»
Guardar punto de lectura actual
Recuperar punto de lectura guardado
¡Punto de lectura guardado!

I. Las conspiraciones

De cómo fue divulgado el secreto confiado por el César Carlos a su hijo Felipe.

Mientras el de Alba y los suyos, intentaban gobernar los destinos de los reinos españoles, en el vecino Portugal, los muelles lisboetas habían sido testigos del embarque de una comitiva de pintorescos personajes. Cuatro inquisidores al servicio de los Alba, un príncipe judío sefardita, convenientemente disfrazado y enrolado como barbero, que los vigilaba, un noble levantino que por sentido de la aventura y la generosidad propia de sus años llevaba un pliego para un desconocido… Las velas del bajel de los Caballeros de Santo Cristo, blasonadas con la cruz paté de los Caballeros de Palestina les acogían a todos por igual para depositarlos al otro extremo del mundo. En la cubierta un severo capitán luso, de la Orden de los Caballeros intuía tras sus pupilas dulces de color miel que aquél no era un viaje como los demás.

Y algo más al Norte, en una ría frente a las islas Cíes, donde las nieblas matinales sugerían a los marineros la presencia de brujas y magos, un ligero navío zelandés embarcaba a un robusto agente de Antonio Pérez y de Doña Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. Las voces de los marinos holandeses rompían la niebla sumándose al sol que tras los montes urgía a los piratas del Mar del Norte a alejarse de las costas del Rey Católico.

 

Lejos de la costa española que miraba hacia Las Indias, en el centro del Mediterráneo, por aquellas fechas de finales del verano de 1573, tenía lugar el tradicional cónclave de la Curia romana en la que los príncipes de la Iglesia Católica, intentaban inspirar la política del Papado durante el futuro inmediato. A muchos de los miembros de la Curia romana, les gustaba el Castillo de Sant Angello, les recordaba la capacidad de resistencia del Papado ante las intolerables exigencias del Emperador, en las almenas de la fortaleza pontificia Cellini guerreó contra las huestes del César Carlos, para muchos de los cardenales, un tudesco más…Que para mayor abundamiento devino en Rey de los españoles. Si el recuerdo de los grandes emperadores alemanes Stauffen erizaba el cabello de la nuca en las dependencias vaticanas, la reciente memoria de un Papa español, “porco, marrano e catalano” bromeaban los genoveses, provocaba un rechazo tan fuerte que superaba al miedo. Carlos, representaba ambas cosas, al Imperio alemán y a lo español. Por ello, el reducido cónclave primaveral se celebraba en el gran reducto anti imperial, y el Imperio aquellos momentos tenía acento español, a pesar de conservar su celo teutónico.

El Consejo Capitular del Papa estaba reunido…El lugar era seguro, los guardias suizos al servicio del Papa estaban pagados por las comunas piamontesas y el Rey de Francia, que odiaban por igual a españoles y alemanes. En la sala los retratos manieristas conferían a las paredes el carácter de espejos del linaje cardenalicio. La mesa era un óvalo, el Papa estaría ausente, según su costumbre. Aquel Consejo le prepararía a distancia un juicio claro sobre la posible excomunión de Felipe, hijo del César Carlos. Los cardenales de origen secular en su mayoría italianos y franceses estaban a favor, los Dominicos y Jesuitas, sin distinción de cuna, defendían a un Rey cuya máxima obsesión era salvar sus Estados ante Dios.

-¿Y el Papa? ¿Quién entre sus Ilustrísimas ha pensado en la opinión del sucesor de Cristo?-Acquaviva era una voz discordante respecto a sus compatriotas. Pero él era de los pocos que conocía en profundidad la real voluntad del Pontífice católico.

-¡Ya sabemos cuales son los sentimientos de Gregorio XIII, fue Legado en España…! ¡Pero no son sus sentimientos lo que este Consejo ha de debatir, sino la decisión del Vicario de Cristo en el Mundo!¡No es Gregorio, es el guía de la Iglesia el que va a decidir!-El Obispo de Orleans sabía ser mordaz cuando se trataba de un asunto concerniente a los Haubsburgo.

-¡Vuestro Rey Carlos haría bien en solicitar ayuda a Felipe para vencer a los protestantes que atestan Francia… Algo que no se había visto nunca, la Católica Francia infestada de herejes!-de origen jesuita, el Cardenal Arista era tenido como un ariete contra las dudas vaticanas en favor de tal o cual Soberano.

