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VII. La Octava

De cómo la Lealtad venció a la vez, a la traición y al fanatismo.

La bajada por el río era plácida, y la pequeña embarcación que Cecilia Ordóñez les había proporcionado era de manejo agradable. No era una de las famosas chatas1, sino un pequeño bergantín de río, con vela y dos remos por borda. Un barco de un palo y dos cubiertas, en el que se podían embarcar de unos veinte a veinticinco hombres.

Álvaro había querido llevar consigo a Federmann, y a Don Gerardo García, les acompañaban además Hernando y cuatro aravacos, así como el capitán Enríquez y dos de sus soldados, de forma que la tripulación la formaban once hombres que se turnaban en las tareas de la navegación.

Bernardo y los otros habían quedado en Angostura, pero si no recibían contraorden, al cabo de quince días, la expedición formada por la hueste Guay Naya y dos compañías de Angostura se dirigieran a Caño Araguao, que desembocaba en el mar océano frente a la isla de Tobejuba… En aquella ubicación, al sureste del Amacuro, situaba Guyapín, el virreinato secreto, Siete Virtudes, donde gobernaba Don Leopoldo De La Marck.

La estación estaba en su apogeo, ello representaba una tormenta diaria, con lluvia torrencial, para sobrellevar la circunstancia, Álvaro había hecho instalar en el puente, una toldilla impermeabilizada con hule, de forma que gran parte de las aguas iban directamente a las aguas del Orinoco, sin pasar por la pequeña sentina. Cuando el sol hacía acto de presencia, plegaban la toldilla mediante cuerdecillas y seguían navegando rió abajo, hacia el norte. Desde Angostura hasta la desembocadura del Caño Araguao, habían unas sesenta leguas, tres dias de navegación sin perder de vista la ribera oriental, hasta avistar Puerto Ordás, evitarían ser avistados desde el puesto castellano, y tras dejarlo atrás, regresarían a la ribera para encarar primero el ramal llamado Grande y posteriormente el Caño Araguao; el capitán Enríquez había navegado con frecuencia por aquellas aguas, infestadas de caimanes, serpientes gigantes y las feroces pirañas.

Los capitanes comentaban entre si, que aparte de los castellanos de Puerto Ordás, la navegación en el gran río serpiente, el Orinoco, no representaba peligro alguno, con los piratas de Caimán, descabezados y Don Andrés bajo tierra, con el pabellón de Angostura no debían temer nada.

Por su parte, Álvaro se mantenía apartado, en la proa, él meditaba sobre otros peligros que se avecinaban, la vuelta de Antonio Sigura a su empeño, no se haría esperar… La apetencia por acabar con el virreinato secreto, a pesar de la protección del Rey Felipe, que el de Alba había alimentado, enviaba además a aquellos asesinos para tomar a sangre y fuego las ciudades que él, a cambio de una generosa aportación había prometido defender, a gentes ciertamente despreciadas por nobles e inquisidores, un comerciante sodomita y una estirpe de marranos relapsos2 ; pero en su fuero interno se sentía mucho más digno que aquellos sicarios del sanguinario Duque.

Tenía la vista fija en el curso del río, le llevaba hacia el norte, hacia el océano, le alejaba de Angostura… Y conforme se alejaba de la ciudad de Cecilia Ordóñez, las vivencias en el corazón de la selva y del río, se desdibujaban, así como la aventura y el combate al pie del gigantesco Auyan Tepui… Le parecía inverosímil que hubiera yacido con una reina mestiza, y engendrado en su seno. Solamente la presencia de Enríquez aportaba frescura a aquellos recuerdos.

Ahora, y por espacio de tres jornadas navegarían en busca de las ciudades de Siete Virtudes, nadie de Angostura había entrado en el virreinato secreto, Enríquez en una ocasión, – según había comentado- fue escoltando a los hermanos Ordóñez y a Guyapín al puesto de la confluencia del Caño Mariuso con Caño Araguao, una especie de fuerte que tutelaba un mercado, allí se producían los tratos entre la gente de Angostura y de Maturín con los teules del virreinato, en aquella ocasión vino el mismísimo Virrey, Don Leopoldo, un gigantón entrado en carnes y risueño. El objeto de la reunión era un tratado de amistad mutua…

El objeto de la expedición, era explorar aquél territorio que debían defender de la hueste que mandaba Sigura, a Álvaro le gustaba conocer el terreno sobre el cual se iba a desarrollar la lucha, que tanto él como Sigura plantearían a muerte.

El cielo estaba encapotado, y el calor era asfixiante, el río tenía una tonalidad entre grisácea y verde obscuro, la ribera invadía con su vegetación el Orinoco, los aravacos venteaban como queriendo barruntar la lluvia.

El instinto de los indios, no erraba a pesar de estar tan lejos de sus tierras, en unos momentos el firmamento pareció estallar en una confrontación de dioses terribles, y se abrió para arrojar agua de manera torrencial… Por suerte, la intuición de los aravacos dio tiempo a desplegar la toldilla y pudieron continuar la singladura sin excesivos problemas.

Mientras recorría el camino, deshaciéndolo en muchos sentidos, Álvaro se preguntaba con qué se encontraría en el misterioso dominio de De La Marck, según Federmann que conocía tanto Flandes como las Provincias Unidas, aquella gente eran muy laboriosos, y habrían construido ciudades similares a las de su tierra, adaptadas naturalmente al clima y al lugar.

Según los Barack, el virreinato era un remanso de paz y de tolerancia, el sueño de Erasmo, en definitiva… Era posible, habida cuenta de que los De La Marck, eran un linaje muy influyente en Flandes, desde antiguo.

En la soledad del camarote, Álvaro hacía inventario del oro que le quedaba para pagar a sus hombres, y echaba su mirada hacia los instantes en los que todo empezó.

 

Al atardecer de la tercera jornada, ya estaban en Caño Araguao, era un brazo de agua en los que el gran río se dividía en el Amacuro, la temperatura había cambiado, el macareo3 agitaba las aguas del curso del ramal del Orinoco y el sabor a mar se masticaba en el aire… La frondosidad se alzaba hacia el infinito en aquellos islotes del delta, y en el horizonte se confundían los de ambas riberas en un arco de incontables tonalidades verdes. Tanto de noche como durante el dia, la jungla se hallaba en ebullición y hasta ellos llegaban mezclados los cien mil gritos de los pobladores de la selva.

-¡Hemos dejado muy atrás, el puesto de Caño Mariuso, según creo, estamos a dos leguas de ver la desembocadura, los de Siete Virtudes no pueden andar lejos!- Enríquez comentaba a Álvaro su cálculo.

-¡Muy bien, atracaremos al primer islote que nos ofrezca abrigo adecuado, pero sin amarrar a tierra! ¡Las alimañas aquí son un peligro constante!- indicó Álvaro.

-¡Y los mosquitos, una tortura!- terció Don Gerardo García, propinándose un bofetón para acabar con uno de los molestos insectos.

-¡Preparad mosquiteras, las hay bajo cubierta, Enríquez vos quedáis al mando! ¡Conmigo vendrán, Federmann y Hernando, ataviado como si fuera un criado!- precisó Álvaro- ¡Aguardad nuestro regreso!-

Tras recorrer un tramo río abajo, vieron un islote en medio del caño, que tenía una pequeña bahía, y en la cual, el pequeño bergantín podía refugiarse y permanecer a salvo de ser detectado, siguiendo el sentido común no amarraron a tierra, sino que soltaron un ancla y embrearon las sogas con el objeto de impedir la subida de las temibles serpientes que habían visto en el recorrido por el río… Los caimanes no dejaban de merodear amenazantes.

Álvaro y sus dos acompañantes bajaron a la canoa del bergantín y se dispusieron a aproximarse más a la costa, en pie Hernando, con el arco que mantenía tensado estaba presto a clavar la flecha a lo primero que amenazara la canoa.

Tras haber bogado unas doscientas varas al sur de la isla, divisaron un embarcadero en el cual no había nadie, y hacia allí dirigieron la canoa. Una vez en tierra se orientaron y cargando con sus armas se adentraron en un camino que estaba señalado por un piso de troncos, mantener aquél sendero abierto en aquella selva, había de conllevar un trabajo constante para impedir que la vegetación lo tapara- se dijo Álvaro-.

Anduvieron por el camino por espacio de dos leguas, con ropas ligeras y buen calzado, con los sentidos alerta, Federmann llevaba su mosquete preparado y Álvaro su pedernal a punto, el aravaco no soltaba el arco, y los tres miraban atentamente a uno y otro lado del camino marcado por aquella pista tapizada de rollizos de madera. Aquellos márgenes eran selva lujuriosa, poblada de monos y papagayos, alguna serpiente se mostraba amenazadora en las ramas de los quinos rojos o de los cedros y caobas, ocasionalmente se escuchaba galopar alguna bestia chaparra, jabalíes de aquella tierra o tapires, pero que el concierto de monos y papagayos no cesara era la prueba de que la fiera más temible, el jaguar no merodeaba por las inmediaciones.

Cubiertas las dos leguas, el sol se hallaba en su zenit, y la espesura clareó, frente a ellos a unas doscientas varas se divisaba una construcción, y conforme se acercaban, se escuchaban voces. Álvaro hizo señas de esconderse a un lado y otro del camino, y el grupo abandonó el camino extremando la prudencia para no hacer ruidos y no tener un tropiezo con las temibles culebras venenosas. Conforme se aproximaban, pudieron advertir que la construcción era un pequeño bastión que protegía la cabecera de un puente colgante que salvaba una garganta creada por un ramal del río. Por las voces, el puesto estaba guardado por dos guardias, y Álvaro se devanaba los sesos para tramar la forma de pasar el puente sin ser visto, y un relincho le dio la solución.

Tras unos instantes, Hernando se arrastraba como solamente saben hacerlo los indios, para cubrir las cincuenta varas de poca vegetación que les separaba del pequeño fortín, y mientras el aravaco reptaba hábilmente, sus capitanes le cubrían con sus armas de fuego.

El objetivo del indio era llegar hasta los caballos y soltarlos, para que los soldados salieran en su persecución. La treta dio su resultado y tras los corceles salieron corriendo dos soldados que vestían ropas livianas, pero iban armados con mosquetes como los de ellos.

-¡Vía libre!- exclamó Álvaro.

En momentos estaban cruzando el puente colgante mientras sonreían al escuchar las maldiciones de los dos guardias intentado atrapar sus monturas.

Una vez al otro lado, anduvieron con cuidado de avanzar ocultándose para que los soldados del bastión no los vieran, y ya una vez lejos volvieron sobre el camino de madera, pero fueron internándose en una zona en la cual la selva estaba trabajada, había senderos y montones de troncos amontonados en espera de ser arrastrados, así que lentamente fueron reduciendo la marcha, el camino sorteaba promontorios y cada vez la proximidad del mar era más evidente en el aire. Escucharon voces, no hablaban castellano, ni lengua india alguna…

-¡Es flamenco…!- susurró Federmann.

Avanzaron con mucha prudencia, y pudieron contemplar una cuadrilla que con un tiro de mulas, preparaba un grupo de troncos para su arrastre, los leñadores estaban concentrados en su labor y no repararon en los tres silentes viajeros que pasaron a unas veinte varas por el margen contrario del camino.

El camino ascendió levemente para llegar a un punto desde el cual vieron la inmensa superficie azul del mar, al fondo se divisaba la isla de Tobejuba, con un farallón enfrentado a la desembocadura del Caño Araguao, componiendo un paisaje bello. Sobre el farallón se podía adivinar una fortificación, y a ambos lados de la desembocadura se extendían dos ciudades bien trazadas, pero no al estilo de las castellanas. Mas bien le recordaban a Álvaro los puertos del Cantábrico. Ambas orillas del caño, podían comunicarse mediante un curioso puente que en su parte central era levadizo por ambos lados. El cielo, como acostumbraba en la estación, estaba encapotado y gris, amenazaba lluvia, y más les parecía estar ante una ciudad del norte del viejo mundo, que de las cálidas tierras de Venezuela.

A ambos lados de las ciudades ribereñas, hacia el interior se extendían campos cuidadosamente cultivados, evidentemente lo planteado por Federmann sobre la laboriosidad de aquellas gentes lo estaban contemplando convertido en una realidad.

-¡No echemos raíces! ¡Vamos hacia allí!- ordenó Álvaro señalando a un cruce de caminos de donde partía una amplia vía que conducía a la ciudad de la ribera norte.

Los tres se pusieron en marcha, andaban a un paso vivo y se aproximaban a buen ritmo a la ciudad, podían ver ya, la muralla construida en su base, por sillares de piedra, sobre los que se alzaba una empalizada de madera, y cada doscientas varas aproximadamente, se alzaba una torre de vigía, y cada cincuenta se intercalaban bastiones construidos totalmente en piedra, y en algunos era perceptible la boca de un cañón.

Estaban a media milla y andaban por el margen derecho del ancho camino, que estaba flanqueado por altas palmeras; junto a ellos discurrían carros cargados de fruta que circulaban en su misma dirección, cruzándose con gentes que a pie o montados iban a los campos.

-¡Hemos de ingeniarnos un buen motivo para acceder armados a la ciudad!- aventuró Federmann- ¡Los usos en las fortalezas de Flandes imponen una vigilancia estricta en las puertas!-

-¡Lo cierto es que, hemos de negarnos a ser desarmados, pero creo que llevo algo encima que puede abrirnos camino!- respondió Álvaro palpándose sobre el jubón de ante. Hernando, como es común entre los de su raza andaba silente y atento a todo lo que le rodeaba.

Un cuarto de hora más tarde tenían la puerta a la vista, era de piedra y de unas diez varas de ancho y quince de alto, estaba tras un puente levadizo que salvaba un foso y se podían observar las recias hojas de la puerta, así como el rastrillo… La patrulla de la guardia estaba compuesta por cuatro soldados y un cabo, éste de indudable aspecto tudesco, entre los soldados había tanto castellanos como flamencos.

Conforme se acercaban a la puerta, adoptaron posiciones formales, Álvaro al frente, a su izquierda y ligeramente atrás, Federmann y tras ellos dos, con el arco colgado al modo de los aravacos, Hernando cerraba la marcha de la exigua columna.

-¡Dejadme hacer!- susurró Álvaro.

Uno de los soldados, castellano por el aspecto, les salió al paso partesana en mano, algo atrás el cabo miraba con insistencia a Federmann y su mosquete.

-¡Alto ahí!- ordenó- ¿A qué venís, a Prudencia?-

-¿Prudencia?- dijo entre extrañado y divertido Álvaro.

-¡Ese es el nombre de esta villa viajero!-se envaró el guardia- ¡Os repito! ¿Qué venís buscando?-

-¡Más que, el qué, tendríais que preguntar quien!- respondió Álvaro.

-¡Bien, pero primero…!- el cabo sin lugar a dudas un tudesco o flamenco, se adelantó hasta ponerse junto a su soldado- ¿Quienes sois, vuesas mercedes?- el cabo se expresaba bien en castellano, aunque con ligero acento.

-¡Éste es Don Nicolás Federmann, estanciero del Sinú, e hijo del notable Nicolás Federmann, descubridor y conquistador que sirvió a las ordenes de los primeros adelantados del Reino Nuevo de Granada…!- respondió señalando a su compañero- ¡Yo soy Álvaro de Sobrarbe, capitán al servicio del Adelantado Don Gonzalo Dovalle, en Mérida de Yucatán! ¡En cuanto al indio, es nuestro criado!-

-¿ Y eso…?- preguntó el cabo señalando el mosquete de Federmann y el pedernal de Álvaro.

-¡Escuchadme atentamente cabo, ya os he informado de que somos gente de armas, y no pensamos desprendernos de ellas, y ya, que no pedís a quien deseamos ver, os pediré como capitán al servicio de un Adelantado del Rey, que nos llevéis a la presencia de Don Alejandro Tillingstein!- Álvaro se envaró con su diestra apoyada en el pomo del pedernal.

El cabo frunció el ceño y ensombreció más su expresión, y a punto estuvo de dar un paso atrás en actitud defensiva.

-¿Conocéis al comandante Tillingstein?- el cabo escrutó con su mirada la expresión de Álvaro.

-¡Tenemos amigos comunes, y también enemigos comunes!- respondió con altanería Álvaro.

-¿Y deseáis ver a alguien más de la ciudad?- quiso saber el tudesco.

-¡He de encontrar los almacenes de un comerciante de Portobello, de Don Manuel Cabrera!- siguió Álvaro.

-¡Bien, en cuanto al comandante Tillingstein, se halla en Santa Fe, en la isla y no creo que os pueda recibir hasta mañana! ¡En lo que concierne a los almacenes de Cabrera, estáis de suerte, ya que están aquí en Prudencia!-precisó el cabo- ¡Podéis pasar, pero las armas, se quedarán aquí en el cuerpo de guardia, y se os devolverán cuando partáis!-

-¡De ninguna manera, vamos a dejar nuestras armas!- soltó Álvaro- ¡Cuando vuestro comandante sepa de las dificultades que nos ponéis, dudo que veáis el sol en unas cuantas semanas! ¡Cabo, os he dejado muy claro que mi rango es de capitán!-

Álvaro se percató de un titubeo en el jefe de la guardia, y quiso aprovechar el momento.

-¡Accedo a ir escoltado, pero en caso alguno desarmado!- cerró El Lince.

-¡Bien, sea como decís!- concedió el cabo- ¡Tendréis que esperar a que venga la escolta o mejor aún, nos relevan en media hora, nosotros mismos os escoltaremos hasta Santa Fe!-

Entraron en el cuerpo de guardia, bajo el arco de piedra impresionante; en el interior del baluarte de la puerta, unos candiles apenas rompían la lobreguez de la estancia. Una guardia numerosa dormitaba en jergones, alrededor de una mesa con un cabo de vela, los del retén miraban de hito en hito a los visitantes, a la izquierda en la pared, un armero con mosquetes como el de Federmann, alabardas y partesanas constituía el arsenal de la guardia de la puerta principal de la villa de Prudencia.

Bajo la luz mortecina, tanto a Álvaro como a Federmann, les acudió el recuerdo de los cuerpos de guardia de las fortalezas del Mediterráneo, que como aquella estaba impregnada de olor a orines y sudor, amén de otras excrecencias que provenían del pequeño retrete adosado al cuerpo de guardia y del que salía un gigantón pelirrojo con la beatifica expresión de haberse aliviado.

-¡Por vida de…!- exclamó Álvaro- ¡Caspar! ¿Eres tú?-

-¡Hell…!- respondió bramando el soldado- ¡Que me cuelguen si no es el fantasma del Lince!-

-¡Eh…!- Álvaro impuso silencio con el dedo sobre los labios- ¿Qué demonios hace un teniente de lansquenetes, aquí de soldado?- a todo esto, Federmann había puesto ojos como platos al ver aquél antiguo camarada de armas de los hechos de Malta.

-¡Sht…!-musitó el gigantón- ¡También yo necesito silencio!- el resto de los del retén se giraron un momento, pero estaban demasiado adormilados para interesarse por las historias de nadie, lo que ansiaban era que llegara el relevo y tomar su día de descanso.

El soldado empezó a murmurar para que sus compañeros no pudieran oírle…

-¡Estoy aquí de cacería, el general Grass, el jefe de los lansquenetes que el Papa aportó a la armada cristiana de Lepanto, me envió con un grupo de camaradas, en busca de un desertor que habiendo robado el tesoro de nuestro ejército, pasó a estos reinos de las Indias…!- les confió el soldado.

-¡Así pues…! ¿Hay otros lansquenetes con vos?- preguntó Federmann.

-¡Somos cinco!- musitó Caspar.

-¿Todos de Lepanto?- se interesó Federmann.

-¡Es una buena noticia!- sentenció Álvaro.

-¿Y vos?- preguntó el gigantón, mientras se alejaban de los del retén, hacia el interior de aquella lóbrega sala.

-¡Debo ver a un amigo, el cabo de guardia me ha ofrecido escoltarme hasta Santa Fe, para que me reciba!- respondió Álvaro.

-¿Quién es?- preguntó el gigantón- ¡Puedo ayudaros a que no tengáis demora en la recepción!-

-¡Don Alejandro Tillingstein, creo que tiene el grado de comandante!- le confió Álvaro.

-¡Le conozco personalmente, efectivamente es el comandante de la fortaleza de Santa Fe del Coral! ¡Es un hombre de confianza del virrey! ¡Le ha puesto al mando de la guarnición de la isla de Tobejuba!-

-¡Yo le conocí en Malta, formaba parte de una unidad de caballería flamenca!- precisó Álvaro- ¡He vuelto a verle como correo en el Yucatán, hará unos meses! ¡Y ahora lo vuelvo a encontrar como comandante!-

-¡El comandante, es uno de los hombres fuertes del virreinato, se dice de él que es luterano, pero yo no lo creo, me parece más bien seguidor del gran Erasmo! ¡Y para mis adentros, ello le honra! ¡No sé como pensáis vos al respecto, pero no os veo como un fanático!- el lansquenete dio su opinión. Álvaro le palmeó la espalda, en señal de camaradería.

-¡ Así pues…! ¿Me ayudareis, a entrevistarme con él?- preguntó Álvaro.

-¡Podéis contar con ello! ¡Además según decís, os he de escoltar!-bromeó Caspar.

Siguieron caminando hasta el fondo, una puerta recia cegaba la inmensa sala abovedada, al llegar a ella, el lansquenete abrió un portilla que hacía las veces de mirilla. A través de la ventana contemplaron las calles de una ciudad, bien distinta a las que hasta la fecha habían visitado. Junto a la puerta, un grupo de niños aguardaba para ver el cambio de la guardia…

-¡Gabriel!- Caspar llamó a uno de ellos.

-¿Qué manda vuecencia?- el mocoso se puso frente a la mirilla en actitud de firmes. Los recién llegados no pudieron reprimir una sonrisa.

-¡Que digas a Jorge que le diga a Don Alejandro, que han llegado unos amigos y que quieren verle!- ordenó Caspar lanzando una pieza de cobre.

Los recién llegados tuvieron la seguridad de que en pocas horas estarían ante el comandante Tillingstein.

El relevo de la guardia, fue mas bien vistoso, como lo era en Flandes, en los principados tudescos o en la corte imperial, aquellos soldados lucían morriones de metal, de ala ancha y emplumados con colores vivos, como los de los papagayos. Las alabardas semejaban un pequeño bosque andante que se alzaba sobre soldados elegantemente ataviados y protegidos con loriga y coselete.

Tras el breve ceremonial, los tres recién llegados a Prudencia rodeados por la guardia saliente atravesaban la ciudad, que a diferencia de las castellanas no se hallaba muy concurrida. Las casas recordaban en su forma las del norte de Castilla, con los balcones a rebosar de las flores de aquellos parajes, las calles principales estaban pavimentadas con tablas de madera calafateadas, lo que provocaba al paso de la marcial comitiva, el estruendo del paso de veinte hombres armados sobre la madera. Ellos se habían puesto a la altura del amigo Caspar.

-¿Dónde está la gente aquí, Caspar?- preguntó Álvaro.

-¡Oh…! ¡En el campo, trabajando! ¡En sus talleres u oficinas! ¡Aquí nadie permanece ocioso, me recuerda mi Zurich!- respondió ufano el gigantón pelirrojo.

El grupo desembocó, tras cruzar un puente que salvaba un canal, a una plaza en la que había un enorme mercado cubierto por un porche alzado sobre ocho columnas por lado, era una construcción cuadrada, y allí, sí, vieron gente, por cierto sumergidos en una actividad febril, vendedores, compradoras, carreteros que trajinaban con hortalizas o carnes y pescados.

-¡Mucho rubicundo en Prudencia!- soltó jocoso Federmann, que se sentía en la Alemania de su padre.

-¡Mucha rubia, veo yo!- respondió en el mismo tono Álvaro.

Hernando andaba tras ellos, sin soltar su arco, y atento a aquellas maravillas que surgían ante él. Jamás había estado en una ciudad poblada por gente tan blanca como aquella.

Dejando atrás el mercado encararon una amplia calle, al final de la cual se intuía un muelle, los palos de las embarcaciones y el vuelo de gaviotas lo hacían patente, además el aroma salobre del océano se podía masticar. El calor era intenso, era la quinta hora de la tarde, del veinte de febrero de mil quinientos setenta y cuatro- según el cálculo que mentalmente llevaba Álvaro- y poco faltaba para que se cumpliera el año del inicio de aquella jornada, en la que Álvaro esperaba dirimir de una vez por todas el contencioso que venía manteniendo con Antonio Sigura.

Efectivamente, en unos momentos, se hallaron en un muelle, que daba al Caño Araguao, en el muelle estaban atracadas muchas embarcaciones, el movimiento de mercancías era continuo, así como el trajín de los carromatos que venían a recogerlas. Al fondo, en la mitad de la desembocadura del caño, que recordaba una ría de las Vascongadas, impresionaba la isla de Tobejuba, que presentaba un altivo farallón, sobre el que se alzaba una fortaleza de grandes dimensiones.

Un pequeño jabeque con vela tarquina, se aproximaba al muelle, el marinero de proa llamó la atención del cabo que mandaba la guardia que los escoltaba.

-¡Eh…! ¡Los de la guardia, venimos a recogeros para llevaros a Santa Fe!- el marinero, era sin duda natural del sur de Castilla, por su acento podía ser de Tarifa o de Algeciras, pensó Álvaro, que había tenido bajo sus ordenes a un pelotón de soldados de los Tercios de Italia, que eran naturales de Cádiz, Jerez, Tarifa y Algeciras .

Embarcaron todos en el jabeque que puso proa a la isla. Conforme se aproximaban, veían más cerca el farallón de roca clara, moteada de helechos y otras plantas propias de aquellas latitudes.

El embarcadero de la isla de Tobejuba, resultó ser un malecón fortificado que guardaba una amplia rada de aguas tranquilas. En el almenar del malecón asomaban las bocas de al menos diez culebrinas, y el movimiento de soldados de guardia era evidente.

Accedieron al interior de la rada, desembarcaron y allí mismo un criado mestizo aguardaba al cabo, al que le confió algo en voz baja, lo que sin duda eran instrucciones,

-¡Ha habido suerte!- sonrió Caspar- ¡El comandante, os reclama!-

Empezaron una ascensión por un camino amurallado que en zigzag, se iba encaramando hasta llegar a un bastión formado por dos torreones unidos por un muro en que se abría una puerta guardada por un rastrillo y hojas de puerta tan recias como las de la entrada de Prudencia. Tras responder Caspar por su presencia allí franquearon el portón para hallarse ante un puente levadizo que salvaba una amplia grieta que hacía las veces de foso ante la puerta de la fortaleza, de la misma estructura y defensas que la del bastión, y situada bajo una poderosa barbacana, al estilo de los viejos castillos. En la barbacana ondeaba una bandera, blanca con la cruz festoneada de Borgoña en su interior, y el borde estaba bordado con un marco en el que se alternaban los colores amarillo, verde y rojo. Junto a la bandera, el estandarte de Flandes con su león negro sobre campo de oro estaba acompañado por un pendón que representaba una cabeza de jabalí negra sobre paño rojo.

Caspar que advirtió la curiosidad de sus escoltados les señaló las tres enseñas:

-¡La bandera, lo es del virreinato, y lleva la cruz de Borgoña en honor al César Carlos, el padre de Felipe, el Rey, a su derecha el estandarte de Flandes, la tierra de los De La Marck, y a la izquierda el pendón de la casa De La Marck y Sinclair!- dijo ufano.

Franquearon la guardia de la puerta y penetraron en la mole de piedra y madera que constituía aquella fortaleza.

Los recibió Alejandro Tillingstein en una estancia noble, en cuyo fondo ardían unos leños, el comandante los esperaba en una larga mesa sobre la que habían apetitosos manjares, el tudesco se levantó de su butaca y se dirigió para dar la mano a Álvaro.

El comandante ordenó a Caspar que los dejara solos, y tras ello les invitó a sentarse a compartir mesa para cenar.

Durante la cena el comandante reveló que había recibido noticias de dos huestes que se perseguían mutuamente enzarzados en una lucha continua, y también, que había supuesto que se trataba de él y de los que desde Castilla acudían a matarle. Se interesó por Federmann, que precisó que su familia procedía de Ulm, en Bavaria del viejo principado de Suabia, y les reveló que su origen era Emden en tierras de Hannover, frente a las costas zelandesas. Recordaron los tiempos de Malta, en los que no intimaron, pero batallaron en el mismo campo para liberar la fortaleza de los caballeros del asedio de los otomanos y al mismo tiempo se vieron envueltos en la conspiración que pretendía acabar con Frey Jean de la Valetta, Gran Maestre de la Orden del Hospital.

Álvaro se interesó por el viejo Eleazar, al que pudo conocer a bordo del “Amberes” en los principios de la esforzada jornada, y solicitó a Tillingstein salvoconducto para él y sus compañeros para recorrer el virreinato, deseaba ver a Don Manuel Cabrera que le había comentado el cabo de guardia de Prudencia, se hallaba en dicha ciudad.

-¿Para qué deseáis visitar el virreinato?- pregunto el comandante.

Álvaro le hizo un resumen de lo que sabían, que los de Sigura se hallaban en algún lugar de la costa de Venezuela ampliando sus fuerzas para lanzar un asalto a Siete Virtudes, así como que posiblemente obtendrían ayuda de los partidarios del difunto Andrés Ordóñez, situados en Maturín y Paria. Acabó revelando que su hueste, apoyada por fuerzas de Angostura, se presentaría a las puertas de Prudencia en dos semanas, para unirse a las fuerzas del virrey. El comandante, agravó su expresión.

-¡Estos términos deben ser conocidos por el Virrey, Don Álvaro!- exclamó lacónicamente, el comandante de la fortaleza de Santa Fe del Coral- ¡Mañana por la mañana tendremos audiencia con Su Excelencia, Don Leopoldo! ¡Ahora rematemos la cena, y apuremos el vino que nos viene desde el Mosela!-

Fueron alojados en cámaras que desde las ventanas podían contemplar el océano, era ya noche cerrada y algunos puntos de luz señalaban la actividad en la fortaleza y sus alrededores.

El bueno de Tillingstein les dio a elegir entre ron jamaicano o de La Española para subir a sus alcobas. Mientras los visitantes de Santa Fe, se retiraban, Alejandro Tillingstein escribía un billete y había ordenado llamar a un emisario.

-¡Toma, Carlos, ve a la ciudadela y entrégale esto a la guardia! ¡Es para su Excelencia el Virrey!- el muchacho saludó y partió con celeridad.

Unos pisos más arriba, en la alcoba que le había destinado, Álvaro, antes de echarse en la cama, paladeaba a sorbos un vaso del ron añejo que el comandante le había aconsejado. Entre trago y trago, empezó a desnudarse, dejándose solamente los calzoncillos, largos hasta la rodilla, y los cintos con el oro, algo aflojados. Se deshizo del guantelete y observó con naturalidad la mano mutilada, hizo movimientos con los muñones a modo de ejercicio, solía hacerlo cada noche. Un segundo trago, la botella forrada de rafia estaba a tres cuartos. Sintió sueño, y tras dejar bajo la almohada el pedernal, asió con la diestra la daga y se cubrió con la sábana. Sus alcobas estaban altas, quizás en un torreón de la fortaleza, allí arriba no llegaban los mosquitos, descansaría bien toda la noche. Antes de cerrar los ojos, agradeció dormir solo, los pensamientos que le venían estaban centrados en Castilla, en Isabelita de Mendoza, en España… La locura de la selva y el rio, las serpientes, la reina sacerdotisa… Todo ello se perdía en una neblina. Finalmente los párpados se cerraron y las sombras del sueño se cernieron sobre su mente.

Al amanecer, unos sirvientes aparecieron con agua y toallas, y otros arreos para la higiene de la mañana. El cielo seguía encapotado y una fina lluvia semejaba una cortina tenue más allá de la ventana; al fondo el mar se embravecía con las primeras luces del día que se marcaban en un reflejo que daba a las nubes y mar del horizonte una tonalidad metálica.

Fueron llamados a almorzar, y lo hicieron al modo de los países del norte, carne, pan de centeno y huevos con fruta y vino.

-¡Amigos, tenemos audiencia con su Excelencia el Virrey!¡Lo que veréis os asombrará!- dijo alegremente su anfitrión. De reojo, Álvaro miraba a Hernando, el aravaco comía como si llevara siglos de ayuno. Una vez saciado el apetito, se pusieron en marcha.

Habían recorrido el interior de la fortaleza por estrechos corredores, para salir a una almena desde la que se divisaba la continuación de la isla… Frente al torreón en cual estaban, en el otro extremo, al norte, se levantaba otra fortaleza, ésta circular, en la que ondeaba el pendón de los De La Marck, entre ambas fortalezas, recorriendo la carena que unía ambos montes, se alzaba una muralla en la que se intercalaban tres bastiones…

A la izquierda en la vertiente de poniente, una escarpada pendiente rocosa, de más de quince varas se abatía sobre el mar, que rompía con violencia contra rocas y arrecifes de los salientes, y se remansaba en las pequeñas calas que la fuerza del océano había esculpido en la roca.

En la otra vertiente, la oriental, una pradera bajaba dulcemente hasta una villa de tamaño semejante a Prudencia, pero con un muelle y rada importante, en el que estaban atracados galeones , bergantines de cabotaje amén de otras embarcaciones marineras de menor eslora y calado. Destacaba un galeón armado que ondeaba bandera del virreinato.

-¡Increíble!- exclamó Álvaro-¡Nadie hubiera adivinado que tras la fortaleza había esto!-

-¡Ya os he advertido que lo que contemplaríais, os causaría una gran sorpresa!- comentó Tillingstein- ¡Pero, no perdamos tiempo! ¡Seguidme!-

El comandante se perdió en una hendidura de la pared del torreón, donde se iniciaba el descenso por una escalera de caracol hacia niveles inferiores. Contaron más de sesenta escalones hasta salir a una portezuela fuertemente protegida, allí les aguardaba un carruaje al que subió el comandante, invitando a sus huéspedes que hicieran lo propio. A una orden de Tillingstein, el carruaje se puso en movimiento y la puerta se abrió. Álvaro y sus compañeros pudieron percatarse que se hallaban en la almena de la delgada muralla que conducía a la fortaleza circular del norte… El carruaje inició el recorrido por la vía central entre almenas a buen paso, desde allí arriba por los ventanucos de la carroza, podían contemplar el mar encrespado bajo el cielo gris y nublado, que a trozos clareaba en tono a causa del sol. Fueron pasando por los pórticos de los bastiones, uno tras otro, hasta verse ante la fuertemente guardada puerta de la Ciudadela de Santa Fe del Coral, como la llamaba Alejandro Tillengstein. Puente levadizo, bajo barbacana, parados por la guardia antes de elevar el rastrillo, y observando portalones de roble o de caoba de un grosor descomunal, en el patio de la guardia, pudieron contemplar los arbotantes y baldas gigantes, preparados para trabar la impresionante puerta interior en caso de sitio.

El interior que estaban viendo sin bajar del carruaje, era una obra de ingeniería militar que Álvaro solamente había visto en el puerto de Cádiz o en la ciudadela papal de Roma, el castillo de “Sant Angelo”.

Un camino practicable por carruajes en ambos sentidos, iba ascendiendo a los anillos de defensa que uno tras otros iba ascendiendo hasta la torre de homenaje central, una auténtica mole pétrea sobrevolada por las graznantes gaviotas y otras aves marinas… El carruaje seguía por dicho camino en forma de espiral como la cáscara de un caracol, atravesaban puertas defendidas, la voz del comandante era suficiente para franquear el paso. Finalmente, llegaron hasta un enorme patio circular en el que un edificio fortificado presentaba en sus ventanas el carácter de palacio, dicho edificio era circular también y de su centro emergía la enorme torre de planta redonda. Fueron a detenerse a un recinto marcado por muretes, en el cual permanecían monturas y otros carruajes, una puerta amplia y recia estaba guardada por dos soldados con mosquete; el interior al cual accedieron a pie, era un corredor abovedado en media caña, en el que se intercalaban cuatro rastrillos recios, garitas con aspillera y un puente levadizo que salvaba un pozo en la mitad del recorrido que tenía unas cincuenta varas.

-¡Más parece una mina que otra cosa!- exclamó Álvaro.

-¡Toda la piedra que tenemos sobre nuestras cabezas es la última muralla para sostener la posición en Santa Fe del Coral! ¡Esto es la capital y el corazón del virreinato!- ilustró Tillingstein, justo antes de volver al exterior, aparecieron en unos cuidados jardines, de aspecto laberíntico, por los que el tudesco los iba guiando hasta llegar a una puerta encristalada ricamente como si fuera un rosetón o un vitral de catedral.

Tras la puerta, dos alabarderos, con yelmo flamenco, greguescos acuchillados con los colores del estandarte de Flandes, oro y negro, y esperándoles, un sirviente ataviado con gorra emplumada y luciendo los mismos colores.

-¡Esto es una corte de la vieja Europa! ¡Esto es un trozo de Flandes, en las Indias!- exclamó perplejo Álvaro.

-¡Y de los principados alemanes, y de Saboya, y de los valles helvecios! ¡Don Álvaro…! – corrigió risueño Tillingstein.

Deambularon por un pasillo, adornado con cuadros que representaban mayormente escenas mitológicas y tipos humanos del lejano norte europeo. Hernando, el aravaco, estaba maravillado, nunca hubiera imaginado que podría ver algo como aquello, las ciudades y palacios castellanos que había podido ver, eran más pobres y descuidados. Álvaro reflexionaba, que posiblemente ni en Lima, ni en Méjico, hallaría un lujo como el que encontraba allí.

El criado abría la marcha, seguido de cerca por Tillingstein, a la misma altura que Álvaro, Federmann y el jefe aravaco les seguían.

Finalmente llegaron a una puerta, enmarcada en ricos cortinajes, sujetos a las jambas forradas de maderas barnizadas y relucientes.

-¡Adelante, Alex, pasad y presentadme a nuestros visitantes!- una voz gruesa y profunda ordenó en tono autoritario que entraran en la sala, una estancia amplia, con ventanales encristalados en vivos colores. La sala estaba destinada a recepciones, y allí sobre un trono trabajado con preciosismo, con majestad se hallaba sentado un gigantón musculado y con importante barriga, los mofletes de un rojo subido estaban enmarcados en una cuidada barba pelirroja, como sus cabellos. Las vestimentas de Don Leopoldo De La Marck, reflejaban ostentación y elegancia… Con un gesto de la mano, indicó al criado que se retirara, lo cual hizo prestamente.

-¿Y bien, Alex? ¿Quiénes son estos caballeros?- preguntó el virrey.

-¡Éste es el hombre de quien os ha hablado Eleazar, y yo mismo…! ¡En Castilla era conocido entre nuestros comunes enemigos, como El Lince!- respondió el comandante del fuerte Santa Fe.

-¿Es el mismo que desde Portobello, ha tenido en jaque a los enviados de la Inquisición?- preguntó distraídamente Don Leopoldo.

-¡El mismo…! ¡Y según parece, también ha sido el elegido por la hija de Ordóñez para solucionar las diferencias que mantenía con su hermano Andrés!- amplió Tillingstein.

-¡Pero…! ¡Nos han dicho que ese soldado, luce un guantelete!- el virrey se removió en su trono. Álvaro se sacó el guante de cuero de la izquierda, mostrando el guantelete de acero, que relucía como una garra metálica.

-¡Aquí tenéis la prueba que solicitáis!- dijo lacónicamente Álvaro- ¡Y si deseáis saber más de mí, estos caballeros que me hacen el honor de acompañarme, Don Nicolás Federmann, el hijo del que fuera gran descubridor en las tierras de Venezuela, y Hernando, cacique de los aravacos que moran entre el Darién y Acandi, en aguas del Urabá, os pueden dar más señas de mi persona!- el virrey se quedó contemplándolo fijamente con sus ojos metálicos y grises, que no dejaban traslucir emoción alguna.

-¿Y ese mosquete…? ¡Esa arma, si no es nuestra…!- dijo el virrey- ¡Lo parece!-

Tillingstein, carraspeó y suavemente tomó la palabra.

-¡Excelencia…! ¡Me tomé la libertad de entregar yo mismo dos de nuestros mosquetes, a nuestro huésped, ya que Messer Eleazar, depositaba en él toda su confianza para detener a las gentes del de Alba, que sin duda llegarán hasta aquí!-

-¿Eleazar? ¡Bien!- siguió el panzudo virrey- ¡De todos modos, me queda por aclarar dos cuestiones harto importantes! ¡La primera, es…! ¿Cómo han llegado hasta la villa de Prudencia, solos, sin ser escoltados por la guardia del puente de Mariusa?-

-¡Aprovechamos un momento de distracción de vuestros soldados, Excelencia!- respondió Álvaro. Tras él Federmann no soltaba el mosquete y se maldecía por no llevarlo cargado.

-¡Ya veo, sois gente de cuidado y arrestos…!- soltó Don Leopoldo, mientras Tillingstein hacía lo posible por reprimir la risa- ¡Pero la siguiente cuestión, es…! ¿ A qué habéis venido, en realidad?-

-¡Excelencia…!- Álvaro adoptó un aire respetuoso y grave a la vez- ¡Debéis saber que mi conocimiento con Messer Eleazar resulta de un trabajo que me encargó y pagó generosamente…! ¡Ese trabajo consiste en defender este enclave de la agresión que los enviados del Duque de Alba, planean ejecutar sobre éste, vuestro virreinato! ¡Pero debéis saber que a su vez, un rico comerciante de Portobello, con casa en Prudencia, según me han dicho, reforzó los medios que Messer Eleazar había provisto!-

-¿Un comerciante? ¿Qué comerciante?- inquirió el virrey.

-¡Don Manuel Cabrera!- respondió viva pero secamente Álvaro.

-¡Hum! ¡Este soldado de fortuna, comandante Tillingstein, viene acompañado de muy buenas credenciales!- comentó en tono divertido Don Leopoldo- ¿Y cómo pensáis salvar Siete Virtudes de las garras de los albistas? ¿Con vuestro mosquete y espada, Don Álvaro, o Messer Lince, o cómo demonios os llaméis?-

-¡En dos semanas, mi hueste reforzada con dos compañías de Angostura y más de dos mil caribes, estarán a la puerta de vuestro virreinato para reforzar a vuestra gente de armas!- contestó algo molesto Álvaro por la chanza del gordo flamenco.

-¡Eso caballero, son palabras mayores…! ¡Algo me ha llegado de vuestra hazaña en Angostura y más allá…! ¡Habéis limpiado el rio de piratas, y habéis liberado a Dama Cecilia del estorbo del soberbio Don Andrés! ¡Toda ayuda, será bienvenida, cuando lleguen a nuestras puertas, esa hueste de fanáticos! ¡Pero…! ¡Poco sabemos de donde están ahora y con qué fuerzas cuentan!- el virrey decidió que había llegado el momento, a la vista de la información recibida de tomar en serio la visita de aquellos tres visitantes.

-¡Les infringimos una severa derrota en los llanos, por las fechas de la Pascua, y se retiraron hacia el norte, o a Barquisimeto o a Coro! ¡En estos momentos estarán reclutando más efectivos para su hueste, y haciéndose con lo necesario para proseguir su campaña a la vez para volver a intentar terminar con mi vida!- aclaró Álvaro.

-¿Conocéis a nuestros enemigos, Don Álvaro?- preguntó el virrey.

-¡Largamente!- respondió el Lince. La conversación adoptaba maneras amables y Federmann dejó de permanecer alerta.

Don Leopoldo, se puso en pie, y pudieron apreciar entonces cuan alto y grueso era, un auténtico gigante, de miembros fuertes y manos temibles, su cuello semejaba el de una res.

-¡Caballeros, vamos a tratar el tema en la sala de los mapas, antes de pasar a comer! ¡Tillingstein, consideraos invitado hoy! ¡Espero que correspondáis cuando visite vuestra fortaleza!- rugió el hombre, mientras sin más ceremonia abría la marcha hacia una puerta para cruzarla- ¡Decidme…! ¡Esos albistas…! ¿Son gente que haya que temer?-

-¡Excelencia…! ¿Qué fuerza podéis poner sobre las armas?- planteó Álvaro mientras le seguía junto al comandante.

-¡Siete Virtudes tiene unas treinta mil almas…! ¡La mayoría, comerciantes, artesanos y campesinos! ¡Es un estado que vive en paz, Don Álvaro! ¡Tenemos apenas mil quinientos soldados, repartidos entre las siete plazas que forman el virreinato!- dijo Don Leopoldo De La Marck.

-¿Solamente?- Álvaro se detuvo.

-¡Pensad que nuestra fuerza reside en las fortalezas, en nuestros mosquetes y artillería! ¡Esos mil quinientos, sabemos que pueden vencer a cinco mil o más! ¿Tanta fuerza reunirán esos bellacos?- aclaró el virrey, palmeando sonriente la espalda de Álvaro de Sobrarbe.

 

Una semana antes y unas ciento cuarenta leguas a poniente…

-¡Don Antonio…!- balbuceaba Rafael Cabrera- ¡Es cierto lo que os digo! ¡Don Andrés, el hombre con quien teníamos el trato, ha muerto a manos del maldito Lince!- el alférez de la Hueste Reconquista, vestido con ropas ligeras y calzado con botas de montar, permanecía firme y en pie, ante Sigura que sentado en una pequeña mesa, tenía ante sí los mapas de la zona a la cual se dirigían. Junto al inquisidor, estaban a uno y otro lado, sentados como él, Don Rodrigo Menéndez y Don Pedro Cárdenas.

El grupo estaba en una estancia iluminada por una amplia ventana, desde la que se podía ver el océano y por la que penetraba el fuerte olor marino que lo impregnaba todo. A lo lejos las voces del puerto indicaban que había actividad en los muelles.

-¡Ese maldito!- masculló Sigura- ¡Es evidente que hasta que no termine con él, no dejará de entorpecer nuestra misión, sea cual fuere!-

-¿Dónde se halla, el de Sobrarbe, ahora?- preguntó Cárdenas.

-¡En algún lugar del tramo del río Orinoco al norte del delta de Amacuro, Don Pedro!- respondió Rafael Cabrera.

-¡Bien…!- empezó Sigura- ¿Quién os comunicó la muerte de Don Andrés Ordóñez?-

-¡El capitán Octavio Ratero, don Antonio!- exclamó el alférez- ¡Es el actual comandante de los hombres de Maturín y de Paria…! ¡A pesar de que oficialmente se ha sometido a la hermana de Don Andrés, tanto él como la mayoría de sus hombres esperan el momento de sublevarse! ¡Me ha entregado esta misiva para vuecencia!- y Rafael Cabrera, alargó a su capitán general un billete sellado con lacre.

El inquisidor, agitó su cabello trigueño y lacio como si quisiera despejarse, su piel casi albina destacaba sobre la ropilla negra de terciopelo que le señalaba como un hombre de alcurnia y posición. Sobre los mapas, estaba su gorra flamenca, negra como el resto de su vestimenta. tras coger el billete y violar el lacre, procedió a la lectura de lo que en Maturín el capitán mirmidón Octavio Ratero, rebelde recalcitrante en recuerdo de su admirado Andrés Ordóñez.

-¿Con cuantos hombres cuente ese capitán Ratero?- Don Rodrigo Menéndez miró a Rafael Cabrera con cierta malignidad con su único ojo, el parche negro y la abundante barba azabache le daban un aspecto montaraz.

-¡Según él mismo nos confía en estas líneas, tiene sobre las armas quinientos hombres expertos, y algo más de otros mil, sin tanta destreza, amén de indios como tropa auxiliar y porteadores!- cortó Sigura antes de que Rafael Cabrera pudiera responder al Maestre de Campo.

-¡Eso hacen, contando con los que se han reclutado en Coro y las unidades que el gobernador nos cede, tres mil quinientos hombres…!- dijo Rodrigo Menéndez, haciendo la suma mentalmente.

-¡No olvidéis los que se unirán a Don Alfonso, en Barquisimeto y Valencia!- observó Sigura.

-¡Tampoco omitáis los marineros del nuevo “Santa Sangre” y de los otros tres bergantines!- apuntó Cárdenas.

-¡Ha sido una buena cosa recordar en la zona, la jornada de Ursúa, que murió a manos de Lope de Aguirre y sus marañones!- sonrió el Maestre de Campo- ¡Tan solo hace trece años de aquello, y aquél traidor malnacido sembró el terror en toda la región!-

-¡Yo anduve con Pedro Bravo, en aquellos días…!- comentó vivamente Rafael Cabrera- ¡Anduvimos con angustias hasta que no empezaron los marañones a desertar de su campo para unirse al del rey!-

-¿Hubo batalla final?- preguntó Sigura, con un extraño brillo en sus ojos cobaltinos.

-¡Ni un leve amago, Don Antonio!- respondió el alférez- ¡Aquel monstruo fue de todos sus hombres abandonado, y finalmente, dos de los suyos le aviaron sendos arcabuzazos y el tirano Aguirre, como le llamaban, murió, tras degollar a su propia hija!-

-¡Vive Dios, que es un final justo para tan terrible acción! ¡Siendo por lo demás un excelente augurio!- celebró con un golpe en la mesa, Sigura.

-¿Augurio…?- dijo con extrañeza Cárdenas.

-¡Naturalmente Don Pedro! ¿No veis la similitud de nuestra empresa con la de los que acabaron con el traidor Aguirre?- afirmó ufano Sigura.

-¡Perdone su Excelencia…!- quiso intervenir Rafael Cabrera- ¡Ni el capitán Pedro Bravo, ni el Maestre de Campo García de Paredes, ni el mismísimo gobernador Collado, disponían en aquellos tiempos de una hueste como la nuestra, ni en lo referente a efectivos, ni en pertrechos!-

-¡García de Paredes y Pedro Bravo, se enfrentaban a una mesnada que se había comportado como ladrones y piratas!- observó Rodrigo Menéndez- ¡Nosotros vamos a la conquista de un virreinato, señor alférez! ¡Un virreinato, del cual nadie conoce su poderío militar, y al cual sin duda se sumará el maldito Álvaro de Sobrarbe y sus gentes! ¡Toda precaución es poca, caballeros! ¿No recordáis acaso lo acaecido en los llanos de Oriente?-

-¡Difícil de olvidar, Don Rodrigo!- afirmó con gravedad el inquisidor, que se puso en pie y deambuló hasta la ventana, contemplando el puerto de Coro.

 

En el escenario que contemplaba Antonio Sigura, Luis de Gama, el caballero de Cristo, se desenvolvía bien. Tocaba revisar aparejos, comprobar que todas las embarcaciones habían sido calafateadas correctamente, y era muy importante probar la bondad de cabos, sogas y resto de cuerdas necesarias para la navegación. Desde su ventana, el inquisidor miraba con cierta malignidad las evoluciones del capitán portugués, del cual desconfiaba profundamente.

Sigura se volvió hacia los interlocutores de la sala.

-¿Cuándo embarcaremos los cañones y la pólvora, Don Rodrigo?-

-¡Pasado mañana, Don Antonio!- respondió el Maestre de Campo- ¡Estamos a la espera de una generosa aportación de Valencia! ¡Dos piezas de bronce y cien libras de pólvora con veinte pelotas de piedra!-

-¿Bronce…?- Sigura frunció el ceño- ¡A buen seguro que las tienen también de hierro, pero esas, se las guardan para su defensa…! ¡En fin, al menos aportan pólvora y munición de artillería!-

-¿Alguna instrucción concreta respecto de la artillería, Don Antonio?- preguntó Rodrigo Menéndez.

-¡Si!- respondió decidido el capitán general- ¡Y es muy importante! ¡Vos, Don Rodrigo, dirigiréis el embarque de todo lo relativo a la artillería, y al arsenal…! ¡No me confío en ese maldito portugués!-

-¡Así se hará, Don Antonio!- Rodrigo Menéndez, se puso firme al acatar las instrucciones de Sigura.

-¡Don Antonio…!- lanzó en tono de queja Pedro Cárdenas- ¿Qué tenéis contra Don Luis?-

El inquisidor miró fijamente a su amigo y oficial, en sus pupilas cobaltinas residía un fulgor de furia y de burla a un tiempo.

-¡No lo entenderíais, Don Pedro, sois demasiado noble y bueno para hacerlo! ¡Es un portugués, y por ello hostil a los castellanos! ¡Don Luis, está aquí por obligación, no por voluntad!- tras la respuesta de Sigura, se dio el tema por zanjado, todos sabían a qué atenerse, pero en su fuero interno Don Pedro Cárdenas mantenía la convicción de que Don Luis de Gama, era un buen cristiano y un excelente caballero. No podía olvidar la reacción que tuvo tras el desastre de Cartagena, él portugués sin pensarlo dejó el bastión para ir en socorro de su tripulación que se moría o por el fuego o por el agua, en la rada de la ciudad.

