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I. Las conspiraciones

De cómo fue divulgado el secreto confiado por el César Carlos a su hijo Felipe.

No muy lejos de la Plaza de los Nazarenos, ante una fachada de aspecto deplorable, un gigantón sostenía a su compañero que se retorcía de dolor. Las manazas del hombre aporreaban las tablas de la puerta, que a pesar de su mal aspecto respondía a los golpes con el sonido de madera noble. La puerta se entreabrió lentamente, se abrió en un instante y se cerró tan bruscamente como los dos que aguardaban ante ella penetraron en la casa.

El interior era lujoso y estaba muy iluminado. El gigante soltó a su compañero que se lanzó sobre un diván retorciéndose. El mármol blanco del pavimento aparecía manchado de sangre.

-¿Qué ha pasado Luis?-un hombre de porte distinguido saludó a los recién llegados desde la balaustrada del piso superior.

-¡Hemos fracasado, Señor…!-soltó desconsolado el hombrón mientras señalaba a su compañero herido. El de arriba hizo una seña indicando que subiera al piso superior.

Una vez arriba, le hizo entrar a una sala, antes de traspasar la recia puerta de marquetería castellana, Luis miró abajo, el hombre uniformado de soldado de los Tercios, que les había abierto, cuidaba del desdichado herido al que llamó Abelardo. Dentro de la estancia estaban, Don Juan Quesada, su jefe, el secretario personal del Duque, su íntimo Fray Jerónimo Valcárcel, el confesor de la de Medina, acompañado de uno de los tres oficiales de la Inquisición de Ultramar, Rodrigo Menéndez, el veterano capitán de la guardia de Alba y el amanuense de la Casa.

-¡Luis…! ¡Te presento a Don Alfonso García y Luque, oficial de la Santa Inquisición para los Virreinatos. Es un buen amigo de Fray Jerónimo y en consecuencia nuestro! ¿Como ha sucedido este desastre?- Don Juan Quesada, le presentó al oficial de la Inquisición.

-¡Veréis…Un borracho ha delatado nuestra presencia, y un amigo de “nuestro hombre”, le ha ayudado en la reyerta que ha tenido lugar en el muelle. La ronda se ha presentado al saber del cuchilleo!-

-¡”Nuestro hombre” es Diego Puértolas, el capitán de la “Galana” la nao de Santa Cruz, el buque que sale de Sevilla, pero no atraca en La Española…Y según parece sin problemas por parte del Rey!-Don Juan Quesada, aclaró esto a sus contertulios-¡Pero…Dime Luis…! ¿Como ha terminado ese perro?-

-¡Creo que le he matado, o casi, mi Señor y primo! ¡A no ser que su compañero…!- respondió el matón.

-¡Que su compañero, qué! ¡Hablad diablos!- se impacientó Quesada.

-¡Que ese diablo le haya salvado!-

-¿No sabéis nada de quién le acompañaba?- siguió el dueño de la casa.

-¡Le ha llamado por el nombre…Miguel! ¡Lucha muy bien! ¡A buen seguro es veterano de los Tercios! ¡Abelardo no se esperaba que le estocara con tanta limpieza a pesar de ser manco!-

-¿Manco?- se extrañó Quesada.

-¡Si, Señor!-

-¿No podría ser una falsa apreciación?-

-¡Puede, pero no ha utilizado la izquierda para nada! ¡Llevaba el brazo protegido con la capa!-respondió Luis con aspecto bonachón bajo su única ceja, espesa e hirsuta.

-¡Cervantes. Es Miguel de Cervantes!-afirmó Don Juan Quesada dando un puñetazo sobre la mesa, que hizo temblar las llamas del candelabro. Se levantó y empezó a pasear ciñendo la mesa, alrededor de la cual estaban sentados todos los presentes a excepción de su primo que seguía en pie. Estaba furioso y blandía su puño al aire en las penumbras de la elegante estancia- ¡Maldito sea..! ¡.Otra vez él! ¡Amigo del bastardo Don Juan, discípulo de Carranza, ebolista, pero también!… ¡Héroe en Lepanto, y oficial del Rey! ¡Nada podemos hacer contra él, está protegido y nos tiene tomada la vez! ¿Y Sancho, donde está?-

-¡En el muelle, ha fallado dos veces con el pedernal contra ese Miguel! ¡Le he tenido que abandonar allí…!-Luis susurró todo lo que quedaba del fiasco portuario de la noche. Don Juan Quesada suspirando se dejó caer en su sillón.

-¡Tomad nota Manuel…Don Miguel de Cervantes, oficial de nuestro Rey Don Felipe y espadachín de la Princesa de Éboli, ha malherido a Don Abelardo Gutiérrez seguramente muerto a Don Sancho Alonso, teniente de los Tercios de Lombardía y de Alsácia!-el amanuense asintió con aire sombrío.

-¡Todos lamentamos vuestros contratiempos, Señor, pero si pudiéramos aligerar el negocio y la cita de lo que nos ocupa!-Don Alfonso García y Luque apremió a concertar con el secretario del Duque de Alba la cita en la hostería de Casa Velasco.

-¡No tan rápido, Señor inquisidor…!-se enderezó Don Juan Quesada-¿Sabéis quien es el tal Diego Puértolas que mi primo Luis ha dejado sin vida en los muelles de Sevilla?-

-¡No, Señor…Pero no veo qué relación puede tener con nuestros negocio!-

-¡Pues la tiene, Don Alfonso!¡Ese miserable, según creemos, es el capitán de la nao, o de la flotilla de ese misterioso Virreinato secreto, en el cual suceden cosas terribles, para la Santa Madre Iglesia, y para el Reino. Y cuyo nombre no creéis prudente soltar todavía…! ¿Es Siete Virtudes, o no?-Don Juan Quesada sonrió triunfante, y captó un destello en las pupilas de Don Alfonso que casi enrojeció embarazado.

-¡No puedo desvelar detalles ni nombres de lo que trataremos, si así lo deseais, en Casa Velasco trataremos ampliamente de los detalles! ¡Hasta entonces mi boca está sellada por el secreto del Santo Oficio y por un juramento!- aclaró Alfonso García y Luque.

