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II. El Viento del Purgatorio

De cómo aquellos que partieron en pos del Paraíso, se dirigieron al Infierno.

Mientras los soldados no llegaban, Álvaro se ocupó del monje Juan de Alcántara. Una vez el monje despertara por tercera vez, y después de que aceptara comer algo de fruta y unas tortas blandas de maíz, intentó averiguar alguna cosa sobre la misión que mantenía a su huésped con vida.

El cartujo tras dudar, le confió que su vida había corrido peligro, su comunidad se hallaba muy lejos de allí, al sur, más allá de la Capitanía General de Venezuela, en una tierra que se empezaba a evangelizar y con un gobierno muy especial. Tan especial que allí no se perseguía a aquellos que en otros reinos, por herejes serían merecedores de hoguera. Pero todos los que habían sido admitidos en aquél peculiar reino habían sido fieles a la causa de los reyes de las Españas. Ciertamente también había mucho católico tolerante que se había unido a la causa de un virreinato que se regía por los principios de Erasmo, la tolerancia entre distintas creencias tenía como punto de unión la lealtad a Felipe, el Rey.

Juan de Alcántara, observó el interés que suscitaba su relato en el hombre que le recogiera de la playa y prosiguió…

-¡Mi comunidad se dividió, hace dos años, los dominicos que aparecieron por sorpresa en el virreinato sembraron la cizaña entre nosotros. El prior de nuestra cartuja, advirtiendo lo que se avecinaba redactó una memoria y me la confió para que la hiciera llegar hasta las mismísimas manos de Su Majestad, el rey Felipe! ¡Pero antes de que yo pudiera partir, los hermanos dominicos y los de mi orden que les eran adictos, forzaron al Prior a dejar su ministerio, y pusieron en su lugar al más crítico de los nuestros con la situación, el padre Cecilio!-

-¿Qué pasó con el Prior derrocado?- inquirió Álvaro enarcando las cejas.

-¡Los dominicos incautaron sus escritos y sus lecturas y le condenaron por hereje, el pobre padre Lucas, fue degollado sin que supiéramos quién había realizado tal atrocidad! ¡En aquél momento decidí hacer dos cosas, una de ellas denunciar a los alguaciles el horrible crimen, y después partir rumbo a La Española, para embarcar de vuelta a Castilla y entregar como había prometido a mi superior, su memoria al mismo Rey, aunque aquello pudiera poner en riesgo mi vida!- el monje se detuvo para tomar aliento mientras miraba con sus enormes ojos castaños a Álvaro que le sonreía.

-¡Y ahora está claro que pusisteis vuestra vida en peligro!- le dijo.

-¡Tanto, hijo mío, que ando vivo de milagro! ¡Logré denunciar el asesinato del Prior, pero cuando los alguaciles acudieron a la Cartuja, los dominicos habían desaparecido y el padre Cecilio, se presentó como el nuevo Prior, tras la muerte del padre Lucas, pero tuvo buen cuidado de ocultar que él ya era Prior cuando tuvo lugar el crimen!-

-¿Así pues el crimen quedó impune?- se interesó Álvaro.

-¡No totalmente, encontraron a dos de los dominicos que estaban recogidos en el convento franciscano de La Palma, y les hallaron escritos del padre Lucas… Los alguaciles les encerraron, y estaba en sus inicios, el proceso contra ellos cuando yo embarqué en un pequeño buque de cabotaje que debía llevarme hasta el puerto de Sisal!- acaró el cartujo.

-¡Pero…! ¿Y los otros?-

-¡Esos me encontraron a mí, y me apresaron destruyendo los documentos que el padre Lucas me había confiado, para más tarde entregarme a unos traficantes de indios y de esclavos negros!- exclamó con pesar Juan de Alcántara.

-¿Cómo os pudieron apresar si ya estabais embarcado?-

-¡Aprovecharon una escala que hicimos en Cartagena de Indias, allí me cazaron, además habían embarcado a un agente de ellos que no era ni sacerdote, ni monje, para que me vigilara!- definió con tristeza.

-¿Por qué, no os mataron, como habían hecho con vuestro Prior?- sintió curiosidad Álvaro.

-¡Me entregaron a un tratante de esclavos que su agente conocía bien, para que me asesinaran, pero el jefe de aquellos miserables, un mestizo de porte noble, al saber de mi tierra de origen, decidió no matarme… Me confinó en una aldea de indios caribes, de la que no podía salir, pero dentro de la aldea, era bien tratado, estábamos en la península de Guajira, lejos de cualquier puesto castellano!- Álvaro sonrió al escuchar el milagroso modo en que salvó su vida el monje fugitivo.

-¿Y de donde sois, padre Juan? ¡Es bueno saberlo por si se cae en manos de esos traficantes!-

-¡Soy de Astorga, en el viejo reino de León… Y ciertamente aquél despiadado, al saberlo reaccionó con caridad cristiana!- recordó el monje.

-¡Es curioso de veras! ¡Pero decidme… Ese reino lejano, en el cual teníais vuestra comunidad…! ¿No es conocido por ventura, como el virreinato de Siete Virtudes?- Álvaro soltó la pregunta que le rondaba desde las primeras confidencias del monje.

Juan de Alcántara, abrió desmesuradamente los ojos.

-¡Dios mío! ¡Si su existencia ya es conocida, aquél remanso de paz está condenado!- clamó.

-¿Acaso no sois buen católico, padre Juan?-

-¡Qué tiene que ver eso con andar encarcelando y matando a los que no lo son! ¡Tengo otra opinión de lo que es evangelizar! ¡Además Erasmo no era un monstruo, ni un hereje, ni un luterano! ¡Era un cristiano conciliador!- el monje sostuvo una mirada airada frente al soldado. Álvaro sonrió de nuevo.

-¡Habéis tenido suerte en dar conmigo, con un hombre de Gonzalo Dovalle, nos repugna tanto como a vos, ese fanatismo de los del Santo Oficio! ¡Estaréis bajo la protección de Don Gonzalo Dovalle, hasta que podáis partir en un galeón seguro rumbo a Castilla!-

-¡De nuevo a merced del viento… El viento ha sido mensajero de mi Purgatorio!- exclamó débilmente Juan de Alcántara. Álvaro se quedó mirando fijamente al monje y pensando en su última afirmación.

-¡Ahora padre Juan, debéis comer un poco, Gabriel ha asado un poco de carne… Debéis comerla, os hará bien!-

A los dos días llegaron los hombres de refresco con unas recias parihuelas para transportar al debilitado cartujo. El hombre andaba algo mejor, le había narrado a Álvaro su fuga del poblado caribe, y que con la ayuda de unos pescadores aravacos había podido navegar hasta las costas cercanas, pero una tormenta nocturna dio al traste con todo, y él apareció en una playa entre manglares unas jornadas más al sur, no se rindió y prosiguió su camino a pie, pero a su edad, fue perdiendo fuerzas hasta quedar en el lamentable estado en que fue hallado por Álvaro y sus hombres. Ahora se felicitaba y daba gracias a Dios por haber dado en su camino con hombres como Álvaro y su superior, Don Gonzalo Dovalle. El viaje fue plácido, y conforme se acercaban a la costa central del Yucatán, el calor tórrido anunciaba una fuerte estación seca. Paradójica mente, en el Yucatán, la estación seca a pesar de no registrar lluvias, era además de calurosa muy húmeda.

En el camino el monje y su salvador, seguían con la conversación… Pudo enterarse Álvaro que el virrey del enigmático Siete Virtudes, era un noble flamenco llamado Leopoldo de La Marck, fiel servidor del Cesar Carlos, y leal a su hijo, el Rey Felipe. Era según Juan de Alcántara, irascible, sanguíneo, y muy dominante, pero un hombre tolerante y justo, aunque hedonista y próximo a los reformistas luteranos sin dejar de ser católico. Sus pasiones y vicios enturbiaban su vida, pero por encima de ellos sentía un profundo odio hacia la Inquisición que se había llevado a una amante suya al cadalso en la lejana Lieja, años atrás. El retrato que el cartujo dibujaba del virrey, era según Álvaro, el propio de un hombre de la alta nobleza de su tiempo… ¿Acaso el Cesar Carlos, no era famoso por sus banquetes y sus devaneos amorosos en toda la cristiandad? ¡Pero fue el más glorioso emperador cristiano!- pensaba para si, Álvaro de Sobrarbe, mientras tentaba bajo el guante, la garra de acero que le había valido el sobrenombre de Lince. Presentía una lucha feroz con sus enemigos mortales de antaño.

Cabalgaban lentamente, el monje descansaba sobre la recia litera que dos caballos sostenían… Y a su lado, sobre Relincho, Álvaro solicito cuidaba de él.

Tardaron algo más de lo normal en llegar a Mérida, debido a los cuidados que precisaba el monje hurtado a una muerte cierta. Pero al fin avistaron los muros y empalizadas de la ciudad, Álvaro se ocupó personalmente de alojar a su protegido, tras lo cual se aprestó a presentarse ante el Adelantado del Rey.

