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IV. La hueste indiana

De cómo se atiza a los hombres hacia su muerte.

Cuando se creyeron a salvo de la vista de los que habían acudido al cerro quitaron los trapos a sus caballerías para poner tierra de por medio, y decidieron hacerlo sin seguir camino alguno, dejando a su derecha los montes por los que habían venido que se recortaban sobre el firmamento iluminado por la luna llena. Hicieron unas pocas leguas, y entraron en un llano árido, avistaron unas chumberas y siguiendo los consejos de “Espuela” y “Siete” decidieron pasar las tres horas que quedaban de noche protegidos por las chumberas.

-¡Descansarán las monturas y nosotros!- consintió Sigura.

-¡Además hemos de dar sepultura al pobre “Frasquillo”!- comentó “Siete”.

-¡Bien dicho…!- alabó Cárdenas, que comenzaba a sentir simpatía por aquellos perillanes.

Encontraron un grupo de cactos que formaba una media luna, al instante “Espuela” lo indicó como el mejor lugar para acampar. Hacía calor, y la flojera de después del combate les había dejado agotados.

-¡Eres un auténtico…! ¿Cómo le llamáis? ¡Un baquiano! ¿No?- preguntó Sigura a “Espuela”.

-¿Como sabéis eso?- “Espuela” a medio desmontar, con el pie en tierra se quedó mirando a Sigura de hito en hito.

-¡Verás, en los despachos ducales y en la Casa de Indias, repasamos muchos escritos y legajos que llegan a Castilla desde estas tierras, quizás sepa más Don Pedro,- y Sigura señaló a Cárdenas que junto con los otros tiraba del cadáver- de estos reinos que vos mismo!-

-¡Sobre papeles y fantasías de los adelantados y gobernadores, no digo que no, pero sobre como combaten los mexicas y de sobrevivir en estas tierras, dudo que los legajos que vuesas excelencias han leído allí en Castilla, digan nada!- respondió fríamente el cacereño.

-¡Ahí donde lo veis, el “Espuela” es uno de los mejores baquianos de Nueva España!- soltó jadeando “Siete” que dejaba ir a su compañero muerto junto a unas rocas-¡Estuvo con el Virrey Peralta desde el principio, es de los viejos soldados de por aquí!-

-¿Con Don Gastón de Peralta, el que derrotó al hijo de Cortés, Don Martín, en su pretensión de que Nueva España fuera su reino?- preguntó Atienza.

-¡Con el mismo! ¡Era duro estar en su campo…! ¡Yo simpatizaba con algunos de los sublevados, como casi todos… Y Don Martín, un gran caballero, como su padre, paisano mío!- reflexionó “Espuela”.

-¡Y luchasteis contra él! ¿Por qué?- preguntó capcioso Sigura.

-¡El Virrey, es la voluntad de nuestro señor el Rey… Ir contra el Rey, es ir contra Dios!- respondió el cacereño-¡ Por eso hicimos armas con Don Gastón y contra el hijo del gran Cortés!-

Sigura estaba ya entre los otros, y todos juntos empezaron a sepultar a “Frasquillo” bajo un túmulo de piedras, Cárdenas entonó un Padrenuestro coreado por Sigura y Atienza, los soldados fingían rezar, no recordaban la oración, pero siseaban semilatinajos con aire santo.

En un gesto que les sobrecogió, el tosco cacereño depositó una cruz de latón entre las rocas, ya que era evidente que no iban a marcar la postrera morada del infortunado “Frasquillo”.

-¿Dovalle… De qué lado estaba?- preguntó Sigura.

-¡Verá vuesa merced, como muchos al principio, estuvo simpatizando con Don Martín y los suyos, más por lealtad a la memoria del gran Cortés que no por otra cosa, todos por aquí deseábamos que Nueva España fuera un Reino sometido al Emperador, pero Reino al fin y al cabo. Pero la venida del Virrey con claras misivas del Rey, lo cambió todo!- respondió el soldado.

-¡Si, pero el hombre tiene una mancha en su historial…!- dedujo en voz alta Cárdenas ante el asentimiento de todos.

-¡Dejaremos a Don Gonzalo y su mísera Mérida de Yucatán para el final de nuestra empresa!- sentenció Sigura.

-¿Qué empresa?- inquirió “Siete”.

Sigura los miró con aire de misterio…

-¡Mañana será otro día, ahora debemos descansar, Don Pedro montará los turnos de centinela, el resto a dormir!-

Se hizo como Sigura ordenó, las cosas empezaban a ir bien para el inquisidor, y se durmió plácidamente en la convicción de haber acabado con uno de los más temibles enemigos de la Casa de Alba.

La noche transcurrió sin percance alguno, y siguiendo las instrucciones de Cárdenas, no aguardaron a que el sol apareciera en el horizonte”, Siete” que hizo el último turno de guardia les fue despertando uno a uno, todos estaban profundamente dormidos, debido al cansancio provocado por las jornadas anteriores y a una inexplicable sensación de seguridad que les había invadido.

“Espuela” empezó a recoger agua en un pequeño pellejo, abriendo los cactos más hinchados, mientras no cesaba de murmurar.

-¡La mejor agua de toda Nueva España está bajo estos pinchos!-

Bebieron el agua que el soldado de rostro marcado les había recogido, entre los cactos más alejados, Don Pedro se aliviaba y Sigura, con un pañuelo humedecido procedía a lavarse aquellas facciones cargadas de saña, tras ello empezó a sacudirse el polvo de su ropilla negra, el día se alzaba con nubecillas rasgadas, pero con un bochorno que se anunciaba como insoportable para horas más avanzadas.

-¡Dime, “Siete”, aquí en estas tierras…! ¿Siempre ataca tanto el calor?- Cárdenas apareció en el pequeño recinto de cactos, con cara de satisfacción atándose los corchetes de la bragueta.

-¡Esto no es nada, vuesas mercedes van muy cargadas de telas, por eso sufren tanto de acaloramientos. Deberían andar más ligeros, y más si nos aguardan combates…!-

Espuela había dispuesto unas tortas de pan y algo de mojama para todos ellos, Sigura miraba el pequeño túmulo que guardaba los restos de “Frasquillo”, Atienza se había perdido entre los altos cactos como antes hiciera Cárdenas. Sigura agradeció a Espuela el desayuno, duro y áspero, como el asunto que les habían conducido hasta allí.

-¡Maese Espuela, como yo, tenéis la faz marcada por ese gato asesino, pero os aseguro que os vais a cobrar esa sangre con creces!-

-¡Hum, Don Antonio, volvemos al punto de esta noche pasada en la que estabais a punto de proponer algo que a unos pobres y sufridos veteranos les parecía harto interesante!-

-¡A su debido tiempo soldado… A su debido tiempo!- Sigura sonrió con aire de misterio y picardía, justo en el momento que Atienza regresaba.

-¡Ea, Don Antonio, estos dos soldados nos han servido con decisión y lealtad- Atienza, terció por ellos mientras tomaba una de las tortas, – debéis admitir que, a excepción del traidor de Jiménez, estos tres soldados, se han comportado!- Al fondo Cárdenas asentía, mientras “Siete” repasaba los arneses de las monturas y las abrevaba.

-¡Pobres de ellos que no hubieran cumplido con su deber…- lanzó Sigura.

-¡Eso del deber, vuecencia… Para vos es una cosa, y para el Adelantado de Mérida es otra, aquí habéis tenido nuestra adhesión Don Antonio!- la voz de “Siete”, con marcado acento manchego sonó lacónica, pero decidida.

-¡Don Antonio…- Cárdenas miró sonriendo a su jefe, el temible inquisidor.

-¡Muy bien, Don Pedro- pareció ceder Sigura mientras se ponía en pie- sea… Iré a aliviarme como ya han tenido a bien hacer vuesas mercedes, y tras ello partiremos, de vuelta trataremos del negocio!-

“Espuela” y “Siete” no escondieron su alegría, un grito y su reacción no se hicieron esperar, las monturas estuvieron preparadas en un santiamén.

Hacia ya mas de dos horas que habían partido de las chumberas donde habían pasado la noche, y estarían a tres cuartos de jornada de Pojápan y de nuevo estaban cruzando las suaves hondonadas polvorientas, lejos todavía de la temida Coatzacoalcos y de la tumba del desdichado cabo Jiménez.

Mientras desandaban el camino recorrido desde Mérida, Sigura iba desgranando lentamente parte de su plan para hacerse con la voluntad de los dos soldados, y mientras el inquisidor sugería grandezas, no dejaba de observar en lontananza la ruta que se internaba directamente hacia el sur, no sabía si… ¡Pero qué demonio, todo iba bien, y la prudencia hasta el momento les había dado buen resultado!

 

- ¡Así pues Don Antonio, vos creéis que en vuestra campaña podemos obtener el grado y ventaja de sargentos!- “Espuela” el cacereño, no dejaba de darle vueltas al mismo tiempo a su futuro y a lo que ello representaba en el presente…

-¡Cuantas veces te lo han de repetir Julián, se acabaron para “Espuela” y el “Siete” las miserias y ser los últimos marranos de la tropa!- el compañero del cacereño casi se enojó al escuchar las cábalas de su adusto camarada.

-¡Don Antonio de Sigura, solo tiene una palabra, y la cumple, tanto para lo bueno como para lo malo…!- Cárdenas reforzó las palabras de “Siete”.

-¡Escuchadme perillanes…- Sigura detuvo su montura clavando sus ojos cobaltinos en los dos soldados- Os aseguré que si lidiabais bien con la pieza que hemos venido a cobrarnos, empezaríais a labrar vuestros entorchados, y habéis luchado con bravura, así pues sois cabos en la nueva hueste, desde este momento…!-

Ambos soldados se quedaron atónitos, y si no es por Cárdenas, hubieran permanecido allí clavados bajo el sol, incapaces de reaccionar.

-¡Y para que así conste, en la primera ocasión Don Baltasar y yo mismo firmaremos el documento que certificará después vuestro ascenso cuando se hagan batir cajas y se forme la hueste según las capitulaciones!- dijo el oficial – ¡Pero ahora, no echemos raíces, hemos de volver a Mérida lo antes posible!-

El grupo apretó el paso, y mientras Sigura miraba con inquietud aquella vía que se hundía en el sur, como si temiera algo… “Espuela” no dejaba de repetir, … Nueva Granada, Nueva Granada, eso está en el quinto carajo!

 

La ruta de la costa, les llevaría todavía siete jornadas por las landas y marismas de Comalcalco, por caminos tortuosos y como a la ida, por páramos plagados de mosquitos y lodo, mejor camino era la ruta interior, la de Villahermosa, pero también más transitada, y si algo querían los agentes albistas era pasar desapercibidos. A pesar de estar convencido de haber tomado la opción que más les convenía, tras el ceño siempre malhumorado Sigura barruntaba que algo se urdía en la ruta del Sur.

 

Ciertamente no hubiera saltado de alegría de haber sabido que un correo había partido de Pojápan en dirección a Mérida, con noticias de la matanza de la encrucijada, y que otro se dirigía con una carta del moribundo Iribarren hacia la mismísima.

El buen alcalde de Pojápan, tras las horas de rescate de los cadáveres y dar auxilios al gigantón Iribarren, después de escuchar los graves hechos que el cabo de la guarnición de Mérida de Yucatán le había narrado decidió comunicar al Adelantado de Mérida la situación de sus hombres, y al mismo Palacio del Virrey, la calaña de aquellos asesinos que merodeaban por Nueva España.

 

Ajenos a ello, Sigura y su mesnada fueron quemando jornadas y planeando como recibirían a Don Alfonso García Luque y a Don Rodrigo Menéndez en las playas de Mérida, y como batirían cajas y levantarían la hueste bajo las Capitulaciones para la empresa de Nueva Granada, y como antes de alistar a los voluntarios de Mérida, darían buena cuenta de Don Gonzalo, por traidor… Tampoco descuidaba el inquisidor dedicar pensamientos aviesos para el díscolo de Don Luis, ese pertinaz portugués que tras los abalorios de su Orden de Caballeros, se permitía entorpecer sus designios y los del Señor Duque.

 

Habían terminado ya su séptima jornada, las marismas ya no eran tales, la ruta tomaba sentido norte, y por tanto sin perder la costa de vista empezaban a subir por la península del Yucatán, estaban a dos jornadas de las inmediaciones de Mérida, su costa y su puerto, Sisal. Justamente a la caída del sol, tras la selva del interior habían vadeado el Candelaria, y rodeado la albufera de Términos, tanto “Siete” como “Espuela” ilustraban a los castellanos en los accidentes que hallaban en el camino, a unas quince varas del rio había un roquedal arropado por un grupo de recios árboles, un lugar ideal para acampar y poder descansar, Cárdenas y Sigura cruzaron sus miradas y asintieron.

-¡ Ea, ya está bien por hoy, acamparemos en la arboleda!- ordenó Sigura- ¡ Montaremos campo, nos tomaremos un día de descanso, estamos cerca de Mérida, y hemos de reponer fuerzas a la par que urdimos con detalle nuestra estrategia!-

Acusando el cansancio, desmontaron y fueron desarzonando las monturas, en primer lugar cuidaron de los caballos, y después con un cierto aire de disciplina, todos sin excepción aprestaron un pequeño pero bien defendido campamento.

Sigura dio autorización para bañarse en el rio por turnos, y mientras Atienza y “Siete” se refrescaban, Cárdenas junto con Julián el “Espuela” recogían frutos en la arboleda y Sigura encendía una fogata…

Una vez la hoguera estaba prendida, fue Sigura a chapotear, y el vizcaíno Atienza junto a “Siete” se entretuvieron atrapando dos lagartos que “Siete” se prometía bien asados relamiéndose. Más tarde Cárdenas y “Espuela” se lanzaron al Candelaria, y el cacereño tuvo el tino de pescar un par de peces que en la región recibían el nombre de tordos, y que alternaban su permanencia en aguas del mar con incursiones en las desembocaduras de los ríos, así pues aquella noche, refrescados, con agua abundante y unas brasas a punto pudieron asar tanto carne de lagarto que según “Siete” era tan sabrosa como la de pollo y aquella especie de merlucitas, las tortas y la carne seca salada, se quedaron en el fondo de las alforjas en aquella ocasión.

Ciertamente la fechoría había creado lazos de camaradería entre los dos bribones de la guarnición de Mérida y los tres inquisidores, y como los buenos momentos empezaban a menudear y las expectativas eran halagüeñas, todo empezaba a ser agradable, incluso el humor de Antonio de Sigura, era razonable, y aquella cena…, aquella sensación de seguridad.

-¡Cagondiosss!- arrastró Atienza.

-¿Que os sucede Don Baltasar?- preguntó con gesto divertido Cárdenas.

-¡Aquí falta vino! ¡Y una mandolina!- exclamo medio riendo el vizcaíno.

-¡ Y las vírgenes del paraíso…No te …!- “Espuela “ no terminó la interjección, ya que Sigura no le dio cuartel.

-¡Vuesa merced, el cabo Julián, se guardará de tales expresiones en nuestra hueste, y si ello no observare, regresará al empleo de soldado “Espuela”!- Sigura lanzó con dureza el aviso, pero sin aquella expresión de fiereza que lo ponía al borde de la brega, y Cárdenas que lo conocía bien medio sonrió.

A “Espuela” un trozo de lagarto asado se le atragantó, y el mismo Sigura le palmeó la espalda para que lo tosiera, todo terminó en carcajadas, pero el cabo Julián no tentó por aquella noche la gramática parda. Más tarde se repartieron los turnos de centinela, y Sigura junto con Cárdenas daban un paseo por la ribera del Candelaria, al fondo sobre las aguas de la albufera sumida en los tintes rojizos del crepúsculo se recortaban miles de aves que picoteaban las plácidas aguas en busca de pesca.

-¡Según mis cuentas, el galeón de Santo Domingo no arribará hasta dentro de dos jornadas… Nosotros ya habremos llegado hasta donde está fondeado el “Santa Sangre”, y hasta incluso habremos podido navegar hasta situarnos frente a la barra de Sisal!- Sigura le comentó.

-¿Y Don Luis? ¿Estará preso todavía de Dovalle?- Cárdenas pensó en su apreciado compañero de viaje.

-¡ A mi, Don Pedro, más que el capitán portugués, me inquieta la suerte de los marineros reclutados en La Española que el Adelantado quitó de la tripulación del galeón para dejarlo en manos de los portugueses…No cejo en preguntarme como demonio conseguiremos retornarlos de nuevo a bordo y lograr el gobierno del “Santa Sangre” sin dudas ni temores!-

-¿Acaso pensáis, Don Antonio, que el bueno de Don Luis nos traicionará?-

-¡Tanto como eso no, mas obstinarse en hacer las cosas a su modo e impedir que lo que tanto vos como yo traemos como negocio principal llegue a buen puerto, tenedlo por cierto!- respondió el sanguíneo Sigura.

-¡Quizás,… Debamos atraerle a nuestro campo, convencerlo! ¿Comprendéis, Don Antonio?- Cárdenas adoptó tanto un tono de voz, como una expresión muy ladina al lanzar la proposición.

 

La noche era espléndida, un tanto húmeda y calurosa, quizá para los castellanos, pero llena de aromas, con los ruidos de la selva lejana y la canción del mar llenándolo todo. El firmamento tropical no oscurecía jamás del todo, estallando un sinfín de estrellas y aquella luz azulada se reflejaba con fuertes destellos en el rio Candelaria y en el horizonte marino.

Aquel era un marco excepcional, las jornadas habían sido igualmente excepcionales, como los riesgos, y Sigura miró fijamente a su entrañable camarada Don Pedro Cárdenas, al que juzgaba excesivamente noble y bueno, y esbozó la mejor sonrisa que podía acudir a sus crueles facciones, mientras le parecía paladear la sangre de su ancestral enemigo, al que hacía ya abatido.

-¿Convencer a un portugués, Don Pedro? ¿Qué decís? ¡Esa gente, tan solo viven para ver morir a Castilla…! –le vino al inquisidor de nuevo el golpe de sangre…

- ¡Don Antonio, Don Luis es un caballero de la Orden…- respondía Cárdenas, cuando su camarada de armas le interrumpió.

-¡ Del Santo Cristo, ya lo sé…Don Pedro, descendientes de herejes, lo que yo os diga Don Pedro, y tropa temible, del de Braganza, en contra de Castilla, de nuestro Señor el Duque, y de su Majestad el Rey Don Felipe!- Tras decir esto Sigura, se les cortó la respiración, entre ambos y rozando sus botas de montar una enorme serpiente de agua se había deslizado sigilosamente ente ellos, aquello les hizo recordar que no estaban en Castilla, y que la noche penetraba en sus horas profundas, en una selva extraña y llena de peligros.

-¡Don Antonio, debo montar guardia en el segundo turno!- dijo Cárdenas.

-¡A fe de Dios, Don Pedro, y yo en el tercero, y ningún portugués nos aliviará nuestro deber!-

-¡Descansemos un poco… No aguardan jornadas de gran esfuerzo y dureza!- susurró Cárdenas.

Y los dos hombres superada la discusión y el sobresalto de la serpiente dejaron la orilla del Candelaria para volver a su campamento, iluminado por la luz mortecina de una hoguera latente vigilada por la efigie de un escuálido y duro cacereño que ejercía de centinela descansando con un ojo y vigilando con el otro, mientras con ambos soñaba en las ventajas de ser sargento de la hueste castellana.

-¡Buenas noches tengan vuesas mercedes!-

-¡Buenas noches cabo Julián!-

 

Cuando “Espuela” los despertó, el sol surcaba ya el firmamento, y el cacereño les había preparado un sencillo desayuno, y tras asearse a su gusto, se dispusieron a dar cuenta del corto refrigerio, a base de tortas de pan calientes, mojama y papaya, y mientras lo hacían sentados alrededor de las brasas, sobre sus mantas, Sigura fue desgranando su plan para afianzar el “Santa Sangre” a su empresa…

-¡Vos cabo Julián, entrareis en Mérida, con la misión de haceros con la ayuda de una escuadra de soldados, a poder ser de los afrentados por Dovalle y los suyos, y una vez conseguido eso, deberéis reunir una cincuentena larga de hombres para sumarse a la tripulación del galeón portugués, a poder ser los mismos en su mayoría, que ya reclutamos hace unos días para tal cometido… No os será difícil, en la taberna de la reyerta podréis dar con los más significados!-

- ¿En la tasca de Pepe Checa? ¡Aquel tugurio estará mas vigilado que el tesoro virreinal!- soltó el cacereño.

- ¡No temáis Julián, iréis con ropilla noble, y pasareis por maese barbero para conferir a vuestra presencia aires de nobleza!- le tranquilizó el inquisidor.

- ¿Y puede saberse con qué dinero, el hijo de mi madre va a realizar semejante milagro?- el grupo estalló en una carcajada general ante la ocurrencia del veterano soldado.

-¡Con éste, – cortó Sigura, lanzándole unos doblones castellanos de oro- vuestra soldada de un mes, y todavía os sobrará para un par de buenas comidas!- no se le pasó por alto el brillo que apareció en las pupilas de “Siete”, y sin vacilar largó la misma cantidad al compañero de “Espuela”.

-¿Y cual será mi cometido, Don Antonio?- preguntó el manchego mientras recogía sus doblones con presteza.

-¡Atended ambos…- prosiguió el jefe albista- Vos Julián deberéis reunir esa escuadra de leales, a los que contratareis por la mitad de vuestra soldada, y ellos os deberán ayudar para encontrar la cincuentena, que serán tomados como hueste a una tercera parte de soldada que los cinco que vos seleccionéis… Y vos… Cabo…- Sigura se interrumpió mirando a “Siete” y dando a entender que le quería reconocer por su nombre de pila y no por el mote.

-Roque Hernández!- respondió el aludido.

-¡Pues bien, vos cabo Roque elegiréis un puesto de enlace fuera de Mérida, pero no lejano a la ciudad, y conjuntamente con Don Baltasar seréis nuestro enlace con la costa…Debemos estar informados de lo que ocurre en el interior de la plaza, y especialmente de los movimientos de Dovalle, si es que realiza alguno!-

-¡Es un buen plan…- aprobó Cárdenas- y es importante saber del paradero del portugués, si está preso del Adelantado o si por el contrario goza de libertad!-

Sigura le miró con su fiera mirada cobaltina, y a pesar de asentir con la cabeza, admitiendo la importancia de lo sugerido por su camarada, el sólo recuerdo del capitán luso, le ponía furioso. De modo que en uno de sus golpes de sangre se revolvió, para él aquel concilio había tocado su fin.

-¡Ea, levantemos el campo, ya hemos perdido mucho tiempo, nos queda mucho que hacer!-

 

Así de este modo terminaron sus horas de descanso a orillas del río Candelaria. Arzonaron sus monturas y tras comprobar que sus armas estaban debidamente cargadas, montaron y emprendieron el camino hacia la plaza gobernada por Gonzalo Dovalle, el Adelantado.

 

 

Muy lejos de allí, más de doscientas leguas al sur, un jinete solitario cabalgaba sobre las losas de una ruta semioculta que la jungla no había devorado totalmente, y en la que había signos evidentes de que los indios lacandones de los Itzaes la utilizaban a menudo, Don Álvaro, apodado el Lince, ataviado como un simple soldado sudaba sumergido en aquella selva húmeda e inclemente, y para protegerse de los mosquitos se tiznaba la piel de brazos y piernas, con barro. Según sus cuentas, al terminar la jornada se hallaría al final del tramo de la antigua ruta maya, oculta en la selva, desde el vado del rio Sixaola, la ruta se alzaba por los cerros de la sierra de Talamanca, y si sus recuerdos eran nítidos no podía hallarse muy lejos de un terrible túmulo erigido al temible dios pagano de la lluvia, que señalaba el antiguo límite de los dominios mayas, hacia el sur la ruta devenía un camino militar y comercial que los guerreros de los viejos reinos paganos cogían en sus expediciones de conquista o como escolta de sus mercaderes y embajadores.

- Debo dar un descanso a Relincho- pensó. Y siguió camino pero aminorando lentamente el paso de su montura, para poco después desmontar y llevándolo por las bridas caminar sosegadamente sin dejar de observar los márgenes del camino en busca de alguna fuente o arroyo de agua no encharcada.

Y mientras andaba y buscaba, no dejaba de echar cuentas…

-Aquellos canallas ya deben haber descubierto el engaño, o han seguido hasta , o quizás abandonen la persecución, si lo que realmente tiene para ellos importancia es la misión que el Duque les ha encomendado…Sigura al mando de unas Capitulaciones, y al mando de una Hueste, – tan sólo de pensarlo se le erizaban los cabellos- de los otros que venían con él bien poco sabia, a excepción del segundón de Pedro Cárdenas, un castellano legal, según parecía, que había caído en el bando equivocado en aquella contienda sorda, pero en fin , la soldada le llegaba del Santo Oficio, y su valedor para ingresar en el criminal instituto era ni mas ni menos que el vil Sigura, su camarada de armas desde la cuestión de los alpujarreños… -

Se detuvo, pues un alegre borboteo señalaba la presencia cercana de una fuente, Álvaro suspiró, amarró su corcel y cogió los dos odres de pellejo que colgaban a lomos de Relincho, el noble animal empezó a ventear con cola para alejar los molestos mosquitos que amenazaban con asaltarle.

Tras beber y dar de beber al caballo de la cuadra de Dovalle, Álvaro renovó su capa de barro para protegerse de los mosquitos, y siguió la ruta llevando del bocado a Relincho que andaba ocupado en masticar un poco de forraje que había podido atrapar del saco que llevaba su jinete a la espalda.

-¡Como me robas la paja! ¿Eh, grandísimo canalla?- le dijo bromeando.- ¡Come, come, que en un momento vuelvo a saltar a tus lomos Relincho… O aquellos bergantes nos atraparán… Y nos jugamos la piel en esto, sobre todo yo, amiguito!- como si el corcel hubiera entendido lo que el hombre le había dicho, dio un par de agitados pasos y un relincho, el Lince, sonrió bajo el yelmo de soldado, y sin dudarlo montó, ambos convertidos de nuevo en un centauro fueron apretando el paso hacia el sur, de nuevo la tensión, el esfuerzo, el sudor…Y no se percataron, ni corcel, ni jinete, que entre la espesura varias figuras les habían ido cercando.

 

De repente, Álvaro percibió que la ruta iniciaba un ascenso, y que las copas de los arboles de la jungla se aclaraban, aquello le recordaba la cercanía del impío mojón que marcaba la frontera del antiguo imperio pagano.

- Pronto saldré de éste bosque asfixiante- se dijo. Y vio como aparecía un final de la espesura, como la salida de un túnel de color verde, en el que hubiera permanecido los últimos veinte días, y como ansiando respirar aire más nítido, espoleó a Relincho que resoplando redobló su esfuerzo para salir de la jungla, y en la loca carrera, con las sienes batiendo y sintiendo el esfuerzo del noble animal que le llevaba, un extraño silencio circundante, poco habitual en la selva, le hizo en primer lugar aflojar la presión sobre su montura, y a continuación en un momento hacer girar a Relincho saliendo de las losas de la ruta maya, el caballo instintivamente buscaba los claros a su altura mientras la vegetación le frenaba la marcha, el Lince a pesar de que las ramas le cruzaban el rostro no bajó la cabeza y permanecía con la mirada alta, buscando algo que explicara aquel silencio mortal, con la garra tiraba de las riendas para frenar la marcha, y su diestra se movió hacia el pedernal que colgaba del cinto. Justo en aquel momento vio una figura como la de un mono grotesco que saltaba, y no lo dudó, disparó sobre ella con el pedernal, el desdichado soltó un grito y se desplomó gimiendo de dolor envuelto en la red que quería lanzar sobre Álvaro, este tras enfundar el pedernal, desenvainó la espada y giró de nuevo hacia la ruta enlosada mientras dos o tres flechas silbaban cerca de él, zigzagueó bordeando el camino hasta ensartar a uno de los arqueros emboscados, y unas varas más arriba vio un peñascal, allí encaramó a Relincho, al que dejó protegido y desmontó, cubierto de sudor y con el rostro cruzado por mil arañazos, aprestó uno de los mosquetes con que contaba, y bien protegido por las rocas, aguardó con paciencia… Al fin le pareció ver uno de aquellos indios de los Itzaes que con sus abalorios de combate entre yucas y papayos, con el arco tenso le buscaba. El arcabuzazo fue seguido por el grito del maya, y la selva estalló en la huida general de todos los habitantes de aquella zona, incluidos los compañeros de los tres abatidos, la desbandada de pájaros fue espectacular, el silencio que siguió era aún más espectral que el que puso sobre alerta los instintos de Álvaro, que seguía atento, tras haber tomado el segundo arcabuz, las gotas de sudor se mezclaban con la sangre de los rasguños por todo su cuerpo, a lo lejos, en la ruta que ya clareaba le pareció distinguir un grupo de indios Itzaes que llevaba a sus compañeros heridos, respiró hondo, se giró hacia Relincho para comprobar que no estaba herido, y a continuación recargó rápidamente el mosquete y el pedernal enfundándolos de nuevo, limpió la sangre de su espada en la hojarasca, y tomando del bocado al corcel, sin dejar de mirar hacia el camino enlosado fue ascendiendo por rincones que le parecían seguros, paralelamente a la ruta maya.

-Aquellos mayas- pensaba- no podían tener nada que ver con Sigura y sus gentes, y la verdad aunque estaba lejos de cualquier ciudad o fuerte castellanos, Guabifo cercano a las Bocas del Toro, no estaba muy apartado… O aquellos mayas formaban parte de una rebelión en la zona, o allí estaba sucediendo algo poco común…-

Él no andaba muy sobrado de tiempo y le urgía arribar lo antes posible a las tierras del Panamá, pero tampoco podía permitirse dejar a sus espaldas un número indeterminado de mayas, que sin duda habían decidido matarlo. Así pues prosiguió con su ascensión, lentamente, asegurando cada paso y vigilando no quedar al descubierto, ya podía percibir el linde de la jungla, el día tocaba su fin y un firmamento de color azul metálico cuajado de estrellas parpadeantes era el telón sobre el que se recortaban las últimas copas de los árboles, a lo lejos, Álvaro pudo distinguir unos cánticos que le helaron la sangre, no había oído algo similar antes, pero estaba convencido de su naturaleza perversa, y recordó que el ídolo de Chaac, el dios maya de la lluvia y los vientos, estaba en lo alto de la colina rocosa en la que moría la selva lacandona y comenzaba la sierra, allí donde los reyes de aquellos paganos tenían establecidos los límites de su poder en el sur.

La noche caía con rapidez, y el Lince no perdió tiempo, abrevó a Relincho, y le surtió de forraje, trabando sus patas con un simple lazo, después se embadurnó con barro, y cubrió con hojarasca y barro su yelmo y loriga… Se aseguró de llevar el pedernal, la daga y su espada, aprestó los dos mosquetes, en una roca blanca, bien visible en la oscuridad, y tras ello se deslizó entre la vegetación moviéndose con ligereza y sin hacer ruido… Finalmente salió de la jungla y los cánticos llegaban con más claridad, le parecía que venían del lugar donde recordaba al ídolo, avanzó con gran prudencia hacia un grupo de piedras que dominaba la hondonada en la que creía estaba situada la estatua, y allí se parapetó.

A treinta varas en una hondonada que hacía pendiente, siete indios cantaban a su ídolo, rodeándolo y lanzando gestos amenazadores a una victima propiciatoria que estaba atada al monolito, la escena estaba iluminada por una hoguera que aquellos paganos recalcitrantes a buen seguro habían prendido en un ritual blasfemo. Afortunadamente, no era una noche de luna llena, y seria difícil para aquellos indios verle, aunque no descartaba que todo aquello no fuera más que una trampa para cazarle, pero si como era posible, los paganos estuvieran celebrando un sacrificio humano, su deber como castellano y como cristiano era ante todo impedirlo, empezó a calcular, con la sorpresa podía matar a tres, pero los otros cuatro le darían mucho qué hacer, y posiblemente era tarde para ir en busca de los mosquetes, volvió a echar una ojeada… La hondonada, no estaba lejos del principio de la jungla, si podía situarse junto a la estatua, y saltar entre los danzarines, quizás podría llevarse tres o cuatro en dos lances, y luego salir corriendo hacia la roca blanca sin haber descargado el pedernal, que guardaba como último recurso si alguno de ellos se le ponía tras los talones. Álvaro apretó los dientes y lentamente empezó a reptar aprovechando cualquier accidente que lo mantuviera a cubierto de la vista de los endemoniados mayas. Anduvo así mucho tiempo, sin perder los nervios y asegurando no ser observado, aquellos salvajes no parecían cansarse, y algo más cerca pudo distinguir que la persona atada al mojón era una muchacha, había oído contar a indios viejos y a veteranos de los tiempos del gran Cortés relatos de sacrificios paganos horribles a los pies de los ídolos en los altares de altos templos, mientras las multitudes bailaban sedientas de sangre. El detalle de que fuera casi una niña, la victima, desechó la idea de una trampa, y le hizo decidir que lo primero seria cortar las ataduras de aquella niña, le faltaban cinco varas y el circulo de luz ya casi le iluminaba, cuando vio como uno de los indios, tocado con un yelmo lleno de plumas alzó un cuchillo de obsidiana… Al Lince le vino un golpe de sangre y actuó por instinto… De un salto se interpuso ante la muchacha y le cortó las ataduras, la niña, cayó redonda, y los sacerdotes y guerreros detuvieron el ceremonial bruscamente, el sacerdote del cuchillo no pudo decir nada, la espada del castellano le perforó el corazón certeramente, la garra de Álvaro, a modo de daga, buscó el cuello de un segundo que se derrumbó con las manos en el cuello intentando detener la sangría, al tercero lo ensartó también con la espada, justo a tiempo para poder esquivar el golpe de maza que el cuarto le había lanzado, el guerrero algo desequilibrado y con un grito espeluznante intentó volver a golpear, pero la garra del castellano le había hendido desde el cuello hasta la ceja, – aquello iba bien pensó el Lince-, cuando escuchó el silbido de una flecha,- esa ya no me toca- se dijo, pero una segunda fue a dar milagrosamente contra la loriga, a pesar de lo cual la punta le hendió en la carne arrancando una fuerte maldición y un revés con la siniestra, la mortal garra acerada, que dio con el cuello del quinto maya, de los otros dos uno retrocedía cargando de nuevo su arco y el otro avanzaba sobre él volteando la maza de combate, Álvaro saltó a un lado y levantó de un puntapié una nube de brasas al rostro de su atacante, que rugió llevándose las manos a los ojos, y así fue como no pudo ver el estoque que le atravesó limpiamente el esternón, cuando quiso ver al otro… Ya no estaba, sólo había oído de nuevo el siseo de una nueva flecha, se lanzó al suelo y el dardo pasó sobre él, -aquel maldito estaba en la negrura del linde de la jungla, podía huir si era su voluntad, o aguardar para ensartarle a flechazos. Permaneció tendido, casi sin respirar, escuchaba como gemían los moribundos, y como se removía la niña…Pero permaneció inmóvil observando con los párpados entornados mirando la silueta negra de la jungla, buscando con intensidad cualquier movimiento.

Fue al cabo de unos instantes que parecieron una eternidad, una intuición, una leve ondulación, su enemigo se deslizaba para situarse a su espalda, a unos diez pasos de él, a buen seguro pretendía matar a la victima y a él en la misma jugada, y cuando hubiera avanzado tres pasos más, expondría su perfil contra el horizonte, Álvaro deslizó su mano hasta el pedernal lentamente…

El fogonazo, iluminó unos instantes el espacio que circundaba al ídolo pagano, el desdichado arquero se abatió sin vida… Álvaro exhaló un suspiro.

 

Había permanecido allí tendido, no sabía cuanto tiempo, -no podía ser mucho- pensó. La hoguera algo esparcida seguía ardiendo, los mayas ya no daban señales de agonía, y en el aire húmedo de la noche, flotaba el gusto a sangre. De pronto notó un dolor en el pecho, recordó la flecha que llevaba en la loriga, se incorporó, y empezó a desarmar la coraza, al sacarla de su pecho, la punta de la flecha, le desgarró el pecho, la sangre brotó sobre su piel, se acercó a uno de los indios muertos y le arrancó un jirón de tela, para contener la sangre, un gemido a sus espaldas reclamó su atención.

-¿Como te llamas?- le preguntaba a la niña.

-¡Chiriqui, chiriqui…!- decía asustada la india señalando en dirección al sureste.

Dedujo que la muchacha era de un lugar cercano a la laguna de Chiriqui, una de las etapas de su ruta hacia Nueva Granada, y por señas le hizo entender que se tranquilizara y aguardara. Recogió el peto de su loriga y volvió a armárselo, luego fue en busca de Relincho y los mosquetes.

El sol del nuevo día, sorprendió al Lince y su joven rescatada, ascendiendo por las rutas de mulos de la Sierra de Talamanca, a lomos del elegante Relincho.

-¿No hablas castellano?- le preguntó Álvaro a la niña.

-¡No lengua teule!- negaba la niña, mientras le sonreía.

-¡Pues estamos aviados!- se dijo el castellano, ante el ceño fruncido de la pequeña.

 

Al cabo de dos días, y siguiendo las señales de la pequeña, arribaron a un poblado sobre las playas que unían las Bocas del Toro con la laguna Chiriqui, una aldea de pescadores. La pequeña resultó ser la hija de uno de los pescadores, su rescate- la daban por muerta- fue festejado, y no hubo límite para las expresiones de agradecimiento hacia el castellano que la había devuelto, a pesar de ser un teule, por suerte, dos de los habitantes del pueblo hablaban algo de castellano y logró entenderse con ellos, le cargaron de fruta y pescado fresco, les pudo comunicar que su destino era la Punta de San Blas, y Puerto Bello…Hizo noche en el poblado, el rumor del mar le traía recuerdos de la querida y lejana España… Al amanecer, al ir a preparar la montura, tres de los pescadores le indicaron que con Relincho y todo su equipaje, les acompañara… Pasaron entre varias chozas, lo llevaban hacia el embarcadero de tablas.

No pudo negarse, aquellos indios agradecidos por el rescate de la pequeña Naila, habían preparado una embarcación para llevarlo con Relincho, hasta San Blas, cuando zarparon, la niña en pie sobre el rompiente de las olas, agitó su mano, él la devolvió el saludo, mientras pensaba que era probable que jamás la volviera a ver, y que gracias a su familia ganaría dos jornadas vitales en su viaje…

Jornadas que podría aprovechar para retomar con más fuerza el contacto con los amigos y camaradas que hizo en la acción contra los piratas de Draque y Hawkins, estaba seguro de que podría contar con ellos, tanto para zafarse de la amenaza que representaba aquella jauría de inquisidores que el de Alba le enviaba, como para aguarles la fiesta…Con aquella barcaza, Álvaro calculaba que haciendo el cabotaje por la costa, tardarían tres jornadas en avistar Puerto Porvenir, así pues tendría tiempo para urdir los mil y un planes.

Los indios que le llevaban eran de una tribu misquita aislada, aliada de los tules del sur, y por tanto enemistados con los noanamas del Tiura, según Poi Ihasca, el pescador que dirigía el grupo y uno de los dos habitantes de la aldea de Chiriqui, que hablaba algo de castellano. La conversación con Poi, era como siempre con los indios, adusta, aquellas gentes se sentían vencidos y conquistados, sabían que sus dioses ancestrales estaban proscritos y que sus reyezuelos se debían someter a los oficiales castellanos… Los pescadores de aquella costa, no habían opuesto resistencia… El señor maya hacia tiempo que no ejercía un poder efectivo y sus chamanes no levantaban templos, oraban en selvas y playas a los espíritus del pasado y a los genios de la tierra y los mares. La costa era su gran riqueza, todo un tesoro para el pueblo misquito y sus amigos tules o cunas, pero no había despertado la codicia de los castellanos, había que pescar para comer… Todo eso le explicaba con sobriedad Poi en su mal castellano, y al hacerlo denotaba un cierto orgullo, argumentando la dureza y hombría de su gente.

-¿Los soldados, no os molestan, verdad?- le preguntó.

-¡Tememos más a los rebeldes de los Itzaes del norte… Ellos paganos y crueles, como los noanamas del sur!- el semidesnudo jefe misquito sonrió a Álvaro.

El viento alegró la navegación, y la barca cabeceó un poco, Relincho se revolvió nervioso, y Álvaro que no se alejaba del corcel, le acarició para calmarle, se detuvo un momento mirando al pequeño indio tatuado por completo.

- ¿Vosotros sois cristianos, Poi?- le soltó sonriendo. Poi encajó la pregunta como si se la hubieran realizado un sinfín de veces.

- ¡Hombre santo con cruz, ha bautizado a Poi y todo su pueblo, hace mucho tiempo!- le respondió con otra sonrisa, sus ojos en cambio no reían.

-Era la historia triste de los pueblos conquistados- pensó para sus adentros Álvaro. La primera jornada transcurrió con algo de conversación, las comidas eran a base del pescado que las redes recogían y los moluscos que llevaban, cocidos todos revueltos en una marmita. Aquellas aguas eran limpias, y navegando entre puntas sin alejarse de la costa, la singladura era apacible.

Álvaro tuvo tiempo tanto de apreciar la dieta de la gente de Poi, así como su forma de navegar y los tatuajes que les recubrían todo el cuerpo, así como los pendientes y mil colgajos de caña y conchas que adornaban su cuerpo. Tuvo buen cuidado de no forzar la conversación con Poi, él sabia que el misquito le agradecería la sobriedad…

Paraban cada mañana, para hacer agua en tierra firme y darse un chapuzón, los tres compañeros de Poi parecían venerarle, después supo que todos eran familia de la pequeña Naila que había rescatado de los sanguinarios lacandones.

En las tres jornadas no avistaron poblado alguno, y Poi parecía conocer bien aquella costa, siempre que la había recorrido, tan distinta del mar que le vio nacer, no había podido contener una cierta nostalgia, el mar, siempre es el mar. Aquellos días de cabotaje por la costa los pasó Álvaro, contemplando la belleza de aquella costa, y tras comprobar que entre los tres indios ninguno albergaba malas intenciones, se dedicó tranquilamente a cuidar de Relincho, se relajó y anduvo por las tablas de la cubierta sin yelmo, ni loriga, lo que le humanizó a la vista de aquellos amigos inesperados, muy de vez en cuando atendía a las breves palabras de Poi, y el resto del tiempo anduvo entre la nostalgia y los planes para detener las aviesas intenciones de los albistas que le perseguían para matarlo… A él y a otros muchos.

 

En la singladura se cruzaron con algunas canoas de tules, que al principio saludaban jocosos, pero al advertir que con los pescadores misquitos viajaba un soldado castellano, un teule, tiraban con vigor de los remos para alejarse. Atrás habían dejado las costas de rocas coralinas, y aguas limpias, progresivamente las playas se hacían monótonas y más fangosas, y la vegetación se alejaba de la playa, más enmarañada, más sucia, y aquel paisaje aunque menos hermoso le anunciaba al Lince que dejaban la costa en la que la gente de Poi pescaba, el misquito le había dado a entender que cuando llegaran a Punta Manzanillo, ellos no podían proseguir con la navegación, pero Poi conocía al jefe del primer poblado tule, eran amigos de su tribu, y el respeto a la costa de los tule, había sido importante para que las dos tribus mantuvieran buenas relaciones, así pues Álvaro se veía realizando transbordo de canoa para seguir navegando por la costa hasta las inmediaciones de Puerto Bello.

Tras las copas de los arboles se había abatido el sol, al atardecer del tercer día, y el firmamento se tornaba sangriento a poniente y de un gris metálico que se confundía con el océano en alta mar, la barca cabeceaba puesto que tenían cerca los rompientes y el aire estaba reciamente saturado del aroma salobre que se esparce por las costas en las albas y los crepúsculos… Álvaro sintió que le tocaban en la espalda, Poi señalaba una aldea de pescadores.

-¡Pueblo tule, amigos, allí!- Álvaro asintió- ¡Tú allí esta noche, y mañana tules llevar hasta San Blas!- el misquito le dijo aquellas palabras con una discreta pero sincera sonrisa.

-¡Quedo en deuda con vosotros Poi!- Álvaro le respondió con una cierta gravedad.

- ¡Pueblo de Poi siempre amigo de teule mano de hierro, tú salvaste a la pequeña Naila, ella es hija de mis padres!- y al decir esto el misquito tocó levemente el guantelete de hierro que Don Álvaro, jamás se quitaba. El castellano sonrió y se contempló aquella garra que cubría el muñón en que quedó su mano izquierda, estaba tan habituado que casi no echaba de menos la extremidad amputada.

La barcaza se aproximaba a la aldea de la costa próxima a Punta Manzanillo, allí donde el istmo se estrechaba y el gran Núñez de Balboa lo atravesó y contempló el océano occidental, el mar Pacífico. Poi había tomado una caracola y emitía señales a los de la aldea tule. Los tule respondieron de igual forma.

Mientras la proa de la barca enfilaba la playa sobre la que se esparcía el poblado tule, Álvaro se ciñó la loriga y el yelmo recuperando su aspecto fiero a los ojos de sus tres amigos misquitos… En unos instantes embarrancaron en las arenas de la playa, y tras desembarcar, Álvaro llevando a Relincho del bocado, fueron rodeados por los habitantes de la aldea.

Poi le precedía con una cierta gravedad, que era aumentada por las luces teñidas de rojo del crepúsculo, el tatuado misquito frente a los escarificados tules, de piel limpia adornada por mil grabados y abalorios de plata y hueso, parecía incluso un hombre del viejo mundo, y en la escena había una tensión que los caracoleos nerviosos de Relincho agravaban a cada momento, los tules no dejaban de mirar al corcel, a las armas de Álvaro y a su aspecto fiero cargado de corazas de acero…Mientras, los otros dos misquitos se esforzaban por varar la barca a pesar del oleaje que la brisa del anochecer levantaba.

 

Álvaro pudo ver con claridad que en el centro del arco de indios tule que les recibía, un anciano llevaba los atributos que le señalaban como el jefe o reyezuelo de aquel poblado, y era precisamente a él a quien dirigía su saludo de forma ceremoniosa en su lengua, Poi. El jefe parecía escuchar con una cierta indiferencia, ya que miraba con maligna intensidad la figura de Álvaro, su caballo y sobre todo las culatas de los mosquetes que sobresalían del arzón de la montura. Al Lince aquello no le pasó por alto, y podría apostar que aquel viejo no anduvo muy lejos de las escaramuzas que las huestes de Cortés, el Grande, sostuvo por toda Nueva España.

 

Poi y el viejo jefe tule, se enzarzaron en una charla agitada, en un dialecto que no era mexica y que por tanto Álvaro no podía entender nada de lo que hablaban, suspiró para sus adentros resignándose a confiar en el agradecido Poi, a fin de cuentas había rescatado a su hermana de una muerte cierta y cruel a manos de lo lacandones. Era manifiesto que los habitantes de la aldea todavía no les habían dado la bienvenida, mientras Poi y el anciano tule hablaban, ellos tenían aún los pies en el mar, y Relincho caracoleaba levantando la espuma de las olas que iban a morir en la playa, la escolta del viejo aldeano prestaba más atención a Álvaro y su montura que a las palabras de Poi.

Al fin hubo una sonrisa por parte de los tule, algo había dicho Poi que les había hecho cambiar su actitud de prevención…

-¡Les he dicho, tú hombre bueno y amigo de hombres buenos. Tú has salvado a la pequeña Naila, con tu sangre… El conoce a Naila, él es también un hombre bueno, es el jefe de los tules de este poblado, su nombre es Icai. Icai no habla tu lengua, yo hablaré por ti!- el misquito reflejaba la satisfacción de sentirse necesario.

-¡Muy bien Poi, debo saber cuando partiremos, es muy urgente que llegue a San Blas lo antes posible!-

-¡Esta noche, mano de hierro, tendremos un banquete… Dormiremos en la aldea y mañana nosotros volveremos a Chiriqui, tú irás con ellos a San Blas, cuando el sol esté en lo alto llegarás a San Blas. Tribu de Poi y de Icai son amigos, y nosotros no pescamos en sus aguas!- cuando Poi terminó de explicarle a Álvaro la situación, el anciano jefe tule, les indicó que les acompañaran a la aldea, los tule les rodearon festivamente y no dejaban de mirar a Relincho.

Le asignaron una cabaña de troncos con cubierta de palma, dejó a Relincho estacado junto a la estancia y Poi ordenó que los dos misquitos que habían venido se quedaran a vigilar el caballo, pues él mejor que nadie percibía la curiosidad que el caballo despertaba en sus amigos tules…

Álvaro decidió ir al banquete con todas sus armas, le cedió uno de los mosquetes a Poi en quien confiaba más que en sus nuevos anfitriones, el misquito se sintió profundamente halagado a pesar de que Álvaro le dejó muy claro que aquello no era un presente, sino la demostración que para el banquete lo consideraba un igual.

La fiesta consistió en una cena a base de pescado cocinado a las brasas de la hoguera y vino de palma, con una animada charla y sin presencia de las mujeres del poblado. Poi le había podido explicar que los tules eran muy celosos de su situación, desde Punta Manzanillo hasta el golfo de Darién y ello les había costado tanto la sumisión a los castellanos de Cartagena y Puerto Bello como duros enfrentamientos con los caribes y los noanamas.

Estaban todos sentados en el suelo alrededor del fuego en el que el pescado se iba asando, Poi junto al jefe de los tule, se mostraba algo más locuaz que de costumbre, Álvaro dedujo que la causa era el vino de palma. El castellano estaba sentado al otro lado del anciano caudillo, con su yelmo y armas junto a él, y los jóvenes tule no dejaban de admirarlas de hurtadillas. No había más música que el oleaje y el parloteo… El pescado le sabía al castellano insípido, como el de las tres jornadas anteriores, pero advirtió que para los del poblado aquello era una gran fiesta. Álvaro se hizo el propósito de no tomar vino de palma, según le había dicho Poi, al amanecer debían partir.