-¡No temáis…! ¡Aquí todos somos de confianza, pero os entiendo y alabo vuestra discreción! ¡Pero no hay territorio en Ultramar en el que se obstaculice el progreso de la verdadera fe, que no sea ese maldito virreinato!¡Así que en Casa Velasco, los de Alba y el Santo Oficio aunaremos fuerzas para terminar con esa locura de Nueva España y con quién la engendró en Castilla! ¡Contad con nosotros, que el bueno de Cárdenas lo sepa!- sentenció Quesada.

-¡Otras perlas os traemos en bandeja, Don Juan!-afirmó ufano el inquisidor.

El secretario albista, abrió los ojos y miró por el rabillo al fraile, que asintió sonriendo con aire de suficiencia y santidad.

-¡Bajo secreto de confesión, supongo…!-dijo Don Juan Quesada.

-¡Nos veremos en Casa Velasco!-Don Alfonso se levantó y Fray Jerónimo le acompañó.

-¡Id con Dios, Señores…!-despidió Don Juan. Todos se alzaron. Inquisidor y fraile dominico desaparecieron.

-¡Manuel! ¡Ya puedes retirarte!-el secretario de la Casa de Alba despachó así de bruscamente al amanuense, y se quedó a solas con los hombres de armas, su corpulento primo, y el veterano Rodrigo.

-¡Así, que Sancho ha disparado…Y seguramente está preso por la ronda!¡Que desastre Luis. Eres tan lerdo como grueso y alto!¡Desaparece de mi vista, y por el amor de Dios, lávate. Apestas a miedo y sangre! ¡¡Envíame a Julián!-

Una vez solos, el secretario y el jefe de la guardia de corps, se contemplaron unos instantes.

-¡Cervantes otra vez en Sevilla! ¿Qué crees Rodrigo?-

-¡Y lo de esos tres buscones…!-respondió el viejo soldado.

-¡Pedro Cárdenas no es un buscón…Es Oficial de la Inquisición de los de vieja escuela, y buen castellano. Ha servido a menudo a nuestros intereses, sin saberlo y por tanto sin cobrarlo!-

-¿Y,… Esta vez? -pregunto Rodrigo.

-¡Esta vez, nos veremos en Casa Velasco. Es un buen lugar para llegar a acuerdos!¡Qué casualidad, andamos tras el enjambre de Siete Virtudes, tras los fugitivos de los herejes, tras impedir que la nao de Santa Cruz parta…Y el bueno de Cárdenas nos trae el caso en bandeja. Dios existe Rodrigo!-Don Juan se alzó y se ajustó la capa.

-¡Claro que existe!- respondió el gigantesco soldado.

-¡Ah, dile a Julián cuando suba que pase por la torre de la Ronda, hay que averiguar si Sancho está vivo y cuando saldrá…Y si han encontrado el cadáver de Puértolas! ¡Álvarez,el oficial de rondas, es de los nuestros, no pondrá pegas!¡Que le adviertan que Cervantes está por aquí, tienen una cuenta pendiente!- dio instrucciones el noble Don Juan Quesada.

-¿Sacamos a Sancho?-

-¡Si está Álvarez, sí!¡Si no está, no hagáis nada hasta que vuelva a la torre!- remató el elegante dueño de la casa.

Y Don Juan Quesada se fue, sin duda hacia Casa Velasco, en el camino de Mérida. Pero tuvo buen cuidado de pasar por el convento de los dominicos sin que nadie lo advirtiera. A fin de cuentas es de todos sabido, que unos doblones para obras caritativas, pueden desatar la lengua de algún que otro fraile confesor.

 

Don Miguel de Cervantes fue bien acogido por Mauricio Biel, el contramaestre de la “Galana”,en una hora todo estuvo preparado…Mauricio le comentó que ya tenían la autorización de salida,que esta venía siempre de un alto Señor de la Corte, y que por si alguna vez fallaba, siempre tenían una original firmada y sellada sin fechar..Entre Puértolas, o lo que representaba, y ese alto dignatario había un gran acuerdo pensó para sí Miguel.

A punto estaban de abordar los muelles desde la barcaza, y en lo alto había un trajín que no se correspondía a la tercera hora de la madrugada, ni a la brisa que barría el estuario. A esas horas, los marineros roncan, y la ronda apura sopas de vino.

Como un gato Cervantes trepó por las escalinatas del muelle, y se parapetó tras unas balas…

Al principio de los muelles, un gran número de gente, portadores de antorchas unos y de alabardas los otros, registraban palmo a palmo cada rincón del muelle. Al frente de la extensa tropa iba Guzmán Álvarez, con fajín de comandante del puerto y de jefe de la ronda, con el rostro iluminado por la antorcha que él mismo llevaba. Cervantes sintió como se revolvía su estómago.

-¡Esa especie de cerdo por aquí…!- pensó. El rostro del jefe de la ronda presentaba varias alteraciones, recuerdos de combates…Desde una amplia quemadura en toda la parte derecha, hasta una profunda cicatriz que surcaba desde la destrozada oreja hasta el nacimiento del cabello en la frente, cercenando a su paso párpado y ceja izquierdos. Bajo la desfigurada faz, siniestros pensamientos…-¡Ah…Don Miguel, te huelo, no andas muy lejos, te cazaré como a un pajarillo, y te devolveré golpe a golpe todas tus heridas y afrentas!-

Cervantes, al ver lo nutrido de la ronda y reconocer al carnicero que la dirigía, optó por no echar raices tras las discretas balas. Volvió a la barcaza con sigilo.

-¡Sin ruido…Lentamente esconded la barcaza entre dos naos, hasta que pase la ronda no podremos hacer nada!-

Los muelles estuvieron ocupados toda la noche, las antorchas iban y venían con nerviosa insistencia. En la barcaza, los dos hombres se habían protegido bajo las velas, y parecía una embarcación desierta y varada junto a su nao. Entre las aberturas y pliegues de la vela, Cervantes pudo ver como se hicieron con un bote, y Guzmán Álvarez se encaramaba a la “Galana”, sin duda sabían donde hurgar. Afortunadamente, ni él, ni Diego Puértolas, herido, estaban en la nao. En breve y con ademanes un tanto furiosos, el jefe de la ronda abandonó la “Galana”. El esquife empezó a surcar inquisitorialmente entre las naos. En los muelles seguían las iluminarias, pero la barcaza que les servía de refugio estaba protegida por una galeaza.

