. Álvaro, lucía su recuperada capa roja, y el yelmo sueco.

-¡Allí tenemos a los Pao, Churu Oluna, su cacique es uno de los jefes guerreros que más nos ha apoyado para frenar el poderío del Ópalo Negro!- explicó Dama Cecilia.

-¿Por qué a un portugués le llamáis así?- se interesó .

-¡Forma parte de la leyenda con que se ha dotado a si mismo…!- respondió ella- ¡El baquiano es hijo de un portugués, pero su madre era negra!-

-¡Así pues es un mulato!- observó Álvaro.

-¡Cierto, pero aseguran que su madre jamás fue esclava, ni vino cargada por traficantes, sino que desciende de unos marineros negros que hace más de cien generaciones arribaron a las costas donde desemboca el gran río que los teule llamáis Amazonas!-

-¡Entonces este hombre se opone al tráfico de negros, porque desciende de una mujer negra…!- reflexionó Álvaro.

-¡Es posible, como yo me opongo a esclavizar a nuestra gente, por ser hija de una caribe!- respondió altiva ella- ¡Pero sea como sea, los que reclamáis esclavos sois los teules!- hubo un tono de indignación en aquellas últimas palabras. Álvaro bajó ligeramente su cabeza, debía admitir que los castellanos a pesar de haber dotado de leyes justas aquellos reinos, prescindían de ellas cuando la consecución de la riqueza lo requería.

Con la misma lentitud que a sus espaldas el sol de ponía, los buques atracaban en el improvisado muelle. Los caribe que allí aguardaban alzaron sus brazos en señal de bienvenida, agradeciendo la llegada de su amada Yacu Ayura.

El desembarco se prolongó hasta bien entrada la noche, la jungla les rodeaba por todas partes, del mismo modo que los caimanes les habían salido al paso conforme se acercaban a la orilla oriental del Orinoco. La noche era fragante, y un sinfín de aves nocturnas entonaban sus discretas canciones. Como estaba convenido pasarían la noche en el poblado de Churu Oluna, y Álvaro pudo advertir que sus instrucciones se habían seguido al pie de la letra, una amplia vía se había practicado en la jungla de modo que la columna podía evolucionar con soltura y rapidez, precedida de los perros, por el camino abierto en la espesura.

Le fueron ofrecidos manjares a Dama Cecilia, pero en cumplimiento de lo ordenado, los soldados de la columna fueron alojados silenciosamente en el poblado, no hubo banquete ni festejo, se repartieron raciones de pan de cazabe y carne seca con agua. Acompañado de todos los capitanes, y de Hernando, que al saber montar había entrado en la expedición como alguno de los aravacos y zenús de Federmann, inspeccionaron el recinto de sus monturas y la guardia montada para protegerla.

-¡Caballeros…! ¡El éxito de nuestra misión depende, de que nuestras monturas nos lleven hasta nuestro destino! ¡Es preciso forrajearlas bien y estar pendiente de ellas!- instruyó Álvaro.

Tanto Somer como Juan Cabrera, aseguraron que nada se descuidaría en la cuadra de la columna. Tras ello, y advirtiendo que los centinelas caribe del poblado andaban más ocupados en proteger a la Yacu Ayura que en otra cosa, Álvaro ordenó seguir la exploración por la ruta que los caribe de aquél poblado habían abierto. Tras encarar una amplia senda abierta en el seno de la jungla, en la que se olía a hierba y tallos segados recientemente, los capitanes pudieron comprobar la bondad con que los caribe habían cumplido lo que se les solicitaba. Ciertamente, con un ancho como aquél de veinte o más varas, la columna podía avanzar con celeridad. Avanzando con los siete capitanes a su espalda, Álvaro en el seno de aquella tierra salvaje sintió tener el aire de un dios menor, pero al instante sacudió su cabeza y alzó en el claro abierto su mirada al firmamento, y contempló una bóveda celeste tapizada de infinitas estrellas parpadeantes que le hicieron sentir cuan pequeño era, en su grandeza.

Media milla de la ruta abierta, había sido suficiente para comprobar que Churu Oluna había hecho las cosas a conciencia, y en ese momento Álvaro tuvo un recuerdo para el impagable Guyapín, que a pesar de no estar en todas partes, se percibía su obra allí donde se fuera. Las voces quedas de sus capitanes, se mezclaban con los graznidos de las aves de la selva y los chillidos irritantes de los monos que permanecían bajo el reino de la luna… Aquellas gentes, cargadas de acero y de miedo, transitaban sobre un lecho de hojarasca recién segada, cuyo aroma les impregnaba, y a sabiendas de que una posible muerte les aguardaba, la empresa en la que estaban inmersos, al igual que sus hombres, les sumergía en una mezcla de orgullo, lealtad, codicia y ambición, que les impelía de forma fatal a proseguir en la senda bajo el estandarte elegido, hasta la muerte o el eterno nombre y fortuna. Álvaro dio la orden de regresar y de reposar a quién le fuera posible.

De vuelta al poblado, los capitanes se unieron a su tropa, y Álvaro acudió a la cabaña del cacique, en la que debía hallarse Dama Cecilia. Tras penetrar en el denso ambiente de la choza pudo comprobar que Cecilia Ordóñez estaba bien, y que el cacique y su esposa le hacían los parabienes de rigor entre su pueblo. Tras realizar una reverencia de cortesía al cacique y su mujer, se desprendió de la capa y de la coraza que le cubría el pecho, dejándolas junto a Dama Cecilia. Churu Oluna, que había oído hablar de él, se deshizo en atenciones y le ofreció un delicado manjar, carne de caimán asada. Álvaro era consciente de que no podía rechazar el cumplido y haciendo de tripas corazón empezó a deglutir aquella carne, que conforme masticaba le parecía más tolerable.

Aquella noche, Álvaro estuvo en vela, a menudo al dar media vuelta sobre el lecho de hojarasca, en el interior de la choza, podía mirar con intensidad los verdes ojos de Cecilia Ordóñez, que como él estaba en vísperas y vela, de un combate crucial.

Ambos se contemplaban con intensidad, ella sentía a cada dia que pasaba que crecía un incendio en sus entrañas, y él buscaba en los ojos esmeralda, la respuesta a si aquella pasión que sentía, podría darle un nuevo sentido a su vida. Y así estuvieron largo tiempo, hasta que el cansancio de la jornada se sobrepuso a las inquietudes y los ronquidos del cacique y su esposa.

Que estaban en la estación húmeda se notaba especialmente al amanecer, a menudo una llovizna penetrante y fina les daba los buenos días, y tras tomar el brebaje que los caribes llamaban sopa de mandioca, partían a recorrer el camino trazado para la jornada, por la senda que los dias anteriores cada poblado había practicado en la espesura de la jungla. Los indios flanqueaban su jornada hasta llegar al siguiente poblado. los atardeceres que remitía la llovizna, el concierto de los pobladores de la selva devenía estridente, y los mosquitos se encarnizaban con los hombres de la columna. A menudo debían cruzar ríos que discurrían señorialmente entre la jungla, para ello los caribe reforzaron los puentes que utilizaban habitualmente o señalaban los pasos donde era posible vadear las corrientes de agua.

La protección de los leales a Dama Cecilia, había resultado vital para mantener una buena marcha y asimismo para ahuyentar las serpientes, que pueden generar el pánico en los caballos, casi tanto como el que los caballos y perros de la columna causaban a los pobladores de la selva.

Por espacio de sesenta leguas, durante más de veinte días recorrieron un territorio selvático, a través del corredor que los caribe de veintitantos poblados habían abierto. La jornada veinticuatro llegaron a un espacio que clareaba progresivamente, a la par que descendía en pendiente… Ante ellos, aquél atardecer, se abría la sabana del sur, moteada de grupos de arboles chaparros, tapizada de hierba pajiza y en la que incomprensiblemente se alzaban como gigantescas agujas de piedra, los tepuis13.

Ni los castellanos, ni los tudescos, jamás habían contemplado un paraje tan inquietante como aquél, que en la luz crepuscular, resaltaban como hilos de plata, los serpeantes ríos que cruzaban la inmensa llanura, al fondo en occidente, el disco rojo del sol se retiraba del firmamento, y allí alzando sus lanzas, les aguardaban más de tres millares de caribes, que habían acudido para escoltar a su Yacu Ayura, al Consejo de Caciques al pie del Auyan Tepui.

-¡Cielo santo…! ¡Esto es otro mundo!- exclamó Gerardo García boquiabierto.

-¡Allí…!- Dama Cecilia señalaba hacia las cimas de los tepuis- ¡Allí arriba, vivieron los dioses, los Guay! ¡Allí concibieron nuestro mundo, pero esto pertenece al suyo!-

Sin decir palabra, Álvaro alzó su mano izquierda, enguantada para indicar que prosiguiera la marcha de la columna hasta llegar al campo que los caribe con el cacique Churu Oluna al frente, habían preparado para alojar a Dama Cecilia y sus soldados. Era noche cerrada cuando se hubieron acomodado…

Los caribe acampaban en un circulo definido por pequeños fuegos en los que, de dos en dos, los centinelas hacían guardia. Unos chamizos ligeros y alargados cubiertos con hojarasca albergaban los guerreros en su descanso. En el interior del anillo que dichos chamizos trazaba, los caribe habían levantado una gran cabaña para su Yacu Ayura y a su alrededor chamizos como los suyos para los soldados que desde Angostura habían ganado la llanura de los Tepui.

Reunido con su lugarteniente y los capitanes, Álvaro echaba cuentas de los días que restaban para que Andrés Ordóñez y sus aliados arribaran a la zona. Y según sus cálculos, tardarían como poco dos semanas, lo que le concedía una notable ventaja para lograr que los del consejo de caciques se avinieran a rendir homenaje a Cecilia Ordóñez, y poder preparar la estrategia a seguir para vencer definitivamente al hermano de Dama Cecilia; eliminar la rebelión le iba a colocar en buena posición para hacer frente a los sicarios de Sigura y su tropa cuando iniciaran el asalto al Virreinato de Don Leopoldo.

-¡Asi pues…! ¿Os planteáis retarle personalmente para decidir ante los caciques y los capitanes a quién pertenece el derecho a gobernar el dominio que construyó Don Tello?- preguntó Gerardo García.

-¡Es como decís, Don Gerardo! ¡Es la mejor solución! ¡Un combate personal que zanjará esta guerra!- respondió con un suspiro profundo Álvaro.

-¡Pero…!- intervino el capitán Enríquez, de los de Angostura- ¿Con qué poder o fundamento os vais a enfrentar con el hijo de Don Tello?-

-¡Con el mio, yo también soy de la misma carne y sangre que Don Tello!- Dama Cecilia acababa de entrar bajo el chamizo que cobijaba el consejo de oficiales acompañada de su leal Churu Oluna, el cacique que había hecho posible el operativo que El Lince había pensado con objeto de acudir al consejo del Auyan Tepui- ¡Sé perfectamente que corro un riesgo…! ¿Pero acaso no ha existido ese mismo riesgo en la misma Angostura, y en el Amacuro? ¡Mi paladín, el Jaguar, sabrá vencer al rebelde, como ya lo ha hecho en dos ocasiones!-

Acto seguido se pusieron a preparar el operativo para convencer a los caciques pemó, parientes lejanos como pueblo de los caribe, de que ante la llegada de la Yacu Ayura convocaran el gran consejo de caciques. Lo más importante es que Dama Cecilia no pisaba el llano de los Tepui desde hacía seis años, por lo cual su llegada convertía aquél consejo en excepcional. A tal efecto, el kipu 14 de la Yacu Ayura sería portado por una embajada de caribes hasta el poblado del cacique Aitán Nautec, a poniente del Auyan Tepui.

El siguiente aspecto que Álvaro quiso establecer, fue la necesidad de explorar el entorno del lugar donde se iba a celebrar el consejo, con la finalidad de que sus hombres y los caribe que les auxiliaban, tuvieran toda la ventaja posible en el caso de que los rebeldes de Don Andrés forzaran un combate. Finalmente, para tomar todas las precauciones posibles, los hombres de Churu Oluna enviarían un destacamento de exploradores para aguardar el desembarco del enemigo y avisar con tiempo de su llegada.

A primera hora del amanecer, la embajada al poblado pemó, partía con su mensaje y un poco antes los exploradores habían tomado la ruta del norte que conducía a los embarcaderos de las fuentes del río Aro, donde era presumible que los rebeldes desembarcarían para proseguir a pie.

Para realizar la exploración, Álvaro se hizo acompañar de Churu Oluna, con el objeto de no inquietar a los pemó que pudieran advertir su presencia, y a Alfredo Somer, por ser un hombre avezado a contar con el terreno para plantar batalla.