-¡Icai desea saber, mano de hierro, si vas al Sur en busca del oro de los dioses caribe…!- Poi adelantando su cabeza le trasladó la inquietud del jefe tule.

-¡Dile a tu amigo que voy al Sur a proteger a unos hombres buenos contra teules que desean matarlos. Nada del oro de los dioses, su oro es para ellos!- algo divertido por la pregunta Álvaro respondió a Poi que asintió en señal de aprobación. Cuando el misquito tradujo sus palabras, todos los tule asintieron con gruñidos de satisfacción y le sonrieron, algunos con muecas que inspiraban cualquier cosa menos tranquilidad. Icai tomó la palabra hablando pausadamente mientras masticaba un trozo de pescado… Miraba fijamente a Álvaro, como si quisiera escrutar en su alma.

-¡Icai dice- le tradujo Poi- que eres afortunado entre los teules. Muchos de los tuyos han pasado con rumbo al Sur, hacia el Guay Naya, la tierra sin nombre… Buscando el oro, en la selva de los grandes ríos. Todos mueren, ese oro es de los dioses caribe y no dejarán a nadie que se lo quite, ni que sea un teule tan bien armado como tú!- Poi dijo esto palmeando el mosquete que le había dejado para la ocasión, algo a lo que Álvaro no dejó de dar vueltas durante lo que restaba de cena. Poco a poco, el pescado se fue agotando, y la charla languideciendo, en parte gracias al vino de palma que hacia verdaderos estragos, la noche cogió ese punto de frio que hace parpadear a las estrellas con una belleza sin igual, y finalmente Icai dio por terminada la velada abrazando primero a Poi y luego a Álvaro, entre sonrisas y palmadas…

De regreso a las cabañas, Álvaro estaba rumiando como recuperar el mosquete sin ofender al misquito…

-¡Ha sido una buena fiesta, Poi. He de agradecerte que me acompañes hasta aquí…!-

-¡Y Poi que salvaras a la pequeña Naila, Poi y los suyos serán amigos de mano de hierro para siempre. Toma, mano de hierro, tu arma de fuego!- con esta sencillez el misquito devolvió el mosquete al castellano, Álvaro no pudo menos que agradecer el gesto.

-¡Poi tendrá un recuerdo de su amigo…!- el castellano le alargó una bella daga toledana que llevaba siempre en los riñones. Los ojos del misquito reflejaron la alegría de un niño mientras asentía, y sin mediar más palabras se retiraron, los dos misquitos estaban dormidos ya, no muy lejos de Relincho y al sereno. Álvaro antes de entrar en la cabaña, dedicó unas caricias a su caballo.

 

Del poblado tule, al despuntar el sol sobre las aguas encalmadas de Punta Manzanillo partían dos barcas, una volvía hacia el norte con Poi y sus dos compañeros, la otra algo más ligera tomaba rumbo sur, con un castellano y su corcel sobre las tablas de la cubierta, Álvaro lucia de nuevo su yelmo de soldado de Castilla. De nuevo el aroma salobre y un horizonte difuso entre mar y firmamento rojizos a levante saludaban el cuarto y último día de aquella travesía. Puerto Bello estaba a unas horas… Allí podría empezar a preparar la defensa contra los sicarios que Alba le enviaba desde la otra punta del mundo conocido.

Conforme el sol crecía en fuerza, la selva se desperezaba largando una densa bruma que desdibujaba la costa y ocultaba el poblado, aquél velo gris de la mañana empezaba a extenderse sobre las aguas lisas y tersas de la mar Océana que similaban un espejo argentífero quebrado solamente por los remos de los pescadores tule empeñados en cubrir la singladura hasta el puerto castellano en media jornada… Y dejar allí sano y salvo al protector de sus aliados misquitos.

La bruma empezó a envolverlo todo, y a pesar de ello, los remos seguían su ritmo desenfrenado, de los tres pescadores tule, uno de ellos de vez en cuando soltaba el timón y se dirigía a proa, en donde hacia sonar una caracola, a modo de cuerno de señales, que emitía un sonido continuado y grave, parecía como si con ello la bruma disipara un poco, y tras hacerlo el delgado tule escuchaba con especial atención… La falta de respuesta y de eco le tranquilizaban y volvía al timón de popa animando a los otros dos a que no perdieran ritmo en la boga. Álvaro lo contemplaba entre divertido y absorto, había decidido realizar la singladura junto a Relincho, con la mano en la empuñadura de su espada y sin descubrir la cabeza y enfundado por completo en yelmo y armadura…

El aroma y la bruma, el rumor del océano… Todo le transportaba a su niñez, en la lejana Guetaria, acompañando a su padre mar adentro con la flotilla de pesca del puerto guipuzcoano, la bruma por todas partes, la mar encalmada de la madrugada, y los marineros a primera hora silentes, concentrados en las maniobras y oteando entre las volutas de la niebla para ver el farolillo del Aurrera, el buque guía de la flotilla…

Álvaro se hallaba en un tiempo y lugar lejanos, recordando los tiempos felices de iniciación a la mocedad, surcando el Mar de Irlanda, junto a su padre y los marineros de Guetaria que con Ignacio Aspariz se hubieran embarcado al fin del mundo, fueron tiempos de abandonar las sábanas con olor a hierba del monte donde se secaban, la leche hervida de la mañana y los quesos de la vieja Loreto, todo eso cambió por el esfuerzo en izar artes y velas, duelos contra la furia del mar abierto, la alegría de la buena pesca, y el fin de las guardias con el pote de sidra del tío Victorino… Todo ello bajo la mirada severa del capitán de la flotilla, su padre.

 

De repente una sombra bajo las aguas le devolvió la consciencia del presente, un vigoroso coletazo sacudió la embarcación, y los pescadores tule se agitaron, el del timón se acercó a babor en donde Álvaro contemplaba la gigantesca figura que volvía a prepararse para embestir la frágil embarcación. El timonel abrió sus ojos de forma desmedida con expresión de pánico incontenible, y alzando los brazos bramó, más que gritó, unas palabras ininteligibles, que sumieron a los dos remeros en un estado similar al suyo… Álvaro comprendió que aquellos infelices navegaban sin arpones, y clavó fríamente su mirada en aquel monstruo, sin duda un tiburón de los que por aquellas aguas se aparecen ocasionalmente cerca de las costas.

Sin duda es un ejemplar descomunal- pensó- como algunos de los ejemplares que con padre habían logrado alzar en el Mar de Irlanda y más a poniente aún, pero ahora no tenia con que arponear al pez, y veía como el tiburón se revolvía de nuevo, esta vez no sería un coletazo.

No se lo pensó dos veces, se ancló bien en la cubierta de la barca y tiró de uno de los mosquetes que colgaban del arzón de Relincho y lo amartilló con precisión, rogó por que la pólvora no estuviera húmeda, mientras apuntaba al gigantesco escualo… Sonó el estampido, los tule, se echaron sobre la cubierta aterrorizados, Relincho caracoleó levemente agitando la barca, bajo la cual se generó un violento remolino de espuma sangrienta, y en movimiento estertor el monstruo sacudió un coletazo que casi vuelca la embarcación, antes de sumirse en el abismo marino.

 

El balanceo de la barca se fue moderando mientras las aguas cercanas se teñían de sangre, reinaba sobre la cubierta el aroma intenso y acre de la pólvora, junto a un silencio abrumador, sólo interrumpido por el chapoteo del mar contra el cascarón en el que navegaban, los tule se arrojaron a los pies de Álvaro, en aquellos momentos echaba de menos a Poi, como mínimo el misquito le servía de traductor, y ahora el incesante parloteo de las gentes de Icai, le resultaba además de incomprensible, pesado y agobiante, se zafó de aquellos tres y con un gesto le indicó al del timón que volvieran a los remos, los tule obedecieron al instante, y la embarcación prosiguió su rumbo con destino a Puerto Bello.

Álvaro, suspiró y echó una ojeada a Relincho que le miraba con el descaro que los caballos suelen gastar tras un lance como aquél, se quitó el yelmo que colgó del arzón de la montura y se secó el sudor que le caía copiosamente por la frente, mirando al corcel masculló.

-¡Parece que alguien más que los albistas paladean nuestra sangre antes de cortarnos el pescuezo. Eh, Relincho?- El caballo pareció asentir al acercar su hocico al cuerpo del castellano.

Tras el dialogo con el noble bruto, se sentó sobre las tablas de la cubierta, y lentamente empezó a limpiar la cazoleta y el martillo del mosquete con el fin de recargarlo de nuevo… Siguieron por espacio de más de una hora, en las mismas condiciones.

 

Al fin los graznidos de las gaviotas anunciaban cambios, y en efecto, el sol empezó a quebrar con fuerza las madejas de bruma que se desvanecieron dejando ver un mar azul intenso, ceñido por una costa de blanca arena inmediatamente seguida de una selva de infinitos tonos de verde y plagada de ruidos que saludaban la llegada del sol a todos sus rincones, los tule lanzaron una exclamación alegre y se aprestaron a izar un primitiva vela triangular; Álvaro esbozó una sonrisa. Ahora iremos más rápido,- pensó-. Y tras enfundar el mosquete recargado en el arzón junto a su compañero, soltó una caricia a Relincho.

 

Álvaro había echado mano de la alforja para cortar un poco de la cecina que llevaba desde Mérida, el sol estaba en lo alto y el estomago le reclamaba algo sólido, los tule parecían estar empeñados en dejarle junto a Puerto Bello antes de comer…

Y efectivamente, en menos de una hora, avistaron los campanarios del puerto español cercano a la ruta del Chagres, los tule gritaron de alegría y ayudaron a la vela con sus remos de pala, conforme se iban aproximando a Puerto Bello, se acercaban a la playa, Álvaro intuyó que los indios no querían llegar hasta la ciudad, y de hecho para él mucho mejor, pues hubiera llamado la atención que al puerto llegara un jinete castellano en una barca de pesca tule… La premonición de Álvaro de Sobrarbe fue exacta, y a una milla del puerto, tras una roca que amparaba la operación, los tule vararon la embarcación sobre la arena, le indicaron con gestos que podía bajar de la barca y solícitamente le ayudaron, o lo intentaron, con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza saludó y agradeció a los tule su ayuda, y montó en Relincho para dirigirse hacia la ciudad castellana, dirigiendo un último saludo a aquellos marineros que se aprestaban para encender unas brasas y pescar algo que llevarse a la boca.

 

Puerto Bello estaba recostado en la ladera de una colina cuya cima compartían la iglesia y un castillo, la ciudad se deslizaba ladera abajo en un trazado que desde lejos se adivinaba en cuadricula, otras torres de iglesia y palacetes destacaban, las casas blanqueadas daban al puerto un aspecto que justificaba su nombre… Al fin la ciudad desembocaba en un malecón rompeolas amurallado de cara al exterior y dotado de cinco piezas de artillería, el puerto era amplio y permitía que los pesados galeones pudieran maniobrar, de hecho aquél puerto era uno de los que traficaban entre la flota de Indias y el galeón de Manila, Álvaro conocía bien la ciudad, en ella tenía amigos y viejos camaradas con los que frustró la expedición de Draque en el Panamá. Sus amistades incluían a Don Antonio de Rizo, el alcalde y gobernador de Puerto Bello, pero en aquellas circunstancias- pensó- era mejor no delatar su presencia en la ciudad… Por suerte con Don Gonzalo ya habían previsto la forma de entrar en las murallas de la ciudad, se haría pasar por un correo habitual de Mérida, y a tal efecto trasladaba algunas misivas no oficiales, a su paso por un bosquecillo se detuvo, y se vistió como lo haría un correo, se puso los calzones ajustados y enguantó de nuevo su mano y guantelete, disimuló los dos mosquetes bajo una frazada y después se rasuró de nuevo para evitar en lo posible ser reconocido. Transformado en un correo reemprendió su camino hacia la puerta norte de la ciudad…

 

Entró sin dificultad, la ciudad estaba como siempre pletórica de vida y agitación, Álvaro encaminó sus pasos hacia el Concejo de la ciudad para entregar las misivas de Mérida, una vez allí el amanuense del Concejo le quiso entregar correspondencia de vuelta, pero Don Álvaro se excusó alegando que seguía hacia San Blas, y que de vuelta ya la cogería… El funcionario puso expresión de chasco, y sin dar lugar a más discusión Álvaro salió del patio del Concejo para coger a Relincho por el bocado y perderse entre la multitud, era miércoles, veinticinco de Septiembre y en Puerto Bello había mercado, todos los buhoneros y traficantes de la comarca exhibían sus mercancías.

El castellano dirigió sus pasos certeramente a una taberna situada en la plaza de una iglesia menor, en el rótulo de la taberna rezaba “La Tabla de las Mil Uvas”, él conocía bien aquél hostal, el dueño era persona discreta, Santiago Raya, “el Tuercecuellos” era su razón, y allí Relincho estaría bien atendido en la cuadra. Le dejó al mozo el caballo llevando consigo alforjas y los mosquetes envueltos, y entró de la cuadra a la taberna, en la que predominaba el bullicio de la sala abarrotada, el olor a vino fuerte y a fritanga, le costó unos instantes acostumbrarse a la penumbra y tras ello tomó asiento, cuando la moza vino a servirle le preguntó por el Tuercecuellos, ella le rogó que aguardase. Y de repente…

-¡Esa voz, que me maten si no es…!- Álvaro reconoció quien estaba a punto de delatar su presencia. Se giró indicando silencio, y el interpelado pudo pararse a tiempo.

-¡Don Bernardo Cabrera, es un placer volver a veros, pero… ¡ ¿ Qué os ha sucedido?- susurró Álvaro, contemplando a un hombre enjuto y recio, pero con las facciones desfiguradas, y los brazos totalmente llenos de pequeñas quemadas y arañazos.

El hombre herido se levantó, de su escabel para acercarse a la mesa en la que Álvaro se hallaba sentado, moviéndose con claras señales de dolor, y él le largó asiento junto a él.

-¡Nada, amigo, un lance desde lo alto de una torre, pero salvé el pellejo, los cirujanos me daban por muerto, pero Bernardo es duro de roer, hasta los piratas ingleses lo saben!- el hombre hablaba con el acento típico de los conquistadores llegados desde Trujillo y Cáceres, y sus expresiones eran las típicas de un aventurero castellano de Extremadura embarcado a Nueva España en busca de eterno nombre y fama y si de paso puede ser, la soñada fortuna.

-¡Pues vaya con el lance, Bernardo, casi da con tus huesos en el camposanto! ¿En qué andas metido?- le preguntó familiarmente Álvaro.

-¡Verá vuecencia… Hay que ganar unas piezas, aunque sean de bronce, en casa hay tres bocas que alimentar, y aquí en el Panamá no andamos bien de empleos hasta que no llegan los embarques del Perú o de Manila. Así que tengo que trastear con ésta, a sueldo de terceros en asuntillos menudos!- el maltrecho Bernardo echó mano a la empuñadura de su toledana para ilustrar la naturaleza de su oficio por aquellos pagos.

-¡Comprendo amigo, a propósito de tus tres bocas…! ¿Cómo andáis con María?-

-¡Igual que siempre, hoy con el cariño subido y mañana de riña profunda, hace una semana que no aparezco por casa, no quiero que ella y mis hijas me vean de esta guisa. Eso si, por las noches vigilo su estancia, sé que no les falta de nada!- al escucharle, Álvaro sonrió pensando para si que su amigo Bernardo Cabrera de los Barrientos, aventurero y soldado de fortuna, no había cambiado nada en aquel par de años que lo viera por última vez. Era el tal Bernardo un hombre de buena planta, enjuto y nervudo, algo más alto que Álvaro, con el cabello negro muy corto y erizado, de piel blanca pero con el rostro tostado por el sol, los ojos de un castaño intenso y las facciones muy regulares y elegantes, sus manos en cambio hablaban de una vida ruda llena de penalidades, así como alguna cicatriz y una mella en los dientes. Debía contar con cerca de cuarenta inviernos.

-¡Bien Bernardo, pero dime que fue lo que te ha dejado así!-

-¡Verás, andaba tras echarle un tiento a un caballerete principal, que ronda la esposa de Don César de Silva, el comandante del fortín de Santa Catalina, en donde se guarda el oro y la plata cuando llega, un apaño a cargo de Don César, medianamente bien pagado y con la firme promesa que en la próxima remesa, que está a punto de llegar, me enrolaría y no como raso… Sino de cabo, eso son cinco reales, comido y vestido, mientras dure la descarga, la guardia y el embarque, pero lo mejor es que cuando licencie a la tropa de la ocasión yo permaneceré en el servicio, y en el fortín, la gente de Don César está al servicio del Rey!- el maltrecho aventurero meneaba la cabeza- ¡Pero así tal y como he quedado… Nadie daría un maravedí de los de antes, por un tullido como el presente!-

-¡Para tu suerte, estoy aquí, no te apures que no te abandonaré en esta situación, pero hay algo que no entiendo Bernardo…! ¿Un caballerete te ha dejado así?-

-¡No me tientes…Tú me conoces y sabes que de un soplo descabezo al más pintado! ¡Lo sucedido tiene una explicación. El tal caballerete, atiende por Don Julio del Bosque, y es un popular juerguista entre los hijos de los oficiales que nos han llegado recientemente de Lima, son un regalo envenenado del Virrey del Perú, Don Francisco de Toledo, que poco a poco se adueñan de todo, relevando a los hombres del anterior Virrey. Pues bien, el muy zorro advirtió que le seguía, y no tuvo dificultad para reclutar una cuadrilla entre sus amigos y familiares, y me tendió una celada, me cebó llevándome hasta la abandonada torre de vigía vieja de Loma Pelada, una vez allí cinco espadachines se me echaron encima, me defendí reculando por la escalera de caracol, y di el pasaporte a dos de ellos, y herí a un tercero, pero en la huida me precipité desde más de veinte codos desde lo alto de aquella ruinosa torre, y tuve la fortuna de enredarme en la hiedra que cubre los muros… Eso me salvó, pero los perillanes me dieron por aviado al infierno y me abandonaron al pie de los muros del torreón, llevándose sus muertos y herido!- el relato de Bernardo Cabrera fue seguido además de por Álvaro, por un rechoncho gigantón que lucia un mandil de tabernero al que se hubiera podido calificar de todo menos de limpio.

-¡Bernardo ha vuelto a nacer… Don…!- el Tuercecuellos tronó casi riéndose, pero cortó en seco el parlamento al ver que Álvaro le pedía con un gesto que silenciara su nombre- ¡Eh… Ha tenido una fortuna inmensa al salvar el pellejo!- y tras corregir el comentario echó un abrazo a su huésped que a su vez se había alzado para saludarle.

-¡Qué fortuna ni niño muerto, las monjitas del Convento de la Magdalena, que me hallaron allí a mitad de camino entre este mundo y el otro, y se empeñaron en que Bernardo se quedara en éste!- antes de que su infortunado amigo siguiera con su relación de cuitas, Álvaro con un gesto le pidió la vez.

-¿Tengo alcoba, Santiago?- le preguntó al hostelero.

-¡A vuestra disposición, y la mejor de la posada!- respondió el tal Santiago Raya “Tuercecuellos” sonriendo con franqueza.

-¡Está bien, y otra para Bernardo, si puede ser contigua a la mía!- solicitó Álvaro. El hostelero dirigió una mirada al maltrecho espadachín, y con los ojos le estaba diciendo que en aquella fecha la suerte le cambiaba.

-¡No te apures,- interrumpió Bernardo- Santiago ya me tiene acogido, tengo escudilla caliente y un buen jergón de paja en las cuadras, en las que duermo con un ojo abierto y con ello me gano un cuartillo de leche diario que hago llegar a mis hijas, por las que padezco!-

-¡Prepárale la alcoba, Santiago, y un buen baño que huele a cuadra el hombre!- Álvaro fue categórico, y el posadero asintió yendo a ordenar el encargo de su nuevo huésped.

-¡Vaya hombre, pues muchas gracias por vuesa merced caballero!- soltó lo más cortés que pudo el herido mercenario.

-¡Venga avíate, que seguiremos charlando cuando te hayas dado un buen baño, y que Santiago envíe a por ropa limpia a tu casa!- Álvaro ya no se había sentado, echando mano a las pesadas alforjas y los mosquetes enfundados, se ciñó de nuevo el yelmo y le hizo gesto de que enfilaran la escalera del fondo para ascender a las alcobas, abandonando la taberna del hostal que cada vez era más concurrida, conforme avanzaba la tarde y semejaba ya una pelea de gallos de la algarabía que armaban los parroquianos del “Tuercecuellos”.

-¡No te echo una mano, porque no puedo amigo…!- Bernardo se alzó penosamente y siguió a duras penas al Lince que le precedía camino de la planta de las alcobas principales.

Una vez arriba, vieron al gigantón “Tuercecuellos” que supervisaba la preparación del baño, y al verles llegar señaló la estancia de Bernardo que entró tras dejar salir a la moza que había vertido el agua caliente en el barreño. El hostelero tendió a Álvaro las llaves de las alcobas.

-¡Santiago, enviad a por ropa limpia a su casa… Cenaremos en una de las dos alcobas, y vos con nosotros, a una hora que no os estorbe en el oficio, ahora yo me quedo con él para ayudarle a entrar en el barreño!- El “Tuercecuellos” asintió, sabia por experiencia, que Álvaro era un caballero resuelto y que contaba con importantes influencias en Nueva España. Además… Que carajo!-pensó el hostelero- Don Álvaro, era un héroe en todo el Panamá. Cuando empezó a bajar los escalones de la escalera que crujían bajo su respetable humanidad, escuchó cerrarse la puerta de la alcoba destinada al maltrecho Bernardo.

Al cabo de una hora y media, el mismo hostelero subió un fardo de ropa a la estancia en donde el herido debía asearse, llamó discretamente, y Álvaro abrió la puerta con precaución.

-¡Tomad, son las ropas de él, que María nos ha entregado juntamente con el recado de que no regrese más a su casa!-

-¿Cómo que no vuelva? ¡María no ha podido decir esa barbaridad!- al fondo sentado en un escabel y envuelto en una toalla, estaba el magullado amigo de Álvaro.

-¡Mirad maese Bernardo, -le soltó el hostelero-, ahora no tengo tiempo para alargarme en la explicación, estamos en plena cena. Ya hablaremos luego cuando cenemos los tres juntos, y poneros ropa limpia, que para eso os la hemos traído!-

-¡Santiago,- dijo Álvaro señalando el barreño-, la ropa sucia está en el baño, se tendrá que hervir para hacerla limpia…!-

-¡Después de la cena de los de abajo, lo retiraremos todo y subiré con nuestra cena. Os preparo algo especial, aguardad una hora más o menos!-

Y el “Tuercecuellos” desapareció rumbo a los fogones.

-¡Bien, Bernardo ya has escuchado, termina de arreglarte y vístete! ¡Yo voy a mi alcoba, me refrescaré un poco y dejaré esta apariencia de correo!- e hizo el gesto de recoger sus apeos para retirarse.

-¡Pero…!¿Has oído la felonía esa? ¡Que no regrese, que no regrese, pues se lo ha creído que no veré más a mis hijas!-

-¡Bernardo…-Álvaro sonrió comprensivo- Para María, tú las has abandonado!-

-¡Pero no es así!-

-¿Y ella, lo sabe?- con la pregunta Don Álvaro cerró el turno de palabras dejando al desconsolado aventurero luchando con los calzones para enfundárselos sufriendo lo menos posible en las heridas y golpes de todo su cuerpo.

Una vez en su alcoba, desarmó la coraza que le cubría pecho y espalda, se desnudó y refrescó con el agua de la jofaina dispuesta para tal fin, abrió sus alforjas y extrajo la muda completa, antes de vestirse con ropa limpia se tumbó en la cama en calzones cortos, se relajaría un poco antes de plantear su baza en aquella mano de la partida.

Poco más de una hora tardaron en recoger el barreño, y en breves instantes, los pesados pasos del tabernero anunciaban la llegada de la cena. Instantes antes, Álvaro había guardado en el baúl de su alcoba, los mosquetes

envueltos, su cinto con la espada y la daga, los dos pedernales y su bolsa de pólvora y mecha, amén de las alforjas y otros apeos que ostentaba como soldado de Nueva España… Sobre el baúl había colocado, erguida, la coraza coronada por el severo yelmo testado que los soldados de Felipe, el Rey, habían paseado y hecho temer por todo el mundo. Se había arreado como un caballero de aquellas tierras, camisa, calzones de ante largos, ropilla de ante muy cuidada con unos leves greguescos en el codo, lucia igualmente la faja que cubría el cinturón cargado de oro, y calzaba las botas de montar, con la pernera doblada por debajo de la rodilla, en las cuales escondía sendos cuchillos de hoja ancha, la capa y el chambergo estaban sobre la cama. Salió al pasillo a recibir a Santiago Raya…

-¡Cenaremos en mi alcoba, llamad al bueno de Bernardo, haced la gracia maese hostelero!-

 

En breves instantes, a la luz de los candiles habían dispuesto la mesa y el baúl a modo de banco, “Tuercecuellos” les había subido dos botellas de vino y una jarra de agua fresca de pozo, pan de hogaza al estilo de Castilla y tortitas de maíz, en la fuente se ofrecía un guisado de pollo con fréjoles todo aliñado con chiles rojos, que olía que alimentaba, y Álvaro tomó el escabel y se sentó frente a los otros dos, observó divertido como Bernardo se relamía; que hambre debía tener, – pensó- , por ello mejor atacar la vianda en primera instancia y dejar los discursos y explicaciones para cuando las tripas dejaran de rugirle al maltrecho espadachín.

-¡Esto se enfría amigos…!- dijo Álvaro santiguándose- ¡Dese la mesa por bendecida y buen apetito!- pudieron comprobar que Bernardo realmente tenía hambre.

 

Una vez aplacadas las cornadas del hambre, y sirviendo en los potes de barro, buen vino, Álvaro tomó la palabra.

-¡Veréis camaradas, estoy como sabéis al servicio de Don Gonzalo Dovalle, el Adelantado de Mérida de Yucatán, y como podéis ver he llegado como soldado correo de Nueva España, con el guantelete enguantado y la barba rasurada. Nadie debe saber que estoy en Puerto Bello, a excepción de quienes yo elija, en toda ocasión me llamareis Marcos… Marcos Vega, y sin tratamientos, cual si fuera un personaje sin linaje ni fortuna!-

-¿Permaneceréis mucho tiempo en la ciudad, eh… Don Marcos?- el tabernero le preguntó con la boca medio llena de frijoles picantes que acababa de soplar en la cuchara de palo.

-¡Nada de Don! ¿Qué os he dicho?- y Álvaro miró con severidad a ambos- ¡Como poco tengo para una semana, y debo aguardar el paso de unos galeones que llegan con la Carrera de Indias!-

-¿Vais a embarcar?- Bernardo utilizó el paño que había cubierto la enorme cesta que contuvo el festín, para secarse la boca reluciente de la grasa del guisote.

-¡En vosotros puedo confiar, no me embarcaré, he de saber si harán escala en Puerto Bello o en San Blas, y si me es posible hacerles perder todo el tiempo posible para tomarlos la delantera y llegar antes que ellos a Cartagena de Indias, que creo es su puerto de destino!-

-¿Servicio real, Marcos?- “Tuercecuellos” le hizo la cuestión con un guiño de picardía y complicidad.

-¡Servicio real, Santiago!- respondió solemnemente Álvaro.

-¡Os dejo amigos, debo comprobar que todo va bien en la taberna, hace dos noches hubo una riña entre soldados viejos y la tropa nueva que poco a poco el Virrey Toledo ha ido imponiendo en la plaza!- el hostelero se puso en pie- ¡Dad buena cuenta de lo que aquí os dejo, esta cena va por cuenta de la casa!-

-¡Agradecemos la gentileza, Santiago, y ni que decir tiene que las cuentas de Bernardo, mientras él no pueda, corren de mi cuenta! ¡Y, por cierto, es importante que mañana mandéis por un buen médico para que le eche una ojeada a nuestro herido!-

-¡Tenias razón tabernero al pensar de que la suerte me ha cambiado! ¡Si no fuera porque María es mas terca que una mula…!-

Santiago Raya, sonrió antes de soltar un… Ea, quedad con Dios. Cerró el gigantón la puerta y sus contundentes pasos se fueron perdiendo en el pasillo y escalera abajo.

-¡Bueno Bernardo, según creo le debes el remate de un trabajo al comandante Don César de Silva, y una espada como la tuya no puede quedarse a medias!- Álvaro se llevó un muslo de pollo a la boca.

-¡Tal y como estoy no puedo estocinar ni un conejo de corral…!- Bernardo se señaló a si mismo.

-¡Venga hombre, que ya te dicho que no estás solo, tú podrás presentarte con la noticia de que, en el hospital de los mercedarios un jovenzuelo llamado Julio, se está curando de graves heridas, y que uno de sus bergantes amigos será enterrado en breve. Ese no rondará más casadas en Puerto Bello!-

-¡Eso si que sería buena cosa, tanto para mi reputación como para mi bolsa!- apuntó el espadachín.

-¡Y no olvides tu futuro, al servicio del Rey y en la guardia del fortín, Bernardo!-

-¡Ciertamente, ciertamente. No sé como agradecerte esto Don Alva… Perdón,… Marcos!-

-¡Eso está mejor!- Álvaro asintió ante la corrección de su amigo y se tragó un pote de aquél vino tinto y fuerte que tanto le recordaban los buenos caldos de la lejana España.

-¡Así que estarás en la ciudad una semana al menos!- Bernardo con la boca llena de frijoles y los ojos abiertos y húmedos a causa de la fuerza del chile, dijo esto soplando para refrescarse- ¡Malditos pimientos del diablo, como pican! ¡Si no fuera por lo ricos que son!-

-¡Bernardo, debes comer más despacio y soplar de vez en cuando, especialmente a los frijoles enchilados, y bien, ahora que estamos solos te diré todo lo que concierne a mi viaje hasta aquí. No quiero que Santiago Raya se entere de todo…!-

 

Siguieron con la cena, y apuraron una de las dos botellas de buen vino, la otra sería para la mañana siguiente, devolvieron todo el menaje y los restos de la comida a la cesta y la volvieron a tapar con el paño con que vino, Álvaro miró en la alacena del fondo de la alcoba.

-¡Ah… Veo que “Tuercecuellos” tiene buena memoria!- Allí en la alacena, había una botella de buen ron añejo y dos copitas de cristal. Las tomó sonriendo y presentó en la mesa la orla del festín de reencuentro. Había llegado el momento de empezar a tejer la defensa contra los matarifes que le enviaban desde España.

-¡Mira Bernardo, necesito formar una pequeña hueste, una hueste aguerrida, debo vencer sobre la que en breve batirá sus cajas y hará públicas las capitulaciones que trae, capitulaciones que no están firmadas por Su Majestad, el Rey Felipe, sino por el Duque de Alba, que lentamente como una serpiente se está haciendo con las riendas, allí en España, Bernardo!-

-¡Allí y aquí, Marcos… El Virrey del Perú, es un Toledo, de la familia del Duque de Alba, y el de Nueva España ya sabéis…Don Martín Enríquez de Almansa y Ulloa, el marqués de Alcañices, el que ha introducido el Santo Oficio en el virreinato y deudo de los de Alba, hace tiempo que los Alba han puesto su mirada en estas tierras, y el Santo Oficio de la Inquisición otro tanto…!-

-¡Todo eso ya lo sé, Bernardo, pero aquí ese poder que ya es inmenso, todavía no ahoga… En Castilla no se mueve una brizna de hierba sin que la Casa de Alba, la Inquisición y los patrones de La Mesta hayan medrado para ello!- Álvaro se quedó mirando fijamente a su amigo.

-¡Bien…! ¿Y Su Majestad, el Rey Don Felipe, que dice de todo esto?- en su sencillez Bernardo acudió a la máxima autoridad para despejar dudas.

-¡No está al corriente ni de la mitad de los desaguisados que en su nombre se cometen…!-

-¡Intuyo que pretendes impedir uno de esos desaguisados…! ¡Pero, ojo!!! ¡Enfrentarse a unas capitulaciones sancionadas desde Castilla, eso es cosa de ajustarse los jarretes…! ¡ Marcos! ¡Aunque sólo conste la firma del Duque de Alba! ¿Qué o quien os empuja a impedir ese negocio?-

-¡Mira Bernardo… Esas capitulaciones pasan por rebanarme el cuello, una tropa de sicarios de los Alba han viajado desde Castilla para darme pasaporte a la eternidad, pero hay más, existe un virreinato secreto, en los confines de las tierras que corresponden a Castilla, allí donde comienza el dominio del portugués, al sur del Nuevo Reino de Granada, y según se rumorea, es un reducto para aquellos que siendo leales a nuestro Rey, no abrazan la religión católica, es una disposición del buen Rey hacia súbditos fieles tanto a su Rey como a su conciencia. Un virreinato fuera del alcance de los Alba y de la Inquisición! ¿Te das cuenta Bernardo? ¡Lo quieren someter por sorpresa, sin consentimiento real, para después presentarlo en la Corte como un hecho consumado, a la mayor gloria de la fe y del Rey!-

-¡Carajo, carajo, – espetó el amigo de Álvaro- estas jugadas ya lo sabréis, no son nuevas, el Virrey de Nueva España, Don Martín Enríquez, hizo lo propio en La Florida, los hugonotes de Fuerte Carolina fueron pasados por las armas por Bermudo Menéndez de Avilés, que para ello vino ex proceso de La Española con tropa escogida, quedó luego para la gente que fue el Rey quién ordenó aquello… Un veterano de aquella hueste me confesó la crueldad con que se acabó con aquellos herejes, y que algunos invocaban el nombre de Doña Isabel, la difunta Reina…!- Bernardo meneaba la cabeza cada vez que recordaba el relato.

-¡Vienen a por lo mismo, y posiblemente Don Bermudo se aliste a repetir la hazaña, pero antes han de acabar conmigo!- aseveró Don Álvaro.

-¿Y eso…?- Bernardo enarcó las desgarradas cejas en un gesto que le caracterizaba cuando no entendía algo.

-¡Cuentas pendientes, Bernardo. Cosas del pasado en Castilla. Como lo tuyo en Palma del Rio, con honor y sangre de por medio!- Álvaro suspiró al recorrer en décimas de segundo los turbulentos años que iban desde la campaña de Las Alpujarras a la victoria de Lepanto. Todo era tan lejano, y sin embargo su presencia volvía a estar ahí, y Dios… ¡Como pesaba!- pensó para sí.

-¡Entiendo, pero para enfrentarnos a un poder como ése deberemos juntar otro parejo, si no queremos que se nos blanqueen los huesos en los muros de Cartagena o de Lima!-

En la observación de Bernardo había implícita la adhesión del espadachín a su causa, y ello no pasó inadvertido para Don Álvaro que decidió que había llegado el momento de dar un paso más en la ejecución de su plan.

-¡Esto nos será de gran ayuda!- sonriendo soltó un doblón de oro que había sacado con disimulo de la faja. La preciada moneda rodó por la mesa pasando ante los ojos de Bernardo que más bien parecían platos, y antes de que la pieza de oro se detuviera prosiguió- ¡Hay más, muchos más Bernardo!-

-¡Por la Virgen de los Puñales…Si es un doblón de a onza…!- Bernardo enmudeció de repente.

-¡Exacto; de los que valen ocho escudos nuevos, por pieza, hay lo suficiente para pertrechar una buena hueste y pagar su soldada!-

-¡Esto, amigo empieza a tener color…!- chasqueó el bueno de Bernardo Cabrera mientras pensaba para sí, que efectivamente, como el Tuercecuellos aseguraba, aquella tarde le había cambiado la fortuna.-¡ Bien, Marcos Vega! ¿Qué debemos hacer ahora?-

-¡Lo primero trazar un buen plan, Bernardo… Mañana al anochecer, liquidaremos ese encargo que tenéis pendiente con Don Cesar de Silva, ello le pondrá en buena disposición, y con el pago por tus servicios, andarás mejor de hacienda y bolsillo. Antes de esto, debemos conseguir un buen correo, a poder ser un indio amigo, uno de los aravacos cristianos que nos ayudaron hace un año contra los piratas… Creo que Hernán serviría. He de mantenerme comunicado con Mérida, es vital. Y a partir de pasado mañana empezamos nuestra leva. Nuestro destino final será ese virreinato secreto, al sur del Reino Nuevo de Granada, en un territorio salvaje, Bernardo!-

-¡En la Guyana…! ¡El fin de la ruta de los marañones, Marcos! ¡ Tendremos que escoger bien a la gente de aquí y guardar plazas para ampliar la hueste en Cartagena y más al sur, algunos viejos conocidos, castellanos, flamencos y tudescos andan locos matando por Nueva Granada, tras el oro que maldijo a Lope de Aguirre, Nueva Granada está lejos del palacio del Virrey de Lima, es una tierra de oportunidades pero muy peligrosa!- el hombre herido había adquirido un aire solemne para relatar aquello que otros le habían contado porque a su vez también escucharon alguna advertencia o relatos escalofriantes en las tabernas de Cartagena de Indias, o en los hostales de San Blas, o en las tolderías indias de las Islas de las Perlas, en el mar del Sur, al otro lado de Tierra Firme.

-¡Dime Bernardo! ¿Tu hermano Rafael, estará disponible para esta empresa? ¡Nos seria de gran ayuda…!-

-¡Ay amigo, has tocado una de las llagas que tengo… Mi hermano anda revuelto con una mestiza en la isla de Cuba, se ha olvidado de su mujer y de mis sobrinos, en este momento no se puede contar con él para nada, anda ciego por el mundo, sólo ve a la maldita mestiza que le ha echado un sortilegio!-

Tras las últimas precisiones de Bernardo, decidieron acostarse, estaban cansados y la generosa cena bien regada había generado un sopor que solamente podía ser curado con el sueño…

 

Las horas que siguieron al despertar del siguiente día, fueron intensas, Bernardo pudo hacerse con el compromiso del indio Hernán, un aravaco bautizado para ponerse al servicio de Don Álvaro, el cual bajo la personalidad de Marcos Vega, se hizo con la forma de verse, al caer la noche, con el jovenzuelo Don Julio del Bosque con el pretexto de pujar en una partida de naipes castellanos, al llegar el mediodía, ambos amigos se encontraron de nuevo en la taberna de “La Tabla de las Mil Uvas”, el galeno había visitado ya a Bernardo, según él lo que tenía el aventurero, eran los restos de una soberana paliza que su fuerte naturaleza podía vencer en dos o tres días, pero dijo con gravedad de obispo que ni un solo hueso roto, y que los humores andaban por sus vías en el interior de aquél maltrecho cuerpo. A pesar de su diagnóstico, preparó un ungüento para que Bernardo se lo aplicara en aquellas partes donde los dolores fueran más agudos, y al entregarla sonrió con cierto aire de pícaro.

-¡Estos días, cuando los galeones de la carrera ya se presienten, Porto Bello, se llena de buscavidas y pendencieros, a los que el oro llama como la miel a las moscas!- El cirujano selló su boca sonriendo al recibir dos escudos de oro, de los nuevos…

-¡Maese cirujano, mañana a la misma hora y aquí mismo, para volver a verle y con el mismo salario! ¡Este hombre ha de emprender en breve un viaje, en el que no puede ir tullido!- Álvaro con aquello se había asegurado al inicio de la visita, el silencio del médico al menos por un día más.

 

Cierto fue, que el médico asistió de nuevo al herido Bernardo, hacia el mediodía, y que podía certificar que aquél hombre no estaba para pendencias pero tan cierto era, que al caer la noche, manchó la hoja de su toledana con la sangre de un petimetre al que no pudieron asistir sus camaradas al estar apuntados por el pedernal de un recién llegado a Porto Bello, y que al siguiente día el tullido Bernardo celebraba una buena bolsa y la promesa de un futuro oficio, del que tan solo le separaba un encargo de un buen amigo de Nueva España… Don César, el comandante de la fortaleza, un hidalgo de los de antes, le prometió guardar la plaza, y comprendió la fuerza del compromiso del perillán, y todo deseándole suerte en su empeño le abrazó como al hijo que jamás tuvo deslizando en sus manos un puñal labrado con empuñadura de marfil, para protegerse de las traiciones de corto alcance, que según el viejo eran más dañinas que las estrategias de los enemigos declarados.

La mayor parte de la bolsa, y siguiendo los consejos de falso Marcos Vega, Bernardo lo llevó en persona a la casa en la que vivía la sufrida María, la madre de sus niñas, pero él se quedó con una prudente cantidad que le facultaban para hacer frente a los gastos que se le avecinaban en la posada de “Tuercecuellos”, y no depender totalmente de su amigo y protector. Pero lo que menos se esperaba el bueno de Bernardo Cabrera, era el ritmo de acción que su amigo le tenía preparado…

Cenaban de nuevo en la habitación de Álvaro, y habían invitado de nuevo al gigantón de Santiago Raya “Tuercecuellos”, que todavía tardaría una hora larga en subir, pues era bien sabido que el hostelero quería controlar su taberna a las horas de cenar…

-¡Así, Bernardo, que tu hermano Rafael no está disponible, pues es una lástima, como para ti, en esta empresa hay mucho que ganar, y el resto de tus hermanos…! ¿Qué hacen?-

-¡Manuel tiene sus negocios, pero no es un hombre de acción, en cambio José sí que estará dispuesto, como el marido de Juana y el de Guadalupe, y mi sobrino Mateo, ese sí que será de gran ayuda, además de fuerte y decidido, ése tiene cabeza!- Bernardo paró en su relación de familiares que él considerara aptos para un cometido como el que le proponía su amigo. Álvaro asintió en silencio, a algunos los conocía del lance del año anterior contra los corsarios ingleses.

-¡Está bien, así pues podemos enrolar esta misma noche a cuatro más, seremos seis, pero de todos modos necesitamos a tu hermano Manuel, su despacho nos servirá de cobertura, tanto para todo lo que debemos comprar, como para canalizar el correo entre nuestra posición, Puerto Bello y Mérida. Atiende bien Bernardo, Hernán vendrá para cuando terminemos la cena, le voy a pedir que reclute a diez aravacos más, y en especial a dos que conozcan bien el territorio al que nos hemos de dirigir, y nos veremos con ellos mañana al amanecer en el despacho de tu hermano Manuel, al “Tuercecuellos” le pediremos que envíe a por tus familiares esta misma noche… No tenemos tiempo que perder, desde ahora eres mi lugarteniente, Bernardo! ¡Mañana con Manuel trataremos la compra de caballos, una recua de mulos, pólvora, arcabuces, pistolas de pedernal, ballestas con dardos, sogas, algodón, ron, cinco tenacillas de prensar balas, plomo, hachas, palas y picos, pedernales de piedra gallinas, grano, harina, cecina, vino, aceite y papaya, las armas blancas serán cosa de cada uno, y habrá un pequeño anticipo para todos!- Bernardo se daba cuenta que se le presentaba faena, pero tenía gazuza después de despachar con el jovenzuelo Don Julio, el merodeador de la esposa del comandante Don César de Silva.

-¡Todo eso lo haremos, pero antes hemos de cenar…! ¿No?- Álvaro celebró la ocurrencia de Bernardo palmeando su espalda y riéndose francamente- ¡Eh, con cuidado, que todavía soy un tullido… Duro de pelar, pero tullido Don Marcos!- y riendo ambos descorcharon el tinto y se lanzaron sobre el cuenco que contenía el guisote de papas, chile y buena carne de cerdo!- Encontraron la cena deliciosa, y el vino como siempre era uno de los puntos fuertes de “La Tabla de las Mil Uvas”, y las primeras horas de la noche transcurrieron según lo previsto, y llegados a este punto Álvaro debía pensar en elaborar la relación de todo lo que iban a precisar, el aravaco Hernán se comprometió en conseguir doce amigos que eran libres y dos de ellos muy prácticos en las tierras al sur de Nueva Granada, allí donde terminó la ruta de los marañones, acordaron las tareas y rango de sus amigos, Hernán propuso a un treceavo indio, mezcla de aravaco y tule, era la persona más adecuada para moverse bien por la costa, bien por los Itzaes para mantener una comunicación con Mérida.

Los parientes de Bernardo, se avinieron con facilidad al trato que el hombre que su hermano les presentó como Marcos Vega, un importante oficial de la guarnición de Nueva España, y cuando vieron los doblones de a ocho sonar sobre las tablas de la mesa del reservado que “Tuercecuellos” tuvo a bien preparar para la recepción, las dudas se desvanecieron…

-¡Bien pues, caballeros nos encontramos esta madrugada, a las cinco, frente a la casa de Don Manuel Cabrera, estaría bien que alguno de ustedes le avisara esta misma noche…!- Álvaro sentenció la noche tras echar un último trago del excelente vino que aquél bribón de Santiago Raya servía en la “Tabla de las Mil Uvas”.

-¡Iré yo mismo en un santiamén!- Bernardo se arrogó la misión, estaba claro que había encajado su rango de lugarteniente, en aquella empresa. A Álvaro le pareció bien, y asintió antes de exclamar lacónicamente…

-¡Caballeros, mañana a las cinco frente a la mansión de Don Manuel, vendrán también los indios que hemos reclutado como tropa auxiliar… Y sobre todo, os exijo la máxima prudencia y silencio, pues tiempo habrá de gritar y poner la vida en riesgo. Ahora debemos acostarnos!-

Bernardo marchó a escape al barrio de Los Astilleros, cerca del puerto y de la fortaleza, allí vivía su hermano Manuel, un rico comerciante que amaba más el dinero que a Dios o la salvación de su alma, como si fuera un hebreo… Y mientras, Álvaro había solicitado recado de escribir al incansable “Tuercecuellos”, que se lo facilito de inmediato con la reposición de la botella de ron añejo, que con el paso de las horas, entre el, Bernardo y el propio tabernero se había quedado más seca que un sarmiento arrancado de la mies.

-¿Qué vais a escribir vuestras últimas voluntades?- le increpo el hostelero, arrancando con un trago de ron del mismísimo gañote de la botella.

-¡Nada de eso, no pienso abandonar este mundo todavía, pero quedaos a mi lado, me seréis de utilidad!- Y el falso Marcos Vega dio inicio al redactado de la lista de todo lo preciso para formar una hueste, a la luz de una palmatoria, ante la mirada atenta y divertida de Santiago Raya, que para celebrar que tenía una buena temporada en la posada, no dejaba de darle tientos al ron.

-¿Eh… Tomad un poco, invita la casa…! – dijo el gigantón.

-¡Luego Don Santiago, que ahora tengo tarea!- Y Álvaro siguió con la redacción del escrito.

Al cabo de casi una hora, no se podía distinguir si vacilaba mas la llama de la palmatoria o la humanidad de “Tuercecuellos”, la una por hallarse casi consumida, el otro por haber ingerido casi media botella de aquel endiablado ron que le traían de La Española, naturalmente bajo mano y sin pagar las correspondientes alcabalas.

-¡Ya está terminada…!- con satisfacción miro con un cierto descaro al tabernero que era víctima de su propia mercancía- ¡Vos seréis el primero en poder juzgar si he contado con todo lo necesario para emprender nuestra expedición!-

-¿Ah, si… Yo no sé ni leer, ni escribir… Y lo poco que sé, ahora Don… Don Marcos, no estoy en condiciones de haceros una demostración!- Álvaro constato que el gigantón se hallaba bastante maltrecho, las horas de labor y estar en vela, acompañado de media botella de ron de las islas habían hecho mella en aquella fortaleza humana.

-¡Muy bien señor maese tabernero… Ahora voy a beber con vos…!- Un poco divertido Álvaro se echó algo de ron en un cubilete de fango y se mojó los labios, él sabía que debía mantenerse muy atento en aquellas horas en las que se iba a decidir si su empeño podría realizarse. Tras verlo beber, el tabernero soltó un eructo descomunal y a punto estuvo de venirse abajo, Álvaro, lo tomó por el brazo y con paciencia lo levantó.

-¡Mañana, maese Raya, será un día duro…! ¡ Os acompaño a vuestra alcoba, para que descanséis lo que necesitáis!- el gigante embriagado se dejó ayudar pacíficamente, y mientras bajaban las escaleras de madera crujiente exclamaba…

-¡Estoy un poco bebido, pero no borracho…!-

Camino de la casa de Don Manuel, el prospero comerciante, Álvaro y Bernardo se iban riendo del triste aspecto del hostelero al abrirles la puerta, el gigantón tenía los ojos embotados y la lengua de esparto… Las callejuelas por las que transitaron estaban totalmente desiertas, aunque de vez en cuando se oían pasos y el cuchicheo de los alguaciles que realizaban la ronda nocturna, hacia dos horas que en el convento de los benedictinos se habían entonado los maitines, y a pesar de la estación caía un cierto relente, y conforme avanzaban, la presencia del puerto se hacía más patente, especialmente por el aroma salobre, que casi se podía masticar, aquí y allá un borracho huía de aquel par de hombres que pisaban fuerte sobre los guijarros de Porto Bello, cuando aún faltaban horas para que el sol se levantara sobre el mar…

Al fin llegaron, con gran prudencia, Don Manuel Cabrera, había dispuesto en el receptorio de su casa, un quinqué encendido y el portón entornado, de forma que los visitantes pudieran entrar en vez de aguardar en tumulto en la rúa.

Cuando entraron toda la tropa enrolada estaba allí, aguardando los cuatro castellanos y los trece indios, más ellos dos, diecinueve en total.

-¡Don Bernardo, decidle a Don Manuel que ya estamos todos!-

-¡Enseguida Don Marcos!-

Bernardo se escurrió en el interior de la casa de su hermano, este aguardaba ataviado bajo un elegante albornoz que a buen seguro lo habían traído de Manila, era un hombre de más edad que Bernardo, un poco más bajo pero más recio, y su mirada era la de un comerciante ladino pero cargado de una inexplicable fuerza, era un hombre que inspiraba confianza a pesar de mostrar cautela en todos sus ademanes, su fortuna decían que era inmensa.