El esquife que gobernaba el jefe de la ronda se aproximaba, Cervantes podía oír su discurso a los cuatro hombres que remaban y escoltaban.

-¡Esto está lleno de barcazas de las que no tenemos razón en la Torre… Esto es un nido de maleantes… De judíos, de moriscos…Estoy seguro!¡Aquí podría esconderse una compañía… Vamos a registrar esta porquería!- ordenó el enfajado oficial.

Los guardias de la ronda empezaron a abordar espada en mano distintas barcas, el esquife pasó junto al refugio de Cervantes y sus dos compañeros de la “Galana”.

-¡Esta la haré yo, López tú sigue hasta el muelle y registra lo que veas…Después regresas a buscarnos!-Y tras decir esto, con un farolillo y su espada saltó a la cubertilla de proa de la barcaza de la “Galana”, el esquife se perdió entre las siluetas bamboleantes y grávidas de las embarcaciones chapoteando el guarda con dos remos. Con su espada el jefe de la ronda empezó a tentar bajo la vela, riendo como si estuviera seguro de acercarse a sus presas.

Cervantes había echo guardar silencio a sus camaradas. El intruso se acercaba en su macabro juego, el esquife ya se había perdido de vista, y de repente con un gancho de abordaje Cervantes abatió a Guzmán Álvarez, el farolillo rodó por la cubierta, los dos marineros apagaron con rapidez el aceite que ya ardía. El golpe con el gancho había sido dado de abajo a arriba, el jefe de la ronda sangraba como un tocino por las narices y la boca, le colgaba media lengua y tenía la boca llena de sangre. Estaba desvanecido y sin dar tiempo a nada, Cervantes le clavó tres veces su daga en el torso, tras lo cual sudoroso, se alzó maldiciendo en voz alta, para que los otros guardias le oyeran.

-¡Dita sea, se ha apagado el farolillo!-..

-¡Ahora venimos mi Comandante…!-

-¡No, no es necesario…ya vendrá López!¡Seguid con el registro!-

Por el otro lado el cadáver de Don Guzmán Álvarez, era depositado suavemente en el seno de las aguas del estuario sin hacer ruido alguno.

-¿Sucede algo Señor? ¡Su voz suena distinta!-

-¡Nada, esperemos a López!-

El esquife no se hizo esperar, Cervantes bajo su capa intentaba abultar lo que su victima, y se había encasquetado el yelmo de rigor. En la oscuridad dirigió la maniobra del desdichado López.-¡Aquí en proa!- le dijo intentando semejar la voz cavernosa de Guzmán Álvarez. El guardia amarró su esquife, y justo al ver pasar el cadáver de su jefe flotando con los brazos extendidos y los ojos fijos en la luna espectral, sintió una estocada que le enviaba con él. No pudo gritar, exhaló y se dobló, cuatro brazos evitaron que se desplomara, fue depositado en las aguas piadosamente. Cervantes, jefe de ronda simulado, y sus dos marineros navegaban ahora hacia el tercer candidato a desayunar en el Paraíso, al cual despacharon con habilidad y discreción amparados en las sombras de la noche y lo fantasmal del ambiente de los bajos de los navíos… El cuarto guardia esperaba en lo alto de una barcaza enarbolando una antorcha y oteando en la obscuridad como si advirtiera algo anómalo…

El agudo cabo de la ronda fue sorprendido con un fuerte golpe de cuerda en la sien justo al saltar al esquife. Dio con su cabeza en el banco casi quebrándolo, el cuchillo de un marinero se encargó del resto. Con la antorcha iluminaron la zona, los cadáveres flotaban siniestramente hacia la barcaza, recogieron los cadáveres y los envolvieron en lona, atando plomos de pesca que hallaron en una barquilla… Luego enterraron sus victimas desde la barcaza, remando prudentemente hacia la “Galana”, clareaba en Levante y debían esconderse en la nao de Puértolas.

El día transcurrió en una tensa espera, la ronda alarmada por la desaparición de su comandante empezó a buscar un esquife, que posiblemente estaría navegando solitario rumbo al mar…Los guardias abandonaron los muelles al mediodía. Cervantes intranquilo por la suerte de Puértolas y sus protegidos, hizo aparejar de nuevo la barcaza y el palanquín para transportar a su amigo. Su porte de gran Señor le permitió pasar entre guardias que buscaban sin duda a malhechores o pordioseros en vez de a un caballero con séquito. Fueron recibidos con gran alivio por parte de los ocupantes de la casa de la Plaza de los Nazarenos. Empezaron los preparativos, los marineros cargaron la impedimenta, Francesca fue escoltada por dos de los hombres de Puértolas, como una gran señora… El resto algo atrás transportaba la impedimenta y el palanquín tapado, con médico y paciente compartiendo lecho. Miguel de Cervantes cerraba la comitiva, preparado a intervenir en cualquier momento, pero la guardia había levantado su cerco a los muelles…

Llegaron a la barcaza, y allí el caballero se despidió del capitán de barco y su gente…Algo más tranquilo se dirigía a la Hostería del Laurel, cuando cayó en la cuenta de haber descuidado un guante en la casa del extravagante médico. Volvió hacia allí, y al llegar a la Plaza de los Nazarenos, se percató de movimiento de tropa, no eran guardias del puerto… Eran soldados de Tercio, y al frente pudo distinguir a un viejo conocido…Antonio de Sigura, oficial de la Santa Inquisición y hombre de confianza del Duque de Alba. Se percató de que había pasado inadvertido, Sigura hacía caracolear su corcel, mientras les gritaba a sus hombres, unos quince en total.

-¡A los muelles, se nos ha escapado!-

Cervantes sintió como un puño le apresaba el corazón cuando Antonio de Sigura pasó cabalgando como una exhalación seguido de sus quince jinetes. Se lanzó a la casa del bueno de Meser Gustav, estaba todo revuelto, pero sobre el taquillón del vestíbulo estaba su guante. Lo recuperó y partió como una exhalación hacia los muelles.

Los jinetes de la Inquisición debían pasar por la Avenida de las Aguas, pero él, a pie, se deslizaría callejuelas abajo…Y quién sabe, quizás llegaría antes que aquellos bergantes al servicio del de Alba.