Hasta las inmediaciones del impresionante Auyan Tepui, tenían una jornada a caballo, hubo que convencer a Churu Oluna que montara a la grupa de Somer, ya que no sabía montar. Llevaron consigo dos perros, y provisiones en las alforjas. El camino discurría entre dispersos grupos de arboles chaparros sobre una llanura tapizada de hierba que amarilleaba tras la estación seca, las lluvias que se estaban produciendo en aquella estación transformarían aquella alfombra amarilla en un prado verde moteado de flores exóticas, tal les iba contando el caribe, mientras a duras penas se sostenía sobre la montura, cogido de puro pánico al torso de Somer. Siguieron por espacio de toda la mañana el curso de un río que pudieron vadear cuando el sol estaba en el zenit, tras hacerlo pararon para dar reposo a los caballos y tomar un refrigerio.

Por la tarde el caribe cambió de montura y de compañero, pero continuó con su pánico a montar a caballo, y todavía el sol estaba alto cuando se acercaban a la impresionante mole pétrea que se alzaba como el dedo de un gigante hacia el firmamento. El Auyan Tepui visto desde media milla de distancia tenía un aspecto imponente, y despertó la curiosidad de Somer y de Álvaro un rugido continuo como de una catarata… Preguntado Churu Oluna sobre la causa de aquel ruido, el caribe les indicó con su pobre castellano y algunas señas, que al otro lado del macizo caía una gran cascada…

-¡Dice que cae en la cara del sur, el agua que los dioses nos envían ¡- aclaró Somer.

Desmontaron y empezaron a recorrer la media milla que restaba para estar al pie del coloso de roca. Churu Oluna señaló un pequeño promontorio en el que se alzaba una roca que parecía clavada allí por el hombre.

-¡Consejo de caciques, allí!- exclamó el caribe. Álvaro contempló el rostro adusto del indio, con la parte delantera del cráneo afeitada, y una larga cabellera azabache que le caía sobre los hombros desnudos.

Se encaminaron hacia el lugar, estaba en un área circular batida, sin hierba, marcada por multitud de mojones de roca clavados en tierra. El indio señalaba los mojones…

-¡Caciques menores, ahí…!- y luego dirigiendo su índice de la mano derecha a la gran piedra clavada- ¡Grandes caciques allá! ¡Churu Oluna es gran cacique, muchos guerreros han venido por mí, para defender a la Yacu Ayura!-

El escenario estaba definido, el círculo formaba una hondonada de la que surgía el promontorio coronado por el monolito clavado, en el que se había de colocar gustara o no, Dama Cecilia, protegida por sus capitanes, para recibir el homenaje de los caciques del pais del sur, el famoso Guay Naya- rumiaba Álvaro mientras la luz de la tarde iba adquiriendo un tono mortecino que vaticinaba el ocaso. Decidieron el lugar donde guarecerse para pasar la noche, en un grupo de arboles bajos, tras el círculo, en dirección al Auyan Tepui, cuya presencia y la canción del agua lo llenaban casi todo.

Pasaron la noche, junto a un pequeño fuego, al abrigo de aquellos arbustos, comiendo algo de pennican- carne seca- y porciones de pan de cazabe, se turnarían para hacer guardia, a la espera del siguiente día.

Al amanecer, Álvaro envió a Somer para indicar a la fuerza que avanzara hasta allí. Él y el cacique caribe, anduvieron por la zona para establecer los mejores emplazamientos para el campamento y para que la Yacu Ayura,- Cecilia Ordóñez- , se mostrara con su poder ante los caciques del consejo. Tanto el indio como él coincidían que para montar el campo, el mejor emplazamiento se hallaba en la zona donde habían pernoctado, el terreno iniciaba una suave pendiente hacia arriba conforme se caminaba hacia el impresionante Tepui, rocas de gran tamaño emergían de la tierra, que podían ser aprovechadas como bastiones que podían ser unidos entre si con troncos hasta formar un perímetro de algún modo fortificado. En cuanto a lo que debía ser el trono de Dama Cecilia, Álvaro lo designó sin admitir opinión del caribe, pero éste no objeto nada, y a la pregunta de Álvaro sobre la disposición de los miembros del consejo, Churu Oluna le indicó que se sentaban en semicírculo delante del monolito. Al tiempo, Álvaro siguió observando al caribe, como todos los de la zona, iba prácticamente desnudo, con el miembro protegido con un taparrabos, llevaba sin en cambio, cuerdas anudadas a forma de adorno, en los brazos y las piernas, el hombre de estatura corta como todos los de su pueblo, era fornido y se movía con gran elasticidad. Al cinto le colgaban el cuchillo, un hacha ligera de piedra pulida y el carcaj con las flechas… El arco lo llevaba a la espalda. El caribe, un hombre en el que pesaba más el instinto y la intuición que el raciocinio, había advertido que aquél teule con una garra de hierro, le observaba. Churu Oluna había escuchado ya muchas historias sobre el Jaguar, el guerrero que había escogido la Yacu Ayura para llevar su tótem a la guerra. Como todos los teules, representaba una amenaza, pero el padre de la Yacu Ayura, fue admitido entre los caciques caribe, a pesar de ser de la nación teule de los castellanos, quizás éste fuera como el viejo Tello.

Álvaro había dejado de ocuparse del caribe, que andaba ahora recogiendo cuatro leños secos para encender fuego, y andaba reflexionando sobre los avatares que le habían llevado hasta lo profundo de Tierra Firme, cuando en realidad su objetivo estaba en la costa, y a más de cuarenta jornadas de aquél inquietante paraje. Contemplando los sencillos movimientos de Churu Oluna, cayó en la cuenta de que todos estaban relacionados con su objetivo, no daba vueltas alrededor del leño, sino que iba directo a éste, se agachaba y lo cogía, él en cambio para librarse de Sigura y sus esbirros, andaba metido en una guerra, se había acostado con una reina pagana y llevaba en su cuenta más muertes que en el resto de su vida, lo cual no era poco.

Pensó que aquella cultura sencilla, directa aunque pagana, bárbara y a veces cruel, era admirable, no había doblez, ni simulación, sin darse cuenta se puso en cuclillas, cogiendo una rama seca, con la que escarbó en la tierra polvorienta… ¡Qué distinto era aquello de la tierra que le viera nacer! La lejana Guipúzcoa albergaba también un pueblo rudo pero veraz y sincero. Alzó su mirada para barruntar cuanto tardaría en llover, las nubes que estaban cubriendo el firmamento anunciaban el chaparrón casi diario que aquella estación propinaba, no pudo menos que sonreír al ver al caribe con el fuego encendido bajo la copa de uno de aquellos arboles chaparros, el hombre le hacía señas para que se cobijara como él antes de que arrancara a llover, y Álvaro le hizo caso.

-¡He conseguido agua! ¡Hay una fuente que sale de las rocas!- dijo sonriente el indio.

-¡Es un buen sitio para acampar, allí en las rocas! ¿No crees?- Álvaro miró divertido a su compañero que mostraba el pellejo relleno de agua.

-¡Si, es bueno el sitio!- respondió el cacique antes de echar un trago del pellejo, que pasó a continuación a Álvaro. El agua era fresca, y con sabor vigoroso, como las aguas de las cinco fuentes de Oñate. La luminaria de un relámpago rasgó el cielo engrisecido por los nubarrones, el estruendo del trueno no se hizo esperar, ni tampoco los primeros golpes de lluvia. Álvaro suspiró, había que aguardar, a que cesara la lluvia y a que la fuerza que mandaba, llegara hasta el enclave escogido, antes de adoptar la misma postura del indio, dirigió una mirada a Relincho, el noble bruto estaba a medias cobijado en el ramaje del árbol, había podido comer y beber, y como su dueño se preparaba para resistir la tempestad, Álvaro le había liberado del arzón que junto a él estaba a buen cobijo.

Como acostumbraba en la estación, la lluvia descargó, y al abrirse las nubes apareció el sol en su zenit, pero fue un amago, de nuevo volvió a encapotarse el firmamento y volvió a llover, pero con menos intensidad, aunque el gris lo impregnaba todo; era tiempo de espera… Como cuando andaba sobre la cubierta del barco de pesca, con su padre y tío, habían navegado hasta caladeros de bacalao, muy al norte, y muy a poniente, las aguas que habían surcado tenían una tonalidad verde grisácea, y los marinos viejos hablaban de monstruos terribles al lado de los cuales la ballena parecía un niño de teta, los recuerdos que surcaban la mente de Álvaro le estaban llevando a contrastar aquello vivido en su mocedad, con las cuitas por las que estaba pasando en los confines del dominio del Rey. Y así en compañía del cacique caribe, a la lumbre de un pequeño fuego y bajo la copa de un arbusto, absorto en aquella lluvia que le recordaba el chirimiri de su tierra, se resignó a esperar hasta que llegara la tropa que se dignaba en mandar.

Las horas fueron pasando y Álvaro se apercibió de que tanto su compañero indio como él habían hablado lo justo, tenían en común ser hombres más de hechos y gestos que de palabrería, – como padre y los tíos- pensó. Justo cuando la luz menguaba, vio como el caribe se hacía con una bolsa de la que extraía una cazoleta de barro con una cánula, y la llenaba de hierba, de tabaco desmenuzado, tras la operación y con mucha ceremonia Churu Oluna cogió una pequeña rama ardiendo y encendió su rudimentaria pipa con fruición, para exhalar solemnemente el humo, se giró hacia Álvaro y le tendió la pipa.

-¡Los hombres que pueden compartir el silencio, pueden compartir el humo!- el caribe lo dijo con la gravedad con que un obispo celebra misa cantada, pero lejos de chancearse, Álvaro correspondió a la invitación de forma respetuosa, a pesar de que como sospechaba aquél tabaco o lo que demonios fuera sabia, a rayos.

Entre bocanada y bocanada trabaron una conversación tejida con la misma gravedad con la que aspiraban la pipa.

-¡Dime Churu Oluna…! ¿Oíste hablar de los marañones?- preguntó Álvaro.

-¡Yo anduve con ellos! ¡Yo fui guía de Lope de Aguirre!- respondió hierático el caribe.

-¿Le conociste?-

-¡Un poco…!- el indio entornó los párpados.

-¿Cómo era?- insistió Álvaro.

-¡Como tú y como yo, un guerrero!- sentenció el indio.

-¿Buscaba solamente el oro?-

-¡Se buscaba a él mismo…! ¡Y se encontró!- dijo con voz ronca el caribe tras una bocanada de humo. Tras las palabras de Churu Oluna se hizo el silencio, mientras contemplaban como el sol iba lentamente cayendo sobre el horizonte de la llanura rota por los tepuis. Álvaro recordó las historias que años atrás se tejieron en torno a Lope de Aguirre, cruel y sanguinario, hizo la ruta desde El Perú, hasta las costas del Reino Nuevo de Granada, se hizo coronar, desafió al Rey Felipe y finalmente murió en rebeldía, como había vivido, fieramente. Aquellos castellanos en busca de El Dorado, habían cruzado toda la Tierra Firme salvando cordilleras y navegando el curso del río Marañón… Mataron a sus jefes y se alzaron en armas contra la Corona de Castilla, y Lope fue el instigador. La figura del rebelde que capitaneó a los Marañones no le era del todo ajena, los Aguirre eran de Oñate, como su tía abuela Maru, quizás por ello había indagado en su silencioso compañero. Según le había comentado en Mérida de Yucatán, el capitán Quincoces, que sirvió en la tropa de García de Paredes, el cual en 1561 cercó a los marañones en Barquisimeto y logró reducirlos, fue muerto Lope por su propia gente. La historia de aquella gente, tras el sueño de El Dorado, proclamándose rebeldes al Rey e independientes de Castilla, sin duda a causa de la vecindad de Maru con el linaje de los Aguirre, le llamaba la atención.

-¿Tú crees que Aguirre podía ser Rey?- le preguntó al indio que había confesado haber estado en la jornada del caudillo rebelde.

-¡Si, hubiera podido hacerse Rey de un territorio, no de todo lo que domina vuestro virrey…! ¡No supo ajustar su ambición!- Churu Oluna seguía aspirando lentamente de su pipa- ¡Tú también puedes llegar a ser Rey, aquí en el Guay Naya, muchos guerreros quieren verte en el consejo de los caciques! ¡Muchos desean que des hijos a nuestra Yacu Ayura…! ¡Muchos creemos que tú eres un buen jefe de guerreros, como Tello! ¡Pero recuerda, solamente Guay Naya, nada de las ciudades que los teules gobiernan!-

-¿Tú crees que yo sería un buen Rey?- le preguntó.

-¡Yo y muchos como yo!- sentenció el caribe.