-¡No los mantiene en España, pero los envía al Nuevo Mundo, para infestar a la multitud de salvajes en contra de nuestra Santa Madre la Iglesia…!-Adrianno de Volturno un veterano adversario a los intereses españoles alzó su voz-¡La misma Inquisición ignora que en América, Felipe ha instaurado un Virreinato en honor a Lucifer, en donde judíos, luteranos, erasmistas, calvinistas y toda suerte de aberrantes monstruos, enemigos de Dios viven y procrean!¡Hasta Roma ha llegado esa abyección gracias a un mensajero de los Cartujos!-

-¿La Inquisición ignora?-Torcuatto Lucciano, un encendido dominico protestó enérgicamente-¿Quién no nos dice, que todo es una conspiración contra el prudente monarca?¿Como se llama ese Reino de Satanás?-

-¡Siete…Siete Virtudes!-balbuceó Adrianno.

No hubo carcajadas entre los defensores de Felipe, pero si sonrisas de complacencia.

-¡Curioso nombre para un Estado impío! ¿No creéis?-dijo dulcemente Arista.

Entre los cuatro cardenales contrarios al monarca español, cundió un momento de desazón que Acquaviva lo aprovechó.

-¡Es momento de serenar nuestras conciencias! ¡Hemos de juzgar por actos, no por rumores!¿Donde consta Siete Virtudes?-

-¡En el Infierno no!- sentenció Lucciano.

-¡El nombre es un vil engaño!-el de Orleans salió en defensa de su colega toscano.

-¡Basta! ¡Se requiere más que una misiva llegada a Roma a través de Francia y de origen dudoso para excomulgar a un monarca que…!-Acquaviva miró en su entorno, a unos y otros, rechonchos cardenales que lucían manos enjoyadas y capas púrpura bordadas en oro y plata…El en cambio, romano de nación, no estaba ni consumido por ayunos y penitencias ni seboso a causa de la gula satisfecha. Una cabeza bien dotada, un carácter sereno, mirada penetrante, leía tanto al de Aquino como a Platón…! ¡Se sintió satisfecho de si mismo antes de proseguir-¡Es el único dispuesto a devolver Inglaterra al redil de la Fe Romana!¡Eso si que es importante…!¿Queréis excomulgar al Rey que prepara la devolución de Inglaterra a la Madre Iglesia?-el Consejo enmudeció. Acquaviva miró desafiante a los cuatro cardenales que pretendían la excomunión de Felipe. Luego se fijó en el retrato del Papa Pío que presidía la chimenea de la sala del Consejo. Sonrió más allá de la comprensión de los defensores de Felipe de España.

Al otro lado de la faz retratada de Pío V, en una cámara adjunta, Gregorio XIII espiaba su Consejo a través de los ojos de la pintura que representaba a su antecesor en el Trono de Pedro, que por cierto fue contumaz adversario de Felipe. Los orificios practicables en los ojos del retrato permitían a Su Santidad saber del Consejo antes de que éste le presentara sus conclusiones.

Horas más tarde, en las estancias del Papa, éste y su Secretario el Cardenal romano, cenaban un caldo vegetal con pan y uvas… El fuego al fondo, sobre una mesa la partida de ajedrez que Su Santidad sostenía con el Embajador de Carlos, Rey de Francia.

-¡Es preciso que Felipe aplaste los rumores sobre ese virreinato en las Indias! ¡Eso le puede perjudicar…!-ordenó Gregorio.

-¡Esa historia no tiene consistencia, Felipe no debe saber nada de eso!-el Secretario papal le quitó importancia al chisme de altos vuelos.

-¡El Virreinato existe!-aseveró el Papa-¡Aún cuando Felipe no lo supiera, extremo del que no estoy seguro!¡Haced llegar a Felipe, por la amistad que siento por él noticias de todo esto y de lo que le perjudica, tanto como le beneficia su proyecto de Inglaterra!-

Acquaviva tragó saliva y asintió en silencio.