Mientras se debatía en estos términos en la sala de la torre del faro de oriente, del puerto de la villa de Coro, a los pies de ella, sobre los muelles del puerto Don Luis recibía una visita del priorato de su orden de caballeros…

-¡Caballero de Galeón…!- el hombre que estaba frente a Don Luis, era entrado en años, sus cabellos canos, como su barba, lo anunciaban. Se habían retirado tras unos fardos de velas y lonas que debían embarcarse, y permanecían a salvo de miradas ajenas- ¡Hemos conocido que antes de llegar al puerto de Cumaná, vuestra derrota de navegación contempla una escala en Puerto de La Cruz!-

-¡Así es, Navegante Mayor!- respondió Luis de Gama .

-¡Pues bien, desde una Orden amiga, nos ha llegado una petición!- siguió el personaje, que como Don Luis, vestía ropilla azul marino, con una cruz roja de ocho puntas sobre el pecho izquierdo-¡Vos podéis dar cumplimiento a esa petición, que nuestro Gran Maestre en Sagres, ha visto con agrado!-

-¿De qué se trata, Navegante Mayor?- preguntó Luis de Gama.

-¡Debéis recoger en Puerto de Santa Cruz, a dos hermanos de la Compañía de Jesús, uno de ellos es de Navarra, el otro es un hermano de Coimbra, recién ingresado en esa orden, militante como la nuestra, cuyo empeño es defender la causa de la cristiandad!- respondió el anciano.

-¡Al fin un cometido cristiano…!- suspiró el capitán del nuevo “Santa Sangre”.

-¡No conozco, Caballero de Galeón, la naturaleza del cometido que traen hasta las Indias!- puntualizó el capitoste de la orden portuguesa- ¡Pero no confiéis en demasía que tenga raíces evangélicas! ¡Los tiempos hermano, en nuestros reinos, no tienen el signo de las virtudes cardinales, ni tan sólo la defensa acérrima de la fe! ¡Nuestros tiempos se sujetan, a un torneo de ambiciones y vanidades! ¡Esperemos que Nuestro Señor, ponga remedio a tanta impiedad!-

-¡He comprendido, muy respetable hermano!- musitó Luis de Gama- ¿Cómo daré con ellos, en Puerto de Santa Cruz?-

-¡No temáis, vos haced la escala prevista!- respondió el anciano sonriendo- ¡Ellos darán con vos y vuestro galeón!-

-¡Así lo haré Navegante Mayor!- acató Luis de Gama.

-¡Sé de vuestras peripecias y sufrimientos, hermano, el mensaje que emitierais en Cartagena de Indias, arribó sin contratiempo a la casa de nuestro amigo de Santo Domingo, y de allí a nuestra encomienda de Belém! – el anciano adoptó un aire paternalista- ¡Este calvario toca su fin, Don Luis!-

El anciano, se retiró de forma discreta entre los fardos, tras sentenciar con sus últimas palabras, dejando intrigado al capitán del “Santa Sangre”. Recorriendo el borde de los muelles, el alto dignatario de los Caballeros de Cristo se perdió entre la multitud de marineros y estibadores, su presencia había pasado totalmente desapercibida.

Don Luis emergió del bosque de fardos, cuando vió que Rodrigo Menéndez venía en su busca, con paso decidido y retocando la posición del parche que ocultaba la cuenca de su ojo perdido.

-¿Dónde andabais?- preguntó el maestre de Campo- ¡Don Antonio de Sigura, reclama vuestra presencia en la torre del faro!-

Don Luis asintió con una sonrisa displicente, aquellos castellanos a todo le llamaban un faro, por una araña de hierro para colocar una antorcha, que tenían en lo alto de la torre, creían que tenían un faro… Sin ir más lejos que la noche anterior, en la que se combinaron viento y lluvia, las iluminarias del faro no resistieron el primer envite de la tempestad.

Dejaron atrás los muelles y su ajetreo, la torre que el gobernador de Coro, Don Pedro Bravo, veterano de la campaña contra el tirano Lope de Aguirre, había cedido gustosamente a la hueste que traía tan impecables credenciales, se alzaba en la amplia plaza que servía de almacén de los muelles de levante de Coro.

Luis de Gama, recibió estoicamente la decisión del jefe de la expedición respecto a la carga y estiba de armas y munición. Para su fuero interno prefería implicarse lo menos posible en aquella campaña, de hecho el requerimiento del Gran Maestre de la Orden, era de que se transportase aquella hueste hasta su destino. Así pues se allanó a las exigencias del inquisidor, que no podía evitar mirarle con expresión furiosa y empecinamiento. No hubo discusión, simplemente asentimiento y solicitud de permiso para regresar y comprobar que se calafateaba debidamente el galeón y los tres bergantines de Coro.

Mientras el portugués regresaba a sus quehaceres, Sigura y sus capitanes se miraron entre ellos…

-¡Que extraño!- dijo el inquisidor- ¡Ni ha rechistado, ha aceptado la orden y sin alterarse! ¿Qué nos depara ese perro portugués?-

-¡Don Antonio!- Cárdenas le llamó la atención- ¡Don Luis no merece ese trato! ¿Tan difícil se os hace suponer que finalmente admite que sois el capitán general de ésta hueste?-

-¡Olvidáis que el capitán del galeón, no es uno de los nuestros…!- respondió Sigura- ¡Y que a menudo, ha puesto en entredicho nuestras ordenes!-

-¿Después de lo de Cartagena? ¿Dudáis de su firmeza ante ese diablo de Don Álvaro?- quiso insistir Pedro Cárdenas, abriendo sus ojos en señal de pregunta.

-¡Hace tiempo de la matanza de Cartagena, Don Pedro! ¡Y él ha permanecido solo durante todo el tiempo que desde aquella ciudad hemos marchado hasta la batalla de los llanos de Oriente!- el tono de la respuesta de Sigura, no admitía réplica, por lo que Pedro Cárdenas dio por cerrado el turno, mordiéndose el labio.

-¡Dejemos estar a ese portugués, que haga bien su tarea, debo informaros que Don Baltasar se halla mejor de ánimos!- el vozarrón de Rodrigo Menéndez cambió el tercio del parlamento.

-¡Magnífico! ¿Cuándo le veremos por aquí?- preguntó Cárdenas.

-¡Está acomodándose a su nueva pierna…!- musitó el Maestre de Campo- ¡Una pierna de madera, una verdadera obra de arte!-

-¡Es un valiente, otro hubiera optado por embarcar rumbo a Castilla en el primer tornaviaje! ¡Pero Don Baltasar, ha elegido regresar al campo de batalla!- reconoció Sigura.

-¡General…!- Rafael Cabrera, en actitud firme, ante Sigura, llamó su atención para solicitar volver a sus quehaceres.

-¡Naturalmente Don Rafael, podéis retiraros!- dijo secamente el inquisidor- ¡Y gracias, vuesa merced ha realizado un buen servicio!- tras la aprobación del capitán general, Rodrigo Menéndez sonrió a su protegido.

-¿Cuándo llegarán los efectivos de Valencia y Barquisimeto?- inquirió Cárdenas.

-¡No creo que vaya más allí de una semana, y para entonces, Don Baltasar ya estará dispuesto a unirse a nosotros!- respondió el Maestre de Campo.

-¡En una semana, pues, podremos embarcar y partir hacia el golfo de Paria!- sentenció Sigura.

 

Y tal como los capitanes de la Hueste Reconquista habían previsto, al cabo de siete dias, toda la tropa, la impedimenta y las caballerías, ganado y perros se hallaban a bordo de las cuatro embarcaciones principales, a las que acompañaban cinco embarcaciones menores, que navegarían a la estela de las principales, el nuevo y flamante “Santa Sangre” encabezaría la columna, con dos jabeques de vela latina tras el galeón, flanqueando al mismo a babor y estribor. En lo alto del palo mayor, ondeaba la enseña de Castilla, y sobre el castillo de popa el estandarte de la Hueste Reconquista, con la cruz de Calatrava y el ajedrezado de la Casa de Alba, el verdadero patrón de aquella expedición.

Tras el galeón insignia, uno tras otro largaban amarras los tres bergantines asociados a jabeques o falúas, que con tripulación reducida llevaban preferentemente matolaje y ganado.

Don Luis de Gama, aprovechó el reflujo de la marea baja, para salir del puerto de Coro, no era una maniobra fácil debido a la situación del mismo, pero el viento en aquella estación permitía salir de puerto con rumbo sureste. El capitán portugués condujo la flotilla tras realizar una excelente maniobra, que las gentes de Coro contemplaron desde los muelles y el malecón.

El portugués, como capitán que era, trasteaba a menudo con la brújula, el sextante y otros misteriosos instrumentos, y a menudo convocaba a su piloto y al navegante en su camarote, frente a las cartas marinas y los mapas portulanos.

-¡Según nuestras cartas, tenemos algo más de seiscientas millas, hasta Puerto La Cruz!- comentó Don Luis de Gama a su piloto y navegante-¡A pesar de que los vientos no son adversos, no podremos superar los tres nudos de media teniendo además que mantener la formación de la flotilla!-

-¡Y ello, si no surgen contratiempos…!- observó el navegante que reclutó en Cartagena, un experto en aquellas aguas, práctico en la navegación en el Caribe y la costa de Veracruz.

-¡Con este viento debemos navegar en zigzag…!- el piloto, un portugués felizmente hallado en Santa Marta, que como Don Luis, hizo sus primeras singladuras en la escuela de Sagres- ¡Pero, a pesar de ello, podemos mantener el rumbo y en esta estación, los vientos no cambiarán de sentido!-

-¡Caballeros…!- el capitán adoptó un aire formal- ¡Tenemos entre diez y once jornadas de navegación hasta llegar a la primera escala en Puerto La Cruz! ¡Navegaremos las veinticuatro horas, y debemos mantener la costa siempre a la vista!-

-¡Bien dicho, Don Luis!- Sigura acompañado de sus oficiales en pleno penetró impetuosamente en el camarote del capitán, contiguo al de ellos…

-¡Ya os indicamos, Don Luis…!- comentó con serenidad Pedro Cárdenas- ¡Que tenemos una importante entrevista en Puerto La Cruz, y haciendo allí escala, podemos aprovechar para reponer agua potable y víveres!-

-¡Lo entiendo…!- respondió en el mismo tono cortés el capitán- ¡Y estáis en lo cierto cuando afirmáis que será necesario reponer agua y alimentos frescos…! ¡Aunque personalmente hubiera escogido un punto más cercano como los muelles de Caracas, es más cercano!-

-¡Ya era extraño, Don Pedro, que vuestro amigo portugués no sembrara cizaña!- Sigura lanzó la puya, mirando alternativamente a su amigo y subordinado y al caballero portugués. El inquisidor no llevaba bien, la simpatía que Pedro Cárdenas manifestaba hacia Don Luis de Gama.

Los arranques coléricos de Sigura, a pesar de ser ya habituales, no por ello dejaban de elevar la tensión en la relación entre los oficiales de la hueste. A Don Rodrigo Menéndez, el mal carácter del capitán general, no le afectaba, de hecho aprobaba el talante y maneras del oficial albista de la inquisición, en el conflicto de Las Alpujarras, si no hubiera sido por los arrestos de Sigura, toda una compañía de la tropa cristiana habría sido exterminada por los rebeldes moriscos de Abén Omeya.

El capitán portugués, ya se había acostumbrado a los ataques personales de Sigura, y en previsión de lo peor, recordaba con claridad el crimen cometido contra el joven noble en la travesía del océano, siempre se mantenía armado, incluso cuando dormía. Cuando estallaban los enfrentamientos de Sigura contra Don Luis, Pedro Cárdenas, sufría intensamente, él no podía dejar de sentir amistad y admiración por su jefe natural, pero el lusitano le despertaba una franca simpatía.

Baltasar Atienza, desde lo de su pierna, ahora de palo y hueso, permanecía siempre taciturno, y en su mente solamente cabía el designio de matar al maldito agente conocido como El Lince, el autor de su desgracia. En cuanto al sevillano García Luque, era notorio su seguidismo de las actitudes de Sigura, mas nadie tenía la seguridad de que fuera una postura sincera.

A todo ello, el portugués recordó que sobre la cubierta del “Santa Sangre”, él era la autoridad.

-¡Don Antonio, de aquí hasta nuestro destino final, mientras estéis embarcado, no quiero escuchar ninguna chanza más!- se llevó la diestra al pomo de la empuñadura de su daga-¡Cualquier marinero sabe que entre el origen de una singladura y el destino de la misma, conviene distribuir las escalas y descansos de manera equitativa! ¡Y sabed, que alargar hasta Puerto La Cruz, la primera etapa, es totalmente exagerado…! ¡Pero ya que vuestra maldita misión, lo precisa…! ¡Sea pues, así! ¡Aún cuando es muestra de cuán inexperto sois en el negocio de la navegación!- las últimas palabras de Luis de Gama, tuvieron la virtud de poner lívido al inquisidor, que echó mano a su acero sin desenvainarlo totalmente.

-¡Caballeros…!- Pedro Cárdenas, por enésima vez se interpuso entre los dos capitanes, el de la hueste y el de la flotilla-¡No es el momento de iniciar una disputa!-

-¡Que ese perro portugués, me desagravie, o no respondo!- Sigura estaba preso de uno de sus ataques de ira sin medida, con los ojos cobaltinos destellando y la cicatriz enrojecida, cruzando su rostro marmóreo.

-¡Caballeros…!- dijo Luis de Gama, alzando su porte-¡Está visto que vuestro capitán, no cesa de insultarme, y por lo visto, o quiere que le dé muerte, o que esta jornada se pierda en el océano tras el naufragio de sus buques!- el capitán del galeón les recordaba a todos que su muerte, dificultaría en gran modo llegar a buen puerto. Cárdenas volvió su mirada a Sigura, con un aire de reprobación.

-¡No será por mi causa, que no se ejecuten los designios que nos han traído a las Indias…!- masculló entrecortadamente Sigura, envainando ostensiblemente su espada- ¡Pero este agravio, Don Luis, no quedará así! ¡Tras la jornada del Virreinato de Siete Virtudes y acabado el miserable que envió a cien de los vuestros, al fondo de la rada de Cartagena, arreglaremos esto como lo hacen los hombres de honor!-

-¡Allí estaré para daros satisfacción!- respondió fríamente el portugués, que empezaba ya, a desear el combate con aquél personaje insufrible.

Después del enconado incidente, los castellanos salieron fuera del camarote del capitán, según Cárdenas, la brisa del puente les haría bien.

-¡He de agradeceros, Don Pedro, vuestra serenidad y prudencia, que por tal lo tomo, que no por cobardía o flojez…!- exclamó Sigura alzando su dedo de la diestra y mirando fijamente a Pedro Cárdenas- ¡Pero a ese perro de los Braganza, le he dar yo el avío que está pidiendo a voces!-

-¡No temáis, Don Antonio…!- Rodrigo Menéndez, con un brillo maligno en su único ojo, intervino- ¡Al portugués lo enviaremos al infierno, en pos de Don Álvaro de Sobrarbe!-

-¡Dios lo quiera…!- respondió Cárdenas- ¡Pero para lo segundo es preciso que Don Luis dirija la flotilla hasta nuestro destino!-

-¡En eso lleváis razón!- Sigura se fue sosegando-¡Por cierto…! ¿Alguien ha visto a Fray Anatolio, el capellán?-

Lo cierto es que ninguno de los oficiales había visto al dominico a bordo de alguno de los buques que habían zarpado de Coro, pero la pregunta inquietó sobremanera al gentilhombre sevillano, Don Alfonso García Luque, puesto que él estaba al cargo del control del embarque.

-¡Don Antonio…!- balbuceó García Luque- ¡Jamás he contemplado a Fray Anatolio, como un soldado más! ¡Ciertamente, no sé en que buque se halla, ahora!-

-¡A pesar de no ser un combatiente…!- suspiró Sigura- ¡El capellán, sostiene la pureza y salvación de nuestras almas, Don Alfonso! ¡Debéis encontrarle!-

-¡Así se hará, mi capitán general!- el hidalgo de Sevilla, hizo una reverencia y se apresuró a ponerse en la búsqueda del maldito fraile dominico. El resto esbozaron una sonrisa, a excepción de Don Baltasar, que con las manos en la borda de estribor, no perdía de vista la costa, como si buscara algo.

García Luque tardó dos horas largas en saber lo acontecido con el dominico, sus pesquisas le llevaron hasta uno de los bergantines que iban a la zaga del nuevo “Santa Sangre”. Según un centinela de pasarela, el capellán recibió la visita de un superior de su orden, y sin recoger ni tan solo sus pertenencias embarcadas, el dominico se fue tras su superior, como alma que lleva el diablo, una hora aproximadamente, antes de zarpar.

La noticia estuvo acogida por Sigura, con gran disgusto. Hasta la deserción del capellán dominico, la tropa había estado espiritualmente atendida y ello para Antonio de Sigura tenía su importancia. Intentó no mostrar su enojo, pero mirando a todos sus leales, al pie del palo mayor del galeón, a pleno sol, con la cubierta batida por el viento, lanzó una invocación poco usual…

-¡No crean vuesas mercedes que ando endemoniado, ni condenado en vida!- alzó su voz el inquisidor- ¡Ese fraile, ha sido sin duda tentado por la molicie de permanecer en convento, entre códices y cacerolas, y muy lejos del riesgo de combatir por la verdadera fe, y la Santa Iglésia Católica!-

-¡Nunca he conocido un fraile, o cura , que tanto da, hecho a bregar entre la vida y la muerte…!- chascarrilleó Don Rodrigo Menéndez- ¡Más bien los hallas en el inicio de la vida, para bautizar, o al fin de ella, para extremaunciar!-

El Maestre de Campo, había dicho la suya, y nadie añadió nada más, la experiencia de todos los presentes era una ratificación de la hipótesis del gigantón tuerto. A pesar de ello, Sigura tenía el gesto torcido, lo de que un cura se ausente de la misión de un inquisidor, despertaba su recelo, pues Fray Anatolio, por sí mismo, hubiera ido a las arenas del circo de los paganos, si no se hubiera dado una orden, un aviso, una alerta, cualquier cosa que hiciera al capellán abandonarlos espiritualmente a su suerte… Todo un ejército cristiano, sin asistencia religiosa…

Era ciertamente enojoso que un ejército destinado a imponer la voz de Dios, se hubiera quedado sin ella, y por otro lado debía encontrar la forma de comunicar una clase de trascendencia a las jornadas que llevaban a término.

En estos pensamientos se hallaba Antonio de Sigura, cuando Rodrigo Menéndez recordó algo…

-¡En estos menesteres, los curas no son más que un estorbo!- dijo el gigantón barbudo- ¡La hueste de Aguirre, los marañones, se llevaron a dos por delante, y no por ello dejaron de ser una fuerza temible!-

-¡Ea, Don Rodrigo…!- se volvió Sigura- ¡No desvariéis! ¡Nadie piensa en los sacerdotes como gente de armas! ¡Pero habéis tenido una feliz ocurrencia!-

Alrededor del inquisidor, junto a la borda de estribor, sus oficiales le miraban con asombro. De fondo percibían los gritos de la marinería que luchaba con las jarcias ajustando el velamen a la intensidad y sentido del viento. Más allá de la popa, los jabeques y el resto de la flotilla seguían rumbo y velocidad del galeón insignia.

-¿Qué queréis decir exactamente?- le susurró Baltasar Atienza.

-¡Ya que el hombre de Dios, nos ha abandonado…!- dijo con viveza el inquisidor- ¡Esta jornada estará bajo el signo de los hombres del Rey!-

-¿Los hombres del Rey?- preguntó Cárdenas.

-¡Naturalmente!- respondió el otro- ¡Nosotros somos los hombres del Rey!-

Ante una cierta incomprensión por parte de sus oficiales, Sigura les desgranó el plan de adoctrinamiento para los componentes de su tropa, y también para con el resto de autoridades con las que tuvieran trato. Recordó la loca historia de la rebelión de Lope de Aguirre, y les argumentó de nuevo del paralelismo de su situación con la de Álvaro de Sobrarbe, aquella historia había sucedido trece años atrás, y todavía coleaba en la memoria de los habitantes de la zona, así pues ellos debían lograr que todo el mundo relacionara a Álvaro de Sobrarbe con Lope de Aguirre y que relacionaran asimismo el destino de ambos, de hecho, Don Alfonso García Luque, el más versado de ellos, debería poner por escrito lo expuesto para que fuera relatado siempre de la misma forma.

-¡Muy bien, Don Antonio…!- objetó Baltasar Atienza- ¿Qué papel damos al Virrey De La Marck? ¿Dónde aparece el virreinato y su conquista? ¡Eso reza en las capitulaciones, y para ello se ha alistado la tropa!-

-¡Buena observación, Don Baltasar…!- saltó Sigura- ¡Pero ya he discurrido sobre ello! ¡A buen seguro, que encontraremos a Don Álvaro entre los defensores del Virreinato de Siete Virtudes! ¡Basta con difundir que él, se ha unido a los herejes! ¡Tendremos a los dos pájaros en la misma jaula!-

-¡Hum…!- pensó para sí, García Luque- ¡No está mal pensado! ¡Dos rebeldes a la corona, para más abundamiento herejes, que unen sus fuerzas para consumar la rebelión! ¡Rebelión contra Dios, y contra Su Majestad, el Rey Felipe! ¡La misma historia que el tirano Aguirre!-

-¡Magnífico Don Alfonso, ya podéis poneros en ello, tal y como habéis descrito el romance!- dijo jocoso Sigura.

Pasaron los días de navegación, y mientras Don Luis de Gama y su marinería luchaba contra vientos y corrientes, sin perder la costa de vista, los hombres de Sigura, difundían como noticia con detalles y nombres, la historia que habían urdido.

Por las noches, capitán de galeón y capitán de hueste, se alojaban en camarotes contiguos, y mientras el portugués, con su navegante, repasaba las anotaciones del dia sobre la carta de navegación y situaba la flotilla en la latitud y longitud en que se hallaban, al otro lado los secuaces del inquisidor se informaban de la aceptación e influencia de su fábula en la tropa, e incluso entre la marinería.

-¡A Don Luis, dejádmelo a mí!- alzó la voz Cárdenas-¡Yo le comunicaré la información sobre nuestros enemigos, y a buen seguro que dejará de importunaros, Don Antonio!- mientras Pedro Cárdenas exclamaba estas palabras, Don Luis de Gama guardaba su cuaderno de bitácora en la alacena de la pared, y por casualidad pudo escuchar a Cárdenas. El portugués no dijo nada, ordenó al navegante que fuera con el piloto y el timonel, y se apostó junto a la alacena, conteniendo hasta la respiración con toda su atención puesta en los murmullos que hasta él llegaban a través de las tablas que separaban ambos camarotes.

Luis de Gama, pudo medio entender lo que tramaban los castellanos que debía llevar junto con su tropa a los límites entre las posesiones castellanas y portuguesas. También le quedaron patente dos cosas, que estaban difundiendo su propaganda en hechos que posiblemente no eran del todo ciertos, y que el austero Don Pedro Cárdenas, sentía por él, más aprecio que los restantes. El portugués veía confirmadas algunas de sus intuiciones, y por lo tanto se subió a su hamaca, en actitud de meditar como zafarse de los peligros a que se vería impelido, como resultado de las disposiciones de sus superiores, en Portugal. Pero finalmente, tras suspirar, concluyó que hasta el final de aquella loca contienda no podía trazar plan alguno… Y lo triste para él, era preferible que la contienda la ganara, el proscrito que envió a sus hombres al fondo de la rada de Cartagena en vez de sus compañeros de singladura.

Pasaban los días, y la costa tomaba un aspecto más arbolado. Al décimo dia, con las últimas luces, en la proa del nuevo “Santa Sangre”, Don Luis de Gama oteaba la costa en busca de la bocana de entrada a los muelles de Puerto de La Cruz, hacia mas de media hora que el vigía de la cofa había lanzado el grito… Los oficiales de la Hueste Reconquista, rodeando a su capitán general, acudieron al castillo de proa.

Cuando identificó la bocana, Don Luis tomó lectura con la brújula y le dio instrucciones a su piloto, sobre el rumbo a comunicar al timonel. Al lado del capitán, los oficiales castellanos barruntaban el aire, en busca de la inconfundible olor a tierra, habían estado once días en el mar, navegando noche y día, el agua potable empezaba a ser pútrida y la fruta, desde hacía dos días, ya no estaba en el rancho.

-¡Don Antonio…!- el portugués se giró hacia el jefe de los castellanos- ¡Es posible que no podamos entrar en el puerto esta noche! ¡Intentaré dar señales de luz con la linterna, para que nos autoricen, y por si no lo hacen, voy a disponer que una de las falúas se adelante para que nos suministre agua potable y un poco de fruta!-

-¡Capitán, si una falúa puede entrar…!- respondió Sigura- ¿Por qué no la flotilla?-

-¡Don Antonio, estos puertos son a menudo fustigados por los piratas, tendría su lógica que quisieran inspeccionar nuestra flotilla antes de permitir su entrada en el puerto!- argumentó Luis de Gama.

-¡Tenéis razón, en esta ocasión…! –concedió el inquisidor- ¡Así pues, daos prisa y maña

con el mensaje de luces, y mencionad al Duque de Alba en el mismo!-

A pesar de los esfuerzos del portugués, las autoridades del puerto, no permitieron la entrada de la flotilla durante la noche, y en vez de autorizar que una falúa atracara para aprovisionar, desde Puerto La Cruz enviaron con un oficial, una chalupa con agua potable y un cargamento de limones.

En el camarote de los oficiales castellanos, a excepción de Rodrigo Menéndez, todos andaban con el enojo de no haber podido descansar, el Maestre de Campo en cambio, velaba por que sus hombres recibieran tanto agua como la fruta recién embarcada. Las imprecaciones del inquisidor, llegaban a través de la separación al camarote de Don Luis de Gama, que sonreía taimado…

La noche fue tensa, los hombres de la expedición ansiaban sentirse sobre tierra firme y a pesar de hallarse en la estación de las lluvias, dentro de los vientres de aquellos buques, el calor era tan asfixiante que lograban conciliar el sueño merced al cansancio o al tedio. A diferencia de sus capitanes, para los marineros y los soldados, el olor a tierra firme no les sabía solamente a agua dulce, fruta fresca y la pólvora de los próximos combates, a diferencia de sus capitanes, ellos barruntaban desesperadamente la olor a hembra…

Al alba, de las brumas matinales, surgió la chalupa de nuevo, el oficial segundo del puerto les comunicaba que la flotilla podía entrar en el puerto. La luz otorgaba un tono gris tanto a las aguas como al firmamento, y la bocana se podía adivinar merced al hachón encendido del faro, las voces de alerta y de mando empezaron a recorrer la flotilla, y con presteza empezaron a ser arriadas una vela por buque, lo suficiente para avanzar, pero no tanto que no se pudiera pilotar con precisión la maniobra… En el castillo de popa, junto al timonel, Don Luis de Gama estaba al cargo de la maniobra, y más abajo, en la cubierta, los castellanos a medio vestir oteaban impacientes la bruma, como queriendo cortarla con cuchillo para contemplar el puerto.

La maniobra de atraque con una niebla que no permitía ver más allá de las diez varas, no era sencilla, pero el portugués tuvo sabiduría y arrestos para dirigirla y dar las ordenes precisas a las otras embarcaciones; una vez sujetas las amarras, todos suspiraron aliviados.

Los buques y las embarcaciones auxiliares fueron atracando a la vez que la bruma se iba disipando, y pudieron contemplar en su totalidad Puerto La Cruz, los muelles, el faro, un bastión y algo más allí una capilla; si había alguna oportunidad de aprovisionarse, lo averiguarían en tierra…

-¡Valiente lugar para sostener una entrevista!- soltó recostado en la borda de estribor, Sigura, lanzando una de sus miradas iracundas a su alférez, Rafael Cabrera.

El primero en bajar a tierra fue Don Luis de Gama, que fue recibido por el comandante del puerto que a la vez lo era de la corta guarnición, el hombre, un teniente jovencillo que atendía por el nombre de Diego Valdés.

Se autorizó a la hueste a que por turnos descendieran de las embarcaciones, la primera misión reponer agua, indicó Don Luis, la segunda orden era de Rodrigo Menéndez; era necesario pasear las caballerías y los perros…

-¡Don Luis…!- solicitó Sigura- ¡Preguntad al teniente Valdés, como podremos conseguir víveres en este desierto!-

-¡Verá vuecencia…!- respondió directamente el joven oficial de Puerto La Cruz- ¡Hemos comunicado a los hacendados del interior de vuestra presencia! ¡Lo hicimos anoche, y poco debe faltar para que os encontréis con un mercado para reponer frutas y carnes!-

-¡Asombroso…!- exclamó Pedro Cárdenas que andaba junto a Sigura.

-¡Señores!- continuó el teniente- ¡La llegada de una flotilla como la de vuesas mercedes, con tanta tropa, es la posibilidad de llenar la bolsa, para las gentes de tierra adentro!-

-¡No esperábamos, Don Diego…!- el portugués tomó la palabra- ¡Que este puerto, no lo fuera de una ciudad!-

-¡Puerto La Cruz, empezó siendo un refugio y una escala, entre Coro y Cumaná, como Puerto Cabello o Caracas!- el teniente les ilustró sobre su enclave- ¡Pero como Caracas, los ganaderos de la región interior han tomado este embarcadero como base para enviar su ganado a los mercados de Cumaná, Coro y otros! ¡Por ello hay en el puerto, una hospedería, se ha provisto de un faro de señales y la guarnición ha ido en aumento!-

-¡Teniente…!- preguntó Sigura- ¿Cuántos hombres tiene la guarnición?-

-¡Un centenar Excelencia…!- respondió el joven- ¡Pero nuestra fuerza reside en los cuatro falconetes del malecón y las dos piezas de cuatro libras del bastión!-

A Don Luis no le pasó por alto el detalle de la hospedería, a buen seguro que los misteriosos pasajeros que debía recoger estarían allí alojados.

-¡Decidme, Don Diego…!- aventuró Don Luis- ¡Vos como comandante del puesto…! ¿Estáis informado de los huéspedes, que se alojan en puerto La Cruz, verdad?-

-¡Por descontado capitán!- saltó el joven teniente- ¡Tenemos en la hospedería estos dias, dos clérigos y un comerciante del oriente, que aunque viste como caballero, es un mestizo!-

A continuación el joven se interesó por la naturaleza de la misión de aquella nutrida hueste.

-¡Vos, sois el capitán general…! ¿Verdad, Don Antonio?- preguntó.

-¡En efecto, teniente!- respondió halagado Sigura.

-¡Por Dios, comandáis todo un ejército!- siguió Diego Valdés- ¿Puedo saber hacia donde os dirigís?-

-¡Amigo mio…!- Sigura le tomó del brazo y le apartó del resto unas diez varas- ¡Debéis guardar reserva absoluta! ¡Nuestro cometido, por orden del Rey, nos lleva a oriente, más allá de la península de Paria!-

-¡Excelencia, no hay mas que conjeturas al este de Paria…!- musitó el teniente- ¡Solamente sé que al sureste de Cumaná, los castellanos tenemos un puesto sobre un gran río llamado Orinoco, Puerto Ordás es su nombre! ¡Pero la zona está infestada de aventureros, de indios hostiles, de piratas y de leyendas fabulosas!-

-¿Qué leyendas, Don Diego?- quiso simpatizar Sigura.

-¡Qué se yo…! ¡Hablan de un reino mestizo, de tribus desconocidas de salvajes que practican el canibalismo, de la ciudad sobre el río, Angostura la llaman los baquianos que aseguran haberla visto! ¡Asimismo y mas al sur se dice que existe el reino Omagua, en la tierra del árbol de la canela, en cuyo territorio se encuentra El Dorado, que tantos y tantos han buscado sin resultado alguno!- discurrió el teniente- ¿Vais también vos, Excelencia, en busca del oro?-

-¡No!-atajó el inquisidor molesto porque su interlocutor pudiera confundirlo con uno de los buscadores de fortuna que habían protagonizado las jornadas hacia El Dorado- ¡Tenemos mandato del Rey de someter a su autoridad un virreinato situado justo en las bocas del río Orinoco! ¡Siete Virtudes, le llaman! ¿Conocéis algo de dicho dominio?-

-¡Algo hemos oído todos los de Cumaná, de las siete ciudades del Amacuro!- dijo con suavidad el joven.

-¿Qué se dice?- urgió Pedro Cárdenas.

-¡Los que hasta allí han llegado, hablan de ciudades prósperas, con mucho comercio y mucha industria…!-siguió el teniente- ¡Habitan allí tanto castellanos, como tudescos y flamencos! ¡A pesar de la fama, apenas sostienen tratos con los comerciantes de Cumaná, ni mucho menos con los de Coro! ¡Dicen que comercian con los portugueses del sur…! ¡Pero nadie puede asegurar nada!-

-¡Alférez Cabrera!- gritó Sigura. El joven Rafael Cabrera se aproximó con celeridad al grupo de oficiales, al fondo el gigantesco Menéndez supervisaba el ir y venir de su gente y el trajín de ganado.

-¿Qué ordenáis capitán?- dijo, respetuosamente firme, el alférez.

-¡El teniente os indicará donde se halla la hospedería del puerto…!- indicó Sigura- ¡Allí encontraréis al mensajero de los baquianos!-

-¡Acompañadme todos, si es vuestro deseo…!-sugirió el joven teniente- ¡En la hospedería podréis refrescaros y comer lo que os venga en gana!-

-¡Gracias, teniente…!- contestó el inquisidor- ¡Iremos por turnos, yo quedaré aquí hasta que los hombres hayan tomado agua y se les pueda distribuir comida! ¡Primero acudirán, junto al alférez, Don Baltasar, Don Alfonso y Don Luis! ¡Don Pedro, vos permanecéis conmigo, y cuando ellos regresen será nuestro turno y el de Don Rodrigo!-

El joven Diego Valdés, comprendió perfectamente los motivos del jefe de la hueste visitante, que por encima, calculaba en más de mil hombres, y realizó un gesto simpático para indicar que le siguieran.

Sigura y Cárdenas los veían marchar entre los muros de defensa del pequeño bastión, cuando el Maestre de Campo señaló en dirección sur.

-¡Mirad…!- dijo el gigantón tuerto- ¡Allí llega nuestro refresco!-

El inquisidor y su amigo, miraron hacia donde señalaba Rodrigo Menéndez, por un camino serpenteante que descendía de las lomas vecinas, una nutrida caravana de carruajes se dirigía hacia los muelles de Puerto La Cruz.

Los campesinos del interior llegaban con la intención de proveer aquella tropa, y como de costumbre al correrse la voz, toda suerte de buhoneros y soldaderas se habían unido a ellos con el objeto ganarse unos escudos aunque fuera a costa de vender su alma.

A los hombres de la Hueste Reconquista, se les cortó la respiración mientras los ganaderos sacrificaban sus reses y preparaban en las arenas las brasas para asar los cuartos de vaca tapados con hojas de palma. No lejos de los asadores improvisados, en los carromatos se servía vino de palma, chicha y los aguardientes de la zona, y los soldados con el corazón alegre y la cabeza nublada acudían tras los toldos para revolcarse entre las piernas de las mestizas.

Sigura no mostró su desprecio por la chusma, sabía que no podía evitar en la tropa aquellos comportamientos…

Lo primero que realizó, acompañado por Cárdenas y Rodrigo Menéndez, fue preguntar por el más importante de los hacendados para tratar de la compra de las vituallas necesarias para proseguir con su jornada.

Les fue presentado un rico estanciero y mercader, conocido en la región como el “Duque de Pozuelos”, y que en realidad se llamaba José Caride. Sigura y él se entendieron respecto a la bondad de las cartas de pago con firma de la Casa de Alba, y en la cantidad a pagar en plata, asimismo tasaron las vituallas y llegaron a un acuerdo en las entregas.

Solucionado lo de las vituallas y matolaje, un rugido en las tripas de Pedro Cárdenas, les recordó que quizás había llegado el momento de apremiar a los del primer turno. Así pues, Sigura y sus dos oficiales se encaminaron hacia la hospedería.

Tras el umbral, y la cortina que guardaba la puerta, se abría una gran sala común en la penumbra, apenas iluminada por candiles de aceite, el aroma del aceite era penetrante y se esparcía por toda la estancia.

Una tabla cruzaba la sala a lo ancho, en el fondo de la misma, hacía las veces de mostrador, tras la tabla unas cuantas barricas daban carácter de taberna a la estancia de paredes encaladas, entraba un poco de luz por los dos ventanucos abiertos en las gruesas paredes de adobe. junto a las barricas una abertura en la pared, dejaba ver una cocina y el almacén de la hospedería; a un lado subían unas escaleras de madera que amenazaban ruina, que sin duda conducían a las alcobas. Por lo demás la sala estaba ocupada por mesas tiradas y bancos para tomar asiento a su alrededor…

Lentamente se fueron adaptando a la tenue luz de los candiles, al fondo pudieron ver a Don Luis de Gama, en pie hablando con los dos clérigos, en el centro de la mesa más larga, un forastero con aire de mestizo conversaba con Rafael Cabrera, mientras Alfonso García Luque y Baltasar Atienza escuchaban al joven teniente al mando de la guarnición de los muelles. Las escudillas y los platos daban fe de que habían comido hasta saciarse…

-¿Qué…?- instó Rodrigo Menéndez- ¡Ande yo caliente y jódase la gente! ¿No?- Los otros entendieron la sugerencia y tras echar un postrer trago de vino de cosecha se alzaron del banco con ademán de retirarse tomando sus sombreros…

-¿Qué hay de comer?- preguntó Cárdenas.

-¡Un potaje de alubias y carne de vaca asada! ¡Todo muy bueno…!-respondió Alfonso García Luque peinando sus finos bigotes- ¡Ah, y tienen pan blanco!-

-¡Y vino…!-remató Baltasar Atienza- ¡Vino de verdad!- Las tripas de Cárdenas volvieron a rugir, mientras el Maestre de Campo se relamía. Un hombrecillo cuyo mandil delataba su condición de hostelero, se les aproximó, el joven Diego Valdés se alzó al ver al hombre.

-¡Gracián…!- dijo con autoridad el jefe de la guarnición- ¡Estos caballeros están hoy invitados por la guarnición! ¡Alárgate en las raciones, y sirveles también aguardiente del bueno…! ¡Del que viene de Cartagena!- el hostelero afirmó con un gesto de cabeza y dio media vuelta para atender lo que el teniente había encargado, dio una par de voces, y al instante una mestiza de buen catar trajo una garrafa de aguardiente y varios vasos de barro.

Sigura, estaba ausente de todo aquello, miraba fijamente a Luis de Gama, aún a sabiendas de que el portugués era un Caballero de Cristo, no le veía un sentido claro a que sostuviera una conversación con dos clérigos perdidos en las Indias Occidentales.

El capitán del nuevo “Santa Sangre”, se percató de que el irascible capitán castellano reparaba continuamente en él, y con un gesto rogó a sus dos interlocutores que se levantaran y le acompañaran.

-¡Don Antonio…!- dijo con franqueza el portugués- ¡Os presento a los hermanos Pascual y Carlos…! ¡Pertenecen a la Compañía de Jesús!- los dos jesuitas realizaron una reverencia, que fue correspondida por el inquisidor descubriéndose.

-¿Hermanos…!- pidió cortésmente Sigura- ¿En que puedo ayudaros?-

-¡Don Antonio…!- siguió Luis de Gama- ¡Estos dos hermanos jesuitas, deben embarcar con nosotros, pues tienen nuestro mismo destino!-

-¡Sabéis que ello es imposible, capitán!- la expresión de Sigura se ensombreció- ¡Necesitamos todo el espacio para los combatientes, y dos frailes, no nos son de servicio!-

-¡Don Antonio, estos hermanos jesuitas traen consigo cédulas reales, con sello del mísmo Rey Felipe, y a mi atención una carta con instrucciones del maestre de mi orden! ¡Tengo la misma obligación de admitirlos a bordo, que la de transportaros a vos y vuestra hueste!- el portugués respondió con firmeza-¡Además, os dejé bien claro, que en mi barco, yo mando!-

-¿Son sacerdotes, al menos?- preguntó con insolencia Sigura.

-¡Ambos hemos sido ordenados, Siré!- respondió el llamado Carlos.

-¡Al menos nos prestarán auxilio espiritual…!- siseó Sigura- ¡Nos será necesario! ¡Proceded, Don Luis! ¡Yo voy a refrescarme y comer un poco!- el inquisidor se había sosegado, consciente de que al final de la jornada, tendría con el lusitano algo más que palabras.

Cuando Sigura se sentó junto a Cárdenas, a la mesa, el mestizo y Rafael Cabrera se alzaban para marchar.

-¡Quedaos, y mientras tomáis un poco más de aguardiente, nos ilustráis un poco sobre las tierras de Oriente!- tras decir esto, siguiendo el ejemplo de sus compañeros de turno empezó a despachar el potaje de alubias con tocino.

El mestizo, un hombre proporcionado, fornido y de gesto vigoroso, se presentó como el capitán Octavio Ratero, fiel hasta la muerte con el malogrado Don Andrés Ordóñez. Ataviado con ropas de artesano, bajo su única y espesa ceja brillaban dos carbones encendidos que tenía por ojos, clavados en una tez algo oscura.

-¡Mire vuecencia…!- empezó el capitán mestizo de Maturín- ¡Traigo mapas de toda la región, pero antes de seguir adelante…!- el mestizo hizo una mueca guiñando el ojo izquierdo- ¡Debo saber, que papel nos queda a mis hombres y a mi mismo!-

-¡Don Octavio…!- Sigura intentó tomar un tono amable- ¡Esos extremos los definiremos, no en una taberna, sino en habitación, más segura y discreta! ¡Pero en absoluto os sentiréis defraudado!-

El potaje había dado de si, lo posible, y cuando llegó la segunda jarra de vino y el asado de vaca, Pedro Cárdenas había comido con una voracidad que su delgadez parecía incomprensible, a la par que el tuerto Maestre de Campo, trasegaba aquel buen vino de cosecha como si fuera agua bendita. Cuando el asado estuvo dispuesto sobre la mesa, los comensales siguieron sin darle cuartel alguno.

Una hora más tarde, el movimiento en los tableros y carruajes se había calmado, los soldados habían saciado sus apetitos, y los tenderos hacían caja, mientras el hacendado José Caride, hacía recuento de lo que iba a entregar a los buques atracados. Los hombres de la guarnición de Puerto La Cruz, alabarda en mano vigilaban que en el mercado que se había improvisado, todo funcionara como era debido.

En el castillo de popa, de la mueva “Santa Sangre”, Sigura, rodeado de Cárdenas, García Luque y Atienza, departía con Rodrigo Menéndez…

-¡Don Rodrigo, vos daréis recepción a las vituallas que compramos a ese hacendado!- dijo- ¡Mientras vos, Don Pedro distraeréis al portugués y sus curas, los mantendréis en la proa, por espacio de una hora, bajo ningún concepto deben ir al camarote del capitán, recelo que el portugués nos espía cuando trazamos algún plan! ¡Y debemos tratar con nuestro amigo el capitán Ratero diversos aspectos de la campaña que se aproxima!-

-¿Y quedarme fuera del trazado de nuestra estrategia?- protestó Cárdenas.

-¡Tengo una idea mejor…!- musitó Atienza, apoyándose en su pierna de palo y hueso- ¡Le ordenamos que deje la popa libre por el tiempo que necesitemos…! ¡Tras dar la bienvenida a los dos jesuitas!-

-¡No está mal pensado, una de cal y otra de arena!- sonrió Sigura- ¡Me place vuestra idea Don Baltasar, es iniciar el acotamiento de su autoridad a bordo! ¡Iré yo mismo, aguardad aquí a la entrada de los camarotes!-

Sigura se ajustaba la ropilla y su gorra flamenca mientras cruzaba el puente del galeón, en dirección a la proa. Desde allí Luis de Gama contemplaba sus pasos con una cierta inquietud, el jefe castellano tenía arranques imprevisibles…

-¡Don Luis…!- dijo con cortesía el inquisidor- ¡Deseo dar la bienvenida a nuestros dos nuevos compañeros de singladura! ¡Celebro especialmente que sean sacerdotes, y puesto que entramos en campaña, que accedan a dar el auxilio espiritual a nuestros soldados!-

-¡Muchas gracias capitán!- el jesuita llamado Carlos, agradeció la bienvenida con una leve inclinación de cabeza, que ambos llevaban cubierta con sendos birretes.

-¡Ah, Don Luis…!- dijo ya en tono autoritario Sigura- ¡Debemos utilizar vuestro camarote, el informador que se nos une trae mapas que desea mostrarnos y os ruego que nos cedáis vuestro camarote por espacio de una o dos horas!-

-¡Entiendo Don Antonio!- respondió Luis de Gama, sorprendido de tanta amabilidad- ¡Disponed del camarote el tiempo que preciséis, más, no toquéis, ni la brújula ni el sextante y dejad en orden las cartas de esta parte de la costa!-

-¡Perded cuidado capitán!- y Sigura saludó cortesanamente a los tres, con su gorra en la mano.

Dentro del camarote del capitán, sobre la mesa y las cartas de la costa, el capitán mirmidón Octavio Ratero, desplegaba un mapa en el que aparecía la península de Paria, el territorio de Maturín, el río hasta más al sur de Angostura y el delta del Orinoco, el Amacuro. El mapa era enorme y abarcaba desde Cumaná, en el oeste hasta Boca Grande, en el extremo sudoriental del Amacuro, y desde, en el norte Isla Margarita, hasta el lago Guri junto al río Caropi.

En el inicio de la consulta, el mirmidón les puso al corriente de los hechos acaecidos en el territorio Guay Naya desde la llegada de Álvaro de Sobrarbe al río… Para los castellanos era una sorpresa que hubiera un reino de mestizos sobre el río que el primer Ordás explorara, tras fundar el puesto conocido como Puerto Ordás. Todos ellos lamentaron que el Lince, hubiera cobrado más fuerza y poder en vísperas del asalto al virreinato secreto.

El capitán Ratero, les especificó que uno de los motivos del enfrentamiento entre Don Andrés y su hermana, era la relación con el virrey De La Marck, cuando profundizó en el poder de la tropa de Angostura, Sigura clavó sus ojos en el mestizo.

-¿Quién fundó ese reino independiente?- preguntó el inquisidor.

-¡Fue el padre de Don Andrés y Dama Cecilia!- respondió Octavio Ratero- ¡Al unirse a una reina bruja de los caribes, fue proclamado rey de los caribe…! ¡Don Tello Ordóñez dio el ejemplo, y sus soldados emparentaron con las indias, de ahí surgen las tropas de mestizos que hacen posible mantener el reino unido!-

-¿Tello Ordóñez, el Conde de Sahagún?- Sigura miraba de hito en hito al mirmidón.

-¡El mismo!- dijo sin pestañear el mestizo- ¡Mi padre, Honorio Ratero, había servido con él en tierras de tudescos y formaba parte de su mesnada!-

-¡Maldición, Dios los crea y ellos se unen!- masculló Sigura- ¡Don Tello, mantuvo a salvo a la madre de ese malnacido que se pasea con el guantelete de hierro! ¡Y ahora, uno de sus hijos le da cobijo a él!- el inquisidor se puso en pie nervioso y miró por el ventanuco del camarote, junto a la nueva “Santa Sangre” estaba atracado un pequeño bergantín de cabotaje, muy marinero- ¿Ese buque?- cerró Sigura.

-¡Es de la flotilla de Paria!- respondió Ratero.

-¡Bien…!- se sosegó Sigura- ¡Vamos a ver ese virreinato…!- dijo abalanzándose sobre el inmenso mapa.

El mapa que tenían ante sí, distaba mucho de ser un portulano, o una carta marina de una cierta precisión, era más bien un pergamino ilustrado con los puntos de referencia y algunas anotaciones respecto de las distancias calculadas en jornadas de camino…

El capitán mirmidón Octavio Ratero, les fue exponiendo lo que allí estaba plasmado… Les situó en la costa al oeste de Cumaná, a diez días de navegación de Puerto España, un puesto similar a Puerto La Cruz, en la isla de Trinidad, que estaba también en manos de tropas castellanas, pero más fuerte en artillería y mejor fortificado que Puerto La Cruz, preparado para contener las incursiones de los piratas franceses e ingleses que tenían sus bases en la cercana isla de Tobago. Mas allí, desde Punta Galera, hasta la costa en donde se hallaban las ciudades que constituían el virreinato de Siete Virtudes, tenían, entre cinco y ocho días de navegación, dependiendo de los vientos que en aquella zona cambiaban a menudo de sentido y fuerza. llegados a este punto, Sigura interrumpió al mestizo.

-¿Dónde se sitúan las ciudades de Siete Virtudes?- pidió con impaciencia. Octavio Ratero, suspiró fuerte con una cierta resignación ante la inquietud del jefe castellano.

-¡Aquí en Caño Aragou, están frente por frente Prudencia y Templanza, y sobre la isla Tobejuba está Santa Fe del Coral, donde reside el virrey…!- fue desgranando mientras señalaba en el sencillo mapa las situaciones que detallaba- ¡Y aquí más al sur, también en la costa entre Caño Rojo y Punta Avanzada, están las ciudades de Esperanza, Caridad y Justicia,entre ambos grupos de ciudades en la isla Farallones, está el penal de Fortaleza!- el mestizo terminó su disertación mirando fijamente los hundidos ojos cobalto de Sigura, tan blanco, tan rubio, tan marmóreo que le provocaba desazón.

-¿Cuánta gente tienen sobre las armas?- inquirió Rodrigo Menéndez.

-¡De forma regular, no más de los dos mil hombres…!- aventuró Octavio Ratero.

-¡Nosotros nos acercaremos a los cuatro mil, con vuestra aportación, Don Octavio…!- rugió el Maestre de Campo.

-¡Entre los mirmidones, los baquianos y gentes afectas, más los indios de Maturín podemos aportar algo más de dos mil!- musitó el mestizo.

-¡Con nosotros viajan más de mil soldados experimentados…!- se envaró Sigura- ¡Más los que reclutemos en Isla Margarita, reuniremos en total cerca de cuatro mil efectivos!-

-¡Bien, es preciso que parta de nuevo hacia Paria!- dijo abiertamente Octavio Ratero- ¡Antes de que empecemos la campaña debo acabar con los que no aprueban nuestros acuerdos, que por cierto no hemos detallado!-

Sigura tomó asiento, y miró fijamente al capitán mirmidón…

-¡Hemos venido hasta aquí para tomar en nombre del Rey, el gobierno de esta región que anda sin estar sujeta a su voluntad y designios…!- fue desgranando las palabras el capitán general de la Hueste Reconquista- ¡Vos y vuestros oficiales, tras prestar juramento y abrazar la verdadera fe, seréis nombrado por el nuevo gobernador, comandante de la fuerza de Paria y Maturín, y alcalde de la villa más importante, el puerto de Macuro, quedará bajo autoridad compartida entre el comadante de la fuerza de Cumaná y vos mismo!-

-¿Quién será el nuevo gobernador?- gruñó Octavio Ratero.

-¡Quizás, Don Pedro, o Don Rodrigo…!- aventuró Sigura sonriendo con aire cínico- ¡O quizás yo mismo, pero eso ahora no tiene importancia! ¡Lo que nos debe ocupar es ganarles la mano al virrey falsario y a sus aliados!-

-¡Justo es que el enviado del Rey, ostente la gobernación…!- respondió con prudencia el mestizo-¡Pero, pensad que el reino que podéis conquistar llega hasta las tierras de Omagua! ¡El Dorado que tanto buscaron los primeros conquistadores, está aquí!- y el capitán de Maturín señaló un punto en el mapa.

-¡Si, eso es como decís…!- sonrió Sigura- ¿Cómo no habéis tomado ya el reino del oro?-

-¡Ése es el eterno engaño de los indios…!- remató Rodrigo Menéndez- ¡En él cayeron Belalcázar, el viejo Federmann, el gran Hutten y su amigo Jorge Spira. estos tres últimos tudescos! ¡Por no hablar de Ursúa y las atrocidades de Lope de Aguirre! ¡Nada de El Dorado, estamos aquí para someter un virreinato rebelde y sacrílego!-

-¡Bien dicho, Don Rodrigo!- aprobó Sigura- ¡Así pues las condiciones del Rey son claras Don Octavio! ¡Pero antes de que partáis para limpiar vuestro territorio de gentes poco afectas, debo preguntaros más sobre las disposiciones de las defensas del enemigo!-

Por espacio de más de dos horas, estuvo el mirmidón detallando a Sigura y los suyos las defensas de Siete Virtudes. Se detuvo especialmente en los recintos defensivos de Santa Fe del Coral, se la conocía por ese nombre debido a que al pie de los acantilados del oeste de la isla, bajo las calas, se recogía coral en gran cantidad.

Octavio Ratero, había recopilado durante años pacientemente dicha información, por orden de Don Andrés Ordóñez.

