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V. La Serpiente y el Jaguar

De cómo el Destino atrae a los mortales.

Las reacciones, tras la múltiple explosión, en el improvisado cenobio del gobernador de Cartagena, fueron bien distintas en los presentes, según de quién se tratara.

Don Luis de Gama, el capitán del “Santa Sangre”, se precipitó seguido de Cárdenas y de Rodrigo Menéndez al exterior para ver con más claridad la magnitud del desastre.

Desde las almenas de lo alto del bastión de San Francisco, los dos galeones o lo que quedaba de ellos sobre las aguas de la rada, ardían como dos gigantescas piras iluminando la trágica escena. Por el malecón un sinfín de soldados corrían en dirección a la boca de la rada para intentar ayudar, si ello era posible. Tras el primer momento, el portugués y los dos castellanos se lanzaron escaleras abajo del bastión para llegar a los muelles y acudir al lugar del horrible suceso.

Mientras corría por el malecón entre otros muchos, Luis de Gama iba pensando angustiado en sus hombres, los oficiales y especialmente Joao, el amable galeno que le había acompañado en tantas y tantas singladuras del “Santa Sangre”…

Junto al desconcertado gobernador, Don Francisco de Bahamonde, Sigura, Atienza y García Luque no habían salido de un cierto estupor, pero Sigura murmuraba sin cesar…

-¡Maldito Lince, te mataré, juro que te mataré!-

El gobernador y sus oficiales, no sabían si atender la denuncia del asesinato del alcalde de San Juan Nepomuceno y del párroco de la sierra de San Jacinto o al desastre acontecido en la rada, sea como fuere, la jornada había dado comienzo como un día inquietante y había cubierto ampliamente esas negras expectativas. Don Francisco, bajo sus mechones grises, con su mirada melancólica y un rictus despreciativo en los labios ceñidos por bigote y perilla con mosca, estaba absorto en el dantesco infierno en que se había convertido la boca de su magnífica rada. El gobernador empezó a sudar, al mismo tiempo que sentía escalofríos y le asaltaba una rabia impotente.

-¡Don Antonio Sigura!-siseó el gobernador- ¡Señor oficial del Santo Oficio, quizás sois mensajero de su Excelencia el Duque y del mismísimo Inquisidor general de Castilla, como dicen vuestras credenciales, pero lo que está fuera de toda discusión como bien me advirtió Don César da Silva, que lo que sois es un pájaro de mal agüero! ¡Mi deseo es que abandonéis Cartagena al despuntar el día y os llevéis con vos el infortunio que os acompaña!- los oficiales de la plaza y el obispo de Cartagena, se quedaron atónitos, aquello equivalía a volver a negar cualquiera de las peticiones del jefe de aquella hueste, y el gobernador miraba con aire desafiante la figura vestida de negro, y de tez marmórea que tenía ante sí.

Sigura, pasó de la palidez de la estupefacción a la lividez de un acceso contenido de ira, todo el color de su cuerpo fue a parar a los destellos de sus pupilas cobaltinas y a la cicatriz del rostro por la que se deslizaban unas gotas de sudor perladas.

-¿He de entender que nos negáis ahora, lo que hace unos momentos concedíais?- dijo con fingida serenidad.

-¡Así es!- Don Francisco golpeó la mesa con enojo-¡Veo que sois además torpe y corto de entendederas!-

Con una rapidez y limpieza impresionantes, el inquisidor puso entre los ojos del gobernador un pistolete de pedernal que amartilló sonoramente.

-¡Creo que no os he entendido con claridad Don Francisco! ¡Os repito la cuestión! ¿Nos negáis ahora, lo que antes prometisteis?- dijo suavemente y con ironía, Sigura.

-¡Bien pensado… Un compromiso, es un compromiso!- se retractó el gobernador. Al tiempo que Sigura amenazaba al gobernador, Atienza y García Luque, espada en mano blandían también en la siniestra pistolones de pedernal, amenazando al obispo, al notario y a los capitanes del de Bahamonde. El sargento Ojeda y el maltrecho testigo de las muertes en la sierra de San Jacinto, estaban como petrificados.

-¡Bien pensado, como decís Don Francisco! ¡Ahora vos y yo continuaremos con esta agradable cena y seguiremos negociando pues como entenderéis, tras esta desgracia, nuestras necesidades han aumentado! ¡Diréis a al sargento que abandone la sala, y por supuesto, que nos hemos avenido para mayor gloria de las armas de Castilla!- el gobernador asintió y con un ademán hizo que sargento y fugitivo abandonaran la sala, tomando asiento a continuación como el resto de los comensales.

Sigura, sin dejar de apuntarle, hizo lo propio. Atienza guardaba la puerta, y García Luque apuntaba su arma, ora al grupo de oficiales, ora al notario o al obispo.

Y como si nada aconteciera en la rada, continuó la cena, y las reclamaciones de Antonio de Sigura a Don Francisco de Bahamonde fueron en aumento.

Mientras, en el malecón del puerto y en las cubiertas de los galeones anclados en el interior de la rada, se reproducía entre los hombres del mar, la escena que cada vez que un desastre acontecía protagonizaban los marineros. Desde los galeones habían botado esquifes y chalupas a las aguas iluminadas por las llamas y los del malecón se habían echado a nadar para rescatar los cuerpos carbonizados de sus compañeros. Uno de ellos era Don Luis, que entre las aguas buscaba al enjuto médico del “Santa Sangre” infructuosamente.

Los castillos y las arboladuras de los dos galeones empezaban a hundirse con rapidez, y solamente sobresalían las cofas del palo mayor y del de mesana de ambas embarcaciones, los restos del velamen que no había ardido totalmente, flotaba entorpeciendo la labor de rescate de cadáveres. El incendio había concluido y las aguas de la rada se vieron sumidas en la obscuridad, tan sólo los hachones que habían prendido en las chalupas proporcionaban algo de luz, los gritos hacía rato habían cesado, y en su lugar rasgaban el aire viciado con olor a pólvora quemada, los llamamientos a los camaradas embarcados, esperando que no hubieran ardido… En vano.

Sobre el malecón, el hirsuto Cárdenas y el robusto Rodrigo Menéndez, eran testigos de aquella trágica situación.

-¡Las tres cuartas partes de nuestra pólvora y munición, nuestras provisiones casi en su totalidad, armas de recambio y enseres, las piezas de artillería, los buques, todo perdido…!- murmuraba el Maestre de campo de la hueste de Sigura, contemplando aquellas obscuras aguas que albergaban tanta muerte.

-¡Más de ochenta hombres de mar, hemos perdido Don Rodrigo, los dos cirujanos, el médico portugués, los pilotos y navegantes, un turno de guardia completo y todos los artilleros!- al exclamar esto, Cárdenas se quitó su chambergo de ala ancha, en señal de respeto por los muertos, y contemplaba como Luis de Gama nadaba a duras penas llevando consigo dos cadáveres, estaba cerca ya del malecón. El enjuto oficial del Santo Oficio de Sevilla bajó el talud del malecón para ayudar al capitán portugués.

Rodrigo Menéndez por su parte miraba ahora las luces que señalaban que en el fortín de San Francisco Javier, proseguían los tratos de su capitán general, Don Antonio Sigura con el blando del gobernador de la plaza.

De repente advirtió que Rafael Cabrera, corría por el malecón hacia ellos. El hombre llegó sin resuello junto a Rodrigo.

-¿Qué diablos ha sido esto, mi Maestre?- preguntó el joven. Desencajadas sus facciones y sudoroso, bajo el peto de algodón y el morrión, el hombre se hacía la misma pregunta que antes se hicieran sus jefes.

-¡Un zarpazo, cabo! ¡Un terrible zarpazo del enemigo!- respondió con aire de gravedad Rodrigo, acariciando su negra barba- ¿Has podido hablar con el baquiano?-

-¡Pues por cierto, ayer no me aseguró nada… Estaba indeciso pues alegaba que los de más allá de Venezuela, son amigos de viejo, y también unos buenos clientes. Y hoy, he vuelto para recoger su respuesta, y tan sólo quedaba un sirviente que me ha dicho que sus amos han partido antes del alba!- respondió Rafael.

-¡Maldito mestizo… Seguro que sabe algo de lo su padre!- murmuró Rodrigo Menéndez.

Una voz quejumbrosa llegó hasta ellos.

-¿Podéis ayudarnos? ¡Por Dios!- era Cárdenas que ayudaba a Don Luis a salir de las aguas con el par de cadáveres a cuestas. Rafael hizo el gesto súbito de bajar por el talud, pero Rodrigo Menéndez le retuvo mientras le susurraba al oído…

-¡De lo del baquiano, ni una palabra a nadie!- tras lo cual dejó que el cabo acudiera en ayuda de Cárdenas.

El gigantón, se deslizó también talud abajo para socorrer a sus compañeros, el portugués estaba agotado físicamente y desconsolado por la muerte del buen Joao, Cárdenas tras ayudarle a sacar los dos cadáveres del agua, le agarró por el hombro con un gesto de apoyo y consuelo. Sobre las rocas del malecón el menudo cuerpo del médico del “Santa Sangre” yacía acompañado por el del navegante del galeón portugués. Rafael les ayudó a acomodar los dos cuerpos, quemados totalmente, fuera del agua…

En pie, Rodrigo se percataba que tanto el capitán portugués, como Cárdenas y el bueno del cabo Rafael, estaban absorbidos por el dolor del desastre, pero él tenía la mente puesta en lo que sucedía en el bastión de San Francisco, para él, familiarizado con la muerte, incluso de sus hombres, lo importante era reaccionar y mantener vivas las posibilidades de victoria.

-¡Rafael- se dirigió al cabo- vos auxiliad a Don Pedro y Don Luis! ¡Yo debo acudir junto a Don Antonio!- Ni la orden, ni la declaración de intenciones del Maestre admitían la más mínima observación. El gigantón emprendió la marcha, con paso vivo sobre el malecón, sin poder dejar de ver como en el talud, los cadáveres calcinados se iban amontonando, salvados por marineros y soldados, de ser pasto de los peces.

-¡El que ha preparado esta celada, ha de ser el mismo de la jugarreta de Porto Bello! ¡Ahora es seguro que el maldito Lince que Sigura creía haber dado muerte en Nueva España, sigue vivo y dando zarpazos! ¡Estaba claro, que su enemigo tenía como objetivo atacar los galeones, y finalmente los había echado a pique…! ¿Pero, por qué?- estas cavilas iba desgranando Rodrigo Menéndez mientras desandaba el camino de la punta del malecón para volver a la muralla y el bastión de Cartagena.

De vuelta a las alturas del bastión, penetró en la sala a despecho de un intento de los guardias del gobernador, y allí se encontró con la situación de secuestro que Sigura había perpetrado.

-¡Ah, Don Rodrigo! ¡Habéis llegado en buen momento! ¡Nos ayudaréis a cerrar el trato con estos caballeros y con el señor Gobernador de Cartagena!- celebró Sigura.

-¡Don Antonio, hemos perdido…!- Rodrigo intentó trasladar la gravedad de la situación de su hueste.

-¡Todo!-interrumpió el inquisidor- ¡Ya lo sé Don Rodrigo! ¡Precisamente de esto estábamos platicando con Don Francisco, ya que ahora esta hueste precisará más días de permanencia en la plaza, para poder comprar lo que necesitamos reponer!- Sigura esbozó una de aquellas crueles sonrisas que dedicó con dureza al gobernador, que no había dejado de ser apuntado entre las cejas con aquél pistolete.

-¿Qué habéis acordado?- preguntó el Maestre.

-¡Estaremos los días precisos para reclutar doscientos hombres, adquirir la pólvora que hemos perdido, así como víveres y demás enseres, y naturalmente conseguir dos galeones, hay muchos anclados en la rada!- señaló Sigura.

-¡Dudo que pueda salir galeón alguno de la rada, con esos dos pecios de galeón estorbando en la bocana del puerto!- Uno de los oficiales de Cartagena osó realizar aquella observación.

-¡Por todos los diablos! ¡Qué draguen el puerto!- gritó Sigura lanzando una iracunda mirada al oficial.

-¡Don Antonio…!-dijo Rodrigo Menéndez- ¡Esa operación conlleva semanas, en Santo Domingo alguna vez hemos debido apartar pecios y os puedo asegurar que no es cosa de un día para otro!- la voz grave del Maestre, hizo recapacitar a Sigura.

-¿Cómo cuantas semanas?- preguntó el sañudo oficial del Santo Oficio- ¡Para poder salir del puerto holgadamente!-

-¡No menos de tres o cuatro!- respondió el oficial de Cartagena- ¡Y ello contando con la colaboración de los capitanes de los galeones, hay que pensar que ellos han de permanecer hasta reponer carga, más o menos medio año! ¡Por lo tanto no tienen urgencia alguna, además los pecios impiden a cualquier flota pirata atacar el puerto con eficacia! ¡Y con los tres buques de nuestra jurisdicción, podemos tardar un mes y medio o dos realizar la operación de limpieza de la bocana!-

Sigura miró de soslayo a su Maestre de Campo, que cariacontecido afirmo con su enorme cabeza cubierta por un severo yelmo flamenco sin plumaje.

-¡Entonces perderíamos entre cuatro y ocho semanas, tiempo que el miserable endemoniado de Don Álvaro, aprovecharía para alejarse de nosotros! ¡No podemos permitirnos tanta pérdida de tiempo!- reflexionó Sigura.

-¡Señor…!- exclamó Rodrigo- ¡Mejor que nuestros planes de marcha y combate, los debatamos en nuestros pabellones, entre nuestra gente!-

-¡Decís bien Don Rodrigo!- debemos partir hacia nuestro campo.

-¡Decidme Don Antonio…!- el gobernador con el ceño fruncido interpeló al inquisidor- ¿El hombre que os ha infringido este golpe, es el mismo que ha dado muerte a mi alcalde y al cura de la sierra? ¿Es el hombre que ostenta un guantelete de hierro?- Don Francisco se quedó mirando fijamente a los ojos azules de Sigura.

-¡Exactamente, Don Álvaro de Sobrarbe, apodado el Lince, a causa de que su astucia y su osadía son letales, como vos mismo habréis podido comprobar! ¡Os ha matado a uno de los alcaldes de vuestra región, al párroco de toda la sierra y os ha bloqueado el puerto de la plaza por un tiempo considerable!- le respondió en un tono conciliador.

-¡No olvidéis, Don Antonio, que el pobre diablo que nos ha informado de la fechoría, ha afirmado que mandaba una hueste! ¡No estáis ante un hombre solo!- puntualizó el gobernador.

-¡De nuevo estáis en lo cierto, Don Francisco y eso me recuerda que tengo fuera de la plaza un enemigo temible, y no puedo contar, con vos como aliado!- Sigura tensó de nuevo el brazo que sostenía el pistolete-¡Don Rodrigo!- reclamó al Maestre.

-¿Qué ordenáis, Don Antonio?- se dispuso marcialmente el gigantón.

-¿Dónde están el portugués y Cárdenas, Don Rodrigo?- quiso saber el capitán general de la hueste que ya denominaban de Reconquista.

-¡Ayudan a rescatar los cadáveres de los hombres de los galeones! ¡No podemos dejar que se pudran en el mar…!- respondió el Maestre.

-¡Eso está bien, es nuestro deber como cristianos y camaradas de armas!- comentó en voz baja Sigura- ¡Que Don Alfonso García se nos adelante, y forme un pelotón para ayudar a Don Pedro y al de Gama con el rescate de nuestros muertos!- ordenó finalmente.

El sevillano no se hizo rogar, salió del interior del bastión para ir a la hueste formada a las puertas de Cartagena, con pendones desplegados.

Mientras alrededor de la mesa, Sigura daba por terminada la cena…

-¡Así las cosa pues, Don Francisco… Y dado que no podemos confiar en vos con largueza, debemos ataros corto! ¡Vos y vuestra pequeña corte, señor obispo incluido, seréis nuestros huéspedes en el campo que tenemos establecido a las puertas de la plaza!

¡Vendréis con nosotros ahora, y no temáis, estaréis confortablemente alojados y protegidos por nuestra aguerrida hueste! ¿Quién puede garantizar que ese maldito no anda aún dentro de los muros de vuestra ciudad?- ante las disposiciones de Sigura, Francisco de Bahamonde, abrió desmesuradamente sus ojos y negó con la cabeza.

-¡Estáis loco! ¡Tomarnos como rehenes! ¡Mi tropa, el clero, mi esposa, advertirán la villanía!- protestó el gobernador tensando su espalda como queriendo plantar cara al lobuno jefe de aquella incómoda tropa arribada a las puertas de Cartagena.

-¿Qué hará vuestra tropa, señor gobernador?- preguntó divertido Sigura.

-¡El Batallón de la Merced, la tropa de la ciudad, no es nada despreciable, Don Antonio!- afirmó Don Francisco, para intimidar.

-¡Pero vos…- y el inquisidor acercó el pistolete hasta tocar entre las cejas del gobernador- ¡Le cursaréis órdenes de rescatar los cadáveres de mis dos galeones, y de registrar la ciudad casa por casa en busca de los traidores que han cometido este cobarde ataque! ¿Verdad, Don Francisco?- El grueso gobernador, entrado en peso y edad no muy idóneos para lances como aquellos, empezó a sudar, de temor y de cansancio, habían sonado en el campanario las dos horas de la última madrugada de Septiembre, y llevaba discutiendo con el endiablado hombre del Santo Oficio, desde primera hora de la mañana…

-¡Se hará como decís Don Antonio!- cedió el gobernador.

-¡Eso está muy bien Excelencia!- aprobó con su grave vozarrón el imponente Maestre de la hueste. Los de Don Francisco le miraron, recubierto de acero, sin quitarse el yelmo a pesar del calor, con su poblada barba negra, y calzado con recias botas de montar, se les antojaba como la pura encarnación de uno de los temidos capitanes de los Tercios Imperiales. Su espadón y las culatas de dos pedernales remataban su aguerrido aspecto.

Baltasar Atienza, con la punta de su espada hizo el gesto a los comensales de aquella insólita cena, que se pusieran en pie. Sigura, con aquella temible mueca que nunca se sabía, si era una risa o un rictus de fiereza, se puso en pie tomando el brazo de Don Francisco de Bahamonde, que le siguió agotado pero dócil como un corderillo, pues había llegado a la conclusión que era preferible pactar con aquél diablo que un enfrentamiento entre castellanos, en plena feria. Y así abandonaron el Baluarte de San Francisco, tras impartir el gobernador las órdenes que Sigura le había sugerido para mantener la calma a toda costa.

La hueste habíase preparado para afianzar su posición frente a los muros de Cartagena, habían levantado campo fuera del alcance de los cañones de las murallas, estaban cavando un foso y trincheras, levantando una empalizada y alzando toldos y pabellones. Sigura se sintió satisfecho por la disciplina y la eficiencia que su Maestre de Campo había logrado imbuir a la tropa.

La madrugada había corrido un largo trecho, cuando el gobernador y su séquito fueron alojados en pabellones dignos de su rango, Sigura y los suyos permanecían en vela junto a los fuegos que la guardia mantenía vivos… El campo estaba perfectamente dispuesto, los gritos de los centinelas dando la novedad, inspiraban seguridad. Pero los recién llegados barruntaban que la noticia de la voladura de los galeones se había extendido entre la hueste y las expresiones estaban cargadas de gravedad y preocupación.

-¡Bien, esperaremos a que regresen Don Alfonso, Cárdenas y el portugués, con su patrulla… Y, a que el sol levante, Don Rodrigo, vos y Don Baltasar podéis retiraros a descansar aunque sean unas horas, yo aguardaré el regreso de nuestros amigos despierto, toda esta desgracia me ha desvelado por completo y además he de urdir el discurso para que el tunante de Don Francisco afloje todo lo que hemos de menester!- Sigura hizo la propuesta en tono cansado, y casi sin brillo en aquellos ojos hundidos de intenso color azul, tan metálico como marmórea era su frente hendida por una vieja herida. Al alzarse para retirarse a descansar lo que restaba de noche, Menéndez el veterano gigantón palmeó la espalda de su capitán general, que se quedaba solo meditando junto a los agotados soldados del retén de la guardia, que cuidaban que el fuego no se extinguiera.

-¡Buenas noches, Don Antonio!- saludaron a una el Maestre y García Luque.

-¡Ea, a descansar señores!- musitó Sigura. Y tras esas palabras hundió la mirada en el fuego de los centinelas de aquella noche.

El fuego- pensó- es como uno de esos misterios que subyuga nuestra atención, y a pesar de no permanecer igual, no muda de sitio, y a pesar de ello, jamás nos hastía el contemplarlo en las veladas, sean de placer o de servicio…

Por primera vez acudieron a su atormentada mente los casi cien hombres con él embarcados y que habían tomado pasaje para las llamas del infierno, allí en las cercanas aguas de la rada de Cartagena de Indias. No derramó lágrima alguna, ni por los camaradas abrasados, ni por las pérdidas materiales que yacían en el fondo del puerto, ni por el contratiempo, que el ardid de aquél maldito, causaba, pero al pensar en la humillación, entró en él, la rabia de que otra vez el maldito Lince endemoniado se regocijara a sus expensas, enrojeció de odio y los ojos se velaron humedecidos, mientras permanecía con las mandíbulas apretadas sin decir nada y con la cabeza entre las manos, el par de guardias que se hallaban no muy lejos, advirtieron que no dormía debido a la rigidez de su cuerpo. Los dos soldados, abrigados en sus mantas, bajo el típico morrión de cuero, se miraron por espacio de unos segundos y finalmente tras alzarse de hombros, volvieron a dormitar en aquél estado de vigilia aletargada propia de las guardias prolongadas.

Envuelto en su ropilla negra, y calzones rodilleros del mismo género y color, empezó a sentir la humedad de la noche en las partes que estaban más distantes de la hoguera, en vez de buscar el calor del fuego, se echó a la cabeza la gorra flamenca de larga visera, rematada en una pluma de pájaro marino de aquellas frías tierras de Flandes, de las que había venido, mientras recordaba amargamente el rosario de agravios que acarreaba a sus espaldas desde que tropezara por primera vez con aquél maldito…

Eran los tiempos del inicio al proceso del arzobispo Carranza por erasmista, tiempos revueltos en los que él, junto a los cachorros de lo más selecto de la nobleza de las Españas, andaba a la greña con los alumnos de Fray Luis de León, otro de los que como Carranza estaba jodiendo la marrana y dando carnaza a los reformistas, y a los enemigos de Castilla. Si, fue en una de aquellas reyertas, en las que se las tuvo con un grupo de discípulos del fraile, entre los que se hallaba ni más ni menos que el perillán de Cervantes, todavía un niño, en la que le hicieron la monstruosa herida que le recorría el rostro, cada vez que lo recordaba parecía como si la herida sangrara de nuevo, pero aquél osado patán lo pagó con la mano, él en persona se la cercenó ayudado por sus camaradas del Seminario de la Nobleza… Siempre hubiera jurado que amputó la diestra de aquél maldito, pero en el torbellino de aquellos violentos instantes y cegado por la sangre y el dolor, le persistió la duda de si la mano destrozada había sido finalmente la siniestra… Con todo, el miserable escapó, pero se le persiguió acusado de herejía, agresión y desacato al fuero de la escuela de la Universidad de Alcalá.

Todavía recordaba el nombre del maldito plebeyo, Juan de Aspáriz, hijo de un armador del señorío de Guipúzcoa. Se le persiguió con saña, hasta que al fin apareció, semanas más tarde, según los oficiales del Santo Oficio, muerto desangrado en un margen del camino más allá de Guadalajara, y en avanzado estado de descomposición, con el rostro irreconocible y totalmente transformado en pasto de los gusanos, se podía percibir no obstante que le faltaba buena parte de una mano. Por alguna razón, él jamás creyó que aquél cadáver correspondiera al hombre que le había cruzado el rostro con un larga daga vizcaína, en el claustro de Alcalá.

La forma en que se salvó la madre de Juan Aspariz, y la aparición de un caballero falto de mano siniestra, al servicio de Juan de Austria y de sus amigos de la Casa de Éboli meses después, le dio que pensar…Con el tiempo se hizo evidente que aquél caballerete conocido como Álvaro de Sobrarbe, del que se ignoraba origen y linaje, era un protegido de Don Luis de Requesens, preceptor del Príncipe Juan, y uno de los patricios del partido ebolista, mortalmente enfrentado a la Casa de Alba por la tenencia del ministerio del Reino.

Por si la enemistad política fuera cosa liviana, él empezó a advertir que aquél manco que suplía la mano siniestra con un guantelete de acero que semejaba una garra, no perdía ocasión de dar al traste con el buen fin de cualquier empeño que sus amigos del partido del Duque, le hubieran encomendado.

Y el corazón empezó a decirle a gritos que el maldito espadachín ebolista y el sucio patán que le hiriera en Alcalá eran la misma persona. Ah… El odio que había alimentado, por la herida que desfiguró en plena juventud su faz, por la causa que contra él, un Sigura, de los señores de Villena, condestables de Requena, y castellanos de Sax, se había instruido en el Seminario de la Nobleza.

A la sazón, el Seminario estaba gobernado por los Guardiola de Cieza y Jumilla, caballeros de Calatrava y afines a los de su Casa en Aragón y Barcelona, gentes que se dejaban querer por la familia Mendoza emparentada con el Príncipe de Éboli.

Aquella causa, el alférez de la Compañía del Seminario, el navarro Don Manuel Peralta y Zúñiga, la orientó de forma tan despiadada en contra suya, quizás por indicación del Maestre del Seminario Don Bernardo de Guardiola, ya que su casa y la de Sigura andaban en pleitos por unos predios en Orihuela y Pinoso y la rica alquería de ambos, o bien, por simple partidismo político, ya que los prebostes del Seminario eran entonces partidarios del ministro Ruy Gómez da Silva, el ministro erasmista y tachado de enemigo de Castilla, por la Casa de Alba y sus aliados.

La causa y la rastrera forma en que fue instruida, le apartaron para siempre de la condición de noble, de su derecho por sangre y linaje, por haber derramado sangre en el claustro de Alcalá, por haber defendido al Santo Oficio de calumnias de herejes, erasmistas y tibios, por haber sostenido que si alguien amaba Castilla y la grandeza de las Españas era el Duque de Alba, y que era el único merecedor del ministerio del Reino y de Estado… Por todo ello, aquellos renegados de casta, de reino y de religión, habían declarado que él, Don Antonio Sigura, primogénito del señor de Villena, no podía profesar armas en Orden alguna del Reino, no siendo pues posible que accediera a ser ordenado caballero… Su sangre a pesar de ser de abolengo, quedaba proscrita para blasonar escudo de armas, sin transgredir las leyes y costumbres de la nobleza del Reino.

Claro está, que la Casa de los Sigura alegó recurso a la sentencia, pero al paso que se veía dicho recurso amenazaba con ser tan dilatado como el mismísimo proceso al Cardenal Carranza, y mientras, desde hacía doce años, el primogénito Sigura andaba a la espera de que aquella infamia que sobre él pesaba, fuera revocada y así poder ocupar el lugar que le correspondía entre sus pares.

Ciertamente, fue tratado como fiel aliado a la causa del Gran Duque, los de Alba apadrinaron al joven Antonio de Sigura, dándole plaza como oficial de la Mesta, más tarde le consiguieron nombramiento de Procurador fiscal en el Santo Oficio, combatió junto a los tercios del de Alba, con el grado de teniente, y con una ventaja de cinco doblones sobre uno de su oficio y grado, de la nación de los tudescos, haber que percibía a más de su remuneración como fiscal de la Santa Inquisición y que por sus acciones en Las Alpujarras, en Malta y Lepanto y muy especialmente en Flandes le fue considerada como pensión vitalicia a cargo de las arcas del reino, así pues había realizado una carrera satisfactoria, con unos ingresos que le permitían vivir con desahogo, mantener servidumbre y tres escuderos de armas, pero le estaba vedado un lugar entre los de su rango de sangre, y aquello aumentaba su odio, su rencor y su desdicha.

Pero su mortal enemigo, que entre los albistas era conocido como El Lince, por su astucia, no había salido muy bien parado, obligado a fingir ser quien no era, sus familiares a excepción de la madre, a la que habían podido poner a salvo, los influyentes amigos que protegían al proscrito Juan de Aspariz, habían sido procesados por el Santo Oficio, y ejecutados, naturalmente sus propiedades fueron confiscadas por la Inquisición, y aquello le reconfortaba.

Lentamente sus recuerdos hilvanaban su visión peculiar de una vida dedicada a la venganza y la consecución del dominio de su idea del mundo y de los intereses de los de su clase con los que se hallaba comprometido, y esos recuerdos quizás por la viveza y resplandor de las llamas adquirían una fuerza y un cuerpo dignos de una lucha titánica como aquella, él había puesto los pies en aquél nuevo mundo, con el fin de reconquistar unos territorios para Castilla y para la Santa Iglesia, pero también perseguía recuperar la dignidad que por alcurnia le pertenecía, derrotando entre otros al causante de todas sus desdichas.

Cerró con fuerza sus puños entumecidos, como pugnando por derribar a un coloso invisible, para después relajarse. El horizonte dominado por la silueta de la ciudad se veía levemente tintado por un tenue resplandor rojizo.

-¡Se aproxima Don Pedro Cárdenas y el pelotón!- se escuchó en uno de los puestos.

Como movido por un resorte, Sigura se alzó, y lo propio hicieron los del retén de la guardia que estaban junto a él.

-¡Id a por mis compañeros, y traed también al gobernador de la plaza y al obispo!- les ordenó.

Y se dirigió con paso vivo hacia la empalizada. Desde allí se divisaban recortados a contraluz, el grupo de hombres que regresaba, al frente era inconfundible la figura enjuta y alta de Don Pedro Cárdenas, bajo su chambergo de ala ancha, y junto a él, destacaba la camisola blanca del caballero Don Luis de Gama, y la ropilla de color gualda damasquinada de Don Alfonso García tras ellos Rafael y los hombres de la patrulla… Se acercaban con aspecto de estar agotados y en un silencio sobrecogedor, la empalizada se había llenado de los soldados que tenían en los galeones amigos o familiares, el aire fresco de aquella noche, estaba cargado más que de tensión, de una inmensa tristeza.

Cuando finalmente penetraron en el campo se vieron rodeados de los soldados que ansiaban tener noticias, pero los recién llegados negaban con la cabeza. Nadie se había salvado. Cárdenas decía a Sigura a quién se había abrazado, que los más de cien cadáveres estaban en el claustro del monasterio de los dominicos de la ciudad, que piadosamente les había abierto las puertas, según decían todos los de la patrulla en Cartagena todo el mundo estaba furioso y deseoso de ayudar a los camaradas de los muertos. Un murmullo de indignación empezó a recorrer la tropa, y aquello no tardaría en volverse en contra de los jefes de la hueste si dejaban que aquella agitación se instalara en el ánimo general. Sigura que de motines de la tropa había aprendido lo suyo en Flandes, decidió cortar de cuajo el murmullo tomando la iniciativa. Junto a él estaban ya las autoridades de Cartagena.

-¡No es ahora el momento de jurar y maldecir… ! ¡Ahora deben descansar los que han rescatado a nuestros camaradas! ¡Esta tarde, oficiaremos el funeral solemne con un Te Déum…! ¡ En la catedral! ¿No es así señores?- Sigura cerró su intervención con la pregunta dirigida a gobernador y obispo.

Azorados y agotados, ambos notables rehenes asintieron con más congoja que convencimiento. Los grupos empezaron a regresar a sus tiendas y toldos, Don Rodrigo había velado por que la guardia mantuviera sus puestos y cometido. Lentamente el campo recuperó la normalidad anterior al toque y redoble de alba. Sigura se retiró también a su pabellón.

Intentaría conciliar algo el sueño para descansar,- pensó, mientras lentamente se dirigía al pabellón que tenía asignado.

La tarde del siguiente día, estuvo dedicada a los muertos en los galeones, la mayoría de la población de Cartagena de Indias, había acudido a la Catedral, todavía inacabada para dar el último adiós a los castellanos de aquella hueste… Sigura estaba encantado de comprobar que su presencia era ahora tomada con simpatía, el gobernador le había concedido todas sus peticiones, tan sólo no le aseguró ni la limpieza de la boca del puerto, ni que pudiera tomar dos de los galeones fondeados en la rada, puesto que ambas cosas estaban fuera de su alcance. El inquisidor lanzó una mirada de reojo a Cárdenas, que junto a Luis de Gama, había adoptado aire de penitente. Los fastos funerarios por sus cien caídos habían tomado un carácter solemne. La voz del obispo y los cuatro sacerdotes resonaba entre las columnas de piedra, y el pueblo de Cartagena permanecía en un respetuoso silencio. Habían acudido desde las autoridades hasta los granujas que medraban por conseguir bolsas ajenas.

El Te Déum, empezó a sonar con fuerza y gravedad, mientras en el exterior de la Catedral cien cuerpos amortajados estaban bañados por el sol de las primeras horas de la tarde, esperando a ser hundidos en la tierra del camposanto.

Aquellos ataúdes, alineados en la plaza mayor de la ciudad, contenían los impasibles restos de los desdichados que habían muerto abrasados y que no percibirían más que las oraciones de su funeral, la tarde alternaba el sol con las nubes, que a menudo soltaban el chaparrón de rigor, y junto a las tétricas hileras de cajas de pino, un pelotón de soldados de la hueste de Sigura, con su estandarte desplegado al viento, permanecían firmes, mientras dos de ellos arrancaban serenos redobles de sus timbales.

Algo más lejos, permanecían formados cien hombres de la hueste, el resto había permanecido en el exterior, y todos estaban sobre las armas, a la espera de la reacción del gobernador de la ciudad, puesto que Sigura no confiaba en el pusilánime de Don Francisco y prefería tener a la hueste armada tanto a uno como otro lado de las murallas de la plaza.

En el interior de la catedral, en la que todavía los andamios eran presentes, y en los alrededores del templo, las gentes de Cartagena de Indias, mostraban su simpatía por aquellos soldados que acababan de tener un importante revés. Al terminar el oficio, el obispo acompañado de sus sacerdotes, las autoridades y el pueblo de la ciudad salieron a la plaza, los cánticos habían dejado paso al solemne redoble de los timbales.

El obispo de Cartagena, inició la bendición de los cadáveres, lanzando agua bendita sobre sus ataúdes, el estandarte de la hueste de Sigura, fue enarbolado tremolando bajo la tenue lluvia, y los timbales ganaron en ritmo e intensidad en homenaje a los compañeros de armas caídos… Justo en ese momento, interpretando el murmullo de la población, Rodrigo Menéndez instala el banderín de enganche, en la misma plaza, al otro lado de la catedral.

Todavía estaba el obispo esparciendo el agua purificadora cuando unos pocos, al principio, pero más y más progresivamente, hombres y mujeres se acercaron a la mesita que Don Rodrigo había dispuesto junto al banderín… Aquellos a los que la fortuna no sonreía en la ciudad, alentaban un futuro mejor emprendiendo una campaña, y la vista de cien muertos no los detenía en su empeño de lograr cumplir el sueño de los conquistadores que todos llevaban dentro.

Sigura contempló el suceso con agrado, cubriría las bajas a buen seguro, aunque no serían marinería experimentada como los desdichados que yacían en la plaza. Las mujeres, sin duda la mayoría prostitutas, no vendrían mal como soldaderas, y para trabajos auxiliares, las que lograran demostrar que estaban sanas… Y mientras esto rumiaba lanzó de reojo una mirada al gobernador y sus oficiales.

El pobre Don Francisco, y sus capitanes realizaron un primer gesto de desagrado, incluso tuvieron intención de gritar, pero la daga de Don Alfonso García y Luque entre los pliegues de su refinada ropa, recordaron al gobernador su situación y le aconsejaron prudencia. Tras secarse el sudor frio que le había provocado aquél sentir al acero, como se insinuaba al otro lado de las sedas y el algodón, puso de nuevo atención en los vecinos de Cartagena que se sumaban a la causa de su raptor, y tras respirar con un cierto alivio, miró significativamente a sus capitanes… Se lleva lo peor de la ciudad,- pensó para sí, el orondo Don Francisco Bahamonde- y decidió no objetar nada a aquél alistamiento ridículo, se propuso además efectuar un cambio de postura que desconcertara al empecinado oficial de la Inquisición y jefe de aquella hueste que le tenía prácticamente preso.

-¡Don Antonio…- exclamó con suavidad el gobernador- deseo realizaros una propuesta!-

Sigura le lanzó una mirada impregnada de recelo, pero a la vista de los vecinos de la ciudad que se acercaban a la mesa de alistamiento, se preparó para recibir la adhesión de la máxima autoridad de Cartagena de Indias.

La lluvia se intensificó, pero la plebe que aspiraba a figurar en aquél ejército recién llegado no se echó para atrás, y el recio Don Rodrigo vio como se le giraba tarea por momentos bajo aquella suave y pertinaz llovizna, ante lo que ordenó a dos soldados que fueran a por un toldo que les guareciera y facilitara la labor del reclutamiento.

Don Francisco y Sigura, regresaban al interior de la inconclusa catedral, de forma que el jefe de la hueste escucharía las propuestas del gobernador en recinto sagrado.

-¿Dais fe, Don Antonio, que vuestra intención es la que habéis declarado hasta la fecha?- le preguntó el redondo preboste.

-¡Mis capitulaciones, lo dejan bien claro, gobernador…! ¡Debo marchar hasta más allá de la Capitanía de Venezuela, destituir a un falso Virrey, y acto seguido tomar posesión para su Majestad el Rey de los territorios por él gobernados para que se restituya el buen gobierno y la verdadera fe!- respondió el inquisidor. Estaban ambos frente a frente y al fondo dominando su conversación el crucifijo que presidía el altar, sobre las luces del Altísimo.

-¡Os ruego que entendáis mi inicial recelo, esta es una importante plaza de Su Majestad, en Tierra Firme, a menudo se nos acercan aventureros y ganapanes para en nombre de los más altos principios recabar nuestra ayuda, estamos en plena ruta de El Dorado, y Cartagena ha sido en diversas ocasiones víctima de la codicia de gentes que tras el oro pierden el alma! ¡Pero la tragedia que ha sufrido vuestra hueste, me da la medida de vuestros enemigos, que sin duda son los de la fe y de nuestro Rey, y por ello he de daros toda la ayuda posible para que prosigáis con vuestra misión!- Don Francisco estaba forzado por el temor, pero también había hecho mella en él, tanto la magnitud del ataque sufrido por aquellos castellanos, como el marcial estoicismo con que habían encajado el golpe.

A Sigura le brillaron los ojos, al fin era posible que el acomodado gobernador de Cartagena se pusiera sinceramente de su lado, y él pensaba únicamente en la posibilidad de poder conseguir dos galeones como los que acababa de perder, el aroma a cera e incienso le recordó que estaba en un recinto sagrado. Tomó a Don Francisco del brazo y le acompañó hasta los reclinatorios dispuestos ante el altar.

-¡Don Francisco, si vos subscribís mis capitulaciones, si puedo contar con vos como aliado, si me ayudáis a conseguir dos galeones, os aseguro que tanto vos como vuestro linaje tendréis aquello que sin duda merecéis!- la voz hueca de Sigura resonó entre la columnata de piedra, y el gobernador tragó saliva, pues era consciente de que iba ahondando en un compromiso no deseado.

-¡Don Antonio… Podéis contar conmigo, y con esta plaza para la consecución de vuestro cometido, pero como ya os advertimos la cuestión de los galeones es algo que no podemos asegurar, y ello por dos razones! ¡La primera porque la rada está bloqueada y los trabajos de draga, van a ser complejos! ¡La segunda, es que estos galeones pertenecen por igual a la corona y sus fletadores, sus capitanes no pueden obrar a su arbitrio. Para ellos lo principal es no sufrir ataque de los piratas y poder cargar y reagruparse en La Española, para regresar a Castilla, con el oro, la plata y las mercancías que allí esperan!- Sigura le escuchó atentamente, y advirtió un fondo de sinceridad y sentido común en lo que el gobernador le argumentaba, chasqueando la lengua omitió una jaculatoria negra en el templo.

-¿Y bien, qué podemos hacer?- inquirió fijando sus ojos cobalto en el gobernador.

-¡Los trabajos para restaurar la libre entrada en la rada, deben acometerse, y caigo en cuenta de que en la plaza, hay un armador y varios carpinteros de ribera, quizás no puedan botar galeones como los de Castilla, pero si una o dos embarcaciones prácticas para auxiliar a vuestra expedición una vez entréis en campaña… Y para la ruta, hay baquianos y guías suficientes en Cartagena, que han pisado lo que hay de tierra hasta los confines de Venezuela!- Don Francisco, estaba dando la vuelta a la situación. Las capitulaciones de aquél desagradable oficial del Santo Oficio que tenía ante sí, estaban selladas y firmadas por Alba, una Casa que estaba acaparando poder en los nuevos reinos de manera incontenible, y si él se sumaba a la causa, podía aspirar en el futuro a formar parte de una corte virreinal, pero además, las habladurías situaban allí donde se dirigía aquella hueste, ese sueño por el que tantos habían perdido vida y hacienda. El Dorado formaba parte de los rezos del común de los establecidos en el Reino Nuevo de Granada, personalmente él no se pondría en riesgo en pos de ese sueño de riqueza, pero aquella aguerrida y potente hueste, no se podía mover tan sólo para restituir fe y dominio en una lejana selva, allí en aquél nuevo mundo, las cosas no iban así, el ansia de poder y riqueza, eran las causas de la fortuna o la desdicha de los hombres que aspiraban a elevarse por encima de la condición que la cuna les había concedido. Estar con ellos y no contra ellos, tan sólo podía beneficiarle a él, y a Cartagena.

-¡Eso que decís, tiene sentido!- Sigura arqueó su pequeño cuerpo, manteniendo su gorra flamenca en la diestra, pero clavando con fuerza su mirada al gobernador, como intentando escarbar en lo más recóndito del alma de Don Francisco- ¡Pero, los fondos de la hueste no bastarán para costear la construcción de dos embarcaciones y sus aparejos! ¡Y vuestra gente querrá oír el tintineo del oro al entregar el fruto de su trabajo!-

El gobernador, vio abierta la puerta, para restablecer una situación favorable en todo aquél molesto negocio.

-¡Atended, Don Antonio, os ofrezco la plaza como base…!¡Cartagena, y yo mismo, costearemos uno de los dos bajeles, daremos prioridad para recuperar los cañones de los galeones del fondo de la rada, costearemos la mitad de la pólvora que habéis perdido, y ello firmando además en vuestra capitulación, no como alistado, sino como aliado y socio en vuestra alta y arriesgada empresa! ¡Naturalmente, los prohombres de Cartagena tendrán su presencia en los nuevos territorios, y la plaza, un puerto dependiente en aquellas aguas, sabemos que es una zona rica y fértil! ¡Nuestro apoyo a cambio de estar presentes en la nueva ordenación! ¿Qué respondéis, Don Antonio de Sigura?-

El receloso Sigura, entorvó su faz. Pero comprendió que el cambio experimentado por el gordo gobernador obedecía a la codicia y la ambición, y ello sin duda reflejaba que no dudaba del buen fin de su empresa, en segundos calibró la conveniencia de aliarse con aquél zorro seboso, pero todo lo puesto en juego por Don Francisco, aún cuando no resolvía el proseguir por mar la expedición, aumentaba sus fuerzas y le proporcionaba una base segura en el territorio, ni más ni menos que el puerto más importante de toda la Tierra Firme, según se decía en Sevilla. Al fin esbozó una sonrisa y tendió su mano enguantada en negro a Don Francisco, que respondió al gesto, sellando así un trato que no sabía si le abriría las puertas de la gloria o lo arrojaría a los infiernos de la ruina y el olvido.

Lejos de los muros de Cartagena, tras haber dejado atrás con indiferencia, el campo de la hueste Reconquista, y bajo una lluvia fina que iba ganando en intensidad, un buhonero montado en un asno, recorría el camino que conducía a la sierra de San Jacinto. Al fondo se distinguía tras la cortina de agua, la montaña con sus tonos pardos y verdes, bajo un cielo plomizo. La estación de las lluvias, había por fin llegado, al Reino Nuevo de Granada.

El hombre iba protegido con un amplio sombrero de paja, y una manta, a lomos del asno llevaba dos alforjas. Todo en su postura, reflejaba una actitud estoica.

Allí atrás en el campo de la hueste acampada a las puertas de la ciudad, los centinelas le habían dado el alto, bromearon sobre el asno y sus peludas orejas, y anduvieron fisgoneando en las alforjas, y al fin le dejaron pasar pero alejándose del campamento que bloqueaba el camino de Cartagena.

Siguió pues, bajo la lluvia avanzando hacia la sierra de San Jacinto, que allí al fondo se alzaba sobre el llano de forma imponente. El camino trazaba una línea recta sobre los pastos que ansiaban empaparse de la lluvia que al fin se había dignado establecerse con fuerza en aquellas latitudes. A lo lejos, a la derecha del camino, se intuía un promontorio rocoso, el Alcor de Mastia, le llamaban.

El buhonero que no era otro que el Luisillo, el mozo de la taberna “El Tablón”, que se dirigía hacia el escondite de su dueño, tras haber indagado lo que tanto Don Gerardo, como su amigo el capitán Álvaro le habían indicado. La lluvia arreciaba lentamente, y más que la leve cortina semejaba ya un diluvio menor, el muchacho clavó sus ojos en la lejana colina, no percibía señal alguna de humo, ni de presencia de gentes, posiblemente- pensó- no encendían fuego para no ser descubiertos. La perspectiva no era muy halagüeña, llevaba ya su manta totalmente empapada y las alas del chambergo caían vencidas por el mamporreo del agua, llegaría como un “pescadito” al Alcor, y sin fuego, iba a pillar unas fiebres del carajote,- siguió con un lamento interno-, la verdad es que la marcha del jumento, la canción de la lluvia, y el tono plomizo del cielo no invitaban precisamente a discurrir con el ánimo pletórico.

Las impresiones que él había recogido no eran precisamente moco de pavo, la gente de la ciudad estaba furiosa con los autores del ataque a los galeones, ataque que por otra parte no dejó bicho vivo entre los embarcados, los capitanes de la hueste recién llegada recibían si cabe más honores que el propio gobernador de la plaza… Y no sabía cómo acogería su amo el rumor de que eran los asesinos del cura y del alcalde de la sierra, rumor que por lo demás andaba de boca en boca, en todo ello iba pensando Luisillo, y en la pulmonía que iba a pillar si no le avivaban una hoguera y no le daban a beber un caldo levanta muertos.

Tuvo una impresión, a lo lejos, más allá del Alcor, en la línea borrosa del horizonte se le aparecía un grupo jinetes,… Y quizás algo más. Hizo detener el asno, y se alzó sobre los medios estribos de cuerda, aguzando la vista para penetrar en la masa de agua que enturbiaba la visión. No podía jurarlo, pero actuó en consecuencia y escogió un pequeño grupo de chaparros, a unos cien pasos a la derecha del camino para guarecerse y ver sin ser visto.

Poco a poco, y a medida que la humedad le penetraba en los huesos, el grupo que era una intuición fue tomando cuerpo, y tan cansinos como él, sobre el barro se dirigían hacia Cartagena, pudo apreciar a un alguacil de San Juan y a varios vecinos, y llevaban prendidos a lomos de una recua de mulos, unos presos, algunos ensangrentados. Pobres diablos,- se dijo Luisillo-, esos si que se iban a morir. Cuando la triste caravana se alejó, el mozo del “Tablón” dirigió su mirada al Alcor, ya no estaba lejano, y decidió apretar el paso de su montura para llegar, si podía ser, vivo al refugio de su dueño.

El muchacho no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, los centinelas le habían dado el alto sólo con acercarse al roquedal, pero al penetrar en el circo interior de la colina rocosa, pudo ver que en las grutas ardían considerables hogueras, que se habían dispuesto toldos y mosquiteras cubiertas de hojarasca y barro en las entradas de las grutas, para ganar techo y protección, allí en el interior de una gruta, estaban asando un costillar de vaca, el aroma que le llegó le hizo rugir las tripas de pura desesperación… Descabalgó temblando, uno de los hombres de la tropa de Don Gerardo le atendió, fue a la hoguera a secarse, se pudo desnudar y tapar con una manta seca, las sopas de vino caliente le templaron, y tras comer un poco de cazabe, el pan de campaña, estuvo algo restablecido, lo suficiente para que los capitanes le preguntaran por lo que había visto y oído.

Toda la humanidad de Gerardo García se revolvió…

-¿Qué somos unos asesinos? ¿Y ese lerdo de Bahamonde se lo ha tragado? ¡No comprendo cómo los corsarios no le han tomado la plaza todavía!- el hacendado había enrojecido como uno de los pimientos de Nueva España.

-¡No cabe duda de que quién le ha llevado la nueva, no es uno de los aldeanos de San Juan, más bien me inclino a creer que uno de los bandidos se ha escapado y tomado la delantera! ¡En ese caso, es cuestión de tiempo que el gobernador de Cartagena de Indias llegue a conocer la verdad!- Álvaro en pie, junto a Luisillo que todavía no había dejado de temblar, contemplaba con serenidad a su amigo y al mozo de la taberna- ¡Lo que es más preocupante, es que la población de la ciudad haya tomado simpatía por esos canallas y que les proporcione más recursos para su campaña!-

-¡Eso es lo que está pasando, capitán! ¡Hablan de cien o más muertos en la explosión de los galeones, todos marineros, y hay mucha rabia…! ¡Tened por seguro que los mismos o más, se les unirán, había cola para enrolarse, mozos, hombres y mujeres!- el muchacho miró con sus ojos azabache al severo capitán, envuelto en la manta y desnudo bajo ella, apretaba con sus manos el cuenco de vino caliente que sus compañeros le habían vuelto a colmar. Álvaro se quedó absorto.

-¡Mozos… Mujeres…! ¡No restituirán sus pérdidas con esa leva! ¡Buen trabajo, Luisillo, reponte y descansa, hay una buena cena esta noche!- Álvaro hizo un gesto con la cabeza a Don Gerardo, que se puso en pie y le siguió.

Protegidos bajo los toldos, recorrieron parte del circo, hasta llegar a la gruta en la que tenían sus mantas y hacía las veces de puesto de mando. Allí estaban Nicolás, el alemán, Bernardo, y Hernán, el jefe de los aravacos. La cena les había llegado, el asado olía que alimentaba, y los hombres habían horneado unas hogazas de pan de trigo, todo un detalle, que junto al pellejo de vino presagiaban un banquete.

Álvaro permaneció como ausente, se sentó en su manta y fijaba su mirada en la obscuridad rasgada por las ráfagas de lluvia. Cien o más muertos en la rada…- pensaba- cómo podía cargar con esa monstruosidad, y la idea del plan había sido suya, y él mismo prendió una de las mechas. No podía pensar en comer. Sin darse cuenta manoseó el medallón que le diera la bella mestiza en su osada visita a la mansión de los hijos de Ordóñez. Su expresión era de gravedad, al fondo entre bocado y bocado, Don Gerardo relataba a los otros las nuevas de las que Luisillo había sido portador. Hernán percibió lo que ensombrecía la expresión de Álvaro… Y se aproximó a él.

-¡Capitán, son ellos o nosotros!- Hernán en cuclillas ante el ensombrecido Álvaro, intentaba hacerle reaccionar.

El capitán meneaba con la cabeza contemplando el medallón.

-¡Dudo que todos esos castellanos merecieran morir, y además, la tropa de ese canalla será a estas horas el doble de la nuestra…! ¡Habrá que seguir matando a discreción!- susurró.

Sus ojos se deslizaron, como sus dedos sobre el medallón, grande redondo, con piezas de oro y de esmeralda engastadas, era dorado y esmeraldino. Los ojos del aravaco recabaron en la joya, y se agrandaron.

-¡Gran medicina, capitán, talismán precioso!- exclamó señalando al medallón.

-¿Y eso?- Nicolás Federmann dejó a un lado la escudilla con los restos del asado de vaca. Tras él, los otros lugartenientes de la Hueste del Guay- Naya, se acercaron también.

-¡Me lo dio la misteriosa Cecilia Ordóñez, una dama peligrosa según aseguráis, por lo que de ella habéis oído hablar!- Hernán, en cuclillas delante de Álvaro afirmó con seriedad.

-¡Ella gran serpiente, ella aquí!- y señaló la figura que dentro del medallón que componían los trozos de esmeralda. En efecto, dibujaban una gran serpiente que se abrazaba a la figura representada por las láminas de oro engarzadas- ¡Y tú aquí, tú gran jaguar, al que ella se une!- le dijo esto tocando por dos veces su guantelete y todos se quedaron mirando el medallón de hito en hito.

Álvaro, como los demás alternaban la contemplación del medallón con mirar fijamente al aravaco que en cuclillas seguía afirmando con la cabeza, y que volvió a señalar con su arqueado y ennegrecido dedo la serpiente esmeraldina.

-¡Si capitán, ella yacu mama, gran serpiente que llamamos aboma los aravacos, ella es la hija de la gran hechicera caribe de las bocas del rio que llamáis Orinoco! ¡Ella mucho poder en sus tierras, más que su hermano! ¡Y la serpiente se abraza al jaguar, pero no lo devora…!-

-¿Qué quiere decir esto, Hernán?- el indio permaneció mudo y se lo miró con un cierto aire pícaro.

-¡Yacu Mama, será muy importante para tu misión, y para ti, capitán! ¡Pero fíjate, ella también te da un mapa para llegar hasta su guarida, Boca de Serpiente! ¡Esto es el fin de los llanos, donde empieza mil brazos…! ¡Tu cabeza y la suya, son Boca de Serpiente, donde las aguas del rio y del mar se unen!- todos sin excepción tragaron saliva.

De todos los capitanes Federmann era el que había llegado más al sureste de Venezuela, pero no hasta las bocas del Orinoco, en cambio el alemán recordó un camarada que había participado en distintas exploraciones selva adentro, como siempre en busca del oro.

-¡Capitán. conozco a un viejo camarada de mi padre, que podría sernos de utilidad en aquella zona!-

-¿Dónde se encuentra ese hombre?- preguntó Álvaro.

-¡Las últimas noticias que de él tengo, le sitúan en el Puerto de la Cruz! ¡Se gana el sustento como guía de aquellas tierras, con una cuadrilla de amigos y familiares!-

-¡Tendremos que contar con tu amigo, Nicolás…! ¿Cómo se llama ese hombre?- preguntó Álvaro.

-¡Alfredo, Alfredo Somer! ¡Fue sargento en los tiempos de la descubierta de mi padre, y según creo conoció a los hijos de gente que anduvo en la expedición de El Dorado que comandó Don Diego de Ordás, el zamorano…!- amplió el alemán.

-¿Cuánta gente son?- preguntó Bernardo Cabrera que andaba echando cuentas sobre la fuerza de las dos huestes que tarde o temprano se enfrentarían.

-¡No menos de veinte, pero todos ellos muy conocedores de aquellas tierras…! ¡Alfredo lleva buscando El Dorado, veinte años, y todavía no le ha despellejado indio alguno!-

-¡El camarada de tu padre, nos interesa, Nicolás!- sentenció Álvaro.

De nuevo Hernán, el viejo aravaco, señaló la joya enigmática.

-¡Tu tienes gran fuerza con esto! ¡Creo que la victoria nos acompaña!-

Los castellanos sonrieron ante la ingenuidad del aravaco, en sus mentes las viejas supersticiones de los indios, no cabían, en el mundo de lo inexplicable no había lugar más que para Dios.

Especialmente abierta y franca fue la sonrisa de Álvaro, dirigida al caudillo de su tropa india… Aquél hombre menudo, era resistente como un diablo y le había sido tan leal como un castellano.

-¡No me separaré del medallón, Hernán! ¡Te lo prometo!- y se guardó la joya en el ancho cinto, en el que llevaba todavía una considerable fortuna- ¡Pero después de la cena, trazaremos nuestro plan de marcha, que tengo ya, algo pensado!-

-¡Pues como sea de la guisa de lo de la rada…! ¡Rediós, que mal lo van a pasar los soldados de ese Sigura!- exclamó festivamente Bernardo.

