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I. Las conspiraciones

De cómo fue divulgado el secreto confiado por el César Carlos a su hijo Felipe.

No muy lejos de allí, por una empinada escalera, Justo Velasco candil de aceite en mano ascendía por los altos escalones seguido por Juan Linares que resoplaba con cierta angustia.

-¡Por Moisés, no recordaba el camino como tan penoso!-

-¡Si, el tiempo pasa para nosotros…! ¡Pero no para la escalera de “La Coronilla”!-

La Coronilla…La Coronilla…pensaba Justo, mientras crujían los maderos de la escalinata. Cuando su abuelo Damián Velasco le confió el secreto de La Coronilla, no pudo dar crédito a lo que oía. Pero el abuelo Damián se lo mostró claramente. Le contó el abuelo, que tanto por la forma de corona que sugerían los tejadillos de las chimeneas que recogían los humos y ventilación de todas las estancias y cocina, situados en circulo en lo más alto de la cubierta a cuatro vertientes de la Venta, como por su situación uniendo Casa Velasco con el Cielo,le habían puesto a la cima de la obra en piedra el sobrenombre de “La Coronilla”.

El hostelero oía tras de sí la respiración agitada de su viejo amigo y cliente, quiso darle cuartel.

-¿Descansamos, Maese Linares?-

-¡Nada de eso, Justo, no quiero perder nada de lo que preparan esos bribones!-fue la respuesta del anciano.

Al fin llegaron a una sala circular, llena de instrumentos de deshollinar, cuerdas, cadenas y todo lo necesario para trabajar con chimeneas. El viento silbaba con fuerza en las troneras que permitían asomar la vista a los alrededores de la Venta.

Justo Velasco con cuidado de que no se apagara su candil empezó a maniobrar con unas poleas cerca de un enorme registro de chimenea.

-¡Perfecto!-exclamó-¡Han encendido el hogar, el aire caliente en su ascenso os traerá sus acuerdos hasta esta abertura con claridad y nitidez, no será un eco retumbante en la piedra…Sino una reproducción de lo que se trata doce varas bajo vuestros oídos!-

-¿Estás seguro, Justo?-inquirió Linares desde una de las troneras.

-¡Como la otra vez Don Juan! ¡He abierto de par en par el registro de su hogar, tienen fuego, el aire caliente asciende con sus palabras!¡Oiréis todo a la perfección!-

El viejo amanuense se aproximó al hostelero que hizo ademán de descender por la escalera para dejarle solo con su espionaje, pero el rabino le detuvo.

-¡Tú eres de confianza, Justo. Permanece aquí conmigo, yo escucharé pero tú me guardarás de malos tientos!-

-¡Con gran agrado…!-el hostelero sonrió con aire de ternura. Los abuelos con ayuda de los Trastámara levantaron la Casa, pero él con ayuda de Maese Linares, o el jefe de la judería no conversa, como él muy bien sabía… Impidieron que la Casa se derrumbara o cambiara de dueños, los Alba intentaron la perrería, y otros amigos suyos del Concejo de la Mesta. Justo volvió hacia atrás y para respetar la confidencia del viejo animoso, ocupó su tiempo y mirada en otear los pastos y bosques vecinos. Las hogueras esparcidas aquí y allá, daban cuenta del fin de la estancia de las cabañas en el Sur. Aroma a rastrojo, a hierba quemada, a cordero merino y churro, a migas de pan con tocino, todo esto traía el viento que penetraba en la tronera como una cortante saeta. La Mesta se iba, volvían los calores, los clientes serían otros. En Sevilla se concentrarían las Armadas de Nueva España, gentes de otros lugares harían noche, camino del puerto de Indias…

A unos pasos, con su pequeño cuerpo elegantemente ataviado, Eleazar Harbak, estaba encorvado con su cabeza introducida en una apertura de la gruesa columna que recogía los humos de la estancia cuatro, la gran alcoba, y sonreía…Las voces de aquellos perros llegaban claramente hasta él…

-¡Tal y como os lo digo Sigura!-Cárdenas como de costumbre tronaba más que hablaba-¡Ha sido todo una feliz casualidad, por fortuna pude ver a quien otorga el Adelantado de Yucatán el honor de haber salvado la flota de Indias. Ni más ni menos que Álvaro de Sobrarbe!-

-¡Vivo, en Nueva España, y además con honores…!¡Ese hombre es un enemigo del Santo Oficio, y no hace falta que le diga a Vuesa Merced, Don Juan, que lo es también del Duque, nuestro Gran Señor!-

Eleazar podía imaginarse la escena, conocía a la perfección la lujosa estancia en la cual esos bribones trazaban sus sangrientos planes cual si fueran los Filisteos del Libro de Jueces, pero como de la brutalidad de los Filisteos nació la Casa de David, de estos carniceros saldría el Nuevo Reino de Judá, al otro extremo del Mundo. Una nueva Tierra Prometida, un nuevo Canaán, donde los judíos lejos de ser perseguidos impondrían su impronta de Pueblo Elegido. Entornó los ojos dulcemente, así se concentraba más en lo que escuchaba. En su mente se formó la imagen de lo que sucedía unas varas bajo sus pies, como si por el tiro ascendieran las imágenes del concilíabulo albista. Pero lo que no podía imaginarse, era que tras una tupida celosía de acacia, los ojos de tres jóvenes asistían como invitados de excepción a la reunión conspirativa, desde un pasadizo secreto sumido en las tinieblas. Tres pares de ojos asomaban invisibles a la lujosa estancia cuatro de la tercera planta de Casa Velasco. Los espías cuidaban hasta su respiración, mientras no perdían detalle.

Don Juan Quesada dejó la silla para tomar su copa de vino, y picar un pastelito. García de Luque le acercó la bandeja de mantecadas y pasteles. Al fondo, el fuego brillaba vivaracho en el inmenso hogar.

-¡Don Álvaro, vivo…! ¡Cervantes en Sevilla, y complicado en la fuga de ese…!- el potentado albista no pudo terminar.

-!Gustav Steingard…! ¡Un hereje perseguido por los calvinistas por no ser tampoco de su agrado!-Sigura respondió al imponente Quesada.

-¿Por qué se le perseguía…?-la voz del secretario del Duque, se deslizó por la estancia.

-¡Digamos, que formaba parte de un interesante intercambio de favores con el Príncipe de Nassau! ¡Vuesa Merced ha de saberlo, los negocios de nuestro Señor el Duque en Flandes…!-

-¡Basta, Sigura. Sois un torpe. Bien sabéis que las órdenes para realizar estos intercambios llevan mi sello personal. Pero a mi pregunta, debierais haber respondido con un velo de santidad !¡La Inquisición entrega herejes delincuentes a la justicia de los rebeldes, a cambio de la liberación de los santos soldados prisioneros en las sórdidas cárceles de los flamencos herejes y renegados!¡Esa es la respuesta adecuada…!¡En todo momento! ¿Comprendéis Sigura?-

-¡Perfectamente Don Juan, así se hará en lo sucesivo!¡Perdonad pero me he dejado llevar por la confianza!-respondió envarado Sigura.

