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III. La Caza del Lince

De cómo se alza una partida de caza.

El puerto de Santo Domingo en La Española ofrecía un aspecto aletargado, faltaban semanas para que llegaran los galeones de la flota de Nueva España, el “Santa Sangre” estaba anclado a media milla de la costa.

Habían llegado de noche, la tripulación entonó una Salve agradeciendo la feliz arribada a puerto la víspera de Santa María. Los cuatro inquisidores no se sustrajeron a la ceremonia…

Tanto los castellanos como Luis de Gama decidieron desembarcar la misma noche, por distintos motivos; los primeros para contactar con Don Francisco Javier de Uribe, el segundo para reclutar tripulantes ya que tras el motín, la dotación del “Santa Sangre” no garantizaba una navegación segura.

Los cinco descendieron a la barca y fueron acercados por cuatro de los marineros a la playa… La noche era de una calidez exultante, las luces del puerto se reflejaban en el suave oleaje, tiñendo de oro retazos del negro mar. Además del chapoteo de los remos, se oía el pesado respirar de Cárdenas, el sofoco le provocaba una angustia indecible, era un hombre hecho para climas secos. Sigura sudaba bajo su jubón y su amplia y abombada frente brillaba perlada de gotas de sudor. El portugués, conocedor de aquellas latitudes había desembarcado en camisola.

-¡Lo primero que debemos hacer, es presentarnos al Gobernador…Y mostrar nuestra patente de navegación!-comentó con naturalidad Luis de Gama.

-¿A estas horas?-bromeó García Luque.

-¡A cualquier hora…No podemos correr el riesgo de que nos tomen por un bajel corsario!-fue la respuesta lacónica del portugués.

-¡Después de la hora nona, no se molesta a un Gobernador castellano!-recortó duramente Sigura.

-¡Pues en los puertos de nuestro Rey Don Sebastián, los buques se controlan atraquen a la hora que atraquen, caballeros!-

-¡Pero este puerto, Don Luis-apuntó con simpatía Cárdenas-es de Castilla, y nuestras costumbres son distintas!-

Pedro Cárdenas apreciaba al portugués, como él era un hombre enjuto y severo, pero no rabioso como Sigura. Agradecía de él, el trato recibido, y admiraba su pertenencia a los Caballeros de Santo Cristo, una antiquísima Orden de Caballería. Advertía en Don Luis una estirpe noble y una templanza que le convertía en un hombre singular en aquél tiempo decrépito. Hundido en sus reflexiones casi no advirtió que llegaban al embarcadero.

De pronto, Sigura se quedó atónito, un buque ligero abandonaba los muelles de madera, el sanguíneo inquisidor, aún en la noche reconoció la silueta del jabeque que les adelantara en alta mar.

-¡Por la Virgen, que me aspen si no es el barquichuelo del maldito flamenco!-exclamó.

-¡En efecto reconoció el portugués…Que extraño que abandone puerto de noche!-

-¡Eh!!!!¡Los del buque!-Cárdenas en pie, de repente, voceaba con las manos alrededor de la boca. La barca se balanceó bajo sus ciento cincuenta libras de peso.

Por toda respuesta, tuvieron el sonido de las velas al desplegarse y la campana de batintín, el jabeque flamenco con bandera castellana se alejaba.

-¡Esto no me gusta nada!-siseó Atienza.

-¡Ni a mí!-apoyó Sigura.

En dos minutos vararon la barca en la playa, los marinos montaron guardia y los cinco hombres se encaramaron al espigón entablado para acto seguido dirigirse a la ciudad tras las empalizadas, chamizos y tinglados del puerto tenían algo de vida según pudo ver el portugués…Respiró aliviado, al fin quizás podría reponer tripulación.

En la media legua que mediaba entre puerto y empalizada, Sigura y Gama se enzarzaron de nuevo en la discusión entre si la primera visita debía ser al Gobernador o no. A Cárdenas, aquello le divertía, pues en el fondo él era de la opinión del portugués y no entendía como un Gobernador de Provincia de Ultramar podía permanecer ocioso desde la octava hora de la tarde hasta el mediodía de la siguiente jornada…A no ser, que tuviera quehaceres propios, es decir ajenos al interés de la Corona a la que servía, lo que para él era gravísimo, tan sólo pensarlo frunció el entrecejo.

El sonido desacompasado de los pasos sobre las arenas blancas y el batir de capas y camisas marcaba el ritmo mientras se acercaban a la muralla, esta no era uniforme, se mezclaban los retazos de piedra con los de adobe y la simple empalizada de maderos. Cada cincuenta pasos una torre con un tenue punto de luz marcaba la presencia de un centinela bajo un yelmo.

El grupo acortó camino accediendo a un camino enguijarrado que conducía a la puerta, que estaba flanqueada por dos torres de piedra más recias que las diseminadas a lo largo de la muralla. El camino ascendía levemente pero de forma continuada, el mar estaba ahora más bajo, las olas al romper dibujaban caprichos blancos en la negrura de la noche, un palmeral se distinguía a lo lejos en las playas, y el sofoco era mayor aún. Cuando llegaron al alcance del centinela de las torres una voz les detuvo…

-¡Alto, quién va!-dijeron desde la torre.

-¡Comisión del Santo Oficio!-la voz de Sigura respondió con claridad y celeridad.

-¿Habéis llegado en el galeón?-volvió a preguntar el soldado.

-¡Comisión del Santo Oficio de Castilla! ¡Llamad a vuestro Comandante!-tronó Cárdenas.

-¡Yo soy el Comandante! ¡Que uno se acerque a la puerta con vuestra acreditación!-y acto seguido sonó una campana. Luis de Gama se inquietó al observar que el centinela les apuntaba con un mosquete.

-¡Un comandante haciendo guardia…!- susurró Sigura- ¡Decididamente las Indias son otro mundo!-

-¡Ea, largad la documentación que éste nos vuela los sesos y no podréis terminar vuestras sabias reflexiones!-Luque que como el portugués había advertido la amenaza de la torre, urgió a Sigura a demostrar que no estaban allí por fruslerías.

El interpelado sonrió fieramente y se adelantó hasta la puerta con el pliego correspondiente para ser mostrado.

La puerta se abrió levemente, dos soldados de aspecto muy cuidado uno con pedernal y el otro con espada asomaron, Sigura se presentó y entregó el billete lacrado que le acreditaba como funcionario del Santo Oficio. Los dos hombres cerraron la poterna tras indicarle que aguardara un instante. En lo alto de la torre se advirtió algo de movimiento, un candil se movía, el mosquete cambió de manos, y unos susurros indicaban que estaban leyendo la primera credencial, la que según Don Juan de Quesada abriría las puertas.

Unos pasos atrás, los compañeros de Sigura aguardaban con cierta expectación, el portugués celebraba no haberse puesto el jubón, a la vista de como sudaban sus compañeros de viaje. Incluso se permitió alguna broma al respecto, eso sí, en voz baja.

La carta de presentación dio el fruto deseado, el Comandante de la guardia bajó en persona a cederles paso a la ciudad.

-¡Hemos de ver con urgencia a Don Francisco Javier de Uribe!-exclamó Sigura con una prudencia y tono poco habituales en él.

-¡Eso no es posible, caballero,-se excusó el Comandante-a estas horas, el Gobernador no puede ser molestado!-

Unos pasos atrás, el portugués sofocó una risa. Pero en su interior agradeció que el Gobernador y la prioridad del jefe de aquellos carniceros fueran la misma persona, él llevaba la patente de navegación y era lo primero que necesitaba poner en regla para reponer tripulación y vituallas.

 

La media burla no pasó desapercibida por el inquisidor que fue sacudido por uno de sus famosos golpes de sangre.

Sudoroso como estaba, con sus ropas aterciopeladas de negro monacal, Sigura se revolvió…Cárdenas dio un codazo a Luis de Gama para advertirle, y el inquisidor al ver que la situación recobraba la gravedad que él necesitaba dirigió su fría mirada al Comandante…

-¡Venimos de Castilla para verle…No tenemos tiempo de formalidades, esté como esté, Don Francisco Javier de Uribe debe recibirnos, por voluntad del Rey y del Santo Oficio!-

-¡Tengo ordenes del Gobernador, caballero…Todos los arribados al puerto deben permanecer en el fortín de puertas un día para ser tomada su filiación!-aquello fue demasiado para Sigura.

-¡Si esta noche no me lleváis a presencia del Gobernador, os juro que mañana colgareis de lo alto de esa torre por el gaznate!-la mirada enloquecida, y la voz hueca y cruel de Sigura calaron en el ánimo del soldado que observaba como el inquisidor blandía su cédula del Santo Oficio.

-¡Sea, yo mismo y la guardia os escoltaremos!-dijo al fin compungido e hizo llamar a los de la guardia que reposaban para cubrir a los seis que cogió de escolta.

Con hachones y escoltados por la guardia recorrieron las calles de la próspera ciudad castellana de Santo Domingo, bajo la luna y un clima tórrido cruzaron plazas en las que la sombra de la silueta del campanario se recortaba en el suelo, algún perro ladró, y alguna que otra figura escapaba al oír la ronda…Desembocaron en una plaza castellana porticada, al fondo una hostería permanecía abierta, se advertía movimiento y alegría en su interior. A la izquierda un palacio de piedra labrada, y a la derecha una iglesia más majestuosa que las otras que habían visto. Se dirigieron al palacio…

Fueron detenidos por dos alabarderos…

-¿Donde vais Méndez? ¡No se puede entrar en el Palacio a estas horas!¡Vos lo sabéis!-

El Comandante se adelantó y susurró unas palabras al alabardero, este asintió y penetró en el palacete plateresco por una poterna incrustada en la recia puerta de maderas nobles.

-¡Pasad!-indicó segundos después con su mano. El grupo entró por la estrecha puerta, en el patio interior, con aspecto de cuerpo de guardia, seis alabarderos reforzaron a los seis guardias de la empalizada…

-¡Es una precaución, caballero…!-indicó el Comandante.

-¿El gobernador teme por su vida?-preguntó Cárdenas, que hablaba por primera vez en América.

-¡Oh, si…Es el azote de los piratas, si ellos pudieran…!-el Comandante hizo el significativo gesto del degüello.

La escolta les condujo por un corredor hasta una escalera que conducía a la galería superior del patio de armas. Una vez allí circunvalaron la galería porticada hasta franquear un portón castellano, tras el cual estaba la parte noble del palacio, dos centinelas señalaban la estancia del Gobernador, el jefe de los alabarderos indicó que franquearan el paso al Comandante y sus cinco acompañantes, la guardia del puerto entró en la estancia con ellos…

Al cerrarse la puerta tras ellos despertó sobresaltado el ordenanza que dormitaba en el receptorio de Su Excelencia, era un doncel agradable vestido a la moda de los castellanos del norte, con birrete, jubón ceñido y faldón plisado, con medias amarillas y zapatos de corte flamenco.

-¡Jacinto, estáis dormido!-bramó el Comandante.

-¡No del todo señor…!-se excusó encogiendo los hombros el muchacho.

-¡Ya hablaremos de eso, ahora anuncia a Su Excelencia que tiene visitas, de Castilla!-le indicó.

-¿A estas horas?¡Imposible!-

-¡Por vida de…Haz lo que te ordeno holgazán!-

El ordenanza se apresuró a cumplir la orden recibida, desapareciendo tras los densos cortinajes de la alcoba, inmediatamente su voz profirió un grito ahogado, mezcla de sorpresa y horror. Todos se precipitaron a la alcoba, lo que contemplaron los inmovilizó totalmente. El Gobernador de La Española aferrado a una columna de su lujoso baldaquín vertía lentamente su sangre por un fino y limpio corte de degüello que lucía de oreja a oreja.

La primera reacción fue del Comandante, el bofetón que propinó al ordenanza de Don Francisco Javier de Uribe rompió el hielo de aquellos instantes.

-¡Miserable…¿Y, tú qué hacías?- le bramó. El muchacho sollozaba horrorizado, sabía perfectamente que su futuro era más negro de lo que cualquiera pudiera imaginar.

-¡Dejad ese detalle para más adelante!-sugirió Sigura-¡Debemos ver al lugarteniente del Gobernador!-

-¡El Lugarteniente no está en estos momentos aquí, partió esta tarde con un Oidor recién llegado hacia el interior…Su Excelencia les autorizó!-balbuceó el Comandante.

-¡Entonces vos sois la máxima autoridad en Santo Domingo, ahora mismo!-sugirió Cárdenas.

-¡En efecto caballeros!-afirmó el Comandante.

-¡En ese caso Excelencia, y antes de que pase más tiempo os muestro nuestra patente de navegación y desearía…!-el portugués no pudo proseguir pues fue interrumpido por Sigura.

-¡Por Dios, Don Luis…Ahora no, lo primero es administrar los viáticos a Don Francisco Javier y procurarle sepultura, si os parece Comandante, vayamos a otra estancia, tengo mis sospechas sobre este atroz asesinato!¡Tenemos mucho qué hacer!¿No os parece?-

El Comandante con gesto compungido afirmó con la cabeza y seguido de los restantes testigos abandonó la alcoba, quedando solamente el doncel que se arrodilló junto al cadáver llorando en silencio.

-¡El muchacho parece sentirlo de veras!-susurró Atienza.

-¡Era su padre!-respondió lacónicamente el Comandante.

-¿El hijo del Gobernador un ordenanza?-Sigura estaba sorprendido.

-¡Un hijo natural, caballero!-precisó el Comandante. La serenidad retornó al grupo. Don Luis sonrió para sus adentros,-Esos castellanos-pensó-tan reciamente católicos y tan lujuriosos y follones, al mismo tiempo-él que no dejaba de ser un noble portugués de linaje largamente enfrentado a los castellanos de la frontera, tanto por tierra como en las costas y mares, admiraba en sus vecinos la lealtad pero detestaba su cerrazón, ese fanatismo tan proclive a la hoguera y el sambenito…Con todo, él era miembro de una Orden de Caballeros, los del Santo Cristo, pero la exigencia de su honor se dirigía más hacia la vida que no a la muerte. Retornó de sus reflexiones al verse en una sala señorial con aspecto de despacho virreinal con el nutrido grupo de soldados y sus compañeros de viaje.

Durante el camino, Sigura se había percatado que el Comandante no era un hombre de gran carácter ni entendimiento, aunque sí de temperamento fiel, seguramente audaz y valiente…Y empezó a urdir la trama que soslayara el inconveniente de la desaparición de Don Francisco Javier de Uribe del mapa de los vivos.

Estaban todos en pie alrededor de la mesa de trabajo y los atriles del difunto Gobernador de La Española, la gravedad del momento se percibía en la atmósfera de la sala. Sigura tomó la iniciativa.

-¡Tomad asiento Comandante!-le dijo, apartando el butacón de la mesa para dejar al soldado que se sentara. Este obedeció como un autómata.

Cárdenas barruntó en el gesto de su compañero algo de lo que podía suceder a continuación.

Con simulado respeto Sigura se dirigió al Comandante que no terminaba de identificarse con el papel que le estaban asignando.

-¡En primer lugar, debéis tener claro que en ausencia del Lugarteniente sois el Gobernador…-Sigura clavó sus ojos cobaltinos en las pupilas color miel del soldado, que tragó saliva y asintió en silencio-y en segundo lugar hay que ocuparse del reposo del alma del difunto Gobernador…Yo de vos, enviaría a uno de vuestros hombres a por los viáticos, y que el Obispo disponga los funerales!-el Comandante pensó unos segundos.

-¡Fernando, acude al convento de los dominicos, el Obispo permanece allí…Y entrégale esto!¡Y ni una palabra a nadie!-con rapidez tomó papel y pluma y trazó unas líneas tras untar en el tintero con cierta solemnidad. Roció con polvos secantes el pliego y lo dobló, al ir a entregarlo al soldado que se acercó a la mesa, le hizo gesto de que aguardara y lacró el billete al uso militar, con su anillo de sello. Para Sigura y sus acompañantes el Comandante realizó aquella operación con cierta torpeza, pero Don Luis valoró que un soldado, posiblemente capitán de tropa irregular, como casi todos los de las Indias Occidentales, supiera escribir y presentar un pliego de aquél modo. Al fin el soldado partió hacia el convento de los dominicos, tras abandonar la sala, sus pasos pasaron a ser una carrera.

-¡Hasta ahora habéis visto, Comandante, una de nuestras credenciales… Ahora os mostraré el resto, y con este trámite creo que se despejarán vuestros recelos y no será necesario que Don Luis de Gama os presente la patente de su galeón!-sin ceremonia alguna, Sigura extrajo de su jubón el grueso pliego de cartas que avalaban su misión y la de sus compañeros. El Comandante repasó una a una las misivas, y fue palideciendo, al concluir hizo gesto de levantarse del butacón.

-¡Caballero vos debéis sentaros aquí y no yo!-

-¡Nada de eso- Sigura le impidió alzarse presionando en su hombro, al tiempo que se apuntalaba en la mesa, con familiaridad- nuestra autoridad, ya que como podéis comprobar Don Pedro Cárdenas está tan avalado como yo mismo, concierne a una santa y real misión, no al gobierno de las Provincias, aunque es cierto que debéis poner a mi disposición los medios que os reclame para llevar a cabo mi cometido Don…!-

-¡Diego Hurtado Méndez, capitán de oficio, y Comandante perpetuo de Santo Domingo, Señor!-

-¡Pues bien, Don Diego, voy a necesitar de Vos la misma ayuda que de Don Francisco Javier de Uribe, que Dios tenga en su seno, y a cambio yo, os ayudaré a controlar esta situación y actuar de modo tan correcto que tanto vuestro oficio como vuestra cometido se vean beneficiados!-

El Comandante miraba de hito en hito, al inquisidor que arqueaba su delgadez con el trasero apoyado en una esquina de la inmensa mesa del Gobernador, y que le miraba con intensidad y fiera expresión afeada por aquella intranquilizante cicatriz que le cruzaba el rostro y que se teñía de rojo progresivamente. Los soldados permanecían como estatuas, mientras Don Luis observaba atento, Atienza se desprendía sudoroso de su jubón, Luque inmóvil no se apartaba de Cárdenas, y éste sonreía, Sigura era cruel, pero decididamente eficaz, pensaba.

