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EPILOGO: Últimas disposiciones

La luz de la mañana penetraba en la sala redonda a través de los ventanales trilobulados de estilo gótico.

En la mesa que había sido la de trabajo del fallecido virrey De La Marck, Álvaro repasaba un legajo que él mismo había redactado la noche anterior, con todos los acontecimientos recientes. Era además, una lista de todo aquello que se creía obligado a realizar una vez finalizada la guerra entre las dos huestes castellanas.

A primera hora de la mañana, había estado acompañando al amigo herido, Don Gerardo García. El camarada estaba en franca recuperación pero precisaba todavía de cuidados y días de reposo para retornar a ser el mismo que había combatido en aquellas jornadas extenuantes. El hacendado de la Sierra de San Jacinto, era el que con más fuerza deseaba aprehender nuevas tierras y de ese modo ampliar su condición de terrateniente, con él habían venido su hijo Manuel y dos sobrinos suyos. Los García tenían un proyecto claro que incluía la ampliación de su dominio sobre tierras en explotación. El vizcaíno era en ese sentido un hombre decidido.

Su hijo Manuel, permanecía a su lado a todas horas, habíale comentado el vástago de Don Gerardo, que en sueños enfebrecidos el hacendado llamaba a su esposa, fugada a Lima.

Álvaro suspiró, intentaría que su camarada pudiera llevar su parte en el reparto del botín, pero ello sería por la tarde…

Lo que quedaba de la mañana, estaba dedicado a la Hueste Guay Naya, y en consecuencia aguardaba la visita de los capitanes que se le fueron uniendo desde Portobello hasta Maracaibo. Alfredo Somer, no estaba ya entre ellos, pero su hijo Erwin era aceptado entre los suyos como el mismísimo baquiano.

Lo primero era saber que decisiones querían tomar sus capitanes, la de Don Gerardo García le era de sobra conocida, el vizcaíno deseaba tener tierras, comercio y a poder ser un oficio real y sus regalías, en aquellas tierras en las que se había batido. En segundo lugar debía asentar el pago a los hombres, según lo estipulado, y tratar con los dos financieros de su empresa, la liquidación de las provisiones, armas y matolaje que no había sido consumido… Tanto Eleazar, como Don Manuel Cabrera, tenían mucho que decir y sin duda la paz decretada por los reyes de España y Portugal, cambiaba por completo las posibles salidas a la guerra… Aquella tarde, los jesuitas, antes de comunicar su arbitraje, querían hablar con él primero, y a continuación con él y Pedro Cárdenas conjuntamente. Lo que Álvaro ignoraba era si los padres enviados por los monarcas tratarían también a solas con el segundo de Antonio Sigura…

Había hecho llamar tanto a Eleazar, como a Don Manuel, los mercaderes se presentaron a la décima hora del día, el de Portobello estaba exultante de alegría, en cambio el sefardita sevillano, traía un mohín que reflejaba angustias y temores, pues el resultado de aquella campaña no era una victoria aplastante, sino un arbitraje en manos de sacerdotes católicos.

Álvaro les planteó las posibilidades que tenían abiertas…

-¡Soy consciente de que ésta tregua, no es lo que más os conviene…!- empezó Álvaro que los tenía a ambos sentados frente a él, al otro lado de la mesa que había sido el despacho del virrey fallecido- ¡Pero las negociaciones están abiertas, nuestra hueste, señores, permanece sobre las armas! ¡Tengo muy presente, cuales fueron las causas que os indujeron a participar en la empresa de mi jornada sobre el Guay Naya…! ¡Por lo tanto, vuestros intereses no serán olvidados! ¡Tened presente además, que los soldados de la hueste enemiga, se sienten derrotados, deslegitimados y casi no les quedan oficiales!-

-¡Todo eso que decís es cierto!- el prudente patriarca judío tomó la palabra- ¡Pero no es menos cierto, que la decisión final tendrá que contar con la bendición de dos curas católicos, jesuitas para más abundamiento!-

-¡Esos hombres, Maese Eleazar Harbak…!- puntualizó Álvaro- ¡Han venido hasta aquí para imponer la paz, para impedir que los tenebrosos propósitos de los hombres del Duque de Alba, se efectuaran! ¡Y ésta tarde, tendrá lugar la negociación en la que si no hay lugar para cumplir con lo que conmigo tratasteis, nuestra hueste no depondrá las armas!-

-¿Creéis que disponéis de la ventaja para imponer que en Siete Virtudes, se nos permita vivir como en tiempos de De La Marck?- insistió el sefardita.