-¡Según lo que decís, este asunto del virreinato secreto, ni es tan secreto ya, y está en el punto de mira tanto del de Alba, como de los inquisidores!- comentaba Gonzalo Dovalle, en su despacho, dando vueltas a la mesa ocupada por pluma, tintero y papel en blanco, señoreados por una cruz.

-¡Está muy claro, que volverán a repetir los hechos de Fuerte Carolina en La Florida, es más los hombres van a ser los mismos, los hermanos Menéndez, los sobrinos del almirante…! ¡Que deseen mi cabeza, lo entiendo! ¿Pero acabar con un deseo del Rey, eliminar a un noble flamenco, y exponerse a la enemistad real, por qué?- se dijo Álvaro mirando fijamente a Dovalle.

-¡Tened la certeza de que es un paso más en una estrategia de poder del Duque! ¡Ha colocado a un amigo suyo en el virreinato de Nueva España, y tras él la Inquisición, lo propio ha realizado en el Perú, el Rey ha seguido sus consejos con tal de tener bien amarrados los nuevos reinos de las Indias!- razonó el Adelantado.

-¡Bien, todo eso está bien pensado, pero lo del virrey Leopoldo de La Marck…! ¡Si Felipe lo ha puesto, solamente él, puede cesarlo!- contrapuso Álvaro.

-¡No creo que de La Marck, se llevara bien con el Duque de Alba, cuando era el gobernador general de Flandes! ¡Y quién sabe si no tuvo que ver con esa fulminante destitución del Duque…! ¡Para más abundamiento, el Rey le sustituye por vuestro protector, Don Luis de Requesens, ebolista y partidario de la negociación en vez de la guerra abierta! ¡Tened por cierto que el de Alba no está saltando de alegría!- Dovalle siguió el hilo de su razonamiento sobre la situación creada en torno al misterioso virreinato.

-¡Conozco bien los métodos del Duque y de sus gentes! ¡No acostumbran a encabezar por cuenta propia este tipo de empresas…! ¡Más bien se postulan como experimentados jefes, para bajo el estandarte real, mandar las tropas del Rey y conducirlas hasta la victoria!- el Lince recordó los lances en los que se había visto involucrado, siempre impidiendo a los del de Alba, perpetrar sus aviesas intenciones.

-¡Eso que decís es cierto…! ¡Pero quizás, se enfrenta ahora, a circunstancias nuevas que le permiten, o le obligan, a actuar con más decisión y abiertamente! ¡Algo que escapa a nuestro conocimiento, por el momento!- sugirió Dovalle.

-¡No me gusta nada! ¡Ése no hace nada sin tener sus motivos!- la mirada de Álvaro adquirió dureza súbitamente.

-¡Sea como fuere, nos enteraremos tarde o temprano! ¡Cuidaremos del monje fugitivo y de que pueda llevar a cabo su misión!- Dovalle suspiró profundamente dando a entender de que ellos no controlaban los acontecimientos y que debían limitarse a esperar.

-¡Eso y esperar que esos miserables piquen el anzuelo, es todo lo que podemos hacer, por el momento!- reconoció Álvaro alzándose de la butaca para retirarse- ¿Dais vuestro permiso, Don Gonzalo?-

-¡Vos lo tenéis, Don Álvaro! ¡Reposad, y después ved como está el cartujo!- ordenó el Adelantado del Rey.

Los días iban pasando, y el calor húmedo del Yucatán imponía un ritmo cansino en todas las actividades que se realizaban en la plaza castellana de Mérida, así como en las tierras de su influencia, ya en el mes de Mayo, las mañanas estaban impregnadas de culto mariano, la vigilancia sobre las costas seguía con la intensidad debida, así como las patrullas en el interior.

Dovalle realizaba sus anotaciones en los libros en los que plasmaba la historia menuda de aquella tierra, tomada al reino pagano de los mayas. Los de éstos que no habían sido reducidos y convertidos, constituían un peligro real, selva adentro. Los lacandones y los Itzaes mantenían un pulso con los españoles a los que llamaban teules, manteniendo sus junglas inexpugnables.

Esta realidad era debida según el Adelantado a tres razones, la primera eran los escasos efectivos que desde la caída del bárbaro reino se habían asignado a aquella selvática península, la segunda la naturaleza selvática de aquél territorio de Nueva España, y la tercera consistía en la naturaleza bien distinta de otros indios, que tenían los del antiguo reino maya, éstos habían sido los señores desde Oaxaca hasta el Darién, dominaban sobre el resto de naciones indias, aravacos, caribes y misquitos y su gobierno era duro y cruel.

Sobre el papel el Adelantado rasgaba con una elegante pluma de ave la enésima respuesta a las urgencias de Méjico, solicitando el fin de la resistencia lacandona y el sometimiento de los Itzaes a la corona de Castilla, sus leyes y fe religiosa. Dovalle sabía bien que aquella urgencia venía determinada por las aviesas intenciones del virrey Don Martín Enríquez, que deseaba o bien dar por finalizada la rebelión india y en consecuencia que el Yucatán pasara a ser una provincia normalizada de Nueva España, acabando con la figura del Adelantado, o que la cuestión del Yucatán tomara otra dimensión, con lo cual las instancias de gobierno debían ser cambiadas ya que un Adelantado no había sido suficiente para dominar la situación. La respuesta la estaba redactando con destino a los secretarios del virrey en Méjico, pero dudaba de enviar un duplicado de la misma al mismísimo Rey de Castilla, pues él tenía esa prerrogativa, y para acabar de decidir este extremo había mandado a por Álvaro de Sobrarbe para pedirle consejo.

Su oficial y amigo, le animó a ello, especialmente cuando era previsible que todo el territorio iba a convertirse en un campo de batalla entre albistas y contrarios, que el Rey estuviera al corriente de que en el Yucatán no todo eran facilidades y poner en entredicho la política del virrey hacia Dovalle por segunda vez, podía tener efectos positivos para el Adelantado.

Dovalle tomó en consideración las observaciones del de Sobrarbe y decidió redactar a continuación un memorial destinado al Rey de las Españas.

Álvaro anunció a su superior que el cartujo estaba ya bastante repuesto y que en tres o cuatro días podría ya pensarse en embarcarlo para que pudiera cumplir su misión, con lo que el Rey Felipe, estaría al corriente de los manejos de su ministro de estado. Después de tratar brevemente de dicha cuestión, le solicitó mandar la próxima patrulla a los límites de las junglas y al territorio de los Itzaes. Dovalle no dudó en aprobar la solicitud de Álvaro.

Anduvo Álvaro una semana preparando una patrulla más nutrida que la de costumbre, y con un grupo de indios leales, entre ellos dos traductores y varios guías, todos ellos en diversas descubiertas y reyertas contra los rebeldes habían demostrado su valor y devoción a Dovalle.

El capitán Quiñones, le aconsejó que llevara consigo al cabo Iribarren, un veterano que se las sabía todas.

Álvaro partió a finales de Mayo con el objetivo de limpiar de rebeldes las junglas cercanas, pero también llevaba en mente otra cuestión; un año atrás el descubrimiento de una ruta enlosada utilizada por los mayas y que llegaba hasta el fin de las sierras del istmo, sobre las costas de los misquitos le había sido de gran utilidad para llegar en poco tiempo al Panamá… Comprobaría el buen estado de aquél camino, puesto que si llegaba Sigura, le volvería a ser muy útil una ruta olvidada.

 

Don Álvaro y la patrulla habían partido unos días antes, y se presentó la oportunidad de embarcar a Don Juan de Alcántara, el monje cartujo, en un galeón ligero de los de comercio caribeño, que procedente de Porto Bello se dirigía a La Española, allí el monje podría embarcar hacia Castilla. El galeón “Esmeralda” se hizo con el pasajero y siguió plácidamente su ruta.

A bordo, el cartujo encontró a un compañero de su orden, pero que había estado destinado al Convento de San Julián en Santa Marta. Juan, se guardó mucho de revelar que procedía del sur de Venezuela y se inventó que estaba en una pequeña comunidad de Yucatán, y que debía volver a Castilla a visitar al Prior de la Orden para entregar las relaciones de los progresos y necesidades de su comunidad. El hermano Cristóbal que así se llamaba el otro cartujo de a bordo, pareció aceptar la versión de su hermano Juan Alcántara, pero lo que no sabía éste es que su compañero de viaje, había sido visitador de su orden en Nueva España, antes que Prior en Santa Marta, y en consecuencia advirtió que su cofrade le mentía.

El viaje desde Sisal, el puerto de Mérida, hasta Santo Domingo, en La Española duraba alrededor de una semana en un buque como aquél que difícilmente llegaría a los diez nudos, tiempo suficiente como para que el hermano Cristóbal intimara con el pobre Juan Alcántara, tomara nota de sus costumbres e indagara cuáles eran sus opiniones en los temas más sensibles entre el clero castellano de aquellos días.