El Comandante entendió ligeramente que su interlocutor le solicitaba intimidad, y despachó a sus soldados ordenándoles que guardaran silencio y dejó a uno de guardia al otro lado de la puerta, enviando a buscar al doncel a otro.

Una vez solos, los inquisidores y Don Luis tomaron asiento frente al nuevo Gobernador. Sigura seguía en la mesa, dominando la situación.

-¡Antes que nada, deberíais autorizarme a reponer tripulación para el galeón!-Don Luis se anticipó a cualquier otra consideración. Su petición obtuvo una mirada glacial de Sigura.

-¡No os impacientéis Caballero de Gama, no he visto galeón alguno en los muelles, quizás vuestra parte en todo esto no haya finalizado, y estáis obligado, tanto como Don Diego…Por vuestro Gran Maestre!-

-¡Tendría como un honor que vos Don Luis, estuvierais hasta el fin con nosotros!-Cárdenas le tendió la mano con una mirada noble de amistad y admiración. El portugués lanzó una mirada preñada de desazón al altanero Sigura, para mirar después hacia Pedro Cárdenas, en el fondo de su mirada percibía amistad y nobleza. Don Luis estrechó la mano del hidalgo castellano. A sus espaldas, Antonio Sigura, intuía que el arco de su alianza cobraba fuerza.-Ahora a por este patán-pensó.

-¡Enviad al ordenanza a su alcoba y no dejéis que hable con nadie, si es preciso poned un centinela a su puerta!-el Comandante se levantó y entreabriendo la puerta dio instrucciones para que la orden de Sigura fuera ejecutada. Volviendo después al butacón en el que se arrellanó con más seguridad que la primera vez.

-¿Y ahora?-exclamó, esperando las peticiones del inquisidor. Sigura sonrió al verle en actitud magnánima.

-¡Todavía no habéis terminado. Debéis redactar, pero como os dictaré, el comunicado al Lugarteniente de lo sucedido aquí, para que regrese con urgencia, la diligencia en este recado alejará cualquier sospecha de conspiración de la guardia en el asesinato del Gobernador!-

-¡Pero…¿Quién en su sano juicio podría pensar eso?-

-¡Escuchadme Don Diego, como podéis suponer, tengo más experiencia que Vos en estos asuntos. Si no deseáis ver vuestro nombre empañado por la duda, haced lo que os aconsejo!-

El Comandante se aprestó para escribir la funesta noticia al dictado de Sigura.

-¡Escribid…Al Excelentísimo Lugarteniente del Gobernador, Don…-Sigura se interrumpió.

-¡Don Bermudo Menéndez!-susurró mientras escribía.

-¡Eh, Don Bermudo!!!-dijo Sigura volviéndose a sus compañeros-¡Ya le hemos encontrado! ¡El hermano de Don Rodrigo! ¡Pero decidme Don Diego! ¿Hace mucho que llegó?-

-¡Dos años, de Castilla como Vos!-

-¿Como es pues el Lugarteniente?-

-¡Traía una Cédula Real que le investía con ese cargo!-

-¡Excelente!-se felicitó Sigura-¿Donde se halla ahora?-

-¡Ya os lo dije antes, arribó un Oidor hace tres días, en un jabeque, ambos y la escolta, corta por cierto, está recorriendo las encomiendas del interior!-

Sigura enarcó las cejas.

-¡El jabeque ha partido esta misma noche!-

-¡A fe que no es así, partió hace dos días!-

-¡Esta noche largaba amarras un jabeque, de Flandes y con estandarte de Castilla, en silencio y con premura!-Don Luis apoyó la afirmación de Sigura.

El Comandante insistió…

-¡Zarpó hace dos días, o es otro barco, o bien…!-

-¡Ha vuelto a los embarcaderos a recoger algo o alguien y partir rumbo a Dios sabe donde!-sentenció Sigura.

-¡El comunicado…!-imploró Don Diego que sentía que la cabeza le iba a estallar.

-¡Es para Don Bermudo, es de confianza, debía incorporarse a nuestra tropa, en estos momentos temo más por su suerte que por la noticia. Sea, prosigamos, Don Diego!-

Redactaron el comunicado y se aprestaron a enviarlo personalmente, Sigura y Cárdenas estaban presos de una agitación especial ya que para ellos, duchos en lides de esta naturaleza, el crimen del Gobernador estaba asociado al misterioso jabeque, también amparado en documentos de la Real Cancillería. Y ambos comentaban la situación en un aparte.

-¡Van con Cédula Real, como nosotros!¿Creéis que han venido a asesinar a Don Francisco Javier, Sigura?-

-¡Y a Bermudo…!¡Pensad que la Princesa de Éboli tiene todavía mucha influencia, y amistades en la Corte, y en el Gobierno de Su Majestad!¡Pero las fechas, y los hombres…El plan trazado en Casa Velasco debe de ser conocido por los ebolistas. Ello implica que ha habido traición!-a medida que hablaba, Sigura iba adquiriendo un aspecto más y más rabioso.

-¡La situación aquí parece controlada, los hombres de la guardia parecen respetar al Comandante, ahora él es el hombre fuerte de Santo Domingo, sobre el papel…Claro está!-Cárdenas comentó con la intención de serenar el ánimo del irascible Sigura.

-¡Veo que os percatáis de que este pobre diablo anda perdido…Es importante que vos mismo vayáis a buscar a Don Bermudo Menéndez, yo permaneceré con el nuevo Gobernador, por todos los medios hemos de ganarle para nuestra causa. Ahora mismo por quién temo es por Menéndez!-

-¡Pero Don Antonio…Está con un Oidor…!-

-¡Que ha llegado con el maldito jabeque flamenco!¿No entendéis Cárdenas?¡Esta noche han matado al de Uribe, porque desde su posición en La Española era de vital importancia para acabar con El Lince, y arrasar el maldito Virreinato hereje!¡Esos nombramientos estaban inducidos por el Duque de Alba, los ebolistas conocedores de ello han optado por la solución de la daga, y Don Bermudo Menéndez está en peligro de muerte!-

Pedro Cárdenas tuvo que admitir la lógica de los planteamientos de su compañero de armas. Ambos volvieron con el grupo. En las estancias de la primera planta el movimiento delataba que el Obispo había acudido para la fúnebre ocasión.

Poco después, por la puerta norte de la ciudad, a caballo, Cárdenas con seis soldados y García Luque abandonaba la ciudad en busca de Bermudo Menéndez. El periplo del Lugarteniente del fallecido Francisco Javier de Uribe les conducía a las encomiendas nuevas, donde los esclavos negros recolectaban el cacao. La selva al amanecer contenía mil sinfonías de aves exóticas que con su canto recibían el sol, el grupo de ocho castellanos apretó el paso a sus monturas, hacia el interior.

Desde las almenas, Atienza, Sigura y Diego Hurtado les vieron cruzar los campos abiertos y desaparecer en los primeros lindes del bosque tropical de la isla.

-¡Bien Gobernador, los funerales serán pasado mañana. Tendréis tiempo de haceros con el protocolo y todas esos requisitos!-Sigura tranquilizó a Hurtado.

-¡Si, creo que no tendré problemas, entierros de alto rango no nos han faltado aquí en La Española…!-en la respuesta, sin quererlo el nuevo Gobernador delataba lo difícil de la vida allí-¡Por cierto Don Antonio, he dado permiso al caballero portugués para que reclute gente de mar, no es que abunden en esta época, pero alguno encontrará…!-

Las dos observaciones de Diego Hurtado fijaron con fuerza en Sigura y Atienza la conciencia de lo lejos que se hallaban de Castilla, el primero más avezado que el segundo a trances de aquella especie empezó a remediar su situación de desinformación inmediatamente. Desde el torreón norte de las almenas veían la procesión del viático que regresaba al convento dominico, el Obispo iba tras la custodia…La luz broncínea del amanecer daba a la comitiva sacra un aura de códice medieval.

-¡Gobernador…-dijo Sigura-¿Qué tal las relaciones con el Obispo?-

-¡No son fáciles, el Gobierno de la isla consiste en sortear las andanadas de los encomenderos por un lado, las embestidas de los hombres de Dios por otro, y finalmente combatir a los piratas con éxito, todo ello sin olvidar el quinto para Su Majestad y sin otro medio que las leyes…Este laberinto infernal cede cuando arriba la Flota de Nueva España, todos se ponen de acuerdo, pero hay tal bullicio, tanto negocio, que no sé qué es lo que prefiero para la buena gobernación!-

-¿Qué enfrentaba a Obispo y Gobernador, Don Diego?-

-¡Mirad…Su Majestad Felipe, a tenor de los pliegos que dominicos, franciscanos y el clero secular han venido remitiendo en defensa de los indios y contra los encomenderos, ha proclamado nuevas leyes de Indias!-

-¡Conozco esas leyes! ¡Pero se trata de sustituir a los indios por esclavos negros!-cortó Sigura-¿No es así Don Baltasar?-

Atienza asintió.

-¡No es tan sencillo…Don Antonio, los esclavos deben comprarse, los indios se aprehendían!-respondió Hurtado.

-¡Pero esos indios son irreductibles, no valen como braceros, ni para la mina!-Atienza quiso hacer gala de que él también estaba al corriente de lo que sucedía en los nuevos territorios.

-¡Si que valdrían, pero es difícil reducirlos…Bartolomé de Las Casas, empezó aquí con esos-Hurtado señaló la comitiva que se introducía en el convento dominico-no basta con que los caribes sean unos salvajes fieros y caníbales, que nos odian, los frailes, los párrocos y los obispos les hinchan la cabeza…Y finalmente terminan todos en la congrega peleándose por darle el camarico a los frailes y curas!-

-¡Veo que estais de la parte de los encomenderos, Don Diego!-sonrió Sigura.

-¡Todos nosotros terminaremos regentando una mina o una hacienda de caña de azúcar-Hurtado levantó la empuñadura de la espada de cazoleta-tras los años de servicio a Su Majestad que el Rey tenga a bien solicitarnos!-

-¡Esos clérigos se ponen del lado del indio…¿No es eso?-Sigura siguió sonriendo.

-¡Dicen que los indios son hijos de Dios, como los castellanos, y como se hayan bautizado, la protección que ejercen sobre ellos es endemoniada!-

-¡Es lógico Don Diego, una vez bautizados son cristianos!-apuntó el inquisidor.

-¡Un cuerno, Don Antonio…Esos hijoputas se bautizan para denunciar a los encomenderos, y de inmediato son puestos en las congregas de los frailes, trabajan para ellos y…!-

-¡Y para Dios, Don Diego!-le interrumpió Sigura.

-¡Ya sé que sois de la Inquisición, pero lo que el De Las Casas expuso en Castilla, no es del todo verdad!-

-¡Conozco las disposiciones del Obispo, y sus trabajos. En la Casa de Contratación de Sevilla, todos las conocemos, y están sancionadas por el Consejo de Indias!-Atienza quiso evitar que el tono de Hurtado se crispara más.

-¡Venga, venga…-Sigura tomó a Hurtado por el hombro y le arrastró nuevamente hacia la almena exterior-No debemos perder la sangre fría.¿Cuando vinisteis de Castilla, Don Diego?-

-¡Yo no vine, Don Antonio. Yo nací ya en La Española!-respondió el joven Gobernador de La Española.

-¿Jamás habéis estado en Castilla?-preguntó Atienza.

-¡He viajado por todo el Caribe, he estado en Panamá, en Nueva Granada y en Veracruz…Pero nunca pensé en tomar el tornaviaje de la Carrera.

Sigura le miró intensamente por unos instantes, y acto seguido dirigió sus pupilas a la línea verde que señalaba el inicio de la jungla en la que se habían internado Cárdenas y García Luque.

-¡Pero esos caribes, no son de gran utilidad para los encomenderos, Don Diego. Esto lo sabemos hasta los que no hemos pisado estas tierras!-

-¡Don Antonio…Los caribes siempre nos han hecho la guerra, nunca han trabajado en nuestras encomiendas. Pero los lucayos y los tainos son dóciles y se les puede hacer trabajar!-

-¿Qué encontrarán Cárdenas y los otros tierra adentro?-

-¡Bajo ordenes de Don Francisco Javier, Don Bermudo Menéndez había logrado realizar un censo de encomenderos interesados en regresar al servicio para una Capitulación que estaba negociando!¡El nuevo Oidor le exigió repasar el censo, y visitar todas las encomiendas… Recuerdo que eso preocupaba al Gobernador. Además un segundo viaje entre sierras es peligroso, los indios se movilizan al ver a los nuestros internarse y tardan unos días en dispersarse, si hay una vuelta, las posibilidades de un ataque son muchas. Pero el Oidor quería a toda costa viajar a Santiago de los Caballeros!-

-¿No les advirtieron del peligro?-

-¡Creo que si…Pero el Oidor no se atuvo a razones!-

Sigura centró su mirada en el linde de la selva apretando las mandíbulas.

-¿Sabéis que creo Don Diego?¡Ese Oidor es falso…Tendremos suerte si hallan a Don Bermudo con vida!-

-¡El Oidor traía credenciales, no era fácil engañar al Gobernador!-respondió Hurtado.

-¡Son poderosos enemigos de la Religión, Don Diego. Estamos asistiendo a un momento crucial, es necesario que pongamos todo nuestro empeño!-

-¡Contad con mi persona Don Antonio!-afirmó resuelto Hurtado contemplando a su vez la lejana selva del norte de Santo Domingo.

 

A medida que el sol se alzaba, el calor en la jungla se volvía insoportable, Cárdenas aguantaba el tipo a pesar de andar con camisa, ropilla y capa, amén de calzas y greguescos. García Luque menos austero que su superior del Santo Oficio se había desprovisto de la ropilla y se había alzado las mangas de la camisa, en el fondo envidiaba a los soldados que andaban con loriga y calzón corto. El cabo iba en cabeza, la jungla tenía señales claras de que había sido transitada recientemente. A medida que avanzaban espantaban toda suerte de aves que se alejaban graznando alertadas.

Se detuvieron a comer, algo de pan y fruta y un trago de agua. Los soldados se movían con una cautela que llamó la atención de los inquisidores. Finalizado el descanso volvieron a abrir senda. Cada vez era más dificultoso avanzar. El cabo miró a través de la maleza, y señaló en dirección oeste.

-¡Allí está el cerro de la encrucijada, desde allí arriba podremos ver el mejor camino, y la primera encomienda, la de Juan Balcázar!-

Cárdenas suspiró.

-¡Estos caminos Excelencia,-el cabo se dirigió a Cárdenas-se hacen mil veces pero esta maldita selva se los come en un santiamén!-

De repente el cabo hizo desde su montura seña de que no hablaran, escrutó las copas de la arboleda. Cárdenas desmontó y llevando el caballo del bocado se aproximó al cabo.

-¿Qué sucede?-

-¡Desde dos millas atrás no espantamos ningún pájaro, y eso quiere decir que alguien ya los ha espantado. No me gusta nada, siento como se me eriza el pelo, eso me pasa cuando esos demonios están cerca!-Desmontaron y siguieron a pie.

Avanzaron lentamente, sin hacer ruido hasta intuir a trescientas varas una loma rocosa. La jungla perdía espesura y todos presagiaron que la muerte rondaba por allí cerca. Los soldados prepararon sus ballestas, el cabo aprestó su arcabuz, Cárdenas se hizo con la espada y un pedernal, lo mismo que García Luque. El sudor les caía copiosamente, todas las sensaciones adquirieron una fuerza que nunca habían sentido. Cárdenas había combatido a menudo, pero jamás un silencio tan absoluto precedía el inicio de la danza de la muerte. Los soldados actuaban de forma más mecánica y con gran precisión. Cárdenas tuvo la impresión de que Diego Hurtado les había proporcionado una magnifica escolta. El veterano percibía en el silencio el palpitar de su corazón, era el sonido que con potencia le resonaba por todo su ser.

Lentamente se abrieron paso hasta un claro, el cabo les indicó que no entraran todavía allí y que guardaran silencio. Una sombra sobrevoló el claro, Cárdenas miró al firmamento, un cuervo se detuvo en un arbusto, había varios más. De pronto advirtieron un bulto que se movía y un quejido ahogado les llegó sin fuerza.

El cabo hizo señas de que dos soldados fueran a ver mientras montaba su arcabuz sobre la horquilla. Los dos hombres salieron bordeando el claro por lados opuestos y con la vista fija en los arboles opuestos en busca de indios caribes emboscados, por el interior de la maleza los otros cuatro realizaron lo mismo con las ballestas armadas. En unos tensos minutos comprobaron que no había indios emboscados, emergieron todos al claro.

-¡Pobre hombre…!-exclamó el cabo quitándose el yelmo que le quemaba toda la cabeza.

Acudieron todos hasta el soldado que reptaba dejando un rastro de sangre en la hierba. Cárdenas se arrodilló y le acercó un pellejo con agua. El herido agradeció poder beber.

-¡No lleva flechas, y los caribes rehuyen el combate cuerpo a cuerpo cabo!-apuntó uno de los soldados.

-¡No han sido indios!-susurró el herido-¡Hay otros heridos atrás!-

-¿Y Don Bermudo?-preguntó Cárdenas.

-¿Quién ha sido?-dijo el cabo.

-¡Han sido cristianos…Y ese Oidor, se ha revuelto cuando nos disparaban para matar a Don Bermudo!¡Más agua por piedad!-

Mientras Cárdenas le daba más agua lentamente, el cabo miró la herida del soldado, era muy aparatosa pero no grave, en el costado.

-¡Te lo han hecho con un arcabuz de esos modernos! ¿Eh?-el pobre diablo asintió mientras bebía agua a borbotones.

-¡Don Bermudo muerto!-exclamó García Luque en pie junto a Cárdenas. El soldado herido negó con la cabeza.