 

 

Cervantes estaba de vuelta en Sevilla, con un encargo de Doña Ana, que ella se había cuidado de indicar era urgente, pues la vida de un buen hombre dependía de nuevo del veneno o las dagas de los de Alba. En casa de Silverio, Miguel siempre había estado seguro, y a pesar de las faenas que había hecho unas semanas antes en Sevilla, a mediados de Mayo con el movimiento de la flota y todos los protagonistas de la conspiración albista en plena agitación no debía temer nada. Y así, en esa convicción y aspirando la brisa con aromas a jazmín, Cervantes degustaba un vaso de vino con el sabor que solamente se daba en Andalucía, con la tranquilidad de que Sigura estaba embarcado rumbo a las Indias Occidentales, y de que bajo su disfraz de mendigo, Juan de Quesada no le reconocería.

Aspiró con fuerza el aroma que ascendía desde la boca del vaso, evocó.a continuación, la segunda entrevista con Doña Ana. Estaba radiante al saber que Álvaro estaba vivo, y le había dado un mensaje… Para el Rey de los mendigos de Sevilla, le dijo. El caballero, se encogió de hombros bajo los andrajos y apuró de un trago el fino. Acto seguido se levantó abandonando el patio andaluz y saliendo al atardecer por la puerta de la callejuela sin saber qué rumbo tomar.

La calle de las Parras, descendía hacia los muelles escalonadamente, y con trazo sesgado, aquí y allá, puentes encalados provocaban oscuros pasadizos, refugio del sol abrasador del mediodía y guarida de ladrones y pícaros al caer la noche. Los tenderos de fruta no habían recogido aún las tablas sobre las que la fruta temprana de Andalucía esparcía un aroma dulzón.

En una esquina, bajo uno de los pórticos morunos, y junto a una pequeña tabla de frutas, Miguel fue abordado por un jovenzuelo cubierto de harapos.

-¡Aquí no vuelvas nunca más, este es mi puesto maricón!-el muchacho propinó un solemne empujón que dió con el manco en el suelo.- ¿Nadie te ha dicho que en Sevilla no se mendiga donde uno quiere?-

El mendigo se abalanzó sobre Cervantes antes de que éste se hubiera repuesto, una lluvia de golpes sin fuerza pero con mucho ruido acompañaban las voces del joven.

-¡Te voy a deslomar intruso! ¡Me cago en tus muertos…Querer quitarme el puesto, a mí!-

De espaldas al suelo, Cervantes no tenía dificultad para parar los inofensivos bofetones que llovían sobre sus hombros y palmas..El grueso tendero acudió en su ayuda.

-¡Déjalo ya, Rincón…Este pobre no te ha hecho nada!- El gigantón agarraba por el cuello las ropas del pordiosero que se asía a Cervantes, y seguía golpeando, otros vecinos acudieron, el griterío era agudo y ridículo. Cervantes era el único que veía la pared en la que estaba el mostrador de frutas y quesos… Una ágil figura aprovechando el tumulto, abrió su sucio manto y arrimó con todo lo que pudo, algunas naranjas rodaron calle abajo. El mercader de la Parra, al verlo cayó en el engaño.

-¡Malditos ladrones, Rincón hijo puta, me las vas a pagar todas juntas…!-Los bofetones eran de veras ahora. El gordo frutero, rojo de ira, castigó las orejas del picaruelo que se revolvió escabulléndose del diluvio de pescozones. Dos vecinos empezaron a bastonazos… Cervantes se encogió como un gato evitando las manazas del frutero que ahora venía por él y lanzó su cuerpo adelante propinando un cabezazo en el esternón del comerciante que rodó blanco por el suelo, de una patada voló uno de los bastones… Aquello era inesperado, los justicieros populares se apartaron en semicírculo, el harapiento barbudo sabía luchar, quizá llevaba una navaja y todo, los bastones estaban en alto. El ladrón de fruta había desaparecido ya, y el llamado Rincón aprovechando el momento de duda de los vecinos, tiró del brazo de Cervantes y ambos salieron huyendo por la Parra hacia abajo.

Unas bocacalles más abajo, Rincón hizo un quiebro y seguido de Cervantes penetró en un tugurio, cruzaron la sala como una exhalación y se hallaron en una oscura trastienda.

-¡Jopé Rinconete…Hay que ser más ligero! ¿Quién es ese?- el ladrón de fruta señaló a Cervantes sudoroso y atónito. El individuo, no tan joven como el llamado Rincón tenía un corte de la sien al mentón que le proporcionaba un aire inquietante, pero sus ojos desprendían el chispear de un picaruelo pide pan y no la fría crueldad de un criminal.