-¡No tenemos otra elección, Bernardo! ¡Debemos desplegar toda nuestra astucia, ellos nos superan en número!- les dijo esto sentado como estaba, con el indio en cuclillas ante él, y los tres capitanes en pie rodeándolo. Don Gerardo echó un trago de vino de la bota-¡Venga ese asado!- pidió el capitán de la hueste.

Frente al fuego que iluminaba la gruta, el grupo de capitanes devoró sus raciones de pan y de asado, mientras más allá de los toldos que habían dispuesto, la lluvia persistía. El fuego que alumbraba sus rostros alejaba la humedad imperante… El vino tonificaba tras aquella comida excepcional.

-¡Escuchad bien!- Álvaro tomó la palabra tras retirar la escudilla con los restos de su festín-¡He estudiado la ruta según los mapas que tanto Nicolás, como Gerardo han trazado. Nuestro próximo objetivo es avistar el lago Maracaibo, distamos de él más de ochenta leguas, y debemos tener en cuenta que hay que superar la Sierra de Perijá- se detuvo un momento para mirar a Federmann que asintió en silencio- lo que nos representaría dos o tres jornadas más! ¡Resumiendo, tendríamos a la marcha de nuestra hueste, unas tres semanas de ruta hasta el lago…! ¡En Noviembre, podríamos estar ya en tierras de la capitanía general de Venezuela, pero deseo someter a vuestra consulta una treta que sin duda nos ha de dar una gran ventaja!- Gerardo García, echó un buen trago de la bota, él ya se conocía las tretas de su viejo camarada de armas, como aquellos cien desdichados que habían ardido en la rada de Cartagena.

-¡Tu seguir mapa, capitán!- insistió Hernán, que no había dejado de estar en cuclillas, y que señalaba el cinto donde Álvaro había guardado el medallón de la hija de Don Tello, la mestiza Cecilia Ordóñez…

-¡No temas, Hernán! ¡Aprovecharemos el talismán de la serpiente…! ¡Pero el tiempo lo marcaremos nosotros!-

-¿Qué queréis decir, Álvaro?- Nicolás le miró con agudeza.

-¡Haremos creer a la hueste de Sigura, que nos sigue, pero mi plan es marchar hasta la Sierra de Perijá, tras de ellos, sin que lo sepan, y en cada ocasión que descuiden la guardia, les infringiremos pequeños quebrantos, que no les hagan detener la marcha, pero si ser cada vez menos potentes…!-

-¡Ya entiendo!- sonrió Bernardo- ¡Como mojarles la pólvora, echar a perder sus odres de agua, y lindezas semejantes…! ¿No?-

-¡Bernardo lo ha entendido perfectamente! ¡Pequeños incidentes que harán que surja entre ellos la desconfianza primero, el desaliento después! ¡A su marcha, esa hueste tardará más de un mes en situarse a la vista del Maracaibo! ¡Para entonces estarán muy mermados!- Álvaro prosiguió con su exposición.

-¿Si, pero como lograremos que crean que estamos delante de ellos y no detrás?- cuestionó Federmann. Las angulosas facciones del viejo Hernán se contrajeron en un gesto de sagacidad, a la par que alzaba su mano derecha.

-¡El capitán está pensando en adelantar un grupo de nuestros aravacos, que dejen rastros de acampada cada noche…! ¡Nosotros marcaremos su rumbo, ellos la marcha! ¡Pero siempre sabremos donde están y les podremos tender las trampas que queramos…!- el viejo se quedó mirando a Álvaro, con expresión de satisfecho, no le cabía duda de lo que pretendía el jefe de su hueste.

-¡Es justo lo que quiero hacer, Hernán!- siguió Álvaro, que había tomado una rama del suelo, y se disponía a esbozar en la húmeda tierra arcillosa de la gruta su plan- ¡Hasta llegar a la sierra, allí nuestra hueste les adelantará, y aguardará en lo alto, para tenderles una encerrona…! ¡ Si todo sale bien, las aguas del Maracaibo será lo último que vean!-

Por un momento todos se quedaron en silencio.

-¿Y el virreinato secreto? ¿Y Guay- Naya?- preguntó Gerardo.

-¡Iremos de todos modos, y les entregaremos las pruebas de que la amenaza que planeaba sobre ellos, habrá sido aniquilada!- prometió Álvaro.

En cuclillas todavía, Hernán meneaba la cabeza preocupado.

-¿Y la gran serpiente? ¡Sin ella no vencerás…Jaguar!- soltó el indio.

-¡Me llaman Lince, no Jaguar, Hernán!- sonrió Álvaro.

-¡Que más da un gato grande que otro!- sentenció el aravaco.

-¡Bien, con amuleto o sin él, este plan es el que a mi parecer merece más garantías, creo que podemos hostigar lo suficiente a esa hueste, antes de que se disciplinen como tropa, y aguardarlos en los altos de la sierra, en donde Dios mediante, podremos batirles! ¡Contamos con la ventaja de ser mas ligeros, estamos más disciplinados tras la larga marcha, y además entre nosotros hay buenos conocedores del territorio!- Bernardo, Nicolás y Gerardo asintieron.

-¡Y si podemos dar con Alfredo Somer…- murmuró Federmann- seremos invencibles!-

-¡Eso merece un buen trago!- bramó Bernardo.

-¡Venga esa bota, capitanes!- reclamó Álvaro alzándose.

Sin soltar palabra, Hernán, el viejo aravaco miraba fijamente la hoguera que daba luz a sus capitanes castellanos, mientras escuchaba la poderosa lluvia que anegaba la tierra que fuera de sus padres. Bajo la lluvia los soldados de la hueste llevaban a cabo el relevo de la guardia… Los fuegos de las grutas naturales fueron descendiendo a la par que la lluvia arreciaba, tras devolver el pellejo de vino a Gerardo García, Álvaro miró con el ceño fruncido a Bernardo.

-¡Bernardo esta lluvia arreciará toda la noche, hay que resguardar las vacas y las caballerías, dentro de la gruta grande,!- ordenó con cierta seriedad.

-¡Ahora mismo, capitán!- el perillán venido a lugarteniente, salió de la gruta impartiendo ordenes para poner a cubierto del aguacero a los animales, que a pesar de los toldos se estaban mojando excesivamente.

Una vez cumplida la orden y tras revisar el cumplimiento de los turnos de centinela, Álvaro recomendó conciliar el sueño a los que no estaban de guardia, Hernán, el aravaco se retiró a un rincón para cubrirse con una manta cerca del rescoldo de la hoguera que lanzaba sus últimos destellos, fuera de las grutas la lluvia arreciaba.

Amaneció un día harto húmedo, cargado de brumas, que impedían ver el otro lado del cráter en el que estaban resguardados, les despertaron las voces de la guardia, que ante la imposibilidad de alcanzarse con la vista, se llamaban para reconocerse.

-¡Don Gerardo, vos que estáis ahora de oficial de guardia, decidles que no se griten, les escucharán hasta en Cartagena, que silben hasta que no amaine esta bruma!- Álvaro ordenó a su amigo y teniente que cesara el coro.

Hernán penetró en la gruta, a primera hora el aravaco siempre se sumergía en agua, si le era posible, entró con la piel rezumando agua y vaho.

-¡A mediodía, nos ahogaremos de calor!- sentenció Hernán.

-¡Mira el profeta… por si acaso, él ya se ha puesto en fresco!- Bernardo soltó el chascarrillo.

-¡Es su tierra Bernardo, si él no la conoce…!- le corrigió Nicolás Federmann.

Álvaro se había puesto en pie, y tras doblar cuidadosamente su frazada, clavó los ojos castaños en la bruma.

-¡Por vida de…! ¡No se distingue un pimiento a dos pasos!- exclamó.

-¡Al menos no llueve!- dijo Bernardo.

-¡Así es, debemos encender de nuevo los fuegos para disipar la humedad, Bernardo organiza un turno para atender las caballerías, y tú Nicolás que recojan agua y preparen el desayuno, el resto de los hombres que se quiten la humedad, recogiendo leña hasta que se les llame para desayunar… Don Gerardo seguirá ocupándose de los puestos de guardia por el día de hoy!-

Como había dicho el indio, al mediodía el calor y la humedad eran sofocantes, el cielo lejos de estar claro mantenía un aspecto de neblina tras la cual el sol calentaba, y su refugio parecía haberse convertido en una marmita. Afortunadamente las oquedades de aquella roca habían generado decenas de manantiales de agua fresca que los hombres aprovechaban para refrescarse cada vez que les era posible.

Álvaro había vuelto a enviar a Luisillo a la ciudad, esta vez acompañado de uno de los hombres de Gerardo García, para ser dos y tener más capacidad de maniobra. Para el Lince era básico conocer los movimientos de su enemigo, desde lo alto del roquedal él y Bernardo veían hundirse en la niebla a los dos jóvenes montados en sendos jumentos.

-¡Ahí van, son nuestros ojos y nuestras orejas…!- soltó el capitán de la hueste.

-¡Si al menos pudiera arrancar a mi hermano Rafael del campo enemigo…!- Bernardo se lamentaba en voz alta.

-¡Nos ocuparemos de Rafael, cuando llegue el momento, Bernardo! ¡Sé que te tiene inquieto su presencia en el campo enemigo, pero a fin de cuentas, él ha tomado partido…!- Mientras susurraba estas palabras, Álvaro se esforzaba en no perder del todo a los dos enviados a la ciudad, como si quisiera ver a través de la bruma.

En el puerto de Cartagena de Indias, la brisa había disipado la niebla matinal, el sol tras la jornada lluviosa del dia anterior había hecho el resto, y a pesar del ambiente húmedo y bochornoso a la llegada de las sombras la humedad transmitía un fresco que los naturales de la ciudad disfrutaban en patios y terrazas, y los más humildes en los poyetes a la puerta de sus casas. Los soldados, los marineros y los estibadores de los muelles, se repartían por las tabernas del puerto para resarcirse de la triste noche de lluvia anterior…

Luisillo y su compañero de viaje, un joven llamado Pedro, habían abierto de nuevo “El Tablón”, y poco a poco fueron llegando los clientes habituales, la gente del muelle, alguna furcia buscando follón, los marineros que andaban hastiados de recorrer la ciudad, y algunos de los soldados de la guarnición, entre ellos estaba el sargento Lope, que más que a tomar vino, se acercó a la taberna para saber si su tío había pasado por la taberna, como tenía por costumbre.

-¡Pues no, sargento Lope! ¡Don Gerardo se volvió hacia la sierra!- le respondió Luisillo mientras le servía una jarra de vino, del de Jerez.

-¡Es extraño, pues yo le vi en compañía de un soldado, que no era de la guarnición!- meneaba la cabeza el joven sargento.

-¡Igual le pilló la estocinada de la otra noche…!- un soldado que tenía la oreja puesta en la conversación quiso hacerse el gracioso, por si caía algo del vino dorado. Lope se giró mirándole con severidad.

-¡No creo que mi señor tío esté entre los marineros muertos!- el soldado, un hombre con aspecto de rufián y más abandonado que sucio, agachó la testuz, como queriendo ocultar el rostro.

-¡Lo siento mi sargento… No sabía que hablarais de vuestro tío!- dijo quedamente antes de buscar compañía entre otros de la guarnición que trasegaban caldos locales de los que taladran el vientre. El sol estaba presto a ocultarse tras la sierra, y ello confería a las aguas del puerto un tono dorado, al caer la tarde, siempre estaba la rada lisa como un espejo, los últimos destellos ejercían sobre los hombres un influjo especial, y a la puerta de las tabernas mataban las últimas horas del dia aquellos que lejos de su hogar ahogaban en vino la nostalgia, junto con los que por razones que a nadie interesaban alargaban al máximo la vuelta a su casa.

-¡Por cierto, sargento Lope…! ¿Habéis sabido de la última noticia? ¡El gobernador no gana para sobresaltos!- soltó el de antes, algo achispado ya.

-¡No voy a saberlo…! ¡Toda la guarnición va llena!- se volvió el sobrino de Don Gerardo García. El soldado se echó a reír, entre sus compadres que no andaban mejor que él.

-¡Querían darle honores a uno de los bandidos de la sierra…! ¡Ja, ja, ja…! ¡Ese barril de Don Francisco, no se percataría de la flota de los piratas hasta que estuvieran justo en su cama! – los dos soldados que acompañaban al bergante, le acompañaron en la chanza. Lope se envaró, la disciplina era lo último que podía perderse, y él ya había escuchado bastante.

-¡Basta ya, pagad lo que debéis y largo de aquí, si no queréis que os pregunte por vuestro destino, rufianes!- sonaron tres o cuatro piezas de cobre sobre la mesa maltrecha, y los tres salieron en tropel con tal de evitar el arresto.

-¡Pero…!¿De qué hablan?- preguntó Luisillo. Al fondo en el corredor del almacén, Pedro movía unas barricas.

El sargento hizo gesto de pedir otra jarra, sería el precio por soltar el chisme del fortín.

-¡La noche del ataque a los galeones, llegó a la ciudadela un serrano dando cuenta de que el alcalde de San Juan y el cura de la Sierra de San Jacinto habían sido asesinados por los bandidos de la montaña!- empezó, y dio un sorbo a la nueva jarra.

-¡Eso ya lo sabemos, Don Lope…! ¿Verdad tú?- exclamó Luisillo dirigiéndose a Pedro que asintió con un bufido.

-¡Si pero lo que reía ese canalla, es que ayer mismo, llegaron los alguaciles de San Juan, trayendo presos a unos cuantos de la cuadrilla que llevaba años saqueando la montaña, y el serrano de marras resultó ser un bandido fugado…! ¡La historia del sinvergüenza resultó una patraña, y los castellanos a los que se acusaba de ladrones, habían ni mas ni menos que derrotado a toda la banda y liberado a los pueblos de la sierra de esa amenaza!-

-¡Bueno…! ¿Y eso? ¿Qué tiene que ver el gobernador de la plaza?- bobeó Luisillo. Lope sonrió displicente para soltar en voz atenuada…

-¡Pues que Don Francisco se tragó la bola, y por si fuera poco andaba en negocios con la hueste de los forasteros, que según parece algo sabían de esos castellanos que liberaron la sierra, y por lo que decían tenían cuentas pendientes desde la lejana Castilla, como si les fuera bien que ellos hubieran sido los criminales…! ¡Pero claro, ahora resulta que son unos héroes, y Don Francisco desconfía de nuevo de esta mesnada que acampa a las puertas de la ciudad y que ancló dos galeones armados en la rada!-

-¡Y ahora…! ¿Qué pasará?- Luisillo puso ojos como platos mientras servía una tercera jarra de Jerez al sargento, que hizo gesto de sellar los labios, antes de mirar a un lado y a otro.

-¡Se rumorea, que andan como perro y gato! ¡El gobernador les ha dado dos jornadas para salir de la ciudad y levantar el campo! ¡Pero no debe airearse, pues la gente de Cartagena, simpatiza con la hueste que ha perdido tanta gente en el ataque a los galeones!-

-¡Pero si no han sido esos castellanos de la sierra…! ¿Quién atacó los galeones?-

-¡A mi entender no han podido ser más que los piratas…! ¡Esos galeones armados eran un estorbo para cualquier fechoría contra los galeones de Tierra Firme!- el sargento Lope hizo cara de estar al corriente de todo, al responder.

-¿Piratas? ¡Se hubiera avistado su buque!- protestó Luisillo.

-¡Muchacho no sabes las tretas de las que son capaces los sicarios de ese Draque!- tras sentenciar, el sargento decidió que había engullido más Jerez del conveniente, y soltó tres piezas de a diez maravedís, Luisillo dejó una en la tabla del mostrador.

-¡La última, era a cuenta de la casa!- le dijo al sargento- ¡Id con Dios, mi sargento!-

-¡Con Dios os dejo!- el sobrino de Don Gerardo, alzó su gorra flamenca como saludo y atravesó la cortina de cuerda, saliendo al puerto, ya en penumbras… La brisa le refrescó las mejillas algo enrojecidas por los tres tientos dados en la taberna, y se despejó. Los atardeceres en Cartagena eran bellos, y con vino más.

Dentro de “El Tablón”, Luisillo le susurraba a Pedro.

-¿Has oído? ¡Dos jornadas y la hueste enemiga levanta el campo! ¡Hay que avisar a los nuestros!-

-¡ Partiré más entrada la noche, Luisillo!- respondió Pedro.

-¡ Sí mejor, y monta la yegua! ¡Procura salir por el arrabal del norte, aquello no lo vigilan tanto, además evitarás a los de la hueste enemiga!- Luisillo se aprestó a recoger las monedas del mostrador y meterlas en una caja.

-¡Si esos de la Inquisición andan a matar con el gobernador, mejor para los nuestros…!- razonó Pedro, que servía dos vasos de vino, uno para Luisillo y el otro para él mismo-¿Nos lo hemos ganado, no?- remató guiñando un ojo.

 

Ante un Francisco de Bahamonde, muy puesto en su papel de gobernador, flanqueado por sus oficiales y rodeado por doce arcabuceros, Sigura se paseaba intentando contener la rabia.

-¡Muy bien, admitamos que esa tropa ha actuado bien en la Sierra de San Jacinto! ¡Pero entre ellos hay un peligroso enemigo del Rey, un hereje…! ¡Y en estos momentos, estoy convencido que se dirigen a engrosar las fuerzas de los enemigos de la religión y del reino, que se hallan más allá de la Capitanía de Venezuela! ¡Es mi misión capturarles y poder acabar con el foco hereje al sur de Venezuela!-

-¡Yo no discuto vuestros santos propósitos, pero debo recordaros que tengo un oficio de Nueva España, en el que se os relaciona con un vil asesinato!- respondió con flema el gobernador.

-¿Es que no lo entendéis? ¡Es una misión real….! ¡Gobernador, si es preciso acudiré a la Audiencia Real!- Sigura se plantó en jarras sin disimular su enojo ante el grueso Don Francisco que sonreía, al saberse guardado por los arcabuceros. En su aire burlón se leía el desafío al que días antes le retuviera por la fuerza. Tras el oficial de la Inquisición, sus oficiales y los compañeros que desde Castilla le habían hecho lado.

-¡Daréis un mal paso, Don Antonio…! ¡Vuestras Capitulaciones, llevan firma del Conde Duque, sin duda muy alto y poderoso señor, pero es preciso que ese documento en estos reinos esté firmado por el Rey, o uno de sus Adelantados, para tener validez!- el gobernador tensó la situación.

-¿Un Adelantado del Rey, su firma tiene más fuerza que la de un ministro de Estado de su Majestad? ¡Veremos que opinan de ello en Lima, vos sabéis que el Virrey es afecto a la Casa de Alba! ¿O no lo sabéis?- Sigura empezaba a enrojecer, y tras él Cárdenas y los otros empezaban a temer lo peor.

-¡Lima está muy lejos, en realidad, Nueva España nos cae más cerca, bien comunicada por mar, un buque ligero podría hasta sortear los pecios de vuestros galeones, para arribar a Veracruz…! ¡Pero tengo entendido que ello no os conviene! ¿No es cierto?- el gobernador se estaba vengando de las horas de secuestro que había sufrido a manos del oficial del Santo Oficio.

-¡Esto es insultante, señor gobernador! ¡Hace unos días no estabais tan envalentonado! ¡Creo recordar vuestras promesas…!- Sigura se sabía atrapado, y ahora apelaba al honor del gobernador- ¡Y el sentimiento de vuestra plaza, por la desgracia que nos había acaecido en la rada!-

-¡Lleváis razón en lo que decís…! ¡Pero entended que no es bueno para una ciudad, tener alojada una hueste como la de vuesa merced!- Don Francisco descendió al terreno de la necesidad.

-¡Pero bien que me llevo mucha bellaquería de vuestra querida plaza!- respondió el fornido Menéndez, desde atrás, como responsable del banderín de enganche.

-¡Justo! ¡La de Cartagena, se ha unido a la vuestra, en calidad de soldados, y empiezan a frecuentar en Cartagena, altercados, algún tropiezo, y cosas más graves! ¡Debéis saber que los rufianes, bajo estandartes, se crecen…! ¡Por ello señores, vuestra hueste tiene dos jornadas para levantar el campo!-

Sigura se sintió chascado, pero no podía decir mucho, estaba al corriente de algunos de los desaguisados cometidos por los hombres de la Hueste Reconquista, y Menéndez había dado buena cuenta de aquellos rufianes, arrestados y molidos a palos, pero todos no eran los reclutados en Cartagena, y él lo sabía. En el fondo compartía la opinión de que la fuerza armada es de mal alojar en una ciudad de mercaderes, rica como Cartagena, con bellas señoritas y mercaderes fondones y acaudalados. Pero el tiempo le era preciso para reponer el matolaje y las provisiones…

-¡Entiendo vuestra premura gobernador, pero entendednos a nosotros que debemos reponer lo mucho que hemos perdido!- aquello llegó al fondo de Don Francisco, que dio un paso adelante.

-¡En estas dos jornadas, convocaré aquí en el palacio, a todos los mercaderes de la ciudad, vuestras cartas de pago, aunque sean con firma del Conde- Duque serán admitidas en Cartagena, y aparte de lo que adquiráis, la ciudad y su Concejo os harán un obsequio, especialmente en pólvora…! ¡Si todas estas providencias se alargan por una tercera jornada, no se tendrá en cuenta, pues más forzoso es cumplir con lo prometido!- y tendió la mano al nervudo inquisidor, que tras respirar hondo la encajó. Tras él, Cárdenas, García Luque, Atienza, y los Menéndez se sintieron aliviados. El gobernador tuvo el ánimo de invitar a Sigura y los suyos a una cena, de la que dijo esperaba fuera más cordial que la del bastión de San Francisco.

La actividad fue febril las tres siguientes jornadas, y finalmente, al tercer día la Hueste Reconquista como gustaba denominarla Antonio Sigura, levantó el campo para iniciar la ruta al poniente, hacia Santa Marta y el Maracaibo. La hueste serpenteaba por el camino que desde el norte de la plaza se dirigía hacia Santa Marta, al fondo la Sierra de San Jacinto… Sigura había conseguido dos cosas importantes, dejar atrás una sección de soldados para esperar que algunos de los cañones de los galeones fueran rescatados, y a Don Luis de Gama, con la misión de adquirir un buque en el que cargar la artillería y acudir a la confluencia de las costas de Venezuela, con el ignoto más allá. El caballero portugués, con tal de alejarse del inquisidor aceptó gustoso la misión, para la que había quedado debidamente pertrechado, de dinero y cartas de pago con aquella firma que parecía abrir todas las puertas, y que pertenecía a un hombre que no era querido en su reino, pues era bien sabido que los de Alba, miraron desde siempre a Portugal, con codicia en la mirada.

Mientras el Caballero luso de Santo Cristo, contemplaba de nuevo el mar, desde lo alto de los bastiones castellanos de Cartagena de Indias, se dejaba inundar por aquel paisaje que a pesar de permanecer siempre en el mismo sitio, jamás estaba inmóvil, el mar, que había sido su vida, y de nuevo le rescataba de situaciones y obligaciones que había soportado con enorme disgusto. Ni la personalidad del jefe de los castellanos, al cual le confiaron, ni sus palabras, ni sus hechos, le agradaban y aún más, a nivel instintivo lo percibía más como un enemigo a batir, que como el aliado que el superior de su Orden, le había presentado. Pero sea como fuere, él estaba ahora desahogado de la presencia de aquél insoportable inquisidor castellano, un peón como otro cualquiera de la Casa de Alba, y a pesar de su encargo y debida obediencia, cuando miró el firmamento de la costa de aquellas latitudes, azul intenso, no pudo menos que integrar el sentimiento de nostalgia por los marineros y oficiales del “Santa Sangre”, muertos aciagamente, con la convicción de que su fortuna le liberaría de seguir a las ordenes del carnicero de Antonio Sigura.

Éste, ajeno a los pensamientos del navegante luso, que había dejado en la plaza de Cartagena, contemplaba montado en su caballo, el lento discurrir de su hueste por el camino de Poniente… Menéndez había dispuesto la marcha de la forma más correcta posible, un grupo de hombres abrían la marcha, entre ellos iban algunos de Cartagena que conocían la zona, a los flancos sendas escuadras de arcabuceros velaban por la seguridad de la marcha, en la cola de la columna, los carruajes, el ganado que habían adquirido y las mujeres que se habían alistado, unas para ganarse unas piezas trasteando para la tropa, otras como soldaderas, y casi todas ellas huyendo del mal nombre que con razón o sin ella, en la ciudad se les había atribuido; y tras esa remora de carruajes, jumentos, y damas, una escuadra de jinetes cerraba la marcha.

Al trote, el gigantón de Rodrigo Menéndez se acercó al capitán de aquella hueste…

-¡Parece un exceso, en un día como el de hoy, y en un terreno como éste, mantener las normas de seguridad en el avance, Don Antonio! ¡ Pero todos debemos hacernos con una disciplina férrea, que hoy no nos parece útil, pero conforme nos internemos en el poniente de Nueva Granada, agradeceremos tenerla!-

-¡Vos sois el Maestre de Campo, Don Rodrigo! ¡Nada tengo que objetar si cuando llega el momento de combatir, esta hueste, está presta a lograr la victoria!- Sigura renovó su confianza en el viejo soldado.

-¡Una cuestión, Don Antonio, me tiene inquieto…! ¡De la negativa del mestizo Andrés, resulta que no tenemos tropa auxiliar india, ni exploradores expertos, en cuanto abandonemos el llano que nos conduce a Santa Marta! ¡Y esto, creedme…! ¡A los pies de la Sierra del Perijá, que debemos atravesar, será un serio contratiempo!-

-¡Ya he pensado en eso, y tanto el gobernador como alguno de los mercaderes de Cartagena, me han proporcionado nombres a los que acudir para no permanecer en esas carencias…! ¡Podéis tranquilizaros Rodrigo! ¡Ahora, desde aquí hasta las falda del Pico de la Soledad, debemos conseguir un buen ritmo de marcha, incluidas las mujerzuelas que se nos han unido!- el Oficial del Santo Oficio, dirigió una mirada de picardía al robusto Menéndez, a Sigura, Menéndez le inspiraba confianza, y era un sentimiento mutuo.

Tres noches antes, Pedro había llegado sobre una yegua a la que había apurado al máximo, al Alcor. Su mensaje había surtido un efecto inmediato. La hueste de Guay- Naya, acampada en el interior de aquel pequeño volcán extinto, se puso en movimiento de forma ordenada pero de inmediato…

Álvaro primó dos cuestiones, organizar puestos de escucha para ser alertados en cuanto la hueste enemiga estuviera a media jornada de camino, de ello se encargarían los zenús de Don Nicolás Federmann, y organizar el grupo de aravacos que se encargaría de avanzar por delante de los de Sigura, para crear la impresión de que los tenían delante.

A su vez, Bernardo, el lugarteniente inició la rutina de toda hueste, apagar fuegos, cepillar caballerías, lustrar arneses, comprobar raciones, limpiar armas, secar pólvora, ya que todo estaba muy húmedo, embalar y cargar el matolaje, excepto lo imprescindible hasta que la marcha no se remprendiera, Don Gerardo García redobló los puestos de centinela, Federmann organizó a todos los castellanos que libraban para realizar instrucción de armas, Hernán estaba con sus aravacos para tender la celada y Don Juan Cabrera miraba de que todo estuviera a punto para una partida súbita.

Lo cierto es que al mediodía siguiente a la llegada de Pedro, uno de los muchachos que habían seguido a Don Gerardo García, toda la hueste estaba a punto de marcha… Los escuchas estaban en su lugar y los enlaces preparados, Don Juan Cabrera, Hernán, y los aravacos del viejo cacique indio, andaban ya en la ruta del poniente, preparando el cebo para los enemigos del Lince. Ahora aguardaba la tensa espera, con los puestos de guardia redoblados y todos prestos para reaccionar a cualquier contingencia.

Y así pasaron dos largas jornadas… Ya cercano el mediodía de la tercera, un zenú apareció en el horizonte, montado en un jumento… Desde los riscos del Alcor, un centinela dio la alarma, el capitán de la hueste Guay- Naya, y sus oficiales se dirigieron a la entrada del circo rocoso, el indio todavía estaba lejos, pero se distinguía como espoleaba al rocín.

-¡Veremos que nos trae tu explorador, Nicolás…!- musitó Álvaro mirando al rubicundo alemán.

Tras unos tensos momentos, el explorador llegó hasta donde le aguardaban, desmontó casi sin resuello, le hicieron entrar en el interior de la formación rocosa…

-¡Es una gran columna, capitán- el hombre se expresaba con dificultad- han tomado camino de las montañas del Perijá, hacia la Guajira!-

-¡Van por la ruta del noreste, tendremos que seguirlos, no pasarán por aquí!- sentenció Gerardo García- ¡Esa ruta es rápida, discurre a lo largo del Rio Magdalena, a buen seguro que pretenden vadear el rio en Malambo!- el encomendero de San Jacinto, se agachó y con su daga empezó a dibujar en la tierra un esquemático mapa, todos hicieron lo propio para ver bien lo que dibujaba sobre la tierra húmeda…

-¡Una vez hayan vadeado el Magdalena, se encontrarán en las marismas y ciénagas de Soledad, ante los montes nevados de Santa Marta!- asintió Federmann.

De forma instintiva, Álvaro echó mano al medallón de la mestiza, de una ojeada interpretó que su linea grabada en oro con formas de jaguar tenía una garra posterior en un dibujo que recordaba las líneas que su amigo Gerardo García trazaba sobre la tierra de aquel refugio natural con su afilada daga. Hernán, el viejo aravaco, sonrió sin decir nada. Algo incómodo por la suficiencia del indio, Álvaro volvió a guardar el precioso medallón en su cinto.

-¡Hernán,- sugirió Álvaro- pregúntale al zenú, por el ritmo de la marcha de esa hueste!-

El aravaco sin perder tiempo se dirigió hasta donde el explorador destacado estaba reponiendo fuerzas y tomando agua fresca, y bien pronto regresó con la respuesta de que la hueste enemiga andaba con lentitud, a causa de los carros, las mujeres y que su vanguardia avanzaba con mucha cautela, según lo que le había indicado el zenú no andaban mucho más de media legua por hora. Cuando el terreno pusiera algún obstáculo, su marcha se reduciría mucho más.

-¡Bien no podemos perder ni un momento, debemos ponernos en marcha, destacar algunos de los veloces aravacos para que monten falsos campos a media jornada por delante de ellos, nuestra vanguardia estará formada por los zenús y una escuadra de gentes de Don Gerardo, tras ellos irá el resto y cerrarán nuestra columna los restantes aravacos apoyados por Don Juan Cabrera!- la orden del capitán general de la hueste fue tajante…

Partieron media docena de aravacos a la carrera, con instrucciones muy concretas de Hernán. Y tras ellos la hueste de Guay- Naya, se puso en marcha a buen ritmo, ordenadamente, relucían los arcabuces y mosquetes, la mayoría se cubrían con el morrión de los soldados de los tercios españoles, solo que de cuero en vez de metal, como se estilaba por aquellos reinos… La tropa de dos centenares de hombres entre castellanos, tudescos, flamencos, aravacos y zenús, se puso en marcha hacia el noreste de lo que había sido su fortaleza, el Alcor, la roca volcánica a mitad del camino de San Jacinto a la plaza y puerto de Cartagena de Indias.

Tras la vanguardia, montados, Mateo Ruiz, con el estandarte enfundado, y tras él el capitán de aquella hueste y sus oficiales de confianza, el lugarteniente Bernardo, el viejo teniente alemán Don Nicolás Federmann y el veterano Don Gerardo García Vaillo, hidalgo y antiguo sargento de Tercio, les flanqueaba a pie, el nervudo Hernán…Su marcha más que doblaba la de sus adversarios, según las indicaciones del explorador zenú, y por si ello fuera poco, la proporción de caballerías era mucho mayor en su hueste que en la de Sigura, con lo cual su gente andaba más descansada.

-¡A partir de mañana, los tendremos justo a la distancia precisa…!- dijo Álvaro.

-¡No falta mucho para encontrar en la ruta, lugares apropiados para las tretas del Lince!- comentó Gerardo García.

-¿Ah, si?- inquirió el aludido capitán.

-¡Así es, mi capitán!- se reafirmó el vizcaíno.

-¡Sin duda Don Gerardo se refiere a las ciénagas del Magdalena…! ¡ El rio hace unas curvas sinuosas, unos meandros, en los que en esta época del año con las lluvias, los pastizales se convierten en ciénagas, moteadas por islas rocosas, y todo ello rodeado de cañaverales y marjales, y a menudo pequeños bosquecillos con los troncos hincados en las aguas infectas!- Federmann, había recorrido años antes el curso del Magdalena para ir de Santa Marta hasta Tunja y más allí donde estuviera Guata Vita y el Bogotá, siguiendo las indicaciones que su padre le dejara escritas, que hacían referencia a la expedición del año treinta y ocho del siglo, comandada por Don Gonzalo Jiménez de Quesada, que más tarde fue Adelantado del Rey en aquellas provincias, pobladas de indios levantiscos y que según la leyenda guardaban el secreto de El Dorado.

-¡Lleváis razón Don Nicolás, un lugar tenebroso y muy apropiado para tender celadas…!- siguió el vizcaíno.

-¡Un lugar con mucha agua…! ¡Según decís!- lanzó a modo de cuestión Álvaro.

-¡En esta estación es una marisma estancada, que a trozos es una infecta ciénaga pestilente, ya os lo ha dicho Don Nicolás…!- protestó Gerardo García- ¡Y ese terreno tendrá como unas cien o más islas secas, roquedales en su mayoría, rodeados de marjales y cañaverales!-

-¿No hay alternativa a ese paraje, sin alejarse en exceso de la ruta?- preguntó el Lince.

-¡No para una hueste como ésa…! –discurrió el hacendado de San Jacinto- ¡El camino por el cual pueden discurrir es el que lleva de Cartagena a Malambo, allí hay puente de piedra sobre el rio Magdalena, cuando lo hayan cruzado estarán sin remedio en las ciénagas de Soledad y de Santa Marta! ¡Esas gentes no se arriesgarán a salir de una ruta segura, además hay un camino marcado con estacas, la ruta de Quesada…! ¡Una ruta que pasa tras Malambo y las ciénagas de Soledad, por Fundación en las estribaciones al sur de las montañas nevadas de Santa Marta, esa ruta les llevará a vadear el rio César, al que muchos llaman el Cimitarra, en el valle de Upar, a espaldas de los montes de Santa Marta y frente a la Sierra del Perijá, una operación compleja, que precede a lo peor de esa ruta, franquear la Sierra por el paso de Villanueva, donde vos, capitán planteáis acabar con el enemigo! -

-¿Y para los nuestros?- insistió el capitán.

-¡No nos será necesario capitán, entre los zenús de Don Gerardo y los míos, amén de que veo que él también conoce aquello, tenemos la seguridad de no perdernos, anduve por toda la ruta de Quesada, tras los pasos de mi señor padre, conozco los mejores islotes y la manera de sangrar la hueste de esos miserables!- Federmann apostó por lo que sugería Don Gerardo. Álvaro giró su cabeza hacia Hernán que iba a su izquierda. El indio asintió…

-¡Tus oficiales saben bien lo que dicen…!-

 

Algo más de cuatro leguas por delante, en la ruta del rio Magdalena, la columna de la hueste comandada por Antonio Sigura avanzaba lentamente por un camino de tierra batida marcado con estacas, con el rio a la derecha. A pesar de los buenos oficios de los Menéndez, la marcha era irregular, los soldados de Santo Domingo, estaban avezados, pero los reclutas de Portobello y de Cartagena, no daban la talla, por no hablar de carruajes y mujeres alistadas. Al margen del camino, Sigura, su Maestre de Campo, y los camaradas Cárdenas, Atienza y García Luque, daban un descanso a sus monturas y contemplaban la lentitud de la marcha, que a Sigura le levantaba la mala hierba que su alma contenía, y en no poca medida.

-¡Hoy hemos vuelto a pasar por los restos del campo de esa gente, a la fuerza van más ligeros que nosotros, solamente hay rastro de caballerías y de hombres a pie, y por los fuegos deben ser poco más de cien…! ¡No podrán batirnos en campo abierto!- el Maestre de Campo, sobre su corcel se atusaba la poblada barba negra que ya ostentaba algunas canas.

-¡Don Rodrigo…!- susurró el inquisidor- ¡Aseguraos que los hombres tengan el clavo echado y camisa limpia, y en la primera población licenciamos a las mujeres! ¡Ha sido un error cargar con ellas hasta aquí!-

-¡Estamos a unas diez leguas de Malambo, Don Antonio…! ¡Es una población que según dicen está necesitada de nuevos habitantes, lo peor de lo que hemos alistado puede quedarse allí!- con los ojos entornados para evitar un sol molesto, y al paso de la columna de soldados, Rodrigo Menéndez precisó la propuesta de su capitán.

-¡Solamente las mujeres, Don Rodrigo…! ¡Si alguno de los hombres alistados se echa atrás, le pasaréis por las armas!- Sigura clavó una mirada iracunda en los ojos de su Maestre, que tras recibir aquello con cierto desagrado, asintió bajo su yelmo.

-¡Así se hará, Don Antonio!- el paso de aquella numerosa columna semejaba el discurrir de un gusano, sobre la tierra batida por las lluvias intermitentes que la estación arrojaba sobre los llanos que de Cartagena llevaban a Barranquilla, el cielo estaba cargado de humedad y ello ponía plomo en los pies.

-¡Por Dios santísimo, caballeros…!- Sigura insistía- ¡A esta marcha ni en dos jornadas llegamos a Malambo! ¡Así pues, es imprescindible soltar lastre, en nuestra columna!-

-¡Bien entrado en razón es lo que decís, Don Antonio, pero lo de pasar por las armas a cualquier hombre que decida restar con las mujeres…!- Cárdenas puso una objeción a la tremenda medida dictada por el capitán general de la Hueste Reconquista, como ya empezaban a llamarla todos. De reojo Rodrigo Menéndez, el Maestre de Campo, le lanzó una mirada de agradecimiento al bueno de Don Pedro Cárdenas.

-¡Bien es posible que me haya excedido al plantear algo así, y con la fama que nos precede desde Nueva España, lo que menos nos conviene es aparecer a los ojos de las autoridades virreinales, unos sanguinarios…! ¡Pero debemos impedir que nuestra tropa mengüe, amigos míos!- al responder de forma más pausada no había reducido la expresión de dureza que usualmente embargaba su mirada.

-¡ Y si…! – la voz de Atienza se introdujo en la discusión- ¿Damos a las mujerzuelas que nos han acompañado, la paga de las jornadas transcurridas según lo estipulado? ¡Con ello las incitamos a quedarse en la vecina villa, y con algunas monedas además de las primeras llagas en los pies, la decisión les será más fácil! ¡Por el contrario los hombres que abandonen la hueste deberán hacerlo sin compensación alguna…! ¡Pues se pactó con ellos, servicio hasta el fin de la campaña!- el capitán general de la hueste se volvió hacia el vizcaíno.

-¡Excelente recomendación, pardiez! –exclamó Sigura- ¡Ahora entiendo, el por qué vuestra tierra ha dado tantos cancilleres a Castilla! ¡Y no haremos solamente eso, Don Baltasar, les dejaremos los carros y una tercera parte de sus tiros, el matolaje lo acarrearemos a lomos de mulos! ¡Con ello ganaremos soltura y viveza en la marcha!-

-¡ A pesar de todo voy a incitar a un aumento del ritmo de marcha, Don Antonio! ¡Cuánto antes arribemos a Malambo mucho mejor!- el grueso y barbudo Maestre de Campo, hizo el gesto de aprestar las riendas para dirigirse a la cabeza de la columna…

-¡ Bien pensado Don Rodrigo!- asintió Sigura- ¡Y vos Don Baltasar, haced como que os interesáis por la situación de las mujeres y de los carros! ¡Y como quien no quiere la cosa, deslizáis vuestra propuesta, todo irá mejor si las decisiones se acatan de buen grado!- Sigura acompañado por García Luque, fueron tras el Maestre de Campo, para situarse en la cabeza de la hueste, allí donde el cabo Rafael Cabrera ondeaba el estandarte de la Hueste Reconquista, con el ajedrezado de la Casa de Alba, la cruz de Calatrava y los castillos y leones del Reino.

Aquella misma noche, en la acampada, las mujeres que mayormente viajaban en los carros, ya comentaban con jolgorio que las penurias de aquellas tres jornadas anteriores llegaban a su fin… ¿Cuál de ellas se hubiera imaginado que unirse a los soldados, sería tanta fatiga y tan poco provecho? Por lo demás, la disciplina del Maestre de Campo unida a la severidad del demonio de capitán de la hueste, no anticipaban mejoras en el futuro sino todo lo contrario… Y alguna había oido decir, que no marchaban contra indios, sino contra otra hueste castellana, por lo que muchas dejaron de ver aquello como una expedición de colonización para ser una campaña en toda la regla. Además se rumoreaba que a pesar de que no estuviera estipulado, les pagarían por las jornadas realizadas. Algunas de ellas habían estado en Malambo y en Santa Marta, villas con menos reglamento que Cartagena, y en donde se podía buscar la vida con los aventureros cuando regresaban con el oro, en vez de compartir con ellos las penalidades y riesgos.

Rodrigo y Bermudo Menéndez, andaban ocupados montando la guardia y marcando los puestos de centinela, la noche no tardaría en llegar y la columna acampó en cuadro, las hogueras no tardaron en aparecer y las mujeres auxiliaban a los soldados a los que había tocado preparar la cena, frugales sopas, pan de cazabe y carne de cerdo en adobo de aceite. Tras la cena, como en las dos noches anteriores, las mujeres se retiraban a los carruajes, en donde los más lanzados se encontraban con ellas, y yacían sobre el matolaje que transportaban los carros.

Ello era sabido por los oficiales, que querían poner final a la situación, y tras tener la guardia montada y los toldos abiertos para cobijar a los soldados, el Maestre de Campo, acompañado del cabo alférez Don Rafael Cabrera, pasaba revista a fuegos y toldos, los que echaban de menos tendrían un castigo en servicio añadido, la próxima jornada.

Para mayor abundamiento, Bermudo Menéndez acompañado de fray Anatolio, el capellán de la hueste, un dominico ordenado sacerdote, se acercaba a los carruajes, y todas las noches había una buena cosecha de pecados con su penitencia.

Aquella noche, dieron con un pecador de excepción…

-¡Cabo Julián! – Sigura cuando lo tuvo ante él, en presencia de Cárdenas, Atienza y García Luque, se preparó a lanzarle una dura reprimenda – ¡ No pensara jamás hallaros en tanta vileza, vos que nos habéis acompañado desde Nueva España!- todo ello bajo el toldo y en presencia de Don Bermudo que lo había cogido en plena faena, con una viuda de buen ver sobre los sacos de harina del carruaje. Los cuatro oficiales del Santo Oficio, que conocían al cabo Julián, apodado “Espuela” en la guarnición de Mérida de Yucatán, se tomaban aquello con una cierta displicencia, como si estuvieran ante la travesura de un mozalbete.

-¡ Verán vuesas mercedes…!- Julián bajó la vista, con su morrión en las manos, en actitud avergonzada- ¡Como se rumorea, que las mujeres que acompañan la hueste, no van a seguir más allá de dos o tres jornadas más, quería holgarme antes de incurrir en los peligros que nos han de acaecer!- en el interior del toldo de los jefes, a éstos les costaba un gran trabajo no estallar en carcajadas.

-¡ Cabo Julián, por esta vez no os degrado, pero una muestra más de indisciplina y perdéis vuestra ventaja de soldada! ¡Mañana doblaréis turno de guardia! ¡Así templaréis vuestra lujuria!- el cacereño asintió sin largar palabra, más en sus adentros se le llevaban los demonios… ¡Qué lujuria, ni que ocho cuartos! ¿No había dado el Señor a sus criaturas el gusto por la cosa? ¿No era un mandato divino, aquello de creced y multiplicaos?

Cárdenas, pareció advertir los nubarrones que oscurecían el cejo del cabo, y se dirigió Bermudo Menéndez.

-¡Don Bermudo! ¡Llevad al cabo Julián fuera de aquí y lejos de los carruajes…!- el hermano de Don Rodrigo, con rango de capitán y tan grueso como él, aunque un poco más alto, arrastró al exterior al enjuto cabo cacereño… La noche iba condensando humedad, los hombres se arremolinaban alrededor de las hogueras, y Don Rodrigo había autorizado medio cuartillo de vino por hombre. Lentamente, los centinelas y la guardia del campo se hicieron los dueños de la noche.

Los cuatro cabecillas de aquella empresa, se repartieron la noche, ellos también harían su guardia.

Siguieron dos jornadas en las que se advertía la impaciencia por arribar a Malambo, en la primera se dieron con la encrucijada de los caminos que, uno al norte conducía a Soledad y otro a poniente anunciaba la villa de Malambo. La lluvia fue ocasional en forma de chaparrones intensos y cortos, pero la humedad y las neblinas fueron fieles compañeros en la ruta del Magdalena, al otro lado del rio se advertían extensos marjales y marismas. Algunos de los hombres alistados en Cartagena, conocedores de aquellos parajes, andaban alerta contra la aparición de serpientes de rio.

Llevaron a cabo su plan, Malambo resultó ser un grupo de aldeas situadas alrededor de un núcleo en el cual sin duda residían las autoridades y la torre del campanario delataba asimismo la sede de la Iglesia, el grupo de casas estaba rodeado de campos de cultivo, y del centro de aquella desperdigada población, tras unos corrales comunes se alzaba una empalizada con dos torres de adobe que guardaban la entrada del puente que cruzaba el rio Magdalena.

Llegados a la Plaza Mayor, dos alguaciles les salieron al paso, para realizar las preguntas de rigor, y sin descender del caballo azabache que montaba, Sigura les respondió urgiendo a que saliera el alcalde de la villa, la presencia junto al jefe indiscutible de la hueste, todo vestido de negro y fuertemente armado, del alférez con el vistoso estandarte, en el que eran inconfundibles las armas del Reino de Castilla debió intimidar a los alguaciles, y el de ellos con más rango ordenó a su subordinado que fuera a por el alcalde.

A todo esto, los hombres asignados a Bermudo Menéndez sin más dilación procedían a descargar los carros y a desuncir cuatro mulas por carro, y Rodrigo junto con el caballero Baltasar Atienza, disponía un pequeño puesto para pagar la soldada a aquellas mujeres que desde Cartagena les habían seguido, a fin de cuentas les habían cocinado, lavado la ropa y atendido en otros menesteres.

Antes de recibir el asueto, Fray Anatolio las absolvía y bendecía por la vía rápida, de forma que aquella hueste no dejara tras de sí el rastro del pecado.

Algunos hombres de los de Cartagena habían remoloneado un poco llegado el momento, pero el vozarrón del Maestre de Campo amedrentó a los que hubieran preferido no atravesar el Magdalena.

Anduvieron no poco tiempo en la operación, a la vez que Sigura y García Luque departían con el alcalde y sus dos alguaciles, el desembarco de las mujeres no les pareció mal, puesto que andaban cortos de féminas en Malambo, las mujeres preferían instalarse en Santa Marta, ciudad más próspera y de vida más amable… Allí había la labor del campo y cuidar del ganado. El párroco de Malambo, contemplaba la operación de los carros y las mujeres con preocupación, aunque corto, su rebaño podía tener problemas con aquellas mujeres de Cartagena. Hizo en ese sentido una observación al pie del estirado capitán general de la Hueste Reconquista.

-¡Os comprendo padre, pero fijaos, están aceptando la bendición de nuestro capellán, son buenas mujeres…! ¡No podemos llevarlas más con nuestra hueste, ya que nos lastran la marcha! ¡Y si alguna de ellas resulta ser una mujerzuela, no tengáis duda que vuestro señor alcalde y sus alguaciles las pondrán de vuelta a Cartagena!-

-¡Cielo santo, general…!- el sacerdote se echó las manos a la cabeza- ¡Nos infestáis de mujerzuelas del puerto de Cartagena!- Sigura le miró sonriendo con cierto cinismo.

-¡También son hijas de Dios, y pensad que debemos abastecernos con algo de ganado y nos iría bien comprar algunas monturas más, y lo haremos generosamente si con ello vuestra iglesia recibe un importante donativo!- aquellas palabras parecieron calmar los ardores místicos del párroco de Malambo.

-¿Hay algún lugar a propósito para acampar en esta ribera del Magdalena? ¡Con nuestra hueste aquí estaréis más seguros que nunca!- García Luque quiso romper los puntos de conflicto.

-¡Desde luego, entre los corrales y la empalizada, están las antiguas eras de trillar y los cobertizos para los jornaleros!- respondió el alcalde, que era ganadero y la música de aquellos forasteros empezaba a agradarle.

-¡Bien, acamparemos donde decís, y mi camarada junto con aquél se encargarán de comerciar con vuestra gente, sobre el tema del ganado y las monturas!- Sigura dijo esto señalando a García Luque y a Baltasar Atienza, que todavía andaba con las cuentas de las soldaderas- ¡Don Pedro,- siguió-, ordenad a Don Rodrigo que aloje a los hombres donde indiquen los alguaciles, y sobre todo que se mantengan las mujeres en todo momento alejadas!- tras recibir la orden, Pedro Cárdenas espoleó a su caballo y fue a donde Don Rodrigo y Don Baltasar.

Habían llegado en las primeras horas de la tarde y todavía no habían comido, alojaron a los hombres, y tras ello pasaron revista a los alojamientos, mientras Atienza y García Luque trataban con los ganaderos y campesinos para reavituallarse, Bermudo había dirigido la operación de montar los puestos de guardia y la preparación de la cena.

Durante toda la tarde, toda clase de curiosos, especialmente los chiquillos de la población se asomaban a las antiguas eras, para ver a los soldados.

Mientras cenaban Don Rodrigo lanzó un dardo…

-¡No han visto pasar ninguna hueste por aquí, antes que a nosotros!-

-¡Habrá vadeado por otro sitio!- sugirió García Luque.

-¡Por supuesto eso es lo que nos desean hacer creer, pero no tiene lógica alguna! ¡Nos llevan, según su rastro, media jornada o más de ventaja, y además nadie ha entrado en contacto con ellos, asi que…! ¡No pueden saber de nosotros! ¿Por qué no han atravesado el Magdalena por este magnífico puente?- insistió el Maestre de Campo.

-¡Para pasar desapercibidos, para no dejar rastro! ¡Eso es propio de ese miserable!- susurró Cárdenas con los ojos lánguidos de sueño.

-¡Podría ser pero hay más…!- Don Rodrigo persistía.

-¡Decid, Don Rodrigo!- Sigura le instó a que se explicara de una vez.

-¡En todos los campos abandonados que hemos sobrepasado, no hemos hallado los restos propios de una hueste de cien hombres, ni de comida, ni letrinas…! ¡Algún resto pero que no hace para esa tropa!- el gigantón ladeó su cabeza al tiempo que un destello brilló en los ojos cobaltinos de Sigura.

-¡Eso es…!- se agitó el inquisidor- ¡Esa es su treta, y mientras guía nuestros pasos nos adentra en los parajes que ha concebido para tendernos una celada! ¡Por Dios esta vez no le servirá!-

-¡El momento de mayor riesgo antes de llegar a Maracaibo, es salvar la sierra de Perijá! –indicó Don Rodrigo- ¡Pero una trampa allí solamente tiene sentido si dominas las alturas!-

-¡Por lo tanto hemos de llegar antes que ellos!- puntualizó Cárdenas.

-¿Por qué entonces nos van a la zaga?- preguntó Atienza.

-¡Porque cree que en cualquier momento puede tomarnos la delantera!- respondió el Maestre de Campo.

-¡Y mientras juega con nosotros, como el gato que es, como si fuéramos ratoncillos!- remató Cárdenas.

-¡Bien, dejemósle que siga creyendo que somos ratoncillos y llegado el momento veremos quién caza a quién!- Sigura cerró el planteamiento de tácticas.

El descanso de la tarde y la cena algo abundante, hizo que la Hueste Reconquista reanudara la marcha con algo más de brío y mejor ritmo… La mañana era de un gris plomizo y la humedad se podía cortar con una espada, costaba de respirar y tras el puente desde donde los chiquillos de Malambo, castellanos e indios mezclados, les despedían, empezaba una tierra plagada de charcas y vegetación de ribera, la ruta les conducía en rumbo oeste, pero la bruma les impedía ver el horizonte en el que debían recortarse las montañas nevadas de Santa Marta, que venían observando desde la jornada anterior. La jornada fue agotadora, sin los carros los jefes de la hueste forzaron el paso, por el camino que cuando desaparecía estaba marcado con guesas estacas. Por espacio de todo el dia anduvieron por un pantano, con los pies húmedos y sin parar para almorzar, comieron sobre la marcha… De hecho, todos los oficiales temían una encerrona de su odiado enemigo. Don Rodrigo había mandado desplegar una escuadra de avanzada y mantener un orden de marcha muy ordenado.

Al caer la noche, no había llovido pero a causa de la humedad estaban empapados, llegaron a un roquedal extenso poblado por algunos arbustos, podrían encender fuego y montar los toldos para dormir, eso si,- pensaba Sigura- con la guardia redoblada. Los hombres se dispusieron a montar el campo y encender los cinco fuegos prescritos, el capellán les dirigiría la oración y después se cenaría un poco, el ambiente era hostil y las ciénagas en la quietud de la noche ofrecían un espeluznante repertorio de ruidos, desde el chapoteo de Dios sabe qué criaturas, hasta el ulular de los búhos en pleno acecho de sus presas.

Amaneció de nuevo con neblina, pero desde las primeras horas del día, el sol pretendía romper el velo de humedad que recubría los pantanos. El resultado era desde la mañana un bochorno que presagiaba una marcha difícil…Y así fue, la tropa se despertó entumecida por el relente de la noche, al reavivar los fuegos la neblina se aclaraba en distancias cortas, y el despertar del campo venía siempre acompañado de los últimos santos y seña de la guardia, el ir a orinar y el concierto de ruidos de las perolas del desayuno mezcladas con el de las armas que todos retomaban.

 

Aquella hueste bajo la severa instrucción de los hermanos Menéndez, empezaba a conducirse como una tropa disciplinada, y a pesar de la pesadez del clima, en breves instantes habían tomado la sopa de desayuno y estaban en orden de marcha.

Los jefes de aquella columna, empezaban a sentir que mandaban una unidad con la que podrían alcanzar los fines que se habían propuesto. Sigura dio la orden de emprender la marcha y tras los gritos de rigor, la Hueste Reconquista inició la segunda jornada de travesía de las ciénagas que el rio Magdalena formaba entre Soledad y los montes nevados de Santa Marta.

A las dos horas de marcha, y de chapoteo, el sol intensificó su martilleo sobre la neblina, convirtiendo el pantano en una nube asfixiante, los oficiales, sargentos y cabos gritaban a sus hombres para que mantuvieran el ritmo, muchos de los hombres andaban en calzón corto, con el morrión colgado a la nuca por el barboquejo y algunos hasta se habían desprovisto del peto de cuero, que llevaban colgado del arma, el sudor y la pesadez del aire, eran agobiantes. Alguna que otra ave del paraíso, lanzaba sus graznidos y cotorreos a su paso, pero la bruma no permitía contemplarlas.

Sobre su corcel negro, Sigura sentía como el sudor apelmazaba sus cabellos trigueños bajo la gorra flamenca, quizás más que a nadie, aquél bochorno le incomodaba, pero se había propuesto mantener una cierta imperturbabilidad y mostrar aguante ante la tropa… En secreto sus camaradas y oficiales le maldecían, porque aquella mañana parecía más una estación de Vía Crucis que una jornada de hueste.

Los que marchaban a pie, llevaban desde la madrugada los pies hincados en aguas infectas y lodo, la marcha iba precedida por la música de los habitantes del marjal y el rumor de las aguas revueltas bajo los pies.