Álvaro sonrió, la lluvia había cesado, y ahora sentía como se había sentido Lope de Aguirre doce años antes, se sentía aclamado. Las largas conversaciones con Dovalle, con Manuel Cabrera, y sus amigos encomenderos, le habían revelado que en aquellos reinos nuevos se aspiraba a una libertad desconocida en Castilla y en el viejo mundo, y que los aventureros que hasta allí habían llegado, lo hacían con el sueño de ser libres y no estar sujetos a las convenciones y estamentos de la Corona. Es posible que por ello, desde Castilla se hubiera reaccionado instalando la Inquisición dos años atrás, reforzando las Reales Audiencias y la administración virreinal, y una vez más, Alba y su gente se hallaban tejiendo la telaraña del poder, allí tan lejos… Suspiró mirando con aire displicente a Churu Oluna.

-¡Yo ya tengo Rey…! ¡No he venido hasta aquí para rebelarme contra él!- le dijo.

-¡Entonces tú eres un hombre fiel, Jaguar!- el caribe le señaló con la cánula de la pipa.

-¡Mas bien, soy leal!- le respondió.

-¿Qué diferencia hay?- el caribe ladeó su cabeza al preguntar en voz baja.

-¡Un hombre fiel obedece ciegamente, un hombre leal jamás obra contra sus principios y advierte a su jefe de los errores, si es que los ve!- la voz de Álvaro sonó suave.

El indio asintió para dar a entender que había comprendido, y ambos cayeron de nuevo en un largo silencio, que no conllevaba tensión, sino más bien sosiego.

Con la luz crepuscular se intuía la vanguardia de la fuerza que se aproximaba, el corcel pinto de Somer se podía distinguir con claridad al frente, el alemán ejercía de guía, al verlos aproximarse, Álvaro empezó a pensar que la victoria era más próxima muy a pesar de todos los rodeos que había hecho.

La columna fue llegando al paraje, los soldados montaron un toldo a modo de tienda en el lugar que Álvaro había indicado, estaba destinado a acoger a Dama Cecilia, los estandartes se plantaron ante el toldo, la Yacu Ayura entró en el interior, mientras los capitanes siguiendo las ordenes de Álvaro mandaban sus hombres a cortar leña y arboles con el objeto de asegurar el perímetro que rodeaba la tienda… Los roquedales ofrecían ayuda para definir el límite del campamento. Los caribe siguiendo las instrucciones de Churu Oluna, se dedicaron a recoger leña con el objeto de encender fuegos con los que poder ver, pero además para ahuyentar las alimañas… A pesar de la obscuridad la tarea pudo realizarse de forma aceptable, y hasta hubo la posibilidad de disponer unos chamizos para resguardarse de la humedad de la noche, en los fuegos se preparaba una cena algo más suculenta de lo normal, había caza y mandioca, los hombres pudieron comer con tranquilidad y saciar su sed con el agua de la fuente que brotaba en los roquedales…

-¡Mañana enviaremos un emisario al más importante de los caciques de la zona!- comentaba Álvaro a sus capitanes junto a la lumbre-¿Has entendido Churu Oluna?-

El cacique sin decir palabra asintió con la cabeza.

-¿Qué les decimos a los caciques de aquí?- preguntó con el desparpajo que le caracterizaba Bernardo Cabrera, el lugarteniente de Álvaro.

-¡El cacique de los pemó de Auyan, ha de saber que la Yacu Ayura, ha venido! ¡Es una gran noticia para los tótems pemó!- esta vez el caribe que compartía cena con los capitanes, habló.

-¡Dime Churu Oluna…!- Somer le quiso hacer una pregunta- ¿Los pemó son la misma nación que los caribe?-

-¡Dices bien, teule! ¡Caribe y pemo son pueblos hermanos de muy antiguo!- respondió Churu Oluna.

-¡Por ello conviven!- apostilló Hernando; el aravaco era consciente de que sus hombres y los zenús eran enemigos ancestrales de los caribe. El cacique caribe le dedicó una torva mirada, estaba claro que de no ser por Álvaro y su relación con Dama Cecilia, su cabeza no luciría sobre los hombros. La noche fue inundando todo, se nombraron los turnos de guardia, el campamento se había dispuesto de forma semejante a las jornadas anteriores. Uno tras otro los capitanes se fueron retirando, quedando al fin los de la hueste de Guay Naya.

-¡Decidme Somer…! ¿Cuánto tiempo lleváis en el territorio?- preguntó Álvaro.

-¡No me he movido desde que siendo niño, llegué con mi padre y su hermano!- respondió el alemán.

-¡Entonces estabais aquí cuando lo de los Marañones! ¿Verdad?- siguió Álvaro .

-¡Ciertamente, y anduve con la tropa de García de Paredes, hasta terminar con aquellos monstruos! ¡No sé quien era peor si Lope de Aguirre o Llamoso!- musitó Somer con sus pupilas mirando al vacío.

-¿Quién era ese Llamoso?- se interesó Bernardo.

-¿Antón Llamoso? ¡Un soldado portugués de la expedición, tan asesino como Lope, pero además era un caníbal, sorbía la sangre y los sesos de los que mataba! ¡El y Aguirre fueron grandes amigos!-

-¿No estaréis exagerando, Somer?- aventuró Gerardo García.

-¡Preguntad a los habitantes de Isla Margarita, o a los que viven de antiguo en Valencia, o a los que estuvieron en el Barquisimeto viejo…! ¡Aquella tropa de locos, recorrieron Venezuela sembrando la muerte y la desolación, pero finalmente tuvieron su merecido!- sentenció el baquiano tudesco.

-¡Eso fue hace unos doce años…! ¿No es así?- le preguntó Federmann.

-¡Casi trece, la aventura de aquellos locos terminó en octubre del año sesenta y uno!- recordó Somer.

-¡Ya está bien de charla, caballeros los turnos nos aguardan…!- Álvaro cerró la velada y poco después fue reclamado desde la tienda, Dama Cecilia le quería a su lado…

Al día siguiente, remprendieron el trabajo de fortificación del perímetro en el que habían levantando su campo, los caribe siguieron alzando chamizos, bajo la dirección de Bernardo Cabrera que sabía de andamiajes, iniciaron la construcción de una plataforma desde la que Dama Cecilia dominaría el desarrollo del consejo de caciques, y los emisarios habían partido ya, los dados estaban lanzados…

Al cabo de dos jornadas, volvieron los emisarios acompañados por una embajada de los pemo de Auyan, que se postraron ante Dama Cecilia, contemplaron maravillados el estrado que los castellanos habían alzado, en el que sentada en una silla tosca pero que recordaba su asiento curial de Angostura, la Yacu Ayura, Cecilia Ordóñez, ataviada con su túnica blanca empuñaba su cetro con forma de serpiente, a un lado y otro ondeaban los estandartes de Angostura y de la hueste de Guay Naya, junto a la reina de Angostura, los capitanes formaban una temible escolta. Álvaro estaba en pie, junto a Dama Cecilia, ataviado con coraza y yelmo con su capa roja sobre la espalda. Churu Oluna se adelantó a los capitanes invitando a uno de los emisarios a que subiera los escalones que ascendían hasta la tarima. El pemó avanzó entre las filas de los soldados mestizos del capitán Enríquez, que guardaban el frente del entarimado.

De la conversación el cacique caribe les tradujo el mensaje del que eran portadores los embajadores del cacique pemó. El consejo se celebraría tan pronto se reunieran bajo el Auyan Tepui todos los caciques, que calculaban sería en cinco o seis días, por lo que adelantarían el consejo dos o tres jornadas, Sechan Otul, el cacique de los pemó estaba resplandeciente de tener el honor de acoger en las tierras de su tótem a la poderosa señora de Angostura y Yacu Ayura de Guay Naya.

 

Unos días antes, por la ruta que conduce desde la factoría de Canaima a orillas del río Caropi hacia la sabana del interior, la impresionante columna de Don Andrés Ordóñez y su amigo Don Xacinto Das Pohal, conocido como el “Ópalo Negro”, cruzaba la jungla a marchas forzadas. Unos días antes habían escuchado tambores que daban cuenta de la marcha de una tropa en dirección sur, y aquello había alertado al rebelde y su aliado.

Aquella fuerza de casi tres mil hombres, estaba exhausta, avanzando sin descanso al tiempo que ensanchaba el camino a golpes de machete para permitir el paso de aquellas nutridas unidades. Habían atracado sus buques de río en el puerto de Caicara del Orinoco, y avanzado posteriormente más de cincuenta leguas por la ruta que cruzaba la selva, aquella marcha despiadada les había causado ciertos estragos, abandonaban a los enfermos y heridos en el afán por llegar a su destino con tiempo para dar el golpe de mano en el sur… La cruel determinación de Andrés Ordóñez empezaba a molestar a su aliado mulato, el baquiano apreciaba a sus hombres demasiado, para verlos sufrir aquél castigo sin mostrar contrariedad alguna.

-¡Debemos descansar, Don Andrés! ¡La gente lleva tres horas de marcha sin descansar ni beber agua!- el hombre de piel atezada, y cabello negro rizado, lucía un pendiente en la oreja izquierda, que destacaba por un gran ópalo de color negro. A la nuca había echado su chambergo de cuero y lucía un pañuelo rojo alrededor de las sienes para recoger el sudor. Vestía ropilla negra y al cinto llevaba dos pedernales y un buen acero toledano. Tiraba de su caballo, en aquél paraje en cual era imposible pasar montado.

-¡Ya habrá tiempo para eso…! ¿No escuchasteis hace cinco días, los tambores? – fue la agria respuesta del Príncipe de Paria y Maturín, como gustaba llamarse a si mismo Andrés Ordóñez.

-¡He venido con mis mejores cuatrocientos hombres, y no pienso permitir que se extingan de agotamiento en esta marcha!- al oír esto, Andrés Ordóñez paró en seco y miro fijamente a su aliado.

-¿Qué queréis decir con esas palabras, Don Xacinto?-

-¡Que ahora mismo ordenaré a mis hombres que descansen por espacio de una hora, que se refresquen, beban agua y coman algo!- respondió el baquiano mulato.

De inmediato Don Andrés, chasqueó con la lengua.

-¡Lleváis vuestra razón…!- admitió al contemplar el aspecto de los primeros hombres que seguían ampliando el camino con sus machetes- ¡Descansaremos todos!- y dio la orden de alto, con un grito seco.

La tropa fue pasando la voz, y daba la impresión que aquella nutrida columna de cerca de tres mil hombres, se iba desplomando lentamente, dejando en pie sus caballos. Quedaron inmersos en aquella masa verde, dominada por los gritos de los monos y el parloteo de los papagayos que poblaba aquella techumbre vegetal que les cubría casi por completo. Empezaron a circular los pellejos de agua, pasando de mano en mano, los hombres de la columna estaban totalmente sudados, famélicos y con los ojos hundidos, un murmullo de satisfacción recorría la columna, mientras sus capitanes recorrían el tramo que ocupaban sus hombres sentados o tendidos sobre la hojarasca.

-¡No dejéis de tener las riendas de las monturas!- se oía gritar a un capitán de los mirmidones, enfundado en su jubón de cuero negro.

En algo más de media milla, yacían sobre la hojarasca casi tres mil hombres de una tropa agotada y heterogénea, entre ellos seguían en pie, sus capitanes y las caballerías, y el amasijo se perdía de vista en el túnel que era el camino que abrían a su paso.

-¡Tendríamos que preparar el campo y quedarnos a reposar hasta mañana por la mañana!- el baquiano mulato, con su acento portugués, se dirigió al mestizo.

-¡Y yo que os iba a proponer alargar la jornada hasta la caída del sol!- le contestó Andrés Ordóñez con cierta sorna. Algo en la expresión del baquiano mudó torvamente.

-¡Escuchadme bien, Don Andrés…! ¡Nada me impide coger a mis hombres y abandonar vuestra empresa! ¡Me gustaría ver como os manejáis sin nadie que os guíe en esta selva para llegar a Auyan!- Don Xacinto, sabía muy bien que en la situación que se hallaban, el príncipe de Paria y Maturín, estaba condicionado, puesto que no conocía la ruta ni el el territorio. Andrés Ordóñez le miró de hito en hito, sin dejar de tener las bridas de su caballo, enrojecía por momentos al sentirse humillado de aquél modo.

-¡Tenemos un acuerdo, Don Xacinto…!- dijo entrecortadamente – ¡Y estamos muy cerca de nuestro destino! ¿Cometeréis ahora la torpeza de abandonar la jornada?-

-¡Si seguir con ella, representa matar de agotamiento a mis baquianos, podéis tenerlo por cierto! ¡Ni todo el reino Omagua, vale la vida de mis hombres!- respondió el mulato.

-¡Pero…!- saltó el otro al instante- ¿No os dais cuenta de qué no podemos perder ni una hora más?-

-¡Yo no puedo perder ni un hombre más!- insistió el baquiano- ¡Llevo años compitiendo con vuestra hermana por las rutas de los omagua, y puedo seguir así otros tantos más! ¡En esta empresa, vos sois quien tiene mayor ganancia, ni más ni menos que un trono!-

La discusión iba subiendo de tono, no era tan sólo una diferencia por las horas de descanso de aquella multitud jadeante, estaba latente la animadversión que los de sangre india y negra sentían mutuamente. Y en ese aspecto Andrés Ordóñez, mestizo, tenía mala conciencia, ya que él compartía con el portugués mulato, el objetivo de traficar con indios cautivos, mientras que aquél se oponía al trato de esclavos negros. Andrés Ordóñez, empezó a discurrir si aquél aliado no se le volvería en contra, en el caso de que su hermana pactara con él… Los tambores cantaban que la Yacu Ayura estaba en camino del consejo de caciques en el país de los pemó.