Como fuera que Juan de Alcántara, acostumbraba a orar en el castillo de popa cada atardecer, mientras miraba la puesta de sol en el apacible mar Caribe, el prior del convento de San Julián, aprovechó para bajar al camarote del pasaje y revolver entre sus cosas, al hallar el escrito del denostado padre Lucas, se santiguó. Su gesto coincidió con que dos marineros que trasteaban junto a la cabina del timonel y andaban de palique con éste habían soltado una obscenidad, y al interpretar el gesto del monje como de escándalo les entró la risa, momento en el que el monje temiendo que su compañero Juan bajara a ver lo que ocurría, subió apresuradamente por los escalones de madera hasta la cubierta.

Ambos coincidieron en la cubierta del castillo de popa, bajo la toldilla, Juan seguía mirando al sol que se abatía sobre la línea del mar que marcaba el horizonte.

-¿Sabéis hermano Cristóbal? ¡Llevo años a merced del viento, estos vientos dulzones que espero se conviertan en los duros y salobres que azotan el océano y me lleven hasta la añorada Castilla! ¡El viento ha sido estos años, como un purgatorio para mí!- exclamó el viejo cartujo. Mirándole de reojo, el prior de San Julián, pensaba para sí, que tras ese purgatorio, a su cofrade le aguardaba el tormento de los infiernos.

Los dos cartujos se despidieron en el puerto de Santo Domingo, mientras el hermano Juan se quedó en los muelles para averiguar si había pasaje para Castilla, su compañero de viaje encaminó sus pasos al convento de los dominicos de la ciudad…

El cartujo era buscado días después por toda la ciudad, había dado recado de que se alojaría en la comunidad franciscana de Santo Domingo, pero allí no llegó a hospedarse, y los hombres del capitán que le guardaba pasaje en un galeón correo, bien artillado y muy marinero, no lograron dar con él.

Quienes sí dieron con el cartujo, o mejor dicho, lo que de su escuálida figura quedaba, fueron los hombres de la guardia del puerto, el pobre Juan apareció ahogado en los embarcaderos de Santo Domingo, y en su zurrón tan sólo llevaba un breviario con su nombre, Juan de Alcántara. Curiosamente el punto del breviario estaba en las páginas alusivas al Purgatorio de las Ánimas. La memoria del padre Lucas, no llegaría más que a arder en el cenobio de la comunidad dominica de Santo Domingo.

 

Mientras en Santo Domingo preparaban un funeral de oficio, sin que nadie supiera bien quien era aquel monje ahogado, en los principios de la selva yucateca, la patrulla de Álvaro había montado el campo para pasar la noche, las guardias estaban repartidas, y la fogata era el centro de aquél grupo de soldados y su tropa auxiliar india, estaban asando una especie de jabalí de aquellas selvas que los indios llamaban pécari, su carne era tan sabrosa como la del jabalí español y acompañada de las papas y moniatos que envueltos en gruesas hojas húmedas se cocían lentamente a las brasas, constituirían un banquete impensable en aquellas selvas olvidadas de Dios.

Uno de los soldados de la guarnición de Mérida, tocaba una mandolina dando a la noche un toque de melancolía. Al fondo el ruido del anochecer en la jungla, de papagayos y monos principalmente, semejaba un acompañamiento a las notas que el soldado lentamente arrancaba con acordes traídos de la lejana España.

-¡Hoy les hemos dado fuerte!- el cabo Iribarren comentó el encuentro con los lacandones sostenido durante todo el día. El cabo se había quitado el morrión típico de los soldados castellanos. Álvaro le sonrió ampliamente mientras jugueteaba con su yelmo, era el relajamiento después de más de diez horas de combates contra partidas de lacandones, en la selva, su medio. La jornada arrojaba un saldo positivo, los castellanos y sus aliados habían sufrido ocho bajas, tres de ellas mortales, pero a cambio habían destrozado un poblado lacandón, y deshecho a cinco partidas de guerreros que habían dejado entre la maleza más de cincuenta muertos, los hombres de Álvaro contaban con diversas ventajas, la primera la forma de combatir, con orden y disciplina, segundo las corazas y morriones, tercero los caballos y los perros, y finalmente ballestas y arcabuces no dejaban mucho margen a los lacandones que contaban sólo con su perfecto conocimiento de la selva.

A pesar de que los lacandones, les habían querido llevar a la zona de los pantanos, repetidas veces, Álvaro no se dejó engañar y se mantuvo en la zona del linde de los claros desde los que establecían una demoledora línea de fuego.

Finalmente los lacandones se internaron en la jungla en dirección a Chichén, Álvaro recordaba todos y cada uno de los instantes de la dura lucha, parecía paladear el triunfo, y sabía que lo que correspondía hacer las siguientes dos jornadas es avanzar en circulo tomando como centro Mérida, y con un poco de suerte darían con una o dos partidas más que alejarían hacia el interior a aquellos merodeadores que soñaban con devolver los teules al mar.

-¡Si Iribarren, y mañana más, si Dios lo quiere! ¡Esta patrulla será dura, pero situaremos la frontera diez leguas jungla adentro! ¡Es lo que necesita Mérida!- respondió el capitán de la patrulla.

-¡El domingo ya estaremos de regreso… ! ¡Y tendremos un permiso, sin servicio, para dormir, beber y aquél que pueda, echar el palo!- dijo socarronamente el gigantesco cabo.

-¿Tú echas el palo a menudo, cabo?- siguió la picardía Álvaro.

-¿A menudo? ¡El cabo estando en Mérida, no para!- bromeó uno de los soldados que estaba al cargo del asado. Un coro de risas sanas corearon el comentario. Álvaro se lo quedó mirando fijamente con una sonrisa.

-¡Eres la envidia de tus hombres Iribarren!- le dijo.

-¡Uno no puede evitarlo capitán, hay dos mexicas en Mérida que me dejan a gusto!- el cabo susurró con picardía solamente con recordar sus veladas nocturnas con sus amantes, pero pareció regresar al presente con inusitada facilidad- ¿Qué pasa con el asado? ¡Esta tropa tiene hambre!- soltó al soldado que daba vueltas al cochino salvaje ensartado.

Mientras seguía la broma en el campo, Álvaro ensimismado celebraba que ayer encontraran el origen del la ruta maya hacia el Darién, intacta, como estaba una año antes. De sus pensamientos le sustrajo, un toque en el hombro derecho dado por el gigantón risueño.

-¡Y vos, capitán…! ¿No echáis el palo?- preguntó Iribarren.

-¡Eso no te incumbe, cabo!- cortó Álvaro- ¡Pero os diré que hay una Dama, que me tiene sujeto, a pesar de andar en la lejana Castilla!- los hombres soltaron algún que otro silbido.

-¿Y le guardáis fidelidad, tan lejos?- preguntó el cabo.

-¡Por una mujer de las de nuestra tierra, se puede ser continente! ¿No creéis?- la respuesta de Álvaro llevaba aparejada una pregunta para todos.

Los hombres entraron en un silencio tenso, todos ellos suspiraban por las mozas de la lejana España, pero la ruda vida de soldado los llevaba a holgar el día presente, puesto que ninguno sabía a ciencia cierta si el mañana continuarían en el mundo de los vivos…

Además estaba la naturaleza lujuriosa de aquellas mujeres, especialmente las mexicas, siempre dispuestas a ceder un lugar de su esterilla a un teule, y si le daba un hijo, esperar que aquél lo reconociera. El silencio que amparaba aquellos pensamientos estaba envuelto en el rumoreo de la selva, cada vez más tenue conforme la noche se cerraba.

-¡Venga, este asado ya está y las papas también!- los de la cocina cortaron la reflexión de aquél puñado de hombres que estaban en el otro extremo del mundo, de la tierra que vio nacer a la mayoría de ellos.

-¡Cabo, que Duarte vaya a por el pellejo de vino, hoy se ha combatido bien, qué demonios!- Álvaro autorizaba a beber un poco del vino que llevaban. Los hombres se acercaban al fuego, a falta de mujeres con las que holgar, un pequeño banquete en medio de la selva lacandona no estaba mal. Alguno de los soldados, ayudaban a los heridos a aproximarse para poder tomar parte del ágape que no dejaba de ser la celebración por la victoria del día y una acción de gracias por mantener la cabeza sobre los hombros.

 

La patrulla regresó a Mérida por las fechas previstas, con una columna de prisioneros, lacandones sometidos, con el estandarte de Mérida desplegado, y quince heridos. Las novedades presentadas a Dovalle no podían ser mejores, en unos diez días habían ampliado en semicírculo, unas treinta leguas, la frontera alrededor de Mérida, limpiando de rebeldes la zona, habían talado o quemado la mitad de la selva arrancada a los lacandones, habían hecho prisioneros a dos poblados enteros, con sus caciques, chamanes y guerreros, y cinco partidas de aquellos indios habían sido aniquiladas, así como más de diez con sus poblados habían huido hacia el interior; en contrapartida habían de lamentar ocho muertes y quince heridos, seis de ellos de gravedad.

Dovalle consideró el balance excelente y decretó que los soldados tendrían un buen recibimiento, y unas jornadas de licencia, decisión que fue coreada por la tropa de cien hombres que Álvaro había llevado selva adentro.