Santa Fe del Coral, era la ciudad que descansaba en las laderas orientales de la isla de Tobejuba, la vertiente occidental consistía en los mencionados acantilados. En la punta sur, se alzaba una fortaleza impresionante, que protegía mayormente la ciudad del levante y su puerto. La carena que recorría la isla desde el sur hasta el norte, estaba recorrida por una muralla jalonada por tres bastiones, con almenas a levante y poniente. Al final de dicha muralla, se alzaba una ciudadela circular donde residía y gobernaba el virrey Leopoldo De La Marck, dicha fortificación se coronaba con una torre de homenaje circular… Mas al norte, por un camino de herradura se accedía a un pico romo que estaba a la misma altitud que la torre de homenaje, allí estaban instalados seis cañones de acero, para munición como no la había de grande en todas las Indias, esos cañones habían sido fundidos en la lejana tierra de los tudescos. Esa batería podía desbaratar cualquier intento de asalto por mar, e incluso ser refugio final para el virrey en caso de asedio… Pues el camino salvaba una hendidura en la roca de al menos cincuenta varas, mediante un puente colgante. En caso de romper los tensores de soga del puente, tan sólo se podía acceder al pico mediante un sendero escarpado de gran peligro sobre los acantilados. Pero los espías que habían enviado desde Paria, sospechaban que bajo el pico que alojaba el poderoso bastión artillero, entre los pliegues de los acantilados rocosos se accedía a un puerto secreto, del cual solamente tenían noticia y acceso, el virrey y unos pocos más. Por aquél ignoto puerto, habían llegado los inmensos cañones que aseguraban la inexpugnabilidad de Santa Fe del Coral, y en consecuencia la de Prudencia y Templanza.

-¡Curiosos nombres!- comentó Rodrigo Menéndez.

-¡Las ciudades tienen el nombre de las siete virtudes, que proclama la Santa Iglesia Católica!- ilustró Pedro Cárdenas, clavando sus grandes ojos castaños en el único del Maestre de Campo.

-¡Un buen disfraz, para una guarida de herejes!- sentenció Sigura.

-¡Lo mismo sucedía en Fuerte Carolina, en La Florida…!- sonrió malignamente Rodrigo Menéndez- ¡Pero finalmente ensartamos a aquellos hugonotes, como perdices para poner a asar!-

En su interior, Octavio Ratero empezaba a sentir profundas dudas, sobre si el trato que concluyera Don Andrés, era ventajoso para las gentes de Paria y Maturín. Aquellos castellanos, venían a imponer sus curas y obediencia estricta al Rey de Castilla… Y para ellos, los mestizos, solamente quedarían las migajas, y aún para obtener éstas, habría que pelear duramente.

La mirada del capitán castellano, le infundía una extraña sensación, principalmente desasosiego y desconfianza, en ella, el mirmidón, advertía una inclinación a la crueldad en un alma soberbia.

La voz, silbante de Sigura le arrancó de sus reflexiones, para volver a situarlo en el camarote en el cual ante el mapa de Guay Naya, él les había proporcionado las llaves para la invasión.

-¡Es hora de que venga aquí, el capitán del galeón…!- dijo el inquisidor, mirando obsesivamente el mapa- ¡Pero sólo él, los jesuitas que aguarden en proa! ¡Don Alfonso, id por el portugués!- ordenó finalmente. El hidalgo sevillano no se hizo de rogar y salió del camarote para ir a buscar a Luis de Gama.

Lo que siguió después, consistió en la comprobación por parte de Sigura de los datos que el capitán de Maturín, les había proporcionado. Luis de Gama, utilizó uno de sus portulanos, con regla para marcar distancias de Puerto La Cruz a Isla Margarita y de ésta a Puerto España, en la Isla de Trinidad; y posteriormente desde dicha isla al Caño Araguao, ya en el Amacuro, el delta del río que descubriera uno de los hermanos Pinzón unos setenta y cuatro años atrás… Las aproximaciones que el capitán Octavio Ratero, había expresado eran ciertas, incluso el margen de los dias de navegación de la primera etapa, debido a las corrientes y vientos del estrecho de Puerta Araya. Tras su comprobación, Sigura sonrió satisfecho…

-¡Muy bien…!- dijo ladinamente- ¡Dentro de cuatro semanas, con vuestra gente en orden de combate, nos encontraremos en las inmediaciones de Caño Araguao, a una jornada de camino de las tres ciudades, y a una milla del mar, tierra adentro! ¿Estaréis allí, Maese Octavio, Maestre de Campo de Paria?-

Con aquella música agradable, Octavio Ratero se ratificó, y comunicó que partiría hacia sus puestos fuertes, al amanecer del día siguiente. Quedó formalmente invitado a compartir la cena con la plana mayor de la hueste.

Durante la cena, que tuvo lugar en la hospedería del puerto y que corrió a cargo del tesoro de la Hueste Reconquista, y en presencia del joven oficial del puerto, Diego Valdés, se realizaron bromas y brindis, el ambiente era alegre y distendido, por lo bajo, Sigura le susurraba a su Maestre de Campo…

-¡Hemos de enrolar un mínimo de quinientos hombres en Isla Margarita, bajo ningún concepto debemos permitir que los de Paria nos superen…! ¡Hemos de formar un cuerpo central de al menos, cuatrocientos arcabuceros, disciplinados, firmes y certeros en el tiro! ¡Es la llave de la victoria, Don Rodrigo!-

Sin pronunciar palabra, el tuerto Rodrigo Menéndez, asintió sin dejar de masticar la sabrosa carne que les habían servido, y que algo más tarde, no sin cierto disgusto, supieron que se trataba de lomos de caimán.

 

Hacia mas de veinte días que desde la lejana Angostura, la Hueste de Guay Naya y dos compañías de Angostura, habían llegado a las inmediaciones de Caño Araguao, apoyados por unos tres mil caribes. Y allí permanecían acampados, a la espera de las informaciones que determinarían donde era preciso hacer frente a la invasión que se avecinaba a Siete Virtudes.

El paraje que rodeaba el puente de Mariusa, era de una frondosidad lujuriosa, y bajo las verdes copas de sus árboles, los recién llegados habían levantado toldos y pabellones, tenían sus hogueras encendidas, y ante la perplejidad de los centinelas del bastión que guardaba el puente, marcaban sus guardias y puestos de centinela… La abigarrada tropa de la Hueste Guay Naya, y los jubones de cuero de los mestizos de Angostura, destacaban sobre el verde que imperaba, en el cual estaban inmersos los más de tres mil caribes pintados y equipados para la guerra. Cuando en aquellos días, Álvaro con sus mejores galas de combate y el yelmo con penacho azul y oro, pasaba sobre Relincho entre sus gentes, un griterío se alzaba en el campo.

Nadie en el campo, a excepción de los oficiales, sabía que al mando de un reducido número de mirmidones leales a Dama Cecilia, el capitán Maruso Galíndez se había internado en la tierra de Maturín, para reclutar a los descontentos con las directrices de Octavio Ratero. Como segundo objetivo el oficial mirmidón debía acopiar toda la información posible sobre los últimos movimientos de Ratero.

Las intenciones de Octavio Ratero, se habían puesto en evidencia a su regreso a Paria y Maturín, la noticia de la represión que desató a su llegada al puerto de Macuro, se propagó rápidamente al territorio de Maturín… No todos los hombres de Maturín eran hostiles a la señora de Angostura, el recuerdo de Don Tello estaba aún muy vivo, y la crueldad y ambición de Don Andrés no hacia popular la causa de Octavio Ratero, y mucho menos, al rumorearse que para separarse de Guay Naya, el caudillo mirmidón se había aliado con un ejército castellano que además, avanzaba con la intención de caer sobre el virreinato vecino, de siempre aliado…

Los primeros efectos de la represión y los rumores, fueron los centenares de familias que pasaron al delta del Orinoco, el territorio del Amacuro, en busca de los soldados de Angostura, para unirse a ellos, prevenirlos y buscar su protección. Así pues al campo de Álvaro, llegaban cada dia nuevos efectivos que huían de la represión desatada por Octavio Ratero.

Cuando finalmente llegó al campo, el capitán Maruso Galíndez, le acompañaban a más de sus treinta mirmidones, unos cuatrocientos hombres, que traían consigo a sus familias huyendo del terror que Ratero había desatado.

A su llegada, el capitán Galíndez se presentó ante Álvaro para dar cuenta de lo que había visto y oído…

- ¡Ratero ha sembrado la destrucción en Paria, todo aquél del que desconfiaba ha sido pasado a cuchillo, sus bienes y familia vendidos, y andaba como loco exigiendo la adhesión de todos los hombres de la península!- relataba el mestizo, reunido a solas con Álvaro- ¡Las crueldades que había cometido en Macuro primero y después en toda la península, llegaron rápidamente hasta el territorio de Maturín! ¡A raíz de ello muchos hombres y sus familias, a riesgo de perderlo todo, han huido para unirse a nosotros, mi capitán general!-

-¡En total, se nos han unido más de ochocientos hombres armados, contando con los que te han acompañado!- precisó Álvaro. Ambos estaban sentados frente a frente bajo las lonas del pabellón, en sendos escabeles. Álvaro le sirvió al mestizo una copa de vino – ¡Tomad y refrescaos…! ¡Decidme…! ¿Sabéis cuando espera Ratero recibir a los invasores? ¿Hay noticias de la fuerza que planea invadir Siete Virtudes?-

El capitán Galíndez bebió con una cierta ansia, y tras secar con la mano las gotas de vino que habían caído sobre su jubón de piel negra, alzó sus ojos para recordar todo aquello que había escuchado al otro lado del gran río.

-¡Hablan, no de una hueste, ni de una mesnada, hay noticias de que lo que navega hasta el Amacuro, es un auténtico ejército castellano, con artillería y mucha caballería!- dijo el hombre- ¡Más de mil hombres, según se cuenta!-

-¿Cuándo llegarán, Galíndez?- insistió Álvaro.

-¡Ciertamente es curioso…!- respondió el mirmidón- ¡Aseguraban que estarían a la vista de Macuro hace cinco días, pero hace dos, cuando iniciamos el paso del río, no había noticias de esa fuerza!-

Álvaro se quedó mirando fijamente al capitán mirmidón leal, mientras le daba vueltas a las noticias recibidas, al fin reaccionó.

-¡Bien, Galíndez…!- le soltó vivazmente- ¡Tenemos un tiempo con el que no contábamos, debéis sumar toda la fuerza que se nos ha unido a los ejercicios de adiestramiento que realizan las compañías de Gutiérrez y Enríquez! ¡Tened especial esmero en los que sirven con ballesta y arcabuz! ¡Podéis retiraros y reposar, así como los que con vos han venido!-

Ya en el campo, a cielo abierto y en compañía de los oficiales de la Hueste de Guay Naya, Álvaro realizó una reflexión…

-¡El rumor que corre en Paria y Maturín, es que se une a las fuerzas de Ratero, un ejército castellano de más de mil hombres, con artillería y mucha gente a caballo…!- iba desgranando El Lince- ¡Pero yo creo que para tomar Siete Virtudes, vendrán con más fuerza a la que se unirán los hombres de Ratero, y ello sin contar con los indios leales a la memoria de Don Andrés Ordóñez! ¡En total tendremos ante nosotros, no menos de tres mil, o más, soldados auxiliados por unos cinco mil indios…!-

-¡Álvaro…!- interrumpió Bernardo Cabrera- ¡Les superamos en número!-

-¡No te hagas ilusiones lugarteniente…!- respondió Álvaro- ¡Si de lo que quedaba en la hueste de Sigura y Menéndez, han pasado a tener más de mil hombres, es que han logrado tropa regular, seguramente en Coro y Barquisimeto! ¡Traen además artillería, y una importante fuerza de caballería!-

-¡Pero en cuanto toquen tierra…!- exclamó Somer- ¡Les podemos sangrar en emboscadas cada jornada, con la fuerza que tenemos! ¡Cuando estén ante los muros de la ciudad de Prudencia, desearán no haber llegado a ellos!-

-¡Esta es otra suposición que puede irse abajo como un castillo de naipes!- respondió Álvaro- ¡Una fuerza así, se desplaza en galeones! ¡Si avanzara por tierra, ya tendríamos noticias de ellos!-

-¡Bien…!- entró Federmann- ¿Y los hombres del Virrey?-

-¡Dejando aparte los doscientos hombres de Tillingstein y los artilleros…!- murmuró Álvaro- ¡El resto son milicias ciudadanas, y repartidas entre siete plazas! ¡La guardia del Virrey, dudo que salga de la ciudadela!-

-¡No despreciéis a los milicianos flamencos y tudescos!- apuntó Federmann- ¡Defendiendo los muros de sus ciudades, son esforzados!-

-¿Frente a soldados entrenados como los de los Tercios?- preguntó Gerardo García.

-¡Señores, no discutáis!- cerró Álvaro- ¡Nuestra tropa, también está adiestrada como los Tercios! ¡Y estamos aquí para vencerlos!-

-¿Entonces…?- preguntó Bernardo Cabrera- ¿Qué vamos a hacer?-

-¡Lo primero es saber donde desembarcarán!- dijo quedamente El Lince, para pasar a preguntarse- ¡Pero…! ¿Por qué, se demoran tanto?-

 

A unas doscientas millas de navegación del Caño Araguao, en Isla Margarita, Rodrigo Menéndez había concluido la leva de unos quinientos hombres, la mayoría con experiencia, gente que había tomado el camino de las armas, tras la devastación que trece años atrás causara el tirano Lope de Aguirre que tomó con facilidad el poder en la isla. Los había entre ellos, que aportaban su arcabuz y eran prácticos en el manejo del mismo, otros acudían con montura y espada.

Las prácticas con el arma de fuego, así como la instrucción básica para actuar en combate como una unidad disciplinada, estaban realizadas desde la semana anterior, y ya entrados en principios de Abril de 1574, el Maestre de Campo, simplemente volvía sobre los mismos ejercicios con el objeto de que los hombres no perdieran la disciplina.

Cumaná, Macuro e Isla Margarita, se preciaban de ser los primeros puntos en los que los castellanos pusieron pie en Tierra Firme, y ciertamente a excepción de Macuro que había quedado como un puerto secundario, tanto Cumaná como Isla Margarita, concretamente su famoso puerto de La Asunción, mostraban tanto en instituciones, como en costumbres una fuerte tradición castellana. Entre La Asunción y el viejo Pueblo de Mar, que fuera destruido por Lope de Aguirre, en los llanos vecinos a las playas, acampaba la potente Hueste Reconquista. No muy lejos del campo, en una alquería que además de hacer fortuna con la venta de ganado y maíz para la tropa, se había transformado en parte como taberna a la que los señores oficiales acudían a menudo a comer o a refrescarse, tras los ejercicios militares.

Bajo el chamizo que daba sombra, se hallaban alrededor de una mesa surtida de vino y copas, Pedro Cárdenas, Alfonso García Luque y el tullido Baltasar Atienza…

-¿A qué esperamos?- gimió Alfonso García.

-¡Ciertamente, Don Pedro, este aquietamiento nos traba!- apoyó Baltasar Atienza.

Pedro Cárdenas, escuchaba a sus compañeros, y ya no era capaz de simular sus propios alegatos, su instinto y el conocimiento de su capitán general, Antonio de Sigura, le impelían a barruntar que algo sucedía en el alma de su amigo y jefe.

Mientras los oficiales se lamentaban y aventuraban opiniones sobre la causa de aquél empantanamiento, en el castillo nuevo de La Asunción, Antonio Sigura, sostenía una especial entrevista.

Estaban de nuevo frente a frente, Doña Julia López de Osma, la esposa del gobernador de la isla, y Antonio Sigura. En la sala de recepciones del gobernador, ella le había invitado a sentarse en la butaca que estaba junto a la suya, frente a la enorme ventana por la que penetraba la luz y se podía divisar aquél mar azul y cristalino.

-¡Pues si, general…!- decía la joven mientras se abanicaba- ¡El gobernador no volverá hasta Dios sabe cuando! ¡Le retiene su cargo en Santo Domingo, donde trata de los complejos asuntos que el Virrey quiere tratar con él!- Doña Julia era una damita de buen ver, con el cabello caoba y ojos verdes en un rostro realmente bello. El resto de su figura estaba en concordancia con su cara, y desde que se presentó ante ella, Sigura quedó prendado de aquella mujer.

-¡El gobernador tendrá sus obligaciones que atender en Santo Domingo, mi señora!- dijo con cierta dulzura el inquisidor.

-¡Mi señor marido atiende en mucho más, sus negocios que a su esposa, general…!- ella tras el abanico hizo una mueca de tedio- ¡Mi primer esposo, era mucho más solicito conmigo!-

-¿Qué fue de vuestro primer esposo?- preguntó espoleado Sigura.

-¡Era el comerciante más rico de Isla Margarita…!- respondió ella- ¡De hecho a su muerte, yo heredé todos sus bienes y negocios…! ¡Que ahora administra el señor gobernador, mi segundo esposo!-

-¡Por Dios…!- dijo con ensimismamiento Sigura- ¡Si yo estuviera en lugar del gobernador, os hubiera llevado conmigo hasta Santo Domingo o al mismísimo infierno!-

-¡Os creo general!- Doña Julia se insinuó- ¡Se ve a la legua que vos sois hombre decidido y de honor!- a Sigura le estaba envolviendo el hálito de la pasión, y por encima del deseo empezaba a sentir la angustia que produce un amor ilegítimo.

Lo que había dado comienzo como una negociación sobre compra de caballerías, pólvora y algunos arcabuces estaba derivando en un galanteo en caída libre.

-¡Vive Dios, si vos no estuvierais casada, no os dejaría respirar hasta lograr llevaros al altar!- arrancó con ímpetu Sigura.

-¡Pero por desgracia estoy casada, y con un hombre de ochenta años casi…!- soltó ella.

-¿Ochenta años?- se revolvió él.

-¡Por esa razón Don Francisco, prescinde de mi compañía en sus largos viajes!-razonó ella.

-¡Pero…!- siguió él- ¿Cómo pudisteis?-

-¡Obligada general! ¡Obligada…!-suspiró la esposa del anciano gobernador- ¡Mi primer esposo dispuso que si quería ser su heredera debía desposarme con el gobernador, un hombre anciano ya entonces!-

-¡La venganza del muerto!- susurró Sigura- ¡Pero eso es una iniquidad!-

-¿Imagináis lo que le esperaba a una mujer viuda, desposeída de bienes en esta isla?- se quejó ella.

Al decir esto último, Doña Julia se inclinó hacia su interlocutor, luciendo el nacimiento de su busto. Sigura sintió como se abrasaba en las llamas del infierno al tiempo que abrazaba tiernamente a aquella hermosa mujer. Ella se dio, y por tres días vivieron una historia de pasión salvaje…

En ocasiones desde las celosías de las ventanas, Sigura miraba al horizonte, a veces al inmenso océano como queriendo otear la lejana España de donde había partido casi un año atrás, en otras a los llanos del norte de Asunción, donde su ejército le aguardaba. Era una crueldad del destino que él, que despreciaba la lujuria de la soldadesca, hubiera conocido el amor por segunda vez justamente en vísperas de la campaña más importante de su vida. Pero aquella mujer… No tan sólo le sublevaba los sentidos, le llenaba el alma de calidez, y se sentía por segunda vez destinado a la felicidad. Pero se levantaba ante dicha felicidad una auténtica muralla, Doña Julia, era una mujer casada.

-¿Qué os sucede?- Doña Julia intuyó en su amante, una sombra en la faz. Sigura se apoyó en la repisa del ventanal y suspiró profundamente.

-¡Por Dios, Julia…!- masculló él- ¡Nuestro amor es imposible! ¡Yo tendré que volver con mi hueste y partir hacia el virreinato maldito! ¡Y vos…! ¡Vuestro esposo, el gobernador de la isla, un dia u otro regresará!-

-¡Amado general, tenemos un futuro incierto, pero un presente muy dulce!- Julia López abrió la bata que la cubría mostrando el cuerpo desnudo que levantaba las pasiones de Antonio Sigura. Terminaron de nuevo en el baldaquino, sobre las sabanas y cojines, suspirando y gimiendo entregados cada uno al placer del otro.

Cuando yacieron exhaustos uno al lado del otro, ella empezó a trazar la telaraña en la que había planeado atrapar a su vehemente amante.

-¡He oido hablar de ese virreinato, aquí le conocemos como las “villas de los tudescos”. aquí en Venezuela, antes había muchos! – comentó dulcemente Julia- ¡Creedme, allí solamente hay caimanes y comercio de esclavos, e incluso se rumorea que es un refugio de piratas!-

-¿Cómo decís?- se removió el inquisidor, al ver su mirada Julia sabía que había errado al pronunciar la palabra piratas- ¿El Virrey protege a piratas?- concluyó Sigura.

-¡Eso es lo que algunos de los marineros de Macuro o de Cumaná, cuentan en las tabernas de La Asunción!- la pregunta de Sigura le dio la ocasión de restar credibilidad a la cuestión- ¡Al menos esto es lo que afirma el capitán Martín, el oficial mas antiguo de la guarnición!-

-¡Pues debo hablar con él!- Sigura se había incorporado sobre un codo mirando con intensidad a su amada.

-¡Después mandaré por él…!- ella entornó los ojos- ¡Imaginad, Antonio…! ¡Con vuestro ejército, y las fortalezas de Isla Margarita, tras vencer a esos malditos tudescos de la costa del Amacuro…!-

-¿En que estáis pensando?- Sigura empezó a entrever que su amada no era una simple mujercita deliciosa.

-¡Debéis volver victorioso de vuestra empresa, quizás podáis lograr que Isla Margarita deje de depender de Santo Domingo, y se una a vuestros nuevos dominios!- las palabras de ella lograron encender una hoguera en la mente y el corazón de Sigura.

-¡Pero…!- frunció el ceño, contemplando la belleza del cuerpo desnudo de ella- ¿Y vuestro esposo, el gobernador?-

-¡Dejad eso de mi cuenta, Antonio!- y ella le tendió los brazos al cuello, besándole con toda la lujuria de la que era capaz…

 

-¡Por Dios, Don Antonio…!- le increpó Pedro Cárdenas, al verle entrar en el pabellón de oficiales. Alfonso García Luque y Baltasar Atienza se quedaron mudos- ¡llevamos más de quince dias aguardando vuestra vuelta! ¡Por suerte sabíamos por el mensajero, que no estabais muerto!-

-¡Coged vuestros arreos y vayamos a la taberna! ¡Don Baltasar mandad a por Don Rodrigo, le aguardamos allí!- fue toda la respuesta que dio Sigura.

Al cabo de unos instantes estaban sobre sus monturas, al filo del atardecer, dirigiéndose hacia la taberna. A su izquierda tenían los palmerales tras los cuales el mar se abrazaba una y otra vez a las blancas arenas de la playa, y a su derecha el llano moteado de grupos de árboles y de campos labrados.

Una vez en el interior de la taberna, Sigura pidió subir a la terraza emparrada que la aquella tenía sobre la sala, así como dos jarras de buen vino y que nadie les molestara.

-¡Hemos logrado, más de doscientos nuevos caballos, unos cincuenta arcabuces y veinte libras de pólvora…!- Sigura había empezado la exposición de los logros de su estancia en La Asunción- ¡Y todo ello como contribución a nuestra empresa…!-

-¿A quién se debe tanta generosidad?- preguntó Rodrigo Menéndez guiñando su único ojo.

-¡Al gobernador de Isla Margarita! ¡Bien…!- corrigió el inquisidor- ¡A su esposa, que en ausencia del gobernador, ejerce las funciones!-

-¡Don Antonio, eso suena a romance!- bromeó Alfonso García Luque.

-¡No seáis impertinente Don Alfonso!- dijo con una media sonrisa lobuna el inquisidor. Se alzó una carcajada general en el grupo.

-¡Brindo por dicha impertinencia!- Rodrigo Menéndez alzó su vaso de vino, los otros hicieron lo propio.

-¡Basta!-atajó Sigura- ¡Todo esto es irrelevante para nuestra empresa…! ¡Tengo también información importante! ¡Tan importante que puede darnos la llave para que el Duque consiga del Rey que nos dé derecho de aprehensión, sobre el virreinato hereje y sus territorios colindantes!-

-¿Qué sabéis Don Antonio?- preguntó Pedro Cárdenas.

-¡Según se dice, en los puertos de Siete Virtudes se protege a los piratas que atacan como buitres nuestros galeones y bergantines!- respondió Sigura con expresión triunfante.

-¡Pardiez!- exclamó Baltasar Atienza- ¡Por Dios que ese servicio al Rey tiene que ser recompensado…!-

-¡Aguardad…!- Sigura prosiguió- ¡Y en Isla Margarita verían con agrado desprenderse de su dependencia de Santo Domingo! ¡Imaginad amigos míos, el virreinato y sus territorios, la península de Paria y esta isla, todo bajo nuestro dominio! ¡Por supuesto al servicio de Su Majestad y de la verdadera fe!- dijo esto último mirando al fiel Pedro Cárdenas.

-¡Y ese miserable de Don Álvaro bajo tierra!- susurró Rodrigo Menéndez.

-¡No olvidaremos a ese malnacido!- aseveró Sigura.

-¡Decidme, Don Antonio…!- García Luque se arrancó con un cierto aire picaresco- ¿Estará de acuerdo el señor gobernador a su vuelta, con lo expuesto por su esposa?-

-¡No tendrá más remedio que capitular!- sonrió triunfante Sigura.

-¡Voto a Dios!- bramó el Maestre de Campo- ¡Y yo brindo por ello! ¡A por el virreinato!- y todos se alzaron para brindar.

-¡Caballeros, debemos jurar que estos términos no deben salir de nosotros cinco! ¡Especialmente la reserva atañe a Don Luis de Gama! ¿Entendéis Don Pedro?- exigió Sigura.

-¡Perded cuidado, Don Antonio! ¡No sabrá nada!- aceptó el bueno de Cárdenas.

-¡Entended, navegamos hacia un territorio que linda con establecimientos portugueses, y no nos interesa que urda sus propios planes, mejor que se distraiga con sus protegidos jesuitas!- todos asintieron con la cabeza en silencio.

Al caer la noche regresaron al campo, habían cenado opiparamente, y cabalgaban alegremente.

Durante el trayecto, a la vista del campo en donde acampaban mil quinientos hombres, Sigura pensaba en la diferencia de aquellos días, con las jornadas aciagas a su llegada a Nueva España, el fallido atentado contra el maldito Lince, y todo lo que siguió después. Respiró hondamente y sonrió de satisfacción, tras acabar con Don Álvaro y conquistar Siete Virtudes, su vida tomaba un signo muy distinto, su vida y la de sus fieles amigos.

-¡Recordad!- dijo un poco antes de llegar al campo- ¡Mañana embarcamos con presteza!-

La flotilla se hizo a la mar dos días después, la operación de embarque y carga de matolaje y caballerías llevaba su tiempo…

Navegaron rumbo sur sin perder de vista la costa de la isla, para salir a mar abierto cruzando el estrecho de la Boca de las Serpientes, llevaban consigo dos hombres de Octavio Ratero, conocedores de la costa del Delta Amacuro. Cuando los castellanos vieron la costa de manglares, palmerales y diversos árboles emergiendo del mar, quedaron atónitos, jamás habían contemplado un paisaje igual, y aquellas copas llenas de papagayos y monas que con sus alaridos parecían jalearles.

Los mestizos estaban junto al piloto del galeón insignia, el nuevo “Santa Sangre”, le iban indicando al tiempo que barruntaban el retorno a tierras que les recordaba sus orígenes.

Habían navegado con vientos poco favorables pero a pesar de ello en dos jornadas avistaron unas playas protegidas por pequeños salientes de roca, que los hombres de Octavio Ratero señalaron como el punto ideal para desembarcar las fuerzas destinadas a unirse con las de su capitán, camino de Siete Virtudes.

 

Unos indios waraos, se habían llegado hasta el campo de las fuerzas que comandaba Álvaro, se habían atrevido a ir hasta allí, porque habían escuchado que Álvaro llevaba consigo aravacos, una nación india emparentada con los waraos del Amacuro, el delta del Orinoco.

La llegada del grupo de waraos, levantó un cierto revuelo en el campo de la Hueste de Guay Naya y sus aliados de Angostura. Con buen sentido, los centinelas condujeron a los tres recién llagados a la presencia de Hernando, puesto que ellos reclamaban ser recibidos por un aravaco de la hueste. La conversación y el posterior consejo de los oficiales, mantenía el campo en estado de vigilia…

-¡Según lo que nos han relatado estos amigos del Amacuro…!- Álvaro había tomado la palabra dentro del pabellón donde celebraban los consejos- ¡Estamos ante un enemigo de consideración! ¡Ya no es una hueste reclutada en Portobello y Cartagena, amigos míos! ¡Es un verdadero ejército de soldados regulares, con artillería y mucha tropa de apoyo!-

-¿De cuantos hombres hablamos?- preguntó Bernardo Cabrera, el lugarteniente.

-¡Por lo que nos han dicho, mil quinientos soldados bien equipados, mil soldados de Maturín y unos tres mil caribes afines a los hombres del difunto Don Andrés!-

-¡Solamente el virrey dispone tras sus muros de más de tres mil hombres, bien armados y pertrechados!- Federmann quiso rebajar el tono de alarma.

-¡Cierto!- admitió Álvaro- ¡Pero dispersos en siete puntos! ¡El enemigo concentrará sus fuerzas en los asaltos! ¡Podéis tenerlo por seguro!-

-¡Bien…!- entró Gerardo García- ¡Pero nosotros somos algo más de mil, y algo tenemos que ver con todo esto!-

-¡Decís bien, Don Gerardo!- admitió Álvaro- ¡Pero debo recordaros, que el núcleo de ese ejército ya nos ha combatido! ¡Y pudimos comprobar que conforme avanzaban en la campaña, su combatividad iba en aumento! ¡Ese ejército cuenta con los hermanos Menéndez, como maestres de campo…! ¡Especialmente Rodrigo Menéndez! ¡Es un veterano de los tercios de Italia y de los de Flandes, ha combatido contra los ejércitos protestantes de los príncipes electores tudescos, contra el turco y contra los franceses! ¡Un ejército por él comandado y adiestrado, no es una mesnada o una hueste de las que se han visto de antiguo en estos reinos nuevos! ¡Pensad en los tercios que vencieron San Quintín o en Mühlberg!-

-¡Estoy de acuerdo en ello!- intervino Somer que hasta el momento solamente escuchaba- ¡Pero aquí no estamos en los campos de Francia…!-

-¡Sé lo que queréis proponer, y lo apruebo en parte…!- le respondió Álvaro- ¡Pero no podemos confiar el resultado de esta guerra a emboscadas y tretas!-

-¡Y bien…!- Federmann miró fijamente a Álvaro, como el resto de los oficiales y los capitanes de Angostura- ¿Qué proponéis?-

-¡En primer lugar, y de ello os haréis vos cargo, Somer, secundado por el capitán Enríquez, espiaréis el campo enemigo, nos tendréis informados y tenemos dos objetivos sobre los que actuar…!- Álvaro en pie, señalaba sobre un mapa del Amacuro, una zona en la cual se suponía se hallaba el enemigo- ¡Inutilizar sus cañones y debilitar su flota!- tras decir esto miró al baquiano alemán primero, para hacerlo seguidamente al mestizo Enríquez.

-¡Podéis contar conmigo!- exclamó Somer.

-¡También conmigo, con mis hombres y los caribe de esta zona! ¡Les crearemos verdaderos problemas!- se adhirió Enríquez.

-¡Gracias caballeros, la segunda acción a realizar es poner en conocimiento del virrey la magnitud de las fuerzas atacantes, y aconsejarle que concentre población y fuerzas en el punto más fuerte de Siete Virtudes! ¡Hay que convencerle de que es necesario para poder enfrentarse con éxito a la fuerza que se le viene encima!-

-¿Y el grueso de nuestra fuerza?- preguntó Federmann.

-¡Va a depender de hasta qué punto, el virrey, atienda nuestros razonamientos!- discurrió Álvaro- ¡Si accede a concentrar su fuerza, podemos emplearnos, conjuntamente con las avanzadas de Somer y Enríquez a ir mermando sus fuerzas…! ¡Pero si por el contrario, Don Leopoldo De La Marck, no mueve sus fuerzas y población, estamos ante la obligación de coordinarnos con la defensa de las ciudades atacadas!-

-¿Ellos van a decidir finalmente, nuestra estrategia?- Bernardo Cabrera protestó.

-¡Recordad que estamos aquí para defender a nuestros patrones…!- respondió Álvaro a su lugarteniente- ¡Entre ellos vuestro hermano Manuel! ¡Está en Prudencia…! ¡Pudimos hablar con él hace unos días, Federmann y yo mismo!-

Tras estas palabras, el explosivo lugarteniente bajó su cabeza, era un gesto que Álvaro le conocía; acataba pero a regañadientes. Tras el silencio de Bernardo Cabrera, Álvaro prosiguió.

-¡Excepto Somer y Enríquez, el resto puede retirarse…! ¡Hay que doblar la guardia! ¡Recompensad a los waraos, y que sigan informando si ven algo importante!-

Los oficiales a excepción de los reclamados por el capitán general de la hueste se retiraron a cumplir las ordenes de su jefe. Álvaro permaneció por largo tiempo con los dos escogidos para espiar, merodear y golpear al enemigo, por espacio de dos horas analizaron los mapas, y trazaron planes para lograr crear el desconcierto y mermar tanto la moral como los medios del ejército de Sigura.

 

La flotilla de la reforzada Hueste Reconquista ancló en una pequeña bahía, a la que los hombres de Maturín llamaban Amabujo, limitada por dos salientes rocosos y poblada en el litoral por manglares que se adentraban en el mar, presentaba en el centro de la media luna de la bahía una estrecha playa, tras la cual empezaba la poblada selva…

Los desembarcos siempre eran una operación compleja, aún cuando no fuera bajo fuego enemigo, Antonio Sigura y Luis de Gama coincidieron en adoptar las elementales medidas de precaución, por lo tanto se adelantó un destacamento a bordo de dos barcas para inspeccionar la playa y sus alrededores y dar la seguridad necesaria para iniciar el desembarco, al amanecer del siguiente día, la tarde fue dedicada a que la flotilla adoptara una formación defensivamente adecuada.

Asegurada la cabeza de playa, al siguiente día iniciaron el desembarco, los primeros trasladados a tierra, tenían como misión desbrozar las primeras varas de selva para ampliar el perímetro seguro en el que poder maniobrar.

A primera hora de la mañana, a la vista de los primeros trabajos en la playa, Sigura había dispuesto que en el castillo de proa del nuevo “Santa Sangre”, se preparara una mesa para desayunar todos los oficiales, incluido Luis de Gama, sobre la mesa además del pan y la leche caliente estaban desplegados algunos mapas. Como que la estación empezaba a ser seca, y el calor agobiante desde hora temprana, una toldilla les proporcionaba sombra. Una vez estuvieron todos congregados, dos hombres armados guardaron las escalerillas de acceso al puente, de forma que nadie pudiera escuchar lo que iban a tratar.

-¡A pesar de que nos sintamos seguros!- empezó Sigura su arenga matinal- ¡Debemos actuar con toda la precaución de la que seamos capaces!-

-¡Es sabido Don Antonio…!- intervino Rodrigo Menéndez- ¡Que el momento en que una tropa embarcada es más vulnerable, es el del desembarco!-

-¡Por ello, señores, os solicité dejarais que cuidara de dicha operación, en la que estoy tomando todas las medidas defensivas posibles!- apuntó Luis de Gama, tras tomar un sorbo de leche con canela.

-¡Y vive Dios, que conocéis el oficio, Don Luis! ¡El desembarco se está realizando de la forma más ordenada y segura que jamás he visto!- el veterano Rodrigo Menéndez, alabó las medidas que el marino de los Caballeros de Cristo había ordenado.

-¡Don Luis tiene buenos motivos para andarse con cautela!- Sigura miró al marino y después al resto de los asistentes al consejo- ¡En la rada de Cartagena perdió a los hombres que con él salieron de Lisboa para traernos hasta aquí, a manos del Lince!-

-¡Es cierto…!- comentó en voz baja Luis de Gama- ¡Al principio me sentía ajeno e incluso incómodo con vuestra misión, por la manera en que llevasteis lo del motín en la travesía! ¡Pero tras lo de Cartagena, también deseo dar caza a ese enemigo vuestro!-

Al escuchar estas palabras, Pedro Cárdenas tragó saliva, a él le volvieron a la mente las imágenes de aquellos indios de la sierra del Perijá abrasados vivos o cazados como alimañas cuando huían del fuego, había sentido por unos días repugnancia de si mismo, por haber participado en aquello.

-¡Yo si que tengo motivos para matar a ese bastardo!- exclamó Baltasar Atienza poniéndose en pie con penas y trabajos.

-¡Yo os prometo Don Baltasar, que antes del final de esta jornada, aplastaréis con vuestra pierna de hueso la cabeza de ese gato maldito!- se recreó Sigura imaginando a su enemigo muerto y desfigurado.

-¡Estoy seguro de que el corazón de Don Baltasar es cristiano!- cortó Cárdenas- ¡Y un corazón cristiano no debe albergar tanto rencor! ¡Una cosa es la legítima venganza, que yo ansío tanto o más que vuesas mercedes…! – siguió Pedro Cárdenas con su voz grave y expresión austera- ¡Pero otra muy distinta, el ensañamiento, la crueldad y la tortura!-

Por unos instantes, Sigura no supo que hacer con su amigo, pero en sus ojos grandes, castaños y serenos no pudo advertir más que valor y nobleza. Puso la mano derecha sobre el hombro de su viejo camarada y se dirigió a todos.

-¡Ciertamente Don Pedro, es un auténtico caballero cristiano, noble y leal! ¡En cuantas ocasiones, caballeros, ha sido el freno de mi ira! ¡Todos sabéis de mis humores furiosos!-

-¡A menudo me pregunto si es solamente esa cicatriz la que se halla tras vuestra persecución a ese bastardo!- curioseó García Luque.

-¡Don Alfonso…!- Pedro Cárdenas tomó de nuevo la palabra- ¡Ese miserable es la causa por la que Don Antonio no puede ostentar la nobleza de su linaje…! ¡Si no fuera por el Duque, vagaría como soldado de fortuna o en busca de trabajos indignos de su alta alcurnia!-

-¡Ahora entiendo…!- susurró Luis de Gama. Pero mientras decía dichas palabras, en su mente cogía cuerpo la opinión de que los castellanos tenían un sentido del honor más ligado a la sangre y a la estirpe, que a las acciones. Para ellos el linaje comportaba el derecho al buen nombre y al poder, sin duda como consecuencia, también a la riqueza.

-¡Bien, volvamos a lo que nos ocupa en este instante!- reclamó el veterano Rodrigo Menéndez.

-¡Gracias, Don Rodrigo!- sonrió Sigura, tomando su ración de leche- ¡Vamos a trazar el plan para las primeras cuatro jornadas, que según Don Luis, es lo que tardaremos en desembarcar la fuerza que atacará por tierra!-

-¿Qué fuerza destináis al ataque desde el mar?- preguntó Luis de Gama.

-¡Hemos reunido mil seiscientos hombres, de ellos, trescientos junto con la marinería atacarán el núcleo principal de Siete Virtudes, al mismo tiempo que desde tierra iniciaremos el asalto a sus murallas! ¡Ello les obligará a dividir sus fuerzas!- expuso Sigura figurando con su mano los movimientos de la flotilla sobre el mapa.

-¿Cómo coordinaremos ambos ataques?- preguntó Rodrigo Menéndez.

-¡Una señal de luz y de sonido, al alba…!- sugirió Sigura.

-¿Un fuego de artificio? ¿O una flecha ardiendo?- aventuró Pedro Cárdenas.

-¡Veremos cual de ambas, nos será más útil!- respondió esquivo Sigura- ¡Es más importante que tengamos claro que la señal, ha de ser lanzada desde la flota…!-

-¿Por qué, Don Antonio?- preguntó García Luque.

-¡Porque un ejército de tierra puede agazaparse y fortalecer su posición frente a los muros o posiciones enemigas…!- respondió Sigura- ¡Pero tengo por cierto que en cuanto nuestra flota sea avistada desde los baluartes del Virrey Leopoldo, correrá peligro!-

-¡Entiendo!- exclamó García Luque.

-¡Escuchadme bien…!-prosiguió el inquisidor- ¡Todos sabemos cual es la destreza de ese bastardo en urdir emboscadas y celadas! ¡Así pues, Don Rodrigo, bajo las ordenes de nuestro alférez, el joven Rafael Cabrera, que tengo entendido es medio baquiano, debe montarse todo un sistema de vigilancia contra espías enemigos y de merodeadores para saber puntualmente los movimientos y situación del enemigo!-

-¡Me parece muy acertado, Don Antonio!- con dicha afirmación siguieron con el desayuno bajo la toldilla en la proa del galeón. Más tarde tratarían del orden y detalles del desembarco, pero todos sabían que la joya del ejército eran los cañones sobre ruedas, gentileza de Cartagena, uno de ellos y el otro de Isla Margarita. Sería lo último en desembarcar…

Rafael Cabrera se había empleado a fondo en el cometido que el Maestre de Campo, Don Rodrigo Menéndez le asignara. En los promontorios rocosos estableció turnos de centinela de jornada entera, por la noche doblados, equipados con linternas cegadas de señales y armados de ballestas y arcabuces. En el centro de la playa, sobre la chalupa más grande de la flotilla un dispositivo igual a los de las alturas.

Sobre los buques, a proa y popa guardia armada, y en las cofas permanentemente había situado vigías.

Una vez tuvo el dispositivo de vigía y alerta bien dispuesto, se dedicó a seleccionar los hombres, diez en total, que fueran los más aptos para merodear en las inmediaciones del campo enemigo y de sus fortalezas. Tardó las horas del día hasta la noche, en tenerlo todo a punto.

El Maestre de Campo, dejó a su elección el momento de salida, y Rafael no dudó en ordenar la partida tan pronto la luna proporcionara luz suficiente para deambular por la selva, llevaba consigo uno de los hombres de Maturín que conocían la zona, dos indios caribe y siete hombres más, todos ellos baquianos o hechos a las salidas en el Reino Nuevo de Granada.

No muy lejos del saliente rocoso del sur de la bahía de Amabujo, en plena noche, junto a un pequeño salto de agua en una garganta, que terminaba en un remanso, se encontraban Alfredo Somer, uno de sus hombres y un indio de su estancia. Estaban ocupados en embadurnarse con el fango negro de los márgenes del riachuelo, el tudesco se había tiznado con carbón para ocultar la blancura de su piel en la noche. Hacía tres horas que acechaban la flotilla invasora, con el catalejo el baquiano había localizado los cañones con ruedas en un bergantín ligero, anclado entre el resto de los buques de la pequeña armada de Sigura, sin duda con la intención de proteger los cañones de cualquier sabotaje. Al verlo el alemán había sonreido, sin duda las tretas de Álvaro de Sobrarbe, tenían escarmentados, aquellos truhanes.

Junto a ellos, sin hacer ruido alguno se presentó reptando entre las hojas de los arbustos de la selva, otro indio al servicio del tudesco…

-¡La guardia es doble, y está…!- el indio trazó sobre la negruzca tierra un esquema de la bahía y de la posición de los buques. A continuación señaló todos los puntos en los que había detectado centinelas, llamó la atención sobre los de los promontorios.

Alfredo Somer estudió con atención los puntos que su indio le marcaba, él retenía en su memoria las imágenes de aquella tarde, y tras reflexionar un momento le preguntó al explorador por las guardias de los buques.

-¡Armadas y dobles, según he visto…!- el indio caquetio se puso los dedos en los ojos como jurando lo que había espiado. Somer suspiró… El ruido del salto de agua y los de las monas y pájaros nocturnos en las copas de los árboles, impedían que sus susurros fueran escuchados por nadie.

-¡Escúchame bien!- le dijo al caquetio, sin dejar de embadurnarse de lodo negro- ¡Ve donde está el capitán Enríquez y le dices lo mismo que me has contado! ¡Dile también que esta noche iremos a por los cañones!- el caquetio se escurrió sin hacer el más leve ruido, entre la vegetación.

-¿Cómo lo haremos?- le preguntó el baquiano que había venido con él.

-¡Él…!- dijo Somer señalando al otro caquetio-¡ Llevará su arco, flechas y cuchillo, y tú Walther, la ballesta y una daga! ¡Nada de armas de fuego! ¡Inutilizaremos los cañones con remaches y un martillo que llevo conmigo! ¡Nadaremos bajo el agua, tallaremos unas cañas para poder respirar mientras nos desplazamos!- el osado tudesco sonreía ante la treta que acababa de urdir con tal de plantarse en el bergantín que guardaba ambos cañones, burlando una guardia tan nutrida como aquella.

Los tres descendieron por el arroyo hasta llegar al manglar situado al pie del promontorio rocoso, llevaban ya sus cañas cortadas para poder respirar bajo el agua, Somer pudo ver el reflejo de la luna sobre las aguas, felizmente llevaba hasta el bergantín que debían abordar… Se introdujeron en las cálidas aguas…

En lo alto de las rocas, solamente iluminados por la luna, los hombres que Rafael Cabrera había designado escudriñaban atentamente el trecho de bahía que les separaba de los buques anclados en ella. De pronto una nube oscureció la luna, los centinelas forzaron la vista para poder observar a pesar de la negrura de la noche. Pero en unos instantes la nube pasó y la noche aclaró de nuevo con luz argentina.

-¡Allí…!- dijo uno de los centinelas, señalando con su arcabuz.

En efecto, en plena estela de la luna, pudieron ver tres palos que se desplazaban en dirección a las embarcaciones. Uno de los dos centinelas, echó mano a la linterna de señales y alzó y bajó repetidamente la tapa, en dirección al galeón “Santa Sangre”. Desde el galeón respondieron y varios hombres de la guardia del castillo de popa se asomaron para ver el motivo por el cual desde el roquedal del sur les alertaban. Por mucho que se esforzaban no podían ver nada, pero el vigía de la cofa vio algo que le pareció sospechoso y dio la alerta. La borda de estribor se llenó de arcabuceros. Pero de repente desapareció cualquier señal de anormalidad.

-¡Que se enciendan todos los farolillos en los buques!- Sigura en mangas de camisa intentaba perforar la noche con sus ojos hundidos de color azul cobalto- ¡Todo parece normal, pero no podemos cometer el error de relajar nuestra vigilancia!-

Uno tras otro se fueron encendiendo los farolillos en todas las embarcaciones ancladas en la bahía.

Nadie pudo advertirlo, pero junto al casco del bergantín, emergieron tres cabezas, casi imperceptibles a causa de ir tiznadas por completo. Lentamente, aprovechando las traviesas de los obenques, se fueron encaramando disimulados por su aspecto parduzco que se confundía con la madera del casco del bergantín. Uno tras otro llegaron a las amuras del castillo de popa, y pasaron a él sigilosamente, el indio pudo degollar al centinela de popa, el llamado Walther se apostó con la ballesta para cubrir a su jefe.

Somer se deslizó por las escaleras hacia el puente donde se hallaban los cañones amarrados, lo hacía lentamente sin perder de vista las siluetas de los centinelas de proa, que la luz de los farolillos recortaba a contraluz.

El baquiano de los llanos de oriente, se situó junto al alojamiento de la mecha de encendido del primer cañón, llamado oído, y apuntó el remache empezando a picar con el martillo, era totalmente consciente de que aquél podía ser el último momento de su vida, pero confiaba plenamente en su buena estrella.

Los golpes llamaron la atención de la guardia de a bordo…

-¡Alerta! ¡Alerta!- se escuchaba ya en todos los buques.

El indio se alzó y atravesó a uno de los guardias que venían para matar a Somer, con una flecha, el vigía de cofa que descendía con una daga entre dientes por los obenques, cayó con un alarido con un dardo de ballesta en el cuello.

Mientras, Somer, como un forjador titánico martilleaba el remache para inutilizar el encendido del cañón… Tres o cuatro golpes más y a por el segundo- pensaba- a la vez que sudaba de calor, de cansancio y de angustia. Empezaron a sonar arcabuzazos, de la escotilla intentaba emerger el resto de la guardia, pero el caquetio los iba rebanando uno a uno el pescuezo tan solo apuntaban la cabeza.

Al fondo de la bahía, sobre la cubierta del galeón, las voces de Sigura y Rodrigo Menéndez, tronaban, maldiciendo y llamando a las armas.

Los arcabuzazos se redoblaron, y de la camareta del castillo de popa apareció un oficial con un pedernal, salió a espaldas de Walther que recargaba su ballesta. El estampido y el grito del baquiano tudesco fueron uno, el gigantón tiznado se desplomó como un peso muerto. Somer redobló sus golpes, al fin había cegado el canal de la mecha, aquél cañón no volvería a disparar. De la proa venían más soldados, a sus espaldas el oficial recargaba con aviesas intenciones el pedernal. No había posibilidad de cegar el segundo cañón.

-¡Aiyú…! – gritó el tudesco- ¡Al agua!-

Hubo una descarga cerrada, pero ambos saltaron a las aguas de la bahía, el indio caquetio con un rasguño, pero a Somer le alcanzó el pedernal y dos arcabuzazos más, el hilo de vida que le quedaba se ahogó en las aguas de la bahía de Amabujo.

A pesar de los gritos de los de la guardia del bergantín, Sigura y Rodrigo Menéndez habían bajado al esquife del nuevo “Santa Sangre” y a lomos de los marineros que remaban se acercaban rápidamente al buque atentado. Llevaban consigo a Maese Juan Pérez, experimentado artillero para que repasara las piezas de artillería.

Una vez a bordo, el primer acto de Sigura fue observar las manos del abatido en el puente de popa, y al ver que no le faltaban dedos bajó la escalerilla hacia el puente central, donde el artillero Juan Pérez y el Maestre de Campo estaban en plena revisión de las piezas de artillería.

-¡Éste, está intacto!- sonrió el artillero dando un golpe al cañón. El hombre no era de gran estatura, pero de una complexión muy recia, especialmente sus brazos delataban que bregaba desde antiguo con pesos considerables, y los dedos de sus manos semejaban los tentáculos del pulpo.

-¿Y, el otro?- urgió Rodrigo Menéndez.

El artillero repasó la pieza y al llegar al oído, conducto de la mecha, se le heló la sangre en las venas. El cañón había sido inutilizado. Con voz trémula comunicó el resultado de su repaso.

-¡Por vida de…!- bramó furioso Sigura- ¡Ese perro, sigue vivo y nos ha saboteado una pieza!-

-¡Permitidme, mi capitán general…!- el oficial de la guardia que había descargado el pedernal solicitó que se le atendiera.

-¡Largad, no tenemos tiempo…!- contestó de mala manera Sigura.

-¡Al hombre que se empleó en el primer cañón, antes de que saltara al mar, le dí en la espalda…!- informó el oficial- ¡Pero además recibió como poco un arcabuzazo de la proa!- Sigura le contempló en la obscuridad aún reinante.

-¿Y el saboteador abatido?- preguntó el inquisidor.

-¡Yo le abatí en primera instancia!- respondió el hombre.

-¡Bien hecho, dadme vuestro nombre y grado!- espetó Sigura.

-¡Mi razón es Jacinto Paredes, procedo de Barquisimeto y fui reclutado con el oficio de teniente, ya que aporté montura y armamento!-

-¡Maese Jacinto, desde hoy, sois capitán! ¡Y tendréis a vuestro cargo la pieza útil que nos resta!- Sigura lanzó primero el premio y a continuación la condena- ¡No es necesario que os detalle la importancia que reviste tener cuidado de la pieza que nos queda para llevar nuestra jornada a buen término! ¡El cañón que nos han dejado fuera de servicio, es de veinte libras, especial para derribar muros! ¡El que nos resta, es algo más ligero, tan sólo catorce libras…! ¡Pero servirá para limpiar almenas y reventar empalizadas! ¡Ya que vos lo salvasteis, seguiréis con su custodia!-

-¡Estoy a vuestras ordenes mi general…!- el recién ascendido a capitán, saludo inclinando su cabeza guardada con el clásico morrión de los soldados de Castilla.

La situación en las cubiertas de los buques de la flotilla, se iba normalizando. A pesar de ello, Sigura ordenó que con barcas se buscaran los restos de los dos enemigos que heridos habían logrado huir de la cubierta del bergantín. En consecuencia lo que quedaba de noche, las barcas disponibles, con linternas y antorchas anduvieron recorriendo la bahía en busca de los cuerpos de los que habían osado cometer el acto de sabotaje.

Clareaba, cuando el cuerpo de Alfredo Somer fue devuelto por las aguas a la superficie, parcialmente tiznado todavía, mantenía agarrotado el martillo en su diestra y en el rostro medio enmascarado se dibujaba la sonrisa de un triunfo menor, en el curso de una gran batalla. Cuando fue llevado hasta el galeón, Sigura reconoció en el acto que no era su odiado Lince… Y maldijo una vez más la sombra de su ancestral enemigo.