Mientras Miguel de Cervantes corría en dirección al puerto, los hombres de Sigura estaban atrapados en el mercado de la Plaza de los Aguadores. Podían ver los mástiles y las velas, pero no podían más que abrirse paso lentamente entre la multitud agolpada, los alguaciles velaban por la normalidad de los días de mercado.

Cervantes se paseaba por los muelles, las velas de la “Galana” se alzaban, y su afilada silueta, se deslizaba más allá de la Torre. A sus espaldas oía los gritos de Antonio de Sigura…

-¡Maldición,deben ir en aquel cascarón!-Y se inclinó sobre el pescuezo del corcel para preguntar al caballero vestido de terciopelo morado que oteaba el rio,el destino de la nao en la que escapaba su presa…-¡Permitidme caballero,ese buque que ya parte,…! ¿Sabéis por ventura cual es su destino?-

-¡Las Indias occidentales Señor!- Cervantes se giró sonriendo para responder a su antiguo enemigo fingiendo no saber quien le había hecho la pregunta.

-¡Cervantes! ¡Vos aquí!- rugió el oficial vestido totalmente de negro.

-¡Como Vos, Don Antonio de Sigura…!¡Cuanto tiempo!¡Espero que no me guardéis rencor, ahora sois un personaje importante!- lisonjeó Cervantes.

-¡Como Vos, Don Miguel de Cervantes!-

-¡Oh, no Señor…! ¡El caballero Sigura sirve a un Duque, el caballero Cervantes a un Rey!-

-¡Mi causa es la del Santo Oficio, la del Pontífice de Roma, señor…!-largó ufano el Inquisidor.

-¡La mía, la de Dios, caballero…!-respondió Cervantes.

Sigura enrojeció, sus hombres a caballo se desplegaron tras él como una esclavina de acero y furor. Este les increpó:-¡Id a la Torre, averiguad si en el barco viaja el hereje,y dejadme a solas con este caballero!-

-¡No me extrañaría que tras la fuga de un hereje, estuvierais Vos. Decidme…! ¿Qué sabéis de Juan de Aspáriz? ¿Y de Don Álvaro de Sobrarbe?- preguntó el inquisidor a Cervantes.

-¡Lamentablemente no tanto como Vos y vuestra Santa Inquisición, Don Antonio. Y ahora si permitís…Id con Dios, Sigura!-

Cervantes realizó una reverencia y se alejó como un junco altivo entre las gentes del muelle.

Sobre su caballo, Sigura agitó su enguantado puño al aire, con sus ojos inyectados en sangre fijos en la lejana figura de Cervantes que a lo lejos le sonreía burlonamente entre la multitud…Un vozarrón llamó la atención de Sigura.

-¡Eh, Don Antonio!¿Ya no recordáis los camaradas de Malta?-

-¡Pardiez, el bueno de Don Pedro Cárdenas!-se dijo Sigura-¿Que os trae hasta este estercolero?-

-¡Veréis,Sigura…!-Cárdenas, a pie, se detuvo junto al estribo de su viejo camarada-¡Un leal servidor de Su Majestad, Guzmán Álvarez, el comandante de la guardia del puerto ha desaparecido… ! ¡Cosas muy raras están sucediendo estos días en Sevilla; tengo que hablaros, por cierto, de un viejo negocio pendiente al que podemos hallar una salida que satisfacerá a muchos de los nuestros, tanto de los que seguimos vivos como de los que están muertos!-dijo esto último con un cierto aire de confidencia y sin alzar la voz.

El jinete desmontó, y contempló fijamente al recio Cárdenas, le pasaba un palmo como poco, con sus dedos enguantados, recorrió Sigura, la profunda cicatriz que cruzaba su rostro, de tez marmórea, frente muy amplia, ojos azules hundidos y turbios, bajo dos espesas cejas rubias…

-¡El Lince…!-susurró.

-¡Así es!-contestó Cárdenas.

-¡Está aquí!¡Lo presiento!-aseguró Sigura.

-¡No, en las Indias…! ¡Pero su huella ha llegado hace poco!¡Supe que veníais desde Flandes y he mandado por Vos…Pero he aquí que os encuentro en persona, y en Sevilla. Yo suponía que estaríais en Alcalá, en la Corte, o como mucho en vuestra alquería de Valencia!-

-¡Ya veis, Don Pedro, en Sevilla y a vuestros brazos!-el valenciano sacudió las espaldas de su viejo amigo y camarada del Santo Oficio-¡Tenéis que relacionarme de vuestra suerte en los últimos tiempos, y de estos sucesos alarmantes en Sevilla…Yo también he de contaros de un encuentro que me inquieta y de contrariedades. Pero antes despacharé con mis hombres!-

Dos de los jinetes de la tropa de Sigura volvían ya de la Torre, sus figuras coronadas por los yelmos, y las ropas gualda de su uniforme, los realzaban entre la multitud variopinta de los muelles.

-¿Qué hay Jacinto?-

-¡La nao que parte, tiene salvoconducto real…! ¡No hay relación de pasaje ni de carga, su capitán es un tal Diego Puértolas, es todo lo que dicen! ¡ Andan revueltos en la Torre, en el lecho del estuario han encontrado al jefe de la ronda…! ¡Muerto!-

-¡Cielo Santo! ¡El bueno de Guzmán Álvarez, un buen funcionario y mejor soldado!-Cárdenas ensombreció su expresión ladeando su cabeza al quitarse el sombrero de ala emplumado-¡Aunque quizás le gustaba demasiado el dinero,y eso ya se sabe…Que Dios le acoja en su seno!-

-¡Señor…!-el segundo soldado se dirigió a Sigura-¡Uno de los de la guardia del puerto, me ha comentado que según dicen, aquella nao, es de la misteriosa flota de Santa Cruz!-

-¿Qué sabéis de la nao de Santa Cruz, Don Pedro?-preguntó Sigura.