Conforme el mediodía se acercaba, la presión del sol aumentaba, el bochorno crecía y el sudor también…

Fue entonces cuando en breves momentos la marcha de la Hueste Reconquista tuvo dos percances, un soldado fue mordido por una serpiente y entró rápidamente en convulsiones que aterrorizaron a sus compañeros, debido a la alarma, algunos de los hombres que llevaban horas con los tobillos en aquellas aguas, al detenerse, observaron como las sanguijuelas se cebaban en sus tobillos.

Tras los gritos de alarma, los caudillos de la expedición recorrieron a caballo la columna hasta llegar donde el soldado Yáñez, que había partido de Santo Domingo con Don Rodrigo Menéndez, se revolvía con un rictus de dolor ante lo que era inevitable, uno de sus compañeros había machacado la cabeza de la serpiente, con la culata de su arcabuz.

Don Rodrigo, descabalgó al punto de llegar donde el soldado Yañez agonizaba, y en un gesto poco común en él, le soportó por la espalda para que pudiera hablar mejor.

-¡Me voy, Don Rodrigo…!- le dijo con dificultad.

-¡Aguanta Yañez, hemos batallado juntos desde hace diez años, verás como puedes salirte de ésta!- el gigantón algo emocionado expresaba más un deseo que cualquier otra cosa. Y mientras el pobre Yañez expiraba, de entre la bruma aparecía Fray Anatolio para administrarle la extremaunción.

Alrededor de la trágica escena, los soldados habían escogido piedras donde sentarse para irse arrancando las sanguijuelas que se les habían parasitado. Tras la figura de Sigura, Cárdenas, Atienza, García Luque, y Bermudo Menéndez contemplaban la escena… El capellán arrodillado administraba los últimos perdones al soldado ya muerto, cuya cabeza sostenía el Maestre de Campo de la hueste, que se volvió entristecido hacia el capitán general, como queriendo excusar su gesto…

-¡ Ha sido un buen soldado,Yañez!-

En su incomodidad, Sigura susurró que no se podía perder más tiempo, y justo en ese momento, Don Pedro Cárdenas guió su montura junto a la del capitán general.

-¡Don Antonio, no podemos dejarlo sin sepultura!- Antonio Sigura hizo como si nada se le hubiera dicho, y con mirada hueca contempló a su Maestre de Campo, reflexionó sobre las palabras de Cárdenas y decidió que se perdería la tarde, había que enterrar al soldado Yáñez y dar reposo a la tropa, la jornada había sido infernal y desdichada.

-¡Bermudo, id con escolta a buscar un lugar seco en este cenagal, para acampar! ¡Haremos un enterramiento cristiano al soldado…!- soltó con tono seco Sigura.

Hubo una mirada de agradecimiento por parte de Don Rodrigo, hacia el inquisidor, que para sus adentros pensaba que la sugerencia de Cárdenas había sido oportuna, especialmente para ganar todavía más la voluntad y devoción de un hombre como Don Rodrigo.

Así pues, una vez Bermudo Menéndez hubo localizado un islote seco en aquél infecto pantano, toda la hueste se dispuso a reposar, ante lo cual Cárdenas exigió a Bermudo que hiciera que los hombres montaran el campo como es preceptivo, a pesar de que no muy lejos del lugar, tres hombres abrieran la tumba del soldado Yáñez, natural de Medina del Campo, y arribado al Nuevo Mundo, cuando los hermanos Menéndez asaltaron a sangre y fuego el bastión hugonote de Fuerte Carolina, en la Florida.

Con las últimas palabras piadosas de Fray Anatolio, los caudillos de la Hueste Reconquista, y los soldados que sentían amistad por el difunto se retiraron del túmulo que en honor al viejo soldado se había alzado.

Don Rodrigo Menéndez, tuvo interés en ver como se había levantado el campo para pernoctar. El emplazamiento escogido por su hermano Bermudo era ideal, una especie de isla de tierra seca y roquedal, que emergía de aquel pantano angustioso del que si Dios quería, saldrían en dos jornadas más. La isla estaba rodeada en su orilla por cañaverales y arbustos acuáticos, con lo cual se podían habilitar puestos de centinela que pudieran vigilar el pantano circundante. Aquella porción de tierra, adoptaba la forma de un lazo con dos círculos enganchados, en la mitad presentaba un punto estrecho totalmente rocoso, que unía los dos óvalos de tierra seca alfombrada de hierbajos, el situado a oriente era mucho menor que el otro, en el que sobradamente podía acampar la hueste entera. El sector del islote que miraba al este, en la dirección que marchaban, estaba rodeado por una fuerte espesura de marjales, caña y el arbolado espeso cuajado de lianas que intermitentemente moteaba la ciénaga inmensa por la que transitaban.

La soldadesca había recibido la decisión del descanso con un especial alivio, a pesar de que el sol no aflojaba, el bochorno persistía, y con ello la marcha a primeras horas de la tarde se hubiera convertido en una tortura… Se daban órdenes, había que levantar los toldos, montar la guardia, encender fuegos para evitar la plaga de los mosquitos, y ya que había tarde de reposo, cocinar algo que sentara bien a los mortales.

-¡Don Antonio, hemos de enviar una escuadra hacia poniente, para verificar si siguen acampando media jornada antes que nosotros, aún cuando yo crea que es una celada!- Don Rodrigo recorría con Sigura el perímetro de la isla, para escoger los puestos de centinela.

-¡Destacad a Rafael Cabrera, es el más indicado, con cinco más a sus ordenes, Don Rodrigo!- respondió el capitán general, mientras recorría el perímetro en busca de los mejores puestos de guardia, en la parte central del islote, unos roquedales se alzaban unos codos por encima del resto del suelo seco- ¡El matolaje, la pólvora y pertrechos, los pondremos en lo alto del roquedal, lo más lejos de las aguas del pantano! ¡Mejor dicho la pólvora y los pertrechos los dividiremos en dos partes, una ahí y la otra en el centro del campo ahí delante!- y con la gorra en la mano señaló a la parte en donde los hombres levantaban las tiendas y toldos.

Los oficiales celebraron consejo después de la comida, había sido una mala jornada, la muerte de Yáñez había trastocado el ánimo a todos, teniendo en cuenta que con la noche refrescaría, Cárdenas había propuesto repartir un cuartillo de vino por hombre en la cena para levantar la moral, y permitir que se cantara algo. Todos lo aprobaron y así lo comunicó Bermudo Menéndez al sargento Enríquez, y en esa tesitura volvió al islote la patrulla del cabo Rafael Cabrera, el cual se presentó a los oficiales en la tienda.

-¡No hay rastro alguno en cuatro leguas…! ¡ Como si se los hubiera tragado la tierra!- dijo el hombre visiblemente agotado y bañado en sudor.

-¡Está bien podéis retiraros a descansar, Rafael!- le indicó el Maestre de Campo. Una vez solos, éste prosiguió ante los cuatro jefes de la hueste- ¡Estoy seguro de que mañana encontraremos restos de un campo a media jornada de aquí…!-

-¡O bien siguen marchando, o tenéis toda la razón, Don Rodrigo!- comentó Atienza.

-¡Voto al cielo! ¡Ese gato no anda lejos, lo huelo!- Sigura se levantó y echó a dar vueltas dentro de la tienda, Don Bermudo volvía, el inquisidor se detuvo y clavó en él sus ojos sin expresión alguna- ¡Que se doble la guardia esta noche, y vigilad que los barriles de pólvora no estén demasiado cerca de los fuegos!- sin esperar más Bermudo fue a transmitir lo primero y comprobar lo segundo. El sol empezaba a declinar perfilando la inmensa mole coronada por nieve de los montes de Santa Marta… Los fuegos del vivaque empezaban a dar color a la noche, por la que se expandía el aroma a carne asada y a cocido de papas con nyame y especias, los hombres se agrupaban junto a los fuegos esperando la cena y sacudiéndose los mosquitos, el vino había empezado a repartirse, sonó una mandolina al fondo, las palmas y el cante no se hicieron esperar, las patrullas de la guardia reforzada recorrían el islote en forma de ocho, dejando un segundo centinela por puesto, en lo alto del roquedal, el cabo Roque y tres soldados armados vigilaban el polvorín de la hueste, estaban todos los de la guardia en vilo, el refuerzo era señal de que algo se esperaba aquella noche, o que creían posible que los atacaran…

-¡Mi cabo…! ¿Creéis que nos atacarán? ¡Este refuerzo…!- uno de los tres guardias del polvorín algo nervioso le preguntaba al perillán de Roque, que adoptó un aire de suficiencia.

-¡Si eso sucede, agradeceremos tener más gente sobre las armas! ¡Los capitanes y el Maestre de Campo, saben muy bien lo que hacen! ¡Nosotros a lo nuestro!-

-¿Quién nos puede atacar? ¿La gente que seguimos o los indios?- preguntó un segundo.

-¡No creo que los indios vivan en este pantano infecto! ¡De momento los que nos atacan son los mosquitos!- el cabo se propinó un sonoro bofetón en la mejilla, mal afeitada-¡Ea, un enemigo menos!- soltó.

Sus soldados sonrieron, allí abajo venía la patrulla con algo de comida para ellos, el cuartillo de vino se lo darían al terminar el turno, había que estar con los cinco sentidos alerta.

Pasaron las horas, los mosquitos desaparecieron con la caída del primer relente, algunos rasgaban sus guitarras, las canciones se volvieron lánguidas y a excepción del trajín de la guardia, la actividad se iba amortiguando lentamente, Sigura ordenó el redoble que ordenaba silencio, y tras ello, acompañado del Maestre de Campo hizo la primera ronda por los puestos de guardia…

Al amanecer, los mismos trajines de siempre bajo la humedad y un cielo grisáceo, Sigura y Cárdenas habían salido los primeros de la tienda, se les acercó Rodrigo Menéndez, con expresión inquieta.

-¿No oís el silencio?- les dijo- ¡Esto no es normal, cuando sale el sol los micos y los pajarracos de por aquí nos rompen los tímpanos! ¡No se oye nada…!- acababa de decir esto el Maestre de Campo, cuando un gemido le hizo volverse, un soldado se había desplomado con el muslo atravesado por una flecha de esas de arco largo que usan los indios. El barbudo veterano no se hizo esperar.

-¡A las armas, nos atacan!- el grito corrió por todo el islote, el de señales empezó a batir el tambor para llamar a zafarrancho.

-¡Bien caballeros, ya les tenemos aquí!- Sigura miró a Cárdenas y a García Luque junto con Atienza, recién salidos. La patrulla de refuerzo acudió a engrosar los puestos, mientras empezaban a caer más flechas, no se oía estampido alguno, ni se veía al enemigo, pero las flechas caían cada vez en más cantidad, ya eran varios los heridos que gemían en el suelo, de los que habían ido al marjal a orinar tres se quedaron allí para siempre.

El tambor imperturbable, seguía con el redoble llamando al combate, los arcabuceros recogían sus armas del pabellón que formaban y corrían al extremo oeste del islote, pues las flechas venían de allí. Sigura y los capitanes espada en mano se pusieron a su frente, tras el desconcierto inicial la tropa respondía de forma disciplinada. Don Rodrigo acudía con los piqueros y Bermudo hizo cargar las ballestas para distribuirlas por el marjal… El cabo Roque volvía a estar con sus tres hombres en el polvorín, en lo alto de las rocas, desde allí podían verse las andanadas de flechas que efectivamente provenían de detrás de los marjales y los arbustos situados a poniente.

-¡Tú Sancho…!- ordenó el cabo Roque- ¡Corre a indicar a los oficiales de donde vienen esas flechas!- y al decir esto vieron una nueva andanada, más numerosa esta vez y lanzada con más fuerza hacia arriba, al caer las flechas atravesaban los toldos, se hincaban en algunos de los jumentos, que se quejaban relinchando y coceando.

Sigura ordenó abrir fuego a ciegas, sonó la primera descarga, algún lamento señaló enemigos invisibles pero tocados, aquello le animó.

-¡Cargad de nuevo!- gritó exasperado. Mientras, Don Bermudo había dispuesto los ballesteros intercalados entre los soldados de arcabuz, y mientras estos cargaban sus armas, una andanada de dardos rasantes salieron en la misma dirección que los disparos anteriores, Cárdenas con su espada y su pedernal en ambas manos, al frente de un grupo de piqueros se había internado en el cañaveral espeso del sur para intentar sorprender a los enemigos.

Hasta la formación de arcabuceros y ballesteros, llegó el soldado Sancho…

-¡Señores, el ataque viene solamente del bosque del oeste, desde el roquedal se ve como se alzan las flechas de esos miserables!- Sigura asintió al oírle, a la vez que ordenaba abrir fuego de nuevo, y con el rabillo del ojo veía a Cárdenas en su valiente acción; bien por él, pensó. Sonó una segunda descarga cerrada, seguida de otra andanada de dardos, y volvieron los gritos en el otro lado, a pesar de tirar a ciegas, estaban haciendo bajas al misterioso enemigo.

En aquél momento pensó en observar mejor de donde venían las flechas, para mejor defenderse, y se volvió hacia el roquedal, al otro lado del campamento cuajado de flechas. La sangre se le heló en las venas, y sus facciones se cerraron con aquél brillo oscuro en las hundidas pupilas cobalto, al ver lo que sucedía allí arriba, el cabo Roque, rodaba sin sentido por los peñascos, uno de los soldados de guardia, yacía muerto sin duda, junto a los barriles de pólvora, y el tercero forcejeaba con una silueta, mientras otras dos trasteaban entre los barriles…

El soldado Sancho, a su vez lo vio.

-¡Noooo!- el muchacho echó a correr hacia el polvorín, espada en mano. Vio como su compañero caía atravesado por un cuchillada, la silueta del agresor se agachó junto a las otras.

-¡Al polvorín!- gritó Sigura angustiado echando a correr tras de Sancho. De repente las figuras de los atacantes desaparecieron, y desde lejos, Don Rodrigo con su vozarrón lanzó una potente orden.

-¡Al suelo, van a volar el polvorín!- tardaron unos segundos en apercibirse de la amenaza que el veterano había advertido, y seguían en loca carrera con las armas en la mano hacia el roquedal, cuando de repente una columna de humo señaló el inminente peligro.

-¡Al suelo todos!- gritó Sigura. En cinco segundos se inició una cadena de explosiones una tras otra, algún que otro barril salía despedido sin estallar, la lluvia de humo y rocas sumió el campo en un caos indescriptible, mientras Cárdenas regresaba al islote con gesto y expresión de cólera. Allí tendidos recibieron una nueva oleada de flechas, tres, cinco, ocho soldados tocados y gimiendo de dolor…

Pasaron unos instantes, todo había cesado, Sigura se puso en pie, unos pasos delante de él el soldado Sancho gateaba hacia la base del peñasco, donde estaba el cabo Roque. Todos estaban desconcertados, permanecieron tensos un rato, como esperando que prosiguiera el ataque, pero todo había pasado.

Sigura se revolvió furioso…

-¿Qué demonios han hecho los centinelas del puesto de levante?- rugió.

Cuando el grupo dejó atrás el roquedal ennegrecido y sembrado de restos de barril y avanzó hacia la otra zona de aquel lazo que era la isla, pudo advertir que uno de los guardias yacía muerto, en la espalda un orificio indicaba que había sido abatido cuando corría a avisarles. El resto yacían degollados en sus puestos, el enemigo había salido de la espesura del marjal ribereño y aprovechando las andanadas y la atención centrada en el oeste del islote, se había aproximado a distancia letal.

-¡Esos que andaban por aquí, no eran indios…!- susurró Rodrigo Menéndez.

-¡Ese miserable nos ha golpeado por tercera vez, Don Rodrigo! ¡Primero perdemos los galeones en Portobello, después nos los vuela en Cartagena de Indias y ahora esto…!- Sigura estaba abatido.

-¡No pueden andar lejos, mi Señor!- el Maestre de Campo proponía devolver el golpe.

Sigura miró hacia atrás, lanzó un suspiro, al menos habían salvado la mitad de la pólvora y pertrechos, y para sus adentros temía el momento en que le comunicarían el número de heridos y muertos, pero ese momento inevitablemente llegó, Bermudo Menéndez había realizado el recuento, sin contar los centinelas del este, habían caído muertos trece soldados, y el número de heridos era de veintidós, un caballo estaba malherido y dos mulos morían desangrados penetrados por las flechas…

-¡Don Rodrigo, que la tropa forme…! ¡Reunión de oficiales en la tienda!-ordenó Sigura apesadumbrado.

El grupo se dirigió a la parte del campo occidental, allí pudieron contemplar a Pedro Cárdenas que sostenía al cabo Roque, mientras a su lado el soldado Sancho, se cubría una herida en el muslo, provocada por la explosión. El cabo Julián acudía corriendo junto a su amigo…

-¡Roque, Roque!- gritaba el “Espuela” desconsolado.

-¡Tu camarada está bien, cabo…!- le dijo Cárdenas, al cabo cacereño-¡Solamente le han arreado en la cabeza con la culata de un pedernal y después con la explosión se ha quedado más aturdido!-

García Luque había dispuesto que los heridos fueran todos acogidos bajo el mismo toldo, para ser atendidos por maese Juánez, que hacía de barbero, cirujano y dentista, cuando el arcabuz le dejaba tiempo para ello.

Don Baltasar, junto con otros dos soldados, estaba alineando los trece muertos en el breve combate… A los que había que añadir los dos guardas del polvorín y los cuatro de los puestos de levante… Sigura echaba cuentas, trece, quince, diecinueve muertos…Temía que aquello mermara la moral de la tropa, el recuerdo de Cartagena era todavía reciente, y los soldados- pensaba- eran dados a murmuraciones y echarle a sus capitanes el sambenito de gafe o de pecador nefando que atraían la desgracia. y aquél maldito olor a pólvora que no se disipaba. La voz acostumbrada al mando de Don Rodrigo se alzó en medio del silencio entristecido que reinaba.

-¡A formar, por armas!- al oír la orden, el tambor redobló de nuevo, y los hombres todavía armados se aprestaron a alinearse en columna-¡Bermudo, les adviertes de lo que sucede cuando se está de guardia y se pierde la atención!- ordenó el Maestre a su hermano y teniente…

Los oficiales circunspectos, penetraron en la tienda.

-¡Hoy nos han vuelto a dar una lección! ¡Es la tercera!- Sigura empezó lo que prometía ser una sesión diabólica- ¡Esto no puede continuar sucediendo, no redoblaremos, triplicaremos la guardia si es necesario!-

-¡Han tendido bien su celada, atacando por el oeste, mientras amparados en nuestro propio ruido han asaltado el polvorín!- Cárdenas relató lo que todos sabían.

-¡Si, y nosotros hemos sido lo bastante necios, para caer en ella! ¡Ya sabemos que a ese canalla se le conoce como el Lince, debido a su astucia!- respondió Sigura.

-¡Lamentablemente los heridos retrasarán, nuestra marcha!- afirmó García Luque.

-¡No podemos permitirnos eso, hemos de salir de esta ciénaga lo antes posible! ¡Esto es una trampa mortal!- razonó Sigura.

-¡Tampoco podemos dejarlos aquí, a merced de los indios o de los hombres de Don Álvaro!- argumentó Atienza-¡No sería cristiano!-

-¡No debemos precipitarnos!- el veterano Don Rodrigo, atemperó los ánimos- ¡Bermudo haz llamar a Rafael cabrera, él conoce algo la zona!-

Cuando el cabo penetró en la tienda, el Maestre de Campo le preguntó…

-¿Cuánto falta para salir de este pantano, cabo?-

-¡Si recorremos tres leguas hoy, esta noche estamos en las inmediaciones de Tucurinta, a los pies de la Sierra Nevada de Santa Marta!¡Podemos andar ya a pie seco y el camino transcurre por el llano, sin este laberinto de marjales y cañaverales!-

-¿Y después?- insistió el Maestre de Campo.

-¡Yo no he ido más allá de Tucurinta! ¡Pero seguro que podremos allí reclutar un guía de la región!- respondió el cabo Rafael.

-¿Encontraremos pólvora en Tucurinta? ¡Hemos de reponer lo que esos miserables han volado!- preguntó Sigura.

-¡No creo capitán general, Tucurinta es una aldea como la mitad de Malambo, pero más pobre, papas y ñame es todo lo que podremos sacar de allí!- Rafael Cabrera recordó su última estancia en aquellos parajes.

-¡Cabo…! ¿De la ruta a Venezuela, no sabes nada?- Cárdenas quiso poner baza.

-¡Sé que hay un paso en la Sierra Nevada que conduce hasta Valledupar, y que desde allí se puede emprender la travesía de los montes del Perijá por Villanueva, tras vadear el rio César!- el hombre puso los ojos casi en blanco intentando recordar los relatos de los viajeros que a menudo había frecuentado en Santa Marta.

-¡Otro rio!- soltó con fastidio Sigura- ¿Y más ciénagas?-

-¡No mi Señor, nunca he oído hablar de pantanos en el rio César!- aclaró el cabo

-¿Y más allá, es la capitanía de Venezuela?- siguió Cárdenas.

-¡Cuentan que tras los montes del Perijá, hay como un inmenso lago que comunica con la mar Océana, y que en su orilla está el Maracaibo, la villa que fundaron los tudescos!- Rafael dudaba al informar, puesto que todo era de oídas, y la gente que iba tras el oro no era precisamente muy de fiar cuando relataba sus fantásticas aventuras y andanzas, pero lo del Maracaibo, lo había escuchado a mas de dos y de tres, incluso algún marinero en La Española le había contado las maravillas de una ciudad entre el mar y un lago de agua dulce inmenso, infestado según decían de caimanes y monstruos peores.

-¡En el Maracaibo hallaremos pólvora!- sentenció Sigura dando un golpe en la mesita dispuesta entre los capitanes y el cabo acompañado por el teniente Bermudo…

-¡Tres leguas y salimos de esta porquería, caballeros!- dijo Cárdenas-¡Bien podemos permitirnos el acarrear a los heridos tres leguas!-

-¡No es lo mismo, dejarlos en la aldea que dice el cabo, para que curen, que abandonarlos aquí!- Atienza contemplaba a Sigura, que le aguantó la mirada.

-¡Cabo podéis retiraros!- ordenó tajante el inquisidor. El cabo dobló la cabeza en señal de respeto y abandonó el pabellón de los capitanes de la Hueste Reconquista.

-¡Debemos llevarlos hasta la aldea, y quizás cuando se repongan se podrán unir de nuevo a la hueste!- aventuró ingenuamente García Luque.

-¡No seáis estúpido!- cortó Sigura- ¡Los que sobrevivan, emprenderán la vuelta como puedan…! ¡Pero debemos llevarlos hasta la aldea que ha mencionado el cabo, y al dejarlos abonarles la soldada, para que puedan vivir hasta llegar a Santa Marta!-

Todos los del consejo de capitanes se sintieron aliviados, al escuchar a su capitán general acceder a cargar con los heridos hasta la aldea.

-¡Mi Señor!- dijo el Maestre de Campo-¡No todos los heridos deben ser abandonados, muchos pueden valerse para la marcha, y en unos días podrán combatir!-

-¡Bien Don Rodrigo! ¡Pero ahora debemos ocuparnos de los muertos, levantar el campo y marchar…! ¿O no queremos acampar esta noche, en tierra seca?- espetó áspero Sigura.

El Maestre de Campo, acompañado de Bermudo, salió para impartir las órdenes oportunas, dejando a los cuatro inquisidores y jefes de la hueste solos.

-¡Escuchad, Don Álvaro pretende hacernos creer que le pisamos los talones, pero yo creo que es él quien nos vigila y persigue! ¡Hemos de ganar las alturas antes que él, y eso quiere decir forzar la marcha!- el capitán general se puso en pie recorriendo la tienda como un león rabioso, con las manos cruzadas a la espalda.

-¡Ciertamente si hay que atravesar una sierra, hay que ganar las alturas primero…!- reflexionó Atienza.

-¡Y no olvidemos el paso de la Sierra de Santa Marta!- recordó Cárdenas.

-¡Hemos de correr, caballeros!- y sin más abrió la lona de la puerta de la tienda invitando a sus compañeros a imprimir la necesaria premura a la desmoralizada tropa que había iniciado las tareas previas al entierro de sus camaradas de armas.

Aquella noche arribaron agotados, con los heridos a cuestas a la aldea de Tucurinta, en la aldea les recibieron los ladridos de algún perro y tres aldeanos atemorizados ante la presencia de una hueste de alrededor de cuatrocientos soldados…

Dos jornadas más tarde, sin rastros del enemigo que ya no sabían si era perseguido o perseguidor, y conducidos por dos mestizos de la aldea que habían contratado como guías se encaramaban por el sendero que entre las primeras montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta era el único paso para acortar la ruta hasta el valle del río César, los heridos más graves se habían quedado en la aldea .

Les separaban según las gentes de Tucurinta, unas quince leguas de camino hasta Valledupar, que transcurrían entre desfiladeros cerrados en las laderas de los montes de la sierra, el paisaje allí era totalmente distinto a lo contemplado anteriormente, en lo alto de los montes las nieves eran perpetuas, y atravesaban por zonas en que bosques de una especie de abetos se encaramaban ladera arriba, los hombres se habían puesto los pantalones, y no sobraba ninguna prenda de abrigo, en aquellas gargantas en las que un viento cada vez más frio y cortante azotaba la columna.

Don Rodrigo había organizado una vanguardia, y con los más ágiles había dispuesto unas patrullas que flanquearan por las alturas del desfiladero, y atrás el cabo Rafael, que era de su confianza, cerraba la marcha y comprobaba que nadie les siguiera de cerca. Los capitanes habían aprendido que toda precaución era poca…

El capitán general de la hueste se había propuesto recorrer las quince leguas en una jornada, evitando acampar, lo que representaba no descansar en treinta o más horas, ya que la marcha por la noche sería inevitablemente más lenta. El objeto de dicho esfuerzo, era reducir lo más posible la presencia de la tropa en aquellos angostos riscos, muy idóneos para una emboscada.

Según los cálculos de los capitanes de la Hueste Reconquista, desde la villa de Valledupar, hasta Villanueva, distaban menos de ocho leguas, y el plan que estaban trazando requería llegar a Villanueva con celeridad…

El recuerdo de la emboscada de la ciénaga, había dejado bien claro que el enemigo al que se enfrentaban no cejaría hasta acabar con ellos, esto ya estaba instalado en la mente de todos los hombres que seguían a Sigura como capitán general, y precisamente los desfiladeros de la Sierra Nevada, al tiempo que despertaban angustia y miedo, también conferían determinación, sobre todo de seguir viviendo.

Sea por esta razón o por cualquier otra, como la bulla que Don Rodrigo, el Maestre de Campo, les iba metiendo, recorriendo a caballo la hueste de punta a punta, el comportamiento de la tropa había sido ejemplar, ni una queja, el paso apretado, y la determinación de salir de aquél desfiladero, tras de aquél hombre de pelo trigueño, vestido de negro que jamás tenía un verbo amable pero que se adivinaba le había traído hasta aquellos parajes una misión importante.

Amanecía, y habían estado algo más de treinta horas avanzando a marchas forzadas, cuando empezaron a descender y el desfiladero se fue ensanchando, no habían sufrido emboscada alguna, y a pesar del cansancio, aquellas primeras luces y la visión del valle del rio César, con lo que parecía una villa más importante que Tucurinca, o los villorrios de montaña que habían dejado atrás, sin contemplarlos siquiera, les parecía una visión del paraíso. Estaban a media jornada de Valledupar, y los capitanes de la Hueste Reconquista recorrían a lo largo la columna para dar ánimos a sus soldados. La visión de una villa, en la que podrían reponer fuerzas, agua y víveres les parecía el avistamiento de la Tierra Prometida.

Pudieron llegar hacia el mediodía, habiendo sido avistados de lejos, los alguaciles y el alcalde de la ciudad les habían salido al encuentro, no era frecuente ver por aquellas tierras una expedición tan nutrida, y nunca se sabía que intenciones podía albergar.

El intercambio de saludos fue cordial y breve, no habría problema en comprar comida y rellenar los odres de agua, una vez quedó claro que los pagarían en oro, podrían acampar en el centro de la villa, en los campos del mercado, uno o dos días y la villa les ofrecería una fiesta.

La vista del valle del rio César, con la Sierra Nevada de Santa Marta, que habían franqueado, a la izquierda y la Serranía del Perijá a la derecha, era una maravilla, al sol del atardecer, el zigzagueante río César parecía un hilo de plata que se dirigía a buscar el mar. Los últimos rayos de sol penetraban entre densas nubes que no presagiaban nada bueno para el día siguiente, y ante aquél bello espectáculo Sigura con sus oficiales trazaban los planes para las próximas jornadas…

-¡Los hombres merecen un descanso prolongado, Don Antonio!- Rodrigo Menéndez, llevando su montura del bocado caminaba junto al resto de los capitanes en los límites de Valledupar.

-¡Desde luego, mañana reposaremos todos, pondremos las armas a punto y miraremos de conseguir pólvora a cualquier precio en esta villa!- aseveró el capitán general.

-¡Se nos han ofrecido nuevos guías, gentes que conocen el paso de los montes para llegar a la ruta de Maracaibo!- Cárdenas comentaba las últimas novedades.

-¿Creéis que la gente del de Sobrarbe, andan cerca?- inquirió García Luque.

-¡No creo que anden mucho mejor que nosotros, ni tampoco lejos!- observó Atienza.

-¡De momento no han cesado de darnos una tras de otra!- regañó Sigura- ¡Eso le da alas a ese miserable…! ¡Pero antes de lo que se piensa, se las vamos a devolver todas de golpe! ¡Allí…!- y señaló a las cumbres del Perijá.

-¿Cómo pensáis hacerlo?- preguntó el Maestre de Campo.

-¡Estoy seguro de que el de Sobrarbe, no ha pasado por aquí, por lo tanto está tras de nosotros…! ¡El confía en poder ir más ligero que nosotros y situarse en lo alto de la Sierra el primero, y desde allí destrozarnos! ¡Pero atended a mi plan…! ¡Dividiremos la hueste en dos, aquellos que andan más ligeros, con la gente de a caballo saldrán mañana hacia Villanueva, así que mañana por la tarde podremos iniciar la subida hacia el collado, la compañía que quedará rezagada, estará al mando de Don Rodrigo y de Pedro Cárdenas! ¡Su misión será situarse pasado mañana a los pies de la Serranía de Perijá, y ser bien visible! ¡Sin duda la gente de ese zorro de Don Álvaro, hará lo imposible por ganarles la mano y encaramarse hacia el paso, pero allí arriba estaremos ya nosotros para hacerles retroceder a arcabuzazos y echarlos de nuevo montañas abajo, donde vos Don Rodrigo habréis tenido tiempo de atrincheraros y aguardarlos para darles un segundo golpe, nosotros empezaremos a descender y cogeremos a esos miserables entre dos fuegos!- Sigura lanzó una mirada a su alrededor para captar si su plan era aceptado.

-¡Es una táctica excelente!- reflexionó Don Rodrigo- ¡Pero…! ¿Y si no pican el anzuelo?-

-¡Es necesario que la primera compañía, esté parapetada y no sea visible desde la falda del monte! ¡Tomarán la segunda compañía por la hueste entera!- respondió Sigura.

-¡Es un plan excelente Don Antonio!- exclamó admirado Pedro Cárdenas, bajo su sombrero de ala ancha.

-¿Con cuantos hombres pensáis subir al collado?- preguntó Don Rodrigo.

-¡Bastan unos ochenta, arcabuces y ballestas!- sentenció Sigura.

-¡Es una buena treta!- admitió el Maestre de Campo, pensando ya en como disponer la segunda compañía a la espera de los hombres de aquél diablo.

Desde hacía días que la mente de Sigura andaba tramando como devolverle los golpes a su odiado enemigo personal, no había dejado de hacer preguntas a los guías y a los naturales de Valledupar, y finalmente había cuadrado los movimientos necesarios para conseguir la ventaja, y hacer que la confianza en si mismo hiciera al Lince y los suyos, caer en una trampa mortal.

Decidieron volver junto a sus hombres que estaban tomado sopas y carne asada que los vecinos de la villa les habían obsequiado, así como un vino excelente, aunque fuerte como un demonio… Tras catarlo, Don Rodrigo ordenó a su hermano que los hombres no bebieran en exceso, y acto seguido fue llamando a través del cabo Rafael, a los ochenta hombres más rápidos y fuertes de la hueste, advirtiéndoles que no cenaran en exceso, que bebieran lo menos posible y que se retiraran prontamente a descansar, puesto que estaban liberados del servicio de guardia, ya que al amanecer partirían…

Por la madrugada, antes de amanecer la compañía que Sigura y Bermudo Menéndez comandaban abandonó Valledupar, por el camino que junto al río César, conducía hasta Villanueva, se les había unido Don Baltasar Atienza, mientras que Don Alfonso García Luque quedaba con Don Rodrigo y Don Pedro Cárdenas. La segunda compañía permaneció en la villa, descansando las primeras horas del día, pero tras la comida, el Maestre de Campo entró en celo, las caballerías debían limpiarse, las armas estar a punto, las dotaciones de pólvora y plomo debían ser revisadas, en fin que todo olía a que las horas de asueto habían llegado a su fin, nada más tocar la campana de la parroquia la hora tercera de la tarde.

El Maestre de Campo, si alguna cosa tenía bajo su única ceja, era cumplir al pie de la letra el plan de Don Antonio… Y se empleó a fondo.

Así pues, y aunque no llevaban una buena cuenta de los días, según el bueno del cirujano Maese Juárez, era martes dieciséis de noviembre, de lo que discrepaba Fray Anatolio, el capellán dominico venido desde La Española, a bordo del “San Martín”, ya que para él ya estaban a dieciocho del mes que precedía al de la Natividad de Nuestro Señor. Ante la discusión sin objeto que sostenían cirujano y fraile, Don Pedro sentenció que fuere el día que fuere, el tiempo que sufrían no tenía nada que ver con el que había en la lejana Castilla, allí frio seco, y en los parajes de las Indias, aguaceros, humedad y tibieza. Pero más allí de los desacuerdos de los eruditos de la compañía, el gigantesco Don Rodrigo lo zanjó todo con la orden fuerte, seca y tajante, bajo un cielo gris metálico, para que la segunda compañía partiera, bajo la mirada de los naturales de la villa que los había acogido una jornada y media… En primer plano los descendientes de castellanos afincados en aquél rincón del Imperio del Rey Don Felipe, y tras ellos, los mestizos y los sirvientes indios, la mayoría aravacos y caribes apresados y conversos a la fuerza. La segunda compañía de la Hueste Reconquista, tras haber repuesto sus fuerzas partió de Valledupar, por el camino que conducía hasta Villanueva del río César.

Tras vadear el río, en media jornada se situaron en los alrededores de Villanueva, justo al pie de la falda de los montes del Perijá, al llegar al pie de la serranía, los guías advirtieron de que había gente de armas acampada, justo al inicio del sendero que ascendía hasta el collado de Villanueva… A Don Rodrigo y Don Pedro les asaltó la duda de si aquella gente era la primera compañía o si por contrario era la hueste enemiga. Lo que ambos oficiales tenían claro, era que antes de retirarse a descansar, esa duda debía ser despejada. A tal efecto, Don Rodrigo mandó llamar al cabo Rafael…

-¡Debéis aproximaros al campo que tenemos a media legua de distancia, para averiguar si es que son nuestra gente, o bien la hueste enemiga… Sus fuegos les han delatado, y nosotros no encenderemos hoguera alguna hasta saber quién está ahí delante!- ordenó el Maestre de Campo. El cabo se deshizo del morrión y el peto, dejó su espada a un compañero de armas y partió con una daga y un pedernal, calzado con ligeras alpargatas.

Dos horas más tarde, Don Pedro y Don Rodrigo habían dispuesto el despliegue de la segunda compañía, para pernoctar, pero sin encender fuego alguno, los centinelas habían dado un alto, era el cabo Rafael Cabrera que regresaba de su descubierta, lentamente la noche había extendido su céfiro de obscuridad, violado tan solo por los fuegos de aquél campo desplegado al pie del monte…

-¡Don Rodrigo, no ha sido necesario llegar hasta ellos…! ¡Tienen centinelas indios, mandados por un castellano a caballo! ¡Son la hueste enemiga!- informó el cabo.

-¡Maldición, llevan con ellos indios de la región!- masculló entre dientes Don Rodrigo mirando a Don Pedro- ¡Si ese miserable mestizo de Andrés Ordóñez, se hubiera avenido al trato, nosotros también contaríamos con tropa auxiliar!-

-¡Eso no lo podemos remediar ahora…! ¡Mi opinión es que esta noche, no debemos encender fuego, nuestro enemigo ha de pensar que al amanecer, nuestra hueste arriba a las inmediaciones de la serranía, por otro lado hasta mañana, será imposible percibir si Don Antonio, ha logrado su objetivo!- Cárdenas, que había asumido el espíritu del plan trazado por su amigo y camarada Sigura, lanzó rampante la exigencia de pasar inadvertidos durante la noche…

Al Maestre de Campo, toda precaución le parecía poca, habida cuenta de que llevaba una cuchillada que el mentado Don Álvaro le propinara en la campaña de las Alpujarras, hacía unos cuantos años. Así pues el Maestre de Campo, ordeno repartir agua y fiambre frio, y que la tropa se protegiera del relente extendida bajo el bosquecillo que tenían a su espalada, los turnos de guardia no cantarían y estarían solamente pendientes de que nadie que no perteneciera a la hueste rondara por el vivaque…

 

El sol iluminó las pendientes rocosas de la serranía en un tono anaranjado, y desde antes que hubiera roto el velo de la noche, Rodrigo Menéndez y Pedro Cárdenas andaban escudriñando en los dientes de lo alto, cualquier señal que indicara que Sigura y su compañía de adelantados anduvieran ya por el collado de lo alto. Una cierta desazón les invadía, pues ni tan sólo con el catalejo del Maestre de Campo podían advertir señal alguna en el paso que franqueaba aquellos montes, pero sí habían contemplado una hueste que ordenadamente iniciaba el ascenso hacia el paso de Villanueva; los resiguieron con el catalejo, el veterano Don Rodrigo lanzaba maldiciones, estaban en la seguridad de tener ante ellos una tropa exigua de menos de un centenar de hombres, pero lo que veía, sugería alrededor de doscientos combatientes.

Don Pedro Cárdenas, ante sus maldiciones le arrebató el catalejo, y tras una pasada por aquellas gentes que ascendían con numerosas caballerías, dirigió la lente prodigiosa hacia el collado; y al momento dio un grito de júbilo.

-¡Don Rodrigo, los nuestros ya están arriba! ¡Esos malditos hoy van a recibir lo suyo! ¡Mirad!- y tras decir esto, le devolvió el catalejo al Maestre de Campo, señalando un punto en la carena del Perijá, en el que la brecha del collado era perceptible…

-¡Bien por Don Antonio…!- susurró el grueso Don Rodrigo- ¡Le hemos tendido finalmente la trampa a ese gato!-

Ambos se miraron, sentían en su interior que la suerte de su escurridizo enemigo estaba echada, y que por tanto tan sólo era necesario acabar de tender el lazo, Don Álvaro no debía sospechar que le aguardaba una celada en el collado…

-¡La hueste debe mostrarse ahora en el llano…! ¡De ese modo creerá que definitivamente lleva la delantera!- murmuró Cárdenas.

-¡En efecto, ese es el siguiente paso…!- sonrió Menéndez- ¡Y cuando regresen diezmados, acabaremos con ellos!- el grueso Maestre de Campo, empezó a impartir las ordenes para que su tropa se desplegara de la manera más contundente posible…

 

Milla y media más lejos, en las primeras laderas del Perijá, y unas cien varas por encima del valle, ya bañados por el sol naciente, la Hueste de Guay- Naya, luchaba por mantener una buena marcha en los senderos que se encaramaban hacia los primeros picos de la serranía, la columna llevaba un especial esmero en no perder los mulos que acarreaban los pertrechos.

El primero en advertir un movimiento a los pies de la sierra fue Hernán… Señaló la tropa castellana que saliendo del bosque tomaba posiciones al pie de la cordillera.

Por delante del viejo jefe aravaco, iban cinco de sus indios, todos se detuvieron para observar aquella hueste que además se permitía ondear el estandarte de impecable heráldica que Sigura había recibido de manos de sus autoridades albistas en la lejana Castilla.

El viejo aravaco corrió sendero abajo hasta alcanzar la cabeza de la columna, en la que Álvaro y sus oficiales andaban esforzadamente llevando sus monturas del bocado.

-¡Allí, capitán…! ¡Allí!- gritaba el indio. La expresión del viejo aravaco, exigía atención. Álvaro echó mano a la alforja del arzón de Relincho, y con sumo esmero se hizo con su catalejo. Siguiendo las indicaciones de Hernán barrió con el artefacto la zona que el jefe indio había señalado, al instante, tanto Bernardo como Don Gerardo y Federmann, se le aproximaron…

-¿Qué sucede?- dijo en muy bajo tono el alemán.

-¡La hueste de Sigura, está al pie de los montes, tal y como habíamos previsto!- respondió el Lince.

-¡Bien, tan sólo debemos hacernos con las alturas lo antes posible!- sentenció Don Gerardo.

Álvaro no respondió al capitán, seguía observando el campo enemigo; dos cosas le llamaban la atención, la primera era que, aquella tropa no estaba formada en columna, ni en orden de marcha, sino que estaba tomando posiciones como para contener un ataque, y la segunda y ésta, tenía para Álvaro una gran importancia, era que no divisaba la tétrica figura del inquisidor Antonio de Sigura…

-¡Nicolás!- dijo discretamente- ¡Tomad el anteojo y decidme si veis al malnacido de Sigura entre esa tropa!- y al decir esto le pasó el catalejo a Federmann.

Entretanto la columna se había detenido, y Bernardo Cabrera, como Lugarteniente que era, había recorrido la larga columna indicando que había un descanso.

-¡Pues no, no veo a ese cuervo!- dijo risueño el tudesco.

-¡No me gusta…!- murmuró el capitán general- ¡Lo que están desplegando allí abajo, es una tropa numerosa, pero intuyo que no es todo lo que tienen!-

-¡Bha! ¡Lo que tienen son ballestas, picas y arcabuces pesados!- respondió Federmann.

-¡Hernán!- llamó Álvaro. Y el viejo aravaco acudió al momento- ¡Ve con diez de los tuyos desplegados hacia el paso…! ¿Cuánto nos queda para llegar?-

-¡A nuestro paso- y el indio señaló a sus aravacos de arcos largos- antes de que el sol llegue a lo alto, coronaremos la montaña!- Álvaro asintió, los aravacos guiados por su experto cacique emprendieron la subida con celeridad.

A la orden de Álvaro la Hueste de Guay- Naya, retomó la marcha, pero por instrucción del capitán general, lo hicieron con gran precaución y procurando estar a cubierto de los riscos que dominaban la senda que serpenteaba hacia el collado que entre dos picos abría el paso para cruzar la Sierra de Perijá. La columna había superado un primer promontorio que los indios que conocían la zona, llamaban Magüeyes, y el sendero conforme ascendían se estrechaba, estando en ocasiones cubiertos por ambos flancos y en otras ofreciendo su flanco izquierdo al vacío… Y allí en el valle, aquella hueste seguía desplegada, en orden de combate como si aguardara un ataque, desde las alturas. De nuevo, Álvaro ordenó aminorar la marcha, su instinto le decía que algo estaba sucediendo muy lejos de lo que él había previsto, y lo que le ponía en alerta era que estaban en una situación muy vulnerable, en un sendero de monte, sin posibilidad de formar en orden de combate. La tropa ascendía con suma prudencia, la orden que había circulado era la de mantenerse a cubierto, y de cruzar rápidamente por los pasos del sendero que los exponía a posibles ataques. En consecuencia la ascensión al collado se presentaba mucho más lenta de lo previsto.

El mediodía les alcanzó a más de doscientas varas del collado, y allí en un recodo tras las rocas, Hernán aguardaba junto a sus diez arqueros. El aravaco al ver aparecer la vanguardia de la hueste, de aravacos y zenús, les indicó con un gesto que guardaran silencio. Tras ello les señaló puestos de vigía… E inició una carrera de descenso para informar a su jefe.

-¿Cuántos dices?- Álvaro enarcó las cejas al preguntar.

-¡Casi cien, mi capitán! ¡Con arcabuces y ballestas! ¡Guardan el paso!- casi sin aliento el viejo aravaco, que semidesnudo mantenía su rango y estima en aquella tropa, quería advertir a los hombres de su hueste de que un peligro inminente se cernía sobre ellos.

-¿Cómo está el camino allí arriba?- preguntó Álvaro, mientras se ceñía con el barboquejo su morrión.

-¡Los próximos cien pasos están totalmente a cubierto, capitán- susurró el indio- ¡Más adelante, se alternan los trozos de camino expuestos a las armas de tu enemigo, con los que están a cubierto de ellos! ¡Ahí arriba están bien parapetados y alerta! ¡Los últimos veinticinco pasos antes del collado, están totalmente al descubierto y llegar hasta allí es una muerte segura para la mayoría de nuestra gente!-

-¿Tenemos alguna alternativa?- Álvaro se había puesto sobre el jubón la armilla de tela rellena de algodón prensado, mientras miraba de forma incisiva al viejo aravaco.

-¡Una sola posibilidad Lince!- Los capitanes y oficiales de la hueste se arremolinaron alrededor de los dos hombres. Álvaro, se apretaba los jarretes de los calzones, y se había levantado del todo la pernera de la bota de montar; todo ello eran claros preparativos para el combate.

-¡ Explícate, Hernán…!- bramó impaciente Bernardo Cabrera.

-¡Mirad, a unos cuarenta pasos del collado, hay un sendero que gira y asciende lentamente hacia un punto bajo de la montaña, no es un collado ancho y cómodo, como el del Templado, sino un paso más peligroso que conduce al sendero de bajada del arroyo Guari! ¡El inicio del sendero está guardado por un grupo de rocas en el que se pueden proteger algunos tiradores, para intentar cubrir la marcha del resto…!- explicó el aravaco.

-¿Es posible cubrir bien a los que ascenderán por ese sendero?- preguntó seriamente Álvaro, que se había colocado el peto de cuero.

-¡No totalmente, capitán…!- Hernán meneaba la cabeza con expresión de tristeza- ¡El sendero sube cuarenta pasos al descubierto hasta alcanzar la cresta de la cordillera!-

-¡Señores…!- el capitán general de la Hueste Guay Naya, adquirió un cierto aire de solemnidad- ¡No tenemos elección, mirad allí en el valle! ¡Han desplegado el doble de nuestros efectivos, para esperarnos mientras desde el collado intentarán foguearnos! ¡Debemos pasar al otro lado a toda costa, pero no nos estrellaremos contra sus posiciones, seguiremos la vía que el bueno de Hernán nos ha descubierto!- y puso su mano enguantada sobre el hombro desnudo del indio.

-¡Unos instantes para advertir a nuestra gente!- solicitó Bernardo, a lo que tanto Federmann como Don Gerardo asintieron con la cabeza.

-¡De acuerdo!- concedió Álvaro- ¡Mientras, tú Hernán, sitúa a diez de tus arqueros, en las rocas que has dicho, para cubrir el ascenso hasta allí, y que te acompañen también dos ballestas!- no perdió el aravaco ni un instante, seleccionó con rapidez a su gente y empezaron a escurrirse sendero hacia arriba.

Los hombres de la columna, se habían cubierto con morriones y yelmos, los que tenían coraza de peto se la ceñían, y en los ademanes, se podía advertir que la inmensa mayoría no era la primera vez que combatían. Con una seña, el capitán general hizo desplegar el estandarte de la Hueste de Guay Naya… Con un aire de orgullo, el joven alférez, Don Mateo Ruiz desplegó la tela al viento, dejando a la vista la cruz de Borgoña roja en cuyo centro estaba bordado un guantelete de hierro.

La columna ya estaba lista, y a un gesto de su jefe, se puso en marcha…

Al principio el camino discurría todavía entre arboles y la hueste permanecía medio enmascarada por los mismos, pero no transcurrió mucho tiempo que al ganar altura se hallaron sin la protección del bosque. Pudieron ver una cierta agitación entre los desplegados en el valle de Villanueva, pero siguieron su marcha. De vez en cuando imponentes rocas les cubrían, pero tenían ya cerca el acceso al collado, y allí aguardaban Hernán, los diez arqueros y los exploradores que había dejado…

-¡Este es el refugio, desde aquí podemos tirar contra ellos, para cubrir el avance de los nuestros hacia ahí!- el aravaco señaló un camino de herradura que se bifurcaba de la ruta que habían seguido y ascendía sinuosamente por la abrupta ladera, a veces a cubierto, otras a cuatro vientos-¡ Al otro lado está la senda del arroyo Guari, que lleva hasta que la montaña vuelve a ser llano!-

Álvaro contempló aquella opción, habría que cuidar mucho de las caballerías y de su carga, pudo advertir que lo peor iban a ser los primeras cincuenta varas, expuestas claramente al fuego de los que habían ocupado el paso de El Templado; para sí mismo maldijo no haber apretado la marcha, haberse confiado tanto, y ahora estaban en una situación difícil, con un gesto llamó a los oficiales.

-¡ Mirad, no tenemos otra alternativa a subir por ese senderillo, y tendremos que hacerlo por grupos, de diez en diez, y la misma operación allí arriba, en aquel tramo que no hay parapeto de roca ni nada que se le parezca! ¡Vamos a lanzar andanadas, una vez que cada grupo haya salido, de forma que aquellos miserables no lo tengan fácil para darnos! ¡Y allí arriba, repetiréis la misma operación, y ahora necesitaré voluntarios, diez con ballestas, seis con mosquetes, y diez más con arcos, para realizar la cobertura principal desde este peñasco que Dios ha tenido a bien darnos para la defensa!- dijo seriamente.

-¡Hernán y sus arqueros se quedan para proteger, capitán!-

-¡Yo me quedo con vos!- Bernardo Cabrera se agitó.

-¡Imposible, Bernardo, ninguno de los oficiales se va a quedar aquí, excepto yo, seréis necesarios ahí arriba para montar la segunda cobertura, y recordad debéis cerrar los grupos de diez, habrá que jalear a la gente, y mucha atención a las monturas!- todos afirmaron en silencio con un gesto de las cabezas cubiertas de yelmos y morriones.

-¡Ahora mismo te enviamos esos ballesteros y mosquetes…!-

En unos instantes, el peñasco estaba siendo convertido en una pequeña fortaleza, Álvaro revisó cada puesto de tirador, desde allí se divisaba con claridad el collado y se intuía la presencia de tiradores enemigos; mientras escogía su posición, pensaba para si, que aquellos bergantes no se esperaban que los primeros en tirar no serían ellos… Era el poco margen de sorpresa que le quedaba a su hueste, y no era cuestión de desaprovecharla. Hizo la señal, y como una exhalación el primer grupo de diez hombres llevando del bocado las caballerías a su cargo, se lanzaron cuesta arriba, entre gritos…

-¡ Ahora!- gritó el capitán… Partieron las flechas de los arqueros para caer a plomo sobre las posiciones del contrario como ya hicieran en la cienága de Santa Marta, se escucharon gritos, las saetas de las ballestas llegaron hasta el collado, y se avistaron bien parapetados sus arcabuceros, Álvaro disparó su mosquete, de nuevo gritos, y la respuesta no se hizo esperar, una lluvia de saetas enemigas y una descarga de arcabuces, pero en esa primera andanada, no atinaron, y el primer grupo ya casi había llegado a lugar seguro.

Los que disparaban con mosquete ya tenían otro cargado, mientras un segundo hombre procedía a la carga del que había disparado, al igual que las ballestas, de nuevo todo listo, y los arcos de los aravacos y zenús tensos… Aguardando la orden. Con un gesto Álvaro ordenó al segundo grupo que partiera peñas arriba, esta vez Bernardo Cabrera cerraba la marcha… Nada más iniciar la subida, hubo una segunda andanada de la gente de Sigura, su voz resonaba entre los peñascos…

-¡Disparad, disparad, acabad con ellos!- se oía.

-¡Ahora!- volvió a ordenar el Lince. De nuevo flechas, saetas y el plomo de los mosquetes, en la segunda andanada, vieron caer a tres tiradores enemigos que en su empeño en afinar el tiro se habían arriesgado en exceso, sus lamentos les llegaron mezclados con las maldiciones de Sigura, pero a ellos también les habían ocasionado un par de heridos, y una mula rodaba ladera abajo.

El grupo llegó mermado pero llegó, a partir de aquél momento habría que templar los nervios y afinar la puntería, pensó Álvaro.

-¡Apuntad bien!- gritó- ¡Cada uno de ellos que cae, es uno de los nuestros que se salva!- un murmullo de aprobación corrió por el peñasco, y algún que otro grito celebrando que algún enemigo estaba ya fuera de combate. Las maldiciones de Sigura, encolerizado, les seguían llegando aumentadas por aquellas fragosidades de la Sierra de Perijá.

Con el brazo, el capitán hizo la señal al siguiente grupo, que comandado por Juan Cabrera iba a salir monte arriba, nada mas se lanzaron a la carrera, la tercera orden de Álvaro rasgó el aire, otra andanada, y más gritos en el otro lado, y más ordenes, y la respuesta de los emboscados del collado, y más heridos, pero ninguna caballería perdida, por el bando contrario afinaban más las ballestas que los arcabuces, en cambio del suyo, los arcos y los mosquetes eran más efectivos.

La operación se prolongó por espacio de dos horas, en las cuales, hubo bastantes heridos y algún muerto, los arcabuces de Sigura, poco a poco afinaban la puntería; a pesar de ello la ira de su enemigo llegaba hasta ellos en forma de maldiciones y ordenes coléricas.

En el segundo salto para acceder a la carena, también se repitieron las bajas, en aquella zona los arcabuces hicieron daño, y el grupo del peñasco seguía cubriendo los saltos con andanadas de cobertura. Bajo las alas del morrión, las gotas de sudor resbalaban sobre la frente del capitán general de la Hueste de Guay- Naya, no podía dejar de maldecir cada baja que se producía, pero finalmente vio que Bernardo Cabrera, el lugarteniente le hacía una señal, habían coronado la sierra, ahora llegaba el momento de abandonar el peñasco y correr como locos hacia arriba, desde allí sus compañeros les cubrirían, primero abandonarían la posición los ballesteros, después los arqueros y por fin los que llevaban arma de fuego.

La primera andanada desde la cima, señaló el momento de partir, los diez ballesteros salieron bien parados, y el enemigo al ver que los últimos de ellos intentaban pasar al otro lado, abandonó sus parapetos conducidos por un iracundo Antonio de Sigura al que seguía, cojeando ligeramente, Don Baltasar Atienza espada en mano, mientras el fornido Bermudo Menéndez, ordenaba disparar sobre la marcha a las ballestas. Álvaro ordenó abrir fuego, los arcos y los mosquetes esta vez con enemigo al descubierto, hicieron lo suyo. Aquello enloqueció más al inquisidor de negro que redobló su carrera para alcanzarlos…

-¡Arriba, aprisa!- ordenó Álvaro. Nada más iniciar la loca carrera huyendo de aquél vendaval que se les venía encima, sus compañeros de la cima lanzaron una nueva andanada, que obligó a los de Sigura a echarse al suelo.

Jadeando habían llegado al primer refugio, y Álvaro sintió un escalofrío al ver que Hernán y cinco de sus arqueros permanecía aún al pie del sendero, y no dejaban de lanzar flechas a los que venían tras ellos, con lo cual dudaron más, buscaron refugio y respondían con fuego pero sin avanzar con rapidez.

-¡Por todos los demonios, ese Hernán! ¡Pasadme un mosquete cargado!- ordenó.

Se puso en pie un instante, y disparó sobre un grueso oficial, que se derrumbó como un saco de paja. Una andanada de los arcabuces se estrelló en las rocas que protegían al grupo, a continuación desde lo alto volvieron a disparar…

-¡Ahora!- y se lanzaron a la carrera, para alcanzar a sus compañeros.