En la sala de los aposentos del Adelantado, éste había preparado una cena de bienvenida a celebrar con Quiñones y Álvaro, ya que en aquellos momentos eran sus lugartenientes y en buena parte la defensa del Yucatán descansaba en ellos. Quiñones había realizado aquella quincena el relevo de los puestos de la costa, pocos buques avistados, todos de cabotaje y de mercancías con bandera de Castilla, empezaba a notarse el trasiego propio de la preparación de la llegada de la flota de Indias, procedente de España.

 

Tras descansar un día entero, Álvaro volvió a sus quehaceres en la guarnición de Mérida… Y una de aquellas tardes Gonzalo Dovalle volvió a invitarle a las inmediaciones de Sisal, el puerto de Mérida, a pasar unos días pescando y trazando los planes de futuro, y aprovecharían para revisar las condiciones del puerto.

Sisal era un puerto situado en el extremo occidental de una barra de arena, separada de la costa por un brazo de mar de media milla, que no permitía el paso de buque alguno, solamente las embarcaciones de pequeño calado podían navegar el canal que tenía sus buenas doce millas de un extremo a otro. Los castellanos habían habilitado el puerto a mar abierto, con amplios embarcaderos de madera, una empalizada y tres torres de vigía, en el exterior del recinto del puerto se levantaban los chamizos y cabañas de los indios aravacos que pescaban en aquél paraje y a menudo estaban dispuestos a trabajar una jornada en los muelles a cambio de cuatro chavos y una botella de vino.

Entre la barra de arena y la costa habían levantado varias pasarelas para el transporte de mercancías a los almacenes que estaban ya en tierra firme, tras una segunda empalizada con base de piedra y que era el embrión de la ciudad.

En el puerto propiamente dicho, había la taberna y unos toldos que hacían las veces de hospedería y burdel a la vez. El destacamento del puerto, era un destino que los hombres de la guarnición normalmente aborrecían, ya fuera en estación seca o de lluvias, el clima era infernal, antes de la llegada de Dovalle, se le conocía como la tropa de las purgaciones, y al puerto como el Purgatorio… Las mexicas que se revolcaban en la toldería por una mísera pieza de bronce, no eran limpias ni de alma ni de cuerpo, y habían provocado no pocas bajas por el mal de las pústulas, lo que en Castilla se conocía como el morbo gálico.

Nada más llegar el Adelantado hizo quemar la vieja toldería, e hizo responsable al comandante del destacamento, de que el cirujano del puerto se cerciorara que de aparecer de nuevo mujeres por Sisal, no estuvieran contaminadas de malos humores ni parásitos. Costó arrestos y duros castigos, pero finalmente las putas del puerto dejaron de ser mujerzuelas infectas, y sus mismos hombres andaban con tiento después de ver lo que sucedía por no andar alerta en que surcos hundían el arado.

Habían pasado revista al embarcadero, a los puestos de guardia, a la batería del puerto, y posteriormente ya en la ciudad, al destacamento y las anotaciones en la relación del destacamento. Habían decidido salir antes de que cayera la noche de la ciudad, preferían volver a la barra y cabalgar sobre la arena hasta el chamizo aislado, a unas cuatro millas de la aldea india en dirección Este.

Al privilegio de sentirse libres de obligaciones, unía el camino a la cabaña de pescador la emoción de la lucha por lograr llegar con ventaja.

Llegaron entre risas, comentando el curso de la carrera, cuando la luz ya perdía el brillo del pleno día y el ocaso se cernía sobre la línea de tierra que se fundía con la mar abierta del golfo de Méjico…El mar batía una y otra vez las blancas arenas, y allí frente a la cabaña, en la arena estaba varada la barca con la que solían salir a pescar.

Algo más tarde sentados ante un pequeño fuego en la playa, escuchando el rumor de aquél mar que ennegrecía por momentos conversaban comiendo unas tortas de maíz.

-¡Este asunto de Siete Virtudes, cada vez se asocia más a un proyecto de los partidarios de instalar en estos reinos un Santo Oficio como el de Castilla, esa gente, os lo digo Don Álvaro por experiencia, son además de poderosos, tercos! ¡Y no se paran ante nada, creen que Dios está con ellos!- murmuró como manteniendo una confidencia Dovalle.

-¡La verdad, Don Gonzalo, no creo que Dios esté tras el infierno que implantan allí donde van!- respondió secamente Álvaro.

-¡Lo que es preocupante, es que la tropa de esa gente vendrá además de a por ese virreinato, o lo que sea, a por vuestra cabeza, amigo!- el Adelantado clavó sus ojos negros en los de su amigo y capitán de hueste.

-¡A esos perros de presa, ya les he dado su merecido en otras ocasiones, espero que esta vez no sea distinto…!- dijo esto Álvaro con la mirada hueca y una voz monótona, como si hablara para sí mismo.

-¡He estado pensando estos días, después que el fraile aquél confirmara que este asunto además de pudrírsele a su Majestad, el Rey, está tomando las dimensiones propicias para que un Grande de España, y la Inquisición actúen de común acuerdo, y creo que puedo hacer algo por vos!- el Adelantado iba sin duda a hacer una propuesta.

-¿En qué pensáis, amigo mío?-

-¡No sé si sabéis que para actuar en estas tierras, ninguna atribución, o capitulación puede ser concedida por nadie más que el Rey…!- no pudo seguir Dovalle.

-¡Naturalmente que conozco esa cuestión Don Gonzalo!- Álvaro le había interrumpido.

-¡O en ausencia…- y Dovalle esbozó una amplia sonrisa- Y para territorios no pacificados, solamente un Adelantado puede expedir unas capitulaciones!- el Adelantado se quedó mirándole con aire de suficiencia.

-¿Queréis decir, que con un pliego con vuestra firma y sello, puedo actuar por encima de cualquier virrey o auditor?- Álvaro dio un respingo.

-¡Tengo pensado redactar unas capitulaciones, como Adelantado en virtud de las cuales podáis reclutar una hueste, y mandarla con el objeto de impedir la apropiación de las tierras inmediatas a la capitanía general de Venezuela, por gentes armadas sin autorización Real!- sentenció Dovalle.

-¡Así pues, tendré más autoridad que esos matarifes que vienen a por mi cabeza!- insinuó Álvaro.

-¡Mientras ellos no traigan órdenes firmadas por Felipe y con sello Real…!- apuntó Dovalle.

-¡No creo que Felipe, que me encomendó a vos, firme ahora mi sentencia de muerte! ¡A buen seguro, esos caballeretes traerán muchas credenciales del Duque y órdenes del Santo Oficio, que no son cosa baladí!- sonrió Álvaro.

-¡Pues si es así, amigo mío, deberán ponerse bajo vuestra autoridad!- remató el Adelantado.

-¡Decidme, Don Gonzalo! ¿Estaba bien el padre Juan, cuando partió?- Álvaro cambió de tema.

-¡Pobre hombre, yo creo que nunca volverá a sentirse bien! ¡Pero su misión era lo único que le importaba! ¡Se embarcó aquí en Sisal, en un galeón de los de costa, que llevaba mercancía y pasaje a La Española!- respondió Dovalle.

-¡Espero que le vaya bien, al cartujo!- suspiró Álvaro.

-¿Tanta impresión os causó?- le preguntó el Adelantado.

-¿Sabéis una cosa? ¡Me veía reflejado en él! ¡Ese sentido de la lealtad a su prior, y también el empeño en cumplir lo prometido!- iba susurrando, Álvaro de Sobrarbe, el Lince.

-¡En testarudez… En eso ciertamente se os parece!- afirmó sonriendo Dovalle con la mirada risueña. El viento empezó a batir la playa, el oleaje y su rumor arreció.

-¡Veréis, Don Gonzalo! ¡Aquél hombre, se sentía a merced del viento, me confió que el viento de este rincón del mundo había sido su Purgatorio…! ¡Y yo me siento a merced del mismo viento…Hasta que no lleguen nuevas de Castilla, hasta que no aparezcan mis asesinos… Estoy a merced de los vientos que los han de traer hasta aquí! ¡Me siento entre un infierno y los cielos, en un Purgatorio, como el cartujo!- Álvaro tras decir esto miró fijamente a su mentor en aquellos parajes.

-¡Consolaos, Don Álvaro! ¡Por lo poco que sé de los hombres, dudo de que exista un cielo, pero tengo la certeza de que si no estamos en el infierno, nos encontramos en el Purgatorio!- el otro bromeó.

-¡El viento, que los traiga de una vez el viento!- rugió Álvaro en una invocación impaciente.

 

La Galana había dejado días atrás los últimos puertos de Las Islas Canarias, y con ello la grata hospitalidad del último de los Béthencourt, los aventureros que al servicio de Castilla conquistaron las Islas a sus legendarios reyes. Atrás quedaban los grisáceos farallones de Tenerife y los muelles amurallados de Santa Cruz, así como la sonrisa de Armando, el bisnieto del conquistador.

Durante días los alisios arrastraron velozmente la nao hacia Poniente sobre un mar ligeramente arbolado, pero de repente todo en el Océano, se transformó en un infierno en el cual La Galana parecía destinada al naufragio. No recuperado del todo el capitán Puértolas tuvo que usar todos sus recursos y experiencia en el arte de navegar para mantener a flote su galeón.