-¡Es un auténtico misterio, el Oficio ha corroborado en repetidas ocasiones la naturaleza y origen de las autorizaciones de su Majestad, El Rey…!¡Es una nao totalmente independiente, tanto del Oficio,como de la Compañía de Indias!-

-¡Si el hereje que persigo está a bordo de esa nao, le he perdido definitivamente la pista!-

-¡No desesperéis, Don Antonio, aquí en Sevilla, estamos recuperando muchas pistas…Por eso huele a muerto!- tras decir esto Pedro Cárdenas se santiguó antes de seguir en voz más baja-¡Deseo haceros confidencias, pero a solas o con mis compañeros en las estancias del Santo Oficio, dentro de tres días en Casa Velasco negociamos con los de Alba un encargo, en el que si el olfato no me falla, andan revueltos, vuestro fugitivo, la nao de Santa Cruz, Don Álvaro de Sobrarbe, y un virreinato desconocido…!¡Y,cuento con Vos!-

-¿Siete Virtudes?-preguntó Sigura con los ojos encendidos como cobaltos ardientes.

-¿Sabéis de él, Don Antonio?-

-¡Vagas noticias, nadie ha podido demostrar su existencia…!¡Pero si fuera cierta, sería grave para muchos bravos soldados, aunque para mí sería como un presente celestial…!¿Existe, Don Pedro?-

-¡No echemos raíces y acompañadme hasta nuestras dependencias!¡Allí os contaré!-

-¡Por cierto amigo Cárdenas, nos acompañarán mis hombres, Cervantes está en Sevilla,y no está muy lejos de todos estos desastres…Si le encuentro le arresto!¡Vamos a vuestra oficina…!-

-¿Miguel de Cervantes? ¡Vigilamos de cerca a ese perillán, Don Antonio…! ¡Está en la hostería del Laurel!-

-¡Esta noche…! ¡Le arrestaré!- aseveró Sigura.

-¡Si lo deseáis…Pero nosotros preferimos dejarlo suelto y seguir sus pasos, nos conduce a personajes muy curiosos!-Cárdenas y Sigura, llevando su montura del bocado, habían empezado a encaminarse por los muelles en dirección a la Torre. Les seguían los soldados de los Tercios que mandaba Sigura, formando una comitiva solemne en aquella Sevilla tan llena de vida, muerte y exotismo.

-¿Como cuanto de curiosos, Don Pedro?-

-¡Pues…! ¡ un doctor nigromante llegado de Italia, o de Suiza, de nombre alemán, un tal Gustavo…! ¡Por ejemplo!-susurró Cárdenas consciente de que revelaba un secreto de los oficiales de la Inquisición.

-¡Maldición! ¡Ese nigromante es mi fugitivo…Y Cervantes, ha estado con él. No está muy lejos de la fuga del hereje!-

-¡Es curioso, Don Antonio, pero no hay causa en España contra el doctor alemán!¡Al contrario vino huyendo de los calvinistas!-

-¡Cárdenas, un hereje lo es en todas partes!-El interpelado se encogió de hombros y enarcó las pobladas cejas. Aquél era un planteamiento que él no llegaba a entender muy bien.

Se acercaba la hora del almuerzo, y el grupo se hallaba ya ante las dependencias de la Compañía de Indias, y del Tribunal de Santo Oficio de los Virreinatos. Entraron por el portalón, Cárdenas dió orden de que acomodaran a los quince soldados como a las monturas, y acto seguido rodeando el hombro de Sigura le llevó hasta su polvoriento gabinete de trabajo.

-¡Es un gran día, Don Baltasar, Don Alfonso…! ¡He aquí al cuarto de nosotros! ¡Este es Don Antonio de Sigura, de quien ya os he hablado!¡Compañero del Santo Oficio…Y muy leal al Señor Duque de Alba…!-graznó Cárdenas ante sus compañeros de armas, oficio y destino.

Comieron un almuerzo copioso pero no graso, lo hicieron en una sala continua al gabinete de los tres Inquisidores. Se hicieron preparar la mesa con la comida y algo de vino y se cerraron a cal y canto. Mientras comían se hicieron las confidencias de rigor…Y trazaron planes, primero detener a Don Miguel de Cervantes, segundo ir a la reunión de Casa Velasco, obtener medios, y ahora con Sigura, colaborador de viejo con la Casa de Alba, y amigo de Don Juan Quesada la negociación con los de Alba iba a ser mucho más fácil y provechosa, especialmente para Don Alfonso y su futuro título nobiliario y para Don Baltasar y sus negocios.

-¡Así pues, y con el fin de saber de la misteriosa nao…! ¡Esta misma noche vamos a por ese Cervantes! ¿No es eso lo que proponéis?- planteó Pedro Cárdenas.

-¡Asi es, buen Cárdenas!¡Sin duda sabremos algo más cuando lleguemos a Casa Velasco, de lo que sabemos ahora!- certificó Sigura.

-¡Propongo un brindis, Don Antonio! ¡Por un feliz apresamiento!-soltó Atienza.

-¡Brindemos por ello !¡Ja, ja, ja!-sellaron sus proyectos con un vino traído de Cáceres.

 

La primavera alargaba el día en Sevilla, y en ese momento mágico del crepúsculo, invadía la ciudad un fuerte aroma a jazmines.

En los calabozos, un tal Sancho, era entregado a Rodrigo Menéndez el veterano capitán de Flandes, incondicional de los Alba.

En los muelles, los guardias de la Torre, habían reforzado su presencia en prevención de que los asesinos de la noche anterior volvieran a sus andadas.

Las tabernas del puerto estaban llenas a rebosar de marineros que gastaban ya el anticipo, en moneda de vellón, de la próxima travesía, en vinos fuertes y putas feas que a ellos, ya ebrios, les semejaban damas de Babilonia.

En la Compañía de Indias, los amanuenses y asentadores se afanaban en anotar miles de pormenores en presencia de los intrépidos capitanes, la flota se preparaba para volver a Nueva España…Sabían que tenían días y noches de trabajo por delante, hasta que todo estuviera ultimado.

Junto a la Compañía, en el gabinete del Santo Oficio para los Virreinatos, las estancias de Don Pedro Cárdenas y sus compañeros, un dominico realizaba la guardia de vigilia. Oraba pero junto a las cuentas del rosario un pedernal delataba que el fraile era de armas tomar.

En los balcones de los palacetes, las luces dejaban entrever una sociedad galante, imaginativa, poética, pletórica que estaba a punto de cenar, reír, beber y gozar del instante.

Alguna tapia y ventana eran testigos de los cortejos que entre luna y sol llenaban los corazones de las damiselas de miel mientras arreciaban los ardores de los donceles.