Al llegar arriba, Bernardo ordenaba una nueva descarga para cubrir a los aravacos que habían resistido hasta el final, y curiosamente los hombres de Sigura, les habían cosido a saetas y arcabuzazos, pero no habían avanzado hacia ellos, Álvaro observó desde la carena, como los hombres de aquél empecinado tomaban posiciones al otro lado del collado. De los cinco, aravacos, solamente dos habían sobrevivido que ayudaban a Hernán que parecía herido, y de una ojeada, el Lince se percató que el grueso de la hueste enemiga, había iniciado el ascenso para unirse al grupo que los había emboscado.

-Intentarían seguir diezmándoles durante el descenso de la sierra…- pensó- No había tiempo que perder-

Nada más llegar los aravacos, pudieron comprobar, que la herida de Hernán era grave, de arcabuz, en el pecho… Los heridos que no podían valerse para andar, estaban a lomos de las caballerías, las expresiones de Nicolás Federmann y de Gerardo García, no dejaban duda alguna, la hueste había sufrido un severo castigo, Álvaro, sudoroso y cansado sacó todavía fuerzas para ordenar la marcha.

-¡Venga, partimos para abajo! ¡Hemos de llegar al bosque lo antes posible! ¡Allí estaremos a salvo!- y tras decirlo bajó la cabeza hacia el valle, y pensó- Esto todavía no ha terminado-

-¿Vamos a correr como conejos, monte abajo?- Nicolás Federmann con el rostro ennegrecido de la pólvora, por haber montado la cobertura del segundo tramo con su mosquete, lanzó la pregunta con un punto de irritación pensando en sus heridos y muertos.

-¡Esta hueste se pondrá a salvo en los lindes del bosque, y como ya hice al otro lado de los montes, cubriré la marcha con aquellos que quieran estar a mi lado!- Álvaro respondió en un tono seco y cortante, a sus pies estaba Hernán agonizando.

-¡Perdonad!- susurró Federmann- ¡Ha sido una jornada de dolor! ¡Pido estar a vuestro lado!-

El Lince, le miró con sus ojos castaños, los clavó en las pupilas azules del alemán, y en aquella mirada estaba el reproche y el agradecimiento.

-¡No perdamos más tiempo!- ordenó Álvaro- ¡Cargad los mosquetes y las ballestas, estemos prestos a devolver el fuego, y conmigo, cinco arqueros, cinco ballestas y tres mosquetes bien servidos!- la orden electrizó al grupo, los voluntarios no faltaron, el resto aprestó todo para el descenso, con sumo cuidado en acomodar los heridos…

El descenso hasta llegar al cauce del Guari, transcurría por una pendiente muy pronunciada, y durante ese trayecto, la columna quedaría al descubierto, además había que contar con que los hombres estaban agotados, y las caballerías nerviosas…Álvaro en pie, contemplaba al valiente aravaco que herido de muerte yacía a sus pies.

-¡Capitán…!-murmuraba el indio converso- ¡No olvides la medalla, es fuente de triunfo, Hernán no lo verá, pero mi hijo, si!- y señalaba a uno de los jóvenes arqueros aravacos que habían decidido quedarse con el capitán de la hueste.

Instintivamente, Álvaro tocó bajo la faja, la joya que le fue entregada en Cartagena, y acto seguido se arrodilló junto al moribundo Hernán; su tropa empezaba el descenso, y el enemigo todavía no hostigaba.

Al tiempo que el cacique aravaco expiraba, en lo alto se recortaban las figuras de los arcabuceros que clavando sus horquillas amenazaban a la Hueste de Guay Naya, que se batía en retirada.

Álvaro no meditó ni un momento: ¡Ahora. disparad todos!-

Todo aquél que tenía su arma a punto, envió el deseo de la muerte hacia los que tomaban posiciones en lo alto del collado. Aquella andanada cogió desprevenidos a los de Sigura, unas cuantas figuras se doblaron, y los lamentos se perdieron en el aire.

-¡Corred, poneos a salvo, ahora!- gritó desaforadamente el Lince. La tropa apretó el paso monte abajo.

Los que con él se habían quedado, se aprestaban a retener a los enemigos que también habían sufrido lo suyo… La cuestión era cuanto tardaría en llegar la gente que hacía horas estaba desplegada en el valle, puesto que entonces la superioridad sería aplastante.

Para hostigar a sus compañeros- pensaba Álvaro- esos miserables, han de asomar ahí arriba, y al primero que lo haga, lo aviamos… Lástima que Sigura no cometería esa torpeza.

Por espacio de algo menos de una hora, el duelo se mantuvo, pero los arqueros advirtieron un movimiento por el flanco…

-¡Ya han llegado!- dijo el Lince- ¡A correr hacia el bosque y que Dios reparta suerte!- sin gritar los dieciséis que habían mantenido la posición echaron a correr monte abajo buscando el cauce del Guari, para ofrecer el mínimo de blanco posible; los arcabuzazos silbaban sobre sus cabezas y las saetas de los ballesteros rebotaban a su alrededor…

Al capitán de la tropa que intentaba zafarse del acoso enemigo, las sienes le palpitaban con tanta fuerza como el corazón, utilizando el mosquete como bastón se escurría torrente abajo intentando ganar lo antes posible el linde del bosque, al igual que sus hombres.

Desde los primeros grupos de arboles, los hombres que ya se consideraban fuera de peligro, jaleaban a sus compañeros y al jefe de la hueste, al que su gesto de cubrir tanto el paso de la Sierra, como la retirada, le confería un carácter carismático entre su gente…

De los dieciséis, llegaron once, cinco compañeros de armas cayeron ensartados repetidamente por las ballestas enemigas, o destrozados por el plomo de los arcabuces. Afortunadamente para él, el hijo de Hernán, no había sufrido ni un rasguño, pero los cinco muertos eran zenús o aravacos, al negarse a utilizar coraza, eran más vulnerables.

Tras la loca carrera, Álvaro fue acogido por Bernardo Cabrera y el resto de sus capitanes…

-¡Gracias a Dios!- exclamó Don Gerardo García, abrazándole.

-¡No perdamos tiempo!- susurró el capitán general, con el corazón que parecía salirle por la boca-¡Al interior del bosque, cuanta más espesura, mejor!- lo que quedaba de su hueste se internó en la espesura de aquél bosque de altura.

El firmamento adquiría aquél tono plomizo que presagiaba una noche cubierta, bochornosa y quizás con algo de lluvia por la madrugada…

De forma algo desordenada, pero con especial atención a los heridos, lo que quedaba de la Hueste de Guay Naya, se adentraba en un espeso bosque, en el que pocos claros en la copa de los arboles, dejaba pasar una luz espectral… Tras más de una hora de adentrarse en aquél bosque que se desparramaba en una zona muy plana, como una especie de meseta, dieron con un peñascal considerable, sembrado de arboles y rodeado de los mismos.

-¡Haremos alto, ahí entre las peñas, constituyen un refugio natural, y los tramos sin protección los cubriremos con leños secos…! ¡Los hay por todas partes!- al oír a su jefe la tropa suspiró, el delirio de la persecución había terminado.

La hueste tomó posesión de aquella fortaleza que la naturaleza le ofrecía, y mientras buscaban para las caballerías y pertrechos la situación más segura, Álvaro llamó a Hernando…

-¡Vamos a permanecer aquí, mientras los heridos lo necesiten, pero debemos saber qué hace el enemigo!- el hijo del viejo Hernán, asentía en silencio, con la mirada clavada en aquel castellano, para él ,forrado de hierro pero tan sudado como él -¡Te pido que envíes exploradores, al linde del bosque para estar al corriente de lo que hacen esa gente que se ha permitido herir a tu padre!- el gesto del aravaco joven y potente, no dejó lugar a dudas.

Partieron dos aravacos, armados con arcos, buscando el linde del bosque, ellos habían sobrevivido a la masacre, y el hijo de Hernán les había indicado que debían vigilar y comunicar los movimientos de la tropa enemiga, en la que tan sólo había teules.

Desde ese momento, la acampada se compuso de la necesidad de establecer la seguridad precisa, y de la tensión que generaba la situación de los heridos…

Una breve conversación con los capitanes fue suficiente para calibrar el coste que la encerrona del enemigo había supuesto, cuarenta y ocho bajas, de las cuales trece eran heridos leves, el resto estaban muertos en las pendientes de la sierra, o muy malheridos en el campo improvisado en el que iban a pernoctar; la mayoría de los muertos eran aravacos o zenús, ya que como rehusaban usar coraza de cuerpo, las saetas y los arcabuzazos hacían en ellos más mella que entre los castellanos, o los de Federmann, que se protegían mejor. El ganado se había perdido casi todo, pero los caballos y las mulas habían sufrido pocas bajas, incluido Relincho, que tras el duro combate de todo un dia tuvo la visita de su dueño, allí en lo más seguro del peñascal que les albergaba…

Junto al capitán general de la Hueste de Guay Naya, estaban los principales… Bernardo, Nicolás Federmann, y Gerardo García. Álvaro estaba con una mano en el arzón de su caballo, sus capitanes en semicírculo le escuchaban.

-¡Hoy nos han dado una buena paliza…!-decía el Lince contemplando el guante que escondía su guantelete de hierro, que asía la empuñadura de la silla de montar de Relincho- ¡Los habíamos menospreciado, y ello le ha costado la vida a muchos de los nuestros!-

-¡Ea, Álvaro, es momento de descansar, de reponer fuerzas y de pensar en devolver el golpe!- Don Gerardo García, se le aproximó.

-¡Hay que estar por los heridos! ¡Hemos de saber si entre nosotros hay un barbero, un cirujano, o algo así!- respondió quedamente el jefe de la hueste.

-¡Hay un muchacho entre los míos…!- apuntó quedamente Nicolás Federmann- ¡Que aprendió el oficio de su padre, un cirujano de Ulm, le conocían como Celsus Phalberg! ¡En contacto con mis zenús ha aprendido como los indios se curan las heridas, con emplastes de hierbas y lavajes…! ¡Hace maravillas! ¡Ya está atendiendo a todos los heridos!- Álvaro se giró hacia él, y le miró con sus pupilas color de miel, que reflejaban, cansancio y dolor.

-¡Capitán, debéis descansar!- Bernardo Cabrera, advirtió el agotamiento.

-¡Nada de eso! ¡Lo primero es ver como están los heridos…! ¡Ni tan solo hemos podido dar sepultura a los muertos, ni a Hernán, el viejo aravaco!- dijo con un cierto enojo- ¡Vigilad que las defensas queden bien!- dijo esto último al tiempo que daba dos palmadas en las ancas de Relincho, y se dirigía hacia donde estaban agrupados los heridos, haciendo gesto a sus oficiales de que le siguieran.

Los indios habían encendido fuegos que humeaban lo mínimo, para calentar agua… La tropa que descansaba, había agrupado disciplinadamente sus armas, el estandarte había sido recogido de nuevo por el alférez Don Mateo Ruiz, los turnos de guardia se habían establecido como siempre… Había más cansancio que hambre, y los lamentos de los heridos aumentaba esa sensación colectiva.

 

A la vista de su jefe, los heridos conscientes, contuvieron los lamentos, los más graves seguían gimiendo como en sordina, a pesar de estar aturdidos por el dolor. Álvaro los fue viendo uno a uno, mientras el mencionado Celsius Phalberg, auxiliado por cuatro zenús, atendía a los heridos, extrayendo primero el dardo o el plomo, y a continuación aplicando los emplastes de hierbas que los zenús le preparaban, finalmente sujetaban el emplaste con corteza de árbol humedecida, que al secarse contraería convirtiéndose en un vendaje firme. El Lince se detuvo un momento y alzó su rostro, como venteando; llegaba desde lo lejos un extraño maullido, bajo un cielo mitad estrellado, mitad cubierto, con el que la luna jugaba al escondite.

-¡Es la hembra del Jaguar, Álvaro! ¡Llama al macho!- susurró Gerardo García. De forma instintiva, Álvaro palpó el medallón.

Entre las sombras, Bernardo que había ido a comprobar el estado de la guardia y las defensas del recinto que habían levantado, dio la novedad.

-¡Capitán, el campamento está debidamente protegido!-

-¡Gracias Bernardo! ¡Y ahora vosotros seguidme, vamos a ver si hay alguna cosa que llevarse al gañote y a la tripa!-

Los hombres pasaban por turnos a recoger una escudilla de sopa de tapioca, y un cuartillo de vino, los que habían montado una cocina de urgencia, tenían cuidado de no dejar que el humo se alzara espeso, los hombres de la hueste guardaban su turno, enlodados, sudorosos, agotados y dolidos por la sensación de haber recibido una paliza. Tras ellos sin querer ejercer privilegio alguno, los oficiales de la hueste aguardaron su turno, aprovechando para impartir palabras de aliento y oportunas palmadas en la espalda. Era el momento para felicitar a los que se habían mantenido en pie, en circunstancias tan difíciles.

Una vez fueron servidos, se retiraron junto a un peñasco para sorber lo único que les iba a entrar en el cuerpo, sopas y vino.

-¡Álvaro, hay que lograr que tanto aravacos como zenús, se protejan con los arneses! ¡Si hubieran aceptado antes del combate, la mitad de los muertos, estaría con vida, incluso Hernán! ¡Que todos sabemos, apreciabas en gran medida!- Federmann, entre cucharada y cucharada lanzó su propuesta.

-¡Bernardo, convoca a Juan y a toda la tropa india, mañana, al amanecer, tras saber de los exploradores!- dijo quedamente Álvaro. A nadie se le escapó que su gesto era áspero, el capitán general tenía ensombrecida la faz…

-¡Demos gracias a Dios, Álvaro!- exclamó Don Gerardo- ¡Hubiéramos podido caer todos!-

-¡No podemos ni enterrar debidamente nuestros muertos…! ¿Gracias a Dios? ¡Qué cura viene con nosotros? ¡Los hombres no pueden ni oir misa los domingos…!- en la respuesta de Álvaro había algo de desesperación.

-¡Esta faceta piadosa del Lince, es nueva para mi!- dijo con media sonrisa Federmann.

-¡Siempre sospeché que eras un luterano, Nicolás!- espetó Álvaro a la chanza.

-¡Ni con Lutero, ni con el Papa…! ¡Eso me dijo mi señor padre en su lecho de muerte hastiado de toda esa tropa de fanáticos! ¡También me habló de Erasmo, el de Roterdam, un hombre sensato, me dijo!- a la luz azulada de la luna, el alemán tenía sus rasgos acentuados, tez blanca, cabellos rubios y ojos claros. El alemán sorbió lo que le quedaba de sopa de tapioca.

-¡Mira, ves…! ¡En eso estoy de acuerdo con tu señor padre!- reflexionó Álvaro- ¡Erasmo era un hombre razonable, un hombre bueno, como Carranza! ¡Pero esa escoria de la Inquisición, tenía que acabar con ellos!-

Federmann se acercó a su antiguo camarada, le abrazó. Todos allí sabían de la persecución a que estaba sometido su capitán, por parte de los agentes del Santo Oficio adictos a la Casa de Alba.

-¿Un cura, cómo el de San Jacinto? ¡No gracias! ¡Esos tras darte el viático te arrancan el anillo y los dientes de oro!- en su sencillez Bernardo Cabrera, el lugarteniente se revolvió con el cuartillo de vino en la mano.

-¡Pero mira que eres bruto Bernardo!- rió Álvaro- ¡Piensa en los hombres…! ¡Muchos de ellos van a quedar anonadados, cuando les toque a ellos, tampoco tendrán funeral cristiano! ¡Y la mayoría son buenos cristianos!-

Hubo unos momentos de silencio, y Álvaro recogió entre las manos su cabeza, como implorando…

-¡Dios…! ¿En qué te he ofendido?- susurró entristecido. Federmann intensificó su abrazo.

-¡Creo que podemos solucionar nuestra falta!- Don Gerardo se atrevió a intervenir- ¡Tengo un primo ordenado sacerdote, es un padre franciscano, y las últimas noticias que de él tengo, lo sitúan en Maracaibo!-

-¡Habrá que convencerlo!- sonrió Bernardo Cabrera, mostrando su daga.

-¡Tiene razón Don Álvaro, al llamarte bruto! ¡A mi primo no será preciso amenazarlo, somos hermanos de leche, y su ordenación con cinco curas en la catedral de Cartagena corrió a mi cuenta!- Gerardo García sonriendo le afeó al lugarteniente la broma.

-¡Ea, no quería ofender…! ¡Pero es que a mi las sotanas, me ponen nervioso!- cerró Bernardo enfundando la daga. El grupo prorrumpió en una carcajada.

La tropa captó aquél momento, en un principio encajó las risas de sus capitanes, con extrañeza, pero casi al momento se experimentó un alza de la moral, si los capitanes alejaban la tristeza, algo bueno estaba pasando, bueno para los capitanes y bueno para la hueste. El rumor de la tropa no pasó desapercibido por los oficiales.

-¡Miradlos, nos han oído reír…! ¡Y ya llevan otra moral!- observó en tono castizo Bernardo Cabrera. Todos sonrieron, pues aquella jornada estaba faltada de alegría.

-¡Me sorprende capitán…!- Federmann se dirigió a Álvaro- ¡Esa repentino furor religioso!-

-¡No te sorprendas Nicolás, mira nuestra gente! ¿No ves que necesitan esperanza…? ¡Esperanza de no caer en el infierno, a su muerte! ¡Esperanza para vivir y para combatir!- le respondió Álvaro.

-¡Ah…! ¡La esperanza! ¿Y la fe, amigo mio?- respondió el alemán.

-¡Ya salió Lutero!- exclamó Álvaro- ¡La fe es cosa nuestra, caballeros! ¡Y nuestra fe es su esperanza!- el alemán sonrió al escuchar la respuesta.

-¡No os creía tan diestro en discusiones teológicas, Capitán!- y con aquello Federmann daba por finalizada la cuestión.

-¡Pues a mi…!- Bernardo se entrometió- ¡De todas las virtudes esas, pues de eso hablan…! ¿No? ¡La que me interesa es la caridad!-

-¡Bien dicho lugarteniente!- se divirtió Don Gerardo- ¿Caridad a quién?-

Antes de que Bernardo soltara una picardía o un exabrupto, el capitán de la hueste cortó por lo sano.

-¡De momento caballeros, con nuestros heridos! ¡Cuando obtengamos la victoria, ya veremos…!- dejando a un lado el cuenco y el cazo de la cena, Álvaro se irguió para realizar una segunda visita a los heridos, el resto de los oficiales le siguió.

Se fueron acercando al toldo que protegía a los heridos… Los gemidos habían ido disminuyendo, el cirujano Celsius y sus cuatro zenús seguían haciendo milagros, el alemán había echado mano de un aguardiente caribeño endemoniado, lo había utilizado para limpiar las heridas y para anestesiar a los heridos más graves embriagándoles. Al ver llegar a los oficiales, el hombre se puso en pie…

-¡Capitán, han muerto otros tres, el resto creo que se salvará.! ¡No hay huesos quebrados!-

-¡Es normal, las heridas son de arcabuz o de ballesta…!- respondió El Lince.

-¡Mañana estarán mejor, capitán! ¡Los emplastes de estos indios hacen maravillas!- respondió el cirujano.

-¡Y el aguardiente de Don Manuel, también, por lo que veo!- dijo Álvaro señalando las garrafas de aguardiente.

-¡Así es…!- admitió Celsius- ¡Es excelente para limpiar las heridas, y para calmar el dolor!- Álvaro sonrió al escuchar las explicaciones del cirujano de Federmann.

-¡Caballeros debemos descansar!- dijo el capitán girándose hacia sus oficiales- ¡Yo haré la tercera guardia, que Bernardo reparta las otras!-

Los oficiales de la hueste, se confabularon para que su capitán general, no hiciera guardia aquella noche, el hombre al que admiraban había soportado como nadie el riesgo y la carga de una jornada más bien aciaga, y por si ello fuera poco, había soportado la pérdida de Hernán el fiel aravaco como una cuestión personal.

El Lince se tendió, bajo el toldo que habían dispuesto los soldados para sus oficiales en prevención de uno de aquellos aguaceros, tan frecuentes en aquellas tierras… Utilizó el sencillo morrión de almohada, se deshizo del cinto que portaban la espada y los pedernales, y se cubrió con una manta, sin haberse quitado las botas de montar que le cubrían más arriba de la rodilla… Los oficiales sonrieron al ver a su jefe enroscarse antes de caer en un profundo sueño. Los tenues fuegos del campamento y la cubierta vegetal de la zona, esparcían una luz suave y verdosa, desde las copas llegaba el chismorreo de pájaros nocturnos y el ulular de búhos y lechuzas, la humedad se podía masticar, y lentamente la luna se hacía un lugar en aquél concierto nocturno, a la vez que una serena calma se esparcía en aquellas peñas incrustadas en un bosque de pino de altura, que aquellos hombres habían fortificado.

 

El día se levantó envuelto en brumas densas, tanta era la humedad que de las ramas de los pinos, las gruesas gotas que caían, simulaban una fría lluvia matinal. El sol no se distinguía, solamente una luz plateada lo inundaba todo, y Álvaro se fregaba los ojos con la mueca de sentirse ofendido por la luz, no tardó en reaccionar, justamente cuando Nicolás le traía un cuenco con sopas calientes, lo que los hombres conocían como “levanta muertos”…

-¿Qué demonios ha pasado con mi turno de guardia, Gerardo?-

-¡Estabas tan agotado, que entre todos los oficiales te lo hemos hecho, Álvaro!- respondió el vizcaíno, sorbiendo su cuenco de sopa humeante.

Se oyeron unas voces en el perímetro, y lentamente entre la bruma, se dibujaban las figuras de Bernardo y tres aravacos. El lugarteniente avanzaba según su costumbre a paso vivo, y con el torso erguido, contra lo ordenado iba con la cabeza descubierta, con el humilde morrión de cuero echado a la nuca y sujeto por un barboquejo de tira de cuero. Tras él los tres indios, que habían aceptado protegerse con un arnés de cuero relleno de algodón, no le perdían el paso.

-¡Se acercan novedades!- susurró Nicolás Federmann.

Las cejas de Álvaro se enarcaron, nadie como él sabía lo importante que era la decisión que sus enemigos iban a tomar en las próximas horas, ellos eran una hueste numerosa, y los suyos estaban diezmados, y a pesar de estar más disciplinados y mejor armados, la desproporción y el peso moral de la última jornada podían jugar malas pasadas en un nuevo enfrentamiento. Y como movido por un resorte, se alzó, dejando el cuenco de la sopa a un lado todavía humeante…

-¿Qué noticias traen, Bernardo?- preguntó.

-¡No pueden ser mejores, capitán! ¡Escúchalas tú mismo!. dijo sonriente el lugarteniente.

-¡Primero…! ¡Que venga Hernando, nos ayudará a entender lo que sus exploradores nos traen!- ordenó Álvaro.

-¿No habéis oído?- Bernardo con algo de mala uva, se dirigió a un par de soldados que intentaban repetir de sopa. Los hombres dejaron el cuenco y fueron en busca del hijo de Hernán, que había heredado su dignidad en la hueste.

Casi de inmediato apareció el aravaco… Los exploradores iniciaron la relación de lo que habían contemplado durante tarde y noche.

-¡ Oh, Lince! ¡Ellos enviaron batidores al inicio del bosque en el que nos hemos refugiado! ¡Nosotros los hemos visto, ellos a nosotros no! ¡No se atrevieron a entrar en la selva que nos acoge! ¡Después su ejército sigue por el camino ancho que lleva de las montañas del Perijá hacia los valles de levante, pero no se detienen con las primeras sombras, y se equivocan de ruta! ¡Bajaron durante la noche por la barranca de Rio Seco, confundiéndola con el camino!- el aravaco permaneció rígido tras dar cuenta de lo que habían visto. Pero Hernando quiso ampliar la información de su explorador.

-¡Ellos van a enfrentarse con tres peligros, capitán!- dijo con gravedad el aravaco.

-¡Dime! ¿Qué les puede pasar?- solicitó Álvaro.

-¡Mira capitán, ellos no van por un camino…! ¡ Lo han perdido! ¡Les pareció que el Río Seco era una senda más rápida para llegar a la gran llanura, pero ese cauce que siguen, se va convirtiendo cada vez, en el lecho de un torrente! ¡Si se desencadena una lluvia fuerte, la avenida del agua, se los llevará por delante!-

-¿Y qué más?- inquirió Álvaro.

-¡Al final del descenso, llegarán a un pantano que ocupa como un cuenco entre montañas, con aguas estancadas y lodos! ¡Difícil de atravesar! ¡Y al final de los pantanos en las pendientes de esas montañas, están los poblados de los Guajiras, esos hombres no han sido reducidos, ni bautizados, y los teules no habéis podido con ellos todavía! ¡Esa tropa puede morir a manos de los irreductibles Guajiras!-

-¿Cuánto tiempo les va a llevar ese trayecto hacia el infierno?- susurró Álvaro.

-¡Tres jornadas hasta las montañas de los Guajiras, si avanzan a paso vivo! ¡Pero si logran ir más allá, lo harán en dirección a la puesta del sol, regresan hacia atrás!-

Álvaro puso su mano izquierda, la garra enguantada, en el hombro del hijo de Hernán, sus ojos castaños destilaban alegría; aquél demonio de Sigura se dirigía junto con sus sicarios, hacia una situación difícil.

-¡Que tus exploradores almuercen y descansen, los relevas por otros que vigilen los límites de este bosque, para que nadie nos sorprenda! ¡Y envía a dos hombres a que se cercionen de que los enemigos no se den cuenta de su error y vuelvan sobre sus pasos! ¡Cómo muy tarde que regresen en dos jornadas!- Álvaro con una señal pidió atención- ¡Que traigan al cirujano!-

Al poco, Federmann volvía acompañado por el galeno de su Estancia. Álvaro le dirigió una mirada profunda.

-¡Podemos disponer de dos jornadas para los heridos…! ¿Qué te parece “matasanos”?-

-¡En dos jornadas los diez heridos estarán en condiciones de seguir la ruta!-

-¡Muy bien Celsius! ¡Ea, aplícate a curarlos!- sentenció el capitán- ¿ No habíamos convocado a Juan y los indios, Bernardo?-

-¡Ahora mismo, capitán, pero me pareció importante que supierais lo que los exploradores habían visto!- Álvaro asintió con un gruñido.

El motivo de hablar con los indios era reprenderles por su negativa a utilizar protección en sus cuerpos, obligarles a ponerse coraza, y dada la tranquilidad disponer lo necesario para recuperar los cadáveres y darles sepultura. El mismo Juan Cabrera se ofreció voluntario para el cometido, Álvaro aceptó su propuesta, teniendo cuidado de que Hernando, fuera su subalterno, tal y como Hernán lo había sido anteriormente.

Al final la hueste había perdido treinta y ocho hombres, y debía atender a diez heridos en los últimos combates…

-¡Nicolás, organiza una partida de caza…! ¡Hoy y mañana comeremos lo mejor posible! ¡Y vos Bernardo, junto con Don Gerardo, organizad la guardia, cuidados para los animales y ejercicios para los hombres!- el capitán había recuperado su viveza- ¿Todavía no comprendéis la importancia de tener un sacerdote en la hueste?-

-¡Si, Don Álvaro…! ¡Los responsos, la absolución, la misa…!- espetó con resignación el lugarteniente.

-¡No sólo eso!- Álvaro alzó el índice de su mano derecha- ¡Podríamos estar ahora, haciendo rogativas para que cayera una buena lluvia!- Los oficiales estallaron en una carcajada imaginando a sus enemigos arrastrados por uan avenida torrencial, y la tropa tomó aquello como una buena señal, pero cuando supieron que descansarían un par de jornadas y que se formaba una partida de caza, empezaron a sonar exclamaciones de júbilo.

 

El amanecer en el lecho del arroyo conocido como Rio Seco, y que los indios de la zona llamaban Chuma- Su, era bien distinto al acaecido en el bosque que había servido de refugio a los hombres capitaneados por Álvaro de Sobrarbe, también conocido como El Lince.

Tan pronto las primeras luces llegaron al cauce del torrente, Pedro Cárdenas se revolvió bajo su capa y manta, quejándose y desentumeciéndose con trabajo. La masa de cerca de quinientos hombres, que le rodeaban, empezaban a hacer lo mismo… Los que habían tenido a su cargo el último turno de guardia avivaban las hogueras y habían puesto agua a calentar…

Cárdenas recordaba que la noche les sorprendió en un tramo del camino con una pendiente muy marcada, y la obscuridad reinante, ya que la luz de la luna no era fiable en aquella ruta endiablada, y Sigura accedió por fin a que la tropa descansara, aunque fuera a lo largo de aquél tramo tan escarpado de la ruta de bajada a la llanura. Por temor a una venganza de su enemigo, el capitán de la Hueste Reconquista hizo reforzar la guardia nocturna.

No habían podido preparar el campo, dos fuegos por compañía y los centinelas asomados al linde de aquél camino tan escarpado… Tras haberse echado agua a la cabeza para despejarse, enfundado en su ropilla negra ascendía a paso vivo por aquél sendero sembrado de cantos rodados Antonio Sigura.

Iba en busca de Don Pedro Cárdenas, que imaginándolo se irguió de entre los otros soldados para que lo viera su jefe.

-¡Buenos días, Don Pedro!- soltó Sigura, sacudiendo la gorra flamenca en los pantalones.

-¡Que sean buenos, Don Antonio!- respondió Cárdenas.

-¡Bueno, ahora con el sol levantará la bruma, he dejado ordenado que preparen en los fuegos sopas calientes, que se reparta pan de cazabe y algo de cecina con un cuartillo de vino! ¡La jornada hoy será dura, Don Pedro!-

-¿Y eso, capitán general?- preguntó el enjuto castellano.

-¡Según Don Rodrigo esto no puede ser un camino, sino que es el cauce de un río! ¡Ha enviado al cabo Rafael, a explorar para saber lo que nos aguarda!- susurró muy quedamente Sigura.

-¡Entonces, Don Antonio…! ¡Si llueve torrencialmente…!- musitó Cárdenas.

Sin soltar palabra, Sigura indicó silencio con el índice sobre los labios, para exclamar a continuación.

-¡Que la tropa reponga fuerzas! ¡Confiemos en Dios y esperemos que este camino nos conduzca con rapidez al llano de Maracaibo, dieciséis leguas tras dejar el Perijá! ¡Según unos bribones de Villanueva que se nos han unido!-

La tropa al escuchar la expresión reponer fuerzas, cobró vivacidad en sus movimientos, mientras Sigura de forma provocadora gritaba a su camarada…

-¡Recordad, cecina y un cuartillo de vino por cabeza! ¡Voy a encaramarme hasta la cola de la columna, a ver cómo está Don Bermudo!- y enfiló con determinación, cauce arriba donde encontraría a Don Baltasar a cargo de los heridos.

Cárdenas empezó a imponer orden a su alrededor, los hombres se habían olvidado del cansancio y del sueño al oir las palabras cecina y vino, y su nerviosismo se contagió a las caballerías y a los perros; el improvisado campamento estaba en un lugar ciertamente poco adecuado, pero podía más la voluntad de rehacerse que cualquier dificultad. La tropa que había dormitado hacinada y mezclada con sus animales, se arremolinaba alrededor de los fuegos del vivaque reanimados, a la espera de sopas, pan, cecina y vino, dispuestos a gritar vivas por el capitán general y por el Rey.

Algunas varas más arriba, en el mismo corredor atestado de soldados que despertaban entumecidos por aquél vivaque de emergencia, Sigura había llegado al puesto donde Baltasar Atienza había dispuesto bajo un toldo tendido de forma precaria, el refugio donde los heridos malpasaron la noche, y entre ellos estaba Don Bermudo, el hermano de Rodrigo Menéndez.

-¿Cómo está el hermano de Rodrigo, Don Baltasar?- preguntaba Sigura.

-¡Mal, mejor dicho, muy mal…! ¡Maese Juárez dice que la herida le ha destrozado el pulmón y algo más…! ¡Además Don Bermudo anda como su hermano algo grueso, y ello empeora su situación!- el vizcaíno Atienza puso al día a su jefe, del estado de uno de los oficiales principales de la hueste, que desgraciadamente en la refriega del día anterior había sido alcanzado por uno de los certeros mosquetes que usaba el enemigo.

-¡Y vos…! ¿Cómo va la pierna?- Sigura recordó que en el combate Baltasar Atienza cojeaba.

-¡Bien, Don Antonio! ¡Fue un rasguño de nada, el dardo rozó la pierna sin llegar a clavarse!- y mientras lo decía golpeaba ligeramente sus botas de montar que le cubrían hasta medio muslo- ¡El cirujano me hizo una cura, y ya no sangro!-

-¿Qué tal ese Maese Juárez como cirujano?- se interesó Sigura.

-¡Muy bien, sin llegar al nivel del desdichado Joao, pero se ocupa muy bien de los heridos!-

-¡Perfecto!-sentenció el inquisidor- ¡Haced que García Luque acuda junto a vos, a la cabeza de la columna, donde estaré con Rodrigo, que Cárdenas os acompañe también, tomaremos el desayuno en consejo de oficiales!- y tras decir esto, Sigura empezó a descender por aquél falso camino.

Momentos más tarde, en un pequeño circo de rocas, con sus caballos amarrados cerca, en la cabeza de aquella columna que había descendido de forma insensata por el cauce de un torrente tan pronunciado, se hallaban saboreando unos cuencos de sopa de mandioca, Rodrigo Menéndez, Antonio Sigura, Pedro Cárdenas, Baltasar Atienza, y García Luque… Ante ellos el cabo Rafael Cabrera, daba cuenta de su exploración rio abajo. Don Rodrigo le impuso que hablase quedamente con un gesto.

-¡Es tal y como les digo a vuesas mercedes! ¡El lecho del rio continúa bajando con la misma pendiente por un largo trecho! ¡Cómo poco todo lo que nos resta de jornada…!-

-¡Está bien Rafael…! ¡Puedes ir con tu escuadra y que te echen dos cuartillos de vino, pero ni palabra de que no vamos por un camino, y de nada de nada!- ordenó severamente Rodrigo Menéndez.

-¡Vaya palo que les hemos dado a esos desgraciados!- musitó Atienza entre cucharada y cucharada de sopas.

-¡Si, se han llevado lo suyo…! ¡Como mínimo han dejado una cuarta o tercera parte de su tropa en las pendientes!- reforzó García y Luque con desparpajo.

-¡Todavía han caído pocos!- gruñó Sigura.

-¡Debo hacerles la observación…!- el veterano Menéndez, con la boca llena de pan de cazobe, y con expresión cejuda y sombría les interrumpió- ¡Que la celada dispuesta habría acabado con una hueste como aquella! ¿Vieron vuesas mercedes, como se organizaron y respondieron el fuego antes de nada? ¿Se percatan de que esa tropa anda ligero y es disciplinada? ¡Nadie en esas condiciones se hubiera salido del collado como ellos! ¡Son buenos combatientes y su jefe….! ¡Ya lo conocemos!- remató el gigantón echándose un tajo de cecina al coleto.

-¡Claro que hemos visto todo lo que nos decís, Don Rodrigó!- algo molesto Sigura le respondió- ¡Pero ahora ellos andan desperdigados por el bosque de la meseta de allí arriba, curando o enterrando al tercio de su gente! ¡Nosotros, en cambio volamos hacia el llano camino del Maracaibo!-

Rodrigo Menéndez clavó sus ojos marrones y encendidos en los azules del inquisidor…

-¡Lo que debemos es pedirle a Fray Anatolio que rece a Dios, para que no llueva, si no queremos vernos en el Maracaibo flotando y antes de tiempo!-

-¡Cerrad el pico, maldita sea, Rodrigo!- se enojó Sigura mirando a su alrededor temiendo que algún soldado hubiera podido escuchar el reproche de su Maestre de Campo.

El gigantón selló su boca tras tragar su cuartillo de vino, pero con un gesto mohín, el Maestre tenía sus razones para andar molesto, el pasado anochecer él no había visto claro que el sendero que Sigura ordenó tomar fuera el camino hacia el llano, pero el jefe había impuesto su intuición y el deseo de avanzar a la prudencia del soldado veterano.

Poco a poco el sol rompía la bruma, aquello era una doble buena señal, en breve podrían ponerse en marcha, y además alejaba el peligro de un chaparrón.

Tras el desayuno, la tropa fue ordenándose, la hasta hacía poco, masa amorfa de hombres, bestias y bultos tomaba la forma de una columna ordenada de soldados. El Maestre de Campo dio instrucciones para que varias escuadras flanquearan la marcha por las orillas elevadas del cauce de aquél rio, que habían tomado por un camino.

-¡En marcha!- en la cabecera de la columna, tan solo precedido por tres avanzados, Antonio Sigura llevando del bocado su caballo, realizó el gesto de avanzar.

La pendiente en vez de suavizarse se incrementaba, y el lecho del cauce estaba tapizado de cantos rodados… Ambas circunstancias dificultaban el descenso de la tropa, pero las caballerías padecían sobremanera por los guijarros, y como resultado de todo ello la marcha de descenso adquirió un lento y agónico ritmo, sazonado a menudo por las maldiciones de los hombres y los gemidos provocados por las torceduras de tobillo y los resbalones.

Dado que el desayuno había sido consistente, Sigura no concedió descanso alguno hasta la cuarta hora de la tarde, y bajo un sol que martilleaba el camino, los hombres tomaron un respiro y un par de bocados de pan de cazabe, Menéndez y Cárdenas recorrían todo lo largo de la Hueste Reconquista, para tomar conciencia del estado de la tropa, en aquella segunda agotadora jornada.

Los rostros y las expresiones de los hombres reflejaban claramente el agotamiento, en la cola de la columna les aguardaba una mala noticia, Don Bermudo Menéndez, el hermano del Maestre de Campo, había fallecido. La suya no había sido una muerte fácil, la horrible herida que penetraba hasta el pulmón habíale provocado dolores intensos que Maese Juárez le había paliado levemente a base de hojas de láudano… La noticia recorrió toda la columna como un escalofrío, Don Rodrigo solicitó permiso al capitán general de la hueste, para dar sepultura a su hermano.

-¡No sólo tenéis nuestra dispensa, sino que os ayudaremos en ese cristiano deber!- Sigura puso su mano en el hombro derecho del gigantón barbudo, con una rara expresión en él, de compasión. El inquisidor tenía en gran estima a los hermanos Menéndez, pero especialmente a Rodrigo… Habían hecho juntos la campaña de Las Alpujarras, habían servido en Flandes a las ordenes del Duque de Alba, y luchado contra los reformados en tierras del Imperio, en tierras de tudescos. Para más detalle ambos hermanos comandaron el asalto al Fuerte Carolina, años atrás, derrotando a los hugonotes del Almirante Coligny, en la península de La Florida. Ambos acordaron que lo sepultarían en un terreno más llano… Y en breve, prosiguió la marcha que aquella serpiente humana sufría con estoica resignación. Habían vuelto a destacar al cabo Rafael Cabrera, acompañado por un soldado para poder tener noticia de cómo sería el sendero una milla por delante.

Cuando el cabo Rafael regresó a la cabeza de la columna, el firmamento se teñía de rojo y el aire refrescaba, no les quedaba mas de una hora y media de luz para seguir con la delirante marcha.

-¡Mi señor…!- jadeaba el cabo como su acompañante- ¡En una milla y media, el camino deja de ser tan empinado, se ensancha y los cantos se agrupan a los lados, y hay tramos que se ensancha como si fuera una era de batir trigo!-

-¡Bien hecho, cabo Cabrera!- Sigura se volvió con una expresión vivaz-¡Haremos correr la voz, esta noche acamparemos en llano! ¡Don Rodrigo que les den un cuartillo doble de vino esta noche al cabo y al soldado que han realizado la descubierta!- la columna seguía su marcha, mientras los dos hombres recién llegados se habían sentado al margen del camino, respirando con fuerza y dando un ligero reposo al cuerpo.

La voz corrió con celeridad, y los hombres de forma inconsciente apretaron la marcha, tantos eran los deseos de dejar aquél calvario.

Al caer la noche, efectivamente habían llegado a un llano, un gran ensanchamiento del camino, atravesado por un cauce tan profundo como el que les había llevado.

-¡Aquí las avenidas deben ser terribles…!- susurró Sigura.

A su lado, Rodrigo Menéndez asintió para añadir:

-¡Y este llano, es resultado de desbordamiento del torrente! ¡La noche está clara, y con luna! ¡No corremos peligro acampando aquí! ¡Buscaré un lugar para dar sepultura a Bermudo!- Sigura asintió en silencio, los hombres habían empezado a levantar el campo, de forma disciplinada y en silencio, iban a echar el resto de sus fuerzas en levantar toldos y tiendas y encender fuegos, muchos de los enrolados en Cartagena se preguntaban qué demonio les había impelido a participar en aquella empresa de locos, pero lo hacían en silencio, diciéndose a si mismos que la soldada y el botín los convertiría en hombres de fortuna.

En aquél momento espectral, Sigura se hizo cargo de reclamar a Cárdenas, Atienza, García Luque y al cabo Rafael, que había servido a menudo bajo las ordenes de Bermudo Menéndez, que les ayudaran a dar cristiana sepultura al hermano del Maestre de Campo. Asimismo Fray Anatolio fue reclamado para oficiar el entierro.

Don Rodrigo, halló un promontorio, a salvo de avenidas, en la margen izquierda del Río Seco, y fue el primero en empuñar las herramientas para cavar la última morada de su hermano, sus superiores en aquella empresa se le unieron en la noche incipiente, portando unos hachones para iluminar aquél triste momento…

-¡Era un buen soldado…!- la gruesa voz de Don Rodrigo quedó ahogada tras dejar el cadáver de su hermano en el hoyo. El sacerdote, a la cabecera de la tumba empezó a salmodiar en latín.

Los otros empezaron a tirar tierra sobre el muerto, y Rafael Cabrera, había terminado de construir una cruz con dos ramas secas de los pinos que rodeaban el paraje escogido.

-¡Doy fe de ello!- exclamó compungido el cabo- ¡En el asalto de Fuerte Carolina, se puso al frente de la tropa, los hugonotes le hirieron pero él siguió hasta el final y expulsamos a los herejes de La Florida!-

-¡Tan solo nos queda rezar por su salvación!- siseó Sigura.

-¡Es lo que debemos hacer ahora…!- dijo Cárdenas- ¡No hace tanto lo rescatamos en La Española, tras resistir en una emboscada de traidores y herejes! ¡Por nada del mundo hubiera pensado asistir a su final!-

Fray Anatolio quiso cerrar el dialogo con una última oración, mientras los oficiales de la hueste echaban las últimas paladas de tierra y el cabo Rafael plantaba una retorcida y tétrica cruz sobre la tierra removida de la reciente tumba.

 

Mientras regresaban al campo, descendiendo por senderos serpenteantes, el hermano del difunto murmuraba por lo bajo sin cesar…

-¡Solamente obedeció la orden, solamente obedeció la orden….!-

-¿Qué decís?- le preguntó Sigura.

-¡El tan solo obedeció la orden, y le llegó el arcabuzazo de esos malditos!- Rodrigo Menéndez sintió la mano de Cárdenas en su hombro.

-¡No haréis que vuelva, removiendo en esos momentos! ¡Otros se han quedado allí arriba, tanto de los nuestros como de los otros!-

Ya llegaban al campamento, y el gigantón barbudo de Don Rodrigo se resistió a retirarse a dormir, se sentó frente a uno de los fuegos en los que los de la guardia esperaban su turno… A la lumbre, sus ojos se enturbiaron, estaba jurando acabar con el maldito Lince.

Finalmente, a excepción de los centinelas, el campo de la Hueste Reconquista fue cediendo al cansancio, y todo quedó en silencio…

Los centinelas debido al cansancio que arrastraban, como el resto de la tropa, ni se apercibieron de aquella extraña quietud, así como Don Rodrigo ensimismado en la muerte de su hermano Bermudo, no tenía más oídos que para su voz interior. Si no hubieran llegado hasta allí con los sentidos embotados por el agotamiento, se hubieran planteado a que se debía aquella excesiva calma, y quizás hubieran advertido unas oscuras y furtivas figuras que se movían tras la espesura que poblaba las pendientes que rodeaban la hondonada en la que habían acampado.

A mitad de la noche, se levantó un fuerte viento, las ramas se agitaron, y los fuegos de vivaque se reavivaron con el golpe de viento… Rodrigo Menéndez que había caído en el sopor, abrió sus ojos. Aquél viento- pensó- era más bien frio, y traerá alguna que otra nube. Tras aquél fugaz pensamiento volvió a cerrar los párpados, embutido en su coraza, con los calzones y las botas de montar puestas, sujetando el pomo de la espada con la mano izquierda, y la manaza derecha descansando, sobre el yelmo flamenco.

Las primeras luces del siguiente día revelaban un paisaje muy diferente del de las jornadas anteriores, un viento frio recorría el falso camino, el firmamento estaba totalmente tapado, y la luz era de un gris apagado. Los gritos de los centinelas fueron despertando el campo, del bosque no llegaba más rumor que el de las copas de los arboles al entrechocar agitadas por el viento, Menéndez se alzó gruñendo y antes incluso de refrescarse con agua o lavarse, se dirigió al cercado de los caballos, los nobles brutos estaban algo inquietos, y se acercó a su fiel montura, un precioso bayo de bella estampa y remos potentes. El Maestre de Campo, supo interpretar el tenue piafar del animal, se volvió con rapidez…

-¡Avivar el fuego y preparad una sopa bien caliente! ¡El resto a levantar el campo, pero a toda prisa…!- los sargentos empezaron a dar ordenes, todos se pusieron en movimiento, especialmente cuando el Maestre de campo ordenó al soldado Cipriano Heredia que hiciera batir el tambor, llamando a la emergencia.

De sus tiendas surgieron, Sigura y los capitanes de la hueste, con expresiones de sueño y sorpresa.

-¿Qué demonios sucede, Don Rodrigo?- inquirió Sigura.

-¡Los animales barruntan lluvia, Don Antonio! ¡Y no estamos en la mejor de las posiciones si nos viene encima una avenida! ¡Hay que correr hacia el llano!- Sigura asintió y con un gesto ordenó a sus capitanes que se dieran prisa en prepararlo todo.

Entre otras medidas, el Maestre de Campo, había hecho llamar al cabo Rafael, que se presentó acabando de ceñirse los correajes.

-¿Qué ordenáis, Don Rodrigo?-

-¡Os adelantaréis, sobre una caballería, para saber cuanto más hemos de seguir bajando encajonados en este sendero del diablo! ¡Daos prisa!-

El cabo no dudó y se dirigió hacia el cercado, para tomar montura.

En breves instantes, los toldos y tiendas estaban desmontados y cargados con el resto de los pertrechos, por grupos los hombres pasaban a tomar un caldo levanta muertos para entonarse, por grupos también iban a aliviarse el cuerpo, el movimiento había sido febril, y Rodrigo Menéndez, con los brazos en jarras, aprobaba asintiendo, el orden y disciplina adquirido en aquella larga marcha… Los capitanes habían montado, la hueste estaba formada y armada, los centinelas del último turno flanqueaban la columna, cada vez más aguerrida, de casi quinientos hombres… Con un gesto el jefe de la Hueste Reconquista, ya montado, envuelto en sus ropajes negros, dio la orden de partir, y la tropa se puso en marcha, siguiendo aquél descenso, ya no tan pronunciado, que les había de conducir al llano.

Don Rodrigo hizo llamar al soldado Cipriano Heredia, con el objeto de que batiera la caja, para acelerar el ritmo. Para sus adentros, el Maestre de campo pensaba en lo necesario que era conseguir marchar a buen paso, y a la vez mantener a la hueste ausente del temor de una avenida torrencial.

La marcha fue adquiriendo cada vez un ritmo más acelerado conforme el camino se iba allanando, y el veterano Maestre de Campo advertía que por donde discurría la hueste estaba rodeado de alturas más considerables conforme avanzaban. A la cabeza de la columna iban, Sigura como Capitán General, los oficiales y el Maestre de Campo, y cuando llevaban mas de una hora marchando, divisaron al cabo Rafael que les venía a su encuentro.

-¡Habla Cabrera!- le ordenó Menéndez.

-¡A menos de media milla, llegamos al final de este camino encajado…!- el cabo estaba casi sin resuello, y mientras daba cuenta de lo que había visto- los jefes de la hueste le rodearon, mientras la columna seguía su marcha disciplinadamente- ¡Se llega a una especie de valle rodeado por los montes, pero ese valle es un pantano fétido, que debe extenderse por espacio de media milla, al fondo del cual se advierte entre los montes una brecha!-

-¡El paso al llano!- exclamó triunfalmente Sigura.

Todos sonrieron, incluso el severo Don Rodrigo, que tras ventear el aire que transportaba humedad, se dirigió a caballo hacia el timbal de la hueste para reclamar más ritmo, gritando con fuerza para que todos le oyeran.

-¡Daos prisa, pronto salimos de este calvario!-

La escueta arenga surtió su efecto, y al bueno de Cipriano Heredia le costaba lo suyo marcar el ritmo que la tropa había adquirido.

Al poco, bajo aquella luz grisácea, llegaron a contemplar el valle descrito por el cabo Rafael…

Se abría ante ellos, un circo de altos y escarpados montes rocosos, sin arboles, el valle era todo él un lodazal pastoso, surcado por aves zancudas de aspecto repulsivo que cazaban insectos y pequeñas serpientes.

La columna se detuvo ante el dantesco paisaje… Efectivamente al fondo entre los montes, se advertía una brecha, y al divisarla Sigura se alzó sobre los estribos señalando aquél punto.

-¡Avanzaremos hacia allí, y a nuestros ojos se aparecerá el llano!- exclamó para sus oficiales.

-¡Deberemos ir por las laderas, ese pantano tiene muy mal aspecto!- sugirió Cárdenas.

-¡Por descontado!- añadió Menéndez- ¡Y además deberemos hacerlo dividiendo la hueste en dos columnas, una rodeará el pantano por la ribera derecha, la otra por la izquierda, debemos estar atentos a lo que sucede en lo alto de las escarpaduras! ¡Seremos muy vulnerables durante esa media milla!- todos aprobaron la propuesta asintiendo.

Mientras realizaban un merecido descanso y bebían agua, Menéndez y Sigura convocaron a los sargentos y sargentos primeros para darles a conocer el plan…

-¡La hueste se dividirá en dos columnas, una rodeará el pantano por la derecha y la otra por la izquierda! ¡Tendremos que estar atentos a las alturas que dominan a la columna de enfrente! ¡Abrirán y cerrarán la marcha la gente de a caballo, los pertrechos y el matolaje lo repartiremos igualmente en ambas columnas y se situará en el centro de cada columna…! ¡El sargento primero Don Honorio Guillén, estará al mando de la columna de la derecha, y Don Julio López de la de la izquierda, ambos son soldados viejos, han combatido en Flandes y en Nueva España! ¡Ahora dejaremos que la tropa repose unos instantes más y a continuación formad las dos columnas! ¡Habrá que marchar por las laderas escarpadas, lo más arriba posible y lejos del lodazal!- los sargentos asintieron y regresaron donde sus escuadras reposaban sin soltar las armas.

García Luque estaba ensimismado contemplando aquél pantano, de aspecto tenebroso y color negruzco.

-¡Don Antonio sugiero que nos protejamos el rostro con pañuelos, el hedor se nos va a clavar en los pulmones…! ¡ Y que nadie vaya con las piernas al descubierto, los tábanos aquí, deben ser como los mosquitos, terribles!- dijo el oficial sevillano.

-¡Buena apreciación, Don Alfonso!-admitió Sigura- ¡Trasladad vos mismo con Don Rodrigo esa orden a los sargentos!-

Las ordenes fueron transmitidas, y de forma inmediata la tropa se dispuso a cumplirlas, bajo un cielo cada vez más oscuro que proporcionaba al paisaje, un carácter tétrico que lo último que provocaba era atravesarlo… A pesar de ello, todos estaban convencidos que tras la brecha, estaba el prometido llano, y que en él había poblados y una ciudad, y ello significaba descanso, holgarse alguna que otra vez, y mejor rancho.

A un gesto de Sigura ambas columnas emprendieron la marcha hacia las laderas que bordeaban el pantano.

Iniciaron cuidadosamente su ruta por las inclinadas laderas, llevando a las caballerías del bocado para facilitarles la marcha por un terreno tan irregular, todos iban pendientes de las alturas del lado contrario, y tras unos momentos de iniciar el rodeo, de los lodos emergió una obscura nube que lanzaba un aterrorizador zumbido. Eran moscas, tábanos y mosquitos a millares, que olían la sangre de caballerías y hombres y se lanzaban en su busca… Atacaron ambas columnas, los caballos y acémilas parecían enloquecer por las temibles picadas, y a duras penas si se los podía controlar.

-¡Que asco!- gritaba Sigura mientras manoteaba con las manos enguantadas a su alrededor.

-¡Dios mio, líbranos de esta plaga!- rezó Cárdenas que iba tras él.

Al instante, se escucharon los impactos de lluvia gruesa y dispersa, y aquella horda de diminutos y repugnantes diablos dañinos voló de nuevo al lodo a protegerse, olvidando su festín. Sigura volvió su mirada cobaltina al bueno de Cárdenas que iba tras él.

-¡Por la Virgen…! ¡Don Pedro, vos sois un santo!- tan pronto hubo lanzado aquella exclamación, distinguieron un resplandor fugaz y poco después resonó con fuerza un trueno, y aquello fue el preludio de la torrencial lluvia que se desató.

-¡Aprovechad, aprovechad!- se oía al otro lado, gritar a Menéndez, que hacía señas de avanzar.

Al cabo de unos instantes un rugido anunciaba la fuerte avenida de agua, que por el camino que habían discurrido iba a desembocar en el pantano, convirtiéndolo en una laguna.

Aquél diluvio había hecho huir a los tábanos y los mosquitos, pero tampoco era una ayuda, el nivel del pantano subía rápidamente, forzando a las columnas a encaramarse más y más en las laderas, y además, el agua se deslizaba por las pendientes provocando fuertes resbalones tanto en hombres como en caballerías, un par de acémilas dieron con su carga en el pantano, del que ya no pudieron salir.

Capitanes y sargentos gritaban desaforadamente para que los hombres protegieran a las monturas, los perros que acompañaban la hueste permanecieron al lado de sus dueños, ayudándoles con sus ladridos a contener a las caballerías espantadas, por los truenos y el aguacero.

Ambas columnas, a pesar de la lluvia, lograron ponerse a pie seco en las laderas y restablecer una marcha uniforme, ante la satisfacción de Rodrigo Menéndez, en la columna de la izquierda y de Sigura en la de la derecha. Por otro lado el chubasco fue menguando, y tras dos pesadas horas de marcha, ambas columnas se unieron de nuevo al otro lado del pantano, que seguía subiendo de nivel, en aquél momento más lentamente, oficiales y soldados celebraron el reencuentro como si de un triunfo se tratara, y en cierto modo así era, habíanse librado de la avenida de agua, de la plaga de tábanos y finalmente habían superado el pantano a pesar del constante peligro de deslizamiento. Siguieron festivamente su marcha, ya que las ordenes del Maestre de Campo eran alejarse del maldito pantano, según sus estómagos pasaban de la tercera hora de la tarde, y al alba habían pasado con un simple caldo caliente… Con la tensión de las últimas horas relajada, las barrigas de la tropa empezaron a rugir …

La marcha seguía ahora sobre un prado de verde hierba a modo de tapiz, salpicada de formaciones rocosas de color gris redondeadas, que emergían cubiertas por su lado norte de musgo… El prado ascendía levemente encaminándose a la brecha de los montes, que aparecía como una suave media luna, no constituía un desfiladero sino un paso suave y ancho entre lomas que se alzaban progresivamente, la lluvia estaba cesando, el viento aunque frio estaba abriendo claros, y algún que otro rayo de sol hizo su aparición.

El Maestre de Campo, vio una zona en la que los roquedales formaban un perímetro, fácil de acomodar como campamento.