-¡Hasta las paredes oyen, caballeros!-y Don Juan lanzó una inteligente mirada a su alrededor que heló la sangre en las venas de los espías de ocasión-¡Bien, prosigamos con nuestros negocios…! ¡Tenemos de nuevo a Álvaro de Sobrarbe, o El Lince, como prefiramos, y al poetucho Cervantes entrometiéndose en los asuntos de Estado!-

-¡Si me permitís…-Atienza intervino- más bien parece que El Lince está en Nueva España, refugiado, y su protector es sin duda Gonzalo Dovalle!-

-¡El cual reporta de las hazañas de ese malnacido a Don Luis de Requesens!-terminó Quesada.

-¡En efecto, ese es el contenido de la carta que intervenimos, pero no ha quedado constancia de ello…!-Cárdenas paseó entre los sentados Sigura y Quesada.

-¡He ahí, Don Juan-arrancó García y Luque- que escogemos una nueva misiva para justificar la presencia de amanuense. Y esa misiva está en este pliego junto a la copia de la carta del Adelantado de Mérida de Yucatán! ¡Echad una ojeada!- el ambicioso Don Alfonso se alzó, entregó un pliego a Juan Quesada, tomo una mantecada y volvió a su asiento.

-¡Pueden pagar el apoyo a Carranza, lo de las Alpujarras, lo de Lepanto, lo de Flandes…Todo de golpe Don Juan!-Sigura arrastró esas palabras entre los dientes, al fuego refulgían sus cabellos rubios, los ojos azules hundidos y la cicatriz que cruzaba su rostro.

Quesada hizo ver que no oía a Sigura, con parsimonia abrió los pliegos, los leyó de espaldas a la hoguera de la chimenea, y antes que nada formuló una pregunta que cogió a los presentes de sorpresa.

-¿Y el amanuense?-

-¡Guardará silencio, sabemos cosas que no le conviene que circulen!-Cárdenas pensó en el poca cosa de Juan Linares.

-¡Matadle! ¡Los muertos callan mejor que los “pillaos”!-sentenció Quesada.

Unas varas por encima, el Rabino dio un respingo en la oquedad de la chimenea, se juró por Abraham hacer fracasar todo lo que fraguaran.

-¡No lo creo necesario!- titubeó Cárdenas.

-¡Don Pedro…! -García y Luque se dirigió al Inquisidor – ¡Si su Excelencia, lo juzga necesario!-

-¡Así se hará!-Cárdenas enrojeció a la lumbre bajando su faz en señal de sumisión.

-¡Recapitulemos!-Quesada hizo un gesto con la enguantada siniestra mientras retenía las copias del Oficio con la diestra-¡Localizamos al de Sobrarbe en las Indias, tenemos la intención de matarle…Ha sido el peón más eficaz de Requesens y de los Príncipes de Éboli, alfil o caballo más que peón, diría yo. Ha dejado claros en nuestras filas y ha hecho fracasar nuestros planes en más de una ocasión. Y era, antes de su supuesta muerte, oficial personal de Su Majestad El Rey, no lo olvidemos. Su muerte real ha de ser el certificado de la oficial. Sin voces ni aspavientos. La cuestión y negocios de Flandes, no verán la intervención del Lince. A continuación, por gajes del oficio, llega a nuestras manos información reservada sobre la cuestión de Siete Virtudes, un asunto espinoso, complejo, un escollo entre Su Majestad y Su Santidad. Nuestra posición, como la del Inquisidor General de Castilla aconseja a Su Majestad no importunar a Su Santidad. Tenemos la oportunidad de intervenir en defensa de los clérigos de las Indias, vía Inquisición de Indias, ahí Cárdenas, vós sois la piedra de toque, y de paso, solucionamos el conflicto de Siete Virtudes…Y al final un rosario de asesinatos en el puerto de Sevilla y la fuga de un perseguido que según parece ha embarcado en la incontrolable nao de Santa Cruz, ayudado por Cervantes amigo del capitán de la citada nao! ¿No es eso?-finalizó Quesada.

-¡Tal cual-sonrió como una hiena Sigura relamiéndose en la sangre por verter de su eterno enemigo.

-¡Punto por punto, Don Juan!-afirmó Cárdenas.

-¡Desearía realizar una pregunta!-dijo Atienza, el vizcaíno.

-¡Adelante!-concedió Quesada.

-¡Lo de Flandes…! ¡El negocio!¿De qué se trata?-preguntó.

Un halo de turbación se adueñó de la alcoba. El desasosiego y el misterio, tomaron cuerpo en una sombra que surgió tras una de las columnas melladas del señorial hogar. Correspondía a un hombre alto y nervudo, sin tripa ni grasa. Permanecía en la sombra, sólo una parte de su cráneo era iluminado por las palpitantes llamas que proyectaban su perfil aquilino sobre la pared encalada. El volumen se movió sin hacer ruido,pero la gravedad de su persona se incrustó dolorosamente entre los cuatro interlocutores de Quesada y los tres espías. Quesada sonrió…El recién aparecido se acomodó en un escabel cuidando no salir de la penumbra, y asintió con la cabeza.

-¡No temáis…!-aclaró Quesada a los cuatro caballeros. En “La Coronilla”, Eleazar Harbak, hubiera jurado por unos instantes de denso silencio que algo estremecedor estaba ocurriendo en aquella reunión. Y no estaba equivocado. Tras la celosía, Cervantes, por alusiones, seguía la reunión con más celo que sus dos compañeros. Estaba orgulloso de ser una escollo en el camino de aquellos miserables pero al mismo tiempo, temía estar marcado ya de por vida. Pero la siniestra conferencia seguía…-¡En cuanto a lo de Flandes,digamos maese Atienza, que el negocio es la lana y la guerra…! ¡La cuestión, el dominio y el gobierno!¡Para vuestra información,ya que os batiréis por ello, la lana de las Casas de Alba y de Medina Sidonia, se venden en Flandes, a buen precio…! ¡Las ganancias sostienen las buenas soldadas y rentas de caballeros como Don Antonio de Sigura y engrosan las arcas de Alba. En breve, como Sigura, todos tendréis vuestra renta de las lanas. La guerra es otro negocio, que nos interesa, como a los rebeldes, que jamás concluya. Siempre habrá guerra en el mundo, así ha sido siempre y así debe seguir siendo. Ese negocio lo mantienen los Tercios, no os afecta por el momento, caballeros. La cuestión, está tan lejos de vuestro alcance como el Cielo de los herejes, el dominio de Flandes debe seguir siendo de Castilla, y el gobierno de la Provincia ha de ser de Alba!-La claridad de la respuesta dejó a todos los presentes visibles y ocultos, atónitos y tragando saliva.