-¡Debemos tranquilizarnos…!- siseó arteramente Don Andrés- ¡También nosotros estamos agotados! ¡Fijaos, mis hombres sudan tanto como los vuestros!- y le señaló la maltrecha columna tendida. El portugués se giró hacia los hombres que se hallaban a su espalda, y en ese momento, el príncipe de Paria y Maturín le propinó por la espalda una puñalada, que a pesar de hacer su mella en el cuerpo del fuerte mulato, no consiguió tumbarlo. Don Xacinto se revolvió con los ojos inyectados en sangre, echando mano a su espada, pero no tuvo tiempo de desenvainarla, Andrés Ordóñez sin atender al murmullo de la tropa, ni al gesto de los capitanes, había preparado con toda frialdad su pedernal apuntando a la cabeza de su aliado. El pistoletazo rasgo el aire pesado de la selva, levantaron el vuelo aves y micos, y empezó a subir el griterío entre los hombres del portugués que yacía con la cabeza destrozada sobre la hojarasca, asiendo todavía su espada con la diestra y las riendas de su bello corcel con la izquierda.

-¡A ellos!- ordenó Andrés Ordóñez.

De inmediato se entabló una lucha despiadada entre los centenares de baquianos y las gentes de Maturín, al cabo de la mitad de una hora, la mayoría de baquianos se rendía, mientras el resto, yacía sin vida. Don Andrés sonrió satisfecho, tomaría a su servicio a los que se rendían… Algunos de los hombres del portugués, habían huido jungla adentro, pero con los que quedaban podría disponer de guías para salir del laberinto verde en el que se sentía atrapado. La primera medida que tomó con los que se rindieron fue hacerles jurar fidelidad a su persona, y bajo su expresión cruel y desfigurada por una mueca de salvaje satisfacción, contemplaba como sus mirmidones ponían de rodillas a los baquianos de su antiguo aliado para obligarles a jurar… Los hubo que se negaron avergonzados de no haber combatido hasta el final, fueron degollados sin dar opción a que se alzaran, y finalmente tras tres degüellos el resto juró sin condiciones.

Don Andrés, hizo acudir a sus dos capitanes mirmidones, Maruso Galíndez y Octavio Ratero…

-¡Esta noche montaremos el campo aquí mismo!- les indicó- ¡Haced que los hombres ensanchen el camino, tenderemos toldos de árbol a árbol, para evitar el relente! ¡Montad una partida de caza…! ¡Y turnos dobles de guardia, especialmente para las caballerías y los baquianos! ¡Estoy seguro que alguno intentará escapar!-

Los dos oficiales asintieron y empezaron a impartir las primeras ordenes. El campo empezó a moverse, ensancharon el camino y tendieron toldos, partieron a cazar algunos, al cabo de poco tiempo los disparos de arcabuz provocaron una ruidosa estampida de papagayos y monos rojos… Los hombres sonreían, paladeaban carne fresca para cenar, las hogueras habían empezado a prender y los baquianos desarmados y fuertemente vigilados se hallaban en un recinto aparte, como las caballerías.

La noche tuvo un cariz festivo, especialmente cuando los de las partidas de caza, aparecieron cargados con tapires y jabalíes. Antes de que se iniciara el descenso del sol sobre las copas de occidente, casi un centenar de piezas de caza estaban ensartadas para ser asadas y repartirse entre aquella tropa hambrienta, que alzaba la voz de júbilo a la par que las tripas rugían de hambre.

Durante la cena, Andrés Ordóñez se hizo acompañar de seis mirmidones al recinto de los baquianos del portugués.

-¡Quiero formar con algunos de vosotros una escuadra de guías!- les dijo- ¡Estas horas que hemos perdido las quiero recuperar acertando con una ruta que nos acorte la jornada hasta el Auyan Tepui!- tras esas palabras los prisioneros se miraron los unos a los otros en silencio.

-¿No hay voluntarios?- preguntó uno de los mirmidones con mirada desafiante. Los baquianos volvieron a mirarse de hito en hito, hasta que uno de ellos se puso en pie, le siguieron escalonadamente diez más.

-¡Ya es suficiente!- dijo tajante Don Andrés- ¡Los voluntarios que se integren con nuestra gente y devolvedles las armas, al resto media ración de carne!- los mirmidones instaron a los voluntarios a abandonar el cercado, estos sentían clavada en sus nucas las miradas cargadas de desprecio y rencor de sus compañeros. De vuelta a su pabellón, Andrés Ordóñez sonreía en silencio, iba pensando que había matado tres pájaros de un tiro, había quitado del medio un aliado ambicioso e incómodo, había reclutado a la fuerza a hombres avezados a la marcha y el combate y finalmente los había dividido. Estaba decidido a proseguir con su labor de zapa hasta lograr que aquél centenar y medio de supervivientes de la mesnada de Don Xacinto das Poal, se integraran en su ejército… Y cayó la noche.

Las jornadas siguientes, volvieron a ser despiadadas, los guías baquianos cumplían bien su función y la columna no se resintió de la pérdida del mulato de Manaus, y tras varias de aquellas marchas interminables descansando poco y comiendo menos, advirtieron que progresivamente la selva perdía espesor, y aquello espoleó a Don Andrés a exigir más a sus hombres, a la par que estos veían crecer la esperanza de llegar vivos a alguna parte. Durante aquellos días, el astuto caudillo de la columna había logrado incorporar a más baquianos en las tareas de cazar, conseguir agua potable y recoger frutos, y casi todos se hallaban ya encuadrados en distintas unidades de Maturín, volver a disponer de sus armas, tener un cometido y estar alimentados como el resto de la tropa les había impelido a aceptar su nueva situación y a sus jefes.

Jornada y media más tarde, tras abandonar el sol su punto cenital, arribaron a la loma que bajaba gradualmente a la sabana moteada de bosquecillos chaparros y en la que alzaban en la lejanía los tepuis… Andrés Ordóñez veía aquello por segunda vez, la primera fue durante su niñez, en compañía de su padre, Don Tello, y la impresión que le produjo fue posiblemente más impactante que en aquellos años mozos.

Captando a sus espaldas el agotamiento de su tropa, Andrés Ordóñez ordenó alzar el campo en aquél punto que batido por el viento, fuera de la selva y en un altozano, auguraba una tarde y noche sin el asedio del calor sofocante, ni de los insufribles mosquitos que martirizaban noche y dia en el interior de la jungla… Atrás quedaba el reino de las serpientes y los odiosos caimanes en las orillas del río, y ante ellos el insólito paisaje de aquella llanura moteada de bosquecillos y de las increibles torres de roca que apuntaban al cielo como surgidas de la leyenda caribe de la creación del mundo.

Capitanes y soldados levantaban el campo, los baquianos cumplían sus cometidos y los mirmidones, su mejor tropa, preparaba la guardia.

Don Andrés, había descabalgado, y su mirada estaba fija en el lejano Auyan Tepui, a los pies del cual se celebraba el consejo de los caciques caribe y pemó del sur de Guay Naya. El recuerdo de los años de niñez, en los que a la grupa de Don Tello, recorría el inmenso territorio que se hallaba bajo el dominio de su hermana, volvía con fuerza a su mente, del mismo modo que se agolpaban en su pensamiento las promesas de su padre, que le prometió hacerle dueño de todo aquél vasto reino…Don Tello tenía de su esposa castellana tan sólo hijas, y su madre, Isimaru, la india caribe, ardiente y hechicera le había proporcionado hijo e hija… El hombre estaba orgulloso de su vástago al que llevaba en todas sus correrías, a lo largo y ancho del territorio que había logrado someter bajo su autoridad con la ayuda de cien arcabuceros, en su mayoría de las tierras del lejano reino de León.

Andrés Ordóñez recordaba aquellos años como un tiempo feliz, en el cual se sentía heredero de su padre y amado por su madre, físicamente, él era más caribe que castellano, mientras que su hermana Cecilia, tenía la piel algo más clara y los ojos del color de la selva, como Don Tello, que la quería con locura, como hija, pero no como heredera del reino que había amasado en aquellos diez años. Todo, en aquél tiempo, era perfecto, él se dedicaba a las tareas propias de un muchacho, cazar, montar, navegar, realizar incursiones con los capitanes de su padre, en definitiva mocear… Pero cuando el instinto propio del hombre empezó a manifestarse en él, tuvo un episodio con su propia hermana que Guarima, la vieja hechicera detuvo a tiempo… Tanto Don Tello, como Isimaru, no le volvieron a mirar igual desde entonces. Su padre le envió bajo la tutela del capitán Ramiro Farce, a la zona de Maturín, y para siempre más, permaneció allí, apareciendo ocasionalmente por Angostura. Aquella amargura la arrastraría toda su existencia, y él vivió lo de Maturín como un destierro y una pena desproporcionada. Pudo volver a Angostura por primera vez, para poner a los pies de su padre el dominio de la península de Paria y del puerto de Macuro, tarea en la que había invertido algo más de un año, y en la cual, aconsejado sabiamente por su tutor, el capitán Farce, el joven Andrés a sus diecisiete años habíase mostrado como un buen jefe y como astuto estratega.

Por aquél entonces, él estaba convencido de que al poner a disposición de la autoridad de Don Tello la reciente conquista, éste le admitiría de nuevo en Angostura, y a pesar de los años transcurridos recordaba con un rencor fuera de medida, como su padre celebró la nueva adquisición territorial, tan importante especialmente por el puerto de Macuro, al noroeste del delta del gran río Orinoco, que ya entonces llamaban el Amacuro…Tuvo para con él, las mismas palabras que hubiera prodigado a un capitán, le distinguió como a uno de los mejores en plena recepción… Pero nada hubo de reclamarlo de nuevo a su lado, ni de acogerlo de nuevo en el palacio de Angostura. Y mientras seguía con la rodilla derecha hincada sobre las tablas de la sala de recepciones de Angostura, en señal de pleitesía e íntimamente solicitando más el perdón que el reconocimiento, pudo sentir la mirada glacial de su madre, la caribe Isimaru, la Yacu Ayura del Guay Naya, y reparó en como Don Tello, el forjador del reino mantenía su mano derecha sobre el hombro de su hermana Cecilia.

Lo recordaba como si hubiera sucedido un instante antes; el fuego doloroso que recorrió sus venas, el manto negro de la vergüenza de verse allí arrodillado a pesar de haber conquistado y dominado el vasto territorio del noroeste… ¡Que humillación! Y el bombear indignado del corazón con una sulfuración que procuraba disimular, pero no acallar, al mismo tiempo que se desataba de nuevo su deseo salvaje sobre el cuerpo de Cecilia, ya no por pura atracción, ni por amor, sino como voluntad de dominio.

Pudo controlar sus emociones, como un viejo chamán caribe… Pero no pudo reprimir una mirada del más intenso odio a Guarima, la aya de su hermana y consejera de Isimaru, por ella y solamente por ella, estaba en aquella situación que se le antojaba desesperada y contra la que pensaba luchar e imponerse a toda costa y aunque tuviera que hacer lo que fuera.

Continuaba absorto en sus recuerdos, cuando el capitán Galíndez le volvió al presente.

-¡Don Andrés, vuestro pabellón está en pie, y la cena os espera allí!- dijo el hombre de claros rasgos mestizos y ojos claros, resto de su herencia leonesa.

-¡Gracias, Galíndez, es mi deseo compartir cena con mis capitanes y oficiales, junto al fuego del campamento, a la vista de toda nuestra gente! ¡Ordenad que me sirvan lo mismo que a todos y mi cena la repartiremos entre los oficiales!- respondió con cierto laconismo el que se llamaba a si mismo Príncipe de Maturín y Paria.

-¡Se hará como ordenáis, Don Andrés!- fue la respuesta del soldado.

Al cabo de unos momentos toda la tropa pudo contemplar a Don Andrés Ordóñez, que los dirigía a disputar el poder a su hermana, la hechicera de Angostura, sobre todo el reino de Guay Naya, y aún se murmuraba que al matar a Don Xacinto das Pohal, el “´Ópalo Negro de Manaus” reclamaba para sí, el dominio del reino Omagua, el país de la canela y según decían los viejos marañones refugiados, era la situación del tan buscado El Dorado, por el que tantos y tan buenos murieron… Todos vieron como cruzó el camino, decidido como siempre, en su sencillo atavio de mirmidón, para reunirse con sus capitanes y oficiales para compartir con ellos la cena… Todos celebraron que los pellejos de vino, escasos por cierto, que transportaban se repartieran por igual sin diferencia de grado ni de rango o condición, hasta los arrestados tuvieron su parte, y lo mismo pasó con el aguardiente que se reservaba normalmente para momentos excepcionales o para sanar cortes y heridas. Fue una noche alegre, la caza había ido bien, la fruta abundaba media legua atrás, y los baquianos habían cumplido con su cometido generosamente.