-¡Ve a por los caballos, Juan. Hay que preparar algo para llevar a los heridos!-

Mientras el llamado Juan y otro soldado preparaban unas parihuelas, el cabo con sus dos soldados acompañaban a Cárdenas y Luque en busca de Don Bermudo, el cabo impuso que no abandonaran precaución alguna, según su experiencia el bosque no tardaría en estar infestado de caribes en busca de botín si no lo estaba ya.

El cabo abría la marcha, habían vuelto a la espesura, y avanzaban lentamente observándolo todo, de repente unos hierbajos se agitaron y junto a ellos vieron una de esas mangas inconfundibles de los veteranos de los Tercios de Italia y Flandes, a listas sangre y oro.

-¡Don Bermudo!-exclamó el cabo. Tras él Cárdenas suspiró ampliamente, una de las piezas maestras de su misión no había desaparecido. Se acercaron apresuradamente al herido. El viejo león herido se arrastraba convulsionado por el dolor envuelto en su sangre y sudor mezclado con barro y restos de pólvora.

-¡Malditos traidores…!-dijo al ver al cabo.

Cárdenas le dio agua, el hombre señaló hacia el interior de la espesura.

-¡Hay más heridos…Uno o dos, los otros están muertos!-

-¿Quien ha sido?-preguntó Cárdenas.

-¡El Oidor Real!-respondió el veterano.

-¡No puede ser un verdadero oficial del Rey!-aseveró Cárdenas clamando a su visión del Universo sin grises, construida tan solo de trazos blancos o negros.

-¡Por Dios, que lo era, yo mismo revisé sus credenciales!-

Cárdenas dirigió una mirada a García Luque con sus enormes ojos castaños embargados por la duda. El otro se encogió de hombros.

-¡Don Bermudo…-el cabo se dirigió al herido que seguía bebiendo sorbos del pellejo que Cárdenas sostenía-¡Don Francisco…!-no pudo seguir, porque Cárdenas le puso la mano en el antebrazo para impedir que el cabo diera la pésima noticia a un hombre que no sabían si podría sobrevivir a las heridas que soportaba.

-¡Cabo, busca a los otros…Enterrad a los muertos!-A pesar de las muecas de dolor el veterano capitán recuperó la dote de mando .El cabo asintió en silencio.

Cárdenas se quedó revisando y limpiando las heridas de Don Rodrigo, el cabo y García Luque siguieron la búsqueda. Regresaron una hora después, ya habían enterrado a los otros, ninguno había sobrevivido a la emboscada, habían rescatado sus armas. En la mente del cabo ya solamente residía una idea, regresar cuanto antes a la ciudad, presentía los caribes y tendrían que cargar con dos heridos ,sin duda la noche se les echaría encima, por suerte llevaban seis armas de fuego lo que sin duda les daba ventaja…Regresaron al claro, Don Bermudo se lamentaba de las heridas, especialmente de un certero arcabuzazo en la pierna. Cárdenas le había entablillado toda la pierna. Emprendieron el regreso a Santo Domingo, avanzarían lentamente, los caballos llevarían las parihuelas, los hombres escoltarían a sus camaradas maltrechos.

-¡Bien, no todo está perdido!-pensaba Cárdenas. La nueva Capitulación estaba en marcha, y Don Bermudo viviría después de todo. Y no había duda de que Sigura habría puesto a Hurtado de su lado incondicionalmente.

 

 

 

El viento soplaba con fuerza y agitaba los cortinajes del despacho de Gonzalo Dovalle en Mérida de Yucatán…

-¡Te he mandado llamar porque acaba de llegar un recado para ti, Álvaro, creo que debes leerlo!-el adelantado fue parco en palabras, al tender un fajo de pergaminos a su interlocutor.

-¡Con un poco de suerte han picado el anzuelo…!-Don Álvaro tomó los pliegos, con su mano izquierda enguantada en una garra de acero, se ayudó para desplegar los mensajes.

-¡Envían a matarte, y te lo tomas como un juego. Tengo la impresión de estar más preocupado por tu suerte que tú mismo!-susurró Dovalle. Su amigo y protegido parecía absorto en las cartas que acababan de llegar, el Adelantado de Yucatán se levanto de su sillón y se quitó el jubón, la noche era calurosa, se acercó al ventanal para respirar aire fresco y seguir con el hilo de sus preocupaciones-¡Supongo que los que han enviado por ti no serán vulgares mercenarios, vendrán bien amparados con sellos de Cancillería y en principio nada pasará de una detención…!-

-¡Mi buen amigo…-Álvaro se volvió hacia Dovalle- Como bien dices esto es un juego, en el que va la vida, y esta no es la primera partida que juego, hasta ahora no me ha ido tan mal!¡ Lo que sé, es que es muy importante escoger el tablero y el momento…Partiendo de ahí, las celadas las pongo yo mismo, y mis posibles captores se pueden convertir en presas!-

-¡Ya, vuestro sobrenombre, el Lince. Tenéis titulo de cazador, un animal fiero y astuto, en verdad con los piratas ingleses demostrasteis serlo!-

-¡Y con estos, será igual. Además no hace mucho me disteis una buena idea!-

-¡El Virreinato secreto…Andad con cautela, ese es un tema que me da que tendrá un mal final!-aconsejó el Adelantado.

-¡Por vida de…! – Álvaro levantó los papeles con júbilo- ¡Benditas cartas, aquí está todo lo que necesito saber, letras de manos amigas de Castilla, amigo mío!-

-¡Ea, veamos eso tan importante!-dijo Dovalle. Pero Álvaro apartó los pliegos con aire picaresco oliendo el billete que tenía en sus manos. A lo que el Adelantado respondió con un suspiro-Ahora además de perder la vida podéis perder la cabeza, ese perfume os trae recuerdos de otro tiempo!-Álvaro asintió sonriendo en silencio.

-¡Este pliego de cartas, es un mensaje de lo que más aprecio en esta vida, amigo Gonzalo. Luego os daré detalle!-

Siguieron unos minutos de silencio, Álvaro devoraba las misivas, y Dovalle liaba unas hojas de tabaco.

Pasadas todas las hojas, Álvaro sonrió triunfante y extendió los pergaminos sobre las tablas de la mesa, bajo el candelabro.

-¡Esta es de mi buen amigo Cervantes…El bueno de Miguel, da cuenta de los sabuesos que los albistas me han echado y esta otra…Es de una alta Dama de la Corte, que da detalle de lo que esos esbirros quieren negociar en las Indias, y sorprenderos yo soy el primer plato del festín del Duque, pero el segundo es nada menos…Que ese misterioso Virreinato, por lo visto lleno de enemigos del Duque!¡A decir verdad este asunto empieza a tomar un cariz que me agrada, recuerda uno de los negocios que traté en nombre de Felipe!-

-¡Este, también será en nombre de Su Majestad!-afirmó Dovalle-¡Ya os tengo redactadas y firmadas unas capitulaciones!-

-¡Quedo en deuda Don Gonzalo! ¿Qué puedo hacer por vos?- aseveró Álvaro.

-¡Pues, ir alerta, amigo mío…Hasta aquí las cosas andan revueltas, Martín Cortés, el hijo del Gran Cortés, cayó en desgracia, como Gastón Peralta su sucesor, un amigo de Alba les sustituye en Méjico, Pizarro, el hermano, se subleva, un Alba le sustituye en el Perú. El poder del Duque ha llegado hasta estos confines del mundo!-

-¡Pero todavía no asfixia. Por ello he tendido el anzuelo ahora, en tiempos por venir quizás no sería posible!-

-¿Tienes un plan, verdad?-preguntó el Adelantado exhalando el humo del cigarro.

-¡Primero tengo que ver al hombre que ha traído esto!¡Pero independientemente de esto, dentro de dos jornadas saldré de Mérida en dirección al Sur, hacia Nueva Granada, y después por la Ruta de los Marañones hacia Siete Virtudes, pero abandonaré vuestra plaza, Gonzalo, como un buhonero viejo y contrahecho, de aspecto mestizo…Y si deseas ayudarme, harás que un supuesto Don Álvaro, parta ostentosamente hacia el Norte, en dirección a Méjico, eso me dará un tiempo que necesito para preparar la sorpresa que se van a llevar esos caballeretes!-

-¿Cuántos son, Álvaro?-

-¡En principio cuatro, pero traen capitulaciones para entrar al Sur de Nueva Granada, aunque allí haya algo más que indios!-

-¡Ya, como lo de Florida, allí estocinaron a una colonia de franceses, por herejes e invasores! ¡Pero si hay capitulaciones, hay Orden Real, Álvaro. Os enfrentareis a los designios del Rey Felipe!-

-¡No hay Orden Real…Hay sello de la Inquisición!-

-¡Dita sea! ¡Esos chorizos por aquí…Si nuestro buen Rey Felipe permite que esas gentes chalaneen en Nueva España, estas tierras se convertirán en un polvorín!-

-¡No si yo puedo evitarlo!-

-¡Álvaro, esto os sobrepasa!-

-¡Os aseguro que Don Felipe, el Rey no está al corriente de esta maniobra del Duque!¡Con suerte le cortará alas en Nueva España y en Perú!¡El Duque es demasiado ambicioso e impaciente, y esta jugada le puede costar cara. Ya en dos ocasiones ha sido apartado del Consejo del Rey, y sabed que el Lince ha puesto en ambas ocasiones su parte en el negocio!-

-¡Necesitareis dinero y armas!-

-¡Primero ver al mensajero de Castilla!-

En una barquichuela, Don Álvaro y Gonzalo Dovalle bogaban sin ayuda de marineros hacia la silueta de un jabeque ligero y marinero anclado media milla mar adentro, cuya única señal era el farolillo del timonel. La noche era totalmente cerrada, sin luna, y sobre el mar de los caribes sólo se percibían las innumerables estrellas del firmamento, estáticas en lo alto, sobre los maderos que se mecían al capricho del discreto oleaje, el aroma salobre del mar lo invadía todo, así como la tórrida brisa, tan húmeda como caliente.

-¡Valiente deseo el vuestro, es casi de preñez…Bogar en esta noche de calvero y sin marinos!-

-¡Callad, Señor Adelantado…Esta noche entrarás en el Gran Juego, no te espantes, lo más evidente es mentira en estas partidas de naipe y espada!-

Lentamente se fueron aproximando al navío, Don Álvaro lo veía ya con claridad.

-¡Es un jabeque zelandés, un boejer, como dicen ellos, y lleva señal de Castilla…Quizás Don Luis esté tomando partido de forma clara!-Don Álvaro pensaba en voz alta. Tras unos golpes más de remo distinguían ya la borda, un vigía les apuntaba con un arcabuz ligero, uno de los celebrados mosquetes modernos.

-¡Alt! ¡Quien va!-el marinero con tosco acento zelandés intentaba hacerse entender en algo que a él le parecía castellano.

-¡Anunciad a vuestro capitán que el gobernador de Yucatán desea verle!-Dovalle respondió molesto, el acento del centinela de a bordo le recordaba más las maldiciones de los corsarios enemigos que las entrañables voces de la marinería de Castilla-¡Por Cristo, Don Álvaro, que esta noche me siento espía y traidor!-dijo por lo bajo.

-¿Traidor, a quien, a los Alba tal vez? ¡Ea, alejad los recelos y remad!¡Si supierais cuantos buenos súbditos tiene el Rey en Flandes, y que ese infame buitre de Alba lanza constantemente en brazos de la rebelión…!-

En la borda apuntó una silueta gigantesca, de rubios cabellos, casi blancos.

-¿Quién os acompaña, Don Gonzalo?-con acento alemán el gigantón se dirigió a los de la barca.

-¡El destinatario de las cartas!-resolló ya agotado de remar Dovalle.

-¡Damm!-rugió el gigante, y acto seguido impartió unas órdenes secas en su gutural idioma natal. En el acto un marinero se lanzó a las aguas asiendo un cabo y una escala de mano fue desenrollada desde la borda .En unos instantes estaban siendo jalados desde el jabeque. Los dos españoles treparon ágilmente rociados en sudor hasta la cubierta. Fueron introducidos en el camarote del jabeque.

Por espacio de dos horas, en el camarote, Alexander, el capitán y Eleazar, el amanuense judío habían puesto al corriente a Don Álvaro y al Adelantado de los detalles de la conspiración y sus alcances, Don Gonzalo no salía de su asombro. Antes de la despedida, el judío entregó su especial misiva.

-¡Don Álvaro de Sobrarbe…Muchas cosas dependen de vos, necesitareis recursos, me han asegurado que sois muy capaz, y a vos nos encomendamos, buenos castellanos que lo son a pesar de no ser de católica fe, ni de sangre goda. Sabemos que necesitareis medios, por ello os traigo esto!-el sevillano tendió una faja de cuero tachonada de bolsillos repletos de piezas de oro, una verdadera fortuna-¡Esto os facilitará las cosas que debéis hacer!-

-¿Necesitas algo más?-el alemán clavo sus ojos claros en el Lince.

-¡Dos de esos arcabuces modernos, capitán!-el alemán asintió sonriendo.

-¡Naturalmente, y pistoletes ligeros de la misma espoleta, algún molde de bala y pólvora prensada…Pero tengo algo más para vos!-Alexander tendió un camafeo al castellano, una miniatura representaba el rostro de Doña Ana, Princesa de Éboli-¡Me dijeron que os daría fuerzas para seguir vivo!-

-¡Os dijeron la verdad!-Así de escueta fue la respuesta. Ricos y bien armados, todavía de noche, los visitantes se alejaron del “Amberes” con el peso de saberse piezas del engranaje divino que movía la Historia del mundo.

 

En los muelles de Santo Domingo, Don Luis supervisaba el embarque de provisiones en el “Santa Sangre”, a regañadientes había tenido que admitir que su misión y la del buque de los Caballeros de Santo Cristo, no finalizaba con el desembarco del pasaje castellano, las credenciales de Antonio de Sigura eran concluyentes en ese aspecto.

El grupo de inquisidores había decidido la estrategia a seguir, Cárdenas, Atienza, y Sigura, se dirigirían a Yucatán para encontrar y perseguir a Álvaro de Sobrarbe, Don Bermudo y García Luque con el apoyo de Don Diego Hurtado Méndez organizarían la mesnada a embarcar con las capitulaciones de las que el grupo era portador.

La línea era muy clara, primero acabar con el rival de siempre, después y a través del recién nombrado Virrey de Nueva España intentar la sustitución de Antonio Dovalle por un hombre más próximo a los intereses del Duque de Alba que el Adelantado del Rey en Yucatán, y finalmente navegar hasta el Sur de Nueva Granada para arrasar aquella blasfemia de Siete Virtudes.

Los hombres de Alba se abrazaban con sincero sentimiento, la singladura, a pesar de la dureza de Sigura rayana en la locura, les había unido y se sentían camaradas hermanados por una triple misión santa y bendita de la que no se descartaba el beneficio económico.

El caballero portugués contemplaba la escena sin entusiasmo, se sentía atrapado, había tenido que licenciar marineros por orden de Sigura, que los había sustituido por soldados castellanos y enrolados de fortuna, el “Santa Sangre” había sido confiscado de hecho, por la Inquisición de Castilla, él y sus oficiales, sentían un resquemor especialmente contra el verdugo de Sigura, demasiado sanguinario para ser un buen cristiano.

Los botes trasladaban todo lo necesario…En breve partirían rumbo a Mérida de Yucatán, y atracarían en Sisal, otro de esos incómodos puertos de playa castellanos, con tan poco dragado que cualquier maniobra de desembarco requería medias jornadas, y la ciudad estaba además media jornada en el interior.

Ninguno de ellos lo sabría jamás, pero el mismo día y a la misma hora, partía el “Santa Sangre” de Santo Domingo rumbo a Yucatán, el “Amberes” de Yucatán hacía un puerto incierto al Sur de Nueva Granada, un buhonero mestizo de cabellos canos y tuerto, de los arrabales de Mérida hacia el Panamá, y un noble de gran parecido con el amigo del Adelantado del Rey, cruzaba la puerta norte de la empalizada de Mérida en la ruta de Méjico, sobre un nervioso corcel.

 

El camarote del “Santa Sangre” ya era familiar al grupo que comandaba Sigura. El oficial del Santo Oficio repasaba con sus hombres su plan, una y otra vez. No quería dejar nada al azar.

-¡No debemos ser avistados al llegar, hemos de aparecer por tierra y sin ser esperados, no sé hasta qué punto nuestro negocio es secreto ,y tratándose de Don Álvaro toda precaución es poca. Además está ese Dovalle, según parece le tiene en gran estima, es un enemigo a batir una vez Álvaro sea ya festín de los buitres. Nuestro segundo objetivo es hacer de Mérida la segunda base para desde ahí lanzar en tierra firme las capitulaciones, conseguiremos gente y pertrechos!-

-¡No veo la necesidad de llevarnos por delante a Dovalle!-protestó Cárdenas a quien la idea de atacar a un Adelantado del Rey en su plaza le parecía más un motín que una misión.

-¿Es que no lo entendéis? ¡Sea por el asunto de los piratas de Panamá, o por amistad con Don Luis de Requesens, Dovalle y nuestro enemigo han actuado como aliados en el último año. Son camaradas de armas…Un lazo muy difícil de romper, a no ser con la muerte…De ambos!-respondió Sigura.

-¡Deseo haceros una observación,-Atienza intervino-el capitán de la nao, Don Luis, no nos ve con simpatía, hay algo en él que me inclina a pensar que en un momento u otro lo tendremos en contra!-

-¡Vos si que sois agudo!¡Valiente hallazgo, eso se respiraba desde el primer día, mucho Caballero del Santo Cristo, pero tan sólo es un petimetre portugués, un día no muy lejano tendremos a esos perros bajo nuestras botas!¿Por qué creéis Atienza, que hemos dejado un oficial junto a Luque y vos sois el tercer oficial del “Santa Sangre”?-

-¡Pues porque soy marinero de condición, Don Antonio!-

-¡Dejad…! ¡Estáis en el Consejo de navegación de esta nao, y a la mínima que Don Luis de Gama se encabrite…!-Sigura acabó la frase con el significativo gesto del degüello-¡Sin reparos!-

-¡No será necesario, Don Luis es un caballero cristiano y leal, a buen seguro entiende nuestras razones, a pesar de que no simpatice con vos, Sigura!-

-¡Ni yo con él!-quiso aclarar el inquisidor.