-¡Yo también tengo una pregunta!-García y Luque se revolvió en su asiento sin dejar de mirar la inquietante figura que muda les acompañaba.

-¡Adelante!- Quesada concedió de nuevo. Cárdenas miró furioso a sus compañeros, advertía tras sus preguntas ladinas intenciones, avaricia y ansias de provecho. Junto a él Sigura seguía absorto en el fuego, con la mente fija en la venganza.

-¡Siete Virtudes, es un Virreinato!¿No es así, Don Juan?-

-¡Es como vos decís!-respondió Quesada divertido adivinando las intenciones del advenedizo.

-¡Si una de nuestras misiones es reconducir ese dominio a la lealtad hacia Su Majestad y al sometimiento de la verdadera Fe, no veo descabellado que se realice con la autoridad que supone un nombramiento, un titulo de la Nueva España, la capa y espada de la misión encomendada! ¿Comprendéis?-

No se movió un ápice, pero el desconocido en la penumbra, irradió un aliento de desprecio que todos los presentes intuyeron con certeza. Las miradas de todos, a excepción de la de Sigura, se dirigieron hacia el desconocido. Quesada con aire risueño, Cárdenas de vergüenza, los otros dos con desazón, y los tres espías de asombro. La mano enguantada de aquella sombra hizo el gesto de la negación de forma inapelable.

-¿Quereis más autoridad de la que os confiere ser Inspectores del Santo Oficio para las Indias? ¡Nadie puede oponeros resistencia en aquellos dominios de Su Majestad y de nuestra Santa Madre Iglesia!-

-¡Sin dinero no podremos realizar nada…!-La voz de Don Pedro Cárdenas retumbaba- ¡La primera necesidad es la de llevar una buena bolsa!-

-¡La segunda, credenciales de primer orden, Don Juan!- insistió García Luque.

-¡Sería bueno contar con Don Rodrigo Menéndez y gente buena de armas!-

-¡No temáis, tendréis todo ello!-la voz grave, con dicción intachable, y sin acento, ni leonés, ni meridional, delataba una esmerada educación, tanto el tono como su estilo cautivaban al rabino, que espiaba unas cuantas varas sobre sus cabezas, se trataba de un personaje potente, un hombre excepcional el tal Don Juan Quesada, uno de los apoderados del Duque de Alba, y según decían su secretario particular.

-¿Cuando partimos?-terció Sigura.

-¡Mañana, con el alba…! ¡En dirección a Lisboa, embarcareis en una nave de los Caballeros de Santo Cristo,”La Santa Sangre”. Es marinera, adelantareis la flota de Indias. En La Española os pondréis en contacto con Don Francisco Javier de Uribe, le entregareis las cartas de crédito y las credenciales a él dirigidas- Quesada alargó a Cárdenas dos pliegos uno tras otro- y éstas, os acompañarán todo el tiempo, son un aval de la Casa de Alba acerca de vuestra misión, así como unas capitulaciones para intervenir en los límites del Reino Nuevo de Granada, allí donde dicen se halla el virreinato hereje. Ambas credenciales son para ser mostradas, en ningún caso deben ser entregadas. Os abrirán todas las puertas, y arcas!-

Cárdenas parecía una estatua de sal. Tras la celosía, los espías se retiraban, ya sabían todo lo que necesitaban y los detalles finales no merecían seguir corriendo el riesgo de ser descubiertos. Abandonaron su observatorio en el máximo sigilo.

La sombra se alzó en pie rodeada por la oscuridad, largó una bolsa a Quesada, que la cazó al vuelo con seguridad de rapaz.

-Una cosa…!-Sigura,con gesto torcido de boca se encaró a Quesada y al enigmático personaje- ¡El amanuense…! ¡Debemos despachar con él antes de partir!-

Cárdenas sintió un palpito de angustia, la idea de pasar por las armas al pobre desdichado no le era atractiva.

-¡Es cierto, Don Antonio…! ¡Sois meticuloso de veras. Uno de vosotros debe cazar a esa rata de biblioteca, mientras el resto, en Lisboa prepara todo para la partida. Llevareis sólo a Don Rodrigo, las levas de gente, tanto para liquidar a Don Álvaro como para tomar el falso virreinato las haréis sobre el terreno…!-Juan de Quesada había sido muy explicito. Finalmente largó la bolsa a los Inquisidores.

Ya en el pasillo, camino de su aposento, acordaron que Pedro Cárdenas se haría cargo de matar a Juan Linares. Sigura era un conocido agente de la Inquisición, en Sevilla se cantaban coplas burlescas de como Cervantes se le había escapado. El sanguinario espadachín recelaba de que Cárdenas no cumpliera con lo pactado, pero una vez éste le prometió que Sevilla se libraría del amanuense de dudosa reputación, su ánimo quedó sereno y en la convicción de que el incómodo testigo sería convenientemente degollado.

Unas varas por encima de ellos, en La Coronilla, Eleazar había dejado de espiar, en la pequeña almena junto a su amigo hostelero, oteaba el campo mesteño sumido en la oscuridad y moteado de rescoldos, captando los aromas como un cervato husmea al viento…Como intentando percibir cual de los ruines vagos sería el verdugo que le enviarían. Algo le preocupaba, estaba seguro de una presencia en aquella conversación que no había sido identificada…Alguien muy poderoso…Y así se lo hizo saber a su amigo Justo Velasco. El mesonero le miró de hito en hito, y cortó el aire con una voz silbante pero queda.

-¡El Duque de Alba ha venido para velar por la Mesta!-

-¡Este Reino, buen amigo, orienta mal sus negocios de Estado!-susurró el Rabino. Frente a él, Velasco asintió con triste semblante.

No muy lejos, cuatro huéspedes discutían quedamente sobre lo oído, Cervantes estaba seguro de que el misterioso compañero de Quesada era el mismísimo Duque de Alba. Al amanecer se pondrían en marcha, todo esfuerzo sería poco para impedir el asesinato de Álvaro de Sobrarbe.

De este modo, lo que los agudos oficiales de la Inquisición y los estrategas de la Casa de Alba querían mantener en secreto, llegó directamente al Rabino de los judíos y a los rivales de los Alba, los partidarios de los Príncipes de Éboli.

Cárdenas apareció tres días después en Lisboa afirmando haber enviado a Juan Linares al infierno, Sigura le creyó, en el corazón, pero su retorcida mente sospechaba en ocasiones que el hidalgo Don Pedro sentía una debilidad por el amanuense. Cuando el recelo le asaltaba se encogía de hombros, no podía imaginar que Cárdenas fuera desleal.