-¡Ya sólo nos faltaba, que ese maldito Álvaro de Sobrarbe, haya sido capaz de tomar aprendices adelantados…!- masculló furioso el inquisidor, mientras se vestía con el jubón corto de su ropilla negra- ¡A este pequeño gato, le hemos dado caza, pero no olvidéis que su jerarca todavía anda suelto!-

Con la atención puesta en el bergantín del centro de la bahía, nadie había advertido una figura que nadaba silenciosa y cansinamente hasta dejar atrás el promontorio rocoso del sur de Amabujo.

El indio caquetio se ocultó en los manglares, descansó y comprobó su herida en el brazo izquierdo, no sentía la mordedura del plomo ni de ninguna flecha… Algo le había rozado, pero no había penetrado en él, para su suerte. Toda su atención se centró en abandonar las cercanías de la bahía, antes de que amaneciera. Antes de que aquello sucediera, logró encontrar algunas hojas que masticadas y mezclada con musgo y su saliva se aplico a la herida, como un emplaste que fijó con lianas. Al poco emprendió el regreso hacia el punto en el cual Enríquez y los suyos tenían el punto de reunión…

En las primeras varas de recorrido, Aiyú, el indio caquetio, pudo apercibirse de que paralelamente a él, pero más lenta y torpemente se movían unos teules de los que habían acabado con amo Somer…

El indio llegó con prontitud al refugio de las avanzadillas de Enríquez, unas viejas ruinas de las que nadie conocía su antigüedad, una vez allí dio la alarma respecto del grupo de exploradores enemigos que se acercaban, y una vez estuvo con Enríquez dio cuenta del resultado del golpe de mano que habían llevado a cabo. La caída de Somer cayó como un mazazo entre todos, pero especialmente entre los hombres que allí se encontraban que le habían seguido desde los llanos orientales.

Enríquez tomo las disposiciones para hacer frente al grupo de merodeadores que se acercaba, mirando hacia la bóveda celeste, comprobó que aún tenía dos horas largas de noche cerrada. El recién llegado colaboró en el dispositivo que desplegaron para cazar a los que se acercaban desde el campo enemigo.

Justo al amanecer Rafael Cabrera y diez hombres más fueron rodeados en una vaguada rodeada de selva intrincada, al no obedecer la primera voz que les dio el alto, un dardo de ballesta abatió limpiamente al guía mestizo… Enríquez había reconocido al hombre de Maturín, y fue el elegido para amedrentar al resto. Pero Rafael Cabrera, se empinó sobre las bridas de la silla de montar desenvainando su espada, en actitud de remontar el desnivel para poner a salvo su escuadra. La respuesta consistió en un arcabuzazo que dio con uno de los indios caribe en el suelo, y a continuación otro que abatió el caballo que Rafael Cabrera montaba. El alférez tuvo que andar ligero para evitar romperse una pierna en la caída del corcel.

A la siguiente voz, decidió rendir sus armas ordenando a los otros que siguieran su ejemplo.

-¡Venga, subid lentamente!- la voz de Enríquez todavía invisible conminó al grupo de merodeadores ya desarmados, que se acercaran al linde de la jungla. De esta guisa, cayó prisionero del campo de Álvaro de Sobrarbe.

Al siguiente anochecer un grupo de los hombres de Enríquez, comandados por un cabo de Angostura, realizaban su entrada en el campo de la Hueste Guay Naya y sus aliados, llevaban maniatados y en reata a Rafael Cabrera y los ocho hombres que quedaban de su partida.

Fueron recibidos por unos hombres de Federmann que estaban de guardia…

-¡Una partida de merodeadores del ejército invasor!- informó el cabo- ¡Este los mandaba!- el cabo señaló a Rafael.

-¡Esta bien!- respondió el tudesco que hacía la guardia en la puerta- ¡No los sueltes y llévalos ante el oficial de guardia!-

-¿Quién esta de oficial de guardia?- preguntó el cabo.

-¡El lugarteniente del capitán general!- respondió el centinela.

En el campo había un cierto revuelo, el capitán general estaba de regreso de su audiencia con el Virrey Leopoldo De La Marck, traía con él una cierta indignación, pero especialmente su semblante presagiaba momentos difíciles, tanto por las actitudes del flamenco como por las conversaciones sostenidas con Tillingstein, con Eleazar el viejo judío de Sevilla y con Manuel Cabrera, éstos últimos los banqueros de la empresa que soportaba la firma y sello del Adelantado del Rey, en Mérida de Yucatán. Álvaro había convocado el consejo de oficiales, para el mediodía del siguiente día. Pero aquella misma noche había arribado al campo el viejo Guyapín desde Angostura, con la compañía de los mirmidones del capitán Galíndez.

-¡Dama Cecilia, me manda a decirte que tiene listo todo el ejército para reforzar lo que has logrado reunir aquí al sur del Amacuro!- el entrañable tuerto transmitía el mensaje de su señora con un gesto suplicatorio de que el castellano aceptara la ayuda. Lo suplicaba por dos motivos, el primero era que, por nada del mundo quería perderse aquella campaña, y el segundo consistía en que una negativa de Álvaro, comportaba el reproche de Cecilia Ordóñez, por no haber sabido convencerle.

-¿Por qué razón cree que vamos a necesitar dicho apoyo?- Álvaro había recibido en su tienda al comandante de los mestizos de Angostura y estaban solos.

-¡Las noticias que te han llegado hasta tu campo, también han corrido río arriba!- respondió Guyapín removiéndose en la banqueta, pues se temía que Álvaro iba a rechazar más, de lo que Angostura ya había puesto bajo su mando- ¡Sabemos que llegará un ejército de invasión de cerca de tres mil quinientos soldados, a más, los indios que aportará Ratero como tropa auxiliar! ¡Sabemos que tienen mucha caballería, cañones y una flota! ¡Atacarán por tierra y desde el mar!- el tuerto calló a la espera de la reacción de su interlocutor.

-¿Y bien? ¡Guyapín, ya contábamos con algo así!- fue la respuesta.

-¡Pero…! ¿No lo entiendes? ¡Ella no quiere que mueras, desea tu victoria! ¡Y debes vencer aquí!- alzó sus brazos Guyapín.

-¡Mira comandante…!- Álvaro adoptó un tono de complicidad- ¡La victoria en Siete Virtudes, no está asegurada! ¡Daré ordenes para que si nos arrollan, los capitanes reagrupen lo que quede de nuestras fuerzas y partan hacia Angostura a marchas forzadas! ¡Es Angostura, la que no debe caer…! ¡No puedo quitaros ningún efectivo más! ¡Allí nacerán mis hijos, Guyapín!- Álvaro miró fijamente el único ojo del mestizo, negro como el carbón. Éste asintió en silencio, comprendía el argumento de Álvaro, que además podía representar la esperanza de que el Jaguar, el Lince o como demonios le llamaran, regresara a Angostura.

-¡Dama Cecilia, espera tu regreso!- susurró Guyapín.

-¡Somos de mundos distintos, además sobre mí pesa una grave condena!- dijo quedamente Álvaro.

-¡Al menos deja, que me quede para luchar a tu lado…! ¡Si vences y regresas, sé que Angostura se convertirá en el reino más poderoso de los entornos! ¿Te imaginas Jaguar? ¡Tú y Dama Cecilia reinando incluso sobre el reino Omagua, la canela, el oro…!-

-¡Tú regresas junto a Dama Cecilia! ¡Eres necesario para dirigir la defensa de Angostura!- ordenó tajante Álvaro.

-¡Bien pero Galíndez y los mirmidones leales, se quedan aquí…!- bramó el gigantón- ¡Han venido a luchar a tu lado! ¡No los puedes desairar!-

Álvaro miró sonriendo al mestizo…

-¡Sea, pero tú partes mañana con una buena escolta hacia Angostura!- y se dieron un apretón de manos.

-¡En este campamento…! ¿No se cena?- soltó Guyapín.

-¡Guyapín me das más miedo que cien ejércitos invasores…!- le respondió riendo Álvaro, al tiempo que le hacía el gesto de salir al exterior.

Ambos se dirigieron bromeando hacia el fuego donde los hombres estaban asando unos tapires que habían cazado, cuando vieron a Bernardo Cabrera, el lugarteniente, que se aproximaba con prisas.

-¡General, general…!- decía casi sin resuello- ¡Han traído prisioneros!-

-¡Muy bien!-respondió Álvaro- ¡Les interrogaremos!-

-¡Es que mi hermano Rafael, es uno de ellos…!- siguió apresuradamente Bernardo Cabrera-¡Pero hay mas…!-

-¡Venga hombre, cuenta!- Álvaro se detuvo frente a su lugarteniente, en actitud de aguardar.

-¡Don Alfredo Somer, ha inutilizado uno de los cañones grandes del enemigo…!- exclamó con aire triste.

-¿Y por eso estás como si te hubieran soplado tu paga?- bromeó Álvaro.

-¡Don Álvaro…!- siguió el lugarteniente- ¡Es que ha muerto en la acción, el y su sargento Walther!- al escucharlo, Álvaro dio un paso atrás, la noticia le cayó como un mazazo.

-¡Somer muerto…!-murmuró- ¡Ha caído uno de los capitanes, el más alegre, el que creía más en su buena estrella! ¡Su gutstern, como él decía! ¡Maldita sea, será una noche triste, vamos a hablar con su gente!-

De repente el apetito se había esfumado, Álvaro caminaba decidido con semblante entristecido hacia las tiendas en las que los de Somer estaban acampados.

-¡Pero…! ¿Y mi hermano, qué hacemos con él?- iba preguntando un paso atrás del capitán general su lugarteniente.

-¡Después, Bernardo! ¡Lo primero, es lo primero!- respondió sombríamente Álvaro, mientras se palpaba la manopla que cubría el guantelete de acero.

Al llegar al campamento de los hombres de Somer, advirtieron que la noticia ya era conocida. Estaban todos entristecidos, sin catar el asado que tenían en su fuego, algunos de ellos tenían los ojos enrojecidos y vidriosos, de ira y de retener el llanto. No muy lejos de la hoguera situada en el centro del campo baquiano, estaba frente a la tienda que ocupaba el capitán Alfredo Somer, su silla de montar, y las armas y atavíos de los que se había desprendido antes de realizar la incursión en la flotilla del enemigo.

-¡ No es preciso que os diga cuanto lo siento…! ¡En el tiempo que hemos compartido la jornada, he tomado gran aprecio por vuestro jefe!- la voz de Álvaro sonaba hueca, a causa de la emoción y del sobrecogimiento que le hubiera entrado al más bregado ante una tropa hecha y derecha, sumida en tamaña tristeza. Nadie dijo nada, y Álvaro prosiguió- ¡Me hago una idea de cómo se sienten vuecencias! ¡Han combatido bravamente! ¡Comprendo que los haya que sientan la necesidad de regresar a los llanos, nadie tiene derecho a reclamarles nada! ¡Hablen los que así quieran, con el lugarteniente para que les sea abonada la soldada, desde el último haber hasta la fecha de la partida! ¡Tan sólo solicito, que los que partan, lo realicen ordenadamente y todos juntos!- el crepitar de las llamas continuaba escuchándose en el ámbito, como a lo lejos el parloteo de los habitantes nocturnos de la jungla. Finalmente uno de los baquianos, joven y de aspecto tudesco, como más de la mitad de ellos, tomó la palabra.

-¡Señor capitán general, Don Alfredo Somer era mi padre, y hoy los suyos, sus amigos y sus indios le lloran, orgullosos de él porque con su acción ha logrado salvar muchas de nuestras vidas!- el mozo ciertamente guardaba parecido con Somer, incluso en su pelo rojo por completo- ¡Pero mañana, en mi alma solamente quedará lugar para lograr vengarle!- al decir esto último se puso en pie contemplando a sus compañeros. Uno tras otro, al principio, y en grupos después se alzaron todos sin excepción.

Álvaro los fue mirando lentamente, asentía levemente con su cabeza, sentía admiración por aquella mesnada, tan alegre como corajuda y práctica en aquellas difíciles tierras.

-¡Por supuesto, honradle hoy! ¡Todos lo haremos!-exclamó Álvaro- ¡Mañana, venid a verme!- con un gesto indicó a los que le acompañaban, que se retiraban dejando a la gente del baquiano tudesco en su duelo.

Mientras volvían hacia el centro del campo, Bernardo Cabrera volvió a insistir…

-¿Y los prisioneros? ¿Y Rafael?- el hombre estaba realmente angustiado, lo que en aquél momento disgustaba profundamente al general de la Hueste Guay Naya.

-¡Esta noche que les den de cenar, solamente sopa de mandioca, pan de cazobe y agua! ¡Mañana, ya veremos…! ¡Quién sabe Bernardo…! ¡Quizás él ha sido uno de los que han matado a Somer!-

-¡No puede ser!- se entestó el lugarteniente.

-¡En todo caso, admitiréis señor lugarteniente, que el tal Don Rafael Cabrera, andaba en malas compañías formando parte del ejército invasor!- sentenció Álvaro.

-¡Pero, por amor de Dios y la Santísima Virgen…! ¡Don Álvaro, es mi hermano y si hubiera sabido que yo…!- suplicó el lugarteniente.

-¡Dejadlo, Don Bernardo…!- Guyapín agarró por el hombre al lugarteniente- ¿No os dais cuenta de que, va a llorar a su camarada?- Álvaro siguió dirigiéndose hacia el fuego central del campo, no se advertía algarabía alguna, la fúnebre noticia se había extendido entre todos los hombres del campamento.

Con las primeras luces del alba, Álvaro hizo que Bernardo y dos hombres le trajeran a su tienda al prisionero Rafael Cabrera.

-¡Por Dios, Rafael!- Bernardo Cabrera apremiaba al prisionero que maniatado estaba ante Álvaro, flanqueado por dos soldados y en presencia de su hermano y de Guyapín- ¡Responde a lo que te preguntan!-

-¡Ya os lo he dicho, soy un cabo de la hueste Reconquista!- se cerró el prisionero.

-¡No es cierto, señor…!- espetó uno de los hombres que le vigilaban- ¡Yo estuve entre los tiradores de la batalla de los llanos, y este hombre era el alférez del enemigo!-

-¿Es cierto eso, Rafael?- preguntó su hermano Bernardo.

Rafael Cabrera realizó el gesto de apretar las mandíbulas, quedó patente que estaba decidido a no revelar nada. Álvaro apreció el gesto en lo que significaba, e interrumpiendo a su lugarteniente que desesperado intentaba intervenir de nuevo, tomó la decisión que creyó más oportuna a la vez que piadosa, no con respecto al prisionero, sino a su hermano que le había seguido desde Portobello hasta el Amacuro.

-¡Guyapín, vos partís hoy hacia el sur…!- dijo- ¡Llevaréis con vos a éste prisionero, y lo mantendréis preso hasta el fin de la contienda! ¡Es mi deseo que no sea maltratado, y que se le alimente como es debido! – Álvaro, se detuvo un instante para mirar a su lugarteniente, para proseguir seguidamente- ¡Rafael, debéis el trato a vuestra condición de hermano de Don Bernardo! ¡Llevaoslo!-

-¿Y mis hombres?- se envaró el prisionero.

-¡Son mis prisioneros, cabo!- fue la lacónica respuesta del capitán general de la Hueste Guay Naya.

De vuelta a su encierro, Bernardo Cabrera volvió a insistir a su hermano.

-¿Rafael, por qué no te pasas a nosotros?- le preguntó por enésima vez.

-¡Mira Bernardo, cada cual ha escogido su camino…!- dijo altivo el prisionero amarrado de manos pero no de voluntad- ¡Tú has elegido el bando de un nuevo tirano como Aguirre, y yo resto al servicio del Rey y sus enviados!-

-¡Cuán errado vas, Rafael! ¡Las capitulaciones de esa gente son un fraude, tu gente atacará un virrey instalado por su Majestad, el Rey!- le espetó dolido el lugarteniente.

-¡No te preocupes por mi hermano, Dios dirá la suya! ¡Tenlo por cierto!- retó el prisionero.

-¡A ti, ya te la ha dicho, prisionero!- respondió Bernardo Cabrera ofendido.

Rafael Cabrera, fue atado al poste de una tienda, se le dio agua y pan de cazobe como desayuno, y tuvo la seguridad de que nada le faltaría a excepción de la libertad, que lo era casi todo.

Al mediodía, mientras los hombres cubrían los puestos de guardia, se adiestraban, recibían los correos de Enríquez, y andaban en la preparación de la comida, los oficiales se hallaban reunidos en el pabellón principal, en el cual Álvaro había hecho colgar el más detallado mapa del que disponían, entre dos postes.

En la larga mesa, estaban dispuestos, Bernardo Cabrera, Nicolás Federmann, Gerardo García y el hijo de Somer, llamado Erwin, a la derecha de la cabecera, y frente a ellos, Guyapín, todavía en el campo, Maruso Galíndez, Gutiérrez y un sargento de la compañía de Enríquez, que le suplía. Frente al lugar ocupado por Álvaro, en el otro extremo de la mesa, estaba situado Hernando, el jefe aravaco.

-¡No es preciso que osdetalle, lo difícil que va ser lo que nos aguarda! ¡Se nos viene encima un verdadero ejército!- empezó Álvaro- ¡Por si ello fuera poco, el virrey de Siete Virtudes, rehusa concentrar sus fuerzas en un solo punto! ¡Ello quiere decir, que tendrá una media de algo más de cuatrocientos hombres en cada una de sus ciudades fortificadas! ¡Si yo fuera el enemigo atacaría de forma concentrada en cada punto con toda mi fuerza, para irlas tomando una a una!-

-¿No advierte eso Don Leopoldo?- preguntó Federmann, con cierta estupefacción.

-¡Lo confía todo, a las fortificaciones, a su mejor armamento y a la convicción de que sus soldados tudescos y flamencos son mejores que los castellanos!- respondió Álvaro.

-¡Si eso fuera cierto, nuestros tercios no seguirían en Flandes y los electores alemanes no estarían sujetos al Emperador!- objetó Gerardo García.

-¡Eso lo sabemos vos y yo, Don Gerardo…!- apuntó Álvaro- ¡Pero el flamenco está convencido de lo contrario!-

-¡Entonces…! ¿Qué debemos hacer?- preguntó Federmann.

Llegado a este punto, Álvaro se puso en pie y se aproximó al mapa colgado.

-¡Creo que el enemigo dirigirá su primer ataque a las ciudades de Prudencia y de Santa Fe del Coral! ¡La primera la atacará por tierra, con el cañón que le queda! ¡Y la segunda, algo más tarde con esa flotilla que han amarrado a poco más de una jornada de marcha!- ilustró señalando los puntos en el mapa.

-¿Por qué esa diferencia?- preguntó el lugarteniente.

-¡Para dar a tiempo a derribar los muros de Prudencia, y poder más tarde asaltar el punto realmente fuerte, que son los bastiones y fortaleza de Santa Fe!- argumentó el capitán general.

-¡Pero sabemos, Don Álvaro…!- intervino de nuevo Federmann- ¡Que en el cerro al norte de la fortaleza del virrey, el bastión artillero puede causar estragos en cualquier buque que pretenda acercarse a la isla!-

Álvaro sonrió ladinamente, ante la observación del alemán.

-¡Bien observado, Don Nicolás!- dijo- ¡Pero no podemos pretender que somos los únicos capaces de urdir tretas y dar golpes de mano! ¡Estoy seguro, de que el enemigo, tiene puntual información de las posiciones defensivas de Siete Virtudes, no olvidemos que con ellos van los de Paria y Maturín, que a menudo se han paseado por el virreinato, comerciando o a sueldo de las gentes del virrey!-

-¿Entonces?- quiso saber más el lugarteniente.

-¡Enviarán un grupo para tomar el bastión artillero! ¡Y de esa manera, franquear la entrada en el puerto de Santa Fe, contando que los del ataque a Prudencia habrán superado la muralla y pasarán al otro extremo de la isla, para tomar al virrey entre dos fuegos!-

-¿Le habéis hecho esta reflexión a Don Leopoldo?- quiso saber Gerardo García.

-¡Si, se la expuse!- dijo tajante.

-¿Y cómo reacciono?- soltó Federmann.

-¡A carcajada limpia, y con golpecitos en la espalda!- respondió Álvaro.

-¡No lo entiendo…!- murmuró Federmann.

-¡Ya lo entenderéis!- dijo quedamente el capitán general.

-¡Entonces, Jaguar…!- Guyapín intervino- ¿Qué propones? ¿Retiramos todos los efectivos a Angostura y que el virrey se las apañe con los que vienen a por él?-

-¡La verdad, comandante, es que vienen a por el virrey, a por mí, y a por todos y a por todo!- sentenció con gravedad Álvaro- ¡Es por tanto, necesario detenerlos aquí!-

-¡Muy bien!- reaccionó con nervio Guyapín- ¡Pero, dime…! ¿Cómo?-

-¡En el último correo que envié a Enríquez, le ordeno que abandone el proyecto de atacar la flota, sabemos que nos costaría vidas que necesitamos para la lucha final! ¡Pero es más importante ahora, tener noticia de sus medios, y de sus movimientos! ¡Con dicha información podremos decidir, cuando y donde les debemos atacar!- siguió Álvaro.

-¿Y el segundo cañón?- preguntó Federmann- ¡Esa arma ante los muros de Prudencia, será demoledora!-

-¡Mientras la desembarquen y realicen su marcha hasta aquí, será su pieza más vigilada!- sugirió, Erwin,el hijo de Somer.

-¿Entonces, hemos de aguardar a que nos destrocen a cañonazos?- se indignó Bernardo Cabrera.

-¡Cuando ese cañón se encuentre emplazado frente a los muros de Prudencia, y su tropa cubriendo el frente de las murallas, no podrán extremar tanto la vigilancia sobre él!- apuntó Gerardo García.

-¡Bien dicho, Don Gerardo!- apostilló Álvaro- ¿Recordáis las piezas del turco a los pies de las murallas de San Telmo, en Malta?-

-¡Pero estaremos en plena batalla!- protestó Federmann.

-¡Y en Malta, también lo estábamos!- remachó mirando a su capitán general que sonreía como él.

-¡Dime Jaguar…!- el tuerto comandante de Angostura se encaró- ¿Cómo vas a atravesar las líneas de un ejército cómo ése, le revientas su mejor pieza y sales con vida?-

-¡Tenemos prisioneros!- respondió Álvaro.

-¡Esa gente no se nos pasará, Don Álvaro!- clamó el lugarteniente.

-¡Pero llevan uniformes! ¿No?- sugirió Álvaro.

-¡Que me aspen…!- el comandante de Angostura, dio un golpe sobre la mesa sonriendo.

El debate prosiguió una hora larga más, en la que Álvaro expuso los movimientos que pensaba hacer, sin tenerlos totalmente definidos a falta de la información que les faltaba.

Al final, despidió a Guyapín, encomendándole que tuviera cuidado del prisionero, y cuando todos salían, reclamó al lugarteniente, a Federmann, a Gerardo García y a Hernando, que comieran con él en el pabellón. Enviaron a un soldado por la comida.

-¡Os he hecho quedar, porque podríamos estar ante algo más grave de lo que suponemos!- les dijo con las telas echadas.

-¿Qué nueva fatalidad, nos aguarda?- preguntó Gerardo García.

-¡Tillingstein, me confió a la salida de la audiencia con el virrey, que no ve razonable su actitud!- se explicó Álvaro.

-¿En qué?- preguntó Federmann.

-¡Don Leopoldo, incluso nos recomendó que abandonáramos el campo, que en Angostura seríamos más necesarios! ¡A duras penas pude arrancarle el compromiso de que estuviéramos de su lado de la muralla…! ¡En una palabra, le incomodamos!- fue la respuesta, transmitida con desazón.

-¡Pues regresamos a Angostura, y que él atienda a su defensa!- sugirió Bernardo Cabrera.

-¡Aguardad, Bernardo!- interrumpió Álvaro- ¡Tillingstein me confió que no está conforme con algunas de las últimas decisiones del virrey…! ¡Decisiones que afectan a que se comercie con gentes poco recomendables! ¡Y por otro lado, sospecha, que tiene bazas cubiertas en esta partida, especialmente en lo que a la defensa de Siete Virtudes concierne!-

-¿A qué se refería?- preguntó sorprendido Federmann.

-¡No sabía nada a ciencia cierta, o no quería decirlo! ¡Me da la impresión, de que quería ponernos sobreaviso!- susurró El Lince.

-¡Pues estamos aviados!- espetó el lugarteniente.

-¡Pero el viejo judío de Sevilla y vuestro hermano Manuel, Don Bernardo, han sido más locuaces!- siguió en voz baja Álvaro.

-¿Y?- Bernardo Cabrera tragó saliva.

-¡En una rada oculta de la isla, De La Marck oculta una flota pirata, de ingleses y holandeses!-respondió con voz todavía más tenue, para no ser oído más allá del círculo de leales.

-¡Eso quiere decir…!- empezó con suavidad Gerardo García.

-¡Que luchamos al lado de un enemigo del Rey!- siguió en el mismo tono Federmann.

-¡Estamos ante un difícil dilema, capitanes!- les aseveró Álvaro- ¡De un lado el enemigo con el que nos hemos batido desde Portobello hasta este lejano lugar, y del otro un virrey que según parece planea separarse de la corona, para traicionando a nuestro Rey, unirse a los enemigos de siempre!-

-¡Pues aguardamos a que se destrocen los unos a los otros y al que quede en pie, le damos su merecido!- propuso Bernardo Cabrera.

-¡No debemos hacer tal…!- exclamó Álvaro, mientras se deshacía de la faja y ponía el cinto ancho con los bolsillos repletos de doblones de oro sobre la mesa- ¡Estamos aquí, a sueldo del judío de Sevilla, que busca para él y su familia un lugar bajo el sol donde no esté perseguido, y por vuestro hermano, Bernardo, que por otros motivos, también anhela más libertad de la que los virreyes, que los Alba están colocando en estos reinos, están dispuestos a concederle! ¡Pero hay más, también estamos aquí auspiciados por un Adelantado del Rey, por unas capitulaciones que todos hemos rubricado!-

-¿Qué haremos, Álvaro?- preguntó Federmann.

-¡Defenderemos a los que nos han contratado y acabaremos con la traición, pues en ella, no hay libertad posible! ¡Debéis jurarme, que ahora no desfalleceremos, ahora menos que nunca!- les instó Álvaro.

-¡Juraremos lo que nos pidas…!- se pronunció Gerardo García- ¡Pero me gustaría saber cómo nos las apañaremos para derrotar con menos de mil hombres, a los tres mil del virrey, a los cuatro mil del ejército que se nos echa encima, y a los piratas!-

-¡Bernardo, que tiene más sentido común del que se cree, ha dado en parte la solución…!- sonrió Álvaro mirando a su lugarteniente que se sintió halagado- ¡Sólo que en vez de observar como se aniquilan, ayudaremos primero a unos para derrotar a los otros, y después arrestaremos al virrey!- todos se miraron en silencio, y a continuación sobre los legajos de las capitulaciones de Mérida y los cintos de oro, juraron no abandonar la jornada hasta vencer o morir. Poco después llegó la comida.

Por expresa voluntad de Álvaro, en la comida no se habló de las cuestiones que concernían a la campaña. Los caribe habían cazado unos cuantos caimanes jóvenes, y los mestizos los habían cocinado a su manera, sobre las brasas, y tapados por un lecho de las hojas que ellos sabían daban buen sabor a los asados… El resultado sobre la mesa de los oficiales fue excelente, frutas frescas y carne de caimán, blanca como la del pollo y aromatizada por la lenta cocción envuelta en mil hojas que prestaron sus sabores.

-¿Os acordáis de Puertolas?- preguntó Álvaro mientras cogía una pequeña porción del asado de reptil.

-¡No!- soltó el monosílabo Bernardo Cabrera mientras deglutía un buen trozo de caimán asado.

-¡Vos, amigo mío, es imposible que le conozcáis!- puntualizó Álvaro sonriendo.

-¡El nombre, no me es extraño!- intervino Federmann.

-¡Claro que no!- celebró Álvaro- ¿No recordáis al segundo oficial de la galera insignia, La Real, en Lepanto?-

-¡Demonio!- bramó Gerardo García dejando el vaso de vino de repente sobre la mesa.

-¡Ese hombre cambió el ritmo de avance, y sorprendimos a los turcos en el centro de su formación!- susurró recordando viejos tiempo Nicolás Federmann.

-¡Y pudimos abordar las galeras enemigas, allí Don Miguel, perdió la mano!- al decir esto Álvaro no pudo reprimir el mirarse la manopla que ocultaba el guantelete de su mano tullida.

-¿Y bien? ¿Qué pasa, con el tal Puertolas?- se impacientó Bernardo Cabrera.

-¡Tras hablar con Tillingstein, y los otros, lo he visto en los muelles! ¡Ha regresado a Siete Virtudes!- respondió Álvaro.

-¿Cómo está? ¿Y con quién está?- preguntó Gerardo García.

-¡Está bien, es el protector de un físico que huía de la inquisición luterana, creo que anda tras casarse con su hija, pero me ha aumentado las sospechas de que el virrey no es de fiar!- soltó Álvaro.

-¿Y tiene buque?- preguntó de nuevo Bernardo Cabrera.

-¡Si, Bernardo…!- sonrió Álvaro- ¡Y cuando empiece lo que se nos viene encima, estará con nosotros hasta el final!-

-¡Eso está muy bien!- exclamó el lugarteniente, antes de cortar un nuevo tajo del asado de caimán.

 

A no más de una jornada del campo de Álvaro, en el campamento de la hueste mandada por Sigura, éste había recibido de su Maestre de Campo, una mala nueva…

-¿Y creéis que ha caído prisionero?- Sigura se estaba enfureciendo.

-¡Si, Don Antonio!- el gigantón tuerto no se andó con evasivas- ¡Dos muertos de su escuadra, y el morrión del alférez Cabrera tirados en una vaguada a dos millas de aquí, así lo sugieren!-

-¡Dita sea!- Sigura dio un puñetazo sobre la mesa llena de mapas- ¡Esa gentuza, no nos darán cuartel hasta que no hayamos terminado con todos ellos!-

-¡La pérdida de Rafael Cabrera, es un golpe…!- Pedro Cárdenas habló para sus adentros- ¡El alférez era tan bravo como diestro!-

El grupo restó en silencio sepulcral, en el interior del pabellón, pero éste se rompió al entrar Luis de Gama en la tienda.

-¡Caballeros, se aproximan cuatro buques por el noroeste!- comunicó el portugués.

-¡Deben ser refuerzos de nuestros amigos mestizos!- aventuró Rodrigo Menéndez.

-¡Sin duda son ellos…!- afirmó Sigura- ¡Pero les aguardábamos, a una milla de la costa!-

-¡Puede que sea aliados, pero a vista de catalejo, más bien parecen piratas! ¡Tripulaciones de mala catadura, entre las que abundan esclavos negros fugados!- Luis de Gama aportó su opinión.

-¡Don Luis, no podemos esperar otra cosa de una tierra poblada por mestizos e indios salvajes!- puntualizó Sigura- ¡Pero, vamos allá, quiero ver de cerca el aspecto de vuestros piratas!-

-¡Don Antonio!-el portugués volvió a intervenir- ¡También he acudido para deciros que el desembarco se ha terminado correctamente, faltando tan sólo el cañón!-

-¡Desembarcaremos los dos, Don Luis!- puntualizó Sigura- ¿Se hallan ya en tierra las piezas menores, los falconetes y culebrinas? ¡Caballeros, vamos a recibir a nuestros aliados!-

-¡Si, Don Antonio, el resto de la artillería se encuentra en las ubicaciones marcadas del campamento!- fue la lacónica respuesta del Caballero de Cristo.

-¡No perdamos más tiempo, señores!- Sigura recogió su gorra flamenca y abrió la tela que cerraba el acceso al pabellón para salir al exterior.

La vista del campo era impresionante, las tiendas estaban regularmente dispuestas formando calles. Al fondo, las azules aguas de la bahía, que aquella mañana resplandecían al sol, y sobre las aguas los buques de la flotilla, anclados en perfecto orden defensivo. Siguieron caminado por la calle perpendicular que conducía desde el pabellón hasta la puerta norte de la empalizada, y tras franquearla siguieron caminando por el camino que la tropa había hecho practicable hasta la playa, en la que habían construido un embarcadero con troncos de los arboles que habían talado para ensanchar el espacio disponible para acampar.

Sigura, estaba satisfecho de la situación lograda, la disciplina de su ejército había mejorado mucho, así como el adiestramiento de la tropa. Iban descendiendo por el camino en dirección al embarcadero, al que estaban amarradas unas cinco chalupas y más de diez esquifes y un número mucho mayor de curiaras- las canoas propias de la zona- estas embarcaciones se habían empleado a fondo para desembarcar matolaje de los bergantines, mientras los galeones habían desembarcado a través de las espaciosas chalupas. Los últimos soldados destinados a nutrir el cuerpo de tierra, estaban desembarcando con su armamento.

-¡Ahora viene la delicada operación de los cañones…!- murmuró Luis de Gama- ¡Debo acudir al bergantín!- Los oficiales vieron como el capitán portugués subía aun esquife y el marinero que estaba a los remos empezó a maniobrar. Algo más allí, un numeroso grupo de marinos estaba montando con los troncos de la tala, una cubierta que unía dos chalupas lateralmente, para construir una enorme balsa.

El capitán del nuevo “Santa Sangre” y de algún modo el almirante de aquella flotilla, se encaramó a la cubierta del bergantín, utilizando los soportes de los obenques, como hiciera en su momento el intrépido Somer para acometer el sabotaje que no pudo realizar en su totalidad. Saludó al oficial del bergantín, para a continuación impartir las primeras ordenes, utilizarían el parejo como grúa ayudados de los polipastos que llevaban en le bodega para mover el cañón y depositarlo suavemente sobre la balsa, cuando ésta se hallara junto a la embarcación. Se escuchó una salva, había partido de una de las piezas del galeón insignia, el segundo oficial daba el alto a los buques que se aproximaban, un galeón y tres bergantines.

El capitán portugués decidió acudir al nuevo “Santa Sangre”, para canalizar la llegada de aquellos inquietantes aliados.

Los recién llegados se habían dado por apercibidos y echaron las anclas, a un cuarto de milla de la flota, demasiado cerca, para el gusto de Luis de Gama. A bordo del esquife fue trasladado hasta su galeón, una vez allí, junto con Martín Figueira, su nuevo segundo, observaron como se arriaba una barca desde el galeón de velamen oscuro que parecía su buque insignia.

-¡Martín…!- decidió Luis de Gama- ¡Que no suban a cubierta, con dos hombres armados los llevas a presencia del capitán general, en tierra! ¡Yo debo volver al bergantín “Rosario”, veo que la balsa ya va en camino!- el otro se aprestó a cumplir con lo ordenado, mientras su capitán volvía al esquife para regresar al bergantín que albergaba los cañones.

No fue hasta la puesta del sol tras el horizonte verde de la jungla, que las dos piezas de artillería llegaron al campamento… Mientras más de cincuenta hombres trabajaban denonadamente para fijar las enormes piezas en sus emplazamientos, Sigura y sus oficiales estaban de conferencia con Octavio Ratero y dos de sus oficiales mirmidones.

-¡Nuestra gente llegará por tierra durante el dia de mañana!- se explicaba el capitán mestizo de Maturín- ¡Pero hemos tenido un grave contratiempo, ha habido entre los nuestros que se han pasado al bando de Cecilia Ordóñez…! ¡Hemos podido reunir algo menos de quinientos hombres, pero por fortuna, se nos han unido los antiguos capitanes de “Caimán”, el señor del río…!-

-¿Esos piratas, señor Ratero son vuestros aliados?- masculló socarrón Sigura- ¡Suerte que nosotros hemos logrado enrolar quinientos soldados más, en Isla Margarita! ¡Soldados, capitán…! ¿Entendéis?-

El mirmidón se envaró para replicar con una cierta dureza.

-¡Si no somos gentes de vuestro agrado, regresamos a Maturín y Paria y que la fortuna nos sonría a todos!-

-¡No es eso Don Octavio…!- dulcificó Sigura- ¡Hubiera agradecido que hubierais conseguido más fuerzas regulares, más que se os unan gentes de dudosa fidelidad…! ¡Al Rey y a la verdadera fe!-

-¡Creo vuecencia, que lo que necesitáis, es gente entendida en el territorio, que conozcan el Amacuro y el río! ¿No es así?-

-¡Ciertamente, hombres dispuestos a luchar que conozcan la tierra en la que nos movemos, nos son muy necesarios!-

-¡Pues aquí estamos general…!- sonrió de forma inquietante el mestizo- ¡Tan sólo queda acordar la paga de nuestros empeños, y tendréis una tropa decidida y eficaz!-

-¡Retendréis Maturín y Paria…!- respondió tajante Sigura- ¡Vos y vuestros hombres os gobernaréis allí, según vuestras costumbres y deseo, pero tras jurar fidelidad a su majestad el Rey, y recibir el bautizo!-

El mestizo hizo un mohín, antes de insistir.

-¿Maturín hasta el gran río, y toda Paria?- preguntó.

-¡A excepción de Cumaná, que quedará como ahora bajo un hombre nombrado por el virrey de Lima!- puntualizó Sigura.

El hombre miró a sus oficiales, y sonrió ampliamente, para tender su mano a Sigura, que hizo lo propio.

-¡Mañana, llegan mis hombres!- dijo el mestizo.

Aquella noche, tras verificar que todo el emplazamiento del campo era correcto, tras la cena, Sigura convocó consejo de oficiales, y allí en el pabellón sentados alrededor de la larga mesa, sobre la que los mapas que el capitán Ratero entregara semanas atrás, señalaban el marco en el cual iba a discurrir el consejo, se habían congregado García Luque, Baltasar Atienza, Pedro Cárdenas, Rodrigo Menéndez, Luis de Gama y el capitán de los antiguos piratas del Orinoco, llamado por los suyos “Meyao”. Dirigiéndolos a todos, Sigura paseaba de un extremo a otro de la mesa.

Tanto el capitán general, como Rodrigo Menéndez y Luis de Gama fueron trazando el plan de campaña para los próximos días…

Avanzarían en columna de marcha, con los flancos debidamente guardados, caballerías y artillería en el centro, dejarían el campo montado al cargo de un teniente y veinte hombres, protegidos por un bergantín. El resto de la flota partiría para anclar cerca de la isla de Tobejuba, a resguardo del cabo Tobejuba, que daba paso hacia el sur, a la bahía en donde la isla y sus bastiones guardaban por mar las ciudades de Santa Fe, Prudencia y Templanza. El ejército se situaría frente a los muros de Prudencia, que bombardearían por espacio de dos días como poco, hasta reducirlos a nada, llegado ese momento, la tropa encuadrada en tres Tercios, con los grupos de picas al frente, avanzarían protegidos por la caballería para penetrar en la ciudad y tomarla. Al tercer dia, tras el silencio de los cañones, entraría en la bahía la flota, la mitad para bombardear Santa Fe del Coral, y desembarcar un grupo cuya misión sería tomar el baluarte artillero que coronaba la isla, el resto penetraría por Caño Araguao para tomar los muelles de Prudencia y proteger el asalto al otro lado del Caño, de los de Templanza.

 

A poco más de una jornada de marcha regular, ante los muros de Prudencia, tenía lugar una escena similar…

En el interior del pabellón destinado a los consejos de oficiales, y en cual descansaba Álvaro, se habían reunido todos los que ostentaban responsabilidades, tanto de la Hueste Guay Naya, como de las compañías de Angostura. El mapa del Amacuro seguía colgado para poder ilustrar las decisiones a tomar en el consejo, pero junto a él, Álvaro había colgado también otro mapa en el que aparecía la zona de las tres ciudades y su entorno, con fortificaciones y bastiones perfectamente identificados.

-¡Capitanes…!- inició Álvaro- ¡Podemos tener por seguro que la artillería enemiga que llegue ante los muros de Prudencia, se empleará a fondo para abrir brechas en la muralla exterior de la ciudad! ¡Sabemos que les queda un cañón de doce libras, con él pueden ir derruyendo disparo a disparo la empalizada y el muro de la base, así como el bastión de la puerta de la muralla! ¡Las piezas menores, apuntarán a las almenas o a las tropas que realicen salidas…! ¡Los que estuvimos en Malta, ya vimos seguir esa táctica a los turcos, y el general del enemigo estuvo en Malta…!-

-¿Quién es ése general?- preguntó el capitán Enríquez.

-¡Su nombre es Antonio de Sigura, es oficial del Santo Oficio, y veterano de Flandes al servicio personal del Duque de Alba! ¡No es un necio, ni es un cobarde, pero es un hombre rencoroso y de humor colérico! ¡Si sabemos utilizar especialmente su cólera, podemos derrotarle, aunque no sin trabajos!-

-¿Cómo esperáis utilizar la cólera del adversario para derrotarle?- quiso saber Bernardo Cabrera.

-¡La cólera a menudo lleva a la ofuscación…!- dijo suavemente El Lince- ¡Un jefe ofuscado raramente toma decisiones oportunas!-

-¿No seríamos más eficaces tras los muros, para acudir a los puntos que desfallecieran de la defensa?- Federmann hizo su pregunta.

-¡Si estamos al otro lado del muro, según el virrey, debemos supeditarnos a las ordenes de quien manda en la plaza…!- ilustró Álvaro- ¡Y ellos lo fian todo a sus armas y a la muralla, en primera instancia!-

-¡Pero si en Prudencia, hay unos seiscientos hombres de guarnición y nosotros aportamos otros mil, ni con sus tres mil hombres podrán desalojarnos de tras las almenas!- insistió Federmann.

-¡No serán sus hombres, Don Nicolás…!- siguió en su argumentación Álvaro- ¡Serán sus quince piezas menores y el gran cañón que les queda en funcionamiento! ¡Las informaciones que nos proporciona Enríquez, indican que atacarán con formaciones de piqueros en vanguardia, tras la tarea de la artillería, y que disponen de un centenar de arcabuces largos de horquilla, alargan más y son mucho más precisos en el tiro. La caballería la guardarán para asolar la ciudad una vez la entrada a la misma se haya franqueado!-

-¡Como me dijeron que intentaron recuperar Flessinga, los Tercios del de Alba!- murmuró Federmann.

-¡Eso fue, hace dos años!- apuntó Gerardo García.

-¡Pero no lo lograron…!- Álvaro prosiguió con su exposición- ¡Pero no por la fuerza de las defensas de la ciudad!-

.¡Entonces…!- preguntó Bernardo Cabrera- ¿Cómo aguantó esa ciudad el asalto?-

-¡Las gentes de De La Marck, no de Don Leopoldo, sino de su hermano Guillermo, se mantuvieron fuera de los muros, para merodear, dar golpes de mano, distraer fuerzas, en resumen, infringir las mayores pérdidas posibles a nuestros Tercios!-

-¡Ya veo como van a ser los días que nos aguardan!- murmuró Bernardo Cabrera.

-¡Una vez más mi lugarteniente, habla con un enorme sentido común!- bromeó Álvaro- ¡Lo que no vamos a hacer, es aguardar tras unos muros, a las ordenes de otro, que nos aniquilen primero a bombazos y seguidamente nos rematen con su caballería!-

Llegado este momento, todos guardaron silencio, y Álvaro se movió hacia los mapas colgados de los postes del pabellón, había extraído su daga de la vaina, para utilizarla como puntero…

-¡Como recordaréis…!- prosiguió- ¡Teníamos dos objetivos, anular los cañones de mayor calibre y mermar su flota! ¡Del primero, hemos logrado parcialmente lo que queríamos, pero pagando un alto precio!- miró a Erwin Somer de soslayo al decir esto- ¡Los buques de su flota han estado fuertemente vigilados y ha sido imposible repetir lo de Cartagena! ¡Así pues, tenemos ante nosotros, a una jornada, al enemigo con casi toda su potencia!-

Por espacio de dos horas, hasta bien entrada la madrugada, Álvaro y sus oficiales trazaron conjuntamente su plan de actuación con posibles variaciones, según se desarrollaran los acontecimientos.

 

Dos jornadas después, Sigura había recibido ya los refuerzos de Maturín y Paria, ante los que puntualizó su papel en la campaña, y que el mando estaba en sus manos, y que el capitán Ratero participaba del consejo de oficiales por cortesía, hasta que sus tropas no demostraran cual era su valía real.

Con directrices claras, al alba del día siguiente de la llegada de los de Maturín, el ejército inició su marcha, transportando solamente armamento, víveres para dos jornadas y unas cuantas lonas para tender toldos sobre los vivaques. El campo de referencia permaneció montado al cargo de un teniente y treinta hombres que contaban con la protección del bergantín “Rosario”. El buque permanecía en solitario en la bahía, tras la partida de la flota engrosada por los piratas del río y el galeón de Macuro. La estación de las lluvias era reciente, pero quedaba atrás, y el amanecer había sido sereno, con un firmamento limpio de nubes, aunque como siempre en aquellas latitudes cargado de humedad. A pesar de ésta, la partida de la flotilla, sobre un mar turquesa y bajo un cielo azul, era una escena que halagaba el sentido cesáreo de la existencia que tenía Antonio Sigura… Sobre el cerro rocoso, gozó de contemplar como partían sus buques, a la par que las columnas de su ejército iniciaban la partida del campamento ante la guardia que permanecía en los puestos de centinela… Si- se dijo- Rodrigo Menéndez ha hecho una gran labor.

Lo que el inquisidor no sospechaba, era que un par de indios caribes se hallaban ocultos unas varas bajo los cascos de su caballo.

Cuando el capitán Enríquez supo de los movimientos de las tropas del enemigo, ordenó que se le tuviera al corriente del momento en el cual la fuerza que espiaban hubiera abandonado su campo.

Durante una jornada entera, desde las ruinas invadidas por la selva, que les habían servido de refugio, Enríquez y los hombres que con él estaban destacados presenciaron la marcha del ejército invasor procurando no ser avistados por los caribes que protegían las columnas desde los flancos. El capitán mestizo se relamió al ver los cañones grandes, en secreto ansiaba terminar el cometido que Somer no pudo finalizar.

Más allá de las tentaciones, los que espiaban la marcha de la hueste de Sigura, apreciaron con gravedad, su potencia y la disciplina que se apreciaba en ellos.

Al caer la noche, los caribes del destacamento, informaron que el enemigo ya estaba alejado, y desde la playa que restaba en la bahía un solo bergantín.

Enríquez reunió a su gente y a los que habían venido con Somer… Quizás no podrían destruir el otro cañón, pero les harían todo el daño que pudieran en la dotación que el enemigo había dejado en la bahía de Amabujo, para posteriormente retirarse hacia las posiciones del campo de Álvaro.

 

Amanecía el día veinte mayo de 1574, cuando las fuerzas de la Hueste Reconquista se desplegaban ante la muralla oeste de la ciudad de Prudencia, la tropa estaba desplegándose en actitud de establecer un asedio, Sigura, secundado por Rodrigo Menéndez, el recién nombrado capitán, Jacinto Paredes y el sargento artillero Juan Pérez, andaban situando todas las piezas de artillería, y en especial los dos cañones grandes. Los soldados andaban en la labor de levantar empalizadas ligeras para protegerse del fuego de las almenas, cavaban trincheras y encendían fuegos para cocinar y para vivaquear, puesto que las ordenes eran las de permanecer sobre las armas sin descanso hasta forzar las defensas de la ciudad con un bombardeo constante.

El trajín en el campo era considerable, y Sigura procuraba estar en todas partes… Impartía instrucciones para todo, y repartía el mando en los cometidos que consideraba esenciales para el desarrollo del sitio, y siempre en presencia de Rodrigo Menéndez.

Llegado el momento, en el cual el inquisidor creyó haber dejado bien establecido el campo y las pautas del ataque, se giró en presencia de Pedro Cárdenas, a Rodrigo Menéndez para manifestarle el plan que en secreto había fraguado.

-¡Don Rodrigo, con vos resta Don Alfonso!- dijo quedamente Sigura- ¡Don Pedro, viene conmigo, y a la fuerza Don Baltasar será más útil en la cubierta de un buque que combatiendo en tierra!-

-¿Y vos?- masculló entre dientes el Maestre de Campo- ¿Dónde andaréis?-

-¡Rodrigo…!- Sigura le clavó los ojos tan hundidos como pequeños de color azul cobalto, en los suyos- ¡Esta campaña se decidirá tomando el bastión artillero que corona las fortificaciones de Santa Fe! ¡En los buques viaja el grupo de hombres decidido a todo que recluté en Isla Margarita!-

-¡Es muy arriesgado, Don Antonio!- le reconvino Rodrigo Menéndez, con su único ojo adquiriendo una tonalidad opaca.

-¡Claro que lo es, Don Rodrigo…!- Sigura se sintió halagado-¡ Pero si es cierto que ese virrey traidor, protege a los piratas ingleses, esas piezas de artillería en lo alto de toda la entrada en el Caño Araguao, son la clave de la victoria final! ¡Si además logramos girar esas piezas, el fortín del tirano se vendrá abajo!-

-¡Entiendo, pero solamente os pido que cuando iniciéis el asalto, nosotros estemos de camino ya de la isla de Santa Fe!- rogó Rodrigo Menéndez.

-¡Ya sabéis Don Rodrigo, que las ordenes son de que las embarcaciones ataquen tras dos jornadas de ataque artillero sobre la plaza, los buques entrarán en la rada, al tercer día, antes de que amanezca!- respondió por lo bajo el inquisidor- ¡Romperemos la unidad de la defensa, y en el desconcierto será fácil tomar ese bastión erizado de cañones!-el gigantón se atusó la barba negra, mientras asentía, mientras Sigura seguía con su exposición-¡por ello Don Rodrigo, os necesito al frente de la tropa que asaltará Prudencia para atacar después por el sur la isla en la que se refugia ese virrey traidor!-

Sigura y Pedro Cárdenas, guiados por un hombre de Octavio Ratero, partieron a caballo con destino a Punta Larga del Cabo Tobejuba, donde estaría aguardando la flota comandada por Luis de Gama.

 

El sol superó los muros de Prudencia, para iluminar el despliegue de la Hueste Reconquista, presta a iniciar el ataque, en las almenas de la ciudad se dio la voz de alarma tan pronto los fuegos del ejército invasor habían señalado su presencia, pero al despuntar la luz del alba, Rodrigo Menéndez cumpliendo el plan previsto inició el bombardeo de la ciudad.

Empezaron las culebrinas y falconetes barriendo las almenas y lo alto de la empalizada quebrando los maderos que a tramos substituían los muros de piedra y adobe. Los defensores respondieron con sus piezas, pero Rodrigo Menéndez había tenido buen tino al marcar la línea del campo, y los disparos desde Prudencia quedaban cortos en su mayoría, sólo las piezas de hierro fundido y de seis libras, lograban en su ángulo más elevado alcanzar la zona de las protecciones de caña y tronco, y de las trincheras…

Con fría precisión, el Maestre de Campo fue señalando las posiciones de las piezas que representaban un peligro, el sargento artillero Juan Pérez tomó buena nota de las mismas y puso a trabajar los hombres que servían la pieza de doce libras. Hizo preparar una granada de mecha lenta, rellena de metralla, y una carga doble una vez el cañón estaba apuntado a la primera pieza peligrosa de los defensores. A su orden, el ingenio con gran estruendo disparó la granada, la misma estalló cerca del cañón de los muros de Prudencia, sobre el mismo y sus servidores se precipitó un infierno de fuego y metralla, la pieza de la artillería defensora quedó inservible. Los hombres de Juan Pérez lo celebraron como si fuera la victoria final. El asedio siguió con el ataque artillero, así como el bloqueo de los caminos y la destrucción de un acueducto que llevaba el agua de una mina a la ciudad. Un escuadrón de caballería, recorría los campos, requisando el grano que los campesinos no habían podido entrar en la ciudad, y las reses que habían dejado atrás, la carne y la leche, no faltaría en el campo invasor.

La respuesta artillera desde Prudencia se centró en los disparos de las piezas de largo alcance que les quedaban, buscaban desesperadamente alcanzar con sus pelotas de seis libras los dos cañones grandes de los sitiadores. Pero unicamente alcanzaron una pieza menor que voló por los aires…

La respuesta no se hizo esperar, una segunda granada buscó la pieza que había osado alcanzar el campo de la hueste invasora, el resultado fue todavía más devastador que la primera, pues estalló a causa del impacto un pequeño polvorín situado junto a la pieza.

El intercambio de disparos prosiguió con el mismo signo por espacio de toda la mañana, Alexander Tillingstein, se había acercado a los muros de Prudencia, para dirigir la defensa del primer escalón defensivo.