-¡Con Álvaro de Sobrarbe muerto y Mérida a nuestra disposición…El negocio del Virreinato será cosa fácil!-celebró Atienza, que ya se veía fletando embarques de plata hacia Castilla.

-¡Ahí está la cuestión, primero acabar con ese perro…!-dijo entre dientes Sigura.

-¡Estoy seguro que ya tenéis un plan!-sonrió Cárdenas.

-¡Habéis acertado Don Pedro, ahí va…!-

Sabedor de que tenía a sus dos camaradas en vilo, Sigura realizó un gesto teatral, aguantó el silencio y centró su semblante en la luz que penetraba por el ventanuco del camarote, cuando hacía eso, la cicatriz que recorría su rostro se marcaba en sangre, y él lo percibía, entonces una sola imagen se le aparecía, Álvaro de Sobrarbe agonizante, y él mismo retorciendo su espada en las entrañas del hombre que no podía dejar de odiar.

Como si Cárdenas en su rectitud percibiera el acceso de odio contenido que sufría Sigura le urgió a dar las instrucciones que esperaban.

-¡Venga ya, Don Antonio, o atracaremos en la playa de Mérida antes de saber lo que debemos hacer!-

Atienza enarcó las cejas, ese tiempo dominado por el odio expresado solamente por la mirada y las facciones endurecidas le produjo en primera instancia perplejidad, pero conforme el silencio se hacía más sólido, sintió el vello de su cuerpo erizarse como si Satanás andara entre ellos.

-¡No tenemos garantía-arrancó el inquisidor-de que el secreto de nuestra presencia esté bien guardado…Si esto es así, me juego mil ducados a que si alguien lo sabe es ese maldito lince de Don Álvaro. Por ello, esta nao no atracará a la vista del puerto de Mérida, lo hará más al Sur, y no cerca de la costa, nos serviremos de la chalupa para desembarcar!-

-¡Entonces perderemos la fuerza de aparecer de repente…!-soltó Atienza.

-¡Muy al contrario, Don Balastar-respondió con cruel sonrisa Sigura- Desembarcaremos Don Pedro y yo, vos os quedareis para vigilar al portugués, de Mérida parten dos rutas, una hacia el Norte, y otra hacia Panamá, en el Sur…Si nuestra presa está al corriente, partirá de Mérida, le conozco lo suficiente para saber que intentará escoger el terreno de la pelea. Tardaremos dos días en saber si ha huido de Mérida, bien sea hacia Méjico o hacia Panamá, Don Pedro recorrerá la ruta de Méjico, yo haré lo propio hacia Panamá por una jornada, y realizaremos una encuesta para averiguar si Álvaro de Sobrarbe y su garra de acero han pasado por ahí…Una jornada alejándonos de Mérida y otra para volver, nos reuniremos de nuevo en la Iglesia de Mérida, eh Don Pedro?-el aludido asintió con la cabeza.

-¡El Santa Sangre se presentará ante el amarradero del puerto al amanecer del tercer día, y esa es vuestra responsabilidad Don Baltasar… Quizás, con un poco de suerte, ese perro esté ya llamando a las puertas del infierno!-

 

La ruta que conducía hasta Panamá, se internaba en los parajes del Petén, infestados de indios no reducidos y hostiles, lugar de paso inevitable para llegar a Guatemala y desde allí proseguir hasta Panamá.

Por tierra, desde Mérida hasta Panamá representaban cien jornadas a pie, bien montado no llegaba a una tercera parte…A la duración del viaje había que añadir los riesgos de un territorio que presentaba por si mismo más riesgos que el acecho de los idolatras. Y en el inicio de ese camino se hallaba un falso buhonero que partió de Mérida de Yucatán por la puerta falsa, con la sabia intención de no ser notorio a su paso por las alcabalas de Mérida, se agrupó con otros buhoneros, tratantes indios conversos y dos carromatos que se desplazaban hacia Rio Azul con armas y arreos escoltados por cinco soldados meridanos, uno de los cuales le era bien conocido. El buhonero que se unió al grupo solo atravesar la empalizada, llevaba consigo el billete recibo conforme había liquidado el impuesto de su mercancía. Tras mostrar el billete, nadie volvió a reparar en él…

La segunda jornada finalizó en los alrededores de un poblado sometido, Acanceh. El misterioso buhonero se dirigió al cabo de la escolta de los carros.

-¡Tengo familia aquí…Y aunque por ser hijo de castellano no me aprecian en demasía quisiera visitarlos mañana. Me uniré de nuevo a la caravana por la tarde, andaré ligero para alcanzaros!-

-¡Como si no vuelves mestizo…Menos trabajo!-el cabo escupió palabras y semilla de papaya al mismo tiempo. La lumbre del campamento le infería un aspecto bárbaro, mal afeitado, moreno, con lamparones de suciedad y el yelmo mal ceñido a la testa, pelando la fruta con una daga de medio codo.

Aquel trato, unido al calor sofocante de pantanos, y la visita de serpientes y otros amables pobladores de la selva y monte lacandón eran el prólogo de un viaje infernal, pero el buhonero tenía otros planes, no estaba dispuesto a deambular por espacio de cien días por el istmo que unía Nueva España y Nueva Granada, y más cuando conocía apretados pero seguros caminos despejados, olvidados incluso de los hijos de los mayas que los habían trazado y empedrado, por los que un hombre podía cruzar montado, aquel infierno, en poco más de de veinte jornadas.

Al ponerse el sol, tras la cena, el mestizo se despidió de sus compañeros, y emprendió el corto camino que ascendía hasta Acanceh, un poblado que reposaba en la falda de unos montes trabajados en terrazas para el cultivo.

El buhonero apretó la marcha, antes de llegar al poblado tal y como le indicó Don Gonzalo Dovalle, sobre el camino se hallaba una cabaña de pastor, un farolillo señalaba la presencia de alguien, atado a un poste estaba su caballo, y junto a la cabaña Nuño, el indio hermanado con Dovalle, de la misma estatura que Álvaro y facciones regulares, no era maya, ni lacandón. Había venido con Martín Cortés, era un guerrero del norte de Méjico liberado por los castellanos, por Dovalle, de ser sacrificado en los altares paganos que todavía quedaban en las selvas interiores al norte de Tabasco. De hecho entre él y el buhonero no había una gran diferencia…Al verse se abrazaron cordialmente, el buhonero empezó a desnudarse tras dejar los cestos que trajinaba, y mudó su aspecto por el de un soldado correo, peto de cuero, una ballesta, espada simple y yelmo. Al limpiarse el rostro, las facciones de Álvaro surgieron sin barba, una precaución elemental. Ambos hombres sin mediar palabra vaciaron los cestos de buhonero, dos arcabuces modernos, daga, espada toledana, pistoletes de buena factura, frazada y recado de escribir, así como los trastos de hacer lumbre, y buenas balas de plomo. El nuevo correo llevaba un cinturón ancho tachonado de bolsillos cargados de oro. Álvaro lo disimuló bajo una faja de lana, como la daga y un pistolete. Realizaron la operación con sigilo, Nuño se puso los andrajos de buhonero y cargó los cestos con bolsas de grano y baratijas.

-¡Mira Lince…Gonzalo te ha puesto en el caballo, más dinero, comida, un papel que habla y guía, hecho por un fraile…Y su espada, por si rompes la tuya!¡Gonzalo como yo te queremos, ve con el buen Dios, y cuidado Lince!-

-¡Gracias Nuño, saluda a Gonzalo en mi nombre. No te ofendas con el cabo de la caravana de Rio Azul. Es un teule estúpido, pero si te ofende gravemente, mátalo, yo daré fe de que se lo merecía cuando regrese!-

El castellano y el mexica se abrazaron para despedirse, uno tomó un atajo rodeando el campamento de los castellanos a caballo y bien armado, y otro recién metido al negocio de buhonero se dirigió al campamento dispuesto a parecer el mismo que unas horas antes lo había abandonado.

La luna expandía una intensa luz azulada en las colinas que el aparente correo recorría velozmente, una legua al Sur nacía de nuevo la jungla que albergaba las peligrosas lagunas del Petén, allí se iniciaba la ruta olvidada de los mayas, que le permitiría viajar hacía el Sur sin ser visto…

 

Tres jornadas después, bajo el tórrido sol de Julio, Don Pedro Cárdenas cruzaba la plaza porticada de Mérida en dirección a la Iglesia, no podía simular su satisfacción y apretaba el paso con intención de ver a Sigura lo antes posible.

Al cruzar el umbral del templo, sus pupilas solo percibieron la oscuridad, tan brusco fue el paso de la soleada plaza al frescor de la Iglesia. Lentamente se fue adaptando a la débil luz de los racimos de cirios y velas. La lucecilla del Altísimo estaba encendida, buscó la pila del agua bendita, se descubrió y persignó arrodillándose. En unos instantes reconoció los cabellos trigueños de Sigura, que parecía orar en un rincón de la tosca basílica. Junto al altar un grupo de gruesas indias rezaban arrodilladas, en una capillita lateral, un castellano se confesaba al cura. No olía a incienso, en cambio el aroma a palma recién cortada lo invadía todo. Unos monaguillos de rasgos indios decoraban el altar con palmas verdes y flores de colores vivos.

Los dos hombres de la Inquisición se acercaron para cuchichear.

-¿Y bien?-preguntó Sigura.

-¡Teníais razón Don Antonio, le han visto salir de Mérida!-

-¿Es seguro que se trataba de él?-

-¡No hay duda, a caballo, con porte de caballero, una barba recortada y la mano izquierda cubierta por un guantelete!¡Ha partido hacia el Norte, hacia Veracruz!-

-¡Demasiado evidente pardiez!¡No me gusta nada…Si no fuera que no ha partido nadie rumbo al Sur estos días!-

-¿Nadie?-preguntó Cárdenas.

-¡Bien, una pequeña caravana escoltada por tres soldados, con un grupo de siete u ocho buhoneros, indios y mestizos. Pude hablar con los soldados, ninguno de ellos era el de Sobrarbe, en cuanto a los indios, ya podéis contar!-

-¡Tierras extrañas, estos dominios Don Antonio…Esos indios, algunos me producen escalofríos, nos miran con un rencor infinito!-

-¡Nos ha jodido Don Pedro, les hemos conquistado y reducido al cristianismo derribando sus templos blasfemos!-

-¡Deberían estar agradecidos por ser súbditos de Castilla y bautizados!-Cárdenas reprochó a Sigura la expresión vulgar en el interior de la Iglesia.

-¡No seáis ingenuo Don Pedro, estos salvajes eran antes capitanes, corregidores, alcaldes, obispos y reyes entre los suyos…Hoy son nuestros siervos. Ayer tarde- siseó excitado Sigura- estuve con los tres soldados que os he dicho, uno de los buhoneros, un indio se encabritó y si no pongo remedio mata al cabo de los nuestros!-sonrió fieramente al decir esto y mostró la hoja de su daga que destelló fugazmente en la penumbra.

Al otro lado de la nave, el confesor percibió el brillo, y alzó su cabeza tonsurada. Resonó la tos de Cárdenas, como rumor de fondo los rezos de las gordas indias postradas ante el Jesús martirizado.

-¡Salgamos de aquí Don Pedro!-los dos castellanos hicieron una rápida genuflexión santiguándose y emergieron de nuevo a la luz cegadora del mediodía de aquellas latitudes.

-¡Ya ha dado inicio la estocinada…! ¿Eh, Sigura?-lanzó con cierta sorna Cárdenas.

-¡No había elección, era ese maldito indio o un cabo castellano!¡Además ese hombre está ahora en deuda conmigo, cuando vengan Luque y Don Bermudo a levantar la capitulación, él y los otros de su guarnición se nos unirán, la mayoría son gente ya nacida en las Indias…Conocen estas tierras y sus peligros!-

-¡No perdéis el tiempo!-

-¡Así es Cárdenas, y parece seguro que ese rufián no ha ido hacia el Sur, pero el caballero que va a Veracruz…Es demasiado fácil!-

-¡Veis fantasmas en todas partes! ¿Y si no supiera nada?¡Igual ha partido por algún negocio!-

-¿Hacia Nueva España? ¿Con un Virrey de la Casa de Alba?¿Qué especie de negocio?-Sigura retorció su expresión.

-¡Quizás asesinar al Virrey!¡Recordad lo del malogrado Don Francisco Javier de Uribe!¡El alcance de esta conjura traicionera parece ser mayor de lo que aparentaba al inicio!-Cárdenas abrió sus pupilas al hallar de repente una sórdida causa para el camino que supuestamente había escogido su presa. Andaban lentamente bajo los pórticos con los chambergos en la mano. Sigura se detuvo, y clavó sus ojos cobalto en las facciones severas de Cárdenas, disipó la expresión tortuosa y mostró sus dientes en una fiera sonrisa que resaltó la cicatriz y marcó las venas en las despobladas sienes.

-¡Eso tiene un sentido, Don Pedro…Asegurémonos de que ese asqueroso gato con trazas de diablo, no esté escondido en la ciudad y todo sea un treta de las suyas, y si lleváis razón cuando Atienza llegue, vamos a darle caza. A su tiempo nos ocuparemos de Dovalle, quizás quien corra peligro ahora sea el Virrey de Nueva España!-ambos apretaron el paso.

-¿Como sabremos si permanece en Mérida escondido?-preguntó Cárdenas.

-¿Como supisteis con tanto detalle del viajero de Veracruz?-Sigura respondió a la pregunta con otra.

-¡Pues indagué con el oficial de la alcabala, y una jornada después con unos castellanos que andaban buscando plata en unas casuchas que llaman Uscal y que tenían a su cargo unas docenas de indios! ¡Comieron con un caballero de mediana edad que cubría su mano izquierda con un guantelete de armadura!¡Al saber esto regresé a por vos!-

-¡Bien hecho Don Pedro!-

-¡No habéis contestado mi pregunta Sigura!-A veces la actitud de superioridad de Sigura molestaba a Cárdenas, cuando eso sucedía este no podía evitar llamarle secamente Sigura en vez de Don Antonio, un trato más respetuoso y afable a la vez.

-¡Abrid bien los ojos y el oído…Y aclarad las entendederas Señor oficial…!-Sigura profundizó en su tono de engreimiento a sabiendas que irritaba a su camarada, al que quería dejar bien claro quién mandaba en todo aquel trabajoso negocio que los había llevado a los confines del mundo. Aquella misma tarde, Atienza, el vizcaíno, debía atracar frente a las playas del puerto de la ciudad, y recorrer las leguas que separaban de Mérida, el mar…Y, lo hizo, a pesar de un tropiezo que le dejó maltrecho y le pudo haber quitado la vida.

El hombre, algo estragado vagó por espacio de una hora hasta dar con sus camaradas…Como vizcaíno era supersticioso, aunque de palabra denigrara las brujas, no tenía muy claro si su poder era más fuerte que el de los curas…Lo cual quería decir que no estaba seguro de que Dios estuviera sobre Satanás. Al divisar a Sigura y Cárdenas, se relajó y sintió en campo amigo.

-¡Ha sido terrible!-lo dijo con gravedad.

-¿Habéis topado con el Lince?-inquirió Sigura al ver un profundo corte en el brazo del espadachín cantábrico.

Atienza asintió con fuerza, más en silencio.

-¡Ahhhh, luego no está camino del Norte, sino agazapado en los alrededores, preparando su celada!-bramó alegremente Sigura entre las columnas de la porticada mayor. El vasco no podía más y se deslizó apoyado en una recia y cuadrada columna hacia el suelo, dejando un rastro de sangre en las piedras de la plaza castellana de Yucatán. Sus labios a pesar del dolor esbozaron un ritual: ¡¡¡ Cago en Dios…Sigura!!!¡No ha sido Álvaro de Sobrarbe, era un león de verdad!-

Con algo de dificultad Atienza pudo llegar al hostal, donde Cárdenas y Sigura habían instalado su cuartel general. Los profundos surcos que hendían la carne del vasco no dejaban de ser una complicación, Sigura había querido prescindir de cualquier médico de Mérida, y envió a Cárdenas al “Santa Sangre” a por el hipocrático de a bordo.

Antonio de Sigura había interrogado obsesivamente al herido sobre si el encuentro no había sido con el odiado Álvaro de Sobrarbe, pues según el Inquisidor, un hombre herido y con acceso de fiebres suele desvariar y también sobre si el capitán portugués se había insolentado o dado señales de futura traición. Cuando unas horas después y acompañados por Don Luis de Gama, llegaron las esperanzas de curación de Atienza, el sol se había puesto y mientras el galeno del buque curaba las heridas del vizcaíno, Sigura y Cárdenas se lanzaron a las calles en búsqueda de un último indicio del paradero de su presa.

El instinto de Sigura le advertía de que su presencia en el Yucatán ya no era un secreto, las preguntas a los soldados de las alcabalas debían de haber tenido alguna consecuencia, y ese instinto no le engañaba, pues mientras él y Cárdenas recorrían bajo los porches las callejas de Mérida en busca de la inevitable taberna en la que la soldadesca tiene la lengua fácil a cambio de seguir libando, Dovalle envuelto en una amplia capa, calzado con sandalias de esparto y acompañado por uno de sus indios, venido con él desde el Norte, los seguía a distancia y con sigilo. La muerte de Nuño, el leal mexica, a manos de uno de los intrusos era comentado por todos los soldados de Mérida, que odiaban a los indios protegidos por el Adelantado. Tan solo la mesnada de Don Gonzalo Dovalle, que luchó con él en Nueva España, apreciaba a los indios de éste.

-¡Estoy seguro de que nos están siguiendo!- susurró Sigura.

-No os preocupéis Don Antonio, en la próxima esquina les esperamos y salimos de dudas!- Cárdenas masculló entre dientes aferrando la guarda de su espada.