 

Mientras en su felonía, Sigura y los suyos creían a buen recaudo sus planes, muy cerca de su próximo destino otros planes se urdían y se apostaba por un final bien distinto del que ellos perseguían. El salón del palacio lisboeta de los Éboli contenía una densa atmósfera, rota en contados puntos por palmatorias que veían multiplicado su pálido esplendor a causa de los espejos. El fantasmal ambiente hubiera podido deberse a la terrible enfermedad del Príncipe, pero la actitud de su esposa, Doña Ana Mendoza de la Cerda, con naipes en las manos, y un enroscado de tabaco en la comisura de los labios, así como las innumerables botellas que jalonaban el mantel no eran precisamente señales de pena por el estado de Ruy Gómez Da Silva… El cuerpo del Príncipe dejaba escapar sus últimos atisbos de vida y ella lanzaba penetrantes miradas a sus tres compañeros de partida con su único ojo; bellísimo, por cierto. A su lado, Antonio Pérez, el aragonés, juraría que incluso el parche de la hermosa tuerta destellaba pasión, tanto por el juego de naipes, como por la partida de poder que se estaba ventilando. Y entre una y otra, quedaba tiempo para verdaderas orgías.

-¡Bien, mi pobre esposo está pronto a dejar este mundo …Una misteriosa enfermedad dicen…-había una nota de embriaguez en la voz risueña de Doña Ana.

-¡Eso asegura Don Joao Salcedo, tened presente que además de Arcipreste es un afamado médico!-el monje franciscano que habló, unía a la palidez de sus ayunos un aire ingenuo, pero dos morados en los carrillos señalaban que el vino era una de sus debilidades. Al escucharlo, la Princesa y Antonio Pérez el Secretario del Rey Felipe se contemplaron con la ironía dibujada en sus labios antes de estallar en una carcajada.

-¡No es nada misteriosa, la causa de su estado, hermano monje!- rió Doña Ana- ¡O es su morbo gálico, o cinco dedos de acero toledano al servicio de ese monstruo de Alba!-el franciscano se santiguó. Apuró su vino y miró la mano de naipes, en su mirada se reflejaba el mal juego.

-¡Pero los médicos han dicho…!-protestó Fray Fructuoso.

-¿Qué médicos? ¡Gente a sueldo de la Casa de Alba, o próximos a la Inquisición!-Antonio Pérez borró la leve sonrisa y recuperó su natural expresión, proverbialmente torva. El cuarto presente, un rubicundo gigante con atuendo alegre pero sobrio y aguerrido, asintió con la cabeza.

-¿Veis hermano monje? ¡Tillengstein opina lo mismo!-susurró la Princesa.

-¡Alexander!- Antonio Pérez llamó la atención al lansquenete- ¿Qué opina De La Marck del Proceso…? ¿Es partidario de abandonar a Carranza o le convertimos en un bastión de nuestra causa?-

-¡Para el Virrey, la situación en Siete Virtudes es segura…! ¡Carranza es una causa perdida, el Arzobispo tiene los días contados. En la Corte de Castilla está tan condenado como en el Vaticano lo está Erasmo!¡Hay que dejar que acaben con él y tras eso convertirlo en un héroe…! ¡Mientras los albistas y la Inquisición pierden tiempo y energías en rematar a su victima, nosotros hemos de fortalecer nuestras posiciones!-

Fray Fructuoso no podía dar crédito a lo que oía, se trataba de la vida y honor del Arzobispo como si fuera moneda de vellón, y la verdad que aquél hombre honesto defendía en su injusta prisión no era tenida en cuenta para nada. Las emociones del franciscano no pasaron desapercibidas para Doña Ana, mujer, y por tanto intuitiva y sensible.

-¡Nadie quiere más que yo al Arzobispo, Fray Fructuoso!¡No os engañéis…La Princesa de Éboli no ha abandonado jamás a uno de los suyos, ni a un amigo, ni a un aliado. Pero es que Don Bartolomé está dispuesto a pasar por su Calvario. Lo que está en juego es muy importante!-La Princesa mostró su mano de cartas sobre el tapete de la partida, el Lansquenete Alexander Von Tillengstein rindió el caballo a la reina de Ana Mendoza, y Fray Fructuoso se tuvo que conformar con una discreta sota. Todas las miradas convergieron en el oscuro Antonio Pérez.

-¡La mano es mía, -dijo quedamente al mostrar su Rey de Triunfos- y cediendo a vuestro amigo Carranza,Princesa ganamos la partida y el poder a esa bestia de Duque!-pero el secretario no pudo finalizar porque un sirviente del palacio entró en la estancia y susurró algo a los oídos de Doña Ana. Esta le miro con el entrecejo fruncido bajo el cordón de cuero del parche.

-¿Y dices que se llama Cervantes?- preguntó.

-¡Si, mi Señora!-respondió el criado.

-¡Perdonadme-dijo a los de la mesa-Regreso en instantes!-se levantó y dejó majestuosamente la estancia seguida por el criado, una nubecilla de humo delataba que seguía inhalando del enrollado de tabaco.

Ante la sorpresa de los otros dos, Antonio Pérez dio alguna explicación.

-¡Es un soldado de fortuna, amigo de juventud de la Princesa…Así como de Don Juan de Austria, algo poeta y leal a la causa de Éboli. Pobre de solemnidad pero digno hidalgo!- Había una oquedad en la voz y mirada del secretario de Estado al presentar a Cervantes, el infinito abismo de la envidia se abrió en su alma. Cervantes tenía aquello que a él le faltaba.

En una estancia contigua con los muebles cubiertos por sábanas Cervantes aguardaba, y la Princesa se presentó.

-¡Oh mi buen Miguel, que alegría!-

-¡Señora…!-Cervantes se arrodilló para besar la mano de Doña Ana-¡Aceptad mi sentimiento por la enfermedad que amenaza al Príncipe, os traigo importantes noticias!-

-¡Alzaos amigo mio!- La Princesa le tomó ambas manos con una radiante sonrisa y le obligó a erguirse-¡Ahora decidme eso tan importante!-

-¡Álvaro vive, mi señora!- dijo Cervantes

-¡Como…! ¿Donde?- le urgió la Princesa.

-¡Escuchadme Princesa, a las puertas del Palacio de vuestra Excelencia hay tres caballeros más, que pueden avalar lo que os digo!¡Álvaro de Sobrarbe escapó a la persecución de los albistas,-Ana Mendoza dio un paso atrás, el color abandonó sus mejillas, pero un brillo especial despuntó en su único ojo- está en las Indias, protegido por un Adelantado en Yucatán!¡Pero los agentes de la Inquisición lo han localizado, y planean matarlo con el pretexto de realizar un auto relativo al Virreinato de Siete Virtudes!-

-¿Como sabéis todo eso?-preguntó la Princesa.

-¡Aquí está todo detallado!-Cervantes tendió un pliego lacrado que ella cogió lentamente-¡Ahora, debo partir, estamos preparando el envío de ayuda a Álvaro! ¡Princesa…!- Cervantes hizo una leve reverencia y partió apresuradamente. Ella no le detuvo, se quedó como petrificada y empezó a desplegar los papeles, en pie junto a un candelabro entre muebles tapados en el palacio de Don Ruy, el enrollado de tabaco humeaba olvidado sobre las losas de mármol rosado, de la estancia palaciega.

