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I. Las conspiraciones

De cómo fue divulgado el secreto confiado por el César Carlos a su hijo Felipe.

Había caminado toda la noche, él estaba seguro de que la persecución sería terrible, por ello pensó en hacer camino de noche y descansar de día, aunque fuera cerrando un solo ojo, como los vigías turcos. No estaba reventado,pero las preocupaciones se agolpaban en su mente, tener tras de sí a cuatro inquisidores y quince mesnaderos de los Tercios, todos ellos del de Alba, para más señas,no era para dar saltos de alegría. Las vegas habían quedado atrás, y el paisaje se preparaba para los pastos extremeños y los encinares belloteros. El firmamento de tono grisáceo anunciaba la pronta salida del sol… Eso quería decir frio y niebla. Miguel de Cervantes echó una ojeada a su alrededor, a menos de mil varas, se adivinaban las formas del Castillo de las Guardas. Unos cuervos graznaban volando en semicírculos sobre las copas de las encinas. Había recorrido diez leguas de posta en una noche, ahora debía descansar. Abandonó el camino y se internó entre la maleza, halló un escondrijo perfecto, al pie de un roble, junto a una roca y tras espesos matojos, sin rastro de humedad… El veterano soldado, extendió su manta, del morral sacó pan y tocino .Comió poco y lentamente. De una bota se tiró un sorbo de vino, y tras todo ello, se arrebujó en la manta, empezando a dormir cuando todo a su alrededor despertaba, la madrugada del día 26 de Abril.

Cuando despertó, el sol estaba en lo alto, era mediodía. Le habían despertado los torpes pasos de alguien que andaba por el encinar quebrando tallos secos, y voces que identificó al instante. Controló su respiración, no palmeó las moscas que pegadas a la sien le importunaban, aprestó su pedernal y preparó la espada escuchando atentamente.

-¡No penetréis tanto en la espesura, Don Antonio, no quisiéramos que mientras aflojáis el vientre un jabalí os sacuda!-la voz era de Pedro Cárdenas. Las risas de fondo, de los compinches de éste. Un murmullo delató que mientras Sigura buscaba comuna,su compañero aliviaba la vejiga mediante una buena meada.

Cervantes en su escondrijo-ideal para comuna- tensó sus músculos, si Sigura en su peregrinar llegaba hasta allí, era preciso lidiarlo sin estrépito. Con los dedos sudorosos encontró la empuñadura de su daga. Los chasquidos de ramas secas cada vez se aproximaban más.

-¡Hummm…! ¡Allí!-Sigura se dirigió hacia una roca. Desde su baluarte, Cervantes podía verlo ahora. La cosa no dejaba de divertirle.

El inquisidor se deshizo del cinto, bajó sus medias y bombachos y con la camisa ceñida se agachó, soltando un prolongado viento que fue celebrado en los lindes del camino.

-¡Alerta! ¡Artillería luterana!-rieron los dos pasantes de Cárdenas.

-¡Ríe mejor el que ríe último, atolondrados!-bramó Sigura entre molesto y embromado. El gritar aceleró el obrar de su naturaleza, y entre vientos y farfullidos esparció sus heces. Se limpió con una piedra,como hacen los moriscos,y recompuso su figura y vestimenta. Tapó su hazaña con piedras menores, las moscas aparecieron al instante. Un chasquido fuerte precedió la esfinge severa de Cárdenas atusando su bigote.

-¿Habéis terminado ya?-

-¡Como eso quedará el tal Álvaro de Sobrarbe!-respondió Sigura señalando sus heces bajo las piedras.-¡Aunque se haya refugiado en Nueva España!-

-¡En eso estamos, Don Antonio…Pero este mal humor de ahora, se debe más a ese picaruelo de Cervantes que al Lince!-

-¡Cierto, y aunque menor, ese truhán es plato del mismo banquete!-soltó Sigura tras abrocharse el ceñidor con funda.