-¡Osú Cortado…Este compadre le ha pegao un viaje al Maese que lo ha tumbao frio!-respondió jadeando Rincón.

-¡Y eso qué…!-miró divertido el de la cicatriz.

-¡Dale una manzana,…no?¡Me ha librao de una buena!- Rincón se abrió de brazos.

-¡Una manzana, ea!-y le largaron una manzana al vuelo.-¡Tú no eres de aquí, no te he visto nunca en Sevilla…O no eres uno de los nuestros…!- el joven que seguía sentado separando el botín por especies, dijo esto en tono más de pregunta que de afirmación.

Cervantes mordió la manzana, y pensó por unos instantes la respuesta y el riesgo, pero se dejó llevar por el corazón.

-¡Tengo un mensaje para el Rey de los Mendigos!-aquello sentó como una bombarda.

-¡Joé, y yo uno para Su Majestad el Rey Felipe!¡No te jiba el tío…!-con parsimonia Cortado le pasó una naranja a Rincón.

-¡Es muy importante que ese mensaje llegue a sus manos!-insistió Cervantes.

-¡Es jodío el tío vinagre…El erre que erre. Mira viejo, si apareces en la corte del Rey de los Mendigos de Sevilla, es que te cagas en las calzas! ¿No Rinconete?-

-¡Cortadillo…El compare sabe pelear!-escupió Rincón.

Cervantes se los quedó mirando, y ellos se guiñaban el uno al otro. De pronto en la taberna sonaron voces desconocidas.

-¡Joé, los alguaciles!¡Vámonos!-ordenó Cortado.

El pícaro recogió el botín del hurto y abrió un tonel por el que se escurrieron los tres. Tras la cortina, las voces delataban que el tabernero se oponía al registro de los alguaciles, pero estos argumentando que el frutero Tobías estaba medio muerto no atendieron a las protestas del dueño del mugriento tugurio.

El inmenso tonel era falso, la tapa del fondo giraba abriendo paso a unos escalones mal tallados. Los tres se adentraron…

-¡Pues, no vas a tener más remedio que vértelas con el Rey…!-soltó Cortado.

-¡Perfecto!-respondió Cervantes.

El viaje hacia la Corte de los Milagros de Sevilla, fue un espeluznante periplo por alcantarillas malolientes y bóvedas espectrales abandonadas. Las ratas eran los habitantes del reino lúgubre por el que transitaban. Con una bujía, Cortado iluminaba el camino, de naturaleza laberíntica, y en el que se orientaba según pudo percibir Cervantes por unas muescas en las paredes. Anduvieron así por espacio de una hora o más. Finalmente llegaron a una sala que debió ser unos baños en tiempos de los Califas… O quizás más viejos todavía. Cascotes y escombros no podían esconder la grandeza de la antigua construcción, ya en desuso y a todas luces con el acceso al exterior cegado.

Inmersos en aquella desolada grandiosidad desconchada y ennegrecida, se adivinaban racimos de figuras humanas, iluminadas débilmente por bujías, y braseros. Su aspecto era deforme y andrajoso y parecía a los ojos de Cervantes, un monstruoso pandemónium.

En el centro de la bóveda central, rodeado de sus fieles, sobre un trono miserable un tuerto piojoso detentaba un cetro.

-¿Donde creéis que vais?-dos leprosos cortaron el paso a la breve comitiva que justamente empezaba a pisar el recinto de los viejos baños.

-¡Rincón y yo, somos del reino…Este, no sé quien es, pero dice traer un mensaje para el Rey!-Cortado señaló a Cervantes.

-¡Insensato!-el leproso con una fuerza prodigiosa abofeteó a Cortado que cayó a un lado. Tres mendigos surgidos de las sombras se lanzaron sobre Cervantes que tardó unos minutos en ser reducido. Rincón se refugió en la penumbra. Los mendigos condujeron a los recién llegados ante el trono. Uno de ellos susurraba rabioso, a los oídos de Cervantes:

-¡Nadie que no sea de los nuestros ha salido vivo de la Corte… Prepárate a morir, estúpido!-

Prendido al pie del trono siniestro, Cervantes pudo ver a la luz de un farolillo al reyezuelo de los haraganes, los tullidos eran allí campeones, los ciegos veían y los imbéciles discurrían con lógica y sagacidad , por eso era la Corte de los Milagros. Pero el Rey de los Mendigos era tuerto, al menos en apariencia…

-¡A ver, ese mensaje…!-uno que simulaba cojera un paso si, otro no, bajó hasta donde estaba el grupo. Cervantes le señalo entre sus andrajos. El falso cojo lo tomó tras palpar el pecho del caballero. Antes de entregarlo lo aspiró…

-¡Mmm…Huele que alimenta!-

Cervantes se revolvió pero los leprosos,-falsos-, lo tenían bien sujeto. El mensaje fue entregado al misterioso Rey.