De regreso a la partida de naipes, comunicó parte de lo revelado en los papeles de Cervantes a sus tres compañeros. Siete Virtudes era el tema central para Antonio Pérez y el Lansquenete teutón, el franciscano seguía reclamando ayuda para Don Bartolomé Carranza, el Arzobispo encarcelado, pero para Doña Ana, el simple recuerdo de Don Álvaro de Sobrarbe turbaba sus sentidos y relegaba a segundo término el resto de cuestiones, escondió sus sentimientos simulando preocupación.

El secretario real y el Lansquenete encontraron la forma de enviar un mensaje a Don Leopoldo De La Marck, Alexander sabía que un ligero navío zelandés recalaba en breve en la Ría de Vigo, para contrabandear, normalmente hacían la travesía hasta las Antillas, pirateaba en alta mar y en alguna ocasión él había atravesado la Mar Océana en ese buque holandés tanto de ida como de vuelta. Era más rápido que las naos castellanas y más marinero. Un mensaje sería entregado si hubiera un interlocutor de confianza en el Caribe. El semblante de la Princesa se iluminó, ella citó a Gonzalo Dovalle, Adelantado de Mérida de Yucatán, tenían amigos comunes. Antonio Pérez asintió, Dovalle era hombre de confianza de Don Luis de Requesens, hombre próximo a los ebolistas encontró inteligente que fuera la Princesa quien firmara el billete que acompañaría la misiva para el Virrey de Siete Virtudes. Ella se felicitó en secreto, pero de la situación de Álvaro de Sobrarbe no dijo nada, era un secreto que quería guardar para si.

Al despuntar el alba, los bronces lisboetas llamaban a oración, y la Princesa de Éboli se retiraba a su alcoba, acompañada por el aragonés que contando con la confianza del Rey de Castilla trazaba sus propios planes.

Tras el juego amatorio, que ambos ejercieron gimnásticamente, trazaron su emplazamiento personal en los acontecimientos que se avecinaban.

-¡Nos vamos a enfrentar a un verdadero despliegue de toda la fuerza del de Alba, Antonio!¡No es prudente que se sepa que estamos tan unidos…!-

-¡Ya he pensado en eso…Podéis permanecer con nuestra amiga la Duquesa de Braganza! ¡No hay que olvidar que Alba proyecta apoderarse de Portugal tarde o temprano, el Rey Sebastián es una garantía de momento pero Dios sabe cuanto tiempo durará! ¡Hemos de dejar claras nuestras preferencias por la Casa de Braganza en la cuestión portuguesa!¡Alba sueña con ser el Virrey de Portugal ,tras conquistarlo a sangre y fuego!-

-¡La Duquesa no es una Dama virtuosa… Sus fiestas no son lugar para una viuda, que será mi condición en breve-dijo esto riendo-He pensado que sería mucho mejor dotar a las Carmelitas de un convento en Pastrana, me retiraré allí. Seré respetada y estaré en “mi convento”, tendré toda la libertad de acción que necesitemos!-

El siniestro amante tuvo que admitir que estaba bien pensado, pero sus facciones delataban que la idea no era de su agrado. Solo de pensar que tendría que profanar un claustro le daba escalofríos, los aragoneses solían respetar más al monacato que al sacerdocio. Ella adivinó que Antonio Pérez estaba a punto de proponer algo más sutil, el secretario real tenía sagacidad para ello y más, pero ella le atajó,espetando secamente que era su voluntad ingresar en las Carmelitas y le ofreció de nuevo su cuerpo, blanco y bello. Pero tuvo cuidado de guardar corazón y pensamientos para un lejano aventurero que según decían se llamaba Álvaro y era de los Sobrarbe, linaje de reyes montaraces y antiguos.

 

La corte española distaba mucho de las licencias que se permitían otras como la portuguesa y sus añadidos, alejada de los placeres de la vida, en apariencia, y obsesionado el Rey de las Españas en la salvación de sus muchos estados esparcidos por el planeta, la corte había dejado cualquier villa para instalarse en un extraño proyecto que Felipe había concebido para sellar su monarquía universal conmemorando la victoria en la batalla de San Quintín. Aquél sueño del monarca era una magnífica construcción, una maravilla dedicada a San Lorenzo. Los pasillos de San Lorenzo El Real, eran imponentes, los pasos resonaban con fuerza, las obras reiniciadas por el maestro Herrera estaban casi terminadas. El Rey había decidido unificar el Palacio y el Templo… Decisión extraña para muchos, pero Juan de Herrera la comprendía y compartía. Felipe era el Salomón de aquellos aciagos días… Quien mejor que él para vigilar el Templo de los Templos, emplazado en lo que según decían los geografos de la Corte era el corazón de las Españas, cerca de Madrid, en el El Escorial. Alguien en Salamanca desaconsejó el emplazamiento y negó su exactitud, pero el Rey masculló algo de geografía sagrada que cerró toda nueva especulación. En esto ocupaba la mente el Maestro Herrera mientras recorría el largo y alto pasillo que conducía a las estancias del Consejo, en la Cámara contigua al Archivo de Códices, y con acceso a la monumental biblioteca. Aquella noche era voluntad del secretario del Rey que él, un modesto Maestro, asistiera al Consejo de los Viernes.

El eco de sus pasos, resaltaba la absoluta soledad en la que recorría su camino, la oscuridad circundante resaltaba su figura merced a una débil luz ambiental, mezcla de reflejos lunares entre las salas hipóstilas y titubeantes hálitos de lámparas votivas de aceite. Juan de Herrera vestía con la sencillez de los Maestros de Obras, en una bolsa de costado llevaba sus herramientas, a nadie se las mostraba, formaban parte del secreto de su oficio. Calzaba unas botas recias que producían un auténtico retumbar en aquellas paredes, cruzaba la galería en la que los artistas pintaban al fresco la hazaña de San Quintín, todavía no se podía ver nada.

Ignoraba por completo la intención de Antonio Pérez al convocarle al Consejo, de hecho su opinión no podía coincidir con la de los hombres del Consejo de Estado…

-¡Ah, el día en que haya un solo Pueblo Cristiano, un sólo Soberano, una sola Armada, -pensaba para si Herrera- tal y como desea nuestro buen Rey Felipe y como deseó su padre el César Carlos, un Imperio para los Cristianos, una República en el Mundo a imagen del Reino Celeste!¡Algo deseado por nuestros Reyes, incomprendidos por los Papas, y en nuestros días la locura de la Reforma de Lutero…Y tantos otros, que piensan unicamente en errar a ultranza, desgajan sangrientamente pueblos y naciones. Qué lejos estamos del sueño de la unidad, qué lejos de volver a levantar templos y palacios en cualquier lugar de la Cristiandad sin temor a ser asaltado, detenido o asesinado!-aquellas nobles reflexiones se vieron interrumpidas por la visión de la portezuela que abría la Cámara del Consejo de los Viernes.