-¡Dejemoslo en postre, y a la vuelta…! ¡Los platos, son el de Sobrarbe y el Virreinato de Siete Virtudes! ¡Y hemos de ir a buscarlos al otro extremo del Mundo, Don Antonio…!-

-¡Tranquilo Don Pedro, esta noche en Casa Velasco, de Quesada nos cederá credenciales, pasajes, dinero y referencias para cumplir ampliamente ambas misiones!-Sigura abrazó a Cárdenas mientras volvían hacia el camino-¡Decidme!¿Vuestros ayudantes son de plena confianza?-

-¡En lo tocante a la lealtad, seguro…! ¡La voluntad, la inteligencia, la pericia, y el valor…! ¡Son supuestos, Don Antonio!-

-¡Esta noche pediremos a Don Juan de Quesada que nos ceda a Rodrigo Menéndez y tres de los suyos, son soldados veteranos. Rodrigo luchó en San Quintín!- la voz de Sigura se fue alejando en dirección al camino Real.

-¿Donde decís que hemos de embarcar?- tronó Cárdenas.

-¡En Lisboa, no dejaremos rastros!-la voz de Sigura quedó tamizada por el susurro de las hojas de los arboles removidas por el viento. Cervantes en su bastión no había perdido detalle. El viento aunque suave traía a sus narices la fetidez esparcida por su viejo enemigo de Alcalá de Henares. Los cascos de las monturas anunciaron que la comitiva inquisitorial se alejaba…El manco huyó de la porquería y las moscas, sin dejar de pensar a gran velocidad. Había dejado de ser perseguido para ser perseguidor.

-¡Muy bien señores…! ¡A Casa Velasco pues!- Tras pensar esto y ya en el camino de Mérida, paró a hincarle el diente a la hogaza y trasegar algo de vino. A lo lejos en dirección Mérida, una liviana polvareda le señaló la posición de los esbirros de Alba. Pero en sentido opuesto, a media legua de postas, una polvareda mayor anunciaba el paso de una tropa de jinetes, o de una diligencia que se dirigiría a Mérida, o a Talavera quizás.

Cervantes siguió ruta como si nada sucediera, si eran jinetes, se apartaría, no fuera que la tropa del inquisidor diera un repaso al camino, pero si era el carruaje de Mérida, o el de Talavera, fuera a Salamanca o a Toledo,aquella noche todos la pasarían en Casa Velasco.

La polvareda se hizo mas cercana, desde un recodo, Miguel de Cervantes pudo alegrarse al comprobar que era un carruaje. Decidió no dar un paso más.

Los del pescante pararon el tiro al verle.

-¿Andáis perdido, o solamente cansado?-uno de los conductores le preguntó.

-¡De lo primero nada, de lo segundo mucho. Así que si es posible,os agradecería un lugar en vuestro carruaje,por incómodo que fuera!-

-¿Cuanto pagaríais?-sugirió el otro del pescante.

-¡Que me aspen si esa voz…No es de…!-una jovial cabeza bajo un bonete emplumado al estilo elegante del Cesar Carlos emergió de uno de los ventanucos de la diligencia-¡Si…De Don Miguel de Cervantes!-

-¡Eh! ¿Qué hacéis aquí , Eduardo de Mora?-

-¡Nada de preguntas y subid!¡Y tú,Pascual…! ¡Vigila el camino en vez de pensar tanto en asaltar a los caminantes!-Cervantes subió por una portezuela,en el interior junto al joven Eduardo de Mora,otro joven vestido también al gusto de Levante sonreía…Junto a él, un sobrio soldado noble, de innegable raíz castellana ataviado de negro con cuello blanco le saludó inclinando levemente su testa.