A la luz de un candil, entre aquellas mugres y humo, el perfumado mensaje de la Princesa Ana Mendoza de la Cerda y Éboli era hollado por el zarrapastroso Rey de un submundo. El personaje, se había levantado a la sazón su parche, lo de tuerto era tan falso como todo lo demás… Sus facciones eran desconocidas para Cervantes, pero si Pedro Cárdenas hubiera estado allí, las hubiera reconocido al instante.

El hombrecillo estaba impresionado por las lineas que la Princesa le dedicaba:

 

“Cuidaos, estaréis seguro en vuestro Reino, no así en vuestra Sinagoga, hay algunos entre los vuestros que por el perdón real y poder comerciar con América se aprestan a entregar vuestra cabeza. Los agentes de Alba saben que el Inquisidor no acabó con Vos.

Ese pobre diablo pagará caro no haberos matado, pero no dejemos que otros hagan lo que él, por conciencia o por debilidad no cometió.

Os envío un billete junto al mensaje, es una nueva identidad y un pasaporte Real para viajar a La Española, desde allí podéis embarcar hacia Cartagena y después a dominios portugueses. Partid, allí estaréis a salvo.

El mensajero es un caballero de toda confianza, él os protegerá hasta que embarquéis.

 

Recibid nuestros mejores deseos, Eleazar.

 

Ana, Princesa de Éboli.”

 

Eleazar Harbak, contempló a Cervantes, y con una voz seca ordenó a los truhanes que lo soltaran, descendió los escalones y abrazó al mensajero de la Princesa de Éboli. El reino de los milagros estaba a punto de quedarse sin Rey, pero seguro que no por mucho tiempo, porque abajo como arriba, siempre hay un orden no escrito que lo rige todo.

Tanto Rincón como Cortado vieron asombrados que el desconocido era invitado a compartir la cena con el Rey, y que los otros miembros de la Corte milagrera les trataban con respeto, ellos eran amigos de tan alto personaje. Los dos jóvenes se hartaron de comer y beber aquella noche, al amanecer antes de acudir a sus puestos de mendicidad querían saludar a su amigo, pero ya había partido, con el Rey les dijeron.

Los dos picaruelos, Rinconete y Cortadillo les llamaban, se fueron del lóbrego palacio. No sabían ni el nombre del extraño mensajero, pero a fin de cuentas, él si que sabía el de ambos, y quién sabe…Quizás algún día se acordara de ellos y les llamara para cenar con el Rey de los Mendigos.

 

 

En el otro extremo del mundo, en tierras señoreadas también por el estandarte de Castilla, se sentía como las posibilidades de crear reinos nuevos, libres de las ataduras del viejo mundo, se desvanecían. Los poderosos de la lejana Castilla, que medraban por extender su poder por todo el mundo, empezaban a hacerse notar en aquellas tierras recientemente descubiertas y conquistadas.

La estación era la mejor del año, en el Yucatán, la brisa al atardecer traía el aroma del mar; entre luces y bajo un chamizo, dos personajes en mangas de blancas camisas azotadas por el viento sentados en sendas mecedoras bebían el fuerte vino de palma de aquellas latitudes oteando el horizonte del mar.

Sea por el vino o la brisa, la melancolía dominaba su conversación, todo en la tarde les hablaba de la lejana España. Y no todo era agradable en los recuerdos, pero aún cuando les doliera, aquél dolor ahondaba en su amor por las tierras del viejo mundo que les habían visto nacer.