-¡Don Antonio!- sugirió el veterano gigantón- ¡Estos hombres deben descansar, hemos de secar la pólvora y llenar el buche! ¡Esos roquedales nos ofrecen un parapeto natural!-

-¡Estoy de acuerdo con vos, Don Rodrigo! ¡Urge saber, qué hemos perdido, y tener un merecido reposo! ¡Que haya un buen almuerzo, y dos cuartillos de vino para cada hombre!- aprobó Sigura.

Cárdenas suspiró para sus adentros, había recorrido su columna a lo largo de la infernal travesía y le habían impactado los rostros desencajados de los hombres pugnando por no deslizarse al pantano e intentando lo mismo con las caballerías; aquellos soldados- pensó- merecían un reposo y algo más que una sopa.

Don Baltasar Atienza, enfundado en su ropilla de ante, bajo la gorra flamenca que a menudo llevaba en la mano, para evitar el sudor en exceso en sus negros rizos, se aproximó a Cárdenas, seguido por García Luque.

-¡Mirad Don Pedro, a pesar de estar en el otro extremo del mundo, este valle recuerda los de los montes de mi tierra, los montes recogen toda esta agua y la conducen al fondo del valle, donde forman un lago que se filtra, por ello en sequía se convierte en ese asqueroso lodazal!-

-¿Y eso pasa también en vuestra tierra?- le preguntó Don Pedro Cárdenas.

-¡No es tan acusado, pero los lagos de altura, cuando deja de llover por largo tiempo, tienen orillas lodosas, Don Pedro! ¡Pero como aquí están rodeados de tapices de verde hierba, limpia y sin hedores…!- el vizcaíno aspiró con fuerza sonriendo.

Sigura sacó al vizcaíno de su añoranza…

-¡Don Baltasar! ¡Junto con Don Alfonso ayudaréis a Don Rodrigo a montar un campo con defensas en aquél roquedal!-

Con la promesa del reposo y una suculenta comida los hombres se aplicaron, tirando de sus últimas fuerzas, a preparar el campo. Cárdenas insistió en que antes de la comida, Fray Anatolio oficiara para dar las gracias a Dios por haberles auxiliado a sortear los peligros de las últimas jornadas.

-¡Esta bien, Don Pedro! ¡Pero, que el fraile no se exceda, el tiempo lo necesitamos para reponer fuerzas!- Sigura accedió a su manera.

Cárdenas con el chambergo en la mano, meneaba la cabeza sonriendo mientras por lo bajo comentaba con Atienza y García Luque…

-¡Para ser oficial de la Santa Inquisición, nunca ha tenido muy en cuenta la liturgia!- los otros dos ahogaron una risa temiendo la ira de su jefe.

Sacrificaron una de las dos reses que les quedaban para asarla, cocieron papas y repartieron doble ración de vino. Tras el breve oficio religioso, comieron carne con papas y bebieron el vino, los de la guardia fueron relevados para poder comer como el resto, todo bajo la atenta mirada de Don Rodrigo, que al caer las primeras sombras, autorizó a mantener los fuegos vivos y a que la tropa se distrajera, y algunos rasgaron algún laúd y guitarra, y las viejas canciones de añoranza de Castilla se fundieron con las vivaces coplas de Cartagena y de La Española… Fue una noche, en la que los hombres de la Hueste Reconquista pudieron descansar.

 

Amaneció una jornada radiante, que retenía algo del fresco del día anterior. Tras la lluvia el paraje tenía una tonalidad verde brillante. Se dieron ordenes de desayunar frugalmente… Se recuperaba el ritmo, había que cruzar el paso.

Siguiendo la cautela de viejo soldado, Menéndez envió al cabo Rafael y dos más, a caballo, para inspeccionar lo que les deparaba la marcha.

Con algo más de tranquilidad, se desmontó el campo, se comprobó que la pólvora estaba seca y se dispuso la hueste en orden de marcha, como siempre flanqueada con gente armada de pedernales.

Al gesto de Sigura, la hueste inició la marcha por el amable prado que ascendía levemente, al poco advirtieron que las distancias engañaban y que el paso no estaba a menos de dos millas.

Llevaban algo más de hora y media cuando divisaron que el cabo Rafael Cabrera y sus dos hombres regresaban cabalgando con fuerza y haciendo señales…

-¡Indios, Señor!- soltó el cabo ante los oficiales- ¡Aguardan tras el paso, y diseminados en las lomas que lo rodean!-

-¿Son muchos?-preguntó Menéndez.

-¡Más de un millar!- respondió el explorador.

-¿Van armados?- inquirió Sigura.

-¡Nos han recibido con una lluvia de flechas, están armados y con máscaras! ¡Por suerte no nos han acertado, pero el perro que nos acompañaba allí se ha quedado!- Los oficiales se miraron con una cierta desazón.

El primero en reaccionar fue el Maestre de Campo, ordenó el alto a la columna. Sigura convocó un consejo de oficiales, mientras los hombres permanecían sobre las armas. Tras deliberar un poco, llamaron a los sargentos para dar las ordenes oportunas.

-¡Mirad!- les instruyó el maestre de Campo- ¡Tenemos ahí delante indios no reducidos y nos aguardan para darnos muerte! ¡A partir de la orden que os daré, la columna se dividirá en tres cuerpos, a derecha e izquierda se situarán los hombres de los sargentos Guillén y López, en medio de ambas formaciones y algo atrás, las acémilas, el cirujano, y los pertrechos escoltados por tres jinetes, doce ballestas y seis arcabuces, con una separación de tres varas de formación a formación, a los flancos de las dos formaciones mayores, los hombres de a caballo, seguiremos el mismo esquema de cuando rodeamos el pantano en cuanto a los efectivos de cada flanco! ¡Los cuerpos de a pie, formarán en cuadro, picas y rodelas rodeando todo el cuadro, en segunda línea ballestas y arcabuces y el resto en el centro para suplir a los heridos! ¡Nos vamos a convertir en fortalezas andantes, capaces de responder a sus flechas con nuestro fuego, y abatir y pisar en nuestra marcha a los que lleguen hasta nosotros! ¡La caballería, al mando de Don Antonio y de Don Alfonso, tendrán la misión de acudir en ayuda, impedir que nos ataquen por la retaguardia y que lleguen a los pertrechos…! ¡Que los hombres se protejan con jubones de lana prensada, los escudos y corazas de cuero las llevarán sobre sus cabezas para protegerse de las flechas de esos salvajes! ¡Que los arcabuceros comprueben la dotación y estado de su pólvora, y que los de las ballestas verifiquen su buen funcionamiento! ¡Por último, todo el mundo debe protegerse la cabeza, os aseguro que una piedra puede ser tan mortal como una flecha! ¡Será un combate duro, prevenid a vuestros hombres…!-

La comunicación de las ordenes, levantó un rumor entre la tropa… Y Antonio de Sigura respondió a lo que de un jefe se espera, erguido sobre su corcel, con su lacio cabello trigueño al viento alzó su voz.

-¡Soldados, hombres de la Hueste Reconquista, hemos superado ya muchas adversidades, y cada vez estamos más cerca de nuestro objetivo! ¡Nadie os dijo que nuestro cometido fuera un apacible paseo, por ello se os ha adiestrado en el uso de vuestras armas! ¡Esta no será la última batalla, pues un Virreinato lleno de riquezas, en rebeldía, nos aguarda para someterlo de nuevo a su Majestad el Rey y tras conseguirlo adquirir la fortuna que tal hazaña merece, en tierras, en oro, y en fama! ¡Tras esos indios nos aguardan las ciudades de Venezuela, nuevas provisiones, descanso y vuestra soldada para que podáis hacer lo que os plazca mientras descansemos!-

La arenga fue jaleada por los más convencidos, soldados de La Española y que habían venido con Don Rodrigo desde Castilla, para inmediatamente levantar un griterío colectivo.

Tras sus palabras, Sigura hizo caracolear su caballo y se aproximó a su Maestre de Campo…

-¡Don Rodrigo, traemos unos odres con aguardiente, cuando se aprovisionen de morriones y protecciones, que les repartan un cuartillo!- el veterano asintió con una sonrisa tan taimada como la de su jefe. Las ordenes se fueron cumpliendo con precisión, Sigura se había colocado un vistoso yelmo flamenco, sus capitanes arramblaron con sencillos morriones, pero de hierro, con capacete interior de cuero.

Realizada la operación, la hueste en columna de marcha se puso en camino fuertemente acorazada y armada.

Prosiguieron por espacio de una milla, y por fortuna las lomas no cerraban angostamente el paso… De repente advirtieron una discreta nube de flechas que se quedó corta por poco.

-¡Maniobrad!-rugió Menéndez. A su orden la columna se constituyó en los cuerpos de combate que habían dispuesto-¡El estandarte!- exigió.

Una vez lo tuvo, se acercó sobre su corcel al cabo Rafael Cabrera: ¡Hoy serás mi álferez, Cabrera!- dijo.

Rafael Cabrera, tomó el estandarte con las armas de la Casa de Alba, y sobre los estribos lo hizo ondear, vitoreado por los soldados, que estaban embargados por una mezcla de furor combativo y miedo cerval a lo que se avecinaba.

El soldado Cipriano Heredia, marcaba con su tambor, el ritmo del avance en formación.

Un enjambre de flechas, hendió el aire.

-¡Protegeos!- rugió el Maestre de Campo, que seguido del álferez y el tambor avanzaba entre los dos cuadrados de infantería. Algunas flechas impactaron en los escudos, y no se escuchó lamento alguno, la táctica estaba dando su resultado. Estalló un horrible alarido y grupos de indios aparecieron en el paso corriendo hacia la formación de la hueste…

-¡Recordad!- gritó Don Rodrigo- ¡Cinco pasos, parada y descarga de ballestas, dos pasos y fuego de arcabuz!-

Con el enemigo a menos de quince varas, el lanzamiento rasante de dardos, hizo estragos, mientras los indios se rehacían para seguir avanzando hacia ellos, dos breves pasos y la descarga de arcabuces, que además de abatir a considerables enemigos, les causó horror, los indios retrocedieron para reagruparse mientras lanzaban venablos, flechas y piedras. Hubo algún lamento pero nada grave según cantó el sargento primero Guillén.

-¡Avanzamos!- ordenó Don Rodrigo, flanqueado por el tambor y el estandarte.

Grupos numerosos de indios bajaron lomas abajo para atacar por los flancos, con la intención de rodear a los intrusos en sus tierras…

Pero allí hallaron a los hombres de a caballo, que descargaron sus pedernales, auxiliados por los perros de lucha, y desde lo alto de sus monturas, con la velocidad y sus espadas los rechazaron de nuevo hacia las alturas.

La formación se adentraba entre las lomas que flanqueaban el paso, y antes de llegar a él desde ambos flancos, una espesa nube de flechas y lanzas cayó sobre los castellanos, aquella andanada hizo daño, los gritos esta vez eran agudos y numerosos.

-¡A los flancos, tirad a los flancos!-rugió el Maestre de Campo. Las descargas respondieron contundentemente, los aullidos de los indios daban fe del castigo sufrido, y los hombres emboscados en las lomas se lanzaron en una nueva doble oleada para romper la formación de los castellanos, los pedernales y una cruel lucha puso en fuga a los pocos indios que sobrevivieron, pero el precio esta vez había sido alto, en perros, en caballos y en hombres.

-¡Avanzamos!- rugió de nuevo Don Rodrigo, que tenía una mejilla hendida por una piedra. La formación avanzó de nuevo al ritmo del tambor, y llegaron al paso, las lomas ya no albergaban enemigos, y los dos escuadrones de caballería se encaramaron un poco para cerrar nuevos intentos de tomar altura por parte de los indios. Habían llegado al paso, ahora los enemigos estaban situados en pendiente adversa, y ante los primeros castellanos se abría un horizonte extenso con una gran llanura al fondo, más allá de las colinas rocosas que seguían flanqueando un amplio prado. La visión de los indios, era pavorosa, muy numerosos aún, lanzaban alaridos y exhibían sus lanzas, como locos de furor.

De una ojeada, Menéndez advirtió a la caballería protegiendo eficazmente los flancos y que el paso le permitía castigar de nuevo a sus adversarios…

-¡En línea, cubriendo todo el paso! ¡Picas y escudos en primera línea, tras ellos ballestas y arcabuces!-

Los cuadros se deshicieron y maniobraron para levantar una muralla de acero y cuero a lo ancho del paso. Aquella maniobra fue tomada por los indios como una provocación, y rugieron antes de lanzarse a la carrera contra las filas de los castellanos.

Cuando aquella marea rugiente estaba a menos de diez varas de la linea de defensa de la hueste, las saetas de las ballestas silbaron hasta incrustarse en la carne desnuda de aquellos atacantes fanáticos, el enjambre clareó, pero no vacilaron y siguieron lanzando piedras, y lanzas en su avance, a las seis varas la descarga de los arcabuces con munición de posta, echó al suelo destrozados otro buen número de indios… Pero lejos de anonadarse, se enfurecieron y se lanzaron en tres saltos contra la línea de los castellanos. El choque fue brutal, las corazas y las picas hendieron carne enemiga, pero éste con sus rudimentarias hachas, mazas, cuchillos y las lanzas que les quedaban, hurgaban entre los escudos o por encima de ellos intentando a la desesperada herir a los invasores de su tierra. Hubo momentos en que la línea cedía, pero acudía un segundo escalón para tomar el lugar del camarada herido o muerto… En el centro de la línea, montado a caballo, junto al estandarte y al tambor que no cesaba en su redoble para animar a los de la hueste, el imponente Maestre de Campo, rugía como un león, descargando sus pedernales contra los indios: ¡Resistid! ¡Mantened la posición!

Descargados los pedernales se los pasó a un soldado de atrás, para que los recargara, y blandiendo su aterrador mandoble castellano, con un solo brazo, empezó a cercenar miembros de todo aquél atacante que se le acercara, allí en primera línea daba moral a los suyos, dos flechas se habían clavado en su coraza de hierro y cuero, pero él seguía combatiendo ferozmente con las flechas cimbreando en su pecho blindado…. Paulatinamente a su alrededor se hizo un claro, que sus dos perrazos de combate guardaban a dentelladas para más terror de los indios. El combate, debido a la superioridad en número de los indios y su presión, iba tomando un sesgo preocupante, en dos ocasiones la línea había cedido y costó sangre y esfuerzo recomponerla, en el cuerpo a cuerpo, ballestas y arcabuces no eran procedentes, mas que para asestar culatazos…

Viendo todo ello, Sigura miró a Cárdenas que asintió adivinando las intenciones de su jefe, éste se alzó sobre los estribos de su corcel para realizar una seña a Don Alfonso García y Luque, que con sus jinetes estaba al otro extremo de la línea defensiva castellana.

Y aquél le hizo una seña con la mano que sostenía un pedernal, le había entendido. Sigura lanzó un seco alarido y espoleó su caballo, al instante el otro escuadrón hizo lo propio, en un momento se lanzaron a ganar las espaldas de la masa de indios que pugnaba por romper la línea de la hueste, cabalgaron al grito de : ¡Castilla y Felipe!

Arrancaron con una furia digna del momento descargando sus pedernales para echar mano a continuación de sus espadas, hiriendo y matando sin piedad…

Los indios se vieron obligados a dividirse y se desconcertaron por unos instantes, Don Rodrigo que celebró la iniciativa de los de a caballo, rugió de nuevo: ¡Avanzad!

La línea de los castellanos empujó y las picas y espadas hicieron su mortal tarea, los indios retrocedieron lo suficiente para que los arcabuces que habían recargado con postas realizaran una descarga de efecto devastador, cuando los jinetes recobraron sus posiciones en los flancos, el empuje de los salvajes había cedido, pero de nuevo volvieron a la carga, a pesar de que el envite estaba más nivelado…

Sigura, durante la alocada carga, había visto un grupo de tres indios en una lejana roca y por las plumas que los ornaban, debían ser los jefes de aquella horda…

-¡Sargento Guillén!- dijo- ¡Envíame a los tres mejores arcabuceros que tengas!- al instante tres soldados con sus arcabuces, el rostro ennegrecido y el rictus del combate se presentaron ante él.

-¡Allí en aquella roca están los fantoches que dirigen esta horda! ¿Creéis que desde media loma podéis alcanzarlos?- les preguntó.

Uno de los arcabuceros, oteó hacia donde señalaba el jefe de la hueste.

-¡Se puede mirar!-respondió el veterano.

-¿Dónde has servido soldado?- preguntó Sigura.

-¡En Flandes, y en Italia señor!- respondió el hombre.

-¡Seguidme loma arriba, con tres jinetes más os cubriremos!-ordeno Sigura…

En unos momentos, el grupo había ganado algo de altura en la loma vecina, y el veterano arcabucero encontró un buen puesto de tiro, clavó la horquilla del arcabuz y empezó a dar instrucciones concisas a sus dos compañeros.

-¡Tiro con horquilla, doble carga de pólvora, bala de plomo abierta…!-

Los jinetes vieron como los hombres clavaron las horquillas, cargaron dos veces pólvora y con un cuchillo mellaron la munición de plomo. A continuación apoyaron los arcabuces en las horquillas y se tomaron su tiempo para apuntar. Mientras, los indios no se habían percatado del pequeño grupo que desde la loma preparaba un golpe de mano.

Uno tras otro, los tres arcabuces dispararon, con una humareda considerable…

Uno de los tres jefes indios, se abatió, y un segundo se retorció… El tercero lanzó un alarido penetrante.

-¡Bravo!- exclamó Sigura.

Al escuchar los alaridos, los atacantes se volvieron, les sacudió una especie de duda primero, desconcierto después y finalmente emprendieron una desordenada huida…

-¡Disparadles ahora!-ordenó el Maestre de Campo. Las saetas y una descarga de arcabuces, volvió a clarear las filas enemigas en fuga-¡Avanzad y recargad!- volvió a ordenar Don Rodrigo.

La segunda descarga, no fue tan mortífera porque los indios estaban más lejos y retrocedían a la carrera, ya sin gritos ni alaridos.

En media loma, a caballo Sigura sonreía: ¡Hemos vencido! ¡Soldados dad vuestros nombres al sargento Guillén!-

Por unos momentos los castellanos permanecieron en pie contemplando ante ellos, y tras ellos el tapiz de hombres caídos de uno y otro lado en la batalla, con los rostros y las ropas ennegrecidos por la pólvora y la sangre, entre ellos con el recién nombrado álferez junto a él, el grueso Maestre de Campo, Don Rodrigo Menéndez, montado en su caballo recorría las hileras de muertos y heridos, el mismo había recibido una segunda pedrada, ésta en el ojo, que lo tenía enrojecido y tumefacto, pero no le importaba, habían vencido en un combate muy duro… La hueste- pensaba- se había probado a sí misma, en aquella ocasión, en una batalla de verdad, no en celadas o emboscadas.

Hacia el Maestre de Campo, sobre su corcel negro, se dirigía el capitán general, Antonio de Sigura.

-¿Estáis malherido, Rodrigo?- le preguntó al ver las flechas clavadas en la coraza.

-¡Las flechas no han hecho mella, bajo la coraza, llevo un buen jubón de lana prensada forrado de cota de malla! ¡Pero el ojo, Don Antonio…!- dijo volviendo la faz y señalando su ojo izquierdo- ¡Creo que lo perderé!-

El jefe de la hueste, palideció y lanzó un grito: ¡Que acuda Maese Juárez, el médico!

Los hombres andaban buscando a sus amigos o familiares, y buscando entre los caídos a los heridos para iniciar su curación, se empezó a repartir agua… El descanso tras la feroz lucha, el secreto orgullo de la victoria ahogado por el cansancio, todas las emociones posibles anidaban en el ánimo de los que habían quedado en pie…

Unos heridos gemían y alzaban una u otra mano solicitando socorro, otros que se tenían en pie, se acercaban al grueso de los suyos apoyándose en su arma…

Sigura no perdió el tiempo, tras ver que el galeno estaba al cuidado del Maestre de Campo, fue al encuentro del sargento Guillén, que sentado en una roca se lavaba un desgarrón que un hacha enemiga le había efectuado en el brazo izquierdo, rasgando el jubón hasta llegar a la carne. El sargento cesó en su cura y miró fijamente a su jefe.

-¡Buena pelea! ¿Verdad mi Capitán General?- dijo poniéndose en pie.

-¡Descansad, Honorio…!- respondió displicente Sigura- ¡Os darán su razón tres arcabuceros, uno de los cuales me habéis recomendado como el mejor de la hueste! ¡A fe de Dios, que tenéis buen tino! ¡Ese hombre ha provocado la huida de esos salvajes…! ¡Y ha impedido que sangráramos más en esta batalla!-

-¡Si, el bueno de Jacinto Pérez, me acompaña desde las campañas de Lombardía, estuvo en Flandes y tenía a gala limpiar las almenas de Amberes con su arcabuz, de uno en uno los iba dejando secos!- comentó el sargento primero, meneando la cabeza.

-¡Dadle a él una ventaja de soldada de diez reales, y a sus dos camaradas de cinco, cada mes de esta campaña!- ordenó Sigura, antes de espolear su caballo- ¡Y seguid con esa herida!- Sigura regresó junto a Menéndez y el doctor.

-¿Cómo está ese ojo, Maese Juárez?-pregunto el jefe sin desmontar. El médico respondió con un gesto triste. El Maestre de Campo tendido en el suelo soportaba los enjuagues sobre el ojo herido que Juárez le hacía con un paño empapado en aguardiente- ¡Don Rodrigo, dad orden al sargento Julio López que ponga en orden de combate una sección, con más de cuarenta arcabuces y ballestas, vamos a perseguir a esos demonios hasta reducirlos! ¡Tomaré los jinetes de mi columna!-

-¿No habéis tenido bastante?- no pudo evitar de exclamar el galeno sin dejar de aplicarse en la cura.

-¡Dejad, Maese…! ¡Don Antonio tiene razón! ¡Ahora es el momento de rematar la faena! ¡Y no podemos dejar atrás a gente tan empeñada en acabar con nosotros!- el Maestre se revolvió un momento, asiendo el brazo que intentaba curarle- ¡Julio!-gritó.

El sargento acudió, Menéndez le dio las ordenes y el recio soldado se puso manos a la obra… Lo primero dotarse de pólvora seca y munición, comprobar corazas, espadas y yelmos. Agarrar picas y alabardas y formar en columna. Los jinetes de Sigura y Cárdenas se les unieron, en total una columna de cien hombres, enteros y bien armados. A un gesto de su jefe siguieron el camino que habían tomado los huidos… Los soldados iban en busca de venganza, sus jefes a reducir aquellos paganos rebeldes.

Descendieron por un cómodo camino ondulante y tapizado de hierba por espacio de algo menos de una legua, y allí sobre una colina rocosa y agreste, vieron un poblado colgado en las alturas, como un viejo castillo roquero.

La colina, era de roca rojiza, con importantes oquedades, en las que estaban situadas las construcciones de los indios, entre oquedad y oquedad se advertían escalas talladas en la roca. Las primeras construcciones estaban a unas seis varas de altura, y las otras dos a ocho y diez respectivamente. La cima era redondeada, y estaba a unas veinte varas. Hacia el noreste se extendía una pradera dulce que descendía suavemente hacia el lejano llano, sin duda el camino hacia Maracaibo… A sus espaldas una serie de lomas redondeadas de roca rojiza iba descendiendo, Sigura envió a un par de jinetes a comprobar que las lomas no guardaran peligro alguno.

La cima de la roca que albergaba el poblado indio, estaba todavía tocada por el sol, pero en aquella hora de la tarde, la sombra que proyectaban los últimos montes de la Sierra de Perijá inundaba el ancho y suave valle en el cual Sigura y su expedición había tomado posiciones frente al poblado roquero.

Los hombres de a pie se habían dispuesto a una prudencial distancia de la peña frente a ella en forma de media luna, con los cuernos apuntando a los lados del poblado; en primera línea, los que llevaban corazas y espada, tras ellos las largas picas, intercalados con las picas los ballesteros y unos pasos atrás los arcabuceros habían plantado sus reales, es decir las largas horquillas que ayudaban a mantener firme el arcabuz y acertar con más facilidad en el tiro. Los de a caballo, como en la batalla del paso, divididos en dos unidades flanqueaban la tropa, todos permanecían con la mirada fija en los estrechos ventanucos que como aspilleras moteaban las paredes de las casa que estaban incrustadas en las oquedades de la roca.

Sigura permanecía montado atrás, acompañado de Cárdenas…

-¿Qué os parece Don Pedro? ¡Esas casuchas son de adobe, y la techumbre parece de paja y hierbas secas!- comentó el jefe de la hueste.

-¿En qué pensáis, Don Antonio?- se volvió Cárdenas bajo el chambergo que había vuelto a ponerse.

-¡Pues en todo, menos en trepar hasta ahí arriba para sacar a esos idolatras de su fortaleza!- respondió Sigura con una feroz sonrisa que helaba los humores. Acto seguido, el capitán general se guardó la gorra flamenca para colocarse de nuevo el yelmo.

-¡Don Antonio, no sabemos cuantos son…! ¡Por descontado no podemos arriesgarnos a trepar para que nos aguarden en su fortaleza y nos vayan liquidando conforme lleguemos! ¡Es mejor hostigarlos sin descanso desde aquí, con los arcabuces les obligaremos a rendirse!- propuso Cárdenas.

-¡Acordaos de lo que os digo, Don Pedro! ¡Antes de medianoche tendremos a esos trescientos salvajes y sus familias, o los que queden de ellos reducidos, maniatados y resignados a recibir el bautismo!-

-¿Cómo sabéis que son trescientos?- Cárdenas le miró de hito en hito, calándose de nuevo el morrión.

-¡Son los que han podido escapar allí arriba, en el paso, trescientos no más!- respondió triunfante Sigura, tras lo cual llamó al sargento López- ¡Sargento hemos de conseguir que las saetas de las tres primeras andanadas, sean verdaderas antorchas!-

-¡Si, mi capitán!- espetó Julio López. El sargento llamó a cinco hombres de los de las ballestas…

-¡Un buen soldado el sargento…! ¡Es de Osma, o de Gormaz! ¿Verdad, Don Pedro?- Sigura miró fijamente a su camarada y subordinado, ajustándose el yelmo flamenco.En la escasa abertura frontal, brillaban sus ojos azules que brillaban de excitación ante el nuevo baño de sangre. Cárdenas adoptó un aire de gravedad, sentía como se le resecaba la boca antes de dirigirse a su jefe.

-¿Es que vais a incendiar sus hogares?- preguntó obviando responder sobre el origen del sargento Julio López.

-¡Eso les hará salir, y serán vulnerables! ¡No podemos arriesgarnos, nosotros somos un centenar, y a pesar de que están doblegados y fatigados, nos triplican…! ¡No cogeremos más de cien prisioneros!- dijo con resolución Sigura.

-¡Pero puede haber mujeres, viejos, niños… ¡ ¡Don Antonio, tened caridad cristiana!- le rogó Cárdenas- ¡Aguardemos a que llegue Don Rodrigo con el resto y podremos reducirlos a todos!-

.¿De qué caridad habláis? ¿Acaso la tuvieron ellos allí arriba? ¡Nos atacaron sin mediar palabra! ¡Además…! ¿Sabéis el riesgo que supone dejar atrás trescientos perros paganos armados y rabiosos? ¡Caerían sobre nuestra retaguardia cuando menos lo pensáramos!- se revolvió furioso Sigura.

-¡No os propongo eso…! ¡Digo que los mantengamos acorralados y que cuando llegue el resto de la Hueste, forcemos el combate, con más ballestas, con más arcabuces!- intentó corregirle Cárdenas.

-¡Escuchadme bien Cárdenas, no pienso regalarle a ese miserable de Don Álvaro, ni una jornada más de ventaja! ¡Cuando el grueso de la Hueste llegue hasta aquí, esos salvajes estarán reducidos y seguiremos nuestra ruta!- la respuesta había sido tajante. Cárdenas asintió con la testa y se aprestó a reunirse con los de a caballo que tenía a su cargo. Sigura, nervioso apremió a López…

 

Cuando a las diez horas de la jornada siguiente, el grueso de la Hueste Reconquista llegó a la colina rocosa, el escenario era dantesco.

Tanto Menéndez, como García Luque, Atienza y los demás se quedaron estupefactos… La colina ennegrecida por completo humeaba, y en su base y ladera se contaban los cadáveres de los indios a centenares, algunos de ellos chamuscados, la expedición que había realizado el ataque, mantenía prisioneros y estacados en el suelo una treintena de indios, entre los que había mujeres, ancianos y niños. Los que habían realizado la reducción estaban formados como para seguir la marcha, Sigura sobre su caballo se dirigió hacia los tres oficiales que bajaban por el prado, y se detuvo frente a ellos con las manos sobre la silla de montar, sin yelmo ni gorra y con una sonrisa malvada…

-¡No hemos tenido bajas!- dijo ufano. Los hombres contemplaban aquella matanza, sospechando como se había llevado a cabo. Algunos se santiguaron, pero a un veterano como Menéndez, que lucía además un parche sobre el ojo izquierdo, amargo recuerdo del combate del paso de las montañas, aquello no le impresionaba.

-¡Bravo, Capitán! ¡Bien hecho!- le lisonjeó.

.¿Cómo va ese ojo, Don Rodrigo?- le preguntó Sigura. Ambos estaban montados frente a frente.

-¡A la vista de esto, Don Antonio…! ¡Me duele menos!- Sigura estalló en una risa que no ocultaba algo de histeria, tras protagonizar una masacre como la que habían perpetrado.

-¡Ahí está el camino de Maracaibo!- soltó Sigura señalando el llano que se extendía por el norte y el levante.

-¡Veo que estáis a punto de marcha! ¡Excelente, nosotros hemos reposado esta noche tras enterrar a nuestros muertos! ¡Estamos dispuestos a seguir!-

Tras atar en reata a los indios prisioneros, la columna volvió a su orden de marcha normal, flanqueado por algunos hombres, una vanguardia y la retaguardia a cargo de los de a caballo mayormente.

-¡Don Rodrigo! ¿Hemos perdido muchos hombres?- preguntó Sigura.

-¡Noventa y tres hombres, Don Antonio!- respondió el Maestre de Campo.

-¿Y heridos?- volvió a preguntar.

-¡Cien largos, pero casi todos leves! ¡Los graves, han muerto esta noche!- remató Menéndez.

La columna avanzaba a buen paso, a pesar de llevar numerosas angarillas con los heridos, el sol lo dominaba todo, y lentamente se aproximaban a un gran llano tapizado de alta hierba.

-¿Nos habrá tomado mucha ventaja aquél miserable y su gente?- preguntó Menéndez.

-¡No dudéis que aprovechará todas las ocasiones!- respondió hoscamente el jefe de la Hueste Reconquista.

Unos paso atrás, Cárdenas cabalgaba con la faz ensombrecida, acompañado de sus camaradas del Santo Oficio, García Luque y Atienza-¡Una crueldad, quizás necesaria, pero aún así una crueldad!- murmuraba. A sus flancos, sus camaradas cabalgaban al paso en silencio, intentando olvidar el hedor a carne quemada que dejaban atrás.

 

 

Lejos de aquellas estribaciones noreste de la Sierra del Perijá, a las puertas de la ciudad de Nueva Zamora de la Laguna del Maracaibo, había llegado una disciplinada hueste compuesta por soldados de a pie, indios, jinetes, y una recua de acémilas con matolaje y algunas angarillas con heridos.

Los capitanes de la Hueste de Guay- Naya se pararon ante el baluarte de piedra que se estaba reconstruyendo, a lado y lado soldados medio desnudos, para aliviar el calor, levantaban tramos de una empalizada… A la izquierda una línea verde de manglares y caña medio escondía la gran mancha de azul verdoso que el mar dibujaba en el paisaje, y a la derecha una vegetación similar hacía lo propio con aguas más azules y sosegadas.

.¡Así que esto es el Maracaibo…!- susurró Álvaro, cubriéndose el guantelete con la manopla de piel, andaba en camisa blanca, sin arnés ni jubón y los cabellos estaban libres del morrión.

-¡Así es, la ciudad que fundara Don Amboise Alfinger, y que mi padre tuvo que evacuar hacia la Guajira! ¡Había oído que querían refundarla de nuevo…!- observó Federmann.

De la puerta del bastión, salieron tres soldados, uno de ellos con aire de oficial, a pesar de no llevar yelmo ni distintivo alguno, iban en mangas de camisa, pero el del centro además de tener un aire más distinguido, llevaba botas de montar hasta medio muslo y greguescos sobre unos pantalones de ante, sus dos compañeros iban en alpargatas y calzones marrones, ajustados y de algodón.

-¡Alto ahí, señores!- dijo el supuesto oficial- ¡No se permite que hasta las puertas de Nueva Zamora arribe tropa alguna sin identificar! ¡Vuestros hombres deben retirarse una milla lejos, y vuestro capitán ha de dar razón de vuestra presencia al comandante de la plaza!- el hombre se dirigió a ellos con decisión. En lo alto del bastión en construcción dos arcabuceros les apuntaban cubriendo a los de la plaza.

-¡Entiendo lo que decís…!- respondió Álvaro- ¡Pero antes de cumplir con dicha exigencia, quiero saber quién y en nombre de quién me realiza el requerimiento, señor!-

-¡Es el alférez y lugarteniente del Capitán Don Pedro Maldonado, que tiene a su cargo la guardia de puertas de la plaza de Nueva Zamora!- dijo de forma muy protocolaria el joven oficial.

-¡Cumpliremos puntualmente vuestras indicaciones, señor alférez! ¡Pero…! ¿Vuestra gracia?- insistió Álvaro.

-¡Mi nombre es Francisco de Pimentel, señor! ¿Y el vuestro?-

-¡Capitán Álvaro de Sobrarbe, Don Francisco! ¡Nos gustaría a Don Nicolás Federmann y a mi mismo, presentar nuestros saludos a vuestro capitán!- dijo risueñamente Álvaro, para a continuación dirigirse a Bernardo, el lugarteniente-¡Bernardo, que la hueste se aleje una milla del bastión, montad guardias y que Hernando escalone tres aravacos hasta otra milla lejos, en prevención de que aquellos bellacos nos estuvieran pisando los talones…!-

Sin mediar palabra con un austero gesto de cabeza, el lugarteniente tiró de las riendas para dar media vuelta e impartir las ordenes.

-¿Con vos está el hijo de Nicolás Federmann?- preguntó el llamado Francisco de Pimentel mirando de hito en hito a ambos jinetes.

-¡Así es, Don Francisco!- sonrió Álvaro.

-¡Si, Don Francisco, mi padre anduvo hace años en estas tierras al servicio del Emperador!- el alemán sonreía abiertamente con ambas manos sobre el pomo de la silla de montar. Mientras el parlamento de los oficiales proseguía, la hueste emprendía la marcha para alejarse una milla, se divisaba, mas o menos a esa distancia, un suave promontorio, que en aquella llanura dominaba el terreno, y hacia allí Bernardo Cabrera dirigió los pasos de la hueste.

-¡Me alegro de conoceros, vuestro padre es muy celebrado en estas tierras, fundó ciudades, puso orden y redujo un sinfín de tribus de indios! ¡Os encontraréis aquí en Nueva Zamora a muchos descendientes de hombres que sirvieron a las ordenes de él!- dijo el joven oficial de la plaza.

-¡Don Francisco…! ¿Será posible que el capitán Mendoza, nos conceda audiencia?- preguntó Álvaro.

-¿Al hijo de Federmann y su gente? ¡Al instante, no lo dudéis! ¡Seguidme!- el joven Pimentel hizo el gesto de que le siguieran. Ambos desmontaron y llevando a los caballos por el bocado penetraron en el baluarte.

Pudieron observar asombrados, que la obra tenía gran importancia, tras el primer baluarte, un puente conducía a un segundo, cuyo tramo final de madera, era levadizo. El segundo bastión era más alto que el primero con torreones de defensa y una barbacana erizada de aspilleras y emplazamientos de culebrina. A ambos lados del segundo bastión se empezaba a alzar una recia muralla de sillares de piedra. Entre ambos bastiones y murallas se había excavado un foso, profundo y ancho. Mientras cruzaban el puente, hacia el imponente bastión interior, Álvaro no pudo evitar un comentario en voz baja que no pasó inadvertido por su anfitrión.

-¡Que fortificación tan imponente!- dijo.

-¡Es necesaria Don Álvaro! ¡Esta zona del lago de Maracaibo, es muy rica y feraz, y su puerto está destinado a ser uno de los más importantes del virreinato, puesto que está muy protegido y dispone de puertos auxiliares como los de San Rafael, Santa Rita y Altagracia! ¡Todos ellos están también muy protegidos y pueden constituir una ayuda valiosa para el principal…! ¡El padre de Don Nicolás, ya se encontró aquí durante la primera fundación de la ciudad, multitud de poblados indios en palafitos anclados en el lago, la pesca es muy productiva aquí, tanto en el golfo marino como en el lago! ¡Esos palafitos son ahora puertos de pesca, con sus pescadores indios y castellanos que conviven en paz!- durante la explicación de Don Francisco de Pimentel, el grupo había accedido al segundo bastión, en cuya puerta un cabo les detuvo. El oficial dio razón de los recién llegados y de su deseo de ser recibidos por el capitán de la plaza, y prosiguieron hacia el interior.

Emergieron a la ciudad, tras dejar las sombras del corredor abovedado que atravesaba el bastión. La ciudad moteada de edificios antiguos, en distintos estados unos de otros, estaba en plena actividad de reconstrucción. Su planta era la normal de todas las ciudades castellanas de la zona, partiendo de la cruz de dos avenidas principales que recorrían de norte a sur y de occidente a oriente, una retícula de calles definía las características cuadras o manzanas. El lugar donde ambas arterias principales se cruzaban, estaba destinado a ser la Plaza Mayor y alojar los principales edificios de la ciudad, como la catedral a medio construir, el ayuntamiento y el palacio amurallado del gobernador de la plaza, también en construcción.

Iban derechos al palacio cuya muralla frontal estaba enmascarada por andamios en los que los albañiles y canteros se aplicaban en su labor. Álvaro pudo fijarse en dos modernos cañones que guardaban la gran puerta de entrada…

Tras atravesar el largo corredor del cuerpo de guardia salieron a un patio de armas en el cual era evidente que se estaban levantando las dependencias del gobernador; accedieron a un cuerpo lateral, casi terminado, de factura castellana muy austera, en la que las puertas cuarteradas de roble eran el único lujo.

-¡Don Pedro, la hueste de la que os he informado, ha retrocedido algo más de una milla! ¡Sus capitanes os han solicitado audiencia!- el joven Francisco de Pimentel, en actitud respetuosa estaba ante una sencilla mesa tras la cual el capitán, Don Pedro Maldonado, escuchaba las nuevas de uno de sus oficiales. El capitán de la plaza estaba sentado delante de una pared blanca, decorada con una bandera regimental que lucía la cruz de Borgoña y un simple crucifijo colgado de la pared… La luz del día penetraba por una ventana abierta a la izquierda del sobrio despacho situado en una segunda planta.

-¿Qué tal son esa gente? ¿Quién los vigila?- preguntó el capitán, que era un hombre que rondaba la treintena, recio de complexión, de cabello rubio y ojos azules.

-¡No parecen traer intenciones hostiles, mi capitán! ¡Y he ordenado al sargento Veiga que no les pierda de vista, y que a cualquier movimiento nos informe!-respondió el otro.

-¿No serán gente del Virrey, que traen ordenes de relevo para nuestro gobernador Don Diego de Mazariegos? ¡Esos malditos albistas están tomando uno tras otro todos los puestos clave de estos nuevos reinos…!- dijo el capitán poniéndose en pie, y mostrando su gran envergadura, como su subordinado iba en mangas de camisa, la ropilla colgaba del respaldo de su silla.

-¡Se me antoja imposible, mi capitán, entre ellos está el hijo de Nicolás Federmann! ¡Y si conoce del triste fin de su señor padre, y quienes lo procuraron, dudo que haga armas en filas del de Alba!- informó Pimentel.

-¿El hijo de Don Nicolás? ¡Hazlo pasar, al instante! ¡Y ruego que te quedes!- el oficial cumplió lo ordenado.

-¿Federmann?- preguntó Maldonado que permanecía en pie ante ellos.

-¡Esa es mi gracia señor capitán! ¡Y junto a mi, tenéis a mi capitán Don Álvaro de Sobrarbe!- señaló el teutón. El capitán los observaba de hito en hito.

-¡Me han informado de que venís al frente de una hueste numerosa! ¿Tenéis Nueva Zamora como destino, señores?- la pregunta de Maldonado era directa.

-¡Oh, de ningún modo señor…! ¡Estamos de paso, desearíamos reponer vituallas y cruzar el estrecho, nos dirigimos al sureste…!- Álvaro juzgó llegado el momento de entrar en la conversación.

-¿Sois quizás, portadores de misiva de Lima?- prosiguió Maldonado.

-¡No capitán…!- cortó tajante Álvaro.

-¿Entonces…? ¿Vuestra presencia aquí?- no se rindió el comandante de la plaza.

-¡Traemos Capitulaciones, mi señor! ¡Somos una hueste autorizada!- respondió Álvaro.

-¡Mostradme dichas Capitulaciones, caballero! ¡Si os place hacerlo!- el tono de Maldonado se dulcificó, pues unas Constituciones presuponían firma y sello del Rey de Castilla, y aquello eran palabras mayores. Álvaro extrajo de su faja un sobre de cuero, y cuidadosamente sacó de él los pliegos doblados, de lo firmado en Portobello para mostrarlo a su interlocutor.

Maldonado repasó las dichas Capitulaciones… Especialmente el pie del último pliego.

-¡No son válidas, Don Álvaro! ¡No traen sello y firma del Rey!- con mirada severa, el comandante de la ciudad devolvió los papeles.

-¡ Son legales, señor, llevan sello y firma de Don Gonzalo Dovalle, Adelantado del Rey en Mérida de Yucatán, sin duda podréis averiguar que además de su Majestad el Rey, los únicos autorizados a consignar Capitulaciones de hueste indiana, son sus Adelantados!- protestó Álvaro.

-¡Eso es cierto, pero desde los tiempos del César Carlos, no se han visto Capitulaciones de esa naturaleza…!- reflexionó Maldonado.

-¡Pero éstas, mi Capitán si lo son, y son legales!- se reafirmó Álvaro.

-¡Quizás sea así, pero en vuestro pliego se consigna la defensa de los territorios más allá de los límites de la Capitanía de Venezuela! ¡Y esto huele a una nueva maniobra de los intereses de los albistas en estas tierras!- soltó Maldonado.

-¡Oh, no Capitán!- Federmann intervino- ¿Creéis que el hijo de Nicolás Federmann, se pondría a las ordenes de los verdugos de su padre?- la afirmación del alemán hizo mella en la desconfianza del responsable de Nueva Zamora.

-¡Pimentel traed sillas para estos caballeros…! ¡Quiero saber exactamente cuales son sus propósitos!- ordenó Maldonado.

El interrogatorio siguió algo más distendido.

-¡Entended, señor Capitán, que nosotros también debemos conocer vuestra relación con los hombres del de Alba…!- se aventuró Álvaro. Maldonado sonrió y cruzó una mirada de inteligencia con Pimentel.

-¡Todo el mundo sabe que los hombres de Don Diego, el gobernador, no son afectos al nuevo Virrey, un hombre próximo a la Casa de Alba! ¡Todos nosotros o nuestros padres, procedemos de las tierras de León, en la lejana España! ¡Todos hemos estado a las ordenes del caballero Tello Ordóñez, que tanto hizo por esta tierra! ¡A Don Tello, la Inquisición y los albistas le buscaron la perdición y mancharon su buen nombre! ¡Algo que no perdonamos, lo cual es conocido, y de hecho aguardamos de un día para otro, recibir ordenes desagradables procedentes de Lima! -el comandante de Nueva Zamora del Lago Maracaibo, se explicó- ¡Y ahora deseo escuchar vuestros motivos reales para marchar hacia Siete Virtudes!- al escuchar esto, tanto Álvaro como Federmann dieron un respingo.

-¡Pero…! ¿Sabéis de la existencia del Virreinato secreto?- preguntó Álvaro.

-¡Ese secreto, aquí es a voces, Don Álvaro! ¡Si dependiéramos de Lima o de Cartagena para levantar esta ciudad y la de Santiago de León de Caracas, ya habríamos sucumbido!- respondió Maldonado.

-¡Pero al otro lado del Perijá, nadie ha mencionado el Virreinato…!- observó Federmann.

-¡Entre nuestros pactos con el virrey De La Marck, se encuentra el de no dar noticia sobre Siete Virtudes!- aclaró Maldonado- ¡Y ahora, caballeros…! ¡Vuestros motivos!-

-¡Es una larga historia que da comienzo en Castilla…!- Álvaro realizó un sucinto relato de sus cuitas con la Casa de Alba y de los incidentes que con ellos había tenido en las Indias Occidentales. Al final del relato, entró en lo que el capitán de la plaza, le preguntaba…

-¡Estamos en Maracaibo, para cruzar al otro lado y proseguir el camino hasta Siete Virtudes, para alertar a su virrey de que será atacado y ponernos a su servicio para impedir la destrucción por parte de Alba de un establecimiento protegido por el Rey!- finalizó Álvaro.

-¡Os creo, caballero de Sobrarbe! ¡Y más si cabe, viniendo acompañado por el hijo del gran Nicolás Federmann! ¡Decidme! ¿Qué puede hacer Nueva Zamora, por vosotros?- Maldonado estaba totalmente distendido.

-¡Nuestra tropa está agotada, a un milla de esta ciudad…! ¡Necesitan al menos dos comidas calientes y descansar en sitio seguro una o dos noches! ¡Deberán asearse, lavar sus ropas y holgarse un poco…! ¡Desde el inicio de la marcha, no hemos tenido respiro alguno!- respondió Álvaro.

-¡Entiendo…!- Maldonado y Pimentel esbozaron una sonrisa de complicidad- ¡Creo que vuestros hombres podrán gozar de dos días de merecido descanso y solaz!-

-¡Por nuestra parte, Capitán…!- añadió Álvaro- ¡Los oficiales emplearemos el tiempo en adquirir pertrechos, víveres, pólvora, algo de ganado y caballerías que en los combates hemos perdido! ¡Naturalmente pagando todo ello!-

Al oír aquello, los ojos del capitán se abrieron, las alcabalas de aquél negocio les irían muy bien a las arcas de la joven ciudad que tutelaba.

-¡Afortunadamente para vosotros, de todo lo que necesitáis, nuestros comerciantes y ganaderos están bien surtidos! ¡Si hubierais solicitado hacer una leva en la ciudad, tendría que denegarlo! ¡De hecho Nueva Zamora, para estar razonablemente defendida ha debido tomar a su servicio una cincuentena de hombres de las partidas de Don Alfredo Somer, un hacendado y apreciado baquiano de toda esta región, desde el Perijá, hasta más allá de las bocas del rio Serpiente, el Orinoco, conoce todos los bosques, los repliegues de los montes y de los ríos…! ¡Es hijo de uno de los soldados tudescos de vuestro padre, Federmann!- dijo con suavidad el capitán Maldonado.

-¿Está Alfredo en la plaza?- preguntó con vehemencia Federmann.

-¡Pues si, hoy está en Nueva Zamora! ¡Estáis de suerte, caballeros!- respondió risueño Pimentel.

-¡Oh, si…! ¡Como buen tudesco es muy estricto en sus obligaciones y las de sus hombres! ¡Y también con los días de cobro!- remató Maldonado- ¡Y ahora caballeros, debo atender otros asuntos, les dejo en manos de mi oficial, Don Francisco de Pimentel, que se ocupará de todo en los términos que hemos dispuesto! ¡Les deseo una buena estancia en Nueva Zamora, esta noche están invitados a cenar en estas dependencias!-

Tras una leve inclinación de cabeza, dejaron al capitán de la plaza que prosiguiera con sus asuntos.

La primera providencia que Pimentel tomó, fue mostrar a los oficiales de la hueste los alojamientos en los que ésta podría permanecer durante su estancia en la ciudad; eran unos antiguos cuarteles, de la era de Ambrosio de Alfinger y del padre de Federmann, una parte de la techumbre había cedido pero en la inspección que hicieron se cercionaron de que había sitio para todos, y pudieron ver las numerosas hornacinas cerradas con una portezuela, sin duda para los efectos de los soldados, la cocina, el comedor colectivo, las letrinas, el lavadero, y unas pequeñas piscinas, sin duda destinadas al aseo y la gimnasia de la tropa…

Nunca había visto cuarteles tan bien dotados como aquellos en Castilla, ni en lugar alguno de las Indias Occidentales- pensaba para si Álvaro.

Una vez tanto Federmann como Álvaro dieron su asentimiento a los alojamientos, Pimentel se ofreció a acompañarles hasta donde acampaba su hueste y acompañarles hasta el acuartelamiento, situado junto a los muelles del Maracaibo, que se estaban fortificando. Tomaron sus caballos y emprendieron la salida por los baluartes, el sol iniciaba el declive, pero todavía bañaba la llanura.

La tropa celebró ruidosamente la entrada en aquellos pabellones… Álvaro se aprestó a buscar un lugar discreto y solicitó la protección de sus oficiales… Encontraron en un rincón de una dependencia de la cocina una mesita, allí sobre la polvorienta mesa, Álvaro y Bernardo contrastaron sus estadillos, y aquél se deshizo de la faja, de uno de sus cintos anchos y del mismo empezó a extraer doblones hasta sumar la cifra que se debía a la tropa, de inmediato volvió a ceñirse el ancho cinto y la faja que lo cubría.

-¡Caballeros, vamos a buscar al cambista de la plaza, esta noche nuestra gente percibe su soldada!- y fueron en busca de Pimentel para que les indicara donde se podía hallar a quién se dedicara a aquellos menesteres en la plaza. El joven oficial les facilitó el cometido, y en breve en los cuarteles viejos de Nueva Zamora, los reales de plata pasaban de una mesita vigilada por la plana de oficiales, a las faltriqueras de los esforzados hombres de la hueste, indios incluidos, según su rango y responsabilidad.

La voz de que una tropa había percibido una generosa paga, se extendió por la plaza como un reguero de pólvora, y no tardaron en aparecer en los alrededores de los cuarteles, buhoneros, soldaderas y mujerzuelas… Ante aquello, los oficiales se ausentaron, habían pactado dejar que sus hombres se alegraran la existencia mientras duraba el descanso, y llevando sus monturas del bocado pasearon por entre edificios derruidos, nuevos y los más en reconstrucción mientras las sombras se adueñaban de las calles y plazuelas, en las que a menudo gorgoteaba una fuente de agua procedente de las minas subterráneas.

La cena en las estancias del capitán Maldonado, fue un pequeño banquete, cordero asado y todo tipo de papas guisadas en aceite, el vino tampoco faltó, y Gerardo García dio un respingo al reconocer botellas de vino de su cosecha sobre la mesa… Pero lo mejor fue la presencia de Alfredo Somer y la presentación elogiosa que tuvo lugar entre los hombres de la Hueste de Guay Naya y el celebrado baquiano de las tierras venezolanas. El tudesco era un hombre atlético, pelirrojo y de mirada azul, como es frecuente en aquella nación.

-¡Así pues…!- irrumpió Maldonado en la descripción de la ruta seguida- ¡Según vos, Don Álvaro, es posible que esa hueste albista, más numerosa que la vuestra, llegue en pocas jornadas a nuestras puertas!- se hizo un silencio.

-¡Es posible, aunque no podemos saber cuando tendrá lugar su llegada! ¡En los altos del Perijá, erraron la ruta de descenso y tomaron una canal que según nuestro guía aravaco, les llevaba hasta territorio difícil de practicar y además habitado por indios hostiles!- respondió Álvaro.

-¡Cielo santo!- saltó Somer- ¡Han tomado el curso del Rio Seco, un auténtico matadero para pies y cascos de monturas! ¡Efectivamente tras el difícil descenso han ido a dar con un pantano repugnante y maloliente, y por si ello fuera poco la quebrada del Pantano Negro, es el paso al territorio de los últimos Guajiros, indios irreductibles hasta ahora, encerrados en sus cerros rocosos…! ¡Si ha habido enfrentamiento, esa hueste habrá tenido que batirse a fondo!-

-¡Sea como sea, llegarán mermados y necesitados! ¿No es así, Don Alfredo?- preguntó con aire despreocupado Maldonado.

-¡Sin duda, Capitán!- respondió el teutón.

-¡A pesar de ello, Don Pedro…!- Álvaro levantó su mano derecha- ¡No menospreciéis a su cabecilla, el oficial de la Inquisición, Antonio de Sigura, no está falto ni de astucia ni de experiencia, ha hecho campaña en Flandes, en el Milanesado, en las Alpujarras, y estuvo tanto en Malta como en Lepanto! ¡Es un hombre experimentado! ¡Creo que vuestras dos piezas de artillería, le llamarán poderosamente la atención, y se creerá con el derecho de requisarlas en nombre del de Alba y de la Santa Inquisición!-

-¡Don Álvaro…!- sonrió Maldonado- ¡También nosotros tenemos gente con experiencia, pero acertáis en lo de los cañones, los cambiaremos esta misma noche de emplazamiento de ello se ocupará ahora mismo Don Francisco!-

El joven oficial, a medio saborear su ración de cordero, se aprestó a hacer cumplir la orden saliendo de la sala que acogía la cena. Aquella presteza no dejó de sorprender a los invitados.

-¡No os sorprendáis caballeros!- siguió Maldonado- ¡Maracaibo ha luchado en los últimos meses con gran dureza para llevar adelante su reconstrucción! ¡Indios rebeldes, especialmente Chaguos y Caquetios renegados! ¡Y lo peor…! ¡Piratas y corsarios, de toda suerte de enemigos de la Corona, que rondan por estas costas en busca de botín, y del oro y plata de su Majestad! ¡Por ello todo lo que afecta a la defensa de la ciudad, tiene por expresa orden mía, la máxima urgencia!-

Lo cierto es que el joven oficial regresó en breves instantes, dando la novedad de que las piezas estaban siendo trasladadas a sus emplazamientos de combate, en lo alto de los salientes del segundo baluarte.

La cena continuó su curso hasta que de nuevo, el responsable de la plaza alzó su voz sobre la conversación general…

-¡Vuestra historia es prodigiosa, Don Álvaro! ¡Y advierto que raramente os quitáis el guante de la mano izquierda!- dijo sonriendo. A Álvaro no le pasó desapercibido que había un fondo de incredulidad en aquellas palabras.

-¡Ello es, señor Capitán, porque creo que una mesa con tan sabrosos manjares no es lugar para mostrar el resultado de la crueldad humana…! ¡Pero entiendo vuestros razonamientos!- con rapidez, Álvaro de despojó de la manopla izquierda, surgiendo el temible guantelete de hierro, reluciente, que semejaba una garra. Acto seguido y ayudándose con la derecha apartó el guantelete y la mutilada mano apareció sobre el blanco mantel-¡He aquí la crueldad albista, esculpida en mi cuerpo!- dijo ásperamente. Tras un murmullo, volvió a colocar hierro y ante protectores.

-¡En Nueva Zamora hemos oído relatos que nos llegan con los marineros de la carrera de Indias! ¡Uno de ellos habla de un castellano manco, con mano de hierro, que frustró un importante ataque pirata hace un año en el Panamá!- explicó Maldonado.

-¡Los marineros exageran, un hombre solo no podría enfrentarse a Draque y Hawkins, pero algo debe haber de ello!- sonrió Álvaro.

-¡Caballero, sois un héroe!- exclamó Maldonado- ¡Un brindis con buen vino, por nuestro huésped!- todos se alzaron gallardamente y brindaron.

Algo más tarde, los oficiales de la Hueste Guay Naya, acompañados de Alfredo Somer, recorrían los alrededores de los acuartelamientos, en donde reinaba todavía la fiesta… Sones de guitarra y laúd, palmas y algún cante acompañado de risas de mujer daba una idea de que los hombres se divertían a fondo…

-¡Hoy han percibido su soldada, dudo que a la mayoría mañana les quede algo…! ¡Pero seguirán marchando y vendiendo su vida a cara o cruz!- dijo quedamente Álvaro, contemplando las luces y bailes de los que había dentro.