-¡Nada de eso, Don Pedro. Lo que nos interesa es ir directos a la taberna en la que haya más soldados! ¡Acelerad el paso!-le corrigió Sigura. Y torcieron la esquina sin detenerse y acelerando el paso, pues al fondo bajo una balconada se divisaban luces y los sones de una alegre bandurria recorrían el aire cálido de la noche, los ventanucos dejaban ver soldados alegres iluminados por candiles, cantando, bebiendo y lanzando pellizcos a las dos mozas que llenaban sus vasos de vino.

Dovalle, ya en la esquina hizo ademán de que su acompañante se detuviera, y ambos observaron las dos figuras envueltas en sus largas capas, llevando de la mano los chambergos emplumados que se dirigían hacia el tabernucho.

-¡Vaya gentuza… A buen seguro que llevan malas intenciones, pero nosotros se las cortaremos! ¿Verdad Juanillo?-el Adelantado sonrió bajo su bonete. El indio mostró al devolver la sonrisa, sus dientes.

-¡Vaya que si, Don Gonzalo!-dijo.

-¡Ea, ves al cuerpo de guardia, que vengan a buscar la escuadra de Jiménez, son los más levantiscos, harán guardia en la playa esta madrugada… Y que dentro de una hora pasen los de Castro de ronda por aquí. Van a quedar servidos estos hijos de mala madre…!-

Sin soltar palabra el indio desapareció y con toda tranquilidad, Gonzalo Dovalle se embozó y enfiló hacia la taberna de Pepe Checa.

El interior de la taberna tenía una animación más entonada de lo normal, a las chicas mestizas y la soldadesca se habían sumado los forasteros pagando una ronda, Sigura estaba metiendo brega en el corral, su intención no era otra que la de caer simpático a los hombres entre los que reclutaría la hueste de las capitulaciones, en unos días, una vez Álvaro de Sobrarbe ” El Lince” dejara de ser un estorbo. Dovalle entró embozado cuando el inquisidor estaba en plena faena, de un solo vistazo el Adelantado de Mérida catalogó de distinta forma al nervudo Sigura y al espigado Cárdenas, este último no le causó mala impresión, pero por mala fortuna para él andaba metido en el mismo negocio que el marrullero que entre los soldados alzaba su vaso brindando por los soldados del Rey en las Indias.

Uno de los soldados, miró fijamente a Sigura, y con la lengua algo trabada del mucho vino que llevaba entre pecho y espalda farfulló entusiasmado…

-¡Eh, son los forasteros, uno de ellos mató a un condenado mexica que insultaba a uno de los nuestros, a dos jornadas de Acanceh! ¡Brindo por él!- y levantó su vaso. Una mayoría de los soldados presentes se sumó al brindis rodeando a Sigura que de pronto veía favorecidos sus planes, Cárdenas estaba atónito, aquello era llegar y besar el santo.

-¡Yo no brindo con asesinos !- un gigantón de las fuerzas del Adelantado tiró su vaso contra el suelo- ¡ Nuño era un soldado leal a Don Gonzalo, y un buen compañero de armas, habíamos patrullado desde los bosques lacandones hasta el desierto del Norte, y jamás nos traicionó. Maldigo a quien lo mató!- y escupió al suelo. La reyerta estaba servida, aquello iba como anillo al dedo para las intenciones de Gonzalo Dovalle, que se mantuvo al margen pero con un pistolón amartillado por si era preciso acudir en ayuda del bueno de Iribarren, un veterano de Cortés que llevaba con él cinco años largos. Dos hombres más de las fuerzas de Dovalle se unieron al gigantón para hacerle costado, el resto de los parroquianos eran bisoños o hueste de la ciudad, poca milicia y mucha soberbia.

-¿Osáis llamarme asesino?-Sigura silbó la pregunta paladeando la sangre de nuevo, la insurrección contra Dovalle podía empezar inmediatamente-¿Acaso dais más valor a un indio que a un soldado castellano?-

-¡Nuño era un soldado leal al Adelantado del Rey, y además amigo mío!- bramó el gigantón aireando sus puños.

-¡Don Antonio, es mejor que dejemos esto !- Cárdenas aconsejó prudencia a su camarada, pues no veía claro el final del lance, para un hombre ordenancista como él, lo más claro era acudir ante el Adelantado y reclamar la colaboración para publicar las Capitulaciones de hueste…Promover un motín le repugnaba.

-¿Qué decís, Don Pedro…? ¡El honor de un castellano no puede quedar mancillado a causa de un vil salvaje, que estuvo a punto de herir a uno de los nuestros!- Sigura alzó sus puños en actitud desafiante mirando enloquecido al gigantón. Los soldados que no eran de las fuerzas del Adelantado rodearon a los tres veteranos, Sigura tuvo el honor de dar el primer golpe, pero el gigantesco cabo ni se inmutó, de una sonora bofetada proyectó a Sigura contra los soldados que rodeaban al trío, éste con la cicatriz enrojecida se puso de nuevo en pie y esta vez blandiendo una daga.

-¡Sigura, por amor de Dios!-espetó Cárdenas, pero le siguió para ayudarle. La pelea se había generalizado, los tres se defendían a golpes de silla frente a la pequeña turba que se había lanzado sobre ellos. Dovalle permanecía en un rincón, el tabernero, el pobre Checa, había desaparecido tras una cortina de tela india, los candiles vacilaban y entre el tumulto Sigura rugió:

-¡Dejádmelo a mí! – los otros se apartaron a pesar de que seguían algunos golpes, los vasos volaban y los insultos eran cada vez más fuertes; acompañado por Cárdenas, Sigura acariciando la mejilla enrojecida por el bofetón avanzaba hacia el gigantesco soldado con la daga en actitud de lanzar un tajo.

Había llegado el momento, se oía un rumor…Dovalle se desembozó y apuntó con su pistolón.

-¡Alto ahí, en nombre de Felipe, Rey de Castilla!- la tropa quedó paralizada, Sigura quiso aprovechar el momento y lanzó un tiento contra el soldado forzudo, le hubiera acuchillado el pecho de no ser que Pedro Cárdenas lo empujó hacia un lado.

- ¿Estáis loco, Sigura?-rugió Cárdenas que ya tenía bastante.

- ¡Por vida de… A este lo mato Cárdenas, y no os metáis en esto!-

-¡Un movimiento más y os disparo!- la voz de Gonzalo Dovalle tronó con la fuerza de saberse el dueño de la plaza. Por la puerta entraba una docena de soldados de su hueste, con las espadas desenvainadas. Sigura se quedó petrificado con la daga enarbolada.

-¡Ordenad, Don Gonzalo!- el sargento que mandaba el grupo de recién llegados se presentó ante Dovalle.

-¡Los de Jiménez que vayan a la ciudadela y se armen, harán guardia en los puestos de la costa dos semanas, los que estén ebrios, ese tiempo lo pasarán en los calabozos! ¡Iribarren, toma prisioneros a estos gallitos de pelea…A ver quiénes son! ¡Ah, Castro, que los de Jiménez vayan bajo el mando de uno de tus cabos, Jiménez ya no es cabo!- la taberna estaba siendo abandonada lentamente por los alborotadores bajo la vigilancia de las espadas desenfundadas de los hombres del sargento Castro. El tabernucho empezó a ofrecer un aspecto de normalidad a pesar de los destrozos que la breve reyerta había ocasionado, las narices de Pepe Checa aparecieron de nuevo al percibir que el temporal amainaba, tras él las muchachas mestizas no se atrevían a salir de nuevo al comedor. El llamado Iribarren tenía presa la muñeca de la mano de Sigura que empuñaba el arma con que intentó matarle, Sigura se retorcía de dolor pero no soltaba la daga, Dovalle le apuntó con el pistolón directamente a la cabeza a menos de dos palmos de distancia, Cárdenas rodeado por tres soldados observaba impotente.

-¡Daos preso, y soltad la daga o por Dios que os reviento los sesos, sois más fiero que valeroso, pero no creo que ante San Pedro os sirva eso de mucho!-

-¡Obedeced Don Antonio, cuando le presentéis las credenciales se aclarará todo!- solicitó Cárdenas.

-¡Callad estúpido!- sollozó Sigura.

-¿Qué credenciales?- preguntó Dovalle. Al no recibir respuesta de Sigura hizo un gesto a Iribarren, el gigantón retorció la muñeca de Antonio de Sigura que con un grito de dolor dejó caer la daga lanzando un aullido de dolor.

-¡Esto lo pagareis caro, Señor Adelantado!- le dijo jadeando de dolor. Dovalle ni se inmutó, recogió la daga del suelo y se la lanzó a uno de sus soldados que la cazó al vuelo.

-¡Os he preguntado, qué credenciales!- y volvió a hacer un gesto que fue seguido por una nueva retorcida de Iribarren en el brazo del inquisidor que bramó literalmente de dolor, pero siguió sin soltar prenda. Cárdenas realizó el gesto instintivo de echar mano a la empuñadura de su espada, pero sintió en el costado la punta de la de uno de sus vigilantes.

-¡Don Antonio lleva sus credenciales en un bolsillo de su ropilla !- Cárdenas reveló aquello para evitar sufrimiento a su camarada y en la convicción de que la fuerza de los pasaportes que llevaban, obligaría al Adelantado de Mérida de Yucatán a presentar disculpas y ponerse a su disposición. Dovalle miró a Cárdenas, y pensó para sí, qué podían hacer en la misma empresa un carnicero como el asesino de Nuño, el mexica, y aquel castellano de porte caballeroso.

-¡Registradle, hasta que salgan las credenciales!-ordenó a sus hombres.

-¡Sois estúpido Cárdenas!- graznó Sigura que se removía resistiéndose, hasta que al fin Iribarren se cansó y lo dejó sin sentido de un puñetazo en el rostro, Sigura cayó al suelo sin perder la rigidez, tan a fondo se resistía; dos soldados le registraron la ropilla bajo la mirada de Dovalle.

Cárdenas hizo gesto de ir en auxilio de su camarada, pero tres espadas le persuadieron y permaneció inmóvil a la luz parpadeante de los candiles. Uno de los soldados extrajo el pliego de documentos.

-¡Aquí están, Don Gonzalo!- dijo entregándolos al Adelantado.

-¡Las veremos en la ciudadela, de pronto estos dos a la mazmorra, presos! ¡Y esta taberna queda clausurada hasta nueva orden, el vino apesta!-dijo esto último lanzando una severa mirada a Pepe Checa, que se sentó en una de las pocas sillas enteras, con la cabeza entre sus manazas. Cárdenas fue desarmado con limpieza y el grupo abandonó la taberna rumbo al austero palacio de Dovalle.

Al alba, los carceleros les trajeron paja limpia, agua y un poco de pan de aspecto poco apetitoso. Sigura en el jergón se retorcía de dolor…

-¡A fe de Dios, que no sé que me duele más, si la cabeza o el brazo! ¡Qué estúpido habéis sido, Cárdenas!- reprochó.

-¡Es preferible esto a estar muertos, además cuando lean las credenciales todo se aclarará!- respondió el otro que había salido sin heridas ni magulladuras del lance de la madrugada.

-¡Tenéis el seso sorbido, Cárdenas. Estamos sin credenciales ahora, con las credenciales y pasaportes iban instrucciones que no deben ser conocidas por nadie más, y todo eso está en manos de Dovalle, amigo de Álvaro de Sobrarbe! ¿Es que no entendéis?- el inquisidor se paso la mano por la faz y chasqueó la boca como intentando alejar un mal sabor de la boca.

-¡Será todo lo amigo que queráis del “Lince”, pero ante todo es un oficial del Rey, el Adelantado de Felipe en esta provincia, ha de ser un hombre leal y justo!- respondió Cárdenas en tono de reproche a Sigura por la ligereza de sus afirmaciones.

-¡Sois tan cándido que como Vos sois un hombre leal e hidalgo, creéis que todo oficial también lo será. Y estamos en las Indias, Don Pedro. Aquí se mata por una fruslería, el Rey está muy lejos. Aquí sobrevive quien está dispuesto a matar!-

-¡Y como Vos, Don Antonio de Sigura sois un asesino, creéis que todos lo son!- la voz de Dovalle resonó en la celda en la que apenas si penetraba un haz de luz. Se abrió la recia portezuela de la mazmorra y seguido por dos soldados con sendos hachones para iluminar mejor los muros de la lóbrega estancia, penetró en ésta el Adelantado de Yucatán.

-¡No es digno de un caballero atender los razonamientos de otros a escondidas, aún cuando estén presos!-dijo con voz cavernosa Cárdenas que sentía como se le hinchaban las venas del cuello, de pura rabia.

-¿Espiar a unos inquisidores? ¡No, gracias. Vuestra conversación era tan descuidada, y en tan alta voz que no he podido evitar oírla!-

-¡Ya!- refunfuñó Sigura.

-¡Vuestras credenciales son de peso, traéis misión oficial del Gobernador de La Española, pasaporte del Tribunal del Santo Oficio, autorizaciones, recomendaciones y un billete sellado con lacre…Que no he violado…!-

-¡Con sello Real…!-soltó Cárdenas viéndose ya libre.

-¡No, caballero-cortó el Adelantado con severidad-el sello es de la Casa de Alba. Allí, en Castilla!- e hizo el gesto de señalar en dirección a España.

-¡Don Antonio, el sello Real…Vos me dijisteis…!-

-¡Callad ahora Cárdenas, y no malbaratéis más este negocio por el momento!-

-¡Ciertamente caballeros me sorprende que tan altos personajes y tan importante misión, el Gobernador de la Española os encomienda preparar la publicación de unas capitulaciones para formar hueste, hayan penetrado en la ciudad sin presentarse, las credenciales son para ello notables señores. Como también me sorprende que hayáis llegado en una nao solitaria, de pabellón portugués, en vez de venir con los galeones de la Carrera, que a buen seguro están próximos a ser avistados. Y como todo ello es sorprendente y sospechoso, hemos enviado a La Española la solicitud que confirme todos esos legajos que tengo a buen recaudo!-

-¡Te aseguro que lo pagarás caro, Dovalle. No puedes actuar contra los enviados del Gobernador de La Española, ni contra oficiales de la Santa Inquisición…-siseó como una serpiente rabiosa Sigura- Es que no has visto la firma del gobernador de Santo Domingo, Adelantado?-

-¡Precisamente, no conozco a ningún Gobernador de La Española llamado Don Diego Hurtado Méndez, si no recuerdo mal en el palacio de Santo Domingo reside Don Francisco Javier de Uribe!-

-¡Javier de Uribe, fue asesinado. Hurtado Méndez asumió el cargo por ser el Comandante de la plaza!-Cárdenas quiso esforzarse por aclarar las cosas.

-¡Ya y os firma una carta de órdenes, Méndez ha sido un torpe y tendrá problemas por haber asumido esa responsabilidad sin contar con la Audiencia !-respondió Dovalle- ¡ Nada en todo esto, parece estar en orden. Aguardaremos confirmación pero no sólo de un gobernador que muy bien habéis podido nombrar vuesas mercedes y con más razón podría yo deponer, mientras la respuesta nos llega, viviréis con estrechez pero por cuenta de esta pobre provincia del Yucatán!- el Adelantado quiso concluir con una cierta ironía, quería provocar una reacción que los hiciera admitir que habían venido a matar a Don Álvaro. Sigura reaccionó pero sin delatar su juego y también provocadoramente.

-¿Lo veis Don Pedro? ¡Este perro, nos retiene a pesar de ser consciente de quienes somos…Pero este hueso Dovalle no lo podrás roer!-Sigura se golpeó el pecho enloquecido. El dolor que aún sentía le enardecía más, y si no hubiera sido por los grilletes, se habría lanzado a una nueva reyerta. El Adelantado estuvo a punto de embestirle al sentirse insultado, pero contó hasta diez, y dedicó a la luz de las antorchas una gélida sonrisa a Sigura.

-¡Estás en un aprieto inquisidor, has asesinado a un soldado de mi fuerza, Nuño el mexica, aquí se le tenía en gran estima antes de que tú le hundieras la daga en la espalda. Estoy tentado de iniciar el auto antes de recibir confirmación alguna de La Española. Puedo hacerlo!-

-¡Bha, por un indio…Estaba atacando a un castellano, Vos lo sabéis !-respondió Sigura que se había olvidado del indio.

-¡Era un pagano, por Dios…!-protestó Cárdenas.

-¡Nuño estaba bautizado, era leal a las armas de Castilla y buen soldado, él salvó en un año más castellanos que Vuesas Mercedes en toda su vida habéis enviado herejes a los infiernos… Y en cuanto al castellano agredido, Perote Mazas es un encomendero al que se le expropió por los malos tratos dados a los indios…Aquí aplicamos las Nuevas Leyes de Indias, y según los otros soldados de escolta, fue él quién inició el altercado. A Perote, todos le quieren ver bajo tierra, así pues, erraste el juicio inquisidor!-tras decir esto Dovalle hizo una ligera reverencia sin sorna y se fue. En los pasadizos resonaban las maldiciones de Sigura que mientras ascendía por la escalera de caracol iban perdiéndose en los sótanos. Si otra cosa no, al menos estaba proporcionando a su amigo Álvaro, tiempo para huir o para tenderles una buena celada.

 

Con las primeras luces del día, Don Luis de Gama empezó a inquietarse, él sabía sobradamente que atracar ante una ciudad, y desembarcar sin presentarse ante el comandante de la plaza, era actuar como lo harían los piratas o corsarios enemigos.

Atienza todavía gemía de vez en cuando, tendido en un sencillo lecho con la rasgada espalda al descubierto y tiznada de los ungüentos que el bueno de Joao, el galeno del “Santa Sangre”, le había aplicado.

-¡Ya no puedo hacer nada más, capitán. En dos días estará bien, quizás sea mejor que volvamos a nuestra nao, la situación sin vuestra autoridad puede degenerar rápidamente!-

-¡También yo temo lo mismo Joao, pero no podemos dejar solo a Don Baltasar y así como está… Por eso padezco, y aquellos dos pájaros sin regresar!-suspiró Don Luis.

Pasearon ambos por la estancia que tenían reservada los inquisidores, parecían leones enjaulados, esporádicamente el herido se quejaba, entonces el médico acudía. Pasaron así dos horas largas, las campanas anunciaban la misa de novena hora, con un gesto enérgico Don Luis se puso la ropilla sobre la camisa, dudó en coger armas, y finalmente echó mano de las de Atienza.