Ante la imposibilidad de alcanzar eficazmente a los cañones enemigos, el tudesco calibró realizar una salida con soldados de caballería para inutilizar como poco aquellos dos cañones de gran calibre. El alto y estilizado soldado recorría con sus ojos azules aquellas algo más de cuatrocientas varas que separaban la puerta del bastión de la entrada, con las defensas del campo enemigo. Masculló entre dientes una maldición dedicada al Diablo o al mismísimo Jesucristo en su lengua, la salida no sería precisamente un paseo, sería preciso pues ponerse al frente del ataque para insuflar coraje a sus hombres.

Sin pensarlo dos veces, el comandante de las fuerzas de las tres ciudades hizo formar en columna doble, un nutrido escuadrón de caballería, protegidos por corazas y armados de arcabuces cortos y espada, él al cerrar la celada de su yelmo dio la vibrante orden de abrir las puertas, subir el rastrillo y bajar el puente levadizo…

Los cascos de los caballos repicaron sobre los maderos del puente, mientras espadas en mano partían al grito de hurra, hacia las defensas enemigas.

Cuatrocientas y algo varas más allí, el grueso Rodrigo Menéndez sonreía con malignidad dibujada en su sonrisa y en el brillo de su único ojo.

-¡Arcabuceros de línea!- ordenó el Maestre de Campo.

Bajo los estandartes de la Hueste Reconquista y de las compañías de Maturín y Paria, dos disciplinadas líneas de arcabuceros, separadas diez varas una de otra, plantaron en el suelo las horquillas de sus armas, encendieron las mechas y apuntaron hacia aquél escuadrón que de momento no se desplegaba y que solamente ofrecía de frente la columna doble.

Antes de la salida del sol, sus hombres habían marcado las distancias en el terreno con estacas, los arcabuceros sabían que debían aguantar hasta que los jinetes que realizaban la incursión no superaran la estaca que marcaba las cuarenta varas. Rodrigo Menéndez quiso dirigir personalmente el tiro, pues era importante que sus hombres se afianzaran en la capacidad de combatir que se les suponía.

A una orden, las columnas se desplegaron unas cien varas antes de llegar al campo enemigo, Tillingstein tuvo la satisfacción de ver a sus caballeros cabalgar con suma rapidez, aunque supieran que muchos yacerían pronto sin vida sobre el prado que mediaba entre la ciudad y sus sitiadores.

El Maestre de Campo de los atacantes, recorría la fila de sus arcabuceros reteniendo el momento de disparar, los hombres andaban nerviosos, un ataque de caballería siempre era temible e impresionaba a los que debían aguantar la embestida, además aquella gente cabalgaban como demonios y gritaban en lengua flamenca y tudesca sus maldiciones…

Habían sobrepasado la línea de las cuarenta varas, el tiro era seguro…

-¡Disparad!- ordenó Rodrigo Menéndez.

La primera línea con un estampido ensordecedor descargó sus arcabuces, gritos, relinchos y voces airadas reclamando la continuación del ataque.

-¡Atrás!- ordenó el Maestre de Campo. Los cincuenta arcabuceros de la primera andanada corrieron hacia atrás, unas diez varas tras la segunda línea que con las mechas encendidas aguardaba la orden de abrir fuego. Se disipó la humareda, y los tiradores alcanzaron a ver que la línea de caballeros había clareado ostensiblemente, Rodrigo Menéndez sonrió con malignidad.

-¡Disparad!- ordenó.

La segunda andanada no fue tan efectiva, los atacantes ya estaban encima, el segundo escalón de arcabuces no había tenido tiempo de cargar, y aquellos demonios estaban encima…

-¡Atrás, atrás todos, tras las picas!- rugió el Maestre de Campo abriendo el apresurado repliegue hacia las defensas… Los jinetes con Tillingstein al frente habían llegado furiosos por el castigo recibido a la segunda andanada que huía hacia posiciones más seguras, las espadas de los caballeros dejaron más de veinte arcabuceros sin vida en el suelo, pero la carga iba a dar de frente con un bosque erizado de picas…

-¡A la derecha, a la derecha, hay una brecha!- ordenó Tillingstein.

El escuadrón evolucionó en cuña para adentrarse en un espacio libre de picas, penetraron entre las filas enemigas a gran velocidad, frente por frente tenían dos falconetes sobre ruedas de carro… Las piezas dispararon, aclarando las filas de los atacantes, pero como un vendaval pasaron sobre las piezas segando las vidas de sus servidores que impávidos aguardaron la embestida intentando cargar de nuevo sus cañones. Un grupo de los jinetes desmontó para destruir los falconetes, cosa que lograron con relativa facilidad, a pesar de recibir una lluvia de dardos de ballesta, las corazas y cotas de malla amortiguaron los efectos de los ballesteros. La loca carga prosiguió unas varas más, Tillingstein se percató de que las piezas grandes estaban fuertemente protegidas, y que de seguir en campo enemigo más tiempo acabarían siendo cercados y exterminados, debido a ello, con voz vibrante el comandante ordenó al medio centenar de jinetes que le quedaban, que cruzaran el campo hasta un bosquecillo, que se extendía a lo largo de media milla acercándose a la empalizada de Prudencia.

Bajo fuego de arcabuces, recorrieron el tramo de campamento desmantelando toldos y lonas, descabezando a cuanto se ponía al alcance de sus espadas y descargando sus armas cortas con la precisión que permitía la cabalgada.

Para llegar al bosquecillo, ya fuera del campo enemigo, debían cruzar entre las posiciones de los soldados mestizos de Maturín, éstos desconcertados a duras penas atinaron a lanzar algún arcabuzazo, con la desesperación de Rodrigo Menéndez que desde el centro del campo aullaba como un lobo en celo, instando a que detuvieran a los intrusos.

El escuadrón que comandaba Tillingstein, se perdió entre la frondosidad del bosquecillo y se encaminó a ceñir la muralla de la ciudad, para regresar sobre sus pasos hacia la puerta del bastión de la cual habían salido. Desde la muralla protegían el regreso del grupo que había realizado la salida, y desde el campo invasor intentaron tirar a darles, pero ni arcabuces, ni piezas ligeras a ángulo cero, llegaban hasta las cuatrocientas varas que separaban el campo sitiador, de los caballeros que regresaban a su ciudad…

Rodrigo Menéndez, enfurecido había montado a caballo y cruzó el campo como una exhalación en dirección a donde estaban los de Ratero.

-¡Capitán Ratero…!- dijo al encontrarse ante el capitán mestizo- ¿Puede saberse que hacían vuesas mercedes? ¿Se holgaban con el cipote a primera hora de la mañana?-

-¡Señor Maestre de Campo…!- balbuceó el mestizo, con el arcabuz humeante- ¡Los de Maturín combatimos de otro modo, no en línea alzando asedios!-

-¡Capitán, solamente hay una manera de combatir! ¡Matando enemigos!- rugió el gigantesco tuerto.

-¿Qué creéis que hemos intentado?- respondió airado el mestizo blandiendo el arcabuz humeante- ¡Además, nos han separado de nuestros indios…! ¡Siempre combatimos juntos los caribes y nosotros!-

-¡El cometido de ellos es vigilar en la jungla que tenemos a nuestras espaldas, los caribe saben cumplir con él! ¡Ellos son caribes! ¡No como vuesas mercedes, que no son nada…!- hubo un rictus de desprecio en la boca de gruesos labios, enmarcada entre los negros bigote y barba, mientras el único ojo de Rodrigo Menéndez despedía repugnancia.

El capitán mestizo, se guardó mucho de responder a aquella ofensa, permaneció sosegado aparentemente, mientras la sangre le hervía por dentro, ya habrá momento para discutir dicha aseveración en el futuro. Con un postrer gesto de menosprecio, Rodrigo Menéndez volvió grupas y antes de hincar las espuelas, exclamó…

-¡Os enviaré un teniente y cinco instructores! ¡El oficial tendrá mando sobre vos y toda vuestra gente!- y se fue levantando una polvareda ante el rostro del capitán Octavio Ratero.

Al llegar a la primera línea, insistió como un poseso que las piezas de artillería no cesaran en el bombardeo, a pesar de que el sargento Juan Pérez objetó que las piezas necesitaban enfriarse entre disparo y disparo si no se quería que acabaran quedando inutilizadas, el Maestre de Campo insistió cediendo tan sólo en parte a las objeciones del práctico sargento…

-¡Muy bien, no vamos a echar a perder ninguna pieza, maese sargento, pero día y noche barriendo las almenas y con el cañón de doce libras hasta que esa muralla, además de vacía, se derrumbe!- bramó enfurecido Rodrigo Menéndez.

Tras aquello, y con el pie ya en tierra, reclamó a gritos al oficial de los arcabuceros de línea…

-¡Teniente Ojeda!- le ordenó- ¡Debéis adiestrar a vuestros arcabuceros para que aprendan a cargar mientras recorren diez varas! ¡Si no se hubiera roto esa línea, todos esos bellacos a lomos de caballo serían pasto de los cuervos esta tarde! ¡Ah! ¡Y escoged a cincuenta hombres más para adiestrarles en el manejo del arcabuz de horquilla, hemos de cubrir las bajas de esa unidad…! ¡Y por Dios, Ojeda, quitadles la cera de las orejas, aunque sea a latigazos!-

El gigantón enfurecido se sosegó al escuchar la cadencia de las piezas de tres y cinco libras, castigando las almenas de la muralla de Prudencia, y tronar el cañón en un nuevo disparo con buen tino que dio al traste con el último cañón de largo alcance de los sitiados. Tras los gritos de júbilo de los servidores del gran cañón, el Maestre de Campo supo que en las tres horas de duelo artillero, la hueste había perdido dos falconetes por la incursión de los jinetes, pero los sitiados se habían quedado sin piezas que amenazaran la artillería, y ello significaba que lo que restaba de aquellas dos jornadas bombardearían a placer, hasta lograr poder tomar la ciudad sin bajas. El hombre se relamió pensando en el momento de tomar aquella ciudad.

El plan trazado por Sigura se estaba llevando a cabo meticulosamente, García Luque seguía adiestrando a los jinetes de los escuadrones de caballería, el sevillano a pesar de su juventud era un maestro en doma y en la suerte de montar.

 

 

Mientras arreciaba el castigo sobre Prudencia, Tillingstein había logrado penetrar por la puerta del bastión, con el algo menos de medio centenar de caballeros que habían logrado sobrevivir a la demencial salida.

Nada más penetrar en el cuerpo de guardia y desmontar, sin tiempo de haber levantado la celada de su yelmo, le aguardaba un mensaje del virrey.

-¡Os ordenan que acudáis a la ciudadela!- transmitió el oficial de la guardia.

Un gruñido fue la respuesta del tudesco, que volvió a montar, tras despedirse de sus caballeros…

No había tenido tiempo, ni de lavarse la sangre del enemigo que se había secado en las piezas de su armadura, estaba allí en pie, ante el virrey que le contemplaba encolerizado.

-¿Se puede saber, qué pretendíais Alexander? ¿Qué os mataran, quizás? ¿No sois consciente de que sois el mejor soldado de nuestras fuerzas? ¡No podéis poner en riesgo vuestra vida de forma tan estúpida!- De La Marck, cuan alto y grueso era, amén de elegante y emperifollado, se paseaba sobre el mármol de su sala de recepciones con las manos en la espalda, a pesar del enfado, la pluma de su gorra flamenca, que le caía desafortunadamente sobre la frente, le daban un aire bufo que unido al lujo excesivo de su vestimenta establecía un total contraste con la austeridad de los atavios del soldado.

-¡Era necesario intentar acallar ese cañón, Excelencia!- se defendió el soldado- ¡Es como poco de doce libras! ¡Con esa arma, esa gente derruirá nuestras defensas y exterminará a nuestra gente! ¡sabemos que el contingente cuenta como Maestre de Campo a Rodrigo Menéndez, el mismo que arrasó a los hugonotes en La Florida, señor…!-

-¡Ya sé, ya sé!- el humor del virrey empeoraba a cada momento- ¡Pero…! ¿Dónde se halla vuestro amigo, ése Don Álvaro? ¡Nos había prometido combatir a nuestro lado!-

-¡Y vos, le arrojasteis fuera de los muros si no se doblega a un mando único!- respondió Tillingstein, con el yelmo en la mano y el rostro ennegrecido aún del combate en campo enemigo.

-¡Es lógico Alexander! ¡Si quiere nuestra protección, la de nuestros muros, ha de aceptar someter su hueste a un mando único!- justificó De La Marck.

-¡Con todos los respetos, Excelencia…!- el soldado irguió su cabeza- ¡Creo que la hueste de Don Álvaro está mucho más segura que los defensores de Prudencia!- aquella afirmación fue acogida con un bufido por parte del virrey que dejó su leonino paseo para sentarse en el trono de la sala.

-¡Pues bien, comandante…!- dijo con algo de falsete- ¿Qué proponéis?-

-¡Minar los muros de Prudencia, y esta noche salvar a la población atravesando los puentes que conducen a Templanza! ¡Quitar las pocas piezas de artillería que nos restan en Prudencia y emplazarlas en los muelles de Templanza! ¡Cuando quieran cruzar el Caño para tomar la segunda ciudad, toda la artillería y nuestros mosquetes podrán disparar sobre ellos a placer, porque tendrán que cruzar en barcazas, los puentes los demolería, desde Templanza! ¡Serán un blanco fácil, intentando ganar la corriente para desembarcar en Templanza!- el tudesco propuso un plan para salvar vidas y tener la oportunidad de castigar con dureza al enemigo.

-¡Hum!- murmuró De La Marck- ¡No está mal! ¡Especialmente lo de salvar la artillería que queda en la muralla de Prudencia! ¡Pero mantendremos la ciudad todo lo que podamos…! ¿Quién nos garantiza que no optarán por atacar Santa Fe, antes que Templanza?-

-¡Excelencia, ese ejército no tiene botes, ni canoas, si todas las embarcaciones de cierta eslora las trasladamos a Templanza, no pueden pretender asaltar Santa Fe! ¡Tendrán que cruzar en almadías!- insistió Tillingstein.

-¡Eso si logran tomar los muelles de Prudencia…!- el virrey estaba decidido- ¡Comandante, que salven las piezas de artillería y las dispongan en los muelles de Templanza a la espera de un asalto! ¡Vos dirigiréis la operación, confiad la defensa de Prudencia a Mansfelder! ¡Cuando estéis en Templanza haced lo que decís con los dos puentes!- De La Marck con una leve inclinación de cabeza, indicaba que daba por finalizada la audiencia.

-¡Pero, Excelencia…!- protestó el soldado- ¡Será una masacre!-

-¡Cuando hayáis cumplido mis instrucciones, dejáis en el mando de la defensa de Templanza a Van Spelt, y vos con una compañía de refuerzo de mosquetes, os retiráis al castillo de Santa Fe!- con un gesto en algo desdeñoso y amanerado, con la mano, el grueso flamenco instó al tudesco a que abandonara la sala.

 

Los muros de Prudencia, en su extremo noreste, daban a un acantilado sobre el océano, y a unas veinte varas más allá del foso de defensa empezaba una selva espesa en la que abundaban las palmeras, caobas y otros recios arboles de aquellas latitudes… Nadie podía advertir que camuflados entre el exuberante verdor, se hallaban discretamente apostados los hombres de Álvaro de Sobrarbe.

Hacia el mediodía, Bernardo Cabrera se aproximó a Álvaro, que estaba hablando con Hernando, el jefe aravaco.

-¡Don Álvaro!- dijo- ¡Los están machacando! ¡Debemos acudir en su ayuda!- la inquietud del lugarteniente era consecuencia de la cadencia de disparos de artillería que salían del campo enemigo sobre Prudencia. Inquietaba el inconfundible estruendo del cañón de doce libras… hacia mas de media hora que no se escuchaba respuesta desde las almenas de la ciudad.

-¡Todavía no, Bernardo…!- respondió lacónicamente el capitán general- ¿El hijo de Somer se está preparando?-

-¡Si, señor!-

-¡Atiende…! ¡Hernando tiene nuevas de los escuchas que ha distribuido, no le ha sido fácil, pues ese zorro viejo de Menéndez ha desplegado a los caribes de Maturín en la jungla que queda tras su campo!-

-¿Y…?- se impacientó Bernardo.

-¡Tienen el cañón muy protegido!-continuó Álvaro- ¡El joven Somer y sus voluntarios tienen una sola posibilidad! ¡Se infiltrarán en el campo enemigo aprovechando el cambio de guardia del alba de mañana! ¡Es el único momento que podrán aproximarse a la pieza e inutilizarla cegando el paso de la mecha!-

-¡Dios mio!- exclamó el lugarteniente- ¡Toda la tarde todavía de ese infierno!-

-¡Y toda la noche, Bernardo!- respondió Álvaro-¡Estoy convencido de que Menéndez no aflojará hasta tener una brecha por la que entrar al asalto!-

-¿Cómo saldrán del campo, el joven Somer y sus voluntarios?- se preguntó Bernardo.

-¡Atacaremos el campo al alba! ¡Su misión agradecerá que distraigamos la atención de esos miserables! ¡Un ataque rápido, todos a caballo! ¡En la confusión les recogeremos y nos uniremos a los de la ciudad para defenderla!-

En ese momento Hernando hizo seña de querer añadir algo más…

-¡El teule que los manda, no está con ellos!- dijo escuetamente.

-¿Dónde andará el cuervo de Sigura?- se preguntó entre dientes Álvaro.

 

 

No muy lejos de allí, en los repliegues de las rocas y manglares que se adentraban en océano abierto, conocido, todo ello, como Cabo Tobejuba, Sigura se encaramaba por una escala de cuerda a la cubierta del nuevo “Santa Sangre”, allí le aguardaban Luis de Gama y Baltasar Atienza, Pedro Cárdenas en pie sobre el bote que les había recogido, aguardaba la vez para subir a bordo del galeón.

-¡Excelente, excelente, Don Baltasar…!- dijo resplandeciente Sigura, mientras se atusaba la ropilla negra de terciopelo- ¡La flota está totalmente escondida! ¡Qué paraje, éste…!- no terminó la frase, como si no encontrara las palabras para finalizarla.

-¡Cuánta belleza!-terció Luis de Gama.

-¡Lo de anclar en un escondrijo tan completo, Don Antonio…!- Baltasar Atienza señaló con el índice de la diestra al portugués- ¡Debéis reconocérselo a Don Luis! ¡Es un excelente marino!- el aludido agradeció la lisonja con una leve inclinación de cabeza.

-¡Si, claro, claro…!- murmuró Sigura. No podía olvidar que tras el final de la campaña, él y el capitán del galeón estaban citados para solucionar sus diferencias. En éstas, que Pedro Cárdenas saltaba a la cubierta salvando la borda del galeón, suspirando profundamente.

-¡Pardiez, que ya no tenemos veinte años!- exclamó como excusando la falta de fuelle.

-¡Pues debemos recuperar la fuerza que entonces teníamos!- le acogió Sigura- ¡Acompañadme Don Pedro!- y se apartó del resto cogiendo por el hombro al sarmentoso y larguirucho Cárdenas, para conducirlo al castillo de popa del galeón.

-¿Qué deseáis, Don Antonio?- el austero castellano viejo, no estaba acostumbrado a aquellas muestras de afecto, y menos procedentes de Antonio Sigura.

-¡Nuestra jornada, Don Pedro, llega a su momento decisivo…!- le iba susurrando- ¡Debéis vigilar, de forma discreta, los movimientos del portugués! ¡No perdáis de vista, que estamos retados al final de la campaña!-

-¡Don Antonio, creo que lleváis esta cuestión, demasiado lejos!- reconvino Cárdenas- ¡Habéis tenido muestras de que Don Luis, nos ha sido leal…! ¡Además es un caballero cristiano, un caballero de Cristo! ¡Una antigua Orden de Caballería!- Sigura le puso las manos en los hombros, sobre la sufrida capa que el castellano llevaba siempre echada, y miró intensa y fijamente a los ojos de su camarada.

-¡Cierto, una Orden antigua, y herética!- afirmó con gravedad.

-¿Qué decís?- se revolvió Cárdenas- ¡Los caballeros de Cristo…! ¿Herejes? ¡Pero si están protegidos por los reyes de Portugal!-

-¡Los Caballeros de Cristo, son los antiguos Templarios disfrazados burdamente!- sentenció Sigura- ¡Los Templarios, amigo mio, terminaron en la hoguera o bajo el hacha del verdugo! ¡Por herejes! ¡En cuanto a la Casa de Portugal…! ¡Su destino es caer bajo la órbita de nuestros reyes!-

-¡Pero Don Luis…!- protestaba Cárdenas- ¡Nos ha sido leal y de gran utilidad!-

-¡Don Pedro, solamente os pido que lo vigiléis discretamente, no, que le inferáis daño alguno!- dijo conciliador Sigura. Cárdenas con semblante grave, afirmó con la testa coronada con el chambergo que llevaba consigo desde que abandonara Sevilla.

Desde lo alto del castillo de popa, se divisaba lindando al mar, en forma de media herradura, una costa totalmente ocupada por manglares, tras los que se alzaba la jungla intrincada, sobre las copas de palmeras y árboles de gran altura, se recortaba contra el firmamento, una colina rocosa moteada de plantas menores… Del otro lado, muy amortiguados llegaban los estampidos que delataban un ataque concienzudo de artillería, de tarde en tarde, un estallido mucho más fuerte llegaba con mayor nitidez.

-¡Ah…!- sonrió Sigura, ladeando su cabeza bajo la gorra flamenca- ¿Escucháis, Don Pedro? ¡Esa es nuestra pieza de doce libras! ¡Ese Rodrigo, echará la muralla abajo, quizás antes de lo previsto!-

-¿Pensáis en adelantar nuestra entrada por mar?- preguntó Cárdenas.

-¡No haremos tal, Don Pedro! ¡Seguiremos el plan trazado, Don Rodrigo es un soldado experimentado y comprende cuán importante es coordinar los ataques, para dividir la fuerza enemiga! ¡Esperemos que nuestra empresa concluya favorablemente!- razonó Sigura.

-¡Si, Don Antonio! ¡Ya estamos en los dias postreros de esta jornada!- murmuró muy quedamente Cárdenas- ¿Pero donde está El lince?-

-¡No lo sé a ciencia cierta, Don Pedro, pero presumo que como todos los felinos, estará en la jungla…! ¡Emboscado! ¡Sabemos muy bien que ello, és su especialidad!- respondió también en voz baja, Sigura.

Y continuaron escuchando el concierto de los cañones, como si de un coro celestial se tratara.

 

Mientras, al sureste de las murallas de la castigada Prudencia, Álvaro y sus capitanes recibían una buena noticia.

-¡Ha vuelto Enríquez!- le vino a decir Bernardo Cabrera. El Lince estaba al pie de un gigantesco árbol, estudiando con detenimiento los planos que tenía de la zona, cuando al oír la nueva, alzó los ojos con una sonrisa dibujada en los labios.

-¡Que venga, Bernardo! ¡Que venga!- ordenó.

El mestizo llegó junto a Álvaro, con una expresión de salvaje alegría…

-¿Y bien Enríquez?-

-¡Dejaron en su campo, una pequeña guarnición, algo más de veinte hombres, y un bergantín de carga!- respondió en pie el capitán de Angostura.

-¡Pero, sentaos…!- le invitó Álvaro- ¡Y dadme vuestro relato!-

-¡Mi señor, del bergantín solamente se atisba la cofa del palo mayor, vimos como se hundía tras haberle practicado cuatro vías de agua bajo la línea de flotación!- dijo el mestizo.

-¿Y cómo pudisteis hacerlo, si tenían veinte hombres sobre las armas?- se interesó Álvaro.

-¡Porque al anochecer y viéndolos descuidados en sus obligaciones, los pasamos a cuchillo!- remató sonriente el mestizo.

.¡Bravo, Enríquez…!- soltó sinceramente Álvaro.

-¡Debíamos hacerlo, la muerte de Don Alfredo, clamaba venganza!- en los ojos de Enríquez afloró la sed de sangre como solamente puede hacerlo, en los de un mestizo.

-¡Bien, capitán, ahora debéis dar descanso a vuestra gente!- ordenó Álvaro- ¡Mañana nos aguarda una jornada dura, los combates toman un signo que nos va a exigir todo lo que podamos dar!-

-¡Hay algo más…!- deslizó Enríquez. Por el modo de decirlo, Álvaro intuyó que ese algo más, podía ser de capital importancia, el mestizo que lucía cabello azabache y ojos esmeralda, le estaba rogando poder comunicarle aquello.

-¡Adelante, Enríquez!- respondió Álvaro- ¡Qué demonio…! ¡Estamos en campaña y sois tan capitán como todos los que toman asiento en mi mesa!-

-¡Veréis general, algunos de los caribes que vinieron al Amacuro, con Ratero, se han pasado a nuestras filas! ¡De hecho, nuestro regreso ha sido tan rápido, porque ellos han abandonado sus posiciones y quieren unirse a nosotros…!- el mestizo hizo el gesto de afirmar con su cabeza, para reafirmar lo que llevaba dicho.

-¿Hay causa, para esa defección, Enríquez?- se interesó Álvaro.

-¡Sobrada, Don Álvaro! ¡Ha corrido la voz de que tanto en Maturín como en Paria, será preciso jurar al Rey castellano y bautizarse como cristiano!- el mestizo trasladó lo que los caribes le habían contado- ¡El Rey, está lejos, pero sus dioses están aquí Jaguar, estoy seguro que tú lo entiendes!-

Álvaro, miró con cierta dulzura al mestizo, le había vuelto a llamar por el nombre que le identificaba con la leyenda de los caribes de Yacu Naya… Un felino cazador, como el Lince de España. El general de la Hueste de Guay Naya inclinó su cabeza suspirando…

-¡Enríquez, encuádralos entre tu gente!- respondió quedamente- ¡Y procura que tomen contacto con sus hermanos, pero siempre acompañados por gente nuestra! ¡En nuestro campo, son como nuestros caribes…! ¡No quiero diferencias, si es una traición lo sabremos en horas!-

Enríquez sonrió, el Jaguar estaba actuando como la fiera legendaria, con astucia y largueza.

-¡Tomaré todas las precauciones, general!- tras decir esto Enríquez hizo el gesto de irse para yacer con los suyos.

-¡Podéis ir a descansar Enríquez, y bravo de nuevo, por lo hecho con ese buque y el retén de esos miserables!- tras el permiso de Álvaro, el mestizo se perdió entre los troncos y la hojarasca. Debido al cañoneo, ni las monas rojas, ni los papagayos estaban presentes en aquél rincón de la perdida selva del Amacuro.

-¡Por Dios Santo y la Virgen de la Candela…!- entre dientes Bernardo que había asistido a la conversación soltó su chambergo gris al suelo- ¿Vais a confiar en unos indios que cambian de causa a cada suspiro?-

-¡Esos indios Bernardo,- respondió Álvaro con cierta gravedad- creían luchar para defender su causa! ¡Pero han descubierto que habían sido engañados, y desean seguir luchando por su causa!-

El retumbar de una nueva andanada de artillería, interrumpió la conversación que ambos sostenían. Aquella tétrica canción era portadora de muerte y destrucción, y ambos lo sabían. Álvaro lanzó una mirada a la selva que les cubría el campo, los hombres desparramados por grupos, sin dejar las armas, permanecían en aquél estado de ansia que precede los combates que se auguran dificultosos.

-¡Que Dios nos ampare!- murmuró Bernardo Cabrera.

-¡Dios ampara a los que se esfuerzan!- musitó Álvaro.

Ambos se contemplaron por unos instantes, a pesar de la diferencia de los caracteres, estaban unidos por una fuerte amistad. El lugarteniente hizo un gesto de asentimiento y recogió su chambergo del suelo.

-¡Vuelvo con la tropa, general…!- dijo en voz baja.

-¡Ve con ellos, Bernardo!- respondió Álvaro.

En el tenso estado de vigilia, la tropa comió frugalmente, bebiendo tan sólo agua y contando una tras otra las descargas de la artillería enemiga sobre los muros de Prudencia. Las horas se hacían interminables, y al caer el sol, parecía como si los cañones se apaciguaran, pero fue una falsa percepción, la artillería de los atacantes no dio tregua para el descanso nocturno y prosiguieron en su martilleo constante. Después de que se repartiera pan de cazabe para cenar, Álvaro decidió ir a ver al grupo que el joven Erwin Somer había escogido para realizar la peligrosa misión, cuya utilidad sería librar a Prudencia del castigo de aquél enorme cañón que tanto daño estaba causando sobre la ciudad sitiada.

A la luz de la luna llena, el paraje selvático en el que habían asentado su campo, semejaba un dominio espectral, el verdor del entorno bañado en la azulada luminosidad lunar daba a los hombres y sus armas una apariencia irreal. Por orden de Álvaro aquella noche no se encendían fuegos y se mantenía un prudente silencio. La jungla estaba en silencio entre cañonazo y cañonazo, y a buen seguro que las gentes que mandaba Rodrigo Menéndez les estaban buscando por cielo y tierra.

Encontró al grupo de diez hombres, ataviados con las ropas y petos de lana prensada cogidos a los prisioneros atrapados junto a Rafael Cabrera, unos días antes. Se habían ceñido los morriones de cuero que la tropa enemiga usaba y permanecían en espera de recibir la orden de avanzar.

-¡Dejad los morriones y las corazas!- ordenó Álvaro- ¡Todavía quedan horas para que os internéis en campo enemigo, y conviene que todos descanséis hasta ese momento!-

Al apercibirse de que Álvaro estaba junto al grupo que debía infiltrarse en el campamento de los asediadores, Federmann y Gerardo García, acompañados de Bernardo Cabrera y Hernando se acercaron.

-¿Es cierto lo de los caribes que desertan del enemigo?- preguntó directamente Gerardo García.

-¡Si, es cierto!- respondió Álvaro.

-¡Corremos un riesgo…!- siguió el vizcaíno- ¿Y si es una celada? ¿Y si mienten?-

-¡Yo creo que no mienten!- fue toda la respuesta del Lince.

-¿En qué os fundáis?- intervino Federmann.

-¡Hernando…!- Álvaro, el Lince, se dirigió al jefe aravaco- ¿Mienten los caribes de Maturín?-

-¡Los caribes, como los aravacos, no mienten jamás!- respondió el indio-¡Nosotros y ellos, no levantamos ciudades, ni tenemos armas infernales, ni rompemos tratados! ¡No nos han enseñado más que vivir según nuestras costumbres!-

-¿Y por eso, desertan?- gritó airado Bernardo Cabrera.

-¡Creo que los han engañado…! ¡Por ello no quieren saber nada más, de los teules que les harán esclavos de un rey al que nunca verán y abandonar los dioses de sus padres!- Hernando, argumentó los motivos de la rebelión de los caribes de Maturín.

-¡Esto, os lo dice un enemigo ancestral de los caribes! ¡Se han estado masacrando desde antes de que los castellanos llegáramos a estos reinos nuevos!- opinó Álvaro- ¡Demos un aliento a esta esperanza, amigos míos!-

-¡Bien, aceptemos el riesgo!- admitió Federmann- ¿Y ahora…?-

-¡Ahora caballeros, es preciso descansar!- puntualizó Álvaro- ¡El hijo de Somer y sus diez voluntarios se infiltrarán justo cuando en el campo enemigo, se releve la guardia, es el momento más adecuado! ¡Casi inmediatamente, atacaremos con toda nuestra fuerza, para causar dos efectos, el primero permitir que el joven Somer y sus hombres inutilicen la pieza de artillería que tanto daño causa, y segundo arropándolos en la huida acudir a las puertas de Prudencia para unirnos a sus defensores!-

-Toda la carne en el asador…!- murmuró Bernardo Cabrera, el lugarteniente.

-¡Es la oportunidad de quebrarlos!- opinó Álvaro- ¡Sabemos que ellos tienen unidades de piqueros, y también sabemos que ni en Prudencia, ni en ninguna otra parte de este virreinato, existe una unidad como esa…! ¡Todos habréis visto que he ordenado que nuestros zenús corten varas de tres, cuatro, cinco y seis varas, y les endurecerán las puntas al fuego dentro de una o dos horas, cuando estén bien afiladas! ¡Cuando Rodrigo Menéndez lance sus piqueros contra la brecha de los muros de la ciudad, hallará delante otra unidad de piqueros!-

-¡Esto será criminal, general…!- musitó Gerardo García.

-¡No más que Malta o que los sitios de Flandes y las plazas del norte de Italia!- respondió Álvaro.

Con gravedad, Federmann asintió y Bernardo Cabrera se mordía los puños.

-¡Pero…!- bramó el lugarteniente- ¿Por qué, no atacamos ya y hacemos enmudecer esos cañones?-

-¡Porque todavía no he dado la orden! ¿Está claro lugarteniente?- la mirada de Álvaro a Bernardo tuvo la fuerza del relámpago.

La noche transcurrió con lentitud exasperante, pautada por el cañoneo de los asediadores, la Hueste Guay Naya, y sus aliados de Angostura permanecían inmersos en la jungla protectora, que durante la noche devenía asfixiante para todo aquél que se guareciera en ella, la humedad y la falta de aire convertían en una tortura aquellas horas de vigilia. Álvaro de Sobrarbe, con la camisola completamente sudada recorría los puestos acompañado por sus capitanes, las hogueras se habían encendido bien, no eran visibles sus llamas, y los hombres se aplicaban en la negrura de la noche selvática a endurecer las puntas afiladas de las largas varas que los caribe les suministraban para confeccionar auténticas picas… Los caribe habían urdido además, algo que convertía tanto sus flechas como las picas, en armas letales. Algunos de ellos conocían como se elaboraba el veneno de las tribus de Manaus, y propusieron hacer cantidad del brebaje, para untar flechas, dardos y picas, de manera que enemigo herido fuera enemigo muerto. La ocurrencia vino de que habían encontrado en aquél paraje, las plantas con las que los lejanos parientes del sur, cocían el caldo emponzoñado.

-¡Que se haga!- fue la respuesta del Lince.

Faltaban dos horas para la salida del sol, la humedad, densa se transformaba en una nube dura que ascendía desde la podredumbre del suelo hacia la copa de los árboles, los hombres habían endurecido y emponzoñado más de doscientas picas… En el campo corrió el susurro de que llegaban emisarios protegidos por bandera blanca, eran, un mirmidón de Ratero y cinco caribes.

Trataron directamente con Álvaro y sus oficiales, el mensaje de Octavio Ratero, no dejaba lugar a dudas, su tropa y los indios, en retaguardia del ejército invasor, se someterían a la dueña de Angostura y en el momento del asalto atacarían por la espalda a los asaltantes de Prudencia. La contraseña para realizar la defección sería un grito:-¡Por Angostura!- murmuró el mirmidón.

Álvaro aceptó que se unieran a su gente de forma tan peculiar como arriesgada, y les aseguró que en la medida de lo posible serían acogidos entre los defensores, para ello tras realizar dos o tres ataques en la retaguardia de los atacantes, deberían protegerse en la jungla que acogía aquella conferencia, y se vería el modo de protegerles de una represalia por parte de los hombres de Rodrigo Menéndez… Los emisarios partieron tras jurar que cumplirían con lo acordado.

Bernardo Cabrera, meneaba la cabeza de un lado a otro. No lo veía claro.

-¿Qué podemos perder?- decía sosegadamente Álvaro- ¡Si mienten marcharán con el enemigo sobre nosotros, pero si son veraces, a Rodrigo Menéndez, las barbas se le vuelven blancas! ¡Y pensad, que no hemos desvelado ni un solo detalle de nuestro plan de batalla! ¡Falta poco, para que llegue la hora convenida…! ¡Caballeros, sobre las armas y que Dios nos proteja!-

Media hora más tarde, estaba toda la hueste formada, el estandarte desplegado, y al frente, sobre Relincho, Álvaro de despojaba del guante de cuero, mostrando el guantelete de acero, se había armado convenientemente y lucía el yelmo obsequiado por Somer, con el penacho oro y azul.

A su diestra, ligeramente atrás el lugarteniente protegido con un morrión de cuero, no dejaba de rezongar…

-¡Ese muchacho, puede que camine hacia su muerte!- decía. El hijo de Somer había partido con sus voluntarios guiado por indios caribe del Amacuro y de Maturín.

-¡Esos caribes, de los que dudáis tanto, señor lugarteniente, son su salvoconducto para llegar hasta el cañón y cumplir con la venganza de su señor padre!- masculló entre dientes Álvaro.

Bernardo Cabrera estaba a punto de responder, cuando se escuchó una descarga de artillería que semejaba mil truenos juntos, y tras ella un estruendo horripilante acompañado del inconfundible sonido del derrumbamiento de piedra y adobe, el firmamento negro todavía, mostró una nubecilla clara que se elevaba hacia lo alto y hasta ellos llegó un clamor de júbilo del campo enemigo.

-¡Han abierto brecha, ese muchacho va a llegar en el mejor momento!- exclamó Álvaro alzándose sobre los estribos de la montura- ¡Ha llegado el momento, recordad, los de a caballo no dejéis atrás a los de a pie! ¡Todos juntos hasta irrumpir en campo enemigo! ¡Los de a caballo iremos al rescate del joven Somer, los de a pie directamente a la brecha! ¡Por el Guay Naya!- con un gesto de su garra de acero ordenó avanzar a la Hueste de Guay Naya, en lo que todos percibían como la batalla definitiva.

Iban emergiendo del interior de la jungla, enfundados en sus corazas y empuñando sus armas, al clarear del alba que se anunciaba, se unía el resplandor de los incendios de la ciudad, al fondo resonaba el retumbar de los cañones, que no cesaba… Pero al salir de la selva, sintieron aire fresco sobre sus rostros y en el interior de sus entrañas, y la tropa agradeció aquello redoblando la marcha y la determinación, y avanzaron resueltos entre la jungla y la muralla que recorría el lado sur de la ciudad, el movimiento de alerta en las almenas fue apaciguado por un mensaje que lanzó a pleno pulmón Federmann…

-¡No temáis, somos aliados del virrey!- dijo.

Álvaro, bajó la visera de su elegante yelmo, miró atrás, le seguían de cerca, Hernando, el álferez Mateo Ruiz y Bernardo Cabrera, sobre sus cabezas ondeaban los estandartes de la Hueste Guay Naya y de Angostura.

La caballería iba al paso y la infantería llevaba el paso apretado, los flancos y la retaguardia iban a cargo de los caribes y las compañías de Angostura mandadas por los capitanes mestizos, Enríquez y Galíndez, Federmann, los suyos y los zenús protegían la vanguardia abriendo la marcha con Álvaro, el general de la hueste. Gerardo García con su gente y la de Somer tenía cuidado del grueso de la columna, de las acémilas y las caballerías sobrantes…

-¡En unos instantes doblaremos el torreón del sur y estaremos a la vista del campo de asedio!- la voz de Álvaro tuvo un tono metálico.

 

El espectáculo al final de la madrugada era dantesco, junto al bastión central de la muralla de Prudencia, entre llamas y humo, se abría una brecha, y el mismo bastión estaba agrietado en varios puntos, a causa del incesante castigo artillero que desde las cuatrocientas varas de distancia había recibido por espacio de veinticuatro horas.

Desde las primeras posiciones del asedio, el clamor fue inmenso, el mismo Rodrigo Menéndez alzó sus poderosos brazos exultante…

-¡Qué paradoja…!- se dijo en voz baja el Maestre de Campo de la Hueste Reconquista- ¡Creíamos que estos muros resistirían mucho más! ¡Y debemos seguir otra jornada completa…!- el gigantón recordaba que el ataque por mar no se iniciaría hasta el amanecer del siguiente dia. Así pues debía seguir castigando los muros y el interior de la ciudad, hasta la hora señalada. El gigantón meneó la cabeza bajo su yelmo flamenco, él sabía que el momento en que se abre brecha, es el idóneo para realizar el asalto, aprovechando el desánimo y desconcierto del enemigo.

El impulsivo García Luque había reunido un escuadrón de caballería, y olvidando los acuerdos tomados y llevado por el entusiasmo lanzó a su gente hacia la brecha cabalgando, blandiendo todos sus espadas…

Rodrigo Menéndez no podía dar crédito a lo que veía, aquel caballerete presumido arrastraba a cerca de doscientos hombres hacia un peligro innecesario. Jinetes que iban a ser necesarios para el verdadero asalto final.

La unidad que García Luque había lanzado contra la zona derruida de la muralla, galopaba en cuña, gritando como demonios. No se hicieron esperar los primeros disparos de mosquete desde las almenas que permanecían en pie. Los defensores maldecían el momento en que les fue retirada la artillería de Prudencia, pues hubieran tenido la posibilidad de arrasar aquella fuerza que se les venía encima.

Las segundas andanadas, lograron derribar algunos de los jinetes, pero como cobertura, Rodrigo Menéndez ordenó a las culebrinas y falconetes que lanzaran bolas de piedra contra las almenas… El veterano dudó por un instante si formar las unidades de piqueros para avanzar tras el loco de García Luque. Despejó la duda casi de inmediato, debía ceñirse a lo dispuesto en el consejo de oficiales, asaltarían la ciudad a la siguiente madrugada. El Maestre de Campo llamó a un jinete para que intentara alcanzarles antes de que penetraran en lo que podía ser una trampa mortal, pero no llevó a cabo su intención. Desde el sur junto a la muralla, avanzaba una inmensa hueste, gritaban como demonios y llegarían al mismo tiempo ante la brecha que la unidad de García Luque, el ojillo del gigantón pudo ver el singular yelmo que Álvaro de Sobrarbe luciera en la batalla de los llanos.

-¡Nosotros preguntándonos, donde estaría ese gato!- bramó- ¡Y él nos encuentra! ¡Maldita sea su alma!- Impartió las órdenes precisas para montar el dispositivo de defensa de los jinetes que lograran volver, picas formadas en columnas para desplegarse en defensa si fuera preciso, dos líneas de arcabuces de horquilla, y los jinetes que le quedaban protegiendo los flancos… La artillería descansaba, puesto que se corría el riesgo de dar a su propia gente.

Mientras tanto, García Luque y sus tenientes habían advertido la difícil situación en la que iban a quedar atrapados, y a treinta y pocas varas de alcanzar su objetivo, ordenó volver grupas para regresar al campo propio. La vuelta fue especialmente dolorosa, desde las almenas aprovecharon la maniobra y los momentos de lentitud para diezmarles con ballestas y mosquetes. Desde el campo, Rodrigo Menéndez y los hombres jaleaban a sus camaradas a que se dieran urgencia en regresar. La agitación del momento fue causa de que inadvertidamente, un grupo de diez soldados, en apariencia de la hueste asediadora, cercaran el cañón de doce libras, y tras acabar con dos de los servidores de la pieza, se aplicaran a cegar el conducto de prendido de mecha, el joven Somer en persona martilleaba una y otra vez el clavo que remachaba dicho conducto tal y como hiciera su padre con el otro cañón. Fue Juan Pérez quien advirtió desde los asentamientos de los falconetes lo que acaecía en el emplazamiento de la pieza más importante a su cargo. El sargento artillero empezó a gritar, reclamado a sus compañeros, pero la confusión en todo el campo era notable, toda la atención estaba concentrada en la retirada de los jinetes comandados por el impaciente García Luque.

-¡Ya está!- exclamó sudoroso por el esfuerzo realizado Erwin Somer- ¡Huyamos, hacia el interior, los indios nos abrirán paso!- El grupo salió corriendo en dirección sur, hacia la selva, atravesando el campo, mientras un desesperado Juan Pérez y cinco soldados más se dirigían a interceptarlos, profiriendo descomunales gritos de alerta.

Uno de los hombres de Somer, cesó en su carrera, desenfundó un pedernal y mientras decía a sus compañeros que no se detuvieran, descargó sobre el furioso sargento, que fue abatido con el pecho destrozado. El baquiano que había matado al artillero, desenvainó su espada aguardando a los encolerizados camaradas del muerto.

El combate desigual acabó con la muerte rápida del heroico amigo del malogrado Alfredo Somer, pero proporcionó tiempo a sus camaradas que huían por el campo, ataviados como los hombres que les miraban asombrados e indecisos.

Sorprendentemente, desde los toldos y pabellones de las tropas de Maturín no se hizo movimiento alguno, y los caribes estaban protegiendo la retirada.

Mientras tanto los hombres de García Luque lograron situarse a menos de setenta varas de su campo tras un severo castigo, primero desde las almenas y posteriormente a manos de los jinetes comandados por Álvaro.

La viveza del combate, privó a Rodrigo Menéndez de advertir que un grupo de jinetes abandonaba el combate para escurrirse hacia los lindes de la jungla que estaba a espaldas de su campo.

Aquellos jinetes, con armamento liviano iban a situarse rápidamente, al suroeste del campo sitiador de Prudencia. Su misión era recoger a los baquianos y al hijo de Somer.

 

El temible dispositivo de defensa del campo de la Hueste Reconquista estaba presto para arropar a los hombres que volvían tras la fallida intentona, y para repeler y castigar a la fuerza que se aproximaba en persecución de los hombres que mandaba García Luque.

Pero antes de llegar a la distancia de sesenta varas, de los temibles arcabuces de horquilla, Álvaro ordenó detener la carga, los de a pie estaban siendo acogidos en Prudencia con gritos de alegría, dirigidos incluso a los caribes que habían venido con ellos. Y los de a caballo volvieron grupas para unirse también a los defensores de Prudencia, que habían abierto las puertas para permitir que aquellos refuerzos pudieran penetrar en la ciudad más rápidamente.

Rodrigo Menéndez vio frustrada la ocasión de lanzar una andanada mortal contra la gente de Álvaro de Sobrarbe, en un golpe de rabia, se giró y sobre su caballo se acercó a los emplazamientos de las piezas de artillería, gritando a pleno pulmón…

-¡Disparad con la pieza mayor contra esa chusma!-

Con estupor vio las señas de los servidores del cañón de doce libras, gestos que negaban la orden. El Maestre de Campo espoleó su corcel entre maldiciones a lo divino y lo infernal.

Allí junto al gran cañón estaba el capitán Jacinto Paredes, el hombre estaba desconsolado.

-¡Lo han bloqueado, como el otro!- dijo el hombre compungido.

-¿Y Pérez?- rugió Rodrigo Menéndez mientras desmontaba.

-¡Allí, Don Rodrigo…!- uno de los servidores señaló al sargento abatido unas veinte varas hacia el sur-¡Le han matado cuando les perseguía!-

-¡Maldición, maldición, una y mil veces!- el Maestre de Campo se volvió hacia el capitán Paredes-¿Y vos que hacíais, señor capitán?- y mientras le preguntaba, con su fusta le cruzaba el rostro dos veces con desprecio.

-¡Don Rodrigo…!- rugió el ofendido.

-¡Y esto es una pequeña muestra de lo que os aguarda cuando Don Antonio sepa de vuestra necedad e incompetencia!- volvió a cruzarle el rostro con el cuero destinado a las ancas del caballo. Pudo advertir que el capitán llevaba su mano a la empuñadura de la daga, y antes de que pudiera desnudar la hoja, le disparó a bocajarro con su pedernal, el pobre capitán se dobló exhalando un gemido gutural, con la izquierda en el pecho, donde había sentido la mordedura del plomo. Los soldados que les rodeaban restaron estupefactos-¿Alguien quiere su ración?- desafió el tuerto, con la espada ya desnuda. Nadie soltó palabra.

Entretanto los hombres de Álvaro se habían cobijado tras los muros y los cascotes de la brecha, desde las almenas los sitiados daban gritos de júbilo y se mofaban de los sitiadores.

En ese marco, llevando del bocado a su corcel, el Maestre de Campo fue al encuentro del azorado García Luque que andaba en la triste tarea de enterarse de las bajas que había sufrido su escuadrón.

-¿Cuántos hombres habéis sacrificado a vuestra estúpida vanidad?- le preguntó sombríamente Rodrigo Menéndez al llegar junto a él.

-¡Sesenta…!- balbuceó casi llorando el sevillano.

-¡No quiero ni imaginar, lo que Don Antonio os deparará cuando sepa de ello!- dijo el Maestre de Campo- ¡Pero ahora debéis velar por los heridos y refrescar las monturas! ¡Andando…!- el imperativo final golpeó la sensibilidad del sevillano e hirió en lo más íntimo su orgullo.

-¡Bajad el tono, Don Rodrigo!- le dijo altanero- ¡No sé si sabéis que soy uno de los consignatarios de esta jornada!- le recordó la condición mientras acariciaba su caballo alazán.

Presto como un relámpago, Rodrigo Menéndez echó mano de la daga y la blandió desnuda como buscando el gaznate de García Luque.

-¡Nada me placería más que consignaros ahora mismo a Satanás, petimetre!- masculló entre dientes el tuerto-¡He ordenado que…! ¡Andando! ¡Don Antonio, que él, si es el consignatario de las capitulaciones, me otorgó el mando sobre el campo de batalla! ¿Lo recordáis? ¡Así o bien cumplís mi orden u os avío como al inepto de Paredes! ¡Por su culpa y vuestra imprudencia, nos han inutilizado el cañón de doce libras!- el sevillano se arrugó y sin soltar prenda llevando su corcel del bocado empezó a encaminarse donde sus hombres reposaban para cumplir las sensatas instrucciones del Maestre de Campo.

Por su parte, Don Rodrigo sentía que en las postreras horas, el control de la situación se le había ido de las manos, en parte debido a la petulancia del hijodalgo sevillano, recorrió su abundante humanidad un latigazo de cólera y el profundo deseo de estrangular aquel caballerete de teatrín con sus propias manos.

Todo su esfuerzo se centraría ahora, en agrandar la brecha y barrer las almenas de la parte central de la muralla, así como castigar lo que había en el interior. Y para hacerlo debía conocer lo que se hallaba tras las murallas, por ello mandó a por Ratero.

-¡Así, capitán…!- el Maestre de Campo había convocado en su pabellón al mestizo- ¡Que tras las murallas, hay una avenida, y una vez pasada los barrios de casas, hasta llegar al muelle del Caño, de esa ría…!- Rodrigo Menéndez recordaba la planta de algunas de las ciudades del norte de Flandes, en las Provincias Unidas. Agradeció al de Maturín la información y le despidió con una pregunta- ¿No visteis huir ante vuestras tiendas, un grupo de diez intrusos. justo al amanecer?-

-¡Solamente advertimos trasiego de gentes del propio campo, Don Rodrigo!- fue la respuesta del mestizo.

-¡Retiraos, capitán, y tened vuestra gente a punto!- dijo con cierta brusquedad Rodrigo Menéndez- ¡Y los indios que con vos acudieron que vigilen nuestra retaguardia, porque si no lo hacen a conciencia…! ¡Les haré pasar por las armas!- el mestizo no quiso oir más, lanzó un seco,- si señor- y abandonó el pabellón.

Una vez solo, el veterano Maestre de Campo, discurrió sobre lo que el general, Don Antonio, le soltaría tras la desventura de haber perdido la segunda pieza importante de artillería. Y andaba en ese aciago pensamiento cuando le surgió una feliz ocurrencia; lo primero era poner de nuevo las piezas pequeñas a bombardear la ciudad sitiada, pero recordó al forjador que liberaron de las mazmorras de Isla Margarita…

Fabián era un hombre peculiar, famoso por haberse enfrentado al tirano Aguirre y sus bandidos, años atrás, un hombre sañudo y huraño muy hábil en forja y trabajo con el hierro. Tenía merecido prestigio de reparar los arreos de montar y las armas echadas a perder. Lo hizo buscar para encontrarse justo en el emplazamiento del cañón de doce libras.

-¿Qué os parece?- le preguntó Rodrigo Menéndez, bajo un sol que empezaba a martillear.

-¡Es una pieza de buena forja!- respondió el hombre, de estatura mediana pero muy robusto.

-¡Me refiero al sabotaje del cañón…!- gruñó impaciente Rodrigo Menéndez. El otro se lo miró con sus ojos fríos y grises, antes de extraer de su faja un punzón y un mallete de metal.

El tal Fabián, picó por dos veces sobre el cañón.

-¡Buena forja, si señor!- dijo.

-¡Muy bien, sin duda de Vizcaya…!- respondió impaciente Rodrigo Menéndez- ¡Pero eso, ya lo sabemos!-

El hombre pasó a ver el remache introducido en el conducto de la mecha, y aplicó de nuevo el punzón, para dar un golpe preciso con el mallete. Retiró el punzón y observó la cabeza del remache.

-¡Este remache, no es como el otro, es más blando!- dijo lacónicamente- ¡Podemos fundirlo sin que padezca el cañón!- esas palabras le abrieron el cielo al Maestre de Campo.

-¡Poneos en la tarea, maese Fabián! ¡Necesito esta pieza disparando lo antes posible! ¿Cuánto tiempo precisáis?- urgió Rodrigo Menéndez.

-¡Será laborioso…!- respondió el forjador- ¡No menos de medio día!-

-¡No perdáis ni un instante! ¡Tomad lo que necesitéis para conseguirlo!- ordenó el gigantón.