-¡Es difícil salvar todo lo que De La Marck había construido…!- señaló Álvaro- ¡Pero os garantizo que vos y los vuestros viviréis en paz y a salvo de los bergantes de la Inquisición!-

-¿Cómo podéis estar tan seguro?- se envaró el judío- ¡En éste momento, dudo que todo el oro que os entregué, haya estado bien empleado!-

-¡Yo no dudo de la palabra de éste hombre…!- intervino con su voz atiplada y sus amanerados gestos, Manuel Cabrera- ¡Si queréis recuperar vuestro oro, yo cubriré esa cantidad! ¡A Don Álvaro le debo las riquezas que tengo, todas ellas!- remató con gravedad el mercader y banquero de Portobello.

-¡Mucho fiáis, Don Manuel…!- sonrió el judío- ¡Tan sólo, si nuestra situación deviene en desesperada, precisaré de esos mil doblones de a ocho, para poder sobornar a los oficiales del Rey! ¡Ya conozco su precio!-

-¡Bien, sea…!- remató Manuel Cabrera- ¡Si la salida a esta situación os pone en la tesitura de tener que rescatar vuestra vida y la de los vuestros, yo cubro esos mil doblones de a ocho…! ¡En oro! ¿Qué os parece a ambos?-

-¡Os tomo la palabra, Don Manuel!- asintió el viejo sefardita .

-¡No será preciso, os lo aseguro! ¡Pero acepto que Don Manuel sea el garante, a condición de que si el negocio finalmente termina a vuestra conveniencia, pagaréis trescientos doblones más, de a ocho!- contraofertó Álvaro.

-¡Si todo sale a mi conveniencia, os daré mil doblones más, de a ocho, tal y como decís!- afirmó Eleazar Harbak- ¡De oro, soldado!-

-¡Y yo mantengo, mis mil, más el matolaje y todo lo demás!- sonrió con picardía Manuel Cabrera- ¡Pero también a mi conveniencia…!-

-¡Haré lo que esté en mis manos!- afirmó lacónicamente Álvaro.

Desaparecieron los que habían sostenido con sus fortunas la hueste que Álvaro había reclutado, y en la sala contigua que daba a la escalera que unía las distintas plantas de la torre de la ciudadela, aguardaban los oficiales, su general los había hecho llamar…

-¡He solicitado vuestra presencia, porque debemos decidir, en caso de poder cerrar a satisfacción ésta campaña, que váis a hacer tras los acuerdos que tomemos frente al enemigo!- les planteó Álvaro.

-¿Que debemos entender por satisfacción?- preguntó Bernardo Cabrera, el lugarteniente.

Álvaro les relacionó que debían proteger a los que generosamente habían financiado la hueste, que ello implicaba lograr que las gentes de Siete Virtudes continuaran rigiéndose como lo habían hecho los últimos años y que la figura del virrey fuera sustituida por otra que garantizara la libertad con la que se vivía allí.

Bernardo, Federmann, el hijo de Somer, y el de Gerardo García, escucharon aquellas palabras con un cierto desencanto.