-¡Si, pero hoy, bien que se la están corriendo!- exclamó con un brillo de malicia en los ojos,Alfredo Somer.

-¡Bueno, Don Alfredo…!-cortó Álvaro- ¿Cuándo vamos a vuestra hospedería? ¡Debemos comprobar si es tan buena como decís!-

-¡Venga, seguidme caballeros!- fue la respuesta del alemán.

De hecho, Don Pedro Maldonado, les había invitado a quedarse a dormir en el austero palacio, pero con la excusa de rememorar los tiempos lejanos, Federmann y Somer lograron zafarse de un insulso final de jornada.

El alemán los condujo a un caserón que estaba entre el viejo cuartel y la Plaza Mayor, los ventanales de la planta estaban iluminados, y de ellos llegaban ecos de animada música. Lograron alquilar habitaciones para todos, en la enorme sala, una joven bailaba con aires de la lejana Sevilla, otras muchachas acompañaban a caballeros de aspecto acomodado… Al principio, las ropas recias de los recién llegados y sus armas al cinto, provocaron un silencio sepulcral, pero Somer alzó sus brazos sonriendo y todo volvió a transcurrir como antes.

-¡Una mesa, Ulrico! ¡Cerveza y aguardiente para quince por lo menos, aunque seamos cinco!- gritó el alemán con los brazos en jarras.

Se sentaron, y Álvaro, como Federmann, empezaron a sondear a Somer. Tanto Bernardo Cabrera, como Gerardo García, estaban más pendientes de las mozas que de la conversación. El local estaba decorado con madera, lucían las paredes cabezas disecadas de jabalís y tapires, los aromas de la cocina aún flotaban en el comedor, un alegre fuego animaba la escena de las dos mesas unidas como escenario sobre el que la joven taconeaba y se contorsionaba al ritmo de las palmas de los clientes de las mesas que pugnaban por alcanzar a ver que había más allá de unas rodillas firmes y bellas.

-¡Si lo deseáis, esta noche os lavan y planchan la ropa, en las alcobas hay para darse un buen baño y lo que se quiera!- murmuró Somer haciendo un pícaro guiño a los que estaban pendientes de las mozas… Llegaron las jarras de cerveza y la garrafita de aguardiente, una tabla de jamón ahumado en finas rebanadas cerraba el encargo.

Federmann empezó por relatar a Somer las experiencias en combate compartidas con El Lince, Malta y Lepanto; para proseguir con las incidencias de la Hueste de Guay Naya, y su objetivo final, más las increíbles ventajas que se obtendrían al finalizar su misión con éxito.

Somer que ya no era un ingenuo, se percató de la finalidad de la conversación.

-¿Qué ventajas puedo obtener? ¿Estoy establecido al norte de aquí! ¡Tengo influencia y fortuna, crio ganado y caballos!- dijo el hombre.

-¿Y una buena causa?¡Pensad en que vuestra influencia, aumentaría!- tentó Federmann.

-¿Haciendo la guerra al Duque de Alba y a sus protegidos? ¡Permitid que lo dude!- y echó un buen trago de cerveza que remató con un sorbo de aguardiente.

-¡El Virrey de Siete Virtudes, tiene la protección del Rey! ¡Ayudarle es sostener la causa de Su Majestad!-terció Álvaro.

-¡Es un buen argumento…!- Somer ladeó la cabeza- ¡Pero conozco los dominios de De La Marck, y se lo que se cuece allí! ¡Tarde o temprano, vuestro Rey cederá! ¡En Siete Virtudes, todo funciona como en Flandes, los nobles castellanos no tienen poder! ¡Ese será el fin del virreinato! ¡Lo mismo les sucedió a nuestros compatriotas de Venezuela…! ¡Vuestro padre, Federmann, es un buen ejemplo de lo que los funcionarios de la Corona, los hacendados, los obispos y los nobles castellanos, hacen con los intrusos!-

-¡Veo que nada puede haceros cambiar de opinión! ¿Nos prestaréis ayuda, al menos?- suspiró Álvaro.

-¡Podéis contar con ella, Capitán!- sonrió Somer.

-¡Víveres y pólvora de calidad, y la posibilidad de pasar rápido al otro lado!- soltó Federmann.

-¡Eso está hecho, yo mismo os puedo proporcionar lo que necesitáis, a precio de amigo! ¡En cuanto al paso del estrecho de Maracaibo, el capitán del único barco de la plaza, es amigo y cliente mio! ¡Mañana cerraremos el trato!- la respuesta era un alivio.

-¡Hay algo más…!- dijo Álvaro- ¿Tenéis mapas y guías de la región?- al decir esto había extraído de la faja el medallón. Al verlo, Somer abrió los ojos desmesuradamente.

-¿Cómo habéis conseguido eso?- susurró Somer.

-¡Una dama me lo entregó en Cartagena de Indias!- fue la respuesta.

-¿Dejáis que lo observe?- Álvaro le tendió la joya. El alemán al contemplarlo preguntó maquinalmente.

-¿Era mestiza?-

-¡Si, la hija de Don Tello Ordóñez, según dijo!- respondió Álvaro.

-¡Esto amigo, es un mapa, un salvoconducto y una petición! ¡Todo en uno!- murmuró Somer.

-¡Lo del mapa, un amigo aravaco, ya me lo había dicho! ¡Pero no sé interpretarlo bien!-fue el agrio comentario-¡De ahí que os pida mapas, para encajar ambos!-

-¡Amigo Federmann…!- dijo quedamente Somer a su compatriota, mientras devolvía a Álvaro el medallón- ¡Esto que tiene vuestro Capitán es algo más que la llave de los territorios donde nace el delta del gran Rio! ¡Nadie ha podido penetrar allí! ¡Esto cambia mucho las cosas, esas tierras esconden El Dorado, señores! ¡Alfredo Somer, si os parece bien se unirá a vuestra hueste, con parte de su gente!-

Tanto Federmann, como Álvaro dieron un respingo. Ambos trasegaron cerveza y aguardiente. Todos percibieron que llegaba la hora de retirarse… Somer dio instrucciones al hostelero de que la velada corría de su cuenta, que la ropa de todos debía ser lavada, y que dos de ellos andaban en celo. El tal Ulrico sabía perfectamente que hacer…

La noche fue dispar, Bernardo y Gerardo García, vieron colmadas sus esperanzas, la misma moza que recogía la ropa, se ofreció a darles un buen baño para posteriormente entre sonrisas y caricias recordarles que en la existencia hay más empeños que la lucha y el honor, el placer puede aliviar las tensiones del ánimo y limpiar la mente. En otras estancias, Somer se decía que por fin podría dar con el tan buscado El Dorado, y pasar de ser un hacendado a regresar a la patria de sus padres convertido en un potentado que hablaría de tú a tú a los Welser y a los Függer, los que consignaron a Federmann y a su padre entre otros para acrecentar la fortuna de sus bancas; Federmann poco dado a fantasías intentaba conciliar el sueño, para andar fresco la siguiente jornada, había despachado a la mulata que le venía a recoger la ropa insinuando otras posibilidades, y en la alcoba contigua, tras rechazar cualquier servicio que no fuera el de la ropa. por parte de una apetecible moza de aires andaluces, Álvaro se entretenía observando fijamente el medallón que le entregara Cecilia Ordóñez en Cartagena.

Al concentrarse en las figuras, se percató que la garra izquierda del jaguar, no era exactamente igual que la derecha, en vez del color del oro, la garra era de plata. Frunció el ceño y se despojó del guante que cubría su guantelete… Pudo ver que la serpiente y el jaguar, tenían sus lenguas entrelazadas, como en una especie de ósculo. Algo turbado suspiró, guardó la pieza y sintió un cierto sopor, el aguardiente había hecho su trabajo, apagó la vela tras despojarse de los calzones y se echó a dormir, desnudo.

 

El nuevo día, se presentaba soleado con apreciable brisa del golfo de Maracaibo… A primera hora, Alfredo Somer había hecho llamar a uno de sus más fieles capataces y lugartenientes, Hugo Colom Krahe, tudesco por parte de madre, pero en realidad hijo de un armador de las islas de la Corona de Aragón, y que bajo el subterfugio de haber nacido en la germana Lübeck, pudo pasar con la gente que en última instancia los Függer pudieron enviar a Venezuela. Mientras ambos se desayunaban con un tonificante chocolate fundido y pan de bizcocho, el potentado aclaraba a su capataz el signo de los próximos meses.

-¡La compañía que hemos puesto al servicio de Maldonado, quedará a tu mando y bajo tu responsabilidad! ¡Te asegurarás de que cumplan puntualmente con su cometido, te ocuparás de cobrarle a la ciudad lo acordado y de pagar a nuestros hombres su soldada!-

El aludido Hugo, un hombre de mediana edad y aspecto serio, asintió en silencio y no realizó pregunta alguna, puesto que en varias ocasiones había cargado con responsabilidades similares al servicio de Somer.

Cuando los huéspedes de Maracaibo, empezaron a aparecer con ropas limpias y tras un sueño reparador, Somer le pidió al hostelero las correspondientes raciones de desayuno.

-¿Así qué? ¿Me aceptáis en vuestra hueste?- preguntó risueño Somer a Álvaro.

-¿Estáis de chanza? ¡Ni se me ha pasado por la cabeza dudar de que finalmente os uniríais a una causa justa!- respondió Álvaro, entre las sonrisas de sus oficiales. La decisión final de Alfredo Somer era un respiro para la Hueste de Guay Naya…

-¿Cuántos hombres os acompañarán, Alfredo?- preguntó Federmann untando un bizcocho en el aromático chocolate.

-¡Podemos contar con setenta jinetes, treinta de a pie y además unos cincuenta entre mestizos e indios como tropa auxiliar, todos ellos buenos conocedores de la región y leales a mi persona…! ¡Y por extensión a la vuestra!- contó el alemán.

-¡En cualquier caso vos estaréis en igualdad de condiciones que el resto de mis oficiales, es decir que en mi ausencia, mi lugarteniente, Don Bernardo Cabrera, ostentará el mando! ¿Estáis conforme?- apuntó Álvaro.

-¡Conforme, mi Capitán!- y al decir esto, Somer lanzó una mirada socarrona a Bernardo Cabrera.

-¡No os deis de menos, Don Alfredo! ¿Recordáis que comenté ayer noche, que un solo hombre no hubiera podido, con Draque y Hawkins?- dijo con sorna Álvaro.

-¡Si, recuerdo!- sonrió el alemán.

-¡Bien, pues fuimos Don Bernardo y yo!- aclaró el Lince. Un breve silencio llenó la mesa.

-¡Bien, estamos cerrando el acuerdo!- apaciguó Federmann, mientras Bernardo Cabrera, sin dejar de untar bizcocho, había mirado de soslayo al nuevo oficial de la hueste.

-¡Naturalmente, Don Nicolás!- continuó Álvaro- ¡Y la segunda clausula, será que sus hombres, tudescos, castellanos, mestizos o indios, estarán en pie de igualdad con el resto de la hueste!-

-¡Nada me place más, Capitán! ¡Es la norma que rige en mi Hacienda!- respondió Somer.

-¡Pues será en vuestra Hacienda donde se enrolarán, tras oír las Capitulaciones y sus derechos y deberes!- cerró Álvaro tendiendo la mano a Alfredo Somer. Este la estrechó con fuerza, y exclamó…

-¡Ahora debemos ir a ver al Capitán Borbolla!-

-¿Quién es ese Borbolla?-preguntó Federmann.

-¡El armador y capitán del único galeón de Maracaibo!- aclaró Somer.

El grupo levantó anclas en dirección al muelle, pasando por los cuarteles, no sin antes dedicar unos cuantos guiños a las mozas, especialmente García y Cabrera.

El buque del capitán Borbolla, no era un galeón de línea propiamente dicho, puesto que tenía algo menos de eslora y de capacidad, era uno de aquellos pequeños galeones, de tres palos, más auxiliares, armado y fletado en los astilleros de La Española, para navegar y transportar mercancías, pasaje y tropa por el Caribe y costas adyacentes. A pesar de ello tenía un soberbio aspecto y la tripulación andaba atareada en los obenques, en las vergas y en la cubierta. Unas pocas culebrinas y seis viejas piezas de bronce eran toda su artillería. Estaba amarrado muy cerca de los cuarteles viejos, por lo que tras ver que todo estaba en orden entre la tropa, después de la noche de fiesta, se encaminaron derechos al galeón de Maracaibo, como Somer gustaba llamarlo.

Éste, en el muelle al pie de la pasarela del buque, preguntó por el capitán, y casi de inmediato, surgió por la amura una figura alta y nervuda, de rostro apergaminado, y poderosos miembros, vestía chaleco de cuero sobre camisa blanca, e iba tocado con una pañoleta, para recoger el sudor, cubierta por un peculiar chambergo rematado en una pluma roja y verde.

-¡Subid!- el hombre hizo un ademán invitándoles a subir por la pasarela.

Una vez arriba, Álvaro, pudo apreciar una mirada fria en los ojos grises de aquél personaje. Al tiempo que a los marineros se les podían contar las costillas. O bien aquél hombre los hacía trabajar sin descanso, o las raciones de comida eran escasas a bordo; o quizás ambas cosas.

-¡Os presento al Capitán Borbolla, armador y comandante del galeón “Caimán”! ¡El mejor marinero del Caribe y la costa de tierra Firme!- Somer hizo una medio reverencia con su gorra flamenca rozando la cubierta.

-¡Basta de empalagosos halagos, Don Alfredo!- tronó el hombretón con voz de cazalla- ¿Qué negocio os traéis entre manos, tudesco del demonio?-

-¡Estos caballeros y yo mismo, deseamos pasar al otro lado del Maracaibo!- respondió risueño Somer.

-¡Necesitáis cubrir esas seis millas y media de estrecho! ¿Eh?- el capitán del barco guiñó un ojo- ¡Ea! ¡Vamos a mi camarote!-

El camarote era un espacio relativamente amplio para aquél buque, situado en el castillo de popa entre la segunda cubierta y la del timonel, dos ventanucos daban al exterior, un jergón y dos arcones eran todo el mobiliario del capitán, y sobre una mesa amplia se extendía varias cartas marinas e instrumentos de navegación, sobre los que oscilaba un farolillo colgado de una cuaderna; un intenso olor a calafate lo impregnaba todo.

El capitán dispuso los arcones a modo de bancos a lado y lado de la mesa, y mirando de un lado a otro con agudeza, se rascó la barbilla…

-¿Y bien?- soltó, como para romper el hielo.

-¡Verás Borbolla…!- empezó quedamente Somer- ¡A estos caballeros y a mi, nos acompsñan unos ciento cincuenta hombres, sus pertrechos y monturas!-

-¿Esa gente del cuartel, que han montado una juerga de mil demonios toda esta madrugada? ¡Les han puesto los dientes largos a mis marineros!- Borbolla soltó aquello entre la diversión y el reproche.

-¡Serán los dientes y otra cosa…!- se chanzó Bernardo.

-¡Cerrad la boca, Bernardo! ¡Estamos aquí para negocios más serios que vuestros chascarrillos!-atajó Álvaro.

-¡Dejadle, lleva toda la razón!- rió el capitán del buque- ¡Supongo que querréis saber el precio, y cuando podéis iniciar el embarque!-

-¡El precio, pero no de dejarnos al otro lado del estrecho, solamente!- Álvaro tomó la iniciativa.

-¿Qué queréis exactamente? ¡Don… ¡-

-¡Álvaro de Sobrarbe, y soy el Capitán General de la hueste que acampa en los viejos cuarteles! ¡Quiero saber qué precio ponéis al paso del estrecho lo antes posible y que tras ello toméis la ruta del sureste hasta el próximo puerto, y que no regreséis hasta dentro de dos semanas!- le pidió Álvaro.

-¿Y puedo saber a qué se debe vuestro empeño, en que desaparezca del Maracaibo, durante ese tiempo?- preguntó con cara de pocos amigos Borbolla.

-¡Escuchad, Borbolla…!- Somer había puesto su mano en el brazo de Álvaro, para pedirle el turno de palabra- ¡Tememos que en pocas jornadas, arribe a Nueva Zamora, una hueste más numerosa que la suya! ¡Debemos conservar la mayor ventaja posible! ¡Nos conocemos de hace tiempo Capitán! ¿Cuándo te he traído un mal negocio?-

-¡Hum…! ¡Es cierto que en los tratos que hemos tenido siempre he ganado algo! ¡Pero tú siempre más, diablo de tudesco!- gritó con su voz de cazalla el hombretón- ¡Y esta vez, seguramente será lo mismo! ¡Quiero tomar parte en el negocio, Don Alfredo!-

-¡Si eso es así, no pretendáis poner un alto precio a vuestro servicio, Señor Capitán!- observó Álvaro.

-¡Hablad! ¿Qué estáis dispuesto a pagar? ¿Qué riesgo puedo correr?- entró Borbolla suspirando de impaciencia.

-¡Cien doblones de oro, a recoger en el próximo puerto, Coro! ¡O si lo preferís, la misma cantidad en mercancías, pero con un descuento de cuatro quintos!- ofreció Álvaro.

El capitán del “Caimán” marcó una fiera sonrisa de las que helaba la sangre…

-¿Y puede saberse, en virtud de qué, me presento en el puerto de Coro y solicitar cien doblones de oro?- preguntó con un gesto de desconfianza.

Álvaro abrió su chaleco, extrajo una cartera de piel, y de ella un pliego de documentos, escogió uno atentamente, guardando los otros y la cartera.

-¡En virtud de esto!- y le pasó el documento a Borbolla.

-¡Pero si este pagaré, está en blanco!- carcajeó el marinero.

-¡Leed el reverso!- pidió El Lince.

Borbolla le dio la vuelta al pergamino, y pudo ver que constaba un reconocimiento de la firma de un tal Álvaro de Sobrarbe, sellado y firmado por Don Manuel Cabrera. El marinero lanzó un bufido, le dio la vuelta al documento y quiso abrir la boca.

-¡Estáis en lo cierto, lo que yo escriba, se os pagará, y de la forma que lo estipule!- le confirmó Álvaro-¿Sabéis quién es, Don Manuel Cabrera, verdad?-

-¡He tratado negocios con él en ocasiones, en Portobello, en Cartagena y en Coro también! ¡Es un duro negociante, por no decir que es un avaro de los de descender a los infiernos…! ¡Pero es inmensamente rico, y su empeño es ley entre los mercaderes de Tierra Firme!- reconoció Borbolla, removiéndose sobre el arcón-¡Esto empieza a ponerse interesante…!-

-¿Así pues, Señor Capitán, escribo cien doblones en oro, y firmo?- El Lince le puso al límite.

-¡Antes Señor capitán General…! ¡Quisiera saber si por la larga ausencia, no seré represaliado por las autoridades de Nueva Zamora! ¡Como sabe Don Alfredo, soy el único buque que da servicio a la ciudad y su puerto!- inquirió el marinero- ¡Y también quiero saber…! ¿Por qué razón andáis a la greña con los que os siguen?-

Álvaro repasó con una mirada a sus oficiales, para acabar deteniéndose en Alfredo Somer, como preguntándole con la mirada.

-¡Respondo por el Capitán Borbolla! ¡En cuanto a Maldonado, ha sido consultado y está con nosotros Borbolla!- el alemán miró a los dos negociadores.

-¡Está bien, Don Alfredo!- concedió Álvaro- ¡Esa gente que nos sigue, como bien decís, son enemigos personales míos desde antiguo y han venido desde Castilla, para rebanarme el cuello! ¡Pero eso, no es todo! ¡Traen consigo unas Capitulaciones que no son válidas, en virtud de las cuales pretenden arrasar un virreinato al sureste de la Capitanía de Venezuela!-

-¿Siete Virtudes? ¿Quieren acabar con Don Leopoldo?- bramó Borbolla, mirando fijamente a Somer. El alemán asintió en silencio. El capitán del buque asestó un puñetazo sobre las cartas marinas, para seguir expresando su enojo-¡A buen seguro, que son esos perros infames de Lima…! ¡Y sus emplumados dueños de Castilla!- dijo esto lanzando el chambergo con fuerza sobre las tablas del suelo del camarote.

-¡Los albistas!- afirmó secamente Álvaro, advirtiendo que las circunstancias le favorecían.

-¡Esos miserables, estuvieron siempre tras de la desgracia del bueno de Don Tello!- soltó con resentimiento el marinero.

-¿Vos sois también de León?- preguntó divertido Álvaro.

-¡Quiá, soy marinero de San Lúcar de Barrameda! ¡Yo me vine a las Indias, con Don Tello! ¡El “Caimán”, este buque, fue el pago que me dio por los años que permanecía a su servicio!- respondió Borbolla.

-¡Entonces…! ¿Aceptáis?- Álvaro volvió a la carga. El marinero le observó con la faz ensombrecida.

-¡Un enfrentamiento a los designios de los de Alba, es ponerse en peligro, Don Álvaro! ¡Cien doblones en mercancía, con dos quintos de descuento y autorización para revenderlo en los puertos y villas del Maracaibo, Nueva Zamora incluida…! ¡Y cincuenta doblones en oro, por el riesgo, al dejaros en la otra orilla! ¡Por otra parte espero de Don Alfredo me comunique vuestro triunfo y que se puede seguir negociando en los puertos de Don Leopoldo De La Marck!- el marinero realizó su contra oferta.

-¡Mirad, Capitán Borbolla! ¡Veinticinco doblones al desembarcar en la costa de levante para vuestra tripulación, y Don Alfredo os entregará a su vuelta otros veinticinco, para vos, cuando os comunique nuestra victoria!- regateó El Lince.

-¡Ja, ja,ja…!- el hombretón lanzó una carcajada-¡Sea, Don Álvaro, ni para vos, ni para mi! ¡De esa forma rezaré a la Virgen del Carmen para que os ampare y dé todos los triunfos en vuestra campaña!- y le tendió la mano, Álvaro devolvió el apretón del acuerdo, para ponerse a redactar los términos del pagaré, mientras preguntaba…

-¿Cuándo partimos?-

-¡Por mil diablos! ¡No perdéis el tiempo! ¿Eh? ¡Embarcaremos todo menos los hombres, esta tarde, mañana con la marea y el viento a favor largaremos amarras hacia levante!-

Aquella tarde, la hueste, ayudada por la marinería del “Caimán” estibó todo su matolaje en la bodega del buque, y embarcó las acémilas, bajo la atenta mirada de sus oficiales, los caballos y los hombres embarcarían al amanecer, a excepción de los oficiales y un retén que permanecieron a bordo. Lo que había sido totalmente infructuoso era la búsqueda del primo de Don Gerardo García metido a clérigo, así pues la Hueste de Guay Naya, siguió sin capellán.

Nada más despuntar el siguiente día, toda la hueste, caballerías y pertrechos estaban cargados, el buque largó amarras y perezosamente conforme el velamen se hinchaba se movía abandonando la protegida rada de Nueva Zamora de Maracaibo… El buque costeaba la orilla del lago, sembrada de imponentes manglares y que con la salida del sol se poblaba de los mil y un gritos propios de los animales que allí moraban, especialmente los multicolores loros y guacamayos, Somer en el castillo de popa, junto a Álvaro y sus oficiales señalaba justo donde los manglares se unían con las aguas del lago Maracaibo.

-¡Mirad, mirad!- señalaba Somer.

-¿Qué son?-preguntó Federmann.

-¡Eso son caimanes, señores!- rugió a sus espaldas el capitán Borbolla.

Los hombres contemplaban el inquietante espectáculo de cómo aquellos lagartos gigantescos se lanzaban al lago a centenares, rodeando el galeón.

-¿A qué vienen esos?- preguntó el joven alférez Don Mateo Ruiz.

-¡Pues a ver si uno de nosotros nos caemos por la borda! ¿A qué van a venir?- se le ocurrió a Bernardo Cabrera.

-¡Ja, ja, ja…!-tronó el capitán Borbolla – ¡Por Neptuno, que si te hartas de sudar en tierra, te acojo como segundo oficial en el “Caimán”, Don Bernardo!-

En aquél momento, Álvaro le hizo una seña a Somer, y se dirigió al capitán del buque…

-¿Podemos echar una ojeada a vuestras cartas y mapas, Capitán Borbolla?- le preguntó.

-¡Naturalmente, señores!- respondió el hombretón levantando sus poderoso brazos, y mientras se dirigían hacia el camarote del capitán, la marinería cantaba murmurando por lo bajo…

-¡Al Capitán Borbolla, combate y tormenta, le levanta la polla! ¡Con la galerna arriba, y el galeón abajo, al Capitán Borbolla, se le hincha el carajo!-

Bernardo Cabrera, se removió sin poder aguantar la risa, al igual que sus compañeros de armas, Federmann miró de reojo a los tres que bajaban los escalones a la segunda cubierta de popa, rumbo al camarote, y según parecía al gigantón que regía el buque, aquella tonadilla no le importunaba, más bien parecía un fiero homenaje de la tripulación a su capitán.

La navegación prosiguió tranquilamente, hasta el mediodía, cuando llegaron a la manga de aguas abiertas, justo en donde el lago y el mar se unen, salieron a aguas abiertas, en dirección a la punta oriental que cerraba el lago.

Arribaron finalmente a la otra orilla, a media tarde. Había un amplio muelle para atracar, y se advertían unos chamizos alineados, como una especie de almacenes o cobertizos. Más allá de la línea de exuberante vegetación de la orilla dominada por los manglares, Somer les señalaba desde lo alto del castillo de popa, una extensión enorme de bosques bajos dispersos en una verde pradera.

-¡Aquellos son mis pastos! ¡No los recorréis en dos semanas!- dijo orgulloso oteando el horizonte verde intenso.

Hasta la caída del sol, estuvieron descargando todos los pertrechos y los animales, decidieron pernoctar en los chamizos, y el buque también pasaría la noche junto a la recién desembarcada hueste. A los oficiales de Álvaro se les ocurrió que podían cenar con la marinería, Don Pedro Maldonado, les había obsequiado con unos carneros para que los sacrificaran y comiesen, así que para celebrar que habían cruzado el estrecho sin novedad ni percance prepararon un festín, al que los del “Caimán” serían invitados. La invitación fue recibida con gran alegría por el capitán Borbolla, pues el muy bribón ya había recibido los primeros veinticinco doblones de oro que habían salido del cinturón del Lince, y ahora un festín a cargo de Don Pedro Maldonado. Sea como fuere, el gigantón prometió una barrica de fuerte vino portugués de Madeira y unas garrafas de aguardiente caribeño, lo que cumplió puntualmente, entre bromas y palmadas con la boca llena de cordero asado a la manera de aquellas tierras, en un hueco en la arena con leños ardiendo y tapado con palmas verdes…

 

La estación de las lluvias se estaba extendiendo por el territorio de más allá de la Guajira, y el firmamento claro se veía suplantado por acumulaciones de ennegrecidas nubes que auguraban lluvias torrenciales.

La Hueste Reconquista avanzaba penosamente bajo un firmamento gris, acusaban los últimos esfuerzos, tanto en la marcha como en los recientes combates librados, pero ante sus ojos en la lejanía aparecía la recompensa al tesón y la disciplina, se perfilaba el mar y, los muros y empalizadas de una ciudad. Era media tarde y llevaban a sus espaldas una nueva jornada agotadora.

-¡Maracaibo, al fin!- susurró Menéndez, que junto con Sigura iba en cabeza.

-¡Podremos saber si aquellos miserables nos llevan ventaja, o si por el contrario se hallan a nuestras espaldas!- le contestó Sigura.

-¡Si, Capitán!- asintió el Maestre de Campo- ¡Pero más importante será poder reponer provisiones y hallar reposo en lugar seguro! ¡Los hombres precisan descansar, y también rehacerse, además de darle al cuerpo alguna alegría!-

-¿En qué estáis pensando, Don Rodrigo?- Sigura puso una de aquellas expresiones de dureza que no hacían prever nada bueno.

-¡Pues veréis, Señor…!- prosiguió el gigantón- ¡En comer como es debido y beber adecuadamente! ¡Dormir y asearse, sin olvidarse de las ropas! ¡Y los que lo deseen, han de poder catar mujer, o no habrá quién los aguante una semana más!-

-¡Don Rodrigo, está claro que sois un Maestre de Campo sin igual, pero a veces me recordáis una niñera de casa burguesa de Flandes!- la sombra desapareció del rostro de Sigura. Para sus adentros Menéndez suspiró aliviado, pues él sabía como nadie, lo importante que era ofrecer a la tropa un premio a sus esfuerzos y sacrificios, del mismo modo que a veces es preciso el castigo o el arresto.

-¡Veréis Capitán, estos hombres han visto caer a amigos y familiares para no volver a verlos con vida jamás! ¡La sensación que eso provoca en el soldado, el temor a que mañana pueda ser él quién sea enterrado, tan solo puede combatirse haciéndole sumergirse en los placeres de la vida! ¡Alejan la cuestión de la muerte…!- sentenció Menéndez.

-¡Bien, pero veremos qué opina de todo ello Fray Anatolio!- espetó divertido Sigura.

-¡Que en la naturaleza de los hombres está el pecado y por ello Dios le ha encomendado oficiar la confesión, Don Antonio!- el veterano gigantón que había cogido el hilo socarrón de su jefe, le retornó el argumento religioso.

En esta discusión andaban, y se habían situado a milla escasa de la ciudad, y en ese momento Sigura ordenó a la columna detenerse, a sus espaldas escucharon respirar fuerte y el desplomarse de muchos cuerpos sobre la hierba para tomar un merecido descanso. Mientras, Sigura sin desmontar, tomaba de las alforjas su catalejo.

-¡Esa ciudad, Don Rodrigo, la están reconstruyendo, al menos la muralla y la empalizada!-

A caballo, habían llegado hasta la cabeza de la columna, Cárdenas, Atienza y García Luque, para ver que se preparaba.

-¡Uno de los hombres que se nos unió en Cartagena, ha comentado que Maracaibo fue abandonada, pero que este mismo año desde Lima, han ordenado a las autoridades de Coro que reconstruyeran la ciudad para albergar a nuevos soldados licenciados y sus familias!- comentó García Luque, provocando que Sigura se volviera sobre la silla de montar.

-¿No os han dicho a quién han puesto al frente?- preguntó.

-¡Algo ha mencionado de la compañía de Don Diego de Mazariegos y sus soldados leoneses! ¡Por lo visto son veteranos de las campañas de reducción de los indios de por aquí!-respondió el oficial sevillano.

-¡Pues estamos aviados! ¡Si a todos los reducen como a los que nos han atacado en la quebrada del Perijá, nos internamos en el infierno!- murmuró Menéndez.

-¡Buena observación, Don Rodrigo!- apreció Sigura echándose la gorra flamenca hacia la nuca, para poder otear mejor con el catalejo-¡Esperemos al menos, que sean gente afecta al Virrey de Lima y a la causa del Duque!-

-¡Don Julio, Don Honorio!-rugió Menéndez volviéndose hacia la tropa- ¡Que los hombres reposen por espacio de media hora, que se les reparta agua, pero que no coman nada! ¡Atended a los heridos, si hay curas pendientes!-

-¡Por cierto, Don Rodrigo! ¿Cómo va vuestro ojo izquierdo?- preguntó Sigura sin dejar de observar con el catalejo.

-¡Lo he perdido, Don Antonio! ¡Pero ahora está más elegante!- el gigantón con una sonrisa giró su cabeza, para mostrar el parche que tapaba la fea herida-¡Ahora soy a más de veterano, respetable veterano mutilado por defender la causa de Su Majestad!- arrastró las últimas palabras con un macabro tono jocoso.

-¡Por el cielo, no bromeéis con eso, Don Rodrigo!- exclamó Cárdenas.

-¡Hola, hola…!- murmuraba Sigura sin apartar de su vista el catalejo- ¡Esos amigos de Maracaibo tiene dos piezas muy interesantes en un segundo baluarte!-

-¿Qué son?-preguntó Menéndez, imaginando quizá que el odiado Lince y su gente anduvieran por la ciudad.

-¡Dos cañones de buen calibre y de hierro, sin duda de los traídos para Cartagena, que los han cedido a la nueva fortaleza!- respondió Sigura.

-¿En que pensáis?- le preguntó el Maestre de Campo.

-¡Hemos de reponer pólvora y munición, afilar nuestras espadas, comprar víveres…!-reflexionaba Sigura lentamente- ¿Por qué no comprar también uno de esos cañones y montarlo sobre el tren de un carromato? ¡La próxima vez que nos demos con ese canalla lo tendríamos a nuestra merced con tal arma!-

-¡Va a ser difícil que el oficial al cargo de una nueva plaza se desprenda de un arma tan valiosa!- se le oyó decir a Atienza. Sigura ni se giró.

-¡Si son afectos a Lima, nos la venderán, y si no lo son, debemos arrebatársela!- dijo hoscamente.

-¿Asaltar esos baluartes, y tomar la ciudad, sin haber repuesto fuerzas, ni munición?- bramó Menéndez mesándose los rizos negros de su cabello.

-¡No todo se gana en sangrientas batallas, Don Rodrigo!- siguió con parsimonia Sigura- ¡La astucia, a menudo multiplica la efectividad de nuestras fuerzas!-

A lo lejos, se oían los lamentos de los heridos a los que Maese Juárez realizaba la cura, un poco de viento les venía desde el mar, el aroma salobre delataba la presencia próxima del mar.

Sigura estaba urdiendo rápidamente un plan, dado lo avanzado de la tarde…

-¡Don Rodrigo, en vez de reposar brevemente, vamos a acampar, allí en aquél alto!- señaló el mismo promontorio en el cual sus mortales enemigos habían estado por espacio de unas horas- ¡Y mientras, iremos a presentarnos a esos leoneses afincados aquí, y de paso nos enteraremos de qué aires corren tras esa empalizada y sus baluartes! ¡Si no he regresado al amanecer, acercad la hueste en orden de asalto al baluarte! ¡Me acompañará Don Pedro Cárdenas!- Sigura lo había escogido principalmente porque un castellano viejo como Cárdenas, era casi leonés.

La columna emprendió la marcha hacia unas trescientas varas, en donde deberían alzar el campo para pasar la noche.

-¿Alguna otra orden, Capitán, mientras estéis allí?- inquirió Menéndez.

-¡Guardia normal, y dad de cenar lo mejor posible, que corra algo de vino y aguardiente entre la tropa a excepción de los centinelas! ¡Y vigilad a esos indios!- aclaró el jefe de la Hueste Reconquista

-¡Así se hará, Don Antonio!- con una leve inclinación de su enorme cabeza, Menéndez hizo dar la vuelta a su caballo para acompañar la columna hacia el altozano.

-¡Vamos Don Pedro!- ordenó Sigura picando espuelas.

Los dos caballeros, dirigieron el trote de sus monturas hacia el baluarte centrado en la empalizada en reconstrucción. Los cascos de sus caballos levantaban una pequeña polvareda sobre aquella árida pradera, el uno en su ropilla negra y su tétrica gorra flamenca del mismo color, el otro bajo su chambergo en ropas recias de combate, color tierra.

La guardia del primer baluarte de Nueva Zamora, había dado aviso de que volvían a tener acampada una hueste que parecía castellana a una milla de la ciudad, y que dos caballeros se aproximaban a la puerta. Lo avanzado de la hora, hacía extremar las precauciones, puesto que era sabido que los enemigos de la corona, harían todo lo posible para impedir el asentamiento definitivo del puerto castellano en Maracaibo.

Los recibió desde las almenas del baluarte el joven Pimentel, que observando el inquietante aspecto de Sigura tuvo la certeza de que era el insidioso agente albista del que Somer y sus amigos habían hablado, y habiendo temido esa posibilidad, había ordenado cerrar las puertas y bajar el rastrillo.

Uno de la guardia había ido puntualmente a notificar al capitán Maldonado de la presencia de aquella hueste armada a las puertas de la ciudad. El capitán acudió hasta el primer baluarte, armado de un poderoso catalejo, al pasar por el primer baluarte ordenó que las dos piezas de artillería estuvieran a punto.

-¡Ah de la plaza! ¡Somos hueste de castellanos con Capitulaciones en acto de servicio a Su Majestad, el Rey Felipe!- grito al pie de las almenas Sigura, haciendo bocina con ambas manos y en pie sobre los estribos.

Cárdenas, tenía la vaga sensación de que eran vistos con prevención, a pesar de ser hora avanzada, aún había luz de día, y no era lógico que a la vista de castellanos se cerraran aquellas recias puertas.

-¡Caballeros, dadnos vuestra gracia!- respondió Pimentel desde las almenas.

-¡Venga, Don Pedro, presentadnos!- murmuró Sigura.

-¡Somos, Don Antonio de Sigura, Capitán General de la Hueste Reconquista, Oficial de la Santa Inquisición y oficial de los Tercios de Flandes y de Italia! ¡Y mi razón es Pedro Cárdenas, subalterno de la Inquisición para las Indias Occidentales, y Teniente de la hueste Reconquista!- la presentación fue seguida de un signo de aprobación de Sigura.

-¡Don Francisco!- dijo Maldonado a su oficial- ¡Conducidlos a mi presencia, en la sala de armas del baluarte mayor!- y empezó a bajar por la escalera que conducía a la base del baluarte para dirigirse al segundo y mas fortificado castillo. Mientras recorría aquellas cien varas largas, recordaba la observación realizada, aquella gente rondarían los trescientos hombres pero no parecía muy entera y no llevaban consigo artillería, según parecía haber advertido. Recordaba no obstante la advertencia del caballero del puño de hierro, el jefe de aquella tropa era astuto y obstinado, desde luego no iba dejarles atravesar las puertas de Nueva Zamora, pensó.

La sala de armas del baluarte mayor, era sobria, un cuerpo de guardia con simples escaños de madera y una mesita para el responsable de la guardia, Maldonado había despachado a los de la guardia que permanecían allí, al corredor y se aseguró que las cadenas que cerraban los armeros estuvieran bien amarradas por los candados. En la puerta sonaron los golpes de rigor…

-¡Hacedlos pasar, Pimentel! ¡Y vos con ellos!- ordenó Maldonado sentado tras la mesa.

Al entrar, Sigura vio a un oficial castellano de aspecto firme, joven y ataviado con la ropa de ante claro reglamentaria, su carácter austero quedaba patente en los pantalones sin greguescos y el simple morrión de combate sobre la mesa. A Cárdenas el leonés le inspiró confianza… Y procedió a una segunda presentación, que fue correspondida por Maldonado, que especificó su rango de comandante militar de la plaza y lugarteniente en la gobernación del Maracaibo.

-¡Caballeros tomad asiento!- indicó- ¡Vos Pimentel permaneced junto a la puerta!-

Esa primera medida disgustó a Sigura, que se veía tratado de forma poco amistosa, su mente rápidamente estaba calculando la relación de fuerzas, eran dos a dos, y dudaba que un oficial en el interior de su muralla anduviera con el pedernal presto a disparar. A su vez, Maldonado se había fijado que el hombre llamado Antonio de Sigura, llevaba un pedernal cruzado en el cinto de modo que echar mano de él fuera muy rápido.

-¡Don Pedro…!- arrancó Sigura- ¡Nuestra tropa está necesitada de todo en estos momentos! ¡Traemos con nosotros lo que queda de unos indios que acabamos de reducir y bautizar en los riscos del Perijá! ¡Pero conseguirlo, ha sido tarea ardua y dolorosa!-

-¿Los irreductibles del Perijá? ¿Por donde habéis cruzado la Sierra, Don Antonio?- preguntó Maldonado.

-¡Veréis, iniciamos la ascensión desde Villanueva, y tras alcanzar las alturas erramos el camino de descenso, y confundimos el cauce de un rio seco con la ruta debida, así pues que nos vimos en un camino difícil, con la amenaza de una avenida de agua si llovía y finalmente dimos en un pantano detestable que tuvimos que rodear! ¡Cuando al fin estábamos en la quebrada que de la Sierra conduce a los llanos, esos diablos nos atacaron en número de más de mil!-relató correctamente Sigura.

-¿Y les vencisteis?- preguntó el capitán de la plaza- ¡Esos poblados de irreducibles, nos habían dado algún quebradero de cabeza!-

-¡Fue un duro combate, pero finalmente pudimos ponerles en fuga, dejando a muchos de los suyos sin vida sobre el campo de batalla! ¡A pesar de haberles ganado el combate, tuvimos la clara intención de no dejar a nuestras espaldas un poblado de gentes tan hostiles, y llegamos hasta un poblado excavado en un monte rocoso, allí les dimos de nuevo batalla hasta que los supervivientes se entregaron y aceptaron el bautizo!- prosiguió el Inquisidor.

-¡Lamento deciros, que solamente habéis reducido uno de los tres poblados de Guajiros y ello nos va a provocar nuevos ataques de esos salvajes!- alegó hoscamente Maldonado.

-¡Pues la presencia de nuestra Hueste, es un refuerzo para vuestra ciudad!- sugirió Cárdenas.

-¡Hasta el momento con la ayuda de Dios, hemos podido salir airosos de todas las amenazas que se ciernen sobre la reconstrucción de esta plaza y puerto! ¡Habéis llegado a las puertas de Nueva Zamora, y tenemos muy precisas ordenes de nuestro Gobernador, Don Diego de Mazariegos, y de la Corte virreinal de Lima!- dijo con suavidad Maldonado.

-¿Qué queréis decir, Don Pedro?- intervino Sigura.

-¡Que no se permite la entrada a la ciudad, ni acceso al puerto a gente armada alguna, Don Antonio!- fue la respuesta del capitán de la plaza.

-¡Cambiaréis de parecer, cuando os muestre mis credenciales!- Sigura hizo el gesto de llevarse la mano al jubón de la ropilla.

-¡Bien, mostradmelas!-soltó quedamente Maldonado- ¡Pero, aclaradme antes qué hace una hueste tan numerosa en esta ruta, sin que desde Lima, ni desde Cartagena no se nos haya comunicado nada más que recientes desastres en aquél importante puerto, ocasionados por rufianes que sin duda no podéis ser vos y vuestra tropa!- Sigura palideció y la cicatriz que le cruzaba enrojeció levemente, pero a pesar de lo sanguíneo de su carácter supo contenerse.

-¡Nuestras credenciales, Capitán, avaladas con sello y firma del Duque de Alba, en Castilla, os confirmarán la importancia de nuestro cometido en estas tierras!- y le alargó la carta de presentación que les entregara Quesada.

Maldonado, la tomó y leyó detenidamente.

-¡Unas credenciales impecables! ¡Pero aquí se mencionan unas Capitulaciones…! ¿Puedo verlas?- preguntó Maldonado.

Sigura le alargó el pliego de las Capitulaciones y permaneció en pie ante la mesa, lo que no pasó inadvertido por el capitán de Nueva Zamora.

-¡Don Antonio, os ruego toméis asiento!- con una fria mirada Maldonado ordenó a Sigura que regresara al escaño junto a Cárdenas, lo que hizo de mala gana. Una vez estuvo sentado, el capitán de la plaza inició la lectura e inspección del documento, se tomó su tiempo.

-¡Señor Don Antonio de Sigura…!- le miró fijamente a los ojos- ¡Estas Capitulaciones no son válidas en el Reino Nuevo de Granada, ni en la Capitanía General de Venezuela! ¡Desde hace años, el Rey, Don Felipe, guardó para sí el privilegio de sancionarlas con sello y firma! ¡A pesar de ello, la persona del Duque, un ministro principal de la Corona, y de gran reconocimiento y aprecio en todo el Virreinato del Perú, ha estampado su sello y firma en vuestro documento! ¡Por ello, esas disposiciones que nos indican que debemos daros apoyo y ayuda, serán tenidas en cuenta!- al decir esto indicó a Pimentel que recogiera los documentos para devolverlos a su portador, y observó una expresión de satisfacción en el barbilampiño y pálido rostro del inquisidor. Pero a continuación señalando con el dedo a ambos, exclamó- ¡Pero nada será permitido que contradiga mis ordenes! ¡Así pues ninguna tropa armada entrará en la ciudad!-

-¡Decís que nos ayudareis, pero nos dejáis a campo abierto, fuera de vuestra fortaleza, a merced de un ataque de represalia de esos salvajes que todavía merodean en los montes!- tanto Sigura como Cárdenas se habían puesto en pie, muy exaltado el primero-¡Decidme, Capitán…! ¿Cómo vamos a reponer lo que necesitamos? ¿Cómo vamos a reposar? ¿Cómo cruzaremos el estrecho del Maracaibo? ¡Os aseguro que que esto no será del agrado ni del Duque, ni del Virrey, cuando llegue a sus oídos!- Maldonado captó que la diestra del inquisidor, se acercaba temblorosa a la empuñadura del elegante pedernal cruzado en el cinto…Por lo demás sus ojos hundidos de azul intenso habían adquirido el brillo de la enajenación, y su rostro se vió surcado por una cicatriz enrojecida.

Con celeridad, de debajo de la mesa, Maldonado sacó dos pedernales amartillados apuntando aquél par de agentes albistas, al tiempo que Pimentel se había puesto frente a ellos con la diestra en la empuñadura de la espada.

-¡Os lo vuelvo a rogar, caballeros…!- dijo calmoso Maldonado- ¡Tomad asiento en el escaño! ¡Y ahora habladme de vuestra misión!-

Una vez sentados, Sigura permaneció en silencio con las facciones embotadas y maldiciendo por dentro, pero Cárdenas que parecía más relajado respondió.

-¡Debemos poner orden en las tierras al sureste de Venezuela! ¡Se ha establecido allí una especie de Reino no leal a la Corona, un Reino que dirigen reformados y gente impía, que no reconoce a la Santa Iglesia, pensad en el daño que puede hacer un Reino de esta naturaleza en las fronteras de los dominios castellanos!- Pedro Cárdenas tragó saliva tras su vehemente alocución.

-¿Un Reino? ¿Qué nombre tiene?- preguntó con cierta ironía Maldonado.

-¡Siete Virtudes! ¡Maldita sea!-gritó poniéndose en pie Sigura, para sentarse a continuación al ver el pedernal de Maldonado apuntando a su pecho.

-¡Hemos oído hablar del intento de fundar un Virreinato entre las bocas del Orinoco y las factorías portuguesas del mar del sur! ¡Sabemos de poblados con puertos a uno y otro lado de las bocas del gran rio, pero no de ejército castellano alguno, ni de institución con la que se mantenga relaciones desde Coro, Cartagena o Lima! ¡Pensad que ello es común en estás tierras a medio conquistar, pensad que al este de Coro, hay un importante poblado, Caracas…! ¡Es ciudad ganadera de mestizos, nuestros comerciantes trafican con ellos, pero oficialmente no hay relación alguna! – Maldonado opuso una realidad vulgar a la compleja historia de los inquisidores.

-¡Ciertamente, Capitán! – Sigura se había tranquilizado- ¡No hay tropa castellana allí, ese Virreinato permanece en secreto por voluntad del César Carlos, el padre de Su Majestad, y en él dio privilegios a los nobles reformados que habían permanecido a su lado, tanto en la elección imperial, como en las luchas que se sucedieron! ¡Pero los reformados, como debéis saber, llevan el demonio en el cuerpo y en el alma, y años después en ese territorio…! ¡Tan solo se da, la traición, los privilegios a reformados y herejes! ¡Hasta los judíos tienen mejor situación que los buenos católicos!- enfatizó finalmente Sigura.

-¡Comprendo…! ¡Es por ello, que es el Duque quien sella las Capitulaciones! ¡Os he prometido que tendréis ayuda, y en mi linaje tenemos la costumbre de cumplir con nuestra palabra!- Pimentel, agitaba la cabeza, temía que a Maldonado le hubiera impresionado la historia de conspiraciones de aquellos dos recién llegados.

-¿Nos daréis alojamiento en vuestra plaza, y facilidades?- preguntó Sigura.

-¡No será preciso, a cinco leguas al norte de aquí, se encuentra San Rafael, es una población importante, allí nuestros comerciantes os recibirán con los brazos abiertos y proveerán de lo que preciséis para proseguir vuestra campaña…! ¡Algo más al sur, unas tolderías acogen a soldaderas, que harán felices a vuestra gente, con baños y hamacas! ¡Un importante motivo para enviaros allí, es que el estrecho en aquella zona es más practicable que en cualquier otra parte, y las barcazas os podrán hacer salvar fácilmente los dos tramos de menos de una milla que debéis cubrir para pasar a la orilla oriental del golfo!- replicó Maldonado- ¡Pero, como os aseguré, no entrará tropa armada alguna, en Nueva Zamora! ¡Si con dos de vosotros he debido amartillar dos pedernales para mantener el orden, con una tropa de trescientos o más, con soldados de fortuna, hambrientos y que sé más, podríamos tener un motín o algo peor!-

-¡Venga Don Pedro, no me intentéis convencer de que vuestro puerto de Maracaibo no tiene un buque que nos pueda pasar de una sola vez a la otra orilla!- gruñó Sigura.

-¡Claro que tenemos un pequeño galeón de servicio!- dijo con satisfacción Maldonado- ¡Y estas jornadas está precisamente de servicio, a recoger materiales para la reconstrucción en otros puertos!-

Sigura meneó la cabeza, pero evitó perder los nervios…

-¡Está bien Don Pedro…! ¡Concededme al menos una gracia!-

-¿Cuál es, Don Antonio?-

-¡Hemos visto que disponéis de buenas piezas de artillería! ¡Vendednos una, la Corona os lo recompensará!- solicitó Sigura.

-¿Y daros la oportunidad de bombardearnos? ¡No contéis con ello, sería muy ingenuo por mi parte!- respondió secamente Maldonado con la satisfacción de Pimentel dibujada en sus ojos.

-¡Está bien, Señor Capitán…! ¡Ganáis la partida por ahora, pero os juro que este trato que nos dispensáis, llegará a ser conocido en altas instancias, y lamentaréis haber nacido!- siseó amenazante Sigura. Tanto él como Cárdenas, se habían levantado airados, con gesto de ofendidos.

-¡Recordad, cinco leguas al norte de aquí, en la costa, encontraréis todo lo que necesitáis y un paso breve a la otra orilla!-les recordó divertido Maldonado-¡Pimentel, que os acompañen dos de la guardia para conducirles a la puerta!-

 

La noche había caído cimbreada por un viento frio que levantaba la arena de los llanos que rodeaban el Maracaibo. En el suave promontorio en el que la Hueste Reconquista estaba acampada, el aire agitaba los toldos y los pabellones dispuestos para pasar la noche. A su regreso, Sigura había mandado doblar la guardia y mantener vivos los fuegos de vivaque, y aún más, había hecho encender fogatas alrededor del campamento, para poder avistar cualquier intento de penetración nocturna de los indios de las montañas. A pesar de la cena más suculenta de lo habitual, debido al cansancio,la tropa no había realizado fiesta alguna, los que libraban de la guardia, dormían profundamente, y el campamento ofrecía una imagen sosegada.

Los fuegos se agitaban azotados por el viento, los centinelas de dos en dos, embozados en sus capotes y bajo los morriones de combate, sostenían los arcabuces como si fueran talismanes…

Atienza y García Luque estaban en el pabellón de oficiales, Menéndez recorría el perímetro del campo, celoso que los de la guardia no cedieran al cansancio y al sopor, por su parte sentados junto a una de las hogueras que los de la guardia mantenían vivas, Sigura y Cárdenas, envueltos en sus capas permanecían en vela.

Cárdenas no podía conciliar bien el sueño desde que redujeran a los indios del poblado, cuando cerraba sus ojos, se le aparecían las horrorosas imágenes de las mujeres y niños surgiendo de aquél poblado aéreo en llamas para ser abatidos por las saetas de ballesta o a arcabuzazos, los gritos de aquellos pobres desgraciados todavía retumbaban en su cabeza, cada vez que agotado tenía la tentación de dormir.

Por su parte, Sigura, por lo bajo mascullaba maldiciones y amenazas, dirigidas ahora contra Maldonado y su ciudad.

-¡Por la Virgen, Don Antonio…!- suplicó con voz cansada Cárdenas.

-¿Qué, Don Pedro?- se encaró el otro.

-¡Desde que llegamos a las Indias, tenéis amenazada a Mérida en Yucatán, a Portobello en el Panamá, a punto estuvimos de maldecir Cartagena de Indias…! ¡Y ahora el Maracaibo! ¿Es que, no nos será posible entendernos con nadie?- suspiró Cárdenas.

-¡Estáis agotado Cárdenas, intentad dormir! ¡Id al pabellón con Don Baltasar y Don Alfonso! ¡El sueño os hará bien, yo me haré cargo de la guardia con Don Rodrigo!- ordenó Sigura.

-¡No puedo conciliar el sueño! ¡Los lamentos de aquellos abrasados en las montañas, abatidos como perros, me persiguen, Don Antonio!- Cárdenas, se envaró y abrió desmesuradamente los ojos que brillaron desesperados a la lumbre del vivaque. Sigura clavó en él su mirada cobaltina, con una mezcla de enfado, de comprensión y de superioridad.

-¡Si hubierais visto a nuestros soldados destrozados en Amberes por la artillería luterana, o abrasados por el azufre y aceite hirviendo a los pies de las murallas de Leiden, estaríais curado de estos espantos! ¡Qué más da, unos reformados herejes que unos paganos, todos ellos son enemigos de nuestra Fe, de nuestra Religión y de nuestro Rey! ¡Ellos no gastan remilgos con nosotros, ni nosotros podemos hacerlo con ellos!- Sigura le soltó la arenga indicando con gesto torvo que se retirara a descansar.

Don Pedro se alzó, abrigándose en su capa, sintió una nausea, y ni tan solo intentó hacer ver a su jefe, que no era lo mismo el ejercito de los luteranos, que un atajo de viejos, mujeres y niños. Seguramente con el tiempo le pasaría, él también había vivido cruentos combates, pero siempre había tenido delante hombres armados. Mientras se hacía estas reflexiones, le retornaba la repugnancia que sentía por los carceleros y torturadores que algunos inquisidores utilizaban en los procesos…

La noche pasó sin que se produjera incidente alguno, y apenas un halo anaranjado coronaba las copas de los manglares de la costa, Sigura hizo alzar el campo, repartir raciones de sopa y prepararlo todo para la partida, quería llegar cuanto antes al mencionado San Rafael.

El camino hasta la mencionada población estaba marcado, era amplio y las marcas de roderas delataban un frecuente tráfico de la ciudad con dicho San Rafael, la columna marchaba a buen paso, bajo un cielo despejado, pues el viento de la noche había alejado las nubes. Anduvieron ciertamente algo menos de cinco leguas y avistaron en levante, incrustado en la frondosa franja de manglares una empalizada, la torre de un campanario y se adivinaba movimiento tras dos enormes puertas abiertas de par en par.

-¡Don Pedro Maldonado, nos indicó con precisión! – comentó Cárdenas a Sigura, al que seguía en la cabeza de la columna. Por delante de ellos tan sólo andaban tres ballesteros en vanguardia.

-¡Vaya, vaya, Don Pedro ha recuperado el habla!- dijo con sorna Sigura- ¡Empezabais a preocuparme, Don Pedro! ¡Ya iba pensando en buscar un físico reputado en este poblado para saber que mal os sumía en el ostracismo!-

-¡Venga, Don Antonio, no hagáis chanza de mis cargos de conciencia!- respondió Cárdenas.

-¡De acuerdo! ¡Pero quién tendría cargos de conciencia sería yo si aquellos salvajes nos hubieran asaltado cualquier noche, y cualquiera de ustedes hubiera perdido la vida! ¡Especialmente vos, Don Pedro! ¡Sabéis que desde antaño gozáis de mi aprecio y amistad!-

-¡Muchas gracias, Señor!- Cárdenas sintió como si un baño reconfortante le inundara, se sintió halagado.

Sigura había ordenado que el alférez Rafael acudiera junto a él, una vez llegó éste, le ordenó ondear el estandarte, y al soldado Cipriano Heredia batir el tambor con solemnidad. Y así llegaron a las puertas de San Rafael…

A las formalidades siguieron las indicaciones de los de la guardia, el capitán Maldonado les había hecho llegar noticia de que se acercarían a San Rafael, así como instrucciones para atender debidamente a aquella tropa castellana en misión muy importante al otro lado del estrecho. Uno de los soldados les acompañó a los alojamientos…

Frente a una playa de arena blanca, unos cobertizos estaban dispuestos para recibirlos, y mientras los oficiales acomodaban a sus hombres, llegó acompañado de un alguacil y un grupo de comerciantes, el alcalde de San Rafael, para darse a conocer al capitán de aquella importante hueste.