La hoguera que acogía el ruedo de capitanes y oficiales, a los que habían sido invitados los jefes de los baquianos del “Ópalo Negro”, se alzaba retadora en la noche sin luna y las chispas se alzaban sinuosamente a los ojos de aquellos guerreros venidos de la costa hasta el centro de la Tierra Firme, no dominada aún por los vasallos del Rey de Castilla, y sobre la cual los virreyes no ejercían autoridad efectiva alguna.

Una vez todos habían devorado el asado de jabalí o de tapir, y protegidos por la hoguera de los molestos mosquitos, realizaron un brindis por Don Andrés, que propuso entusiasta el capitán Octavio Ratero. En principio se alzaron los oficiales, pero casi inmediatamente toda la tropa distribuida por pelotones alrededor de pequeñas hogueras, hicieron lo propio, y fue un clamor que a Don Andrés le retumbó en los oídos como timbales de victoria.

Agotado el trago, el príncipe de Maturín se puso en pie, la noche era propicia para la arenga, la jornada que seguiría sería extenuante, pero guardaba para todos los que con él habían aguantado hasta allí, fama, eterno nombre y fortuna. Les habló como Aquiles a sus mirmidones ante los muros de Troya, o como Leónidas lo hubiera hecho a sus hoplitas espartanos en el paso de las Termópilas. Enardeció a su gente…

Cuando todos se retiraron, Andrés Ordóñez preguntó a los capitanes por los turnos de centinela y siendo satisfactoria la previsión les rogó que le dejaran solo, mientras se extinguían las brasas de la altiva hoguera. Y restó allí contemplando el rescoldo, a solas con sus recuerdos y rencores, con sus deseos y sus pecados.

Recordaba con ardiente dolor, como su padre le recibió en privado, para comunicarle, que permanecería en Maturín, y puesto que había conquistado la península de Paria, sería a todos los efectos el gobernador del territorio, y que dos veces por año, se presentaría protocolariamente en Angostura para dar cuenta de su buen gobierno en el noroeste, tanto la expresión como el tono de Don Tello no daba opción a petición alguna… Partió a sus nuevos dominios sin despedirse, rodeado por sus fieles oficiales, de hecho aquella madrugada había licenciado al capitán Ramiro Farce, puesto que le sabía confidente de su padre.

Los carbones encendidos se reflejaban en sus pupilas negras y en su piel atezada y lisa, con la misma nitidez con la que recordaba el primer trato con la gente de Santo Domingo, sucedió en un viaje realizado a Cartagena de Nueva Granada, en el puerto de Macuro tenía una importante cantidad de aravacos capturados en el delta para ser vendidos como esclavos… Los días en Cartagena resultaron de gran provecho, entró en contacto con tratantes de La Española, y con gentes afectas al Virrey de Santo Domingo, de rango preferente sobre el de Nueva España y de Tierra Firme, o el Perú.

Inició en aquellos días, importantes negocios, y él que tan sólo conocía el sabor del combate, la sangre y la conquista, cató también el de la riqueza y el lujo. Y se sintió como un dios encarnado en aquellas tierras. Acudía a menudo a Cartagena, hasta el punto que adquirió una villa en la parte sureste de la ciudad, y allí cerraba tratos comerciales, habitualmente sobre esclavos, maderas y algunas otras mercancías… Tiempo de tratos cerrados con gentes importantes, que permitieron que aflorara el rencor tan celosamente guardado y el odio cultivado con tanto esmero. Descuidadamente, con felonía, trató del tema de Don Tello, caballero leonés que vivía amancebado al oriente de Coro, con una india pagana y salvaje, de la que tenía incluso descendencia para vergüenza de su casta, de su fe y de su patria; y por si ello fuera poco, se comentaba que se había convertido en un cacique caribe más, participando de sus banquetes en los que se devoraba carne de los enemigos vencidos. La insidia no cayó en saco roto, y al cabo de un año, desde el puerto de Ordás, una comisión enviada por el Virrey desde Lima se dirigió a Angostura, reclamando la presencia del noble leonés en la corte virreinal. Don Tello no regresó jamás, y un año más tarde, como si le faltara el aire, Isimaru, la Yacu Ayura fallecía lánguidamente.

Don Tello e Isimaru, habían sido muy claros ante el consejo de los caciques y la reunión de las Ayuras menores… El cetro sería para Cecilia, y Andrés permanecería en el norte, jamás se arrepintió de haber hablado contra Don Tello, había sido una venganza por anticipado, el viejo leonés le había desheredado, mientras él conquistaba para él nuevos territorios y un puerto; se lo tenía bien merecido. Repasando por enésima vez todas sus afrentas recibidas, sintió que el sueño caía sobre él… Suspiró y se levantó para ir a su pabellón para acostarse.

Todavía el sol no aparecía a sus espaldas, y toda la columna estaba en orden de marcha, las palabras que les había dirigido la noche anterior habían provocado el ansia por la conquista y el egregor de la victoria luminosa… Todos, los casi tres mil, se veían como esforzados conquistadores, y futuros hacendados de rica estancia. Algunos incluso soñaban con el oro por el que murieron Ursúa y tantos otros…

La columna partió con paso decidido y a buen ritmo, el sol les iluminó cuando habían recorrida más de dos millas. Y cuando el sol alcanzó el punto álgido, habían recorrido más de seis leguas, el cielo anunciaba tempestad y el calor sobre la hierba de la sabana era asfixiante, por todo ello Andrés Ordóñez ordenó hacer un alto, para que los hombres y las monturas tomaran un descanso y se refrescaran, se ordenó repartir agua. Se hallaban en un paraje llano, a media milla de un meandro que bajo la luz gris de aquél mediodía nublado semejaba un surco de plata, sobre el oro de la hierba. A unas cincuenta varas, señalado por un árbol solitario, se alzaba un leve promontorio de roca y matojos, y con la intención de avistar mejor el Auyan Tepui, Don Andrés se dirigió al trote hacia allí. Descabalgó al llegar y se situó en el punto más alto del roquedal, para poder observar mejor la base de la mole rocosa que se alzaba como una columna en medio de aquél llano.

Forzó la vista, y le pareció contemplar un reflejo, y algo que se movía… El corazón le dio un vuelco. Descendió a toda prisa hasta la grupa de su montura que pacía junto a las rocas, de la alforja extrajo un alarga vistas, como los de los almirantes, que se había procurado en uno de sus viajes a Cartagena, y subió con él hasta su observatorio; lo desplegó e inició una observación más precisa y ampliada merced al artefacto.

Lo que podía observar, le introdujo el demonio en el cuerpo, a pesar de no poder ver con claridad, pues estaban todavía a una jornada de distancia de su destino, intuía con claridad que había gentes concentradas en el llano al pie del Tepui, en el cual se celebraba el consejo de caciques, y los destellos que intermitentemente le herían la vista, forzosamente habían de estar causados por armas. Lanzó un juramento terrible entre dientes y se volvió furioso a montar para regresar al campo de su ejército.

Se había tocado a consejo de oficiales, y poco después a asamblea para toda la tropa, la arenga de Don Andrés fue dura y simple; cabía la posibilidad de que el enemigo de Angostura les hubiera tomado la delantera, y de que se hallaran en negociaciones con los caciques del sur. Se jugaban todos, pues, su destino, su fortuna y su futuro. Y por ello era preciso marchar sin desfallecer hasta colocarse ante los pies del Tepui para reclamar lo que pretendían, y no desfallecer si era preciso combatir tras tan dura jornada… Ya no había elección, la decisión a ultranza traería el triunfo y la riqueza para todos, la duda o la defección auguraba la deshonra y la miseria. La tropa se puso en pie con las armas en las manos. ¡A ellos!- gritaban enardecidos.

Sin más dilación aquella inmensa columna que rozaba los tres mil hombres formó en orden de combate, con avanzadilla, retaguardia y flancos guardados, para iniciar su marcha precedidos por patrullas de baquianos a guisa de exploradores. Las ordenes eran marchar durante una jornada, incluso en noche cerrada con tan sólo tres breves descansos para repartir agua y pan de cazobe. Y aquella tropa, compuesta por los trescientos mirmidones y los soldados de Maturín y Paria, más los auxiliares negros y los baquianos portugueses, dio el primer paso para no parar hasta llegar a los pies del Tepui sagrado de los pemó.

La sabana y la noche, fueron los testigos de la extenuante marcha de las tropas de Don Andrés, los murciélagos gigantes y rapaces nocturnas volaban sobre sus cabezas cubiertas de chambergos de cuero o de morriones de piel curtida, ora cabalgando, ora a pie llevando las monturas de la brida, para volver a montar después, por única luz las estrellas de la bóveda celeste cuando las nubes que manchaban de gris el firmamento lo permitían, aquél tropel de hombres agotados no se rendía en aquél paraje desolado e inhóspito, por amplio e inquietante. En el curso de la noche sufrieron dos chaparrones, como era habitual en la estación…

La salida del sol, marcaba a los pies del Auyan Tepui, el inicio de la última sesión del consejo de caciques, en el curso de la cual los jefes caribe del sur y los caciques pemó debían prestar homenaje a la Yacu Ayura como heredera de Don Tello y de este modo renovar los lazos de alianza, amistad y obediencia.

Dos horas antes del alba, Álvaro y sus capitanes habían recibido la noticia de que el ejército del rebelde Don Andrés, avanzaba hacia allí sin detenerse para pernoctar, por lo cual era posible que llegara hasta el lugar del consejo, al amanecer.

Álvaro recordó a la plana mayor de oficiales, que esta opción ya la tenían prevista, la última guardia alzaría todo el campo, y formarían en orden de batalla de la manera que tenían dispuesta…

-¡ A los flancos la caballería de Somer y la de Federmann, en vanguardia los hombres de Don Gerardo formando tres secciones para disparar sus mosquetes por andanadas, y al pie de la tarima los soldados de Angostura dirigidos por los capitanes Enríquez, Aloes y Gutiérrez, con la mecha de los arcabuces prendida. En cuanto a la gente de la compañía de Portobello, el lugarteniente, su gente y los aravacos que nos han acompañado hasta ahora, se unirán en lo alto de la tarima a los escoltas caribe, para defender hasta la muerte a Dama Cecilia, mi puesto estará en vanguardia junto con el alférez Ruiz y el porta estandarte de Angostura, por delante de los mosquetes de Don Gerardo! ¡Los indios caribe que se nos han unido, mandados por Churu Oluna, se situarán en forma de media luna rodeando la tarima y manteniendo las puntas hacia la tropa rebelde! – les recordó.

-¡Corres un gran riesgo!- comentó Don Gerardo- ¡Que una escuadra de mosquetes te preceda!-

-¡Yo también creo que deberíais tomar esa precaución, carajo!- espetó Bernardo Cabrera para acabar escupiendo al fueguecillo alrededor del cual celebraban el consejo.

-¡Olvidáis que estaremos en un lugar sagrado, si los partidarios de Andrés se atreven a entablar combate, sin más, ante el foro de estos indios, jamás será admitido como su rey! ¡Qué és, por lo que ha venido hasta aquí!- Álvaro sonrió con suficiencia al responder a los temores de sus capitanes y amigos. Pudo ver cierta aceptación de su razonamiento.

-¡De acuerdo!- dijo secamente Bernardo Cabrera- ¿Qué hacemos ahora?-

-¡Vosotros, cuidar de que la formación de combate, sea la mejor que hemos hecho en toda esta jornada! ¡Yo debo prepararme y preparar a Dama Cecilia, para lo que pueda ocurrir mañana!- respondió en tono tajante Álvaro.

-¿Creéis, sinceramente, que ese mestizo pagano aceptará vuestra propuesta?- preguntó Gerardo García.

-¡No olvidéis, Don Gerardo, que vuestros mosquetes alcanzan cerca de cincuenta varas, mientras que sus arcabuces, en caso de que sepan hacer fuego con ellos, no llegan a la mitad de alcance!- le razonó Álvaro- ¡Lo más importante es mantenerlos a sesenta varas, lo que tardarán en recorrer diez, es el tiempo que los vuestros necesitan para cargar y cebar, si dan un paso más, vuestra gente los podrá abatir a placer si algo sale mal!- estas palabras tranquilizaron a todos los capitanes, que tras saludar con respeto a su capitán general, se dirigieron a cumplir la parte que les incumbía de las órdenes para el dia siguiente. Álvaro al verlos dirigirse a su tarea, suspiró; a él le quedaba una labor que tocaba a los sentimientos de Dama Cecilia, y quizás a algo más fuerte que los sentimientos en aquella tierra salvaje, la ley de la sangre.