En la Catedral, los canónigos celebraban la “vespertina”, para pobres, desamparados, viudas, tullidos y próceres de incomprendida caridad.

Inmersos en el rico universo sevillano perfumado de claveles, geranios y jazmines, camino de la Hostería del Laurel, cuatro caballeros y quince soldados hollaban los cantos rodados del pavimento. Reían alegremente seguros del éxito de su misión, los hachones de las esquinas iluminaban los yelmos de los soldados y las puntas de los aceros. Aquella era una misión sagrada. De los balcones colgaban las flores, alguna que otra muchacha asomaba al oír el alboroto y las voces viriles. Un falso tullido se retiraba hacia la corte de los mendigos con sus muletas al hombro como si de arcabuces se tratara. Al ver los uniformes del Tercio, aceleró el paso alejándose de los hachones esquineros que iluminaban las calles.

La rúa del Laurel era empinada y adoquinada con guijarros rodados que relucían a las luces. Al final de la misma, el grupo conducido por Cárdenas y Sigura, veían la Hostería totalmente iluminada. Un murmullo entre el grupo precedió a un acerado silencio. La marcha prosiguió sin más música que las secas y recias pisadas de la comitiva, Sigura prendió la bujía de un farolillo para transitar con luz propia. En lo alto, la Hostería, acogedora, bulliciosa, alegre, como siempre, perseveraba en su hospitalidad, ajena a la perturbación que se aproximaba.

El grupo entró en la Hostería del Laurel, como si se hubiera introducido por sorpresa en un baluarte protestante de la costa Zelandesa, desplegándose los quince soldados, tres de ellos con arcabuz, bajo los porches… En el patio andaluz, varias mesas con comensales, el brocal de un pozo, y dos pilletes que tocaban sendas guitarras con un arte sin igual en toda la tierra. Cárdenas y Sigura se adentraron en las mesas, en dirección a una en la que un manco de barba hirsuta les contemplaba con expresión malhumorada.

-¡Don Miguel, daos preso!-bramó Sigura.

-¿De qué se me acusa?-respondió Cervantes, dejando un muslito de conejo en su escudilla.

-¡Socorrer a un enemigo de la Santa Iglesia!-deslizó sin excesivo convencimiento Cárdenas.

-¡Eso es falso!-se revolvió furioso Cervantes.

-¡Por fortuna estáis desarmado caballero Cervantes! ¡Si es falso o cierto vuestro delito, compete dilucidarlo al Tribunal del Santo Oficio!-Sigura sonrió relamiéndose al ver que Cervantes no llevaba su cinto. Los ojos del inquisidor, se agrisaron, y la mueca de su rostro le prestaba un aire lobuno. El inquisidor había desenvainado temiendo cualquier treta del manco. Los comensales empezaron a despejar el patio temiendo por su vida, alguno de ellos con antifaz, acompañados de bellas damas también enmascaradas, tenían más de un motivo para salir ilesos del lance. Un tripudo comerciante respiraba contentadamente con los ojos fijos en las bocas de arcabuz, el hombre era de Flandes, los recuerdos de escenas como aquella le sumergían en el sudor frio del terror; para él, un laborioso flamenco, todo en el cálido país de los españoles era irracional, fuera de medida.

Todo pasó de modo insospechado y veloz. Un joven se alzó al paso de Sigura, que sintió inmediatamente en la sien el contacto de la boca de un pedernal.

-¡A mi, los del Tercio de Don Juan!-

-¡Cuidado con lo que hacéis…!-masculló Sigura enfurecido.

-¡Di a tus hombres que paren!-fue toda la respuesta del soldado.

En la balaustrada del primer piso, dos docenas de arcabuces emergieron, y un tropel de soldados de los Tercios de Nápoles y Dos Sicílias con las armas en la mano, a medio vestir, se lanzaron para proteger al joven.

-¡Perote, bien por la celada!-exclamó Cervantes dirigiéndose a un rostro risueño de la balaustrada que parecía el capitán de aquella tropa que inesperadamente acudía en socorro del caballero Cervantes.

-¡No se abandona a un camarada alistado al Tercio, un soldado no puede ser privado de verter su sangre por nuestro Señor El Rey!-el joven capitán le lanzó una espada de forja extraña, para que tuviera con que lidiar, si era preciso- ¡Marchamos ahora, Don Miguel!-

Mientras, los soldados alojados en el Laurel, procedían a desarmar a los de Sigura, .Cervantes como una exhalación subió a su aposento, recogió sus enseres y lanzó al vuelo unas piezas de plata para el hostelero y en breves instantes estuvo preparado para partir.

Sigura estaba rojo como un volcán, Cárdenas lívido.

-¿De donde han salido?-se preguntaba Don Alfonso.

-¡Cállate si quieres conservar la piel sin agujeros!-respondió uno de los soldados mientras le desarmaba-¡No se ataca a uno de los nuestros tranquilamente! ¡Además se os veía venir desde que enfilasteis la cuesta, así que os hemos preparado una buena recepción!-

-¿Hacia donde vamos, Rocaguinarda?-preguntaba atónito Cervantes.

-¡Ninguno de ellos nos seguirá hasta Orán!- le respondió su salvador.

El Laurel ofrecía un espectáculo inaudito horas después. Cuatro oficiales de la Inquisición amordazados y atados, pugnaban por deshacerse de sus ligaduras, y quince soldados en idéntica situación les emulaban. Clientes y hostaleros habían sido encerrados en las bodegas.

La luna llena saludó la marcha de una Compañía de los Tercios de Nápoles y Dos Sicílias, de Sevilla. Se dirigían a Cartagena para embarcar rumbo a Orán, donde se rumoreaba habría una nueva campaña. Tras abrazarse el joven Perote Rocaguinarda y Cervantes, antaño compañeros de armas, se separaron, el segundo tomó el camino de Mérida, para dirigirse a la corte de los Infantes de la Cerda, el primero y sus hombres tomaron el camino viejo de Córdoba, en ruta hacia el Levante..

 

Los alrededores de Casa Velasco, situada en un altozano a cuatro vientos, eran un claro exponente del paisaje mesteño, con encinares en las peñas y promontorios, y llanos dedicados a pasto para las cabañas de ganado de la Mesta, pastos de la Orden de Alcántara y Calatrava.