-¡Así pues…!- aventuró Bernardo Cabrera-¿Es posible que debamos luchar de nuevo?-

-¡Posible, si lo es…!- respondió Álvaro- ¡Pero difícil, también! ¡Esos jesuitas están aquí para impedir la lucha!-

Los oficiales expusieron sus planes… Bernardo Cabrera, acompañaría a su hermano Manuel a Portobello e iniciaría una carrera como protector de los intereses de su hermano. Los García esperaban ser los gobernadores de Siete Virtudes y protectores de Angostura. En cuanto al inquieto Federmann, había planeado asociarse con Erwin Somer y el capitán Enríquez para partir a la conquista del reino Omagua y del Dorado, que según decían, albergaba dicha tierra.

Álvaro les hizo saber que aquella misma tarde, se negociaría con los jesuitas y con Don Pedro y Don Luis, al anochecer, sabrían si tomarían las soldadas de sus hombres o las armas de nuevo.

Una campana recordó que los de la hueste enemiga celebraban el funeral de sus oficiales caidos, Álvaro había prohibido ni tan sólo acercarse a la playa de Santa Fe, había que impedir cualquier incidente.

Tras el funeral, Pedro Cárdenas hizo por verle…

-¡Creía que nos habíamos de ver ésta tarde, Don Pedro!- le recibió con aire cansado Álvaro.

-¡Así he tratado con los sacerdotes, Don Álvaro…!- respondió Cárdenas, sentado ante su enemigo, mientras jugaba con su chambergo para ocultar un cierto nerviosismo- ¡Pero he juzgado importante, poder veros antes!-

El castellano viejo le confió que tras aquél fracaso, dudaba de retornar a Castilla, y que si fuera posible, aspiraba a quedarse en las tierras libres de Paria y Maturín… Como gobernador, y en buena armonía con sus vecinos de Siete Virtudes. Aquél súbito cambio en la actitud del eterno segundón de Sigura, tomó por sorpresa al Lince. El bueno de Cárdenas, relató el proceso en el que fue desencantándose de su camarada y capitán, el relato de lo sucedido en la sierra próxima a Maracaibo tuvo tal semejanza con una confesión que Álvaro se sintió incómodo.

Ambos, ya en pie, se dieron la mano, con sinceridad…

-¡Don Pedro, el Duque terminará por ser fuerte en éstas tierras!- le advirtió Álvaro- ¡No creo que vuestro mejor destino sea pactar conmigo, o con aquellos que le han humillado! ¡Eso, el Duque no os lo perdonaría!-

-¡Quizás tengáis razón…!- bajó su testa Cárdenas, antes de encasquetarse el chambergo y abandonar la estancia en silencio.

La tarde trajo consigo la negociación, que el santo Oficio aparecería por aquellas tierras no tenía remedio, pero los monarcas habían establecido como frontera el brazo suroriental del delta, El Amacuro pertenecería a Castilla, y las tierras salvajes que seguían hacia el sur, eran consideradas dominio del Rey de Portugal.

Los jesuitas estaban interesados, en que cesaran las hostilidades, pero no podían garantizar que en Siete Virtudes, no sucedería nada. Se aceptó que Gerardo García permaneciera como gobernador de Siete Virtudes, que pasaba a depender de Nueva Granada. Los pobladores que desearan permanecer bajo dominio castellano, iban a conservar vida y hacienda, los que debido a sus creencias u origen preferían partir a tierras de dominio portugués podían establecerse más allá del Amacuro, y Alexander Tillingstein sería la autoridad que los gobernaría en la séptima ciudad, llamada Esperanza, y que era casi desconocida por las gentes de las otras seis.

Esperanza estaba situada a lo largo de la ribera más meridional del Orinoco, y disponía de inmensos llanos al suroeste y bosques riquísimos al sur. Tillingstein proseguiría allí la labor que inició De La Marck, pero juraría lealtad al Rey de Portugal.

El viejo Eleazar estaría a salvo, con todos los suyos, el rey portugués no imponía la Inquisición en sus dominios, y su política era más permisiva con respecto a los no católicos. En cuanto al viejo zorro de Don Manuel, -Álvaro se sonrió sólo con evocarlo-, ganaba nuevos mercados.

A nadie iba a importarle, que Federmann y sus asociados se internaran en busca del reino Omagua, de hecho, todos lo iban a celebrar, especialmente los jesuitas.