-¡Voy a ver si encuentro a los castellanos, Joao !- y desapareció. El galeno que además de por otras causas, estaba muerto también de hambre, y que a la sazón hablaba bastante bien el castellano pensó en hacer lo necesario para proveer su estómago y eliminar al menos esta razón de morir, las otras, miedo, incertidumbre no eran tan fáciles de alejar.

- Por unos segundos que éste castellano descanse sin quien le vele, no se morirá – pensó para sí. Y salió en busca del hostelero, por si era posible conseguir unos bollos, o sopas de pan o lo que fuere con tal de calmar ese dragón que le roía las entrañas. Joao era ligeramente alto, sarmentoso, de piel agrisada y mirada lánguida, vestía de oscuro y desaliñado, sin embargo sus manos parecían hechas para curar. El buscaba que comer, y Don Luis de Gama a dos castellanos que se perdieron la noche anterior…

La mañana era reluciente y tórrida, el portugués tenía buen cuidado en andar bajo porticadas o en zonas sombreadas, a pesar de su golpe de genio no tenía plan alguno donde iniciar sus pesquisas. Yéndose él hacia la Plaza Mayor, cruzó con una escuadra de soldados que iba en la dirección de la que él venía. A pesar de cruzar por su mente el mal agüero, lo dejó pasar y redobló su marcha, alguien podría dar razón de los dos desaparecidos. Al llegar a la Plaza, arremolinados ante las escalinatas de la Catedral, un grupo de gentes, damas y caballeros revueltos charlaban animadamente, un palpito le indicó al buen Don Luis que antes de inquirir en el Palacio, sería interesante saber los chismes que corrían por la ciudad.

Se acercó discretamente, sin dejar de apoyar la diestra en el guardamano de la espada de Atienza…

Los comentarios de los fieles que esperaban entrar a Misa, giraban en torno a la determinación del Adelantado, según algunos soldados habían arrestado a dos forasteros, y según parecía inquisidores… A ninguno de los presentes les parecía deseable que los inquisidores, tan temidos, en Castilla, rondasen ahora por el Yucatán, pero todos ellos lo disimulaban ya que tenían la certeza de que tarde o temprano la Inquisición sería tan fuerte en las Indias como en España, si Dios no lo remediaba.

-¡Pardiez que arrestar a un inquisidor y acusarlo de haber dado muerte a Nuño, el mexica!-dijo uno.

-¡Pues a buen seguro, que el Adelantado de Su Majestad, sabe muy bien lo que hace!- respondió una dama muy puesta en elegancias y lazos, bajo el aleteo de su abanico.

-¡Sea como sea, Gonzalo Dovalle tendrá que rendir cuentas de su particular forma de gobierno…!- un tercero con pinta de hacendado alzó un dedo para aseverar que el gobierno era lamentable.

-¡Otro no hubiera salvado el cargamento del año pasado, ya me gustaría ver cómo se las hubiera arreglado Vuesa merced con los corsarios ingleses merodeando desde aquí hasta San Juan!- un caballero de los que se retuercen el bigote plantaba cara al hacendado.

-¡Ese no fue Don Gonzalo, sino su amigo, Don Álvaro!- un enjuto y sobrio cuarentón con aires de letrado y rata sabia corrigió al pisaverde partidario del Adelantado.

-¡Por cierto, hace días que no se ve a Don Álvaro cabalgar hacia las playas! ¿Dónde está?- preguntó una segunda dama, que hacía costado a la elegantona.

-¡No muy lejos del infierno, estad segura de ello!- remató el hacendado.

-¡O quizás deteniendo a los compinches de los que detuvieron ayer, se alojan en la hostería de la ciudad, y según dicen han llegado hasta aquí en un galeón solitario y de estandarte portugués!- espoleó el caballerete.

Justo en aquél momento, el capellán emergía a buscar su rebaño, y Don Luis ya sabía bastante, nadie reparó en que no ascendía por los escalones que conducían a la Eucaristía, nadie a excepción del cura, que reparó en la cruz de su ropilla, propia de los Caballeros de Santo Cristo.

El capitán del “Santa Sangre” había dado media vuelta para esfumarse y sin saber muy bien hacia donde, pero el capellán encargando a un monaguillo que acomodara a sus fieles, se dirigió a él.

-¡Eh, Vos, como os llaméis, atended un momento !- Don Luis le clavó su mirada, intuía que estaba acorralado, pero al instante adivinó bondad y no malas intenciones en la cara del sacerdote- ¡Esperad un momento, en la casa de Dios, nadie os molestará… Seguro que necesitáis de confesión!- El capitán portugués entendió aquello como lo que era, una posibilidad de recibir asilo y fuero. No se lo pensó, acudió al recinto sagrado de Mérida de Yucatán.

Cinco callejuelas más abajo, en la hostería, Joao, el galeno, devoraba unas sopas de pan con vino junto a la cocina cuando entraron unos soldados… El hostelero salió a recibirlos…

-¡Buenos días señores!-

-¡Ni buenos, ni malos, Maese Florián. Tenéis aquí alojado a uno o varios forasteros, nos los hemos de llevar!- contestó Iribarren que mandaba el grupo.

-¡No puede ser, uno está herido, el otro es su médico y está allí…- el hostelero señaló a la mesa de la cocina donde poco antes el cadavérico portugués devoraba las sopas de pan y vino, pero se interrumpió estupefacto, el galeno ya no estaba, y las sopas tampoco.

-¡Ha volado, Iribarren…!- dijo uno de los soldados que ya estaba en la cocina.

-¡Ya aterrizará, vamos a por el otro!- e ignorando las protestas del hostelero subieron a las habitaciones superiores. Maese Florián sabía que no cobraría ni de sus huéspedes, ni de Palacio. Su obligación era la de haber avisado al alguacil de Mérida de la presencia de los forasteros, pero como aquellos caballeros habían insistido tanto en que no deseaban darse pisto por el momento, él había ignorado las recomendaciones del bueno de Quiñones, capitán de la hueste de Don Gonzalo y mano derecha del Adelantado.

Así fue como Joao, agazapado en una bocacalle no muy lejana a la hostería de la ciudad vio como los soldados castellanos llevaban preso a Don Baltasar Atienza.

El galeno se había quedado más solo que la una en una tierra extranjera y sin poder pedir ayuda a nadie por miedo a ser encarcelado, pero a cuento de todo esto, se preguntaba donde andaría Don Luis. Pensándolo bien solamente tenía la salida de buscar al capitán del ” Santa Sangre” y confiar en que a Don Luis no lo hubieran apresado.

En las tabernas o en la Iglesia era donde podía alguien buscar información, especialmente si hablaba bien el castellano, ese no era su caso- pensó Joan-pero si el de Don Luis, así que decidió iniciar la búsqueda en los templos de Baco y en los de Cristo.

Había pasado prácticamente toda la mañana, le dolían ya los pies y algunos le miraban con extrañeza, la noticia de que habían apresado a unos forasteros que llegaron en una nao portuguesa solitaria había corrido por la ciudad. Joao, el galeno del “Santa Sangre” había recorrido el mercado de la plaza, más de veinte, entre mentideros, tabernas y figones sin resultado alguno y cada vez se hallaba más desorientado y cansado; de nuevo en la plaza recordó que había pensado buscar también en la Iglesia. Y hacia allí dirigió sus pasos, en actitud de buen cristiano.

Un grupo de chiquillos le siguió coreando una cancioncilla burlona hasta los mismos escalones, cuando empezó a subir le dejaron en paz. En la plaza, mucha gente le miraba, para su fuero interno Joao pensó que lo mejor que podía hacer era acogerse al recinto sagrado, de hecho hasta en Castilla se respetaba el fuero de los lugares santos, aunque las malas lenguas y los partidarios de los Braganza opinaban que no siempre era así.

Joao entró en la penumbra de la Casa de Dios, tomó agua bendita, y respiró hondamente, hacia él venía con una sonrisa franca dibujada en los labios el Caballero Don Luis de Gama acompañado de un sacerdote bajito y calvo.

-¡Joao, gracias a Dios…Estáis libre y a salvo!- Don Luis le abrazó.

-¡Lo mismo os digo Don Luis, yo temía por Vos. Unos soldados han venido a detenerme, a mí y a Don Baltasar!- respondió azorado el médico.

-¡Aquí estamos a salvo, el capellán es Don Braulio de Xinzo, de Tuy, y tiene amigos y familiares allegados, en nuestra Orden, él nos protegerá y es posible, que gracias a su merced, nuestros pasajeros puedan salir de la cárcel!- Don Luis presentó al cura que hacía las veces de Obispo, en espera de su nombramiento que nunca acababa de llegar.

-¡Don Luis…! ¿Y si nos olvidamos de esos pasajeros, especialmente el llamado Sigura?-

-¡Eso no es posible Joao, recordad licenciado, que tengo unas ordenes de nuestro Maestre que cumplir, y no me está permitido abandonar a estos castellanos, ni la misión que aquí les trae, ni a la nao…!-

-¡ Pero no temáis, Don Luis me ha puesto al corriente de que no todo es santo en los propósitos de vuestros pasajeros, y a pesar de ayudarles frente al Adelantado, no se irán sin lo suyo…Aquí se quiere a Don Álvaro. Se le quiere mucho!- al decir estas palabras el sacerdote miró con gesto burlón a Don Luis. El médico sonrió con cierta malicia al oír aquellas palabras.

-¡Pero y la nao…! ¿Como la recuperaremos? ¡Más de dos tercios de la tripulación son castellanos enrolados en La Española… Mientras que los nuestros, quién sabe dónde estarán ahora, si es que están en alguna parte!-preguntaba el galeno.

-¡Confiad en Dios, hombre de poca fe!- susurró el capellán, y les hizo el gesto inequívoco de que le siguieran, iban a salir de la Iglesia.

 

Habían pasado unos días, Baltasar Atienza andaba mejor de sus heridas en la espalda, y a excepción de Don Luis que permaneció teóricamente arrestado en las mazmorras del Palacio de Mérida, el resto del grupo estaba confinado en la hostería, pero fuera del odioso presidio.

En aquellas estancias, sin poder partir hacia el Norte, pendiente de un auto por haber asesinado a un indio, desarmado y profundamente humillado, Antonio Sigura se removía como una fiera enjaulada. Ni tan solo la mejora de Atienza consiguió atenuar el odio atroz que estaba alumbrando por Don Gonzalo Dovalle. A menudo en sus leoninos paseos mascullaba maldiciones e insultos. A Cárdenas se le hacía insoportable ver así a su capitán y sentía una extraña mezcla de compasión y vergüenza ajena al verlo de aquel modo.

-¡Parad de una vez, peor lo estará pasando Don Luis!- estalló finalmente.

-¡Don Luis, Don Luis… Don Álvaro, me preocupa, galopando hacia el Norte, quien sabe si estará ya afilando su daga para dejar a Nueva España sin Virrey. Como que es de la Casa de Alba…!-respondió Sigura.

No pudieron seguir hablando, Joao asomado al balcón les hizo señal de que callaran…

-¡Sss… Llegan soldados de Palacio!- exclamó el portugués.

Instantes después y debidamente escoltados se dirigían hacia el Palacio de Don Gonzalo Dovalle.

-¿Qué habrá sido de Don Luis?- se quejaba Joao, el médico.

Fueron conducidos a la Sala de Audiencias del Adelantado, y éste acompañado por su capitán, el fiel Quiñones, les aguardaba.

Hubo un momento de tensión, Sigura aguantaba enfurecido la mirada de Dovalle severa como el acero.

-¡Caballeros hemos deliberado, hemos consultado con el letrado de esta ciudad, cuyos méritos le permitirían ser Real Oidor… El auto contra Don Antonio de Sigura no podrá celebrarse hasta que regresen los testigos de su crimen, en cuanto a los demás vuestra presencia aquí es innecesaria para esta provincia, pero en vuestros documentos credenciales consta la concesión de unas capitulaciones para formar hueste; pero también pone en esos documentos que la hueste partirá de Nueva Granada… Este no es vuestro puerto, Don Antonio Sigura, en buen juicio os deberíais dirigir a Cartagena de Indias y no a Mérida de Yucatán. Pero hay más, desde siempre las capitulaciones tan sólo las concede y firma, el Rey, salvo raras excepciones, y la desgracia de los marañones en pos de El Dorado ha aconsejado a Su Majestad restringir ese recurso, para ganar más dominios, por tanto dudo de la legalidad de esas capitulaciones…!- Aquel comentario por parte del Adelantado sumió en la lividez a Sigura, que se sentía además de preso, humillado; a pesar de ello el oficial de la Inquisición, tuvo los arrestos necesarios para responder.

-¡Óyeme bien, Adelantado… Que Dios te acoja confesado porque yo no dudaré en validarte el pasaje hacia el infierno en cuanto lleguen los oficiales de La Española!-

-¡Malgastáis las agallas, mas os vale ahorrar fuerzas para vuestra empresa, pues a buen seguro no os va a ser tan fácil como creéis…!-

-¡Con hijos de perra como Vos en los gobiernos de estos estados, cualquier empeño es de difícil logro!- respondió Sigura escupiendo su rabia.

-¡Don Antonio, por Cristo!- le susurró Cárdenas.

-¡No os apuréis, Don Pedro, ya sabemos de los humores que se gasta Don Antonio Sigura!- Dovalle sonrió con una displicencia insultante dirigida especialmente al Inquisidor, que tragó el sapo pensando para sus adentros que el zorro de Dovalle les estaba incitando a marchar hacia Cartagena, es decir hacia el Sur…Señal clara, pensaba el oficial del Santo Oficio, de que su protegido El Lince se ocultaba en el Norte.

Dovalle prosiguió con su parlamento…

-¡En cuanto al capitán portugués, permanecerá aquí como su nao, en espera de las noticias de La Española, la tripulación a excepción de los portugueses ha sido censada para ayudar al reparto de lo que llegue en los barcos de la Carrera…Tanto él como su médico serán separados de vuesas mercedes, la presencia de un buque portugués no es normal, y todas las precauciones ante la llegada de los buques de Castilla, son pocas!-

-¿Acaso nos tratáis de piratas?- preguntó indignado Don Pedro- ¿No habéis visto nuestras credenciales?-

-¡Don Pedro, a los piratas los colgamos de una soga en la plaza mayor, me parece que a vuesas mercedes no se les ha dado ese tratamiento!-

-¡Confesad que gozaríais con ello…!- propuso Sigura.

-¡Sois autor de un asesinato, no abuséis de mi paciencia! ¡En cuanto al médico se quedará aquí, Don Baltasar ya puede valerse por sí mismo; caballeros esta audiencia ha terminado, no abandonéis la hostería y todos nos ahorraremos pendencias!-

Los tres castellanos, escoltados por los soldados de Dovalle abandonaron el palacete rumbo a su confinamiento, al verlos partir Dovalle sonrió para sus adentros, se hubiera jugado su paga a que aquellos bribones se escapaban rumbo al Norte, él al menos en un nuevo intento de ayudar a su amigo les había puesto la trampa.

El médico fue llevado a presencia de Don Luis que se hallaba a sus anchas y bien alojado, las oraciones del párroco habían surtido efecto.

No muy lejos del feliz encuentro entre los portugueses, y ya solos en sus estancias los castellanos parlamentaban.

-¡ Está muy claro Cárdenas, ese hijo de perra nos inmoviliza para dar tiempo a que el de Sobrarbe asesine al Virrey, tras esto hay una conspiración de mucho mayor alcance del que nos creíamos, nuestra obligación es escapar y marchar sin reposo hacia el Norte, alcanzar al Lince e impedir que realice su plan!- indicaba Sigura.

-¿Creéis que llegaríamos lejos?- preguntó Atienza.

-¡Si nos quedamos aquí, seguro que no!- remató Sigura.

-¡Eso está claro, Don Antonio…El problema es cómo hacerlo con un mínimo de posibilidades de éxito en la empresa!- Cárdenas detuvo su reflexión a causa de un ruido en los portones del ventanuco.

-¿Qué es eso?- el agitado Sigura se dirigió hacia la ventana.

-¡Tened precaución, Don Antonio. Puede ser una trampa del diablo ese de Dovalle!- susurró Atienza quejándose de sus recién sanadas heridas.

-¡Al diablo la prudencia, Atienza… Parecéis una novicia!-y se abalanzó sobre el alfeizar de la ventana.

Al pie vio a un soldado, le recordaba uno de los arrestados en la reyerta de la taberna, el llamado Jiménez y que había sido degradado por el Adelantado. Sigura se felicitó, el rencor era uno de los tradicionales aliados en conjuras y negocios contra gobierno, y él se preciaba de manejar bien esa emoción en el corazón de los otros. Se giró hacia sus camaradas y triunfante sonrió al exclamar: ¡Dios no nos abandona!

No fue necesaria la incitación de Sigura, el cabo degradado y sus tres compañeros arrestados habían burlado su arresto y se proponían escapar ayudando a los que se les antojaban “señores muy principales” y así escapar de la disciplina que Dovalle estaba imponiendo en la ciudad y su provincia.

Con sigilo pero sin contener su alegría, Sigura y su pequeña tropa iniciaron su particular éxodo de Mérida de Yucatán rumbo a la norteña Veracruz; con el ánimo de matar a Álvaro de Sobrarbe, y salvar al Virrey.

La ruta del Norte era boscosa en un principio, pero paulatinamente se aproximaba a la costa y se despejaba de la protección del arbolado, razón por la cual tanto Sigura como Cárdenas no concedían cuartel al ritmo de la cabalgada, a pesar de, que peninsulares ellos, padecían con más rigor el clima de aquellas tierras. Ellos no eran conscientes de que su rapidez era conocida en el palacio de Dovalle…

 

-¡Tal y como suponíais, Don Gonzalo, han huido hacia el Norte, sin duda han tragado el anzuelo!-

-¡Muy bien Quiñones, enviad a Juanillo, con Iribarren y dos soldados de los nuestros, hacia el Norte, Albareda debe saber que ese asesino va hacia él!- La preocupación del Adelantado en aquellos momentos era salvar la vida del cebo y prender a Sigura intentando cometer una segunda felonía. Dovalle suspiró al ver partir al capitán Quiñones para cumplir su orden y no pudo evitar pensar en su amigo, perdido en las junglas del Sur.