Al cabo de unos momentos, las piezas ligeras volvían a machacar el bastión central y la brecha de la muralla, las ordenes que había impartido entre los servidores de las piezas y el nuevo oficial designado, Antolín Méndez, surtían su efecto. El acoso a los sitiados seguía, tan sólo era necesario recuperar la pieza de doce libras para ser mas contundentes. El Maestre de campo había dispuesto un retén permanente de piqueros y de arcabuceros de horquilla protegiendo la línea de las piezas ligeras, un escuadrón de caballería permanecía divido en dos, flanqueando el dispositivo de retén, el resto del campo se ocupaba en las guardias y en abastecer la artillería mayormente, los de Maturín y los indios caribe sellaban el campo por la retaguardia.

Aquella fuerza de más de tres mil quinientos hombres era sin duda el ejército más potente que jamás había pisado el Amacuro, y desde la barbacana del bastión central, ofrecía un aspecto soberbio, Álvaro desde una de las aspilleras con su catalejo de campaña, observaba el espectáculo, que le recordaba el despliegue de los Tercios de Italia, junto a él el comandante Moreno, al que Tillingstein había confiado la defensa de Prudencia, maldecía por lo bajo.

-¡Si tuviéramos las piezas de artillería…!- se lamentaba.

-¿Cómo es que las habéis retirado?- le preguntó Álvaro.

-¡Ordenes de la ciudadela!- respondió con resignación el oficial.

-¿Del virrey?- Álvaro no podía creerlo.

-¡En persona!- apostilló el otro.

-¡Eso es condenar a la ciudad a ser tomada…!- afirmó Álvaro. Su interlocutor se encogió de hombros.

-¡Ahora con vuestra ayuda, podemos resistir!- dijo el comandante.

-¡Ya vuelven, a tirar!- sentenció Álvaro cerrando su catalejo-¡Salgamos de aquí comandante!- ambos abandonaron el bastión para ver la hueste recién incorporada que formaba en orden, tras los muros.

-¡Decidme…!- inquirió el comandante- ¿Qué motivo os impele a prestarnos ayuda?-

-¡Vuestros enemigos, son los míos, pero además, esta hueste ha estado contratada para salvar vidas, por gentes que actualmente viven aquí en Prudencia!- respondió Álvaro. La andanada estalló de nuevo en los muros agrandando la brecha, los caballos se removieron relinchando, y los hombres se encogieron instintivamente.

-¿Hasta cuando durará esta tortura? ¡Y nosotros sin poder responder…!- se lamentó el comandante.

-¡No lo sabemos comandante!- le respondió Álvaro-¡Decidme…! ¿Deseáis poner a salvo a la población de la ciudad?-

-¡Es lo que me pide la conciencia, caballero! ¡Pero mis ordenes son las de resistir a toda costa! ¡Es lo que el virrey ha decidido sobre Prudencia y su gente!-

-¡Nosotros somos casi mil combatientes, mientras que vos disponéis de apenas cuatrocientos hombres! ¡Tomo el mando de la plaza, de grado o por la fuerza!- espetó Álvaro mientras tomaba con la mano el yelmo que le acercaba Bernardo Cabrera.

-¿Y allí…?- con el mentón el comandante Moreno indicaba la isla que albergaba Santa Fe del Coral y sus fortificaciones.

-¡No temáis, Don Alejandro Tillingstein aprobará nuestra decisión!- murmulló Álvaro- ¡En cuanto al virrey, no ha sabido enfrentarse a esta amenaza, pero no por ello, han de morir todos vuestros vecinos!- el comandante ladeó la cabeza bajo su morrión de metal, y en su mirada oscura e intensa apareció el brillo de la esperanza.

De inmediato empezaron los hombres a levantar una barricada con sentido defensivo con los cascotes de la sección de la muralla derribada, en segundo escalón con los escombros de las casas destruidas se alzaba un murete para poder defenderse una vez abandonada la muralla. Los soldados de Prudencia y sus oficiales procedían a reunir a los habitantes de la ciudad en los muelles del Caño. Reunían todas las embarcaciones para ir transportando gradualmente las gentes de Prudencia al otro lado, a los muelles de Templanza.

Álvaro y Federmann a caballo supervisaban la operación, cuando Manuel Cabrera se les acercó…

-¡Volvéis a salvar de nuevo a éste hombre, Don Álvaro!- dijo el hombre- ¿Dónde está Bernardo?-

-¡Está organizando la defensa, Don Manuel!- sonrió Álvaro.

-¡Que Dios os bendiga, si por el virrey hubiera sido, esta gente nos estaría pasando a cuchillo de aquí a unas horas!- siguió el comerciante de Portobello.

-¡Pero gracias a vuestros oficios estamos aquí, Don Manuel…!- respondió lisonjero Álvaro- ¿Habéis visto por aquí a un viejo hebreo de Sevilla, y a su hijo?-

-¡Si, que los he visto, son de los primeros que quieren pasar al otro lado! ¡Yo hubiera hecho como ellos, pero quería saludaros y preguntar por mi hermano!-

-¡Gracias, Don Manuel, voy a ver si le encuentro…!- y el general de la hueste salvadora se internó a caballo entre el tumulto de gente que esperaba el momento de abandonar la ciudad sitiada.

 

El trajín en el muelle era de consideración, las gentes de Prudencia se agolpaban impacientes junto a los embarcaderos para ser evacuados a Templanza, al otro lado del Caño Araguao.

Y entre toda aquella multitud, Álvaro percibió una familia que sin lugar a dudas eran hebreos… Saludó al viejo Eleazar y a su hijo Simón. Les recomendó que buscaran refugio en Templanza, que ya vería de protegerlos contra los bergantes que se hallaban a las puertas de, la que fue próspera, Prudencia. El anciano le saludó emocionado, aquél era el momento de los guerreros, y por suerte él tenía a uno de su lado, en silencio empezó a rogar a su Dios, por el hombre del yelmo elegante y la garra de acero.

La claridad del firmamento del mediodía estaba totalmente enmascarada por el humo y polvo de las explosiones, que iban agrandando más y más la brecha, a pesar del martilleo el bastión central aguantaba, y era evidente que el hijo de Somer había logrado inutilizar el cañón que más daño hacía. Desde la barbacana de nuevo, Álvaro y el comandante Moreno observaban un enemigo que unicamente insistía en el bombardeo. Toda aquella fuerza impresionante aguardaba en tensión, pero aguardaba…

-¡Qué extraño que no hayan lanzado una segunda intentona!- murmuraba Álvaro mientras repasaba el campo enemigo con el catalejo.

-¡Y más, siendo tan patente que no disponemos de artillería que oponerles!- comentó Moreno.

Pasaron cuatro horas más sin que nada cambiara, pero a la cuarta hora de la tarde, el estampido del cañón de doce libras volvió a rasgar el cielo. Todo el bastión central de la muralla tembló.

-¡Maldición han podido reparar esa pieza!- rugió Álvaro- ¡Comandante, que todo el mundo abandone el bastión! ¡Hemos de comprobar como va el paso de la población a Templanza!-

 

-¡Magnifico!- esta fue la expresión de Rodrigo Menéndez para celebrar el primer tiro de la pieza de doce libras que había sido hábilmente reparada. En su fuero interno se sentía liberado de la sensación de fracaso por no haber podido impedir el sabotaje, y de la consecuente reacción de Antonio Sigura.

El campo que mantenía el asedio estaba actuando con disciplina férrea y permanecía en tensión, estaban en alerta ante cualquier otra salida de los sitiados o un ataque aislado, en la retaguardia estaban los de Maturín y sus indios, pero a pesar de ello, el Maestre de Campo había dispuesto un retén ligero de sus tropas, para que vigilara la actuación de aquellos dudosos aliados.

El bombardeó no cesó, y una y otra vez le repitió Rodrigo Menéndez a García Luque, que por muy clara que fuera la brecha, ni se le ocurriera repetir la torpeza de la madrugada. Los planes eran muy concisos, el asalto se iniciaría al alba del día siguiente y hasta ese momento, lo que se debía hacer, era martillear a los asediados con la artillería.

 

Al otro lado de lo que quedaba de muralla, con el bastión prácticamente en ruinas, Álvaro y el comandante Moreno reorganizaban a sus hombres unas varas detrás del alcance de la artillería enemiga, al mismo tiempo que se reforzaban las barricadas con el material resultante de la destrucción que sufrían.

La tarde ya apuntaba al ocaso, cuando Álvaro se personó en los muelles para comprobar la marcha de la lenta evacuación de los vecinos de la ciudad. Ésta estaba realizada casi en su totalidad.

-¿Y ahora…? ¿Qué?- preguntó Federmann desde lo alto de su elegante caballo.

-¡Ahora, nos resta organizar una defensa escalonada, que nos permita salvar a nuestra gente de esta ratonera!- respondió, Álvaro de Sobrarbe, el Lince, desde lo alto de Relincho.

-¿Cómo pensáis llevarlo a cabo?- preguntó el tudesco.

-¡Nos reunimos en consejo de oficiales, a partir de este momento, incluiremos al comandante que han dejado en Prudencia y a Hernando!- ordenó Álvaro.

Al instante Federmann, partió en busca de los otros…

Al cabo de unos momentos estaban todos reunidos en los muelles, habían desmontado y se habían quitado los yelmos y morriones que daban calor…

-¡Escuchad bien, no sabemos en que momento el enemigo iniciará el asalto!- les decía Álvaro- ¡Es más, no sabemos por qué razón no lo ha realizado ya! ¡Estoy en la creencia de que atacarán, conjuntamente con los buques que partieron del abrigo en el cual anclaron para desembarcar la fuerza que asedia Prudencia! ¡De ese modo, quieren conseguir dividir nuestras fuerzas!-

-¡Es lo más seguro!- afirmó Gerardo García.

-¡Bien, si es así…!-prosiguió Álvaro- ¡Tenemos asegurado un ataque por mar, a Santa Fe, directamente!-

-¡Ello desestabilizaría la defensa, seguro que desde la isla retirarán la tropa de Templanza, para defender la fortaleza y la ciudadela!- aseveró Moreno.

-¿No es segura la defensa?- preguntó Álvaro.

-¡Aún cuando lo sea, habéis visto lo acaecido con la artillería de Prudencia! ¡Si el virrey, se ve en peligro, tan sólo pensará en reforzar la defensa de su ciudadela!- concretó el comandante de Prudencia.

-¡Mirad allí!- Bernardo Cabrera, señaló la entrada del puerto de Prudencia, una embarcación ligera, se acercaba rápidamente. En la proa se distinguía en pie a Alejandro Tillingstein. Suspendieron el consejo hasta la llegada del comandante de la fortaleza de Santa Fe de Coral.

El comandante de la fortaleza desembarcó con presteza, no llevaba armadura alguna e iba armado tan sólo con una daga, pero en su semblante se reflejaba el disgusto.

-¡Don Álvaro, el virrey no aprueba que se esté abandonando Prudencia!- dijo.

-¡Hemos puesto a salvo, a la población…!- respondió secamente Álvaro- ¡La gente de armas permanece en la muralla, que por cierto es poco más que escombros!-

-¡Ya, pero la intención del virrey, era que todos los habitantes de Prudencia se enfrentaran a los invasores!- concretó el tudesco.

-¿Con qué, Don Alejandro?- respondió airado el comandante Moreno- ¡Sin piezas de artillería, hasta la guarnición se halla vendida! ¡Los artesanos y campesinos poco podrán hacer contra un ejército como ése!-

-¡Dejadme Moreno…!- Álvaro interrumpió- ¡Es nuestra intención salvar toda la tropa posible, estamos preparando una segunda línea de defensa en la ciudad, y con las embarcaciones disponibles iremos evacuando a los combatientes para defender Templanza!-

-¡Pero, sois una fuerza considerable!- objetó Tillingstein. Álvaro mudó la expresión, no podía dar pábulo a que el alemán estuviera de acuerdo con los errores que sostenía el virrey. Al percatarse de ello, el hombre quiso puntualizar- ¡Hasta aquí os he expresado las palabras de su Excelencia, Don Leopoldo De La Marck! ¡Por mi parte celebro que hayáis puesto a salvo a los pobladores de Prudencia!-

-¿Y sobre la tropa?- Álvaro se puso en jarras al realizar la pregunta, sosteniendo su yelmo en el hueco del brazo.

-¡Me parece encomiable, pero…!- respondió Tillingstein- ¿Cómo lo lograréis?-

-¡Eso es cosa nuestra, pero continuemos este consejo en una de las casas que permanecen en pie!- Álvaro señaló una de las casas que habían quedado desiertas tras ser evacuada la población.

Una vez dentro le hizo un resumen del método para evacuar la tropa, de forma que nutrieran la defensa de Templanza y de Santa Fe, tras ello reclamó a sus oficiales que regresaran junto a los hombres quedando a solas, él y el alemán.

-¡Decidme Tillingstein…!- empezó- ¿Cuál es la llave para tomar la ciudadela?-

-¡Sin duda el bastión de los cañones, desde allí se puede destrozar, la ciudadela, la fortaleza, la ciudad y su puerto!-fue la respuesta – ¡Pero se accede desde la ciudadela, por tanto quien mantiene la ciudadela, controla esos cañones!-

-¡Estoy seguro de que no atacarán hoy!- prosiguió Álvaro- ¡Lo harán mañana, pero al mismo tiempo su flotilla aparecerá frente a Santa Fe, para atacarla y también para pasar sus tropas de los restos de Prudencia a Templanza y tomarla también por asalto!-

-¡Si su plan, es el que detalláis, tiene el punto débil!- puntualizó Tillingstein- ¡Desde al bastión, tarde o temprano se echarán a pique los buques de esa flotilla!-

-¡Estoy seguro, de que los atacantes conocen la importancia de esos cañones! ¡Tienen aliados que se han paseado por Santa Fe…!- reflexionó el Lince- ¡Creo que intentarán tomar el bastión! ¿No hay otra forma de llegar a él?-

Tillingstein, tomó un leño del hogar, un leño carbonizado, y sobre la pared encalada de la estancia en la cual sostenían la reunión empezó a trazar un croquis de la posición sobre la que hablaban.

-¡Aquí está la ciudadela, en la carena que recorre la isla de noroeste a sureste!- dibujó un circulo sobre una linea sinuosa que representaba la carena- ¡Siguiendo hacia el noroeste, el camino empedrado, un bastión cerrado que lo cierra y tras el bastión el puente colgante que conduce, salvando la garganta de Ouba, a la plataforma de los cañones y su polvorín!-el dibujo estaba perfilado.

-¿No se puede llegar hasta ese puente por otra vía?- insistió Álvaro.

-¡Hay un camino de herradura que sube desde Santa Fe, pero está expuesto al fuego de la ciudadela, y debería acceder al bastión redondo para poder pasar al puente!- fue la explicación.

-¿Y directamente a la plataforma de los cañones?- volvió a la carga Álvaro.

Tillingstein sonrió ampliamente, moviendo la cabeza.

-¡Sois terco…!- bromeó- ¿Eh?-

.¡Dejaos de chanzas y recordad si hay algún otro acceso!- urgió Álvaro.

-¡Cuando construyeron el puente, antes de construir el bastión…!- dijo el alemán- ¡Se accedió a la plataforma, por un sendero que asciende desde las rocas del lado norte de la isla! ¡Pero el sendero obliga a trepar por pasos inaccesibles, en algún punto tuvo que instalarse alguna pasarela y cuerdas de seguridad! ¡Una vez tendido y asegurado el puente, los medios para llegar a la cima del acantilado norte fueron destruidos y las cuerdas cortadas! ¡Es casi imposible acceder por el viejo sendero de trepar, actualmente!-

-¡Pues tened la certeza, Don Alexander Tillingstein, que esos locos que nos atacan, lo intentarán! ¡Tanto por el sendero como por el camino de herradura que conduce desde la ciudad hasta el bastión que protege el puente!- Álvaro se expresó con convicción.

-¡Pero eso es imposible…!- respondió el otro- ¡Don Leopoldo, se moriría de risa si nos escuchara!-

-¡Si lo hacen, se morirá de otro modo, y no será riendo!- dijo severamente Álvaro- ¡Si yo quisiera tomar la ciudadela y todo el virreinato, lo haría!-

Tillingstein lo miró de hito en hito, se removió dentro de su jubón de ante, con un cierto desasosiego.

-¿Qué queréis que haga?- espetó el comandante de la fortaleza y gobernador de Santa Fe de Coral.

Álvaro le arrebató el leño carbonizado y junto al croquis trazado por su interlocutor, dibujo el mapa de la zona donde se hallaban, el Caño que separaba las ciudades de Prudencia y Templanza y la isla Tobejuba que albergaba la ciudad de Santa Fe de Coral con su fortaleza en el extremo sureste, la ciudadela en el centro y el bastión al noroeste de la isla, marcó los acantilados al norte y el puerto en el sur.

-¡Voy a exponeros lo que yo haría!- dijo vigorosamente Álvaro- ¡Iniciaría el asalto a Prudencia al amanecer, después de haber destrozado la ciudad tras dos jornadas de bombardeo, y al mismo tiempo aparecería ante el extremo noroeste de la isla por mar! ¡Dividiría la flota en tres cuerpos, el primero de más de cuatro bergantines, lo dirigiría a cañonear el puerto y asaltarlo, el segundo pasaría junto a la costa norte, tres bergantines más, dejaría un número reducido de hombres para ascender hasta la plataforma de los cañones y seguiría hasta internarse en el Caño, para recoger en los muelles de Prudencia, recién tomados, a los asaltantes y transportarlos o a Templanza, o al mismísimo Santa Fe! ¡Yo, concentraría los ataques en Santa Fe, dejando a las tropas del virrey en inferioridad numérica! ¡El tercer grupo de buques, con los restantes bergantines y los dos galeones se uniría al asalto una vez tomado el bastión!- en el curso de la explicación Álvaro había marcado la ruta de los tres grupos de navíos, mientras el tudesco tragaba saliva.

-¿Cuántos son?- preguntó quedamente Tillingstein.

-¡Más de cuatro mil, entre soldados experimentados y baquianos mestizos de Maturín y Paria! ¡Les acompañan más de cinco mil indios!- la respuesta de Álvaro sonó a sentencia. Ambos se miraron seriamente.

-¡Repito, Don Álvaro…!- le dijo- ¿Qué queréis que haga?-

-¿Creéis que el virrey cambiará de actitud, cuando le expongáis esto?- le preguntó señalando al mapa garabateado.

-¡No contéis con ello!-susurró el tudesco- ¿Habéis advertido que hay un islote al norte de la isla?-

-¡Si, está a milla y media de la punta norte de vuestra isla!- respondió Álvaro.

-¡En esa roca, se rumorea, que el virrey refugia a gentes de mar poco recomendables!¡Ya me entendéis, Álvaro! ¡Gentes con las que mantiene comercio al margen de la Corona de Castilla! ¡Es un rumor, que yo no puedo confirmar! ¡Pero parece que Don Leopoldo De La Marck, tiene esa presencia como carta escondida, para esta partida!-

-¿Sabéis que buques amarran en el islote?- preguntó el Lince.

-¡Se cuenta, que son galeones, fuertemente artillados!- fue la respuesta.

-¡Si el rumor es cierto…!- infirió Álvaro- ¡El virrey es traidor a Su Majestad, el Rey Felipe!- el alemán asintió en silencio bajando la vista.

-¡Así es…!- balbuceó.

-¡Escuchadme bien, quiero que mañana en los muelles de Prudencia esté dispuesto los buques necesarios para embarcar a los defensores! ¡Para los últimos enviad un buque artillado para poder proteger el embarque de los últimos en defender las posiciones de la ciudad! ¡Los embarcados en dicho buque me acompañarán hasta Santa Fe, por mis hígados Don Alexander, que el bastión no cae en manos de esos miserables!-

El tudesco, afirmó con la cabeza…

-¡Creo que os alegrará saber que os enviaré al capitán Puertolas, con su nao os recogerá para llevaros al puerto defendido de la fortaleza!- fue el compromiso.

-¡Os lo agradezco profundamente!- respondió Álvaro- ¡Pero deseo desembarcar lo más cerca del camino que lleva del puerto al bastión!-

-¡Pero…!-el otro estaba perplejo- ¡El puerto de la ciudad estará siendo atacado por la flotilla invasora, según vos…!-

-¡Puertolas ha estado en Lepanto! ¡Y según decís, su nao está debidamente artillada!- argumentó Álvaro.

-¡Se hará como ordenáis! ¡En realidad la defensa de las tres ciudades la estáis llevando vos, más que nadie! ¡Espero poder trasladar a Su Majestad, la torpeza de Don Leopoldo, ante tamaña amenaza!- se dijo a sí mismo el comandante de la fortaleza.

-¡Lo primero es vencer!- afirmó con firmeza Álvaro.

Se despidieron cuando la tarde perdía luminosidad, el cañoneo no cesaba, aunque se estaba espaciando. El alemán reembarcó en la barca que le había traído, y Álvaro se dirigió a las posiciones en la defensa de la ciudad.

Las ordenes que impartió tras la inteligencia con Tillingstein fueron muy concretas, la mitad de los caribes debían recoger las vigas y postes de madera que yacían entre los escombros y construir almadías para ir pasando a Templanza, la otra mitad restarían con la hueste y sus aliados de Angostura para resistir el asalto. La segunda línea de defensa donde empezaba el trazado de las casas de la ciudad estaba prácticamente lista, Álvaro acompañado de sus capitanes la revisó dando indicaciones finales para mejorar la defensa, el ocaso se cernía sobre los restos de la ciudad, y Álvaro convocó un segundo consejo de capitanes…

Estaban reunidos en la misma casa donde se había sostenido la conferencia con Tillingstein, y los trazados de carbón en la pared eran visibles todavía.

-¡Atended bien, estoy seguro…!-les indicaba- ¡Que el asalto se producirá al amanecer, y estará combinado con un ataque por mar, con el resto de la flotilla de esos bergantes, a los que ya vencimos en los llanos!-

-¡Si pero ahora son más fuertes!- apostilló Bernardo Cabrera.

-¡No les venceremos por la fuerza, ni por el número!- le corrigió Álvaro- ¡Les ganaremos, porque somos mejores que ellos!-

-¿Vuestras instrucciones?- Federmann fue directo a lo que se debía hacer.

-¡En primer lugar, la mitad de los caribes que se nos han unido, están preparando sus embarcaciones para pasar a Templanza! ¡La otra mitad se quedará con nosotros para resistir hasta el último momento en Prudencia!-

-¿Quién se quedará hasta el último momento?- preguntó Gerardo García.

-¡Atended, capitanes!- siguió Álvaro- ¡Necesito hasta el final a Enríquez o a Galíndez, para compenetrarnos con los caribes que restan! ¡Y también preciso que vos Don Gerardo, me acompañéis hasta el final! ¡En cuanto a los hombres que resistan hasta el último trance, opino que deben ser voluntarios, sean de la compañía que sean!-

-¿Cuántos hombres creéis que deben ser los del último trance?- preguntó Federmann.

-¡Sin contar a Don Gerardo, ni a mi mismo, los necesarios para aguantar a treinta o cuarenta varas al enemigo en el muelle! ¡Pero es preciso que sean gente de fiar y de arrestos!- respondió Álvaro.

-¿Arrestos para morir?- preguntó el hijo de Somer.

-¡No, arrestos para seguir combatiendo!- espetó Álvaro.

-¡Pero van a morir sin remedio!- comentó Bernardo Cabrera.

-¡Si no han caído en combate, no!- precisó Álvaro- ¡Desde santa Fe enviarán un buque artillado, para cubrirnos y embarcar, burlando la suerte de caer prisioneros o de morir cercados!-

-¡Así pues, planeáis, salvar a todos los que sobrevivan al asalto!- musitó Federmann.

-¡Así es, Don Nicolás, con la inestimable ayuda de Don Alejandro, el comandante de la fortaleza de Santa Fe! ¡Pero hay más, caballeros…!- el general tomó el leño carbonizado que dejara horas antes y empezó a ilustrar su visión de la jornada, como anteriormente lo hiciera con Tillingstein- ¡A vos, Bernardo juntamente con Don Nicolás, que estaréis esta madrugada en primera línea, y que os podréis retirar antes, acompañados por los caribes restantes, os necesito en la defensa de Templanza, al lado del capitán de Angostura que no reste con nosotros!-

-¡Bien!- dijeron ambos. Mientras, Galíndez y Enríquez, se habían jugado el permanecer junto a Jaguar. ganó la apuesta Enríquez.

-¡Don Gerardo, y los voluntarios, tras desaparecer de Prudencia, seremos conducidos a Santa Fe! ¡Para ascender por un camino de herradura que conduce a un vital bastión artillero que debemos defender a toda costa! ¡Es preciso que el joven Somer y sus mejores baquianos nos acompañen en dicha empresa!- planteó Álvaro.

El hijo de Somer se levantó para manifestar su conformidad.

-¿Y del asalto?- el lugarteniente, hombre mas del estoque corto que del tiro largo, lanzó la puya a su general.

-¡Ya hemos llegado a esto!- sonrió Álvaro- ¡Vos y Somer estaréis a cargo de la defensa el máximo tiempo posible de la muralla o lo que resta de ella! ¡Recordad, mientras avancen, hasta las cuarenta varas, mosquetes al frente, dos descargas y tras ello picas, para frenar su avance! ¡Ellos, harán lo propio, y el asalto en cuerpo a cuerpo será a picas y espadas por lo bajo! ¡Cuando desplieguen las picas, habrá llegado el momento de las ballestas y de que los caribes que estarán en retaguardia lancen sus flechas emponzoñadas!-

- ¡Una flecha, un moribundo…! ¡Eso les hará daño!- exclamó Gerardo García.

-¡Más daño les hará, si los de Maturín cumplen con su palabra!- recordó Álvaro.

-¿Qué palabra?- inquirió Federmann.

-¡Cuando escuchéis el grito de…!- indicó el Lince- ¡Por Angostura! ¡Debéis responder con la misma voz, y bien fuerte, pardiez! ¡Es la señal de que los mirmidones de Maturín y Paria, con los caribes que les acompañan los atacarán por retaguardia! ¡Han prometido pasarse a nuestro lado, caballeros!-

-¿De verdad, creéis que eso sucederá?- dijo mordazmente el incrédulo lugarteniente.

-¡Somer, relatad a Don Bernardo, cual fue la actitud de los de Maturín y sus caribes, mientras huiáis del campo enemigo!- solicitó el general.

-¡Nos abrieron paso, especialmente los indios!- declaró el joven.

-¡Ya veremos!- refunfuñó el lugarteniente.

-¡Lo veréis!- aseguró Álvaro.

-¿Y entonces?- preguntó Federmann.

-¡Tendrán unos momentos de desconcierto! ¡Será el momento que el resto de los caribes deben ponerse a salvo, y será también momento de contraatacar para hacerles todo el daño posible! ¡Pero tenedlo bien presente, Don Bernardo y Don Nicolás, para poner toda vuestra tropa a salvo a toda prisa, tras la barricada en la que Don Gerardo y yo mismo tendremos el último reducto, con veinticinco picas y el resto de mosquetes hasta completar el número de cien o alguno más!-

-¡Entonces saltamos a las embarcaciones que estarán en los muelles y nos dirigimos a Templanza, auxiliando a los indios que han emprendido la travesía en almadía! ¿No?- bosquejó Bernardo Cabrera.

-¡Veo con satisfacción que lo tenéis entendido!- dijo el general-¡Ahora, a descansar por turnos, tanto como nos permitan esos cañones, para estar en orden de batalla al alba, y que Dios reparta suerte!-

-¡Antes de separarnos…!- cortó Gerardo García- ¡Todos sabemos que sois bueno con la espada y el pedernal, pero…! ¿Esa habilidad para trazar planes y prevenir los del contrario, como un estratega?-

-¡He sobrevivido años al acoso de la Santa Inquisición, lo suficiente, para aprender de mis errores! ¡Por cierto, si vencemos y caigo, buscad mi cuerpo, hallaréis el oro para la soldada pendiente de la jornada!- apuntilló el Lince.

-¿Y si somos vencidos?- preguntó Bernardo Cabrera.

-¡Los que queden con vida, que hagan lo mismo! ¡Caballeros, lo dicho, a descansar una vez tengáis la formación del alba, y que Dios reparta suertes!- quiso rematar Álvaro.

-¿Y el diablo?- preguntó socarrón Bernardo Cabrera- ¡Tengo noticia de que también tiene mano en esta partida!-

Álvaro lo miró con cierta displicencia…

-¡Ése, seguro que está con nosotros…!- dijo- ¡Si, no…! ¿Qué hacéis vos aquí?-

Todos estallaron en una carcajada nerviosa, al alba se lo jugaban el todo por el todo.

Acto seguido, se dirigieron a sus unidades, para ordenar lo que estaba dispuesto antes de iniciar el descanso por turnos, era una noche de vigilia…

 

Al otro lado de lo que quedaba de aquella muralla, Rodrigo Menéndez, a caballo contemplaba orgulloso la devastación sembrada en un frente de más de cien varas de las defensas de la ciudad que asediaban. La noche ya había caído sobre el campo de batalla, pero la ciudad de Prudencia, estaba iluminada por los incendios que se reflejaban en la nube de polvo que se mantenía flotando y que devenía más densa a cada andanada de la artillería asediante. El resultado era un paisaje iluminado en la noche con una mortecina y difuminada luz rojiza, que semejaba una pintura delirante, que auguraba el sabor de la sangre, que el Maestre de Campo, retornaba a su paladar cada vez que recordaba el fin de su hermano Bermudo. Sentía con el instinto del soldado que se aproximaba el momento decisivo de aquella jornada, una jornada que se había llevado por delante a su hermano, en la que había perdido el ojo que lucía tapado con un parche, una jornada en la que, el bueno de Rafael Cabrera había desaparecido, una jornada en la cual se habían enterrado a demasiados hombres a los que antes había formado como soldados, todo ello reunido era un precio que se le antojaba en exceso alto para una sola pieza… El maldito Lince, que desde años atrás les venía estorbando en todos aquellos cometidos que sus superiores les encomendaban a él y a Don Antonio. Y en aquellos momentos, el maldito Álvaro de Sobrarbe, estaba allí, seguramente aguardando al siguiente dia, una opción de vivir o de morir. Paladeó inconscientemente, la venganza es un plato que se servía frio,- se dijo-, mientras le parecía sentir el palpitar del ojo que ya no tenía.

Un estallido extraño le arrancó de sus meditaciones, uno de los falconetes acababa de reventar, y uno de los dos servidores de la pieza, gemía mortecinamente junto a la pieza desencuadernada. Picó espuelas y se dirigió a los emplazamientos artilleros. El médico también había acudido, junto con el recién nombrado capitán de los artilleros, el veterano Gaspar Manchón, el gigantón tuerto detuvo su montura junto a los hombres que atendían al herido, allí en lo alto de su caballo con la silueta recortada contra el firmamento enrojecido por los incendios de la ciudad sitiada, semejaba un guerrero legendario.

-¿Cómo está Vélez?- el Maese de Campo conocía a muchos de los hombres de su ejército.

-¡No se saldrá de ésta, Don Rodrigo!- respondió el cirujano. El capitán Manchón ordenó a los compañeros del herido que lo trasladaran al toldo que maese Juárez había preparado como enfermería.

-¡Los cañones, están soportando demasiado, capitán Manchón!- dijo Rodrigo Menéndez- ¡Dad a las piezas y a los hombres que las sirven tres horas de descanso!- ordenó finalmente.

-¡Si, Don Rodrigo!- concluyó el artillero.

Al cabo de la cuarta parte de una hora, el campo permanecía en un extraño silencio que desde más de treinta seis horas no se conocía. La jungla seguía muda y a lo lejos, en el interior de la ciudad sonaba el bronce de un campanario.

 

-¡Don Bernardo, acompañadme!- Álvaro con el ceño fruncido ordenó a su lugarteniente que le acompañara, al tiempo que se ajustaba el cinto con la espada y la daga.

-¿Dónde vamos?- se interesó Bernardo Cabrera, mientras seguía el paso apresurado del general que se había colocado el yelmo.

-¡Al monasterio de los dominicos, están redoblando sus campanas, pero no tocan a muertos, sino que lanzan un aleluya!- masculló de evidente mal humor Álvaro.

Tras cruzar las desiertas calles en las que abundaban las casas semiderruidas o totalmente destruidas, llegaron a una pequeña plaza cuadrada en la que una modesta iglesia estaba adosada al recinto de un convento, el bronce seguía tañendo. Con la garra cubierta con la manopla de cuero, Álvaro golpeó la recia puerta con el picaporte en forma de crucificado que colgaba de ella.

Se abrió la mirilla, y el rostro adusto de un fraile se perfilaba en la penumbra.

-¿Quién osa turbar nuestros rezos?- dijo el dominico en un castellano puro y viejo.

-¡Soy Álvaro de Sobrarbe, y comando la hueste que ha acudido en ayuda de la ciudad de Prudencia!-respondió hoscamente.

-¿Y qué desea un mercenario de nosotros?- preguntó el fraile.

-¡He de ver a vuestro prior!- urgió Álvaro, sin quitarse el yelmo.

-¡Es imposible, se halla en sus ejercicios de rezo y mortificación! ¡Además las armas no pueden pasar por nuestra puerta!- fue la respuesta, y a punto estuvo la mirilla de cerrarse. Pero Álvaro andó listo, y antes de que pudiera cerrar el dominico tenía entre las cejas el cañón del pedernal de Álvaro.

-¡Pues veréis como ellas la abren! ¡Fraile, sin cerrar la mirilla, abre la puerta, poco a poco y sin alejarte ni una pulgada!- arrastró Álvaro entre dientes.

El dominico que sentía el corazón como una bola de hierro, y sudando en frio, cumplió lo ordenado a punta de pistolón.

Llevados a presencia del prior del monasterio, mientras Bernardo Cabrera, daga en mano vigilaba al fraile de puertas, Álvaro se las veía con el abad; era éste, un hombre menudo de unos cuarenta años, enjuto y de aspecto austero.

-¿Qué buscáis en nuestro retiro, mercenario?- inquirió con severidad el fraile.

-¡Debéis detener el repique de vuestras campanas, está claro que dan la bienvenida a los desalmados que han puesto sitio a la ciudad y la han bombardeado!- respondió lacónicamente Álvaro, que se había quitado el yelmo, en señal de respeto, pasando por alto la calificación despectiva de mercenario que había recibido por parte del clérigo.

-¡Claro que les damos la bienvenida, son buenos católicos que viene a rescatarnos de la opresión del maldito hereje al que servís! ¡De ningún modo interrumpiré el redoble!- el hombre cerró las facciones de su rostro en una mueca adusta.

-¡Si que lo haréis, y seguidamente abandonaréis el convento para reuniros vos y vuestros frailes con el resto de la población al otro lado! ¡Porque cuando cesen las campanas de tañir, la artillería enemiga no estará avisada y es posible que estas paredes reciban más de una bomba!- insistió Álvaro.

-¿Y eso es lo que deseáis, para un lugar santo como éste?- el prior dominico miró despectivamente al soldado que se alzaba ante él cubierto de corazas y armado.

-¡Eso es lo que harán vuestros amigos del otro lado de los muros! ¡Bien basta de parloteo y llevadme a la base del campanario!- Álvaro que se había vuelto a colocar el yelmo, apuntó con el pedernal al fraile, colocando el cañón directamente en su boca del estómago. El abad palideció y sin mediar palabra echó a andar, Álvaro le siguió por un sencillo corredor encalado con el cañón de su pedernal, ahora en el cogote del fraile, cuatro dedos bajo la tonsura. franquearon una puerta cuadrada y recia, entrando a la base de la torre del campanario, allí dos frailes tiraban de las cuerdas vigorosamente…

Con la espada, Álvaro segó las cuerdas de un par de tajos sin avisar, los dominicos estupefactos se quedaron con los cabos en la mano.

-¡Se acabó el concierto! ¡Padre, ordenadles que preparen sus cosas para abandonar la ciudad!- ordenó con severidad Álvaro.

-¡Haced lo que dice…!- indicó el fraile prior.

Los seis frailes que constituían la comunidad fueron llevados por una escolta al muelle a la espera de ser trasladados a la ciudad del otro lado. Los caribes andaban construyendo almadías y balsas de distinto tipo con las vigas de las casas destruidas, algunos de ellos simplemente asidos a un leño habían emprendido la travesía a nado.

La noche avanzaba y misteriosamente los asediantes habían detenido el fuego artillero…

.¡Bien, Bernardo…!- dijo Álvaro saliendo del antiguo hogar de los dominicos en compañía de su lugarteniente- ¡parece que vamos a tener un poco de tranquilidad, revisa que las formaciones de mañana estén a punto, que los turnos de centinela estén repartidos y retiraos a descansar, mañana tendremos una jornada más dura que la de hoy!-

El lugarteniente asintió con la cabeza, y tras un escueto – Si, señor- partió hacia la muralla, o mejor dicho lo que quedaba de la misma.

Álvaro por su parte buscó un recodo de los muelles para sentarse y descansar, se quitó el yelmo y se recostó en un murete, al fondo veía los puntos de luz de la ciudad de Templanza, durante la noche las embarcaciones iban hacia allí cargadas y volvían vacías para recoger nuevos fugitivos.

El hombre que saliera de Mérida de Yucatán aproximadamente un año antes, suspiró mirando las aguas del Caño Araguao, debía descansar y poner en orden sus ideas antes de dormir un poco,- esos malditos dominicos,- pensó- de la misma orden que decretó el expolio de su padre y de su tío, malditos fanáticos, crueles y ladrones – lanzó un bufido de repugnancia y respiró hondo. Decidió ir a las posiciones que defendería al amanecer, y procuraría dormir un poco.

Allí le aguardaba el fornido Gerardo García…

-¿Qué me han contado?- dijo socarrón- ¿Qué habéis deportado a una comunidad de dominicos?-

-¡Esos miserables andaban señalando la posición del convento para llamar al enemigo! ¡Una vez hayan superado la muralla y nos mantengamos en esta segunda línea, no controlamos todo el frente…!- le ilustró Álvaro- ¡Podrían acercarse al convento por el dédalo de calles de nuestra izquierda, y nos superarían quedando a nuestras espaldas! ¡Íbamos a durar menos que un suspiro!-

-¿Qué motivo puede tener una comunidad de frailes en participar en una estocinada como la que se avecina?- murmuró el vizcaíno.

-¡No olvidéis que en el campo enemigo, además de albistas, hay cuatro hombres de la Inquisición!- siguió Álvaro- ¡No podemos ignorar que el de Alba y la congregación de Santo Domingo, anda tras la instauración del Santo Oficio en estos reinos nuevos, tal y como está en Castilla, con todo ese poder…!-

-¡El fin de la libertad!- exclamó con un suspiro Gerardo García.

-¡Eso es, ahora amigo mio debemos descansar!- y el Lince le propinó un golpe amistoso en la espalda.

El campo asediado en las ruinas de Prudencia, se sumió en el sopor del sueño a excepción de los que permanecían de guardia. El tiempo que los sitiadores no atacaron con su artillería, tuvo el efecto de una tregua, pero como todas ellas, tal y como tiene un inicio, así llega a su final. Con el firmamento aún estrellado, un estallido expandió sus ecos en toda la zona…

-¡Alerta!- se escuchó en las barricadas de la muralla, mientras el silbido de la granada surcando el aire lanzaba su siniestra canción silbante.

Los de la segunda línea de defensa, también despertaron para acurrucarse ante el inminente estallido, ese cañón tenía mucho alcance. Pero los del asedio habían lanzado una granada de metralla con mecha lenta, la bomba estalló en el aire y desprendió toda su mortífera carga sobre la muralla, al instante se pudieron escuchar los gritos y lamentos de dolor de los soldados heridos. Las ordenes de Bernardo Cabrera resonaron en el silencio que siguió al estallido, las idas y venidas, delataban que el lugarteniente daba prioridad a sacar los heridos de la zona…

-¿Cuánto falta para que amanezca?- preguntó Álvaro a uno de los centinelas.

-¡Dos horas, mas o menos,mi general!- respondió el baquiano de Angostura que se había presentado voluntario para ser de los últimos defensores de la ciudad.

-¡Bien, hemos podido descansar un poco!- dijo con suavidad Álvaro- ¡Desde éste momento, iniciamos el enfrentamiento definitivo!-

Gerardo García, bostezando todavía miraba de hito en hito al jefe que ya estaba en pie, en plena noche y ajustándose el cinto con las armas.

-¿Qué sucede?- balbuceó el vizcaíno con toda su humanidad medio dormida aún.

-¡Han vuelto a iniciar el ataque artillero! ¡En pie, Don Gerardo! ¡Nos corresponde enervar a la tropa, no podemos permanecer postrados, en breve tendremos ante nosotros, el gran momento!- instó el indiscutido jefe de la hueste y de los de Angostura.

La artillería de la Hueste Reconquista volvió a martillear pero sin alcanzar la frecuencia anterior, concentraban ahora el tiro sobre la brecha para hacerla más practicable al asalto, y el cañón de doce libras se empleaba en lanzar las granadas de metralla, que tanto daño hacían al estallar. La orden en las posiciones de los defensores de Prudencia, había sido la de disponer todo tipo de protección sobre sus posiciones, telas, vigas, escudos, rodelas y cualquier cosa que pudiera detener la insidiosa metralla.

A ritmo de andanadas, el alba se aproximaba y una línea anaranjada se perfilaba en el horizonte de levante.

 

-¡Don Pedro, averiguad con Don Luis, cuanto falta para que amanezca!- ordenó Sigura a su amigo en el puente de popa del galeón insignia de la flotilla.

El interpelado, agitando su larga capa bajó la escalerilla para acceder a la cubierta, en la borda de babor, se hallaba el capitán luso con el sextante en las manos, no había luna, más la bóveda celeste parecía un estampado de estrellas, lejanas, frías, parpadeantes…

-¡Casi dos horas, Don Pedro!- respondió el portugués a la cuestión que le planteaba el castellano.

Apoyado en la amura de estribor del castillo de popa, Baltasar Atienza estaba absorto, sumergido en las sensaciones que llegaban desde la cercana jungla y manglares de la costa que les albergaba. Como si augurara el amanecer, la selva enviaba a la par que la letal pesantez de su pesada respiración nocturna, los primeros perfumes de las gigantescas flores que iniciaban su apertura. El vizcaíno, pateó sobre el puente con su pata de palo y hueso… Nunca volvería a montar, ni a encaramarse a los obenques con agilidad, hasta los gentiles paseos por los jardines de Sevilla dejaban de tener sentido para un tullido como él. Sigura, interpretó el eco de la patada como un amargo lamento y se dirigió junto a su camarada.

-¡Sé lo mucho que habéis sacrificado en nuestra empresa!- le dijo- ¡Pero no dudéis, Don Baltasar, que el Duque sabrá compensar con largueza vuestro quebranto!-

-¡En este momento, Don Antonio, tan sólo aguardo el momento de saltar sobre la tumba de ese bastardo! ¡Él en persona me destrozó la pierna, en la batalla de los llanos!-

-¡Casi, dos horas…!- Pedro Cárdenas, había regresado al puente de popa. Sopló algo de viento que hizo que el trapo del velamen batiera con su ruido característico.

-¡Bien, aguardaremos una hora larga para iniciar la navegación…!- dijo el inquisidor- ¡Santa Fe, se halla tras doblar la punta! ¡Hemos de aparecer en el horizonte con el sol a nuestras espaldas en el momento que emerge por el horizonte! ¡Cuando quieran reaccionar ya nos tendrán encima!-

-¡Don Antonio…!- Cárdenas reclamó la atención del jefe de la Hueste Reconquista.

-¿Qué deseáis, Don Pedro?- atendió Sigura.

-¡Dado que en horas, nos hallaremos en plena brega y que viajan con nosotros dos sacerdotes…!- sugirió Cárdenas- ¡Podríamos escuchar misa, antes de entrar en liza! ¡Pondríamos nuestra alma a plomo con los mandamientos de la Santa iglesia!-

Antonio Sigura, que en mangas de camisa y sin la gorra que le caracterizaba, recibía el frescor de la madrugada que traía la brisa, escuchó atentamente la propuesta del más allegado de sus camaradas.

-¡Somos afortunados de teneros en nuestras filas, Don Pedro!- respondió Sigura- ¡Justo es, que se haga lo necesario para que los que van a entregar su vida por Dios, sean reconocidos si hacen el trámite a los cielos!-

Sigura convocó a todos los capitanes de las embarcaciones a bordo del nuevo “Santa Sangre”, para escuchar misa.

Los padres jesuitas embarcados, el portugués Pascual de Coimbra y el navarro Carlos Azpilicueta, concelebraron la misa en el puente de popa del galeón, alrededor del mismo, el resto de los buques de la flotilla se acercaron, incluidos los antiguos piratas del Orinoco. Todos los hombres estaban ya sobre las armas, el sudor perlaba las frentes, cuando no era por el calor asfixiante producido por las cotas y las corazas, la causa era el nerviosismo que precede al combate.

Acabado el oficio religioso, el padre Carlos administró una extremaunción colectiva, mientras su compañero Pascual alzaba un crucifijo atado sobre una alabarda, todos los hombres se arrodillaron y se santiguaron.

Ya en pie, Sigura convocó a todos los capitanes de los buques para darles la orden de marcha y el cometido una vez avistada la isla de Tobejuba. Al fondo, de cuando en cuando se escuchaba el tronar del cañón de doce libras, cada vez que ello tenía lugar, Sigura sonreía con cierta crueldad…

-Don Rodrigo se está empleando a fondo- pensó el inquisidor.

Embarcados en sus respectivos navíos, Sigura ordenó a Luis de Gama, que abriera la marcha, el portugués dio las ordenes oportunas y largaron velas, éstas se hincharon y la flotilla inició lentamente la corta singladura que les tenía que situar frente a Tobejuba cuando el sol se alzara en el horizonte, la línea del mar ya clareaba en levante.

El disco solar asomaba anaranjado del océano, tiñendo de gris el firmamento que hasta el momento estana tan negro como estrellado. Y sobre la superficie brillante del mar, se deslizaban doce siluetas, surcándolo rumbo a la isla en la que estaba situada la ciudadela desde la que Don Leopoldo De La Marck gobernaba el virreinato de Siete Virtudes.

Estaba la guardia de la torre de la ciudadela, pendiente de los movimientos en los muelles de Prudencia, y les pasó desapercibida la flotilla que había doblado el Cabo Tobejuba, y navegaba hacia allí…

No lo advirtieron hasta que no se alzó desde uno de los tres galeones, una inmensa flecha ardiendo, que estalló en el firmamento. Era la señal para que, el ejército de Rodrigo Menéndez, iniciara el asalto a la ciudad.

 

-¡Mirad!- rugió loco de alegría Rodrigo Menéndez- ¡Ya están ahí!- el Maestre de Campo empezó a dar las ordenes pertinentes, al capitán Manchón el alto el fuego, y preparar las piezas para entrar con la retaguardia del ejército en la ciudad sitiada, a García Luque y su oficial adjunto Ortega Vázquez, que contuvieran los escuadrones en los flancos y que solamente asaltarían las posiciones del enemigo a su orden, al veterano Gabriel Martínez, que dispusiera el avance de las filas de arcabuceros de horquilla, y al recién llegado desde Isla Margarita, Pedro Valcárcel, le puso al frente de la compañía de picas, la que rompería el frente enemigo en el cuerpo a cuerpo. Asimismo el veterano Maestre de Campo mandó a por Octavio Ratero.

-¡Capitán Octavio!- le ordenó el gigantón-¡Marcharéis tras nuestra retaguardia, y tras vos, los caribes que os acompañan, formados en media luna, para evitar que los enemigos se puedan reagrupar por uno de los flancos!-

El mestizo asintió, la simple vista del barbudo y tuerto bajo su yelmo flamenco, le despertaba un resquemor profundo en las entrañas, pero simuló una total docilidad, a la vez que para sus adentros, pensaba que el momento de la venganza se aproximaba.

Octavio Ratero retornó a sus filas, con parsimonia, mientras el Maestre de campo le contemplaba con su único ojo preñado de desconfianza.

El grueso de la Hueste Reconquista se puso en marcha a una voz de su Maestre de Campo, abría la marcha la compañía de piqueros, con sus picas apuntando al cielo del amanecer, tras ellos en tres hileras los arcabuceros de horquilla, a ambos lados dos escuadrones de caballería, tras los arcabuceros de horquilla, las unidades de ballesteros, alabarderos y de la gente armada de arcabuces cortos que precedían a las piezas de artillería que eran tiradas por tiros de acémilas, la espalda de las cuales estaba protegida por una unidad en la que se mezclaba gente montada y de a pie, la mayoría con arcabuz viejo de mecha. A pesar de lo impresionante que era ver aquél conjunto de cerca de dos mil hombres avanzar, llamaba la atención que su paso no era precisamente lento, era paso de carga, marcado por cuatro timbales que iban al frente de todos.

Desde lo alto de su corcel, el Maestre de Campo no advertía movimiento alguno en la brecha de la muralla, ni en los restos amontonados del derruido bastión.

Cuando se hallaban a unas cien varas, pudieron intuir la presencia de algunos hombres apostados, a pesar de ello continuaron el avance, y cuando estaban tan sólo a cuarenta varas escucharon unas voces lejanas y una descarga cerrada de mosquetes partió de las barricadas construidas con los restos de la muralla…

 

Bernardo Cabrera y Federmann que habían dado la orden, desde sendos observatorios vieron clarear las filas de los piqueros que iban en vanguardia, el grueso de aquella formación avanzó unas varas más y se abrió dejando a la vista una hilera de arcabuces de horquilla, que respondió con una descarga cerrada cuyos efectos fueron nulos, pues los tiradores apostados en la barricada estaban bien protegidos.

Las picas volvieron a cerrarse y avanzar, y al llegar a las quince varas las lanzas se abatieron formado un frente erizado que buscaba hendir todo cuerpo que se pusiera por medio.

En aquel momento ordenaron una nueva andanada, sería la última, puesto que las picas ya se hallaban muy cerca de la barricada, la descarga cerrada abatió a muchos de los piqueros de la primera línea que se abalanzaban ya sobre ellos, pero los que les seguían, de forma implacable y disciplinada proseguían el avance.

A una orden de Bernardo Cabrera, los hombres que se habían mantenido agazapados se alzaron con las largas picas para oponerlas al avance enemigo desde lo alto de la barricada, con la ventaja de una vara de altura…

El choque de ambas unidades fue horroroso, hombres de uno y otro bando se escurrían bajo las varas de las picas para asestar cuchilladas a los del bando contrario, y en aquél momento Federmann dio una orden a los caribes que habían restado en la ciudad, aquellos más de quinientos arqueros consumados, lanzaron sus flechas emponzoñadas hacia las filas enemigas, el efecto fue un buen número de heridos en el cuerpo central del enemigo, que lentamente languidecían hasta morir la mayoría de ellos, aquello sembró el pánico en un primer momento, pero los oficiales supieron tocar el orgullo de la tropa.

El forcejeo en la barricada entre los piqueros de uno y otro ejército se enconaba, pero cuando la Hueste Guay Naya hería el enemigo desfallecía de manera fulminante, entre los piqueros atacantes corrió la voz de que las picas de los sitiados estaban emponzoñadas, hubo un momento de vacilación pero las voces de los oficiales y del capitán Valcárcel los espoleó a empujar con más brío.

En aquél momento, un clamor resonó al fondo de las filas atacantes…

-¡Angostura!- se gritó de cientos de gargantas.

 

-¡Diablo, diablo! ¡Esa gente ha cumplido! ¡Responded conmigo, soldados…!- arengó Bernardo Cabrera-¡¡Angostura!!-

Medio millar de defensores corearon al lugarteniente de la hueste, incluso los que forcejeaban con las picas en la barricada.

La consecuencia fue inmediata, los caribe de Maturín lanzaron sus flechas sobre el cuerpo central y los mirmidones de Octavio Ratero descargaron sus arcabuces, aunque debido a que se hallaban a mas de veinte varas de la retaguardia de la Hueste Reconquista, sin mayores consecuencias. Pero el desconcierto que cundió en el ejército atacante fue notable, tardaron los sargentos y tenientes de la retaguardia a reaccionar, lo que permitió una nueva andanada de flechas, mientras los mirmidones machetes y pedernales en mano se les echaban encima…

La defección de los aliados de Maturín se propagó velozmente hasta llegar al Maestre de Campo.

-¡Nos han traicionado!-gritó exasperado el gigantón blandiendo su fusta- ¡Valcárcel retirad vuestra gente a la línea de las cien varas!- y tras dar la orden picó espuelas en dirección a la retaguardia.

El capitán Valcárcel hizo retirar sus piqueros a las cien varas lo más rápido que pudo, pero lo imposible fue evitar una nueva descarga de mosquetes que castigó de nuevo las filas de su esforzada unidad, en su repliegue.