Pero como siempre había hecho se alzó, dejando dudas y pereza a un lado, para encarar los acontecimientos que inevitablemente se cernían sobre ellos. Mientras andaba hacia la tienda donde aguardaba Cecilia Ordóñez, recordaba cuando en alta mar había que subir a cubierta en medio de una tempestad, o para alzar las artes de pesca… Nunca había dudado, era preferible compartir el riesgo y el esfuerzo a sentirse un madero inerte al que el oleaje del destino impulsaba a su capricho. Posiblemente esa nota en su carácter le había ocasionado grandes dificultades y desgracias, pero al mismo tiempo le proporcionaba las herramientas para salir adelante, como si de un tablero de ajedrez se tratara, con escaques blancos y negros, que se podían mirar desde un lado o desde el otro, en todo eso pensaba cuando llegó al toldo que velaba el pabellón de la Yacu Ayura, y se detuvo, pudo ver a trasluz como las siluetas de Dama Cecilia y de Guarima gesticulaban… Prestó atención, hablaban quedamente pero no entendía nada, lo hacían en una lengua caribe, y sonaba como el siseo de serpientes…

Decidió interrumpir el parloteó y corrió el toldo de la puerta, ambas mujeres le miraron de hito en hito, Guarima hizo una reverencia y salió de la tienda. A la entrada, sobre una estaca clavada en el suelo, estaba su armadura y su yelmo, Cecilia Ordóñez así lo había dispuesto.

-¡Llegará al amanecer!- le dijo sucintamente a la hermana de Andrés Ordóñez- ¡Debo decirte que puede suceder de todo, puede vencerme, o yo puedo vencerlo a él! ¡Lo que tengo por cierto, es que el combate será a muerte! ¡Quiero que tengas conocimiento de ello, ya que se trata de tu hermano!-

-¡Álvaro, mi Jaguar…! ¿Qué dirías si supieras que más que mi hermano, es mi pretendiente?- ella lanzó la cuestión como un dardo emponzoñado, pero su veneno era pura verdad sufrida largamente.

-¿Cómo decís?- dijo él.

-¡Andrés, desea tanto el reino de Guay Naya, como poseerme! ¡Para él ambas cosas forman parte de lo mismo!- Cecilia Ordóñez respondió siseando como si se expresara en lengua caribe, con una cierta entonación de odio reprimido en sus palabras- ¡Y mañana, has de luchar no por un reino, ni tan sólo por mi…! ¡Has de saber que tu semilla ha germinado en mi vientre, llevo dos hijos tuyos!-

La impavidez recorrió el cuerpo de Álvaro, que se aprestó a despejar sombras que se cernían sobre su mente, que intentaba mantener en orden en circunstancias como aquellas.

-¿Estáis segura de lo que decís? ¿Cómo lo sabéis?- balbuceó.

-¡Nosotras sabemos estas cosas, afectan a nuestro cuerpo y lo escuchamos atentamente, amor mío!- los ojos irisados de Cecilia Ordóñez entonaron una cautivadora canción cromática de seducción, mientras su mano derecha palpaba su vientre todavía plano e incitador al deseo salvaje del guerrero.

-¡Así pues…!- lanzó él.

-¡Mañana venceréis, no tan sólo por mi, ni por vos, sino también por estos!- lo dijo tocándose su vientre con una sonrisa que le hacía perder encanto, le había surgido el alma caribe que yacía bajo la dulzura a la que Don Tello la inclinara.

En el exterior sonaban las voces de los centinelas. Con el ceño fruncido Álvaro apagó el candil que daba luz a la tienda y se tendió junto a Cecilia Ordóñez, suspirando profundamente.

-¿No os alegráis, mi Señor, de que os dé dos hijos? ¡Son fruto de vuestro placer y del mío!- dijo ella.

-¡Quizás mañana, mi Señora, cuando haya vencido sobre vuestro hermano! ¡En estos momentos debo reposar y sosegarme!- fue cuando dijo él antes cerrar sus ojos intentando olvidar todo lo reciente y pensar unicamente en el hilo conductor del destino que hasta allí le había llevado.

Tuvo sueños; la maru de Oñate se le apareció, removiendo sus mejunjes, con aquella sonrisa, mezcla de maldad y de simpatía, se recordó a bordo de los barcos de pesca en plena altamar, le vinieron las jornadas del rescate de Malta, escalando las empalizadas que los otomanos habían construido alrededor de las defensas de La Valetta, las galeras de Lepanto, combatiendo a la vez contra los turcos y contra los agentes albistas, pero con fuerza aparecían la reyerta de Alcalá contra Sigura y las sonrisas, tanto de Isabel, como de su madre, al saberse a salvo. Despertó con el recuerdo de ambas sonrisas, con una sensación de paz interna y de haber reposado profundamente, como si con las pesadillas liberara la mente de lastre. Todavía era oscuro, y salió al exterior de la tienda, tras comprobar que Cecilia Ordóñez dormía profundamente. Alzó su vista y pudo contemplar el espectáculo maravilloso de la bóveda celeste en el trópico. En su mirada hacia las estrellas había una pregunta, la búsqueda del augurio al combate que libraría la siguiente jornada, permaneció mirando mientras tomaba asiento junto a la tienda, la tierra desprendía la humedad y la fragancia de la jungla antes del alba, sin saber por qué lo hacía tomó un puñado de aquella tierra húmeda, negra y viscosa que contenía la podredumbre de su vegetación, y se frotó las manos con la tierra sobre la cual combatiría en pocas horas… Era como establecer un lazo con el lugar…

Se le acercó uno de los perros que acompañaban a la tropa, era una mezcla de mastín, un animal noble y fuerte, jugueteó un poco con él. Al cabo de media hora, los centinelas empezaron a despertar todo el campo, la ansiedad que precede a la lucha era evidente, los soldados ejecutaban las ordenes con precisión y en silencio, el pequeño ejército funcionaba con disciplina y diligencia… Las ordenes impartidas se seguían puntualmente y empezaron los caribe, a situarse, en forma de media luna, con los cuernos apuntando al norte, casi tres mil caribes, armados de lanzas, arcos y flechas, algunos con cerbatana y todos llevaban su hachuela de piedra pulida, ofrecían un espectáculo temible a la luz mortecina de antes de la salida del sol, siguiendo su costumbre ancestral, lucían plumas llamativas y pinturas de combate.

Era la jornada del último día del consejo de caciques del sur, el punto culminante del consejo, en el cual los caciques que habían deliberado toda la noche comunicarían su decisión a la salida del sol. Y el astro rey anunciaba su llegada con una línea anaranjada recortándose en el horizonte.

Protegida por los oficiales de Portobello, y por los aravacos de Hernando, además de sus escoltas caribes, Dama Cecilia, en su esplendor apareció con el aro dorado ciñendo su frente, con el cetro en forma de serpiente y la gargantilla de esmeraldas que sobre la túnica blanca destacaban, Álvaro no pudo menos que dirigirle una mirada de admiración, estaba muy bella. pensó.

El jefe de la tropa, alzó su mirada al firmamento, la mañana sería clara y despejada, era un buen augurio.

Llegaron formados los escuadrones de Somer y Federmann, a caballo, y se situaron a los flancos dentro del arco de la media luna, entre ambos, Don Gerardo disponía a la gente armada con mosquetes en seis filas, mientras el ejército evolucionaba, la Yacu Ayura ascendía solemnemente a la tarima fuertemente protegida. Y los hombres de Angostura, dispusieron una muralla armada con arcabuces y ballestas y algunas picas y partesanas para para una posible carga de caballería.

Clareaba, y empezó a escucharse un mortecino ruido, que venía de lejos… Un escucha caribe llegaba corriendo, Álvaro estaba hablando con sus capitanes para impartir las últimas instrucciones.

-¡Están a mil pasos!- indicó el escucha recuperando el aliento mientras señalaba con el dedo al norte.

-¡Bien ya habéis oído al escucha caribe, tenemos la cuarta parte de una hora, para reposar mientras ellos se extenúan un poco más!- hizo un gesto al caribe para que se reuniera con su gente- ¡Recordad bien, el alférez Ruiz, y Garcés, el portaestandarte de Angostura, se situarán junto a mi, uno a cada lado, y treinta varas por delante de la primera línea de tiradores de Don Gerardo! ¡Eso hará que Don Andrés y sus oficiales guarden la misma distancia de su tropa…! ¡En total sesenta varas, recordadlo bien! ¡Si algo va mal, y avanzan para atacar finalmente…! ¡Tendréis el tiempo de cargar una segunda andanada y tirarles a cincuenta varas, ellos no pueden afinar a esa distancia! ¡Ahora cada uno a su puesto,ahí llegan los caciques!-

En efecto los caciques estaban tomando sus puestos en semicírculo ante la tarima que acogía a Dama Cecilia y su escolta, a la que se incorporaba a toda prisa Bernardo Cabrera el lugarteniente de la hueste de Guay Naya. La Yacu Ayura estaba serena aguardando el momento…

Antes de que todos los caciques ocuparan su puesto, se atisbaron las avanzadillas de la columna que avanzaba sobre la sabana produciendo un ruido cada vez más sobrecogedor.

A la cabeza se podía distinguir a Don Andrés, que espoleaba su caballo… Álvaro exclamó entre dientes, colocándose el yelmo.

-¡Miradle, ahí viene como un lobo sediento de sangre!- dijo a los alféreces que hacían ondear sus estandartes. El sol empezaba a iluminar de forma luminosa todo el llano.

Unas cien varas antes de llegar a la posición de Álvaro y los dos alféreces, los tres montados a caballo, y en actitud de espera, Andrés Ordóñez ordenó el alto a su columna, la orden fue corriendo hacia atrás. Unas varas más al sur, Álvaro le observaba con gran interés, en aquellos momentos cualquier movimiento, cualquier indicio, del adversario debían ser detectados y utilizados en su contra. Pudo advertir que el corcel bayo de Don Andrés trotaba algo escorado, ello hablaba de dificultades en una pierna del jinete. El caudillo mestizo venía ataviado con un jubón de cuero negro, repujado y tachonado con pequeños herrajes, le cubría la cabeza un chambergo de cuero del mismo color, decorado con unas plumas de papagayo muy vistosas, rojas, verdes y amarillas. Las botas de montar llegaban hasta medio muslo y relucían engrasadas, sobre el pantalón de ante. El autoproclamado príncipe de Maturín y Paria, sin desmontar estaba hablando con otros jinetes, seguramente sus oficiales, pensó Álvaro, al tiempo que rumiaba que los acontecimientos discurrían a favor del plan que había trazado, un plan arriesgado pero sin duda la mejor de las opciones.

Finalmente, las tropas del rebelde se iban desplegando para formar en orden de combate frente a las huestes de Álvaro y Angostura, y mientras mirmidones, tropa de Maturín y baquianos del sur tomaban posiciones, Don Andrés acompañado por dos de sus mirmidones, los dos capitanes, iniciaba una aproximación a Álvaro y sus alféreces. Se detuvieron a unas diez varas, mientras que su gente se hallaba a no menos de cuarenta por detrás, aquello era excelente para los cálculos de Álvaro de Sobrarbe.

Permanecieron los dos grupos frente a frente con la vista fija los unos en los otros, repasaban su actitud y el armamento que llevaban encima, se había levantado una ligera brisa que prestaba todavía más fuerza al aire de reto que la situación contenía.

-¿A qué habéis venido?- la voz de Andrés Ordóñez tronó algo alterada- ¡Esta es tierra sagrada, y tú y tus mesnadas estáis de más, al pie del Auyan Tepui!-

-¡Y vos…!- respondió con firmeza Álvaro- ¿Qué hacéis aquí? ¿Acaso comparecéis para impedir que vuestra hermana, la Yacu Ayura, sea reconocida por el consejo de caciques?-

-¡Tanto mi hermana, como yo, tenemos el mismo derecho a detentar el cetro del Guay Naya, pero yo soy el primogénito de Don Tello, a ella le corresponde ejercer de Yacu Ayura, y a mí de Rey, tal y como mis padres hicieron!- Andrés Ordóñez se alzó sobre los estribos para lanzar su reto, consciente que desde la tarima su hermana le estaría observando.

-¡Lamento contradeciros, Don Andrés, – Álvaro solicitó al portaestandarte de Angostura que le cediera el mástil con su enseña, y tras alzarla tres veces, respondió a su adversario- ¡Dama Cecilia, la Yacu Ayura de Angostura y de todo Guay Naya, reclama su legítimo derecho a ser aclamada Reina y reconocida por el consejo de los caciques del sur! ¡Y me ha encomendado que lleve a buen término su propósito!- relucían al sol el yelmo con crines oro y azul, y el guantelete… Álvaro pudo intuir la ira que crecía en el pecho de Andrés Ordóñez.