Una vez más pudo pensar al llegar la calma en lo afortunado que era al disponer de una tripulación tan apta y capaz, pero es que sus marineros no habían sido reclutados por leva forzosa en las tabernas de los puertos, eran gente de mar de veras. Y todo al llegar la paz en la inmensidad del Atlántico le hubiera llenado de satisfacción de no ser por dos inquietantes circunstancias que coincidieron con la monstruosa tormenta…

En lo más encarnizado del combate frente a la mar, avistaron otro galeón, en su misma apurada situación con vela y pabellón de Portugal, de los Caballeros de Santo Cristo. Si ellos lo habían avistado, La Galana tampoco habría pasado inadvertida.

La galerna fue remitiendo lentamente y al alborear un marinero de La Galana lanzó un cabo a un náufrago que sin duda formaba parte de la tripulación portuguesa; el pobre diablo fue izado casi completamente ahogado y confiado inmediatamente a la dulce Francesca Steingard para que intentara revivirlo.

Todo aquello era un inconveniente para la misión de la nao de Santa Cruz, cuyo destino debía ser ignorado por el mundo.

 

Pero lo que en un principio era un contratiempo se transformó en una seria preocupación para Diego Puértolas, una sombra que enturbiaba el dulce cortejo que había iniciado con la hija del doctor bohemio y que impedía que se concentrara en sus observaciones nocturnas de sextante.

El náufrago resultó ser víctima de una refriega a bordo del galeón lusitano, que en sus delirios llamaba a gritos a su padre, un tal Eleazar…Un nombre judío. El viejo Steingard al advertir el detalle bromeaba con su hija llamando Jonás el de la ballena, al náufrago. Semiconsciente pedía ayuda contra los Inquisidores a unos supuestos marineros, los nombres de unos esbirros de su pesadilla aparecían entrecortados, Cárdenas, y Luque eran fácilmente reconocibles…Pero ante el mismo Puértolas susurró la frase fatal: He de llegar a Siete Virtudes.

El capitán dudó entre matarlo o ayudar a su recuperación para saber lo que se cocía en el galeón que avistaran casualmente.

Para acrecentar la angustia de aquellos momentos, la calma era total, ni una brizna de viento. La Galana, parecía varada en alta mar. Las voces de los vigías con el paso de las horas, eran lánguidas y cantaban la ausencia del viento que debía llevarlos a destino.

-¡No hemos de apurarnos capitán, el agua no escasea todavía!- Biel, el lugarteniente defendía hasta la moral de su capitán. La tripulación se agitaba en la calma chicha, la situación era enervante. Dos días sin apenas avanzar. La segunda noche tras la tempestad, Puértolas abandonó su camarote con el sextante… Logró concentrarse unos momentos, la temperatura había remitido ligeramente. Realizó sus primeras observaciones, su camisola blanca destacaba en la noche azulada, el marino percibió con claridad el aroma salobre del mar, y unos pasos discretos en la amura de estribor le anunciaron que Francesca se aproximaba:

-¡El náufrago está repuesto, creo que sería conveniente que Vuesa Merced hablara con él, está aterrorizado!-aquella noticia era importante, pero a pesar de ello Diego la interrumpió realizando un gesto imperativo con el brazo alzado, ordenando silencio, al tiempo que levantaba el rostro como husmeando.

El grito que surgió de la cofa era un estallido de alegría…

-¡Se levanta, se levanta, capitán se levanta!!!¡Viento del Este!!!-

Diego Puértolas sonrió con enigmática fuerza a una Francesca Steingard que notaba como sus rubios bucles empezaban a ser mecidos por una brisa que iba en aumento. Todo en la Galana fue un estallido de júbilo, el bueno de Mauricio Biel apareció junto al timonel sonriendo ampliamente y llenando los pulmones, presto a ordenar lo necesario en la arboladura del galeón.

 

La Galana reemprendió la singladura con la alegría que imprimía el viento a la navegación, y el capitán Puértolas pudo plantearse interrogar al misterioso naufrago.

-¿Qué os ha sucedido?-fue la primera pregunta del capitán al barbudo joven rescatado del mar.

-¿Donde estoy?-susurró el interrogado.

-¡Os hemos salvado la vida, no merezco que respondáis a una pregunta con otra, estáis a salvo y con ello debéis tener más que suficiente!-Simón bajó la vista, estaba tendido en el camastro, y en pie frente a él, Puértolas dominaba la situación-¡Habéis hablado en sueños, algo de una pelea a bordo, unos nombres, algo de la Inquisición…Y un sitio donde debéis llegar!¡Os ruego que seáis claro!¡Y os vuelvo a reiterar que aquí estáis seguro…!-

-¿Quién está seguro en nuestros días?-el judío miró temeroso a su alrededor.

Puértolas tomó asiento en un escabel y fijó su mirada serenamente en el desdichado, todo en su actitud daba a entender que no cejaría hasta tener las respuestas a por las que había venido al camarote del barbero. Simón lo captó inmediatamente y con el temor instintivo desarrollado por los de su raza empezó a urdir una historia creíble que no le comprometiera. Pero parecía como si los ojos grandes y tostados del cristiano que tenía delante se clavaran como hierros candentes en su alma adivinando la mentira. Finalmente agitó su cabeza de rizos negros.

-¡La vida a bordo del “Santa Sangre” era un infierno…Me amotiné, y me lanzaron por la borda en plena tempestad!-lo dijo deprisa, entrecortadamente sin respirar.

-¡Como Jonás…Eh?¡Mentís, no os creo, habéis soñado lo suficiente como para saber que no es tan sencillo como decís…Haced un esfuerzo…Por cierto como os llamáis, Abraham quizás?-Puértolas fue directo como una estocada, necesitaba saber qué hacía un galeón portugués en solitario y tan cerca, al mismo tiempo que facilitaba la menos información posible.

Simón alzó su mirada azabache.

-¿Como os habéis molestado en curar a un judío?-

-¡Los marinos, aunque seamos castellanos, salvamos a los náufragos… ¿Sabéis?¡Y ahora dadme vuestro nombre y decidme lo que debo saber!-

Se hizo un largo silencio, las facciones del hebreo se cerraron en una contracción que arrugó su tez cetrina. Puértolas suspiró hondamente y levantándose se dirigió a las alacenas del barbero, que en La Galana hacía las veces de médico y boticario también. Cogió dos copas y escanció algo del vino dulzón de Málaga, tendió amigablemente una de ambas a su interlocutor mudo.

Bebieron un trago, lo paladearon. Puértolas seguía interrogando con la mirada, se dio perfecta cuenta de que sin la seguridad de saberse en manos de gentes no hostiles, aquél hombre no diría nada.

-¡Mirad…Maese Jonás, a bordo de la Galana no viaja inquisidor alguno, esta es una nao de Su Majestad el Rey de Castilla, pero no dependemos del Consejo de Indias. Comerciamos libremente y realizamos servicios que nada tienen que ver con el Santo Oficio, yo personalmente no tengo nada en contra de los hebreos, ni de los protestantes, sólo contra los enemigos de Castilla y de Su Majestad Felipe!¡Por última vez…¿Qué ha pasado a bordo de la nao portuguesa, y a donde vais?-

Simón tragó saliva y apuró el vino.

-¡Que los Profetas se apiaden de mí!¡No sé por qué me inspiráis confianza y mi buen padre me ha dicho a menudo que, en quien inspira confianza se debe confiar!¡Viajaba en el “Santa Sangre”…Pero no por casualidad, debo impedir a toda costa los horribles crímenes que preparan unos malos cristianos, que son de la Inquisición de Sevilla, y uno que ha llegado de Flandes recientemente, un hombre horrible y sanguinario!-

Fue interrumpido por el capitán que había empezado a interesarse por el relato, especialmente por detalles que se le antojaban familiares.

-¡Tened la seguridad, de que estáis entre amigos…!-

Simón Harbak suspiró y prosiguió su relato:

-¡La suerte quiso que otro hombre viajara también con mi misma intención un joven noble del Levante, que llevaba entre otras cosas unas misivas que debía entregar a sus amigos en la Nueva España…El desdichado fue sorprendido espiando a los cuatro inquisidores, tuvo tiempo de pasarme su correo antes de ser aprendido, recuerdo todavía como gritaba bajo los golpes de aquellos rufianes. Cuando me entregó sus cartas, me confió el nombre del que las enviaba, un caballero llamado Miguel de Cervantes…!-

-¡Un momento, repetid el nombre!-

-¡Cervantes, Miguel de Cervantes, maese capitán!-

-¡Santo Dios…Es uno de mis mejores amigos!¡Su causa será siempre la mía!-

Simón empezó a tener el convencimiento de que estaba entre amigos, Puértolas se levantó de nuevo para escanciar más vino.