-¡Maldita sea…!- mascullaba Rodrigo Menéndez mientras fustigaba su corcel, atravesando el campo de una tropa desconcertada-¡Ya le dije a Don Antonio, que los mestizos no eran de fiar!-

Llegó como una exhalación hasta las piezas de artillería, que afortunadamente estaban intactas…

-¡Manchón!- tronó- ¡Poned los cañones en linea hacia la retaguardia! ¿Cómo están las piezas?-

-¡Listas para ser disparadas, Don Rodrigo, como ordenasteis!- respondió el oficial.

-¡Pues adelante, esos traidores están a unas doscientas varas! ¡ A mi regreso os daré personalmente la orden de disparar!-

En el acto los servidores de las piezas las desengancharon de los tiros de acémilas, y se dispusieron a comprimir las cargas de pólvora para cargar las pelotas.

Sin perder tiempo, el Maestre de Campo picó espuelas para dirigirse hacia donde su tropa sufría aquél ataque insospechado, y una vez alcanzó a ver la situación tomó las decisiones necesarias…

-¡Los de arcabuz formad línea!- gritó, moviéndose a caballo entre ellos- ¡Los de alabarda flanqueadlos con el arma al frente!- la tropa al verlo entre ellos adquirió la moral y disciplina necesaria, y entre los cadáveres de sus camaradas muertos evolucionaron para obedecer al Maestre de Campo. Éste pudo ver como el mestizo Octavio Ratero de un golpe certero de machete liquidaba al sargento Orozco, un soldado que le había seguido desde Santo Domingo. Al gigantón tuerto, le sacudió la rabia de ver como a traición se mataba a uno de los soldados que más apreciaba entre toda la tropa, y sin más dilación arremetió contra el mestizo tirando del mandoble que llevaba en el arzón de la grupa.

La imagen del gigantesco Rodrigo Menéndez galopando y blandiendo una espada de dos manos, con un solo brazo, aterrorizó al mestizo.

El corte fue limpio, la cabeza de Octavio Ratero se separó de su cuerpo ante la impavidez de sus compañeros, Rodrigo Menéndez antes de volver grupas para evitar los disparos de los otros mirmidones, aún tuvo tiempo de segar dos vidas más, y mientras regresaba a las líneas ya formadas de su gente los plomos de arcabuz silbaban no muy lejos de su cabeza.

Llegado a su tropa dio la orden de descargar contra un enemigo que vacilaba por la pérdida de su jefe, la descarga fue mortífera, estaban a menos de quince varas y se vio caer a un enjambre de mirmidones…

-¡Abríos!- ordenó desde su caballo el Maestre de Campo. La tropa obedeció y dejó a la vista del enemigo las piezas de artillería prestas para el disparo- ¡Mancha! ¡Ahora, disparad!-

A un tiempo, la artillería arrojó su infierno sobre los mirmidones y sus indios de Maturín, el efecto fue devastador, pero más aún el pánico que provocó, los que se habían revuelto empezaban a retirarse sin orden ni concierto. Rodrigo Menéndez ordenó otra descarga de artillería, y cuando ésta se efectuó los que se retiraban sufrieron nuevas bajas ya en el linde con la jungla, en la que se perdieron los sobrevivientes.

Conjurada aquella amenaza, Rodrigo Menéndez, sobre su corcel, recibió el clamor de sus soldados por su coraje. Al veterano, aquél momento le supo a anticipo de lo que vendría después. Ordenó que la retaguardia se acercara a la vanguardia, y a oficiales y sargentos que quedaban con vida, que protegieran el campo de un nuevo ataque de los que les habían traicionado. Él volvería al frente del asalto a la ciudad para proseguir con el ataque…

Con todo esto, faltaba una hora para el mediodía, y la moral entre los defensores de la barricada estaba crecida, se preparaban para una nueva acometida de las picas que se matenían prudentemente fuera del alcance de los mosquetes.

El retorno del maestre de Campo, supuso la recomposición de las filas de piqueros, seguidos por los arcabuceros de horquilla. A su orden de nuevo la fuerza se puso de nuevo en marcha…

 

Desde la barricada, Bernardo Cabrera y Nicolás Federmann realizaban un encuentro en uno de los observatorios algo elevados a salvo de la vista del enemigo…

-¡Ya han empezado a avanzar, de nuevo!- comentó Federmann.

-¡Bien vamos a preparar un segundo recibimiento…!- propuso el lugarteniente.

En aquél momento, llegó corriendo Álvaro hasta el refugio donde se hallaban sus dos oficiales.

-¡Los indios, ya han abandonado los muelles de Prudencia! ¡Para este segundo ataque no podemos contar con ellos!- dijo el general alzándose el yelmo- ¿Cómo han reaccionado los amigos de Maturín?-

-¡Han logrado dañar la retaguardia, pero Menéndez ha recompuesto su situación, y les han atacado con artillería…!- respondió Federmann, que había seguido el combate desde lo alto de los restos del bastión.

-¡Y en campo abierto…!- reflexionó Álvaro- ¡Los habrán destrozado!-

-¡Eso tememos, general!- soltó el lugarteniente.

-¡Escuchadme bien!- Álvaro reclamó su atención- ¡Hay un buen número de barcazas, y balsas amarradas en el muelle! ¡Tenéis que forzar que se retiren por segunda vez, eso quiere decir hacer fuego continuamente, tenéis que hacerles retroceder de nuevo a las cien varas, para aprovechar y poder retiraros tras la línea que hemos levantado en las casas derruidas!-

-¿Y reforzaros ahí?- preguntó Bernardo Cabrera.

-¡Nada de eso, Bernardo!- negó malhumorado Álvaro- ¡Debéis embarcar y reforzar la defensa de Templanza, tienen artillería allí, y reuniendo los hombres de ambas ciudades, los nuestros y nuestros indios, será una posición de fácil defensa!-

-¡Ellos además deberán cruzar el río!- apuntó Federmann- ¡Y en medio del Caño, serán muy vulnerables a nuestra artillería!-

-¡Eso es…!- remató Álvaro golpeando el pecho de Bernardo Cabrera.

-¿Y vos?- preguntó angustiado el lugarteniente.

-¡Hay una nao amarrada en el muelle, está con sus falconetes y culebrinas preparadas! ¡He hablado con su capitán, y nos cubrirán con artillería mientras corremos a embarcar, del mismo modo que mis cien voluntarios os cubrirán a vosotros!- Álvaro habló apresuradamente- ¡Os dejo ahora, suerte y recordad…! ¡Hacerlos retroceder otra vez!-

El Lince volvió sobre sus pasos, buscando estar siempre lo más a cubierto posible.

Los tambores volvían a marcar el ritmo de avance de los atacantes, mientras a cubierto Bernardo Cabrera y Federmann daban instrucciones muy concretas a los hombres que formaban los escalones de defensa, con el objeto de lograr un segundo repliegue, dejando bien claro que en ello les iba la posibilidad de sobrevivir al combate. Los heridos de la primera embestida, habían sido retirados a los muelles.

Cuando los piqueros estaban a cincuenta varas, las ballestas lanzaron sus mortíferos dardos, que a pesar de las corazas, lograron derribar un buen número de los que avanzaban en primera línea, incluido uno de los tambores, que fue rápidamente reemplazado. Lo que amedrentaba a los piqueros era que los dardos estaban emponzoñados y una herida representaba la muerte, el Maestre de Campo, ordenó avivar el paso, y disciplinadamente los hombres siguieron el ritmo de los tambores, tras el bosque de picas, se distinguía la figura del gigantesco Rodrigo Menéndez arengando sin parar a sus hombres, tal y como hacía también el capitán Valcárcel, para infundirles decisión.

A las treinta varas, los mosquetes realizaron una descarga cerrada sobre blancos elegidos anteriormente… Los de las ballestas recargaban sus armas mientras los alaridos de los que habían recibido el plomo rasgaban el aire, la humareda era considerable y los piqueros se habían hecho un revoltijo, y para recomponer filas y moral el mismo capitán Valcárcel tomó una pica y se puso al frente del avance, viendólo sus hombres cerraron filas con su capitán al que vitorearon. Seguía el avance que ya había abatido las picas para asaltar la barricada, estaban a menos de diez varas, los mosquetes no habían terminado la recarga y Bernardo Cabrera alzando su pedernal se puso al frente de los hombres que sobre la barricada debían erizar la defensa con las picas escalonadas…

-¡Herid a estos bastardos…!- les gritaba- ¡Recordad que un herido es un muerto!-

Los atacantes espoleados por su capitán forzaron la carrera para romper las defensas, y el choque de las lanzas fue terrible por ambos bandos, había tanto deseo de tomar la posición como necesidad de resistir por parte de los defensores.

La presión de los hombres que uniformados bajo sus corazas y morriones, actuaban como si fueran soldados de Tercio, estaba surtiendo su efecto, y los defensores retrocedieron unos pasos, Bernardo Cabrera pudo ver en primera línea a un enemigo que por su aspecto era oficial, y apuntó su pedernal, pero el hombre se movió y solamente le hirió en torso. A pesar de ello, el hombre cayó y su pica cedió. Desde el suelo, mientras lo retiraban, Valcárcel gritaba a sus hombres, que siguieran y que estaba vivo, pero el momento que se quebró la línea de ataque fue aprovechado por los defensores que cargaron en aquél punto causando bajas y desconcierto, recuperaron el terreno cedido momentos antes, las maldiciones y alaridos de dolor se propagaban en ambas formaciones tensas y enfrentadas como dos carneros desafiantes. Fue entonces cuando se escuchó quebrada la voz de Federmann desde atrás…

-¡Ya estamos!-

-¡Piqueros atrás y al suelo!- ordenó el lugarteniente. Como un solo hombre los ciento veinte hombres que resistían el envite obedecieron la orden, los atacantes vieron con pavor, no menos de un centenar de mosquetes, que les apuntaban casi a bocajarro…

-¡Fuego!- ordenó Federmann. La descarga hizo estragos, los piqueros empezaron a caer por grupos, los gritos de dolor llenaron el espacio de la brecha.

-¡Piqueros, a la carga!- de nuevo en pie y con la espada en la mano Bernardo Cabrera llamaba al combate. Los hombres se pusieron en pie y pica en ristre embistieron contra el amasijo de asaltantes que vacilaban ante la matanza, los asaltantes reculaban cediendo todo el terreno de la barricada.

-¡Replegaros!- ordenó Valcárcel desde unas diez varas atrás-¡ A las cien varas!-

Los hombres del capitán herido, dieron la vuelta y miraron por ponerse a salvo de otra andanada, en su retirada dejaban un tapiz de hombres sin vida y de heridos.

-¡Pero…!- maldijo el Maestre de Campo, que ya se veía dentro de la muralla- ¿Qué hace ese Valcárcel?-

La herida del capitán de las picas asaltantes, y el efecto de la andanada mortífera, habían sido decisivos para forzar el repliegue de la unidad. A caballo, Rodrigo Menéndez acudía junto a Valcárcel, que era auxiliado por sus soldados, al verle herido el Maestre de Campo lo entendió todo.

Unas varas por delante, los piqueros defensores se echaban de nuevo al suelo, y esta vez las ballestas en disparo rasante lanzaron su mortífero mensaje, nuevos gritos de dolor y hombres que languidecerían en el campo hasta morir.

Junto a Valcárcel, Rodrigo Menéndez maldijo aquellos demonios…

-¡Llevad al capitán a retaguardia, que lo atienda el cirujano, que pase por delante de los otros!- ordenó secamente- ¡Y traed a mi presencia al capitán Manchón! ¡Antes de volver a cargar los machacaremos con la artillería de nuevo!-

Al otro lado, Bernardo le gritó a Federmann…

-¡Ahora o nunca, Don Nicolás! ¡A los muelles todo el mundo, con las picas bajas! ¡Que no nos vean!-

Sin perder tiempo pero de forma ordenada, los piqueros primero, los ballesteros después y finalmente los armados de mosquetes que ya habían recargado se retiraron hasta ganar la barricada que defendían los voluntarios de Álvaro.

-¿Dejadnos picas!- les gritó Álvaro cuando saltaban sobre sus posiciones, mientras los de la barricada interior no dejaban de cubrir con sus ballestas y mosquetes las cien varas largas de longitud de la brecha de la muralla.

La barricada que defendía Álvaro, se había levantado en el trecho que ocupaban unas casas que habían sido bombardeadas y a consecuencia de ello se habían venido abajo.

Con las vigas, muebles y cascotes habían levantado una defensa de unas sesenta varas de largo, que defenderían algo más de cien voluntarios que se habían constituido en el último escalón de defensa de la abandonada ciudad de Prudencia…

Tras la barricada, estaba situada una plaza en la que destacaba el desierto convento de los dominicos, una callejuela abría paso entre dos casas hasta la plaza del convento, era el atajo que los frailes querían señalar con sus bronces repicando a los invasores.

A pesar de tener que distraer esfuerzos, Álvaro había ordenado que dicho callejón se cegara con escombros para evitar una maniobra envolvente de los hombres de Rodrigo Menéndez.

Tras la plaza se abría un espacio abierto, que constituía el paseo del muelle, con sus embarcaderos.

El ruido de las picas al rebotar contra el suelo empedrado se distinguía del de los apresurados pasos de la tropa que se retiraba a los muelles, corrían con la alegría de poder embarcar y poner el Caño por medio con la artillería enemiga.

Bernardo Cabrera se agachó junto a Álvaro…

-¡Don Álvaro, yo me quedo aquí contigo!- le dijo ferviente, el lugarteniente.

-¡No abandones a tus hombres!- le ordenó Álvaro empujándole fuera del parapeto-¡Y déjame mi parte en este festín!-

Federmann, se acercó al lugarteniente, y le cogió del brazo.

-¡Despejemos esto, Don Bernardo! ¡Hemos de facilitar que su buque les cubra con los cañones, vamos al muelle!- y arrastró consigo a Bernardo Cabrera que no cesaba de mirar hacia atrás.

En unos instantes, desde fuera de la ciudad vomitaron un nuevo infierno sobre la barricada de la muralla, que reventaba a cada nuevo impacto, hasta cuatro andanadas de las ocho piezas menores contó Álvaro, más tres del cañón de doce libras, que sumieron la brecha en una densa humareda y lluvia de cascotes con el inconfundible olor a pólvora.

Se escucharon las voces concisas de Rodrigo Menéndez y el griterío posterior, de entre la humareda surgieron los centenares de picas bajo el estandarte de la Hueste Reconquista, con las armas de los Alba bordadas en él, bajo las picas la silueta del Maestre de Campo se perfilaba entre la humareda que todavía lo invadía todo.

Los asaltantes pasaron por encima de los cadáveres que habían dejado los defensores, y poco a poco aquellas figuras parduzcas a causa del humo y el polvo fueron tomando relieve y color.

-¡Escuchad, se hallan a ciento cincuenta varas…!- gritó Álvaro para los suyos- ¡Cuando se hallen a sesenta, los ballesteros dispararán sus armas! ¡Cuando se hallen a treinta descargaremos los mosquetes, y después echaremos mano de las picas y los pedernales!

¡Tenemos que forzar una segunda andanada, tanto de ballestas como de mosquetes, para obligarles a detenerse…! ¡Mateo, alzad nuestro estandarte!-

Al momento por encima de la barricada ondeó el estandarte con el guantelete de hierro y la cruz de Borgoña bordados, los atacantes reaccionaron apretando el paso flanqueados por los escuadrones de caballería.

Llegaron a las consabidas sesenta varas, con las picas altas para poder avanzar con más soltura.

-¡Ahora!- ordenó Álvaro.

Las saetas de los ballesteros silbaron rasantes en busca de los cuerpos que avanzaban, hubo un derrumbe general de la primera hilera, que fue respondido con un alarido de la segunda que pasando sobre los cuerpos de sus camaradas apretaron el paso preparando la maniobra de bajar las picas para atacar…

-¡Fuego!- ordenó Gerardo García.

Al estruendo siguieron más gritos y una nueva masa de atacantes que se desplomaba entre alaridos de dolor y las voces de los que animaban a seguir hacia delante. Entre la humareda, Álvaro distinguió la gruesa figura de Rodrigo Menéndez jaleando a sus hombres y blandiendo un descomunal mandoble con un solo brazo, no lo dudó, despojándose del yelmo, se echó el mosquete a la cara, apuntó y disparó… El arma se había levantado un poco, unas varas más allí, el Maestre de campo sintió un choque en la mano, vio como su temible espadón se quebraba como si fuera de cristal, y sintió un calambre recorrer todo el brazo, se desequilibró y cayó del caballo gritando como un energúmeno…

-¡Estoy bien, estoy bien ¡ ¡Seguid!-

El efecto fue paralizador en los atacantes, lo que dio pábulo para que los defensores de la barricada se apremiaran en recargar sus armas. Cuando los piqueros del capitán Valcárcel pudieron ver de nuevo sobre su corcel al Maestre de Campo, redoblaron el ánimo y picas en ristre se lanzaron a la embestida, en su camino hallaron una nueva andanada de los ballesteros que volvió a dejar la primera hilera mordiendo el polvo, para acto seguido y casi sin pausa, recibir una nueva descarga de mosquetes, esta vez seguida de tiros de pedernal.

Rodrigo Menéndez, se mordió los labios al ver como dejaba el enemigo, en segundos, más de una cincuentena de hombres abatidos y calculando que tardarían en recargar ordenó retirarse a más de cincuenta varas.

-¡Atrás, a estos los trituraremos como a los otros, traed la artillería!- rugió entre maldiciones a cielo e infierno.

Álvaro sonrió a Gerardo García…Había llegado el momento. La orden fue concisa…

-¡Retirada a los muelles!- gritó Gerardo García.

Los voluntarios que no habían recibido daño alguno, tomaron sus armas y las picas del suelo y echaron a correr hacia el muelle. Dejaron la plaza del convento atrás y se lanzaron en una loca carrera de unas cien varas para alcanzar el embarcadero que con dos pasarelas tendidas y redes colgando de la borda de la nao, les aguardaban.

Al ver la finta, Rodrigo Menéndez maldijo una vez más, y dirigiéndose a García Luque le ordenó que con su escuadrón persiguiera al enemigo que escapaba.

Los voluntarios de Álvaro oyeron el galopar a sus espaldas y sabían lo que aquello significaba, fue en aquel momento que Hernando y los seis aravacos que seguían con él, se detuvieron, llevaban picas y las clavaron en el suelo aguardando la llegada de los primeros jinetes.

-¡Poneos a salvo, Don Álvaro!- gritaba Hernando.

Álvaro maldijo no tener sus armas cargadas, se detuvo un momento, pero la carga del escuadrón atacante, a pesar de perder algún efectivo se llevó por delante a los autores del valiente gesto.

Los primeros hombres llegaban ya a correr sobre la pasarela, pero los rezagados estaban siendo masacrados por los soldados a caballo de García Luque, a tan sólo treinta varas del embarcadero…

Desde la nao de Puertolas, se dispararon los cañones de babor y las culebrinas de la borda… Aquello refrenó el avance de los atacantes, y dio un respiro a los que huían, habían dejado unos quince hombres sobre los muelles, mas los siete aravacos, pero el resto estaban a salvo en “La Galana” y el capitán Puertolas, había dado orden de echar abajo las pasarelas y largar amarras. La nao empezó a moverse, mientras sus artilleros recargaban las piezas.

Desde los muelles de Templanza, en plena efervescencia, se celebró la salida de La Galana, como si se hubiera conseguido la victoria final, desde los obenques, Álvaro saludaba a su tropa desde trescientas varas lejos.

La nao tomó rumbo a la salida del Caño Araguao, flanqueando la isla Tobejuba por babor, en el horizonte sobre las aguas, se divisaban cinco bergantines que navegaban con rumbo al puerto de santa Fe…

Puertolas consciente de que era preciso ganar la mano a aquellos siniestros bergantines que llevaban rumbo a Santa Fe de Coral, había ordenado largar todo el trapo de La Galana, y el buque, de menos calado que un galeón y con más eslora y menos manga, se deslizaba sobre las aguas del golfo de Araguao que estaban aquella tarde lisas como un espejo.

Arribaron a los muelles de Santa Fe con suficiente ventaja para poder desembarcar en los mismos, allí les aguardaba Tillingstein que repasaba los emplazamientos artilleros del muelle y la dotación de defensores…

-¡Bienvenido, Don Álvaro!- les recibió el tudesco- ¡Bien hecho en Prudencia!-

-¡No hay tiempo que perder, Alexander!- le urgió Álvaro- ¿Dónde está el camino que conduce hasta el bastión artillero?-

-¡Está bien, está bien!- concedió Tillingstein.

-¡Don Gerardo, vuestro hijo, vos y cuatro más vamos a dirigirnos a mantener a salvo los cañones que dominan la isla y sus alrededores!- ordenó Álvaro calándose el yelmo- ¡El resto a cargo de Enríquez, se sumarán al contingente que defiende los muelles de Santa Fe!-

-¡Necesitareis uno de los nuestros con ordenes mías para poder acceder al bastión que protege el puente!- apuntó Tillingstein, que con un gesto llamó a un teniente.

Al cabo de unos momentos se hallaban en la parte alta de la ciudad que descendía escalonadamente hasta los muelles y la playa, al frente tenían la pequeña sierra que cruzaba la isla y que en la vertiente norte ascendía paulatinamente.

El comandante de la fortaleza les indicó el inicio de un camino empedrado que subía en ziz-zag hasta la carena de la sierra.

-¡Venga, no nos durmamos…!- ordenó Álvaro y de inmediato el grupo de ocho hombres armados empezó a subir.

Llegaron al bastión dos horas antes de que la tarde cediera paso al anochecer, y allí abajo había empezado el duelo artillero entre los bergantines y las defensas del puerto, a lo lejos se divisaban tres galeones de la flotilla invasora que permanecían fuera del alcance de los cañones de la plataforma situada en lo alto de la sierra.

El bastión era un fortín circular, con una única puerta de hierro que permanecía cerrada del lado de la ciudadela, el camino interceptaba el sendero empedrado que por la carena conducía desde la ciudadela hasta el bastión. Desde allí arriba lo que acaecía junto a la costa parecía irreal, los estampidos de los cañones era lo que hacía patente lo dramático del momento.

El teniente que Tillingstein les había asignado habló por la mirilla de la puerta de hierro para identificarse y ordenar que le dejaran pasar con los que le acompañaban, la puerta se hallaba en una trinchera que se hundía en tierra, y por encima del dintel, una amenazadora aspillera dejaba intuir el cañón de un mosquete apuntándoles. El techo de la casamata construida en piedra era una cúpula, y la pared tenía a cada tres varas una aspillera como la que coronaba la puerta, era un fortín que semejaba impenetrable.

La puerta se abrió y el teniente les hizo seña de que le siguieran, penetraron en el interior del pequeño fortín que tenía aspecto de cuerpo de guardia,

Las diez aspilleras estaban regularmente distribuidas en la pared, frente a la puerta por la que habían entrado, estaba situada otra, que Álvaro dedujo daría paso al puente colgante. En el interior la luz la proporcionaban candiles que colgaban de la pared, entre aspillera y aspillera, había armeros y barriles de pólvora. Un brasero en el centro les servía para calentar la comida y dar luz al centro del austero fortín…

-¿Decís que deben pasar a la plataforma de los cañones?- preguntó el jefe de los guardias del fortín, de aspecto flamenco.

-¡Es la orden que Tillingstein, me ha dado!- precisó el teniente.

-¡No se…!- vacilaba el sargento- ¡Este fortín depende directamente de la ciudadela!-

-¡Estos hombres han salvado la guarnición y la población de Prudencia!- el oficial se creció ante la reticencia del jefe del fortín- ¡Como esos cañones sufran un ataque, como estos amigos se temen, no apuesto ni un maravedí falso por vuestro cuello, que el mismo Alexander Tillingstein os rebanará!-

El sargento refunfuñó pero finalmente empuñó un aro con las llaves y se dirigió a la otra puerta…

Al abrirse la puerta noroeste, la impresión fue notable, ante ellos se abría un precipicio que salvaba un puente colgante, tendido con sogas y cadenas cuyo suelo eran tablas de madera. La estructura se balanceaba sin que nadie circulara por él, y unas cincuenta varas abajo, se alzaban amenazantes agujas de roca que parecían aguardar a los desdichados que se despeñaran.

-¡Vamos allá!- ordenó Álvaro. Empezaron a pasar por el puente, y poco después escucharon como se cerraba a sus espaldas la puerta metálica y el sargento echaba el cerrojo y la llave.

Desde el bamboleante puente, echaron una mirada a la rada de Santa Fe, allí abajo, los bergantines devolvían el fuego a las posiciones del muelle, mientras el último de los bergantines se aproximaba a unos arrecifes, fuera de la protección de los defensores, Álvaro miraba con preocupación aquella maniobra, solamente podía indicar la intención de los invasores de desembarcar un contingente e iniciar el combate en tierra, y a pesar de que las rocas dificultaban la maniobra, al estar al abrigo del tiro de los defensores, podían tomarse todo el tiempo necesario. A continuación dirigió su mirada a la otra costa, la del acantilado, situada al sur…

-¡Mirad!- exclamó. Por el estrecho que separaba de la costa del Amacuro, la isla, navegaban tres bergantines, muy ceñidos a la escarpada costa de la isla. Uno de los bergantines había soltado una chalupa que se dirigía hacia la costa… Cada vez, Álvaro estaba más seguro de haber acertado en el presupuesto del ataque a los cañones. Estaba oscureciendo cuando terminaron la travesía de las cuarenta varas que sobre el abismo recorría el puente que unía el fortín con el bastión artillero de la punta noroeste de la sierra.

Tras el teniente, llegaron a una plaza redonda de unas veinte varas de diámetro, en cuyo centro se alzaba un fortín similar al que protegía el origen del puente, sin duda el polvorín, pensó Álvaro.

La plaza estaba ceñida por unos muros con un grosor de una vara y que se alzaban una vara y media, sobre las losas del suelo. El muro estaba mellado en diez puntos a modo de almena, en los diez puntos se hallaban los correspondientes diez cañones, piezas temibles de catorce libras como poco. Cada pieza estaba situada sobre unos raíles para esconderlas y poder cargarlas sin estar expuesto a fuego enemigo, el inconveniente de la batería artillera es que no podía cubrir las inmediaciones de la ciudad, por estar muy en la vertical de la misma. El mar se iba sumiendo en la oscuridad, y a lo lejos se podían distinguir las linternas de los galeones anclados a más de una milla de la isla.

-¡Están fuera de alcance!- le aclaró el teniente.

En la posición artillera, habían a más de los treinta servidores de las piezas, una guardia de diez hombres, armados con partesanas, mosquetes y espadas. Cuarenta hombres en total, a los que se sumaban los siete recién llegados. El teniente les presentó al jefe de los artilleros, un teniente como él, pero tudesco y al de la guardia, un sargento que sin duda era castellano viejo. Álvaro les puso en antecedentes de lo que habían visto en la costa del acantilado.

-¡Hubo una via para trepar, hace años, pero tiene un paso que debe salvarse con cuerdas y merced a una pasarela de madera, que se echó abajo, según se cuenta!- comentó el sargento de la guardia.

-¿Cómo subieron estos cañones?- preguntó admirado Gerardo García.

-¡No subieron,,,! ¡Se fundieron aquí arriba, mientras se construía el bastión!- respondió el teniente tudesco.

-¡Pardiez!- exclamó Álvaro.

Al cabo de poco, el manto de la noche fue cayendo, pero a pesar de perder intensidad, el duelo artillero entre la flota enemiga y los defensores de Santa Fe, no cesó totalmente. Las linternas y el velamen claro orientaba el tiro de los defensores, y la humareda en la ciudad señalaba los blancos de la ciudad y su puerto.

Álvaro alzó su mirada al firmamento, había luna creciente, aquella luna daba una luz azulada que se reflejaba en las aguas del golfo… Los artilleros no dejaban de vigilar los galeones anclados a distancia prudencial, por si estos emprendían la aproximación a la isla.

 

Mientras la noche discurría en la tensa espera del ataque que sin duda lanzarían los invasores de Siete Virtudes, sobre Santa Fe de Coral, al noroeste de la ciudad, en las rocas erizadas de palmeras y densa vegetación, desde las que se dominaba la playa adjunta al puerto de la ciudad, se ocultaban unos cien hombres desembarcados de uno de los bergantines. Armados con arcabuces y llevando consigo dos culebrinas, su misión era establecer una cabeza de puente en la playa y si era posible tomar una parte de los embarcaderos…

Entre ellos, sin embargo, una escuadra de diez hombres tenía la misión de tomar posiciones donde empezaba un camino que ascendía desde lo alto de la ciudad hasta un alto bastión, defender dicha posición y aguardar la llegada de refuerzos para lanzarse a la toma del bastión.

Horas antes, en los tomados muelles de Prudencia, los hombres que Rodrigo Menéndez había llevado hasta la conquista de la ciudad, tomaban posesión de ella, las piezas de artillería estaban emplazadas en su mayor parte en el muelle que miraba a la vecina ciudad de Templanza. El resto, mayormente los falconetes se habían situado en la brecha, fuertemente guarnecida, en precaución de que los ahuyentados traidores de Maturín intentaran atacarlos de nuevo.

A los embarcaderos de Prudencia habían llegado los bergantines que flanquearon la isla de Tobejuba por la costa de los acantilados. Traían instrucciones de Sigura, Rodrigo Menéndez y todo el contingente posible debía ser embarcado para atacar la ciudad de santa Fe y desembarcar en ella. Y era muy importante, según el jefe de la Hueste Reconquista que se atravesara la ciudad hasta llegar al camino que se eleva hasta los fortines de lo alto de la sierra.

Rodrigo Menéndez, hubiera dejado al mando a Alfonso García Luque, en Prudencia, pero su desafortunada e imprudente actuación en el curso del asedio le decidió por otorgar el mando a un oficial como Valcárcel que había demostrado con creces, valentía y sentido común, dos cualidades que no siempre van parejas. En cuanto al inquisidor sevillano, lo llevaría consigo, para ascender hasta los fortines y así ayudar a Sigura en su golpe de mano… El Maestre de Campo, tenía decidido ascender en persona, según Sigura si se apoderaban de los cañones del bastión la victoria estaba asegurada perdiendo además pocos hombres.

Rodrigo Menéndez era consciente de que los planes de Sigura, secundados por sus tres oficiales de la Inquisición, contemplaban no detenerse en Siete Virtudes, sino también unir al virreinato la cercana Isla Margarita, si el inquisidor conseguía lo que se había propuesto, todos ellos tenían fortuna y poder asegurados, era una buena jornada aquella de Siete Virtudes, y por el momento, a pesar de las dificultades del inicio, los acontecimientos tomaban un cariz halagüeño.

Embarcado un contingente de más de quinientos hombres, todos de a pie y preferentemente armados con picas y arcabuces, la expedición para invadir Santa Fe, estaba presta a partir, lo que se hizo a una orden del gigantón tuerto.

Los bergantines se unieron a los otros al caer la noche, y el Maestre de Campo llamó a consejo a los capitanes de los buques y a los oficiales de las tropas embarcadas. En las próximas horas el plan de batalla para el amanecer estaría definido.

Ya de noche cerrada y habiendo cesado, casi por completo el cañoneo, un muchacho paseaba por la parte alta de la ciudad, al pie de las laderas que ascendían hasta las cimas de la sierra, le acompañaba un perro pastor con el que no dejaba de jugar…

De repente, el animal dejó de caracolear alrededor de su joven amo, y con el pelaje negro del lomo, erizado, enseñaba sus dientes emitiendo el gruñido que anuncia la disposición de los canes a entrar en liza.

El muchacho le selló las mandíbulas para que cesara en su amenaza, y se escondió con su perro tras una valla de piedra que delimitaba la ciudad con el campo. Conteniendo la respiración escuchó a un grupo de soldados que tomaban el sendero de ascensión a las cumbres, iban riendo y celebraban lo fácil que les había resultado llegar hasta allí. Los hombres iniciaron la subida por el camino que zigzagueaba desde las últimas casas de Santa Fe, hasta la carena de la sierra de Tobejuba. Una vez las voces se perdieron el muchacho, con su perro, echaron a correr hacia su casa.

Cuando creyó estar a salvo, el muchacho salió corriendo seguido por su perro, hacia la casa de su padre. Gunther Sachs, que así se llamaba, era hijo del viudo Maese Hans Sachs, un maestro zapatero que tenía una gran popularidad en Santa Fe, debido en parte a que era un buen predicador luterano, originario de Nüremberg.

Cuando su hijo le hubo relatado el peligroso encuentro a los pies de la sierra, el hombre no dudó un momento, tomó su gorra y fue en busca de algún oficial, para comunicarle lo que su hijo acababa de explicarle.

-¡Aguardad, un momento…!- le dijo uno de los centinelas que cubrían la guardia de avenida que conducía al puerto- ¡Os llevaré a presencia del comandante!- el soldado solicitó relevo para acompañar a Hans Sachs a la presencia de Alexander Tillingstein, que estaba dirigiendo la defensa del puerto de Santa Fe de Coral.

-¿Diez hombres, decís?- preguntó el comandante de la plaza- ¡Don Álvaro, estaba en lo cierto! ¡Van a por el bastión artillero!-

-¿Os he sido de utilidad, comandante?- preguntó el viejo maestro zapatero.

-¡Sin duda, Maese Hans! ¡Ahora lo mejor es que volváis con vuestro muchacho y que atranquéis bien puertas y ventanas, mañana será un dia muy difícil!- Tillingstein despidió de este modo al hombre que le había informado.

Era de noche, por tanto la única forma de avisar a los de arriba, era mediante luces… Alexander Tillingstein se dirigió a la torre del puerto que hacía las veces de faro, desde allí se comunicaban a menudo con el bastión de la cima, y con la ciudadela.

El comandante expuso la situación al teniente Hunthing, un hombre venido a Santa Fe desde el lejano Hamburgo, huyendo de las inquisiciones, primero la católica y posteriormente la calvinista. El oficial tenía a su cargo la torre de vigía y señales del puerto, en su ciudad natal realizaba lo mismo.

Con una linterna de señales, el farero, envió la señal de alerta. Existía un código de señales establecido, el peligro ascendía de noche hacia el bastión, el mensaje hablaba de unos pocos hombres armados. Desde arriba enviaron la señal de que habían recibido el mensaje.

 

Allí arriba, el sargento de la guardia mantenía una conversación con Álvaro…

-¡Finalmente es una suerte que estéis aquí, nos avisan de que suben unos hombres armados, sin duda un grupo de invasores que desea dar un golpe de mano! ¡Ya os había dicho, que el camino lógico es que intenten llegar hasta aquí forzando el paso por el puente!-

-¿Y, qué pensáis hacer?- preguntó Álvaro.

-¡Pues, si vos y vuestros hombres nos hacéis el honor de cubrir nuestro servicio…!- propuso el sargento- ¡Bajaremos a interceptarlos, en la parte alta del sendero, es fácil sorprender a los que pretenden subir!-

-¿No preferís que lo hagamos nosotros?- sugirió el Lince.

-¡De ningún modo, señor!- negó el sargento- ¡La seguridad de éste bastión me ha estado confiada a mi y a mis hombres!-

Álvaro, suspiró y mirando a la luna, pensó que quizás era preferible permanecer en aquella inquietante y amenazada posición.

-¡Esto no me gusta nada!- susurró a Gerardo García.

-¡Difícilmente intentarán algo de noche…!- intentó tranquilizarle el vizcaíno.

-¡Tengo la convicción de que Sigura está entre los que han desembarcado al pie del acantilado! ¡Y también que pondrá manos a la obra sin perder un instante! ¡Él sabe que el amanecer es siempre un buen momento para sorprender a una guarnición…! ¡Nos lo ha mostrado en diversas ocasiones!- argumentó con una sonrisa severa al claro de luna, el Lince.

-¿Trepar de noche?- expresó su duda Gerardo garcía.

-¡Mirad, Don Gerardo…!- aseveró Álvaro- ¡Sigura es un desalmado, pero no un cobarde! ¡Tiene hígados y es audaz! ¡Lo intentará! ¡Podría ser que diera con su alma contra los rompientes, pero el diablo protege a los de su ralea, como Dios a los santos!-

La humedad aquella noche era muy intensa, el aire salobre se percibía con tal intensidad que parecía poder masticarse, el olor acre de la pólvora empezaba a ascender desde la ciudad hasta los fortines de la sierra.

El sargento y sus hombres atravesaron el puente colgante, franquearon la portezuela del bastión de acceso y desde los emplazamientos artilleros se les podía ver mientras en silencio empezaban a bajar por el empinado camino.

A media ladera, a ambos lados del camino el grupo de soldados que se habían aventurado sendero arriba se habían emboscado, el que parecía detentar el mando susurró a sus compañeros…

-¡Recordad, las ordenes son impedir que suban refuerzos hasta allí arriba, y aguardar la llegada de nuestros camaradas!- sus hombres asintieron en silencio con la cabeza protegida por los morriones.

La ladera algo escarpada , estaba poblada de una variedad de pinos y abundancia de arbustos medianos, muy aromáticos. A los emboscados no les resultó difícil apostarse con sus ballestas y arcabuces, en prevención de que el enemigo enviara una fuerza para engrosar la defensa de los fortines.

Los que bajaban desde el baluarte, se extrañaron de no encontrar a los intrusos en la parte alta, con el tiempo transcurrido desde el aviso, aquella gente debía haber llegado hasta el último tramo del sendero. El sargento dudó, entre seguir buscando aquella gente o aguardarlos en sitio seguro… Al fin, le pudo el sentido de querer eliminar cualquier amenaza al baluarte, que le había sido confiado.

Así pues prosiguieron en el descenso, extremando las medidas de prudencia para no ser sorprendidos por los atacantes destacados.

En la cima, Álvaro repasaba todo el circulo amurallado para tener claro, cual era el punto de más fácil acceso desde los acantilados del norte de la isla.

 

-¿Es imposible, que en noche cerrada como ésta, alguien trepe por estos abismos!- el vizcaíno soltó su afirmación como si fuera una jaculatoria.

-¡Nosotros hemos hecho cosas, que a ojos de los demás parecían imposibles! ¿Qué impide pues, que otros también las hagan?- saltó Álvaro.

-¿Tanto teméis a ese inquisidor?- provocó Gerardo García, en tono chulesco.

-¡No confundas la prudencia, con el miedo!- sentenció de forma contundente Álvaro.

Tras su sentencia, Álvaro continuó con su inspección del ruedo de la almena del bastión artillero, y descubrió dos puntos en los que desde el precipicio, existía una forma de trepar hasta la almena. En aquél momento maldijo el no tener conocimiento de la vía de ascenso desde la costa hasta allí, en total unas ciento cincuenta varas de farallón empinado y difícil de practicar.

 

En la otra vertiente de la sierra, los soldados de la guardia del bastión descendían por el camino empedrado, precavidamente no alzaban la voz, sino que susurraban y tan sólo cuando era necesario, pero en un momento determinado, a uno de los miembros de la silenciosa comitiva el arcabuz le resbaló y fue rodando unos pasos, lo que arrancó del soldado una maldición.

Pero tanto un ruido como el otro no pasaron inadvertidos algo más abajo. Los emboscados quedaron avisados de que desde el fortín les venían a cazar. El que les mandaba ordenó no utilizar armas de fuego, las ballestas, espadas y dagas debían realizar el trabajo en silencio, y la señal del ataque sería cuando él mismo, situado más arriba cargara contra el último de los defensores. Aquella reducida tropa se aseguró de quedar bien ocultos a la vista de los que descendían y aprestó sus armas. Los emboscados, sudaban en frio, la espera en una emboscada era angustiosa.

 

En el estrecho que separaba las tierras del delta del Orinoco, conocido como el Amacuro, de la isla de Tobejuba, Sigura, Cárdenas, el hombre que había trepado años antes por los acantilados y diez soldados más se hallaban en viva discusión sobre la pequeña cala al pie del farallón, debían alzar sus voces a causa de que en aquél punto el mar batía con fuerza los arrecifes.

La barca que les había llevado hasta allí se encontraba varada en la cala, habían sudado para llevarla justo bajo el farallón para evitar que fuera avistada desde los fortines de la cima.

-¿Trepar ahora, de noche?- uno de los soldados gesticulaba de incredulidad ante lo que acababa de escuchar de labios del capitán general de la hueste.

Frente a Sigura, Pedro Cárdenas, bajo su chambergo negaba con la cabeza, pero sin decir nada, por experiencia sabía que si a Sigura se le había puesto entre ceja y ceja, subir por el acantilado aquella noche, terminarían intentándolo, otra cosa sería si lo lograban o daban con los huesos contra los rompientes.

-¡Al amanecer, con el cambio de guardia, hemos de estar en disposición de entrar a degüello!- precisaba Sigura- ¡Y ello quiere decir, que antes del alba, debemos estar situados bajo las almenas del baluarte!-

-¡Por el amor de Dios…!- protestó el soldado- ¡Nos vamos a romper la crisma!-

Sigura señaló al hombre que junto con su padre, ambos naturales de Isla Margarita, años atrás treparon por primera vez hasta la cumbre, cuando se tendió el puente de acceso al baluarte aislado del pico norte de la isla de Tobejuba.

-¡Hablad, Maese Eusebio…!- instó el inquisidor.

-¡Es mejor subir de noche, sobre todo si hay luna!- ilustró el hombre- ¡De noche, el vértigo no ataca con la misma fuerza…! ¡No hay la misma sensación de peligro!-

-¿Vos podéis garantizar eso?- el soldado no daba crédito a lo que escuchaba.

En el estrecho, la brisa suave en todo el golfo, se encontraba canalizada entre el farallón y la costa del delta, y a ráfagas adquiría una cierta violencia, esos golpes de viento avivaban el oleaje en los arrecifes y levantaban un cántico siniestro que emitía el viento entre las rocas erosionadas y de caprichosas formas… Un fondo que realzaba el dramatismo de la discusión en la que estaban inmersos los audaces y los incrédulos en la fortuna de los audaces. Entre ambos, Cárdenas estaba fijo en la debida obediencia, a pesar de que su raciocinio le avisara que aquél empeño bien podía suponer el réquiem de su existencia.

-¡Soldados…!- dijo lacónicamente el sobrio castellano viejo- ¡Nuestro general ha expuesto la necesidad de llegar esta noche allí arriba! ¡Y el hombre que conoce el camino, nos asegura que no representa peligro añadido ascender de noche! ¡Así pues, repasad vuestras armas, conservad los morriones, dejad corazas y pesos innecesarios y haceos con vuestras sogas y garfios, ellos si os pueden salvar de un mal paso!-

-¡Hablando de peso…!- balbuceó el soldado respondón- ¡No sé, si será el calor o el desasosiego, pero debo aliviar la tripa!-

-¡Venga…!- Sigura lanzó una mirada de gratitud a Pedro Cárdenas- ¡Os vendrá bien soltar lastre!-

Cuatro de los diez soldados, corrieron a un rincón de la cala para agacharse y aliviar su cuerpo al amparo del fragor de las olas.

Reunidos de nuevo al pie del acantilado, el llamado Maese Eusebio, les habló mientras desenrollaba una soga larga que presentaba un nudo cada cinco varas…

-¡Escuchadme bien, para evitar cualquier percance, iremos todos sujetos por la cintura a esta cuerda! ¡En los pasos difíciles, se moverá uno mientras los otros doce permanecen bien seguros, de esta forma, si uno cae la fuerza de los doce bien amarrados evitarán que se precipite!-

-¡Maese Eusebio…!- preguntó Sigura- ¿No retrasará en demasía nuestra marcha, esa precaución?-

-¡No…! ¡Tened presente que os he dicho que marcharemos de eses modo unicamente en los pasos difíciles, donde hay mucho riesgo! ¡Hay tres tramos de esa naturaleza en el sendero, que no llega, ni a veinte varas el más largo!- respondió el hombre. Mientras hablaba, Cárdenas lo contemplaba con una cierta curiosidad, era un hombre de complexión fornida pero elástico y de estatura mediana, calzaba unas recias albarcas anudadas a la pierna por debajo del muslo. No llevaba prenda de cabeza alguna, pero si un enorme pañuelo anudado al cuello, sus facciones eran las de un hombre del pueblo llano. Una faja bien apretada le sujetaba los calzones, y sobre la camisola blanca lucía un chaleco de cuero. Por toda arma llevaba un mallete de metal y una daga.

-¿Cuánto se tarda en llegar arriba?- inquirió Sigura.

-¡Normalmente hora y media, o dos…! ¡Siendo tantos, casi cuatro horas echaremos de subida!- aventuró el hombre.

-¿De donde os viene vuestra habilidad?- preguntó Cárdenas.

-¡Mi padre era un albañil famoso por subirse a trabajar a lo más alto, y cuando tuve cinco años, subí con él a los andamios para ayudarle!- respondió Maese Eusebio, desvelando su humilde origen- ¡Debéis recordar otra cosa durante toda la ascensión…! ¡Tendréis siempre bien seguras, tres de las cuatro extremidades, es la forma de no resbalar ni caer al abismo! ¡Nunca os apresuréis, llegaríais mas tarde, o quizás nunca!-

Todos asintieron en silencio, se habían encordado y con la música del oleaje y el viento del estrecho, con algo de congoja se pusieron tras su guía que empezaba a trepar por aquellas rocas húmedas.

-¡Buscad buenas presas para agarraros con fuerza! ¡Respirad hondo y no perdáis el sosiego!-

Con reparo y una cierta torpeza, la hilera de encordados inició la trepa…

-¡Echad vuestros morriones y chambergos a la nuca, que nada os impida tener toda la visión libre!- ordenó el guía.

Sigura se guardó la gorra flamenca en el jubón de la ropilla, Cárdenas echó atrás el chambergo que se aguantó al cuello por el barboquejo, los diez soldados hicieron lo propio con los morriones, los había que ya sudaban, pero era de angustia. Como una serpiente, lentamente la hilera iba ascendiendo las primera varas guiada por el experto que parecía recordar paso a paso la vía recorrida años atrás…

 

Algo más de ciento cincuenta varas más arriba, en el baluarte artillero, Álvaro permanecía atento a escuchar cualquier ruido que delatara que los de la guardia daban con los intrusos de los que habían tenido noticia.

Asomado a las gruesas almenas del baluarte circular, aguzaba el oído con tal de percibir lo que pudiera suceder en la bajada a la ciudad de Santa Fe, y así estuvo por más de una hora y media, en la que merced al silencio artillero, solamente perturbaba el silencio el rumor que hasta allí llegaba del oleaje, y del viento, transcurrido ese tiempo, escuchó rumor de tumulto y quejas, como de una reyerta de taberna, pero amortiguados por la distancia, pero segundos después el inconfundible estampido de las armas de fuego, no dejó duda sobre que se había entablado combate con los enemigos en el camino de subida. Todos los que permanecían en el baluarte tragaron saliva, de hecho no conocían la fuerza de los asaltantes, y si sabían cuan corta era la de la guardia. A pesar de ello, Álvaro tenía la certeza de que ellos debían permanecer allí, donde estaba seguro se libraría el gran pulso sobre el destino de Siete Virtudes, y quizás también sobre su propia vida, y así se lo expuso a Gerardo García…

Todo aquél movimiento, no había pasado inadvertido por la guardia de la ciudadela, que había puesto sobreaviso al virrey.

-¿Qué decís, que se combate en el camino del bastión del puente?- Leopoldo De La Marck, abrió desmesuradamente sus ojos verdes bajo los rizos pelirrojos mal tapados por su gorro de dormir.

El teniente de la guardia, un lansquenete tudesco, permanecía firme con su alabarda ante el baldaquino del grueso virrey flamenco.

-¡Así es, Su Excelencia!- respondió el oficial de la guardia.

-¿Qué demonios hace Tillingstein? ¿Por qué no los ha detenido en la ciudad? ¿Tengo que ocuparme yo de todo?- rugió De La Marck- ¡Llamad a mi asistente y reunid a diez hombres que no estén de servicio, acudiremos al baluarte de los cañones…!-

El teniente cumplió las ordenes que había recibido, y el virrey estaba en instantes vistiéndose ayudado por su asistente…

-¡La coraza, y el cinto de las armas…!- dijo con impaciencia Leopoldo De La Marck.

Cuando salió de su alcoba, recubierto con la brillante coraza y espada al cinto, semejaba uno de los temibles condotieros que los artistas de las cortes de Italia, inmortalizaron en lienzos y tapices. Al llegar al cuerpo de guardia, donde le aguardaba el teniente y diez lansquenetes más, se hizo proveer de pólvora y una bolsa de pelotas, así como de un pedernal ya cargado.

-¡Listo…!- dijo decidido- ¡Vamos allá!-

Salieron de la ciudadela, y cogieron el camino enlosado que en lo alto de la cresta de la sierra conducía hasta el enclave de unión entre el sendero que ascendía desde la ciudad y la trinchera que se hundía hasta la poterna de hierro del fortín redondo que guardaba el acceso al puente colgante.

Se detuvieron en dicho enclave, pues subían cuatro soldados con signos evidentes de haber combatido y no con excesiva fortuna…

-¿Qué os ha sucedido?- preguntó el teniente de lansquenetes a los supervivientes de la guardia que regresaban al fortín.

-¡Nos han emboscado!- respondió uno de los soldados que parecía más entero que el resto- ¡Hemos dejado allí al sargento y seis más, muertos o muriéndose! ¡Pero ellos también han llevado lo suyo!-

-¿Cuánta gente son?- preguntó el lansquenete.

-¡No sé, estaban bien emboscados, nos han atacado de sorpresa con ballestas! ¡Hemos respondido con mosquetes, pero nos han diezmado desde el inicio y si no llegamos a huir, ahora estaríamos tan secos como el sargento y los otros…!- casi sin resuello el soldado dio cuenta de lo vivido unos instantes antes.

-¡Teniente, estos hombres han de ir a la ciudadela para ser atendidos…!- el virrey salió al paso- ¡Que dos de vuestros hombres los escolten, nosotros vamos a entrar en el bastión!-

En silencio, las instrucciones del virrey, fueron puntualmente ejecutadas, con la sobriedad que la urgencia del momento precisaba. Una vez dentro del fortín, andaban todos los de la pequeña guarnición atentos a las aspilleras y con los mosquetes a punto, aquellos disparos los habían puesto sobre las armas…

El virrey reclamó sitio en la aspillera que daba al baluarte artillero y de su fajín extrajo un catalejo, iba a intentar divisar como estaban sus cañones a pesar de lo entrado de la noche.

Por suerte la luna seguía dando luz, y Leopoldo De La Marck, pudo escrutar los emplazamientos y toda la plataforma almenada.

-¡Qué lleven mil demonios…!- masculló entre dientes- ¿Qué hacen esos aquí? ¡No son soldados de los nuestros!-

-¡Excelencia…!- el sargento del fortín fue presto a darle una explicación- ¡El teniente Van Leer, traía ordenes del comandante Tillingstein! ¡Venían a reforzar la guardia del baluarte!- el virrey dirigió una mirada iracunda al pobre sargento que andaba sudando bajo su morrión de combate, pero no le dedicó reproche alguno, y puso expresión de disgusto antes de hablar.

-¡Sargento, abre la puerta del puente! ¡Vamos a cruzar hasta los cañones! ¡Que noche…!-

Bajo una luna creciente azulada y fastuosa, el virrey, el teniente de lansquenetes y los ocho hombres que le seguían cruzaron cuidadosamente el puente colgante que se mecía bajo el peso de los que lo pisaban y a merced del viento.

Desde la plataforma los vieron aproximarse, y el teniente Van Leer, que reconoció la figura omniosa del virrey fue a recibirle.

-¡Van Leer!- De La Marck, no dio opción a que el oficial dijera nada- ¿Qué sucede aquí?-

-¡Excelencia…!- balbuceó algo azorado el oficial flamenco- ¡Don Álvaro tenía razón, el enemigo quiere dar un golpe de mano, aquí mismo, en el baluarte artillero! ¡Con ello nos tendrían a su merced totalmente!-

-¡Don Álvaro, Don Álvaro…!- dijo entre dientes el virrey- ¡Ése al que llaman Jaguar! ¿No?-

-¡Así es, Excelencia!- Álvaro salió de las sombras- ¡Y estamos aquí para defender la voluntad del Rey, en el mantenimiento de este virreinato!-

-¡Ah…! ¡Si, el Rey Felipe…!- lanzó con cierta ironía De La Marck- ¿Y quien creéis que ha enviado éste ejército, sino Felipe de España?-

-¡No tal, Excelencia!- respondió con respeto Álvaro- ¡Es el de Alba, a espaldas del Rey!-

-¡Alba, ese bastardo asesino…!- susurró el virrey- ¡Como si él pudiera hacer algo sin que el Rey de Castilla, estuviera al corriente!-

-¡Excelencia, os digo que el Rey no ha ordenado esta expedición!- dijo algo enojado Álvaro.