Por aquellos días, a finales de Abril, los pastos estaban a rebosar de las cabañas que se agrupaban para emprender el retorno a los pastos de verano, en el Norte.

Casa Velasco, conocida también como la Venta de los Gemelos o de los Dos Garbanzos, debido a que los hosteleros eran dos hermanos gemelos, de arduo diferenciar el uno del otro, estaba en el centro de la febril actividad que tenía lugar esos días en los campos.

Estaba situada entre Zafra y Puebla de Sancho Pérez, equidistante de ambas poblaciones,era una Venta de gran importancia,en ella tanto podían alojarse Príncipes como pastores, para todos había lugar y comida según su grado y condición.

Distaba de Sevilla unas treinta leguas de posta, lo que suponía tres jornadas de diez horas a pie o dos de seis horas con una buena montura.

Desde que la misiva de Gonzalo Dovalle había sido intervenida en las dependencias de la Inquisición virreinal, hasta la partida de Don Miguel de Cervantes de Sevilla habían transcurrido dos jornadas no enteras, pero era suficiente para que un rico comerciante, como Juan Linares, en Sevilla un humilde amanuense con plaza en la Compañía de Indias y adscrito como escribano interventor de la Santa Inquisición, estuviera ya en camino acompañado de uno de sus sirvientes. Juan Linares o Eleazar Harbak, era también el mandatario de un primo suyo de Breda de Flandes, que traficaba en grandes cantidades con la magnifica lana merina. Su presencia en Casa Velasco no sería en balde después de todo. Acompañado de su fiel Ismael, ambos sobre jumentos y tras realizar dos largas jornadas al trote de los mulos, por fin arribaban a divisar Casa Velasco al caer el sol el 25 de Abril.

-¡Ahí está Señor!-señaló el joven Ismael.

-¡Así es, esperemos que pasemos mejor noche que en Santa Olalla del Cala!-

-¡Aquella posada era infame Don Juan!-

-¡En esta nos esperan más bullicios y trabajos que no descanso, buen Ismael!¡Y recuerda, a partir de este momento tu nombre es como en Sevilla, Hernando Juánez!-apostilló el viejo.

Hasta el camino llegaba el aroma de las sartenadas de migas de pastor que se hacían en las decenas de fuegos esparcidos por los pastos. Los ladridos de los perros mantenían los rebaños prietos y ordenados.

-¡Estamos en el reino de Abel!-susurró Ismael.

-¡No te confundas, Hernando, esto es el cautiverio de Babilonia!-corrigió Eleazar Harbak.

Los viajeros ascendían por el camino zigzagueante hacia la Venta, al fondo en los pastos, entre las hogueras de pastor y los rebaños, cuadrillas de las Hermandades mesteñas, del Sur y del Norte, recorrían a caballo el campamento pastoril velando por que no hubieran intrusos con malas intenciones en el campo, paisaje gris ceniciento de crepúsculo, moteado de pequeños fuegos, con la música de ladridos, balidos, y el cabalgar de los cuadrilleros, y perfumado por las olores del campo seco, fuegos de sarmiento y boñiga…Las cabañas abandonaban los pastos del Sur.

Sin dejarse impresionar por el marco, los dos viajeros llegaron a las puertas de Casa Velasco. Entraron por la puerta de Oriente, destinada a los mercaderes y letrados, tras dejar los jumentos a cuidado de un mozo de cuadras, atravesaron el Patio de los Contratos en dirección al edificio rectangular de cuatro plantas que constituía la Hostería de la Venta. Penetraron en la mole de piedra y adobe.

-¡Bienvenido, Don Juan!¡A mis brazos…!-Un hombre de baja estatura, pero gran perimetro abrió sus brazos y las facciones de su cara de huevo al recién llegado.

-¡Justo, que alegría!-Linares respondió efusivamente al saludo.

Tras presentar a Ismael como Hernando Juánez, solicitó de Justo Velasco, uno de los hermanos que regentaban la Venta, atenciones poco usuales.

-¡Sé que tenéis invitados muy especiales mañana…! ¡Nobles fieles a los Alba, funcionarios del Santo Oficio, posiblemente soldados terribles…!¿Es así?-

-¡En efecto Don Juan, siempre lo sabéis todo…!¡Pero Vos,venís a por negocios,como siempre!¿O no?-respondió afable Justo Velasco.

-¡Amigo Justo…! ¡Los negocios de mercaderes como yo, y los negocios del reino dependen cada vez más los unos de los otros!¡Necesito un favor muy especial, como en el caso Alfaro!- Juan fue modulando la voz y bajando el tono conforme entraba en materia. Justo Velasco, hizo una mueca de preocupación, su expresión se nubló, y meneó su calva reluciente una y otra vez.

-¡Acompañadme a una estancia, lo discutiremos con vino…! ¡Vuestro sirviente será servido en las mesas del comedor!-Juan asintió con la cabeza.

-¡Hernando, dame tu bolsa, yo la subiré a nuestra cámara, anda ve al comedor y tomate una buena cena por los dos!- Ismael le pasó su hatillo y obedeció sin rechistar.

-¡Pardiez, le tenéis bien amaestrado!-masculló Justo Velasco. Agarró un candil y se encaramaron por una escalera de caracol insospechada en un pliegue de los muros.

La estancia era pequeña, allí Justo Velasco tenía un pequeño gabinete de trabajo,con muebles de lejanos países y recubierto de tapices de Tartaria.

-¡Escuchadme, Don Juan. Sabéis que comparto con mi hermano Pastor la propiedad de la Venta, también sabéis que con él no tengo, ni tenéis problema alguno, no gustamos de hacer preguntas aviesas, ni juzgamos a la gente por su cuna!-Linares le interrumpió.

-¡Así es mi buen amigo…!-

-¡Pero mi hermano, tiene un hijo, mi sobrino Félix, nuestra posición y nuestra fortuna, han permitido que Félix sea bachiller, por Salamanca…! ¡ De regreso, el chiquillo que se fue, ya es casi un hombre. Pero su cabeza está llena de pájaros. Amigo de todos los nobles sin bolsa, él hijo de ventero, ha pagado los caprichos de los hijos de la Corte!-

-¡La peste de las Españas!-sentenció Juan Linares.