-¡Manuel ya estamos todos!-

-¡Bien, pues hazlos pasar al patio, he dispuesto algo de tentempié, con un buen vinillo para combatir el relente, Bernardo!-

-¡Don Marcos quiere parlamentar contigo a solas, primero!-

-¡Tráelo hasta aquí, hablaremos en mi despacho!- Manuel Cabrera era un hombre elegante, aunque no suntuoso, su mirada reflejaba perspicacia y astucia, cualidades ambas, necesarias para los negocios.

El principio de la entrevista fue algo tenso, a solas en el gabinete de trabajo del comerciante, Álvaro observaba todos los detalles para calibrar bien al hombre que tenía ante sí. Fue el comerciante quien rompió el hielo, se entrevistaron por espacio de dos horas, tras las que dispusieron todo lo necesario para la empresa, Don Manuel sería el proveedor de todo lo necesario, y tras cerrar el trato, el comerciante actuó como testigo en la lectura de las Capitulaciones, firmadas y selladas por Dovalle, para la defensa de las costas al sur del Nuevo Reino de Granada y de sus pobladores como súbditos del Rey Don Felipe el segundo, tras la lectura solemne, Bernardo Cabrera fue nombrado lugarteniente general, de la hueste, el joven Mateo Cabrera su alférez portaestandarte y Hernán, el aravaco, oficial de los indios y porteadores,

Tras estos nombramientos los presentes fueron llamados uno a uno a estampar su firma o señal sobre el legajo de las curiosas Capitulaciones, en las que se estipulaba que bajo el mando de Marcos Vega, muy importante oficial de Nueva España, emprenderían su campaña para proteger a los súbditos del Rey al sur de Nueva Granada, y a sus propiedades, por lo que recibirían manutención, soldada según rango y oficio y tres quintas partes de las riquezas que hallaren, así como que adquirían el derecho a establecerse en estancia o hacienda, que de prosperar pueda llegar a ser encomienda, de las riquezas un quinto sería para el Rey, y el otro quinto para Don Manuel Cabrera como resarcimiento de su aportación financiera… De este modo, Álvaro preservó casi intacto el tesoro que le fuera confiado semanas atrás por Eleazar a bordo del “Amberes” frente a las costas del Yucatán, no muy lejos de Mérida.

En un aparte, Álvaro le solicitó al comerciante información del paradero de un viejo compañero de armas llamado Gerardo García de Vaillo, que según creía se había establecido en Nueva Granada.

Después uno a uno, con Don Manuel como testigo, todos los hombres fueron estampando su marca o firma y recibiendo de inmediato un anticipo de cinco reales de plata para la compra de sus objetos personales, cantidad que Don Manuel les entregó uno por uno a los castellanos, los indios percibieron lo que a ellos pertocaba, es decir dos reales y medio, y así que hubieran combatido se les concedería la ventaja con un real más.

Se alejaron de la casa de Don Manuel, tras ser convocados para la madrugada siguiente en la fuente del palmeral de Poniente, pero a Hernán y a su amigo tule, les citó en el puerto de Porto Bello al mediodía…

Entre el trasiego de los preparativos para la arribada de la flota de Tierra Firme, de las mercancías del galeón de Manila, y de los cargamentos de plata y oro procedentes del Perú y de Nueva Granada aquél mediodía, los tres castellanos y los dos indios pasaban desapercibidos, Don Manuel, mostraba en los muelles del sur, una barca muy marinera, con aparejo de vela latina y timón de remo, pero armada de dos patines era ideal para hacer la costa…Álvaro miró fijamente al indio que acompañaba a Hernán, y éste asintió, aquella embarcación le serviría para cabalgar sobre las olas, hasta el Yucatán.

Junto a la embarcación a la que Junín, el medio aravaco, medio tule, ya se había embarcado, Don Manuel les mostró un esquife, ligero de quilla honda, y el Comandante de la Hueste del Guay Naya, conocido como Marcos Vega, le hizo una señal de aprobación.

-¿Para qué queremos ese bote?- le preguntó Bernardo.

-¡Esos cuervos, no tardarán en llegar hasta Porto Bello, y les prepararemos una buena función!- murmuró Álvaro.

Cerraron el precio con Don Manuel, la barca estaba lista para partir, bajo las tablas de cubierta, había comida, agua en abundancia y aparejos de pesca.

-¡Hernán, dile a Junín que ha de salir esta noche, no hay luna, podrá pasar desapercibido si se mantiene alejado de las torres de vigía!- Hernán asintió y le transmitió la orden a Junín en la lengua de los aravacos, el indio marinero, asintió y de sus ojos rasgados partió un mirada a las torres desde las cuales se vigilaba la bocana de Porto Bello, afirmó con aplomó mirando a los dos castellanos y a su amigo Hernán…, acto seguido se agachó en cuclillas bajo la manta que le cubría y con un cuchillo empezó a pelar una papa, estaba claro que el hombre se disponía a esperar el momento de largar amarras matando el gusanillo.

Se apartaron del muelle, y camino de “La Tabla de las Mil Uvas” adonde se dirigían para hacer lo propio de la hora, Don Manuel tras guiñarle un ojo a su hermano Bernardo soltó…

-¡Está de nuevo hurgando muy al sur del Yucatán, Don Álvaro!-

-¡Bernardo…!- Álvaro se giró enojado a su lugarteniente, creyendo que éste había revelado su identidad.

-¡No le deis ninguna culpa a mi hermano Bernardo… Yo os recuerdo perfectamente de cuando hace más de un año echasteis de Panamá a esa peste de piratas ingleses! ¿Sabéis por qué os recuerdo tan bien?- Manuel hizo una pausa, como si esperar respuesta, pero nadie soltó ni ripio y el vivaracho negociante prosiguió.

-¡Gracias a vos, Don Álvaro, y a vuestro superior, el Adelantado Dovalle, que os envió hasta aquí al mando de sus refuerzos yo no perdí toda mi fortuna, si aquellos desalmados de Draque y Hawkins, se hubieran salido con la suya, todos los comerciantes de Porto Bello se habrían arruinado, y yo con ellos, así que os debo mucho, por ello os voy a ayudar todo lo que pueda!- Álvaro asintió impresionado… Mientras, Don Manuel le sonreía abiertamente. Y suspirando como aliviado, a la vez que reemprendían su marcha hacia la posada de Santiago Raya exclamó.

-¡Es un alivio, sentirse entre amigos, y no tener que andar con máscaras!- y se dirigieron alegremente a la taberna del “Tuercecuellos” para cerrar los tratos con una sabrosa comida.

 

Sobre las seis de la mañana, y montados ambos en Relincho, Bernardo y Don Álvaro apodado “El Lince” acudieron al palmeral de Poniente, estaba alejado a una hora de la ciudad de Porto Bello, yendo a pie, en la ruta de la abandonada ciudad de Nombre de Dios… Cuando salieron de la posada de Santiago Raya “Tuercecuellos”, Álvaro pagó el hospedaje de su lugarteniente Bernardo, ya que él no regresaría a partir de aquella noche, pero él tenía intención de quedarse hospedado unos días más.

-¡Así pues, vos os quedareis en la posada unos días todavía…!-

-¡En efecto Bernardo, necesitas unos días para convertir nuestra partida en una hueste, hay que entrenarlos, a combatir, a montar y desmontar, a preparar un campamento seguro, a tirar con seguridad, a ser regulares en la marcha, hay que acostumbrarlos a sus monturas y a las acémilas que acarrearan el matolaje y la munición…En fin todo eso que vos ya aprendisteis hace poco más de un año con la reducida tropa de Mérida y que ahora debéis transmitir a vuestros camaradas, en cuanto a los aravacos, Hernán debe prepararlos para las acémilas, para hacer de exploradores y sobre todo que mejoren su puntería con los arcos!-

-¡Vaya, mi Capitán General…Que se me ha girado tarea de repente!-

-¡Así es Don Bernardo, pero ea…Ya estamos llegando!-

En efecto, entre las brumas, se adivinaban las siluetas de las palmeras que en aquella vaguada y a aquella hora estaban inmersas en una densa niebla, a lo lejos se oía el gorgoteo de la fuente y forzando algo la vista, “El Lince” pudo medio distinguir algunas sombras que deambulaban entre los troncos del palmeral. Conforme se fueron acercando, vieron con más nitidez a los hombres de Bernardo Cabrera y los aravacos del indio Hernán, y algo más retirados otro conjunto de hombres y animales, de entre los que se adelantó Manuel, el comerciante acomodado que estaba financiando aquella peculiar hueste, que la acababan de constituir dos jaurías de mastines y dogos, ayuda imprescindible para toda hueste que se preciara.

-¡Aquí lo tenéis Don Marcos, lo primero es el guión de vuestra hueste!- sonriendo el hermano de Bernardo le alargó a “El Lince” un estandarte de combate en el que figuraba sobre una cruz de Borgoña, un guantelete, todo sobre fondo blanco.

Álvaro lo tomó y lo alzó para presentarlo a su tropa que le aclamó.

-¡Soldados de la hueste indiana del Guay Naya, aquí tenéis vuestro guión de combate, jamás lo abandonaréis ni permitiréis que caiga en manos enemigas, Don Mateo Ruiz será nuestro alférez y portaestandarte, lo llevará enfundado a modo de pica y lo desplegará en combate abierto cuando se lo ordene. Don Mateo…!- y tendió al sobrino de Bernardo el guión, el joven enarboló el estandarte con veneración.

Y tras un breve silenció el capitán de aquella curiosa tropa prosiguió…

-¡Nombro a Don Bernardo Cabrera, mi lugarteniente, y Maestre de Campo de la hueste, en mi ausencia él dará las ordenes que deberán ser cumplidas por todos, y Don José Cabrera será el sargento de la hueste, tendrá a su cargo las monturas y el orden en los campamentos que vayamos montando en nuestro periplo. Don Enrique Ruiz, el padre de nuestro joven alférez, será el cabo de nuestra hueste que auxiliará en todo momento a Don José, y Don Juan Cabrera será el cabo que auxiliará al oficial Hernán, tanto para la recua como en el combate dando cobertura con el fuego de su mosquete a los arqueros aravacos! ¡Os dirigiréis a ellos por su grado antes que por el nombre, en cuanto a mí, soy como reza en las Capitulaciones de Porto Bello, vuestro capitán general, y los que han combatido conmigo, o contra mí, me conocen como “El Lince”, por mi garra que os conduciré a la victoria, en nombre de nuestro Señor, el Rey Felipe, sin mancillar ni honor ni verdadera fe. No voy a permitir ni visitas a tolderías para holgar con mujerzuelas, ni borracheras, ni desprecios a nuestros soldados aravacos… Combatirán a nuestro lado, como ya lo han realizado en otras ocasiones!- y con esas palabras cerró su primera arenga, que fue jaleada por su tropa.

El comerciante hizo un gesto a los hombres que permanecían al fondo, acercaron cinco caballos de buena estampa, enjaezados, y poco después una recua de quince mulas cargadas con munición, pólvora, mantas, víveres de toda suerte y odres de agua y vino…-¡Venid!- le dijo al “Lince” y le acompañó hasta un grupo de tres palmeras en las que estaban dispuestos en pabellones treinta mosquetes muy parecidos a los que tenía Álvaro a buen recaudo en su habitación de “La Tabla de las Mil Uvas”, además había veinte picas, cuatro ballestas y sus dardos, y una docena de pistolas de pedernal, junto al arsenal de la hueste pacían cinco caballos de carga destinados a llevar el armamento.

-¡Todo esto está muy bien! ¡No sé como agradeceros vuestros servicios…!-

-¡Venciendo y con el quinto de las ganancias de vuestra expedición, capitán!-

-¡En ambas cosas pondré todo mi empeño, Don Manuel… Espero poderos pagar tanto con oro y plata, como con tierras allí donde vamos!-

-¡Hum…-murmuró el comerciante- aunque sé que son tierras muy feraces, no sé si me conviene tener hacienda y labor de plantación tan lejos de mi centro de negocios principal…!-

-¡Mientras volvemos hacia Porto Bello, os confiaré algunos extremos que pueden ser de interés y pueden dispar vuestras dudas! ¿Habéis acudido montado, Don Manuel?-

-¡Por supuesto!-

-¡Puesto que así es os convido a que regresemos juntos a la ciudad, y os podré confiar esa información que creo también es de vuestro interés, ya que estáis en esta empresa tan comprometido ahora mismo como los miembros de esta hueste… Almorzaremos en mi aposento, en lugar seguro!-

-¡Acepto vuestra invitación!-

Habían pasado las horas, Don Manuel se había retirado tras almorzar como es debido, los fogones de Santiago Raya, se lucieron en la ocasión. Álvaro meditaba por tal y como había ido todo, el comerciante Manuel quedó impresionado al saber que un rico mercader sevillano, por más señas marrano o judío inconfeso andaba tras toda la empresa, y que tenía señales el negocio de establecer un territorio más libre, sin las ataduras recientemente impuestas por el Consejo de Indias, de la Inquisición y el Santo Oficio… Le había afirmado con gran seriedad el hermano de Bernardo, que todos los afincados en aquellas nuevas tierras, verían con agrado una provincia o virreinato libre de toda la parafernalia de nobles, oidores, obispos y sus ridículas imposiciones.

El detalle de que los hijos de Federmann, de la casa Wessel, los banqueros, anduvieran también buscando fortuna en la zona de Nueva Granada y en la capitanía de Venezuela, tan sangrientamente conquistada a los Caribes, no le impresionó tanto, había murmurado el taimado mercader que los Wessel estaban en bancarrota desde la devaluación que Felipe, el Rey, había promulgado sobre la moneda, y con los Fugger, tenía algún que otro trato… Para Álvaro, algo había en el virreinato secreto, que a Don Manuel le interesaba mucho, tanto así que le invitó a su casa para mejorar si cabía, las condiciones de la expedición a Guay Naya. Andaba “El Lince” como buen gato rumiando hasta donde era prudente ceder más información y hasta qué punto le podía comprometer en algo que no estuviera en sus planes.

Y mientras seguía desgranando una a una las palabras del comerciante limpiaba con gran precisión su pistolete de pedernal más pequeño… Lo llevaría oculto a la cena de Don Manuel, nunca se sabe, así como una daga. Llegado el momento, partió hacia la casa del hermano de Bernardo, luciendo la mejor ropilla que tenía.

 

La cena había sido más que copiosa, exquisita, Manuel Cabrera a diferencia de su lugarteniente Bernardo, era un sibarita. El comerciante lo recibió ataviado con una bata de seda de colores llamativos, y se había acicalado a fondo con afeites y algún que otro perfume. Mientras degustaron el asado de carne con papas y las frutas, todo ello regado con buen vino traído desde España, la conversación giró a detalles del avituallamiento que el comerciante facilitó, pero ya en los postres con un Jerez dulce, sazonado con canela, lentamente empezó Manuel a entrar en aquello que vagamente insinuó al capitán de la hueste recién formada de Guay- Naya.

-¡Ya os puedo confiar el paradero de vuestro antiguo camarada, Don Gerardo García, goza de una encomienda con minas y alquerías en la serranía de San Jacinto, próxima a Cartagena de Indias, en el Reino Nuevo de Granada!- espetó el comerciante.

-¡Os habéis aplicado en vuestras averiguaciones, Don Manuel! ¡Mil gracias!-

-¡Es para mi muy importante vuestra empresa… Don Álvaro, tanto que os voy a dar una amplia cobertura, puesto que Bernardo me confió que en Nueva Granada, y en la Capitanía de Venezuela pensáis reclutar a gente experimentada, flamencos y tudescos quizás, y la gente de esas naciones no agarran la pica si no han recibido sus haberes, esto lo conozco bien!- y tras decir esto, puso sobre la mesa un billetero de piel repujado, y luego una banda de cuero como la que le entregaran a bordo del jabeque flamenco “Amberes”.

-¿Y esto? ¡No estaba en nuestro acuerdo inicial, Don Manuel!-

-¡Contemplad, en este cinto lleváis más de mil doblones de oro, suficiente para pagar una tropa reducida pero experimentada, sé que tenéis una dotación similar a la que os entrego, así pues soy un socio a mitades, con quién os financió en un principio… Pero además en este billetero lleváis cartas para los Fugger de Santa Fe de Bogotá o de Caracas que os autorizan a retirar hasta veinte mil escudos de a ocho, es decir doblones como estos. Y os preguntaréis… ¿A qué viene todo esto?-

Álvaro estaba tenso mientras asentía con la cabeza, y recordaba donde tenía tanto la daga como el pedernal, aquello, – pensaba- empezaba a ponerse interesante.

-¡Mirad Álvaro, hay algo en mí, en mi naturaleza que debo ocultar si no quiero acabar con el sambenito a cuestas y con mis bienes confiscados por el inquisidor recién llegado tanto a Lima como a Nueva España. Un hombre de mundo como vos, ya debe advertir que mis tendencias no son las que imperan en este mundo en el cual nos ha tocado vivir, y creedme, sufro mucho, pocos instantes tengo para holgarme y gozar de mi naturaleza, y tanto los dominicos como los del Santo Oficio, representan para mi, una constante amenaza… Cuando arribé a Nueva España, y más tarde acudimos al Panamá, en estas tierras se respiraba liberalidad, hay aquí espacio para todos, riquezas inmensas, tierras, agua, de todo, y siendo laborioso, un castellano podía forjarse fortuna, bien sea con su espada, o comerciando. Y comerciando conseguí las fortuna que vos salvasteis hace poco más de un año echando al traste las intenciones de los malditos piratas ingleses!- Manuel se detuvo y clavó su mirada fría y ambarina en los ojos castaños del Lince, intentando barruntar las percepciones de su invitado.

-¡Decidme Don Manuel…! ¿Sois leal, o sois fiel al Rey?- Álvaro devolvió la dureza de mirada a su anfitrión.

-¡Como vos, Don Álvaro, aunque sea un discrepante por naturaleza, jamás he contrabandeado, ni he comerciado con enemigos de su Majestad, y mucho menos he participado en embarques de oro o plata que defraudaran el quinto real! ¡Y como bien sabéis eso es fidelidad, pero puedo aseguraros que mi voluntad camina junto a la su Majestad, y que en ningún momento he pensado en que mi destino sea contrario al de nuestra obligación como súbditos del Rey Don Felipe, al que Dios guarde por muchos años, y eso según me enseñaron, se llama lealtad, capitán! -

-¡Y en Cristo…! ¿Creéis?-

-¡Contemplad esas imágenes, – dijo señalando a dos tablas que representaban el Sagrado Corazón y la Dolorosa- mi devoción es para ellas. Soy de familia católica y estricto observante, aunque la Iglesia a través de sus ministros ataca mi naturaleza!- había mucho de dolor y compungimiento en el tono con que había pronunciado estas últimas palabras. Álvaro dejó de pensar en la daga o el pistolete, el hermano de Bernardo había sufrido lo indecible a lo largo de su vida.

-¡Como bien decís, Don Manuel, por distintas razones ambos discrepamos en como los poderosos llevan las política en nuestros tiempos y estados, creo entender que vuestras tendencias os impiden amar a las mujeres, pero lo lleváis con sumo sigilo y huís de escándalos, y por ello lleváis vuestra cruz ahogando vuestra propia naturaleza. Os creo Manuel, no dudo ni un ápice de vuestra lealtad a la Corona, ni de vuestra fe cristiana, y creedme ahora a mí, altos señores de Castilla, y de España entera, de reconocida virilidad y buen estado, no pueden alardear ni de la lealtad que practicáis ni de la fe que sentís!-

La expresión de Manuel Cabrera se dulcificó, no había tenido que explicitar su gusto por los hombres, pero su invitado fue lo suficiente agudo para percibir tanto su naturaleza como su sufrimiento.

-¡Tengo entendido Capitán Vega,- le nombró con el falso nombre de aquella campaña- que os gusta el ron añejo de las islas…! ¿Un ron, amigo?- Álvaro sonrió mientras asentía, decididamente el comerciante era un excelente anfitrión.

-¡Os acepto el ron, amigo. Pero para recoger esa fortuna que ponéis a mi alcance para llevar la campaña de Guay- Naya, antes debo saber qué esperáis obtener a cambio!- le dijo mientras el otro escanciaba en copas de fino cristal un ron negro como el alma de un hereje.

-¡Es muy sencillo, aquél territorio dicen está fuera de la jurisdicción de la Inquisición, y es inmensamente rico y feraz, con buenos puertos desde los que se comercia con todo el mundo. Deseo que aprehendáis en mi nombre una hacienda, no en régimen de encomienda, no quiero esclavizar a nadie, y una buena base en uno de esos puertos, o como mínimo el solar para construirla. La razón… Es muy sencilla, corro el riesgo, aquí en Porto Bello, de ser descubierto, o acusado arbitrariamente a la Santa Inquisición, ello representa la ruina y el destino más terrible, que echaría treinta años de esfuerzos y duro trabajo por la borda, y vos habríais salvado mi fortuna de los buitres del mar de Draque y sus sicarios, para nada, o mejor dicho para fortalecer los caudales del Inquisidor General de Castilla!-

-¡Antes debo vencer!- deslizó el Lince.

-¡Esto que pongo en vuestras manos, es para que venzáis!- y el comerciante acercó sobre la mesa aquella fortuna a su interlocutor.

Álvaro se quedó mirando fijamente a Manuel, y sonriendo puso sus manos sobre la banda y el billetero.

-¡Os lo acepto pero sabed antes de que lo recoja que mi empresa es arriesgada!-

-¡No lo dudo capitán, pero os tengo mucha fe. Os he visto realizar hazañas que pocos serían capaces de hacer, y vos actuáis con la sobriedad del soldado, huyendo de halagos y falsos honores!-

-¡Debéis saber que un importante ministro de su Majestad, envía desde Castilla a cuatro oficiales de la Inquisición para matarme, y yo los aguardo aquí en Porto Bello para infringirles una primera derrota. Esos sicarios del de Alba, tras acabar conmigo tienen la misión de someter ese territorio al sur de la capitanía de Venezuela, a la disciplina del Santo Oficio… Dando fin al sueño de muchos que como vos precisan de libertad y más altas miras, y aniquilando el cumplimiento de la palabra de su Majestad el Rey, a súbditos leales, no gratos a los del Santo Oficio!-

-¡Pero… ¿Como se atreve el Duque?- exclamó Manuel Cabrera.

-¡Responded! ¿De qué Casa noble son los virreyes nuevos tanto del Perú como de Nueva España? ¿Quién instauró la Santa Inquisición a este lado de la mar Océana?- espetó con vehemencia Álvaro.

-¡Cielo santo, los Álvarez de Toledo… Ese lobo hambriento se quiere hacer el dueño de todo!- sentenció el comerciante, para seguidamente preguntar- ¿Pero qué tiene contra vos el poderoso Duque?-

-¡Es una vieja historia, Manuel. Bañada en sangre. A menudo y al servicio de los de Éboli, sus eternos rivales, he logrado impedir sus fechorías. Por ello necesita aniquilarme, uno de sus sicarios echó mediante el Santo Oficio toda la ignominia del mundo sobre mi familia, amén de ruina y muerte, allí en la vieja Castilla. Apenas pude salvar la piel, pero grandes señores afectos a su Majestad, y al ministro Silva, el Príncipe de Éboli, me recogieron y salvaron. Mi aciago destino me hace comprender perfectamente vuestros temores y compartir vuestras necesidades. Pero la partida de ajedrez continúa y aguardo pacientemente a sus alfiles, aquí en la bahía de Porto Bello!-

-¿Sabéis contra quienes os enfrentaréis?- preguntó Manuel enarcando las cejas.

-¡A buen seguro que en La Española habrán formado el núcleo de su hueste, y tengo entendido que los hermanos Menéndez, Rodrigo y Bermudo se han puesto al servicio de los sicarios del de Alba!-

-¡De Bermudo no sé nada, pero Rodrigo es un carnicero… Le hacía de regreso a Castilla, tras el asalto al fortín hugonote de Carolina, en La Florida. Aquello y como se hizo no gustó nada al buen Rey Felipe, dijeron!-

-¡Bermudo acompañó a Rodrigo en aquella ocasión, y también lo hará en esta. Venderán lo del sur de Venezuela, como lo de Carolina, una batalla ganada a los herejes en nombre de Dios y su Majestad!-

-¡Si eso es así, debéis ir con mucha prudencia… Los Menéndez contactarán en Nueva Granada con uno de los baquianos más endiablados de todas las Indias Occidentales, Don Andrés Ordóñez del Coral, mestizo de una princesa caribe y el antiguo oidor de Nueva Granada, el salmantino Don Tello Ordóñez, es hijo ilegítimo como su hermana Doña Cecilia Ordóñez del Coral, una mujer que según cuentan tiene el diablo en el cuerpo!- al oír la referencia al salmantino Tello Ordóñez a Álvaro el corazón le dio un vuelco, ese nombre le traía recuerdos muy amargos.

-¿Qué importancia tiene ese mestizo?- preguntó el capitán.

-¡Como baquiano es el mayor proveedor de esclavos indios a los hacendados y encomenderos, siendo como es medio caribe, se ceba en sus eternos enemigos los aravacos y los taínos, y desde La Española hasta la capitanía de Venezuela extiende sus expediciones y comercio, tiene a su servicio un auténtico ejército de indios caribes, temible y muy práctico en las latitudes a las que os dirigís, capitán!- Manuel informó con una cierta gravedad de lo que sabía a su invitado.

-¡Y supongo que ese cristiano oficio lo realiza bajo la protección de Bermudo Menéndez, al menos en el Mar Caribe!-

-Habéis acertado capitán!-

-¡Os doy las gracias por la información, me será muy útil, es noche cerrada ya Don Manuel y debería retirarme, debo descansar y reflexionar, pero creo firmemente en el éxito final de mi empresa!- alzándose de la mesa Álvaro hizo el gesto de marcharse.

-¡Tomad estos recursos y ganad tanto vuestra partida como la mía, y cuidad de mis hermanos y familiares!- Don Manuel le alcanzó aquella fortuna, y se despidieron sin cordialidades, las confidencias de Don Manuel, el comerciante, forzaban a Álvaro de Sobrarbe a tomar un aire distante, y el otro lo comprendía. Que no fuera un inquisidor no le convertía en mancebo sodomita.

 

Los monjes benedictinos del Convento de la Santa Cruz, cantaban maitines en aquella calurosa madrugada, mientras en solitario Don Álvaro se dirigía hacia la posada “La Tabla de las Mil Uvas” con aire pensativo y taciturno, tenía sus pensamientos en aquella lejana tierra que los misquitos y los tule definieron como de los dioses, y donde un secreto virreinato desafiaba al poder de la Santa Inquisición y la voluntad de dominio del poderoso Francisco Álvarez de Toledo, tercer Duque de Alba, enemigo declarado de los Mendoza, del Príncipe Juan de Austria, de Don Luís de Requesens, su gran valedor, y de todo aquello que no se plegara a su poder. Aguardaría la llegada de aquellos rufianes, agazapado allí en Porto Bello, a buen seguro que llegarían con la flota de Tierra Firme, para pasar desapercibidos…

 

Ya en su alcoba, no lograba conciliar el sueño, y se había levantado, a la luz del candil contemplaba aquella fortuna que Manuel Cabrera había puesto a su disposición para acometer con éxito su empresa, una empresa pagada por un judío y un invertido, un maricón en definitiva… Iba meditando sobre si cabía en aquellas alteraciones de las viejas costumbres lealtad posible, él había sido educado tanto en la casa solariega de Navarra, como en Guetaria, ya en Guipúzcoa, en la lealtad a la tierra, en el respeto a los antepasados, y a la fe en Cristo, y todo ello iba de algún modo asociado a una manera de vivir recia, sin resquicios, ni dudas, indudablemente fundamentada en la preservación de las costumbres. Mientras deshilachaba estos pensamientos, la mente se le aclaraba, y por otro lado no podía menos que sentir simpatía por los perseguidos, por los estigmatizados, y de repente recordó como le dieron por hereje,- porque a alguien le interesaba para consumar su venganza, y como su familia fue desprovista tanto de sus bienes, como de su vida, a excepción de madre que apagó sus días en un convento de clausura… Y se contempló la garra, aquel guantelete de acero que ocultaba la mutilación terrible…

Aquella gente- pensó- no podían darle lecciones de lealtad, ni de hidalguía, ni de nada. Se revolvió en un momento apagando el candil con un cuenco, mientras exclamaba para sus adentros:

-Al infierno con esos hipócritas, prefiero el sodomita sincero que a esa carroña…- Había puesto punto final a una pugna que libraba en su fuero interno desde que Don Manuel se descubriera.

 

Muchas leguas al norte, y unas cuantas jornadas antes, una reducida tropa avanzaba por las playas cercanas al puerto de Sisal, eran Antonio Sigura y sus hombres…

Sisal, situado en la barra de arena y arrecifes que forman una lengua de tierra totalmente separada de tierra firme, y el puerto tenía además de un considerable fortín, un muelle que daba a mar abierto y se extendía hasta el canal que separaba la barra, del Yucatán firme, y anclado frente al puerto exterior se perfilaba con su velamen arriado la silueta del “Santa Sangre”, el galeón portugués que los había traído desde Castilla al Nuevo Mundo.

Sigura les hizo detener lejos de la muralla del puerto fortificado, y se quedó escrutando la silueta del “Santa Sangre”, era justo mediodía del día once de Agosto, y nada parecía extraño en la cubierta y los obenques, la cofa lucía su vigía y como en toda la singladura, llevaba en lo alto el estandarte de los Caballeros de Santo Cristo de Portugal y en la popa el pendón de Castilla, bajo el cual, su Excelencia el Duque había puesto aquella santa misión.

De pronto, Sigura recordó que Dovalle siempre había prestado mucha atención al puerto de Sisal, y con un brusco tirar de las riendas hizo caracolear su caballo negro como el carbón.

 

-¡No permanezcamos al descubierto, nos parapetaremos allí en aquel palmeral, con suerte hasta tendremos agua!-

Y sin vacilación alguna, el oficial de la Inquisición, seguido por su fieles Pedro Cárdenas y Baltasar Atienza, y los cabos Julián- conocido como “Espuela”- y Roque- apodado “Siete”- se quitaron de la extensa playa de blanca arena para cobijarse bajo la sombra de un palmeral, y pudieron comprobar que Sigura había intuido bien la presencia de agua, una fuente cristalina y una charca roquera les aliviaría de las últimas horas de la jornada.

-¡Muy bien, Don Antonio…! ¿Por dónde empezamos?- le inquirió Cárdenas.

-¡Hay que esperar Don Pedro la arribada del galeón de Rodrigo Menéndez, según acordamos y por el calendario están al llegar, no dudéis que tendremos una hueste imponente y bien pertrechada!-

Tanto Julián como Roque, se miraban mientras desarzonaban los caballos para que los nobles brutos descansaran y pacieran en aquel oasis a treinta y tres varas de la mar Océana, que lanzaba suaves olas a la playa, y mientras estaban en sus quehaceres se sonreían imaginando ya su futuro empleo, bien pagados, con mando sobre soldados y quién sabe si su destino era devenir en acomodados hacendados, con su encomienda en la que verían languidecer los días mientras sus jornaleros indios sudaban las mantecas para enriquecerlos, y andaba en esas fantasías Roque el manchego, cuando la voz de mando de Baltasar Atienza le volvió a la dura realidad.

-¡Cabo Roque, tomad el arma y montad la primera guardia!- el aludido se movió con diligencia y en un santiamén estuvo en lo alto de las rocas que rodeaban la charca, con su arcabuz cargado y su mirada recorriendo aquellos mil pies de arena entre su refugio y los bastiones de Sisal.

Con la mirada fija en las murallas del puerto de Sisal, Sigura y Cárdenas cambiaban impresiones.

-¡Hemos de localizar a vuestro amigo portugués, Don Pedro! ¡Y además debemos ejecutar los planes que hicimos para partir de esta costa con una hueste nutrida!- Sigura arrastró entre dientes las prescripciones que llevaba decididas desde que huyeron del escenario del crimen de Pojápan.

-¡Don Luis, a pesar de vuestras reticencias, es un hombre de honor que no puede estar más que con nuestra causa, y por ello creo que es necesario indagar si todavía es preso del Adelantado de Yucatán, o bien si ya está libre y al cargo de su tripulación!- Cárdenas estaba expresando además de su admiración por un caballero cristiano de corte medieval, una simpatía por el portugués que su jefe y compañero Sigura no compartía bajo ningún concepto- ¡Pero creía que dejabais el negocio de Mérida para la vuelta, es lo último que determinasteis!-

-¡Si Don Rodrigo, ha logrado reclutar una buena partida de hombres duchos, será mejor no dejar un enemigo como Dovalle a nuestras espaldas y ahora, escuchadme Cárdenas! ¡Esta noche, acudiréis al “Santa Sangre” y os informaréis de si Don Luis está preso o no, y sobre todo donde se halla, de si su galeón está presto para el viaje o no, y debéis hacerlo a nado, el cabo Julián partirá hacia Mérida, y Roque será nuestro enlace, pensemos que nos separan once leguas, entre Sisal y Mérida. Son más de tres horas a galope!- Sigura dio esta consigna a su camarada Cárdenas, no en un tono autoritario, sino más bien con esa inflexión en la voz que reclamaba adhesión, más que obediencia.

El recio castellano, clavó su mirada en la de Sigura, entre ellos existía desde los tiempos de Malta una camaradería a toda prueba, y solamente por eso nadaría esas cien brazas que separaban el galeón de la barra del puerto de Sisal, a Don Pedro, desde que se hundió con una libra de plomo en el costado, allí en los mares griegos, lo de nadar, más bien que se le cruzaba.

Después de aquello, vino lo de los flamantes cabos de la hueste, a Roque hacer de enlace ya le iba bien, pero Julián, el cacereño, apodado “Espuela”, a pesar de los dos doblones de a ocho que le largó Sigura, lo de entrar en Mérida de Yucatán, le despertaba todos los malos farios, habidos y por haber, a fin de cuentas habían matado al cabo Iribarren, pero un toque de atención de Sigura le bastó para dejar dudas y remordimientos a las puertas de Mérida.

 

Hay instantes en los que sucede aquello que se espera por largo tiempo, y aquél mediodía, casi entrada la tarde, en lontananza, aparecieron las siluetas de diversos galeones, que sin duda alguna dirigían su rumbo hacia los puertos de Tierra Firme, Porto Bello y Cartagena de Indias. Cual si fueran una caravana de caracoles, se desplazaban perezosamente, con el velamen ligeramente hinchado, sin perder de vista la costa, navegando con parsimonia y majestuosamente bajo el inclemente sol tropical y sobre aquél mar claro e intensamente azul. Desde el palmeral, el grupo de hombres que estaba preparando la partida del cabo Julián hacia Mérida de Yucatán, se quedó mirando de hito en hito aquella estampa que cada dos años anunciaba la llegada de la fortuna y nuevas oportunidades desde tierras castellanas a los puertos de aquellas tierras occidentales…

-¡Basta de holgazanear, vos Julián ya deberíais estar camino de Mérida, y recordad antes de pisar la taberna del Checa, os pasáis por un buen barbero, que os deje irreconocible!- Sigura urgió al cacereño a iniciar su partida, lo que el enjuto soldado realizó sin rechistar montando en su caballo y saludando a su amigo Roque en el momento de dirigirse al vado del norte de la barra de Sisal, con el objeto de incorporarse al camino de Mérida, llegaría no antes de las cinco de la tarde, suficiente para acudir al establecimiento de Paco el Navajas, el mejor barbero de todo Yucatán.

 

Mientras se alejaba Julián, Atienza reclamó su atención para ver como tres galeones se desprendían de la derrota de la flota, y ponían proa a Sisal, uno de ellos estaba artillado y era a todas luces una nao de combate, de las armadas en La Española para la protección del cabotaje en el Caribe, el rostro de Antonio de Sigura se iluminó, sin duda allí estaban Don Rodrigo Menéndez y su hermano Bermudo.

 

-¡Me parece Don Antonio,- susurró Cárdenas- que no será preciso aguardar a esta noche para abordar de nuevo el Santa Sangre!- y se quedó mirando a su jefe natural.

-¡Desde luego Don Pedro! ¡Arzonemos las monturas y acudamos a la playa!- ordenó Sigura.

-¡Mirad ese galeón va derecho a unirse al Santa Sangre, sin duda son nuestros efectivos de La Española…!- Atienza advirtió la maniobra del galeón recién arribado a las costas de Sisal. Cárdenas asintió sonriendo, y con inusitada rapidez el cabo Roque había ensillado los tres caballos para dirigirse a la playa…

Cuando llegaron al rompiente, pudieron ver con claridad que una barca se dirigía del galeón recién arribado al “Santa Sangre”, ante aquello Sigura en lo alto de su corcel negro azabache lanzó una salva de pedernal mientras sus compañeros agitaban los brazos para reclamar la atención de los que iban en la barca. El aviso tuvo su efecto porque la barca, de doce remos, corrigió su deriva y empezó a surcar vigorosamente las cien brazas en dirección a donde estaba situado el grupo de Sigura, Cárdenas, Atienza y el cabo Roque.

Cuando la barcaza embarrancó en las blancas arenas Sigura desmontó dando un grito de alborozo.

-¡Don Rodrigo! ¡Por fin! ¡A mis brazos querido camarada!- el hombre que atendía por Don Rodrigo, era como su hermano Bermudo, un gigantón barbudo, con el rostro lleno de cicatrices, testimonio de combates sangrientos y de recia complexión, destacaba en él una mirada intensa como el fuego, desde el fondo de sus pupilas oscuras y una expresión de severidad, sin duda reflejo de los esforzados trabajos de armas que a menudo había desempeñado.

Tras Rodrigo puso pié en tierra, su hermano Bermudo, al que el bueno de Cárdenas salvara en la jungla de La Española tras caer en la emboscada de sus invisibles enemigos. Los saludos fueron efusivos, y acordaron establecer un campamento con una pequeña fuerza en el palmeral, a la par que con la barcaza se arribarían al galeón portugués a ver que se cocía en el “Santa Sangre”, Cárdenas no perdió comba y presentó el cabo Roque a Bermudo Menéndez como un componente de la hueste con el empleo de cabo… El manchego encantado, saludó con una leve reverencia, -aquello- pensó- empezaba a ir razonablemente bien, cuando volviera el cacereño no se lo iba a creer- y pudo advertir que el llamado Rodrigo inquiría con la mirada a Sigura, y éste, sonriente a pesar de su marcado semblante y aquél rictus feroz y descarnado que le caracterizaba, se extendió en una breve alabanza de las cualidades del cabo Roque, un valiente soldado, alineado ya en las filas de los fieles al Duque. El ceñudo Rodrigo Menéndez le miró con cierta benevolencia…

-¡Si así lo disponéis Don Antonio, que el llamado cabo Roque venga con nosotros a bordo del “San Martín” y se le entreguen los arneses, armas y distintivos propios de su empleo, vuestros atuendos revelan que habéis estado prácticamente en campaña.

-¡Me parece acertado Rodrigo, todos hemos estado en permanente tensión por espacio de largas jornadas!-

-¡Bien pues, sea! ¡Mis hombres montarán el campo de tierra firme antes de que entremos en Sisal! ¡Bermudo, que los hombres acudan al palmeral a montar un campo en condiciones! ¡Os haremos llegar desde el “San Martín”, los toldos y todo lo necesario!-

Cárdenas se unió a Bermudo y sus seis soldados para llevarlos hasta el palmeral tomando cuidado de los caballos, mientras Sigura, Atienza y el cabo Roque junto con Rodrigo Menéndez subían a la barcaza para arribarse a los galeones anclados frente al puerto de Sisal.

Mientras surcaban las olas rumbo a las imponentes embarcaciones, Antonio Sigura empezaba a saborear el cuerpo que tomaba aquella situación…

-¿Cuántos hombres habéis logrado reclutar en La Española, Don Rodrigo?-

-¡Ciento ochenta, Don Antonio, y lo mejor es que todos tienen alguna experiencia de hechos de armas en estas tierras!- el que Sigura quería nombrar Maestre de Campo le había respondido sin vacilaciones.

-¡Juntamente con el Santa Sangre y su tripulación hemos reunido en la práctica un pequeño ejército!- comentó Atienza con sus cabellos batidos por la brisa.

-¡Ahora veremos que hay en la nao portuguesa, Don Baltasar!- espetó Sigura.

La expresión del oficial albista mejoró apreciablemente cuando vio en las amuras del galeón portugués a Don Alfonso de García y Luque, con alegre semblante, el sevillano les saludaba.

-¡Vaya por Dios, nuestro buen Don Alfonso parece que ha saltado desde el galeón de La Española al Santa Sangre!- su amigo Atienza le devolvió el saludo agitando su lujosa gorra flamenca por encima de la cabeza, el camarada de andanzas de García Luque, en la turbulenta Sevilla, quedó sorprendido por su capacidad de sentir sincera camaradería por aquél caballerete andaluz..

Bajo la luz refulgente del mediodía que del mar arrancaba mil destellos, la barca fue acercándose paulatinamente a los dos galeones, ahora ya semejaban dos monstruos marinos que empequeñecían a los hombres que sobre la chalupa iban a abordar la nao lusa.

-¡Dad escala!- ordenó García Luque a los marineros del “Santa Sangre”. Y de inmediato una escala de cuerda cayó por la borda, hasta la barca, Sigura la tensó ansioso, y sin mediar más que un brusco- ¡Para arriba!- se encaramó hasta llegar a los obenques y saltar a la cubierta del galeón que les llevara desde Castilla hasta las Indias Occidentales. García Luque le abrazó, y se había aclimatado durante la singladura desde Santo Domingo hasta el Yucatán y a diferencia de sus camaradas iba ligero de ropa, con camisola blanca, y calzones de marinero…

-¡Don Alfonso…!- le espetó Sigura- ¡No quiero veros como un harapiento! ¿Es que os habéis vendido vuestras ropas? ¿Y vuestras armas? ¡Recordad lo que hemos venido a realizar en estas tierras Don Alfonso!- La regañina no fue del agrado de García Luque.

-¡Olvidáis que he realizado una travesía desde La Española, como un marinero más!-

-¡Bien sea…! ¡Pero desde este momento, volvéis a ser uno de los máximos capitanes de esta expedición, Don Alfonso, nuestra hueste empieza a desplegar estandartes. Mañana batiremos cajas en Mérida y le daremos a ese rufián de Dovalle su merecido!- el inquisidor apuntó sus prioridades a bocajarro, mientras que Baltasar Atienza había saltado y abrazaba alegremente a su amigo. Los otros fueron subiendo sucesivamente, Don Rodrigo y el cabo Roque…En la barcaza aguardaban los marineros del “San Martín” para cualquier nuevo traslado.

-¡Pero decidme, como os ha ido la caza!- García Luque sentía una gran curiosidad por saber cómo les había ido desde su llegada al Yucatán.

-¡Dejemos las crónicas para el almuerzo, Don Alfonso!- Sigura le cortó tajante- ¡Ahora lo que debo saber de inmediato es donde se encuentra el capitán portugués de este galeón y si está libre del perro de Dovalle!-

-¿Don Luis? ¡Está en el puerto de Sisal, reclutando más tripulación, el Adelantado de Mérida lo liberó finalmente, esos portugueses son el demonio…!- mientras su amigo daba razón de los trabajos del caballero De Gama, Baltasar Atienza recordaba lo solicito que el capitán portugués y su cirujano de a bordo fueron con él, tras su desafortunado encuentro con un león en su camino desde la barra de Sisal hacia Mérida.

-¡No podemos permitirnos dudar de un aliado leal, como Don Luis, Sigura!- dijo escuetamente el vizcaíno mientras sentía todavía el escozor de las garras, de la fiera que le asaltó en aquellos parajes que se divisaban desde la cubierta del “Santa Sangre”, en brazos y espalda.

-¡Todo se puede esperar de un portugués!- respondió Sigura, haciendo gala de su proverbial recelo- ¡Además…! ¿No os dais cuenta? ¡Dovalle le ha puesto en libertad! ¿Quién no nos asegura que hay un acuerdo entre ambos?- el inquisidor tiró a fondo puesto que no estaba presente su camarada Cárdenas, el gran valedor del caballero lusitano. Pero tanto Atienza como García Luque saltaron ante el órdago de su jefe.

-¡Don Luis ha estado a nuestro lado en todo momento!- comentó García Luque.

-¡No le creo capaz de doblez alguna!- sentenció Atienza.

-¡Vos Don Alfonso admiráis en él, al caballero de la Orden del Santo Cristo. Y vos, Don Baltasar, le guardáis agradecimiento por haberos protegido y socorrido tras vuestro lance en estas selvas!- Sigura desde la amura señaló la espesa jungla del Yucatán, que se extendía con sus mil verdes tras los arenales de las playas y la presencia del puerto de Sisal- ¡Pero creedme ambos, hay algo en la actitud de Don Luis que me pone en guardia, quizás sea su tibieza, o puede que sus modales demasiado refinados para nosotros, castellanos austeros, y por encima de todo en cada aprieto en los que nos hemos visto, jamás ha tomado partido de forma decidida por nuestra causa, la ha secundado, es cierto, pero a regañadientes!- los razonamientos del oficial albista no cayeron en saco roto. Sus dos compañeros enarcaron las cejas reflejando la sombra de una duda.

Rodrigo Menéndez, el gigantesco veterano, metió baza mostrando un puñal de los que se amagan en las botas de montar o en la faja.

-¡Descuidad, Don Antonio, si ese caballero se cruza en nuestro cometido, en Portugal habrá una madre más que llorará a su hijo!- el oficial de la Inquisición sonrió con crueldad, sus hundidos ojos adquirían un tono cobaltino brillante, y la herida que surcaba su rostro y la abombada frente enrojecía, como si reclamara sangre, sacudió su cabeza en un gesto que le caracterizaba cuando su cabello lacio y trigueño le ocultaba las sienes y bajaba hasta las cejas.

-¿Veis? ¡He aquí la determinación de un soldado veterano! ¡Pero ya está bien de parlotear, debemos comer algo y acudir esta misma tarde a Sisal, a presentar credenciales del galeón San Martín” y recoger a ese demonio de Don Luis de Gama!- Sigura ya había decidido qué hacer aquella tarde.

Pasaron al galeón de La Española, para almorzar y holgarse un poco después de duras jornadas.

Tras comer y descansar, Sigura, Atienza, García Luque y Rodrigo Menéndez fueron llevados por la barca del “San Martín” hasta la playa, no muy lejos del campo del palmeral, una vez allí García Luque se echó en brazos del bueno de Cárdenas.

-¡Albricias Don Pedro, Don Antonio ya me ha relatado el fin de ese miserable, la primera parte de nuestro cometido ya está cumplida! ¡Ahora a por los herejes, con los ciento ochenta hombres de mesnada que nos traemos reclutados de La Española, vamos a darles guerra!-

-¡No tengáis duda alguna Don Alfonso!- respondió encantado el sarmentoso castellano.

-¡Caballeros…!- atajó Sigura- ¡No echemos raíces, Don Pedro acompañadnos hasta el puerto de Sisal! ¡Don Rodrigo completará el campo!-

-¡Como ordenéis mi capitán!- el recio soldado se envaró para responder al que aceptaba como su superior, a pesar de ser el futuro Maestre de Campo de la hueste.

Así pues sobre la cuarta hora de la tarde, el grupo partió del campamento hacia Sisal, Sigura y Cárdenas en busca del capitán del “Santa Sangre” y García Luque a presentar las credenciales del galeón de La Española y sus cartas de presentación con el sello de la Casa de Alba, al comandante del puerto. Justo en aquellos momentos una pesada nao aparecía en el horizonte rumbo al puerto, era sin duda un galeón de carga que se había quedado rezagado, seguramente el destinado a comerciar con las gentes de Sisal. Eso vaticinaba fiesta de la grande en la ciudad.

Habían pasado ya tres horas largas, y el sol caía tras la jungla, en el campo, los hermanos Menéndez estaban inquietos por la tardanza en el retorno de los tres castellanos, y Don Rodrigo para fortalecer la posición de tierra, había ordenado que desembarcaran doce hombres más y el cabo Roque, el manchego estaba encantado con su nuevo peto, armas relucientes y un morrión como los de Castilla, de metal y forrados en piel, no el sencillo que usaban las milicias de aquellas tierras, cuero del malo y barboquejo de cáñamo, se sentía como un verdadero capitán.

El cabo Roque, había dispuesto un centinela en dirección al puerto de Sisal, para advertir tanto del regreso de los capitanes de la hueste, como de cualquier movimiento que se advirtiera en las cercanías del campo, y él en persona se apostó en una roca desde la cual podría divisar la ruta de Mérida, por la que tenía que regresar su amigo y camarada de armas, el cacereño Julián, revoltoso y duro como pocos, pero que era gente de fiar. Sin decir nada, Don Rodrigo se percató y dejó hacer, tuvo la impresión de que aquél perillán venido a cabo, era una buena adquisición para la hueste, cuantas veces él había presenciado como haraganes y buscavidas ante una responsabilidad se crecían y devenían en grandes y sufridos soldados.

 

En ocasiones sucede, que lo esperado acontece de súbito y a la vez, y aquél atardecer atrapó esa conjunción, bordeando la playa, regresaban en cabeza y montados los tres castellanos, y tras ellos a pie, un nutrido grupo de hombres; al mismo tiempo Roque percibió una nubecilla de polvo sobre las copas de los arboles de la selva, y según le parecía sobre la ruta de Mérida.

El grupo que venía de Mérida fue recibido por el consabido alto del centinela y a continuación por los hermanos Menéndez, y de inmediato Cárdenas presentó a Don Luis de Gama, como el capitán del “Santa Sangre” mientras, la tropa había levantado toldos para pasar la noche y cercado el campo con un parapeto y foso que lo rodeaba, Sigura dispuso que Don Luis cenaría con ellos en el campo, y que junto con los quince reclutados para su buque, se les llevaría hasta el “Santa Sangre” en la barcaza.

