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I. Las conspiraciones

De cómo fue divulgado el secreto confiado por el César Carlos a su hijo Felipe.

No muy lejos de la casa de Juan Linares y su familia, en los muelles del puerto, amparados por la noche y tras los fardos amontonados, un grupo de tres embozados se protegía de la vista de los que hubieran podido regresar de las tabernas a una de las naos atracadas en el estuario. Un marinero se acercaba canturreando una copla obscena, de vez en cuando se detenía, y se llevaba al gañote una botella de la que apuraba un nuevo trago…Con torpeza se fue acercando a los fardos, vacilaba pero no caía. Al fondo, en la puerta del “Farolillo de la Esperanza” de la que surgían palmas y buen cante, dos figuras de porte caballeresco acababan de salir y tomaban el mismo camino que el marinero ebrio.

-¡Ahí está!¡Maldito, viene con otro…Espero que se separen!¡Sólo nos falta este borracho ahora!-susurró una de las tres figuras.

-¡Espera y verás donde termina el borrachín!-respondió la más corpulenta de las tres sombras.

El par de hombres se acercaba lentamente, la manera de andar delataba que sus caminos se separaban antes de llegar al muelle propiamente dicho, estaban casi despidiéndose, de pronto el beodo dio un traspié recuperando el equilibrio al llegar a los fardos, entre los vahos de su cargado aliento surgió una exclamación…

-¡Ea! ¿Quienes sois embozados?¿Esperáis quizá al buen Martín?¡Martín ha bebido un poquito…Pero no ha hecho daño a nadie…Hoy al menos…!-

-¡Calla cerdo!-uno de los tres emboscados tiró del borracho con intención de que al caer enmudeciera, pero el marinero no era fácil de trajinar, aún en su lamentable estado, y cayó sobre las losas, la cabeza contra una de las balas, pero sin perder el sentido, agitando la botella como arma y gritando contra sus agresores, la botella se estampó finalmente contra la cabeza de uno de ellos.

-¡Toma escoria!-de una patada en la cabeza, el desafortunado Martín quedó fuera de combate. Uno de los tres embozados se sujetaba la cabeza que había recibido el botellazo mascullando insultos. La botella se había roto al caer sobre las losas, un aroma a vino dulzón inundó el ambiente. En el breve lapso de tiempo en que el borracho fue reducido, los dos caballeros que habían abandonado “El Farolillo de la Esperanza” echaron a correr en su auxilio, espada en mano, y utilizando sus capas españolas para protegerse. Los tres embozados abandonaron su escondite para realizar su fechoría.

-¡Mal asunto, Luis…Este ya no es un negocio limpio, aquí habrá sangre!-

-¡Ese maldito borracho…Y no me llames por el nombre!-

-¡Esto hay que despacharlo!¡A grandes males grandes remedios!-la tercera figura había sacado un pistolón y apuntaba a uno de los dos caballeros que se les abalanzaban.

-¡Atención Miguel, tiran con pedernal!- rugió uno de los dos. Momentos después el chispazo iluminaba fugazmente la escena. Los caballeros se agacharon sin dejar de correr, las puntas de sus espadas buscaban ya a los misteriosos agresores. Un garrote hendió el aire buscando la cabeza de uno de los dos espadachines, con la derecha protegida por la capa, el llamado Miguel lo detuvo, rugiendo por el dolor del seco golpe, la hoja de su toledana penetró limpiamente en el barrigón del embozado que dejó el garrote caer suspirando de dolor. A dos pasos, su compañero se batía en duelo personal contra el gigantón llamado Luis. Junto a las balas, el tercero amartillaba de nuevo su pistolón para descargarlo de nuevo contra el llamado Miguel, que al intuirlo saltó lanzándose contra él, logrando derribarle. La pólvora se desparramó, y el pedernal rebotó lejos de la mano de su dueño. El afortunado caballero le golpeó repetidamente la cabeza con el guardamano de la espada en la sien, rebotando la cabeza en las losas, hasta quedar sin sentido. De una ojeada, el llamado Miguel, que parecía ser un experto combatiente, advirtió como el herido en la barriga reptaba alejándose de la reyerta y dejando un rastro de sangre.-Ese ya tiene lo suyo- pensó para si. Pero al otro lado su compañero lo estaba pasando mal, el gigantón era diestro con la espada y en la izquierda una temible navaja amenazaba con peligrosos contragolpes.

Al otro lado de las balas, entre las bocacalles de las tabernas, sonaron pasos a la carrera, y gritos marciales.

-¡Alto la lucha!!¡Ronda de guardia!¡Daos presos!-en ese momento el compañero de Miguel vaciló, la navaja le alcanzó, doblándose el herido, de un rodillazo el gigantón lo apartó, y arrancó a correr huyendo de la guardia del puerto. En su fuga ayudó a su compañero sangrante a desaparecer en la negrura de los muelles…

El caballero llamado Miguel de un salto se situó junto a su camarada.