-¡Aquí, Don Miguel…! ¡No hacemos nada!-sonrió el joven con acento levantino o catalán-¡Os presento a Berenguer de Cardona,-señaló al otro joven- y a Don Alfredo de Miranda, todos hemos combatido en Lepanto!-

-¡Excelente batalla!-susurró Cervantes entornando los párpados. Eduardo de Mora, era uno de los jóvenes cortesanos que se alineaban con Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli, y su esposa Doña Ana Mendoza de la Cerda. En consecuencia enemigos acérrimos de Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer Duque de Alba.

-¡Pero, a donde vamos, tenemos mucho que hacer… !¿Conocéis Casa Velasco?-Cervantes asintió-¿Sabéis de la estima que me merece la Casa de Alba?-Cervantes volvió a asentir-¡Pues estos caballeros y yo mismo,que en este último punto coincidimos…Hemos decidido enterarnos de qué brutalidad estarán preparando tres de los más vulgares agentes del de Alba. Para más señas, inquisidores, con la jurisdicción al otro lado del Océano, pero inquisidores al fin y al cabo. Sevilla ha estado revuelta estos días, con Cervantes en ella…!-Cervantes sonrió a la lisonja del joven cortesano.

-¿Qué le contáis?-pregunto el de Cardona a Eduardo de Mora.

-¡Don Miguel es un viejo enemigo de los Alba…No hace mucho, en Tarento, Antonio de Sigura le buscaba para matarlo a él y a Don Álvaro, eran muy amigos!¿No es cierto Cervantes?-

-¡Bien sabéis que así era, antes en Tarento…! ¡Ahora en Sevilla!-

-¿Sigura en Sevilla?¡Yo le hacía en Flandes!-

-¡Ha vuelto,y está con los otros tres…! ¡Camino de Casa Velasco!-

-¡Eh!¡Está más informado que nosotros!- rió Berenguer de Cardona.

-¿Sabéis también que se entrevistarán esta noche y mañana con Juan de Quesada en la Venta?-preguntó Eduardo.

-¡Y le pedirán medios de todo tipo, y la compañía de Rodrigo Menéndez!- el joven levantino no salía de su asombro.

-¡Este caballero lo sabe todo! ¿Y para qué han de solicitar tanta cosa?-

-¡No he podido escuchar con claridad, o es que todavía no me lo creo, según parece, Álvaro de Sobrarbe vive, y está en Nueva España, y luego algo referido a siete virtudes y un virreinato… ! ¡Algo que no entiendo bien, en cuanto a Cervantes lo han tildado de postre, para la vuelta!¡Que el demonio los lleve, espero darles un buen disgusto!-Cervantes hizo claramente el papel del ofendido.

-¡Nada de eso, caballero,-el viejo caballero castellano puso su mano enguantada en el brazo de Cervantes con ademán cariñoso-nosotros viajamos a Lisboa, oficialmente. Vamos a visitar a Ruy Gómez de Silva, el esposo de Doña Ana. Haremos noche en Casa Velasco…!- Eduardo interrumpió.

-¡Allí nos haremos con toda la información, y los verdugos de Alba jamás llegarán al otro lado del Océano!-Eduardo hizo el gesto de degüello. El anciano Don Alfredo prosiguió.

-¡Es para mí una inmensa alegría saber que Don Álvaro de Sobrarbe no murió en Lepanto!¡Hay una razón más, para impedir la misión de esos bergantes!- Cervantes sonrió ampliamente asintiendo, volvía a estar entre amigos. El tiro del carruaje aceleró su ritmo a instancias del cochero.

Avistaron Casa Velasco bien entrada la noche. El carruaje penetró en la Venta por la Puerta del Norte, reservada a gentes de armas.

Pastor Velasco recibió a Don Alfredo de Miranda y sus tres acompañantes.

¡Ya sabéis Pastor lo que os pido…Debo saberlo todo!-

-¿Y ellos?-dijo el ventero señalando a los tres que acompañaban al castellano.

-¡Son de absoluta confianza!¡Como yo mismo!-Don Alfredo depositó un saquito de monedas de plata en la mano del hostelero.