El veterano Rodrigo Menéndez y su hermano Bermudo con casi tantos espolones como él, ojeaban a los quince marineros de leva, la mayoría eran robustos, dos eran de mirada torcida, de los que ningún oficial desearía tener a sus espaldas cuando se entabla combate, el resto parecían buena gente, ruda y hecha a la mar, pero sin maldad, incluso alguno, según pudo advertir Rodrigo, llevaba un crucifijo colgado del cuello. Aquella leva parecía aceptable, pero aquellos dos deberían ser especialmente vigilados, y así se lo comentó Rodrigo a su hermano, que en silencio asintió. Se dispuso que cenaran con el segundo turno de los hombres de la hueste, sopa de mandioca y tortas de maíz con carne seca y chile…

 

Se disponían los oficiales de la hueste a entrar en la tienda en la que cenarían, cuando el cabo Roque desgarró el aire con un grito.

-¡Vuelve el cabo Julián, está herido!-

El anuncio puso en alerta todo el campo de la hueste, los capitanes salieron de su tienda, en la que se disponían a cenar, y el propio cabo Roque, organizó una escuadra de soldados con arcabuz para proteger la llegada de su camarada, por si era perseguido…

En unos instantes que parecieron una eternidad, la figura del cabo Julián, con gesto de agotamiento y dolor se fue perfilando sobre el caballo que le llevaba al galope hacia el campamento, sobresalía por la espalda un dardo, y la coraza estaba bañada en sangre.

Cuando llegó, su amigo Roque tomó las riendas del caballo, el cacereño con un rictus de dolor desmontó como pudo para caer en brazos de su viejo camarada.

-¡Mil demonios, “Espuela”! ¿Quién te ha hecho esto?- le preguntó Roque.

-¡Los ballesteros de Dovalle…!-susurró el herido. Mientras los capitanes y otros soldados habían rodeado al recién llegado y su amigo Roque.

-¡Hay que ir a por el médico del Santa Sangre!- exclamó Atienza.

-¡Dejaos de galenos! ¡Bermudo, quítale la coraza a este soldado!- Don Rodrigo, decidió tomar cartas en el asunto.

-¡Aguardad un momento, que me conozco esos remedios de soldado viejo!-Sigura paró a los Menéndez- ¡Cabo Julián…! ¿Os siguen de cerca? ¿Hay algo importante que debamos conocer?-

-¡Por Dios, mi señor, se desangrará si no le curamos rápidamente!- imploró su compañero Roque.

-¡No, Roque…! ¡Tiene razón el capitán! ¡Escuchad…! ¡Me han seguido unas tres leguas, pero les he podido dar el esquinazo en una barranca que es un atajo, yendo rápidos tardarán dos horas largas, pero hay más, mucho más! ¡Acudí a Mérida, como ordenasteis capitán- Sigura se arrodilló junto al cabo herido que sostenía en brazos su amigo- y fui a asearme a casa de Paco “el Navajas”, me compré algo de ropilla fina y me acerqué a la taberna del Pepe “Checa”, y allí me enteré de que el cabo Iribarren no está muerto, sobrevivió el muy cerdo, y las gentes de Pojápan le curaron las heridas, pero además enviaron un correo hasta Mérida y según dijeron otro al Virrey de Nueva España. Yo quedé con cuatro soldados de los que ya están hartos de Dovalle, para partir juntos y ellos a su vez aseguraron que vendrían como poco otros diez, gente bragada, Don Antonio! ¡Pero alguien se fue de la lengua, y vinieron a por mí, pero no se lo puse fácil… Desde las torres me dispararon cuando salía huyendo sobre mi buen caballo, un dardo de ballesta me ha torturado todo el camino! ¡Dovalle sabe todo lo del camino de Veracruz, cuando estaba esperando a los nuevos reclutas, estaban pregonando un bando del Adelantado, en el que se nos cita como reos de muerte, por múltiples asesinatos, y agitado como estaba vi una reducida escuadra de soldados de la confianza de Dovalle que se abrían paso entre los curiosos y venían directos a la taberna del Pepe “Checa”, salí por el patio de atrás y cogí el caballo, y…- Julián estaba muy cansado y débil- fue al huir que pasé por la Plaza Mayor de Mérida, una fuerza de al menos cincuenta soldados y otros cincuenta voluntarios estaba pertrechándose para venir hasta Sisal, a capturarnos, los que me persiguieron los lanzaron tras de mí cuando me conocieron algunos de los formados de la tropa, logré cruzar las puertas, pero desde la torre me dieron…! ¡Don Antonio, Capitán, vendrán aquí y se les unirá la guarnición del puerto, en el bando alegaban tener ordenes del Virrey de Nueva España…!- y el correoso cacereño dejó de hablar para lanzar un gemido de dolor por toda queja, pero no perdió el sentido a pesar de quedarse lívido con un intenso rictus de sufrimiento.

El grupo de oficiales de la hueste enmudeció unos segundos, se habían quedado fríos, el primero en reaccionar fue Sigura.

-¡Pronto, hacedle la primera cura Rodrigo, y luego sin perder tiempo le lleváis a bordo del Santa Sangre, que el cirujano del buque le atienda, y ahora mismo traed también agua caliente, lienzos limpios y aguardiente! ¡Hemos de tomar decisiones muy rápidamente señores!-

Sin perder un momento, Bermudo Menéndez desarmó el peto y el espaldar de la coraza al maltrecho cacereño, y su hermano Rodrigo pudo comprobar que a causa de cabalgar la herida se había holgado.

-¡Soldado, esto te va a doler un poco!- le susurró el veterano mientras asía el asta de la saeta.

-¡Si no os importa, respetad mi condición de cabo, señor!- musitó muy levemente Julián, el cacereño.

Roque había acudido con el aguardiente, y antes que nada se tomó un trago, para resistir pensó. Y acto seguido le dieron otro trago al herido, éste largo para aletargar sus sentidos, y cuando el hombre medio cerró sus párpados, Rodrigo hurgó con el dardo para buscar la salida de la flecha menos dolorosa, el herido se revolvió ligeramente delatando dolor, pero el veterano no vaciló, encontró la mejor posición y de una sacudida firme arrancó de golpe la saeta del cuerpo del cabo Julián, y éste, ahora sí, lanzó un grito de dolor.

-¡Aguardiente sobre la herida y después limpiadla con agua!- espetó Don Rodrigo tirando con rabia la saeta de ballesta contra el arenal- ¡Este hombre es duro como el hierro, he visto a otros más fuertes que él chillar como parteras por menos que esto! ¡No le cubráis la herida y llevadlo al buque portugués lo antes posible!- Rodrigo le dijo esto directamente a Bermudo, para acto seguido dirigirse a la tienda donde Sigura celebraba consejo a tenor de la información del cabo Julián.

-¡Al cuerno la cena!-clamaba Sigura-¡Ahora lo importante es decidir si nos enfrentamos a los de Dovalle, que pueden rondar los cien y algo de efectivos, o si nos embarcamos y proseguimos hacia Nueva Granada!-

En ese punto de la discusión, con la mesa dispuesta y sin nadie que osara lanzarse sobre las viandas, penetró Don Rodrigo bajo la lona de la tienda, y antes que nada se sirvió una copa de agua.

-¿Y la guarnición del puerto?- preguntó Atienza.

-¡Son gente de Dovalle!- Don Luis de Gama, que había permanecido allí por unos días respondió a la cuestión.

-¿Cuántos son?- inquirió Sigura con el rostro frio.

-¡Mas de cien, Don Antonio, y tienen diez piezas de artillería en el fortín!- el portugués aportó sus observaciones.

El consejo de urgencia estaba bloqueado por la gravedad de la situación, unas horas antes eran los victoriosos y en aquél momento se sabían proscritos.

La voz ronca de Rodrigo Menéndez pareció rasgar las telas de la tienda de los capitanes, el hombre sin perder un ápice de serenidad expuso su criterio.

-¡A mi modesto entender, no es conveniente en este momento sostener una batalla con otros castellanos, no sería una buena tarea, tendríamos bajas, y las haríamos en las guarniciones de estas tierras, con lo que suscitaríamos más encono por parte de las autoridades. Mi opinión es que debemos enviar un emisario a La Española, que a su vez transmita al Virrey de Nueva España que nosotros somos los fieles, y al mismo tiempo levar anclas y poner mar de por medio pasando a otro virreinato, en el cual, la influencia del maldito Dovalle no se deje sentir!-

Sigura se lo quedó mirando de hito en hito, y no pudo decir nada antes que el capitán del “Santa Sangre” soltara la suya.

-¡No tengo el buque en condiciones, hemos de reponer y repostar muchas cosas en el “Santa Sangre”, y además seguir rumbo al sur, representa no poder hacerlo hasta Porto Bello, a más de quince jornadas de aquí!-

En un principio, a Sigura los argumentos del veterano Rodrigo Menéndez, no le convencieron en su totalidad, pero cuando el portugués se opuso a zarpar con premura, su instinto le impuso poner toda su carne en el asador del veterano combatiente de los tercios, albista hasta la médula como él mismo.

-¡Decidido, desmontamos el campo con urgencia, nos embarcamos todos y zarpamos hacia el sur! ¿Algo que objetar caballero De Gama?- cuando Sigura lanzó la última puya, ya tenía su pistola de pedernal en las manos.

-¡Estoy a vuestras ordenes Don Antonio!- dijo Don Luis, agachando su faz, para que pasara inadvertida la mirada de odio intensa que deseaba dirigir al inquisidor. Nadie era consciente de lo mucho que el portugués se alejaba de los deseos de aquellos oficiales del Santo Oficio de Castilla.

-¡Y así debe ser Don Luis!- dijo Sigura ya en pie- ¡Espero que a partir de ahora, os ganéis mi confianza, porque hasta este momento, mi opinión sobre vos es bastante pobre!-

En el gesto y las palabras de Sigura todos advirtieron lo que era esencial, los castellanos que era preciso desmantelar el campo y zarpar, y el portugués que tenía, tal y como Dovalle le había pronosticado, una sentencia de muerte aplazada.

El cabo Julián ya había sido llevado a bordo del “Santa Sangre”, la barcaza regresaba, y por señales de linterna Bermudo Menéndez pedía otra barca, los soldados apagaban los fuegos, desmontaban las tiendas y toldos, y recogían los enseres, Roque con otros dos soldados conducía los caballos hasta el borde de la playa, la noche había caído en su totalidad, y mar y firmamento eran mantos de azul intenso con negrura interrumpida en la bóveda celeste por las estrellas y en el mar por sus reflejos.

En medio de aquella retirada, sobre las blancas arenas, Sigura fijó su penetrante mirada en García Luque…

-¿Cuándo habéis estado con el comandante del puerto, no habéis advertido nada en contra nuestra?-

-¡Os puedo jurar, Don Antonio que ha sido muy solicito!-

-¡Él forma parte de la celada de Dovalle!-arrastró entre dientes Sigura- ¡Nunca he conocido un comandante de puerto cortés y solicito!-

A grandes zancadas, junto a ellos, Cárdenas recorría el blanco arenal rumbo al rompiente de las olas, y bajo su mostacho sonreía por aquellas ocurrencias siempre fieras y recelosas de su buen amigo y camarada de armas, Antonio Sigura.

Las palmeras y el roquedal, junto con las arenas de la barra de Sisal fueron testigos aquella noche cerrada de agosto, como los hombres que habían desembarcado para dejar huella, debían marchar sin más pena ni gloria de las costas del Yucatán, todos iban con la angustia de embarcar antes de que llegara la fuerza del Adelantado de Mérida de Yucatán, todos menos Sigura, que entre dientes maldecía y juraba aniquilar al maldito personaje que se había cruzado en sus designios y misión.

Fueron embarcando con el matolaje que habían trasladado al, ahora abandonado, campo, y tras la precipitada huida, las ordenes de disponerse a zarpar con rumbo a Porto Bello, tras levar las anclas, ambos galeones soltaron todo el trapo que lentamente empezó a hincharse, y en plena noche iniciaron la singladura hacia las costas del Panamá…

Desde el castillo de popa del “Santa Sangre”, Sigura observó como una procesión de antorchas bajaba de las colinas selváticas situadas tras el puerto de Sisal, en dirección a la ciudad.

-¡Ha ido de poco, esta vez, Don Antonio!- Luis de Gama, el capitán del galeón le lanzó la puya.

-¡Esas son las obras de Dovalle, casi mata al cabo Julián, y ahora esto…! ¡Está entorpeciendo unas Capitulaciones que vienen consignadas directamente desde Castilla! ¡Pero lo pagará caro ese amigo vuestro, como que hay Dios en el cielo!- respondió rabioso Sigura, no era un hombre dado a aceptar con facilidad los contratiempos, y el caballero portugués lo sabía, pero no podía más que divertirle aquél fracaso de sus pasajeros, pero tenía bien presente que si quería conservar la cabeza sobre los hombros debía ser prudente.

-¡Jamás he dicho, ni mostrado que Dovalle sea mi amigo!- dijo acercándose a Sigura.

-¡Mucho mejor para vos!- le respondió esquivo el albista, que no perdía detalle de lo que sucedía en los muelles de Sisal, abarrotados de gente armada, y que empezaban a embarcarse en varios lanchones ligeros, sin duda para abordarlos, pero era tarde ya para esa refriega, los galeones navegaban impulsados por el viento y se alejaban cada vez más de la costa. Ambos contemplaron como las barcazas del puerto iluminadas por los hachones de los soldados de Dovalle regresaban a Sisal.

-¡Ellos también se retiran!-sentenció Don Luis.

-¿Cómo, que también? ¡Son ellos los que cesan en su empeño, nosotros seguimos con nuestro cometido! ¡No lo olvidéis De Gama!- y Sigura se fue del castillo de popa, sin duda para enterarse de cómo seguía su cabo Julián. Junto a Lourenço Abidao, el veterano timonel y piloto del “Santa Sangre” Luis de Gama, negaba con la cabeza, que contumaz y empecinado- pensó para sí- era aquel oficial castellano. El piloto mantenía firme el pinzote del timón, había puesto proa al Canal de Yucatán, por el que cruzarían entre la bella isla de Cuba y la punta del Yucatán, conocida como cabo Catoche, y desde allí propondría al piloto castellano salir a mar abierto para ganar tres o cuatro jornadas hasta Porto Bello.

 

Álvaro de Sobrarbe, andaba aquella tarde tras volver del barbero para mantener su faz limpia, ordenando sus cosas en la alcoba del hostal de Santiago Raya, en la que se había alojado, pues llegaba el momento de cambiar de aires y concentrarse en lo que había de venir, pero aquella tarde el Lince, pasaría cuentas con el tabernero y sería generoso con él, pero evidentemente le pediría que colaborara con su gente pasase lo que pasase. Resolvió enfundarse de nuevo el discreto uniforme de soldado correo, y decidió ir como los soldados de aquellas latitudes, con peto y espaldar y poca lana, no renunció a las recias botas de montar, se ciñó los cintos de la fortuna, la del judío y la del sodomita, y los cubrió con una faja que aseguró con un cinto del que colgaba la espada y el pedernal enfundados. Se miró en el espejo maltrecho del cuartucho, y se caló aquella triste suerte de yelmo que era el morrión de los soldados de las Indias Occidentales, mal cuero y soga barata, a pesar de eso se sonrió a si mismo, no se arrepentía de nada de lo hecho. A continuación- pensó- hay que preparar las alforjas y vaciar el baúl.

La despedida del Tuercecuellos, bautizado Santiago e hijo de un tal Raya, fue emotiva, sobre todo cuando llegó el momento de liquidar la cuenta, del perillán de Bernardo Cabrera el tabernero no perdonó nada, pero a Álvaro tampoco quiso cobrarle nada…

-¿Y eso, maese Santiago?-

-¡Hace algo más de un año, mi pequeña fortuna iba en un bajel de cabotaje…Si no es por vos, los malditos piratas me habrían arruinado! ¡Aquí, Don Álvaro, casi todo el mundo os quiere, porqué no os dejáis de caballerías y os establecéis en Porto Bello, nadie tendría tan segura su vida como vos!- el tabernero en su sencillez le soltó una de aquellas cargas que pueden hacer dudar al más osado de los aventureros.

-¡Amigo Raya…! ¿Y qué creéis que fue el lance de Panamá con Draque y sus piratas, sino una caballería?-

Ambos se quedaron mirando fijamente, con aquél punto de fulgor destellando en las pupilas.

-¡He de partir “Tuercecuellos”, que la fortuna te sonría y que Dios te bendiga!-

-¡Dita sea la suerte… Como os suceda algo, esta ciudad en peso, os vengará Don Álvaro!- y el gigantón hizo la señal de la cruz con dedos que se besó en forma de juramento.

Se abrazaron y llevando su alforja y mosquetes, Don Álvaro se dirigió a la cuadra del hostal, a partir de aquél momento estaba en campaña.

Nadie le aguardaba en el campamento del Palmeral de Oriente, pero pudo comprobar que los centinelas cumplían debidamente con su misión, así como que no habían olvidado su silueta.

Le recibió Bernardo sonriente…

-¡Mi capitán esta tropa está ansiosa por partir!- tras él estaba toda la hueste, menos de veinte- pensó- entre castellanos e indios- pero tuvo la percepción de que eran una unidad disciplinada, hasta los indios de Hernán adoptaban un aire marcial y orgulloso. De una ojeada se percató de que los toldos estaban ordenados y protegidos por un foso y una empalizada, y las monturas y jumentos habían sido recluidos en un segundo cercado.

-¡Bernardo, hemos de hablar!- dijo sobriamente el capitán de aquella hueste.

Una vez en la tienda reservada para el capitán Marcos Vega, tal y como deseaba ser llamado Álvaro, él y su amigo y lugarteniente Bernardo mantuvieron consejo…

-¡Estoy seguro que esos perros anclarán frente a Porto Bello, y estoy decidido a hacerles perder algo más de los siete días en los que el buen Dios creó el mundo, y para hacer eso, tu hermano Manuel ya me tiene dispuesto un esquife ligero, hemos de escoger a un indio, esa gente nada muy bien, y conseguir un torniquete para segar sogas por gruesas que sean! ¡Piensa que no hemos de hacer ruido cuando estemos en plena faena! ¡Ah, y una palanca de garra, para destrozar timones…!-

Bernardo se lo quedó mirando de hito en hito, pero sonriendo de forma arcangélica.

-¡Mi capitán, eso está hecho, y que he acompañaros, además del indio…! ¡También nado bien!-

-¡Contaba contigo Bernardo!-

Cuando Álvaro se echó en el jergón, su lugarteniente Don Bernardo Cabrera, a lomos de su corcel se dirigía a Porto Bello, pues él sabía bien donde hacerse con aquellas herramientas que necesitarían en breve.

El día veinticinco de Agosto de 1573, arribaba a Porto Bello, la flota de Tierra Firme que le había sido destinada, traían mercancías de la lejana España, y esperaban tras el año de mercadeo y feria realizar el tornaviaje, en el puerto el bullicio era tan alto como en la fortaleza, la alerta, ya que con la arribada de los galeones, llegaban los perillanes, los ladronzuelos, los verdaderos ladrones, y los asesinos sin remedio, pero los más temidos eran los piratas y corsarios, por que eran sabedores, de que en la ciudad se recibía el tesoro del galeón de Manila que transitaba por la antigua ruta del Chagres, así como la plata y el oro que desde los almacenes de Santa Fe de Bogotá y de Lima, se enviaban escoltados fuertemente hasta los puertos de Nombre de Dios, y el más adecuado de Porto Bello. La ciudad era una fiesta, y los muelles bullían de actividad, todos los mercaderes, y los que pretendían serlo estaban presionando para conocer las cargas y sus precios…

En los muelles de levante, se disponía el mercado de esclavos negros, que desde Canarias y las Azores venían consignados por mercaderes franceses, castellanos y portugueses, pobres diablos capturados en las costas de África, cuyo destino era suplir como jornaleros a los levantiscos indios en las plantaciones y haciendas.

Perdidos entre aquella turba poseída por el furor plutónico de los doblones, tres harapientos mendigos se movían con cierta lentitud, pareciendo sin duda enfermos a duras penas remediados por los cayados con los que se sostenían. Nadie podía imaginar que bajo los harapos daga y pedernal estaban prestos…

-¡Allí veo a mi hermano Manuel, descuidad Marcos, seguro que él sabe lo que queremos averiguar!- y el rostro risueño de un Bernardo caracterizado de pedigüeño tullido le guiñaba el ojo a un Álvaro disfrazado de miserable tuerto y manco, que en la diestra llevaba un cazo para reclamar limosna, y que se apoyaba en un compañero totalmente vendado tal y como discurrían por el mundo los leprosos.

Cojeando groseramente, el supuesto tullido abordó al rico y fino comerciante, que con un gesto le apartó, y tan sólo pareció reaccionar cuando escuchó la voz del mendigo que le abordaba.

-¡No seáis avaricioso, dadme una limosna y compartid conmigo y unos amigos que tengo allí nuestro reconocimiento!- Don Manuel miró hacia donde señalaba el pícaro de su hermano y con fingido aire de fastidio le largó una pieza de bronce de las de cuarto de real. Y luego simuló dejarse arrastrar por el harapiento, hasta unas balas de algodón, que él mismo pensaba vender uno de aquellos días.

-¿Qué demonios, hacéis en mis hangares?- dijo a grito pelado, para añadir quedamente-¡Un placer veros de nuevo…! ¿Capitán ó mendigo?-

-¡Escucha Manuel, -Bernardo en voz baja llamó su atención- debemos saber si han llegado galeones armados, nos parece que no hay ninguno!-

-¡Es cierto, los galeones de Porto Bello y Nombre de Dios han llegado sin escolta armada, pero eso es normal, pues les acompaña la escolta de los de Cartagena de Indias hasta que prácticamente están sobre estos puertos!-

-¡Pero nos gustaría saber si hay alguna nave más que esté en la zona…!-

-¡Está bien adentraros en el almacén, y aguardadme!- Manuel entendió lo que su hermano quería de él.

Estuvieron media hora larga, escondidos entre balas de algodón, telas venidas desde Sisal, paños traídos del Cuzco, así como una ingente cantidad de sacos cargados de grano, especies y legumbres. Al cabo de ese tiempo volvió el hermano de Bernardo.

-¡Escuchad, con los galeones venía uno de La Española, fuertemente armado y llevando tropa, se descolgó en las inmediaciones de Sisal, donde al parecer del capitán del galeón con que trato el embarque de mis mercancías, se reunió con otro galeón anclado en el puerto de Mérida de Yucatán, según parece prestó servicio de protección desde Santo Domingo, pero su capitán no participó en nada con el resto de la flota!-

En la penumbra del almacén, se dibujo una amplia sonrisa en la boca del mendigo que simulaba Álvaro, y en el único ojo que llevaba descubierto brilló un destello.

-¡Son ellos!- susurró- ¡En breve los tendremos aquí!-

-¿Cómo sabéis eso?- preguntó Manuel.

-¡Porque ayer mismo, un correo de Mérida dejó en casa del “Tuercecuellos” recado de que esperaban a esos malditos, y o acababan con ellos o no podrían desembarcar en Sisal, ni acercarse a Mérida!-

La conferencia terminó con la misma brevedad que se había iniciado. Don Manuel abandonó sus almacenes del muelle en dirección al fortín, donde estaba el capitán del galeón con el que quería hacer negocios, de hecho tenía algo más sabroso que ofrecerle que simples telas y condimentos de aquellas tierras, él tenía una importante parte de una mina de Nueva Granada, y sabía que por el camino del golfo de Darién venía su plata.

Los falsos mendigos partieron hacia los muelles de poniente, donde habían encontrado un viejo hangar sin ocupar que utilizaban como refugio.

 

Era la primera hora de la mañana, el mar parecía un espejo, terso, brillante e infinito, en el que refulgía la luz rojiza del sol naciente, con las primeras luces la actividad despertaba perezosamente en los muelles, y en el fortín gobernado por Don César de Silva, se realizaba de forma impecable el cambio del último turno de centinelas de la guardia del día veintiséis de Agosto. El vigía de la torre del fortín dio la alerta, saliendo de las lejanas neblinas matinales que se formaban mar adentro con la llegada del sol, se perfilaban al contraluz, dos galeones que por su aspecto parecían armados, y al instante desde la misma torre se lanzó un disparo de salva con una pieza de las de bronce, para hacer ruido, fueran piratas, corsarios o lo que Dios ó el demonio hubiera dispuesto como destino del día… La guarnición se puso sobre las armas, los galeones se prepararon y la marinería aprestó las pocas piezas que aquellos buques mercantes disponían como defensa.

Entre las balas de los muelles, la mercancía menos vigilada y la más abundante, los tres mendigos contemplaban aquél zafarrancho con evidente satisfacción: Los bergantes se aproximaban.

Decidieron apostarse en un discreto muelle, lejos del fortín, y sin hangares cercanos, en el cual estaba atracado un ligero esquife.

 

En la torre de vigía del fortín de Porto Bello, entre sus soldados se movía el veterano comandante de la plaza, Don César da Silva, que finalmente extrajo de su jubón una lente alarga vistas, que siempre que la utilizaba alardeaba de que se la había cobrado como botín a un pirata holandés en la primera batalla de Nombre de Dios, y que le había costado un cojón, lo que era literalmente cierto, puesto que el pirata neerlandés, aún moribundo le clavó en el testículo derecho un puñal, lo que casi se llevó al comandante de Porto Bello a los céfiros de la ultratumba diez años atrás, en los terribles ataques piratas de los años 1560, 1562 y 1563.

El hombre miraba con atención a los dos galeones que seguían aproximándose, y a la vez murmuraba para sus oficiales, que le flanqueaban en lo alto del torreón.

-¡Son dos galeones fuertemente armados, uno de ellos transporta una tropa considerable…! ¡Pero no logro ver con claridad sus enseñas…! ¡Los soldados, son tropa regular, y parecen castellanos!-

-¿Lanzamos una segunda salva de aviso, mi señor?- el capitán que tenía a su cargo las piezas le recordó que conforme se acercaban los navíos armados que no eran esperados era preciso ir avisando, y en extremo, cuando estaba el puerto en plena feria y con posibilidades de que empezaran a llegar los cargamentos de Tierra Firme y el de Manila.

-¡Aguardad, capitán Yáñez…!¡Ya distingo sus pabellones, el de la izquierda es un buque portugués, de los Caballeros de Santo Cristo, pero navega con pabellón de Castilla, y el otro es un galeón castellano con guión de La Española! ¡Son gente nuestra, seguramente anclarán en la rada y desembarcarán sus oficiales para presentarse! ¡Pero con esos dos galeones artillados en la bocana del puerto estamos mucho más seguros, caballeros!- el jefe de la guarnición sonrió beatíficamente al plegar su catalejo- ¡Preparemos el recibimiento a nuestros visitantes!-

 

Ambos galeones se situaron a la entrada de la pequeña rada que tenía el puerto, maniobraron para presentar la proa y las zonas más artilladas hacia el océano dejando claro que no pretendían abrir fuego.

Los tres falsos mendigos comentaban la maniobra.

-¡Están anclando en la posición que más nos favorece!- susurró el Lince ajustándose su vendaje de tuerto.

-¡Para la soga del ancla, no tanto Marcos…!- discurrió Bernardo.

-¡Bah, no temas! ¿Ves aquella roca que sobresale en la rada?- Álvaro señalaba un islote diminuto, que estaba en medio de la rada, -¡Pues estará a unas treinta varas de donde esos bergantes han anclado sus galeones, nuestra barca nos llevará hasta allí! ¡Habrá que nadar poco, y primero tú y yo a los timones! ¡Después con Tomás… Iré a por las sogas! ¡Pensaba en trepar hasta las ventanas de popa por si podía ver u oír algo, pero cuanto menos tiempo perdamos, mejor! ¡Así que iremos directos al negocio que nos ha traído!-

Mientras trazaban sus planes para la noche, no perdían de vista a los dos buques, que habían bajado una barcaza al agua, en la que embarcaban desde ambos a los enviados ante las autoridades de Porto Bello

Álvaro, El Lince, pudo ver a sus enemigos mortales, Sigura y su inseparable Cárdenas, las otras figuras no eran para él conocidas, pero yendo de caza con Antonio de Sigura, tenía la certeza que menos almas bondadosas podían serlo todo.

Los tres apostados en los muelles de poniente, lejos del alocado mercadeo de la feria, esperaron pacientemente, y al caer la noche, la barcaza no había regresado a los dos buques, muy importante deberían ser los negocios tratados con el comandante de la plaza,-pensó para sí Álvaro- pero sea como fuere, y con aquella luna nueva, la noche estaba bien dispuesta para un golpe de mano como el que quería dar.

Aguardaron a que la guardia entrara en las horas de sopor… Y abordaron el pequeño esquife que Manuel, el comerciante les había dispuesto y en el que Bernardo había dejado las herramientas necesarias para la faena de la noche. Remaron lentamente mientras en la proa del esquife, Álvaro se esforzaba por ver el arrecife que apenas sobresalía de las aguas, y les iba marcando el rumbo, a estribor, a babor, todo en voces muy quedas, mientras la presencia de los dos galeones anclados en la rada se iba haciendo inmensa… Al fin llegaron al arrecife, amarraron el esquife en un recodo de la roca, de manera que quedaba desenfilado de la vista, tanto de la torre de vigía del fortín como de los castillos de popa de los bajeles. Bernardo y Álvaro, se zafaron de los harapos, dejaron sus pistolas y conservaron la daga como arma, de forma automática, sin mediar palabra, se hicieron ambos con una palanca de garra y tras hacer una seña al tercer tripulante, el sobrino del indio Hernán, llamado Tomás, se deslizaron en las aguas de la rada sin hacer ruido alguno y empezaron a nadar las veinte varas cortas que les faltaban para llegar a los timones de ambos galeones.

 

Ajenos a todo ello, en el palacete de Don César de Silva, Antonio de Sigura, Pedro Cárdenas, Baltasar Atienza, Alfonso García Luque, Luis de Gama y Rodrigo Menéndez eran agasajados con una cena junto al comandante de la plaza, su esposa, un capellán y los tres oficiales de Porto Bello… Sobre los blancos manteles, frutas tropicales y bananas, buen vino, generosas hogazas de pan a la castellana y un excelente asado de una especie de cerdo silvestre muy abundante por aquellas tierras.

-¡Así pues, Don Antonio, vuestra presencia aquí será corta, por lo que decís!- preguntó De Silva.

-¡Debemos anunciar las capitulaciones y batir cajas, mi señor! ¡Además uno de nuestros galeones, el de Don Luis, debe reponer provisiones y reparar algún aparejo…! ¡Contad que no zarparemos antes de una semana!- le respondió Sigura. En uno de los lados de aquella mesa presidida por la máxima autoridad del puerto, Don Luis asentía con un cierto alivio, pues Sigura había tenido en cuenta sus necesidades.

-¡S me permitís caballeros…!-el comandante tomó de nuevo la palabra- ¡No creo que podáis conseguir en esta ciudad una leva provechosa para vuestra empresa! ¡Se concentran aquí los comerciantes y sus mercaderías, la tropa a cargo de guardar el tesoro real, que no mudará su oficio por vuestra aventura, y el resto son haraganes, ladronzuelos y buscavidas que llenan las calles de Porto Bello cuando hay feria, y bastante trabajo le ocasionan a esta guarnición esa legión de descarriados! ¡Así pues no acierto a ver el provecho que tendréis de abrir vuestros estandartes, publicar vuestras capitulaciones y batir cajas durante estas fechas, aquí en Porto Bello!-

-¡Debo hacerlo, mi señor De Silva, desde aquí hasta Cartagena de Indias, para que ningún buen castellano pierda la oportunidad de servir en esta excepcional capitulación, a nuestro Señor, el Rey Don Felipe!- Sigura le respondió con un argumento que hubiera echado atrás al más díscolo de los gobernadores de plaza, desde Veracruz hasta Maracaibo, con la salvedad de Dovalle, el Adelantado de Yucatán, al que el inquisidor esperaba darle los viáticos a la vuelta de Nueva Granada.

-¡Ciertamente es excepcional vuestra situación, pues creíamos que Su Majestad el Rey, ya no sancionaba capitulaciones, y que la aprehensión de nuevos territorios discurriría de ahora en adelante por derroteros más regulares! ¡Sabéis sin duda, que estas empresas en no pocas ocasiones han provocado graves inconvenientes a gobernadores y autoridades constituidas de estos lejanos reinos, e incluso a la misma Corona!- el veterano De Silva, desgranó con una cierta prudencia, el malestar que producía normalmente a las autoridades de territorios vecinos a los del objeto de una de aquellas campañas, la presencia de los aventureros.

-¡Os ruego Señor,- expresó Cárdenas- que no nos confundáis con una hueste de rapiña! ¡Quizás sea ésta la postrera Capitulación que otorgue el Reino de Castilla, pero como bien habéis expresado es excepcional! ¡No vamos tras el oro, ni ansiamos establecernos como encomenderos, ni fundar nuevos reinos castellanos en estas tierras…! ¡Estamos en las Indias para acabar con una blasfemia!-

-¿Es cierto?- De Silva pareció quedarse atónito.

-¡Así es, mi Señor!-le aclaró Sigura- ¡Observad que entre las cédulas reales, hay la del Santo Oficio, nuestra misión es santa, está consagrada!- y el oficial de la Inquisición volvió a mostrar el documento con el sello y la firma del Inquisidor General de Castilla.

-¿Y puede saberse, donde tenéis dicha sagrada misión?- uno de los capitanes de la fuerza de De Silva, frunciendo el ceño preguntó por el destino.

-¡Tan sólo puedo revelaros que nuestro destino está al sur de Nueva Granada, y que esta expedición es de la misma suerte que la que hace unos diez años acabó con el fortín de hugonotes franceses del norte de Nueva España!- respondió prudentemente Sigura intentando ser lo más agradable y diplomático posible.

-¡Bien caballeros, si no es posible reteneros más de una semana, cuanto menos por ese breve espacio de tiempo, supongo que contamos con la protección de vuestros hombres y de la artillería de vuestros galeones…! ¡Si hubiera alguna incursión de corsarios o piratas!- el comandante de la plaza daba así por terminado el primer cambio de impresiones con sus huéspedes. El hombre con un gesto les indicó que procedía dar cuenta de los manjares que aguardaban sobre la mesa.

Bendijo la mesa, el capellán de la Iglesia de Santa Magdalena de Porto Bello, y tras el amén de rigor empezaron a cenar. Todo lo servido tenía un aspecto muy apetitoso, y los invitados traían nostalgia de mesas como aquella.

La cena se alargó, entre comentarios de cómo iban las cosas en la lejana España, y de cómo iban en aquél nuevo mundo, y todos y cada uno pudo expresar su opinión, entre las más interesantes sin duda la de Don Rodrigo Menéndez, un soldado avezado que reclamaba más unión entre la corona y aquellos lejanos reinos, y sobre todo más mano dura con los atisbos de libre albedrío.

Oír aquél gigantón enfundado en sus corazas con aquella dureza, y alertando sobre el desapego a la vieja Castilla, levantó algún que otro sarpullido entre los presentes, que sin ser desleales eran ya, hijos de aquella tierra.

El zorruno De Silva, observó que la conversación discurría por los caminos menos adecuados y decidió zanjar la cuestión.

-¡Señores, creo que la dama que nos acompaña ha decidido retirarse a sus aposentos, y a nosotros nos corresponde terminar agradablemente la velada, con un buen ron de las islas y unos cigarros de esos que lían nuestras gentes de estas latitudes! ¡Don Antonio…!- El viejo comandante señaló el camino hacia una sala contigua al comedor donde habían cenado. El ron y la exquisitez exótica del tabaco liado, estaba dispuesta para los audaces que decidieran probarlo.

Intentaron hablar de todo y de nada, pero el culto a los sentidos les arrebató del momento, a excepción de Sigura que tosió con fuerza al probar el tabaco, en cuanto al ron ni se lo llevó a los labios, aunque fingió que lo probaba.

Otros en cambio devinieron locuaces, tanto con el ron, como con el tabaco, y hubo cháchara larga, de la que Sigura odiaba.

Habían estado muy a gusto, pero las horas iban cayendo y era preciso volver a los galeones, era preciso dormir y descansar, pues la siguiente jornada no tendría nada de tranquila, Don Luis debía abastecer su navío, y los castellanos batir cajas y dar inicio a la leva para completar la hueste, dijera lo que dijera aquél viejo soldado que tenía a su cargo Porto Bello. Así pues, ya pasada la tercera hora de la madrugada, salieron del palacete, franquearon el portón del fortín y encaminaron sus pasos hacia el muelle donde estaba atracada su barcaza.

-¡Buen hombre este Don César! ¿Verdad Don Antonio?- musitó Cárdenas con un cierto aroma a ron entre sus labios.

-¡Sin duda, Don Pedro, pero no necesitamos buenos hombres, sino hombres buenos!- respondió Sigura.

Se aprestaron a embarcar con alguna torpeza, los marineros se habían dormido, y a patadas Atienza los espabilaba, cuando de repente Sigura se quedó como una estatua de sal.

-¡Señores yo no he bebido ron…! ¡Por lo tanto no puedo tener visiones! ¡Pero si mis ojos no me engañan, ni el Santa Sangre, ni el San Martín, están anclados en la rada!-

Al grupo le costó reaccionar, pero un murmullo se levantó al comprobar que si la barcaza partía, no tenía destino.

Sigura entornó sus ojos, empezó a sudar bajo la ropilla negra, y agitó su cabeza provocando que su rubio cabello lacio se moviera como un látigo.

-¡Vos, maldito portugués!- y mientras avanzaba hacia Luis de Gama, desenfundó su espada- ¡No estáis muy lejos de esta felonía!- el oficial de la Inquisición estaba fuera de sí, con el acero por delante y amenazante se dirigía hacia el caballero luso, que no hacía más que recordar la advertencia de Dovalle.

-¡Deteneos, Don Antonio!- una voz como un trueno surgió de la garganta del maltrecho Cárdenas, pues no podía negar que los placeres del palacete habían hecho mella en él-¿Cómo queréis que haya hecho desaparecer los buques, si ha estado todo el tiempo con nosotros?-

-¡Lo habrá encomendado a sus subordinados!- y seguía el inquisidor buscando el cuerpo del capitán del “Santa Sangre”.

Todo aquél altercado, se paró cuando los hombres de Don César aparecieron en el muelle…

-¡Caballeros, de la torre de vigía nos advierten que vuestros galeones están a la deriva, y ya deben estar lejos, la corriente es fuerte en esta zona. Don César os ofrece un lugar confortable y seguro para pasar la noche!-

Se oyó mascullar a Cárdenas, que aceptaban la invitación, y al acero de Sigura rasgar la funda al ser devuelto a ella.

-¡Tenemos a la deriva una hueste de más de ciento ochenta soldados!- se lamentó Rodrigo Menéndez.

-¡Y ochenta marineros, Don Rodrigo…!- miró airado Don Luis de Gama.

-¡Pero…! ¡Qué demonios ha sucedido!- Sigura lanzó su gorra flamenca de color negro al suelo con rabia.

-¡Caballeros, sea lo que fuere, nuestro comandante pondrá mañana a vuestra disposición una embarcación rápida para localizar vuestros galeones!- el oficial de la guarnición les hizo gesto de que les acompañara hasta las estancias que tenían a su disposición para pasar la noche.

Sigura recogió su gorra y se resignó como los otros a aceptar la hospitalidad de Don César de Silva, siguiendo en silencio al oficial de la guarnición.

Ninguno de los recién llegados a Porto Bello logró conciliar el sueño aquella noche, bien calurosa que daría paso del veintiséis al veintisiete de Agosto, pero de todos ellos el más atormentado era sin duda el responsable de aquella expedición, la cual de pronto se había esfumado de la rada del puerto…

 

Mientras ellos no lograban conciliar el sueño, pero tampoco hablaban entre ellos de alcoba a alcoba, tres mendigos bien montados a caballo, llegaban a un lejano campamento en el palmeral a Oriente de Porto Bello, de evidente buen humor, respondieron rápidamente al alto del centinela, y expandieron la noticia, el enemigo había recibido un primer golpe, sin víctimas pero que El Lince sabía, sería un impacto en el ánimo de aquellos canallas, hubo risas y palmadas en la espalda, descargaron las herramientas que les habían servido para realizar la faena, faltaban tres horas para la salida del sol, pero el nerviosismo se empezó a extender por el campo de la hueste cuando su capitán dijo que al alba emprenderían la marcha hacia Cartagena de Indias, a unas ciento veinte leguas de Porto Bello, todos sabían que aquellos días se les había adiestrado para mantener una marcha regular y resistir jornadas largas, pero estaban bien alimentados y saludables todos ellos, incluso los indios aravacos.

 

Y con una disciplina propia de un ejército, desmontaron el campo de forma precisa antes de la salida del sol para poder partir tras tomar unas sopas de mandioca como desayuno, y sin perder tiempo se pusieron en ruta hacia la Punta de San Blas desde donde cogerían el camino costero del Darién, y en cabeza, tras la avanzadilla de dos aravacos exploradores, Álvaro y Bernardo llevando sus caballos del bocado, abrían ruta a pie como sus hombres.

-¡He pensado Bernardo, que intentaremos sortear las marismas y pantanos del rio Sucia, en golfo de Urabá, embarcaremos nuestra expedición en Acandí, y la desembarcaremos en Necoclí, al otro lado del golfo! ¡Así ganaremos por lo menos tres o cuatro jornadas y nuestra gente podrá descansar!-

-¿Cómo tenéis conocimiento de estas tierras tan al sur? ¿Habíais estado antes? ¿Y cómo vamos a embarcar?-

-¡Hernán, el jefe de nuestros aravacos, es de aquella zona, su pueblo nos embarcará hasta el otro lado!- y siguieron la marcha, todos ellos muy ligeros de ropaje, bien calzados y con coraza de peto y espaldar, la columna marchaba disciplinadamente a buen paso, y se internaba en un camino abierto en una selva espesa en las copas, pero la ruta estaba practicable. Cerraba la marcha el bueno de Juan Cabrera, con su mosquete presto, acompañado del aravaco que cerraba la columna, función que los indios iban turnándose. Iban a buen paso y cada hora andaban una legua… Álvaro al que todavía conocían como Marcos y al que se dirigían como “Capitán”, había dispuesto que harían seis horas desde antes de la salida del sol hasta una hora antes del mediodía, durante las horas de sol y calor agobiante, en orden de marcha pero protegidos por la sombra de la jungla, se refrescarían, almorzarían y descansarían, hasta que el calor cediera, tras lo cual realizarían cuatro horas más, hasta encontrar puntos en los que se pudiera encender fuego, reponer agua y cocinar, labor que gustaba de dirigir el mismísimo lugarteniente, Bernardo Cabrera. En total realizaban unas diez leguas cada día, y según sus cálculos en cinco días la hueste arribaría a Acandí…

 

El jabeque que Don César había puesto a disposición de sus huéspedes tardó tres jornadas en regresar a Porto Bello, seguido de cerca por el galeón “San Martín”, al día siguiente la silueta del “Santa Sangre” se perfiló en el horizonte marino… En total, se habían perdido cuatro jornadas enteras.

Cuando los oficiales abordaron sus galeones, las maldiciones no dejaron de sonar en los castillos de popa, resulta que la corriente los arrastró toda la noche y hasta entrada la tarde en el “San Martín” no advirtieron que el timón estaban desencuadernado en la obra muerta, y por lo tanto a la deriva, hasta no realizar su reparación.

En el “Santa Sangre” a pesar de averiguar antes las averías que tenían, la falta de repuestos y de material que padecía el galeón portugués acudiendo siempre de urgencia sin reponer aquello que necesitaba, causó que la reparación del timón pasara por desarbolar una parte de la cubierta media del castillo de popa.

Además y por si fuera poco, al carecer de ancla, debían utilizar un peso para inmovilizar el galeón y tomar las mediciones para establecer la derrota de vuelta a Porto Bello, tanto una tripulación como otra se las vieron y desearon hasta lograr acercarse a la costa, el “San Martín” tuvo la suerte de ser hallado por el jabeque de Porto Bello, los portugueses algo más diestros lograron volver por si mismos.

Sigura estaba fuera de si, aquél accidente, le provocaba las peores premoniciones y evocaba amargos recuerdos, ensimismado en su camarote, sacó de su baúl, una capa ensangrentada y un guantelete que le acompañaba desde que en el camino de Veracruz, terminaran con aquella amenaza perpetua contra la Casa de Alba, que conocían como Álvaro de Sobrarbe, o El Lince, y ciertamente de aquella reyerta era imposible que su mortal enemigo saliera con vida, pero las dos sogas del ancla cortadas y los dos timones desencuadernados, era un sabotaje de los que llevan la firma inconfundible de Álvaro de Sobrarbe, pero en fin- pensó para sí- aquello era imposible, los muertos no regresan del infierno para cortar sogas y destrozar timones, pero si no era aquél maldito… ¿Quién podía ser el autor del golpe de mano? Cada vez Sigura tenía más claro que su presencia y su misión eran ampliamente conocidas por sus adversarios herejes, y por tanto debían actuar con rapidez y contundencia. En esas meditaciones andaba el sanguíneo oficial del Santo Oficio, cuando Cárdenas se le acercó en el camarote…

-¡Por vida de…! ¡Don Antonio, estáis en la misma duda que tengo, esta jugada parece la obra de un difunto que yace en un arroyo de Pojápan!-

Los ojos cobalto de Sigura, miraron sin fiereza a su leal colaborador, mientras blandía el guantelete.

-¡Eso no es posible, Don Pedro! ¡Le vimos caer abatido por nuestros disparos y despeñarse en aquél farallón!-

-¡Eso es cierto…!-

-¡Todo esto es obra del miserable de Dovalle, estoy seguro! ¡Cuando terminemos con los herejes debemos volver sobre Mérida de Yucatán y cargarle de cadenas! ¡Ese no termina sus días en las Indias, está destinado a pudrirse en un penal de Castilla!-

Su amigo y camarada Pedro Cárdenas, en silencio asintió, no encontraban otra salida al enigma de quién les había saboteado los galeones, poco después se les unieron Atienza y García Luque, algo más tarde Rodrigo Menéndez con la información precisa de lo sucedido y el parte de arrestos de los centinelas que se habían dejado averiar las embarcaciones.

Por su parte Luis de Gama, aprovechaba el tiempo para procurarse todo lo necesario para seguir con aquella enojosa singladura, y los castellanos planeaban el golpe de efecto de batir cajas en Porto Bello, hasta cincuenta hombres avezados podían reclutar, más serían ingobernables, sobre todo si el comandante de Porto Bello, acertaba con la naturaleza del personal que concurría en el puerto por aquellas fechas.

-¿Cuánto tiempo necesitan los galeones, Don Rodrigo?- inquirió Sigura.

-¡Según el portugués, el Santa Sangre, dos jornadas, el San Martín con una ya estará en disposición de zarpar!- respondió el veterano.

-¡Necesitamos como mínimo tres días para encuadrar a los perillanes que se nos alisten!- reflexionó Sigura.

-¡Eso quiere decir que zarparemos en cuatro días! ¿Es así Don Antonio?- prosiguió el Maestre de Campo de la Hueste.

-¡Así es Don Rodrigo!- sentenció Sigura- ¡Mañana batiremos cajas en Porto Bello, y en tres días tendremos a los de la leva, encuadrados, armados y con un primer adiestramiento!- al decir esto, con expresión de cansancio, Sigura miró a todos sus oficiales, y jugando con el guantelete y la capa volvió a su baúl para volver a enterrarlos bajo llave, como aquél que huye de una pesadilla que le persigue eternamente.

 

La mañana siguiente, en la plaza mayor de Porto Bello, y con la expectación general, formaron los adalides y timbaleros de la hueste, auspiciada por las capitulaciones que con voz algo hueca, pero potente y grave Don Pedro Cárdenas, castellano viejo y veterano de distintas campañas, al servicio del Rey Don Felipe el segundo, estaba más que leyendo, pregonando, y en presencia del comandante de la plaza Don César de Silva y sus oficiales, en su retorico parlamento dejó bien claro, que aquella expedición tenía como finalidad la eliminación de un foco de herejes, al sur de la capitanía general de Venezuela, garantizar aquellos dominios para la corona y la aprehensión de tierras y nativos para su evangelización mediante la concesión de nuevas encomiendas a los hombres de la hueste y el establecimiento de nuevos conventos de Frailes Dominicos…

 

El cielo gozaba de un azul intenso aquella mañana, el aire era diáfano y cuando los tambores y timbales de la hueste batieron cajas, el sonido retumbó entre los muros de piedra de aquella plaza castellana incrustada en el nuevo mundo.

 

Una vez el redoble de tambores hubo finalizado, Rodrigo Menéndez se sentó en un escabel con una mesilla provista de recado de escribir, y Sigura, ataviado en su ropa castellana de terciopelo negro sobre camisola blanca, con su cabello rubio devolviendo destellos al sol de América, y encendiendo su mirada cobaltina enmarcada en su rostro rojizo cruzado por una ancestral herida, se situó en medio de la plaza castellana, aspirando con fuerza el aire de la mañana y en jarras se dirigió a la multitud que curiosa había acudido tras los estandartes o al escuchar el batir de cajas.

-¡Castellanos de Porto Bello, ya habéis escuchado que esta hueste está consagrada a la lucha contra el hereje en estas tierras, también habéis escuchado que los que luchen y se sacrifiquen por la verdadera fe y por la corona tendrán su recompensa! ¡Conquistar almas para la santa fe católica y engrandecer el poder de Castilla…! ¿Qué más se puede hacer? ¿A qué aguardáis para alistaros en la que será la última hueste de capitulaciones que verán estas tierras?- así habló Sigura al coso reunido en la plaza mayor.

Un joven de distinguido aspecto aunque con muestras de haber sufrido algún percance recientemente, se dirigió sin dudas a la mesilla de enganche en la que el fiero Rodrigo Menéndez anotaba los nombres de los que aspiraban a llegar a la gloria o al infierno.