Herrera recordaba con satisfacción, el encargo del Rey, una Cámara para reflexionar, para recordar la Pasión de Cristo, un cubículo en donde unir muerte y nacimiento, miseria y gloria, derrota y victoria…Un corazón en donde se canalice la voluntad mística de la misión Real hacia todos los puntos, aún los más recónditos de la Corona. No era un encargo fácil, pero recordó una cámara de extrañas dimensiones, en la que los Maestros del Tribunal de Estrasburgo dirimían sobre el espíritu de las leyes que regulaban los Gremios de todo el Imperio. No hablaban de la longitud de la vara, sino de la esencia de la madera de la que estaba tallada y de los aceros que la esculpían; e hizo la Cámara de los Viernes como la de los Maestros de Estrasburgo.

Cuando supo que Su Majestad había ordenado decorar la Cámara con un grabado de Durero y un retablo del Bosco, supo que el Monarca y el Maestro estaban en completa armonía, al menos en España ese principio de unidad se había logrado.

Mientras se adentraba en sus convicciones, iba pisando con más fuerza y las losas devolvían la fuerza de aquellas en forma de resonante eco. La portezuela de marquetería castellana se abrió levemente, le esperaban…

Subió los tres primeros peldaños anchos, giró y marcó los cinco siguientes escalones que en pequeño caracol daban acceso a la cámara.

-¡Bienvenido Maestro Juan!-el enjuto secretario del Rey acogió a Herrera- ¡Os presento a padre Arias Montano, uno de los padres espirituales del Reino, al Padre Roberto de los Jerónimos de San Lorenzo el Real, a Don Hugo de Pinós, Gran Maestre de los Caballeros de Malta y Rodas, Don Luis Bermúdez el Canciller de Cuentas del Rey, y a Maese Vicente Armenter, el Sindico de los Gremios de Aragón, Barcelona y Valencia… ! ¡A mí ya me conocéis!- Herrera fue saludando con una leve inclinación de cabeza a los presentes que le observaban en sus asientos. Al mismo tiempo se hizo una composición de lugar respecto a la reducida asamblea. Hubo un momento de silencio y Antonio Pérez prosiguió…

-¡Lamentamos la ausencia de los Príncipes de Éboli, yo mismo he vuelto recientemente de los dominios de Don Ruy…Su esposa está desconsolada. Suponemos que en breve nos veremos honrados con la presencia de Don Francisco, Duque de Alba y digamos…Los otros miembros de este Consejo, el mismo Rey, que Dios guarde, tiene previsto asistir. Tomad asiento!-

Los presentes formaban parte en su totalidad del partido ebolista, Herrera era consciente que representaban una opción permisiva en lo religioso, partidarios de la imprenta y defensores de los fueros de cada Corona del Rey Felipe, Aragón, y sus posesiones del Mediterráneo estaban bien representadas. Los que vendrían luego, eran los Grandes de España, la sangre vieja de León y la dureza inquisitorial.

-¡Antes de que dé comienzo el Consejo quiero informaros de que agentes de los Alba están al corriente de Siete Virtudes, y actuarán en su contra!- el secretario del Rey entró en materia sin preludios-¡Es para ellos necesario mantenerlo todo bajo control, y en el caso de Siete Virtudes, las quejas de un Padre Prior han dado alas a las ansias de intervención albista!-

Herrera estaba asombrado de la claridad con la que Pérez se expresaba, sin temor alguno y sobre asuntos que se presumían graves, se sentía incómodo e intentó desaparecer de aquel trance.

-¡Señor Secretario, yo ignoro qué asunto, es el que llamáis de las siete virtudes, y por tanto, mi presencia aquí, está de más!-

-¡Nada de eso,Maestro Herrera…!¡Vos como yo conocéis la idea que tiene Nuestra Majestad El Rey del Universo…Por Dios Santo, estamos en San Lorenzo El Real, vos estáis terminando este Palacio…!¿O quizás es Monasterio?¿O Templo? ¡O…Todo ello al mismo tiempo y de una vez!-

El Maestro de Obras se sintió sorprendido en sus más íntimos pensamientos. Aquél aragonés era un demonio de astucia.

-¿Quizás esta misma cámara- prosiguió Antonio Pérez- no está cargada de símbolos, de intenciones, y de una voluntad, Regia en este caso, de como debe ser el Mundo? ¡Mirad,ahí están Durero, y el Bosco… Y estas paredes, el polígono de la estancia, el mosaico, la escalera de acceso…Como en Estrasburgo! ¿O, no es así? -Herrera le miraba de hito en hito. El secretario del prudente Rey Felipe prosiguió.

-¡Los Reinos cristianos y el Imperio, están viviendo una pesadilla, Don Juan! ¡Lutero abrió el avispero de la Iglesia, la herida en la Cristiandad es un nuevo Cisma, Erasmo quiso restañar la herida antes de que fuera demasiado tarde, pero no…! ¡El Concilio de Trento, el orgullo del Papa, o se está con él, o se está contra él!¡Y él, siempre tiene La Verdad!¡Por Dios es un discurso dominico que quemó medio mundo!¡Se han empeñado en que nos matemos los unos a los otros por ver si Dios está con el Obispo de Roma, o con Lutero, o con Calvino…! ¡Padres contra hijos, hermanos contra hermanos, súbditos contra soberanos!-

Algo repuesto Herrera respondió.

-¡Eso es Teología Maese Canciller…! ¡Y yo no soy más que un constructor!-dijo sonriendo.

-¡Y un cuerno!-el secretario del Rey soltó la inconveniencia sin alterarse-¡Estoy hablando de súbditos y soberanos, Maestro Herrera.! ¡Y eso…! ¡Es política!-

-¡Bien, yo tampoco soy un noble, ni un canciller, ni nada parecido…!-replicó de nuevo.

-¡No, no sois nada de eso!¡Pero vos estáis terminando el palacio del soberano más poderoso de la cristiandad, que a la vez, es el Templo que dedica a Dios, y el Monasterio donde quiere ser sepultado!¡Y no albergo la menor duda de que habéis interpretado a la perfección la voluntad y la visión de Su Majestad!¡El mismo, me lo ha manifestado… Así pues, tenéis un lugar en esta cámara y en este Consejo!-El resto asintieron, Antonio Pérez tenía la expresión de esperar una demanda, que efectivamente no se hizo esperar.

-¡Pero..! ¿.Este asunto de las siete virtudes?-inquirió el nuevo miembro nato del Consejo de los Viernes.

El secretario no dejó que nadie le tomara la vez.

-¿Sabéis por qué se retiró realmente el Cesar Carlos?-

-¡Para orar en sus últimos días!-repuso Herrera.