-¡Mirad…!-decía el ventero mientras sopesaba la bolsa-¡Mi hermano Justo no sabe nada de la existencia de ese laberinto, en cuanto a mi hijo Félix, está con el seso sorbido por los petimetres de Alcalá, le han prometido que será noble. Pobre muchacho!¡Pero yo sigo el juego a todos, a Justo con sus amigos mercaderes, y a Félix con sus sueños delirantes!-

-¿Y vos, no tenéis sueños, ni deseos?-pregunto Don Alfredo.

-¡Que suelten a Carranza, que terminen las guerras, que podamos trabajar al viejo estilo de Castilla!¡Ese maldito Alba…!-

-¡Que te deshonró una moza…Termina hombre!-al hostelero se le inyectaron los ojos de sangre y fuego.

-¡Eso queda muy lejos, Don Alfredo!-sentenció-¡Tendréis lo vuestro!-

El grupo subió al tercer piso.

 

Poco después Pastor Velasco descendía por una lóbrega escalera de caracol hacia las entrañas de la enorme Venta. Iluminado por un candil iba recordando los tiempos que tuvo noticia de la existencia del laberinto…

 

Fue el bisabuelo Cosme quién se la reveló, al tiempo que le contaba como estaba construida Casa Velasco, y como él, el bisabuelo Cosme tenía un gemelo, el tío abuelo Damián, en el cual, francamente parecía no confiar en exceso.

Según el viejo, su padre ordenó construir la nueva Casa Velasco, con ayuda de los Trastámara, que tenían importantes intereses en el Consejo de la Mesta, unos cien años antes. En aquellos tiempos, la nobleza andaba revuelta contra su Rey, Enrique de Castilla. Las intrigas y la mezcla de los negocios de la lana y el oro de Granada con el destino de Castilla andaba a la par con los tiempos que se vivían en aquél momento, con el oro de las Indias, las guerras en Flandes y las rivalidades entre Albas y Ebolis, tiempos de daga y veneno aquellos, de auto y mazmorra estos, pensó para sí el buen Pastor Velasco. Mientras descendía tocaba las piedras de los sótanos y seguía recordando la voz del longevo Cosme…

Los cimientos, los muros, las chimeneas y tirajes, estaban hechos de piedra, como los Templos del Señor y los castillos del Rey. Los suelos y las vigas de buen roble castellano. Los tabiques,de adobe. La cubierta de tejas árabes, sabiamente encajadas. La cerca exterior de piedra, las cuadras de madera y adobe, los pajares de roca…Aún recordaba como arrastraba el viejo las palabras con orgullo, al inventariar los materiales de que estaba construida Casa Velasco, más acordes con un castillo real que con una posada.

Es en la piedra, le dijo el bisabuelo, donde los del oficio de albañil, los del Maestro Hugo de Estrasburgo, por deseo de Don Enrique IV, o de su Senescal incrustaron una cripta, una capilla pequeña justo sobre las cocinas, dedicada a los Santos Gervasio y Protasio. La cripta fue consagrada por el capellán del Rey, y no se utilizó más que una sola vez, el viejo no le dijo para qué. Pero de lo que sí habló, fue de la escalera oculta tras el altar, y del laberinto que comunicaba entre sí a través de un estrecho pasadizo las ventilaciones ocultas de todas las alcobas y estancias de los pisos segundo, tercero y cuarto. El laberinto ascendía desde aquella sacra cámara del medio de la hostería hacía los aposentos superiores. El bisabuelo Cosme no soltó prenda de si el laberinto había sido utilizado alguna vez para espiar negocios fueran de dinero o del Reino, pero dejó bien claro que era uno de los recursos con que contaba Casa Velasco para vender caros sus servicios. Tampoco dejó claro si el secreto era conocido por sus hijo y nieto, es decir, los, abuelo y padre, de Justo y de él mismo. Pero le daba la sensación por el aire misterioso de la conversación y la proximidad de sus últimos días que él, Pastor Velasco, era el único depositario de un secreto tan viejo como los muros de aquella Venta.