-¡Vuestro nombre!- encasquetado con su morrión, Rodrigo inició la encuesta con aquel mozo.

-¡Julio del Bosque!- respondió el muchacho.

-¡Formad junto a los tambores, ya estáis inscrito al servicio de la santa fe y del rey, Don Julio!-

La ceremonia se prolongó por espacio de casi dos horas, y se alistaron casi cien nuevos soldados. Tras la recogida de la documentación y las reverencias a las autoridades, se dirigieron hacia el puerto para embarcar y encuadrar a los nuevos miembros de la hueste.

-¿Cómo ha ido Rodrigo?- Sigura al frente, junto al veterano, abría la comitiva que al son de los timbales regresaba al puerto.

-¡Casi cien nuevos soldados, tres hidalgos y diez soldados, el resto, Don Antonio, tal y como nos advirtieron en la cena del gobernador de la plaza, son pura basura…!-

-¡Bien, pues tendremos que convertirlos en auténticos soldados, a toda costa Rodrigo!-

-¡Ya contaba con ello capitán!-

 

Todavía en la plaza, Don César, acompañado por sus oficiales y algunos próceres de Porto Bello contemplaban como aquella compañía abandonaba en dirección al puerto el centro de la ciudad.

-¿Qué os ha parecido comandante?- le preguntó uno de sus capitanes.

-¡Excelente, se llevan a toda la escoria de Porto Bello, y en el momento que más nos ayuda para que las ferias nos vayan bien y sin altercados ni fechorías!- respondió César de Silva, mientras pensaba que ese jovenzuelo que rondaba su esposa había desaparecido de la ciudad.

-¡Y mejor que no regresen…!- Manuel Cabrera, presente en el séquito del comandante lanzó la diatriba.

-¿Qué queréis decir con eso?- un oficial de la guarnición se encaró con el comerciante.

-¡Quiero decir, que esos revoltosos, con fortuna y poder serían una amenaza para Porto Bello!- respondió con calma Manuel.

-¡Tenéis razón, y hablaremos de ello uno de estos días, Don Manuel!- sentenció César de Silva. Unas reverencias y saludos cerraron el acto bajo el inclemente sol de agosto en el Panamá.

 

Sigura consiguió en los muelles las barcazas suficientes para embarcar a su gente, pagó por adelantado con lo que logró impresionar a los reclutas de su hueste y entre ceja y ceja tenía la determinación de conducir rápidamente aquella flotilla y el pequeño ejército embarcado, cercano a los cuatrocientos hombres, hasta Cartagena de Indias y posteriormente, más al sur, allí donde termina la nueva capitanía de Venezuela. El trabajo duro le aguardaba ahora a Rodrigo Menéndez y sus oficiales para adiestrar a aquella leva y meterla en cintura, pero el veterano en la proa de una de las barcazas que se acercaban a los dos galeones, permanecía impertérrito ante la dura tarea que le aguardaba los próximos tres días, a fin de cuentas aquél había sido su oficio toda su vida.

 

Era el día cuarto de Septiembre, cuando los dos galeones levaron anclas de Porto Bello, Sigura y sus oficiales habían ofrecido a Don César de Silva una cena a bordo, como cortesía y despedida, en el curso de la cena Sigura le desveló que la próxima escala sería Cartagena de Indias, y que allí Don Bermudo debía establecer contacto con Don Andrés Ordóñez del Coral, el conocido baquiano mestizo. El plenipotenciario de Porto Bello, frunció el ceño, si algo no era el baquiano de “La Estancia” era una persona de trato agradable, de vuelta, ya en la barcaza les comentó a sus oficiales…

-¡Celebro que ese Sigura y su tropa zarpen mañana! ¡Cada vez me parecen más un problema que otra cosa!-

 

 

Mientras Don César atracaba en los muelles de su querido puerto y en las cofas de la flotilla que Sigura ordenaría zarpar al rayar el alba del siguiente día, se efectuaba el relevo de los centinelas, mucho más al sureste, una reducida tropa desembarcaba en las playas de Necoclí, tras realizar a bordo de unas diez barcas aravacas la travesía desde el Acandí. Arribaron a los arenales sin luz alguna, en silencio a lo lejos, se divisaban las informes cuatro casuchas del poblado de pescadores y al fondo la estructura de la pequeña ciudad castellana que fundara Alonso de Ojeda, con su torre de la iglesia del Carmen y los muros de las casas solariegas. El desembarco se realizaba con el sigilo que permitía trajinar caballerías.

Desembarcaron en cabeza, el aravaco Hernán, Álvaro y Bernardo su lugarteniente… El capitán de la hueste se había hecho una composición de lugar mientras se aproximaban a la playa situada entre majestuosos manglares. Las arenas blancas de la playa refulgían a la pálida luz de la luna creciente.

-¡Hernán, acamparemos allí arriba, sobre el farallón, en un abrigo que nos mantenga a cubierto, y descansaremos un día entero!- susurró Álvaro. El indio asintió en silencio.

Habían dispuesto que uno de las diez barcazas se llegara al embarcadero de Necoclí, y uno de los aravacos de confianza de Hernán vagabundearía un poco acompañado de uno de los pescadores, con la finalidad de saber si había pasado una flotilla de castellanos por la costa.

Las otras nueve barcas atracaron en los manglares que flanqueaban la playa…

-¡Esta noche, ahí arriba, capitán Marcos…! ¡Buena cena!- Hernán sonrió abiertamente mostrando su dentadura mellada.

El grupo empezó a cruzar la playa para encaramarse por un sendero que los conduciría a lo alto de las paredes rocosas por las que se accedía al altiplano rocoso y selvático en el que Álvaro había dispuesto se levantara el campo.

 

Era noche cerrada, y la luna creciente compartía la bóveda celeste con las estrellas palpitantes que se marcaban con nitidez, cuando el campo estuvo bien establecido, con unos parapetos de defensa y una trinchera, los turnos de centinela repartidos justamente por Bernardo, la exigua tropa se relajó ante la perspectiva de una jornada de merecido descanso. Aquellos cinco días de marcha cruzando el istmo de Panamá hasta el Darién y a continuación una jornada entera a los remos, les había dejado fatigados… De pronto los pescadores aravacos aparecieron sonriendo, se acercaron a Hernán que alimentaba una hoguera en un hoyo excavado para tal función, traían redes cargadas de pescado, almejas y cangrejos; los manglares siempre habían alimentado bien a quienes se cobijaban a su vera. La cena fue un festín que hizo olvidar las tortas de maíz, el pan de mandioca, el cazabe, y la dieta de marcha. Álvaro permitió que se dispusiera de un poco del pellejo de buen vino que Don Manuel le agenció en Porto Bello, y mientras su hueste se lanzaba sobre aquellos manjares, el suspiró con fuerza…

¡Por fin estaba en el Reino de Nueva Granada!- pensó oteando en pie las estrellas a través de la negrura inmensa del cielo.

Álvaro estaba en pie aspirando la brisa que llegaba con nitidez desde las atemperadas aguas del Urabá, la tenue luz azulada y el saber que hasta el momento su plan estaba funcionando de forma satisfactoria le hizo recordar el inicio de la jugada, cuando aquél viento de Purgatorio, le batía la faz en el Yucatán y junto a su amigo Dovalle, sobre el futuro todo eran dudas.

De repente advirtió la presencia de su lugarteniente tras él.

-¡No rumiéis tanto que se os van a derretir los sesos, capitán! ¡Aquí os traigo un cangrejo que estos indios han cazado en los manglares… Ellos mismos los han asado, y están riquísimos!-

Álvaro se giró sonriendo, y tomó lo que su hombre de confianza le ofrecía.

-¿Han vuelto los aravacos del poblado?-

-¡Todavía no, mi capitán!-

El jefe de la exigua hueste empezó a destrozar el cangrejo para saborear sus carnes…

-¡Veréis capitán, -preguntó Bernardo mientras ambos se sentaban al borde del acantilado que era un balcón sobre aquél mar refulgente- a veces me pregunto qué posibilidad tenemos con nuestra pequeña tropa, frente a la hueste que transportan esos dos galeones!-

-¡Este cangrejo está buenísimo! – la observación iba destinada a decidir que podía y que no debía comentar con su lugarteniente- ¡Mi buen Bernardo Cabrera, entre estas playas y Cartagena hemos de visitar a unos cuantos viejos camaradas del combate de Panamá, gente diestra que ya luchó con nosotros contra Draque, no soldados de leva, auténticos guerreros y gente ducha y con recursos en la lucha! ¡Ellos podrán llegar a ser más de cuatrocientos, pero nuestros cien les superarán largamente!- y al decir esto sonrió poniendo su diestra sobre el hombro de Bernardo mientras con la garra reluciente sostenía el cangrejo asado. Bernardo suspiró y devolvió la sonrisa.

-¿Cien, decís?- le preguntó.

-¡Aguardad y lo comprobareis! ¡Por cierto…! ¿Queda algo de vino?- Álvaro no se inmutó, sabía que esa actitud infligía confianza a los soldados.

-¡Por Dios que sí, mi capitán!- y ambos regresaron al campo, en donde la tropa además del merecido reposo estaba dándose un festín.

Justo en aquellos momentos regresaban los dos indios que se habían acercado al poblado, las noticias que traían era de una flota de más de diez galeones juntos, y nada más.

-¡Son los galeones de Tierra Firme que van al puerto de Cartagena, les llevamos delantera!- Álvaro alzó su garra en un gesto inconfundible de alegría. Y juntamente con Hernán, les dio las gracias a los dos aravacos indicando que se sumaran a la cena. No se hicieron rogar.

Álvaro se incorporó a la celebración, mientras repasaba mentalmente sus planes inmediatos, mañana descansarían, pero intentaría reforzar la tropa auxiliar de indios, al siguiente día volverían a emprender la marcha hasta llegar al rio Sinú, en el reino de los zenús, donde un viejo conocido tenía una estancia conocida como “La Herencia”.

Tras una breve conversación con Hernán y sus aliados de Acandí, Álvaro se percató de que aquellos indios de Necoclí en su mayoría aravacos y tules, no estaban dispuestos a dejarse arrastrar a ninguna empresa más allá de su pesca ancestral y las labores de la aldea, en cambio quince de los aravacos de Acandí si se sumaron a la tropa de Hernán, eso representaba que tres de las barcas que los habían traído al otro lado del Urabá, se quedarían ocultas en los manglares por si era necesario volver hacia el norte. Aquellos aravacos de Acandí estaban más hechos a las armas, su costa había sido asolada a menudo por los caribes, y no rehuían el combate.

El día siguiente lo pasaron reposando, y aderezando su equipo de marcha, aquella parada tras el banquete de la noche anterior representaba un alivio importante, Álvaro mientras, trazaba sobre papeles un mapa de la ruta seguida desde Mérida y anotaba todas las incidencias notables acaecidas en el periplo.

Emprendieron la marcha antes de la salida del sol y se adentraron en una selva cada vez más densa y conforme la luz del sol se insinuaba a sus espaldas, un griterío surgía del interior de aquella jungla. El guía que Hernán había designado conocía bien aquella ruta y durante el día de descanso pudo precisar al capitán de la hueste que tardarían dos jornadas en avistar el valle del Sinú.

El orden de marcha estaba bien definido, delante iban dos exploradores aravacos, acompañados por uno de los oficiales con las armas de fuego prestas, un poco atrás y marcando el rumbo, el guía seleccionado por Hernán, el resto de los oficiales, incluido el jefe de los indios iban inmediatamente detrás, llevando sus monturas del bocado y con la carga sobre las monturas para poder marchar ligeros, tras ellos la recua con el matolaje y el grueso de la tropa aravaca, cerraban la comitiva dos aravacos protegidos por Juan Cabrera, con su mosquete siempre a punto… Algunos de los quince nuevos indios de la hueste, flanqueaban la columna, ahora con el incremento de su tropa se lo podían permitir, y en aquella jungla era importante, puesto que una serpiente podía provocar el pánico en las caballerías.

Antes de que el sol actuara como un mazo omnipresente que convirtiera la jungla en una especie de marmita de agua a punto de hervir, y en el cual la espesura de las copas de la vegetación simularan sombras chinescas contra un firmamento tórrido y luminoso, los castellanos pudieron apreciar desde los más chillones monos saltando y provocándoles a cada paso, y las más bellas y coloridas aves, especialmente loros y cotorras… La selva lacandona del Yucatán no podía compararse con aquello, los arboles eran allí verdaderos gigantes de leyenda, todavía recordaba a tío Miguel, que le contaba que había navegado con portugueses hasta unas selvas en la que los arboles eran tan altos como el campanario de Guetaria, y su madera tan dura como la piedra de los sillares de la iglesia de San Salvador, y tan negros como las piedras del arco de entrada de la capilla de la Piedad, en el barrio de los pescadores… Tío Miguel había traído de aquellas selvas un pájaro parlanchín, a los que los marineros portugueses eran muy aficionados, sus plumas eran de tonos grises y azules, con alguna pinta blanca, era un pajarraco chillón y cruel, de mirada fría y aficionado a dar picotazos como la copa de un pino, pero al tío, aquella bestia le recordaba tiempos de aventura y plenitud, y en consecuencia le tenía un afecto especial, que el bicho de pluma correspondía con aire de suficiencia y seriedad, pero curiosamente aquél loro al que todos llamaban “Guiri”, tenía con él, el sobrino preferido de tío Miguel, una relación especial, nadie en todo el puerto era capaz de acariciar el plumaje del bicho a excepción de él… Cuando él era, el pequeño Jon Aspariz, allí en el bello puerto de Guetaria. De repente el vuelo de uno de aquellos loros verdes y rojos le devolvió al tiempo real. El crujido de una rama y el sonido cortante de un machete le puso en guardia… A la derecha uno de los batidores aravacos había segmentado la cabeza de una serpiente considerable, mucho antes de que se deslizara hacia los mulos de la recua. Hernán que se había percatado de todo se volvió sonriendo hacia Álvaro, mostrando su boca desdentada, el capitán le devolvió la sonrisa reconociendo que el papel de los aravacos estaba siendo fundamental. De repente Don Enrique llamó la atención de su capitán para indicarle que llevaban más de seis horas de marcha…

El capitán de la hueste ordenó el alto del mediodía, establecerían un campo ligero, y reposarían durante las horas que el bochorno dificultaba hasta la respiración… Los oficiales castellanos, antes que nada atendieron a los caballos, así como algunos aravacos a los mulos de la recua, Bernardo repartió los turnos de centinela de inmediato, como en cada descanso de jornada, y la tropa exenta de servicio, se dispuso a contemplar como Hernán y los suyos encendían un fuego que no humeaba, un fuego para cocinar, Hernán sonrió mientras preparaba la cocina de campaña, se relamía el hombre, había serpiente para comer… Todos los aravacos parecían impacientes por cocinar la larga y gruesa serpiente que el aravaco Auiza, había decapitado casi sin pestañear. Los cinco castellanos se miraban aquello con un rictus de una cierta repugnancia, a excepción de Bernardo.

-¡No temáis, la carne de serpiente es muy buena si se sabe cocinar…! ¡Yo la he comido varias veces en las campañas de los chibchas, hace unos años cerca de Santa Fe de Bogotá, no muy lejos de aquí!-

-¿También la cocinaban los indios?- pregunto Don Enrique, estirando el cuerpo.

-¡Naturalmente, entre los chibchas muiscas de la zona del Bogotá, los había que se habían revuelto y se volvieron a sus selvas y montes adorando de nuevo sus viejos dioses y regresando a comer carne de sus enemigos vencidos…! ¡Luchamos con Don Luis de Almazán, un bravo capitán…! ¡Teníamos un importante contingente de indios con nosotros, enemigos mortales de los muiscas, eran caribes, y ellos adoraban cazar serpientes como ésta y cocinarlas!- remató el lugarteniente.

-¿Y cómo sabe esa carne?- preguntó Álvaro con una irónica sonrisa en los labios.

-¡Sabe a pollo, capitán!- respondió con desparpajo Bernardo.

Mientras ellos seguían dudando sobre la bondad de la carne del reptil, los aravacos habían logrado realizar un horno en un hoyo practicado en la tierra arcillosa del paraje, y en él estaban calentando cantos rodados para cocinar a su estilo, en medio de la jungla. Auiza, el cazador, hacía las raciones abriéndolas y quitando el hueso, mientras Hernán tutelaba el fuego y otro indio envolvía las raciones de serpiente en hojas de intenso verde ancho y jugoso… Los oficiales miraban a los indios, y empezaron a oler los primeros aromas del tan discutido asado, se acercaron al horno improvisado, excepto Álvaro que cogió del brazo a Bernardo cuando iba también a ver cómo se las arreglaban los de Hernán para cocinar aquella serpiente petaca, de las más fuertes y peligrosas según los relatos de los indios.

-¿Cuando hicisteis la campaña, Bernardo?- pregunto Álvaro.

-¡Hace unos siete u ocho años, por aquél entonces todavía era el Oidor Real de Nueva Granada, Don Tello!-respondió el oficial.

-¿Don Tello Ordóñez?- preguntó de nuevo El Lince.

-¡El mismo! ¡Un gran señor e hidalgo como pocos!- respondió de nuevo Bernardo a su jefe- ¿Acaso le conocéis?-

-¡En Castilla, hace muchos años, me trae recuerdos de un tiempo aciago, pero a decir verdad, es uno de los pocos nombres de aquellos tiempos que puedo asociar a la palabra, nobleza!- Álvaro casi puso los ojos en blanco al responder.

-¡Ya os lo he dicho, un gran señor… Ese tal Tello, lástima que el señor virrey del Perú lo encausara para enviarlo preso de vuelta a Castilla!- remató con aire grave Bernardo. Capitán y lugarteniente medio envueltos en el humo del asado de serpiente se veían recortados en aquél claro del camino ascendente de la serranía de Abibe que debían atravesar para llegar al curso del rio Sinú.

-¿De qué le acusaban?- se interesó El Lince.

-¡Don Francisco de Toledo, desde su llegada no cesó en sus intentos por establecer en el virreinato el brazo del Santo Oficio… Y según se cree, con los ojos puestos especialmente en Nueva Granada y la nueva capitanía de Venezuela! ¡El virrey esperaba que el Oidor Real de Santa Fe de Bogotá, estuviera a su lado en ese empeño, pero no fue así, y aquel hidalgo se opuso cuanto pudo, a que en el Reino Nuevo de Granada los frailes de la inquisición empezaran a moler a palos y a quemar a gente de bien! ¡Y bien caro que lo pagó, como al gran Cortés, y a Don Martín, su hijo, lo llevaron cargado de cadenas en la sentina de un galeón hasta Castilla!-

-¡Parece como si el viento que impulsa nuestras flotas desde Castilla a estos reinos, trajera con ellas también sus errores y desdichas!- susurró Álvaro.

-¿Qué queréis decir con eso, capitán?- Bernardo le miraba fijamente.

-¡No tiene importancia, Bernardo!- y le propició una palmada en la espalda-¡Vamos a ver qué tal sabe ese pollo tuyo que los aravacos nos han cocinado!-

Y se acercaron al grupo, Hernán les tendió dos trozos envueltos en grandes hojas, y los dos jefes de aquella peculiar hueste hicieron como el resto, picotear en cuclillas.

-¡Don Bernardo!-exclamó solemnemente Álvaro- ¡Tenéis razón, sabe a pollo y es delicioso!-

La discreta hueste de Guay Naya, formada por veintiocho indios aravacos y cinco castellanos, se había convertido en una tropa disciplinada, los relevos se realizaban puntualmente, todos tenían derecho a las mismas raciones de comida y de agua, el vino solamente se tomaba en los casos que el capitán y jefe de la hueste así lo indicaba, y a pesar del cansancio nadie renegaba cuando se debía retomar la ruta.

Solamente Bernardo, que había visto la tropa con la que se las habrían de ver, sentía alguna duda de vez en cuando, pero la acallaba recordando la campaña del Panamá contra los piratas de Draque, su capitán y amigo estaba también en inferioridad numérica, pero tenía el talento de los grandes generales, y eso le reconfortaba y alentaba el pálpito que aquella sería la mejor campaña en la que él un modesto Cabrera, así como sus familiares, tomarían parte jamás.

Tras el descanso, cuando el sol templó su martilleo, remprendieron la ruta hacia lo alto de la serranía, en el mismo orden de marcha que la mañana, toda la jungla parecía hervir, pájaros de largo pico anaranjado cruzaban sobre las copas de los arboles que invadían las losas de algún antiguo camino indio, el bochorno por la tarde era insoportable, tras la comida y el descanso el inicio de la marcha era desolador, pero especialmente para los castellanos, extraños al clima de aquellas tierras, pero tras unas horas de sudar y con la caída del sol tras la sierra, la humedad refrescaba los cuerpos hostigados por el trópico y su rigor.

A partir de que la luna señoreaba en el firmamento, la hueste prosiguió su marcha durante dos horas, y casi exhaustos los castellanos por el esfuerzo y la humedad, reclamaban al pico de la medianoche el reposo que el cuerpo les pedía… Eso sucedió en un claro de la jungla, junto a una charca y en terreno más o menos llano. Y cuando el capitán de la hueste inquirió con un simple gesto de la testa coronada en el morrión de combate castellano, el aravaco Hernán negó con la cabeza.

-¿Qué pasa? ¡Qué un indio va a decidir sobre nuestra campaña…!- Bernardo que estaba agotado soltó el comentario con fuerza pero con voz hueca.

-¡Hernán, es el jefe de nuestros guías, si él dice que no debemos acampar aquí, no acamparemos aquí!- respondió secamente Álvaro.

El aravaco se acercó al capitán, y señaló la charca.

-¡Agua muy podrida, esta noche serpientes, mosquitos, y malos espíritus!- dijo el aravaco.

-¡Donde podemos acampar?- le preguntó Álvaro con una sonrisa.

-¡A mil pasos de aquí, unas rocas, un manantial sano, y buen lugar para no ser visto y vigilar! ¡Muy cerca ya de lo alto de la sierra!- el aravaco de cabello blanco y boca desdentada, sonrió señalando hacia arriba.

-¡Mil pasos-susurró Bernardo- en medio de esta jungla!-

-¡Allí el aire ya es fresco!- afirmó el indio sonriendo de nuevo.

-¡Caballeros, no hablemos más, vamos en busca de las alturas, es lo que nos ha traído hasta aquí!- y Álvaro redobló su marcha, llevando a Relincho del bocado.

 

Hernán tenía razón, salieron de la jungla y llegaron a las estribaciones altas de la sierra, prados y arboles enormes y solitarios, moteados por algún que otro peñascal bravío, Lo de los mil pasos no había sido una exageración de indio, y el sudor de la tropa y las caballerías daba buena muestra de ello, pero aquél aire fresco de monte, la desaparición de la humedad de la jungla y la visión de una especie de castillo roquero tallado en piedra viva, hacia el cual Hernán y sus guías les llevaban hizo que la hueste redoblara su esfuerzo, agotada, con el sudor de toda la jornada, pero con la firme voluntad de llegar al objetivo, ordenada y disciplinadamente.

 

El lugar era una masa de rocas que parecían emerger de la tierra apuntando a la bóveda celeste, roca gris y arenisca, en cuyas cicatrices, la vegetación tímidamente enraizaba, aquel roquedal era considerable y el imperturbable Hernán les condujo hasta la hendidura por la cual se accedía a su interior bajo la luz parpadeante de las estrellas.

Al otro lado de la hendidura, se abría un pequeño valle, con un manantial de agua brillante, y la tierra estaba tapizada de hierba, la muralla rocosa albergaba mil y un pliegues y abrigos naturales donde establecer un campamento, y la entrada restringida era la mejor forma de vigilarlo.

Cuando Álvaro lo vio, no pudo más que exclamar…

-¡Esto es una maravilla!-

El indio Hernán le sonrió afirmando con el movimiento de la cabeza.

-¡Mañana llegaremos a lo alto de la sierra, y desde allí veremos el rio Sinú… La casa de tu amigo está a dos jornadas! – dijo el jefe de los aravacos.

La pequeña hueste se fue acomodando, como de costumbre Bernardo Cabrera distribuyó los turnos de centinela, y tuvo la precaución de no pensar tan solamente en la hendidura, en lo alto del roquedal había dispuesto un puesto que los castellanos con mosquete cubrirían lo que restaba de noche.

Estaban tan cansados, que por todo alimento tomaron el agua cristalina y un bocado de cazabe, los aravacos algo más hechos al clima, se ocuparon por orden de Hernán de cambiar el agua de las botas y pellejos, al día siguiente tendrían un agua excelente y en abundancia.

Con unos toques en el brazo, Bernardo despertó a Álvaro,

-¡En menos de una hora amanece…! ¡Capitán!-

El jefe de la pequeña hueste abrió lentamente los ojos, y susurró.

-¡Despierta a nuestra gente y a Hernán, yo voy a recordar lo que hacía en las madrugadas, de pequeño!- y mientras el lugarteniente ejecutaba la orden, Álvaro desnudo se zambullía en la clara y fría agua del manantial. Al salir se sintió liberado de muchas dudas, de muchas cargas, se notó limpio. Cuando se estaba vistiendo y calzando, la tropa empezaba a moverse con la pereza de un inmenso gusano, atrapado por el sopor y el frio.

Hernán era distinto, en un abrigo había preparado un fuego en el cual calentaba agua para acompañar el primer bocado de la mañana, una sopa de sabor fuerte hecha de mandioca y con algo de papaya, y también era el momento en que sus aravacos tomaban un poco del fuerte vino de palma. Viendo a aquellos indios, Álvaro recordaba las madrugadas en el puerto de Guetaria, con los marineros tomando gachas saladas y aguardiente navarro antes de embarcar…

La hueste se puso en marcha antes de la salida de sol, la ruta era cada vez más empinada, tenían la carena de la sierra al alcance, y justo la coronaron cuando el sol se levantaba majestuoso sobre la mar Océana, la tropa se veía recortada en las cimas recibiendo el primer sol de la jornada. Hernán señaló con el índice de su mano derecha al profuso horizonte que se veía al otro lado, tierras aún en penumbras, pero un lejano y sinuoso destello les llegó.

-¡Allí, el rio Sinú!- el jefe de los aravacos sonrió buscando al capitán de la hueste con la mirada.

Donde señalaba el pequeño aravaco, las curvas del rio que daba nombre a los valles, destellaba bajo las primeras luces del día, a sus pies una inmensa comarca que aunque parcialmente inmersa en la penumbra se adivinaba ubérrima, se intuían límites en los campos y la selva terminaba en el linde de la sierra de Abibe, aquella visión le recordó a Álvaro los sermones del padre Aguirre, cuando describía a Moisés conduciendo a su pueblo hacia la tierra prometida, y quizás con más fuerza las viejas leyendas navarras del patriarca Goñi, repartiendo entre sus hijos las tierras que poblarían los vascos, tal y como le contaba el abuelo Andoni. Viendo aquello, sintió posiblemente lo que tantos hombres han sentido al conducir a su gente hacia un destino que se presumía mejor, y de forma instintiva volvió la cabeza, su tropa que al respirar exhalaba nubecillas de vapor en la fría madrugada, estaba perfectamente formada, en orden de marcha, con sus avanzadilla y retaguardia, y los flancos guardados por aquellos sufridos aravacos que habían creído en él. En aquellas cimas, ante una tierra por hollar, nueva y rica, uno podía sentirse un dios, pero él no, él haría lo que había venido a ejecutar.

Conforme descendían, notaban que quedaban atrás las humedades, la vertiente norte de la sierra estaba batida por vientos que en aquél amplio valle generaban un clima que recordaba las benéficas llanuras de Castilla, incluso la arboleda era menos tupida y en ella abundaban pinos y arboles gigantescos que recordaban al roble y la encina.

Hernán no dejaba de repetirle al capitán de la exigua hueste…

-¡Una jornada más y estaremos en casa de tu amigo!-

 

Hicieron esa jornada recorriendo el llano junto a la ribera del rio Sinú, tuvieron la prevención de no hollar los campos que estaban en barbecho o sembrados, y de vez en cuando a lo lejos adivinaban grupos de indios que a pie, les vigilaban…

-¡Son los zenús, capitán, no hay nada que temer, son buena gente!- murmuraba Hernán cada vez que uno de esos grupos se dejaba ver en la otra orilla del rio o a lo lejos en los inicios de la serranía.

Al inicio del atardecer, la columna de la hueste vio surgir ante ellos detrás de una hondonada un nutrido grupo de aquellos indios que durante todo el día les habían estado siguiendo y vigilando, al frente de ellos un hombre con aspecto de guerrero les conminó a que se detuvieran alzando un hacha de hierro.

-¡Aguarda capitán, yo hablo con ellos!- Hernán, hizo ostensible que dejaba su arco y flechas en el prado, así como su cuchillo, y avanzó decidido pasando por delante del aravaco que abría la marcha de la columna.

Al verlo el jefe de los zenús, entregó su hacha a uno de los suyos que le flanqueaba, y avanzó hasta encontrarse a mitad de camino con el aravaco.

Ambos estuvieron parlamentando por espacio de casi una hora, y el sol iniciaba ya su ascenso hacía la línea del horizonte que dibujaba aquella fértil llanura. Ambos indios, el zenú y el aravaco se tomaron la mano en señal de amistad, y entonces Hernán hizo señas a su capitán de que acudiera junto a ellos… Álvaro se deshizo de su espada, de la vizcaína y del pedernal, pero tuvo buen cuidado de mantener en su bota derecha su pequeño cuchillo, ancho y de cómodo mango.

Avanzó hasta los dos indios, y a su llegada Hernán le explicó que deseaban saber quién era él para informar al dueño de “La Herencia”.

Álvaro sonrió y se quitó el guante que cubría su guantelete de acero.

-¡Diles que irá a visitarle el hombre con garra de hierro, y que el señor Nicolás Federmann me conoce perfectamente, que le diga la palabra Malta, con eso bastará!-

El cacique de los zenús quedó satisfecho tras la traducción de Hernán, y tras saludar les dijo que ellos avanzarían esa noche hacia “La Herencia”, que les dejaba una docena de zenúes que conocían bien el valle y que engrosarían sus filas. El jefe zenú se despidió hasta el día siguiente, en el que se verían de nuevo en “La Herencia”.

Así pues, el camino quedaba abierto y con la garantía de que una docena de los indios de aquél paraje les acompañaban.

Acamparon cerca del rio, y los zenús les prepararon unas pequeñas hogueras con plantas aromáticas… Según ellos alejaban los malos espíritus y los mosquitos. El calor era intenso, pero debían conciliar el sueño, puesto que la jornada que les esperaba sería agotadora.

La ruta hacia “La Herencia”, discurría cerca del rio y conforme avanzaban veían más campos labrados, y manadas de vacas paciendo. Aquel sexto día de Septiembre estaba resultando agotador, especialmente por el calor soportado al llegar el mediodía, pero Álvaro no quería perder ni una hora para llegar lo antes posible a la estancia de su viejo camarada.

A pesar de no estar en el zenit, el sol continuaba castigando a los componentes de la columna, Álvaro había sopesado el adelantarse a lomos de su caballo, pero prefirió mantener la disciplina de su hueste empezando por él mismo. Habían comido carne seca en plena marcha y sin detenerse, nadie había expresado queja alguna, decididamente aquella pequeña hueste estaba disciplinada.

Sería aproximadamente la sexta hora de la tarde cuando avistaron una empalizada y se adivinaba tras ella una torre de piedra, estaba situada en la otra ribera del rio y un puente franqueaba el paso hacia aquella construcción, sin duda estaban ante “La Herencia”, y como corroboración, distinguían a un grupo de zenús, entre los cuales estaba el jefe con el que habían parlamentado el día anterior.

Álvaro nunca se hubiera imaginado aquél recibimiento… El mismo señor de “La Herencia”, Nicolás Federmann, hijo del mítico fundador de Maracaibo, protegido de los banqueros alemanes del Cesar Carlos, el padre del Rey Don Felipe, les aguardaba en el puente para darles la bienvenida a la estancia que regentaba. La columna de la hueste de Guay Naya, aceleró el paso, se trataba de llegar a su próxima parada con gallardía y fuerza.

-¡Por todos los demonios… El Lince por aquí!- un gigantón rubicundo con un acento innegablemente alemán abrió los brazos sonriendo al capitán de la exhausta hueste.

-¡Me alegro de verte, Nicolás, el tudesco…!- respondió Álvaro y se fundieron en un abrazo. Los testigos de la escena se quedaron asombrados, tanto castellanos como indios no se esperaban que la relación entre aquellos dos hombres tuviera tanto calado.

El dueño de la estancia abrió sus puertas a la gente de la hueste de Álvaro, se estaba cocinando asado de res y cocido de verduras con carne de cerdo para atenderlos, se habían dispuesto dos cobertizos para que los hombres durmieran confortablemente, y un establo para las caballerías, la movilización en el patio de la estancia era total, y en el centro del mismo un bello brocal de pozo les aguardaba para remediar la sed que les había atormentado las últimas horas… Se dispuso que renovaran el agua de sus odres, y que tuviera lugar una cena en el mismo patio, regada con buen vino de Castilla. Unos criados habían prendido una hoguera y dispuesto botijos de agua y pellejos de vino alrededor de ella. La agotada tropa, contempló aquello como un sueño convertido en realidad.

-¡Antes que nada, acomodad las caballerías… Preparad los alojamientos y repetid los turnos de centinela de anoche, en los puestos de las armas y de la pólvora!- Bernardo, no dio oportunidad a que nadie se relajara ante la perspectiva de aquella noche.

Pero una vez dispuesto todo, nadie pudo impedir la avalancha al pozo, las duchas improvisadas, y algún que otro tiento a las botas de vino, que Bernardo atajó de inmediato.

-¡Déjales, Álvaro…! ¡Que se repongan de la marcha! ¡Acompáñame, iremos adentro ya saldremos a terminar de cenar con ellos!- y el tudesco cogiendo por los hombros al capitán lo introdujo en la casa noble de la estancia.

Se sentaron en un amplio salón, dispuesto como comedor, una criada negra les trajo unas papas con asado de carne y buen vino de Castilla en botella de cristal…

-¡Decidme que os trae tan al sur, he sabido de vuestra hazaña contra los piratas ingleses en Panamá, pero llegó a nuestros oídos medio año después de vuestra hazaña, con gusto hubiera acudido a luchar de vuestro lado si la noticia hubiera llegado a tiempo! ¡Por Dios, cuanto tiempo desde Malta!-

Al oír aquellas palabras, Álvaro sonrió.

-¡De hecho Nicolás, me dirijo más al sur todavía, vuelvo a estar en brega con los mismos miserables que en Malta intentaron borrarnos del mapa de los vivos!-

-¿Por lo de Malta?- preguntó con cierto aire de ironía el alemán.

-¡Lo de Malta, amigo mío, era más importante de lo que podáis imaginar, una noble casa de Castilla, tenía intención de hacerse con parte del mercadeo que los de los Países Bajos hacen con el turco, especialmente esa flor que llaman tulipán, pero para lograrlo debía pactar con los enemigos del Rey, tanto con los rebeldes zelandeses como con los turcos, y tenía claro que la moneda de cambio eran Malta y Venecia. Pero a ese alto señor, ello no le incomodaba si con ello aumentaba su hacienda y poder!- el Lince habló como recordando para si mismo.

-¡Y ahora, amigo mío, que os lleva hacia el sur?- se interesó el hacendado.

-¡Una extraña conjunción, Nicolás! ¡De una parte los que intentaban matarnos en Malta, han llegado hasta aquí, para acabar conmigo… De otra persiguen aniquilar un reducto, donde los cristianos reformados fieles a la Corona de Castilla y al Imperio pueden vivir sin ser ejecutados por la Inquisición, y naturalmente mi empeño es dificultarles tanto mi entierro como el de otros tantos!-

-¿Y, donde se halla tal lugar en que la Inquisición, acabada de instalar en nuestro virreinato, no tiene poder?- preguntó Nicolás Federmann frunciendo el ceño.

-¡Por lo que sabemos está situado al sur de los confines de la capitanía de Venezuela, y de forma secreta se le conoce como el virreinato de Siete Virtudes!-

El alemán se detuvo un momento a recordar, y con gesto amable indicó a su antiguo camarada que atacara el asado.

-¡Álvaro, yo he oído ese nombre referido a un paraíso. Como si la leyenda de El Dorado estuviera protegida bajo ese nombre, pero jamás había nadie indicado su posible situación! ¡Muchos hombres, castellanos y compatriotas míos han muerto tras la leyenda de El Dorado, y hay quienes aseguran que el oro está en el lago Guata Vita, que vigilan los muiscas, pero la grandeza que la leyenda narra, es inmensamente mayor que lo que pueda haber sumergido en la laguna muisca!-

-¡Por lo que conozco, Nicolás, Siete Virtudes es un Virreinato secreto, y lo es por voluntad del Rey, para mantener a sus leales reformados fuera del alcance del Santo Oficio, sé también que los judíos pueden allí vivir sin temor, como en los estados herejes, y un viejo indio tule, me narró que ese territorio que ellos llaman Guay Naya,- tierra de los dioses- , es de una riqueza inconmensurable!-

-¿Y vos qué tenéis que ver con ese virreinato?- al escuchar la pregunta del alemán, Álvaro tras llevarse un bocado de asado al coleto, sonrió. Estuvo un momento masticando, y sonreía, intuía en la mirada del furioso tudesco que de pronto se le había encendido su alma de conquistador, el oro y la posibilidad de hallar lo que otros buscaron sin fortuna le agitaba en lo más profundo de su ser.

-¡Esta hueste que he formado, es para salvaguardar la voluntad de mi Rey, proteger ese virreinato y de paso acabar con los que desean ser mis verdugos desde hace años!- respondió calmoso Álvaro, mientras su anfitrión echaba mano del asado.

Cuando Álvaro le dio el primer tiento al vino, su antiguo camarada se descolgó.

-¿Tenéis una hueste? ¡Hace años que el Rey no concede capitulaciones!-

-¡La he sellado con la anuencia del Adelantado del Rey en Yucatán!- respondió Álvaro.

-¡Pero vos sabéis que eso no es una capitulación Real, y por tanto…!-

-¡Ellos vienen desde Castilla con una Capitulación sin firma del Rey, sino de uno de sus más poderosos cortesanos!- puntualizó Álvaro.

-¿El de Alba?- pregunto Nicolás, con ojos como platos.

-¡El mismo… Y como en mis manos caigan dichas capitulaciones, a fe mía que aunque sea lo último que haga, las presento a su Majestad, para que tenga constancia de qué ministros tiene!-

Federmann frunció el ceño apurando un vaso de vino, sus ojos azul claro habían tomado un tono más intenso.

-¿Qué haréis cuando venzáis?-le preguntó.

-¡Tengo dispuesto el pago de haberes, hay un judío inmensamente rico y un mercader de Yucatán que sufragan la hueste y su batalla, pero en las capitulaciones no se establece botín ni saco alguno, puesto que vamos a proteger, pero si la aprehensión de nuevas tierras para aquellos que deseen obtener hacienda en el Guay Naya!- con cierta flema Álvaro fue soltando su discurso que advertía iba inflamando el alma del germánico.

-¿Si yo y mis hombres participamos a vuestro lado, tendremos las ventajas de los primeros que se os unieron?- preguntó Nicolás. El ansia de aventura y combate le podían.

-¡Nicolás, escalamos juntos los muros del castillo de Malta para defender aquellos buenos cristianos. Sabemos cómo luchar y como vencer, y os debo la ayuda que me prestasteis en aquella campaña, tanto contra turcos, como contra los sicarios que deseaban mi cabeza para poder enriquecerse a costa de los caballeros de Malta y de los venecianos!-

-¿Eso quiere decir que aceptáis nuestra participación en la empresa de Guay Naya?- sonrió el rubicundo teutón.

-¡Si acatáis los términos de las capitulaciones, y la dura disciplina de nuestra hueste!-

-¡Con tanta determinación como vuestros hombres devoran el asado, acepto vuestras condiciones en mi nombre y en el de mi gente!-

-¿Vuestra gente?- preguntó Álvaro.

-¡Si, mi gente de armas, tudescos como yo, lansquenetes suizos y algunos flamencos de Lieja y Bruselas, y mis cincuenta indios zenús, sin contar con uno de mis dos hijos y tres primos, en total seremos veinticinco soldados pertrechados y cincuenta indios conocedores de estas tierras!- respondió sin pestañear el alemán.

Álvaro hizo por controlarse y no mostrar la alegría que aquellos datos le provocaban.

-¡Por Dios tenéis más mesnada que mi hueste!- apuntó el Lince.

-¡Pero vos tenéis las capitulaciones, y a buen seguro que sois el capitán general de la hueste!- al escuchar la respuesta de Nicolás, Álvaro no pudo más que sonreír, y ambos se dieron la mano, para alzarse después y abrazarse en recuerdo de los momentos de camaradería en el combate, allí en la lejana Malta, en el ombligo del Viejo Mundo, entonces tan distante.

Tras el momento de la emoción, el anfitrión recordó que el asado se enfriaba y que no apurar el vino seria una descortesía, además debían volver al patio donde la hueste había sido recibida con todos los honores.

Dieron buena cuenta de la cena y salieron ambos al patio de armas de la estancia. La escena era dionisíaca, los sufridos hombres de la hueste, aravacos y castellanos mezclados sin distinciones comían y bebían alegremente, alrededor del fuego y bajo los acordes de sus instrumentos un grupo de zenús danzaba agitando calabazas rellenas de semillas que producían un sonido rítmico al compás de sus pasos de danza. La gran hoguera impedía ver con claridad la bóveda celeste, y Álvaro la buscó lejos de los reflejos del jolgorio, con un cierto aire de gravedad, en la noche los marineros- recordó las palabras de su tío- aseguran su ruta en el mapa que las estrellas trazan en el cielo, y según la luna, el mar estará en calma o bravío- el contraste vivo de la negrura del cielo sembrada de puntos de esplendor le devolvió el aplomo que le caracterizaba, y se daba cuenta que a la siguiente madrugada sería imposible partir, y si además los tudescos se les unían, aquello llevaba trazos de alargarse un día más, y era urgente saber del paradero de los canallas que habían venido a buscarle desde el otro extremo del mundo.

Nicolás, el hacendado alemán, se percató de la ausencia temporal de su amigo…

-¿Qué sucede, Lince?-

-¡Esto tiene aspecto de prolongarse hasta mañana, porque os hemos de dar tiempo para pertrecharos antes de proseguir la marcha, y debo saber por dónde andan los sicarios del de Alba!-

-¡Tenéis toda la nación zenú, desde estos riscos de la sierra hasta el mar a vuestro servicio, si tienen novedad del paso de tropa o de galeones, buscarán y encontrarán nuestra columna para informarnos!-

-¿Qué clase de trato tenéis con este pueblo, Nicolás?-

-¡Los zenús, no han sido conquistados, su base de vida es la recolección y la agricultura aquí, y en la costa, la pesca, son una nación orgullosa y tienen un reino organizado, con sabias costumbres, en Nueva Granada, la corona está presente en algunas costas y en contadas ciudades del interior, especialmente las que tienen cerca minas de plata, el resto del territorio es una extraña mezcla de campo de batalla y territorio libre…! ¡Mi padre, tras el fracaso de Maracaibo, un excelente puerto que se tuvo que abandonar a causa de la mala fe de algunos gobernadores, realizó un trato con los zenús, a ellos jamás les faltará grano, ni carne para comer cuando los años dan mala cosecha, y a cambio le cedieron sus caciques esta amplia hacienda, en la que cultivamos trigo y arroz, en los alcores hemos implantado con éxito cepas de la Borgoña, y en los llanos ya apartados del Sinú, pacen nuestros ganados!-

-¡Un contrato, con salvajes…!-susurró Álvaro.

-¡Nada de salvajes, mi buen amigo, esta gente tiene su honor, sus creencias y su cultura! ¡Y lo mejor, es que en un buen tramo del Sinú, nuestra gente tiene licencia para buscar oro, y lo hay, y mucho…!- el hacendado puntualizó su visión sobre los naturales de aquella tierra ubérrima que había acogido a su señor padre cuando los banqueros de la casa Fugger, ya no podían sostener el esfuerzo en aquellas tierras. Los últimos recursos de los Federmann, fueron bien invertidos en “La Herencia” y aquellos territorios del rio Sinú.

Bernardo se acercaba con una cierta prisa con semblante de preocupación…

-¡Capitán, esta juerga no puede durar mucho más, si mañana hemos de remprender la marcha sobre Cartagena!- Álvaro lo miró fijamente y le puso mano y guantelete sobre los hombros, sonriéndole.

-¡Mañana continuaremos descansando en esta hacienda, hemos de reponer fuerzas, y respecto de saber si nuestros enemigos han progresado mucho, mi amigo se encargará de ello, Bernardo!- le respondió.

-¡Pero vamos a perder el ritmo, mi capitán!-

-¡Nada de eso, mañana ejercicios de tiro y de esgrima y cuidado de las caballerías, mañana ampliamos la hueste, se nos une la gente de Don Nicolás, con armas y bagajes, ya podéis dar la noticia, y nombrar los turnos de centinela! ¡Regresad una vez lo hayáis dispuesto todo!- al decir esto puso su diestra sobre el hombro del gigantón rubicundo que sonrió ampliamente.

Cuando el lugarteniente regresó, Álvaro pidió que los tres entraran en la mansión Federmann…

-¡Escuchadme bien, Don Nicolás, Bernardo es a todos los efectos mi lugarteniente, es hombre práctico en estas tierras y hábil con las armas, ya fue mi segundo frente a Draque hace un año en aguas del Panamá…! ¿Aceptáis pese a ello?-

-¡Yo tengo una palabra, ya os expresé que sé que la hueste y su mando son vuestros, nosotros nos unimos a vuestra empresa!- el dueño de “La Herencia” no se echó atrás.

-¡Bien, vuestra gente, Nicolás, formará la Compañía Federmann, estaréis sujetos a la misma disciplina que todos y bajo mi mando o el de Bernardo, pero vuestros mandos los nombrareis vos, ya que conocéis mejor a la gente que os sigue…! ¿Os parece bien?-

-¡Estoy de acuerdo con vuestros términos, mañana mi gente firmará vuestras capitulaciones! ¡Ahora salgamos antes de que acaben con el vino!- tras estas palabras los tres hombres abandonaron la estancia para unirse a la fiesta que seguía celebrándose en el gran patio de armas, donde algunos cantaban y otros charlaban entre ellos apurando las viandas y el buen vino de “La Herencia”.

 

A los dos días, nada más despuntar el sol en el horizonte, la hueste se hallaba formada y presta a partir. Eran ya una respetable columna de más de un centenar de efectivos, más de treinta de ellos castellanos y tudescos, el resto aravacos y zenús, todos debidamente encuadrados según el orden de marcha dispuesto desde el inicio, abriendo marcha los exploradores indios, a continuación los oficiales, tras ellos la compañía Federmann, escoltando las reses que servirían de rancho y cerrando la marcha, tras la recua de provisiones, armamento y municiones, la retaguardia de aravacos y zenús cerrada por un indio de cada nación protegidos por Juan Cabrera a caballo y con el mosquete montado. A la voz de mando de Álvaro de Sobrarbe, -atrás había quedado la necesidad de utilizar el supuesto nombre de Marcos Vega-, la hueste se puso en marcha, el día anterior los recién reclutados habían asumido y firmado las capitulaciones de Álvaro.

E iniciaron la marcha sobre Cartagena, posiblemente el destino de la hueste de Sigura… Álvaro comentó a sus oficiales que tenía intención de visitar a un hacendado de la villa de San Jacinto a dos jornadas de Cartagena, pero en un aparte le confesó a Bernardo que reclutaría a viejos compañeros de armas castellanos para equilibrar la situación en la hueste, decisión que fue más que aprobada por el lugarteniente del capitán de la hueste.

En unas horas habían dejado atrás el valle del rio Sinú, y seguían ruta noreste, al fondo se distinguía un macizo montañoso, Hernán que no se apartaba del bocado de “Relincho” señaló hacia los montes y fijó su mirada en el rostro de Álvaro, que volvía a estar enmarcado en la barba recortada que ceñía su recia mandíbula.

-¡Tras montañas, gran muralla en el mar…! ¡Cartagena para los teules, Capitán! – el curtido guía aravaco sonreía a su jefe castellano- ¡A cinco días de camino, cinco como tus dedos de hierro!-

Desde lo alto de su caballo, Álvaro le sonrió, y se fijó en el guantelete… Cayó en la cuenta de que había olvidado cubrirlo con el guante, y se dispuso a enmendar el descuido.

El camino que seguían tenía una ligera pendiente, y discurría por un llano limitado por el inmenso lago Varino a Poniente y por las Ciénagas de Oro al sureste, la ruta que seguían conducía al noreste y se veía cortado por la serranía de San Jacinto, Nicolás Federmann que se había aproximado a la posición de Álvaro y de su lugarteniente Bernardo Cabrera, les iba ilustrando los parajes que cruzaban a buen paso…

-¡Esta es una ruta transitada, es el camino de Montería a Sincelejo, pero una vez allí, si debéis pasar por San Jacinto, tendremos que tomar la vía de la Sierra, ya no es tan buen camino, y salvo los serranos y mineros de San Juan y San Jacinto, nadie toma esa ruta!-

Y así iban pasando las horas, inmersos en la marcha, a un buen paso más con regularidad, algo más de una legua cada hora, pero lejos de caer en la monotonía, el capitán de aquella hueste había tomado buen cuidado de que los puestos de vanguardia y retaguardia, así como los de los flancos fueran rotatorios, manteniendo así la atención de toda la columna, desde los indios, hasta los oficiales. Las horas más pesadas eran las del mediodía, aún no era estación lluviosa y el calor húmedo de las ciénagas unido al polvillo que levantaban las ráfagas de viento ocasionales, se incrustaba en el cuerpo causando una desazón a la que con la llegada de la tarde se sumaban los mosquitos, enormes y dañinos…

Al iniciarse el ocaso, la hueste abandonaba el camino, y los aravacos especialmente, actuaban como batidores en busca de un buen lugar para acampar, con agua corriente y limpia en la proximidad y al abrigo de rocas y arboleda que desprendieran frescor y permitieran una defensa eficaz del campo. Tal y como tenían dispuesto caballerías y ganado eran situados en el centro y vigilados, Bernardo repartía las guardias de centinela al exterior, mientras que Nicolás y sus alemanes realizaban los turnos de matolaje y pertrechos, los indios se apostaban tanto en los puestos avanzados como en el centro con los animales.