Una vez alojados los hombres les fueron indicadas unas dependencias más cuidadas, con una gran sala, para los oficiales…

-¡Permaneceremos aquí, lo que resta de día, la jornada de mañana y a la siguiente tomaremos las barcazas para ir al otro lado! ¡Mañana lo dedicaremos a comprar las vituallas necesarias!- dijo Sigura dejando su gorra flamenca sobre la mesa de la sala.

-¡Capitán…!- Menéndez tomó la palabra- ¡Los hombres han de descansar, comer y reponer fuerzas, y divertirse un poco! ¡Además agradecerían poder lavar su ropa y asearse ellos mismos! ¡Eso puede hacerse en dos jornadas, no en una! ¡Y debería pagarseles la soldada!-

Sigura lanzó una mirada a su alrededor, todos asentían a la petición de Menéndez.

-¡Tampoco a nosotros nos irá mal, un buen baño y que nos limpien la ropa!- afirmó García Luque.

-¡Y echar el palo, pardiez!- exclamó Atienza.

-¡Bien, sea con lo del dia de más de asueto, la tropa se ha comportado! ¡Pero nada de pagarles hasta el fin de la jornada de Siete Virtudes! ¡Don Pedro tomará nota de lo que deban a soldaderas y mujerzuelas, en las tabernas o en cualquier otra cosa, a excepción del juego, no vamos a permitir que jueguen entre ellos, ni con los de aquí! ¡Y antes de partir, lo pagaremos del tesoro de la Hueste, a los acreedores!-sentenció Sigura.

Aquella noche, Sigura y sus oficiales fueron invitados a cenar en la casa del alcalde, acompañado por el sargento que mandaba la tropa de san Rafael y los comerciantes. Sigura expuso su propuesta respecto de los gastos de sus hombres, todo el mundo aceptó, a continuación enumeró los víveres y pertrechos que necesitaba reponer… Los hombrecillos dedicados al comercio tomaron nota de todo minuciosamente.

Las jornadas siguientes fueron días felices para la tropa de la Hueste Reconquista, y mientras los oficiales se dedicaban a seleccionar todo aquello que sería necesario para proseguir la campaña, y a recabar información, muy especialmente, si se había producido recientemente el paso de otra hueste castellana, extremo que tanto algunos comerciantes y soldaderas confirmaron, en unas cuatro jornadas antes. Los soldados habían aprovechado el tiempo a su modo y se solazaron bien…

Al cuarto día, cruzaron los pasos a la orilla oriental, todo había ido bien, a excepción de no haber podido reclutar a nadie, en cambio vendieron los indios de los montes del Perijá, y contrataron a un mestizo baquiano, buen conocedor de las rutas hasta el gran rio de oriente, la columna perfectamente formada avanzaba ya por los pastos de levante del Maracaibo, en busca de un buen sitio para acampar, daría gusto dormir, las telas de las tiendas, los toldos y del pabellón de oficiales se habían hecho limpiar también.

 

Mas de veinte leguas al este, la Hueste de Guay Naya marchaba en una disposición muy distinta de la de sus perseguidores. Somer había incorporado doce largos carromatos a su aportación de hombres y caballerías, las provisiones, el ganado, nuevas mantas, y la pólvora.. Álvaro había insistido en pagárselos, el alemán había dejado todavía sesenta hombres a cargo de sus reses y la Hacienda.

Somer había sugerido que todo el matolaje y pertrechos viajara en los carromatos, donde también irían los heridos, de esta modo todos realizarían la marcha montados bien en caballo, bien en acémila, la tropa estaría más descansada y era más práctico para cruzar las llanuras que se extendían desde Maracaibo hasta la Sierra Nevada de Baragua, según Somer, el paso de la sierra para acceder a los llanos de oriente, permitía el tránsito de los carromatos, pues ese paso estaba en las rutas de paso de las manadas de ganado que desde Caracas se ponían en ruta hacia Barquisimeto, Coro y Maracaibo, para ser revendidas en parte a Cartagena de Indias. Esa opinión fue ratificada por Hernando, que en ocasiones había viajado en compañía de baquianos hasta el Orinoco.

En lugar de marchar en columna, se había dispuesto la tropa por grupos a los flancos de las dos hileras de carretas, todos montados, todos armados, la retaguardia tenía tres escalones, como la vanguardia, y pequeños grupos de dos jinetes patrullaban a derecha e izquierda del grueso de la hueste, había desaparecido todo rastro de marcha en hueste compacta, estaba claro que aquello no era un Tercio…

-¡Lo que os diga, Don Álvaro!- se explicaba Somer- ¡Aquí no combatimos como en los viejos Reinos de Europa, aquí solamente cuentan como normas…! ¡Sorprender y no ser sorprendido! ¡Combatir sin cuartel y sin piedad! ¡Vivir y vencer!-

-¡Cuando las leyes de la guerra llegan a tal extremo, es porque las circunstancias obligan! ¿No es así, Don Alfredo?- sugirió Federmann.

-¡Así, es caballeros!-respondía Somer- ¿Imagináis otra manera de luchar, en esta inmensa llanura, frente a indios hostiles, o a bandas de baquianos entregados al pillaje para subsistir?-

-¡Nosotros en la Sierra de San Jacinto ya debemos afrontar de forma parecida las represalias contra los ladrones de ganado!- presumió Gerardo García.

-¡Conozco la zona, Don Gerardo!- apuntó Somer- ¡Y es muy distinto…! ¡La Sierra de San Jacinto está a la vista de Cartagena de Indias, con sus fuertes y murallas, con su batallón de guarnición y sus oidores enviados desde Lima, con un gobernador y sus corregidores…! ¡Aquí la autoridad mayormente es ésta!- y alzó su pedernal- ¡Al sur y al este de Coro, ya no hay más autoridades que alcaldes, hacendados y encomenderos!-

-¡Pues podéis estar tranquilo, Don Alfredo!- dijo Bernardo Cabrera- ¡Nuestro Capitán, Don Álvaro, es práctico en estratagemas y celadas! ¡No es fácil que le sorprendan!-

-¡Soy consciente de ello!-sonrió Somer- ¡Por eso, le acato como jefe!-

-¡Por eso y por la leyenda de El Dorado, Don Alfredo!- fue el comentario de Álvaro que sonrió al alemán. Este sonrió ligeramente prosiguió la ruta junto al resto de oficiales.

Otra de las novedades que Somer había propuesto era el modo de acampar, era más rápido montar y desmontar el campo, los hombres dormían más seguros y en general ofrecía más seguridad. Los carromatos formaban un amplio recinto circular, dentro del cual pasaban la noche, el ganado y las monturas. Los heridos dormían dentro del carro en el que viajaban, y los hombres bajo los carros y bajo una parte de los toldos que se desplegaba hacia el exterior del círculo, todos con sus armas al alcance de la mano por si surgía una alarma… Alrededor de la pequeña fortaleza ambulante, se situaban seis hogueras, y entre hoguera y hoguera, centinelas de dos en dos. Álvaro alabó en seguida la propuesta de Somer, de hecho en el terreno que atravesaban, tanto el nuevo orden de marcha, como el de acampada, eran más lógicos y seguros.

Las veladas de acampada tenían un carácter más relajado, con frecuencia sonaban los acordes arrancados de una guitarra y alguna que otra copla nostálgica.

-¡No hay duda de que el nuevo modo de marchar, es más descansado y seguro!- comentaba Federmann mientras al pie de un carromato tomaban una reconfortante sopa-¡Pero es mucho más lenta de la que habíamos mantenido hasta Maracaibo!- curiosamente Federmann, coincidente en tantas cosas con Somer, discutía la conveniencia de los cambios.

-¡Don Nicolás, estáis más hecho a las expediciones regulares que se organizaban desde Lima, por ello no os acabáis de hallar a vuestro gusto y placer en este orden de marcha!- le comentó Álvaro- ¡Pero pensad que el ritmo de la marcha, viene determinada por la presencia de los carromatos!-

-¡Efectivamente, y nos retrasan!- insistió Federmann.

-¡Pero ved que descansados finalizan los hombres la jornada! ¡Están en condiciones de repeler un ataque! ¡Una tropa agotada, es una tropa derrotada!- se defendió Somer.

-¡Quizás, Don Alfredo! ¡Pero es presumible que la hueste que nos persigue vaya recortando la ventaja que les llevamos!- volvió Federmann.

-¡Sin duda, Don Nicolás!- atajó Álvaro- ¡Esa gente debe estar a unas cuatro o cinco jornadas de aquí y sabemos lo que dan de si! ¡Como mucho nos ganarán una legua por jornada, y nos da para ganar el paso de Barquisimeto, en Rio Turbio! ¡Más allá estaremos ya en los grandes llanos de oriente, y allí, aún cuando ellos sean más numerosos, tenemos manera de retornarles la jugado de los altos del Perijá!-

-¡Veo que no habéis perdido el tiempo, con los mapas!- sonrió Gerardo García.

-¡ Me agrada ver que vamos a responder a la jugada de aquellos miserables!- Bernardo, el Lugarteniente, que hasta el momento había engullido la sopa espesa de mandioca y los trozos de pan de cazabe, entró en la discusión.

Después de la cena el grupo de oficiales dio una ronda recorriendo el círculo defensivo y pasando revista a los puestos de centinela, Álvaro y los otros se detuvieron, ante un hombre que junto a la hoguera estaba preparando una rudimentaria fragua.

-¿Y eso?- preguntó Álvaro a Somer.

Antes de responder el alemán se aproximó al herrero y recogió de suelo una herradura que mostró a sus camaradas.

-¡En un viaje, largo y peligroso como éste, poder reparar herraduras y armas, es muy conveniente! ¡Sobre todo si se dispone de un excelente herrero! ¿No es cierto Tubal Schmidt?- y arrojó la herradura junto al pequeño yunque del maestro herrero.

-¡Oh, si Señor Somer!- respondió el otro al contraluz de la hoguera.

-¡Sois un verdadero pozo de sorpresas, Don Alfredo!- sonrió Álvaro.

-¡Espero que sean agradables!- susurró risueño Somer.

-¡Podéis darlo por seguro, amigo!- remató Álvaro.

Tras comprobar que todo estaba en orden, se retiraron al carromato que tenían reservado para pernoctar. La noche era relativamente fresca, las lluvias fuertes habían pasado ya por aquellos llanos encajados entre la Sierra y el Maracaibo, y un intenso olor a hierba se expandía por el aire, mezclándose con el inconfundible aroma de los leños ardiendo.

En el corto trayecto hacia el carro, Somer se detuvo mirando a Álvaro.

-¿Tenéis algo que decirme?-le preguntó.

-¡Quiero haceros una recomendación…! ¡Aprovechad la forja para que os hagan un emblema que remate el asta del estandarte!- dijo quedamente Somer.

-¿Un emblema? ¿Qué emblema?- inquirió con extrañeza Álvaro.

-¡La serpiente y el jaguar que lleváis en el medallón!- respondió con resolución el alemán.

-¡Para qué perder tiempos en ornamentos e insignias, ya tenemos el estandarte!- murmuró El Lince.

-¡Cuando lleguemos a las bocas del Orinoco, nos servirá de mucho!- respondió Somer.

Las jornadas se iban sucediendo sin más incidentes que avistamientos de indios huidizos…

-¡Ah, esos malditos Jaguas, incapaces de dar el rostro, y a la vez irreductibles!- exclamó Somer.

-¿Son hostiles?- preguntó Gerardo García.

Hernando que iba montado en una acémila, y marchaba junto a los oficiales lanzó un bufido.

-¡Ellos son hijos de Caribes, como los Güayqueri y los Pemeno! ¡Paganos, salteadores, nada bueno se puede esperar de las naciones de los Caribes!- dijo el aravaco.

-¿Ha dado en lo cierto, nuestro jefe aravaco?- preguntó Álvaro.

-¡Totalmente, mi Capitán!-respondió Somer.

Sortearon El Cerrón, y se internaron por el gran valle que conducía a Guadalupe, acceso a la ciudad de Barquisimeto, el camino que ascendía levemente pasaba entre redondeadas lomas de mediana altura, lo que obligaba a tener permanentemente patrullas merodeando para prevenir un ataque indio.

Mientras hacían camino, Federmann y Somer comentaban la ajetreada historia de la ciudad a la que se dirigían, de la cual sus padres habían sido protagonistas hacia unas décadas…

-¡La ciudad esta en la situación actual desde el año sesenta y tres!- comentaba Somer.

-¡Si, dos años antes la habían quemado Lope de Aguirre y sus marañones!- añadió Federmann.

-¿Vos también conocéis esa desgracia?- se revolvió Somer.

-¡Acompañé en aquél entonces, hasta la región del Maracaibo a unos afincados en el rio Sinú, que habían recibido Cartas y Privilegios para volver a fundar la ciudad!- recordó Federmann.

-¡Esa ciudad está en una encrucijada de caminos, tiene pastos y los plantíos de Rio Turbio! ¡El Virrey sabe lo que se hace, fortaleciendo esa plaza!- Somer enumeró las excelencias de la ciudad.

-¡Por ello, son los puntos mas orientales que Castilla tiene bien controlados…!- dijo recordando anteriores comentarios Gerardo García.

-¡Castilla…!- exclamó Somer- ¡Y la Casa de Alba! ¡Lima no afloja, ni en Cartagena, ni en Coro, ni en Barquisimeto!-

Aquella noche en una acampada similar a la anterior, con un vientecillo fresco que soplaba entre las colinas Álvaro hizo participes a sus oficiales de que no pensaba detenerse en Barquisimeto, por tal de evitar entrar en contacto con autoridades proclives a los Alba, repasaron el estado de los víveres, la mandioca, el ñame, la harina de maíz, y las preciosas limas que tanto ayudaban a cortar la sed, y de hecho podían aguantar dos semanas más…

-¡Para entonces, habremos llegado a la Encomienda El Tigre! ¡Don Matías Hurtado, es un buen amigo! ¡Estaremos llegando a los límites de los llanos de Oriente, muy cerca de las bocas del gran rio Serpiente, el Orinoco!- ilustró Somer.

-¿A qué viene ese doble nombre en un rio?- preguntó Álvaro.

-¡Oh! ¡El Orinoco, no es solamente un gran rio, es mucho más! ¡Cuando los primeros navegantes castellanos descubrieron sus bocas formadas por miles de islas y brazos, lo llamaron “La Mar Dulce”, tan impresionante es! ¡El nombre de Orinoco vino después, pues los indios otomacos de la zona le llamaban Orinucu!- relató Somer.

-¡Es una suerte teneros aquí, Don Alfredo!- celebró Bernardo, el lugarteniente- ¡Nos enteráis de todo lo de esta tierra!-

-¡Es cierto! ¡Somer se ha pegado a estas tierras que recorrieron nuestros padres convirtiendola en su haimat 1 y de ello nos beneficiamos nosotros ahora! ¿No es así Capitán?- preguntó Federmann mirando sonriente a Álvaro.

-¡Así es, Don Nicolás! ¡Decidme Don Alfredo! ¿Esos indios otomacos, son los que nos hallaremos en nuestro destino?- quiso indagar Álvaro.

-¡No lo creo, han ido cediendo territorio, en su mortal enfrentamiento con los caribes! ¡Casi nadie sabe nada de ellos!- respondió Somer.

-¡Yo si sé!- murmuró tímidamente Hernando.

-¡Pues venga, dilo Hernando!- sonrió al incitar al aravaco, Álvaro.

En medio del corro de todos los oficiales, el jefe de los aravacos, y que por extensión lo consideraban, de todos los indios, fueran los venidos en primera hora como los aportados por los otros capitanes, mirando al fuego empezó a explicar lo que él sabía, tanto por oidas, como en sus viajes hasta las bocas del gran río.

-¡Los otomacos son un pueblo muy antiguo, su lengua nadie la sabe…! ¡Ellos son los primeros en poblar las bocas del río Orinoco! ¡Son gente de paz, y sus poblados no se mueven! ¡Ellos pescan y plantan! ¡Sus dioses son la tierra, las aguas del río y la tortuga que allí habita! ¡Sus enemigos, los caribes, están acabando con ellos con gran crueldad!- el indio recitaba las palabras con gravedad, con los ojos fijos en la hoguera que tenían en medio del corro, pero sus ojos no miraban hacia fuera, sino que parecían escrutar en su propia alma-¡Los indios que encontraremos, son Caribes, los mestizos que encontraremos en las bocas son hijos de castellano y mujer caribe, o de indio caribe con esclava otomaca o prisionera aravaca! ¡Nos encontraremos frente al pueblo más feroz y cruel de estas tierras! ¡Su dios es una serpiente guerrera, la gran serpiente que habita en el Orinoco la Yacu Mama 2 , un dios sangriento como ellos! ¡Si mis Señores, los Caribes, no se bautizarán jamás, ni jamás se hartarán de sangre, ni dejarán de devorar la carne de algunos de sus enemigos vencidos! ¡He dicho lo que sé, Capitán!-

Un silencio penetrante se apoderó del grupo de oficiales, un silencio que permitía escuchar la cháchara de la tropa que había empezado a cenar. Ese mismo silencio les dejó advertir los pasos de Maese Roberto, el cocinero de la hueste, que poco después emergió a la luz de la hoguera trasegando el caldero con la cena, que por cierto olía a gloria… Los estómagos les arrebataron de la gravedad de sus anteriores reflexiones.

-¿Qué nos traes Maese cocinero, que huele tan bien?- dijo jocosamente Álvaro.

-¡Buena cena, mi Capitán!- respondió el cocinero que Gerardo García había sacado de su Encomienda, en la Sierra de San Jacinto, para enrolarlo en aquella incierta campaña.

-¿Y cómo es eso, Roberto?- le preguntó Gerardo García.

-¡Hace tres jornadas, aravacos, zenús y caquetíos se retaron a ver quién cazaba más y mejor! ¡El resultado fue una manada de jabalíes cazados, Don Gerardo! ¡Bestias que durante tres días he tratado de forma adecuada para servir este estofado, ahora!- El caldero ya estaba cerca del fuego para mantener caliente su contenido. Con un bufido el cocinero les mostró el cucharón para servirse-¡Ea, Señores, que aproveche! ¡El pinche les trae ahora un pellejo de buen vino, que este estofado…! ¡Tomarlo con agua, sería pecado y de los mortales!-

Todos rieron la ocurrencia del grueso cocinero, y enarbolaron sus cuencos, al tiempo que un joven soldado les traía el pellejo y un pan de cazabe 3 , los primeros bocados de aquél estofado de jabalí con papas y pimientos, hicieron las delicias de aquellos rudos capitanes.

-¡Mañana cuando el Maese, nos traiga la sopa de mandioca 4 de rigor, se la vamos a poner por morrión!- chanceó Bernardo Cabrera, mientras se relamía y sostenía el pellejo presto a echarle un tiento al vino.

-¡Ea, que corra, lugarteniente, no os alarguéis, que el vino es para todos!- se quejó Gerardo García, todos rieron un poco. La noche era suave y fresca, con certeza la hueste descansaría bien.

Todo transcurría con normalidad, las jornadas siguientes fueron muy tranquilas, las patrullas enviadas a merodear, dieron cuenta de grupos de indios poco numerosos que más que seguirles, les contemplaban… Una hueste de unos trescientos efectivos, con diez grandes carromatos avanzando por el llano, no era algo que se viera todos los días.

Guadalupe había quedado atrás, y estaba decidido que evitarían Barquisimeto, al caer la noche como era costumbre los oficiales se disponían a cenar juntos en el peculiar campamento.

-¡De todos modos, será difícil que pasemos totalmente inadvertidos! ¡Barquisimeto, la antigua Nueva Segovia, es una ciudad importante! ¡Si ya hemos sido avistados por los campesinos y los mercaderes que transitan por los caminos, en los alrededores de Guadalupe…! ¿Cómo no nos van a ver en Barquisimeto, si tiene cien veces más gentes y tráfico de buhoneros?- Somer lamentaba que sería imposible que desde aquella ciudad les ignoraran.

Los otros dijeron cada uno la suya, mientras Álvaro andaba anotando con un carboncillo en un papel que guardaba celosamente cada noche.

-¿Qué anotáis ahí desde que salimos del Maracaibo?- curioseó Bernardo, su lugarteniente.

-¡Pues…! ¡Hago un cálculo de las leguas que nuestros perseguidores nos están ganado día a día! ¡Ello me permite pensar en cuantos días los avistaremos!- respondió sonriente Álvaro. La silueta de Maese Roberto se dibujaba a contraluz de la hoguera vecina, seguido del pinche.

-¿Qué toca hoy, Roberto?- alzó la voz Gerardo García.

-¡Sus excelencias harán hoy Viernes Santo!- se oía decir al cocinero.

-¡Vaya por Dios!- soltó Bernardo Cabrera- ¡Ya nos ha amargado la noche el cacerolas ese…!-

-¡Contenga su discurso, Señor Lugarteniente!-bufó el cocinero- ¡O será peor todavía!-

La verdad es que la consabida sopa de mandioca, aderezada con patatas y nyame, llegaba a ser aborrecida por la tropa, pero el pan de cazobe alegraba algo la tripa, y el pinche además traía con el agua, limones para todos…

-¡Esta noche Señores, toca la ración de limones!- Maese Roberto, que había cocinado también en galeones, sabía de la importancia de comer de cuando en cuando esa fruta.

Mientras daban cuenta de la cena, siguieron trazando sus planes y conjeturas.

-¡He estado pensando sobre como podemos impedir encuentros adversos con las autoridades de Barquisimeto!- comentó Álvaro.

-¿Qué proponéis Capitán?- preguntó Federmann.

-¡Mirad…! ¡Estas colinas bajas nos van a ser de gran ayuda! ¡Si por delante de la ciudad, pasa un grupo de dos carromatos con diez o veinte jinetes, sin rastro de morriones, ni de prenda militar alguna, en la ciudad verán una partida de caza!- se explicó Álvaro.

-¡Bien! ¿Y el resto?- preguntó Somer.

-¡Darán un amplio rodeo por las colinas…! ¡Será necesario que realicen dos jornadas de marcha seguidas sin descanso alguno! ¡Nos reuniremos de nuevo, unas cinco leguas al este de la ciudad, ya en los Llanos de Oriente!- seguía planteando El Lince- ¡El efecto de ello será entre otros que cuando Sigura y los suyos se paren en Barquisimeto, y pregunten por una hueste, las autoridades de la ciudad les darán razón de buhoneros, y partidas de caza, pero en ningún caso serán conscientes de que hemos pasado ante ellos!- terminó Álvaro su exposición.

-¡Pero, con este plan, perderemos seguramente algo más de tiempo y esa gente nos dará alcance antes! ¡No sé si tendremos tiempo a reaccionar mi Capitán!- planteó Federmann.

-¡Cuando Sigura y los suyos escuchen que no hemos pasado por Barquisimeto, empezarán a hacerse cábalas! ¡No olvidéis que para ellos mi cabeza es la primera parte de su misión!- respondió El Lince- ¡Lo más seguro es que quieran reclutar a nuevos efectivos, no cesarán en intentar aumentar su ventaja sobre nosotros! ¡Eso les llevará como mínimo un par de jornadas!-

-¡Bien, pero una vez en los llanos, ellos todavía ganarán más leguas con respecto a nosotros y nuestros carromatos!- Gerardo García se mantenía de la opinión de Federmann.

-¡Si, Caballeros, ello es así, y por ello es importante llevar la cuenta de los días y de las leguas! – dijo Álvaro, alzando en su diestra un limón- ¡Para poder decidir en que punto queremos que nuestros enemigos nos alcancen!-

-¡Presumo, que El Lince ya ha decidido sobre ese punto!- Federmann apostó.

-¡Acertáis Don Nicolás! ¡Vuestro amigo Don Alfredo Somer me ha comentado de unos curiosos accidentes que se producen tras vadear el río Chirgua! ¡Que parecen hechos a propósito para tender una buena encerrona!- sonrió Álvaro.

Se procedió a ejecutar el plan trazado de forma minuciosa, se repartieron los grupos, se protegieron herraduras y rudas de carros para disminuir su huella en la hierba, entre los que debían ejecutar el rodeo por las lomas. De esta forma sus perseguidores seguirían un solo rastro, que según las informaciones de los de Barquisimeto corresponderían a una partida de caza, no muy numerosa, con sus carros y sus perros… Cuando la pretendida partida de caza estaba a la vista de Barquisimeto, unos alguaciles armados se dirigieron a su encuentro, al frente de la partida iba Somer, ampliamente conocido en aquél territorio, como cazador, ganadero y baquiano. La treta dio resultado y al comprobar los alguaciles que los cazadores no tenían intención de alojarse en la ciudad, y tras tomar nota de que se dirigían hacia los llanos de oriente, para cazar ciervos, los dejaron pasar. El grupo siguió su pausada marcha, frente a las empalizadas y campanarios de la ciudad que desde Lima estaba señalada como una importante encrucijada de caminos en aquella tierra.

Los planes trazados jornadas atrás, se cumplieron totalmente, y al caer la noche, los supuestos cazadores detuvieron su marcha cinco leguas lejos de la ciudad y de las riberas del feraz río Turbio, aguardando la llegada de sus compañeros, que algo más avanzada la noche empezaron a llegar, la acampada se realizó como de costumbre.

-¡En las lomas hemos podido cazar unos pequeños ciervos, con arco! ¡Nuestros indios son inapreciables, Don Alfredo!- comentó Gerardo García nada más ver al alemán.

-¿Ha ido todo bien? ¿Qué os han preguntado?- preguntó nada más llegar Álvaro.

Somer le relató exactamente como había ido el encuentro con los alguaciles.

-¡Que extraño, que hayan sido los alguaciles los que han salido!- receló Álvaro.

-¡Nos tomaron por lo que queríamos, por cazadores, y afortunadamente por tal me tienen conocido en esa plaza!- sonrió Somer- ¡Si hubiéramos discurrido todos ante la plaza, hubieran salido a nuestro encuentro con parte del batallón que tienen como guarnición!-

-¡Hay ciervo asado para cenar!- celebró Bernardo Cabrera- ¡A ver si Maese Roberto se luce como con los jabalíes!-

Todos sonrieron, el lugarteniente conforme se adaptaba al grupo de oficiales mostraba su carácter alegre. Álvaro apartó por unos momentos a Somer…

-¿Cuánto falta para llegar al río Chirgua?-

-¡Tres jornadas, Capitán!- respondió el alemán.

Álvaro consultó sus notas, y sonrió. Después volvieron con los otros oficiales, les aguardaba un buen asado para cenar.

Al cabo de tres jornadas la Hueste de Guay Naya, vadeaba al atardecer el río Chirgua y empezó a acampar como de costumbre.

La jornada siguiente, Álvaro instaba a Somer a que recordase donde se hallaban los lugares de los que le había hablado. Una vez rempredida la marcha, Somer se adelantó acompañado de dos de sus indios, a media mañana le alcanzaron, y Somer señaló un punto en el horizonte, un pequeño promontorio poblado por un bosquecillo de arboles chaparros.

-¡A media milla corta, del bosquecillo del horizonte, mi Capitán!- gritó a los oficiales que marchaban en cabeza. Álvaro se giró, el asta del estandarte ya estaba coronado por la figura de la serpiente y el jaguar entrelazados. El gesto del capitán, fue inexorable, descansarían al llegar al sitio que indicaba el baquiano alemán.

Unas seiscientas varas tras rebasar el bosquecillo llegaron a una especie de depresión de forma irregular, que debería ser obra del agua, al encontrarse junto a ella, Somer la señaló.

-¡Capitán, de esto os hablé!- dijo.

-¡Es prodigioso, no lo ves hasta estar junto a ella!- exclamó Bernardo Cabrera.

-¡Es natural que no se vea…!-advirtió Federmann- ¡Desde el bosquecillo, todo el prado hace pendiente hacia el este…! ¡Es por eso que la huella de la laguna no se advierte hasta que estás encima, y por añadidura esta hierba tan alta acaba de disimular el contorno!-

-¡Que forma tan curiosa…!- Gerardo García se rascaba la cabeza, tras haberse desprovisto de su gorra flamenca. Álvaro miraba aquella forma con intensidad, como para sacarle el máximo partido a aquella trinchera natural; de hecho la depresión tenía forma de media luna, con los cuernos apuntando hacia poniente, de hecho marcaban la dirección del promontorio poblado por el bosquecillo, en la parte central se ensanchaba considerablemente y de aquella especie de plaza salía en dirección a levante una estrecha y profunda zanja. La depresión bajaba bruscamente un codo en todo su contorno, para paulatinamente irse ahondando hasta unas cinco o seis varas.

-¡Quiero ir hasta el bosquecillo!-murmuró Álvaro- ¡Somer, Federmann, coged carboncillo y pergaminos y vayamos hasta allí! ¡No empecéis a montar el campo todavía!- los tres partieron hacia el bosquecillo, y una vez en él, Álvaro se fijó en todos y cada uno de los peñascos que intercalados entre los arboles constituían un excelente parapeto. Por otro lado el bosque era bastante amplio y claro y estaba coronado en su punto más alto por un grupo de tres arboles.

-¡Subamos ahí arriba!- ordenó El Lince.

Tanto Federmann como Somer supieron inmediatamente lo que perseguía su capitán, y una vez subieron a lo más alto de las copas confirmaron plenamente su conjetura.

-¡Perfecto, ni desde aquí arriba se advierte el contorno de la laguna seca!- exclamó Álvaro-¡Ya podemos bajar!-

-¿Qué os parece?- sonrió Somer.

-¡Nos será muy útil, incluso este bosquecillo! ¡Dejaremos aquí apostados dos soldados y cuatro indios, su misión será otear el horizonte hasta avistar la columna de nuestros enemigos! ¡Mientras estos no llegan, pues todavía deben andar dos jornadas tras nosotros, echarán abajo los tres arboles de la cima, los aprovecharemos en el campo para leña, y cubrirán su nacimiento con rocas de buen tamaño! ¡Cuando los de Sigura lleguen aquí, nos avistarán, y posiblemente decidan afincar su campo aquí! ¡Es lo que nos conviene…!- explicó Álvaro.

-¿Cómo que nos avistarán?- preguntó Federmann- ¿Para qué, entonces buscar la posición de esa vaguada o laguna seca o lo que demonios sea? ¡Yo creía que nos íbamos a ocultar ahí, porque sitio hay, y estaríamos desenfilados totalmente de la vista del enemigo!-

-¡Pensad un poco, Don Nicolás…!- argumentó Álvaro-¡ Debemos fijar la dirección de su ataque, esa vaguada tiene forma de media luna, o de cornamenta apuntando hacia aquí! ¿No es así?-

-¡Así es, Capitán!- respondió Federmann.

-¿No es asimismo invisible la vaguada, desde la posición más alta en un horizonte de más de media milla?

-¡Sin duda, así es!- le siguió el alemán.

-¡Pues bien, si colocamos los carruajes tras de la vaguada en el centro, los avistarán y plantearán su avance hacia nosotros en línea recta, desde el bosquecillo hasta nuestra formación de los carros! ¿Y donde estarán cuando se hallen a unas cien varas de nuestros carros?- terminó preguntando El Lince.

-¡Pues…!-balbuceó Federmann- ¡Entre los cuernos de la media luna!-

-¡Que nosotros la habremos sembrado de tiradores nuestros, con arco, con ballesta y con mosquete! ¡Tendremos como poco, ocasión de lanzarles diez andanadas sin que puedan hacernos daño!-

-¡Dios Santo…! ¡Los vamos a tener en nuestras manos!- murmuró Federmann.

-¡No está mal pensado!- aprobó Somer.

-¡Pero debemos tener todo detalle, vos Don Nicolás, realizaréis un mapa de este bosque, donde están los arboles y los peñascos que surgen de la tierra! ¡Mientras con Somer talonearemos el recorrido desde aquí hasta nuestra futura posición…! ¡Los carros dispuestos allí y a la vista cumplirán dos funciones más, harán impensable la existencia de la vaguada y además mantendrá a los exploradores del enemigo a más de cincuenta varas, con lo cual no podrán llegar ni a sospechar su existencia!-

De forma metódica Somer y El Lince fueron recorriendo la distancia entre el promontorio arbolado y la media luna invisible, corroboraron que era una casi imperceptible pendiente de bajada continua, tapizada de hierba alta… Volvieron con Federmann, que ya había terminado de alzar su mapa, y le dictaron la distancia hasta el centro de la media luna, exactamente quinientas ochenta varas, lo que Federmann anotó, y al llegar a la vaguada Álvaro ordenó hacer un mapa de aquella curiosa forma que comprobaron tenía algo más de cien varas entre los extremos de la media luna, y ochenta aproximadamente desde estos hasta el centro del arco, un embudo ideal para tener a tiro un batallón entero.

Con gran trabajo y utilizando tablones situaron un carruaje a modo de puente sobre la zanja que estaba orientada a levante.

-¡Ese será nuestro puesto de observación y de mando! ¡El resto de carros en circulo como de costumbre…! ¡Ya podemos acampar y dejar forrajear a las caballerías y el ganado!- Somer empezó a disponer los carros como de costumbre. Álvaro solicitó a Bernardo que dispusiera el destacamento del bosquecillo, Federmann seguía con la labor de dibujar exactamente el curioso contorno de aquella depresión natural en medio del llano. Hernando había descubierto un riachuelo limpio a una milla de distancia, tendrían agua fresca.

Álvaro solicitó la ayuda de Gerardo García, para reunir seis piedras de cierto tamaño, una vez encontradas, situaron una a treinta varas del centro de la media luna, a sesenta varas dos rocas, y a ochenta varas situaron el pequeño túmulo de tres rocas…

-¿Y eso, Capitán?- pregunto Gerardo García.

-¡Veréis treinta varas, al alcance de pedernales, sesenta al de ballestas y mosquetes y ochenta de los arcos de nuestros indios! ¡Desde el carro lo podremos ver y dirigir así el tiro!- respondió Álvaro.

-¿Cómo vamos a divisarlas si están cubiertas por la hierba!- se preguntó el vizcaíno.

-¡Todo a su tiempo, Don Gerardo!- dijo El Lince…

 

-¡Hemos seguido esas roderas de carro desde la orilla oriental del Maracaibo! ¡Sé que no me mentís, pero se nos hace muy difícil creer que por Barquisimeto tan sólo ha pasado una corta partida de cazadores!- de esta forma se expresaba Antonio Sigura al alcalde de la ciudad llanera.

-¡Don Antonio, podéis creerme, y dadas vuestras credenciales nada está más lejos de pretender engañaros!- el alcalde, hombre de gran porte y elegantemente ataviado aseguraba lo que sus hombres habían comprobado unas jornadas antes, en su despacho, acompañado de los alguaciles y frente a Sigura que por toda escolta tenía a Pedro Cárdenas.

-¡Decidme pues…! ¿Por qué impedís que mi agotada tropa pueda reposar en vuestra ciudad? ¿Por qué no permitís que batamos cajas y leamos en público nuestras Capitulaciones, para que aquél que lo desee ingrese al servicio de la causa del Rey?- rugió de forma velada Sigura.

-¡Escuchadme Don Antonio! ¡Barquisimeto es una ciudad incipiente, y estoy nombrado para que esta tercera fundación no corra la misma suerte que las anteriores! ¡El Virrey mismo ha consignado mis instrucciones, y en estas circunstancias no puedo permitirme cederos, ni un hombre, ni un caballo, ni mucho menos una pieza de las pocas de artillería de las que dispongo!- Antonio Saavedra, el alcalde y gobernador de Barquisimeto respondió a la rabieta de Sigura con actitud firme, pero no conocía a su interlocutor.

-¡Veo Señor Alcalde, que estáis muy puesto en vuestro cometido! ¿Pero os habéis preguntado lo que se dirán en Lima, cuando sepan que habéis desafiado al sello y firma que instaló en el palacio virreinal a quién os ha prescrito vuestras consignas? ¡Me refiero al Duque de Alba, muy principal ministro de Su Majestad el Rey!- Sigura se retorció como una serpiente antes de lanzar el veneno, con la frente hinchada, la faz lívida y el surco de su herida enrojecido. El bueno de Saavedra sintió un ligero vahído, al que reaccionó salomonicamente…

-¡Debo reconocer que vuestra autoridad es alta en Castilla, más la mía lo es aquí, por ello os concedo batir cajas y leer vuestras Capitulaciones para enrolar a quién desee engrosar vuestras filas, la ciudad os concederá a vos y al Duque el crédito para que repongáis vituallas y pertrechos, pero artillería no puedo cederos, ni venderos, y vuestro campo se situará a más de doscientas varas de la empalizada de la ciudad! ¡Es mi última palabra!- recuperó su firmeza el alcalde.

-¡Por Dios, Don Antonio…!- murmuró Cárdenas a la vera del picajoso inquisidor.

Por la mente de Sigura, pasó dar una vuelta más al torno, pero sabía que el alcalde de Barquisimeto tenía a su disposición un batallón de soldados, una recia empalizada y la nada despreciable ayuda de unas cuantas piezas de artillería, así que finalmente decidió darse con tal de ganar tropa y pertrechos.

-¡Celebro vuestra decisión, y me acojo a ella! ¡Ahí va mi mano, Don…!- dijo ceremonioso el inquisidor.

-¡Antonio de Saavedra, esa es mi razón!- se presentó el alcalde al dar la mano al jefe de la hueste acampada a las puertas de su ciudad.

Aquellas dos jornadas fueron provechosas para la Hueste Reconquista, a diferencia de Maracaibo, en Barquimeseto pudieron reclutar suficientes hombres, muchos de ellos veteranos en descubiertas y expediciones diversas, las vituallas y pertrechos que desearon reponer pudieron adquirirlos mediante las cartas de crédito que el de Alba, en su momento extendiera y Sigura, fue ganando consideración a ojos de Saavedra y sus oficiales, tres de los cuales tras conocer el objetivo de la Hueste Reconquista, más allá del gran río, solicitaron a su gobernador autorización para unirse a Sigura y los suyos.

En lo que lograron éxito los de la hueste, fue en recabar información, tanto los capitanes como el baquiano reclutado en San Rafael, pudieron saber lo que aguardaba tras internarse en los llanos de oriente, facilidad para forrajear, camino llano, poca lluvia y abundantes riachuelos, amén de copiosa caza.

-¡La ruta hasta la Boca del Mestizo, será un viaje placentero!- sentenció Menéndez, guiñando su único ojo.

-¿La Boca del Mestizo? ¿Allí nos dirigimos?- el baquiano de San Rafael, al escuchar el nombre del lugar sintió un escalofrío.

-¡Allí mismo!- sentenció Menéndez risueño- ¡A ver, si os vais a creer que nos ponemos en cosa de poca monta!-

-¿Qué es eso de Boca del Mestizo, Don Rodrigo?- preguntó Cárdenas.

-¡Es la residencia de Don Andrés Ordóñez! ¡Su residencia y dominio fortificado, Don Pedro!- ilustró el Maestre de Campo.

-¡Y también un lugar de muerte e impío…!- exclamó el baquiano santiguándose.

Sea como fuere, abandonaron el paso de las colinas junto al río Turbio, que ocupaba Barquisimeto y prosiguieron su marcha hacia el este…

 

Precisamente al este de la ciudad, la Hueste de Guay Naya había asentado su campo, y andaba en los preparativos de lo que se suponía sería una cruda batalla. En los cuernos de la media luna, se habían habilitado emplazamientos para los tiradores y cajas, con objeto de doblar el número de apóstoles 5, y pelotas 6, y en el espacio posterior estacas para atar caballerías, estaba claro que el capitán iba a proteger a los tiradores si los jinetes enemigos se acercaban excesivamente, los carros dispuestos en círculo, alojaban en su interior a los heridos, la pólvora estaba junto con las acémilas en el centro del espacio fortificado que los carromatos demarcaban. La trinchera que corría bajo el carromato ocupado por los oficiales, estaba siendo ensanchada para permitir un paso más fluido, que sin duda sería necesario cuando se entablara el combate.

Despuntaba el amanecer de la quinta jornada desde que acamparan en la vaguada, cuando llegó corriendo uno de los indios destacados en el promontorio boscoso…

-¡Están a media jornada o un poco más de aquí!-dijo casi sin resuello.

Álvaro ordenó que la noticia no se extendiera entre los hombres, debían ordenar todavía el suministro de pólvora a los tiradores, y el de agua, así como preparar bien el último elemento de la emboscada. Y aún más le preocupaba la imposibilidad de ejercer un oficio cristiano antes de la lucha, entre otras cosas…

-¡Hoy que coman bien, pero la cena ha de ser más ligera que de costumbre!-instruía Álvaro-¡Cuando el combate es largamente esperado y por fin se nos planta delante, los vientres se aflojan, nada tiene que ver con el valor, es el temor de morir, gracias a él seguimos vivos!-

-¡Cuando creéis que entablaremos combate?- preguntó Bernardo Cabrera, con aspecto sereno.

-¡Llegarán al bosquecillo, antes de la puesta de sol, pero para ellos nosotros estaremos en penumbra, y aunque Sigura estuviera tentado de atacarnos de noche, sus oficiales le exigirán descanso para su tropa y tiempo para discutir el plan de ataque! ¡Lo que sí debemos dar por seguro y propiciar, es que sean ellos quienes nos ataquen, nosotros, Caballeros, defendemos nuestra posición, a toda costa y sin cuartel!- sentenció el capitán.

-¡Eso es…! ¡A sangre y fuego!- exclamó Bernardo Cabrera.

Álvaro esbozó una sonrisa con cierto aire de tristeza, antes de tomar de nuevo la palabra.

-¡Hay algo más que me preocupa, Caballeros…! ¡Esta hueste sigue sin Capellán, y los hombres precisan ir a la lucha con la conciencia ligera de culpas y el ánimo pletórico de fe en la victoria y de esperanza!-

-¡Sabemos que esa preocupación os ronda desde hace un tiempo!-intervino Gerardo García, el capitán vizcaíno- ¡Pero tiene solución!-

-¿Ah, si? ¿Cuál, Don Gerardo?- preguntó Álvaro.

-¡En los buques de mi tierra, no embarcan los curas, y bien que han de oficiar responsos…! ¡Y ante la galerna, piden las tripulaciones, en rezo colectivo protección al Altísimo y a la Virgen del Carmen!- respondió el vizcaíno.

-¿Y a falta de un hombre de Dios, quién oficiaba, Don Gerardo?- terció Federmann.

-¡Muy sencillo, el capitán del buque!- respondió Gerardo García, clavando sus ojos ambarinos en los castaños de su viejo camarada de armas y capitán. Estaba claro que lo que el viejo camarada de Álvaro sugería, es que como capitán y jefe máximo de la hueste le procurara el consuelo espiritual que ésta precisara.

Álvaro comprendió a la primera y asomó en él uno de aquellos momentos de sagacidad que le habían hecho salir adelante en situaciones difíciles.

-¡Bien pensado…! ¡Tenemos entre nosotros a reformados! ¿No es cierto, Somer, Federmann?- dijo.

-¡Empezando por mí, Don Álvaro!- respondió Somer- ¡No puedo sentirme cerca de Roma, aunque Dios sabe que lo intenté, en mi niñez!-

-¡Los míos, Capitán…!- sonrió Federmann- ¡Hay de todo!-

-¿Un paternoster ofende a la condición de reformados, Señores?- preguntó Álvaro.

-¡En absoluto!- respondieron a una ambos alemanes.

-¡Bien, que alcen una cruz en la vaguada, esta tarde, antes de la cena entonaremos un Padrenuestro y liberaremos las almas de la carga de la duda y de la del pecado! ¡Yo mismo dirigiré el rezo, la Hueste se sentirá unida y sus hombres liberados!- ordenó El Lince, con la aprobación de sus capitanes.

-¡Ea, que ya echaba en falta yo, el sacramento de la Misa!- dijo Bernardo Cabrera, sus camaradas no sabían si retorcerse de risa o perseguirle a gorrazos por todo el campo. Medio sonriente, Álvaro ordenó al lugarteniente: ¡Haced que vayan a por los que quedan en el bosquecillo, que no dejen rastro de su presencia y vengan aquí!-

 

Sigura había forzado la marcha, como si un pálpito le advirtiera de la proximidad de la pieza por la que había recorrido medio mundo. La Hueste Reconquista llegaba al altozano que dominaba la casi infinita pradera a primera hora de la tarde, pero para lograrlo, no se habían detenido ni a descansar, ni a almorzar, cuando el sol estaba en lo alto, y la tropa llegó, pero extenuada, con hambre y sed, por no decir de la tortura de los pies y el sudor pegajoso, los que montaban caballería no iban mejor, ni ellos ni sus caballos, aquella jornada, el sol había martilleado de firme en el calvero de los llanos orientales.

Aunque de forma ordenada, los hombres pugnaban por coger un lugar a la sombra de los arboles chaparros que cubrían el promontorio.

-¡Venga holgazanes, hay que abrevar las caballerías, y ponerlas a forrajear!- se oyó tronar a Menéndez.

Entre quejas y maldiciones murmuradas entre dientes, los hombres a cargo de las caballerías iniciaron su pesada tarea…

-¡Preparad la comida!- se escuchó una orden tajante de Sigura, pues el lugar le parecía ideal para acampar, ya que habían forzado tanto la marcha desde antes del amanecer, tras las huellas que aquellos carromatos marcaban claramente en la hierba.

-¡Mirad, Don Antonio!- la voz de Cárdenas, sustrajo al capitán de la Hueste Reconquista de las ordenes de primera hora.

-¡Por Cristo! ¡Algo me lo decía!- saltó en inquisidor, que al instante echó mano de su catalejo para observar la formación de carros que tenían a menos de una milla- ¡Les hemos sacado a cada jornada unas leguas de ventaja, y finalmente les hemos atrapado!-

Cárdenas había reclamado la presencia de los otros oficiales, junto al capitán.

-¿Qué me decís?- siseó Sigura como paladeando las palabras- ¿Les atacamos ahora mismo?-

-¿Con la tropa, como está? ¡No lo aconsejo, Capitán!- observó diligente Menéndez.

-¡Creo que al Maestre de Campo, le asiste la razón!- comentó Cárdenas.

-¡Si…! ¡Yo también lo creo!- sentenció Sigura, que mediante el catalejo había visto a soldados con aspecto descansado y alegre-¡Además, sería conveniente realizar unas observaciones y establecer un plan de campaña! ¡Para destruirlos de una vez por todas y poder marchar sobre Siete Virtudes, sin este estorbo!-

Los de Sigura bajo la atenta mirada de Menéndez, se habían acomodado bien en el promontorio, al oscurecer, con el fresco volvieron las dos patrullas que se habían enviado para curiosear el campo enemigo. Los capitanes los recibieron junto a un fuego en el cual se asaban un par de gallos silvestres que poblaban los escasos bosques de aquel llano…

-¡Vuecencia, nos han fogueado desde los carros, pero hasta donde hemos visto podemos asegurar que es una formación circular de carros concebida como una fortaleza, los bajos de los carros están cubiertos de maderas y bultos, con las aberturas necesarias para disparar si es preciso…!- uno de los exploradores relataba lo visto- ¡Y los toldos se levantan ligeramente con el mismo fin, a punto han estado de acertar a uno de los nuestros! ¡Y eso que no hemos estado más cerca de ciento y algo de varas, para mí que sus armas son mejores que nuestros arcabuces!-

-¡No digáis necedades, esos arcabuces que decís solamente están en la lejana Europa! ¡Id con el cocinero y que os den doble ración, este gallo es muy apetitoso!- Los hombres se alejaron.

-¡Bien, la táctica del diablo de Don Álvaro está clara! ¿No?- afirmó García Luque.

-¡Nunca se puede estar seguro con ese hijo de perra!- suspiró Sigura- ¡Pero por una vez el maldito muestra sus cartas, en este llano no es fácil urdir una emboscada!-

-¡Y por ello se enroca en un sistema de defensa que cree impenetrable!- afirmó Cárdenas, tras morder un muslo de gallo humeante.

-¡Que aproveche, Don Pedro…! ¡Enrocado, sí, esa es la palabra! ¡Pero ese malnacido siempre esconde una argucia…!- Sigura llamó a la reflexión.

-¡Pensemos, Don Antonio!- apuntó Menéndez que se secaba la barba del aceite de su ración de gallo- ¡La primera tentación es atacar a caballo, lanzando hachones a sus telas y disparando pedernales y ballestas en toda la longitud de su círculo de defensa, para ocasionar pérdidas y bajas y atraparlos en la ratonera en la que ellos mismos se han encerrado!- en ese momento una rafága de viento de poniente avivó el fuego e hizo danzar las llamas.

-¡Aquí falta vino!- soltó Atienza.

-¡Muy cierto!- aprobó Sigura de forma inusualmente cordial en él-¡Menéndez, que nos traigan un pellejo y proseguís con vuestra interesante charla!- el encargo fue transmitido al instante. A la tropa, se le había dado también permiso para beber un cazo de vino, y la sopa reglamentaria fue acompañada de un asado de buey, lo que anunciaba una dura jornada al amanecer del siguiente dia.

-¡Creo que ese demonio, habrá preparado su gente para infringirnos el máximo daño posible mientras cabalgamos alrededor de su fortaleza! ¡Si por desgracia, en el primer ataque, no rompemos sus defensas, y hemos de volver grupas dejando a hombres en el campo…! ¡Nuestra moral de combate saldrá, seriamente dañada!- expuso algo serio Menéndez.

-¡Pues a mi es lo primero que me ha venido a la cabeza, somos más de medio millar de hombres, contamos con más de doscientos hombres a caballo! ¡Ellos en cambio, tras lo de los pasos del Perijá, no pueden pasar de los ciento y algo…! ¡Por eso se han acorazado con esos carromatos!-García Luque alzó el pellejo que un soldado les acababa de traer, antes de echar un trago.

Rodrigo Menéndez clavó su único ojo en los del sevillano, la severidad de aquella mirada obligó a García Luque a bajar el pellejo y arquear una ceja.

-¡Estamos hablando de alguien que nos hundió dos galeones con más de cien hombres a bordo, en Cartagena, de alguien que nos voló en la ciénaga de santa Marta la mitad del polvorín, y de alguien, Don Alfonso, que se salió de una celada perfecta dejándonos con un palmo de narices, y a mí sin un hermano y sin un ojo!- Menéndez a medida que respondía se iba enfureciendo, y García Luque decidió no abrir más la boca, como no fuera para engullir algo más de gallo o trasegar aquel notable morapio.

-¡Decid, pues, Don Rodrigo! ¿Qué proponéis?- preguntó Sigura.

-¡Si os fijáis, su frente defensivo, su capacidad de fuego, frente a nosotros se reduce a una cuarta parte de sus efectivos! ¡Hagamos movimientos para que crean que atacaremos con la caballería, pero en realidad hemos de avanzar con un frente de un máximo de cuatro hombres y gran profundidad contra los carros que tenemos a nuestro frente! ¡Nuestros escudos y disciplina nos permitirán asaltar los carruajes centrales, y entonces y solamente entonces debemos lanzar la caballería contra el resto!- propuso el Maestre de Campo.

-¡Ya veo, el mismo orden de combate que contra los salvajes de los altos del Perijá! ¿No es así, Don Rodrigo?- Sigura le miró con firmeza.

-¡Así es, capitán, pero con más motivo…! ¡Cada cinco pasos responderemos a su fuego, y avanzaremos inexorablemente hasta los malditos carros, y en el cuerpo a cuerpo, medio millar frente a una centuria…!-

-¡Apruebo vuestra propuesta! ¡Creo que es un buen plan de combate, Don Rodrigo! ¿Cuándo iniciamos el ataque?- sentenció Sigura.

-¡Nos alzaremos antes de que despunte el día, cubriremos el trecho que nos separa del enemigo antes de tener el sol de cara!- dijo secamente Menéndez.

La noche fue más calurosa y seca de lo normal, por lo cual, a los hombres que sabían que debían combatir al día siguiente, les costó conciliar el sueño.

 

Eran más de la mitad del cuarto turno de guardia, cuando un centinela comunicó a Gerardo García que había movimiento en el campo enemigo del promontorio. Éste envió a uno de los de la guardia al carromato de los oficiales, en breves momentos, todos estaban junto Gerardo García…

-¡El enemigo ha empezado a moverse, según los centinelas destacados a mitad de camino están arzonando sus caballerías y repartiendo la pólvora!- comunicó el encomendero de San Jacinto.

-¡Bien…! ¡Quieren estar sobre nosotros antes de que el sol les de en la cara, por eso avanzarán a oscuras, iluminaremos el campo! ¡Recordad, vos Gerardo estáis a cargo de la posición de los tiradores de la media luna, Federmann estará con vos, pero atenderá especialmente a los tiradores de arco indios, ayudado por Hernando! ¡Somer tendrá a su cargo los tiradores de arco largo, en el interior del círculo de los carros, una escuadra de mosquetes y otra de ballestas para defender en última instancia los carros, si llega algún enemigo hasta ellos, y tendrá cuidado de que los heridos desde los carros dispongan de armas para defender también la posición!- Álvaro recordó el reparto establecido la noche anterior.

-¡Vamos a situar nuestros hombres en silencio!- exclamó Gerardo García.

-¡Bernardo, vos estaréis al mando de un escuadrón para defender el ala izquierda de tiradores! ¡Yo lo haré por la derecha, el alférez Marcos vendrá tras de mí! ¡Estaremos montados y prestos a salir si su caballería se acerca demasiado, no debemos correr el riesgo que los ensarten en sus puestos! ¡Deberemos estar atentos a las señales del sargento José que nos indicará con señal roja, el peligro!-

En silencio el campo se había puesto en movimiento, los de los mosquetes y ballestas, dotados de munición y pólvora estaban ya incrustados en los puestos que se habían preparado durante días, los indios formaban tras la media luna con sus arcos sujetos…los de a caballo, se iban distribuyendo en dos escuadrones…

Somer apareció con un obsequio para Álvaro: ¡No puede ser que un guerrero que luce guantelete de acero, se proteja la testa con un triste morrión de cuero!¡Schmidt, nuestro herrero ha recordado que hizo este yelmo para un Príncipe sueco que jamás le quiso pagar el encargo!- el alemán tendió un yelmo con protección nasal y de los ojos, bellamente decorado y rematado en crines azules y oro, los colores de Suecia…-¡Los colores de un Reino protestante!- dijo para si Álvaro!-

-¡Es muy bello, Don Alfredo!- balbuceó Álvaro.

-¡Lo mejor es que en su interior contiene un capacete de cuero que es lo que se os ajusta como un guante a la cabeza!- respondió Somer mientras le ajustaba sonriendo el barboquejo y cerraba las guardas de las mandíbulas.

-¡Don Alfredo, creo que ya es la hora de iluminar el camino a nuestros visitantes!- dijo El Lince.

El otro no se hizo de rogar, cruzó el amplio fondo del lago seco, donde ya formaba la caballería presta a todo, y se adentró en la trinchera que bajo el carro de los oficiales daba al interior del círculo defensivo formado por los carros.

En unos instantes el velo oscuro de la noche fue rasgado por largas flechas ardiendo, que fueron a parar a unas doscientas varas, la mayoría prendieron y junto a las llamas se alzó una espesa humareda, acto seguido desde los puestos, los ballesteros se habían provisto de estopa ardiendo que lanzaron a unos pocos codos de sus posiciones, el incendio en la pradera se generalizó, y la humareda no permitía ver nada, se levantó un ligero viento del este que propagó más las llamas en dirección al campo enemigo. Álvaro sonreía, los acontecimientos se desarrollaban según lo previsto.

-¡Sargento Cabrera!- gritó el capitán-¿Podéis atender a lo que Don Alfredo os indique?-

-¡Si, mi Capitán!- respondió el hermano del lugarteniente.

-¡Recordad, que debéis mostrar a Don Gerardo el banderín del color que os indique Don Alfredo!- indicó Álvaro.