-¡Os entiendo Don Álvaro, aquí en Yucatán no vivimos la mezquindad de otros dominios, a fin de cuentas, soy el Adelantado del Rey en una provincia pobre, aquí solo hay itzaes y mosquitos… Todo y con eso no faltan mamones que pretenden el cuello y la credencial de Gonzalo Dovalle. Pero en Nueva España, y en Nueva Granada, y en el Perú… Los castellanos no conocemos amigo, ni hermano, ni padre. Por el oro, por el poder, por una mujer, se miente, se mata, se traiciona… Este nuevo territorio no será de Dios, amigo…!-y bebió con amargura.

-¿Qué sabéis de conspiraciones? ¡Si supierais lo que sucede allí, al otro lado, allí se hace lo mismo en nombre de Dios. En nombre de Dios, Gonzalo!¡Aquí al menos las cosas son lo que son, por una mujer, por la vara de la Audiencia, por el oro…!¡Pero allí es en nombre de Cristo!-la mirada de Álvaro de Sobrarbe se hundió en el oleaje del mar que era el único camino hacia la lejana España-¡Y, sin embargo…!- No terminó la frase, estaba seguro que su amigo el Adelantado Gonzalo Dovalle le entendía.

-¡Ah, buen amigo, vos tenéis mal de amores…!-rió el Adelantado.

-¡Incurable!-sentenció el héroe de Panamá. Y terminó su vaso.

Gonzalo Dovalle sonrió con dulzura, miró de hito en hito a Don Álvaro, era un caballero joven y bien parecido, de facciones muy regulares enmarcadas en una ligera barba. La única nota inquietante era su mano izquierda enguantada en una garra de acero que a menudo utilizaba como arma.

-¡Está cayendo la noche, Don Álvaro, hemos de volver a Mérida!-el otro asintió, abandonaron el chamizo y montaron en sus caballos sobre los que se dirigieron hacia los lejanos muros blanqueados de la ciudad, a tres leguas de distancia .Cabalgaron sobre las blancas arenas a la luz del atardecer sorteando las palmeras de la playa. Las olas batían los arenales con fuerza, y a cada golpe, le hablaban a Don Álvaro de una lejana tierra, de amigos, de enemigos y de un amor imposible.

El palacio del Adelantado de Yucatán, lo tenía todo de fortaleza y nada de palacio, de hecho era coherente con la personalidad de Don Gonzalo, segundón castellano, capitán venido a más, con una cierta cultura libre de candores eclesiásticos, un hombre leal y de los pocos que en las Indias creía firmemente que actuaba por delegación del mismísimo Rey de Castilla, como su Adelantado en una región todavía no pacificada, con una cierta autonomía del Virrey, el cual a su vez no era más que un delegado de Su Majestad el Rey.

El edificio, único construido en piedra juntamente con la Iglesia, era un rectángulo en el seno del cual se albergaban dos cuerpos de habitaciones adosadas al perímetro que marcaban dos patios. Cuatro torres esquinaban la sede de Gonzalo Dovalle.

Se entraba por uno de los cuerpos de habitaciones, el cuerpo de guardia y dependencias de la milicia de Mérida de Yucatán al mando del ejemplar capitán Quiñones. Los establos a la derecha, junto al patio de monta. El perímetro amurallado era recorrido por dos centinelas, y en cada torre había siempre un vigía…

El Adelantado y su amigo habían dejado sus monturas en los establos, y cruzaron la corta avenida que separaba el Cuerpo de Guardia con las dependencias de Dovalle. La noche era espléndida, la cercana jungla derramaba aromas embriagadores, la música de las fuentes del patio, amortiguada llegaba hasta ellos.

Ya en el interior de sus estancias, ambos caballeros fueron servidos para cenar, papas, carne de cerdo asada y frutas. Las paredes encaladas y desnudas y la escasez de mobiliario conferían un aire marcial a lo que los mercaderes de Mérida llamaban el Palacio.

-¡Decidme…! ¿Por qué me hicisteis escribir a Don Luis señalando que estabais aquí?¡Y además por correo normal, una valija Real la podemos conseguir en La Española o en Santo Domingo…Es posible que alguno de vuestros enemigos esté ya sobre vuestra pista!-entre bocado y bocado el Adelantado reprendía fraternalmente a su amigo.

-¡No puedo permanecer constantemente arrinconado y escondido! ¡He de volver a Castilla…O que sea reconocido mi papel aquí mismo, por el Rey, por nadie más!-Don Álvaro se expresó con sequedad.