La hoguera, el refrigerio, el descanso tras cuidar del equipo y las caballerías, y algo de reposo y conversación eran las noches de la marcha, en las que el capitán había prohibido tajantemente el juego, la comida aparte y los excesos en beber. Todos sabían que en unas cinco jornadas llegarían a Cartagena, y esperaban con ansia algún tipo de compensación en la soñada ciudad, la más rica y populosa del Caribe, según decían los marineros y los comerciantes desde Nueva España hasta los extremos de Nueva Granada.

El amanecer siempre les hundía en la niebla con los miembros entumecidos, era el momento de refrescarse en los arroyos, tomar leche escaldada y los restos de la cena para llenar el buche y arrancar…

Y así jornada tras jornada, sorteando las aldeas y ciudades de Nueva Granada, primero Sincelejo, después Ovejas, y al atardecer del segundo día sortearon El Carmen, una dispersa parroquia que les obligó a realizar un gran rodeo con tal de no ser detectados. La acampada debieron realizarla en un roquedal que enlazaba más adelante con el camino serrano de San Juan y San Jacinto… El lugar ofrecía seguridad pero estaba seco, por suerte tenían agua en los odres, y el clima malsano de las ciénagas había quedado atrás, pues emprendían ya la ascensión a las alturas de San Jacinto, con lo cual desaparecieron los dañinos mosquitos, pero en su lugar les salían al encuentro las molestas moscas que acosaban a hombres y ganado sin piedad. La noche era clara y fresca, y al amor de la lumbre, Álvaro y su estado mayor preparaban la próxima jornada.

La tercera jornada empezó a mostrar su dureza a la segunda hora de camino, la senda era estrecha y el terreno abrupto, la marcha devino en costosa y más lenta, avistaron hacia el mediodía una aldea en la que sobresalía el campanario de una bella y sencilla iglesia, el camino serrano pasaba justo por la única calle de la aldea, a partir de la cual se apiñaban casas y cabañas ladera abajo, y ladera arriba, unas terrazas de labor indicaban que en San Juan se labraba y se cultivaba la tierra, en los prados se advertían algunas vacas…

-¡Don Mateo!- ordenó Álvaro- ¡Desplegad nuestro estandarte! ¡Nicolás incorporaos a la cabeza!-

Hernán y su avanzadilla, esperaron a que el capitán y sus oficiales se acercaran, mientras el capitán se encasquetaba su morrión de combate. La columna cerró filas, casi en orden de parada, y parecían un disciplinado tercio en marcha por las tierras del Viejo Mundo, precedido por su guión que cruzado por la cruz de Borgoña, ostentaba en el centro un guantelete de hierro.

Y así en perfecto orden se adentraron en la aldea, en la que diversos curiosos se habían apostado para ver desfilar aquella extraña tropa, cuando la campana de la iglesia llamó a los parroquianos, y quizás estimulado por ello Álvaro ordenó a Bernardo que hiciera tocar el timbal que llevaban consigo desde Portobelo, en el acto Enrique Ruiz descabalgó y tomando el timbal entonó un severo redoble, al compás del cual la hueste prosiguió solemnemente su marcha hacia el centro de la aldea.

Dicho centro estaba definido por el ensanchamiento del camino, en el lado de pendiente se alzaba la modesta iglesia, encalada y sencilla, coronada con una cruz de forja, con el campanario de unas quince varas coronada por el habitáculo del bronce que aún repicaba; del lado de la montaña, a la derecha de la columna, un casucho hacía las veces de concejo de la aldea, perceptible por el escudo con las armas de Nueva Granada esculpido en una pobre placa de yeso sobre el dintel, junto a un siniestro torreón de una planta, sin duda el calabozo, pensó Álvaro. A la puerta, un aldeano armado de una vara y rodeado por cinco de sus vecinos les contemplaba entre curioso y acobardado.

Tras los ventanucos, se intuían las figuras de algunas mujeres, los chiquillos asomaban tras las esquinas. Al fin cesó la campana su repique, y por la puerta de la iglesia el cura párroco emergió de la obscuridad, era una figura lánguida enfundada en una sotana de color indefinible rematada en una testa enjuta y calva enmarcada por una deshilachada barba gris, se le agruparon algunos aldeanos.

De una ojeada, Álvaro vio como de las terrazas de cultivo, azada en mano, bajaban varios labradores acompañados de sus mozos y mujeres.

-¡Vaya, vaya…- exclamó el capitán, dirigiendo una sonriente mirada a sus oficiales- Una comisión de bienvenida, que no sabe si nos han de recibir en son de paz o a palos!- y acto seguido alzó su mano enguantada para ordenar el alto, con la cabeza de la columna entre el señor alcalde de la aldea y el párroco de San Juan Nepomuceno. Los zenús y aravacos, estaban tensos, protegiendo los flancos, en la retaguardia, Don Juan había dispuesto a cinco indios a su alrededor y con su arma presta vigilaba la espalda de la hueste… Álvaro había alzado su mano derecha, sin enguantar mostrándola abierta en señal de paz, y mirando a uno y otro lado, dando a entender a los poderes de la aldea que no les había traído ninguna intención hostil a la serranía.

Álvaro descabalgó y ordenó a sus oficiales que hicieran lo propio, Bernardo ordenó a Mateo, el alférez que se les uniera, y a Enrique Ruiz que cesara con el timbal. El grupo se avanzó hacia el centro de la plaza, Don Álvaro, el capitán hizo señas a Hernán, el jefe aravaco, que se uniera a los oficiales. Y se plantaron en medio de la plaza ante la expectación de los aldeanos.

El primero en reaccionar fue el hombre de la vara, que acompañado por un hombre tan grueso como él, armado de una vieja espada, empezó a andar hacia ellos, al cabo de unos instantes, el clérigo hizo lo propio.

-¡Sed bienvenidos, si venís en son de paz!- se adelantó el párroco.

-¡Estamos de paso y no hemos venido a combatiros!- respondió divertido Álvaro.

-¿Quién sois y a qué obedece vuestra presencia en la sierra?- el alcalde gordinflón quiso ponerse en su cometido.

-¡Soy el capitán Marcos Vega, y conduzco a mi hueste de Sincelejo a Cartagena de Indias, a reforzar la plaza para conjurar el peligro de un ataque pirata, ya que la flota de Castilla está al llegar!- respondió severo Álvaro bajo el temible morrión, el yelmo de los soldados de Castilla…

Sus hombres se percataron de cómo astutamente, recurría al nombre que había utilizado desde su llegada a Portobello.

-¿Y cómo no habéis tomado el camino de Tolú y San Onofre? ¡Es mejor ruta, llana y con más postas!- le inquirió de nuevo el alcalde, escoltado por su alguacil, que sudoroso mantenía la herrumbrosa espada en alto.

-¡Porque debo encontrarme con un buen caballero y compañero de armas en San Jacinto para unir nuestras fuerzas y acudir en defensa de la plaza de Cartagena! ¡Pero…! ¿No deberíais darme vuestras gracias, ya que he presentado nuestros respetos?- exigió el capitán de la hueste- ¿Así tratáis a un oficial del Rey Felipe y comisionado de la Real Audiencia de Nueva Granada?-

-¡Os ruego disculpéis a Ramiro Junín, nuestro alcalde, señor capitán…! ¡Es un buen cristiano y leal vasallo, pero no es hombre de protocolos, aquí todos somos campesinos! ¡En cuanto al temor…! ¡Abundan en la sierra, bandas de ladrones, facciones de descontentos con el virrey de Lima, Don Francisco de Toledo, hace una semana estas gentes fueron saqueadas y sus graneros y despensas quedaron en nada, la mitad del ganado fue robado y aseguraron que vendrían a por la otra mitad, por ello la gente de San Juan contempla con temor armas y gente a caballo!- el cura dio su explicación a la fría y temerosa acogida. Álvaro respiró con fuerza disgustado, no podía permitirse perder una sola jornada, y maldecía no poder auxiliar con las armas a aquellos pobres aldeanos indefensos.

-¿Y vos capellán? ¿Cuál es vuestra gracia?- preguntó Álvaro.

-¡Mi nombre es Pablo Illana, y soy el cura párroco de toda la sierra!- respondió el clérigo.

-¡Así pues, si sois el capellán de la serranía, debéis conocer a Don Gerardo García el hacendado de San Jacinto! ¡Es a él a quien debo encontrar!- prosiguió Álvaro mirando con intensidad al fondo de la dulce mirada azul del sacerdote. De repente un golpe de viento frio recorrió la calle que entre las casuchas hacía de túnel… Estaban a mediados de Septiembre, y allí en lo alto, si el sol se ocultaba tras alguna nube, empezaba a refrescar. A Álvaro y los suyos, no se les escapó la desazón que el nombre de su antiguo camarada produjo en cura y alcalde.

-¡Demasiado le conocemos!- respondió el tal Ramiro Junín. Álvaro miró al párroco que asintió con gravedad.

-¿Y bien?- se impacientó Bernardo, al que Álvaro atajó con un gesto.

-¡No es hombre piadoso, jamás le he confesado, ni administrado la Eucaristía, y si bien no podemos acusarle de rebelde, ni de malhechor…!- Pablo Illana aventuró una duda.

-¡Sabemos que no es afecto al Virrey!- prosiguió el rechoncho alcalde con expresión torva y mirada enfurecida- ¡Y jamás ha echado una mano para atajar los desmanes de los bandoleros de la sierra, a pesar de que es uno de los hacendados más poderosos desde aquí hasta Cartagena!-

-¿Se lo habéis pedido alguna vez?- inquirió Álvaro extrañado por una conducta que no hacía para su viejo amigo.

-¡El propio gobernador de Cartagena, Don Francisco de Bahamonde y Lugo así como Don Francisco Briceño, el presidente de la Real Audiencia, se lo han ordenado a menudo!… ¡El se limita a dar una batida por la sierra con sus hombres, y tras no capturar bandido alguno así lo comunica al gobernador, una vez tras otra!- respondió indignado el alcalde.

El capitán de la hueste se quitó el morrión y dirigió una mirada a sus oficiales, que hicieron lo propio con sus yelmos, con las cabezas al descubierto, a pesar de las corazas y las armas, parecían más humanos.

-¡Cuando vea a Don Gerardo, le pediré que os auxilie, y estoy seguro de que accederá! ¡Mi hueste debería reposar un poco…! ¡La ascensión desde la encrucijada de caminos hasta aquí ha sido un esfuerzo importante! ¡Queremos aprovechar para refrescarnos y tomar bocado!- les dijo Álvaro.

-¡Ay de nosotros, señor capitán…- el sacerdote juntó sus manos en plegaria- Agua fresca si os podemos servir, más ni tortas, ni maíz, ni carne alguna!¡A esta mi parroquia la han dejado sin casi nada que poder comer!- el cura expresaba con un rictus aquella angustia que a menudo viene acompañada del rugir de las tripas.

-¡Con el agua fresca, bastará! ¡Perded cuidado respecto de la comida! ¿No veis que llevamos algunas reses con nosotros? ¡Hoy vuestros feligreses comerán buena carne de vaca!- espetó seco el capitán.

-¡Qué Dios os bendiga señor…!- los ojos del sacerdote cobraron un alegre brillo.

-¡Capitán,- el rechoncho alcalde se acercó al grupo de soldados- sois el primer armado, el primer viajero que hace algo por nosotros! ¡Ni el gobernador, ni la gente del llano jamás han echado una mano a los pobres serranos de San Juan, ni sus vecinos de San Jacinto tampoco! ¡Si hacéis lo que decís mereceréis una mención en los diarios del concejo!-

-¡Basta de parlamentos, señores! ¡Mostrad a mi gente donde instalarse y procederemos…! ¡Vuestra gente nos renovará el agua para proseguir la ruta, y nosotros prepararemos comida para todos!- urgió Álvaro.

El alcalde ordenó a su alguacil que los condujera a un lugar llamado la era. Con una seña, Álvaro indicó a Bernardo que se hiciera cargo de acomodar la hueste donde le indicaran, mientras él se quedaba acompañado de Hernán, el indio, para preguntar al cura y al alcalde sobre el camino que encontrarían más adelante. Una vez satisfecha la curiosidad, se dirigieron todos juntos al lugar llamado, la era.

La era, consistía en un espacio abierto empedrado, tras una hilera de hórreos y graneros, en la ladera ascendiente hacia las terrazas de cultivo, junto a un grupo de arboles se distinguía un sencillo palomar en forma de torreón redondo, y el lugar era lo que su nombre indicaba, donde se trillaba y venteaba el cereal que después los bandidos les saqueaban. A golpe de ojo, Álvaro pudo calcular que desde los graneros hasta las terrazas de cultivo de monte arriba, había milla y media, y que hacia el norte los pastos se perdían siguiendo las hondonadas que ascendían suavemente sierra arriba.

Bernardo había dispuesto el campo adecuadamente, aravacos y zenues destacados en ocho puntos por parejas, con sus arcos prestos, los caballos y los mulos, en un circulo forrajeando y vigilados también por los indios que los veneraban, En un cuadrado varios hombres de Federmann vigilaban a las reses… Juan a caballo hacía la ronda por los puestos de centinela de los indios con su mosquete a punto… El resto de los hombres se había dividido, unos preparaban un asador donde ensartar la res que habían sacrificado, mientras otros revisaban el matolaje y sacaban unas hogazas de pan amasadas y cocidas la noche anterior, cinco hombres de Federmann armados vigilaban alrededor de la era, mientras el resto descansaba junto a los pabellones de mosquetes y los pertrechos. El guión ondeaba, Marcos y Enrique atendían a los aldeanos que ordenadamente les traían los odres rellenos de agua fresca de la sierra… A veinte pasos del campo, el amasijo de aldeanos observaba con incredulidad aquella hueste que actuaba como si estuviera en tierra hostil.

Los recién llegados se adentraron en el campo, Álvaro se dirigió directamente a su lugarteniente- ¡Bien hecho Don Bernardo!-

Los hombres habían prendido la hoguera y la res empezaba a dar vueltas sobre el palo en el que había sido ensartada, el aroma a carne de vaca asada se esparció al instante, y aquella fragancia hizo rugir algún que otro estomago.

-¡Vuestra gente recogerá sus raciones allí donde están los cinco guardias!- dijo Álvaro al alcalde señalando a los armados de Federmann, que se había unido a ellos- ¡Don Pablo, necesitaremos unos paños, o un lienzo, la asadura, la entraña y los menudos de la res os los entregaremos, y seguro que vuestra gente sabrá hacer buenas morcillas con ello!- cura y alcalde pusieron ojos como platos y corrieron a buscar algunos aldeanos que les echaran una mano. Álvaro y los suyos se sonrieron, con sus yelmos en la mano, corazas y petos, y armas al cinto, semejaban caballeros de otros tiempos más nobles. Bernardo alzó su rostro al cielo que se estaba encapotando y un manto de frio descendía desde lo alto de la sierra hasta la aldea.

-¡Pobre gente, hoy llenarán el buche!- soltó Bernardo.

-¡Mal sitio es este para acampar- dijo Nicolás Federmann- con este relente, nos quedaremos fríos!-

-¡Nada de acampar, señores! ¡Hasta la encomienda de Don Gerardo quedan tres horas, esta noche tendremos un buen refugio, nada de dormir al raso!- indicó secamente el capitán- ¡Que los nuestros tomen una sopa caliente, tortas y una ración corta de asado! ¡Que no llenen demasiado la tripa y que no se reparta vino, no habrá mucho tiempo para descansar! ¡Algo de este lugar no me convence!-

-¡Como ordenéis, capitán!- y con celeridad, Bernardo y Nicolás hicieron correr la voz con discreción. Hernán, el aravaco, clavó su mirada azabache en los ojos color de miel de Álvaro, asintiendo en silencio, el instinto del indio, también le había puesto en guardia.

Al poco, llegaron alcalde y cura con lienzos… Bernardo se encargó de que les entregaran las asaduras de la res sacrificada, cuando tuvieron todo envuelto lo mostraron a su gente que prorrumpió en aclamaciones de alegría, y junto con algunos parroquianos fueron a poner a buen recaudo los apreciados despojos.

Dos horas más tarde, el asado estaba listo, los soldados montaron unos caballetes para presentar la res asada, que desprendía un aroma a manjar que provocaba el relamerse de los aldeanos, especialmente los chiquillos… Álvaro los miraba desde la lejanía, como en otros poblados, había castellanos venidos a menos, algunos mestizos, indias con sus melenas azabache y sus cuerpos rechonchos, esclavos negros y mulatos, todos con hambre, todos hundidos en una existencia que no se correspondía con los sueños de sus padres al venir desde el otro extremo del mundo para hacerse con riquezas, eterno nombre y fama. Y entre ellos intentando poner orden, alcalde y cura se hacían ver como los héroes del día para sus gentes.

Protegidos por cinco de los hombres de Federmann, los soldados empezaron a repartir raciones entre la población, tan entusiasmados estaban los aldeanos por catar asado que no repararon en que el resto de la hueste comía por turnos, su sopa, tortas y una corta ración de asado que se habían apartado.

La gente de San Juan, se desparramó alrededor del campo de la hueste, excepto por donde se accedía al camino, ya que los centinelas indios, no dejaron que nadie se sentara entre el campo y el camino de San Jacinto.

Una vez la gente estuvo saciada, el alcalde pidió por el capitán de la hueste, el hombre quería ofrecer una fiesta a sus bienhechores, pero Álvaro, el pretendido capitán Marcos Vega, le dejó bien claro que la hueste proseguía su camino. El párroco acudió en ayuda del alcalde, pero de nuevo chocaron con la determinación de Álvaro, mientras veían que los hombres arzonaban de nuevo mulos y caballos, apagaban el fuego, recogían y comprobaban sus armas todo ello en silencio, con precisión y celeridad… Se convencieron finalmente de que habían comido, pero difícilmente cenarían carne de nuevo.

-¡Capitán, nos dejáis indefensos de nuevo…!¡Si al menos tres de vuestros armados para protegernos, desde allí arriba- el alcalde con rictus de angustia señalaba los cerros de la sierra- los bandidos lo han visto todo, y esta noche o mañana caerán de nuevo sobre San Juan! ¡Y si vuestros hombres no podéis, dejadnos armas!-

Bernardo hizo por apartarlos de Álvaro, pero éste lo detuvo con un gesto.

-¡Dejad, Don Bernardo! ¡Escuchadme alcalde, esta noche os vendrá auxilio de Don Gerardo, pero debéis defenderos, y si no sabéis todavía, tendréis que aprender a hacerlo!- Álvaro dio por concluida la cuestión, el reposo y la parada de San Juan Nepomuceno. Finalmente Bernardo tuvo que apartar a ambas autoridades, que desoladas ni atinaron a dar las gracias.

Las ordenes de montar y de disponerse en columna de marcha resonaron, el cielo seguía cubriéndose y ennegreciendo, el frio arreció y unas gruesas gotas de lluvia empezaron a surcar el aire, entre los picos resonó un trueno, los aldeanos corrieron a buscar abrigo en sus casuchas, el alcalde, su alguacil y Don Pablo, el sacerdote se quedaron junto a la cruz de término en el camino, justo a la salida de la aldea en dirección a lo alto de la sierra, mojándose y viendo marchar a buen ritmo aquél pequeño ejército, que se había envuelto en capas y cubierto las cabezas bajo el inicio de una lluvia que se insinuaba pertinaz… Así abandonaron San Juan Nepomuceno de la Sierra de San Jacinto.

La cuesta se iba acentuando, así como la lluvia, cada vez más intensa y más fría, andaban los de la hueste con sus yelmos y morriones, con sombreros de mimbre y hule los indios, y todos cubiertos con capas. En ocasiones el camino se estrechaba y discurría por escarpaduras de vértigo, la marcha se ralentizaba y todos colaboraban en sacar adelante la recua de mulos, el matolaje, y las reses… A pesar de la niebla, la obscuridad del cielo nublado y la lluvia densa, a Bernardo le pareció distinguir al final de una pendiente empinada un ensanchamiento del camino, y un altozano, y así se lo comunicó a su capitán. Al poco, Hernán había enviado hacia atrás uno de sus exploradores aravacos con un mensaje.

-¡Nos dice que allí arriba, el camino se ensancha y mejora, habremos llegado a lo alto de esta sierra!- Álvaro mirando hacia atrás lo fue comunicando para elevar la moral de sus hombres- ¡Un esfuerzo más, son quinientas varas lo que nos queda, ahí arriba descansaremos…! ¡¡¡Mantened la formación y seguid alerta!!!- su voz resonó en las fragosidades de la sierra de San Jacinto.

Aquellas quinientas varas, de camino embarrado y fuerte pendiente se les antojaron infinitas, los animales se revolvían nerviosos, los hombres mascullaban unas veces, maldecían otras, y en aquella situación los aravacos y los zenús, impertérritos e incansables fueron de gran ayuda. De tanto en tanto en los riscos resonaba el graznido de algún cuervo a resguardo de la lluvia, a modo de mal augurio, pero ni Álvaro, ni Bernardo, ni Federmann, se dejaban llevar… A gritos y con empeño animaban a su tropa en aquellos momentos de dificultad, a pesar de que la lluvia arreciaba y el barrizal obligaba a tomar todas las precauciones para no deslizarse hacia el vacío de la montaña.

Poco a poco, fueron llegando a lo alto, Hernán y dos de sus exploradores se hallaban allí, el altozano era un espacio circular muy amplio, ceñido por el precipicio a la izquierda y por un roquedal inmenso a la derecha que formaba una inmensa gruta abierta, al fondo de la cual, Hernán y sus aravacos habían logrado encender una hoguera que iban alimentando con raíces y algún tronco, la vista de las llamas, les alegró la vista.

Nada más llegar Álvaro, llevando del bocado a Relincho, un relámpago rasgo los nubarrones, segundos después el trueno estalló con fuerza, pero casi al instante dejó de llover. El capitán de la hueste del Guay- Naya suspiró, acarició el morro de su corcel y miró camino abajo, la columna ascendía trabajosamente, como si de un inmenso gusano se tratara, vacilando en el barro y pugnando por no perder el equilibrio, en aquellos momentos Bernardo se puso a su lado, y al poco Nicolás Federmann, con dos de sus alemanes, llegó también…

-¡Dejemos las monturas y ayudemos a los que van llegando!- ordenó Álvaro.

Paulatinamente, se fue engrosando el grupo de los que ayudaban a sus compañeros y a las bestias a llegar a lo alto… Llevaron matolaje y animales a la gruta, el ambiente era frio y convenía no enfriarse tras el esfuerzo realizado; los oficiales y Hernán se adelantaron hacia la consecución del camino por el lado de los riscos… Comprobaron que el camino proseguía por la carena de la sierra, pero era más ancho y llano, la lluvia había cesado pero las brumas se levantaban desde los retazos de bosques colgados en los riscos, era la sexta hora de la tarde y a los nubarrones se unía el inicio del ocaso. De pronto Hernán soltó un bufido señalando a lo lejos a un lugar poco más bajo de donde estaban, a Álvaro le pareció ver el destello de una luz, o de unas luces, la bruma lo difuminaba todo, los otros intentaban ver pero en vano. El capitán fue hasta Relincho y de la alforja, extrajo un pequeño objeto metálico, que desplegó ante su ojo derecho.

-¡Ah…! ¡Un catalejo!- exclamó Federmann- ¡Yo también he traído uno!-

Bernardo le impuso silencio con el índice sobre los labios, el capitán repasaba la zona donde creía haber visto luces con la ayuda del artilugio. Los indios le miraban asombrados, nunca habían visto una cosa parecida. Álvaro empezó a asentir con la cabeza, todavía cubierta con el morrión, y cuando se apartó el catalejo del rostro, sonreía ampliamente…

-¡La bruma está levantándose, y ahí delante tenemos las casas de San Jacinto, o quizás sea la encomienda de mi amigo! ¡Descansaremos unos instantes más, que se reparta un poco de vino entre la hueste, hace frio y debemos entrar en calor para seguir una hora o un poco más!- el capitán viendo la expresión embobada de Hernán le puso el catalejo ante los ojos, el jefe aravaco estuvo todo el tiempo que pudo mirando con y sin catalejo, sin llegar a comprender que tipo de magia podía hacer que las distancias parecieran nada.

-¡Enrique, que preparen hachones, nos iluminaremos para proseguir el camino, la noche nos pillará de camino!- ordenó Bernardo.

Nicolás Federmann se aproximó a Álvaro de Sobrarbe…

-¿Se nos unirá alguien más?- le preguntó.

-¡Ahí delante tiene su encomienda un viejo amigo y compañero de armas, como vos Nicolás! ¡Yo debo tentarle, a él y a su gente, si a vos os conocí en Malta, el se embarcó conmigo en Lepanto e hicimos armas mucho antes cuando se sofocó la rebelión morisca de las Alpujarras, es un hombre de fiar, natural de Vizcaya!- Álvaro respondió a su camarada tudesco.

-¿Es que con más de cien hombres no podremos contra esa expedición?- quiso saber el risueño Federmann.

-¡Lo que tenemos delante, es una expedición formada por marineros portugueses y castellanos, que navegan en dos galeones en los que transportan a casi cuatrocientos hombres, encuadrados y con los hermanos Menéndez ejerciendo de Maestre de Campo y de Capitán respectivamente y el mando de toda esa tropa recae en cuatro inquisidores que se han conjurado para matarme y eliminar un Virreinato que el Rey Don Felipe promovió más allá de los confines de la tierra ya conquistada!-

La explicación fue suficiente para el viejo camarada de Malta. El joven Mateo les presentaba un pellejo de vino para que se entonaran, ambos echaron un trago… Bernardo ya lo tenía todo dispuesto, la hueste estaba a punto para reemprender la marcha, los indios apagaban el fuego echando barro sobre las llamas, y Juan Cabrera ya montado con el mosquete presto, les cubría, el hermano de Bernardo era el jefe de la retaguardia. La columna a una señal de su capitán se puso en movimiento.

 

Pasaron casi dos horas, el camino era llano y ancho, batido por el viento. La noche se les echaba encima cuando aquella senda empezó a descender un poco y al cabo de media milla llegaron a una bifurcación, al fondo siguiendo el camino se intuían las casas de un poblado algo mayor que San Juan, y a la derecho un sendero ascendía levemente hasta una figura desdibujada.

-¡El camino de la derecha, ha de ser el que conduce a la encomienda…!- indicó Álvaro- ¡Ya que ahí abajo está la aldea! ¡Mateo desplegad el guión de la hueste! ¡Seguid en columna!- y la tropa con sus vituallas prosiguió cansinamente pero aliviada por ver que aquella agotadora jornada tocaba su fin.

Conforme iban subiendo se perfilaba una empalizada alzada sobre un murete de piedra, la puerta estaba flanqueada por dos torres de piedra rematadas en castilletes de madera, un candil se movía en una de las dos torres, la columna avanzaba a la luz de los hachones y semejaba una procesión en la que yelmos, picas y mosquetes delataba su naturaleza guerrera.

-¡Deteneos!- una voz rasgó la negrura de la noche. Álvaro alzó la mano ordenando el alto a la columna. En los torreones se adivinaba un mosquete que les apuntaba. Siguieron unos instantes de tenso silencio, tan solo turbado por el ruido de una lejana cascada de agua. Álvaro intuyó los pasos en la empalizada de nuevos vigías.

-¿Quién va?- les preguntó el del mosquete.

-¡El capitán Álvaro de Sobrarbe y su hueste!- respondió el mismo Álvaro.

-¿Qué buscáis en la encomienda de Don Gerardo García de Vaillo?-

-¡Deseo hablar con el dueño de la encomienda!-

-¡Acercaos a los hachones y mostraros sin morrión, que os podamos ver!- indicó el de la torre.

Álvaro se descubrió la cabeza, y acercándose montado a una de las antorchas, se quito el guante izquierdo mostrando la garra de acero que destelló en la noche al brillo de la antorcha.

Al instante tronó una voz gruesa…

-¡Por vida de…! ¡Ernesto, deja de apuntarle! ¡Que me aspen, si no es el mismo Lince! ¡Abrid la puerta!- oyeron como varios hombres bajaban por las escalas y la puerta empezaba a chirriar.

Iluminado por el candil, antes de que las puertas se abrieran totalmente, emergió un gigantón de piel muy blanca y pelo ralo, robusto como un roble y con tripa de no haber pasado hambre en su vida.

-¡Por cien mil demonios! ¡El Lince, aquí, vive Dios que sois un gato de siete mil vidas!¡Mi buen Álvaro, después de lo de Lepanto nos dijeron que habíais muerto en una reyerta en Messina, a manos de asesinos!-Álvaro había desmontado y corrió a abrazarse al gigantón.

-¡Gerardo dichosos los ojos!-

En pocos instantes intercambiaron la información necesaria, la hueste penetró en la encomienda del hacendado vizcaíno, con su estandarte desplegado.

Bernardo realizó todos los esfuerzos para dejar claro que mantendría sus turnos de guardia, ante la incomprensión de los mayorales del encomendero, su anfitrión, la diferencia llegó hasta Álvaro y su amigo que se saludaban después de dos años de no saber nada el uno del otro.

-¿Qué es eso de que en mi encomienda vais a montar puestos de guardia? ¡Álvaro sois mis invitados, somos amigos y camaradas de armas, vos y vuestros hombres os halláis bajo mi protección y hospitalidad! ¡Va a haber cena copiosa para todos y además mi gente ya monta guardia, y estamos a buen recaudo la encomienda de San Jacinto es una fortaleza, de lo más seguro del Nuevo Reino de Granada!- le espetó el encomendero a Álvaro. Este hizo gesto a Bernardo, su lugarteniente de que viniera hacia ellos.

-¡Es Don Bernardo Cabrera, mi lugarteniente, y aquél gigantón rubio es Nicolás Federmann, capitán de su compañía, los tudescos del rio Sinú y su tropa de indios zenú,- al señalar al alemán, le hizo también señal de que se acercara- y hemos partido desde Portobelo en el Panamá, con capitulaciones y formando hueste, es decir que estamos en campaña! ¡Vos sabéis como yo que mantener la disciplina es fundamental para todo capitán, y nuestros hombres deben seguir montando sus guardias!- Álvaro argumentó a su amigo la razón por la cual Bernardo se empeñaba en nombrar los turnos.

-¡Comprendo…! ¡Pero mis hombres van a interpretarlo como una desconfianza, un insulto!- Don Gerardo frunció el ceño como intentando hallar solución al dilema.

-¡Pero si hacemos guardia conjunta, los de la encomienda y los de la hueste, no hay insulto, ni dejadez, ambas tropas van a descansar más y mañana serán camaradas, como vos Don Gerardo y mi capitán Don Álvaro!- Federmann había apuntado una feliz idea que convenció a todos.

Los hombres de la hueste fueron alojados en unos cobertizos con cuadras adjuntas, Álvaro obtuvo que sus indios también fueran admitidos, de hecho en la hueste todos veían a los aravacos y los zenues como compañeros de armas; para los castellanos de la encomienda era insólito pero aquella noche en San Jacinto nada era normal, ni que Don Gerardo hiciera sacrificar dos terneros y abrir las barricas de vino para dar una cena generosa a los recién llegados, ni que se encerrara con los oficiales de la hueste y un aravaco, en la mansión noble de la encomienda… A saber de qué hablarían y qué cenarían.

El encomendero y sus invitados habían entrado en la mansión, se acomodaron en una sala señorial con un inmenso hogar en el que ardían unos leños, la mesa estaba iluminada por dos quinqués enormes, y tras tomar asiento alrededor de la misma, Álvaro relató los hechos más recientes.

-¡Hemos parado en San Juan, y nos han referido unos hechos que no puedo creer!- dijo Álvaro nada mas sentarse en la mesa del comedor castellano de su anfitrión.

-¿De qué se trata?- preguntó Don Gerardo.

-¡Esa gente están desesperados, les roban a menudo hasta la comida…! ¡Y sostienen que a pesar de pediros ayuda, no se la dais en condiciones!- Álvaro le miró a los ojos.

-¡Ese miserable de Ramiro Junín…! ¡Por seis veces he acudido con mis gentes, esos bandoleros desaparecen, y por añadidura, les hemos enviado comida y reses tres veces, las tres, la caravana ha sido asaltada y los víveres robados, y varios de mis hombres heridos, y uno muerto, lleva en su cuenta el auxilio a San Juan Nepomuceno, en la sierra baja!- el encomendero no pudo evitar enojarse al recordar lo sucedido- ¡Desde que ese granuja es el alcalde, nada es lo que parece en la sierra baja!-

-¿Y el cura?- preguntó Álvaro.

-¡Don Pablo, es un buen cura, va de una aldea a la otra…! ¡Pero no se percata de lo que está pasando en la sierra baja!- susurró Don Gerardo.

-¿Y qué pasa?- aguijoneó Bernardo que estaba como unas ascuas.

-¡Para mis adentros, que ese alcalde puesto por el nuevo secretario de la Real Audiencia de Santa Fe, muy amigo de nuestro Virrey, y el jefe de los bandoleros son la misma persona…! ¡Alcalde y secretario pretenden hacer fortuna por la vía rápida, Don Álvaro!- sentenció el dueño de la casa.

-¡Eso que afirmáis es muy grave, Gerardo! ¡Por muy albista que sea, el Virrey ante una fechoría como esta, debe actuar!- Álvaro hizo la observación entre las afirmaciones de sus oficiales, a excepción de Hernán que como buen aravaco, escuchaba impasible.

Los sirvientes habían empezado a servir la cena, pan de trigo, venado asado y buen vino.

-¡Mirad, Álvaro, en tres ocasiones he denunciado los hechos, una a la Real Audiencia, y dos a la corte de Lima! ¡El mensajero de Santa Fe, fue hallado muerto a cuchilladas en la misma ciudad, en cuanto a los mensajes al Virrey, todavía no tengo respuesta! ¡Y ello a pesar que en el último acompañaba una carta de Don Mariano Aranguren, cabo de los alguaciles de Cartagena, aquella misiva era una declaración en toda la regla, el cabo daba fe de haber visto a bandoleros y al miserable de Ramiro Junín, compartir mesa y urdir un golpe en una taberna del puerto…! ¡Cinco días más tarde la caravana de Cartagena a Santa Marta del Magdalena fue asaltada en las estribaciones del norte de la sierra! ¡Todos los hombres que iban en ella fueron pasados a cuchillo, y las mercancías por valor de más de cien mil escudos de oro, desaparecieron, de eso hace cuatro meses, y desde Lima no han respondido, ni actuado! ¡Al final creeré que el de Lima está detrás de todo este lodazal!- Gerardo García de Vaillo, lanzó una mirada extraviada, de profunda desazón a su alrededor- ¡Por suerte mi gente, unos ciento cincuenta hombres sobre las armas, son suficiente para mantener esa carroña lejos de la encomienda y de la aldea…! ¡Pero, por vida de…! ¡Comamos, que debéis estar con las tripas gimiendo!- la sugerencia del anfitrión no tuvo discusión alguna, los primeros bocados fueron contundentes, así como los tragos de vino.

Una vez el apetito pasó a segundo término la conversación prosiguió.

-¡Lo que nos habéis referido, Don Gerardo, es de mucha gravedad! ¿Qué os hace pensar eso?-preguntó Álvaro.

-¡Escuchadme, Nueva Granada está infestada de gentes que desean a toda costa enriquecerse lo antes posible y ese advenedizo de Ramiro Junín es uno de ellos, tiene a los aldeanos en un puño y atemorizados!- insistió el encomendero.

-¿Y el párroco?- preguntó Bernardo que estaba dando buena cuenta de un tajo de asado.

-¡Los siervos de Dios, a menudo están ausentes de los negocios de este mundo! ¡Don Pablo Illana, es un buen hombre, pero estoy seguro que cierra los ojos a las vilezas que transcurren a su alrededor!- Gerardo dio su parecer sobre el cura que atendía los oficios de toda la Sierra de San Jacinto.

-¡Acepto lo del cura, Gerardo! ¡Pero todo un pueblo no puede permanecer silenciado, alguno de los aldeanos debe haberse quejado, o pedido auxilio!- Álvaro reconvino de nuevo.

-¡Esa pobre gente, no han sido saqueados jamás del todo, simplemente pagan un impuesto excepcional a su alcalde, impuesto desde Santa Fe de Bogotá! ¡El presidente de la Real Audiencia, Don Francisco Briceño era un hombre recto, pero se lo han quitado de encima, y ahora hace sus veces el secretario, el granuja de Roque Valcárcel, el socio del ruin Ramiro Junín!-

-¡Es cierto, lo que decís de que los saqueos siempre les dejaban algo a aquellos pobres aldeanos! ¡Asimismo el propio Junín nos lo relató!- recordó Álvaro.

-¡Es difícil imaginar una tropelía como esta!- dijo Nicolás Federmann.

-¡Señor capitán, ha visto algo malo en la aldea de allá abajo! ¡Mal sitio para acampar, por eso ha ordenado marchar! ¡Hernán también ha sentido algo maligno en la aldea!- el silencioso jefe aravaco había sorprendido a todos rompiendo la costumbre india de permanecer en silencio. El indio había roto dos costumbres en una sola noche, la del proverbial silencio y la de comer bajo techo y sentado en una de las incomodas sillas de los teules.

El encomendero advirtió una expresión en su viejo compañero de armas, que le conocía bien, la expresión del rostro adquiría aire de disgusto, pero en la mirada atisbaba el brillo de la picardía, que terminaba por posarse en su guantelete de acero, en su mano postiza… Recordando viejas heridas. Ese gesto delataba que El Lince urdía una de las tretas que le habían granjeado el sobrenombre.

-¡Pues lo cierto es que con la gente de San Juan, he contraído un compromiso, Don Gerardo!- dijo en voz baja Álvaro.

-¿Qué compromiso?-inquirió el encomendero.

-¡Les he prometido que os pediría socorro para los aldeanos, y que vos no fallaríais esta noche!-

-¡Pero, Don Álvaro! ¡Estoy harto de acudir en su ayuda contra unos bandoleros que parece como si supieran de antemano que iríamos a por ellos!- reaccionó Gerardo García.

-¡Tened por cierto que lo sabían, pues el propio Junín solicitaba el socorro!- puntualizó con una leve sonrisa Álvaro, mirando fijamente a su anfitrión al que el bocado se le atragantaba.

-¡Y en esas condiciones…! ¿Me pedís que envíe gente de armas a San Juan?- se apresuró a objetar el encomendero- ¡Si dejamos a medias la defensa de la Encomienda de San Jacinto, nada impedirá que intenten saquearla también!-

-¡Veréis, -respondió Álvaro- Hernán tiene razón! ¡Algo intuí en la aldea que me aconsejó poner tierra de por medio! ¡A buen seguro que ese miserable de Junín, acaricia la idea de hacerse con nuestras armas, caballerías y pertrechos! ¡Y también debe estar seguro de que acamparemos a campo abierto, tal y como hemos reposado en la era de San Juan…! ¡Me juego un doblón de a ocho, que pasada la medianoche, los bandidos de la sierra estarán buscando en las inmediaciones de San Jacinto nuestro campo, para degollarnos y quedarse con todo lo nuestro!-

-¿Qué proponéis?- preguntó Gerardo García mirando de hito en hito a su viejo compañero de armas.

-¡Salir de cacería nocturna…! ¡Iremos tras esas rapaces nocturnas que gustan de hacerse con los bienes ajenos! ¡De este modo no estaréis con vuestros hombres pendientes de la defensa de vuestra encomienda, y podréis acudir a otros lugares y menesteres, una vez liquidada la banda de malhechores!- respondió Álvaro como si aludiera a una obviedad.

-¡Si saliendo a cazar esas alimañas, y habida cuenta de que vuestra gente refuerza el contingente, quedáis satisfecho al cumplir vuestra palabra con esos aldeanos, que así sea…! ¿Pero qué lugares y menesteres pueden reclamar mi atención?- preguntó divertido Gerardo García.

-¡He venido hasta aquí en cumplimiento de una misión…! ¡Y espero que vos y parte de vuestra mesnada, se enrole en mi hueste!- soltó el capitán, ante la estupefacción de su anfitrión y la sorpresa de sus oficiales por el cariz que estaba tomando aquella cena. Al encomendero el bocado que había hecho, se le atragantó.

-¡Que me lleven los demonios! ¡Una misión…! ¡Aquí en la Encomienda de San Jacinto, rodeado de mis hijos, con hermanos, amigos y gentes a mi cargo, hemos luchado duramente para conseguir que nuestra vida no sea un trabajo sin recompensa, para que esta encomienda empiece a ser próspera, y justo cuando empieza a serlo pese a bandoleros, quinto real y tributos virreinales, venís vos y me queréis dar una misión! ¡Es aquí, en San Jacinto, donde tengo mi misión!- el encomendero soltó un puñetazo en la mesa que hizo agitarse el vino dentro de las copas.

-¡Estáis desposado, Don Gerardo, siendo así, entiendo que mi propuesta os parezca descabellada! ¡Pero, por cierto…! ¿No está con vos vuestra esposa?- Álvaro maldijo para sus adentros aquella nueva que sin duda iba a impedir engrosar su hueste con gente de la valía de Gerardo García, aquel recio vizcaíno. Nada más realizar la última pregunta, advirtió que el semblante de Gerardo se ensombrecía, que un rictus de amargura se dibujaba en sus facciones y que la mirada ámbar del gigantón se tornaba tan hueca como dura.

-¡Mi mujer, Don Álvaro…! ¡Prefirió la vida lujosa de la corte virreinal de Lima, a esta recia y dura encomienda en plena sierra! ¡Doña Ana María de Aguilar prefirió a un petimetre amanerado de la corte de Fernando de Toledo a un marido algo rudo, pero fiel amante y con fortuna ganada día a día!- el vizcaíno arrastró aquella confesión de cornudo, siseando de rabia, al tiempo que su mirada pasaba de la añoranza al odio. Hasta la luz de los quinqués pareció tambalearse ante la amarga declaración. Los presentes restaron como estatuas de piedra, con el aliento contenido… El primero en reaccionar fue Álvaro.

-¡Os ruego me disculpéis, no era en absoluto mi intención molestaros removiendo recuerdos tan nefastos, en vuestra memoria! ¡Creedme que ha sido la amistad por vos, la que me ha impelido a preguntar tal cosa!- puesto en pie, Álvaro le tendió la diestra al compungido encomendero, que levantándose a su vez, la aceptó, algo cabizbajo y con la tristeza esculpida en su rostro.

-¡Descuidad Álvaro, estáis disculpado, vos nada tenéis que ver con mis cuernos! ¡Son más bien esa canalla albista instalada en Lima, que siempre andan tras lo que no es suyo…!- el hombre se sentó de nuevo, mirando fijamente a su viejo camarada- ¡Esta noche saldremos de caza, nosotros y cuarenta hombres!-

-¡Contad también con un grupo de los indios de la hueste, son excelentes centinelas y rastreadores!- sugirió Nicolás Federmann, a lo que todos asintieron.

-¡Estoy seguro de que serán de gran ayuda!- dijo en voz baja Gerardo García- ¡Pero decidme, Don Álvaro…! ¿Cuál es esa misión de la que habláis?-

-¡Veréis, amigo mío, es largo de contar! ¡Tras los hechos de Lepanto y de Mesina, tuve que huir hasta el Yucatán, una vez me dieron por muerto! ¡Y estando ya en Mérida de Yucatán, recibí una misiva de Castilla, de las más altas instancias encomendándome una misión! ¡Una misión que consiste en impedir una felonía contra la voluntad de nuestro Rey, su Majestad Felipe de Castilla!- empezó Álvaro a poner al corriente a su amigo de los hechos ocurridos poco más de dos meses y medio atrás.

-¿Y el Rey, no puede impedir que esos villanos cometan dicha fechoría?- objetó el vizcaíno.

-¡Veréis Don Gerardo, su Majestad no sabe de las intenciones de esos felones!- apuntó Álvaro.

-¡Entonces…! ¿Cómo demonios puede ordenar atajarlas? ¡De verdad que no alcanzo a entenderos, Don Álvaro!- volvió el encomendero a las dudas.

-¡Os explico amigo mío! ¡Es una conjura albista, el Duque, volvió a ser Consejero del Reino tras ser relevado de la dignidad de gobernador de Flandes! ¡El Duque y su gente urdieron un plan para vengarse de los que creen sus enemigos…! ¡Han planeado destruir las tierras que tanto el César Carlos, como el mismísimo Rey Felipe, han concedido a súbditos y aliados leales, que por no ser católicos, el Santo Oficio les tiene puesto turno a pesar de sus servicios a la corona y que ni en Flandes, ni en Francia, ni en la Alemania luterana tienen segura la cabeza por haber optado a favor de nuestros reyes!- el capitán de la hueste, intentó desmadejar aquel asunto tan intrincado.

-¡Y supongo que también contemplan acabar con ellos, como sucedió con los hugonotes de La Florida de Nueva España! ¿Verdad, Don Álvaro?- preguntó Gerardo García.

-¡Así es, amigo mío!- le respondió.

-¿Dónde están esos dominios?- preguntó el encomendero.

-¡Más allá de la Capitanía General de Venezuela! ¡En el Guay- Naya, la tierra de los dioses de indios aravacos y caribes!- le informó Álvaro.

-¡Corren rumores de un virreinato ignorado en la ruta de El Dorado, el camino de los marañones! ¡Pero siempre lo he atribuido a rumores y bulos! ¡De hecho tengo entre los míos a cinco marañones, los que anduvieron con el desdichado Pedro de Ursúa, y luego con el demonio de Lope de Aguirre, y lo que les quedó de aquella expedición maldita, han sido malos recuerdos y alguna que otra pesadilla!- dijo Gerardo García como hablando consigo mismo, para retomar el hilo poco después- ¿En que consiste vuestra misión, Lince?-

-¡Recibí el encargo y el oro para organizar una hueste, que marchara sobre ese dominio y defenderlo de los bergantes que marchan hacia él, para destruirlo!- declaró Álvaro.

-¿Quién os dio el encargo y el oro, Don Álvaro?-

-¡Alguien con el mismo o más rango que el de Alba!-

-¡Ah…! ¡Vuestro amigo, el Príncipe de Éboli!- sonrió el encomendero.

-¡El príncipe está enfermo, Don Gerardo, pero alguien muy allegado ha hecho las veces!-

-¡Ya entiendo…!-El vizcaíno sonrió con cierta picardía. A menudo en las campañas que habían compartido, Álvaro le había confesado un amor imposible, por una dama de la casa de Éboli. A las insinuaciones del viejo compañero, el capitán no respondió, dejando que éste barruntara lo que quisiera.

-¡Pero hay más amigo mío…! ¡Los que dirigen la expedición, son aquellos mismos miserables que buscaban nuestra muerte en Lepanto y creyeron haberlo logrado en Mesina! ¡Vienen embarcados con unos trescientos hombres, y los hermanos Menéndez como oficiales de su tropa! ¡En estos momentos me creen muerto por segunda vez, en Nueva España ahora, y espero propinarles una sorpresa que no olviden jamás!-

-¡Vive Dios…! ¡Andan revueltos con vos, como siempre, los negocios de Castilla y los viejos odios!- el vizcaíno empezó a ver claro el panorama- ¡Pero decidme, Don Álvaro! ¿Bajo qué auspicio acometéis vuestra empresa?-

-¡Veréis Don Gerardo, tengo capitulaciones firmadas, de más fuerza que los legajos que esos truhanes se han agenciado en Castilla!-

-¿Firmadas por su Majestad, el Rey?- inquirió incrédulo el encomendero.

-¡No! ¡Consignadas y firmadas por su Adelantado en Mérida de Yucatán!-respondió el capitán.

-¡No tiene validez…! ¡Ni los virreyes pueden firmar capitulaciones para una hueste!-

-¡Los virreyes, no, amigo mío! ¡Pero si los Adelantados de su Majestad, derecho antiguo que no ha sido revocado, pues ellos eran habitualmente soldados leales y honestos, que de algún modo eran más afectos al Rey, que los cortesanos ambiciosos!- sonrió Álvaro.

-¡Vaya, vaya…! ¿En vuestras capitulaciones, hay derecho de aprehensión de tierras?- Gerardo inclinó su cabeza esperando respuesta.

-¡Son capitulaciones en toda regla, que otorgan los derechos y haberes tradicionales, y más si cabe en este negocio!- sentenció el capitán.

-¡Está bien, acepto la apuesta del doblón de a ocho, y la subo! ¡Si cazamos esta noche, contad con parte de mis armados y conmigo mismo para vuestra misión, y para ayudaros a salvar el cuello, viejo amigo!- el recio vizcaíno arreó un segundo puñetazo a la mesa, con los mismos efectos que el anterior; se había comprometido a un juego nocturno que podía ser mortal. En ese momento cesó el ágape.

Algo más tarde de la medianoche, unas cincuenta siluetas se colaban silenciosamente hacia el exterior de la empalizada de la Encomienda San Jacinto, tres de ellas montadas a caballo. La noche era cerrada y tan solo las estrellas parpadeantes de la bóveda celeste esparcían una leve claridad azulada. En las almenas y las torres de vigía, los centinelas seguían con su guardia.

El grupo recorrió unas varas hacia el noreste, por una cuesta al fin de la cual se divisaba un pequeño bosquecillo, a pie Gerardo García y el Lince abrían la marcha, montados Bernardo, Juan y Nicolás la cerraban, sus mosquetes estaban sujetos al arzón de la montura, en sus manos blandían temibles ballestas, armas precisas y silenciosas.