-¡Te ordeno que dejes el campo libre y que te retires con tu gente de armas! ¡Eres un intruso en Guay Naya!- la voz de Don Andrés se alzó entrecortada por la furia que sentía.

-¡Mira este estandarte, Andrés Ordóñez,- rugió Álvaro blandiéndolo de nuevo, las cintas rojas, vedes y amarillas sujetas bajo la serpiente de metal, se mecieron al viento- ¡Es el símbolo de Angostura y del Guay Naya, es el guión que siguen los soldados leales al legado de Don Tello…! ¡Y tu hermana, me lo ha confiado a mí, y no a ti, rebelde y traidor!- un murmullo recorrió ambos campos. Y sin verlo, Álvaro podía asegurar que el pecho de Don Andrés subía y bajaba a causa de una respiración forzada por el enojo. Mientras aquél príncipe airado permitiera la pugna airada del discurso, Álvaro lo llevaría tan lejos como fuera posible, para que la ira le cegara.

-¡Maldito entrometido…! ¡Todo iba bien hasta que llegaste! ¡Tú eres la perdición de Guay Naya, y si Cecilia te da cobijo, ella contigo! ¡Una vez más, abandona el campo y regresa a Castilla, intruso! ¡Si no lo haces, mis huestes caerán sobre las tuyas y aunque la jornada sea sangrienta, será alegre para Guay Naya y su pueblo!- espoleó el de Maturín.

-¿Has contemplado bien a tus soldados? ¿Cuánto ha que no reposan, ni duermen? ¿Crees que vencerías…?- Álvaro le lanzó otro dardo, pero éste también dirigido a los capitanes que flanqueaban al rebelde Andrés Ordóñez.

-¡Tú, no tienes derecho a estar aquí, y los dioses que nos tutelan, en esta tierra que habitan desde antaño, me darán la victoria!- en un arrebato, Andrés Ordóñez volvió a alzarse sobre los estribos para responder altanero.

-¡Como vuestros capitanes, dudo que maltrecha como se halla, vuestra gente pueda venir con fuerza sobre la de Dama Cecilia, que tengo el honor de mandar! ¡Y por ello os quiero proponer un pacto de honor para no verter más sangre, entre los hijos de los soldados de Don Tello, ni entre las gentes del Guay Naya!- Álvaro lanzó el anzuelo.

-¡Nada tengo que pactar con un extranjero!- rasgó el aire la respuesta airada del príncipe del noroeste. Uno de los capitanes se inclinó a su jefe para susurrarle algo.

-¡Más que un pacto, os propongo un reto! ¡Un duelo personal, para ser más preciso! ¡Un combate entre vos y yo mismo, a muerte! ¡Si vos vencéis, dictaréis vuestras condiciones, si por el contrario, yo os venzo, Dama Cecilia dictara las suyas! ¡Este estandarte en mi mano es la demostración que mi campo respetará los términos del duelo…! ¿Qué respondéis traidor?- el insulto final tenía la finalidad de alterar una vez más el ánimo del caudillo rebelde.

-¿Qué respondo? ¡Aniquilaros será un placer y nuestros dioses derramarán sus bendiciones sobre mi, por liberar esta tierra de vuestra intrusión, maldito teule!- la respuesta de Andrés Ordóñez tenía algo del rugido de la fiera y del canto alegre del papagayo- ¿Qué arma escogéis insensato?- retó soberbio.

-¡La que vos decidáis, Don Andrés!- Álvaro se felicitó, su treta había dado el resultado apetecido y aquél bruto estaba cegado por la rabia.

-¡Vos lo habéis querido, insensato! ¡Al viejo estilo…! ¡A espada!- bramó el príncipe de Maturín y Paria.

-¡De acuerdo!- respondió pausadamente Álvaro.

El mestizo, con impaciencia descabalgó alzando la pierna y de frente, saltando erguido sobre la hierba del suelo, para deshacerse de chambergo y de jubón, a continuación se deshizo de un arcabuz corto de factura tudesca de pedernal, y echó mano a un viejo mandoble, una gigantesca espada de dos manos, sin duda herencia de Don Tello, una arma terrible.

Muy al contrario y con toda parsimonia, Álvaro descabalgó sin prisa, alzó el yelmo que puso sobre la silla de Relincho, se deshizo de la la coraza que le cubría el pecho, del jubón y del pedernal, quedando en mangas de camisa como su rival, y blandió finalmente su espada de buen acero toledano, manteniendo la faz imperturbable, dirigiendo una fría mirada a Don Andrés que le aguardaba a no más de cinco varas, con el espadón clavado en tierra y sosteniendo la empuñadura con ambas manos. Pudo ver que la posición de un pie era algo forzada, algo le sucedía en la pierna derecha, de ahí el escoramiento de su corcel… Se sostendría en los envites sobre la pierna izquierda.

Por otra parte, Álvaro, pudo constatar que su adversario gozaba de un pecho potente y se adivinaban bajo las mangas de la camisa unos fuertes brazos, a buen seguro que debía mantenerse a salvo en los primeros envites, de la fuerza del mestizo, que además blandía una arma temible. Debía forzar su agilidad, para cansar a su enemigo que manejaba una espada muy pesada y tener en cuenta su dependencia de la pierna izquierda. Y meditando sobre todo ello, como si de una partida de naipes se tratara, se dirigía con seguridad y sosiego hacia su adversario, templando brazo y espada y comprobando que lo que le quedaba de dedos en la mano izquierda, controlaban bien el guantelete de acero, la garra del Jaguar…

-¡Venga intruso, teule maloliente…!- le increpaba Andrés Ordóñez- ¡Acércate si tienes lo que ha de tener un hombre! ¡Allí montado, entre tus secuaces eres muy valiente, aquí estamos tú y yo, y la muerte de uno de ambos!-

Álvaro ni se inmutó, era común que los indios trataran a los castellanos de sucios, él prosiguió su marcha sin dejar de mirar con frialdad a su rival. El sol empezaba a ser radiante, en un firmamento azul, la escena que aquellos dos hombres protagonizaban al pie de la mole erecta, de roca, estaba plenamente definida, y algo más al sur, sobre la tarima dos personas la seguían con el corazón en un puño, Cecilia Ordóñez preñada de deseo y atisbando el amor de los cristianos, y Bernardo Cabrera, el fiel lugarteniente, que desde Portobello hasta aquél infierno había secundado al hombre del guantelete, al que un año antes siguiera, a sueldo, para desbaratar los planes de los piratas ingleses en el Panamá.

-¿No será cerdo lujurioso, que no has limpiado tus hocicos?- espetó serenamente pero con fuerza Álvaro al llegar a dos varas de su oponente.

Al instante vio como el cuello de Andrés Ordóñez se hinchaba, como sus narices, y alzó el mandoble en un movimiento de mortal rapidez para hacer un molinete en torno a su cabeza, como para marcar su terreno y amenazar a un tiempo, Álvaro alzó su acero para ponerse en guardia, pero sin intención de entrar al trapo.

-¡Maldito!- bramó el otro, y descargó desde arriba un golpe de derecha a izquierda.

Álvaro intuyó el ataque y se lanzó atrás, era preciso ver como recuperaba la posición del mandoble, y pudo comprobar que manteniendo la fuerza sobre la pierna izquierda, su contrincante alzaba la mole de acero de izquierda a derecha, y en ese movimiento dejaba su lado izquierdo desprotegido, pero debía comprobarse que ése era el modo de Don Andrés de luchar con esa arma.

Rabioso por haber sido fintado, el mestizo volvió a alzar su mandoble, sudando y resoplando, en vez de descargar un segundo golpe, y recordando las enseñanzas de Farce, contuvo el movimiento a la espera de lo que hiciera su adversario… Notaba la boca seca, el maldito teule, era ágil y había saltado hacia atrás como un mono. Le engañaría.

Álvaro se percató de que Andrés Ordóñez aguardaba un movimiento de él, e hizo un amago de tirar con su espada en profundidad, pero el mestizó no cayó en la trampa y se mantuvo inmóvil amenazando con el mandoble en vertical sobre su testa, de negros y lacios cabellos. La sonrisa del príncipe de Maturín adquirió un aire cruel.

-¡Gato del demonio…!- masculló entre dientes. Y avanzó con la pierna derecha para afirmarse sobre la izquierda y lanzar el espadón sobre la cabeza de su enemigo para segarle el cuello, Álvaro le esquivó agachándose pero el retorno del mandoble no siguió la misma ruta, Andrés Ordóñez bajó a buscar el cuerpo su enemigo, y la punta del mandoble rozó el cuerpo de Álvaro, la camisa se manchó de sangre… Los seguidores del de Maturín alzaron un grito de júbilo. Su caudillo había hendido la carne del otro… Pero aquél movimiento le había dejado los brazos de plomo, el mestizo dio un paso atrás para recuperar resuello y clavó el espadón en la hierba, descansando en él ambos brazos. La simple vista de la sangre de su adversario le daba ánimo, pero se engañaba, la herida era tan sólo un rasguño, y Álvaro seguía blandiendo su espada, con la que unicamente había hecho una finta, pero sus ojos castaños, endurecidos y fríos, no dejaban de clavarse en los de Andrés Ordóñez.

Las gentes de Andrés Ordóñez, se habían desparramado en forma de semicírculo, enfrentado a la media luna de los caribes, para poder contemplar aquél combate singular del cual dependía el destino de Guay Naya… Imperaba un silencio sobrecogedor, que dotaba a los dos contendientes de un aura casi sobrenatural.

Álvaro sabía que no podía dejar reposar a su adversario, y lanzó su cuerpo adelante con la espada en posición ofensiva, la chocó contra el mandoble, arrancando un tintineo metálico, como un toque de atención, para a continuación de forma limpia, clara y elegante surcar el espacio de su enemigo hasta herirle en el brazo derecho, la sangre tintó con rapidez la manga de la camisa de Andrés Ordóñez, que lejos de lamentarse alzó de nuevo el pesado mandoble, para asestar un golpe mortal a su enemigo, que creía ahora tener a su alcance, pero Álvaro haciendo honor a su sobrenombre de Lince o de Jaguar, en aquellas tierras, había saltado hacia atrás con fuerza, mientras la feroz arma de su oponente silbaba a no más de una pulgada de su rostro en un movimiento de arco de izquierda a derecha, el arma rebotó en el suelo, pero de inmediato el mestizo de Maturín alzó de nuevo el mandoble, Don Andrés estaba ya cansado, y por tanto debía finalizar el combate con un movimiento astuto final… Álvaro atacó por el flanco izquierdo que en el movimiento de alzar su espadón, el mestizo dejaba al descubierto, era arriesgado ya que entraba en el área donde el mandoble de su enemigo podía caer sobre él y destrozarle, con media sonrisa preñada de crueldad, Andrés Ordóñez creyó tener la baza ganada, reuniendo todas sus fuerzas cambió el movimiento de su letal arma, para ir a buscar las testa de aquél teule intruso, describiendo a la altura del cuello una trayectoria mortal… Álvaro estaba preparado, dobló su cuerpo esquivando la tétrica canción silbante del espadón que no halló cuerpo alguno que cercenar, y cuya inercia arrastró a su adversario que ahora dejaba al descubierto su lado derecho; como guiado por puro instinto, Álvaro se alzó y clavó desde abajo su toledana en el lado de Andrés Ordóñez, con fuerza… La espada penetró junto al riñón y se abrió paso a través del diafragma llegando al pulmón izquierdo. El espasmo de dolor hizo que el mestizo dejara ir el mandoble que fue a los pies de sus capitanes, un hilo de sangre en la comisura de los labios, anunció la muerte del hombre que había pretendido a su hermana y ansiado el reino de su padre. Al extraer Álvaro su espada, el cuerpo de Andrés Ordóñez, se dobló sobre las rodillas, para caer al suelo, como si pidiera perdón, ya muerto, por su osadía en vida.

Al instante, la tensión en ambos bandos, dudando el uno del otro, creció como la levadura, pero a pesar de ello, no hubo gritos, el coso generado alrededor del duelo mantenía el silencio sepulcral, ante la presencia de la muerte. Algo más atrás, sobre su improvisado trono, Dama Cecilia había suspirado, en primer lugar por haber sentido la herida mortal de su hermano gemelo, como en carne propia, y a continuación aliviada de haber visto al defensor de causa alzarse con la victoria en una lucha tan agónica.

-¡Recordad los términos del duelo, capitanes!- gritó enarbolando su espada ensangrentada Álvaro. En medio de aquél silencio se dirigía a los mirmidones, Octavio Ratero y Maruso Galíndez. Con el mandoble a los cascos de sus caballos, ambos capitanes se miraron.

-¡Acabemos con él, ahora!- masculló Ratero.

-¡No! ¡Ha sido un combate leal, y debemos aceptar los términos que acordó Don Andrés! ¡Aguardaremos la decisión de Dama Cecilia!- respondió con determinación Galíndez, que entre los mirmidones gozaba de mayor rango.

