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I. Las conspiraciones

De cómo fue divulgado el secreto confiado por el César Carlos a su hijo Felipe.

En las estancias de despacho del Santo Oficio había una tranquilidad poco usual. Los Oficiales del brazo religioso asistían a Misa, otros como el temido Don Pedro Cárdenas permanecía entre los pliegos oteando entre los nuevos informes llegados con la última Armada de Nueva España cualquier indicio de futura causa al otro lado de la Mar Océana. El no era como los otros oficiales del Santo Oficio, del brazo armado, que aprovechaban la ausencia de los dominicos para cruzar el patio que les separaba de la Casa de Contratación.

Cárdenas no pudo menos que realizar una mueca despreciativa al mirar su entorno, moteado de expedientes y legajos abiertos sin nadie que prosiguiera su labor…

-¡Atienza, un usurero- pensó- siempre ocupado en averiguar si sus negocios del diablo y nunca declarados, andaban bien; más parecía un “marrano” que cristiano viejo de Vizcaya, García Luque un “buscón” tanto del favor del Inquisidor General, como del título de Conde que ambicionaba, esto último gracias a las simpatías que despertaba en la anciana y viuda Marquesa de Medina- y suspiró profundamente con pesar alzando sus ojos castaños, grandes y melancólicos, hacia los anaqueles que contenían los miles de pliegos que constantemente desprendían polvillo que caía lentamente sobre las baldosas del mosaico púrpura y hueso. Al ser iluminado por los rayos de sol, el polvo se reflejaba como un éter omnipresente y áureo confiriendo al sórdido despacho de los Inquisidores, competentes para los Virreinatos de Ultramar, un aspecto parecido al de los salones que pintaban los artistas de la Corte.

De modo repentino se alzó estirando su largo y sarmentoso cuerpo para recorrer los atriles de sus compañeros con aire general de reprobación.

-Las cosas no pueden seguir así…-se decía- lo lógico sería denunciar tanta haraganería al Oficial de Indias del Tribunal. Pero una cosa era arremeter contra los enemigos de la Santa y Verdadera Religión, y de Su Majestad Católica el Rey, y otra muy distinta contra Atienza y García Luque, tan buenos cristianos como vasallos del Rey Felipe. A fin de cuentas los holgazanes lo son hasta para pecar…-se tranquilizaba mientras deslizaba su vista sobre el parte de buena singladura de la Armada- hola, hola, pero esto… ¿Qué carajo es? -

Lo que sus ojos estaban viendo era el informe de Juan Cortázar, capitán de galeón, y Almirante de la Armada de Nueva España que había atracado dos días atrás en el estuario. Acompañaba al informe una carta cerrada y lacrada de Don Gonzalo Dovalle, Adelantado de Mérida de Yucatán, y cuyo destinatario era Don Luis de Requesens y Zúñiga, Gobernador de Flandes.

Lo más curioso era la relación de los felices hechos que frustraron el ataque de los piratas ingleses a la flotilla real, el hombre que ha frustrado la expedición de Draque no puede ser un soldado vulgar…Y ese nombre, Don Álvaro…Y la carta lacrada para Don Luis. A pesar de que todo pudiera ser una coincidencia esos nombres juntos sumergían al huesudo Pedro Cárdenas en un torbellino de recuerdos sangrientos que tenía la virtud de hacer palpitar viejas heridas como si fueran recientes.

En el mismo instante que se le agolpaba la sangre en la cabeza, entraban en la estancia los otros dos oficiales.

-¡Don Pedro!¿Que hacéis en mi atril?-

-¡Por vida de… Cerciorarme de vuestra imprudencia, Don Baltasar! ¡Tanta era vuestra urgencia por saber de vuestros encargos de comercio y trabajo, que habéis dejado los negocios tanto de Dios como del Rey para los postres!¡Y lo mismo os digo a vos futuro Conde!-

-¿Qué os sucede Cárdenas?¡Estáis rojo como uno de esos pimientos de Nueva España!-bromeó el aspirante a noble.

-¡Y la mirada como si hubierais visto a Lutero en persona, peor que Satanás que ya es viejo y está cansado!-coreó el vizcaíno.