Una vez llegados al bosquecillo, el grupo se desplegó y permaneció en silencio…

-Debemos colocar un señuelo, en un punto alto, Gerardo- susurró Álvaro.

-Estamos a media milla de un roquedal que controla el camino de la carena de la sierra, desde allí se divisan tanto la encomienda como el camino de San Juan, y también los riscos y despeñaderos que surca el sendero de Carmen a Calamar, plagados de cuevas y cavernas, donde sin duda los esbirros de Junín tienen sus guaridas- indicó Gerardo.

-Debemos tomar esa posición, y preparar un falso campamento en su alrededor- sentenció el capitán-

Los dos salieron del bosquecillo, seguidos por las mudas figuras que los seguían, con sumo cuidado en no hacer ruidos. Anduvieron por espacio de la media milla que indicara el encomendero y ante ellos se situaba coronando la carena de la sierra, un recio roquedal rematado en dos arboles solitarios y diversos matojos que se recortaban contra el firmamento estrellado, en aquel punto empezaron a tender la celada, Álvaro junto con Hernán y tres aravacos ascendió a lo alto del roquedal. Una vez arriba, preparó con piedras algo parecido a la silueta de un centinela, que armó con un bastón que hacía las veces de mosquete, y coronó con un morrión de soldado castellano.

-Hernán, distribuye tus tres aravacos de forma que vigilemos todo el alrededor de la roca, cuando veáis movimiento, bajas a indicarnos por donde vienen- el viejo aravaco asintió asiendo su pequeña hacha de combate. Álvaro se deslizó rocas abajo, hacia la base, Bernardo se había ocupado de preparar un falso campo, montó una hoguera mediana, y a su alrededor situaron piedras cubiertas con mantas, de forma que parecieran hombres descansando.

Nicolás, siguiendo los planes de Álvaro y Gerardo, distribuyó a sus zenús armados con arcos y flechas en un gran círculo alrededor del falso campo fundiéndose con la tierra y las rocas de aquel cerro que dominaba la sierra y que llamaban Maco. Los hombres de la encomienda y el grupo de la hueste que en número de treinta formaban la tropa mejor armada, se situaron alrededor del falso campo camuflados en rocas y matojos… Los de a caballo se distribuyeron, Juan permaneció junto al peñascal donde estaban Hernán y sus aravacos, Nicolás tumbó su caballo y permaneció como uno más alrededor del campamento simulado, en cuanto a Bernardo se situó en el circulo exterior donde aguardaban los zenús, emboscado en un grupo de tres arboles chaparros y matojos espesos, montado ya que el camuflaje se lo permitía y con la ballesta presta. Una vez situados, empezó lo más duro de una cacería, la espera.

Les era difícil precisar el tiempo transcurrido, una o dos horas quizás, cuando uno de los centinelas aravacos intuyó un movimiento en el sendero en dirección a Carmen, en un principio eran solamente unas sombras, pero poco después observó como aparecían en el sendero una fila de figuras que estaban a una milla, a su frente se había puesto un hombre a caballo con un hachón para iluminar el estrecho camino de herradura que bordeaba el precipicio, otra antorcha cerraba la marcha, el ojeador aravaco estimaba que el grupo que venía era de unos cuarenta a cincuenta hombres, todos ellos montados. El indio lanzó un siseo amortiguado, Hernán se acercó a él. El centinela le señaló al grupo situado en el sendero… Tal y como el encomendero había presumido. A esa distancia y de noche, nada podía averiguarse, ni de su armamento ni de su aspecto como combatientes. Hernán puso su mano en el hombro del centinela sonriéndole y se escurrió roca abajo en busca de Álvaro, que junto con Gerardo García se hallaba entre los hombres de la hueste.

-Vienen unos cincuenta, a caballo, están a una milla capitán!- susurró el aravaco.

-En media hora los tenemos encima, vamos a hacer correr la voz de hombre a hombre, y tú Hernán advierte a los zenús de adelante, después regresa a la roca para seguir informando- le ordenó Álvaro. Este y Gerardo se miraron sonriendo, la pieza se aproximaba a la trampa.

Tras comunicar la nueva, Hernán volvía a buen paso hacia su puesto. En el campo se percibía una tensión, la que precedía al combate, y que en caso de ser nocturno era mayor todavía, pues a la incertidumbre de toda batalla se le sumaba el oscuro manto de la noche, bajo el cual se combatía casi a ciegas. Las reyertas nocturnas eran sórdidas, mudas y cargadas de la violencia que provoca el miedo.

Al poco rato, Hernán volvió…

-Están muy cerca ya, han desmontado todos menos tres en la cabeza y otros tres en la cola de su fila, pero marchan confiados con antorchas encendidas y a buen paso- Álvaro y Gerardo asintieron, y Hernán voló a advertir a los zenues.

Al cabo de unos instantes oyeron voces apagadas, y vieron el resplandor de una antorcha, un siseo y luego silencio y obscuridad.

-Sin duda han visto el falso centinela- se dijo Álvaro.

Como estaba previsto los zenús habían dejado penetrar a los bandidos dentro del amplio círculo que formaban alrededor del falso campamento. Lentamente avanzaban subiendo por el último tramo de la cuesta del sendero, los que montaban se detuvieron al llegar dejando pasar a sus hombres, que al ver las ascuas de la hoguera, se agacharon, y prosiguieron avanzando cuchillos en mano casi en cuclillas. Uno de los jinetes señaló al peñascal.

-Ya han caído- pensó Álvaro, y miró a su amigo que sonreía con fiereza. Gerardo identificaba aquellos perros carroñeros con sus enemigos de Lima.

Un dardo de ballesta silbó dando con el morrión del roquedal.

-¡Ahora!- gritó uno de los jinetes del grupo. Los bandidos corrieron para acuchillar bajo las mantas, pero más de uno se hizo daño al hincarlas en la dura piedra que aguardaba bajo la manta.

Entre los emboscados, Nicolás se alzó sobre su caballo y disparó su ballesta que dio en uno de los tres caballos que se desplomó atrapando a su jinete, que prorrumpió en maldiciones.

Como si de una señal se tratara, los hombres de la hueste y los de la encomienda, se alzaron apuntando sus mosquetes contra el grupo de bandidos, la descarga sonó cerrada, y un montón de cuerpos se desplomaron aullando de dolor, tras ello y echando mano de sus espadas saltaron sobre los asaltantes nocturnos que quedaban en pie con un salvaje grito de combate surgiendo de sus gargantas, toda la tensión de la espera se desató transformada en violencia desatada. Los bandidos se habían visto sorprendidos…

Álvaro corriendo hacia los ellos, descargó su pedernal sobre uno, y mientras desenfundaba su acero, con la garra destrozó el rostro a un segundo que pretendía acuchillarle.

Tras el grito, el combate devino en sordo y mudo, Nicolás seguía con la ballesta desde lo alto de su corcel, dejando a enemigos entre purgatorio e infierno, Gerardo ya tenía dos en la cuenta de su espada, y los hombres estaban acuchillando y cerrando la bolsa en que los habían atrapado. Algunos de los heridos, a rastras intentaban la huida, pero al llegar a los cien pies de distancia, los zenues agazapados allí los ensartaban o degollaban. Los dos jinetes que quedaban en pie, volvieron grupas intentado escapar confiando en la rapidez, de sus corceles, cuesta abajo entre zarzales y arbustos, bordeando peñascos sobre el precipicio, allí estaba Juan Cabrera, su ballesta cimbreó, uno de ellos lanzó un suspiro quejumbroso, el dardo le había alcanzado el pecho y perforado el escudo de cuero, se desprendió del caballo que siguió huyendo ya sin el lastre del bandido. Su compañero al verse rodeado por tres indios que le apuntaban con arcos, alzó sus manos en signo de rendición.

Algo más abajo, un grupo de zenues, mandado por Hernán el aravaco, habían matado a los que se habían quedado vigilando los caballos de la partida de salteadores, empezando a agruparlos para llevarlos a la encomienda.

Algún último golpe delataba la resistencia de los últimos contumaces que pretendían escapar o morir matando. Por el linde de la carena, Juan Cabrera y tres indios zenues, conducían al jinete capturado en su huida. No se había dado casi cuartel en la lucha, tan sólo cuatro bandoleros habían sido hechos prisioneros, heridos pero sin peligro de perder la vida, el resto yacían acuchillados o con una onza de plomo en el cuerpo al que la vida abandonaba lentamente. Los gemidos eran un coro amortiguado…

-¡Avivad el fuego!-ordenó el capitán.

Las llamas iluminaron la pequeña meseta, presidida por el peñasco, los combatientes, alzaron sus armas en señal de victoria con un aullido de júbilo.

En el centro del coro victorioso, estaban esparcidos los moribundos y los cadáveres, los hombres avivaban más el fuego y encendían hachones con los que revisar el campo de batalla, el capitán Álvaro había ordenado que ninguno de aquellos rufianes escapara, y era el momento de contar, las bajas propias, los heridos y tomar cuenta de las bajas enemigas así como de los prisioneros.

Lentamente Juan y sus tres zenues, conducían al jinete que con las manos en la nuca parecía el jefe de la partida.

-¡Hola, hola! ¡Pero…! ¿Quién tenemos aquí?- Don Gerardo García, a despecho de un rasguño que le hacía sangrar el brazo izquierdo, se puso en jarras para contemplar la pieza que les traían presa.

-¡Caramba, Don Ramiro! ¡Os hacíamos preparando la defensa de San Juan Nepomuceno!- le espetó el Lince.

-¡Acabemos de una vez, capitán!-arrastró el alcalde humillado.

-¡Nada de eso, alcalde!- le respondió Álvaro- ¡Vos sois el extremo del hilo, pero a buen seguro que nos diréis donde está el ovillo!-

-¡No sé de que me habláis!- se cerró el prisionero.

-¡Bien, seguro que vuestros aldeanos no os reconocerían con este atuendo de bandido, en esa montura y con un rico pedernal…! ¡Me imagino lo que os harán para que avivéis ingenio y memoria, con el fin de dar con vuestros cómplices y con el botín de vuestros latrocinios!- le amenazó Álvaro.

-¡No, eso no! ¡Me torturarán!- gritó el desdichado, Ramiro Junín.

-¡Tenedlo por seguro!- exclamó Álvaro, el Lince.

Un grito al fondo, en los matorrales por donde aparecieran los bandidos cortó la conversación. Fue seguido por gemidos de dolor… Era el bandido que quedó atrapado por su caballo muerto en la refriega. Algunos de los hombres fueron a por él, y tras retirar el cuerpo sin vida de su montura, lo alzaron para acercarlo a la hoguera. El bandido que tenía como poco la pierna derecha rota, se resistía a ser identificado negando una y otra vez entre exclamaciones de dolor, llegando a la luz de la lumbre con el rostro descompuesto de dolor.

-¡Por las barbas de San Pedro! ¡Vaya con el curita…!- Bernardo no pudo más que soltar la chanza.

Hernán miró fijamente al cura párroco, Don Pablo Illana, con un brillo de malicia, regocijo y odio; algunos indios no olvidaban la suplantación de sus creencias por la cruz impuesta, ni las persecuciones a los que seguían fieles a la fe de sus padres, el sacerdote bandido recibió un escupitajo del jefe aravaco, estaba allí encerrado todo el desprecio del indio.

Gerardo García, dio varias vueltas alrededor del maltrecho prisionero, con expresión airada.

-¡Yo confiaba en vos…! ¡No os creía capaz de esta barbaridad!- dijo el encomendero. El sacerdote, maltrecho se veía totalmente perdido, y difícilmente percibía una salida a su persona.

-¡Por piedad, señores acabad conmigo!- rogó.

-¡No somos asesinos, como vos, os entregaremos a los aldeanos de San Juan, para que ellos a su vez os lleven hasta la Real Audiencia de Santa Fe!- sentenció Álvaro.

-¡No, no nos matáis, pero nos libráis a esa chusma, que con tal de recuperar su ganado nos torturará!- desde su caballo, y sin bajar las manos, Ramiro Junín increpó al capitán- ¿Por qué no nos conducís vos mismo a Santa Fe?-

Álvaro se aproximó al prisionero montado, le extrajo del cinto el pedernal, abrió la cazoleta y sopló esparciendo la pólvora, tras lo cual golpeó el arma hasta que la bala cayó. Volvió a ponerle el arma al cinto, la espada y el puñal del bandolero los tiró a tierra, y sin dejar de mirar a Junín con una mezcla de ira y desprecio, más que responderle le escupió…

-¡Ya os dije que no puedo perder jornadas, de ahí que os hemos atrapado de noche…! ¡En cuanto a los medios que vuestros aldeanos utilicen para sonsacaros el botín que les habéis robado, dudo que lleguen a la vileza de los vuestros para robarles! ¡A las gentes de San Juan Nepomuceno seréis entregados, por los hombres de la Encomienda de San Jacinto! ¿Recordáis que os aseguré que Don Gerardo García, auxiliaría a las gentes de vuestra aldea? ¡Pues aquí lo tenéis!-

-¡Maldito seáis!- rugió el alcalde, su cómplice, el cura, gimoteaba y temblaba solo de imaginarse ante sus superiores de Santa Fe.

-¡Atadlos a todos, y enterremos los cadáveres!- ordenó Álvaro.

Nicolás Federmann se aproximaba a la hoguera…

-¡Capitán, hemos perdido un zenú, un explorador aravaco y tenemos diez heridos, uno de ellos mi soldado Max Gruber, de una cierta gravedad! ¡He contado cuarenta y ocho bandidos moribundos o muertos!- informó el alemán.

-¿Qué hacemos con los moribundos?- preguntó Bernardo.

-¡Han de morir…!- siseó Álvaro cabizbajo.

-¡Asesino!- gritó Junín, con la audacia que da la desesperación.

Gerardo García, no pudo más, y con un mosquete le propinó tal culatazo en las costillas que lo desmontó de golpe, dando el jefe de los bandidos un golpe al suelo de consideración. Cuando lo volvieron a la silla de montar, a buen seguro que llevaba alguna costilla rota y algo más, amén de la ceja que le sangraba.

-¡Mantén la boca cerrada miserable!- le gritó amenazándole de nuevo el encomendero.

Hernán hizo una seña a varios zenús y aravacos, ellos tenían muertos en el combate, habían derramado su sangre que clamaba venganza. En unos instantes, cuchillo en mano, el jefe aravaco y los indios que se le unieron procedieron al descabelle de los moribundos, sin gritos, con frialdad y precisión… El jefe indio había tomado la responsabilidad de aquél acto, necesario pero cruel; los cristianos asistían a ello, mudos y con el corazón encongido, a pesar de que, a todos los allí presentes, no los vendían por menos de cinco muertos a su cuenta, el descorche y degüello, eran algo escalofriante.

-¡Atad a los prisioneros!-ordenó el capitán- ¡Y recoged todas las armas…! ¡Volvemos a la encomienda!- Y tras echar tierra para apagar la hoguera del cerro de Maco, y amontonar a los bandidos muertos bajo rocas, emprendieron el camino de vuelta, sudados y ensangrentados, llevando consigo armas y caballos de los vencidos, junto con seis prisioneros que se preguntaban si no sería mejor haber caído en la lucha.

Hasta el alba, pasaron lo que quedaba de noche curando heridas, en el patio de armas, atendidos por sus camaradas y por las mujeres de la encomienda. Los prisioneros amarrados con fuertes sogas, estaban ligados a un poste, Álvaro y Gerardo en el porche de la mansión señorial de San Jacinto, parlamentaban, ambos se habían desprovisto de los petos de cuero, y andaban en mangas de camisa, a pesar del fresco de la noche, la tensión del combate les anulaba la sensación de frio.

-¿Qué hay de vuestra apuesta, Gerardo?- sonrió Álvaro.

El encomendero sonrió y le puso en la mano un doblón de a ocho.

-¡Ahí tenéis…!- dijo.

-¡Ah…! ¡Sobradamente sabéis que no es del doblón, de lo que os hablo!- protestó el otro.

-¡Bien…! ¡Veamos esas capitulaciones, señor capitán…!- respondió Gerardo García invitando con un gesto a entrar en la mansión.

La mañana siguiente a la refriega, los hombres descansaban, Gerardo García y Álvaro, el Lince, seguían en la mansión del encomendero, pero habían sido requeridos Bernardo y Nicolás Federmann.

-¡Bien, según aseguráis, estas capitulaciones tienen la misma fuerza que si las hubiera firmado y sellado nuestro Rey, Don Felipe!- aseveró Gerardo, rascándose su cogote cubierto de cabello pajizo.

-¡Así es, amigo!- afirmó Álvaro.

-¡Las condiciones parecen ser las habituales en unas capitulaciones de las de antes, es decir excelentes…! ¡Aprehensión de tierras, bajo régimen de encomienda con reparto de indios, o de hacienda con licencia para comprar esclavos negros! ¡Posibilidad de fundar villa o ciudad, factoría, o de establecer industria y realizar comercio…!- repasó en voz baja el encomendero- ¡Tengo tres hijos, no les vendría mal, una buena expedición y terminar con nuevas posesiones! ¡Abrirse horizontes nuevos…!-

-¡Por eso mismo estoy con Don Álvaro!- dijo Nicolás.

-¡Yo estaría con él, aunque no hubiera nada de eso!- Bernardo lanzó una pincelada de leal amistad hacia el capitán de la hueste.

-¡Por lo que decís, Álvaro…!- siguió el encomendero- ¡Sois algo más del centenar, y, tropa disciplinada y adiestrada! ¡Pero os las tenéis que ver con una expedición que ronda los cuatrocientos! ¿No es así, amigo?-

-¡En efecto, así es!- dijo impasible Álvaro.

-¿Y puedo saber como pensáis vencer con cien hombres a cuatrocientos?- sonrió Gerardo García.

-¡Eso es cosa mía…! ¡Pero algo os anticiparé! ¡De aquí hasta el Guay- Naya, les seguiremos los talones, les esperaremos en cada paraje que se preste a tenderles una emboscada y les iremos sangrando lentamente! ¡Cuando lleguemos al virreinato secreto, nos uniremos a los atacados, y tened por cierto que allí les derrotaremos!- Álvaro trazó a grandes rasgos el plan que tenía urdido- ¡Pensad que en Porto Bello ya les hemos causado verdaderos problemas!-

-¿Cómo?- inquirió el vizcaíno.

-¡Perdieron sus buques, mientras los capitanes estaban en el puerto…! ¡Como mínimo han perdido tres o cuatro jornadas! ¡Todavía podemos llegar antes que ellos a Cartagena!- Bernardo se adelantó a la respuesta de su capitán. Gerardo García clavó sus pupilas color de miel, en los ojos castaños de su viejo camarada, que afirmó con la cabeza, sonriendo abiertamente.

-¿Creéis que una aportación de oro y pertrechos similar a la de Don Nicolás Federmann, más setenta de los nuestros, acompañados por unos veinticinco indios del Sinú, aliados nuestros y de la misma raza que vuestros zenús, nos darían derecho a una buena Hacienda, más al sur de Boca Grande?- planteó Gerardo García.

-¡Tras la victoria, tenedlo por seguro, Don Gerardo!- afirmó Álvaro.

-¿Con qué rango me incorporaría a vuestra hueste?- preguntó el encomendero.

-¡Con el mismo que Don Nicolás Federmann, seréis el capitán de vuestra compañía, los indios los pondréis bajo el mando de Hernán, el aravaco, que está sujeto a Juan Cabrera, el jefe de mi retaguardia! ¡En campaña, mi rango es el de capitán general de la hueste, y mi lugarteniente inmediato es Don Bernardo Cabrera, que ha combatido conmigo en Nueva España y Panamá, especialmente contra los piratas ingleses!- Álvaro fue muy claro.

-¡Bien pues, preparad los pliegos para la firma, alzad vuestro estandarte y batid la caja, ampliáis vuestra hueste a doscientos cincuenta hombres!- sonrió Gerardo García. Casi de inmediato se iniciaron los requisitos para la ampliación de la hueste, Gerardo García en persona escogió a los que le acompañarían.

Partieron hacia Cartagena de Indias al día siguiente, tras enviar a los prisioneros maniatados a la aldea de San Juan Nepomuceno, a cargo de una escuadra de cinco de los hombres de la encomienda fuertemente armados.

 

Les separaban de Cartagena, dos jornadas completas, el descenso de la sierra transcurrió sin sobresaltos, la columna serpenteaba camino del llano, bajo la llovizna peculiar de la estación que se había adelantado un poco. Al atardecer habían penetrado la llanura, y con el sol a punto de caer tras la Sierra de San Jacinto, la columna avanzando en orden de combate, imponía su respeto… Ciento cincuenta soldados bien pertrechados, marchando regularmente, y cien indios de tropa auxiliar, más el convoy del matolaje y vituallas configuraban un cuadro bizarro en la ruta a la villa de Arjona, que marcaba el fin de la jornada. Acamparon lejos de la villa en unas hondonadas con abundante pasto para monturas y reses, no lejos de un riachuelo. Para el capitán de la hueste era importante pasar desapercibidos…

La segunda jornada de marcha, transcurrió por el llano con una tregua por parte de las lluvias, bajo un cielo cambiante atravesando un paraje que se iba transformando en seco conforme se aproximaban a Cartagena, por suerte para los planes de Álvaro, su viejo camarada de Lepanto era conocedor de aquél territorio.

-¿Un lugar adecuado para ocultar un campamento, a un cuarto de jornada de Cartagena? ¡Creo que conozco un sitio adecuado!- respondía el encomendero de San Jacinto a su capitán- ¡Está a tres leguas de Cartagena, pasada la villa de Turbeco…! ¡Es un escondrijo ideal!-

Hacia el mediodía dando un gran rodeo evitaron la villa de Turbeco, y dos leguas al norte, en un territorio que delataba por la humedad y la vegetación que la costa estaba cercana, se alzaba un montículo rocoso de unas cuarenta varas de altura, con un bosquecillo incrustado en las oquedades de la roca que delataba la presencia de alguna fuente.

-¡Ahí lo tenéis, el Alcor de Mastia, lo que necesitáis!- soltó Gerardo García.

-¡Parece que el mismísimo Señor nos lo ha puesto a nosotros!- comentó sonriendo Álvaro, tras quitarse el morrión, estaba empapado en sudor, y la polvareda que levantaba la columna se pegaba a la piel, y penetraba por la nariz, resecando la boca- ¡Los hombres merecen un descanso, si el sitio lo permite, será nuestro campo por unas jornadas!-

Ciertamente, Gerardo García había dado con el lugar adecuado para lo que había planeado realizar Álvaro de Sobrarbe, el Lince. El alcor rocoso presentaba en su interior un pequeño valle tapizado de hierba y arbustos, en el que fluía un manantial que desaparecía entre las rocas, de hecho era una fortaleza natural con una angosta entrada que parecía cortada a pico. Los peñascos actuaban de muralla, y en su interior se adivinaban varias grutas y cuevas. En las peñas rocosas, habían arraigado distintos tipos de arboles de nada despreciables troncos.

El capitán de la hueste ordenó que se talaran algunos de aquellos arboles para disponer una empalizada en la entrada al refugio natural… Vituallas y matolaje se pusieron a salvo en una gruta, las caballerías en otra y las reses quedaron acotadas en una simple cerca de palos y cuerdas dispuestas para evitar que las vacas transitaran por el campamento.

Antes de que el sol se ocultara a poniente, Álvaro y sus oficiales ascendieron al punto más alto del alcor, Bernardo marcó los puestos de centinela, en abrigos naturales… Desde allí se controlaba perfectamente el camino a Cartagena de Indias. Y forzando la vista, se intuía la presencia de la ciudad que albergaba el puerto más fortificado de Tierra Firme. La cercanía de la mar oceana se sentía en el aire salobre, tan distinto del de la sierra.

Reforzaron la guardia, ya que se hallaban cerca de una ciudad importante que albergaba una fuerte guarnición, el batallón de La Merced, se había hecho famoso según Gerardo García por su disciplina y determinación, que en varias ocasiones fue la salvación de la ciudad y las riquezas que almacenaba su puerto. Según el encomendero, las fortificaciones que el Rey había ordenado levantar eran impresionantes, y un ingeniero italiano, un tal Bautista Antonelli, había sido llamado para mejorarlas. A menudo Don Francisco de Bahamonde se jactaba de gobernar en la plaza más inexpugnable de las Indias Occidentales.

Los hombres recibieron con alegría la noticia del descanso de dos jornadas como poco, y más aún que aquella noche la cena sería un banquete, asado de res, pan de hogaza, tortas de maíz y doble ración de vino para los que libraban de guardia. La guardia cenaría sopa de mandioca, un bocado de asado y cazabe, los preparativos para el banquete eran alegres, especialmente por el chisporroteo de la hoguera, y algunos toques de guitarra que evocaban las lejanas costas andaluzas.

De forma muy directa, Álvaro expuso a sus oficiales su plan para las próximas jornadas…

-¡Ellos harán escala en Cartagena, e intentarán engrosar su hueste en la plaza, reavituallarse, y sobre todo recoger información sobre el virreinato secreto. Es más, según me comentó Don Manuel Cabrera- dijo esto mirando a Bernardo, su lugarteniente, intentarán enrolar a un baquiano, uno de los mejores, llamado Andrés Ordóñez!-

-¡Por todos los diablos…! ¡Debemos impedir que lleguen a acuerdo alguno!- exclamó el encomendero.

-¿Qué tiene de especial ese baquiano?- preguntó intrigado Bernardo Cabrera.

-¡Yo conozco…!- Hernán, el jefe aravaco tomó la palabra entornando sus ojos, había encendido su pipa, como siempre hacía cuando había consejo de oficiales. Su rostro iluminado por la hoguera en aquél ocaso parecía más cobrizo de lo que era en realidad- ¡El baquiano Ordoñez de Coral, es un mestizo, como su hermana, hijo de noble teule que volvió a vuestro reino…! ¡Y de una princesa caribe, nuestros crueles enemigos! ¡Él es el jefe de una hueste de caribes sanguinarios, que cazan aravacos por toda la selva, y por toda la costa, para vender a los encomenderos de Nueva España! ¡Dicen que su gente, todavía son caníbales!-

-¡Así es…! ¡Nadie en Nueva Granada, ni en Venezuela, tiene tratos con él, sus indios, su codicia, su crueldad y su hermana son temidos a la par que despreciados!- sentenció Gerardo García.

-¿Su hermana? ¡Por Dios! ¿Es un monstruo quizás?- se rió Álvaro.

-¡No os riáis, Don Álvaro…!- atajó Nicolás Federmann- ¡Es una belleza salvaje, pero si su hermano tiene fama de sanguinario, ella suma a la crueldad de Andrés, las artes de hechicería que su madre caribe le enseñó!-

-¡Además está la historia de su padre!-añadió Gerardo García.

-¿Qué es eso de su padre? ¡Esa historia me interesa, Don Gerardo!- aclaró Álvaro.

-¡Veréis, Don Tello Ordóñez era un noble de abolengo, leonés, un gran señor en Castilla, creo que de la Mesta, y algo del Santo Oficio también…! ¡Pero cayó en desgracia, o tuvo un encontronazo, a raíz de lo cual vino a las Indias con destino alto en Santa Marta y su esposa sufrió un percance poco tiempo después de su llegada a Nueva Granada! ¡Siempre se dijo que era una venganza, y que la mano que acabó con la salud de Doña Emilia, procedía de Lima! ¡El tal Don Tello, cayó en las redes de Anuihase, una esclava caribe que resultó ser princesa entre los suyos en las bocas del Orinoco, la desposó el infeliz y engendró dos gemelos, Andrés y Cecilia, que han crecido odiando a todo y a todos!-

Álvaro escuchó pensativo el relato de las cuitas del hombre que salvó a su madre de la terrible suerte que corrió el resto de su familia.

-¡Y para rematar la desventura,- terció Nicolás Federmann- lo reclamaron de Castilla hace cuatro años, y se rumorea que ha dado con sus huesos en una cárcel, acusado de herejía y traición! ¡Toda una infamia, era un hombre cabal y todo un caballero! ¡Con él en Tierra Firme, sus hijos no ostentaban el sello de Satanás!-

-¡Si, sus hijos han jurado vengarle…!-concluyó Gerardo García.

-¡Si esto es así, creo que debemos encontrar a ese baquiano!- dijo Álvaro.

-¡Capitán…! ¡Si sabemos que está en tratos con Rodrigo Menéndez, uno de los maestres de la hueste enemiga!- le recordó Bernardo.

-¡Precisamente, cuando los hijos de Don Tello escuchen lo que tengo que decirles, les será muy difícil a esos esbirros del de Alba, reclutar la horda salvaje de los hermanos Ordóñez y a su jefe!- les aclaró el capitán. Los oficiales callaron ante la seguridad mostrada por Álvaro.

-¡Bien ya tenemos nuestro cometido!- dijo Nicolás Federmann- ¡Impedir el acuerdo entre los cachorros mestizos y los albistas!-

-¡Pienso darles una fiesta más sonada!- soltó Álvaro.

-¿Y como?- preguntó Gerardo García.

-¡Dos grupos de dos hombres, con buen disfraz, se moverán por el puerto, debo saber puntualmente cuando lleguen los dos galeones, que ya están en Cartagena! ¡Mi objetivo es dejarles sin buques, que les otorgan ventaja en el viaje hasta nuestro común destino! ¡Viajan descansados, son las velas y no sus piernas las que los llevan, hemos de conseguir que deban hacer ruta por tierra, igual que nosotros, y que no nos perciban hasta que nosotros decidamos, cuanto más tarde mejor! ¡Desde Cartagena, hasta el Guay Naya, los iremos desangrando en todas las emboscadas que les podamos tender…! ¡Para esto nuestra tropa de aravacos y zenues será muy valiosa! ¿O no es así Hernán?- acabó preguntando al indio, Álvaro.

El viejo aravaco, sonrió sin soltar la pipa hedionda de su boca, que abrió mostrando sus negros dientes mellados, al tiempo que afirmaba con la cabeza.

Juan Cabrera acudió al grupo de oficiales, para comunicarles que la cena estaba a punto, Álvaro inspiró el fresco aire de la noche, estaba impregnado del sabroso aroma de asado.

 

Al despuntar el alba, Álvaro convocó a Hernán, al encomendero y al hacendado alemán… Bernardo se quedaría al mando de la hueste, Álvaro y Gerardo García formarían un grupo, y Nicolás Federmann llevaría consigo a Hernán.

-¡Vos Nicolás, seréis un caballero que viaja con su criado indio, ahí entras tú Hernán, rondareis por el puerto, en busca de información de dos galeones que proceden de Portobelo!- Álvaro les daba las instrucciones- ¡Don Gerardo más vale que haga de Don Gerardo, pues debe tener conocidos en la ciudad y yo andaré de soldado, frecuentaremos las tabernas del puerto, y procuraremos informarnos…! ¡Cada noche nos encontraremos en una taberna del puerto que conoce Don Gerardo, y en la que podremos descansar sin ser molestados!-

-¡Se llama el Tablón, su dueño es un primo lejano!- aclaró el encomendero.

-¿Alguna pregunta?- inquirió el Lince. Todos tenían muy claro cual era su cometido- ¡Pues yo voy a disfrazarme convenientemente, y vos Don Gerardo deberíais hacer lo propio, seguro que sois conocido en Cartagena, como Don Nicolás!-

Álvaro volvió a rasurarse barba y bigote, cambió sus pantalones de tela por unos greguescos sencillos y unas medias como las de la soldadesca, en vez de botas se calzó unas sencillas abarcas y renunció a llevar sus mosquetes, conservando tan sólo el pedernal, su espada y la daga larga. El peto de cuero lo dejó, protegiéndose con uno de guata de algodón, y como remate sustituyó el morrión de los tercios por un bacinete sencillo, en él había desaparecido cualquier signo de rango militar, pero el porte seguía delatando a alguien potente y astuto, aunque solamente los guantes de manopla, recordaban al capitán de la hueste del Guay- Naya.

Al poco partieron por separado, con el mismo destino, y conforme se fueron aproximando a la plaza fuerte, empezaron a encontrarse con otros viajeros que acudían de haciendas y pequeñas aldeas al puerto.

Álvaro y Gerardo, llegaron a la décima hora, sobre sus caballos y pasaron por soldados de Santa Marta destinados recientemente al Batallón de la Merced, poco más tarde, Nicolás Federmann se identificó como él mismo, acompañado de su criado indio, en viaje de negocios al mercado de Cartagena de Indias… Los centinelas de puertas, tenían mucho trabajo aquél jueves veintinueve de Septiembre, día de San Miguel Arcángel, puesto que al trajín del puerto se sumaba que era día de mercado en Cartagena de Indias.

Álvaro quedó impresionado por el colorido y la agitación en las calles. No tenía comparación lo de Mérida de Yucatán, o lo de Portobello… Nada tenía que envidiar de Veracruz o de la misma México. Le recordaba el tumulto de Sevilla o de Cádiz, pero con más colorido, más ruidoso todo y con gentes de las mil especies.

Se fueron abriendo paso entre un rio de gente, que como ellos se dirigía hacia el puerto, en las calles a lado y lado, habían tablas en las que estaban expuestas todo tipo de frutas, lo que hacía que las gentes se detuvieran a preguntar los precios o a comprar, entorpeciendo la marcha de los que como ellos se dirigían directamente al puerto.

Al llegar al puerto, advirtió Álvaro, que estaba bien defendido… El puerto estaba situado en una bahía de entrada muy estrecha que era prácticamente una rada natural, además en la boca de salida se agolpaban pequeñas islas que como las puntas que definían la entrada de la bahía, estaban dotadas de baluartes artillados. Por encima del puerto una potente muralla con más de una docena de piezas de artillería de gran calibre, dominaba toda la rada y los muelles del puerto.

Dichos muelles estaban atestados de los galeones que recientemente habían atracado procedentes de Castilla, tras la Carrera de Indias. Aquellos muelles eran un mercado inmenso, los estibadores descargaban mercancías que eran almacenadas en los hangares de piedra sobre los que señoreaba la muralla y el bastión de San Francisco.

Álvaro y Gerardo García, recorrieron todos los muelles y las playas, buscando en vano dos galeones, uno de los cuales ostentaba los estandartes de los Caballeros de Santo Cristo portugueses.

Incansable, Álvaro se encaminó a uno de los promontorios al pie de un baluarte en construcción, para poder divisar todas las naos atracadas en el puerto…

Una vez allí arriba, se convencieron de que la expedición de Sigura no había llegado todavía, pero un sargento les gritó desde lo alto de las almenas, que no podían permanecer allí, que debían volver a su unidad.

Intentaron hacer un gesto de ignorancia encogiendo los hombros, cuando el sargento desde lo alto pareció reconocer a Gerardo García…

-¡Eh! ¿Tú no eres García de Vaillo?-

-¿Y vos, cual es vuestra gracia?- respondió airado Gerardo García.

-Maldición- masculló el Lince.

-¿Es que ya no conocéis a los parientes, Gerardo? ¡Soy vuestro sobrino Lope, el hijo de Andoni García!- exclamó el sargento.

-Por Dios, Gerardo, nadie debe saber mi nombre, aquí soy Marcos Vega, un soldado raso…- susurró Álvaro.

-¿Mi sobrino Lope? ¿Ya con galones?- gritó hacia arriba Gerardo García.

-¡Recién bautizados, tío! ¡Pero sube aquí!- le invitó.

-¿Y este?- preguntó señalando a su viejo camarada.

-¡Si es amigo tuyo, puede subir!-

Acto seguido siguieron por, la cada vez más empinada, cuesta para acceder a una de las entradas del bastión, allí les aguardaba el sargento, un jovenzuelo con facciones que revelaban el parentesco con el encomendero.

-¿Qué haces por estos lugares, tío?- el muchacho se abrazó a Gerardo García.

-¿Y tú, Andoni? ¿Qué son esos galones de sargento?- le preguntó risueño este.

-¡Ya ves, hice años de aprendiz con el Maestre Artillero de la plaza, luché a su lado cuando el asalto de hace dos años del pirata inglés Draque! ¡Fui herido…! ¡Pero las piezas en las que estaba, no cayeron, y no dejaron de fustigar a los barcos del inglés, y este tuvo que marchar a medio saqueo! ¡No hace ni dos días, que llegó la orden de Lima, ayer me colgué los galones entorchados! ¿Y tu compañero, quién es?- acabó el sargento Lope García.

-¡Es un viejo camarada de armas, su gracia es Don Marcos Vega, y luchamos juntos contra el turco cuando lo de Lepanto!- el vizcaíno hizo una presentación tal y como convenía al negocio en el que andaban enredados.

-¿Y qué hacéis por aquí? ¡Al comandante del bastión, no le gusta que nadie merodee por la fortaleza!- apuntó el muchacho que tendría algo menos de veinte años.

-¿Le puedes guardar un secreto a tu tío, Lope?- aquella pregunta del encomendero a su sobrino inquietó a Álvaro.

-¡Claro que si, pero espero que no andéis metidos en nada contrario a la Corona!- respondió el muchacho.

-¡Nada de eso, en realidad es todo lo contrario…! ¡Escucha, mi amigo espera la arribada de dos galeones, uno con distintivo de los Caballeros de Santo Cristo, y emprenderá a su llegada una misión Real!- le confió a medias, Gerardo García, a su sobrino el motivo de haberse encaramado hasta el pié del bastión. Álvaro tuvo que ahogar una sonrisa al comprobar como su compañero había capeado con astucia y sin faltar a la verdad aquel compromiso.

-¡Pues podéis venir cada cuando queráis a visitarme, pero la próxima vez acceded por la puerta, desde la ciudad, y pedís por el sargento Lope García Odriozola! ¡Pero decidme, señor Vega, vos parecéis un soldado sin grado, no os había visto antes en la guarnición de la ciudad, ni en la guardia del gobernador, ni en el Batallón de La Merced!-el sargento terminó queriendo saber algo más del amigo de su tío.

-¡Veréis sargento…! ¡Estoy en tránsito, he llegado hasta aquí enviado por un adelantado del Rey en Nueva España, y la naturaleza de mi misión merece toda vuestra discreción, y a nada más os obliga!- le respondió, a pesar de que con ello ampliaba el grado de confianza otorgada al muchacho.

-¡Y yo, Lope, estoy con él, en esto! ¡Y ni una palabra, ni a mi hermano Andoni…! ¡Qué es tu padre!- remató Gerardo García.

-¡Si estás tú de por medio, tío, me tenéis para lo que sea preciso!- el muchacho miró con gravedad a ambos.

-¡No esperaba menos de ti, muchacho!- le dijo el encomendero, tomándole el brazo en señal de agradecimiento- ¡Basta con que envíes recado al Luisillo, en El Tablón, un papel con una cruz y nada más, sabremos que los galeones de Portobello han llegado! ¡Nosotros pasaremos a ver al Luisillo de tarde en tarde!-

-¿De Portobello, decís?- preguntó Lope.

-¡Si, de Portobello!- confirmó Álvaro, con una cierta ansiedad, como temiendo que ya hubieran hecho escala.

-¡Pues estamos en guardia, por la arribada de dos galeones como los que decís, que provienen de La Española, que han realizado escala en Mérida de Yucatán y que navegan hacia aquí…! ¡Debo avisar de su llegada al comandante del castillo por orden del gobernador de la plaza! ¡Se rumorea que hay conflicto entre los oficiales del Virrey y los de la Real Audiencia, de Nueva España, unos desean que sean bien tratados, y los otros nos piden que los retengamos como criminales!- les confió el sobrino de Don Gerardo.

-¿Y el gobernador, que ha decidido?- preguntó el tío del muchacho.

-¡Don Francisco, se decanta por la versión de la Real Audiencia, no es amante de los Virreyes, ni del de Méjico , ni del de Lima, eso de que implanten aquí el Santo Oficio, con el mismo poder que en Castilla, inquieta más que serena…!- dijo el sargento.

-¡Pues que tu gobernador no tema, Lope- comentó Gerardo García a su sobrino sargento- que nosotros andamos también a la greña con esa gente, y no la tendrá por mucho tiempo en Cartagena!-

-¡Bien, Don Gerardo, debemos partir, además el sargento Lope tendrá quehacer, en sus horas de servicio!- Álvaro hizo el ademán de marchar.

-¡Volved cuando queráis, rompéis la rutina del servicio!- les tendió la mano el muchacho.

Se despidieron, y los dos visitantes insistieron en salir del bastión por la almena, tal y como habían llegado. Lope no insistió en que salieran por la puerta principal, su tío tendría sus motivos para andar disfrazado de soldado junto con un antiguo camarada de armas… De Lepanto -pensó, mientras los veía bajar ligeros, por la pendiente- quién pudiera haber estado en aquella gloriosa batalla. La verdad es que Lope respetaba religiosamente a su señor padre, pero a su tío lo quería como a un amigo y confidente, Gerardo le había dado el primer trago de vino, le había cubierto el primer lío de faldas, y en una ocasión le salvó el cuello y la reputación, ante un alguacil más celoso que cornudo. Sin saberlo, Gerardo y Álvaro habían hecho un importante aliado en la guarnición de Cartagena.

Una vez anduvieron por los muelles, decidieron acercarse a El Tablón, finalmente Álvaro conocería al famoso Luisillo…

Pasaron por delante de más de una docena de tugurios portuarios, en cuya puerta, cajas y barricas hacían las veces de sillas y meses para sus inquietantes parroquianos, marineros, buscones y más de un ladrón y asesino por los retratos que allí a pleno sol se exhibían, al fin dieron con la taberna que hacía trece, en su dintel colgaba un tablón con tanta mugre que parecía una pizarra, y sobre el cual con yeso estaban marcados los precios de los vinos…

-Un criollo… Dos maravedís de cobre. Un Jerez, diez maravedís…-leyó entre dientes Álvaro.

-¡Luis no quiere regateos con el vino!- bromeó Gerardo García, que sin vacilar pasó entre los clientes que adornaban el pórtico y atravesó la cortina de cuerda que hacía las veces de puerta. A su vez Álvaro hizo lo mismo. Oyeron que alguien decía; bah, soldaditos, y siguió una risotada general de la tropa infernal que libaba al sol.

En el interior, la penumbra era total, a excepción de un patio interior que se intuía tras un corredor, a mano derecha las barricas estaban amontonadas tras un rústico mostrador formado por dos toneles y un tablón en el que un personaje desgarbado, sin afeitar y con una pañoleta por sombrero, al estilo de los piratas, aguardaba con una medio sonrisa de tiburón que pretendía helar la sangre a los alguaciles y dar confianza a los fajadores de los muelles. La sala no era pequeña, y Álvaro conforme se fue adaptando a la penumbra pudo ver mesas y sillas como Dios manda, y en un rincón a Don Nicolás Federmann, sentado junto a Hernán que permanecía en pie, cumpliendo con su papel de sirviente.

-¡Buen día, Luisillo!- saludó Gerardo García. Álvaro hizo una seña con la mano enguantada a modo de saludo.

-¡Caramba, caramba! ¡Raro es, ver a encomendero acaudalado tras las prendas de soldado raso! ¿Qué o quien ha conseguido alistaros, Don Gerardo?- bromeó el tabernero.

-¡No alcéis la voz tabernero, que tenéis mucha ropa tendida en el umbral y no toda es limpia!- le ordenó con un dedo en los labios, el encomendero.

-¡Bah…! ¡Esos están demasiado ocupados en sus negocios, no temáis!- respondió con más prudencia el tal Luisillo.

-¿Cómo va la caja?-preguntó Gerardo García.

-¡Estos días, con los galeones de la Carrera, muy bien! ¡Tengo una pequeña fortuna que debéis aligerar, no me hace ninguna gracia guardar ese dinero con las perlas que abarrotan el local!- susurró el hombre.

-¡No padezcas, nos lo partiremos! ¡Pon vino para tres en aquella mesa, que sea del bueno! ¡Ya sabes!-ordenó el encomendero- ¿Están las alcobas del piso en condiciones?-

-¡Hoy lo que no albergan es compañía de la buena, con todo lo que se mueve por el puerto, las doncellas van más que solicitadas!- soltó con picardía el tabernero.

-¡Mejor!-cortó Gerardo García.

Acudieron a la mesa en la que Nicolás trasegaba un aromático Jerez, seco como la estopa y dorado como el paño de los tercios.

-¿Algún problema?- inquirió Álvaro al alemán.

-¡Dos vinos más, sin probar bocado y en vez de mesa necesito camastro! ¡Cuando supo que esperaba a Gerardo, el tabernero sólo ha hecho que servirme este excelente Jerez, y al pobre Hernán…! ¡Agua, eso si, fresca del pozo, según suelta ese lenguaraz!- bromeó Federmann-¡Se os tiene en alta consideración, en este tugurio!-

-¡Como que es el patrón de la taberna…! ¿O debo decir del burdel?- dijo quedamente Álvaro.

-¡Eh! ¡Nada de eso! ¡Las damas, que en El Tablón, ocasionalmente se marcan lances con marineros u otros oficios, no son las vulgares putas de puerto. Son las mejores y más hábiles busconas de Cartagena, y trabajan por su cuenta y riesgo! ¡Son tan clientes de la casa, como esos bribones de ahí fuera!- se explicó el encomendero- ¡Veréis, una taberna en el puerto, proporciona mucha información, especialmente de las mercancías que llegan, de quién las compra, o de quién no las ha podido finalmente comprar, de los galeones que admiten carga y los que no, esa información es vital para consignar cargamentos, como los que saco de la mina de San Jacinto…!-

La confesión del encomendero, mereció una mirada de reprobación de sus compañeros.

-¡Ya veo que vuestra condición, merma las convicciones morales de las que en otros tiempos hacíais estandarte!- fue el comentario de Álvaro entre crítico y guasón.

-¡Es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos, que un camello pase por el ojo de una aguja…! ¡Dijo el nazareno! ¿No?- añadió el alemán, que no era precisamente un hombre necesitado.

-¡Bien, basta!- atajó Gerardo García- ¿Qué creéis que se cuece en las otras tabernas del puerto? ¿Y en las de media ciudad? ¡En Cartagena, cuando está la flota de la Carrera, comerciantes y putas hacen su agosto!-

-¡No os lo toméis tan bravamente, Don Gerardo! ¡Pero no os hacíamos tabernero, y mucho menos protector de meretrices!- Álvaro cerró el turno de chanzas y medio reproches- ¡Por cierto Federmann…! ¿A vos, como os ha ido?-

-¡Tenemos una buena noticia! ¡Hernán ha reconocido mientras deambulábamos por el centro de la ciudad al baquiano de quién hablábamos ayer!- explicó el alemán mientras el aravaco en silencio afirmaba con un gesto casi imperceptible a la mirada del capitán de la hueste.

-¿Andrés Ordóñez?- preguntó Gerardo García.

-¡El mismo y le seguimos hasta el caserón en el cual vive, aquí en Cartagena! ¡Así que tenemos localizado al hombre con el cual deseáis mantener una charla, capitán!- aclaró muy quedamente Federmann.

-¡Excelente!- celebró Álvaro- ¡Estad atentos, haremos lo siguiente…! ¡Ya que tenemos un amigo en la guarnición, las cosas empiezan a tomar buen color!- pero Álvaro fue interrumpido.

-¿Qué es eso de un amigo, en la guarnición? ¿Nos han descubierto?- se alarmó el alemán.

-¡No temáis, Don Nicolás! ¡Don Gerardo tiene un sobrino de sargento entre los artilleros del bastión principal de la plaza! ¡Desde allí arriba, los galeones de Sigura y sus seguidores serán avistados con antelación! ¡Y el mozo nos lo hará saber!- soltó con aire triunfal Álvaro.

-¡Sigura, aquí…!- murmuraron Nicolás Federmann y Gerardo García a un tiempo.

-¿Quién si no, cruzaría la mar oceana para verter mi sangre? ¡Pero, dejadme terminar, por Dios, que no tenemos toda la eternidad!- se impuso Álvaro- ¡Vos, Don Gerardo, saldréis ahora hacia el campamento, que Bernardo os prepare dos mechas de algodón rápidas, y que os camufle dos botes de media arroba de pólvora prensada dentro de pellejos de vino! ¡Mañana, los traeréis aquí, al Tablón entre otros ocho pellejos, esos sí, de buen vino, y ya estaremos preparados para recibir a esos bergantes! ¡Os he escogido a vos porque podéis justificar vuestra vuelta mañana, a causa de vuestros negocios en la plaza-

-¡Bien, dispongo que nos sirvan qué comer y me pongo en marcha! ¡Pasaréis la noche en las alcobas del piso…! ¡Se está bien arriba!- precisó el dueño secreto de la taberna.

-¡Mejor todavía si aparecen vuestras damas de honor…!-rió Nicolás Federmann.

-¡No temáis tudesco, nadie quebrantará vuestra virtud! ¡Ya me he asegurado de tal extremo!- se medio enojó el encomendero.

-¡Dejaos de disputas!- la orden de Álvaro a punto estuvo de sonar a chirigota, si no fuera por las palabras siguientes- ¡Cuando volváis, traed con vos a dos aravacos de los de Hernán, los que naden mejor, que él os diga sus nombres antes de partir!- el indio pestañeó con lentitud, como afirmando con aquél simple gesto, pues él ya había adivinado lo qué pretendía hacer el capitán.

Tras tener todo dispuesto, siguieron con un cierto aire de entre broma y bronca por el oficio jamás declarado de Gerardo García, que finalmente se tomaba los comentarios como lo que eran, un jolgorio con el que ahogar los nervios del momento. Les sirvieron la comida, en la misma mesa, un delicioso escabeche de ave, con papas guisadas y por supuesto pan de trigo y un vino fuerte como los del norte de Castilla.

-¡Es de la encomienda…! ¡He adaptado las cepas de los vinos de Vizcaya y Álava a las laderas de San Jacinto, y éste es el resultado!- de esta forma presumía el encomendero para ilustrar las exclamaciones de aprobación de sus compañeros.