-¡Por ahora, sea como decís…! ¡Cuando volvamos al norte, ya veremos!- aceptó a regañadientes Octavio Ratero.

-¡Deponed las armas! ¡La causa de Dama Cecilia, ha ganado!- en pie sobre los estribos, el capitán Maruso Galíndez ordenó de forma determinante la rendición de la agotada fuerza que les había seguido de forma inhumana las últimas semanas en busca del sueño de su caudillo, ahora muerto.

Los rebeldes depusieron sus armas, los capitanes de Maturín y Paria, desfilaron ante el trono de Dama Cecilia, en presencia de Álvaro, que se había revestido de nuevo con la coraza, el yelmo y la capa, para prestar juramento de lealtad a la señora de Angostura y Yacu Ayura, como reina del Guay Naya… Tras ello, los caciques con el aire de suficiencia que les confería estar convencidos de que su suerte dependía unicamente de la voluntad de Makunaima, el gran engendrador y de la de Yacu Mama, la gran destructora, renovaron sus pactos y los de su tierra con la Yacu Ayura, la hija de Isimaru.

Tras ello, hubo negociaciones con los rebeldes, algunos de los baquianos portugueses solicitaron regresar a Manaus, a lo que Cecilia Ordóñez accedió, otros prefirieron acompañar a la vencedora de la jornada, a Angostura para engrosar sus efectivos. Los mirmidones, representados por sus capitanes, solicitaron el retorno a Paria, a lo que Cecilia Ordóñez, aconsejada por Álvaro, respondió que resolvería sobre la cuestión más tarde. El resto de la tropa, eligió libremente su destino entre las guarniciones próximas a Angostura, o a Maturín, para ellos la guerra había finalizado y en el fondo lo celebraban, el reino que fundara Don Tello recuperaba la unidad y la paz… Y con suerte, podrían reposar y comer algo al fin de la fatigosa jornada.

Por orden expresa de Dama Cecilia, los de Angostura se mostraron generosos con los de Maturín y sus compañeros de Manaus… Mientras la tropa se refrescaba y comía algo, un grupo escogido de soldados de Angostura, conjuntamente con los dos capitanes mirmidones, y Dama Cecilia con su escolta, enterraban a Don Andrés, a los pies del monolito que marcaba el punto del consejo de caciques del sur, con honores de cacique.

La tropa confraternizaba, y se había podido asar algunos jabalíes de la zona, así como una especie de gallos silvestres típicos de los alrededores del Auyan Tepui, era momento de refrescarse y descansar, y la tropa se dedicó a ello, compartiendo el banquete con los caciques pemo y los caribes que les habían abierto camino en la selva.

Dama Cecilia se apartó del bullicio, tomó de la mano a su adalid y le incitó a dar un paseo, a una distancia prudente les seguían los caribe de su escolta.

-¡Voy a mostrarte algo que muy pocos teules han podido contemplar!- le comentaba mientras rodeaban el pico, anduvieron así por espacio de una hora, hasta que el estruendo de la misteriosa cascada empezó a ser ensordecedor, llegaron a un paraje en el que el inmenso salto creaba un lago, del cual nacía un río que emprendía camino hacia el sur, que bajo la luz radiante de la tarde, se intuía selvático también.

Álvaro se quedó asombrado, ante la majestuosidad de la cascada, que sin duda partía de la cima del Auyan Tepui.

-¡Es el agua que nos envían los dioses!- gritó Cecilia Ordóñez para que le pudiera oir Álvaro- ¡Ven, amado, esta agua te cura y regenera!- y le arrastró a un remanso del lago, con las aguas algo más tranquilas, sobre dicho remanso, caía una pequeña derivación, del gran salto, ocasionada por una roca, que hacía hervir el agua y le quitaba fuerza…

Ella se desnudó por completo y se sumergió en el remanso, con sus manos le indicaba que hiciera lo propio.

Con la prudencia de un gato, Álvaro dirigió una mirada al remanso, Cecilia Ordóñez le apremiaba con una sonrisa abierta, y él a la postre se decidió. Lo primero de lo que se desprendió fue el guantelete, la mirada a los dedos cercenados le trajo el desagradable recuerdo de Antonio Sigura, y por unos momentos al ver su mano dudó sobre si debía seguir desnudándose.

Al contemplar aquellos dedos, le retornó el dolor de los tiempos en los que fue perseguido, él y su linaje, y empezó a sentir con fuerza la llamada de la venganza, puesto que Sigura andaba en su busca y no muy lejos de Angostura, haría lo posible por quitarle la vida. Andaba en estas negras intenciones, cuando la voz cantarina de Dama Cecilia le reclamó de nuevo.

-¡Ven, Jaguar, el agua te hará bien!-

Y se sintió impelido a seguir su petición, se despojó de sus ropas de combate y de sus botas, tuvo buen cuidado de anudar los cintos y la faja a su espada y pedernal, la daga vizcaína la clavó sobre la hierba, y ya desnudo se sumergió en aquellas aguas en busca del cuerpo que le reclamaba tras haber luchado a muerte.

Dentro de aquél remanso burbujeante, se cogieron de las manos, tras la tensión de las últimas semanas, sonrieron y se sintieron bien mirándose mutuamente, mientras sentían que aquella agua les penetraba por todos los poros, fría, estimulante… Ella se le apretó para susurrarle al oído, bajo el estruendo…

-¡Es el agua de los dioses, amado!-

Él notó sobre su pecho, los pezones endurecidos de ella, y por puro instinto su miembro buscaba el sexo de Cecilia Ordóñez, la mestiza que le hacía dudar. Ella, sonrió alagada, y se separó. Fue a buscar donde rompía la pequeña cascada que caía sobre el remanso, y él cegado por el deseo la persiguió, las losas de piedra ascendían, y sus cuerpos emergían del agua del remanso, hasta quedar al descubierto hasta los tobillos. De inmediato se pusieron bajo la cortina de agua, que amortiguada llegaba desde mil varas de alto, notaron como mil aguijones sobre la piel, de agua pura y purificante, la humedad de las mil pequeñas gotas vaporizadas inundaba el ambiente, y en las paredes del macizo rocoso, algas de mil especies daban un carácter lujurioso y selvático a la cámara que se constituía bajo las aguas, entre la roca y el agua, el aire era tan puro que emborrachaba.

Bajo las aguas, de nuevo ella se abrazó a él… Sintió de nuevo sus pezones, endurecidos y frescos, mientras él sentía hervir su sangre, la abrazó y de nuevo su miembro buscó el claustro tibio de ella, y bajo aquella lluvia, lo halló, confortable y húmedo y se holgaron largamente, liberándose de tensiones y de la natural ansia de los cuerpos jóvenes.

Caía el sol, y mientras Álvaro debatía con los capitanes de su hueste y los de Angostura, en el pabellón de Dama Cecilia, ella se sentía plenamente satisfecha, había comprobado de nuevo, que él la deseaba, y aquello le proporcionaba una nueva baza para retenerlo, como su madre hizo con Don Tello. De hecho, ella le ofrecía, un reino, una esposa y reina, y herederos… ¿Qué más puede pedir un hombre, aunque sea teule?

Esos argumentos comentaba la Yacu Ayura a su aya, la vieja Guarima, que andaba preparando un pebetero para perfumar el pabellón y dejarlo fragante para el regreso de Jaguar.

-¡Mi señora, he leído en el fondo de los cuencos donde preparamos el mejunje…!- espetó la vieja.

-¿Y qué dicen los posos del mejunje?- alzó el torso Cecilia Ordóñez.

-¡Los posos dicen mi niña, que habéis poseído al guerrero, que él os ha hecho concebir hijos, pero él no ha llegado hasta aquí en vuestra busca!-

- ¡Pero ahora, me desea, Guarima!- respondió Dama Cecilia.

-¡Ah, el deseo…! ¡El deseo Yacu Ayura, ya ha cumplido con su función!- la vieja aya chascó a la señora de Angostura.

-¿Entonces…?- Cecilia Ordóñez adoptó una expresión ante el arrugado rostro de la vieja aya, que reflejaba toda la angustia del mundo. La noche había caído en la sabana, la perpetua canción estridente de la selva había desaparecido, así como los molestos mosquitos, la humedad caía con fuerza sobre la hierba, y su aroma se esparcía por todo el campamento tachonado de pequeños fuegos, donde la guardia hacía sus descansos.

-¡Desde un principio, sabes que éste guerrero ha llegado hasta nuestras tierras con un propósito, y tú tenías otro…! ¡El cumplimiento de la profecía de Isimaru! ¡Pero la profecía ya se ha cumplido!- sentenció la vieja caribe.

-¿Qué aconsejas, Guarima?- preguntó Cecilia Ordóñez.

-¡Has de dejarle partir! ¡Si lo juzgas propio, ayúdale en su empeño, ya que él ha sido tu brazo armado desde que llegó!- aconsejó Guarima.

-¡Pero lo que yo deseo, es que permanezca junto a mi!- solicitó la Yacu Ayura.

-¡Escúchame bien, el hombre de la garra de acero, ha venido desde lejos para cumplir una misión! ¡Nadie, en este mundo podrá impedirle que lo haga! ¡Lo sé, lo he visto!- con mucha seguridad la vieja aya cerró la discusión.

-¡Ahora escúchame tú a mi, Guarima…!- Cecilia Ordóñez se encaró con la vieja arrugada que ya aconsejó a su madre- ¡Le apoyaré en su empresa, vencerá, como lo ha hecho aquí, en Auyan Tepui, y después volverá a mi, para reinar conmigo…!-

-¡Mi niña, ese hombre, con garra de acero, el Jaguar, ya tiene rey! ¡Y no le será traidor!- Guarima entornó los ojos al decir esto.

Andaban ambas mujeres en la discusión, al tiempo que al fuego que reunía Álvaro y sus capitanes, se acercó un mirmidón, según dijo enviado por el capitán Maruso Galíndez, que le solicitaba un momento…

-¡Será un instante, mi capitán se reunirá con vos en la tienda que está tras vuestro fuego!- dijo el soldado ataviado de negro ante la asamblea de sus antiguos enemigos.

-¿Cuándo?-preguntó Álvaro.

-¡Él, ya está allí, y corre un gran peligro!- apremió el emisario.

-¡Bernardo, tú vienes conmigo!- el lugarteniente no se hizo de rogar y se alzó del suelo para acompañar al capitán general de la hueste.

Efectivamente, tras la tienda estaba en la penumbra el capitán de los mirmidones llamado Galíndez, iba desarmado.

-¿Qué me reclamáis?- preguntó quedamente Álvaro.

-¡Andad con tiento, mi compañero el otro capitán, estaba al corriente de un trato cerrado entre Don Andrés y unos castellanos que desde Coro planean invadir el pais! ¡Yo no estoy de acuerdo con ello, y preferiría quedarme en Angostura con mi gente, pero Maturín y Paria, caerán en manos de esa gente si nadie lo remedia! ¡El capitán Ratero me ha hecho partícipe del plan, con el objeto finalmente de derrocar a Dama Cecilia y mataros!- reinó tras la confidencia un silencio profundo.

-¿Y vos? ¡Fuisteis capitán de Don Andrés! ¿Qué os mueve a darnos éste aviso?- preguntó Álvaro.

-¡No suelo faltar a mis juramentos! ¡He jurado lealtad a Dama Cecilia, la hermana de Don Andrés!- la respuesta parecía sincera, por otra parte, Álvaro sabía que los de Menéndez hacía tiempo que andaba tras cerrar una alianza con el hermano de Cecilia Ordóñez.

-¡Está bien, Dama Cecilia os reclamará en Angostura, en vuestro lugar enviará una compañía de Angostura!- decidió Álvaro- ¡Así los movimientos de Ratero, no serán tan cómodos!- el mirmidón agradeció la resolución y con su soldado se perdió entre las tiendas fingiendo que revisaba su guardia.

-¿Qué hacemos?- preguntó Bernardo Cabrera de vuelta al fuego.

- ¡Nada, tú callarás! ¡Yo voy a comentarlo con Dama Cecilia!-

-¿Pero no le arrestáis?- gesticuló el lugarteniente.

-¡Y…! ¿Exponernos a una batalla que hemos evitado? ¡Nada de eso, Bernardo!-

El lugarteniente volvió con sus camaradas, mientras Álvaro enfilaba hacia el pabellón de la Yacu Ayura.

Ninguna de las dos se había percatado de que Álvaro se hallaba a punto de entrar en el pabellón, al escuchar la discusión, esta vez en castellano, se detuvo unos instantes, lo poco que pudo entender le obligó a regresar al campamento, buscaría por unas horas la compañía de sus capitanes, su conversación no le causaría preocupaciones, ni dolor de cabeza, a condición de no tomar todo el vino que ellos apetecían. A fin de cuentas, ellos habían venido, para proteger Siete Virtudes.

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