-¡Esa es la versión oficial, en realidad es un secreto de Estado, que esconde una maldad romana y la venganza de los descendientes de la Cancillería de Valladolid! ¡Jamás le perdonaron que fuera un hombre abierto de mente!-

Se hizo un silencio sepulcral, nadie osaba hablar sobre el fin del César Carlos. El secretario prosiguió.

-¡Nuestros Soberanos, no admitieron que un Obispo, aunque lo fuere de Roma, les hiciera faltar a sus obligaciones para con fieles súbditos, aunque estos tuvieran fe protestante…!¿Comprendéis Herrera?-

-¡Si no os explicáis con más claridad, no!-osó decir el Maestro de Obras.

-¡Maldita sea!¡Seré más conciso!¡Hay fieles de nuestro Rey que están proscritos por la Inquisición!¡La Justicia Real debería aprenderlos y conducirlos a la hoguera, pero han sido fieles al Rey, y Su Majestad los ha protegido de tanta estupidez!¡Hay un Virreinato en las Indias, Siete Virtudes se llama, que es un dominio Real, y secreto, ni Roma, ni determinadas instancias del Reino de Castilla pueden actuar allí. Fieles a su Majestad, perseguidos en este viejo y absurdo mundo encuentran allí el medio de seguir sirviendo a la Corona y rehacer vida y hacienda! ¡Esto es lo que ese buitre de Francisco Álvarez de Toledo, el Duque de Alba, pretende hundir, quemar, exterminar…! ¿Entendéis ahora?-

Herrera tragó saliva.

-¡A la perfección!-

-¡Y yo, -siguió el aragonés- estoy empeñado en impedírselo a toda costa, en un acto de suprema lealtad a Su Majestad!-

Herrera asintió con la cabeza, en sus ojos, Antonio Pérez leyó que el constructor estaba con él, no podía ser de otro modo, pues el Maestro de Obras era conocido por su liberalidad y poca afición a los “tejemanejes” del Santo Oficio, como casi todos los de su cofradía.

El estruendo de numerosos pasos en el corredor anunciaba la llegada de otros miembros del Consejo.

-¡Ahí llegan!-susurró Antonio Pérez.

Se abrió la portezuela e hicieron acto de presencia cuatro personajes, el primero sobriamente ataviado era Francisco Álvarez de Toledo, Duque de Alba, su condición era visible por su porte, por ir cubierto en Palacio Real, y por el Sello de Grande de España. Tras él desfilaron, Alonso de Guzmán Duque de Medina Sidonia, elegante y joven, el Canciller de Castilla, y el temible Inquisidor General de Castilla, su irrupción venía acompañada de un cierto desdén hacia los presentes reflejado en las miradas de arriba a abajo. El secretario del Rey no se dejó intimidar y se dirigió a los recién llegados.

-¡Tomad vuestros sitios, Su Majestad no puede tardar…!-dijo.

-¡Su Majestad no acudirá a la reunión esta noche- el Duque de Alba sin sentarse lanzó airado la negación como si disparara una saeta al corazón de un enemigo- En estos momentos disfruta de un merecido reposo en la Sala de Banquetes, en los últimos días, en los que vos, por cierto, habéis estado misteriosamente ausente de vuestro gabinete y lejos de Su Majestad el Rey, él se ha visto aquejado por un extraño mal, melancolía quizás…En estos momentos se halla reponiéndose merced a consejos bienintencionados de vasallos cuya sangre no es tan distante de la Real como la de Vuesas Mercedes, gallardos y afortunados villanos, gentes adelantadas de oficio, misión trabajosa y cuna baja!-dijo todo esto sin disimular el ánimo firme de ofender.

-¡Vuestra sangre Señor Duque es roja,como la de todos los presentes… Aquí hay gentes de Dios y de Su Majestad El Rey, que no nos asusta realizar duros trabajos, la lealtad es nuestro sello,y forjado en la voluntad y recto albedrío, el vuestro es la cuna, alta por cierto y de la cual debisteis caer cuando erais aún de nodriza, por lo que vuestra razón y cordura escaparon de vuestro cuerpo, dejando abiertas las puertas del alma de Vuesa Merced al demonio que desde entonces, lleváis dentro!-el aragonés respondió sin pestañear aguantando la mirada encendida del Duque, sin vacilar. El de Alba estaba cobrándose las gestiones que el aragonés realizara para relevarlo del mando en Flandes, pero éste no iba a ceder ni un ápice frente al despótico Duque..

-¡Por Dios, Señores no empecéis de nuevo! ¡Este Consejo no puede celebrarse si Su Majestad el Rey no está aquí para moderar vuestras puyas!-el padre Roberto, confesor excepcional de Felipe, el Rey prudente, terció.

-¡Este Consejo debe celebrarse, Padre Roberto!-sentenció Antonio Pérez.

-¡Estoy de acuerdo Maese Secretario, especialmente si no están Doña Ana y su esposo, el Príncipe…! ¡Tomemos plaza!-el Duque sonriendo por sus últimas mordacidades aludiendo al enfermo Príncipe de Éboli indicó a los que venían con él, que se sentaran. Y lo hicieron.

-¡Veo Maese Secretario, o preferís Gran Amanuense…! ¡Que habéis traído un nuevo consejero,el Maestro Herrera!¡No os será de la misma utilidad que la Princesa de Éboli!¡Lo suyo son los andamios y los arbotantes, no los asuntos de Estado…! ¡Pero además, no gusto de su arte, prefiero otros estilos pensados para la nobleza, en este tiempo nuevo, en que toda la piedra no es para Dios, ni para el Rey, algo queda para los grandes que son el Escudo de la Corona…! ¡El hombre de nuestro tiempo, Maese Herrera proyecta su grandeza en su entorno…! ¡Fijaos en La Toscana, o en Francia, no se realizan grandes catedrales, ni monumentales castillos,vuestra cofradía tiende a estar exenta de labor!-este fue el cálido saludo del Duque al Maestro Herrera.

-¡El hombre de la Antigüedad, Duque, deseaba ser como Dios! ¡El de nuestros días se resigna en su triste realidad a comportarse como un cerdo!-la respuesta del maestro de obras no se hizo esperar.

-¡El Rey, Maese Herrera, es de nuestros días…!-el Duque sonrió.

-¡Su alma, su pensamiento, su fe, son de un tiempo eterno, lo sé y muy bien, vos no podéis ni tan sólo barruntarlo!-la nueva respuesta de Herrera complació mucho al secretario del Rey, que de todos modos quería tratar otros temas.

-¡Dejadlo, esta espesa discusión sobre el tiempo y su grandeza no ayuda en nada al que nos ha tocado vivir!¡Hay otros negocios de Estado que procurar hoy!-

-¡Lamento coincidir con el Secretario, pero así es!- El Duque se dirigió a sus amigos del Consejo.