-¡Maldito, me ha estocinado con la navaja…!-

-¡Apóyate en mi, y no te atrases, la ronda viene hacia aquí! ¡Humo!-susurró Miguel, ambos se perdieron entre los montones de balas, y al llegar los hombres de la ronda, el marinero borracho había recobrado el sentido, y se arrastraba pesadamente hacia el embozado que permanecía sin sentido con los dedos extendidos sobre la losa, reclamando el pedernal que estaba una vara más allá de su alcance.

-¡Daos presos a la ronda, rufianes!-un fornido sargento alumbró la escena con su farolillo, enarcando sus gruesas cejas bajo las alas de su yelmo castellano, mientras se retorcía un negro mostacho con la mano izquierda y sus cuatro soldados apresaban al marinero borracho y a un misterioso embozado sin sentido.

-¡Martín es un buen marinero, Martín no ha hecho daño a nadie, a Martín le han dejado sin su buen vino…Justicia para Martín oficiales…!-se quejó.

-¡De eso no te va a faltar borrachín…!-masculló el jefe de la ronda-¡Lleváoslos al Bastión de la Torre!-

El sargento iluminó el campo de batalla, efectivamente había una botella rota y restos de vino sobre las losas, más allí, un pedernal abandonado. No podía ser del marinero, era una pieza de un cierto valor. Bajo sus botas un rastro de sangre, zigzagueante, como las babas de un caracol, y dos pasos más allí, otras manchas de sangre. El sargento recogió el pedernal, mirando atentamente a derecha e izquierda para no ser atacado por sorpresa, iluminó los alrededores, montones de balas que proyectaban sombras amenazantes. El veterano soldado sintió un escalofrió, meneó su recia testa y se retiró en pos de sus hombres y los arrestados.

-Que tiempos, Dios que tiempos-pensaba el sargento, mientras escuchaba sus propios pasos sobre las losas del muelle-Esta Sevilla es más rica que nunca, pero cada día más revuelta y con más canalla.-

Bajo la lona, en el bote amarrado, se movía un cuerpo.

-¡Creo que se han ido, Diego!-la voz sonó en sordina.

-¡Por Dios, Miguel, compruébalo! ¡Esto me duele cada vez más!-

Una figura emergió de la lona, embozada bajo sombrero de ala, se alzó y de un salto alcanzó el varadero. Daga en mano ascendió las escaleras talladas en piedra hacia lo alto del muelle. No había nada ni nadie. Miró en todas direcciones, nada… Enfundó con la izquierda la daga y a grandes saltos ganó la barcaza.

-¡Sal Diego, ya no hay nadie, hemos de curarte el tajo! ¿Puedes andar?-

-¡Creo que si…!-El llamado Diego apareció encorvado,jadeando de dolor y apretando con su brazo en el vientre,donde estaba herido. Su compañero le ayudó a ganar el muelle,y ambos se perdieron entre las balas para aproximarse lo antes posible a las callejuelas que ya estaban sumidas en la obscuridad.

-¡Gracias Miguel, conozco a un buen amigo. Un médico de los que no me harán preguntas y me curará bien. No es español, es de una ciudad de Bohemia, es amigo, espera ir allí. No vive lejos, estaremos en un momento…!-

-¡No hables, hombre. Tú te refieres a Meser Gustavo de Steingard! ¡Allí te llevo!-

-¿Le conoces?-

-¡Es un buen alquímico, mejor físico, y dicen que astrólogo…Yo nunca le he visto adivinar nada, creo que es un hombre de buena y recta razón! ¡Te curará,sin pedirte una onza de plata y sin preguntar nada!-Y doblaron por una esquina camino de la Plaza de los Nazarenos.

Se detuvieron ante la puerta de un casa de tres plantas, el llamado Diego se apoyó jadeando en una jamba del pórtico. Miguel cogió el aldabón que figuraba una salamandra y propinó tres golpes fuertes espaciados y tres seguidos. Oyeron unos pasos diligentes, nadie se hubiera percatado, pero Miguel sabía que le estaban observando por una mirilla, y de modo instintivo adoptó un aire digno, cuidando pudieran verle bien el rostro. Al instante un pesado cerrojo chirrió.

-¡Don Miguel, a estas horas!¿Qué sucede?¡Pero pasad!-

-¡A mi nada, Meser Gustavo, pero a mi compañero…-al decir esto el herido se abalanzó con su capa teñida de sangre.

-¡Cielo Santo!-el hombre de unos cincuenta años, de aspecto venerable y cuidado, les hizo entrar y cerró tras ellos la puerta.-¡Francesca!-gritó.

Una joven de buen aspecto bajó por las escaleras, y tras unas indicaciones del dueño de la casa el grupo subió peldaños arriba. Una vez en una de las habitaciones, la muchacha encendió un gran quinqué que iluminó la estancia que tenía todo el aspecto de ser el taller de un alquimista, pero también el de, la estancia de un galeno… Una vez tendido, Diego paseó su mirada algo desvaída por el techo hasta coincidir con las pupilas color de mar de Francesca, que le sostenía amablemente la cabeza por las sienes mientras le sonreía.