-¡En este caso, la peste de mi sobrino, y poco a poco de mi hermano Pastor! ¡Ambos sueñan que en breve, Félix sea noble…! ¡Amigos de los Alba le han metido esto entre ceja y ceja !¡Se alojan y cuentan bellas historias, viven a cuerpo de rey y no saldan sus cuentas, pero tienen buen cuidado de dejar claro que en cuando Félix haya prestado un gran servicio a sus intereses le será concedido título nobiliario!¡Padre e hijo andan locos con esa insensatez!-

-¡Amigo Justo, un veneno mortal ha penetrado en tu casa!-

-¡Por ello, todo lo relativo a los aposentos de la tercera planta, está sujeto al celo servil de mi sobrino…Temo no poder presentaros a los altos Señores que tienen reservadas las estancias del ala de Poniente!-Juan sonrió.

-¡No hace falta que me los presentéis…! ¡De hecho a la mayoría de ellos, ya los conozco!¡Tampoco deseo ser visto por ellos!¡Ellos se reunirán en secreto, para tratar de negocios que me afectan,a mí y a mis socios!¡En realidad,sólo necesito conocer exactamente lo que hablan!¡Como cuando Alfaro pretendió privarme de los Duques de Medina como clientes de nuestra casa de Breda!-Juan masticó estas palabras en un castellano sin licencias de gracejo para precisar exactamente lo que requería de Justo Velasco.

-¡Comprendo…!-el ventero sonrió de forma inteligente y con suavidad.

-¿Alguien más sabe de…?-Juan pregunto sin terminar la frase, seguro que su interlocutor sabía de que le hablaba.

-¡Nadie más que vos y yo mismo!-

-¡Excelente!-el rabino camuflado se frotó las manos.

-¡Pero, Don Juan…!-

-¿Pero qué, Justo?-

-¡No quisiera hacer algo que fuera contra los intereses de mi hermano, de mi sobrino!-espetó Justo Velasco.

-¿Vos también os veis Conde o Marqués?-se burló Juan Linares-¡Recordad, que cuando ni el Consejo de la Mesta, que os debía un millón de maravedíes, quiso pagaros,ni prestaros ayuda las Casas Grandes de España, vuestros huéspedes a menudo, de los que conocéis no solamente la hidalguía, sino también pecados y torpezas, ni el mismísimo Convento de Guadalupe, al que tanto habéis dado, nada hizo por Casa Velasco, ni por Justo, ni por Pastor,!-el rabino cargó la ironía en las últimas palabras-¡Pero quien si os realizó un favor fue un amanuense de Sevilla, mercader con los de Flandes!¿O no,ventero?-

-¡A vos os debemos, esta Venta…Sin vuestro empréstito, ni vuestra ayuda en el proceso con el Consejo de la Mesta,quién sabe donde estarían ese millón de maravedíes!-

-¡Bien que los cobraron Justo y Pastor!-sonrió Linares.

-¡Doblones no os debemos,bien que devolvimos el dinero y sus intereses… Pero la gratitud mas que un deber, es para con vos un sentimiento Don Juan!¡Os pido una sola cosa!-razonó Justo Velasco.

-¿Qué es ello?-

-¡Ni sobrino ni hermano deben saber nada de esto!¡En primer lugar porque no conocen el laberinto del tiraje, ni quiero que lo conozcan, harían mal uso de él!¡En segundo lugar,porque entre un mercader como Don Juan Linares, o un noble próximo a los Alba como Don Juan de Quesada, ellos olvidarían las angustias de ayer y atenderían exclusivamente los locos sueños para mañana!-el hostelero puso expresión grave, y un aire de serena nobleza al realizar la petición a su amigo, el amanuense. Eleazar Harbak, para Justo, Don Juan Linares, que se conmovió y se alzó abrazando al grueso Justo Velasco que se vio sobresaltado por aquella efusión en un hombre que todos tenían por cortés pero frio.

-¡Amigo Justo…Qué honor haces a tu nombre de pila! ¡No has vacilado en poner al mismo rasero a dos juanes, el mercader sevillano y el noble cacereño. A los dos has llamado Don!¡No temas, como cuando Alfaro, este será nuestro secreto!-y prosiguieron su conversación por espacio de media hora.

Bajaron al comedor, el tal Hernando había devorado la ración para dos, Justo pidió dos raciones más, nada de carne, salazón de pescado en vinagreta y una lujuriosa ensalada con quesos y vino abundante, de Cáceres. Apareció Pastor, abrazos a Juan Linares. Chascarrillos, dimes y diretes y alguna que otra alusión al cambio de fortuna que esperaban en breve…

-¡Félix, mi buen Félix!¿Sabes Juan?¡Pues está en camino de ser admitido en el Seminario de la Nobleza!-

-¡Cuanto me alegro, Pastor!¡Por él, por los Velasco! ¡Brindo por ello!- y Linares bebió un sorbo. Al fondo Justo con los brazos cruzados meneaba su calva.

-¡Vamos Pastor, nos espera una noche movida, los Medina vendrán, y Don Juan Linares tiene que tratar con ellos!-

-¡Si, ahora voy. Disculpa que no venga Félix a saludarte, pero está ocupado en preparar aposentos para los Quesada, son un linaje muy importante…!-los dos garbanzos como los llamaba su clientela desaparecieron rumbo a las cocinas.

Los dos judíos los vieron desaparecer escalera abajo, las mesas circundantes estaban llenas de comerciantes,de ganaderos,y de representantes del Consejo de la Mesta,como sucedía cada año el comedor de Oriente, tras la cena se convertiría en una agitada Lonja. La lana movía muchos maravedíes.

-¡Sin problemas, Hernando, haremos el negocio con los Medina, y sabremos lo que hemos venido a averiguar!¡Yo subiré a nuestro aposento, tú quédate y anota los precios de esta noche. No quiero eternizar el trato con los Medina, tenemos cosas más importantes que hacer en esta ocasión!-y sin decir más se encaramó por la escalinata que dirigía a los pisos de las alcobas.

Aquella feliz casualidad que hizo que descubriera el laberinto, sería por segunda vez de gran ayuda para Eleazar Harbak, Gran Rabino de Andalucía.

 

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  • admin at 17:59

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