-¿El vino de mañana, será como éste?- preguntó risueño Federmann.

-¡Como este es el que he aportado a nuestros víveres!- respondió Gerardo García.

-¡Vive Dios, que será una misión agradable!- remató el alemán, tras arrearse un buen trago.

-¡Conteneos Nicolás! ¡No podréis alargar la siesta…! ¡En cuando se inicie el ocaso, saldré hacia la mansión de los gemelos Ordóñez, y vos, junto con Hernán, deberéis guardarme la salida del palacete, amén de guiarme hasta allí!-

Tras terminar con lo que restaba de almuerzo, Gerardo García los acompañó hacia la parte de atrás, allí estaban sus corceles forrajeando en medio del patio, el encomendero les señaló una portezuela al fondo del patio interior.

-¡Allí está el retrete!- les dijo, y observaron que al lado había un gallinero, y más a la derecha un rincón para unas barricas gigantescas, junto a las que había estratégicamente colocada una escalera que sobrepasaba en algo el muro de adobe del patio.

-¿Se puede saltar al otro lado?- preguntó Álvaro.

-¿Y para qué estaría la escalera si no?- respondió Gerardo García sonriendo- ¡Al otro lado, tres tejadillos y se sale a una de las calles principales que conducen al puerto!- Álvaro tomo buena nota de las observaciones de su viejo camarada de Lepanto y le siguió por una escalera estrecha que conducía al piso superior, donde sin duda se hallaban las alcobas que frecuentemente eran testigos de excepción en veladas inconfesables de marineros y furcias.

El sol se ponía tras la sierra de San Jacinto, y un grupo de tres hombres abandonaba El Tablón por la puerta, con tranquilidad… Un soldado, un caballero y un viejo indio, recorrieron el puerto en dirección al centro del mismo, al cual desembocaba la avenida central que unía la explanada de los muelles con el centro de la ciudad, el Palacio del Gobernador, el Concejo de la ciudad y la catedral de Santa Catalina … A menudo se cruzaban con otros soldados que se dirigían a las tabernas del puerto a por vino y otras distracciones, mientras dirigían alguna que otra chanza a sus compañeros que estaban de guardia en los amarres de los galeones. Estos a su vez les respondían con las palabras gruesas de costumbre, y todo terminaba en risas y gestos.

-¡Cuando entremos en la calle Real, seguidme a unos pasos de distancia, Nicolás, y tú Hernán, pasa delante y guíame hasta la mansión del baquiano!- sin mediar palabra al llegar a la encrucijada ejecutaron la maniobra de modo que parecían que no andaban juntos.

Las sombras ya empezaban a imponerse sobre la claridad, atrás había quedado la Plaza Mayor con sus nobles edificios, habían torcido hacia la derecha en sentido norte, conforme se alejaban de la Plaza, los palacetes iban menguando en importancia. En las ciudades de los reinos nuevos conquistados para Castilla, los nuevos cortesanos y funcionarios reales en aquellas tierras constituían una casta que se reafirmaba con todos los signos de ostentación posible, siempre alrededor de aquellos que tenían la relación directa con el virrey o sus más altos delegados.

Poco a poco, la calle se iba convirtiendo en campo, y al fondo en la oscuridad sobre un fondo de gigantescos arboles, a unas cien varas, se alzaba un torreón, rodeado por un considerable muro que se abría solamente en el centro, mediante una gruesa poterna, de puro estilo leonés,- reconoció Álvaro- y que estaba flanqueada por dos garitas. Hernán se detuvo, y señaló el torreón… Se reunieron los tres.

-¡Ese lugar es tétrico!- susurró Federmann.

-¡Posiblemente como sus dueños!-respondió Álvaro

Estaban en un punto más alto que el resto de la ciudad, y la noche estaba enfriando, un viento procedente de la sierra marcaba aún más, lo inhóspito del paraje y la desazón del momento.

Hernán les hizo entender que él se apostaría en el punto más favorable del muro, y que cuando el capitán distrajera la atención de los guardas, él treparía y se escondería para ayudar a Álvaro si era preciso. Su plan fue aceptado, y Nicolás Federmann les indicó que se apostaría no muy lejos de la poterna, tras un inmenso cedro, que mecido por el viento siseaba cual si tuviera alma. Álvaro recomendó al alemán que se instalara cuando él hubiera penetrado ya, en la mansión de los Ordóñez. En ese momento posiblemente los guardias de las garitas no prestarían atención plena al paisaje, puesto que más bien estarían por registrarle. Una vez acordado como procederían, Álvaro le cedió su sencillo bacinete de infante a Don Nicolás.

-¡Guardadlo, no voy a presentarme como un soldado, sino como un emisario!- y el capitán emprendió el camino hacia la poterna de aquél siniestro torreón.

Antes de llegar al picaporte fue avisado desde la garita de la izquierda, pudo entrever la boca de un arcabuz en la aspillera.

-¡Deteneos, dadme vuestra gracia y qué os ha traído hasta aquí!- le ordenó una voz cortante que hablaba un castellano de acento mestizo. Álvaro se enfocó directamente a la aspillera, con ambas manos enguantadas en lo alto, en señal de paz.

-¡Soy Marcos Vega, un emisario del Adelantado del Rey Gonzalo Dovalle, y debo tratar de un mensaje de dicho señor al que sirvo, con Don Andrés Ordóñez, vuestro señor…!- Hubo un momento de silencio, Álvaro había visto como a lo lejos, Hernán había trepado al muro y se escurría hacia el interior.

Al cabo de unos instantes, respondieron de la garita.

-¡No bajes las manos, y acércate a la poterna!- esta vez hablaba un castellano viejo. Álvaro siguió las instrucciones, la poterna se abrió ligeramente y fue agarrado e introducido al interior del muro. Al momento, tres hombres empezaron a palparle en busca de armas… Al llegar al guante de la mano izquierda, se lo arrebataron…

-¿Y esto, Marcos?- le preguntó el que llevaba la voz cantante, señalando al guantelete de acero.

-¡Sustituye a mi mano izquierda!- el castellano tendió el brazo y señaló con la barbilla.

-¡Podéis sacarla, comprobareis que os digo lo cierto!-

Uno de los mestizos cogió el guantelete y sin gran esfuerzo lo separó de la manga, Álvaro a quien le habían arrebatado el cinto con la espada y la vizcaína, amén de la pistola de pedernal quedó así desarmado a la merced de aquellos guardianes.

-¡Llevadlo a presencia del amo, tendréis que esperar a que salga la visita que le ha llegado!- dijo el castellano- ¡Sus armas se quedan en la garita y le serán devueltas cuando salga!-

-¡Devolvedme el guantelete, la manopla que lo cubre es la garantía de que no puedo usarla como arma!- pidió Álvaro. El jefe de los mestizos le miró a la luz de un candil, como escrutando si se hallaba ante un asesino o ante un soldado. Pareció valorar a su prisionero en alta condición. Le devolvió la garra de acero, que Álvaro se puso con celeridad y se enguantó a continuación.

-¡Misque!- indicó el castellano- ¡Tú con tu arcabuz le tendrás vigilado, mientras Elqui, le conduce hasta Don Andrés!-

-¡A la orden Don Sergio!- dijeron a una los mestizos.

Le flanquearon, marchando en dirección al torreón. Entraron en la fortaleza, que estaba amueblada con una cierta sencillez, pero al estilo castellano. Tras la recia puerta, había un segundo cuerpo de guardia, con más mestizos sobre las armas…Iniciaron el ascenso de una escalera que conducía al siguiente piso, que parecía ser el último, pues la escalera no proseguía, pero Álvaro percibió que seguramente había una tercera planta, a la cual se accedía por otra escalera. Una vez en la segunda planta atravesaron unos cortinajes y restaron en una sala que parecía una antecámara a las estancias de Don Andrés Ordóñez, que por lo que había oído estaba con otro visitante… En efecto débilmente le llegaban unas voces, intentó aguzar el oído, pues aquella disputa prometía.

Se hizo algo atrás, con ademanes de sumisión, pues podía orientarse para escuchar algo mejor, posiblemente a causa de una zona sin los espesos cortinajes… Había podido diferenciar dos voces, y una de ellas le era familiar pero no podía relacionarla con rostro alguno, la otra sin duda era la del baquiano y dueño de la mansión, Don Andrés Ordóñez, una voz grave, que hablaba correctamente el castellano pero que llevaba en sí, una tristeza y severidad poco comunes.

La voz familiar, hablaba en nombre de Rodrigo Menéndez y reclamaba el cumplimiento de un antiguo compromiso, y le advertía que en curso del día de mañana, la hueste entraría en la ciudad por sus puertas, y que dos galeones artillados se situarían en la boca de la rada de Cartagena, con su artillería apuntando a los fortines del puerto…

El otro respondía que ese era un plan de locos, que al gobernador de la plaza no era fácil amedrentarlo, y que después de lo que había trascendido de Nueva España, en la plaza, las autoridades no veían con buenos ojos que la hueste plantara sus reales en Cartagena.

Siguió el emisario, insistiendo que los sucesos de Mérida y Portobello eran de otra naturaleza, que no iban a interferir más, y que la prioridad era marchar sobre los territorios situados más allá de la línea que demarcan Puerto Ordás y la punta de la Boca de la Serpiente, frente a la isla de Trinidad, ya que eran los verdaderos objetivos de la expedición que sus nobles capitanes habían iniciado en La Española.

Con evidente malhumor, el baquiano respondió que aquellas islas y tierras, estaban habitadas por sus hermanos caribes y otros amigos y clientes que se habían establecido desde las bocas meridionales del Orinoco hasta la costa media del Guay- Naya. Y que por tanto debía meditar si aquella empresa era de su conveniencia.

El visitante contestó con cierta rabia y en tono más alto, de forma que se oyó con claridad, que si esos amigos y clientes tenían que ver con Don Leopoldo de la Marck, más le convenía o despedirse de tales amistades y tratos o prepararse para abandonar el mundo de los vivos, pues a por ese territorio habían venido los nobles capitanes de Castilla y los hermanos Menéndez con su nutrida hueste.

El baquiano respondió con aplomo e indiferencia a la amenaza recibida… Cuando vuestros soldados estén en Cartagena, nos volveremos a ver y habremos tomado la decisión,- le dijo. Evidentemente era el fin de la audiencia, y el visitante debería salir, Álvaro celebró haberse afeitado la barba, y andar con un aspecto algo dejado, era preciso que, fuera quien fuera, el emisario de los albistas no le reconociera. Pero él intentaría a toda costa hacerse con la identidad del visitante.

Se abrió la pesada puerta y escoltado de cerca por dos indios caribes, el personaje atravesó la sala sin mirar siquiera a los dos soldados y a Álvaro, pero este le reconoció en el acto… Era ni más ni menos que Rafael Cabrera, el hermano de Bernardo, que por avatares de la fortuna se había alistado en la hueste de sus enemigos mortales, aquello representaba o que su lugarteniente debía enfrentarse a su hermano, o quizás que consiguiera que se le pasara, lo cual sería magnífico.

La puerta se cerró… Y todavía permanecían fuera. De nuevo Álvaro volvió a escuchar voces, pero ahora no pasaban de ser un leve cuchicheo en absoluto inteligible, solamente pudo percibir que una de las voces parecía de mujer.

Al fin le concedieron audiencia…

La estancia del interior, era una sala de grandes proporciones con tabiques de madera cuarterada, debido a ello algo de lo hablado podía se escuchado en la antecámara, en una ojeada Álvaro tomó la medida de los dos personajes que tenía ante si, varias puertas delataban que la sala estaba comunicada con otras del mismo piso. Un enorme hogar al fondo cobijaba un alegre pero justo fuego, el baquiano estaba sentado en una silla curial de audiencias, la que suponía era su hermana permanecía en pie con las manos en los hombros de Don Andrés. Eran de rasgos parecidos, exóticos, inquietantes y bellos. Sus miembros delataban un enorme vigor en él. La tez cobriza delataba en ambos, su origen mestizo sin duda alguna, él con ojos azabache era de mirar penetrante y duro, ella medio escondía bajo los párpados una mirada esmeralda, que atraía y atemorizaba a la vez. Ambos lucían fuertes cabellos lacios y negros, indudable herencia de la madre caribe.

Álvaro entendió que aquella audiencia iba a ser decisiva para el desarrollo de su campaña. La mujer rompió el hielo.

-¡Todo un caballero, con ropilla de soldado sin ventaja, a excepción de vuestros magníficos guantes Don…!- ella se detuvo en una clara interrogación.

-¡Marcos, Marcos Vega! ¡De la milicia del Adelantado del Rey, en Mérida de Yucatán!-

-¡Dejadme ver vuestros excelentes guantes de manopla, Don Marcos!- ordenó con una fría sonrisa la dama.

Uno de los mestizos que le escoltaban, le hizo una seña con la cabeza, debía entregar sus guantes, y aquello era un contratiempo para Álvaro, por el guantelete, sus enemigos podían llegar a reconocerle, pero como estaba forzado hizo lo que le ordenaban. Pudo ver como los ojos de la mujer, soltaban un destello a la vista de su guantelete, pasando después a valorar los guantes.

-¡Son guantes de caballero, o de un gran jefe militar…! ¡No hacen con el resto de vuestra indumentaria, pero encajan en vuestro porte! ¿Y eso?- dijo señalando al guantelete.

-¡Son viejas heridas de soldado. Mi señora…! – Álvaro mostró lo que le quedaba de mano, justo tres muñones de dedo más el pulgar que le servían para asir el guantelete. La mujer le devolvió los guantes, y la voz grave del baquiano hizo acto de presencia.

-¡Que atolondrado fue quién os hizo esa herida!- dijo.

-¿Por qué razón, mi señor?- fingió curiosidad Álvaro, el Lince.

-¡Os destrozó la siniestra, dejando intacta la diestra, que sin duda alberga intención de vengar a su hermana!- sentenció el baquiano. Decididamente los hijos bastardos de Don Tello Ordóñez, no eran gente corriente, pensó para si Álvaro- ¡Pero decidme Don Marcos…! ¿Qué os ha traído a visitarnos a nuestra casa de Cartagena?- el baquiano adoptó un aire salomónico.

-¡En realidad, es el mismo motivo que el de la anterior audiencia, pero digamos que contemplado desde la otra orilla del rio! ¡Los hermanos Menéndez os han enviado un mensajero para que os unáis a ellos con vuestra gente, para marchar sobre los territorios del Guay- Naya, que según dicen son libres de aprehender tras acabar con los actuales colonos! ¡Pero esto no es totalmente cierto!- relató Álvaro.

-¿Ah, no?- soltó la dama con una cierta ironía.

-¡Vaya, vaya!- exclamó el baquiano- ¡Otro de los buscadores de El Dorado, o quizás un relapso que huye de la recién instalada Inquisición de estos nuevos reinos!-

-¡Ni lo uno, ni lo otro, Don Andrés! ¡Supe en Mérida que tratáis a menudo con los Menéndez en La Española, y que ellos os embarcarían en su pretendida empresa! ¡Nada les va a resultar fácil, puesto que van a atacar a alguien que ostenta el título de Virrey, al sur de la Capitanía General de Venezuela! ¡Las capitulaciones que muestran en público no son válidas, y la firma consignada no del Rey, sino del Duque de Alba! ¡Y nada más llegar, se han visto envueltos en una cadena de asesinatos que nada tenían que ver con su pretendida misión! ¡Es a raíz de ello que desde Nueva España se va a impedir que la locura que estos advenedizos pretenden ejecutar, llegue a buen término! ¡En cuanto a la razón por la que os prevengo en cuanto a la bondad y a la falsa seguridad de la victoria en la campaña más allá de Venezuela, es absolutamente personal! ¡Vos y vuestra hermana sois hijos del caballero Don Tello Ordóñez, me han informado bien de esto, y a vuestro señor padre, le debo profunda gratitud, pues parte de mi familia más allegada…! – Algo en la voz de Álvaro cambió repentinamente, como si surgiera de una profunda gruta, y aunque tenia ante él aquella Venus mestiza sus pupilas color de miel parecían contemplar a su señora madre- ¡Debe a la grandeza de Don Tello, no haber sido ejecutada injusta e ignominiosamente, allí en la Vieja Castilla, tan exigente y a la vez tan avára…!- Álvaro, sinceramente emocionado interrumpió su parlamento.

-¡No eres el primer castellano que alaba a nuestro señor padre!- indicó el baquiano, levantándose de su silla curial- ¡Pero si, el primero que nos habla de sus acciones en la lejana Castilla, ni él mismo nos relató nada del otro lado de la mar Océana, que no fuera su carácter de mundo atemorizado, de cárcel de conciencias y de reinado de las tiranías del dinero y del poder, en el cual el poder de los dioses se utilizaba para matar a los hombres en vez de para darles vida! ¿Es cierto todo ello, Don Marcos?-

-¡Desdichadamente él no tuvo otro entorno que el que acabáis de describir, y si se hubiera doblegado a la traición, a la felonía, y a la hipocresía hubiera tenido una existencia más placentera y más poder! ¡Pero Don Tello fue siempre un caballero leonés, de vieja sangre, digno descendiente de los primeros en defender la España cristiana para recuperar la grandeza de la que hoy goza la corona dueña de estos nuevos reinos!- les respondió Álvaro.

-¡Vos habláis de la grandeza al estilo castellano…! ¡A nosotros nos falta ahora, la de su corazón!- le cortó la hermana del baquiano.

-¡Pensad señora, que al inicio de vuestro linaje, ambas grandezas eran una sola! ¡Y que vuestro señor padre ha sabido mantener unidos en su conducta, Honor y Deber, a, Clemencia y Justicia!- la rotunda defensa de la figura de Don Tello, que Álvaro estaba llevando a cabo, causó en todos los presentes una profunda impresión que se tradujo en unos largos instantes de silencio.

-¡Si sois sincero, es evidente que lo tenéis en alta consideración! ¡Fue mal tratado desde Lima, nada más tomar posesión el nuevo virrey Don Francisco de Toledo, hace tres años y según nos relató mucho antes en Nueva España ya había sido atacado por la corte del virrey Martín Enríquez, que en aquellos tiempos lo era en Méjico como sucesor de Don Gastón de Peralta, en aquella corte nuestro actual virrey era ya un poderoso funcionario!- el hijo de Don Tello se situó junto a su hermana y miró con intensidad a su visitante- ¡Hace tres años, nuestro padre fue obligado a abandonar su casa y propiedades de este nuevo reino, y reclamado en Castilla por orden Real! ¿Sabéis como terminó sus días? ¡Puesto que ya no está entre los vivos, lo sabemos a ciencia cierta!-

-¡Lamento no poder daros satisfacción, andaba en aquellos tiempos enrolado en los Tercios y en plena campaña! ¡Pero si sé que sus enemigos eran poderosos y no conocían ni el honor, ni la piedad!-respondió Álvaro.

-¿Conocéis a sus enemigos?- preguntó la dama.

-¡Son los de mi linaje, señora…! ¡Vos y vuestro hermano también estáis en vía de conocerlos!- sentenció Álvaro, el Lince.

-¡Pero Menéndez, ha sido un buen amigo por años…!- decía para si mismo en voz alta el baquiano.

-¿Estáis seguro que los sobrinos del almirante Pedro Menéndez pueden ser amigos de alguien?- les sugirió Álvaro. La mirada de ambos se ensombreció y las facciones del joven Andrés Ordóñez adquirieron una gran dureza. Ella dio la vuelta para volver al sitial de la audiencia, pero de repente se giró y devolvió los guantes a Álvaro, que captaba con nitidez que aquella entrevista llegaba a su fin, y temía que saldría de la mansión con las mismas dudas con las que entró, sin saber de qué bando caerían los hijos bastardos de Don Tello.

-¡Sea como fuere, los caminos nuestros y el de vuestros enemigos se cruzan allí donde termina Venezuela y los caribes llaman a la tierra Guay- Naya! ¡Si no nos vemos antes, allí nos encontraremos!- dijo a modo de saludo el baquiano, ella a su lado inclinó levemente su cabeza mirando a Álvaro.

Sin tiempo a nada más, Álvaro se vio de nuevo en el patio escoltado pero sin ser encañonado por el mestizo de la guardia. Era noche cerrada, no había conseguido trato alguno, pero estaba seguro de haber hecho mella en el ánimo de los hijos del noble leonés. En el portón le devolvieron sus armas, y sin más estuvo fuera de la mansión… Había refrescado bastante y el viento agitaba las ramas del inmenso cedro. Álvaro, el Lince tuvo buen cuidado de echar a andar calle abajo sin dar muestras de esperar a nadie más.

Al volver a la normalidad cayó en calzarse los guantes de nuevo, y en el derecho encontró un bulto, se detuvo para sacarlo… Quedó gratamente sorprendido al rescatar una especie de broche, la dama le había dejado un mensaje… Se lo guardó en la faltriquera y siguió, no era momento de pararse.

Al rato y lejos ya del torreón de los Ordóñez, se le unió Don Nicolás con su bacinete en mano, y al poco Hernán el aravaco les abordó en un cruce, de vuelta a la taberna El Tablón, Álvaro les hizo un resumen de lo que había dado de sí la velada, que no era poco.

 

En la misma sala, los hermanos Ordóñez, trataban entre ellos…

-¡Es él, es la respuesta, la confirmación de los sueños y las visiones Andrés!- decía exaltada Cecilia Ordóñez.

-¡No sé como podéis estar tan segura de ello, ni tampoco estoy tan convencido de que todas las visiones de Isimaru, nuestra madre, y vuestros sueños, formen parte del destino de nuestra sangre!- el baquiano daba vueltas alrededor de su hermana que permanecía rígida- ¡Nuestro poder se ha basado en saber comerciar tanto con los teules de La Española y de Méjico, como con los de Nueva Granada y del Amacuro! ¡A todos les hemos proporcionado lo que más necesitaban, esclavos, tanto da que sean aravacos o los negros que desembarcan en Guay- Naya! ¡Esa ha sido nuestra fuerza, Cecilia!-

-¡Hasta ahora así ha sido, Andrés! ¡Con astucia y cautela hemos negociado a uno y otro lado, pero desde Castilla llegan otros aires hermano! ¿No lo adviertes? ¿Desde cuándo Menéndez negocia a través de emisarios? ¿Alguna otra vez se ha presentado aquí con una hueste, como anunciaba su emisario, de más de cuatrocientos hombres? ¡Esta hueste, Andrés se dirige contra nuestro mundo, contra los establecimientos que tenemos a uno y otro lado de Boca de Serpiente! ¿Sabes lo que hacen ahora con los caribes en La Española? ¡Los tratan peor que a nuestros enemigos aravacos! ¡Matan a nuestra gente, Andrés!- le reconvino la muchacha con un gesto de sulfuración.

-¡Lo sé, lo sé, Cecilia…! ¡Pero lo que me asombra es que hayan decidido marchar contra los establecimientos de De La Marck, al este, en las bocas del gran rio! ¡Y según el mensajero no van tras el oro de los marañones, van a por De La Marck y los suyos…! ¿Por qué? ¡El flamenco, tiene cédulas reales que le sostienen en aquellas tierras!- de repente Andrés Ordóñez se quedó como plantado ante su hermana.

-¿Sabemos por qué se llevaron a padre hace dos años? ¡Yo creo que los castellanos han decidido cambiar su forma de gobernar estos nuevos reinos, y desean hacerlo con mano de hierro! ¡La sensación de que esas tierras albergan un mundo más libre llega a su fin, hermano!-insistió ella.-¡A quién oigan los nombres de Akunaima o Yacu Mama, no le respetarán ni la vida!-

-¡Bien, acepto que hemos de sopesar dejar de lado a los Menéndez, esta misma noche dejamos Cartagena, antes de que lleguen los teules de La Española! ¿Pero toda esa historia del hombre jaguar? ¿Crees que es posible realizarla, que hay algo tras de ese Marcos Vega?- volvió sobre el tema el baquiano, ella había suspirado, ya le había convencido en la mitad del negocio que estaban tratando. Estarían del lado de De La Marck.

-¿Qué más necesitas hermano? ¿No le has oído hablar de su deuda de sangre con nuestro padre? ¿No has visto su garra de acero?- insistió ella.

-¡Si, todo esto está muy bien…! ¡Pero solamente la idea de saberte en…!- balbuceaba el baquiano cuando fue interrumpido por su hermana.

-¡Tu simiente, Andrés, no debe germinar en mi! ¡Nuestro sueño de una sangre limpia para fundar una nueva dinastía en nuestras tierras, necesita la ayuda del hombre jaguar, como dijo madre! ¡El hombre jaguar está espiritualmente atado a nuestro padre, a través de su propia sangre, y él es el escogido de Akunaima y de la Yacu Mama para cumplir nuestro destino, Andrés!-

-¡Prepara tus cosas…! ¡Daré las ordenes para partir ahora mismo!- exclamó el baquiano con expresión ceñuda y voz de pocos amigos.

 

La madrugada del treinta de septiembre, la guardia de los puestos del sur, que guardaban el acceso a la ciudad de Cartagena desde tierra firme no reportaron ninguna incidencia, pero ello solamente evidenciaba que la jornada de San Miguel, con su festividad y su feria habían relajado excesivamente el servicio… Nadie advirtió que en plena noche, a la tercera hora, un nutrido grupo de jinetes y dos carruajes evitaba las garitas que vigilaban la salida de la ciudad por el barrio de San Diego, ni tampoco que aprovechando un cambio de guardia a la quinta hora, pasaba sin grandes explicaciones un jinete acompañado de sus sirvientes indios que portaban dos acémilas cargadas de pellejos de vino, un trago sirvió al centinela de toda alcabala, pero nada más despuntar el sol, los baluartes se convirtieron en un hervidero de hombres, en gritos de alarma y en preparativos dignos de un asalto corsario.

Tanto por el norte, en la boca del puerto, ante los baluartes de San Francisco, como en el sur frente a los caminos que unían a tierra firme, se advertían presencias no anunciadas.

Iluminados por las luces del alba, dos galeones habían doblado frente a Bocagrande para navegar por la bahía de las Ánimas hasta situarse a tiro de cañón de los galeones varados en la rada del puerto, ambos navíos se dispusieron de babor con las troneras de las piezas artilleras abiertas, los galeones atracados estaban bajo su alcance, mientras que ambas naves estaban fuera del tiro de las baterías de los baluartes del puerto.

Lo que más extrañeza causó en las almenas, era que tanto uno como otro, los galeones ostentaban estandarte de Castilla, uno de ellos empero, desplegaba velamen y bandera de los caballeros portugueses de Santo Cristo… El único que no estaba desconcertado era el sargento Lope García, que al terminar su turno bajó por las pendientes para alcanzar las inmediaciones del barrio de Getsemaní y de las tabernas, recordaba perfectamente que había empeñado la palabra a su tío Gerardo de avisarle al Tablón, nada más supiera algo de aquellos buques.

En la inacabada línea defensiva del interior, cuajada de lagunas y pequeños baluartes, la guardia había sido reforzada con un contingente del batallón de La Merced, pues a contraluz se divisaba una columna en formación nada despreciable.

Desde el principio de las alarmas, el gobernador fue avisado, Don Francisco de Bahamonde y Lugo, enfundado en sus galas y acompañado del comandante de la plaza, Don Arturo Griñán Palacio, recorría las almenas comprobando que aquellos dos galeones se habían colocado en posición de abierto ataque, y eran sin duda los buques que se esperaban desde Portobelo, y se sabía eran un nido de problemas, su sola presencia ya confirmaban todos los temores. Pero cuando fueron informados de la presencia a las puertas de la ciudad de una importante fuerza, el gobernador estalló en un acceso de cólera que fue en aumento al ser sabido que unos emisarios le esperaban en los baluartes del sur. Y todo aquello en plena feria con los galeones de la Carrera anclados en el puerto, es como si aquellos locos desearan arruinar el comercio de Cartagena… Ya no eran necesarios los corsarios ingleses y franceses, los castellanos solos parecían bastarse para arruinarlo todo, pensaba para si el anciano gobernador con expresión de disgusto.

-¡Que nos conduzcan esos emisarios, hasta aquí! ¡Hasta las almenas, quiero que vean nuestra fuerza!- ordenó Don Francisco.

Todo en el puerto se había movilizado, una compañía se desplegaba en el puerto a la espera de órdenes, las almenas se habían convertido en un hormiguero, las campanas de los baluartes llamaban a todos sobre las armas, y una segunda compañía del batallón de la ciudad partía hacia el acceso de tierra firme.

El sargento Lope García había tenido el tiempo justo de alertar al Luisillo del Tablón y regresar a la carrera a su puesto.

Desde las almenas habían advertido que una barcaza de los galeones, se adentraba en el puerto portando estandarte de Castilla y seña de paz.

Todo aquello le iba pareciendo cada vez más insólito a Don Francisco, el gobernador de la plaza, puesto que parecía que ambas embajadas, la de tierra y la del puerto iban a coincidir…

En el muelle, frente al embarcadero al que se acercaba la barcaza, Rafael Cabrera sonriente aguardaba junto a los postes de amarre.

-¡Buen día tengan vuesas mercedes!- exclamó el joven al coger el cabo que el grueso y amenazante Rodrigo Menéndez le largara.

-¡Bien hecho Rafael!- le respondió el Maestre.

Al momento un teniente y diez soldados aparecieron en lo alto del muelle, les apuntaban con arcabuces. Los recién atracados haciendo caso omiso de la amenaza iniciaron el desembarco, el imponente Rodrigo el primero, y a continuación Antonio Sigura, Pedro Cárdenas, Alfonso García y Luque y Luis de Gama, tras el cual hicieron lo mismo cuatro arcabuceros con el arma presta quedando dos en la barcaza.

-¡Buenos días señores, – dijo Sigura descubriéndose-, hemos desembarcado portando estandarte de Castilla y enseña de paz! ¡Nada temáis de nosotros, tan solo deseamos presentarnos ante la autoridad de la plaza!-

-¡Seguidnos!- desde lo alto el enjuto y joven oficial les hizo una seña con la cabeza cubierta con yelmo para que se les unieran.

Conforme avanzaban hacia el pie de los bastiones, desde la avenida del centro advirtieron que otra embajada, esta más corta, iba a converger con ellos al pie de las almenas.

-¡Ahí están el cabo Julián y Don Baltasar…!-masculló Sigura- ¡Hasta aquí todo perfecto!-

Ambas embajadas fueron introducidas en la fortificación y conducidos, plataforma tras plataforma hasta lo más alto de las almenas donde el gobernador y el comandante de la plaza les aguardaban.

 

En lo alto de El Tablón, en la azotea, Álvaro y los suyos contemplaban el fondo de la rada, con los dos galeones anclados en posición de ataque.

-¡Ya los tenemos aquí, ahora vamos a repasar nuestros cometidos esta noche…!- Álvaro comentaba sin apartar la vista de los dos galeones- ¡Los dos buenos nadadores de Hernán, estarán toda la tarde pescando en una barca, al otro lado del malecón pero a la altura de esos dos buques!-

-¿Y la barca?- preguntó Don Nicolás.

-¡Dispongo de dos barcas de pesca y un esquife, amarrados en los muelles del puerto!- informó Gerardo García.

-¡Pero cuando caiga la noche,- Álvaro se giró hacia Hernán y sus dos aravacos-, amarrarán la barca y pasarán al lado del malecón de la rada, cerca de donde han anclado los galeones. Para entonces Don Nicolás y yo mismo con el esquife de Don Gerardo, les estaremos aguardando llevando cada uno de nosotros la bomba camuflada en el pellejo… Hernán estará a los remos. El objetivo de vosotros- dijo señalando a los aravacos- es subir por la popa de los galeones y limpiar el castillo de popa de centinelas!- dijo esto último haciendo el inconfundible gesto del degüello. Hernán y los aravacos afirmaron en silencio.

-¡Imagino,- empezó el alemán- , que nuestra parte consiste en prender la mecha de las bombas y saltar de los galeones!-

-¡Bien imaginado Federmann, pero una vez situada la bomba en la Santa Bárbara… ¡ ¡Es posible que debamos eliminar a otro centinela más para acceder al depósito de pólvora!- respondió el capitán acariciando su diestra a su siniestra.

-¡Veo que recordáis bien lo de Malta, Don Álvaro!- el alemán recordó una de las acciones arriesgadas que junto con Álvaro ejecutaron contra los turcos.

-¡Y a éste veterano…! ¿No le asignáis tarea?-se quejó Gerardo García.

-¡No temáis Don Gerardo! ¡Estaréis al acecho en el malecón, cerca de la barca que los dos aravacos habrán atracado en el exterior del malecón, y llevareis vuestra artillería y la nuestra por lo que pueda pasar! ¡Nos cubriréis, hasta que todos podamos embarcar en la barca y retornar a la playa de Cartagena, pero por fuera del malecón, donde estarán nuestros caballos! ¡Aprovechando la confusión de las explosiones abandonaremos la ciudad para regresar al campamento- Álvaro tranquilizó al impulsivo vizcaíno.

Las horas que siguieron fueron de tensa espera, especialmente porque la noticia de que una hueste fuertemente armada estaba a las puertas de la ciudad, extremo que les fue confirmado por el sobrino de Gerardo García en una de sus escapadas del servicio. A Álvaro, lo único que le tenía ocupado era repasar una y otra vez los pasos que debían seguir aquella noche, pensaba que si lograban hundir los dos galeones forzaban a Sigura y sus seguidores a proseguir por tierra, y ello les anulaba una importante ventaja, la hueste del oficial de la Inquisición sería cada vez más vulnerable, no llevaban consigo guías expertos en el territorio de la Capitanía de Venezuela, y en cambio él contaba con Nicolás Federmann, que años atrás con su padre abrió todo el territorio, que lo conocía y en el que mantenía contactos con los veteranos de la gesta.

Flotaba en el ambiente de la ciudad la atmósfera que caracterizaba a los momentos críticos, aquel silencio tenso, los centinelas de los muelles andaban muy silentes sobre las armas, las tabernas de las plazas del puerto estaban desiertas, la ronda pasaba con más frecuencia de lo acostumbrado, se sabía que los capitanes desembarcados de los galeones andaban en consultas con el gobernador de la plaza… Todo estaba en el aire- se decía Álvaro- y por esto pesaba tanto aquella mañana templada y soleada que cerraba el mes de Septiembre.

Comieron con una cierta frugalidad, y vieron partir a los dos indios acompañados por Gerardo García que les llevaría hasta la barca, para que no tuvieran dificultades con los centinelas del muelle.

Cuando regresó el encomendero, les comentó que los centinelas andaban con mucha suspicacia, pero que un patrono de barca le había reconocido como dueño de su embarcación y finalmente no hubo más problemas, los dos aravacos habían podido salir a pescar.

Por la tarde, Álvaro quiso repasar el armamento a llevar, y por supuesto el estado de las dos mechas ocultas en los pellejos, así como su anclaje a los barriles de pólvora; todo estaba correctamente dispuesto.

Y llegó la hora de partir. Hernán, Federmann y él mismo, con los pellejos a la espalda se encaminaron hacia el esquife. Era de noche, y curiosamente, de las negociaciones no había trascendido nada en la ciudad, y de la hueste detenida en las puertas de la ciudad, ni rastro.

El grupo atravesaba con parsimonia la zona de las plazas del puerto, algunos puntos de luz señalaban los puestos de los centinelas en los muelles, sabían que el esquife estaba amarrado junto al malecón, allí un antiguo almacén de pescadores les serviría de cobertura para pasar a los embarcaderos en el momento que los centinelas estuvieran pendientes de otra cosa.

Llegaron sin más inconveniente junto a las ruinas del viejo almacén, con mucho cuidado de no hacer ruido. Al otro lado de las paredes semiderruidas y desconchadas, se había habilitado un puesto de centinela, un fuego en el suelo daba calor a los dos guardias que no estaban de ronda, los hombres miraban fijamente el fuego y la marmita que sobre él contenía un cocido del cual cogían una cucharada de cuando en cuando, relamiéndose a continuación y soltando exclamaciones del tenor que aquél potaje, resucitaba un muerto. Álvaro observó desde un ventanuco que uno de los guardias se arrebujaba en su capa y se daba media vuelta como para dormitar.

-¡Esteban, me echo un poco! ¡Antes de que vuelvan aquellos de la ronda, da una batida por la plaza, nada hasta las tabernas y vuelves! ¡Después me despiertas y entramos nosotros de ronda!- le oyó decir.

-¡Cuando empiece a roncar, mi cabo, saldré y aprovecharé antes para aliviarme aquí en las tapias!- respondió el tal Esteban.

El soldado cogió su arcabuz del pabellón de la escuadra, donde alabardas y arcabuces se aguantaban formando una pequeña pirámide, su cabo empezaba ya a roncar, el muchacho sonrió,-que suerte tienen algunos-, pensó. Al otro lado de las paredes medio derribadas, Álvaro hacia seña de guardar silencio y esconderse en rincones lo más alejados posible del medio arco por el que el soldado vendría.

El muchacho entró en las ruinas sumergidas en las sombras.

-¡Brrr…! ¡Empieza a hacer frio ya, por las noches!-susurró. Dejó su arcabuz en la pared y se encaró a la misma, hurgándose bajo los greguescos, y mientras silbaba una copla sonó el inconfundible manar de las aguas menores-¡No está mal tener la letrina, al lado del puesto, pero mejor sería si fuera una cantina…Ya podrían arreglar estas cuatro paredes, con todo el oro que corre por aquí!- dijo alegremente para sí mismo mientras recogía de nuevo el arcabuz y se perdía en la negrura de la plaza del puerto. Una vez despejado el camino, volvieron al ventanuco Álvaro y los suyos, comprobó el capitán que el cabo seguía durmiendo a pata suelta y con un gesto de su cabeza cubierta por un morrión como los de los soldados del muelle, indicó que había llegado el momento.

Pasaron quedamente ante el cabo y evitando hacer ruido descendieron los escalones de madera que daban acceso a los embarcaderos,- Bien, el esquife estaba donde Gerardo había indicado- se dijo para sus adentros El Lince. No había mucha luz, por fortuna no había luna, y el reflejo de la hoguera del muelle era suficiente.

Abordaron la barquichuela los tres, los pellejos los portaban Federmann y Álvaro. Hernán se puso a los remos y con sumo cuidado desatracaron y se internaron entre los cascos gigantescos de los galeones venidos de Castilla, el olor a mar y a calafateado se mezclaban. Las siluetas de los castillos de proa y popa, levemente iluminados por los farolillos de guardia de los puentes, se recortaban sobre el cielo estrellado, a veces los cascos estaban a muy poca distancia y era preciso con los brazos ayudarse para avanzar entre aquellos buques dormidos que semejaban gigantescos monstruos marinos. Cuando clareaban los cascos era impresionante alzar la vista a las arboladuras con sus trapos recogidos en las vergas, era una flota impresionante la fondeada en la rada de aquél puerto, solo de pensar en las fortunas que aquellos abultados vientres de madera traían y llevaban de un extremo al otro del mundo, Federmann perdía la noción del cálculo.

Lentamente y en silencio, iban saliendo del laberinto de galeones fondeados, veían con claridad la línea del malecón a su izquierda, al fondo a una milla los galeones de Sigura de costado se distinguían cerrando la boca del puerto. Aquella vez, Sigura se iba a encontrar con una sorpresa equivalente al órdago que le había planteado al gobernador de Cartagena de Indias,- pensó Álvaro-.

Finalmente distinguieron las figuras de los dos aravacos agazapadas entre las rocas del malecón, Hernán atracó junto a los dos indios, intercambiaron con el viejo aravaco unas palabras y se zambulleron en las obscuras aguas nadando silenciosamente en dirección a los dos galeones. Álvaro palmeó la espalda del leal indio, y miró a sus dos hombres que se alejaban, aquella primera fase era vital que saliera bien, y él lo sabía.

Desde los cien codos que les separaban de los buques, siguieron a sus compañeros trepando ágilmente por los nervios del castillo de popa de los navíos, estaban los tres con el corazón en un puño, finalmente los guerreros de Hernán subieron por las amuras del castillo de popa en ambos galeones. Con un gesto Álvaro indicó a Hernán que volviera a los remos, y siguieron la aproximación en sigilo. Al poco vieron como los indios abandonaban las cubiertas con cuidado de no hacer ruido alguno.

-¡Nicolás, ha llegado nuestro turno!- susurró Álvaro.

-¡Como en Malta!-respondió el alemán asintiendo. Los dos llevaban a sus espaldas los pellejos y como armamento un pedernal y una daga. El esquife se deslizaba por las negras aguas de la rada acercándose a los dos galeones sin ser descubiertos. Hernán los acercó, primero a Álvaro al “Santa Sangre” y después a Federmann al “San Martín”. Los dos con su carga a cuestas se encaramaron hasta el ventanuco de la cámara del timonel, Hernán se alejaba de los buques, mientras veía los pies calzados de simples abarcas de su capitán desaparecer por el ventanuco…

Álvaro aguzó la vista dentro del compartimento del timonel, con la ventana abierta que daba a la cubierta, la vara del pinzote estaba inmóvil, y no se oían pasos en el castillo de popa, los maderos del casco crujían levemente, y ese crepitar unido al suave rumor del mar al acariciar el buque conferían un fondo que disimulaba la respiración pesada de Álvaro, allí dentro hacía un calor considerable y había empezado a sudar, debía obrar con celeridad, se dijo. Avanzó hasta la salida de la cámara por la abertura del frente, lentamente se encaramó y repasó la cubierta de popa, allí pudo ver un marinero desangrándose junto a la escotilla de la Santa Bárbara.

-Decididamente aquellos aravacos habían realizado bien su trabajo – se dijo para sí mismo. Se escurrió por la escotilla, y estaba en la cubierta de los artilleros, justo en donde los barriles de pólvora estaban estibados y sujetos firmemente. Al fondo se escuchaban unos poderosos ronquidos,- la batería duerme-, reflexionó. De repente empezó a obrar con precisión y ligereza, con la daga abrió el pellejo y de entre la paja de relleno agarró el cabo de la mecha, dejó junto a las barricas de pólvora el pellejo y fue desenrollando la mecha, hasta salir por la escotilla, allí en la cubierta fijó la mecha, se guardó la daga, y echó mano del pedernal, que utilizó como chisquero, una vez, un fallo, sudaba copiosamente, dos veces y otro fallo, la tercera la chispa prendió en la mecha que ardió con la velocidad del rayo soltando el acre olor a azufre.

-¡Rayos…!-exclamó y como una exhalación se lanzó a la borda saltando desde allí a las aguas de la rada. Se hundió lo más que pudo para subir lentamente lo más lejos posible del “Santa Sangre”. Una terrible conmoción lo sacudió antes de salir de las aguas, y al poco una segunda, y una tercera seguida de una cuarta horrísona explosión que escucho con la testa fuera del mar…

-¡Federmann!- gritó angustiado. Las aguas de la rada estaban iluminadas por las explosiones y los dos galeones convertidos en gigantescas antorchas, las velas ardían y evaporaban sus telas convertidas en carbonilla que lentamente caía sobre las aguas que actuaban como un espejo. La escena era dantesca, alguna figura recorría en llamas las destrozadas cubiertas, y un coro de gritos pugnaba por imponerse al crepitar de aquellas enormes teas. Tras ceder al impulso de contemplar aquél espectáculo unos instantes, recordó que debía llegar lo antes posible al malecón y braceó con fuerza… A lo lejos escuchó una voz que le llenó de fuerzas.

-¡Te sigo Álvaro, no te detengas!!!- así le jaleaba Federmann que nadaba a brazo partido unas quince varas tras él. Los dos aravacos habían saltado a buscarles mientras seguían algunas explosiones todavía.

En breves momentos llegaron todos al malecón, Hernán terminaba de quebrar las tablas del esquife para hundirlo y una vez todos en el malecón pasaron al otro lado, al exterior de la rada para ayudados por Gerardo García abordar la barca y emprender el regreso hacia la playa que daba al barrio de Getsemaní.

-¡Ahí va, la hostia sagrada!-exclamaba el vizcaíno mientras remaba con fuerza- ¡Esto recuerda Lepanto!-

-¡Es lo que tiene andar en compañía de gatos…! ¡Con dos patas!- bromeó el alemán mientras se arrancaba un trozo de camisola quemada que estaba adherida a su antebrazo algo chamuscado.

Hernán miraba de hito en hito a su capitán, él viejo había visto muchas cosas, pero nada parecido a lo que el hombre que tiene garra de acero acababa de consumar, aquella capacidad de sembrar la destrucción era sin duda la causa de que los teules fueran ahora los señores de las tierras de sus viejos reyes y dioses, pensó con algo de tristeza, pero satisfecho de luchar con un jefe como aquél. La plaza no había reaccionado todavía cuando Luisillo, el del Tablón, les tendió las riendas y les vio alejarse por la playa, poco después de haber varado la barca…

 

Un poco antes de que la rada de Cartagena se convirtiera en un infierno, la negociación entre el gobernador de la plaza y Antonio de Sigura había pasado a continuar en una sala del baluarte de San Francisco Javier, habilitada como cenáculo de excepción. Habían empezado a comer, pues las posiciones de Sigura y las del gobernador se habían aproximado tras casi un día de duras discusiones, el del Santo Oficio había hecho valer su condición, y a Don Francisco de Bahamonde no se escapaba que la política de los nuevos virreyes enviados por Su Majestad el Rey Felipe, pasaba por la instauración en los nuevos reinos de la Inquisición, y que tanto Nueva España, como el Perú y Nueva Granada estaban bajo el mando de hombres afines al Duque de Alba, aquellas fuertes razones dejaron en segundo término las alertas llegadas desde Nueva España sobre extraños actos de aquellos recién llegados. Pero sea como fuere, la presencia de la feria en la plaza aconsejaba alejar huestes de hombres armados, y aquél persistente capitán mostraba una y otra vez los pliegos de unas capitulaciones, que según juraba le otorgaban capacidad para engrosar su hueste en cada ciudad en su ruta hacia los confines de la Capitanía General de Venezuela.

Don Francisco no lo veía claro, y no quería permitir la exhibición de fuerzas extrañas en Cartagena, ni dejarlas penetrar cuando el mercado de los galeones de la Carrera estaba en su apogeo. Y por más que enrojeciera aquél testarudo oficial al mostrar las firmas y sellos de la Casa de Alba, una y otra vez el notario de la plaza, miembro de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá destacado por aquellas fechas allí, negaba con la cabeza indicando que las capitulaciones para formar hueste debían estar firmadas y selladas por el Rey, y que solamente en tiempos pretéritos los Adelantados de Su Majestad, habían gozado excepcionalmente de licencia para sancionar aquél tipo de documentos y solamente si el territorio sobre el que ejercían autoridad, no estaba regularmente colonizado y en guerra.

Don Francisco estaba ya agotado ante tanta terquedad, y estaba planteando permitir un banderín de enganche por un día, que recorriera la plaza para reclutar a quienes desearan unirse a la empresa que se les había sido consagrada en la lejana Castilla. Las viandas y el vino, unidos al lógico hastío de una jornada de discusiones y negociación estaba facilitando el acuerdo sobre este punto, un día para repostar pertrechos, y para enrolar nuevos soldados; transcurridas las veinticuatro horas del primer día de Octubre los galeones embarcarían la hueste engrosada y proseguirían su ruta…

Y estaban en el detalle, cuando un sargento de puertas entró bruscamente en el castrense cenáculo.

-¡Ilustrísimo, Señor gobernador! ¡Debéis escuchar a este hombre!- el sargento arrastraba a un haraposo y maltrecho hombre herido y con el rostro desfigurado.

-¡Por las barbas de…! ¿Cómo osáis interrumpirnos, Ojeda?- el gobernador fulminó con la mirada al segundo jefe de la guardia.

-¡Señor, el alcalde de San Juan y el párroco de toda la sierra de San Jacinto han sido asesinados!- gritó el sargento.

-¿Qué?- el gobernador se puso en pie haciendo gesto de que el desdichado dijera todo lo que concernía a aquél anuncio. Pasó desapercibido, pero Antonio de Sigura se había envarado, no veía claro que aquél nuevo escenario estuviera preparado en su contra, de la misma forma que en Mérida, Dovalle se las arreglara para declararle prácticamente proscrito.

El desgraciado perdió pie, y medio arrodillado alzó sus manos al gobernador…

-¡Como oís Señor, Don Ramiro Junín y Don Pablo Illana yacen en los altos de San Jacinto apedreados, tras ser entregados por los jefes de una extraña hueste que apareció unas jornadas atrás en San Juan Nepomuceno!- balbuceaba el pobre diablo.

-¿A quién fueron entregados?- preguntó el gobernador.

-¡No sé, mi Señor!- el hombre bajó la mirada.

-¿Quiénes han sido los que han cometido la tropelía? ¡Dios mío, el párroco de la sierra y un alcalde…!-bramó el gobernador.

-¡El encomendero García de San Jacinto colaboró con la hueste extraña, Señor…! ¡La hueste que dirigía el hombre del guantelete de acero! ¡Yo a duras penas logré escapar para notificaros el crimen!- el hombre que no era más que uno de los bandoleros que habían dado por muerto en lo alto de San Jacinto, perdió el sentido.

Pero quién se había quedado lívido como si hubiera comparecido ante Satanás era Antonio de Sigura.

-¡Es él, no ha muerto! ¡Por todos los diablos!- el oficial del santo Oficio se puso rígido alzando el puño, la cicatriz que le cruzaba la abombada frente enrojeció cual si fuera un rio de sangre.

El gobernador se volvió hacia él para hacerle una pregunta, pero no pudo.

Una terrible explosión hizo temblar las copas de la mesa, al fondo en la boca de la rada había estallado una lluvia de fuego, que palpitaba una segunda y hasta una cuarta vez… Los acompañantes de Antonio de Sigura se habían puesto en pie con expresión de no tener una gota de sangre en sus venas, mientras su jefe mascullaba con un odio e ira contenidos.

-¡Es él! ¡Está aquí el muy hijo del diablo!-

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