-¿Tanto echáis de menos las intrigas de la Corte en Castilla, amigo mio?-

-¡El paso del tiempo borrará los servicios y los méritos, no el odio de mis enemigos, cuando ya esté olvidado, El Lince, por el Rey, mis enemigos sabrán que ya pueden matar a Álvaro de Sobrarbe! ¡Espero que estén sobre mi pista, son tan necios como para no saber aguardar!-

-¿El Duque de Alba, estúpido?-inquirió divertido Dovalle

-¡Especialmente el Duque…!-respondió severo Álvaro.

-¡Pero, decidme…! ¿Qué hay entre vos y el Duque que os hace irreconciliables?-el Adelantado sirvió buen vino de Castilla en unas copas vastas de madera.

-¡Todo se lo debo a Don Luis de Requesens, y a Su Majestad el Rey Don Felipe… A menudo he trabajado como un lince a su servicio, con ojos, oídos y garras, siempre en beneficio del más generoso y liberal de los monarcas de la Cristiandad. Y siempre, todo cuanto su Majestad deseaba era entorpecido por Alba, sus amigos del Santo Oficio y amén de intrigantes… No hay más, Gonzalo!-Álvaro cerró sus argumentaciones ante la sonrisa de comprensión de su benefactor en tierras americanas.

-¡Un hombre como Vos no puede permanecer como un topo mucho tiempo y ciertamente no faltan trabajos para un hombre como Don Álvaro de Sobrarbe en estos dominios de Su Majestad. Pero decidme si os encuentran y vienen tras vos…¿Qué haréis?-

-¡Les tenderé una trampa, pero no aquí, no hace muchos días pude oír a uno de los supervivientes de la ruta de Aguirre, un cuarterón, que el sur del Nuevo Reino de Granada es el territorio ideal para que uno pueda acabar con muchos…!-

-¡La ruta de los Marañones…Nadie ha vuelto allí, tanta es la vergüenza y el miedo que dejó aquel renegado en el gran rio!¡Si lo queréis, liquidaremos el asunto aquí mismo, en Yucatán!-reflexionó el Adelantado.

-¿Y comprometeros? ¡Ni hablar de eso…! ¡Los atraeré hacia Nueva Granada y los iré liquidando uno a uno, si es que son muchos. De hecho espero solamente a uno!-insistió Álvaro.

-¡Como decidáis, de todos modos si han detectado vuestra pista no tardaremos en saberlo, faltan unas semanas para que arribe la flota a La Española!- razonó el Adelantado.

-¡Vendrá, estoy seguro!-sentenció Álvaro.

-¡Ea, está bien,vendrá. Pero que no os estropee la cena!-y el jovial Adelantado de Su Majestad en Yucatán sirvió un poco más de asado de cerdo al estilo bucanero y escanció vino.-¡Ah, y cuando llegue me tendréis que dejar que os eche una mano, os lo debo!- Dovalle alzó su sobria copa, Álvaro hizo lo propio y brindaron.

-¿Y si puede saberse, como pensáis ayudarme Señor Adelantado?- preguntó divertido Álvaro de Sobrarbe tras beber un poco.

-¡Lo que vuestro cuarterón desertor de los hombres de Lope de Aguirre no os dijo, es que hay un lugar, al Sur de Nueva Granada, un Virreinato secreto según dicen, y allí la Inquisición no tiene poder alguno!- dijo quedamente Gonzalo Dovalle.

-¡No será tan secreto si ha llegado a vuestras dependencias el rumor!- observó Álvaro.

-¡Un cartujo loco me confió la existencia de ese lugar antes de morir y entregarme una larga carta que despachar a su Priorato de Castilla!- el señor del Yucatán quiso aclarar la veracidad de su información.

-¿Tiene nombre el secreto?- se interesó su invitado.

-¡En su delirio dijo que se llamaba, Siete Virtudes!- recordó Dovalle.

Deja tu comentario

  • admin at 17:59

    Sed scelerisque tincidunt faucibus. Aliquam dictum sem a dui pharetra et facilisis tortor commodo. Suspendisse ac neque at leo ultrices egestas quis vitae ligula. Ut molestie bibendum nulla, quis rhoncus augue fringilla in. Integer mattis eros vitae velit fermentum in posuere est mattis. Sed a enim at leo malesuada elementum.

    Praesent accumsan vestibulum mollis. Donec imperdiet turpis id eros tincidunt eget adipiscing metus rhoncus.