»
Guardar punto de lectura actual
Recuperar punto de lectura guardado
¡Punto de lectura guardado!

II. El Viento del Purgatorio

De cómo aquellos que partieron en pos del Paraíso, se dirigieron al Infierno.

Por aquellos días que anunciaban el paso de la estación de las lluvias a la estación seca, y que además se preparaba la arribada de la Carrera de Indias, que partiendo de los puertos castellanos de Sevilla y Cádiz llegaría a tierras americanas hacia mitades del mes de Agosto, la militarizada provincia del Yucatán se diferenciaba del resto de Nueva España, en que mientras Veracruz, Monterrey, Guadalajara y el mismísimo Méjico, andaban en preparativos para las ferias, y especialmente Veracruz ponía a punto su magnífico puerto, Yucatán se dedicaba a reforzar los puestos de vigía, desde cabo Coluche hasta Campeche en la costa, y en el interior a patrullar los límites de la selva lacandona y los Itzaes para evitar entradas de lacandones rebeldes o de resistentes mayas, en los territorios civilizados.

El refuerzo de la vigilancia costera tenía como objeto prevenir la presencia de piratas proscritos, o peor aún una incursión corsaria, ya fuera inglesa, holandesa o francesa… Era de todos sabido que tanto la reina de Inglaterra, como el rey de Francia, perseguían establecerse en el mar Caribe, y además apropiarse de las riquezas que cada dos años desde América partían hacia Castilla. El caso de los holandeses, era distinto, las provincias unidas de los Países Bajos levantadas en armas por Guillermo de Nassau, Príncipe de Orange, apoyaban decididamente a los rebeldes de Flandes en su rebelión contra Felipe, su Rey, a causa de la religión y de la férrea administración castellana, con sus alcabalas y las actuaciones de la Inquisición contra los reformistas. Todo ello daba como resultado un elevado número de fugitivos dispuestos a correr cualquier riesgo con tal de dañar al imperio de los españoles.

Así pues, la máxima preocupación de Dovalle ante la llegada de los galeones de Castilla, era mantener limpia la costa y segura la frontera del interior. Todo ello debía ser llevado a cabo con los efectivos que le tenía asignados, el virrey.

El nuevo virrey, Don Martín Enríquez de Almansa, que había sucedido en el cargo al prudente Gastón de Peralta, había tomado el mando con mucho ímpetu, según decían era un hombre próximo a la casa de Alba, y poco a poco los hechos lo fueron confirmando, pues nada más empezar su mandato tomó cuerpo la Santa Inquisición en Nueva España, así como el endurecimiento de la administración y el control sobre la Real Audiencia… Con todo, en sus inicios, se esforzó por eclipsar a su predecesor, y como era sabido que Don Gastón y el Adelantado Gonzalo Dovalle, no se llevaron amigablemente a causa de la amistad del de Yucatán con Don Martín Cortés, el hijo del gran Cortés, el nuevo virrey hizo por atraerle a su círculo, pero pronto advirtió que Dovalle era muy celoso de su rango como Adelantado del Rey, y no estaba dispuesto a ceder ni un ápice en sus prerrogativas. Por lo que la relación entre ambos fue la confirmación del perpetuo conflicto entre los virreyes y los Adelantados del Rey, verdaderos dictadores del territorio que tenían bajo su mando y jurisdicción.

En varias ocasiones desde 1569, Don Martín Enríquez había intentado interferir en los asuntos de Dovalle, llegó incluso a enviar una expedición contra los rebeldes indios lacandones, pero fue masacrada por estos y en último extremo los supervivientes conservaron la cabeza gracias a la columna que mandó el Adelantado, al mando del capitán Quiñones. Tan tensas llegaron a ser las relaciones, que el mismísimo Rey de las Españas, envió un oficio al virrey ordenándole respetara el cometido y jurisdicción de su Adelantado en Yucatán.

Contaban en el palacio virreinal de Méjico, que el acceso de cólera de Don Martín Enríquez fue memorable, y a pesar de haber movido los hilos para que el Duque de Alba, como ministro de Estado de Castilla, derogara las atribuciones del de Yucatán, la postura de su Majestad el Rey, fue inamovible.

No era difícil, pues, deducir que la posición de Don Gonzalo Dovalle, para obtener dotación de más recursos del virreinato, no era cómoda, y que desde Méjico le ponían las cosas difíciles. Pero el Adelantado contaba con un gran prestigio entre los viejos soldados de la conquista, entre sus hijos y en general en todos los rincones de Nueva España.

Y para coronar dicha fama, la incorporación a su estado mayor de Don Álvaro, y la audaz acción de éste en el Darién de Panamá contra Draque y sus corsarios había sido decisiva. Dovalle era apreciado desde el norteño Monterrey, de Nuevo León, hasta Porto Bello en el Panamá. Así que hacendados y encomenderos, proveían de los fondos para aumentar la tropa contratada cuando la situación lo requería, y para los soldados una campaña en el Yucatán, era un galón en su historial.

En estos menesteres andaban los de Dovalle aquella mañana, el capitán Quiñones patrullaba con quince de sus hombres la zona de los Itzaes, aquellos malditos paganos que a menudo repetían los horrorosos sacrificios humanos del antiguo reino maya, siempre en las proximidades de un pozo.