-¡Uno de los inquisidores, un tal Sigura, sospechaba de mi nuevo amigo desde que zarpamos de Lisboa, en uno de los trances en que estuvo a punto de ser descubierto, Don Eduardo me confió sus papeles sabiéndose descubierto. Pero hace tres días, o más, yo que sé…Estaban los cuatro en concilio y el arriesgado muchacho quiso enterarse de lo que tramaban, decidió aventurarse a espiarles descolgándose desde el castillo de popa hasta la ventana de su camarote de señores principales, y fue sorprendido. Todavía recuerdo que a causa del zafio estilo con que Sigura y los suyos atacaron al noble joven, el capitán del “Santa Sangre” un Caballero de Cristo, sin duda, vaciló en tomar partido y sus primeras órdenes eran para implorar a aquellos ruines que no desollaran vivo al muchacho.

Nosotros teníamos previsto que una cosa así pudiera pasar durante la travesía, por esta razón había entablado amistad con los marineros más descontentos y levantiscos de la tripulación y además llevaba en mi cinto oro para pagar tres veces la tripulación de aquel bajel…Así que obré con rapidez, pagué un motín para intentar salvar a mi amigo, hacerme con el control del barco, y pasar por la quilla a los inquisidores. Todo fue muy rápido, los oficiales y marineros leales no tuvieron opción, nosotros defendiendo a Don Eduardo nos habíamos amotinado. La pelea era más violenta que la tempestad que nos acababa de engullir, el caos fue terrible en la bodega, en los camarotes, y en la cubierta. Un golpe de mar me arrancó de la carnicería para lanzarme a la tempestad, intenté nadar, pero si no llega a ser por un madero, no hubiera resistido a flote hasta ser avistado por vuestros hombres. El resto ya lo conocéis, capitán!-

El judío tomó otro sorbo de vino. Puértolas se sentó de nuevo ante él con el ceño fruncido.

-¡Cuando habéis dicho, nosotros…¿Os referíais a Vos y a vuestro desdichado amigo?-

-¡No capitán, amigos y familiares de Castilla, el oro ya lo tenía antes de embarcar!-

-¡Eso os declara reo de motín y conspiración…Sois sincero! ¿Conserváis las cartas de mi amigo Cervantes?-el capitán tendió su mano esperando que el naufrago le tendiera los papeles a los que se había referido.

Con un gesto rapaz, Simón Harbak cogió su jubón del suelo y lo apretó contra su pecho.

-¡Este correo solo será entregado a sus destinatarios!-

-¡Maese Jonás…Todavía no me habéis dicho quién sois en realidad, ni adonde os dirigís, ni para qué…No tengo prueba alguna de vuestra interesante historia, y pensad que los enemigos de Cervantes son mis enemigos! ¿Cómo sé que no sois un espía de la nao portuguesa cargada de inquisidores y agentes albistas hasta la cofa?-

 

Puértolas había introducido la palabra albista en su requisitoria para dar a entender a su forzoso pasajero que si todo lo relatado era cierto, no debía temer por su vida.

-¡Podemos hacer un trato…Os muestro los papeles, si me dejáis en La Española!-

-¡Esta nao no atraca en La Española, ni en Santo Domingo, ni en Cartagena, ni en Veracruz…Nuestro rumbo no es ese!-

-¡Entonces Maese capitán, como entregaré este correo?-preguntó desolado el joven-¡Debo evitar un crimen horrible!-

-¡No temáis, el mensaje llegará a su destino!-

-¿Y yo…?-el judío se vio abandonado de toda suerte, en un buque con destino desconocido.

-¡Iréis justamente allí donde queríais llegar a toda costa, al menos en vuestros delirios…!-

-¿Qué delirios?-

-¡Siete Virtudes!-espetó secamente Puértolas. Aquel judío que aún no se había identificado, sabía demasiado, se le antojaba al capitán de La Galana, para deambular libre por Nueva España.

Simón Harbak, tuvo un golpe de alegría, el aroma de madero, calafate y mar, el gusto del vino de pasas, la luz mortecina del farolillo, la sensación de las sábanas del lecho en que había descansado los últimos días, y la voz cortante de Puértolas pronunciando aquel nombre en primer plano, al fondo el oleaje, el viento y los gritos de la marinería en sus maniobras…Todo ello quedaría grabado en su mente y en su corazón como el marco del día que había sido bendecido por Jehová, nunca olvidaría aquél momento. Se levantó como movido por un resorte.

-¡Soy Simón, Príncipe de la Casa Harbak de Sevilla. Nuestro bien amado padre es rabino y yo su siervo en la voluntad de Jehová!-

-¡¡Y yo soy Diego Puértolas, capitán de La Galana, nao de Santa Cruz! ¡Y ahora, Príncipe…Dejadme ver ese correo, y espero me informéis mejor sobre ese galeón portugués!-

 

***

 

Sobre el mismo océano, pero unas cien millas hacia el Norte, el “Santa Sangre” navegaba ya con las velas henchidas por el viento, pero su cubierta presentaba un aspecto no tan apacible como la “Galana”…

Hacinados junto al palo mayor, estaban los cadáveres de los marineros muertos en la refriega, los oficiales de la nao, el resto de la tripulación andaba ocupada con mantener el rumbo y controlar la arboladura, afortunadamente, la tempestad no les había ocasionado destrozos. Las tablas de los puentes estaban manchadas de sangre, y todavía se percibían restos de la refriega, cuchillos, algún hacha, y el aspecto lobuno de todos los supervivientes, a excepción de uno, que malherido, estaba tendido junto a les escaleras del castillo de popa.

No podía moverse, sentía algunas costillas rotas, casi no podía respirar, brazos y piernas no habían salido mejor parados, el ojo derecho estaba vacío, y el izquierdo tumefacto, la sangre le brotaba de múltiples heridas, y así, en ese estado, era el centro de atención de sus cuatro verdugos, Sigura, Cárdenas, Luque y Atienza.

-¡Por última vez!¿Quién sois?-Sigura, que se había ensañado especialmente con el joven le preguntaba bajo un sol que abrasaba. No obtuvo respuesta.

-¡Creo que no puede ni hablar Don Antonio…!-Uno de los tres oficiales portugueses le advirtió al iracundo inquisidor que se hallaba ante los restos de lo que había sido un joven.

-¡Este maldito…Tiene que hablar!¡Aunque lo tengamos que torturar!-bramó Sigura. Cárdenas dio un paso atrás, sentía una leve repugnancia hacia el ensañamiento.

De pronto, unos sonidos entrecortados, guturales articularon profundamente unas palabras a duras penas inteligibles.

-Siento tanto dolor- susurró- que es imposible sentir más, inquisidor del diablo-Eduardo de Mora, reunió todas sus fuerzas para increpar al que parecía el jefe de aquella cuadrilla de asesinos, con la esperanza de enfurecerlo y que en un arrebato le quitara definitivamente la vida y todos aquellos insoportables dolores que embotaban sus sentidos y casi anulaban su sentido del honor y del linaje.

Sigura tuvo un impulso, desenvainó su acero y apuntó con la siniestra expresión del verdugo, pero un soplo de fría maldad dominó la ira.

-¡Cuanto deseáis morir…y que cese vuestro suplicio. Pues bien, os mataré si decís lo que hacéis aquí en el Santa Sangre, y para quién espiáis!-La tentación estaba servida para el moribundo aristócrata.

Hubo un silencio, las velas golpeadas por el viento eran el único sonido audible.

-No puedo alzar la voz, acercaos!-el joven susurró de nuevo. Sigura sonrió con aire de triunfo, y aproximó su oído a la boca del moribundo, mostrando una de las monedas cogidas a los marineros amotinados.

-¡Este oro, no es cristiano, decidnos para quién hacéis todo esto!-

-¡Es,es…!-el moribundo balbuceaba. Sigura impaciente acercó su oído a la boca ensangrentada del joven.

El joven conde de Mora, intuyó la cercanía de su mortal enemigo, y reunió las fuerzas que le quedaban, sin pensarlo lanzó una dentellada a la oreja de Sigura, que profirió un grito metálico plagado de furia y de dolor. Se revolvió rabioso con la izquierda en su mutilado oído del que manaba sangre que corría por su guante negro, su capa corta se revolvió cuando el oficial de la Inquisición en un gesto decidido lanzó una mortal estocada al moribundo que arqueó levemente el cuerpo quebrado, pero atinó a esbozar una sonrisa burlona y feliz con los labios por los que se mezclaba con su sangre seca la de su asesino iracundo.

-¡¡El hideputa!!-bramó Sigura.

Sus camaradas tragaron saliva, el viento parecía haber cesado. El bajel se balanceaba dulcemente.

-Ya no dirá nada más!-dijo cansinamente el oficial portugués.

-¡El muy cabrito!¡Este oro no es cristiano!-Sigura arrojó una gruesa moneda de oro a la cubierta.

-¡Tenemos que hablar de todo esto…!-el oficial portugués frunció el ceño.

-¡Primero debemos curar su herida!-Luque arropó a Sigura. Atienza se le unió con rapidez. Cárdenas se agachó a recoger la moneda de oro, y la contempló con largueza, mientras sus dos compañeros se dirigían al camarote para curar a Sigura.