Finalmente el candil iluminó una repisa, la escalera seguía descendiendo hacia la cocina ,pero a la derecha una concha de piedra con una inscripción latina dedicada al apóstol Santiago solicitaba protección para los que laboraban en la Casa…Pastor alzó el candil,y repasó la breve oración.”Ora pro Nobis”.Presionó la primera “O” y la tercera, un chirrido y el sonido de un anclaje que se liberaba siguió a la operación. A continuación presionó la “O” del medio y una linea de sillares pivotó dejando espacio para que un hombre se deslizara de perfil.

Penetró en la cripta, en el Sagrario, la lamparilla seguía ardiendo, él tenía buen cuidado de que siempre tuviera luz el Altísimo. A pesar de sus reducidas dimensiones, la belleza de la ornamentación, y la exactitud de sus proporciones despertaban admiración. Pastor desapareció en una columna trilobulada, una escalerilla interior le condujo al principio del laberinto, un túnel ventilado en el que se tenía que avanzar a gatas. Cegó la entrada cerrando una portezuela de hierro con pasador. Antes de proseguir cogió un panel de madera recia, y a la luz del candil arrastrando el madero inició el curioso viaje.

Ascendió pesadamente arrastrando el madero, por una rampa que por fin llegó a un pasadizo horizontal, algo más alto. Pastor Velasco se incorporó y cegó el acceso, la rampa ya no era visible.

Algo encorvado con el candil recorrió el estrecho pasadizo, de nuevo una rampa, la practicó, un nuevo pasadizo pero este en sentido contrario, lo hizo, y al primer recodo, otra rampa…La practicó, y al fin otro pasadizo.

-¡Cáspita!-se dijo-¡Ya estamos en el tercer piso de Casa Velasco!-

Anduvo por aquél corredor contando las arcadas ojivales que lo ceñían, el silencio en el túnel rodeado de piedra, no era absoluto, a diferencia de las rampas. Pastor Velasco no percibía con tanta claridad los latidos de su corazón como en las ascensiones de las rampas.

-¡Once, doce, trece, catorce…!¡Aquí es!-exclamó,y palpando echó mano a un cerrojo que dejó abierta una celosía de medio cuerpo. Al otro lado, en una de las estancias del tercer piso de la hostería, estaban Don Alfredo de Miranda, los jóvenes Berenguer de Cardona y Eduardo de Mora, y al fondo con aspecto desaliñado y pobretón, Miguel de Cervantes.

-¡Eh, caballeros!-susurró el ventero-¡Acercaos a la celosía que está junto a la chimenea!-

Algo alborotados los cuatro hicieron lo que se les indicaba.

-¿Quién es?-pregunto el joven de Mora.

-¡No alcéis la voz, soy Velasco, el hostelero, y vengo a cumplir lo convenido…Uno de vosotros debe permanecer en la estancia, mi hijo acostumbra a controlar toda la planta cuando sus compinches andan de compadreo por la venta!-

Acordaron que sería Cardona el que reposara en la cámara, los otros tres seguirían a Pastor Velasco.

-¡Debéis liberar dos pasadores en la celosía, se convertirá en una ventana!-

Tal hicieron y la ventana quedó abierta. Los tres pasaron al otro lado, Berenguer de Cardona cerró de nuevo la celosía y se dispuso para una larga espera. Ordenó la alcoba como si estuvieran todos bien dormidos en los baldaquinos esparcidos en la amplia estancia. El por su parte, escogió un balancín y una jarra de buen vino esperando al curioso de la familia Velasco.

Al otro lado, a la luz de un débil candil, tres partidarios de la Casa de Éboli, guiados por un hostelero se dirigían a espiar los planes conspirativos de sus enemigos.

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  • admin at 17:59

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