Álvaro por su parte, acompañado por diez soldados de Mérida, recorría los puestos de vigía alzados en la costa, y además de realizar el relevo de los vigías, celaba por el ánimo y disciplina de aquél pesado cometido de otear constantemente el horizonte. La ruta desde Sisal hasta Campeche tenía cuarenta leguas de ida y otras tantas de vuelta, que se traducía en una semana de revista a los diez torreones plantados en las costas de la Bahía de Campeche, la costa que conducía al puerto de Veracruz, de regreso a Sisal, se relevaban los hombres y sin regresar a Mérida, se hacía otro tanto hasta el Cabo de Coluche, que era una auténtica balconada sobre el mar de Las Antillas, de donde solían proceder piratas y corsarios. Acostumbraba Álvaro, a permanecer algo más en el extremo oriental de su ruta, siempre tenía la impresión de que se le ocultaban los galeones corsarios tras aquél horizonte azul…

Tenía a gala, ser muy meticuloso en la observación, y en indicar una y otra vez a las parejas de soldados que no dejaran pasar nada. Era difícil que no intentaran de nuevo los ingleses caer sobre los puertos en los que se estaba concentrando el oro y la plata con que se pagaban a los Tercios Imperiales del viejo mundo. Veracruz, Porto Bello y Cartagena tenían siempre el riesgo de ser atacadas, aunque a decir verdad el año anterior los hombres de Draque y del viejo Hawkins, se llevaron lo suyo, pero no en botín sino en daños, a duras penas salvaron dos galeones de la flotilla y maltrechos, perdiendo tres quintos de la tripulación.

Respiró hondo, estaba satisfecho de haber propinado dos severos castigos a los corsarios enemigos, en el Darién el primero, y más tarde en Porto Bello. Aquella acción había reportado a las mesnadas de Dovalle tanta popularidad en Nueva España y en el Reino Nuevo de Granada, que incluso hubo quién lo proponía como virrey.

El Adelantado no hubiera cambiado su posición ni por la del mismísimo Rey… Tenía acotado su territorio y muy pautados todos los cometidos a los que estaba obligado.

Absorto en estos pensamientos estaba Álvaro, cuando a lo lejos en la línea blanca de la playa, entre los rompientes y la jungla esmeralda, le pareció ver una figura que se movía con penas y trabajos.

Bajó de la plataforma de la torre de vigía y montó sobre Relincho, para galopar acompañado de uno de los soldados hacia aquél hombre necesitado.

Cuando llegaron hasta el pobre hombre, éste estaba desvanecido sobre la arena en un estado lastimoso, la ropa hecha girones y sus cabellos y barba delataban un largo periodo de cautiverio o de extravío. Desmontaron y se acercaron al desdichado tras asegurarse de que no andaba nadie más por los alrededores…

-¡Dame el pellejo de agua…!- ordenó Álvaro al soldado que le acompañaba.

El joven le acercó una bota de piel, y se quedó allí derecho mirando como Don Álvaro intentaba reanimar a aquél hombre dándole agua.

-¡Parece un naufrago o un fugitivo…!- dijo el soldado tras quitarse el morrión.

-¡Eso parece, más bien un fugitivo que lo otro! ¡Ayúdame…!- solicitó Álvaro al soldado.

Entre ambos lo acercaron a un grupo de palmeras que daban algo de sombra en el inicio de la jungla yucateca, tras dejar que reposara apoyado en el tronco de una palmera volvió a humedecerle los labios, a lo que el hombre pareció reaccionar abriendo los ojos.

-¡Tú, acerca los caballos y prepara tu ballesta!- ordenó de nuevo al soldado. Éste ejecutó la orden sin largar media palabra, pues había que estar preparados por si el pobre hombre era perseguido.

Álvaro miraba fijamente el rostro ajado y barbudo del maltrecho personaje…

-¡Estaos tranquilo, somos castellanos, de la guarnición de Mérida de Yucatán!- le susurraba.

-¿Estoy entre cristianos? ¡Decidme!- exclamó entrecortadamente.

-¡Ya os lo he dicho, castellanos de Mérida de Yucatán! ¡Bebed un poco de agua, sin prisa…!- le sonrió acercándole el pellejo para que el hombre recuperara algo su sentido.

-¡Alabado sea Dios!- murmulló el hombre antes de volver a sorber con ansia del pellejo que le acercaba Álvaro.

-¿Quién sois?- le preguntó Álvaro.

-¡Mi nombre es Juan de Alcántara y soy monje cartujo…! ¡Y debo transmitir un grave mensaje!- la mirada del hombre adquirió un brillo casi de desesperación.

-¡Ahora lo que debéis hacer es reponeros y descansar, os trasladaremos a Mérida de Yucatán, donde estaréis seguro y podréis restableceros para proseguir vuestra misión!- Álvaro le tranquilizó, mientras hacía una seña al soldado, lo cargaría en su grupa hasta la torre de vigía, y allí estaría hasta que comiera un poco. Contempló al hombre que con un gesto de serenidad se había dormido.

Acomodaron al fugitivo en un catre del chamizo que hacía las veces de alojamiento bajo la torre, el pobre dormía con tranquilidad tras haber bebido agua. Álvaro envió a uno de los centinelas al siguiente puesto para que localizaran al grupo que se retiraba hacia Mérida con el objeto de que se llegaran hasta el puesto de Cabo Coluche, y a poder ser que construyeran unas parihuelas para el desdichado monje.

Deja tu comentario