No se le escapó a Cárdenas, que esa moneda era idéntica a las que Juan Linares les daba, cuando recurrían a él para un préstamo, en Sevilla. Un escalofrío recorrió su espalda. Antes de penetrar en el camarote, Sigura ayudado de los otros dos gritó:

-¡Claro que hablaremos de esto, ese oro no es cristiano. Esto es una conjura criminal y herética!¡Cárdenas, no venís?-

-¿Qué rumiáis, caballero?-preguntó el portugués al castellano que seguía contemplando la moneda.

-¡Ciertamente no es oro cristiano!-y tras un profundo suspiro se fue en pos de sus camaradas.

El camarote, tenía un ventanuco que daba al mar, por él entraba algo de luz y el aroma salobre del océano. La estancia era cúbica, y como era común en los navíos lusitanos estaba muy cuidada, un fuerte olor al calafateado y sus alquitranes hacía densa la atmósfera.

Sentado en el baúl del camarote, Sigura recibía los cuidados de Atienza, Luque sostenía una jofaina y cuatro jirones de camisa para limpiar la herida. El sanguíneo Antonio de Sigura cerraba las mandíbulas con fuerza para reprimir el dolor.

Sobre una mesita, estaban las capas de los tres, una de ellas por efecto del vaivén del galeón se deslizó hasta el suelo. Las cuatro hamacas en las que dormían eran otros tantos péndulos…Cárdenas penetró en el camarote.

Atienza seguía con su labor de cirujano.

-¡Por fin, sois vos Cárdenas…!-dijo en un suspiro entrecortado Sigura.

-¡Ese hombre era un noble, Sigura!¡Y vos le habéis rematado como a un perro!!-la voz grave de Cárdenas sonó como un mazazo.

-¡Era un traidor…! ¡Un enemigo, y venía a por nosotros!¿Lo olvidáis Don Pedro?-respondió Sigura.

-¿Qué mosca os ha picado, Cárdenas?-le preguntó Luque sosteniendo agua y vendas.

-¡Sólo digo que ese joven era un gentilhombre, y le hemos tratado como a un rufián!-Cárdenas volvió sobre lo mismo pero en tono más bajo, como apesadumbrado, inclinó su barba sobre el pecho, se contempló la herida de su mano. La reyerta había sido larga y dura.

Sigura olvidó el dolor, movido por un resorte se puso en pie, colgaba de su oreja el sedal y la aguja con que Atienza estaba cerrando la herida, algunos gotones se desprendían manchando la camisola del inquisidor.

-¡Oídme bien Cárdenas, ya sé que ese mozalbete un cachorro de los De Mora era un noble, pero traidor, y yo, todavía no soy un noble, pero soy leal!¡No tengo modales refinados, pero soy efectivo!¡Por eso gozo de la confianza del Duque!¡No lo olvidéis!-esto último lo dijo en tono de amenaza señalando a sus tres camaradas. Con los ojos cobalto ardiendo y la cicatriz que le cruzaba el rostro enrojecida de ira. Su voz hosca parecía emerger de una gruta. Cárdenas no pudo reprimir un gesto de reprobación en su rostro.

Atienza decidió cortar aquél camino y cogió por los hombros a Sigura llevándole de nuevo al arcón para finalizar con la vasta sutura. Luque le tendió al pequeño y nervudo Sigura un botellín de plata.

-¡Bebed os aliviará, es aguardiente!-el aire se podía cortar en el camarote,pero Sigura bebió.

Cárdenas se sentó en la mesa tras recoger la capa que se había escurrido, y jugueteó con la moneda. Atienza estaba terminando.

-Guardad aguardiente, servirá para limpiar la herida, el escozor os prevendrá de la corrupción de los humores!-indicó el vizcaíno.

-¿Sois cirujano, Atienza?-preguntó divertido Cárdenas.

-¡He navegado a menudo…Desde los puertos de Vizcaya, en aquellos buques se aprende de todo!-

Unos golpes discretos solicitaban la entrada en el camarote.

 

-¡Entrad!-rugió Sigura.

La figura de Don Luis, el capitán del Santa Sangre se recortó en la puerta.

-¿Como estáis?-preguntó a Sigura.

-¡Ya os lo diré cuando lleguemos a La Española!-fue la respuesta.

-¡Los amotinados eran doce…Hemos perdido veinte marineros leales, en total este galeón cuenta con treinta y dos hombres menos, sin contar que de los supervivientes ocho, están heridos. Navegaremos con la mitad de la tripulación, los oficiales y la marinería deberán doblar sus turnos, si sucediera algo más…Dudo que termináramos este viaje!-

-¿Eso es todo?-Sigura se revolvió.

-¡No, no es todo!-el portugués, hierático, cruzó sus brazos sobre el jubón negro en el que llevaba bordada la cruz de los Caballeros de Santo Cristo-¡Ni mis oficiales, ni yo mismo aprobamos cómo acabasteis con el herido!-aquellas palabras fueron demasiado lejos para Sigura. Y advirtiendo que el portugués pretendía abandonar el camarote, le retuvo.

-¡Aguardad!-el inquisidor abrió el baúl y buscó entre sus cosas, al fin se hizo con un billete doblado-¡Leed!-

El caballero portugués lo hizo y asintió con la cabeza.

-¡Nuestro Maestre del Mar ha puesto este buque a vuestra disposición, eso me incluye a mí, si tenéis alguna orden dádmela y será puntualmente cumplida. Pero eso no cambia ni las cosas, ni mi opinión de las mismas. Algunos marineros han tenido que matar a su hermano o amigo en la cubierta del Santa Sangre. Os culpan de esta desgracia…No salgáis de noche, hacedlo de día y jamás de uno en uno. Esto-y agitó el legajo-os sitúa en las Indias, vos mandáis en el rumbo, pero sobre el puente mando yo!¡No lo olvidéis Don Antonio!-dejó el pergamino sobre la mesa y se dirigió a la portezuela-¡Un oficial vigilará siempre la entrada de vuestro camarote! ¡Ah, me olvidaba de deciros que uno de los enrolados en Lisboa, el barbero, era castellano, de Sevilla…! ¡Según algunos marineros fue el que pagó a los amotinados, con ese oro que no es cristiano!-

-¿Qué ha sido de él?-pregunto rápidamente Cárdenas.

-¡No está entre los muertos!¡Un servidor de velas, asegura que vio como la tormenta lo lanzaba por la borda!¡En estos momentos es pasto de los peces!-y tras de si, Luis de Gama cerró la portezuela, saliendo a la soleada cubierta fuera del angosto camarote en el flotaban olor a sangre y odio. Con gravedad contempló la arboladura, las velas se hinchaban, el Santa sangre seguía su rumbo. Cruzó una mirada de inteligencia con el joven oficial que se quedaba junto a la puerta que le guiñó un ojo.

 

 

-¡Estad alerta! ¡Vigilad bien hacia afuera, pero no os olvidéis de los cuervos de dentro!-

En la negrura del camarote, Cárdenas hizo rodar la moneda de oro pensativo, Luque y Atienza se quedaron fríos al ver la moneda, como en su momento le sucedió al veterano Cárdenas. Afortunadamente, para Sigura aquella moneda no tenía más significado que la paga de unos amotinados por cuenta de sus enemigos.

-¡Es una lástima no haber capturado a ese barbero, nos hubiera sacado de muchas dudas!-susurró grave Cárdenas.

-¡Aquí no hay dudas! ¡Sólo una misión que cumplir!-sentenció Sigura. Los tres oficiales del Santo Oficio de Sevilla suspiraron para sus adentros, los llevaban en sus faltriqueras algunas monedas como aquella.

-¡Creo que debemos descansar!-sugirió Atienza.

-¡Es lo más prudente!-aprobó Luque.

-¡Dadme más aguardiente…Borracho no notaré el dolor!-pidió Sigura.

-¡Después de ordenar este camarote!-indicó Cárdenas. La necesidad de recobrar el equilibrio le incitó a poner orden en las ropas y las espadas, dispersas por el oscuro cubículo.

Poco después descansaban los cuatro en sus hamacas bamboleantes, y aunque parecían dormidos, uno por el dolor, y tres a causa de la incertidumbre ninguno pudo conciliar el sueño.

 

Una semana después, en plena navegación, Don Luis volvió al camarote con una inquietante noticia.

-¡Es un navío ligero, seguramente un “boejer” zelandés, Don Antonio!-

-¿Que diablos hace aquí un buque de Flandes? ¡No pueden cruzar el Océano si no es con una orden expresa del Rey de Castilla, su señor natural!-murmuró Sigura-¡Don Luis ha llegado el momento de salir a cubierta, hemos de interceptar el barquichuelo ese!-

-¡Eso no será necesario Don Antonio-precisó el enjuto oficial portugués-se dirige hacia nosotros con gran rapidez, es de temer un abordaje si es que son piratas!-

-¡Los “vesergueusen” en el Océano…No creo! ¡De todos modos preparad el Santa Sangre para repeler un ataque. Contad con nuestros aceros, tenemos experiencia en el combate!-Sigura habló al principio para si mismo, pero terminó haciéndolo para el capitán de los marineros portugueses.

Los otros tres asintieron y tomaron sus armas con presteza.