-¡Bien, Don Francisco- arrancó Antonio Pérez- vuestra gente, ha husmeado en un asunto que Su Majestad considera fuera de vuestras atribuciones! ¡ Agentes próximos a vos, y al Santo Oficio, andan a vueltas con el Virreinato…!-

-¡De Siete Virtudes! ¡Su Majestad, jamás me ha prohibido investigar en esa zafiedad torpe!-el Duque cortó al Secretario.

-¡Porque nunca os ha hablado de ello…!-sentenció el aragonés.

-¡Cierto!-reconoció Alba.

-¡Así pues dejad ese asunto!- Pérez estaba imponiendo. Su voz no admitía una negativa. Se estaba jugando con la debida obediencia al Rey. El Duque se tomó unos momentos.

-¡Nada más sencillo para Alba, mi gente, como vos decís no hostigará a De La Marck en las Indias…! ¡Otro negocio les puedo encomendar en Yucatán que la búsqueda de un virreinato fantasma! ¡Pero…! ¿La Santa Inquisición, podrá vivir con la evidencia de la herejía en los confines del Reino?-el Duque se giró hacia el Inquisidor General.

-¡Deberá hacerlo, o no será leal a Su Majestad!-Antonio Pérez no dejó la menor oportunidad al Inquisidor para lanzar el discurso de la salvación del Reino.

-¡Sea, Maese Secretario, Siete Virtudes no existe!¡Pero Portugal si, y de Portugal Su Majestad, no os ha dicho nada, me consta. Y a mí si! ¡Defiendo sus justas ambiciones de linaje!¡Si no retiráis a vuestras gentes de Portugal, no seréis leal al Rey!- En un quiebro el Duque proponía canjear el lejano tema de Siete Virtudes, por un proyecto definido y cercano; Portugal. En el cual quería total libertad de movimientos.

-El muy zorro-pensó el aragonés.

-¡Estamos en la obligación Duque!-dijo Antonio Pérez.

-¡Estamos, Secretario Real!-sonrió Francisco Álvarez de Toledo.

El Consejo prosiguió, se tocaron Flandes, el Secretario ganó el pulso, el Milanesado, ahí algo arrancó el de Alba, en los temas de La Mesta, terminaron en tablas, las relaciones entre el Primado y las Ordenes monacales, todos estaban de acuerdo. Aragón sacó adelante dos acuerdos sobre aportaciones, Alba recibió garantías sobre la Orden de Calatrava…Todos hablaron distendidos, los temas espinosos habían constituido el entrante. Juan de Herrera no entendía gran cosa excepto que aquél envarado personaje y su séquito, no dudarían en romper sus palabras si ello les reportaba alguna ventaja, y sospechaba que Antonio Pérez no andaba muy lejos de esa catadura.

Finalizado el Consejo, Alba y los suyos cruzaban el sereno patio de San Lorenzo el Real a la luz de la luna llena. El carruaje les aguardaba.

-¡El Rey Felipe a estas horas se divierte con gentes, bufones, venidos de la Casa de idos de Zaragoza!¡Se lo aconsejé yo mismo!¡El Secretario aunque aragonés es más aburrido, y el Rey ya está hastiado de tanto asunto de Estado y tanta majadería!¡Nada hay como una guerra, o una juerga…! ¡En esa suciedad, el seso halla el camino de la grandeza, guerrear y holgar, dar la muerte, y dar la vida. Todo es así en el Mundo!-el Duque sonriendo palmeaba el hombro de su igual Alonso de Guzmán.

-¡Pero…Con esa gente!-el joven Duque de Medina Sidonia hizo un rictus de repugnancia.

-¿Quién creerá a una loca, Don Alonso?-las palabras del Duque sonaron quedas y no hallaron eco, todo lo que convenía a una confidencia.

-¿En verdad renunciáis a asaltar el dominio de De La Marck, en Las Indias?- preguntó el Inquisidor General.

-¡Vuestros oficiales ya han partido, y la causa se va a emprender desde Nueva España! ¡Nosotros estamos al margen, cuando ese insufrible aragonés sepa que los de Siete Virtudes han corrido la misma suerte que los hugonotes de La Florida, ya no podrá hacer nada! ¡Serán hechos consumados!- la voz del Duque, queda y sinuosa fue extendiéndose por corredores y salas como las insidias y conspiraciones de aquél reino, el más poderoso del mundo…

En ese justo momento resonó en los corredores abiertos que comunicaban los patios y dependencias del monasterio real, un grito amenazante, seguido de una respuesta cortante y negativa que fue rematada con un sonido que sin duda era un golpe.

-¿Qué ha sido eso?- dijo el de Medina Sidonia echando mano a su espada.

-¡Tranquilizaos, Guzmán…!- el Duque de Alba le detuvo el brazo- ¡Es un bergante que está siendo juzgado!-

-¿Un bergante aquí, en éste templo, en éste palacio?- preguntó el Inquisidor General.

-¿Habéis oído hablar de los hermanos De Santiago?- respondió con flema y cruel expresión el de Alba- ¡Ambos son judíos conversos, marranos, y nigromantes! ¡Están con ese protegido del Rey en esa infame destilería de Aranjuez, pactando con el diablo!-

-¿Y…?- el de Medina Sidonia, preguntó sin dejar el pomo de su espada con expresión de ansia.

-¡Pues…!- prosiguió el Duque de Alba, deteniéndose- ¡Que unos buenos cristianos, que por cierto trabajan en la obra de este templo magnífico, y que contrató el maestro Herrera, le están tomando la confesión y administrando los últimos sacramentos!-

Tras las palabras del de Alba, un segundo alarido resonó en los patios.

-¡Pero a ese hombre parece como si lo mataran!- murmuró Alonso de Guzmán, el Duque de Medina Sidonia.

-¡Si no accede a liberar el diablo que lleva en el cuerpo…!- apuntó el Inquisidor General.

De nuevo, el eco de carreras y un tercer golpe. No hubo en aquella ocasión alarido…

El grupo escuchó el postrer golpe, un golpe pesado, como un mazazo, y tras él una exhalación. Nada dijeron, la muerte rondaba por aquellos patios, sin apresurar el paso, como correspondía a su condición, el grupo de notables prosiguió su marcha hasta llegar a la caballeriza, en donde les aguardaban las carrozas que habían de llevarlos a la villa de Madrid, donde seguirían sus tratos, negocios y maquinaciones, ante una bien surtida mesa.

La guardia del palacio descubrió al amanecer el cuerpo de un hombre que fue reconocido como Juan de Santiago, hermano de Diego de Santiago que visitaba a menudo a Su Majestad El Rey. Dicho hombre residía en el Real Sitio de Aranjuez, y laboraba allí con sabios traídos de Francia y de los principados tudescos, en negocios que el vulgo y los púlpitos tildaban como más próximos al infierno, que al mundo de los hombres.

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  • admin at 17:59

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