Quedó establecido que Don Pedro iría devolviendo a todos sus reclutados a sus lugares de origen, Coro y Barquisimeto, Valencia, Cartagena, Portobello y Santo Domingo, para finalmente retornar a Castilla, con los hombres que vinieron desde allí con Rodrigo Menéndez. Hasta que la Hueste Reconquista, no partiera, los hombres de Álvaro permanecerían sobre las armas.

Pero pasaron los días, y todos los acuerdos fueron cumpliéndose, tras la despedida de Pedro Cárdenas, Álvaro pasó a realizar el pago de la soldada que se debía a los hombres, todos recibieron lo acordado más una ventaja de doblón de a ocho cada uno, que fue posible, merced a las gratificaciones recibidas.

Tillingstein partió hacia Esperanza, con más de ocho mil personas que le siguieron para evitar el gobierno de castellanos. Gerardo García restó como gobernador, nombrado por el Rey. Los jesuitas traían consigo el documento real, sobre el cual, se debía hacer constar el nombre del elegido para dicho honor y cargo.

Federmann pasó a despedirse, marchaba con Enríquez y el joven Somer hacia el sur. Álvaro había estado redactando una larga misiva, destinada a Dama Cecilia, pidió a Federmann que se la entregara en mano.

Al ver como partían hacia una nueva aventura, Álvaro recordó las palabras que había escrito en su carta, en ellas agradecía el amor recibido pero negaba cualquier esperanza de retorno a la ciudad del Orinoco. Su mundo, su destino, le reclamaban lejos, muy lejos del río de la Gran Serpiente. Entornó los ojos, y se le aparecieron los alrededores del Auyan Tepui y una enorme cascada de vivificante agua que descendía del mismo cielo…

En el almenar de la torre de homenaje, acompañado por el padre Carlos y el padre Pascual, estaba absorto contemplando el atardecer…

-¿Donde decís que debo ir?- preguntó.

-¡A las Filipinas, y posteriormente a Catay, las tierras del imperio de los chinos, a recoger el relicario de un hermano nuestro, del hermano Francisco de Javier, para devolverlo a Castilla! ¡Es importante que la caja no se abra!-

-¿Debo tomar el galeón de Manila?- preguntó Álvaro.

-¡Así es! ¡Don Luis de Gama os llevará hasta Panamá, allí por el Darién pasaréis al Océano Pacífico y tomaréis un buque hasta el puerto de Acapulco! ¡Os presentaréis ante la misión del padre Cobos, jesuita como nosotros, en dicha ciudad!- recitó el padre Carlos- ¡Tomad esta bolsa y sed austero! ¡El viaje es largo y aquellas tierras son aún menos conocidas que éstas!- el jesuita le largó una bolsa llena de monedas.

-¡Estas credenciales…!- dijo el padre Pascual, al darle un pliego de pergaminos cuidadosamente recogidos- ¡Os identificarán ante el padre Cobos, y más allá en las Indias Orientales! ¡Se os irá entregando más dinero!-

-¡No me parece, que recoger y devolver los restos mortales de un misionero, a Castilla, sea un cometido que entrañe gran peligro!- comentó Álvaro.

-¡No os llaméis a engaño, no sabemos cómo murió, ni donde se hallan sus restos y testamento!- aseveró con dureza el padre Carlos Azpilicueta, mientras su compañero asentía en silencio.

Tras la marcha de los jesuitas del almenar, con el ocaso más avanzado, Álvaro dirigió su mirada al corazón verde que palpitaba al sur del Amacuro, hacia donde se hallaba Angostura, pero lanzó un suspiro, y dirigió su mirada al norte, el rumbo que le aguardaba… El sol se ponía, y el río en el cual se había batido se teñía con el color de la sangre, la jungla ennegrecía y en el firmamento a excepción de la delgada línea roja del horizonte en poniente, tenía un tono gris, metálico, el color de la hoja de las espadas…

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