-¡Dejad vuestros chascarrillos de inquisidores relapsos!-agitó el escrito de Cortázar y la carta lacrada con su izquierda blandiéndolos al empolvado aire-¡En la relación de la última Armada hay algo que huele a traición, a herejía, algo tristemente familiar para los de nuestro deber…Algo y alguien que me remueve las entrañas y la sangre…Tres de mis mejores hombres, se revuelven en sus tumbas, y otros buenos amigos y fieles servidores del Oficio y del Rey darían como yo mismo, un miembro de su cuerpo para que dentro de este sobre lacrado esté la confirmación de mis sospechas!-

-¿Estáis loco? ¡Es una simple relación de como se salvó la flotilla…Merced a un caballero llamado Don Álvaro! ¡Una carta al Gobernador de Flandes, cuya correspondencia este oficial no piensa intervenir, a pesar de poder hacerlo!-respondió Don Baltasar Atienza.

-¿Como se llama el Gobernador de Flandes…?-siguió con una sonrisa de triunfo Cárdenas.

-¡Don Luis de Requesens y Zúñiga, todos lo sabemos Don Pedro!-terció el futuro aristócrata.

-¡A ver! ¡Un momento Don Alfonso…-cortó el vizcaíno- Ya sé lo que ha cogido Don Pedro! ¡Bravo por Vos!-dijo esto último mirando al severo sarmiento enrojecido-¡Voy a desempolvar los legajos de la rebelión de Alpujarras!¡Va por ahí!¿Verdad Don Pedro?-

-¡Por ahí, por una onza de plomo que guardo en mi cuerpo, por tres cuchilladas, y un estoque, por la muerte de tres compañeros en Malta y en Lepanto, y por las afrentas a mi buen amigo Don Antonio de Sigura!-

-¡Pardiez, larga lista de agravios…la de ese Álvaro! ¿Estáis pensando en Álvaro de Sobrarbe?-pregunto Alfonso García y Luque.

-¡En él, mismamente! -afirmó con furia Cárdenas.

-¡Me parece bien abrir los legajos, pero mucho mejor violar el lacre…Además de la venganza, de terminar la causa pendiente del Oficio, tengo amigos que nos podrían beneficiar mucho si les damos esa cabeza como si fuera una guinda!-siguió Don Alfonso.

-¿Qué amigos?-rugió Cárdenas que sostenía la relación de Cortazar y la carta, tan firmemente como creía tener apresada su venganza.

-¡La Casa de Alba!-sentenció grave García entornando sus negros ojos antes de espetar levemente-¡Honores, títulos y dinero, compañero!-

-¡Doy mi asentimiento a intervenir la carta!-los ojos verdes del vizcaíno se diluyeron en una mirada extraviada, como si olfateara un proceso de los que dejan rentas para toda la vida.

-¡No hay tiempo que perder, Vos Don Baltasar, redactad la orden y cursadla a un amanuense de confianza,…o mejor aún a uno que podamos obligar, a Juan Linares, es un marrano, y sólo nosotros lo sabemos, como también sabemos que se reúne en secreto con los otros judíos, a veces nos ha comprado el silencio, él es el más indicado, callará!-Cárdenas no perdía el tiempo.

-¡Así el negocio abierto en San Telmo para el Santo Oficio, no puede pasar a otras manos hasta estar ya resuelto!-Atienza razonó la discreción mientras solicitaba por escrito, la presencia del amanuense Juan Linares, uno de los pocos que dominaba varias lenguas, entre ellas hebreo y árabe, y un hombre de rara habilidad para recomponer sellos de lacre, y falsificar escrituras.

-¡Una condición exijo!-dijo Cárdenas, los otros dos se paralizaron conteniendo la respiración-¡Habrá un cuarto interesado, Don Antonio de Sigura! ¡Merece poder vengarse y estar en el buen término de este asunto, ya que estuvo en su inicio!-

-¡Por mí, no hay impedimento!-dijo Atienza.

-¡Conozco a Don Antonio, es un bravo oficial y como yo, tiene buen trato con la Casa de los Duques. No tengo reserva alguna contra él!- se unió García y Luque.

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  • admin at 17:59

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