 

Lejos ya de allí, a doce jornadas de Mérida, Don Álvaro echaba cuentas de cuál sería la situación en la capital del Yucatán, pero fuera como fuera estaba seguro de que el sanguinario oficial de la Inquisición y sus camaradas acabarían por descubrir el engaño de Dovalle y le buscarían en el Sur, además su pretendida misión era acabar con el virreinato secreto, y era por ello que no cesaba de meditar la celada con la que acabaría con la pesadilla de Sigura.

El agente albista le había seguido desde Lepanto hasta Las Indias con el único propósito de matarle, él sabía que inspiraba en el inquisidor un odio inconmensurable, y esa era precisamente su ventaja, aprovecharía la cerrazón de ese intenso odio para vencer a su mortal enemigo, por algo le llamaban el Lince.

Con sus ojos de color miel repasó las copas de los arboles que constituían la tupida selva por la que discurría tímidamente la ruta enlosada y casi desaparecida que le conducía hacia San Juan de Panamá, el caballo su único compañero, había descansado… Don Álvaro se acercó a la charca y se vio vestido de simple soldado con el morrión, el yelmo que los soldados españoles habían paseado desde Flandes hasta los confines de aquellos reinos salvajes, su guantelete cubierto con una manopla de cuero le recordó la cuenta pendiente con Sigura, afortunadamente la ira y ofuscación del personaje le impidieron advertir que se equivocaba de mano al ejercer de verdugo. De aquello hacía ya sus buenos catorce años, durante los cuales él no había dejado de amargar la existencia a los partidarios de Alba y particularmente al miserable de Sigura.

Dejó que su rocín descansara algo más, la ruta secreta de los Itzaes, transformaría un viaje de cerca de noventa jornadas en algo más de treinta, de una taleguilla sacó un poco de mojama y mascó con apetito. De modo distraído se fijó en el dije que le había llegado de la lejana Castilla, aquella imagen de la adorada Ana de Mendoza… Y aquellas noticias de que estaba a punto de enviudar, eran como un guiño del destino, solamente que al otro lado del mundo. Por eso necesitaba librarse de la pesadilla de un inquisidor que le perseguía con tanta contumacia.

En un instante decidió que el descanso duraba ya en exceso y pasó las riendas de su montura tras las crines, montó en un suspiro y reinició el camino sobre las losas que casi desaparecían bajo el avance de la vegetación.

Le faltaban unas cinco jornadas para salir de la península del Yucatán, y de la ruta maya, alcanzaría el golfo de Honduras, allí tendría la posibilidad de elegir si proseguía por tierra o si tomaba un bote o cualquier otro buque, la prudencia aconsejaba que se internara en las selvas de Honduras, de hecho cuando estuvo con Juan Aguirre, el Renegado, saboteando la expedición del corsario Francisco Draque, recorrió el istmo por caminos intricados que sólo los indios conocían… Retenía la mayor parte de la ruta, pero no podía asegurar que no se perdería, era necesario llegar a Panamá antes que sus enemigos, y ellos una vez advirtieran el engaño de su huida hacia Veracruz, le alcanzarían por mar.

El sol estaba en lo alto, pero la selva impedía que fundiera a jinete y montura, a su paso, los pájaros alzaban el vuelo delatando que un intruso se adentraba en sus dominios. Lentamente la velocidad de su marcha fue en aumento, hasta que se vio lanzado por la vetusta calzada camino del Sur, sin otro pensamiento que no torcer el sendero y guiar con firmeza el corcel.

 

 

 

-¡A buen seguro que las naves de la Carrera de Indias, ya han llegado a Santo Domingo, y Don Alfonso acompañado de Bermudo Menéndez, ya están organizando la Hueste!- comentó Atienza.

El grupo huido de Mérida había hecho un alto para matar la gazuza, no perdían de vista la costa, que era la ruta segura hacia Veracruz, e incluso tenían pistas que confirmaban el paso de su presa por el mismo camino; hacía ya tres días que habían salido de la ciudad de Mérida de Yucatán y según Jiménez se hallaban a tres jornadas de Coatzacoalcos, un villorrio que era un alto obligado para muchos entre otras razones, para resolver algunas urgencias relacionadas con aligerar la proverbial falta de hembras que los soldados acusaban por aquellas latitudes, incordiados por los frailes que afeaban a los que se revolcaban con las indias y las dejaban cargadas de bulto… No pocos habían sido instados a casarse para apechugar con el momentillo. Pero en Coatzacoalcos las cosas eran distintas, los de allí eran unos bergantes que no les preocupaba cargarse de mestizos a cambio de buenos reales y algo de aguardiente. Y la tropa de Jiménez venteaba ya el momento de aliviar el nerviosismo, además el tonificante aire atlántico les proporcionaba el vigor y recuerdo de pasadas campañas y correrías,

-¡Primero Álvaro de Sobrarbe y después volveremos por mar a Mérida, para reembarcar y reclutaremos la hueste en Nueva Granada!- espetó Sigura entre bocado y bocado de pan.

-¡Así pues hemos de entender que dejáis el asunto de Dovalle…!- preguntó Cárdenas.

-¡Dovalle será el postre de esta expedición, después del virreinato blasfemo le acusaremos de traidor y será ejecutado!-

-¡Bien dicho- comentó Atienza- tenemos cosas más interesantes a la vista! ¿Habéis escuchado a los soldados lo de las indias del poblado, ése al que vamos?-

Sigura dirigió una mirada de mal disimulado desprecio al vizcaíno.

-¡Dejad esas cosas para la chusma, he oído relatar que a algunos el miembro se les ha caído hecho trizas por no vigilar donde untaba!- Cárdenas reconvino a su compañero con afirmaciones al malhumorado Sigura.

-¡Dejad cuentos de clérigo, un buen palo es un buen palo!-

-¡Atended bien Atienza- masculló Sigura entre dientes- como se os ocurra revolcaros con una india, os rebano como a un botillo de cerdo!-

El vizcaíno dio un respingo, aquello no se lo esperaba.

-¡Joder, con el capitán general…!- uno de los hombre de Jiménez, sonrió guiñando el ojo a Baltasar Atienza.

-¡Va lo mismo con vosotros!- ordenó Sigura.

-¡Mire Vuesa Merced, -Jiménez medió- tengo la impresión de salir del fuego para haberme echado sobre las brasas. Hemos huido de Mérida porque no podíamos soportar los aires de Dovalle, pero me temo que Vos… !- Jiménez no pudo terminar, Sigura le soltó un pistoletazo casi a quemarropa sobre la cabeza, el cabo venido a menos se desplomó con la cabeza destrozada.

-¿Alguna sugerencia más?- Sigura blandía desafiante un segundo pistolón ante los tres soldados que habían enmudecido. Las aves que devoraban despojos sobre las arenas alzaron el vuelo alarmadas- ¡Ea pues, a caballo. Nos espera una buena pieza de caza!- Todos le obedecieron con un mohín de disgusto.

El grupo redobló su marcha, tras dar sepultura a Jiménez, en secreto Cárdenas rezó unas oraciones por aquel desdichado. A pesar de que Coatzacoalcos estaba a tres jornadas, en dos y media orillaron el villorrio indio sobre el que se alzaba una simple empalizada que protegía la iglesia y posiblemente una reducida guarnición. Sigura no hizo ni el ademán de aproximarse, sabía de sobra que Álvaro de Sobrarbe no era un putero. Hacia el Norte de la población, tras unos suaves alcores, el camino de Veracruz se marcaba ya como un camino Real, en el que sin duda habría buenas postas y alguna posada en la que reponer fuerzas. Allí es donde Sigura esperaba atrapar a su enemigo, el sabor a sangre le vino de repente al paladar.

Siguieron quemando jornadas haciendo altos breves para reponer fuerzas con tortitas y carne salada, las noches habían caído en el rigor del cansancio profundo, Cárdenas se encargaba de señalar los turnos de guardias y especialmente tenía cuidado de los caballos, según le había comentado a Sigura, tras la muerte de Jiménez se respiraba una tensión peligrosa entre ellos y los soldados de Mérida, era cuestión de días recomponer la alianza con aquellos truhanes disgustados con Dovalle.

Según uno de los soldados, a la siguiente jornada avistarían la villa de Pojápan, en las laderas de unas montañas que albergaban un volcán que los frailes llamaban de San Martín. En el centro del macizo, estaba Catemaco, a las orillas de un lago con el mismo nombre, bajo el volcán y al sur de la zona de Tuxla, la puerta a los llanos que conducían hacia Veracruz y la ciudad de Méjico. Las frugales cenas eran aprovechadas para repasar sus situaciones y el plan maestro que les había llevado de Castilla a las Indias.

-¡Según mis cuentas, mañana deberíamos atrapar a ese bribón!- comentaba Sigura a sus camaradas.

-¡A ver si lo enviamos al infierno de una vez y nos podemos dedicar a nuestra misión… No puedo dejar de pensar en Don Alfonso, Dios sabe qué canalladas le estará haciendo el Adelantado de Mérida!- Atienza suspiraba por empezar con la pretendida campaña del Virreinato, en algunas ocasiones había oído como Sigura siseaba sobre un cuantioso botín en aquellos lejanos parajes.

- ¿Creéis que Don Rodrigo Menéndez es un chiquillo como vos? ¡Es un veterano de los Tercios, ese pondrá en solfa al Adelantado! ¡Además con ellos vienen los primeros de nuestra hueste, los sargentos y cabos…!- Sigura perfiló una situación en Mérida según convenía a sus intereses.

-¿Cree vuesa merced que nosotros tres podremos ser sargentos de vuestra hueste? ¡Al fin y al cabo hemos tomado partido por vos y vuestros camaradas!- uno de los tres soldados al oír la conversación se atrevió a romper respetuosamente el hielo, al oírlo Sigura sonrió salvajemente a la luz de la titubeante hoguera alrededor de la cual se encontraban.

-¡Atended soldado, por cada cuchillada mortal asestada en el cuerpo del Lince que perseguimos, es un galón en vuestras armas!-

Aquello entraba dentro de lo que el Oficial del Santo Oficio acostumbraba a gastar, pero a Don Pedro Cárdenas no le pareció del todo satisfactorio, y a pesar de saberse en el bando de las razones benditas no se detuvo ni a unirse a la afirmación de su camarada, ni a pensar en ella… Clavó sus grandes ojos en el fuego y meneó la cabeza; dar grado a aquellos haraganes, que disparate!

El sueño atenuó las tensiones del día, cada uno de ellos soñaba alcanzar aquello que realmente buscaba… El nuevo día fue perfilándose con pereza en el lejano horizonte del mar, ellos en el altozano que habían escogido para pernoctar percibieron la luz antes que los poblados de la costa. Sigura estaba seguro de que el día del gran enfrentamiento con el odiado Álvaro de Sobrarbe había llegado, y con gran sorpresa comprobó que no le temía al momento… Es como si la sombra del Lince hubiera perdido su fuerza.

Desentumecieron sus músculos y recogieron el ligero campamento, mientras desayunaban unas migas de pan que Frasquillo, uno de los soldados desertores había cocido en un momento a la sartén con unos trocillos de tocino rancio, Sigura miraba en dirección al mar, Cárdenas se le aproximó con parsimonia.

-¡Don Antonio, si hoy alcanzamos a ese maldito, nos dará que hacer!- y el veterano espadachín albista metido a inquisidor repasaba la mecha y el chisquero de su pistolete.

-¡ Ese cerdo, Don Pedro,- respondió con gravedad Sigura- está tranquilo, se cree seguro a causa de las tretas que su amigo Dovalle ha tendido, pero de todos modos hacéis bien en preparar vuestras armas!-

-¿Queréis unas migas?- Atienza les tendió la sartén.

Tomaron algo, y sin más dilación Sigura ordenó montar para proseguir con la caza del Lince.

Tras tres horas de cabalgada descendente por un valle que al otro lado presentaba un macizo montañoso coronado por nubes advirtieron las casuchas de Pojápan. A Sigura le dio un vuelco el corazón,

-¡Está ahí, caballeros, lo presiento!- exclamó,

Apresuraron el paso de sus monturas clavando las espuelas, no se dieron descanso ni para comer, aquél era un negocio que los tres castellanos deseaban cerrar antes del siguiente amanecer. Conforme la tarde con sus temperaturas agobiantes empezó a imperar, el camino dejó de ser descendente para adquirir una pendiente de subida, y las monturas dieron signos de cansancio,

-¡Deberíamos dejar descansar un poco a las monturas, Sigura!- gritó Cárdenas al jefe del grupo.

-¡Después, hemos de acercarnos al poblado con luz del día!- fue la respuesta del inquisidor, y una clavada de espuelas en los ijares de su corcel que avivó su trote.

A lo lejos, discurría otro camino, era un camino amplio enlosado, no se observaba en él, movimiento alguno, pero su existencia hizo reflexionar a Sigura. Parecía un camino que provenía del interior, posiblemente era una ruta más directa desde el Sur, salpicado de postas y de más fácil tránsito que los vericuetos que ellos habían tomado por temor a la persecución de Dovalle. Pero finalmente ese camino se unía al que ellos seguían, así pues en el cruce, debería haber una posta o una cruz de término o si los había allí, los oficiales de la alcabala de Pojápan. Así pues algo debía cambiar en aquella carrera de locos.

Habían parado, los caballos bebían de una charca que parecía saludable, el entorno estaba sembrado de arbustos espinosos y resecos, era la hora quinta de la tarde, y aunque el sol iniciaba su declive, el bochorno era terrible, todos sudaban copiosamente.

-¡Creo que ese cruce puede ser una emboscada, estamos a dos leguas más o menos… Ese ladino puede muy bien aguardarnos allí, desde lejos he advertido que en donde deben unirse los dos caminos, hay una espesa arboleda!- Sigura se paseaba, con el cejo fruncido.

-¡Debemos acercarnos a pie desde este momento y extremar las precauciones!- dijo Atienza.

-¡Perderemos el día, y todo lo que hemos ganado duramente lo echaremos a perder si proseguimos a pie!- sentenció Cárdenas.

-¡Buena observación Don Pedro… Creo que podríamos enviar a uno de nuestros bravos soldados, a caballo, ellos son desconocidos para el de Sobrarbe, han de localizar a un hombre con un guantelete de acero… Y volver grupas, a uno de ellos no le tenderán una celada, ese Lince me espera a mí!- propuso Sigura.

-¡El implacable Inquisidor…!- susurró Cárdenas.

Sigura le miró con sus ojos cobalto, encendidos, con expresión de agrado, se sintió halagado.

El soldado apodado Frasquillo se aproximó a Cárdenas, de los tres desertores era el de mejor factura según Cárdenas y sin duda era el que tras la muerte de Jiménez más había intentado contemporizar con los tres inquisidores.

-¡Si a vuesas mercedes les parece bien, yo me adelantaré. No conozco a ese al que perseguís, pero le vi de lejos en una ocasión y lo que sí puedo jurar es que a mí no me reconocerá!-

-¿Qué os parece, Don Antonio?- pregunto Cárdenas.

-¡No está mal discurrido, nos acordaremos de vuestro gesto Frasquillo. Ahora debéis deshaceros del yelmo y el peto, iréis como un viajero que nada tiene que ver con la milicia, tomad un pistolete…- Sigura le tendió una pequeña arma de fuego- Quizás la necesitéis, Dios no lo quiera, pero nunca se sabe con esa pieza que vamos a cobrar!- Cárdenas interpretó aquello como un gesto de generosidad, uno de aquellos extraños rasgos que hacían olvidar la dureza de corazón que tan a menudo mostraba Sigura.

Frasquillo cuidó que su apariencia no delatara en absoluto su oficio de soldado y partió con presteza.

Cárdenas se volvió hacia los dos compañeros del voluntario y les reprendió por no haberse presentado ellos también.

-¡Mire vuesa merced, ese es un trabajo para ser hecho con sigilo, y ya que el bueno de Frasquillo se ha prestado…!- el hombre, un sarmentoso cacereño al que llamaban el “Espuela”, por su afición a montar, corceles bravos y yeguas de dos piernas según su propia definición, era uno de los más reticentes a cruzar palabra con los responsables de la muerte de su camarada de juergas, el difunto Jiménez. Y Cárdenas decidió aprovechar el momento para ponerlo de su lado, a fin de cuentas era de esperar que finalmente se enrolara en la hueste, especialmente si colaboraba en acabar con Álvaro de Sobrarbe.

-¡Escucha cacereño, todos los que han participado en las gestas de los capitanes aquí, en las Indias han terminado con fortuna, honores y nombre. El Frasquillo se ha percatado y sus acciones van por buen camino. ¿Es que quieres quedarte atrás?-

El enjuto soldado le miró fijamente, no sin cierto odio, el gigantón le estaba provocando. Escupió en el suelo como para conjurar alguna maldición y respondió con el acento profundo y entrecortado de los de su tierra.

-¿Por qué mató Don Antonio al cabo Jiménez?- el soldado miró de forma torcida, torva y sesgada a Sigura, que aguantó airoso el rayo ocular inyectado en sangre. Atienza dejó de escuchar el lejano trote del voluntario para acercarse al grupo, el tercer desertor de Mérida andaba apartado abrevando los caballos, era un hombre alegre al que llamaban el “Siete” y uno de los que habían nacido ya en las Indias…

-¡Porque debe mantenerse la disciplina, soldado!- cantó el vizcaíno sorprendiendo con esa glosa castrense a sus camaradas.

-¡Bien dicho Don Baltasar!- afirmó Cárdenas.

Sigura, sonriente avanzó y en su aire no había nada tranquilizador, Cárdenas se temía lo peor.