-¿He perdido demasiada sangre?-inquirió.

-¡Nada que no pueda aliviarse…Esta misma madrugada estarás en el puente de la “Galana”, capitán!-respondió el médico que había iniciado la cura. Los ojos de Diego se centraron en el emblema de Gustav, una cruz en cuyo centro se abría una rosa. El dolor que le hizo la loción aplicada a su herida, le provocó la pérdida del sentido.

Miguel observó la estancia, le era familiar pero estaba más abigarrada, unos baules abiertos a medio llenar presagiaban una mudanza.

-¿Marcháis?-preguntó.

-¡Si, con él!-respondió el médico señalando con su mentón al herido.

-¿Os vais allí?-

-¡Dicen que no hay persecuciones religiosas, que no hay Inquisición, que se puede aspirar aire limpio del polvo de pólvora y sin aroma a sangre recién vertida! ¡Dicen que en sus muelles, estas cosas no suceden!-el hombre sudaba frotando con aguardiente de botica la herida-¡Francesca, la pomada de cianuro, la solución de mercurio…Un empaste de moho, vendas…!-La muchacha le iba proporcionando a su padre una cosa tras otra.

-¡Pero Vos…Nada debéis temer, son los calvinistas los que os buscan!-

-¡Si, por publicar unos escritos de Erasmo que ellos consideraban heréticos como lo serán aquí, cuando termine el proceso contra el Arzobispo Carranza!¡Y pensad que negué a un príncipe elector católico mis secretos de fundición para la fundida de cañones…Tarde o temprano, darán conmigo!¡Todo eso sin contar que estoy en la lista de los defensores de Servet en Ginebra…! ¡Servet perseguido por calvinistas, luteranos y católicos aquí, en este viejo mundo, pero no, allí! ¡Por eso, y por mi hija Francesca debo irme!-

-¡Comprendo pero no apremia…!-

-¡Se dice, que un oficial de la Inquisición ha llegado a Castilla, desde Flandes, y en su valija trae una lista de condenados por las inquisiciones reformistas contra la entrega de los cuales serían librados al Santo Oficio los condenados por los católicos…! ¡Entre ellos estoy yo!-Ya cerraba el vendaje en torno al empaste.

-¡Estáis bien informado… ¡ ¡Pero esa monstruosidad, un trato con las inquisiciones de los calvinistas, de los luteranos, los que matan católicos. Dudo que la Inquisición lo realice! ¡Sería un escándalo…una conmoción!-murmuró Miguel.

-¡Olvidáis Don Miguel, que la obsesión de los inquisidores es por este orden, torturar a, las y los, herejes, matarlos y finalmente expropiar sus bienes y riquezas! ¡Con discreción, en sigilo, pero lo harán!-lo dijo con aplomo.

-¡Lleváis razón, y ya que estáis tan bien informado…! ¿Conocéis el nombre del oficial que trae vuestra condena?-

-¡Antonio de Sigura…!-susurró Meser Gustav Steingard. El caballeroso Miguel sintió como un escalofrío recorría su columna vertebral.

Mientras, Diego que había recobrado el sentido, dirigió su mirada al bohemio que le sostenía cariñosamente la mano.

-¡Esta misma madrugada, podéis ser trasladado a vuestra nao! ¡Yo acudiré mañana!-

-¡Han atentado contra mí, estoy seguro, y si no es por Miguel, estaría en el lecho del Guadalquivir!¡Vienen a por mí…Han de ser los albistas, no saben que hay detrás de todo esto pero la nao de Santa Cruz, es un misterio que les huele mal…!¡Miguel, la “Galana” está en el puerto, debes ir allí, mi lugar-teniente es Mauricio Biel, es de toda confianza, cuéntale…Que prepare un embarque discreto para tres personas, un herido y esta familia, date prisa, antes de que amanezca, los papeles de salida ya están a bordo, no te pido que escoltes la operación, debes ponerte a salvo…Gracias Miguel!-

-¡No te apures, salgo ahora mismo, y claro que escoltaré el embarque…! ¿Crees que me van a apocar unos albistas de mierda?-y tras decir esto se encasquetó el sombrero de ala, tentó las armas que llevaba al cinto, y su brazo derecho agitó airoso la capa en señal de despedida. -¡Además tengo tres buenos amigos que aman tanto las aventuras como yo, mi buen sirviente morisco y dos pupilas de buena casta!-dijo esto a modo de adiós mientras descendía las escaleras hacia la entrada y se fue tras pelearse con el cerrojo de la puerta.

Diego sonrió, a padre e hija y les dijo:-¡Son su espada, su daga y un pistolón de factura otomana que requisó en la campaña de las Alpujarras!!No nos abandonará!-

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  • admin at 17:59

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