-¡Puede ser, Don Álvaro…!- el flamenco siguió con su ironía- ¡Pero no la ha impedido!-

-¡Señor…!- siguió Álvaro- ¡Vengo con capitulaciones, firmadas por un Adelantado del Rey, por tanto legales totalmente, para defender estas plazas, vuestro virreinato! ¡Para salvaguardar Siete Virtudes!-

-¡Habéis mostrado con largueza vuestra voluntad y habilidades, Don Álvaro! ¡En estos momentos, sea cual sea el designio de Felipe de España, no podemos prescindir de un hombre de vuestros arrestos!- al virrey el pensamiento doblaba en espesura y rapidez a la palabra. En la negrura de la noche, era inadvertible que la tonalidad de los ojos de De La Marck, había cambiado.

-¡Excelencia, debemos reforzar la defensa del baluarte!- solicitó Álvaro.

-¡El ataque al camino de la ciudad, confirma lo que decimos, Excelencia!- Van Leer, quiso sacarse la espina del desprecio inicial del virrey.

El gordo flamenco, abrió sus piernas en un fatuo gesto de soberbia…

-¡Enviaré a un mensajero, traeremos una compañía entera de la ciudadela para defender los cañones!- soltó con fuerza- ¡Y algo más…!- dijo imperceptiblemente, como si hablara con su gorguera rizada.

El virrey tuvo aparte unas palabras con uno de los soldados que le habían escoltado, el hombre inclinó la alabarda a modo de saludo y partió para cruzar el puente a la carrera, nadie lo había notado, pero Álvaro intentó entender lo que el virrey ordenaba tan quedamente al soldado. El Lince maldijo no tener mejor oído.

-¡Bien señores, tomemos posiciones para enfrentarnos a lo peor hasta que lleguen los refuerzos!- ordenó De La Marck- ¿Están las piezas dispuestas para disparar?-

-¡Si, Excelencia!- el jefe de los artilleros respondió desde el cañón que apuntaba al norte, hacia donde cuatro galeones invasores permanecían anclados.

A lo lejos se escuchó como cerraba la poterna del fortín redondo…

 

La Hueste Reconquista, había podido establecer una posición segura en la isla, que estaba libre de ser avistada por los defensores de Santa Fe y su puerto, especialmente de noche. Rodrigo Menéndez había sido avisado de la feliz noticia, y ordenó ser trasladado hasta allí en el bergantín que le recogiera en los muelles, de la tomada plaza de Prudencia.

Era la hora primera de la madrugada, cuando el Maestre de Campo, Don Rodrigo Menéndez, secundado por Alfonso García Luque y medio centenar de hombres más, fuertemente armados, desembarcaban en el campo invasor de la isla Tobejuba.

Tras recibir información precisa y tomar un guía que había recorrido el camino junto con la tropa enviada anteriormente, la pequeña compañía mandada por Rodrigo Menéndez partió del campo para dirigirse a las estribaciones altas de la ciudad, con el objetivo de tomar un baluarte erizado de cañones que podían ellos solos derribar la ciudadela del virrey hereje.

La vanguardia de la Hueste Reconquista, sin pendones ni estandartes, tomó el sinuoso camino que conducía a la carena de los fortines.

La serpiente de acero de aquél puñado de soldados fuertemente armados ascendía a paso vivo por las pendientes que reseguían la cuesta de la vertiente de la sierra.

-¿Lleváis con vos las granadas que os indiqué, sargento Herrera?- preguntó bufando Rodrigo Menéndez.

-¡Si, Maestre!- respondió el aludido- ¡Diez en vaina con metralla y tres de las grandes con mecha larga!-

-¡Excelente!- se relamió el Maestre de Campo- ¡Se van a enterar esos del fortín!- Hubo un coro de risas nerviosas para las palabras del jefe tuerto.

Al cabo de más de una hora, llegaron al punto donde se hallaban los emboscados…

-¡Alto…! ¿Quién va?- se oyó desde los márgenes boscosos de la ladera.

-¡Reconquista!- respondió el propio Rodrigo Menéndez.

Los emboscados, en número de seis, y alguno de ellos herido emergieron del bosquecillo.

-¿Qué ha sucedido?- preguntó el Maestre de Campo.

-¡Nos han atacado desde arriba!- respondió el cabo que mandaba la escuadra de vanguardia- ¡Los hemos rechazado, y algunos han logrado regresar a los fortines!-

-¡Maldición, saben de nuestra presencia!- masculló Rodrigo Menéndez.

-¡De la nuestra, por descontado! ¡Nada saben de la vuestra!- respondió el cabo.

-¿Cuántos podéis luchar?- preguntó el gigantón tuerto.

-¡Cuatro, Maestre…!- respondió el cabo.

-¡Que los heridos aguarden aquí, hasta que tomemos la ciudad…! ¡El resto, uníos a nosotros!- ordenó Rodrigo Menéndez.

En ese momento, algo más tarde de la hora cuarta de la madrugada, el firmamento fue cruzado a gran altura por tres bengalas azules, lanzadas una tras otra. Las bengalas debían haber salido de la ciudadela y fueron visibles en toda la bahía de Tobejuba, iluminando los cuatro galeones y el bergantín de servicio, anclados en ella, a prudencial distancia de la isla.

-¿Qué ha sido eso?- preguntó azorado García Luque.

-¡Son fuegos de artificio!- ilustró el Maestre de Campo-¡Sin duda una señal del enemigo! ¡No perdamos más tiempo! ¡Venga, para arriba…!-

Y la serpiente de acero, prosiguió su ascensión hacia las cimas que albergaban, los fortines donde debían librar la lucha por el dominio de Siete Virtudes.

 

Mientras, al otro lado de la isla, en la vertiente abrupta de los acantilados, otra serpiente humana pugnaba por ganar lentamente varas de altura sobre rompientes cuyo rugido recordaba a cada paso que un descuido podía ser fatal.

Con algo de torpeza, los trece hombres iban ascendiendo encordados y pegados a las rocas, que húmedas se resistían a ser holladas.

El trayecto no había presentado más dificultad que un paso que semejaba una silla de montar, y dado que Maese Eusebio conocía la posición del estribo de dicha silla, esa dificultad fue llevadera para la expedición.

Los contratiempos iban acompañados de maldiciones y jaculatorias negras, para ser corregidas de inmediato por invocaciones a Cristo y su santa madre. Finalmente el guía se detuvo respirando hondo, estaban ante el primer paso comprometido de la via, que habían de superar. El hombre se hallaba en pie sobre una roca, que terminaba en punta de flecha ante una placa lisa, rematada en una cornisa saliente en media vara. A derecha e izquierda, no había donde agarrarse, era tan liso como la roca que tenía bajo la cornisa.

Al ver aquello, Cárdenas se santiguó con cara de susto, y no pudo más que mirar de reojo, ochenta varas abajo, donde los golpes de mar rompían contra los arrecifes.

Con pasmosa serenidad, el guía, se hizo con la soga que llevaba enrollada al hombro, rematada con un garfio, y tras voltear el gancho de hierro, lo alzó para alcanzar el saliente. El primer intento falló, resonó el garfio al rebotar contra las rocas. Sin desasosiego, Maese Eusebio repitió la maniobra una y otra vez, hasta comprobar con fuerza que el garfio estaba bien anclado… Reclamó que Sigura, que le seguía en la cordada, se le aproximara…

-¡Voy a trepar por la soga! ¡Permaneced alerta!-

El inquisidor asintió en silencio para ahorrar resuello.

Se oía como el guía respiraba al trepar por la cuerda hasta poder asomarse al saliente, balanceó lateralmente el cuerpo para finalmente lanzar un pie sobre la placa de piedra. Con trabajo, fue superando el saliente hasta poder reposar sobre él.

-¿Cómo os halláis?- exclamó sin alzar la voz en exceso, Cárdenas.

-¡Bien…!- la voz respondió sin poder simular el cansancio- ¡Ahora entre la cuerda que he anclado y la que os sirve de seguro, podéis llegar hasta aquí con cierto respiro! ¡Yo jalaré al primero, si tiene dificultad para salvar el saliente!-

Uno a uno fueron superando la dificultad, hasta hallarse en una cornisa que con el espadón por encima, configuraba un camino que ascendía suavemente dejando el abismo a la derecha.

-¡Es importante, fijar la vista al frente…! ¡No miréis al vacío!- ordenó severamente el guía.

La procesión de soldados, iluminados por la luna recorrían con gran prudencia el corredor, abierto a su derecha al abismo.

La cornisa se iba estrechando hasta llegar a ser inexistente, abajo el abismo, erizado de rocas antes de llegar al rompiente. Dos varas adelante a la misma altura, la cornisa reaparecía paulatinamente, en medio de las fatales dos varas de vacío, la pared ofrecía una roca redondeada.

-¿Veis esa bola de piedra?- señaló Maese Eusebio-¡Es nuestro peldaño a la otra parte!- Sigura y Cárdenas, sin dejar de asirse a la pared se miraron pasmados-¿Nadie lo diría, eh?- terminó el guía.

De nuevo, el guía utilizó su cuerda… Nadie había reparado en una rugosidad que a tres varas de altura se ofrecía, entre ambos puntos. Sonriendo, el guía lanzó su garfio de nuevo hasta lograr anclarlo en la roca. Tras ello se lanzó hacia delante, y tocando en la bola de roca se impulsó hasta llegar a la continuación de la cornisa.

-¡Ahora uno a uno, con vuestra cuerda, y vuestro garfio! ¡No temáis yo os sujeto con la cuerda que nos une a todos!- el hombre soltaba su exhortación mientras enrollaba tranquilamente su soga terminada en el garfio, sobre un pie cuadrado apenas, de una repisa que volaba al menos ochenta varas sobre los arrecifes de roca batidos por el mar. A todos se les puso un nudo en la garganta, pero Sigura lanzó la consigna: ¡Por nuestros hígados!-

Siguieron largo rato por la cornisa que se iba ensanchando a la vez que se hacía abrupta y ascendente. Hasta que al punto de la hora quinta, ya muy cerca de la cima del baluarte de los cañones, la cornisa estaba interrumpida, pero no eran dos varas… El otro lado practicable estaba como mínimo a doce varas, y en él se percibía algo que colgaba…

-¿Qué es aquello?- preguntó inquieto Sigura.

-¡La pasarela!- respondió el guía- ¡La desmontamos al volver, así el baluarte quedaba aislado! ¡Pero mi padre y yo sabíamos cómo volver a llegar hasta arriba!-

-¿Si?- susurró Cárdenas- ¡Pues ya me diréis de que forma y manera…!-

El guía señaló un robusto árbol que nacía de la roca…

Maese Eusebio se había liberado de la soga que los ataba a todos, en cambio se había atado a otra que sujetarían cuatro de ellos, en caso de caída. Con el garfio se sujetó del tronco del árbol, y tras cargar con dos cuerdas con garfio más, saltó al vacío y empezó a balancearse con la intención de poder llegar al otro lado mediante el movimiento pendular.

Tras momentos que parecieron una eternidad, lo logró. Una vez en el otro lado rescató las dos cuerdas de la pasarela, ató su extremo a las dos cuerdas con garfio, y a continuación lanzó primero una y luego la otra a sus compañeros de atrás.

-¡Tirad de las cuerdas!- dijo- ¡Vamos a restablecer la pasarela!- Efectivamente, jalando las cuerdas alzaron la pasarela colgante hasta que llegó a unir netamente ambas orillas de la cornisa quebrada. Una vez fijada , con gran prudencia, uno a uno fueron cruzando los doce…

-¿Y ahora?- preguntó algo mohín Sigura- ¿Qué nos aguarda?-

-¡Os hable de tres pasos difíciles! ¡Éste era el tercero!- respondió el guía- ¡Ahí encontraremos una gruta amplia y confortable! ¡Cinco o seis varas sobre ella, empiezan las almenas del baluarte! ¡Tenemos una hora y media para reponernos, antes del amanecer!-

 

Pocas horas antes, en el camarote de Luis de Gama, a bordo del galeón “Santa Sangre” había tenido lugar, a puerta cerrada, una misteriosa confidencia entre el caballero portugués y los padres jesuitas que habían embarcado.

Con gran circunspección, Luis de Gama convocó en su camarote a doce hombres de la marinería a los que conocía personalmente, así como a tres buenos oficiales. A continuación les ordenó que aguardasen y acto seguido se dirigió a Baltasar Atienza que permanecía oteando malhumorado el negro horizonte sobre su pata de palo y hueso.

-¡Don Baltasar…!- dijo el portugués- ¡Debo acudir a tierra, vos quedaréis al mando, pero tendréis un gran marinero junto a vos! ¡Os secundará Inocencio Pereira!-

-¿Y eso?- preguntó el vizcaíno con aire de malfianza.

-¡Los padres jesuitas deben acudir a dar consuelo espiritual, a nuestras tropas!- improvisó el portugués.

-¡Bien, sea…! ¡Pero estos galeones, no se moverán hasta que Don Antonio no nos dé la señal!- refunfuñó Baltasar Atienza, con una de las muecas de dolor que empezaban a ser comunes en él.

-¡Descuidad, tomaremos el bergantín de servicio, que para cometidos como éste lo tenemos!- Luis de Gama afirmó esto último con gran autoridad, dando a entender que en tema naval, quién mandaba era él.

El vizcaíno no veía claro el motivo de aquél movimiento, pero el segundo del capitán luso, el llamado Inocencio Pereira, no dejó ni un ápice de oportunidad a discusión alguna. Mientras se realizaban los preparativos para el traslado de Luis de Gama al bergantín, éste se reunía a puerta cerrada con la tripulación escogida para aquella singladura especial.

Cuando abandonaron la flotilla anclada, Baltasar Atienza contempló al ligero bergantín de servicio que se alejaba desde el castillo de proa del nuevo “Santa Sangre”.

 

Se adivinaban los tonos del alba en el horizonte, la línea del océano era una línea de gris metálico que se confundía con el firmamento. Rodrigo Menéndez y los suyos, estaban acalorados por la ascensión, se habían detenido unas varas por debajo del bastión que daba acceso al puente colgante.

El Maestre de Campo, contempló el fortín redondo, hasta el techo era una cúpula hemisférica. Pudo contar en el lado que podía ver tres aspilleras lo bastante anchas para poder tirar al interior las granadas de vaina, largas y delgadas, cargadas de pólvora y metralla, luego vendría lo de abrir la puerta. Su mirada se dirigió después al tétrico punte que colgaba sobre el abismo. Rodrigo Menéndez negó con la cabeza, – que ocurrencias- pensó para sus adentros- tanto esfuerzo para que caiga tan fácilmente…

-¡Preparad las granadas de vaina…!- ordenó el Maestre de Campo- ¡Tú, Tarsicio con tres más, vais a tirarlas por las aspilleras!- el mencionado que era cabo, escogió a tres soldados y se repartieron las granadas, alargadas y con una mecha corta. El cabo prendió una mecha de encender.

-¡En unos momentos tendremos el fortín abierto, Don Rodrigo!- con un gesto de cabeza, el cabo indicó a la pequeña escuadra que se ponían en marcha.

-Tres arcabuceros que suban a cubrirles!- ordenó el gigantesco tuerto.

Los dos grupos de soldados se movieron con prudencia en el último tramo del camino que ascendía hasta el bastión, tres de ellos se quedaron tras las rocas apuntando con sus arcabuces a las tres aspilleras más cercanas… Los otros cuatro, reptaron hasta situarse en la base de las aspilleras, logrando no ser vistos desde las mismas. El cabo Tarsicio repartió fuego a los otros tres, que uno tras otro colaron las granadas por las aspilleras…

Los estallidos, uno a uno, retumbaban dentro del bastión, y los gritos de los que estaban dentro, eran pavorosos, la metralla que contenían las bombas trinchaba los cuerpos.

-¡Ahora, con las grandes…!- ordenó Rodrigo Menéndez, y se lanzó sendero arriba seguido por sus hombres. Con presteza encendieron dos bombas grandes y redondas de mecha larga junto a la poterna de hierro del bastión. Al estar la entrada en una trinchera que se hundía en tierra, los efectos de la bomba serían más fuertes todavía.

Y así fue, la puerta metálica saltó rota por los aires, y una humareda densa acompañada de olor a carne humana quemada, y a sangre, salió por la puerta. La tropa del Maestre de Campo entró apresuradamente en el bastión… Dos arcabuceros cubrieron la puerta, el resto remataban a los de la guarnición que agonizaban. El Maestre de Campo, abrió la otra poterna, y sonrió ante la vista del amanecer, justo en el momento que tenía ante sí el puente que les conducía a los cañones de Santa Fe.

 

El estruendo en el bastión, hizo que todos los presentes en la plataforma de los cañones se giraran con expresión de sorpresa hacia el fortín que estaba más allá del puente colgante.

-¡Maldito Tillingstein…!- rugió De La Marck- ¿Qué hace en la ciudad, que no los detiene?-

Al otro lado del puente, el gigantesco Maestre de Campo de la Hueste Reconquista blandiendo su mandoble arengaba a los suyos.

-¡Atacad, hijos míos, lo tenemos al alcance de la mano!- el grupo se lanzó corriendo por el puente colgante.

Álvaro pensó con rapidez, en unos momentos tendrían aquella tropa en la plataforma…

-¡Don Gerardo…!- gritó Álvaro- ¡Hay que cortar las cuerdas y las cadenas del puente!-

-¿Eh,…?- el panzudo virrey abrió sus ojos desmesuradamente- ¿Os habéis vuelto loco?-

-¡Antes loco que muerto!- le respondió Álvaro- ¡Unas hachas, unas hachas!- les gritó a los artilleros.

-¡En el polvorín!- dijo uno de ellos, que entró en la casamata redonda del centro de la plataforma, el hombre emergió del polvorín con dos hachas considerables- ¡Son para abrir los barriles de pólvora!- gritó satisfecho. Gerardo García tomó una de las hachas de las manos de artillero.

-¡Sígueme soldado!- ordenó el vizcaíno.

-¡Estáis locos!- sollozaba el virrey- ¡Sin puente quedamos atrapados!-

-¡Pero vivos, virrey…!- dijo con sorna Álvaro.

El artillero siguiendo el ejemplo de Gerardo García empezaba a dar tajos a las sogas que tiraban del puente.

En medio del colgante, Rodrigo Menéndez detuvo su carrera. lanzó una mirada atrás, estaban demasiado lejos para volver, y sería difícil llegar antes de que los hachazos hicieran su efecto, habría que confiar en las cadenas que reforzaban la estructura e intentar matar a los malditos que pugnaban por mandarles al abismo.

-¡Los de arcabuz…!- ordenó- ¡Tirad contra esos malnacidos!- Los arcabuceros empezaron a situar sus armas sobre las horquillas, pero el bamboleo de un puente colgante no era la mejor situación para cargar un arcabuz y mucho menos para apuntar con precisión.

En cambio la siniestra música de las hachas cercenando la soga, sonaba una y otra vez, sin descanso…

Tras Rodrigo Menéndez, García Luque empezaba a dar señales de terror, una sola mirada a las escarpaduras que parecían aguardarle como un sudario pétreo, a más de cincuenta varas, le hizo sudar en frio, con temblores.

-¡Por Dios, Don Rodrigo haced algo!- gimió- ¡Vamos a morir!-

La primera andanada, sin fortuna, no dio con los cuerpos de los dos que andaban en la labor de talar las cuerdas.

-¡Las cadenas, Álvaro!- gritó Gerardo García. El Lince cayó en la cuenta de lo que quería decirle el vizcaíno, tomó dos mosquetes y se dirigió a los amarres del puente, mientras el virrey gritaba a sus artilleros, que se dispusieran todos, a defender las piezas. Al mismo tiempo los del puente habían avanzado algo más, y se aprestaban a disparar de nuevo, cuando Álvaro descargó uno de los mosquetes en la cadena izquierda que se partió quedando su tracción sin efecto, corrió a la otra cadena, y con el segundo mosquete hizo lo propio, con el mismo resultado. La estructura colgante empezó a balancearse con más fuerza, y cabeceaba debido a que tan sólo dependía de unas elásticas cuerdas. En medio del puente, Don Rodrigo asido a la cuerda como si fuera una barandilla seguía avanzando y gritando como un poseso…

-¡Tirad! ¡Matad a esos malditos!-

La segunda andanada dio con el artillero que acompañaba a Gerardo García, Álvaro tomó su lugar y con dos hachazos más vió como la cuerda derecha se deshilachaba y el puente se ladeaba, a una vara de él, Gerardo García con el jubón totalmente impregnado de sangre seguía talando cansinamente…

-¡Maldición le han dado…!- masculló Álvaro, que cruzó la vara de ancho del puente, hacha en mano, mientras Rodrigo Menéndez aguantando el equilibrio como podía, se aproximaba, con la faz enrojecida bajo su yelmo y alzando amenazadoramente el mandoble.

Álvaro descargó el golpe fatal, la cuerda izquierda empezó a deshacerse como la otra, el puente hizo una última flexión antes de ceder y desprenderse de la plataforma de los cañones, el único ojo de Rodrigo Menéndez se clavó en Álvaro como si quisiera prenderle el alma y mientras se precipitaba junto con García Luque y su cincuentena de soldados gritaba con su vozarrón…

-¡Hijo de perra…! ¡Te ajustaré las cuentas en el infierno!-

Gerardo García, recostado en el poste donde estaba amarrada la cuerda, intentaba taponarse la herida con un pañuelo. La bala había entrado por el pecho, y al vizcaíno le costaba respirar.

No hubo tiempo para nada, justo en aquél momento, Sigura, Cárdenas y sus diez hombres aparecían salvando las almenas al grito de…

-¡Reconquista!- gritaron como diablos cuando descargaron desde las gruesas almenas sus arcabuces, dejando a la mayoría de los desprevenidos artilleros fuera de combate. A la puerta del polvorín, Leopoldo De La Marck dudaba entre esconder su oronda humanidad en las lobregueces del almacén de pólvora o espada en mano defender su virreinato.

Álvaro acudió con rapidez junto a sus hombres, había dejado a Gerardo García en compañía del buen mozo de su hijo, llamado Manuel.

Con nueve hombres y alguno de los artilleros que quedaban, iba a enfrentarse con Sigura y los suyos, en un combate encarnizado.

Álvaro hizo desplegar corriendo, a un lado del polvorín, a los ocho portadores de mosquetes que quedaban cargados, tras ellos situó al virrey que había desenvainado su espada.

La descarga tuvo su efecto, seis enemigos se doblaron, el resto dejaron de cargar sus arcabuces pues los de Álvaro espada en mano tras soltar los mosquetes se abalanzaban sobre ellos. Todavía sonó algún arcabuzazo que dio con tres hombres en las losas de la plataforma de los cañones silentes…

 

Las primeras luces intensas de un día radiante iluminaron la danza de la muerte que sobre aquél baluarte almenado y erizado de cañones sostenían una quincena de hombres…

Allí arriba, el viento y el sol habían disipado las brumas matinales, la brisa procedente del océano batía ambos grupos de hombres, frente a frente, que empuñando sus aceros se tentaban con la mirada antes de iniciar la sangrienta danza.

Tras la línea formada por Álvaro y sus cinco hombres, se hallaba la casamata de ladrillo por la que se accedía al polvorín, y ante éste, el gordo virrey que contemplaba aquél duelo de seis contendientes por banda. Al otro lado de la casamata, junto a los postes que anclaban el malogrado puente colgante Gerardo García se aferraba a la vida, auxiliado por su hijo Manuel.

Frente a ellos, de espaldas al norte y a tres de los seis cañones del baluarte, Sigura, Cárdenas y cuatro de sus hombres espada en mano.

Las losas de la plataforma limitada por el ciclópeo almenar, estaban moteadas de soldados muertos o heridos que tintaban en rojo aquella superficie granítica.

El viento ponía música a la tensión que sostenían unos y otros, sin mediar palabra ni grito alguno, la mirada de Sigura, electrizada y agresiva chocaba con los ojos entornados de Álvaro.

El equilibrio se rompió de súbito, De La Marck perdió los nervios o creyó actuar con inteligencia. El virrey disparó su pistolón de pedernal, el tiro perforó el morrión de hierro de uno de los soldados de Sigura que dio con su humanidad en el suelo…

-¡Debíais haber reservado esa pólvora Excelencia!- masculló entre dientes Álvaro.

-¡A ellos!- rugió Sigura. La intervención del preboste flamenco había desencadenado la lucha.

Sigura con la ventaja tomada derribó de una estocada, al adversario que tenía más a mano, el cuchilleo se generalizó en la plataforma, los cinco contendientes por bando se habían enzarzado en duelos personales. Álvaro advirtió que tanto Sigura como Cárdenas evitaban enfrentarse a él, el primero por hallarse lejos de él y el segundo por llevar en su cuerpo algún doloroso recuerdo de otros lances habidos anteriormente.

Sigura diestro en el manejo de la espada y colérico, madrugó en tres movimientos al soldado que se había puesto ante él, y Cárdenas no le iba a la zaga con el suyo que a duras penas le paraba los golpes…

Álvaro había dejado también a un soldado de la hueste enemiga doblado sobre su estómago, el resto iba equilibrado pero la permanencia en la lucha de Sigura pondría la ventaja de su parte.

-¡Virrey…!- espetó Álvaro- ¿No combates por tus tierras? ¿Acaso esperas que los arcángeles acudan en tu ayuda?- el grueso flamenco empero, se mantuvo ajeno al intercambio de golpes.

Cárdenas avió a su contrincante a la vez que Álvaro despachaba al segundo, la destreza y la costumbre de sostener duelos a espada, daba clara ventaja a los espadachines más avezados frente a los soldados por bravos que fueran, Sigura combatiendo con espada y daga, como Cárdenas, se manejaba con destreza y habían logrado abatir ya a tres de los de Álvaro, por dos él mismo. Su situación empezaba a ser inquietante…

Las gaviotas que sobrevolaban el baluarte rodeaban una plaza redonda sembrada de cuerpos sin vida y dolientes, y el fragor del cuchilleo era lo único que impedía que acudieran a picotear aquellas carnes.

-¡Bravo!- celebró Álvaro al ver que uno de los suyos dejaba fuera de combate a un soldado invasor.

En un gesto de ira, Sigura le lanzó la daga al soldado que acababa de triunfar, el muchacho con un gemido se desplomó. La daga le había atravesado el pecho.

Álvaro lanzó con su guantelete un zarpazo que llevó por delante medio rostro de un adversario que se había aproximado imprudentemente por su izquierda, a la par que Sigura le encaraba de frente. El infortunado echaba sangre por los ojos y dando alaridos de dolor se retiró dejando caer su espada sobre las losas.

Pero Cárdenas, lograba herir a otro de los suyos que se retiraba intentando respirar a pesar de la estocada en los pulmones…

Aquél combate tomaba mal cariz, Álvaro y uno de los suyos, frente a Sigura, Cárdenas y dos de sus hombres. Pero entonces surgió por sorpresa De La Marck, y con su pesada espada se llevó por delante a uno de los que ya se relamían.

-¡Pardiez Excelencia, lo guardabais celosamente, ese genio!- alentó sonriendo Álvaro. Los otros quedaron atónitos, y ese momento lo aprovechó Álvaro, que lanzó una puntada al otro soldado que contemplaba como se removía su camarada, y que en instantes terminó como él retorciéndose sobre la piedra que teñía de rojo.

Finalmente, quedaban De La Marck y Álvaro de un lado, y del otro, Sigura y Cárdenas. Estos últimos avanzaron resueltos con intención de terminar el negocio, cuando el virrey esbozó una amplia sonrisa…

-¡Mira, Don Álvaro…!- exclamó gozoso- ¡Los arcángeles!- De La Marck señalaba con su espadón las siluetas de cinco galeones que avanzaban sobre los anclados al norte de Tobejuba-¡Esta gente están perdidos!-

Sigura y Cárdenas se giraron. Al fondo sobre el océano distinguieron las siluetas de aquellos buques, galeones de navegación atlántica, erizados de cañones y con las cubiertas a rebosar de gentes armadas.

-¡Cielo santo…!-exclamó Cárdenas-¡Tanta lucha y esfuerzo para esto! ¡Estamos perdidos Don Antonio!-

-¡Decís bien intruso!- tronó De La Marck, dirigiéndose a Cárdenas- ¡Estos cañones y la flota aliada a este virreinato impedirán que llevéis a cabo vuestro cometido!-

Los dos inquisidores se giraron hacia sus contrincantes, en el rostro de Sigura se dibujaba la furia que reflejaba la impotencia del momento.

-¡Perdidos o no, Don Pedro, ahora es el momento de terminar aquello que iniciamos en su momento!- Sigura alzó su espada en actitud de atacar.

-¡Vuestras señales, eran para reclamar ayuda de estos galeones…!- Álvaro clavó su mirada en el grueso virrey- ¿No es así?-

-¡Andáis avispado esta mañana, Don Álvaro!- respondió risueño De La Marck, que había apoyado la punta de su espadón sobre una losa del suelo- ¡Esta flota aliada de Siete Virtudes, es nuestra garantía de vencer a estos entrometidos!-

-¿Flota aliada, decís?- dijo secamente Álvaro- ¡Conozco bien uno de esos galeones, es el Judith, buque insignia de Francisco Draque! ¡Esos que denomináis aliados vuestros, son piratas que no cesan de infringir grandes daños a estos reinos nuevos y a la Corona de Castilla! ¡Sois un traidor al rey, virrey!-

Al oír estas palabras, Sigura templó sus ansias de rematar la jornada en lo que estaba al alcance de sus armas.

-¿Yo traidor?- De La Marck realizó un paso atrás, manteniendo su espadón sobre el suelo enlosado, mientras su izquierda buscaba el pistolón de pedernal sujeto en su faja- ¿Quién traiciona a quién, Don Álvaro? ¡Estas gentes que Don Felipe de España envía a Siete Virtudes, no son un oficio para relevarme de mi dignidad, no! ¡Acuden aquí para cortarme el cuello y destruir lo que hemos levantado durante años!-

Sigura presenciaba el desacuerdo de sus enemigos con una cruel sonrisa en los labios, su instinto le anunciaba que le iban a ahorrar trabajo.

-¡Esta mesnada, no la envía el rey!- protestó Álvaro- ¡Están aquí, no por vuestra cabeza, sino por la mía, y actúan por orden y consigna del Duque de Alba, y no del Rey!-

-¡Decidme, Don Álvaro…!- el virrey se envaró- ¿Quién sostiene al Duque, como ministro? ¿Quién insta que el Santo Oficio se instale en estas tierras de libertad, sino el Rey, Don Felipe?-

-¡Escuchad, Excelencia…!- intentó razonar Álvaro- ¡Mi gente y yo mismo estamos aquí en nombre del Rey, y llevo conmigo los pliegos que lo atestiguan! ¡Don Leopoldo debéis detener esos galeones!-

-¿Qué decís, Don Álvaro?- respondió el virrey- ¿Condenar nuestra esperanza? ¡De ningún modo!-

-¡Leopoldo de La Marck, traicionáis al Rey, si no ponéis en fuga a esos piratas!- sentenció resuelto Álvaro.

-¡Es Felipe, quien traiciona…!- el grueso flamenco se envaró enojado- ¿Acaso no sabéis lo acaecido en Fuerte Carolina, de la Florida? ¡Allí también enviaron a los Menéndez, a Pedro, el marinero, y a su hermano Rodrigo, el que habéis enviado al abismo esta madrugada!-

-¡Don Rodrigo muerto…!- masculló Cárdenas- ¡Malditos…!- el castellano hizo amago de lanzarse espada en mano sobre sus enemigos. Pero con la frialdad de una serpiente, Sigura detuvo el impulso de su camarada, agarrando su brazo, El inquisidor barruntaba que su enemigo eterno y el virrey flamenco no tardarían en llegar a un enfrentamiento

-¡Virrey, has de hacer que esos galeones se retiren!- instó de nuevo Álvaro.

-¡Insensato, vais a echarlo todo a perder!- De La Marck tenía ya en su mano izquierda el pistolón de pedernal apuntando al pecho de Álvaro.

Álvaro aguantó el envite con frialdad en sus ojos, De La Marck tiró del gatillo pero no recordaba que ya había utilizado el arma y no procedió a la recarga.

-¡Os advertí, que debíais reservar esa pólvora!- exclamó Álvaro.

Sin titubeos, Álvaro se hizo con su pedernal y disparó sobre el rostro de De La Marck, que cayó de espaldas, cuan largo y grueso era, sobre las losas del baluarte que él mismo hizo construir en su día. El hombre y sus hierros se desplomaron con gran estrépito, el rostro de Don Leopoldo De La Marck, estaba irreconocible.

La acción del odiado enemigo había impresionado a Cárdenas, que no pudo menos que asentir con gesto de aprobación al aplomo y determinación del odiado Lince.

-¡Bien, maldito hijo de perra…!- espetó satisfecho Sigura- ¡Ha llegado el momento de que pagues todas tus afrentas de una vez!-

-¡Atiende, Antonio de Sigura…!- le dijo serenamente Álvaro- ¡Es preciso que ahora logremos disparar estos cañones contra los galeones piratas!-

-¡Tiene razón, Don Antonio…!- murmuró Cárdenas- ¡Nuestros hombres corren peligro!-

-¡Dejad vuestro aire de santidad, Don Pedro!- atajó Sigura- ¡Estamos aquí para matar a ese cerdo!- sin mediar más palabra, el inquisidor alzó su pedernal, que había mantenido prudentemente cargado, apuntando al pecho de Álvaro.

Cuando Sigura tiró del gatillo y saltó la chispa, El Lince se dobló hacia su lado derecho alzando la mano del guantelete para protegerse.

Cuando se alzó de nuevo, se dibujaba un rictus de dolor en su boca, a la vez que una mancha roja de sangre se extendía sobre la blanca manga izquierda, de su camisola.

-¡Gato del demonio!- gruñó Sigura- ¡Vive Dios que tenéis acordadas vuestras siete vidas con Satanás!-

Álvaro, movió imperceptiblemente su brazo izquierdo, podía moverlo bien, el disparo le había causado un rasguño solamente. A pesar de ello, El Lince dejó inerme su brazo izquierdo como si no pudiera utilizarlo, con el guantelete basculando levemente, de tal modo que su enemigo gozaba de ventaja sobre él.

-¡Sigura pensad en vuestros hombres!-dijo Álvaro- ¡Dejemos nuestra disputa para más tarde, y ayudadme a disparar sobre los piratas!-

-¡Escuchadle, Don Antonio!- rogó Cárdenas- ¡Le asiste el sano juicio!-

-¡Es una treta de ese poseso del demonio, Don Pedro!- respondió Sigura con la expresión enfurecida y la mirada fija en su odiado enemigo- ¡Pero éste perro inmundo hoy dejará de pasearse por el mundo de los vivos!-

-¡Insultáis mucho y amenazáis más!- le respondió con aplomo Álvaro- ¿Es todo cuanto sabéis hacer?- El Lince agitaba su acero, en señal de ansiar el combate.

-¡Maldito altanero!- masculló entre dientes Sigura- ¿Sabéis que vuestra madre murió en el convento de Sahagún sin recibir la asistencia de galeno alguno! ¡Ni el viático…! ¡Impedimos ambas cosas!- el inquisidor esbozó la tétrica sonrisa en su boca que hacía al recordar sus venganzas- ¡En cuanto a Doña Isabel de Mendoza, vuestra adorada Isabelita…! ¡Gimió como una furcia, mientras la forzaban y chilló como una puerca cuando la torturamos en Ocaña!-

-¡Don Antonio…!- susurró con expresión de horror y repugnancia Cárdenas.-

-¡Si…! – prosiguió Sigura paladeando sus sangrientas palabras y siniestros recuerdos- ¡Y ahora es hora, Juan Aspáriz, hijo de una perra miserable, que os dispongáis a mirar a vuestro señor Satanás, cara a cara! ¡Os voy a enviar al infierno, maldito! ¡Por vuestra causa la ignominia ha caído sobre mi linaje, y yo no puedo ocupar el puesto que por cuna me pertenece! ¡Y ha llegado vuestra hora!-

Álvaro sentía su sangre como un río de fuego que le recorría las venas, y el pecho quería reventar de odio y ansias de vengar aquellos horrores que el inquisidor había revelado. Pero sabedor de que se avecinaba una lucha singular, se concentró en templar el ánimo y mantener la cabeza fría.

Se empezaron a escuchar los estampidos del duelo artillero, desigual, que se libraba a media milla en la bahía. Cárdenas angustiado miró la mortal situación de los galeones y bergantines en los que se defendían los marineros y soldados que les habían seguido en aquella empresa. El castellano trago saliva y venció la nausea que le provocaba el recuerdo del olor de carne quemada de los indios masacrados en la sierra vecina a Maracaibo.

-¡Os lo suplico, Don Antonio…!- dijo el castellano viejo- ¡Primero, los piratas! ¡Nuestra gente está pereciendo sin remedio!-

-¡De ningún modo! ¡Primero vamos a enviar con el diablo a éste miserable, que tanto trabajo nos ha acarreado!- sentenció el inquisidor- ¡Vos, Don Pedro, lleváis siempre vuestro pistolete cargado, dádmelo para que avíe este hereje hacia el infierno!-

Cárdenas contempló a Álvaro, el temido y odiado Lince, con un brazo herido y colgando, las piernas abiertas y la guardia alta de su acero sostenido por la diestra. Estaba silente, presto a cualquier movimiento de Sigura… Pedro Cárdenas se alejó de la mano que tendía Sigura en señal de pedir la pequeña arma que siempre guardaba escondida en la bota de montar o en el jubón.

-¡Este debe ser un combate justo, Don Antonio!- dijo con voz trémula Cárdenas- ¡La lucha será igualada, no precisáis arma de fuego alguna! ¡Él, además está herido en un brazo!-

Sigura dirigió una mirada cargada de reproches y rabia a su camarada.

-¡Más parecéis una monjita que un soldado, maldita sea…!. Rugió Sigura- ¡Pero sea como decís, en unos momentos madrugaré a este gato maldito, vos seréis la merienda! ¡De éste baluarte, solamente saldrá uno con vida!- y tras decir esto se lanzó con la guardia abierta para herir a su enemigo de toda la vida.

Álvaro siguió simulando que no contaba con el brazo del guantelete, rechazó el golpe de Sigura sin intención de responder, buscando que se cansara. Pudo advertir que su adversario lanzó una fugaz mirada a su izquierda, tras él. Allí yacía con la daga de Sigura clavada en el pecho, el soldado que despachara a uno de los hombres del inquisidor. Álvaro pensó mientras paraba otro golpe cruzado de Sigura, que empezaba a rodearle, que su contrincante creyéndole sin brazo izquierdo, buscaba recuperar la daga y aumentar de ese modo su ventaja sobre él- El Lince se aplicó a parar los golpes de Sigura, y a permitir que éste siguiera con su juego, como si no hubiera caído en las intenciones del inquisidor. En su acoso, éste había logrado situarse junto al cuerpo del soldado muerto, la empuñadura de la daga estaba cerca, tan sólo precisaba el instante de agacharse para recoger su segunda arma, pero debía alejar a su enemigo. Lanzó una estocada en profundidad, pero El Lince, ni la paró ni retrocedió, se hizo a un lado, de modo que el tiro de espada hendió el aire, a continuación Sigura se dobló para coger la empuñadura de la daga, lo vio por el rabillo del ojo izquierdo, Álvaro se había situado a la izquierda y había alzado el brazo de guantelete que descargó con fuerza sobre el lado siniestro de su rostro. Las púas aceradas del guantelete, surcaron la carne de la cara de Sigura hasta reventar el ojo izquierdo del inquisidor, Sigura quiso mirar de frente, y Álvaro le rasgó el lado derecho, con el rostro ensangrentado lanzó un salvaje alarido de dolor, soltando su espada que rebotó sonoramente sobre las losas, pero rígido como una estaca se alzó con la daga buscando el cuerpo de su odiado enemigo. El Lince no titubeó, le hundió la espada en el vientre. Sigura, gimió de forma apagada, soltó su daga que quedó sobre las losas.

-¡Maldito seáis…!- musitó herido de muerte, el hijo del señor de Villena.

Dobló su cuerpo respirando ansioso por la boca, y escupiendo sangre con un rictus de dolor intenso, marcado en lo que quedaba de sus facciones. Lentamente se desplomó cerca del cadáver de Leopoldo De La Marck.

Álvaro retrocedió un par de pasos mirando a Cárdenas, que contemplaba a su camarada con expresión de angustia. Al fondo, se escuchaban inclementes los cañonazos que las dos flotillas se lanzaban. El viento arreció, una campana de Santa Fe, tocó el segundo cuarto de las nueve horas del día.

Cárdenas hizo gesto de acercarse al moribundo, Álvaro que sostenía con expresión sombría la espada ensangrentada, se secaba con la manga el sudor que caía en cascada sobre la frente. Con un gesto de afirmación permitió que el compañero de Sigura se le acercara. El castellano se arrodilló junto a Sigura, en sus ojos se leía lástima y rechazo, todo en uno, el olor a carne quemada no abandonaba al bueno de Cárdenas.

El inquisidor, ensangrentado y con las facciones contraídas por el dolor que soportaba intuyó la presencia de su viejo compañero de armas.

-¡Don Pedro, por piedad…!- musitó- ¡Estoy sufriendo lo inaguantable! ¡Ya que no habéis querido ayudarme a vivir, hacerlo al menos a morir! ¡Utilizad vuestro pistolete y acortad este calvario!- Cárdenas tragó saliva, miró con pena a su camarada moribundo y alzó un momento sus ojos grandes y castaños hacia el vencedor de aquél combate. Los ojos le brillaban, a causa del llanto que pugnaba por salir de ellos.

Con expresión severa, Álvaro asintió. Suspirando, Cárdenas se hizo con el pequeño pedernal y lo puso en la sien de Sigura, Álvaro estaba atento, en tensión, siempre podía revolverse el compañero del inquisidor y decidir que la bala estaría mejor en su cuerpo que en el Sigura, pero no, Cárdenas estaba embargado por la lástima que sentía por su camarada, por despiadado que fuera. Miró por última vez el torturado rostro, con el ojo reventado.

-¡Por piedad, Don Pedro, acabad con mis sufrimientos!- fue lo último que habló Don Antonio Sigura, primogénito del señor de Villena.

El estampido prosiguió a la chispa del pedernal, el cuerpo de Sigura realizó un movimiento estertor, había tomado la muerte, como tantas veces la había dado, sin vacilar.

 

Ambos supervivientes se miraron mutuamente en silencio.

-¿Me ayudáis a echar a pique a esos piratas de Draque?- preguntó Álvaro. Cárdenas asintió y se alzó para seguir al vencedor del combate. El Lince se había fijado en un artillero que aunque herido, permanecía vivo y consciente-¡Maese artillero…! ¿Podéis auxiliarnos para poder disparar contra unos galeones enemigos?-

El herido afirmó con la cabeza, estaba herido en la rodilla, Álvaro le alzó y el artillero apoyándose en él, les acompañó hasta las gruesas almenas, junto al cañón del norte…

Siguiendo las indicaciones del soldado, buscaron el ángulo para poder alcanzar el galeón en el que Álvaro reconoció al Judith, de Francisco Draque.

El soldado les indicó donde estaban las mechas, en la casamata del polvorín, y cruzando los dedos procedieron a prender la pólvora de la cazoleta que cebaba el cañón, el artillero les indicó que se echaran atrás.

El disparo fue atronador, y el silbido de la pelota de doce libras resonó en toda la bahía, el disparo rasgó la vela del palo mayor del Judith, destruyendo buena parte del aparejo, pero el disparo había sido largo y el proyectil fue a dar en las aguas de la bahía. A pesar de ello el galeón del pirata había recibido un severo castigo y una advertencia seria.

Cárdenas, observó el bergantín de servicio atracado con bandera blanca, en los muelles de Santa Fe. Le asaltó un sinfín de preguntas…

-¡Venga, no perdamos el tiempo, a la pieza noreste!- ordenó Álvaro.

Puestos en la otra pieza, mediante las palancas previstas apuntaron a un segundo galeón más próximo. Volvieron a prender la mecha y disparar tomando de nuevo la precaución de echarse atrás. El segundo disparo, con su silbido rasgando el aire, dio en la proa de un segundo galeón pirata, que empezó a retirarse, sin bauprés ni vela cebadera y con vía de agua en proa que hacia escorar el galeón hacia babor. A continuación la flotilla pirata inició la maniobra de retirada, mientras que alborozados los hombres de la flotilla antes rodeada redoblaban el fuego de sus pocas piezas para infringir el mayor daño posible a los piratas ingleses.

Los tres respiraron aliviados, y en aquél momento Álvaro recordó a Gerardo García, y se dirigió hasta el antiguo anclaje del puente colgante. El hijo del vizcaíno le sostenía, y éste con evidente cansancio miró a Álvaro…

-¡Parece que hemos ganado!- dijo con un hilo de voz- ¿Eh, Álvaro?-

-¡No te esfuerces y reposa amigo…!- respondió rodilla en tierra Álvaro- ¿Cómo se halla?- preguntó al joven Manuel García.

-¡Ha dejado de sangrar! ¡Pero está muy débil!- respondió el muchacho.

-¡Es un hombre fuerte, tu padre! ¡Se saldrá de ésta!- sonrió Álvaro al alzarse, tras palmear el hombro del amigo herido. Prestó atención, en el camino de Santa Fe, que conducía al bastión que Rodrigo Menéndez y los suyos habían asaltado, se escuchaban voces y los ruidos propios de una tropa. Se mantuvieron expectantes, aguardando para saber quién ascendía hasta el otro lado del abismo. Cárdenas, había recuperado su chambergo y bajaba la cabeza para ocultar que estaba llorando, se acercó al abismo, y allí en el fondo rocoso, erizado de aristas, yacían sin vida un gran número de sus compañeros, pudo distinguir el corpachón del Maestre de Campo, y el de su compañero, el sevillano y presuntuoso Alfonso García Luque…

-¡Qué locura! ¡Qué insensatez…!- y se giró hacia el cuerpo sin vida de Sigura, no ocultaba el oficial del Santo Oficio de la Casa de Contratación de las Indias Occidentales, sito en Sevilla. Luego clavó sus ojos grandes y melancólicos en la expresión de cansancio de Álvaro de Sobrarbe, en la mirada estaba implícita una pregunta sobre todo aquello.

-¡Eran vuesas mercedes, o nosotros! ¡Así ha sido siempre con él!- respondió Álvaro señalando al cadáver de Sigura.

Tras aquello contemplaron el cadáver de Leopoldo De La Marck.

-¿Cómo pudo caer tan bajo?- preguntó Cárdenas.

-¡Ciertamente, él tenía Siete Virtudes, pero para ser virrey carecía de la octava, la más necesaria de todas!- respondió Álvaro.

-¿La octava virtud?- Cárdenas se encogió de hombros.

-¡La lealtad, Don Pedro! ¡La lealtad!- exclamó cansino Álvaro.

 

Al final pudieron ver la milicia armada que subía por el sinuoso sendero, encabezada por Alejandro Tillingstein, recubierto con su armadura, yelmo y fuertemente armado.

Álvaro agitó los brazos, y Cárdenas pudo ver a Luis de Gama, acompañado de los dos padres jesuitas que andaban tras el comandante de la plaza…

Desde el otro lado jalaron las cuerdas que habían sostenido el puente colgante y las cadenas…

-¡Vamos a tirar las sogas con ballestas para que lleguen a vuestro alcance! ¡Intentaremos reponer el puente!- el que así se expresaba era Tillingstein, que sonreía a lo lejos.

-¡De acuerdo, aguardamos…!- Los tres de la plataforma aislada que permanecían en pie, retiraron al herido Gerardo García. Y aguardaron la llegada de las sogas primero y de las cadenas después.

Cuatro horas llevó volver a tensar cadenas y cuerdas y fijarlas a las estacas para que realizaran el cometido de tirante. Cuando Tillingstein holló el recinto redondo, infestado de muertos y moribundos, miró a Álvaro para murmurar en su lengua tudesca…

-¡Teufel von Hölle! ¿Quién ha hecho esta matanza?-

-¡Esta guerra insensata!- respondió Cárdenas con tristeza-

-¡Es una vieja cuestión!- apuntó Álvaro.

-¡Pues aquí dos curas, os buscan Don Álvaro!- Tillingstein señaló a los jesuitas.

El padre Carlos Azpilicueta, se adelantó acompañado por su compañero el portugués Pascual de Coimbra, ambos de la misma congregación, y Luis de Gama.

-¿Vos sois Don Álvaro de Sobrarbe?-preguntó el jesuita.

-¡Si, yo soy!- respondió Álvaro.

-¿Y Don Antonio Sigura?- inquirió de nuevo el padre Carlos.

-¡Seguidme!- dijo con frialdad Álvaro y los dirigió al cuerpo que yacía rodeado de sangre cuajada, envuelto en su ropilla negra de terciopelo y que todavía empuñaba una daga con la mano izquierda.

Ambos jesuitas se miraron mutuamente.

-¿Tenía lugarteniente, Don Antonio?- preguntó de nuevo el jesuita.

-¡Si, es él!- respondió Álvaro señalando a Cárdenas que se había unido al grupo. Alrededor, Tillingstein y sus hombres auxiliaban a los que todavía podían sobrevivir a la jornada-

-¡Somos portadores de ordenes muy concisas de los reyes de Castilla y Portugal!- el jesuita extrajo de su sotana un pliego con sellos de lacre y pomposas firmas-¡Ambos monarcas, ordenan que cese la jornada que capitanea Don Antonio de Sigura, habida cuenta de que por alta que sea su cuna y méritos, el Duque de Alba no puede firmar Capitulación alguna! ¡El derramamiento de sangre entre cristianos en estas tierras, ha de cesar inmediatamente! ¡Hemos sido delegados por ambos monarcas para tomar decisiones sobre el terreno! ¿Aceptáis los designios de vuestros reyes?- Lo del rey portugués, iba dirigido a Luis de Gama. Los tres soldados se miraron y afirmaron, para después prometer someterse al dictamen de los jesuitas.

-¡Traigo algo para vos, Don Álvaro…! ¡Acompañadme!- indicó con gravedad Carlos Azpilicueta y ambos se retiraron junto a los cañones del norte- ¡Veréis, Don Álvaro, vuestro protector, Don Luis de Requesens y Zúñiga, ha fallecido siendo gobernador general de Flandes! ¡Don Luis, ha testado en vuestro favor y dirigió al rey una súplica en vuestro favor! ¡El rey nos ha confiado vuestra expiación, Fernando Álvarez de Toledo, ha consentido en ello con despecho y a desgana, pero los excesos que han supuesto esas falsas Capitulaciones y ésta loca jornada, han disgustado profundamente a Don Felipe y la opinión del Duque de Alba, no ha sido tenida en cuenta! ¡Como consecuencia, estamos autorizados a enviaros a una peligrosa misión de la cual os daremos detalle en otro momento, a vuestro regreso, la proscripción del Santo Oficio ya no pesará sobre vos, y el Rey os tomará a su servicio!-

Álvaro sintió como se ensanchaba su corazón, le parecía que el aire que respiraba en aquellos riscos coronados en un baluarte erizado de cañones era el más fragante y reconfortante que jamás hubiera penetrado en sus pulmones, un peso mórbido desaparecía de su espíritu-

-¡Gracias, padre!- Álvaro hizo el gesto de arrodillarse y besar la mano del sacerdote de la Compañía de Jesús.

-¡Una aclaración, hijo…!- puntualizó Carlos Azpilicueta- ¡El perdón real es para Don Álvaro de Sobrarbe, Juan Aspáriz, está muerto y su nombre está registrado como el de un erasmista próximo a la herejía luterana.!-

-¡He entendido, padre…!- respondió Álvaro.

-¡Carlos, soy el padre jesuita, Carlos Azpilicueta! ¡Hijo, Don Luis os tenía en gran estima!-

-¡Y yo a él, padre Carlos…!- Álvaro bajó su cabeza- ¡Y yo a él!-

El sol se ponía horas más tarde, y Álvaro desde lo alto del baluarte contemplaba las aguas de la bahía que se teñían de naranja, los pájaros de la jungla volvían a interpretar junto con los monos la selvática sinfonía.

Estaba liberado de las amenazas que le habían atormentado todos aquellos años, una misión peligrosa, aquello no le atemorizaba, todas lo eran. Había comido y tomado algo de vino, para recuperarse de una jornada agotadora, se sentía libre mientras contemplaba el horizonte del océano que le separaba de Castilla, tenía la impresión de oler los campos del norte de Guipúzcoa, se sentía cansado pero feliz-

Debía poner en orden un sinfín de cosas, y colaborar con los padres Carlos y Pascual en el reordenamiento de Siete Virtudes, pasar cuentas con sus hombres y pensar en Dama Cecilia, la enigmática reina mestiza de Angostura.

Sea como fuere, se sentía libre de tomar aquellas decisiones que no violentaran su sentido de la lealtad.

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