-¡El cabo Jiménez, el cabo Jiménez… ¿Qué ha hecho de vosotros el Cabo Jiménez? A ti te conocen por el Espuela, por montar más mujerzuelas que días tiene el mundo, aquél- y señaló en dirección a la charca en donde bebían las monturas- es el Siete, porque pierde a los dados lo que no gana ni un capitán, y en cuanto a vuestro compañero Frasquillo, bebe más que un fraile benedictino, que ya es decir… !¿Es que queréis terminar vuestras vidas de soldados, como haraganes, tirados y míseros sin hacienda ni fortuna? ¡Lo que nosotros os ofrecemos, es la dureza de las armas y la disciplina, pero también la certeza de que al final tendréis posición y no seréis uno de los mendigos que atestan las escalinatas de las iglesias de aquí, que como he observado, muchos de ellos son veteranos!-

-¡Pardiez! ¿Qué decís a eso?- se plantó Baltasar de Atienza.

-¡Ofrecer, ofrecéis mucho… Pero a Jiménez le disteis la muerte, eso es lo que cuenta para mí!- y el cacereño volvió a escupir sobradamente en el requemado suelo de Nueva España. Al fondo el otro soldado, el Siete, regresaba con las monturas del bocado. Atienza se giró y no perdió de vista al empedernido jugador, le había visto realizar ejercicios de puntería con un cuchillo, y era ciertamente temible.

A pesar de la violencia contenida en aquellos momentos, Cárdenas como siempre más juicioso que osado, velaba para que las aguas no se salieran de su cauce, pero no temía que aquello degenerara en riña, algo le decía que la hora de la sangre no había llegado todavía.

Sigura, bajó su testa ligeramente, como si fuera a embestir, mostraba su cabello rubio trigueño y meneaba ligeramente la cabeza. El cacereño dio un paso atrás, pero Sigura alzó de nuevo su cara, sonreía de forma salvaje, y de forma inesperada tendió un puñado de monedas al soldado llamado “Espuela”.

-¡A él le di muerte, a ti oro!-

El cacereño no reaccionó al instante, algo le daba mala espina en la repentina generosidad.

-¡Es un adelanto, cacereño…- afirmó Cárdenas- cógelo y repártelo con tus compañeros, nadie pretende comprarte!- el soldado miró con recelo y desconcierto a Sigura, este hizo el gesto de volver a tenderle las monedas. Al fin, el soldado cogió los doblones con timidez, él no lo sabía pero a pesar de lo que le habían dicho, acababa de venderse.

Los dos soldados repartieron los doblones guardando una parte para Frasquillo y los ánimos vinieron a calmarse, se apoderó de todos una excitación contenida aguardando el regreso del explorador; éste no se hizo esperar más de una hora.

-¿Has visto algo, Frasquillo?-

-¡Que si he visto… Tanto, Don Pedro!-

-¡Cuenta, cuenta…!- Sigura estaba impaciente. Los otros se acercaron también al recién llegado que desmontaba con rapidez.

-¡Están acampados a legua y media, en un claro del bosquecillo en el que se unen los dos caminos, Don Antonio!- Frasquillo respondió resollando, tan aprisa había cabalgado.

-¡Has dicho, están!- precisó Sigura.

-¡Si don Antonio, con el caballero del guantelete se hallan tres soldados mandados por Iribarren y un guía indio, el Juanillo… Era muy amigo de Nuño, el que vos matasteis!-

-¡Canario! ¡Son seis!- susurró Atienza.

-¡Cerrad el pico!- ordenó secamente Sigura.

-¡Pero nosotros les cogeremos por sorpresa!- terció Cárdenas.

-¡Pues no precisamente, Don Pedro!- corrigió Frasquillo.

-¡Maldita sea, acaba de contarlo todo, Frasquillo. Y que nadie le interrumpa!- siseó furioso Sigura.

-¡Veréis, vuecencia, no sé bien que me dio pero a la legua y tantas varas, desmonté para seguir a pie, llevando al rocín del bocado, y al poco oí voces y olí a humo… Entonces amarré el caballo y seguí solo, reptando como un indio, y pude acercarme para oír todo lo que hablaban!- Frasquillo cogió aire y ante la expectación general siguió con la relación de lo sucedido una legua y media más arriba-¡ Tienen un campamento ligero como los que montamos nosotros para pasar la noche, y estaban comiendo en corro, así que hablaban sin cuidado y no cayeron en mi. Iribarren estaba contándole al del guantelete que nos habíamos fugado de Mérida y que íbamos tras él, por eso estaban allí para protegerle, y que por señas que habían recogido de nuestra marcha, cuentan con que mañana les alcanzaremos hacia el mediodía, a continuación acordaron preparar mañana una celada bien dispuesta para cazarnos y cargarnos de cadenas o enviarnos al infierno!-

-¿Veis ahora, el por qué no nos hemos detenido?- dijo triunfante Sigura- ¡Si nos acercamos a ellos media jornada más tarde, acaban con nosotros! ¡Ese es el estilo de ese bastardo, no cabe duda que es él!-

Aquella constatación del oficial albista tuvo su efecto, y entre los desertores se fue instalando la convicción de que Sigura sabía muy bien lo que se llevaba entre manos, comieron un poco de queso y algo de carne seca en salazón y se pusieron en marcha tras calzar a sus caballos con trapos para evitar que hicieran ruido, y guiados por Frasquillo emprendieron el camino hacia el campo de su pieza de caza.

Aproximadamente a una legua desmontaron y trabaron sus monturas, iniciando sigilosamente la aproximación al campo enemigo, Sigura había dado las últimas instrucciones, estaba seguro que habrían dispuesto centinelas para hacer guardia por la noche, el cielo estaba ennegreciendo tras las copas de los arboles. Antes de llegar al campo del Lince debían deshacerse del que hiciera la guardia, y después, según les recordó Sigura con aprobación de Cárdenas, se trataba de estocinar al del guantelete, no habían venido para matar a Iribarren o a otros soldados castellanos, o sea que era preferible aguardar a que Álvaro de Sobrarbe estuviera solo y acabar con él de una vez por todas.

Anduvieron en silencio una media hora antes de percibir el olor a hoguera, a partir de aquel momento avanzaron con mucha más prudencia y parapetándose en matorrales y troncos, un chasquido les advirtió de la presencia de uno de los hombres del campo, Cárdenas le vio con claridad, era uno de los soldados de Dovalle, hacia la guardia algo distraído y andaba de ronda por el bosquecillo, el veterano Pedro Cárdenas retuvo la respiración, Sigura le lanzó una mirada de asentimiento, y cuando el soldado de Mérida había dejado atrás el tronco que ocultaba a Cárdenas, éste saltó sin apenas hacer ruido, y con el pomo de su daga propinó un golpe en la nuca del soldado que andaba sin yelmo, el agredido medio cayó pero intentó girarse atolondrado sin atinar a dar la alarma, y ante el peligro, Cárdenas con frialdad de viejo soldado no dudó, le tapó la boca y la fina daga le atravesó el cuello, el quejido estertor del centinela quedó ahogado por la firme manaza de Cárdenas que se tiñó del vómito de sangre de aquél desdichado.

Sigura hizo seña de seguir, y lentamente fueron ascendiendo por la ladera, hasta avistar entre la espesura un claro en el que ardía una hoguera… Sentado y dándoles la espalda, enfundado en una capa larga de estilo francés, estaba su objetivo, al divisarlo, Sigura sintió un vuelco en el corazón, por un momento entrevió el destello del guantelete de acero, y por las hechuras era él. Siguieron reptando con sigilo hasta estar al borde del pequeño claro. De modo que pudieron oír lo que el gigantesco Iribarren decía al Lince.

- ¡Fue una suerte que ese granuja de Jiménez, se aviniera a tratar con el Adelantado esa fuga fingida, esperemos que llegue a la cita en el momento oportuno para cazar a esos bergantes, de todos modos reforzaré a Ramiro con Santiago, no está de más…! ¿Quien sabe que habrá pasado estos días? ¡Por lo visto ese Sigura es un demonio! – el otro asintió sin decir nada.

-Canastos- pensó Cárdenas- el cabo Jiménez estaba de acuerdo con Dovalle para conducirnos a una trampa- y miró hacia Sigura, que sonreía mirándole, en realidad había sido una suerte que liquidara a aquél cerdo. Podían verse los unos a los otros agazapados tras los matojos que rodeaban el campamento, el día estaba cayendo definitivamente, los destellos de la hoguera y la penumbra les daba un aire irreal, Cárdenas se percató de que las facciones del “Espuela” se habían endurecido, aquél súbito descubrimiento de las intenciones de Jiménez al que había defendido tan vehementemente era como prender una mecha junto a un barril de pólvora. Sigura que también se percató de la ira creciente del cacereño le hizo señas de que aguardara, pues vio entre las sombras el brillo de una hoja de acero que el iracundo extremeño empuñaba para lanzarse a cuchilladas contra lo que se le pusiera por delante.

-¡Te acompaño Iribarren!- Juanillo el guía indio se levantó y avanzó hacia los dos soldados que se dirigían al bosque, afortunadamente por el otro extremo del claro, así pues, – según se dijo Sigura- tan sólo quedaba un soldado y el de Sobrarbe, había sonado la hora, e hizo el gesto de ordenar el avance.

Procurando no hacer ruido entraron en el claro, y al instante el cacereño se lanzó sobre el simulado Lince, le propinó dos profundas cuchilladas en el costado derecho, el otro de un manotazo con el guantelete en el rostro del “Espuela” le cubrió la faz de sangre, el agredido gritó y se revolvió huyendo hacia el límite de campamento, Sigura le había visto al revolverse, el guantelete, la barba, pero corría tras él para verle la cara mientras le remataba, quería tener la seguridad de haber acabado con aquella amenaza constante, el soldado que quedaba apuntó su ballesta al cacereño, al que Atienza salvó tumbándolo al suelo junto a la hoguera, el dardo pasó silbando sobre sus cabezas, Frasquillo se plantó junto al ballestero que pedía ayuda a Iribarren y le atravesó el cuello con una certera estocada, mientras el soldado caía, Juanillo apareció entre la maleza y se lanzó sobre Frasquillo, se agarró a él, y una tras otra le propinaba cuchilladas en los riñones, el soldado mientras aullaba con el pomo de la espada machacaba la desnuda espalda de aquél salvaje que le estaba desgarrando las entrañas, el soldado que tras Juanillo se lanzó a la pelea fue recibido por un pistoletazo de Cárdenas que paró su carrera en el acto. Iribarren el gigantón apareció frente a Sigura que estaba a punto de alcanzar a su presa que huía hacia el bosque, el inquisidor fue rápido y lanzó su espada en arco, el gigante se quejó tocado pero a pesar de ello le propinó un golpe en el hombro que casi le derriba, y a continuación Iribarren se lanzó para ayudar al herido a escapar. Con la rodilla hincada en tierra, Sigura disparó su pistolón lanzando dos onzas de plomo a sus enemigos, estaba seguro de haber acertado pero no sabía a ciencia cierta si al gigantón o a la pieza que se quería cobrar, oyó un grito desgarrado y el ruido de una caída entre rocas que se desprendían y la maleza… La rapidez de la reyerta había sido de vértigo, Cárdenas contempló como Frasquillo agonizaba en el suelo y el indio se miraba el cuchillo que “Siete” le había lanzado justo en el centro del pecho, el guía indio se desplomó con los ojos en blanco y el soldado se agachó para darle la puntilla en el cogote. Ya no había peligro, Sigura le hizo una seña y junto con Atienza corrieron tras su jefe, ya no se veía nada y se clavaron justo a tiempo, a sus pies se abría una barranca de más de setenta pies, Iribarren y el otro se habían precipitado por ahí… Al fondo discurría un torrente, la oscuridad no permitía ver si los cuerpos de los fugitivos estaban o no en el fondo.

-¡Maldita sea!- bramó Sigura.

-!Nadie puede salir vivo de esto, y menos con dos cuchilladas y una ración de plomo en el cuerpo!- le consoló Cárdenas. Atienza susurró algo que no entendieron y volvió al lado de los soldados desertores.

-¡Quiero tener constancia de que ese bastardo ha dejado de existir, Don Pedro… Haremos antorchas y bajaremos ahí abajo! ¡Aún herido es capaz de salir de esta!- Cárdenas asintió en silencio.

-¡Como ordenéis, Don Antonio, pero no perdamos mucho tiempo, hemos disparado y quizás alguien en la aldea haya escuchado el estruendo y envíen a gente con armas!- le observó Cárdenas.

-¡Si, no perdamos tiempo!- sentenció sombrío Sigura.

En breves instantes, “Siete” y Atienza habían subido los caballos, cargaron el cadáver de “Frasquillo” y ayudaron a “Espuela” a montar tras limpiarle algo el rostro, tenía dos surcos profundos que le marcaban toda la cara, era una fea herida pensó para sí Cárdenas, y no pudo evitar el mirar de soslayo la cicatriz que cruzaba la faz de Sigura.-Ese gato -pensó- tira bien sus zarpas- y prosiguió junto a Sigura trenzando hachones y prendiéndolos en la hoguera. En minutos abandonaron el lugar sin dejar más rastro de su presencia que la masacre que se veía. En un recodo junto al claro comenzaba un camino que parecía descender a la base de la colina, allí cerca pateaban los caballos del grupo atacado. Sin perder tiempo dejaron el cerro y se dirigieron hacia abajo en busca de la hendidura de la barranca, esperando encontrar un gato de dos patas despanzurrado. Mientras descendían, Cárdenas lanzaba miradas hacia las luces de Pojápan, espiando si salía alguien de allí, quizás ni se habían enterado de la riña.

Lo que desde la loma parecía un torrente, una vez al pie de la misma era un rio con rápidos que serpenteaba cerrado entre los farallones rugiendo desaforadamente, ni la tenue luz de la luna creciente que hasta entonces les había iluminado más allí de los hachones penetraba en la tenebrosa barranca, aquello parecía el lugar ideal para una celada, a Sigura se le erizaron los cabellos de la nuca.

-¡No se ve un burro a tres pasos…!- murmuró “Espuela”.

El grupo siguió el curso de las movidas aguas a pie, dejando a cargo de las monturas, a Atienza y “Siete”.

-¡Tenemos que hallar los restos de ese malnacido, Don Pedro!- siseó Sigura- ¡O de lo contrario, no tenemos la seguridad de haber terminado con él!-

-¡No será fácil, pero tranquilizaos Don Antonio, es imposible salvarse de esa caída, y con dos cuchilladas y un tiro en las carnes…!- le respondió Cárdenas.

Con los hachones iluminaban las orillas chapoteando entre los guijarros y aguzaban la vista en busca de algún que otro cuerpo. De repente, “Espuela” señaló algo que brillaba a unos doce pies por encima del talud de rocas que caía sobre la orilla.

-¡Por vida de… Que me muera si no es el guantelete de ese maldito!- soltó el cacereño.

-¡Buen ojo, vive Dios. Vamos allá!- celebró Sigura. Y los tres se dirigieron hacia el talud, para encaramarse por él hasta la reliquia de su víctima.

Les costó esfuerzos trepar en la obscuridad a pesar de las antorchas, y una vez al pie de la pared, Sigura se agarró a unas raíces pidiendo que su camarada Cárdenas le sostuviera, al pie de la pared “Espuela” sostenía las dos antorchas; y a su luz pudieron contemplar el guantelete agónicamente aferrado a unas raíces que volaban en la pared, y un ancho rastro de sangre que teñía a tramos la pared y que seguía sobre las rocas que constituían el talud que descendía hasta el rio.

Sigura con los pies hincados en los hombros de Cárdenas pugnaba por alcanzar unas ramas que parecían seguras desde las que podía apoderarse del guantelete. Finalmente tras algunas maldiciones, bufidos y piruetas pudo hacerse con la codiciada pieza.

-¡Ya está Don Pedro, ya lo tenemos!- jadeó triunfante- ¡Ahora a ver como diantre bajo!-

-¡Saltad sin temor, no os dejaremos caer sobre estos cantos!- Cárdenas alzó sus sarmentosos brazos.

-¡Sin temor, sin temor… Un carajo, si vos estuvierais colgado aquí, ya veríamos si saltabais!- respondió el implacable inquisidor.

-¡Aguardad unos instantes!- soltó “Espuela”. El soldado dejó los hachones sobre la roca, y volvió hacia las monturas, al poco volvió con una soga.

-¡Bien pensado, muchacho!- susurró Cárdenas.

El soldado tiró un cabo a Sigura.

-¡Pasadla alrededor de un tronco fuerte, que os pueda sostener y bajad!- dijo el cacereño.

En un instante Sigura estaba sano y salvo, sin perder la compostura junto a los otros. Agarraron las antorchas y siguieron buscando allí donde se perdía el rastro de sangre, en la orilla del rio; Sigura encontró algo, era la capa larga que en vano había intentado retener allí arriba en plena refriega. La alzó junto al hachón que sostenía Cárdenas.

-¡Está empapada en sangre, Don Antonio!-

-¡Ya veo… Un cerdo no sangraría más el día de la matanza!- respondió el otro.

-¡Es imposible que haya sobrevivido, el rio se los debe haber llevado corriente abajo! ¡Vámonos Sigura…!- Cárdenas no dejaba de mirar hacia arriba, temía que de un momento a otro aparecieran por el farallón las antorchas de la guarnición de Pojápan.

-¡Veamos si aparece su cuerpo por ahí…!- Sigura siguió chapoteando con la antorcha de “Espuela” en lo alto.

Poco a poco volvían hacia donde tenían las monturas, fijándose en cada guijarro, en cada pequeño rápido, buscando cualquier indicio. De repente Cárdenas escucho algo en la lejanía, allí en lo alto del cerro.

-¡Las antorchas, apagadlas, rápido!- rugió. Todos hundieron los hachones en las aguas del riachuelo. El oficial de la Inquisición en Sevilla, vio como aparecían unos destellos en lo alto del farallón, lentamente se volvió hacia Sigura.

-¡Esta vez habéis andado fino, Don Pedro! ¡Volvemos al Yucatán, nadie podría sobrevivir a esto!-

Cuidando no hacer ruido, se acercaron a sus monturas, Sigura guardó en las alforjas la capa y el guantelete, sonrió para sí y montó,- Curioso- pensó- habría jurado que acabar con el Lince me produciría mayor placer!-

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