Álvaro miró fijamente a su lugarteniente, ya montado como él… Los momentos previos al combate, siempre se concentraba un sabor metálico en la boca y los labios se quedaban secos… Si se tenía el vientre lleno, las tripas tendían a soltarse.

 

Trescientas y algo varas más al oeste, las dos columnas de caballería que habían empezado su avance contra los carros se detuvieron violentamente al estallarles el incendio en su cabeza.

-¡Atrás, atrás!- grito exasperado Sigura- ¡Hemos de unirnos a los de a pie, para apagar este fuego! ¡No debe llegar hasta el campamento!-

La caballería se reagrupó tras los hombres de a pie que Menéndez había ordenado se desplegaran para intentar parar las llamas… Los de a caballo habían ido a buscar odres de agua y ramaje para sus camaradas. El sargento Julio López se acercó a Menéndez.

-¡Don Rodrigo!- le dijo- ¡La hierba está seca y muy alta, no podréis apagar este incendio fácilmente, combatidlo con otro, cavad una trinchera cinco varas lejos del frente del incendio, limpiadla de hierba e incendiad también las cinco varas de hierba! ¡Para combatir el fuego, nada mejor que otro fuego!-

A Menéndez parecía que se le había aparecido la Virgen, empezó a dictar ordenes con su vozarrón, que la tropa con el nervio del combate se empleó con vigor a ejecutar.

Cuando el agua y los ramajes llegaron el fuego estaba casi extinto y sobre la tierra calcinada del llano se levantaba una humareda que perdía consistencia lentamente. El agua y las ramas sirvieron para ahogar los últimos rescoldos…

-¡Ese maldito!- mascullaba Sigura-¡Nos dará guerra hasta el final!-

-¿Guerra?- ironizó Menéndez, tosiendo con fuerza, como muchos de los hombres-¡De momento nos ha retrasado, el sol está empezando a apuntar y nos aproximaremos a su campo, sobre un campo de cenizas, sin hierba, ni abrigo ninguno!-

Al escuchar las reflexiones de Menéndez, Sigura y los otros ensombrecieron la expresión.

-¡Pues no hay tiempo que perder, Don Rodrigo! ¡Marchemos sobre esa canalla!- siseó furioso Sigura.

-¡Un momento, Don Antonio, los de a pie, debemos tomar agua, tenemos el maldito humo entre el gañote y el pecho!- a las palabras del Maestre de Campo, el capitán no pudo más que asentir, él mismo agradecería un sorbo largo de agua, y el resto de los de a caballo también.

 

Al otro lado de aquél campo ennegrecido y humeante, en su espacioso refugio hundido, Álvaro le preguntaba a Somer si los mojones de rocas, eran visibles ahora que la hierba había ardido, lo que el alemán desde lo alto de la carreta de observación respondió afirmativamente.

-¿Recordáis los colores acordados?- preguntó Álvaro. Otra afirmación fue la respuesta.

Al cabo de la cuarta parte de una hora, el sol esparcía sobre el llano quemado una luz anaranjada, que concedía al campo de batalla una atmósfera irreal.

-¡Ya vienen de nuevo!- se escuchó la voz de Somer. Álvaro descabalgó y se quitó el yelmo, corrió hasta los puestos de los que empuñaban mosquetes y ballestas. Desde allí se percató de que los tiradores quedaban algo protegidos por la hierba, pero ellos podían apuntar libremente en un campo raso. Sonrió y le dio una palmada al soldado que apuntaba con un mosquete, era Paco Álvarez y era uno de los buenos que habían seguido a Don Gerardo García. Una segunda ojeada le permitió ver que la caballería enemiga formada en un escuadrón único, tomaba la delantera, Álvaro seguía la maniobra, puesto que quizás sería preciso medirse con ellos, si los de Sigura lanzaban la caballería por delante de los de a pie, en contra de cómo se actuaba en los Tercios; era preciso que cuando el grueso del enemigo estuviera entre los cuernos de la media luna, se iniciara el fuego sobre ellos, y para ello la posición avanzada no debía ser avistada por la caballería de Sigura. En un cálculo breve, Álvaro valoró las tropas de caballería del enemigo en un tercio más numerosas que las propias, pero peor armadas y menos ligeras. Dejó el puesto deseando suerte y buena caza al tirador para volver a encasquetarse el yelmo y montar de nuevo…

Envió un enlace a Somer para que estuviera atento a los movimientos de la caballería, no debían acercarse.

Pasaron momentos tensos, el enlace regresó, la formación enemiga, había tomado el orden habitual, el cuadro de infantería, con corazas y picas al frente, una segunda línea protegida de arcabuces y la caballería flanqueando a lado y lado, ligeramente por detrás de la cabeza del cuadro de infantes acorazado, en cuya cabeza se advertía el estandarte con los colores de la Casa de Alba, ondeado por el alférez Rafael Cabrera.

Tras el cambio de estrategia del enemigo, Álvaro decidió dar un vistazo con su catalejo a la tropa que avanzaba sobre ellos, llamó a Bernardo para que hiciera lo propio. Apostados en el borde de la trinchera y camuflados por la hierba pudieron observar a placer aquella hueste que bellamente formada, avanzaba con disciplina.

-¡Por vida de!- exclamó Bernardo Cabrera.

-¿Qué habéis visto?- inquirió Álvaro.

-¡Mi hermano Rafael…! ¡Es su portaestandarte!-dijo quejumbrosamente el lugarteniente.

-¡Afortunadamente, lo habéis visto, Bernardo! ¡No temáis por vuestro hermano!- le susurró Álvaro.

El capitán de la Hueste Guay Naya, se dirigió a donde Gerardo García estaba, a la espera de la seña que José Cabrera debía darle…

-¡Don Gerardo! ¡Debéis pasar una voz a vuestros tiradores!-

-¿De qué se trata?- solicitó el vizcaíno.

-¡Su alférez, es el hermano de Don Bernardo! ¡Por desgracia se ha enrolado en la hueste enemiga! ¡Que los nuestros eviten tirar sobre él!-

-¡Descuidad, daré la instrucción! ¡Pero, mi Capitán…!- reflexionó Gerardo García- ¡En combate…!-

-¡Si ya sé, todos estamos en riesgo de morir! ¡Pero vos dad la orden!- insistió Álvaro.

La orden fue pasada de boca a oreja, en toda la línea arqueada de tiradores emboscados.

 

Cien varas lejos de los carromatos estacados en círculo, Sigura, y sus oficiales cabalgaban junto a Menéndez, que a pie acompañaba al soldado Heredia que marcaba con redobles de tambor, el ritmo marcial de aquella columna acorazada hacía el combate… En la memoria de muchos estaba la victoria contra los indios en la brecha, formados como ahora, en compacta legión de hierro y fuego.

-¡Señor!- exclamó Menéndez-¡He dispuesto en la cola una escuadra que vaya retirando a los heridos fuera del alcance de su tiro! ¡Ahora ya estamos al alcance de los arcos de sus indios, debo entrar en la formación cerrada y os recomiendo os retiréis a la zaga con la caballería!-

-¡Perfecto, Don Rodrigo! ¡Buena suerte y a por ellos!- deseó Sigura haciendo un peculiar saludo con su gorra flamenca. Los tres inquisidores volvieron grupas para ponerse al frente de las dos columnas de caballería, nada más llegaron y se habían colocado yelmos y morriones, oyeron un grito lejano…

-¡Amarillo…!- se oyó, y en el acto una densa nube de flechas se alzo silbando siniestramente hacia ellos.

-¡Ese Don Rodrigo…! ¡A veces parece un brujo!- exclamó Cárdenas.

-¡Y eso que solamente tiene un ojo!- bromeó García Luque.

-¡Basta de charla, y atentos a lo que viene!- ordenó secamente Sigura.

Menéndez una vez dentro de la formación a la que arrastró al soldado Heredia, con su tambor, rugió con su tono de voz gutural: ¡Cuándo tiren desde los carros quedaos con las nubecillas, marcan la posición del tirador! ¡Y después afinad el tiro de respuesta! ¡Esta lucha se decidirá en las cinco primeras andanadas!- mientras decía esto, el cuadro avanzaba a buen paso, los carros cada vez estaban más cerca, tan sólo se oía el martilleo de aquella hueste sobre un suelo cubierto de cenizas que alzaban el vuelo, a cada paso siguiendo el ritmo del tambor.

Estaban en el aire, las últimas expresiones de Menéndez, cuando se escuchó procedente de los carros un grito.

-¡Verde!- resonó.

Acto seguido una descarga cayó sobre el cuadro que avanzaba, desde el frente y por los flancos, a continuación gritos, gemidos, y maldiciones y algo de desconcierto especialmente en los flancos que no aguardaban ataque alguno, pero a continuación una andanada precisa de ballestas aprovechando el clareo en los escudos, se adentró en la formación buscando carne que hendir. Más gritos y gemidos. Menéndez no había visto humareda alguna en los carros, estaba desconcertado, y advirtió alarmado que los flancos de la formación también habían sufrido daño, y todavía estaba asimilando aquello, cuando una nueva descarga de fuego, se cernió sobre la formación, y esta sí fue devastadora.

Los de retaguardia empezaron a retirar heridos, y Menéndez a gritos ordenaba reconstruir el frente acorazado y seguir avanzando. En ese momento desde los carros recibieron una nueva andanada, no tan mortífera… El veterano rugió furioso.

-¡Responded al fuego!-

Los arcabuceros plantaron sus horquillas y en un frente de cuatro devolvieron el fuego que se estrelló contra los carros, sin que se advirtiera si surtieron o no efecto. Pero al instante, con la formación no totalmente compacta, una nueva nube de flechas rasgaba tetricamente el aire, esta vez las flechas indias encontraron carne castellana, y los esfuerzos de los designados para apartar heridos del frente de combate eran mayores, como los gemidos de los desafortunados que aguardaban turno.

-¡Cerrad la formación y avanzad!- rugió el Maestre de Campo. La formación siguió la consigna.

Una nueva andanada de los mosquetes, clareó de nuevo la formación, y seguida de las mortíferas saetas consiguió sembrar el caos, Menéndez se desesperó reclamando escudos y formación compacta.

Tras la segunda andanada de fuego, Sigura se había erguido sobre los estribos.

-¡Maldición, han cavado una trinchera y desde ella tienen a su merced a Don Rodrigo y la infantería! ¡No nos tiran desde los carros sino desde una posición avanzada y enterrada! ¡Don Baltasar, vamos a limpiar esa trinchera de ratas!- Sigura movilizó su escuadrón de caballería para asaltar la trinchera, le seguiría el vizcaíno y García Luque- ¡Don Pedro, quedaos con el resto de la caballería!- y salieron con fuerza desde atrás de los infantes martirizados por el fuego de los de Álvaro, algunos de ellos con picas para ensartar a los tiradores emboscados.

Sigura dirigía un escuadrón de setenta hombres montados, que acudían con furor a defender a sus camaradas atrapados en una media luna de tiradores implacables…

Los estampidos y gritos eran tan fuertes que las ordenes a gritos ya no se oían con claridad, pero Álvaro no apartaba la vista del sargento Juan Cabrera… Éste hizo ondear un banderín rojo, era la señal para que la caballería del Guay Naya, saliera de la hondonada, y a una orden lo hizo con fuerza y los pedernales armados.

De repente Álvaro se deshizo del guante que cubría su guantelete, quizás había llegado el combate final contra su perseguidor, con el estandarte ondeando a su espalda y seguido por cuarenta jinetes decididos, se halló en el llano a menos de veinte varas del escuadrón enemigo que picas en mano se lanzaba sobre la trinchera.

La voz de Sigura se sobrepuso al fragor del combate.

-¡Avanzad Rodrigo…! ¡Os cubrimos!- el inquisidor ataviado de negro, bajo el yelmo clavó su mirada en aquél jinete enemigo que venía de frente, con un guantelete en la siniestra-¡Ah…! ¡Maldito, al fin! –susurró para él.

Mientras los del escuadrón de Álvaro perseguían interceptar a los de Sigura, estos maniobraban para ensartar a los de la media luna que preparaban una nueva serie de andanadas. Al otro extremo de la media luna, Bernardo Cabrera había emergido con el otro escuadrón para proteger el otro ala de tiradores, que no estaba amenazada aún. Y debido a ello, el ala izquierda de tiradores realizó una descarga, que cogió a la columna de Menéndez en pleno avance y sin cubrir bien los espacios, espoleados por ello, los del ala derecha despreciando la inminente carga de caballería enemiga, descargaron también, y el efecto fue devastador, pero la posterior lluvia de saetas de ballesta arrancó sobre los gemidos un rugido feroz de Menéndez que sabía, no podía responder a ese fuego. Los jinetes de Sigura habían llegado al borde de la trinchera y con las picas intentaban ensartar a los tiradores, estos con sus pedernales ya preparados procuraban abatirlos con resultado incierto, el combate había llegado a un punto de virulencia álgido.

Álvaro y los suyos estaban encarados a interceptar a Sigura y sus jinetes, éste advirtiéndolo ordenó a Atienza y diez más que le siguieran, y se lanzó contra el jinete adversario del guantelete, el resto se debían emplear en limpiar la trinchera. Álvaro se percató de la maniobra.

-¡Cinco conmigo, el resto a por los de las picas, primero con el pedernal!- Así pues, el escuadrón de Álvaro se dividió, él, el alférez y cinco más a caballo fueron a librar combate con Sigura y los suyos, pero el resto, pedernal en mano se dieron a la caza de los que pica en ristre amenazaban la línea de fuego. Los jinetes con lanza se hallaron con la desventaja de no poder echar mano ni de pedernal ni de espada, ya que la pica les obstaculizaba, la gente de la trinchera animada por el socorro de su caballería, recargó como pudo y al tiempo que los pedernales de los del escuadrón surtieron su efecto, desde la trinchera, lograron que los enemigos se retiraran ligeramente y que por instinto dejaran las picas para echar mano de espadas y pedernales, para enfrentarse a la caballería que se cernía sobre ellos, aunque inferior en número con ventaja en la posición.

Veinte varas por delante del combate de los escuadrones, tenía lugar un enfrentamiento más singular, Álvaro y Sigura habían cruzado aceros e insultos. En una finta, Sigura dio un giro con su caballo para proteger su mano izquierda con la que pretendía asir el pedernal del arzón, para liquidar el asunto por la vía rápida…

En lo alto de un carro, Hernando, con un arco aravaco se había encaramado a riesgo de ser cazado por un arcabuz enemigo, y tensó su arco… Había sido testigo del enfrentamiento entre los dos reducidos grupos de jinetes, y especialmente del de su jefe, el mentor de su padre. Apuntó a la manera de los aravacos y lanzó su deseo de muerte.

Sigura se hallaba esquivando un tiento de espada del Lince, a la que no podía responder por tener ocupada la diestra en sostener acero y rienda al tiempo, pero su siniestra preparaba el final del duelo… A su alrededor los diez de la Hueste Reconquista, llevaban las de ganar frente al alférez y sus camaradas, que sin embargo resistían rodeados, las cuchilladas de sus enemigos, bien dirigidos por Atienza que se manifestaba como un buen luchador a caballo.

Pero en aquél momento una flecha, se incrustó en la espalda derecha de Sigura, al tiempo que la silueta de Hernando se refugió tras las lonas del carro de los oficiales. El inquisidor, lanzó un horrísono grito y alzó su testa protegida por el yelmo, en un gesto de dolor, la espada había caído al suelo y el pedernal también, tuvo el tiempo justo de asir las riendas con la izquierda, volver grupas y abatido, picar espuelas para salir de peligro… Atienza lo observó aterrorizado y ordenó que escoltaran a su capitán a lugar seguro, con cinco más se lanzó sobre Álvaro que había iniciado la persecución a Sigura, seguido de sus cinco jinetes, cuando Atienza, con la espada en ristre cabalgaba contra él, Álvaro clavó a Relincho, y echó mano al pistolón de pedernal que llevaba en el arzón, sin pestañear disparó a seis varas.

Atienza sintió una bola de fuego que le fundía la rodilla izquierda, en segundos el dolor se hizo insoportable y lanzó un alarido casi inhumano, lanzando su espada contra la cabeza de Álvaro, el yelmo sueco resistió el impacto.

El vizcaíno, con toda la pierna ensangrentada y colgando sin fuerza, volvió grupas, protegido por los suyos e inició la retirada.

El resto del escuadrón, aunque numeroso todavía, había visto en retirada al capitán de la hueste y poco después a otro de sus oficiales… Se unieron a los que protegían la retirada, haciendo desistir a Álvaro de seguir persiguiendo a su enemigo. Pero los de la trinchera en su mayoría estaban a salvo.

En aquél momento, la columna de Menéndez se había compactado de nuevo y seguía avanzando, desde los carros partió una nueva andanada, más una nube de flechas…

En el ala izquierda, Bernardo no había tenido que intervenir, Cárdenas se empleaba ahora en cubrir a caballo el flanco derecho de la columna y ordenar a Menéndez que saliera de aquella trampa.

El veterano Maestre de Campo, ordenó que sus arcabuces dispararan otra vez, contra los carros, y tras hacer fuego contra aquellos carruajes ya cercanos, la columna, a pesar de sus escudos recibió una mortal y cercana andanada desde la trinchera, seguida de ballestazos rasantes y mortíferos… Al fin escuchó a Don Pedro Cárdenas, que aún seguía en pie y ordenó protegerse bien, retroceder y retirar heridos…

-¡A nuestro campo, escapemos de este infierno!- rugió aquél fiero soldado que sabia mirar de cara, tanto a la victoria como a la hecatombe. Aquél gusano de hierro que ra la columna, herido en profundidad, retrocedió tan rápidamente como pudo, no sin recibir alguna andanada más, y no se detuvo hasta llegar, protegida por el escuadrón de Cárdenas, al promontorio boscoso que les servía de campo.

Por unos momentos, observaron el llano, gris y polvoriento, bañado en sol, y como aquella gente se retiraba.

Bernardo Cabrera, al frente de su escuadrón y los de la trinchera, hicieron el gesto de salir en persecución de los que se retiraban, Álvaro se puso ante la media luna y alzando a Relincho, lanzó una orden: -¡Permaneced todos en vuestros puestos!-

Reunidos los oficiales, lo primero que hubo fueron abrazos, palmadas y hurras… la tropa por su cuenta sin abandonar sus puestos estalló en un griterío jubiloso.

-¿Por qué no los hemos perseguido y aplastado de una vez por todas?- preguntó Bernardo, el lugarteniente, al que todavía le hervía la sangre.

-¡Porque la mayoría habrían llegado al promontorio! ¿No es así?-sonrió Somer.

-¡Efectivamente, Don Alfredo!-apuntó Álvaro, tras quitarse el yelmo-¡Y todos coincidiremos en que tras los peñascos y el bosque, esa hueste se puede fortificar y si nos lanzamos tras ellos, nos devolverían con sus ballestas y arcabuces lo que les hemos propinado antes nosotros!-

-¡Pero si tienen un montón de heridos, y han dejado el campo sembrado de cadáveres! ¡Están acabados, Capitán!-insistió Bernardo Cabrera. En ese momento con el estandarte bien erguido y ondeante se acercaba el alférez Mateo Ruiz, que tendía el guante de piel que Álvaro había lanzado al campo para mostrar su guantelete.

-¡Estaba en el campo de batalla, mi Capitán!- aclaró.

-¡Os lo agradezco alférez, habéis luchado con bravura, hoy!- respondió Álvaro, y se volvió para responder a su lugarteniente- ¡Don Bernardo, están heridos, pero no acabados, esa hueste contaba con más de medio millar de hombres…! ¡Todos armados y ahora, llenos de rencor y ánimo de revancha se estarán atrincherando para defenderse a toda costa!-

-¡Están anclados por sus heridos, Capitán!- reflexionó Gerardo García.

-¡Exacto, son un enemigo acorralado y furioso! ¡Que solo ansía ahora, matar o morir! ¡No es aconsejable atacarles, en ese promontorio montarán una buena defensa! ¡Creedme!- remató El Lince.

-¡Entonces…! ¿Qué hacemos?- inquirió Federmann.

-¡Nada, esperar y ver, atender a nuestros heridos, enterrar a nuestros muertos, celebrar nuestra aplastante victoria, dejar que ellos retiren a sus muertos y aguardar sus movimientos! ¡Tened la seguridad que con los efectivos que les restan, no pueden probar un segundo asalto a nuestra posición! ¡Aguardaremos su próximo movimiento, debemos tener ahora paciencia y buena vista! – razonó Álvaro.

-¡Ahora entiendo por qué, os llaman El Lince!- sonrió Somer.

-¡Que sacrifiquen dos reses, y que repartan vino por los puestos, celebraremos nuestra victoria!- ordenó Álvaro.

-¡A ver si se enfurecen y salen de nuevo de su escondrijo!- chasqueó Bernardo, el lugarteniente.

-¿Con lo que llevan hoy?- rió Gerardo García- ¡No contéis con ello!-

 

Maese Juárez, había tenido suficiente tiempo para preparar una enfermería para acoger lo que sin duda le había de venir, pero no había imaginado que la dimensión de la catástrofe de la Hueste Reconquista llegara a tanto. A cualquiera se le hubiera hecho difícil prever que una tropa con más de doscientos jinetes y trescientos infantes, bien pertrechada, y con mandos de la solvencia de Don Rodrigo Menéndez, sufriera un revés de tal naturaleza frente a no más de ciento veinte hombres, que además eran en buena parte indios.

Pero Sebastián Contreras, el baquiano de San Rafael, sí había sostenido que Menéndez erraba el planteamiento, y había discutido agriamente una vez con el Maestre de campo, y otra con el capitán general de la Hueste Reconquista; los cuales a la vista del poco entusiasmo y fe en la victoria del curtido explorador de los llanos, le reservaron el papel de proteger a la escuadra de hombres que debían retirar a los heridos del campo. Labor en la que se vio desbordando y acabó llevando él mismo algunos heridos.

En los momentos previos al combate, el baquiano y el galeno habían mantenido una conversación provocada por la curiosidad de Maese Juárez.

-¿Cómo se os ocurrió discutir de planes de batalla con Don Rodrigo, y luego con el Capitán Sigura?- preguntaba el médico mientras preparaba sobre una hoguera un caldero de agua que debía hervir.

-¡Porque ellos no advirtieron, algo que me llamó poderosamente la atención! ¡Cuando las patrullas partieron a observar, los disparos de hostigamiento no pretendían dar a nadie, simplemente ahuyentar!- respondió el baquiano, como en una reflexión.

-¿Y eso? ¡A nadie le gusta en una campaña, que el enemigo ronde por la propia posición!- razonó Maese Juárez.

-¡Aquí en los llanos…! ¡Se combate de otro modo, y mucho me temo que entre los que tenemos ahí enfrente, hay un verdadero maestro en los llanos, un baquiano de este territorio, como yo!- siguió en su meditación Contreras.

-¿Qué os hace suponer tal cosa?- Juárez ladeó la cabeza mientras revisaba su instrumental.

-¡Sólo un baquiano de los llanos, los surca con carros…! ¡Es un tudesco llamado Alfredo Somer, un gran propietario al este de Maracaibo, tiene su propia tropa, y conoce esta inmensa pradera y las montañas y selvas que la rodean, como los rincones de su casa! ¡Y ese fuego…! ¡No presagia nada bueno!- remató el baquiano de San Rafael, escupiendo a un lado-¡Y ahora, Maese Juárez, voy a hacerme cargo de mi cometido en la batalla!- el hombre alzó su triste chambergo claro decorado con una pluma de guacamayo, verde y roja, a modo de saludo. El médico estuvo por unos instantes inmerso en las últimas palabras de aquél explorador.

Algo más tarde dio inicio el tiroteo, los gritos y la llegada de hombres heridos, ensangrentados y ennegrecidos. Y desde ese momento las dificultades fueron en aumento, miembros atravesados por flechas, saetas, y hombres con las carnes hendidas por las pelotas de plomo… Mientras se esforzaba en mantener la sangre fría y aliviar los sufrimientos de aquellos soldados, Maese Juárez no podía dejar de pensar en las palabras del baquiano, que se esforzaba en traer hasta el reducto donde curaba a nuevos desafortunados.

Pero cuando el herido que pusieron junto a él fue el mismísimo Capitán de la hueste, el galeno empezó a estar de acuerdo con las conclusiones del baquiano…

-¡Veamos Capitán…! ¡Antes de extraer la flecha voy a comprobar como tiene hueso y tendones!- Juárez movió el brazo izquierdo de Sigura que lanzó un alarido-

-¡Por Dios Santo, Maese Juárez, llevad cuidado! ¡Me arde la espalda!- bramó Sigura.

-¡La flecha, por suerte no os ha inutilizado para siempre el brazo! ¡Ahora os la extraeré y curaré la herida, tomad un poco de aguardiente, esto dolerá!- y le dio un cazo que contenía un buen trago de aguardiente del Caribe.

Lo peor llegó en brazos de Don Alfonso García Luque y dos más. El caballero Baltasar Atienza fue depositado sobre la hierba con la rodilla derecha convertida en un despojo, el hombre estaba con las facciones contraídas de dolor en una faz enrojecida, su mirada de pupilas verdes andaba extraviada, junto a él secando el sudor del camarada malherido García Luque estaba lívido y entre dientes murmuraba: ¡Ha sido ese maldito…! ¡Ese maldito…!-

-¡Hay que hacer un torniquete sobre la rodilla, a medio muslo!- dijo Juárez mirando al baquiano, al que había visto hacer alguno-¡Si queremos salvarle la vida, hay que amputar con urgencia, esta pierna, desde el torniquete hasta el pie!- el galeno había empezado a rasgar la bota de montar de arriba abajo para empezar limpiar la herida, a su lado García Luque derramaba lágrimas en silencio.

-¡Traed una doble ración de aguardiente, Don Alfonso!- dijo el baquiano que se aproximaba con unas tiras de cuero humedecidas para hacer el torniquete.

Maese Juárez, había derramado unas gotas del contenido de un frasco en los labios del herido Atienza.

-¡Tragad, es láudano, os calmará el dolor!- susurró.

Al rato, llegaron abatidos, Menéndez y Cárdenas.

-¡Por todos los demonios, Don Rodrigo! ¡Esto empieza a recordar Malta! ¡Ese gato mortífero de dos patas, nos ha lanzado un nuevo zarpazo!- dijo Cárdenas sentándose sin fuerzas, cuando el galeno empezaba a serrar la pierna de Don Baltasar Atienza que había perdido el sentido, entre el dolor y el aguardiente.

Las horas que siguieron fueron agotadoras, Fray Anatolio alternó el consuelo espiritual con la cura y cuidado de los cuerpos heridos, Sebastián Contreras, el baquiano, estaba a disposición de Maese Juárez, y demostró tener recursos.

Menéndez había ordenado que los heridos tenían prioridad para tener toda el agua que necesitaran, a pesar de que sabía que con ello obligaba a los hombres en disposición de combatir a pasar sed, o a ver como las reservas de agua se agotaban, y ello le producía inquietud, pero ello no impidió en que en un descanso, junto al fuego tras comer una ración de asado, le pidiera al baquiano una disculpa por haber despreciado su recomendación momentos antes de la derrota vergonzante.

Cárdenas por su parte estaba empeñado en que Sigura, más furioso que de costumbre, le autorizara a ir a recoger los cadáveres de los caídos en la batalla…

-¡Si vierais como yo, a los carroñeros, a cuervos, y buitres, merodear alrededor de los cuerpos sin vida de los que hasta hace unas horas comatieron, no me negaríais que me hiciera cargo de esos cuerpos para darles sepultura!- frente a Cárdenas, tendido en el suelo, envuelto en una gruesa manta, con la tez blanca como un céfiro, las órbitas de los ojos hundidas, temblando a causa de la fiebre, Sigura seguía negando. Fray Anatolio que andaba cerca, entró en la cuestión…

-¡Don Pedro tiene razón, Capitán! ¡Es obligación vuestra dar cristiana sepultura a esos desafortunados!-

Los ojos cobalto de Sigura, reflejando el agotamiento y la fiebre se incrustaron en la serena mirada de fray Anatolio, la cicatriz que le cruzaba la cara enrojeció aún más, acusando el esfuerzo.

-¡Nos tenderán una trampa!- susurró.

-¡Aún a riesgo de eso, debemos intentarlo, Don Antonio!- insistió Cárdenas.

-¿Vos, qué decís Fray Anatolio?- preguntó con un hilo de voz Sigura.

-¡Confiad en Dios…! ¡Y en Don Pedro!- pidió el clérigo.

Sigura asintió con la cabeza antes de cerrar sus ojos agotado.

-¡Don Rodrigo…!- Cárdenas reclamó la atención del Maestre de Campo- ¡Desearía que el alférez Rafael, nos acompañara con bandera blanca, a Fray Anatolio y a mí, para tratar la tregua y retirar nuestros muertos!- Menéndez, asintió en silencio, y mandó a por el alférez.

Media hora después, montados a caballo, Cárdenas, el fraile y el alférez Rafael Cabrera que enarbolaba una tela blanca, avanzaban al trote hacia el campo enemigo… Se detuvieron en el centro de la media luna, a sesenta varas de los carros.

Tras aguardar unos momentos, de la tierra surgieron tres jinetes que también enarbolaban bandera blanca, en el centro cabalgaba Álvaro, sin yelmo y con el guantelete cubierto, a su derecha sostenía la bandera de parlamento, el alférez Marcos Ruiz, y a su izquierda montaba Gerardo García.

Los dos grupos quedaron encarados a unas cinco varas, y el parlamento fue tan seco como breve. Álvaro accedió a dejar que retiraran los cadáveres, con las condiciones de que lo hicieran hombres desarmados y a pie, que no se aproximaran a su campo y que el sacerdote que les acompañaba, jurara que esa era toda su intención y no intentarían nada que no fuera aquél piadoso cometido.

Tras recibir de Cárdenas, su palabra de honor de que no se tramaría nada, Fray Anatolio juró.

Los dos grupos se separaron, y al llegar al promontorio, Cárdenas organizó el grupo para, bajo su vigilancia, acercar los cuerpos de los caídos en la batalla de la jornada anterior.

Subido al pescante del carromato de oficiales, Álvaro, con su catalejo oteaba el campo enemigo. Los tiradores de la media luna estaban apostados por si aquella gente preparaba una treta. Álvaro se había percatado de que los que venían a buscar a sus muertos venían desarmados.

-¡Ese Cárdenas, no entiendo bien que hace con Sigura! ¡Es un hombre de honor!- dijo en voz baja.

-¡Hicimos bien de retirar nuestros muertos ayer noche…! ¡Nos evitamos tener cerca de esa gente ahora!- comentó Bernardo, el lugarteniente.

-¡Veo ahora su campo, están preparando una fosa enorme…! ¡Y una gran cruz! ¡Ayer les hicimos mucho daño!- siguió hablando Álvaro sin dejar de mirar con el catalejo.

-¡Ellos también nos han hecho daño, hemos enterrado a veinte hombres y tenemos once heridos! ¡Sus arcabuces, cuando estuvieron cerca, resultaron efectivos! ¡Muchos tiradores han perecido con un arcabuzazo en la cara!- relató Gerardo García.

-¡Bien, pero ahora lo importante es saber que harán!- soltó Somer.

-¡Dudo que se muevan en unos días, tienen una ardua tarea entre enterrar muertos y sanar heridos!- observó Gerardo García.

-¡Con Sigura nunca se sabe!- remató Álvaro.

 

El Lince tenía razón, al día siguiente, Sigura estaba recuperado de la fiebre, y movía un poco su brazo, había tenido que salir al paso de cuestiones como la renuncia de Menéndez a ser Maestre de Campo, el hombre se sentía responsable de aquél revés. Sigura no le quiso hacer caso alguno y le observó que aquél no era momento de abandonar el mando.

El estado de Atienza era preocupante, pero los hombres le había preparado unas parihuelas para poder transportarlo entre dos mulas.

-¡En total han sido ciento ochenta y tres muertos, y ochenta y seis heridos, Capitán!- Maese Juárez daba la triste noticia a los capitanes de la Hueste Reconquista-¡He de agradecer a los hombres que se han volcado en ayudarme! ¡Ha sido ejemplar!-

-¡Tan ejemplar como la derrota que me han infringido!- dijo apesadumbrado Sigura-¡Por cierto, Don Sebastián, debo disculparme con vos, teníais razones sobradas para aconsejar prudencia!-

-¡Y ahora…! ¿Qué ordenáis, Capitán?- planteó Menéndez.

-¡No tenemos agua suficiente…! ¡Debemos retroceder como mínimo hasta el río que encontramos antes de llegar a este maldito campo de muerte! ¡Después todo dependerá de si los heridos pueden proseguir!- Sigura fue muy claro.

-¿Y después?- preguntó Cárdenas.

-¡Nuestro destino es Coro, y su puerto…!- respondió hoscamente Sigura.

-¿Coro? ¡Pero si Barquisimeto está mucho más cerca!- objetó Menéndez.

-¿Queréis ser el hazmerreir de las autoridades de esa ciudad? ¡Hasta Barquisimeto tenemos cinco jornadas…! ¡Don Sebastián…! ¿Cuántas hay hasta Coro?- inquirió Sigura.

-¡Nueve, a lo sumo diez!- respondió el baquiano.

-¡Señores, Coro es puerto importante, y la ciudad con más poder de esta parte de Venezuela! ¡Su gobernador, sabemos es afecto a nuestra causa, y tiene una importante guarnición! ¡En Coro nos repondremos, y conseguiremos artillería, si los de Barquisimeto nos hubiera cedido un solo cañón, hoy bailaríamos sobre los cadáveres de nuestros enemigos!- Sigura planteó su respuesta en primer lugar como orden irrevocable, dejando claro que lo principal es que los heridos pudieran resistir, y en segundo, lanzaba sutilmente una excusa para digerir la importante derrota sufrida. Como era costumbre en la Hueste Reconquista, nadie rechistó.

Al amanecer del siguiente día, y para gran sorpresa de Álvaro y los suyos, pudieron observar que el promontorio boscoso estaba vacío, solamente quedaba de aquella hueste la inmensa cruz bajo la cual reposaban casi doscientos hombres.

Tras la vuelta de la patrulla enviada a comprobar la situación en el bosque, Álvaro convocó un consejo de oficiales.

-¡Caballeros, según parece se retiran hacia el norte…! ¿A dónde irán en esa dirección?- planteó el capitán.

-¡A Coro, Capitán!- respondió Somer-¡Si retrocedieran a Barquisimeto, se dirigirían hacia el oeste, incluso accederían antes al río Chirgua, pero hacia el norte…! ¡Buscan el paso de Valencia, para ir hasta el puerto de Coro!-

-¡Un puerto, o espera rehacer sus fuerzas allí, o es que aguarda refuerzos por mar!- se dijo Álvaro.

-¡O quizás se dé por vencido y embarque hacia Castilla! ¡El de la pasada jornada, fue un golpe muy duro para esa tropa!- aventuró Gerardo García.

-¡Conozco al Capitán de esa hueste, Don Gerardo! ¡No renunciará a abatir mi cabeza en estas lejanas tierras! ¡Además no puede presentarse ante su dueño, el Duque, sin cumplir su misión oficial, tomar el Virreinato de Siete Virtudes!- Álvaro corrigió el optimismo de su amigo Gerardo García- ¡Pero sea como fuere, debemos plantearnos ahora, el proseguir nuestra marcha hacia el Guay Naya, hacia oriente!-

Siguieron en consejo planeando el avance hacia el este, para dar con las bocas del gran río, según Somer distaban unas ciento veinte leguas de la orilla occidental del Orinoco, y podían cubrir dicha distancia en dos semanas, siguiendo con los carros, que les permitían ir más descansados y realizar jornadas más largas.

La llegada al río planteaba según Federmann, el problema de los carros, en la jungla de aquella zona, los carromatos serían más un estorbo que otra cosa.

Somer respondió que los carromatos debidamente desmontados podían ser transformados en balsas, muy útiles para recorrer la zona de las bocas, y cruzar los brazos en que se dividía el Orinoco. Álvaro decidió dejar la decisión sobre los carromatos para cuando apareciera la temida selva, de momento en los llanos, resultaban de gran ayuda.

Somer les animó puntualizando que a veinte leguas del río encontrarían la Encomienda del Tigre, su dueño era un buen amigo de correrías de juventud, baquiano de fortuna como él, Don Santiago Cifuentes, solamente tenía a su cargo a castellanos, desconfiaba de indios y mestizos, pero en su caso estaba justificado, porque en aquella región el indio era de otra naturaleza.

Hernando asintió con la cabeza, y murmuró: ¡Caribes y Pamanos! ¡Caníbales!-

 

Recorrieron a buen ritmo los llanos, tuvieron caza abundante y las arboledas de vez en cuando, en la orilla de riachuelos, ofrecían frutos ácidos y pulposos. La marcha no tuvo más sobresaltos que la vista lejana de grupos de indios que les seguían durante una o dos jornadas para desaparecer cuando ya no cruzaban por su territorio.

Las noches, eran espléndidas, la bóveda celeste se abría ante ellos de forma luminosa, los capitanes tudescos aprovechaban para hacer observaciones con el catalejo, que posteriormente anotaban como referencias para futuros viajes…

Pudieron contemplar al jaguar en pleno llano cazando al ciervo, y Álvaro quedó maravillado por la estampa de aquél felino, cada vez que avistaban uno, de forma instintiva echaba mano al medallón.

A las doce jornadas de camino, Somer les señaló con júbilo las construcciones de la Encomienda El Tigre. A lo largo de aquellos días, el llano había ido descendiendo de altura, y el paisaje lentamente se iba poblando de más y más frecuentes grupos de arboles, la hierba no estaba tan seca y el aire que llegaba era más húmedo cuando el viento soplaba del este.

Maese Roberto andaba encantado de poder añadir al rancho fruta con frecuencia, limas, pomelos, mangos y otras especies de frutos, todos ellos gustosos y que hacían bien a una tropa que había abusado del cazabe y la mandioca durante tantas jornadas.

Somer advirtió que las aguas del territorio empezaban a tener que ser hervidas antes de beberlas, a no ser que surgieran de una fuente entre rocas.

Toda especie de monos y guacamayos empezaban a poblar las copas de los arboles, y los tapires, ciervos y otras especies eran cada vez más numerosos, así como los molestos insectos.

La Encomienda de Don Santiago Cifuentes, era importante, según les había relatado Somer, Cifuentes era uno de los ganaderos que suministraba al mercado de Caracas, más reses, pero se rumoreaba que en sus dominios existían importantes minas de plata que explotaba con esclavos negros, comprados a los portugueses o a no se sabía bien a quién. Pero según Somer ese misterio formaba parte de la leyenda negra que rodeaba al virrey de Siete Virtudes, el flamenco Don Leopoldo De La Marck y Sinclair.

Somer fue bien acogido por Cifuentes, y en consecuencia toda la expedición, como presentó Somer a la hueste.

-¡Demonio de tudesco! ¡Qué expedición, a no ser porque lleváis indios, parecería un Tercio de los de antes!- gritó abrazándole. Somer presentó a Álvaro como el capitán de aquella tropa.

-¡Descuida castellano viejo, son indios del norte, bautizados, cristianos…!- le tranquilizó jocoso el alemán.

-¿Católicos, apostólicos y romanos?- preguntó con un guiño el encomendero.

-¡Eso ya se lo preguntas a ellos, no sé si saben donde está Roma!- bromeó Somer.

-¡Diablo de erasmista!- rió Cifuentes, repitiendo el abrazo-¡Bienvenidos!-

El encomendero accedió a dejarles acampar y sacrificó tres reses para asarlas y que cenaran, también accedió a venderles algunas cabezas para que prosiguieran su ruta…

-¡Por cierto, Don Álvaro…! ¿Cual es vuestro destino?- preguntó Cifuentes en el curso de la cena que dio en su honor en la Casa Mayor de la Encomienda.

-¡Vamos al Guay Naya, Don Santiago!-respondió Álvaro.

-¡Eso es como hablar de medio mundo, amigo mio!- se rió el encomendero.

-¡Hemos de adentrarnos en el dominio del Yacu Guay, Santiago!- preciso Somer.

-¡Por todos los demonios del infierno…! ¿Habéis perdido el juicio?- rugió Cifuentes.-¡Esa tierra está maldita y me trae sombríos momentos de mi vida…!

-¿Qué os sucedió allí, Don Santiago?- preguntó Somer. El encomendero se giró y señaló a la blanca pared que tenía a sus espaldas.

Sobre un sobrio arcón de talla castellana, colgaba en la pared una piel seca de serpiente de una magnitud increíble.

-¡Esa horrible bestia, la gran serpiente del río, la anaconda, quebró los huesos de Mateo, el menor de mis hijos! ¡Todavía se adivinan los cortes que mi pobre muchacho dio a su asesina con la daga! ¡Esa tierra y el río que la baña, alberga un sinfín de serpientes asesinas como esa! ¡Es de hecho el dios pagano de las gentes que allí habitan!-

-¡Mostrad vuestro medallón Don Álvaro!- rogó Somer.

Álvaro tras vacilar un momento, mostró la joya. Su anfitrión abrió desmesuradamente sus azules ojos, y pasó la mano por su pulida melena negra .

-¡Cielo Santo, estáis invitado a bajar al Averno, amigo mio! ¡Yo de vos, haría confesión y tomaría la eucaristía!- murmuró el encomendero.

-¿Tenéis capellán en vuestra Encomienda?- demandó Álvaro…

 

El Encomendero Cifuentes les había ilustrado sobre el estado de la ruta hacia el gran río en aquella estación, según les dijo, por la ruta ancha, los carromatos posiblemente podían llegar hasta los manglares de la ribera occidental.

De buena mañana iniciaron de nuevo la jornada, no sin que Don Santiago tentara a Somer con unirse a él, para el transporte de más de mil cabezas de ganado hasta la región de Caracas.

Somer declinó la invitación, se había hecho a la hueste, a Álvaro, y especialmente a volver a cabalgar junto a su amigo Federmann, por otro lado acariciaba el sueño de hallar el legendario El Dorado, que algunos aventureros situaban en Guay Naya. Si lo lograra, reivindicaría ante los señores Függer y Wesel el nombre de tantos y tantos compatriotas que como su padre o el de Nicolás Federmann, dejaron vida y honra en el empeño.

Conforme las horas se sucedían y avanzaban hacia oriente, la selva crecía a su alrededor, con las mil tonalidades de verde, las inmensas hojas, el sinfín de monos y de aves de plumas vistosas, el concierto de locos que todos aquellos bichos interpretaban a su paso, pero también iban en aumento la fetidez y la densidad del aire cada vez más cargado de humedad. A pesar de ir penetrando en aquella jungla, que dejaba en mantillas la selva lacandona, el camino se mantenía ancho y los carros no tenían problema alguno en seguir la ruta.

Pero para una hueste de soldados era angustioso sentirse encajonado en aquella masa verde, impenetrable que dejaba sin vista a los flancos, simplemente podía lanzarse la mirada en la dirección del túnel vegetal por el que discurría el camino, bañado en una luz verdosa que lo inundaba todo bajo la copa de los arboles que sostenían una auténtica batalla por alcanzar los rayos de sol en altura.

Por si todo ello fuera poco, sobre sus cabezas se iba tejiendo una telaraña de lianas, por las que monos y otras alimañas de aquella selva pasaban de uno a otro lado lanzando agudos alaridos a la columna de hombres que transitaba bajo ellos.

A media tarde y en medio de un calor sofocante, Álvaro ordenó que la columna se detuviera.

-¡Hemos de abrir un claro, aquí más que en los llanos debemos poner a salvo reses y caballerías, y a nosotros mismos! ¡De hecho va a ser mucho más difícil sentirse seguro aquí, que en la grandeza de los llanos que hemos dejado atrás!- dijo el capitán.

-¡Es aconsejable hervir el agua…! ¡Aún cuando sea la de los odres!- recomendó Somer.

Federmann empezó a seleccionar de entre los suyos los que sabía eran buenos con el machete y el hacha, Somer y Gerardo García hicieron lo propio, el resto y muy especialmente los indios montaron una nutrida guardia.

Los hombres empezaron a desbrozar un amplio circulo en la selva, en el cual acamparían…

-¡Si vuestras cuentas son precisas, Don Alfredo…!-dijo Federmann- ¡Mañana llegamos a la ribera del río!-

-¡Así lo creo, Don Nicolás!- respondió el otro que machete en mano estaba recogiendo lianas-¡Estas lianas, son excelentes para trenzar sogas!-

Tras dos horas largas, lograron establecer un claro, con los troncos derribados, acabaron de cerrar el circulo defensivo de carros, habían salvado en el centro del claro dos enormes arboles que parecían encaramarse a los cielos, les servirían para colgarse a vigilar, para estacar caballerías y ganado. Con la leña menor encendieron las hogueras del interior del campamento y las del exterior para intercalar los centinelas…

De no ser por el bochorno y los mosquitos, hubiera sido una noche como cualquier otra, se ordenó que la cena fuera consistente, que se repartiera un cuartillo de vino además del agua. El sonido de alguna guitarra se mezcló con el maullido de un jaguar en celo, y los gritos de las lechuzas.

Antes de que el sol se levantara, envueltos en una espesa niebla, reavivaron los fuegos, los centinelas cantaban el “sin novedad” de puesto a puesto y el campo se puso en movimiento, la humedad les había penetrado los huesos, y sudaban ya de buena mañana…

Se repartió el desayuno, una clásica sopa, que a pesar del calor entraba bien… La columna se puso en marcha tras enganchar las acémilas a los tiros de los carromatos, entre los gritos y chasquidos de los arrieros, el humo de las hogueras sofocadas se mezclaba con la niebla de la jungla y el olor a sopa.

Somer había dispuesto un grupo de sus indios en la cabeza de la columna, que con ramas iban batiendo el camino.

-¡Es por las culebras, las caballerías suelen enloquecer si una serpiente se cruza en el camino! ¡Hay que ahuyentarlas!- dijo al capitán, que aprobó la disposición.

-¿Llegaremos hoy al gran río?- preguntó Álvaro.

-¡Esta bruma no deja lugar a dudas, estamos muy cerca! ¡Os aconsejo por el bien de todos llevar el estandarte desplegado, con la enseña que lo corona bien visible…!Y vuestro medallón a la vista!- sugirió Somer.

-¿Y eso?- preguntó Gerardo García.

-¡Caballeros…!- exclamó sonriente Somer- ¿No recordáis? ¡Estamos adentrándonos en el Averno, por ello los salvoconductos han de estar bien visibles!-

-¡Dentro de poco, Señores, sin los machetes ya no podremos avanzar!- exclamó Federmann señalando al fondo del camino donde la espesura parecía un muro verde.

Cruzó ante ellos una ave con un pico enorme y curvado de vivos colores, cubierto de plumaje negro brillante a excepción de la pechera que era de un azul rabioso.

-¡Que ave más exótica!- indicó Gerardo García señalándola con el dedo- ¿Cómo la llamarán?-

-¡Es un tucán, también los hay en los manglares de las orillas del Maracaibo, pero no son tan llamativos como los de aquí!- relató Somer, para alertar después-¡Pero que no os distraigan los colores! ¿No veis como se mueve esa rama?- preguntó señalando.

-¡Cielos!- Federmann echó mano a su pedernal.

-¡Nada de estampidos, Don Nicolás!- dijo secamente Somer, que desenvainó su espada y de un certero tajo segó la cabeza del reptil que se confundía con una rama colgante.

-¡Mirad arriba!- gritó Álvaro-¡Hay víboras que cuelgan de las ramas y las lianas!- la voz se fue pasando a lo largo de toda la columna.

-¡No era una víbora, sino una serpiente ciega, esa se tira donde huele sangre!-concretó Somer. Álvaro recibió la corrección con una amarga sonrisa, empezaba a entender los reparos de Don Santiago Cifuentes.

A medida que avanzaba la mañana, el bochorno se hacía más insoportable, como las moscas y los tábanos.

-¡Hace tiempo que presiento que nos vigilan!- dijo quedamente Álvaro.

El avance era cada vez más lento y la jungla estrechaba su abrazo al camino por el que discurría la columna de la Hueste Guay Naya.

De repente, el camino se ensanchó, y la cabeza de la columna emergió a un cielo abierto, en un llano alto, desde el que se advertían las copas de los manglares y toda la magnitud de un gran río, que más parecía un brazo de mar que otra cosa…

El altozano tenía unas cuatrocientas varas de lado, era de forma casi cuadrada y estaba unas diez varas sobre el curso del río.

Álvaro y sus oficiales recorrieron el espacio al que habían salido, y de repente Somer señaló hacia la derecha en dirección sur…

-¡Mirad aquello!- lo que el alemán había advertido era un conjunto de estacas clavadas en el suelo y coronadas por cráneos humanos, a su lado un monolito de piedra con una serpiente grabada se erigía a modo de mojón.

-¡Bernardo!- ordenó inmediatamente Álvaro- ¡Que formen los carros el círculo defensivo!- el lugarteniente empezó a impartir las ordenes para que en medio del paraje quedara montado el campo de forma defensiva. Capitaneados por Álvaro, el resto de los oficiales se dirigió a caballo hasta el mojón y su macabro acompañamiento. Álvaro miró atrás para comprobar que Marcos Ruiz, el alférez llevara el estandarte debidamente desplegado.

Cuando arribaron a las señales, vieron que del mojón partía un camino que se adentraba entre los manglares y conducía a la ribera del Orinoco. Se miraron unos a otros…

-¡Vamos a prepararnos para todo, Caballeros, y vos Hernando, también!- al decir esto Álvaro se encasquetó el yelmo que Somer le regalara, los otros hicieron lo propio y Hernando que había heredado el morrión de Álvaro, también obedeció… Desenvainaron las espadas, a excepción de Somer y El Lince, que desenfundaron sus pedernales. Somer y Hernando abrieron la marcha, seguidos en el centro de Álvaro y el alférez, y cerraban la marcha Federmann y Gerardo García.

El camino se hundía en las copas de los exuberantes manglares, y descendía con rapidez, en par de vueltas, llegaron a un inmenso embarcadero, con una cabaña.

-¡Por vida de…! ¡Parece como si nos esperaran!- exclamó Somer.

-¿Por qué decís esto?- preguntó Gerardo García.

-¡En este embarcadero, podemos transformar los carromatos en embarcaciones para movernos por el río!- respondió risueño el alemán.

-¿Sabemos donde estamos?- preguntó Álvaro.

-¡¡Estáis en Angostura de Orinoco!!- una áspera voz salió de la cabaña, para emerger de las ventanas de la misma dos cañones de arcabuz-¡¡Permaneced quietos ahí!!-

-¡Haced lo que dicen!- ordenó Álvaro, mientras alzaba el medallón sobre su cabeza.

-¡Tú, el del medallón, acércate solo hasta tres varas!- la desagradable voz volvió a ordenar imperiosamente.

-¡Lo haré si dejáis que dos de mis hombres regresen a nuestro campo!- respondió Álvaro.

-¡De acuerdo! ¡Pero acercaros, y vos solo!- repitió la voz.

-¡Don Nicolás, Don Gerardo, Hernando…! ¡Regresad con Bernardo y tranquilizad a todos!- ordenó de nuevo Álvaro, avanzando lentamente a caballo sobre las tablas del embarcadero hasta unas tres varas del chamizo.

Los aludidos sin volver grupas hicieron retroceder a sus caballos lentamente y sin perder de vista lo que sucedía frente a la cabaña.

-¡Desmontad y envainad vuestra espada! ¡A continuación acercaos hasta el ventanuco, hemos de ver el colgante que mostráis!- el de la cabaña impuso de nuevo su voluntad.

A corta distancia, Álvaro que se había quitado el yelmo para dejarlo en la grupa de Relincho, pudo entrever los dos individuos que le apuntaban con sendos arcabuces de mecha, eran dos mestizos de piel tostada y cabellos azabaches recogidos bajo chambergos de cuero. Avanzó justo hasta el ventanuco llevando el medallón por delante…

-¡Es por esto que hemos venido hasta aquí!- exclamó imperiosamente El Lince.

Los ojos de ambos mestizos, brillaron en la sombra de la cabaña…

-¡Si, es la señal de Dama Cecilia! ¡Dile a Jairu que haga la señal…!- dijo el mestizo que parecía tener más autoridad. Y en instantes, un sonido grave se expandía por la ribera del río, sin duda utilizaban una caracola, como los indios del Yucatán, para realizar llamadas y señales. Álvaro dirigió una mirada rápida hacia lo alto del camino de descenso hasta el embarcadero, pudo comprobar que Federmann y García estaban fuera de peligro. A unas varas, antes de las tablas del gran embarcadero, firmes sobre sus corceles, el alférez y Somer permanecían allí, atentos a cualquier cambio en la actitud de los emboscados.

-¡No temáis, si hubieran querido acabar con nosotros, lo hubieran hecho ya!- les dijo con aplomo Álvaro-¡Volved las armas a su sitio!-

Ambos obedecieron la orden, y vieron como los arcabuces, dejaban de apuntarlos.

Pero Álvaro, pudo observar algo más. Bordeando la zona de los manglares que penetraban en las aguas del gran río, una embarcación de dos palos y bancada doble de remeros, se aproximaba al embarcadero.

Sumergidos en un espacio totalmente cubierto por vegetación intensamente verde, la luz tomaba dicha tonalidad, como en la espesura de la jungla que habían atravesado horas atrás… Para sus adentros El Lince, meditaba viendo llegar la pequeña galera, que lo que acontecería a partir de aquél momento no tendría nada que ver con lo vivido hasta entonces en la jornada del Guay Naya.

Por fin atracó la galera, estaba tripulada por una veintena de hombres del mismo aspecto que los de la cabaña, uno de los cuales que se distinguía por tener más presencia que los demás puso pie en las tablas del embarcadero, escoltado por tres de sus hombres armados de machetes, que parecían alfanjes de turco.

-¡Comprobad vos mismo, Capitán Juánez!- exclamó la voz de la cabaña.

Álvaro permanecía en pie, con el medallón alzado y bien visible, el que habían llamado Juánez lanzó una mirada al emblema que coronaba el estandarte y sonrió. Tanto su sonrisa, como la mirada de aquél hombre mediano, cetrino y robusto eran inquietantes.

-¡Esa serpiente en el mástil…! ¡De nada hubiera servido! ¡Solo es la señal de Dama Cecilia, la que os ha salvado el cuello! ¡Y ahora debéis acompañarme a bordo, mi Señora os aguarda río arriba!- dijo el hombre con marcado acento mestizo.

-¡Uno de mis hombres vendrá conmigo!- exigió Álvaro.

-¡Sea, no es nuestra intención tenderos celada alguna!- contestó el mestizo.

-¿Cómo cuanto de lejos nos adentraremos en el río?- inquirió Álvaro.

-¡Estaréis fuera de vuestro campo, por espacio de tres jornadas, si eso es lo que os preocupa! ¡Designad a vuestro escolta y abordemos el bajel, sin caballos, pero podéis conservar vuestras armas! ¡Y sobre todo tened cuidado de la señal de dama Cecilia!- dijo secamente el tal Juánez.

Álvaro se giró, mirando a Somer…

-¡Don Alfredo, vos me acompañaréis! ¡Señor alférez, Don Marcos, llevad nuestros caballos junto a la hueste, y dales la orden de que no pierdan su posición defensiva, y que durante esas tres jornadas tomen raciones justas, y que hiervan el agua!- dijo Álvaro mientras tomaba su yelmo y cedía las riendas de Relincho al joven alférez. Somer hacía lo mismo tras desmontar y agarrar del arzón un arcabuz corto alemán- el muy tuno- pensó para sí Álvaro.

Acto seguido, Juánez les invitó sin agresividad alguna a embarcar, los de la cabaña, ni habían salido.

La pequeña galera dio un giro completo, y tras alejarse del rabión de río, los remeros empezaron a bogar río arriba, la techumbre verde de la selva había desaparecido y navegaban bajo un firmamento azul y radiante. Sobre la cubierta, Álvaro y Somer se miraron en silencio, sus miradas compartían los mismos interrogantes.

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