-¿Combates en el mar, señor?-

-¡Naturalmente Don Luis… Malta, Corfú, Chipre, Argel, Lepanto… Contra los turcos, temibles corsarios los turcos!-Cárdenas señalando recíprocamente a Sigura y a si mismo hizo la presentación de lo que juzgaba un buen historial sobre puente marinero.

-¿Y vosotros dos?-preguntó el portugués a Atienza y a Luque. Cárdenas respondió por ellos.

-¡Don Baltasar Atienza ha navegado por el Mar del Norte, conoce a esos bribones… Y Don Alfonso García Luque es un hombre de tierra adentro… Pero buen castellano, vive Dios!-

Don Luis de Gama asintió con brevedad.

-¡Vuestras credenciales son perfectas, caballeros. Este es vuestro viaje, si ayudáis a repeler el abordaje la tripulación os respetará a pesar de lo que sucedió hace siete días!-Y salieron por la toldilla del castillo de popa. Los cuatro castellanos llenaron los pulmones y entonaron juntos gruñidos de satisfacción al ser batidos por viento y sol. Los marineros en la tolda, y el castillo de proa, los contemplaban con recelo. Desde la cofa una voz gritó:

-¡Vela a estribor, a dos millas acortando distancia…!-

-¡Don Joao…!-gritó el portugués. Al instante un segundo oficial del buque estaba junto a su superior.-¡Preparémonos para un abordaje!-

Todo el buque se movilizó para enfrentarse al ataque de un corsario. Los cuatro castellanos demostraron ser conocedores de situaciones parecidas.

Todos los preparativos resultaron ser en vano, la ligera nave flamenca, un boejer con velas tarquinas, muy marinero y veloz, se aproximó con estandarte de Castilla, su capitán se presentó como Alejandro Tillingstein, soldado de su Majestad…Desde el galeón se abordó la ligera embarcación, Luis de Gama y Antonio Sigura se entrevistaron con el flamenco gigantesco y risueño. Luis de Gama solicitó de él la carta de salvoconducto, que el sonriente holandés presentó sin oposición alguna, tras lo cual mostró una cédula del Secretario Real que lo convertía en comisionado del Rey…El capitán del “Amberes”-así se llamaba la embarcación que como el “Santa Sangre” navegaba hacia La Española-realizó algunas preguntas al portugués, mientras Sigura observaba detenidamente a la tripulación, una mezcla de flamencos, vizcaínos y gallegos…Lógico en una nave de ese tipo. Quizás era demasiado normal todo, para el suspicaz inquisidor.

Una pregunta del rubicundo capitán del “Amberes” causó inquietud a Sigura:

-¡Meser Luis…Habéis encontrado una nao castellana en vuestra ruta?-

-¡No Don Alexander, la Flota de Indias partió después que nosotros zarpásemos!-

A la mente de Sigura le vino la imagen del galeón que escapaba en sus mismas narices en los muelles de Sevilla, la nao de Santa Cruz…El Inquisidor decidió poner la proa en el asunto.

-¿Tenéis que encontraros con algún buque castellano rumbo a las Indias, capitán?-

-¡Oh, no! ¡Pero nosotros en el Mar del Norte, siempre preguntamos por los avistamientos si los hay!-sonrió Tillingstein.

Sigura alzó sus ojos hundidos de color cobalto con expresión de dureza, pero halló solamente una feliz sonrisa de un capitán que era ni mas ni menos que comisario Real en aquellas circunstancias. Aquel acto intimidatorio no había dado el resultado apetecido, giró su vista y percibió algo anormal, dos marineros de aspecto castellano guardaban una portilla, y un tercero entraba con una bandeja de comida.

La voz del flamenco le arrancó de sus observaciones:

-¡Mi almuerzo, caballero! -dijo señalando el portillo- ¡Repito mi pregunta! ¿Habéis visto algún buque en vuestra ruta?-

-¡Que os hace suponer que un oficial de la Santa Inquisición tiene que responder a vuestras preguntas?-

-¡Somos un buque comisionado por nuestro Rey, el vuestro y el mío…!¡Y ahora os exijo que respondáis!¡He observado además que navegáis con muy poca tripulación…!-

Don Luis de Gama terció:

-¡Por la Santa Sangre de Cristo, Don Antonio, es un comisario Real de vuestro Don Felipe…Como os gusta complicaros la vida!¡Contestad de una vez!-

Sigura miró con un cierto desdén al capitán portugués y observó que este no deseaba empezar a explicar lo sucedido una semana antes y declarar que un noble español había sido asesinado por su acompañante, que ostentaba modales de auténtico almirante en el puente del “Santa Sangre”.

-¡No, no hemos avistado nada! ¿Y vos?-

-¡A vosotros…Ja, ja, ja!-estalló el flamenco haciendo gala de un excelente humor.

Las dos embarcaciones se separaron, el boejer zelandés se perdió en el horizonte, Sigura hizo seguir desde la cofa el rumbo de los flamencos mientras fue posible. Él mismo se encaramó a los obenques del palo mayor como un perro rabioso en la seguridad de que esos malditos flamencos callaban más que decían y que iban tras la misteriosa nao de Santa Cruz.

A menudo Cárdenas dudaba de que su viejo camarada Sigura estuviera en sus cabales, tantos años de lucha y persecuciones podían volver loco a cualquiera.

 

 

El encuentro en altamar había tenido lugar dos días antes. Tillingstein en la borda del jabeque Amberes conversaba con un hombre pequeño de aspecto cetrino que no dejaba de observar las estrellas con un cuadrante para verificar su situación. El castellano y el flamenco eran cara y cruz , enjuto como un sarmiento y vestido de negro el primero, exuberante y con jubón azul y amarillo el segundo. El ligero navío se balanceaba entre las olas que incrementaban poco a poco su fuerza anunciando un cambio de fuerza en los vientos. En el puente reinaba la agitación. Los marineros repasaban sus armas, los artilleros repasaban las culebrinas y los cuatro cañones estaban siendo preparados.

-¡Hemos navegado con rumbo suroeste desde que perdimos el galeón portugués, estoy seguro de que estamos en el lugar convenido Don Alejandro!-murmuró el castellano.

-¡Sólo nos queda esperar que Puértolas acuda a la cita!-sentenció Tillingstein.

Aguardaron por espacio de un día entero, en una operación que no se realizaba por primera vez, rastreando la zona en busca de La Galana. Al ponerse el sol del día siguiente, el vigía de la cofa alertó de una silueta en el Este.

Según los cálculos del castellano el buque en cuestión debía ser La Galana, que tras su escala en Santa Cruz llegaba al lugar convenido a dos días de navegación de la isla de Santa Lucía…Pero toda prudencia era poca con el bajel portugués navegando por el mismo cuadrante. Los marineros del “Amberes” estaban a punto para realizar un abordaje, único sistema de defensa para un ligero jabeque frente a una embarcación de línea. Conforme se aproximaba el galeón su silueta fue haciéndose familiar.

Tillingstein reconoció con su catalejo los tres puentes de La Galana, así como el farol de contraseña alzándose en la toldilla tres veces; la señal convenida.

-¡Son ellos-gritó-responded a la señal!-

Al cabo de una hora, con los buques sumidos en la oscuridad Diego Puértolas y Alejandro Tillingstein se abrazaban en el puente de La Galana. Del jabeque trasladaron provisiones y agua, así como una valija que el flamenco entregó a Puértolas personalmente.

-¡Tomad, en la valija va el correo, y esto otro…-de su jubón extrajo una cartera de cuero lacrada-Es para Su Excelencia el Virrey Leopoldo!-

-¡Yo también tengo algo para Vos…Es correo para unos amigos de Mérida de Yucatán, se les previene de un atentado que los albistas preparan. Ha llegado a nuestro poder casualmente, es una larga historia…!-Puértolas narró las peripecias del naufrago Simón a Tillingstein.

-¡Hemos abordado ese buque portugués hace tres días, sigue un rumbo más al Norte, pero no debemos permanecer aquí…Creo que les vamos a ganar la partida, navegan lentamente!-Los capitanes se abrazaron de nuevo para despedirse.

-¡Suerte Don Diego!-

-¡Suerte Alex!-

El flamenco descendió por una cuerda hasta el esquife del “Amberes” varado junto a “La Galana”. Los marineros remaban produciendo un leve chapoteo, Tillingstein ensimismado y atento al rumor de las aguas entre las dos negras siluetas de los buques trazó sus planes, en primer lugar cumplir su misión en La Española, y después evitar el golpe de mano albista en Mérida de Yucatán. El “Amberes” era lo suficientemente veloz para hacerlo.

Ambos buques se separaron sin tintineo ni salva de saludo, el jabeque rumbo a La Española, el galeón tomando rumbo Sur…

Al mismo tiempo Diego Puértolas regresaba junto a la dulce Francesca Steingard después de informar a Simón Harbak de que el correo de Cervantes estaba ya rumbo a Mérida de Yucatán.

Con veinte días de ventaja sobre la Flota de Indias, tres navíos se aproximaban a las costas del Nuevo Mundo, en todos ellos gravitaba el peso mórbido del Virreinato secreto y de la lucha entre dos concepciones del Mundo.

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